El rugido del León - Lucinda Gray - E-Book
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El rugido del León E-Book

Lucinda Gray

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Beschreibung

Promesas, secretos, honor y un romance apasionado Cuando, de regreso a su castillo, el temido León de la Reina se encuentra a alguien intentando secuestrar a su hijo, monta en cólera y encarcela en la mazmorra a la culpable del delito sin atender a ninguna clase de explicación. Isidora no es culpable; se ha tratado de un malentendido, aunque esconde un secreto mucho más oscuro y que podría costarle la vida si llegasen a descubrirla, por lo que se ve obligada a representar un papel que no le corresponde. Leo no confía en ella y la mantiene estrechamente vigilada, mientras Isidora es consciente de que, si el caballero descubre su secreto, no dudará en ajusticiarla por su propia mano. Entretanto, ambos mantienen una lucha de voluntades impulsada por el incontrolable deseo que se ha despertado entre ellos, un deseo que, debido a la cercanía a la que se ven obligados, se convertirá en algo más profundo y que colocará al León en una situación que lo obligará a elegir entre el deber y el amor. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 372

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

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www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2012 Lucinda Gray

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El rugido del león, n.º 300 - julio 2021

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1375-899-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Epílogo

Nota de la autora

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Prólogo

 

 

 

 

 

Tafalla, noviembre de 1154

 

—Leo, por favor —suplicaba la mujer, entre sollozos, al ver el pálido rostro de su único hijo—, no lo tomes así —susurró mientras alzaba una de sus delicadas y regordetas manos con la intención de reconfortarle—. Todos sabíamos que esto podía ocurrir. Y ella no sabía lo que decía. No era consciente de nada excepto de su propio sufrimiento.

Intentó acercarse al joven caballero de mirada gris que la contemplaba sin comprender. Sin embargo, cualquier muestra de consuelo era desechada con un mal gesto.

«No es para menos», pensó con rabia.

Aquella terrible noche pudo sentir cómo algo se rompía dentro del muchacho. Algo que lo ahogó, un sentimiento de culpa irreparable. Inconsolable. Fue tan intensa esa emoción, que pudo percibir su dolor, su profunda pena. Y tuvo la certeza de que nunca podría olvidar la congoja que la embargó porque se enfrentó a algo a lo que ninguna madre debería estar expuesta: al sufrimiento de un hijo. A su desazón, y a la impotencia de saber que nada de lo que hiciera sería suficiente para darle siquiera un poco de alivio a dicho dolor. Doña Elvira era conocedora de que la incomprensible dureza que su hijo mostraba ante aquellos atroces acontecimientos no era sino una forma de mantener bajo control su suplicio. Su tormento. Leo había aprendido desde muy joven que eran la fuerza y la mano dura las que obligaban a los demás a brindarle respeto debido a los celos que siempre había despertado entre los demás hombres, fuesen jóvenes escuderos o guerreros avezados en la lid. Y todo gracias a su destreza con las armas y sensibilidad con las mujeres.

Sí, ella, su madre. Comprendía.

Ella entendía.

Por ello asumía con resignación la máscara que había adoptado ante la insondable pena que lo ahogaba, conocedora como era, de que era la única forma que Leo tenía de evitar mostrar que era un simple mortal. Que no era más que una persona como cualquier otra. Un hombre. Y que ni su noble cuna ni su bravura en el combate, donde se había forjado su leyenda de invencible, podrían cambiar el hecho de que se sintiera como cualquier otro en idénticas circunstancias: hundido. Sin ser capaz de ver un mañana que lo ayudara a reponerse del dolor que le había tocado vivir.

En aquellas funestas horas quedaba poco del fiero «León» al que todos temían desafiar a sus apenas veinticuatro años y, dentro de su tierno corazón de madre, la pose insensible que había adoptado ante todo aquel que osara acercársele para brindarle algún tipo de consuelo, provocaba que la pena que sentía por él la ahogara. Asfixiándola. Era consciente de que la verdadera reacción de Leo hubiera sido la de correr a sus brazos en busca de aliento ante el sentimiento de desconcierto y culpa que lo consumía. A su pesar, su hijo había decidido no cederle terreno a su corazón, ganando la batalla, por el contrario, su orgullo. Negándose a mostrar cualquier señal de debilidad que pudiera hacer visible su vulnerabilidad.

Él no lloraría, aunque le fuera la vida en ello.

Y ella lo sabía.

—Hijo mío —le suplicó una vez más intentando atraer su atención hacia el pequeño ser que acunaba entre sus brazos—, debes aceptar lo que Dios ha dispuesto para Blanca como parte de vuestro destino.

Tomando al pequeño Iván, lo acercó hasta su vástago, ofreciéndoselo para que lo sujetara. Le quedaba la esperanza de que aquella nueva vida mitigara en parte el dolor que se ceñía sobre su alma ante la pérdida de su esposa.

—Ten… —Le mostró al recién nacido como si fuera un delicado tesoro, consciente de que estaba sometiendo a Leo a una dura prueba. Si lo rechazaba en ese momento, no se permitiría retractarse de su acción en un futuro, su forma de ser no se lo permitiría. Por tanto, la decisión que tomara en ese instante sería crucial para sus vidas, la de todos ellos.

Elvira sintió una gran presión en el pecho al ver que transcurrían los segundos sin que hiciera ningún gesto hacia el pequeño, limitándose a observarlo sin emoción. Desprovisto de todo sentimiento de ternura hacia él. Con una sensación de desespero, insistió en su empeño, intentando conseguir que Leo lo aceptara. Arriesgaban mucho en aquellos instantes como para ser cobarde.

Y si hubiera sido capaz, hasta le hubiera tirado de las orejas para obligarlo como cuando era un niño travieso. Sin embargo, era demasiado lo que se jugaban.

—Recuerda que ahora que no está su madre —hizo una pausa para mirar de nuevo al bebé y sonreírle como solo una abuela podía hacerlo—, es a ti a quien corresponde velar por él.

La mujer pensó que, si su nuera no hubiese muerto pocas horas después del parto, estaba segura de que habría acabado matándola ella misma por albergar unos sentimientos tan oscuros hacia su hijo. Si no hubiera estado tan enamorado de ella, habría podido ver lo caprichosa y malcriada que era y el rechazo que despertaba en los demás. Debido a la profunda obsesión que sentía por su esposa, desde el instante en el que la conoció en la corte, su único objetivo fue darle todo lo que esta deseaba y hacer cumplir como fuesen sus extravagantes exigencias.

 

 

Leo, a pesar de lo que los demás pudieran pensar, miraba a su primogénito con infinitos remordimientos, sintiendo que se le quebraba su maltrecho corazón. Por supuesto que deseaba tomarlo en brazos y hacerle sentir que junto a él estaría a salvo, lo ansiaba más que a nada en el mundo y, en cierto modo, era por lo que sufría. Sufría mucho. Anhelaba mimarlo, susurrarle que lo cuidaría siempre, mostrarle seguridad y protección, como en su día lo hiciera su padre con él. Pero, sobre todo, deseaba compartir cada minuto de su existencia con esa parte de su ser. Ansiaba enseñarle a convertirse en un gran caballero, un guerrero: donde el honor y la justicia fuesen los valores que guiaran su camino en la vida. Otorgarle los conocimientos que se traspasaban de padre a hijo.

«Pero no puedo, no debo».

Nadie, ninguno de los allí presentes, podía imaginar cómo le quemaban las manos por el deseo de tomarlo, estrecharlo contra su pecho y llorar hasta que no le quedaran lágrimas por derramar. Hasta que sus ojos se quedaran secos. Pero no podía. Que Dios lo perdonase, que su hijo lo perdonase, porque no podía. Pese a lo profundo de sus sentimientos, y del amor que brotó de su corazón desde que escuchó su primer llanto, no lo haría. ¿Acaso tenía derecho a ser feliz junto a él siendo consciente de que por su culpa yacía sin vida el cuerpo de su amada esposa? ¿De su madre?

No, se decía una y otra vez, para convencerse de ello.

«No tengo ese privilegio».

¿Cómo iba a recibir el amor de su pequeño, un amor que también debió estar destinado a Blanca? El remordimiento era un sentimiento muy poderoso, más fuerte incluso que el amor que este le inspiraba, y ese sentimiento le impedía disfrutar de su pequeño. Así que solo obtendría de él un nombre, alimento, educación y, para amarlo, tendría a su abuela.

Lo miró con dureza.

No podía echar de su mente el recuerdo de todas aquellas advertencias. Debido a su incontenible deseo de ser padre, había hecho caso omiso a cualquier consejo que le hicieran sobre la posible incapacidad de Blanca de poder dar a luz sin poner en peligro su vida debido a su pequeña y delicada complexión física.

Y le dolía.

Dolía mucho.

Más de lo que creía capaz de soportar.

Más que cualquier herida recibida en el clamor de la batalla.

Más que cualquier ofensa que nadie pudiera infligirle a su honor, que era lo que más valoraba.

No había palabras que pudieran describir tanta pena y desazón. Blanca había sido su gran amor. Mejor dicho, aún era su único amor. Y se odiaba por haber provocado que ella le aborreciera a causa de su egoísmo. Que ella le odiara y lo maldijera con su último aliento. Por ella había sido capaz de exigirle a la reina que concertara su matrimonio a pesar de las protestas del padre de la joven. Por ella se había enfrentado incluso a su mejor amigo, Eduardo, primo de Blanca, quien no la soportaba, que estuvo en desacuerdo desde el primer momento con el enlace. Todos se habían opuesto a su enamoramiento por la muchacha alegando que era demasiado joven para casarse, pero él no les hizo caso, después de todo, tenía casi diecisiete años.

Ni siquiera a su madre, cuando le advirtió del error que cometía llevado por su sensualidad. ¡Cuánto se arrepentía! Nadie podía llegar a comprender que su corazón sangrara al pensar que habían sido su egoísmo y ambición, como le gritó esta durante aquel cruento parto, aquello que había provocado su muerte. Él la amaba tanto que hubiera sido capaz de no tocarla si hubiese llegado a sospechar que moriría al dar a luz. Lo habría hecho sin dudarlo. Y le habría sido fiel a pesar de ello.

Su Blanca, el amor de su vida, que había fallecido sin haber cumplido apenas los dieciocho años. La madre que su ansiado hijo nunca conocería. La familia que ya no tendría.

No, no tenía derecho a disfrutar de lo que tanto había deseado y que había provocado su muerte. Volviendo la mirada hacía la mujer que le dio el ser, la hizo partícipe de cuál había sido su elección.

—No, mi señora —dijo con voz fuerte y segura consiguiendo que el bebé rompiera a llorar como presagio de su negro futuro—, es afortunado. Ya tiene quién vele por él: la tiene a usted. —Lo miró un momento antes de volver a dirigir su plateada mirada de nuevo a la mujer—. Te tiene a ti. Eso es más que suficiente.

—Hijo mío…

Leo alzó una mano para hacerla callar.

—Se llamará Iván. Encárgate de los preparativos para su bautismo.

Dichas estas últimas palabras, Leovigildo, conde de Luna, fiel servidor de la reina Petronila y el príncipe Ramón Berenguer, vinculado a la misma por el matrimonio con la prima de Su Alteza Real, doña Blanca de Asís de Navarra, salió de su dormitorio dejando allí a su desolada madre con su retoño, quién no dejaría de llorar durante bastante tiempo.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Febrero de 1157

 

—¡Querida! —exclamó Elvira con entusiasmo al entrar en el gran salón y ver allí a la hija de su esposo—. Por fin has llegado, llevamos días esperándote.

La mujer reprendió discretamente a la muchacha a la vez que la tomaba de ambas manos en un delicado, pero seguro, gesto. Necesitaba saber más de ella para poder hacerse una idea aproximada de su carácter, ya que tendría que utilizar su influencia en la corte con el fin de minimizar las consecuencias del problema en el que se encontraba. Malos tiempos corrían para aquella, hasta ese momento, desconocida, que se presentaba en su casa con cierto recelo.

«Muy malos», pensó.

Al cabo de pocos segundos, siendo consciente de que su visitante no esperaba un buen trato por su parte, hecho por el que permanecía en esa poco favorecedora actitud sumisa, decidió poner fin a cualquier formalidad y acabar así con los temores de la chica. Después de todo, era la única descendencia que tenía su adorado esposo. Y este la amaba.

—Ven, siéntate conmigo —le ordenó resuelta, arrastrándola tras de sí al ver que no la seguía—. Vamos, no esperarás que te suplique, ¿no? Será mejor que obedezcas o me inclinaré a pensar que eres una malcriada. —La sonrisa bailaba en todo momento en los labios de la mujer mientras no le daba opción a mostrar resistencia, obligándola a sentarse a su lado junto al hogar—. ¿Ves? No ha sido tan difícil, empiezo a creer que serás una buena hija y, si no —se encogió de hombros haciendo una mueca—, siempre puedo darte un par de azotes.

Isidora la miró un poco desconcertada al oír la banal amenaza. Se había dejado arrastrar en silencio, un poco sorprendida por aquel afectuoso recibimiento, pero sin olvidar en ningún momento quién era esta y quién era ella, y el lugar que cada una ocupaba, preguntándose si aquella dama sería verdaderamente la esposa de su padre: la viuda del difunto conde de Luna. Además, ¿por qué no dejaba de hablar? No era así como ella recordaba que se comportasen las mujeres de la nobleza.

Elvira miró con disimulo a la joven, evaluándola. No era una mujer de medias tintas, solía ser bastante directa además de salirse siempre con la suya. Y así iba a seguir siendo, se dijo, costase lo que costase, y arrollase a quien arrollase en su camino, conseguiría que esa joven se abriera a ella cual flor en primavera. Y si alguien dudaba de su tenacidad, podría preguntarle a su hijo, quien solía quejarse de que se inmiscuyera en la vida de los demás sin su consentimiento y la pusiera patas arriba. Cosa, por cierto, que no tardaría en descubrir su hijastra, ya que no iba a consentir que esa voluntariosa jovencita tratara de mantenerla al margen de su enorme problema. Sobre todo, porque desde que la vio en su casa, con aquella falsa sumisión, ya se había erigido en su protectora, aunque esta lo desconociera.

—Estamos encantados de tenerte entre nosotros —confesó al ver que la otra apenas levantaba la mirada del suelo y se obstinaba en permanecer tercamente callada.

Pensó, frustrada, en lo cabezota que estaba resultando ser, puesto que la pequeña Isi, en vez de mostrarse agradecida por su actitud protectora hacia ella, se empecinaba en guardar silencio. Recordó que su marido se refería a ella como una chica necia y terca, empeñada en hacer su voluntad.

Por su parte, Isidora, no hizo nada que indicase que le habían agradado las palabras de su madrastra, por el contrario, mantuvo su actitud distante, cauta. Así que cuando le alzó la barbilla en un rápido movimiento que la tomó por sorpresa, no supo reaccionar.

—Soy más testaruda que tú, jovencita —le dijo alegremente.

Isidora parpadeó un par de veces, intentando asimilar que la noble mujer no le mostrase desprecio, por el contrario, parecía encantada con su presencia.

Increíble.

Se detuvo a mirar, por primera vez, el rostro de quien se había visto obligada a acogerla en su casa mientras su padre intentaba salvarla de una, más que probable, condena. De lo que muchos calificarían como un merecido y ejemplar castigo. Y, para su sorpresa, le gustó lo que vio, así que no pudo evitar devolverle la sonrisa a aquella asombrosa mujer. Doña Elvira, actualmente de Aguilar, gracias al matrimonio con su padre hacía apenas dos años, no era lo que ella entendía que debía ser, o como debía comportarse, una gran dama. Al menos no como las que ella conocía. Se la había imaginado una y mil veces desde que su padre le ordenó que viajara a Tafalla, a ocultarse, mientras él encontraba una salida a su situación. Tuvo pesadillas casi todas las noches y, cuando no dormía, se imaginaba el mal recibimiento al que se vería sometida en cuanto pusiera un pie en el castillo, por lo que le suplicó a su padre que buscara otro lugar al que enviarla. Cuando pensaba en su madrastra, presumía que era como las otras mujeres nobles: altiva y distante con los que no eran de su misma condición y, había dado por hecho, que le haría saber de inmediato su disconformidad con su presencia allí.

Un sentimiento extraño la embargó al ser consciente de que tal vez había errado en sus sospechas. Al contrario de lo que pensara en un principio, la mujer que se presentaba ante ella tenía el aspecto de ser todo lo opuesto a lo que esperaba encontrar. Incluso le recordó, en cierto modo, a su tía Eulalia, a quién se había visto obligada a abandonar por orden de su progenitor y en contra su voluntad.

Y ella adoraba a su tía.

La desconcertó el aspecto de la mujer, puesto que no era precisamente delicado, como el que presentaba la mayoría que solía relacionarse con don Nuño. Este había sabido disfrutar de muchas y variadas mujeres de aspecto similar, e Isidora había oído hablar de algunas de ellas, por lo que se había imaginado a la condesa viuda como alguien esbelta y espigada. Jamás hubiera considerado siquiera que su padre anduviese como un adolescente atolondrado con su primer amor, deslumbrado por alguien de baja estatura, grandes curvas y carácter afable, como aquella mujer. Aunque, eso sí, poseedora de un rostro hermosísimo adornado por una abundante cabellera negra con unos enormes ojos grises de mirada inteligente.

Le gustaba.

Le gustaba mucho.

Sin ser consciente de ello, le devolvió la sonrisa, provocando con ese gesto que se le marcaran unos pequeños hoyuelos, herencia de su progenitor y envidia de algunas jóvenes de su edad.

—Siento mucho causarle tantas molestias, señora, yo… —empezó a disculparse, segura de que era eso lo que esperaba, teniendo en cuenta quién era y el contratiempo que había traído consigo su llegada.

—¡Tonterías! —Elvira no la dejó terminar, a la vez que hacía un elocuente gesto—. No permitiré que creas que tu presencia en la casa es causa de algún tipo de agravio para mí o alguien de esta familia. Tu padre está muy orgulloso de ti y nunca ha ocultado tu existencia, así que no creo que debas ser tú quien se preocupe de ello.

Isidora no supo reaccionar ante aquellas palabras.

En realidad, estaba muy sorprendida.

—Es de agradecer, señora. Mi padre a veces parece olvidar quién soy al hablar de mí como lo hace.

«Lo que no deja de ser una fuente continua de problemas».

¿Acaso a la esposa de su padre no le molestaba que este tratara a su bastarda como si no ostentara tal condición?

No sabía cómo manejar aquella inesperada situación. La mayor parte de su vida había sido marginada debido a las circunstancias de su nacimiento. Estaba convencida de que, de no haber ostentado tal condición, no se hubiese visto obligada a huir de su hogar, donde vivía felizmente junto a su tía. Si ella hubiese sido una hija legítima, tal vez, sus penosas circunstancias le serían más favorables.

—¡No seas injusta, Isidora! El que Nuño se sienta orgulloso de ti no tiene nada que ver con que seas hija natural.

—Sé que me ama.

—Y te admira. Te considera valiosa, viendo en ti cualidades dignas de alabanzas, y eso nada tiene que ver con tu nacimiento.

Isidora supo en ese instante que aquella dama amaba a su padre. Solo siendo así la habría aceptado sin recelos. Él no se andaba por las ramas a la hora de decir lo que pensaba sin pararse a cuestionar a quién pudiera molestar u ofender, simplemente actuaba como quería. Y eso fue una fuente constante de problemas para ella. Este había hecho caso omiso a las burlas de los señores de Guadalajara, dónde tenía una pequeña fortaleza, en el valle del río Henares, y donde ella creció junto a su tía. Había manifestado públicamente ante todos que Isidora era su hija y que no permitiría ningún ultraje. Siempre creyó que si se hubiese abstenido de alardear de su existencia como lo había hecho, tal vez ella no estaría huyendo de su hogar como lo hacía. Sus atrevidas declaraciones precipitaron de alguna forma los acontecimientos.

Su madre murió cuando ella tenía doce años y, desde entonces, su padre la había dejado al cuidado de su hermana, una mujer huraña que vivía para sus mejunjes y pócimas curativas en la vieja torre familiar. Podría decirse que era lo más parecido a una madre que tenía desde que creyó verse sola en el mundo, con un padre que andaba siempre de torneo en torneo o de cama en cama. Sintió una punzada en el pecho al recordar cómo se había sentido cuando se vio obligada a abandonarla para ir a vivir con unos desconocidos, en un lugar desconocido y con un clima inhóspito.

Sí, aquello había supuesto un duro golpe para ambas, pero aún fue peor ser consciente de que sus planes de futuro nunca se verían realizados a causa de su problema. Desde muy pequeña tuvo claro que ingresaría en un convento, ella y su padre lo habían hablado en numerosas ocasiones, y él había prometido darle una buena dote para ello, así se asegurarían un buen lugar en su retiro al mundo espiritual. Sin embargo, sus circunstancias actuales hacían muy improbable que sus sueños se vieran cumplidos, algo que, al parecer, a Eulalia no le desagradaba, en vista de que nunca estuvo a favor de permitirle cumplir sus objetivos manifestando que sería un despropósito. Así se lo había hecho saber a su hermano desde que Isi cumpliera los trece años y llevara más de uno viviendo con ella; no quería ni oír hablar del asunto y había hecho todo lo posible por convencerla de lo contrario.

Sin embargo, Isidora siempre albergó la esperanza de hacerla cambiar de opinión y, de no ser así, se había prometido acompañarla hasta sus últimos días para después tomar los hábitos como tenía planeado.

Nunca dudó de que cumpliría su sueño, solo necesitaría paciencia. No iba a engañarse, no la impulsaba la devoción, sino que comprendía que esa era su única salida para adquirir el conocimiento que estaba vedado a las mujeres y no tener que pertenecer a ningún hombre.

Nunca, hasta aquel día en el que todos sus sueños se rompieron en mil pedazos, el día en que se produjo aquel lamentable altercado que había puesto su mundo patas arriba mostrándole una dura realidad, a pesar de lo que su padre intentara hacerle creer. Aún se estremecía al recordar las horribles circunstancias que impulsaron a su tía a sacarla de Guadalajara a toda prisa. Ese día su mente vio con claridad lo injusto que era el mundo en el que ella crecía y se desarrollaba como mujer. Los privilegios que ostentaban unos y las desventajas y agravios que se veían obligados a soportar otros.

Pero Eulalia era muy astuta, más lista que el resto, así que llamó a su hermano de inmediato, antes de que descubrieran quién estuvo en el atentado, y entre ambos decidieron que ese era el momento idóneo para que conociera a la nueva familia de su padre y poder desaparecer hasta que se normalizara la situación.

Suspiró con cansancio.

Ninguno parecía querer aceptar que sería condenada a muerte.

Volviendo a la realidad, decidió que la mujer se merecía sinceridad por su parte.

—Señora, no quiero parecer desagradecida, pero lo cierto es que me gustaría saber en calidad de qué me acogerá usted en su casa. —Hizo una pausa esperando no ofenderla, pero consideraba que aquello era necesario—. Las dos somos conocedoras de cuáles fueron las circunstancias que rodearon mi nacimiento, así como la razón de que me encuentre en su casa, entendería cualquier lugar que desee darme, puesto que no me encuentro en condiciones de objetar.

—¿Como qué lugar?

Elvira no pareció comprenderla.

—Es mejor evitar malos entendidos, sobre todo de cara al futuro —continuó—. Así qué, ¿podría decirme si seré su sierva, la bastarda de su esposo a la que se ve obligada a acoger, o un miembro más de su familia?

Al decir esto último contuvo el aliento, porque, aunque no lo expresara, en el fondo de su corazón deseaba ser aceptada como una más, en igualdad con el resto de la familia. Sin embargo, la realidad de su mundo era la que era, y lo más sensato sería afrontarla y dejar sus anhelos en la recámara oculta de su mente y su corazón. Sería doloroso que su madrastra, o los otros hijos que pudiera concebir con su padre, la mirasen con vergüenza por carecer de nobleza al ser hija de una sierva. O, peor, que la obligasen a servirlos, a su propia familia.

La miró con fijeza, esperando su respuesta.

¿Qué haría?

A pesar de su trato agradable era consciente de que no podía permitirse hacerse ilusiones.

Las carcajadas de la mujer la cogieron desprevenida.

Miró en derredor con espanto.

¿Qué había provocado tal arrebato?

Al parecer, ninguna de las personas que andaba cerca pareció alarmada por la escandalosa reacción de la dama. Pensó que tenía que ser habitual verla reír de aquella forma exagerada, puesto que ninguno de los que se encontraban realizando sus tareas en la gran sala pareció sorprenderse.

—Por fin has sacado el genio. Me alegra saber que no te andas con rodeos, jovencita.

—Y a mí que le resulte gracioso —ironizó.

Elvira le dio una pequeña palmadita en la mano.

—No deberías preocuparte de eso en este momento. En esta casa eres recibida como un miembro más de la familia. —Se secó aquellos dos pozos grises con su inmaculado pañuelo—. Aun así, y debido al motivo que te ha traído hasta aquí —le dijo en un susurro conspirador—, no debemos levantar sospechas sobre tu identidad. Por eso tú padre y yo hemos decidido que diremos a todos que eres mi nueva dama de compañía. La hija de una mujer a la que conocí hace bastantes años. —Isi la miraba con curiosidad y cautela.

—Ya veo.

—Solo lo hacemos para garantizar tu seguridad y no por otras razones.

Isi le sostuvo la mirada antes de responder:

—La creo.

—Lo sé, eres una chica inteligente. Pero, al menos, hasta que todo este problema se aclare, no podemos desvelar tu identidad.

—Haré lo que disponga.

—Eso es una buena noticia, porque —se aclaró la voz— necesito hacerte una petición.

Lo dijo con seriedad a pesar de que aquella maternal sonrisa perduraba en su mirada.

Isidora no supo qué decir.

—¿Qué clase de… petición?

«Debería estar preparada para lo que esta mujer tenga en mente».

Después de todo, aquello era demasiado bueno para ser verdad. Ahora vendrían sus penurias. ¿Qué idea tendría en mente aquella mujer?

—¡No, no te asustes! —se apresuró a tranquilizarla—. Verás, tengo un nieto de poco más de dos años que es un diablillo. Yo ya no tengo edad para ir corriendo tras él de un sitio a otro, y tampoco he querido nunca encargarle dicha tarea a nadie, bastante tiene ya el pobrecito mío. Por eso te estaría muy agradecida si me ayudaras en este quehacer. Después de todo, será como un sobrino para ti.

Elvira la miraba esperanzada y ella no supo cómo no echó a correr en ese instante.

¿De qué iba todo aquello?

—¿Me está pidiendo que cuide de su nieto?

Aquello era de lo más sorprendente.

«¿Acaba de decir que sería como mi sobrino?».

Un sobrino.

Un pequeño que sería como su familia y la querría.

Sintió un calorcito en el pecho muy agradable.

—Desesperadamente.

—Ni siquiera sé qué decir.

—¡Oh! Créeme, no tienes alternativa.

En ese momento, Isi volvió a sonreír. ¿Sería aquel lugar como un hogar para ella?

Un nuevo hogar, una nueva familia.

¿Sería posible?

Su corazón deseaba con fervor que fuera cierto. Lo único lamentable eran las circunstancias que habían propiciado aquel encuentro, por eso deseaba con todo su corazón que hubiese alguna salida para su problema.

—Estaré encantada de ayudarla —asintió risueña sin pizca de temor.

—¿De verdad pensabas que te iba a permitir rechazarme?

Elvira hizo una mueca al hacerle la pregunta, pero no perdió la sonrisa en ningún momento, por lo que Isidora pensó que aquella mujer era demasiado adorable.

—Empiezo a creer que es imposible.

—Una chica inteligente.

—Ahora, si no le importa —inquirió intranquila—, ¿me permite que le pregunte dónde se encuentra mi padre? Me extraña que no esté aquí.

Elvira dudó un momento antes de contestar, aunque finalmente optó por decirle la verdad a la muchacha. Esta no tenía pinta de ser ninguna estúpida y debía de ser consciente del enorme problema al que se enfrentaban.

—En estos momentos está en Barcelona, en el palacio condal, tratando de conseguir el favor del príncipe para cuando tengamos que ir a Guadalajara a interceder por tu causa. —Al decir esto, una sombra cruzó por el semblante de la mujer mayor, como un presagio de que cualquier cosa que intentaran sería en vano—. Pero —cambió de tema velozmente para no preocupar a la joven—, ya pensaremos en ello más tarde. Por ahora tenemos quehaceres más importantes que atender.

Isidora también decidió cambiar de tema, era lo mejor.

—Su nieto.

—¿Podría haber alguien más importante en el mundo para una mujer?

—¿Un hijo? —preguntó curiosa.

Elvira tosió para disimular su risa.

—Digamos que el conde no necesita protección.

Levantándose de su asiento, hizo que Isidora hiciera lo mismo para acompañarla a enseñarle cuáles serían sus nuevos aposentos en aquel lugar y, por supuesto, que conociera a su pequeño Iván. No le pasó inadvertida la desilusión de la joven al no haber sido recibida por su esposo, aun así, debido al curso que habían tomado los acontecimientos de los últimos tiempos, era mejor así.

Todavía no sabían si podrían hacer algo por ella, si la habían descubierto o si Eduardo moriría, por lo que resultaba innecesario preocuparse a destiempo.

 

* * *

 

En cuanto se detuvo delante de la puerta de la que sería la habitación de la joven, advirtió la conmoción en el rostro de esta al ser consciente de que le había asignado una de las estancias principales. Pensó, con cierta maldad, en qué diría Isidora si supiera quién ocupaba la habitación contigua, sobre todo cuando oyese bramar al ogro en el que se había convertido su hijo. Era conocedora de que a Leo le iba a dar un ataque de furia cuando descubriera que la habitación de Blanca volvía a estar ocupada, nada más y nada menos que por una desconocida.

«Pues que grite todo lo que quiera, va siendo hora de que cambien algunas cosas en este castillo».

No pudo evitar sentir un poco de remordimiento por la chica, aunque estaba convencida de que podría hacerle frente sin problemas al conde. Ya se había dado cuenta, con gran placer, de que la muchacha era fuerte; de no ser así, no hubiese aguantado los acontecimientos que le había tocado vivir con tanta entereza y hacerles frente sin amedrentarse.

—Espero que te guste la estancia. —Sonrió al ver su cara de asombro.

—¿Está segura de que esta es mi habitación?

—Por supuesto. Bien, no nos entretengamos más y vayamos a ver a mi nieto cuanto antes —la urgió para evitar que se opusiera a dormir allí—, es una pequeña calamidad, y se pone insoportable cuando no estoy a su lado al despertarse.

Isidora fue a decir algo, pero Elvira no se lo permitió.

—Creo que…

—Más tarde podrás acomodarte a tu gusto, en este momento debemos ir a ver al pequeño.

La joven dudó de las intenciones de la mujer mayor. ¿Por qué esa habitación? ¿Y por qué tanta premura por salir de allí? La miró de reojo mientras la acompañaba al ala opuesta del castillo, al encuentro del pequeño, convencida de que la otra no hacía nada que no hubiese pensado a conciencia. Y segura de que había algo que no le decía. Pero ¿qué? ¿Se había equivocado al juzgarla tan precipitadamente? ¿Tendría que estar en guardia por si fuese necesario salir huyendo de nuevo? Su madrastra tramaba algo, estaba segura, y de que le traería problemas, también.

Una corazonada le decía que era un error dormir allí y que lo más sensato sería estar atenta hasta que regresara su padre.

—¿Y la esposa del conde?

Isidora hizo la pregunta sin pensar.

—Murió al nacer Iván —fue la escueta respuesta de la mujer. Al parecer, con eso daba por zanjado el tema—. Tampoco esperes conocer a mi hijo por el momento —le explicó por si se le ocurría preguntar por él. Cuanto menos supiese de Leo, mejor—. Se encuentra en Navarra inspeccionando algunas de sus tierras, ha habido asaltos en los últimos días y quiere asegurarse de que no se repiten. Nos ha tocado vivir tiempos difíciles.

—Ajá —fue lo único que pudo decir.

—Últimamente, la seguridad escasea por estos lares, tantas contiendas solo traen falta de prosperidad. —Dudó un segundo antes de seguir hablando—: Creo que me veo en la obligación de advertirte del carácter huraño de Leo. —Elvira evitaba mirarla a los ojos. A pesar de que no se arrepentía de haber colocado a la chica en una situación difícil cuando este regresara, no quería dejar de prevenirla del mal carácter del hombre. Era mejor que estuviera preparada para uno de sus desmedidos arranques cuando se enterara de que la habitación de su difunta esposa había sido ocupada en contra de una de sus irrazonables reglas—. Él… Bueno, no se puede decir que sea una persona de trato fácil, aunque es un hombre de honor y justo —le aclaró volviendo a su anterior jovialidad—. Pero no nos preocupemos de Leo, ya le conocerás y podrás hacerte una idea tú misma sobre su carácter.

Empezaba a entender el enamoramiento repentino de su padre, a ella misma le estaba resultando difícil resistirse a la noble dama. Sin embargo, el comentario acerca de su hijo la dejó inquieta. ¿Cómo que no se preocupara? Se santiguó intentando calmarse. Solo le quedaba rezar para que el conde no pensara ajusticiarla él mismo cuando se descubriese todo.

—Ven, vamos a conocer a mi nieto.

La tomó de la mano e Isidora se vio arrastrada nuevamente por ese torbellino de mujer.

—Lo estoy deseando —susurró, y se sorprendió al darse cuenta de que era cierto. Aún no había podido asimilar la belleza del lugar, ni a su madrastra, pero ya empezaba a sentir algo muy extraño dentro de su corazón. Un reconocimiento místico, como si presintiese que aquel sitio estuviera de alguna forma ligado a ella, a su futuro; como si fuera el destino quien la hubiera arrastrado hasta allí.

 

* * *

 

Elvira había omitido deliberadamente decirle a su invitada que todavía no le había comunicado nada al conde sobre su estancia con ellos en Tafalla. Esa era una batalla que ya libraría más adelante, por el momento, lo único que le preocupaba era que la joven no sintiera que su presencia allí había sido impuesta y desapareciera. Estaba segura de que ya solucionarían ese problemilla con Leo en el instante que surgiera, por lo pronto, solo le quedaba rezar para que su intratable hijo tardara algunos meses en regresar, como era su costumbre, al castillo. Al menos el tiempo suficiente hasta que Isidora estuviera realmente instalada en el lugar y se hubiera ganado el cariño de su nieto. Si esto ocurría, por mucho que a Leo le molestase y protestase por la presencia de la muchacha allí, tendría que aceptarla, aunque únicamente fuese para que Iván tuviera una figura femenina y joven a la que querer. Esperaba fervientemente, y oraba por ello, que eso sucediera cuanto antes, puesto que iba siendo hora de que su hijo empezara a tragarse sus absurdas normas.

Conociéndolo, era mejor no tener que decirle la razón por la que la chica tuvo que salir huyendo de su casa a refugiarse en Tafalla, con ellos. Lo más sensato sería que la considerase una simple dama de compañía para ella y el pequeño. Por supuesto, se dijo, pensaba hacerlo en el caso de resultar necesario, pero solo si era imprescindible. Lidiar con Leo la extenuaba sobremanera cuando afloraba su terquedad y mal humor. Después del problema en que se había visto envuelta la joven, sería muy desconsiderado por su parte no acogerla en la familia, al menos hasta que las cosas se esclarecieran y pudiese volver a su hogar junto a Eulalia.

Por otro lado, estaba el hecho de que quería impedir que Leo y Nuño se enfrentaran por esa causa, puesto que su marido no atendía a razones cuando se trataba de su única hija, y no dudaría en poner en cuarentena la amistad que lo unía a su hijastro si de salvaguardar la vida de la muchacha se trataba. Era menester arreglarlo todo para cuando Leo estuviese de regreso, así a su hijo no le quedaría más remedio que aceptarla. Se convenció de que todo saldría bien, en verdad, lo ansiaba con todo su corazón y, por supuesto, rezaría por ello cada noche.

Dios proveería.

El instalar a Isidora en la antigua habitación de Blanca había sido una pequeña perversidad para con su vástago, esperaba así que este pudiera disipar de una vez por todas sus fantasmas al ver que otra persona hacía uso de las pertenencias de su difunta esposa sin que el techo se cayese sobre sus cabezas. Y qué mejor excusa que la llegada de esta a su casa. Realmente, no pensaba que fuese a rechazarla por ser una bastarda, pero no le cabía la menor duda de que lo haría en cuanto pusiese sus ojos sobre ella. Había que estar ciego para obviar el desmesurado atractivo de la joven; a Leo solo le bastaría con verla desde lejos para intentar hacerla desaparecer de su vista. Desde que enviudase, había prohibido a su madre invitar a ningún amigo con alguna hija en edad de casarse a hospedarse en su casa. Quería evitar en todo momento la tentación de querer volver a sentirse embelesado por ninguna otra mujer hasta el punto de volver a querer hacerla su esposa. E incluso la reina Petronila, que se había enterado de dicha prohibición, la había acatado discretamente debido a la gran amistad que la unía a él, y al conocimiento del dolor que sintió Leo con la muerte de su primera esposa.

Desde luego, pensó con ironía, que Leo no pensaría lo mismo si Isidora hubiese sido recibida en su casa en condición de sierva. En ese caso, por muy reprochable que a ella le pareciera, no habría dudado en llevarla a su lecho aprovechando tal condición. Una idea que a Elvira la enfurecía, y le parecía de lo más injusta, pero que parecía hacer feliz a los hombres, ya que les permitía tomar aquello que deseaban sin ser condenados por ello a los infiernos.

En fin, que era lo mejor para todos que Isidora se quedara en la habitación de Blanca en calidad de dama de compañía para evitarse problemas, al menos por el momento. Aunque, eso sí, tendría que hacer que le hicieran algunos briales con sus camisas a juego, más adecuados con su nueva condición, si no quería dar lugar a malentendidos y provocar aquello que precisamente quería evitar. Debía amonestar a Nuño sobre ese tema, su marido había descuidado el atuendo de su hija de forma totalmente censurable, no parecía darse cuenta de la importancia que tenía el vestir de acuerdo con un estatus para no dar lugar a malentendidos. Isidora vestía como una humilde campesina y cualquiera podría confundirla y darle un trato no muy agradable.

De ahí el problema en el que se encontraban.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

—¡Ssshhh! —siseó Leo desde su escondite.

—¿Quieres que la detengamos ya? —preguntó en voz baja Juan, su lugarteniente, impaciente por acabar con aquello de una vez y regresar a su cama después de tantos meses de contienda.

—Aún no —ordenó el conde sin levantar la voz—, ¿habéis podido averiguar de quién se trata?

—Nadie lo sabe, ninguno de los hombres la conoce. Al menos, no estaba cuando partimos.

—Bien, entonces regresad y decid a los hombres que se dirijan al castillo tal como teníamos planeado. —Se volvió hacia a su amigo—: Tú quédate con Luis y Julián, esperadme en el claro. No tardaré mucho.

—¿Estás seguro de que no necesitas ayuda? —Su tono era de burla y Leo lo miró molesto.

—Solo es una mujer —fue su arrogante respuesta.

Y se marchó en busca de su presa.

 

 

Estaban escondidos detrás de una enorme roca.

Habían salido a recoger algunas margaritas cuando un cerdo salvaje los sorprendió, obligándolos a correr colina abajo en dirección opuesta al rastrillo del castillo. Isidora les tenía pánico a los cerdos debido a un trágico episodio de su niñez, por lo que ni se le ocurrió que podía pedir auxilio. Su único objetivo fue ponerlos a salvo a ambos, así que solo pensó en ocultarse de la enorme bestia. Por fortuna, Iván se lo había tomado todo como un juego y había estado encantado con su aventura hasta hacía unos minutos, en los que había empezado a llorar, cansado de tanta espera.

Después de todo, solo era un niño pequeño.

Ella estaba asustada y no iba a negarlo. En el instante en que vio al animal, su único pensamiento coherente fue perderlo de vista, así que no se detuvo hasta que encontró un buen lugar para esconderse. El mero recuerdo de lo que le ocurrió, cuando apenas tenía siete años, con aquella piara de cerdos, la hacía estremecer, y no iba a cometer el error de quedarse inmóvil con la esperanza de que pasara de largo, dejándolos tranquilos. Inconscientemente se tocó la marca que tenía en la cadera, cortesía de uno de esos animales, y se echó a temblar. Aún recordaba el dolor que sintió debido al mordisco, lo que tardó en sanar su herida debido a la infección y la angustia de pensar que podía morir. Sí, aquel recuerdo le había dado las fuerzas suficientes para correr aún más deprisa que la bestia en busca de un lugar seguro donde guarecerse, al menos hasta que alguien se percatase de su ausencia y decidiera salir en su busca. Suspiró impotente ante el berrinche del pequeño, lo iban a tener muy complicado si continuaba armando tal alboroto.

—Si no te callas, nos va a encontrar —le dijo en voz baja consciente de que no iba a servir de nada.

Le tapó la boca sin mucha delicadeza, desesperada, pensando que finalmente su perseguidor daría con ellos. Por muy bueno que fuera su escondite, los berridos del niño podrían despertar a un muerto.

Asomando un poco la cabeza por encima de las rocas, intentó ver si el cerdo los había seguido hasta allí. Por desgracia, desde donde estaba lo tenía muy difícil, por lo que decidió volver a ocultarse y esperar. No se movería hasta que empezara a oscurecer, quizás el animal acababa por aburrirse y se marchaba. O puede que no lo hiciera, tal vez decidiera quedarse después de todo.

Volvió a suspirar.

De repente, un ruido detrás de ellos captó su atención. Se giró rápidamente a mirar en la dirección de aquel sonido, aunque no atinó a ver nada. Todo parecía estar en orden, al menos todo el orden que podría esperarse, se dijo convenciéndose de que el miedo la hacía imaginarse todo