Confesiones peligrosas - Lucinda Gray - E-Book

Confesiones peligrosas E-Book

Lucinda Gray

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Beschreibung

Una mujer dispuesta a todo por conseguir su libertad, un hombre acostumbrado a salirse con la suya, un secreto y una pasión que podría hacer saltar todo por los aires. Violet Graham trabaja como espía para sir Howard Melbourne desde que tenía diecisiete años. A la edad de veintitrés, decide dejar esa ocupación para irse, junto con su hermana pequeña, lejos de Inglaterra y empezar una nueva vida. Sin embargo, su jefe tiene otros planes para ella. Melbourne es un hombre carente de empatía y calculador, que utiliza a quien sea necesario para conseguir sus objetivos. Y, para la nueva misión, necesita a Violet en concreto, que tendrá que hacerse pasar por su amante ante la aristocracia. Pero la misión no es lo que parece, ya que Violet lleva años secretamente enamorada de Melbourne, y este guarda secretos que pueden afectar al éxito del trabajo.   ¿Saldrán victoriosos de esta empresa sin poner en peligro sus vidas ni sus corazones?   Una trama trepidante con situaciones tensas y otras muy divertidas que conseguirán atraparte en una historia de amor inolvidable. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu romance favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 334

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Lucinda Gray

© 2025, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Confesiones peligrosas, n.º 434 - septiembre 2025

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente

prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para

entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 9791370009670

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Epílogo

Prólogo

 

 

 

 

Londres, 1846

Club de Caballeros

 

Cuando sir Howard Melbourne, alto cargo político y perteneciente al servicio secreto de Su Majestad, se marcaba un objetivo, resultaba una tarea hartamente difícil hacerle cambiar de parecer. Como miembro destacado del Ministerio de Asuntos Exteriores de su país, eran reconocidas entre los suyos: su locuaz oratoria, su aguda inteligencia y, sobre todas las demás, su capacidad para manipular cuantas situaciones o personas considerase necesarias para conseguir sus fines. Era por eso por lo que tenía todo a su favor, así como casi todo el apoyo político necesario, para llegar a convertirse en el máximo responsable del ministerio. Sin embargo, como hombre tenaz y falto de escrúpulos, ese casi lo inquietaba, por lo que había decidido que debía jugar aquella partida con todas las cartas a su favor. Estaba resuelto a tener una mano ganadora aunque se prevaliera de trampas, engaños y, si resultara necesario, del chantaje.

A sus treinta años ya conocía lo suficientemente bien el mundo en el que se movía, conocía tanto lo bueno como lo peor de este y, por supuesto, esa información le resultaba muy valiosa a sus propios intereses. Su aceptación en la sociedad, sin ningún tipo de objeción, debía agradecérselo tanto a su meteórica carrera política como al hecho de que una de las damas más influyentes del Comité de Almack’s, la condesa viuda de Maine, conociera sus verdaderos orígenes. Debido a ello tuvo desde el primer momento en que se decidió a interactuar con aquel grupo selecto y aristocrático, el apoyo necesario e incuestionable para ser considerado idóneo. Claro que dicho patrocinio se debía, en gran medida, a que dicha dama no quería arriesgarse a asegurarse un poderoso enemigo real si llegara a hacerse pública algún día su ascendencia, y se supiera que le había negado protección en el momento en que la demandó. Para la respetada condesa era mejor estar de su lado y brindarle todo su apoyo que estar frente a él y arriesgarse a perderlo todo. Desde luego, la encumbrada aristócrata justificaba esa ayuda basándose en la tierna amistad que la había unido a su difunta madre. Sin embargo, para alguien tan astuto como Howard, tal dechado de buenos sentimientos no era sino una aparente lealtad de la que la mujer, por supuesto, carecía. Melbourne conocía demasiado bien los secretos de aquel corrupto y voluble ambiente como para dejarse embaucar por tiernos sentimientos de falso altruismo. Lady Eloísa no era diferente al resto de los componentes de su selecto círculo, la movía, como a la mayoría de su clase, el interés. Un interés que él no dudaba en utilizar cuando le convenía.

Frunció levemente el ceño al recordar como dichos congéneres no le producían otra cosa que un profundo hastío, y, se recordó, tenía que asegurarse de que nadie pusiera en cuestión su procedencia si algún día llegara a necesitar utilizar esa baza. Sobre todo si aquella altiva mujer decidía no reconocer públicamente quién era realmente si llegara a necesitarlo. ¿Y cómo conseguirlo llegado el caso? Solo había una respuesta posible: necesitaba los documentos que se encontraban en poder de lord Kerr, el actual marqués de Lothian. Unos documentos que había estado a punto de recuperar pero que la intervención de ese estirado de Hastings impidió.

«Y todo por una mujer», murmuró sin dar crédito aún.

Lord Estricto, como era apodado este, había puesto en juego incluso su preciado buen nombre, provocando un escándalo de tales dimensiones que tardaría décadas en poder olvidarse o ser eclipsado por otro de similares características, al defender a su actual condesa. Esta, recordó con una sonrisa, había trabajado para él como agente secreto consiguiendo los ansiados documentos a pesar de su inexperiencia en esas lides. Y habrían sido suyos de no ser por la intervención del noble, el cual se los devolvió al marqués en un acto de venganza hacia él por haber utilizado a la mujer que amaba. Hizo una mueca de desprecio al pensar en cómo un hombre podía dejarse arrastrar por las emociones, cosa que estaba seguro que sería muy difícil que le ocurriera a él.

Chasqueó la lengua.

¿Podría haber algo que hiciera más tonto a un hombre que el creerse enamorado?

Hastings había actuado movido por los celos y, con ello, le había hecho perder un tiempo precioso. Un tiempo que no pensaba volver a perder puesto que no podía retrasar más el hacerse con los dichosos papeles. Miró un segundo hacia la puerta del saloncito privado donde se encontraba, antes de volver a concentrarse de nuevo en su objetivo con decisión: lo volvería a intentar.

Y, esta vez, lo conseguiría.

Una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro mientras, sin ser consciente de ello, tomaba un sorbo de su vaso de whisky a la vez que contemplaba pensativo el sobre que le había hecho llegar, hacía un momento, otro de sus agentes. Aquella era su última carta para hacerse de una vez por todas con los documentos que ese maldito de Kerr guardaba en su poder y que eran tan necesarios para asegurarse el futuro nombramiento.

Se quedó observando con deleite el envío durante unos segundos más, antes de introducirlo en el bolsillo oculto de su levita, plenamente satisfecho.

«Todavía no», se dijo.

Aún no era el momento de utilizarlo, antes tenía que intentar conseguir aquellas cartas por otros medios y aquel del que acababa de apoderarse no era sino su salvoconducto en el caso de que el marqués intentara matarlo si llegara a descubrir que pretendía robarle de nuevo.

Inspiró hondo antes de tomarse el último trago de líquido ambarino.

A continuación, se incorporó colocándose su sombrero de lado, como solía hacer, lo que le daba un aspecto de misterio puesto que ocultaba parte de su astuta mirada. Y salió de White’s, el exclusivo club de caballeros al que pertenecía gracias a su posición, encaminándose a su próxima cita con otro de sus agentes: la señorita Violet Graham, imprescindible para aquella misión.

Capítulo 1

 

 

 

 

La mujer, de ojos violetas y pelo trigueño, lo observaba con atención aunque sin dejarse engatusar. Conocía lo suficiente de ese hombre como para saber que cuando actuaba con galantería, al menos cuando la utilizaba contra ella, lo hacía porque verdaderamente la necesitaba para el trabajo y no podía permitirse que se negara argumentando alguna excusa. De lo contrario, se hubiera limitado a comunicarle sus órdenes y despedirla sin muchos miramientos, como solía ser su costumbre. Sus encuentros, de carácter secreto, tenían lugar habitualmente en aquella elegante casa que Melbourne tenía alquilada en Mayfair para, según la buena sociedad, su amante de turno. Lo divertido era que, en realidad, aquel lugar suponía la tapadera perfecta para los encuentros con muchos de los que, como ella, trabajaban para él y a los que este llamaba: sus agentes. Y, claro estaba, la nobleza toleraba porque se trataba de un hombre joven, soltero, y de buena posición. Así que el hecho de que tuviera una amante era aceptable si no cruzaba ciertas líneas y era discreto.

¿Cuestionable? Sin duda.

¿Le importaba? Realmente, no, aquello no la afectaba en lo más mínimo por lo que para qué malgastar tiempo en pensar en las estupideces de la aristocracia.

Violet recordó que nunca había pasado más allá del recibidor y del pequeño despacho donde solían tratar sus asuntos, y lo cierto era que lo agradecía, porque así la relación con su jefe se mantenía de una forma estrictamente profesional. Por supuesto, era consciente de que no todos los agentes recibían el mismo trato, ya que Melbourne dispensaba una cortesía diferente a aquellos de ascendencia noble que, a fin de cuentas, pensó con cinismo, hacían lo mismo que ella: espiar y robar para él. Algunos de ellos incluso cosas más drásticas. Lo que ocurría era que estos, al pertenecer a la buena sociedad, contaban con los contactos suficientes para acceder a círculos a los que una pobre muchacha de campo como ella nunca soñaría, por lo que su jefe los necesitaba y los trataba como estos consideraban merecer para que se plegaran a sus órdenes. Tuvo que reconocer que también recurría al chantaje para que accedieran a trabajar para él, como le ocurrió a Marianne, la actual condesa de Hastings.

En realidad, y para ser justa, lo único que le importaba de su empleador era que, en un momento bastante complicado de su vida, apareció ofreciéndole aquel oficio tan poco común para una joven e inocente muchacha de diecisiete años, pero que supuso la salvación para ella y su ingobernable hermana pequeña. Esa era la razón por la que consideraba que le debía cierta lealtad, no una lealtad absoluta, pero sí era cierto que tenían un lazo invisible que los unía.

Y ambos eran conscientes de ello.

Melbourne era un misterio en todos los sentidos, nadie había conseguido nunca conocer su verdadero carácter, pero sí había algo que ella sabía, algo que era muy importante sobre él y que la obligaba a estar en guardia en su presencia aquella tarde, y era que, a pesar de su exquisita educación y palabras amables, sir Howard Melbourne era un hombre duro, implacable y manipulador.

Y, sobre todo esto y lo más importante, es que era un hombre falto de escrúpulos. Era por eso por lo que esa nueva faceta que descubría ante ella, hasta ese momento desconocida, la asustaba. Aunque llevaba a su servicio seis largos años en los cuales se había visto obligada a representar todo tipo de papeles, no estaba acostumbrada a lidiar con ese aspecto de su personalidad, y mucho menos a representar el rol que según este era necesario.

 

 

—Después de mi último trabajo en el que casi pierdo la vida —lo miró con seriedad para hacerle entender la gravedad de lo que decía—, por dos veces —puntualizó—, había considerado la posibilidad de tomarme un descanso.

—Un descanso —repitió el otro impertérrito.

Ella no iba a permitir que no valorase que había estado a punto de morir cumpliendo sus órdenes.

—Creo —continuó sin pestañear—, que me merezco un tiempo para poner en orden mis asuntos.

En realidad esos asuntos tenían mucho que ver con Frances y el lío en el que se vio envuelta, por eso querían huir del país cuanto antes, y ambas hermanas habían llegado a la conclusión de que lo mejor para ellas era ir a América, a Nueva York, donde podrían empezar una nueva vida.

Lejos de Londres, de su aristocracia y, sobre todo, de él y sus maquinaciones.

Melbourne, por su parte, la estudiaba reclinado en su asiento, detrás del enorme escritorio de roble, con mirada indiferente mientras golpeaba, como al descuido, los dedos sobre este, consiguiendo ponerla nerviosa a pesar de que intentara disimularlo. Esa era una táctica que solía usar con otros agentes, y ella la conocía.

Aun así, funcionaba.

—¿En serio?

Violet asintió con un leve gesto, decidida y temerosa a la vez, aunque sin mostrar dicho recelo.

—Estoy resuelta a hacerlo.

—¿Puedo preguntarle cómo va a ganarse la vida? —la interrogó con desapego.

Ambos sabían que ella disponía de escasos recursos, por lo que estaba obligaba a buscarse un empleo para poder vivir, o mejor dicho: sobrevivir.

—He realizado diferentes tareas a lo largo de todos estos años —intentó justificarse al percibir el tono irónico en el hombre—, no supondrá un cambio sustancial en lo que he venido haciendo. La única diferencia estará en que esta vez trabajaré para mí misma y no tendré que engañar a nadie con el fin de obtener algo para usted.

Le pareció que una sombra había cruzado la mirada del hombre, aunque fue tan fugaz que hubiera jurado habérsela imaginado.

—Eso es indiscutible, pero no olvide que cuando ha trabajado para mí, lo ha hecho por su país, y por su propio beneficio. —La frialdad que manaba de aquellos ojos azul oscuro era algo que siempre la había perturbado, como en ese instante—. No obstante, creo recordar que carece usted de recomendaciones para que encuentre un trabajo humildemente aceptable y mal pagado. No se engañe, señorita Graham, sin mí no tardará en caer en aquello de lo que la rescaté.

Ella abrió mucho los ojos ante ese inesperado ataque.

Aquello fue un golpe bajo.

Ambos sabían a lo que él se estaba refiriendo.

Con diecisiete años apenas cumplidos, sola en el mundo, con una hermana pequeña a su cargo, huérfana y sin un familiar al que recurrir, hubiera tenido que venderse por unas monedas solo para poder comer. Así que la milagrosa aparición de aquel hombre supuso su tabla de salvación porque lo que le ofrecía no tenía nada que ver con vender su cuerpo.

No.

«Solo con engañar a todo el mundo haciéndome pasar por diferentes personas: criada, doncella, secretaria, lo que hiciera falta cada vez que me lo ha requerido».

«Sí, Violet —se respondió igualmente—, pero a cambio de mantenerte a ti y pagarle el internado a Frances».

—¿Sería capaz de no ayudarme a encontrar un empleo aceptable después de todo este tiempo en el que no le he fallado ni una sola vez?

El hombre hizo un atractivo mohín mientras la contemplaba impasible, o al menos a ella se lo pareció, aunque se reprendió inmediatamente por pensarlo siquiera.

Debía estar volviéndose loca si albergaba esos pensamientos frente a él.

—Por supuesto que lo sería —lo acusó indignada cuando vio la verdad reflejada en aquellos hermosos y despiadados ojos.

—No se ofusque, usted sabe que no es algo personal.

—No se me ocurriría pensarlo —murmuró la joven.

Melbourne oyó el comentario pero decidió pasarlo por alto, la necesitaba a ella en particular para aquella empresa, aunque no le gustó esa actitud insubordinada que Violet estaba mostrando ante él, era la primera vez que dejaba ver aquella rebeldía.

—Le prometo que será un último encargo —la miró con astucia.

Ella negó nuevamente.

—Lo siento, señor, pero he prometido que lo dejaría.

Le pareció ver un destello de ira en su mirada.

Imposible.

Su jefe era uno de los hombres más fríos que había conocido en sus veintitrés años de vida, podría asegurar, sin temor a equivocarse, que nunca lo había visto alterarse por nada, ni por nadie: mucho menos lo iba a hacer por ella.

—¿Y de qué van a mantenerse usted y su preciosa hermana? Perdóneme que insista en ello, en serio que estoy interesado en saberlo.

Ella decidió que no iba a dejarse manipular.

—Tengo la esperanza de que tanto lady Aberry como lady Hastings, estarían dispuestas a ayudarnos.

Se sintió vencedora al decirle aquello, segura de que no se lo esperaba. Un hombre para el que las diferencias de clase eran tan importantes nunca hubiera creído que alguien de origen tan humilde como el suyo se hubiera granjeado la fiel amistad de aquellas dos aristócratas tan poderosas.

«Touché».

Howard apretó la mandíbula ante aquella leve e inesperada novedad. No estaba preparado para aquella pequeña insurrección por parte de Violet, la considerada una servidora leal y a quien no había prestado la más mínima atención en los últimos años al considerarla un instrumento que tenía bien sujeto. No iba a permitirle que se negara a trabajar para él en algo de tal importancia.

Violet, por su parte, estuvo a punto de encogerse ante la glacial mirada del hombre y, sin poder evitarlo, un estremecimiento recorrió su columna vertebral. Aquel era el Melbourne que asustaba a la mayoría.

—¿De verdad piensa usted desobedecerme, querida?

«Piensa en la promesa que le has hecho a Frances».

—Solo quiero cambiar de vida; aspirar a un buen futuro —musitó tercamente.

—Y yo la ayudaré a que lo consiga si ese es su deseo —la animó—, pero después de que realice este último trabajo para mí —sentenció.

—Por favor, señor Melbourne, entienda que no deseo seguir con esto.

—Puedo asegurarle que si sale con éxito de esta nueva empresa, se verá altamente recompensada —la ignoró—. No necesitará trabajar al servicio de nadie si no lo desea, tendrá una buena vida, modesta, pero buena, y será completamente independiente.

Violet no pudo evitar sentirse tentada ante el intento de este de manipularla.

—Es muy generoso, pero debo rechazar su oferta. Estoy obligada a hacerlo: lo he prometido.

De nuevo insistía en aquella promesa por lo que a Howard le vino, de repente, una idea a la cabeza y, sin saber por qué, un sabor amargo le llegó a la boca desde el estómago. Aquella mujer llevaba años trabajando para él, sí. ¿Cuántos? ¿Cinco, seis, tal vez? Conocía cada aspecto de su vida, todo, el hecho de que algo hubiera escapado a su conocimiento, lo inquietó.

—Estimada señorita, ¿ha conocido a algún hombre del que deba preocuparme?

La mujer se quedó helada ante esa incursión en su vida personal, pero, sobre todo, por lo absurdo. ¿De dónde diablos se había sacado semejante idea?

¿En serio le estaba preguntando aquello?

Era totalmente descabellado y, por supuesto, no era de su incumbencia.

—De ser así, no creo que sea asunto suyo.

No pudo evitar que la irritación adornara sus palabras.

—¿En verdad lo cree?

Melbourne alzó ambas cejas en un gesto irónico. Parecía querer decir: «Puedo preguntarle lo que se me antoje».

—Por supuesto.

—Discrepo de usted en este asunto, querida.

—No veo por qué —contraatacó Violet con valentía—, usted me hace encargos y yo los cumplo, nunca le he fallado. Siempre me he conducido con discreción. Así que no entiendo su pregunta, es más, no entiendo la razón de la misma. Me ofende que piense que, después de como he llevado mi vida —quiso decir de la forma en que había huido de cualquier relación personal con ninguna persona para no sentir que la traicionaba más tarde—, vaya a condicionar mi posible futuro al encaprichamiento por algún hombre.

Realmente estaba dolida con Melbourne porque pensara aquello de ella, sobre todo él, que conocía su pasado y el daño que los de su género habían hecho a su familia.

—¿Lo está entonces?

—¿Realmente va a insistir en el asunto?

No lo iba a dejar.

—Señorita Graham —alzó la voz—, ¿está usted enamorada, encaprichada o es amante de algún hombre?

Violet lo hubiera abofeteado en ese instante, pero se contuvo, manteniendo su dignidad.

—No, señor Melbourne, no hay ningún hombre en mi vida.

«¿Está satisfecho?», le hubiera gustado preguntarle.

—Perfecto —se limitó a decir dando por zanjado el tema y tornando su penetrante mirada al escritorio.

Ella no supo cómo interpretar ese cambio de actitud, de repente parecía que había vuelto a su pose desapasionada.

—Entonces cumplirá con este nuevo encargo —sentenció.

—Creo que he sido bastante clara, señor.

—Su no es inaceptable, y lo sabe. Solo le garantizo que después de esto no volveré a requerir sus servicios —la observó con dureza—. Además, si no hay ningún hombre no veo cuál puede ser la razón para negarse a hacerse pasar por mi nueva amante, la necesito para poder acceder a casa del marqués. Lo único que me mueve es conseguir esos dichosos documentos.

—No —volvió a negar.

Howard esta vez sí que dejó entrever su mal humor.

—Piense en lo que ha hecho su hermana y en las consecuencias que sus actos le supondrán si alguien llegara a conocer que conspiró e intentó asesinar a un conde.

La amenaza estaba ahí.

—Usted no sería capaz de denunciarla —musitó con un hilo de voz, realmente asustada, consciente de que aquel hombre haría cualquier cosa para salirse con la suya. No en vano lo había visto doblegar a hombres muy poderosos gracias a sus maquinaciones—, lord Hastings comprendió que se trató de un malentendido, Frances no quiso matarlo realmente.

Ambos sabían que aquello no era totalmente cierto, si la otra no estaba en ese momento detenida en la prisión de Newgate a la espera de juicio, fue gracias a la intervención de la esposa del conde y la hermana de este. Ambas pusieron todo su empeño en lograr que la muchacha saliera indemne del embrollo, en el que ella sola se había metido, en su fatuo intento de venganza contra el hombre que creía que había asesinado a Violet.

—Vea, querida, que es lo más inteligente que puede hacer —sacó una billetera del primer cajón y le ofreció quinientas libras. ¡Por Dios! Aquello era una fortuna y él lo sabía—. En su situación no tiene más opción que aceptar mi propuesta, tomar este dinero y cumplir su misión. Más tarde podrá dedicarse a vivir junto a su peligrosa hermanita como le plazca, con otras mil libras que le abonaré de buen grado.

Dicho esto la miró complacido, sabiéndose ganador.

Violet aguantó las ganas de gritarle dónde podía meterse su dinero.

Ese maldito no iba a dejarla ir hasta que hiciera lo que le ordenaba.

«Bastardo».

—Es usted tan amable —ironizó— al darme tantas opciones, que ciertamente no sé por cuál decidirme. Por supuesto, la de hacerme pasar por su amante es el trabajo más conveniente para mí; colma todas mis expectativas.

Violet lo odió en ese momento por su arrogancia y por obligarla a hacer algo que no quería. Era consciente de que no tenía opción: o aceptaba la propuesta de Melbourne o Frances acababa en prisión.

No le había dejado elección posible.

Se hundió en el asiento con desaliento.

Ahora solo le tocaba lidiar con Frances, tarea harto difícil, ya que estaba convencida de que ambas iban a comenzar una nueva vida juntas. En otro país, muy lejos de allí.

Lo miró a los ojos percibiendo la risa en ellos, aunque su rostro permaneció incólume. A continuación dirigió los suyos hacia el dinero, el cual, como bien sabía el hombre, era una tentación demasiado fuerte como para obviarla.

Y asintió.

Aquel hombre despiadado y manipulador no le había dejado otra salida, y ella, mejor que nadie, sabía lo que era no tener salida. Melbourne había decidido que la quería a ella para aquella tarea y no a otro agente, el motivo: un misterio. Aunque estaba segura de que no tardaría en averiguarlo, y seguramente allí había algo más. Algo que ya descubriría en su momento. De eso podía estar seguro, ella trabajaba para él, sí, pero también para sus propios intereses. Tal vez si descubriera por qué le interesaban tantos esos endiablados papeles podría obligarlo a dejarla ir.

Sí, eso haría, descubrir su interés en aquella mercancía.

Tomó el dinero de encima del escritorio y se lo guardó en su retículo.

—Me complace su elección, señorita Graham.

Melbourne sonrió satisfecho.

Ella decidió guardarse para sí, de nuevo, el comentario que le vino a la cabeza.

—Entonces —fingió interés—, espero sus instrucciones.

—Tenga —le dio un papel doblado donde había anotada una dirección—, en cuanto salga de aquí diríjase a ese lugar. La están esperando. —Violet se mordió la lengua de nuevo, el muy canalla lo tenía todo perfectamente planeado—. Luego haga sus maletas, se vendrá a vivir aquí, es mejor empezar cuanto antes, todos deben creer que es mi nueva amante, sobre todo Lothian.

La mujer se sonrojó y evitó mirarlo.

Nunca había sido la amante de nadie, ese sería un nuevo papel a representar, y no sabía si le gustaba.

Es más, podría decir que no le gustaba nada.

«Solo espero que salga bien».

Volvió a mirarlo a los ojos una vez más y, luego, asintiendo levemente, se dirigió hacia la puerta para salir de allí cuanto antes.

Y se marchó.

 

 

Una vez solo en su despacho, Howard sonrió ampliamente.

Hubiera jurado que en cualquier momento aquella joven callada, y de fingida sumisión, iba a saltar sobre él con la intención de asesinarlo.

Y le resultó gracioso.

Lo cierto era que lo había sorprendido, lo había pillado desprevenido al negarse a trabajar nuevamente para él, puesto que esta nunca había cuestionado su autoridad, ni él se había planteado siquiera que eso pudiera pasar. Así que cuando vio que existía la posibilidad de que no quisiera hacerlo, no dudo en recurrir al desagradable incidente protagonizado por la joven Frances para obligarla a aceptar.

Si Violet supiera que estaba considerando reclutar a su alocada hermana…, esbozó una fugaz sonrisa, lo hubiera descuartizado allí mismo.

Se sintió vencedor.

Al menos, el primer paso de su plan ya estaba dado, la cooperación de la señorita Graham estaba garantizada; lo siguiente sería asegurarse que el marqués lo invitara, junto a su nueva amante, a una de sus fiestas privadas para dar comienzo a su búsqueda.

Howard estaba seguro de que Kerr no podría evitar sentirse intrigado por la procedencia de Violet en cuanto comenzará a hacer correr rumores sobre ella y así conseguir despertar el interés del resto de los caballeros. Y, lo mejor de todo, que en el caso de que las cosas se complicaran con el peligroso marqués, aún le quedaba su mejor carta en aquella partida, por lo que se sentía completamente a salvo.

Sonrió.

Todo iba según lo planeado.

Se sintió satisfecho y feliz, y se dirigió a supervisar personalmente la marcha de Louise.

No podía correr riesgos de que se pusiera en duda su relación con Violet, así que le había dado instrucciones a la que hasta hacía pocas horas había ocupado su casa y su lecho, para que se marchase de inmediato y que su nueva amante pudiera instalarse tranquilamente.

Sería un problema menos y podría dar comienzo su misión. Y, en poco tiempo, aquellos documentos estarían en su poder y su puesto asegurado.

«Seré un gran ministro».

Capítulo 2

 

 

 

 

—No puedes venir conmigo —repitió molesta mientras continuaba preparando su equipaje—, no insistas: ya lo hemos discutido y no pienso darle vueltas al asunto una vez y otra, solo porque no te gusta obedecerme.

—Pues entonces deja de tratarme como un ser sin criterio.

—No lo hago —apretó los dientes.

—Ciertamente lo haces —la contradijo la otra cruzando los brazos sobre el pecho en clara señal de rebelión—. No aceptas que cuestione tus planes y te niegas a admitir que puedo ser útil. A veces tienes una actitud muy masculina, pareces un hombre decidiendo lo que una jovencita como yo debe hacer por su bien.

—Frances —la advirtió sin voltear a mirarla—, esto no es un juego. Te lo he dicho decenas de veces. Trabajo para gente muy poderosa y… peligrosa —quiso puntualizar.

Ambas sabían de lo que hablaban porque, a pesar de las instrucciones recibidas desde el principio, Violet siempre había mantenido informada a su hermana pequeña de cuál era el trabajo que se vio obligada a desempeñar. Quería su apoyo porque gracias a él ambas podían tener una vida algo más digna que la de acabar en la calle, donde sin dinero ni familia que las acogiera, no habrían tenido más opción que la prostitución. El ofrecimiento de Melbourne fue la mejor opción a su precaria situación, y, gracias a él, había aprendido a disparar, a defenderse por sí misma, a matar si resultara necesario; a robar y embaucar a otros gracias a las numerosas identidades que había tenido que adoptar.

Eso sí, siempre había desempeñado papeles reservados a personas como ella, sin una gota de sangre noble. Había sido costurera, doncella, sirvienta…

«Hasta ahora, que seré la amante».

«Su amante».

—¿Crees acaso que no lo sé? —replicó la muchacha de pelo castaño oscuro con los ojos brillantes—. Por supuesto que sí, por eso quiero acompañarte. No quiero volver a pensar que te he perdido para siempre.

—No vas a perderme.

—¿Y cómo puedes estar tan segura de eso? No eres Dios, ya te han herido dos veces. Has estado a punto de morir sin que yo hubiera podido hacer nada para ayudarte —gimió.

¡Ah, no! No iba a aguantar más chantajes emocionales por parte de su impetuosa hermana.

Se giró hacia ella con los brazos en jarras, molesta y cansada.

Exactamente, estaba muy cansada.

Había sido un día duro.

Primero, había tenido que lidiar con el imperturbable Melbourne; luego, había ido a la dirección que este le indicó, que no era otra cosa que la casa de una de las modistas más selectas de Londres, quien la estaba esperando amablemente para diseñarle un guardarropa completo por órdenes de su protector.

¡Un guardarropa!

Al parecer su jefe ya se había encargado de convencer a la exaltada mujer de que estaba locamente embelesado con su nueva amante y dispuesto a gastar lo que hiciera falta para que resaltara su belleza. Hecho que pudo comprobar por sí misma al escuchar a la otra alabar una y otra vez la generosidad del hombre. Generosidad que la comerciante aprovechó para endosarle una cantidad indecente de prendas que en su vida pensó que podría llegar a utilizar.

Apretó los labios presa de la indignación al recordar como la mujer chilló horrorizada cuando vio su tosca ropa interior y su poco atractivo peinado. ¿Qué esperaba la otra? ¿Que fuera por todo Londres como una joven noble de adinerada familia?

Bufó presa de la frustración.

Y, para colmo, tenía que intentar meter en cintura a su ingobernable hermana.

No podía más.

Por ese día ya había tenido suficiente.

—Espero que hayas dado por finalizado tu berrinche, hoy no estoy para tus alborotos.

—Me prometiste que habías terminado con el ministerio, que nos marcharíamos juntas al otro lado del mundo, a empezar una nueva vida: las dos. Solas.

—No puedo cumplir esa promesa por ahora.

—Lo prometiste.

Violet suspiró.

—Todo habría sido más fácil si no hubieras ido por el mundo cual ángel vengador.

—Pensé que habías muerto, solo quería hacer justicia. Ese hombre me engañó —intentó justificarse.

—Pues tu impetuosidad solo ha servido para que Melbourne me tenga en sus manos —miró a la otra con dureza, quería que comprendiera realmente cuál era la situación—. Nos tenga en sus manos.

La muchacha bajó la mirada al suelo, avergonzada.

—Lo siento.

—Sé que lo haces, pero eso no cambia nuestras circunstancias. En cuanto finalice este nuevo encargo retomaremos nuestros planes. Y nos marcharemos.

Frances frunció los labios.

—No me gusta que tengas que fingir ser su amante, mucho menos que te vayas a vivir a aquella casa sola, sin mí. —Alzó de nuevo la mirada hacia Violet—. Y no me gusta ese hombre.

La mujer de aquellos inusuales ojos violeta miró a la más joven con impotencia.

«A mí tampoco», estuvo a punto de decirle.

—En este asunto poco importan nuestras preferencias —se giró de nuevo con la intención de cerrar su bolsa para que Frances no pudiera ver su expresión de angustia.

No iba a decirle a su hermana pequeña que estaba tan asustada ante la perspectiva de vivir con Melbourne y fingir que existía algo entre ellos, que a veces sentía que le faltaba el aire solo de imaginar que pudiera tener cierto grado de intimidad con aquel. Ella, que se tiró de cabeza a aquella proposición, hecha hacía ya años, de trabajar como agente para el ministerio a las órdenes de un hombre que desde el comienzo la puso nerviosa. Un hombre que en todo momento mantuvo una distancia prudencial con ella, por lo que Violet hizo lo mismo: guardar las distancias con él. Su trato siempre fue impersonal. Aunque mostró una actitud agradecida porque un hombre al que no conocía se fijara en una muchacha del montón para aquella empresa. Y salvándola de tener que entregarle su virtud a los diecisiete años al carnicero del pequeño pueblo donde se había criado, a cambio de un poco de carne con la que alimentarse.

—Violet, por favor —suplicó Frances fingiendo una sumisión que no sentía mientras la tomaba del brazo—. Solo llévame contigo, te prometo que me portaré bien. Acataré tus órdenes, haré todo lo que me digas, pero, por favor, no me dejes aquí muriéndome de la angustia.

—Ya te he dicho que no puedo llevarte conmigo.

—Pero puedo entrar en la casa como criada —le propuso esperanzada—, o, mejor, como tu doncella.

—Frances…

Le costaba un esfuerzo sobrehumano negarle aquello que le pedía, sobre todo después de que se había visto obligada a incumplir su promesa.

—¡Eso es! —exclamó esperanzada—. Seré tu doncella. Te prometo que no molestaré, solo me limitaré a observar y si puedo serte de ayuda para encontrar esos papeles, antes podremos marcharnos de Inglaterra.

—Frances… —tenía que cortar aquello porque ella misma se estaba contagiando de dicho entusiasmo.

—Ya lo hice antes y nadie sospechó de mí.

—Tú no sabes ser doncella.

—Aprenderé.

—Pero…

—Por favor, por favor, por favor.

Miró la ilusión en aquellos hermosos ojos almendrados y supo que aquella batalla estaba perdida.

Capítulo 3

 

 

 

 

Violet y Frances llegaron a casa del supuesto amante de la primera al atardecer. Salió a recibirlas Conrad, el joven mayordomo de aquella residencia, tan poco común en su edad para el cargo como los asuntos que se trataban en aquella casa.

Este no hizo preguntas, por lo visto las esperaba, así que, sencillamente, las hizo pasar al saloncito donde se suponía que la señora de aquel lugar recibiría las visitas. Ambas se sorprendieron gratamente al ver la elegancia y buen gusto con el que se había decorado la estancia, y se miraron entusiasmadas, a la vez que cómplices. Tal vez, después de todo, no estaría tan mal vivir allí una temporada y no en la humilde habitación que tenían alquilada en uno de los modestos barrios surgidos alrededor de la zona industrial.

Frances no dudó un instante en acomodarse en un carísimo sillón colocado estratégicamente frente a la enorme ventana que coronaba aquella estancia y, gracias a la cual, la luz natural lo impregnaba todo.

Violet, sin embargo, permaneció en pie, intranquila, a la espera de la aparición de Melbourne. Tenía algo que comunicarle y no estaba segura de cómo se lo tomaría este conociendo cómo se las gastaba cuando se sentía contrariado.

Aun así, en vista de que la quería a ella para el trabajo, Frances debería formar parte del lote. No le quedaba más remedio. Sabía que no era una buena idea, Dios era testigo de que era plenamente consciente de ello, pero, después de mucho cavilar y buscar alguna forma de sacar a su imprudente hermana de aquella alocada idea que se le había metido en la mollera, llegó a la conclusión de que era la solución menos perniciosa para todos. Prefería tenerla vigilada a pasarse todo el día preocupada al pensar que podía intentar intervenir en aquel plan, de alguna forma, con el fin de ayudarla y arruinarlo todo.

Y, de paso, a ellas mismas.

 

 

—Bienvenida —la saludó el hombre sentado en el único lugar cubierto por sombras de la estancia y que las había estado observando sin que ellas lo advirtieran.

La joven dio un respingo y se giró veloz hacia el punto exacto del que manaba aquel penetrante sonido, incómoda al haber sido sorprendida. Inmediatamente se percató de que el caballero había hablado en singular y sintió un nudo en el estómago.

Aquello no era una buena señal.

—Señor.

—Me complace saludarla, señorita Graham —se dirigió a la más joven ignorándola a ella dando muestras de que no le gustaba aquel imprevisto.

—¿En serio? —preguntó la aludida con desconfianza, consiguiendo que Violet tuviera que aguantar las ganas de sonreír al ver como Melbourne entrecerraba los ojos. No estaba acostumbrado a que personas de condición inferior se dirigieran a él con tal confianza.

«Mucho menos está acostumbrado a tratar con personas tan descaradas como Frances», se regocijó.

—Por supuesto, es un placer que haya venido de visita —recalcó.

¡Ay!

Frances miró veloz a Violet y está negó con la cabeza, advirtiéndola de que mantuviera la boca cerrada y la dejase hablar a ella, como habían convenido momentos antes de entrar en la casa, gesto que la más joven ignoró.

—No he venido a saludarlo —esta la señaló a ella—. Seré su doncella.

Dos veces: ¡Ay!

Melbourne se molestó pero no lo demostró.

—Creo que ha debido de haber un error —la reprendió con frialdad—. Ya hay una persona designada para el puesto.

En realidad no era cierto, ninguna de sus amantes había tenido doncella, ¿o, sí? Maldijo al pensar que no se había parado a pensar en ello, aunque no iba a permitir que Violet fuera por libre durante aquella operación tomando decisiones sin que él las aprobara antes.

Era él quien estaba al mando de la operación.

—En realidad, he sido yo quien le ha pedido a Frances que ocupe dicho lugar porque es de mi absoluta confianza, y creo que nos puede ayudar en nuestra empresa.

El hombre las observó con un gesto cómico.

¿Realmente Violet pretendía obligarle a aceptar a aquella delincuente en su casa?

—¿Le ha hablado a su hermana de «nuestro acuerdo»? —preguntó en un tono tan duro que logró que a la mujer se le pusiera la carne de gallina.

—Lo sé todo —se entrometió la susodicha.

Tres veces: ¡Ay!

—No me diga, imprudente criatura.

—¡¿Criatura?! —exclamó indignada la más joven mirando a Melbourne con cara de querer matarlo.

—¿Acaso piensa…?

—¿Podríamos hablar en privado? —le suplicó Violet interrumpiendo cualquier cosa que este pudiera decir.

Era plenamente consciente de que no llegarían a ningún acuerdo con Frances allí presente, soltando lo primero que se le pasaba por la cabeza, y que lo más probable era que lo único que consiguiera fuera que Melbourne la mandase arrestar para sacarla de su camino.

—En vista de que nuestras actividades son de conocimiento público, no veo por qué —ladró Howard.

—Exacto —volvió a intervenir aquella imprudente, airada.

¿Sería delito estrangular a tu propia hermana?

—Nadie te ha pedido tu opinión —Violet la regañó enfadada—. Sir Melbourne —intentó convencerlo—, después de los últimos acontecimientos no guardo secretos con Frances. Sé que a veces puede resultar recalcitrante, créame si le digo que nadie mejor que yo es consciente de ello, pero sabe manejar un arma puesto que me he preocupado todos estos años de que aprendiera a defenderse en caso de resultar necesario. Y usted mismo pudo comprobar como ella sola consiguió meterse entre el personal del conde para lograr llegar hasta él sin levantar sospechas.

—¿Está usted hablando de como intentó asesinar a Hastings en más de una ocasión?

—Estoy intentando hacerle ver que puede sernos de utilidad en esta empresa. Tal vez ella llegue donde yo no puedo —insistió a pesar de que ambos sabían que aquello no era cierto puesto que Violet era de las mejores agentes que tenía.