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La Guerra de la Reina Durmiente cambió TerraLinde para siempre y se fraguó en una Corte de los Espejos que ya muy pocos recuerdan. Años antes de que se revelara el testamento del viejo rey, una jovencísima Nicasia llegó a la Carbonería cargada de secretos y miedos, dispuesta a encontrar un lugar donde disfrutar de su recién ganada libertad. Jadul, un ladrón phoka venido a menos, aceptó un pacto del que no podía recordar nada para salvar a su joven y rebelde hija. Gwyllión, una noble elfa, intentó ocupar su legítimo lugar en el Alto Consejo, a pesar del entramado de intrigas tejido por los nobles de Palacio. Sygurn, primera Alférez Mayor de la historia, con su valía siempre en entredicho y más coraje que experiencia, se enfrentó al reto controlar una Corte cada vez más revuelta, llena de misterios y asesinatos. No todos sus nombres son recordados, pero fueron testigos y protagonistas de la conjura que desencadenó la guerra, conocida como la Conjura de Otoño.
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Seitenzahl: 1041
Veröffentlichungsjahr: 2025
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CONJURA DE OTOÑO
CONCEPCIÓN PEREA
ALIANZA EDITORIAL
Para Jordi
When I thought that I fought this war alone, you were there by my side on the front line.
Poets of the fall. War.
La calma era engañosa. Un lugar tranquilo no tenía por qué ser necesariamente seguro y las hadas que solían reunirse de noche a las afueras de la ciudad no lo hacían con buenos propósitos. La encrucijada estaba desierta, hacía ya un par de horas que habían dejado pasar a los últimos carromatos y viajeros de aquel día. A lo lejos aún se veía la luz de alguna granja, pero se irían apagando poco a poco. Las murallas de la ciudad mantendrían encendidas las almenaras, vigilando los caminos con sus ojos de luciérnaga, pero la verdad era que estaba demasiado lejos como para ver nada de lo que ocurriese en el cruce.
Llegar hasta allí no había sido sencillo; un gato podía colarse por casi cualquier parte y, aun así, escalar la muralla pasando desapercibido era toda una proeza. Las hadas pensaban que todos los phokas eran sigilosos por poder pasar a su forma animal, pero dependía de cuál fuera y de que supieran sacarle partido. Sería divertido ver a su marido, Uro, convertido en un toro, intentando colarse discretamente en cualquier sitio.
El resto de gentiles usaban agujeros en el muro o sobornos para sus salidas ilegales, y ambas cosas conllevaban mucho más riesgo del que el gato estaba dispuesto a asumir. Aquel era un buen sitio para un encuentro clandestino, o para un asesinato discreto, y a sus clientes no les gustaba airear sus asuntos a la luz del día, algo bastante lógico cuando contratabas a un ladrón. Jadul no se dedicaba a vaciar bolsillos o robar bolsas en los mercados, no era un ratero. Su especialidad era entrar en casas y buscar botines más interesantes que el dinero, como documentos ocultos en un cajón falso, artefactos celosamente guardados en cofres con complejos sistemas de cierre, joyas hermosas o valiosas reliquias familiares. Todas las casas guardaban algún secreto, algún tesoro.
Aunque tenía que reconocer que nunca se había reunido con nadie en aquellas condiciones. Estaba allí porque en La Capitana, una taberna bastante dudosa para beber pero estupenda para encontrar trabajos irregulares, alguien había dejado una sencilla nota en el tablón de los mercenarios: «En la encrucijada al plenilunio». No era un mensaje vulgar escrito sobre un trozo de papel y dejado a simple vista delante de todo el mundo, por eso llamó la atención de Jadul. Era una nota de ladrón, oculta en otro texto que pedía voluntarios para limpiar de vespifatas una zona cercana a las murallas. Junto al anuncio había un plano en el que se señalaba el lugar exacto a limpiar, y en aquel dibujo estaba el mensaje escondido con signos que solo un ojo entrenado era capaz de encontrar. Hacía mucho que nadie usaba aquel código. Arrancó la nota del tablón al grito de «este es mío» y, después de intentar averiguar sin éxito quién era la mano detrás del misterioso encargo, tomó la decisión de acudir a la cita. Era imprudente y peligroso, pero por suerte o por desgracia, Jadul no podía resistirse a la mezcla de curiosidad y emoción. «Los mejores trabajos son para los valientes», se decía a menudo, obviando con esta sentencia otra mucha más certera que hablaba de lo que solía pasarle a los gatos demasiado curiosos. Era un phoka. Era un ladrón y era un gato, por ahora la muerte era demasiado lenta para atraparlo.
Llevaba dos pipas fumadas con la cabeza metida en la capucha de un abrigo que cumplía bastante mal su función, y a pesar de que no se había presentado allí sin tomar precauciones y había rodeado la encrucijada de alarmas, saltaba al menor ruido que oía. Por lo menos la noche era clara: se veía bien y podía apoyarse en el viejo pilar de mármol. No le gustaba esperar de pie y el suelo húmedo no invitaba a sentarse. La red de hechizos que había tejido era costosa de mantener y empezaba a estar cansado. Si la luna llegaba a lo más alto del cielo sin que se presentase alguien, se largaría. No hacía tiempo para trasnochar al raso tan desabrigado.
Esperó un poco más porque habría sido una pena tomarse tantas molestias para llegar hasta allí sin ser visto y regresar a casa con las manos vacías. Una vez que se cerraban las puertas de la muralla, nadie podía salir ni entrar en la ciudad salvo rarísimas excepciones en las que casi siempre había un noble caprichoso de por medio. Mientras se encendía la tercera pipa le pareció escuchar algo; un susurro, un batir de alas no demasiado lejos. Miró a su alrededor, su naturaleza gatuna le permitía ver bastante bien en la oscuridad y la zona estaba despejada, pero no había nada. Sus trampas no reaccionaron a pesar de que el sonido se acercaba. Erizando la cola, acercó la mano a la espada corta que llevaba oculta a la espalda, disimulada entre la ropa. No quería sacarla, no aún. Olisqueó el aire, que se estaba volviendo denso. Aquel tufo a plumas quemadas no le resultaba familiar y tardó en darse cuenta de que era magia. Una magia poco amigable. El ruido se intensificó, ahora veía claramente una nube de pájaros que se acercaba a él. Venía arrastrando un pequeño columpio ocupado por un hada tan delgada y pálida que parecía hecha de cera. Piel blanca y ropas negrísimas, su larga melena oscura la seguía como una estela de sombras. Quien fuese que se acercase, era una maraña de humo y tinieblas.
—Buenas noches, Jadul —lo saludó mientras posaba los pies descalzos con ligereza en el suelo y su extraña montura se alejaba.
No le sorprendió que supiese su nombre, debía de haber preguntado quién se había llevado el anuncio. Había algo raro en esa hada; parecía una sluagh, pero al phoka le fallaba algo. No era realmente una sluagh, ni una mestiza. Cuando la vio mejor, se le pusieron los pelos de punta, no parecía del todo sólida. Le daba la sensación de que podía ver a través de ella, como si estuviese hecha de papel de seda.
—Buenas noches, mi señora. —Se obligó a hacer una reverencia, no quería que aquella criatura se enfadase.
—Eres valiente. —La delgada figura sonrió. Una sonrisa que era en realidad un espejismo porque la cara que la sostenía parecía estar a punto de desvanecerse en la brisa.
—Es una de mis virtudes, pero no es la única —contestó. No lo dijo por soberbia, era una advertencia. Tenía que hacerle entender al fantasma que podía ser una amenaza.
—Lo sé —respondió sosegada sin dejar de mirarlo; sus ojos eran dos trocitos de noche flotando en la niebla—. Por eso voy a contratarte.
—Pero aún no sé para qué y tampoco sé si voy a aceptar el trabajo. ¿Podríais explicarme en qué consiste?
—A medianoche, en Samhain, encenderás una vela.
Jadul frunció el ceño, era una petición tan extraña que no supo qué responder. Cualquier cosa que hubiese dicho le habría hecho quedar como un idiota. La figura pareció entender su desconcierto.
—No puedo contarte más porque las palabras imprudentes caen en oídos indiscretos y ese es un lujo que no puedo permitirme —explicó.
—Yo jamás revelo los secretos de mis clientes.
—Eso no es verdad, pero no eres tú, Jadul, quién me preocupa. Aún es pronto y todo está por tejer. No voy a explicar nada más.
—Entonces no creo que pueda aceptar vuestra petición —dijo el gato.
Esto pareció sorprender a la dama translúcida. Su presencia se volvió más etérea, tanto que el gato pudo ver claramente a través de ella.
—¿No? Que extraño… Creí que esto era un punto fijo. Está todo tan enmarañado… que aún no estoy segura de lo… Pero es así cómo debe ocurrir. Es este lugar y eres tú… sin duda… Sí, es así como… —La voz se fue apagando hasta que la figura quedó envuelta en un silencio ensimismado y se hizo aún más transparente, hasta casi desaparecer. Duró muy poco, un pequeño destello la recorrió por entero. Un rayo que la trajo de vuelta y volvió a hacer sus contornos casi sólidos. Ahora que veía mejor sus facciones, Jadul se dio cuenta de que en realidad tenía el porte de una sidhe más que el de una sluagh. Era hermosa. Hermosa y terrible.
El ladrón retrocedió un par de pasos. No entendía qué estaba pasando, pero ahora sabía que no estaba viendo a una sluagh, ni tampoco era una sidhe, aunque en aquel preciso momento lo pareciese. No tenía una palabra para describir lo que tenía delante. El hada se acercó a él deslizándose sobre el suelo. No podía moverse, estaba asustado y fascinado. Perdido en aquella exquisita belleza que olía a jazmín y a camelias. Flores de verano y de invierno. El perfume lo adormeció hasta que no pudo hacer nada, hasta que no quiso hacer nada. Deseaba entregarle su corazón y que consumiese sus huesos hasta volverlos polvo. El hada puso sus manos sobre el rostro del gato, eran cálidas. Al verla tan cerca le pareció que sus cabellos ya no eran negros, sino de un rojo encendido. Estaba muerto de frío y al mismo tiempo rodeado de fuego. Los labios de la extraña se posaron helados sobre su frente, dejando sobre su piel un beso gélido y suave.
«En realidad no importa si aceptas o no. No te lo pedimos, el destino te ha marcado».
Lo despertó el canto de hojalata del gallo mecánico que tenía alguno de sus vecinos. Jadul bostezó y se giró en la cama para descubrir que estaba solo. Sin duda Uro se había largado a trabajar. Se enderezó despacio y se estiró perezosamente. El espejo le mostró un rostro somnoliento al que le faltaba el ojo derecho. Se rascó la cicatriz, un gesto automático que se repetía cada vez que veía su reflejo, como si aún le sorprendiese que el ojo no estuviese allí. Se levantó con otro bostezo y vio su ropa completamente manchada de tierra esparcida por el suelo. Recogió la camisa para olisquearla y algo pesado cayó a plomo al suelo. Era una bolsa abultada, parecía estar llena de monedas.
—¿Estás despierto? ¡Ven a desayunar! —La voz de su hija lo apremió desde la habitación de al lado.
Jadul miró la bolsa sin entender de dónde había salido. Junto a ella había una vela barata de sebo, de un extraño color verdoso que desprendía un olor repugnante. Alarmado lanzó las dos cosas dentro del espejo, nadie las buscaría en el mundo de los reflejos. Por ahora estarían a salvo allí. No tenía muy claro el motivo, pero sentía que eran objetos que debía poner a salvo. Se puso la camisa, se echó un viejo chal de lana sobre los hombros y salió del dormitorio con una sonrisa forzada. Manx estaba tostando pan sobre el pequeño fogón y lo miró con falsa desaprobación.
—No sé cómo estás despierto si has llegado hace un rato.
No recordaba cómo ni cuándo había llegado. Se obligó a estirar la sonrisa, lo cierto era que estaba muy cansado.
—Me ha despertado ese maldito gallo metálico, desayuno un poco y me vuelvo a la cama.
—Pensaba que ya estabas viejo para irte de juerga. Uro no está nada contento. Cuando vuelva de los recados te echará la bronca.
Se sentó con muy poca elegancia en un sillón cómodamente desvencijado. Tendría que inventarse una buena historia si no quería exponerse a una larga discusión con su esposo. Volvió a sonreír fingiendo una despreocupación que no sentía.
—Tu padre me adora, nunca me echa broncas.
Su hija dejó un plato con varias tostadas de pan dorado sobre la mesa, mientras le pasaba el cacillo lleno de café.
—Seguramente se tranquilizará cuando le cuentes tus aventuras nocturnas —se burló su hija untando su tostada con queso fresco.
Jadul se acurrucó en el sillón, sí que estaba agotado. El café humeaba, estaba muy caliente y le dio un sorbo lento. No sabía qué explicarle a su familia. Tenía la memoria en blanco y el corazón lleno de brumas.
La primera vez que Nicasia cruzó las murallas de la Corte no fue capaz de admirar la grandiosa construcción, con sus enormes sillares tan perfectamente encajados que se decía que eran la obra de unos gigantes tan hábiles que no necesitaron usar argamasa para sostener las piedras. Tampoco vio las hermosas casas, ni las fachadas variopintas, ni sus tejados coloridos, cubiertos de tejas erizadas a las que la luz de la mañana arrancaba alegres destellos. No vio los balcones, ni las rejas de forja pintadas de azul, de blanco, de verde… Ni las ventanas cargadas de macetas, que la primavera radiante se encargaba de llenar de flores. Ignoraba completamente el bullicio que rodeaba la carreta.
Tampoco se fijó en la casa, aquel gran edificio con un tejado verde pizarra, tan lustroso que se irisaba bajo el sol como el caparazón de un enorme escarabajo. Cuando el carromato cruzó la puerta que llevaba hasta el gran patio, levantó la vista y enseguida notó que un manto húmedo le emborronaba los ojos. No pudo leer el cartel tallado en madera donde ponía «Carbonería». Se pasó el dorso de la mano por la cara para secarse las lágrimas. Centraba todo su esfuerzo en respirar tranquila, tratando de ignorar el amargo nudo que se le había formado en la garganta, y en apretar los labios para que no temblasen. Hasta entonces, nunca se habría imaginado que la tristeza pudiera causar dolor físico, real. Le dolía la espalda porque estaba tensa y sentía un pinchazo agudo en las sienes que estaba logrando que se marease. Conocía el miedo y la desesperación, conocía la esperanza y la decepción. La pena era algo nuevo para ella. No la sintió cuando dejó el Mercado de las Almas, ni cuando nació el hijo al que no deseaba; estaba demasiado asustada. En su cabeza no había espacio para nada que no fuese el miedo y así debía ser, gracias a eso había sobrevivido. Ahora también estaba asustada pero, sobre todo, estaba triste.
Aquella mañana había cumplido diligentemente todas las órdenes de Eleazar. Se tomó su tiempo para trenzarse el pelo. No era una labor sencilla, le caía por debajo de la cintura, peinarlo y recogerlo era toda una tarea. Se había puesto ropa nueva; una falda larga de color azul con un corpiño a juego y una camisa de lino crudo. Nada que ver con los cómodos vestidos sueltos que había llevado hasta entonces. Había cambiado las viejas y familiares sandalias por unas botas de cuero flexible. Eran buenas prendas, la primera ropa verdaderamente digna de ese nombre que tenía, pero no estaba de humor para disfrutarlas. Ninguno de los regalos que había recibido aquella mañana la consoló lo más mínimo.
Había sido dócil porque sabía que no tenía alternativa. Nunca la tenía. Su vida era un camino recto, sin bifurcaciones ni elecciones. Seguir adelante como única opción, huir, dejar cosas atrás, peregrinar de un lugar a otro sin detenerse nunca, cubriendo nuevas etapas de su viaje. Se preguntaba hasta cuándo podría soportarlo.
Eleazar apareció en la tienda justo cuando acababa de vestirse. Intentaba sonreír, pero era tan evidente que se sentía incómodo que la sonrisa se deshizo al instante.
—¡Nunca te había visto tan guapa! —le dijo. Sus palabras parecían sinceras, el tono de alegría no tanto.
Ella no estaba muy segura de qué contestar, así que no lo hizo, asintió un poco con la cabeza y se sentó en el pequeño baúl donde ahora estaban todas sus cosas, poniendo las manos en el regazo.
—He venido a darte algo muy importante, Nicasia —le dijo Eleazar señalando una bolsa de viaje. No se acostumbraba todavía a aquel nombre.
La mestiza miró a su visitante hastiada. Desde que le dijeron que iba a dejar la caravana de los Ibn Bahar, le habían hecho algunos regalos: ropa, algunas herramientas, un par de mantas… Todos estos gestos estaban destinados a demostrar que eran generosos con ella. Habían corrido un gran peligro al aceptar a una mestiza goblin, una fugitiva según las leyes del Mercado de las Almas y una indeseable según las de TerraLinde, que dictaminaban que cualquier goblin que fuese encontrado fuera de las Ciudades de Piedra debía ser ejecutado. Los mestizos como ella no eran una excepción. La caravana le dio cobijo y ahora la dejaban en la capital del reino, con un trabajo y un pequeño ajuar. Ella les habría estado agradecida de no haber sido porque sabía que no les movía la generosidad. Estaban obligados a cumplir el juramento de lealtad de Eleazar. Sin esa atadura, la habrían abandonado a su suerte en cualquier encrucijada. Los regalos eran un seguro, un modo de demostrar que el juramento estaba cumplido. Servían para proteger a Eleazar, no eran auténtica y desprendida generosidad. Eran una transacción, un trámite entre comerciantes. Los Ibn Bahar nunca la habían tratado bien ni se habían molestado en disimular que tenían prisa por librarse de ella. Y a pesar de todo, quería quedarse en la caravana. Estaba acostumbrada a no ser bienvenida, a las tareas ingratas, incluso a la humillación. No necesitaba sentirse querida, pero le aterraba sentirse sola.
Eleazar Ibn Bahar la conocía desde que era un bebé, había sido su profesor y su guía. Era la única hada que, de un modo u otro, siempre había estado presente en su vida. Habían sido esclavos para la misma familia. Eleazar le contaba a escondidas cuentos del mundo exterior. Les dio clases a su hermano Yirkash y a ella. Las dos únicas hadas que le habían demostrado cariño, que se habían preocupado por ella. Ahora sabía que su tutor se había valido de ella para escapar de la esclavitud. Fuera de la montaña, su actitud hacia ella cambió. El cariño se convirtió en distante corrección, cumplió sus deberes con respecto al juramento que le había hecho a Yirkash, nada más. A pesar de saberlo, a pesar de la mezcla de rabia y dolor que le quemaba el pecho, la idea de perderlo le resultaba devastadora.
—Tu hermano quiso darte algunos regalos —le dijo mientras miraba por encima de su hombro para asegurarse de que estaban solos. Sacó un paquete de la bolsa y se lo ofreció a la mestiza.
Ella lo cogió confundida y lo abrió sin hacer preguntas. Descubrió un cuaderno con tapas de metal y un cierre de artesanía goblin. La tapa tenía grabados el emblema del Clan del Yunque. No necesitaba abrirlo para imaginarse qué era; había visto otro cuaderno como aquel en casa del padre de Yirkash, su primer amo. Lo apretó contra el pecho.
—¿Mi hermano te dio su cuaderno de herrero?
Eleazar no se sorprendió con aquella pregunta. Los goblins tenían gran aprecio a sus cuadernos de trabajo y rara vez los cedían. Era una herencia que solía pasarse de padres a hijos. Cada artesano goblin escribía el suyo; guardaban conocimientos ancestrales y todos los registros de la vida familiar. Era una mezcla entre diario, grimorio y manual de trabajo.
—Es una copia del suyo. Me hizo jurar que te lo daría cuando estuvieses realmente a salvo y que no dejaría que nadie, salvo tú, lo viese.
Un juramento muy lógico. Las notas contenían secretos de forja goblin, técnicas de construcción y hechizos poderosos. Estaban escritas con código cifrado que muy pocos conocían. Eleazar no había sido capaz de descifrarlo, aunque Nicasia estaba bastante segura de que lo había intentado. Era inútil, solo alguien del Clan del Yunque habría podido, y por lo que ella sabía quedaban muy pocos vivos. Sacar uno de esos cuadernos de la Ciudad de la Piedra, o copiarlos sin permiso, era un delito que se castigaba con la muerte. Una vez más, Yirkash había corrido un gran peligro por ella. Abrazó el cuaderno con fuerza.
—Debiste habérmelo dado antes.
—¿Y dónde lo habrías escondido? —le preguntó recordándole que en la caravana todo el mundo la vigilaba.
—Pudiste decirme al menos que lo tenías —insistió ella. No creía que Eleazar estuviese siendo sincero.
—Me daba miedo, habrías querido quedártelo. La caravana no es un lugar donde se valore la privacidad, habría fallado a mi juramento.
—Si me lo hubieses dado, habrías quedado liberado de tu carga —le reprochó sin miramientos.
—Imagina que mi familia hubiera descubierto que lo tenías. Te habrían obligado a descifrarlo para ellos. No quería que eso ocurriese. Se lo debo a Yirkash, os lo debo a los dos. No me olvido de que vosotros me devolvisteis la libertad —argumentó Eleazar en un tono tan paternalista que la mestiza tuvo ganas de gritar.
«Y me lo pagas deshaciéndote de mí». Se guardó esas palabras porque eran demasiado dolorosas para decirlas en voz alta. Además, no quería ofenderlo, quizás aún podía conseguir que cambiase de opinión. Quizás aún podía encontrar el modo de quedarse a su lado. Centró la atención en el segundo paquete, una caja de madera pequeña. Guardaba dos alfileres, cada uno rematado por un diminuto rostro femenino delicadamente trabajado pese que no eran mayores que una uña.
—Póntelos en los puños de las mangas —le explicó su maestro.
La mestiza obedeció. Eleazar sonrió maravillado cuando enganchó el primer broche. Sin decirle nada, le pasó un espejo de mano y la invitó a mirarse con un gesto. Estuvo a punto de soltarlo de golpe, lo habría hecho si el Ibn Bahar no hubiese estado a su espalda. El espejo le mostraba una imagen que no conocía; el fondo negro de sus ojos ya no estaba, ahora sus pupilas azules flotaban en un anodino color blanco. Su mirada era idéntica a la del resto de las hadas. Sus dientes también habían cambiado, se pasaba la lengua por ellos, confusa, y le parecía que estaban como siempre pero los de la imagen no eran puntiagudos. Incluso sus orejas parecían más pequeñas. Permanecía la piel blanca, la gruesa trenza, larga y pálida como un jirón de niebla y el aire desgarbado. Era ella y al mismo tiempo era algo diferente. Una vez se hubieron esfumado los rasgos goblins, el espejo mostraba a una auténtica knocker. Al mirarse se preguntó si se parecía en algo a la madre que no llegó a conocer.
—Nadie te confundirá con un goblin. Podrás vivir en la Corte sin ningún tipo de temor. ¿Qué te parece? —le dijo su protector entusiasmado.
—Es raro —contestó tocándose la mejilla—. Es muy raro.
El precio para poder ser libre era dejar de ser ella. Se preguntaba si sería capaz de pagarlo.
—Desde ahora ya no eres una mestiza goblin, ni una esclava de la Ciudad de Piedra. Ahora eres una knocker, una aprendiz del Gremio de Constructores. Una herrera.
—Nicasia —dijo sin poder apartar la vista del espejo, tratando de comprobar si aquel nombre era el que correspondía con el rostro que estaba viendo.
Eleazar le puso ese nombre en el desierto, el día que dio a luz a su hijo.
—Exacto, Nicasia. Es un bonito nombre, hazlo grande.
Nicasia volvió a mirar su reflejo. Ya no era la esclava del Clan del Yunque, ni la concubina de nadie. La fugitiva de la Ciudad de Piedra quedaría escondida, junto con su pasado, junto a su antiguo rostro. Era quizás lo único positivo de aquella situación. Nunca le había gustado ser Nanyalín, la esclava, la asesina, la madre de monstruos.
—Te dejo para que disfrutes el momento, tengo que montar la carreta. Partiremos antes del mediodía.
La momentánea felicidad se deshizo con aquella frase. La idea de que con un nuevo rostro quizás podría quedarse en la caravana se esfumó de golpe. No importaba que ahora pareciese una knocker. No lo era. Nunca lo sería. Viviría siempre entre dos mundos, una parte de su vida estaría a la vista de todos y otra sería clandestina. Ser goblin era un delito. Y los Ibn Bahar eran la cara amable del rechazo; se limitaban a echarla, otros no serían tan comprensivos. Volvió a sentarse en su baúl con la cabeza llena de ideas tristes, el pesimismo y la rabia la desbordaban. Trató de mantenerse fría. No estaba adoptando la actitud correcta. Era inevitable que los Ibn Bahar la enviasen a la Corte de los Espejos. No la querían con ellos y Eleazar no iba a mediar para que se quedase. Las mujeres de la familia, su esposa, su madre e incluso sus hijas, la odiaban sin disimulos y eso no iba a cambiar. Tenía que aceptarlo, la caravana no era su lugar y darle más vueltas no serviría de nada.
Regresó de sus recuerdos cuando el carro se detuvo en el patio. Eleazar se bajó del pescante para hablar con otro knocker. Era muy alto y muy delgado, tanto que parecía imposible que esos brazos de alambre tuviesen la fuerza suficiente para levantar un martillo. Una melena salvaje y despeinada le revoloteaba alrededor de la cabeza. La nariz, larga y puntiaguda, sobresalía del rostro como si intentase huir del cuerpo larguirucho y desmañado. Un ceño muy fruncido y unas mejillas chupadas acababan de formar un rostro poco agradable. Llevaba la ropa arrugada y llena de manchas pese al mandil de ante que le colgaba del cuello. Las herramientas que sobresalían de los múltiples bolsillos estaban muy usadas, con mangos de madera pulidos por el uso y metal ennegrecido. Comparada con Eleazar, que se había vestido con una elegante túnica azafrán y llevaba el pelo aceitado, con todas sus finas trenzas recogidas en un complejo moño apretado contra la nuca, atado con hilo de oro, la figura del knocker parecía muy vulgar. Vio cómo ambos la miraban sin demasiado disimulo y bajó los ojos aterrada. Eso no le impidió ver al Ibn Bahar darle una bolsa de dinero bastante abultada al tipo del mandil. Suponía que le pagaba para que se hiciese cargo de ella. Seguía siendo una mercancía. Eleazar sacó un pliego de papel y el tipo alto la miró de reojo.
—Creo que deberíamos ultimar algunos detalles en mi despacho —gruñó el knocker, y luego se giró hacia ella—. Espera aquí un segundo y ve sacando tus cosas.
Eleazar asintió sin disimular su hastío y ambos salieron del patio. Nicasia se quedó sola. Bajó de la carreta. Ahora que sabía que su suerte estaba totalmente decidida se sentía intrigada por conocer el lugar en el que iba a vivir. Tres knockers la estaban observando desde una de las ventanas. Les devolvió la mirada sin reparo. Durante todo el camino se había preguntado si el hechizo serviría para hacerse pasar por uno de ellos. Parecía que sí, ya que aquellos tres no la miraban con extrañeza, y aunque cuchicheaban entre ellos y se reían con disimulo, parecían más intrigados que suspicaces. Conocía aquel comportamiento. Cuando entraba un esclavo nuevo en casa de Yirkash ella había hecho lo mismo, cotillear sobre el nuevo y hacer apuestas sobre su futuro. Aquello parecía tan lejano en el tiempo que era casi como si ese recuerdo perteneciese a otra vida.
Los knockers tenían la piel pálida, aunque no tanto como la suya. Sus caras eran angulosas y delgadas. Se parecían mucho más a los goblins de lo que esperaba. No eran verdes ni tenían los dientes afilados, pero el brillo malicioso de sus miradas, los gestos traviesos y los cuerpos fibrosos estaban allí. Era innegable, aunque ninguna de las dos razas quisiese reconocerlo, que estaban emparentados. Los curiosos desaparecieron a toda prisa en cuanto Eleazar regresó con el knocker alto.
—Nicasia —la llamó—. Este es el Maestro Avispa y será tu patrón a partir de hoy.
Nicasia hizo una pequeña reverencia, como le habían enseñado en la caravana.
—Encantada, señor.
—¡Qué educada! —contestó divertido el Maestro Avispa. Su voz sonaba como un chirrido de metal oxidado—. Ya veremos si estoy encantado cuando acabe la semana.
—Lo estará sin duda, Maestro. Nicasia es excepcional —se apresuró a contestar Eleazar con una sonrisa tensa.
—Sí, sí… No te cansas de decirlo. Anda, lárgate de una vez. Nos veremos dentro de un año —rio el knocker enseñando los dientes pequeños y grises.
Eleazar estaba visiblemente incómodo.
—¿Puedo despedirme de ella a solas? —preguntó el Ibn Bahar al ver que su anfitrión no se marchaba.
—Claro —contestó Avispa en un tono falsamente cordial—. Regresaré dentro de un rato.
El Maestro Avispa volvió a entrar en la casa. Eleazar quiso cogerle las manos a Nicasia pero esta las apartó.
—No te hagas ideas equivocadas, volveré el año que viene —rogó Eleazar.
—Me estás vendiendo —murmuró Nicasia.
No podía disimular el rencor que había en estas palabras. Le habían prometido que nunca más sería una esclava, pero seguían comprándola y vendiéndola sin pudor delante de sus narices. Seguía cambiando de manos sin la menor oportunidad de decidir sobre su destino. Eleazar le había mentido. A ella y a Yirkash. El vulgar truco que usaba para eludir las condiciones de su juramento servía para esquivar las consecuencias mágicas de la infracción, no para engañarla a ella.
—Yo no gano nada con esto, Nicasia. En todo caso estoy dando mucho por ti, para que tengas una buena vida —le contestó su tutor ofendido.
Nicasia se cruzó de brazos.
—Me dejas aquí porque tu familia no me quiere con ellos, no adornes los motivos.
—No he podido hacer nada, lo he intentado…
—Entonces vete —le cortó apretando los brazos contra las costillas.
Tenía tantas ganas de rogarle, tantas ganas de tirarse a sus pies y suplicarle, que casi no podía hablar. Al mismo tiempo se sentía incapaz de humillarse una vez más. Si obedecía a su deseo, si se aferraba a sus piernas y le pedía que la llevase con él, estaría en deuda para siempre y viviría a expensas de su buena voluntad. Un lado de ella estaba dispuesta a aceptarlo con tal de poder quedarse a su lado. Para Nicasia, Eleazar era lo más similar a un padre que tendría jamás. Pero si se humillaba una vez más, nunca dejaría de ser una esclava.
—Mi esposa no quiere verte en la caravana —argumentó nervioso, abiertamente incómodo—. Me debo a mi familia. Aquí estarás bien, me he esforzado en buscarte un buen lugar para vivir.
—Me pregunto si habrías hecho lo mismo si no te obligase un juramento.
—Me duele que hagas esa pregunta —le respondió Eleazar, y Nicasia vio en sus ojos que decía la verdad, algo que no le importó.
—No conoces a la gente hasta que deja de necesitarte —dijo Nicasia sin darle tregua—. Y ya no me necesitas.
Decir aquello en voz alta la ayudó a aceptar que tenía que dejarlo marchar.
—Eso es cruel. ¿De verdad crees que no me importas?
No quiso responderle.
Eleazar suspiró, esta vez sí pudo cogerle las manos y se las acarició con dulzura. Nicasia se quedó inmóvil, petrificada. Apretando los labios y apartando los ojos.
—Dentro de un año volveré a la Corte. Si para entonces este sitio sigue sin gustarte, buscaremos otra solución. Pero al menos prueba a vivir aquí, es más que un taller. Trabajarás con un ingeniero, con un maestro constructor. Tienes talento para esto, podrías hacer grandes cosas si aprendes. Podrías acabar siendo maestra, tendrás tu propia vida y no dependerás de nadie. ¿No entiendes que te estoy regalando tu libertad?
Nicasia se mordió el labio y no contestó. Así que Eleazar se acercó a ella.
—El baúl tiene un falso fondo, ahí tienes tú cuaderno y algo de dinero. Si pasase cualquier cosa, escríbeme —le susurró al oído.
«Pero no vendrás antes de un año», pensó Nicasia.
—Muchas gracias —le contestó sin poder evitar que la voz le vacilase.
—Algún día entenderás por qué hago esto —le aseguró él.
«Si ya lo entiendo, no hay lugar en tu vida para mí». Las respuestas le parecían demasiado claras. Ella tenía los ojos húmedos, pero su tutor estaba sereno.
—Vete, Eleazar Ibn Bahar, que el camino sea generoso contigo.
La fórmula de despedida de la caravana era educada y correcta. También era fría y distante.
—¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —preguntó decepcionado.
—Quizás dentro de un año pueda decirte más. Ahora no —le respondió Nicasia en el mismo tono cortante.
Eleazar dejó caer los hombros, rendido ante la cabezonería de su pupila.
—Está bien. No era así como quería que nos despidiéramos —suspiró el Ibn Bahar.
—Ni yo. Pero si no puedo elegir mi destino, al menos elegiré mis sentimientos.
Eleazar negó con un gesto de reproche al escucharla. Era obvio que estaba ofendido. Nicasia entendió que de verdad esperaba que se despidiese arrojándose a sus brazos, triste y agradecida. Eleazar esperaba docilidad y obediencia. No los tendría. Su agradecimiento llegaba hasta allí.
—Volveremos a hablar dentro de un año. Espero que entonces podamos ser más razonables —le dijo sacando el baúl del carromato y dejándolo en el suelo. Sin mirarla ni un momento más, arreó al bonacón y se puso en marcha. La knocker quiso detenerlo. Eleazar le había enseñado a leer y a escribir, tanto en idioma goblin como en común. La había visto crecer, les había contado cuentos a ella y a Yirkash. Llevaban juntos toda la vida. Siempre fue amable y educado con ella, no podía decir lo mismo de ninguna otra hada, salvo de Yirkash.
«Nunca te ha defendido», se obligó a recordar. «Jamás ha hecho nada por ti que no le beneficiase».
Una nevada había borrado todos los caminos y las señales que los marcaban. Ante ella se extendía una llanura radiante, tan blanca que resultaba mucho más cegadora que el sol pálido que se asomaba a ratos entre las nubes en mitad del cielo descolorido. Las ramas de los árboles crujían cargadas de nieve. Sobre ellos, un grupo de nubarrones oscuros ocultaban las cimas de VuelaPluma. Sygurn les dedicó una mirada experta mientras calculaba cuánto tiempo tenía para llegar a casa. El aire prometía tormenta y no quería encontrársela en mitad del valle. Cortaría camino si atajaba por el bosque y caminaba a buen ritmo. Aceleró el paso con la sonrisa oculta tras el cuello de la capa; su propio aliento le calentaba la nariz y las mejillas. Pronto estaría de vuelta, junto al fuego, charlando con su madre mientras se comía un buen plato de estofado. Ya tenía a la vista las murallas de VuelaPluma cuando unos golpes atronaron sobre la nieve. La sidhe giró la cabeza para localizar el sonido. Los golpes se repitieron, más apremiantes que la primera vez.
Sygurn abrió los ojos sobresaltada mientras alguien aporreaba la puerta del puesto de guardia. Se había quedado dormida como una vulgar novata. Miró decepcionada a su alrededor a la vez que se frotaba la cara tratando de espabilarse. El puesto era una habitación sofocante con paredes de piedra amarillenta y desgastada a la que le vendría bien una ventana más grande para reemplazar la delgada saetera, algo que dejase entrar el fresco de la noche y ventilase el olor a humedad antigua que rezumaban los muros. Estaba sentada ante una modesta chimenea ahogada en ceniza sobre la que colgaba el emblema de su majestad, tan sucio de hollín que el airoso cerezo de la casa PrendeSoles apenas se veía. Bostezó pensando con añoranza en su tierra y se estiró para alejar la pesada modorra que la invadía mientras alguien aporreaba la puerta con impaciencia. Al abrirla, un joven oficial al que no conocía se cuadró con muy poco entusiasmo.
—¿Algún problema? —preguntó esperando no parecer somnolienta.
—El Senescal la requiere —la informó el soldado con un desdén nada disimulado.
Sygurn observó el blasón bordado en el jubón del joven, una abeja dorada sobre un lirio. Era una casa menor de la que no conseguía recordar el nombre. Un joven sidhe sin tierras que heredar que trabajaba en el ejército esperando ganarse un lugar en el mundo. Ninguno de aquellos muchachos le tenía simpatía. El puesto de Alférez era muy codiciado y que lo ocupase una dama, y encima una desconocida, era para muchos una especie de afrenta.
—Enseguida bajo, puedes volver a tu puesto —contestó con tono amable.
El soldado volvió a cuadrarse y se alejó sin añadir ni una palabra ni despedirse, aunque a Sygurn le pareció ver un leve mohín de desprecio en los labios. O tal vez solo había sido impresión suya. Tampoco debía preocuparle. ¿Qué importaba lo que pensasen de ella mientras cumpliesen las órdenes? Sus amigos no estaban allí, en la Corte, sino a muchas millas, en las heladas laderas de VuelaPluma.
Cerró la puerta del despacho, maldiciendo entre dientes. Quedarse dormida en horas de guardia era una falta que no consentiría a sus soldados, así que ella tampoco debía permitírsela. Necesitaba un poco menos de comodidad y algo más de trabajo si quería mantenerse despierta durante los turnos. Le encantaría quedarse fuera con los soldados, si esos elfillos estirados se dignasen a hablar con ella. Con los gentiles no tenía problemas, pero en su destacamento apenas una decena vestía el uniforme del ejercito real. La mayoría estaban en la guardia urbana o trabajaban más como peones que como soldados. Eran los carceleros, los trabajadores de las cuadras, los custodios de la armería, cualquier tarea que un sidhe no quisiese hacer se encargaba a los llamados «soldados de a pie». Servir en la Guardia de Palacio era un honor demasiado alto como para permitírselo a cualquier hijo de la calle. Así que se encontraba sola, rodeada de mequetrefes que la miraban por encima del hombro. La llamaban «la montañesa» o «la troll». No era ni alta ni especialmente corpulenta, aunque puestos a insultar eso no les importaba, querían molestarla, se habían asegurado de que se enterase de sus motes.
Tiró con delicadeza de su capa y escuchó un gruñido que salía de entre los pliegues de la tela.
—Lena, tengo que salir —susurró tiernamente.
La pequeña cabeza de una mellifata de pelo plateado asomó dando un bostezo, luego, sin ninguna prisa, estiró los brazos regordetes.
—¿Ya es por la mañana? ¿Qué hay de desayuno? Me apetecen unas tortitas, o unos bollos con crema. Para ti el bollo y para mí la crema.
—Aún queda un buen rato para la mañana, tragona. —Sygurn sonrió tirando con más fuerza de la capa para que Lena se moviese—. ¡Espabila, Calendemyn me está esperando!
Lena alzó el vuelo. Parecía imposible que sus delicadas alitas pudiesen levantar un cuerpo tan rollizo. A pesar de las apariencias, todas las mellifatas volaban con gracilidad, con la misma fluidez que las vespifatas, aunque solo se parecían a sus primas en la altura. Mientras las últimas eran tan delgadas que parecían hechas de ramitas, las mellifatas eran rotundas, poseían cuerpos generosos, llenos de curvas, hermosos y rollizos. A Sygurn le encantaba el efecto tornasolado de sus alas al moverse, parecía que Lena viviese dentro de una pompa de jabón, siempre acompañada de un halo irisado.
—¡Voy contigo! No tengo ganas de quedarme sola en este cuartucho.
Era inútil tratar de contradecirla. Sygurn se puso la capa sobre los hombros y Lena se metió en la capucha. Además, se quedaba más tranquila si iba con ella. Desde que había llegado a Palacio tenía el miedo constante de que alguien la viese sola y la matase sin hacer preguntas. Era mejor que fuesen juntas a todas partes. Lo habían hecho siempre así desde que se conocían, y ya hacía más de treinta años. Hasta entonces era por amistad, ahora también era una medida de precaución. La sidhe se ajustó el broche con el escudo de los VuelaPluma y salió al pasillo. Pese a los braseros y las antorchas, el frío se colaba incluso en primavera. La gente del llano no sabía construir edificios para resguardarse del frío. No quería imaginarse cómo debía ser un invierno en la capital.
Cruzó el pasillo y el largo patio descubierto que separaba los edificios de la Guardia del Palacio. Una neblina helada, muy tenue, caía sobre la piel y se colaba hasta los huesos como si tratase de convertirlos en cristal. Sygurn agradeció la capa y los guantes forrados. Además, su madre, siguiendo la tradición de los Ventisquero, le había cosido un grueso caftán de lana que la aislaba del frío de la armadura. Incluso su gorjal estaba forrado con piel de oveja. Más que conveniente para las heladas mañanas primaverales que les estaban tocando. Al cruzar los muros alabastrinos de Palacio, la atmósfera se volvió cálida. Las grandes lámparas de cristal coloreado iluminaban el ancho corredor. A aquellas horas, muy pocos criados recorrían los pasillos y los soldados que estaban de guardia ocupaban aquellos tediosos turnos paseando para combatir el sueño. Casi todos eran gentiles, hadas con uniformes prestados que apenas sabían esgrimir un arma. En tiempos de paz era más que de sobra; los soldados estaban allí más bien para vigilar que ningún criado entrara en alguna de las residencias de los Altos Señores sin permiso o que no se metiesen en alguna de las salas deshabitadas por error. El castillo era un gigante dormido, repleto de magia, y en algunos de sus rincones pasaban cosas extrañas. Que las escaleras se moviesen o que ciertas estancias cambiasen de sitio era algo habitual en cualquier edificio mágico, y no sorprendía a nadie. Sin embargo, en algunos pasillos podían desencadenarse auténticas tormentas, con aguaceros feroces que inundaban zonas enteras. En otros, los espejos y los cuadros eran puertas por las que podían salir nubes de mariposas y mostraban caminos que invitaban a pasear. Una vez, Sygurn abrió una puerta que no conocía y acabó en mitad de un inmenso campo de flores, rodeada de música. Si Lena no la hubiese ayudado, puede que no hubiese logrado volver a Palacio. No todos los encuentros eran tan agradables. Había plantas enteras selladas para que nadie entrase en ellas por cuestiones de seguridad. Lena le había contado que, al parecer, en una habitaba toda una manada de unicornios. Sygurn no sabía si creerse aquella historia, en todo caso cualquier hada sensata sabía que era mejor mantenerse lejos de los unicornios. Los soldados estaban allí para velar por sus habitantes. No hacía falta proteger el Palacio, el Palacio se protegía solo.
Antes de alcanzar el arco porticado que llevaba a las estancias del Senescal, escuchó una voz que la llamaba. Aglanor de QuiebraFuegos salió de entre las sombras de la enorme puerta con una sonrisa amistosa. Era un sidhe de una belleza serena, armoniosa, perfecto como un rayo de sol. Tenía unas facciones suaves, labios hechos para las sonrisas cálidas, como la que lucía mientras se acercaba a ella, unos ojos grandes, algo rasgados, de un extraño color cobre brillante que la miraban con la intensidad de un ave de presa. A Sygurn el joven le hacía pensar en los halcones de las nieves de su tierra, volando suavemente sobre los cielos despejados. Preciosos y ligeros. Aglanor se movía como si su cuerpo no pesara, dejando tras de sí el leve vuelo de la capa de lana que llevaba graciosamente atada bajo el brazo izquierdo.
—Mi Señora de Ventisquero —la saludó con una reverencia suave—. Es un placer veros.
Aglanor la cogió por el brazo con una familiaridad acogedora y empezó a alejarla de la puerta. Llevaba unas botas de montar altas y desgastadas, calzas de lana y una casaca discreta, sin escudos ni blasones. Antes de que Sygurn pudiese decir nada más, el joven retomó la frase.
—Calendemyn me ha pedido que os lleve a conocer a alguien. Perdonad el misterio, Palacio no siempre es un lugar discreto, así que sonreíd y actuad con naturalidad.
Aglanor de QuiebraFuegos era casi tan joven como ella, solo que por sus venas corría la antigua sangre de los Aen Sidhe. Que su casa no formase parte del Alto Consejo siempre fue considerado por su familia como afrenta de los antiguos reyes. Una afrenta que trataban de enmendar haciendo gala de un hambre de poder que no se molestaban en ocultar. Sygurn sabía que el joven había optado al puesto de Alférez Mayor, pero finalmente Calendemyn decidió que el puesto debía ser para su banderiza y nombró a QuiebraFuegos Cillero del Senescal. Pese a su manifiesta ambición, no parecía que le hubiese molestado verse desplazado a un cargo al que no optaba, al contrario, había aceptado su nombramiento y las tareas que conllevaban con un enorme entusiasmo. Calendemyn estaba satisfecho con la diligencia del joven, que administraba los gastos del Senescal con una sensatez admirable. No era austero, aunque tampoco era demasiado amigo de los gastos extravagantes. En una ocasión le había dicho a Sygurn que su nuevo cargo lo preparaba para cuando ocupase el puesto de su padre al mando de su Casa, ya que algún día heredaría el título de Señor de QuiebraFuegos. Aspiraba a ser también banderizo del Senescal, no había tenido problemas en pedirle ayuda para conseguirlo. Esa honestidad le pareció interesante a Sygurn, pues en Palacio todo el mundo ocultaba sus intenciones, salvo Aglanor. Desde entonces ambos habían colaborado. Era una de las pocas hadas que no parecía tener problemas con la sangre mestiza de los Ventisquero. La trataba con una cercanía amable, la había cogido del brazo y la guiaba por el pasillo sin dejar de sonreír.
—¿No puede decirme a dónde vamos? —preguntó Sygurn dejándose guiar.
—Si vamos a fingir que somos un par de amigos que van en busca de un poco de diversión nocturna deberíamos tutearnos.
—No sabía que ese era el plan, pero no me voy a negar. Siempre estoy a favor de dejar de lado las formalidades.
—A la Dama de Ventisquero no le gustan las formalidades. —Aglanor sonrió sin malicia—. Por desgracia son necesarias. Si tratas a los demás con demasiada familiaridad, acaban por perderte el respeto.
—O te convierten en uno de los suyos —replicó Sygurn.
La voz de Lena resonó maliciosa en la mente de Sygurn. La mellifata, oculta en su capucha, nunca se esforzaba en disimular lo mal que le caía cualquier sidhe que no fuese ella.
«Este no sabe qué es la familiaridad, seguro que trata de “vos” a su propio padre».
—«Lealtad». Es una palabra bonita. Seguro que eres lo bastante lista como para saber que la confianza es una trampa. Sobre todo aquí, en Palacio. La familiaridad no hace vínculos, hace la traición más fácil.
«Te lo dije», apostilló Lena. «Seguro que es de los que se lleva una ballesta a la letrina. No confía en nadie. Así que no confíes en él».
«No seas tan dura, solo me está dando un par de consejos», le contestó Sygurn sin abrir la boca.
«Te está diciendo que no confíes en nadie para que estés sola. O para que solo confíes en él».
«Él no sabe que nunca estoy sola».
—Mi Señora de Ventisquero, te has quedado muy callada.
Sygurn negó con una sonrisa.
—Solo estaba pensando en tus palabras.
—¿En esa sarta de obviedades? Me halaga, creía que no estaba diciendo nada que no supieras.
«Te acaba de llamar tonta», se indignó Lena.
«Por favor, no puedo seguir dos conversaciones a la vez».
«Vale, ya me callo», refunfuñó la mellifata antes de hundirse en un silencio huraño.
—Son cosas con las que no estoy de acuerdo. Supongo que el tiempo dirá cuál de los dos tiene razón —le contestó Sygurn mientras sentía el enfado de Lena bullendo en su cabeza.
—Espero que no, porque eso implica que uno de los dos habría experimentado un suceso muy desagradable.
Aglanor la llevó hasta el establo de postas, donde los correos reales cambiaban las monturas. De día era un lugar concurrido, con viajeros entrando y saliendo a cada instante; de noche rara vez era necesario que un correo partiese con urgencia. Los soldados de guardia estaban jugando a las cartas en la caseta donde se dejaban los arreos junto a una hoguera improvisada. Sygurn reprimió las ganas de mandarlos a sus puestos de inmediato. Si querían salir de Palacio discretamente era mejor que estuviesen distraídos. Decidió que esa sería su última noche tranquila, mañana tendrían que rendir cuentas.
Aglanor le mostró una poterna encajada entre las cuadras. El sidhe sacó una llave blanca, que refulgió débilmente a la escasa luz de la luna y la encajó en la cerradura herrumbrosa. Al girarla soltó un gemido oxidado y las bisagras crujieron como los huesos de un anciano. Cruzaron un pasillo mohoso que atravesaba la muralla y el foso, y no tardaron en llegar a la explanada que descendía hasta la ciudad. Allí, junto al camino, les esperaba un carruaje sin blasones, con las cortinas echadas y un conductor en el pescante. El sidhe abrió las puertas y la invitó a subir.
«Al conductor le pasa algo raro», advirtió Lena.
«¿A qué te refieres?».
«No siento su mente».
La mellifata tenía ciertas habilidades empáticas. La única mente que podía leer era la de Sygurn, las dos compartían un lazo, un vínculo de cariño mutuo que les permitía comunicarse de un modo profundo que iba más allá de las palabras. Con el resto de hadas no tenía ninguna conexión, solo podía percibir su presencia. Que dijese que no sentía la del conductor era extraño. Echó un ojo a la figura sentada al pescante y soltó una exclamación de sorpresa; tenía por cara una máscara de basalto sin orificios, lisa como un huevo de avalerion. Las manos que asomaban de las mangas del uniforme eran de alambre dorado. Aglanor sonrió.
—No se te escapa ningún detalle, por lo que veo. Es un autómata, mi familia lo tiene desde hace poco. La privacidad que ofrece vale cada una de las monedas de oro que pagamos por él.
—Imagino que no debió de ser barato —dijo Sygurn admirando los detalles. El cuello parecía articulado y la ropa era en realidad una cobertura de chapa exquisitamente moldeada para imitar la librea de un cochero.
—No, es lo único que impide que todos los sidhe de la Corte tengan uno —bromeó Aglanor ya dentro del carruaje.
Sygurn subió y se sentó frente al Cillero. El interior era magnifico. De un enrejado dorado situado a sus pies surgía un agradable chorro de viento cálido y perfumado, muy de agradecer en una noche fresca como aquella, y pequeñas lámparas de cristal con forma de campanillas iluminaban las paredes de madera labrada. Los asientos, forrados de tela verde, eran cómodos. Se sentía como si estuviese en el interior de un viejo árbol del Bosque Viviente.
—Es maravilloso, no podía imaginar algo así viéndolo desde fuera.
—El exterior es vulgar porque no quiero que llame la atención, pero el interior… me gustan las cosas bonitas y cómodas. —Aglanor golpeó el suelo con el pie un par de veces y el carruaje se puso en marcha.
Cuando Sygurn apartó un poco la cortina para mirar las calles de la Corte, Aglanor las descorrió por completo.
—Puedes asomarte sin temor, desde el exterior no pueden vernos.
«Qué bien pensado lo tiene todo». Era difícil saber si Lena lo decía con admiración o con suspicacia, tal vez fuese una mezcla de las dos cosas.
—Veo que te gusta la privacidad.
—Es necesaria, Calendemyn me ha pedido que te traiga porque hay ciertos temas que es mejor no tratar en Palacio.
—¿Y por qué no me lo ha dicho él en persona?
—Porque ser discreto es una herramienta muy útil para mantener el poder y gobernar en paz. Hay asuntos oficiales y otros que no lo son tanto. Ambos son igual de importantes y cada uno tiene sus espacios. Aprender esto te mantendrá muchos años en el puesto de Alférez.
Sygurn estaba acostumbrada a ver gobernar a su padre. Olymar era un sidhe franco, de palabras y actos claros. Consideraba que su sinceridad y su lealtad al Alto Consejo eran sus mejores armas, aunque quizás lo que valía en VuelaPluma no fuera igual de útil en la Corte, donde al parecer todo el mundo escondía un as bajo la manga. No se sentía cómoda con esa idea. Sus valores eran totalmente distintos a los de Aglanor y le extrañaba que Calendemyn aprobase aquellos dobles juegos, pero claro, hasta entonces, ella había conocido al Calendemyn, Señor de VuelaPluma. Ahora le tocaba descubrir al Senescal Real y quizás esa faceta no le gustase tanto.
—Entiendo —dijo Sygurn cruzando los brazos.
Aglanor estaba ahora más serio que en Palacio. Aunque sus penetrantes ojos de milano seguían pareciendo amables, de algún modo aquella seriedad era más sincera que su hermosa sonrisa. El joven sacó un pliegue de papel de debajo de su asiento y se lo tendió. Sygurn lo desplegó sin mediar palabra. Era un plano de Palacio y, aunque no era fácil reflejar en papel un espacio viviente, parecía bastante fiel. Alguien había marcado algunos puntos con tinta plateada, también había líneas de varios colores que cruzaban paredes y conectaban habitaciones. Junto al pliegue, le dio la llave blanca. Era de hueso, suave y pulido, con una delicada filigrana dorada que la recorría por completo. La cabeza tenía forma de lechuza con los ojos cerrados. Al tocarla notó en ella el hormigueo de la magia antigua.
—Calendemyn me dijo que te diera esto.
—Un plano con pasadizos secretos de Palacio, muy útil. Imagino que no están todos.
—Descubrirlos todos en un edificio gigantesco que no para de cambiar es una tarea titánica que ningún sidhe ha emprendido, al menos que se sepa. Están los más conocidos y he marcado en azul los más concurridos.
Había una buena cantidad de líneas azules, algunas llevaban fuera de Palacio. Una de ellas era la poterna que acababan de cruzar.
—¿Me estás diciendo que hay hadas entrando y saliendo de Palacio cuando les apetece?
—Saliendo, sobre todo.
Era una brecha de seguridad enorme. La pesadilla de cualquier Alférez.
—Imagino que es lo primero que debo arreglar.
—Pues imaginas mal —la corrigió Aglanor con un gesto tan serio que a Sygurn no le cupo la menor duda de que le estaba diciendo la verdad—. Los que salen son nobles o criados que trabajan para ellos, se molestarían mucho si la Guardia se entrometiera en sus asuntos —continuó hablando el Cillero mientras miraba por la ventana.
—¿Qué clase de asuntos deben ocultar de la Guardia?
—Poca cosa. Les gusta salir a divertirse, ver a sus amantes, apostar, escaparse al bosque…
—No entiendo por qué lo hacen en secreto, no tiene nada de malo ir a los prostíbulos o a las casas de juego.
«Lo del bosque sí que es extraño», murmuró Lena.
Aglanor apartó la vista de la ventana y le dedicó una sonrisa pícara que combinaba mal con la dulzura de su rostro.
—Los que usan esos pasadizos no van a las elegantes casas de la Celosía ni juegan a las cartas. Les gusta la prostitución callejera, las arenas de combate y las Cacerías Salvajes.
«Tiene que estar de broma». La mellifata se removió dentro de la capucha. Sygurn tuvo que echarse para atrás para que el Cillero no la viese.
«Mírale la cara». Lena podía ver a través de sus ojos. «¿Te parece que esté de broma?».
—¿Y Calendemyn lo permite?
Sygurn no quería escuchar la respuesta. Consideraba que su señor era un sidhe íntegro que sabía diferenciar entre el bien y el mal. Sabía que la prostitución callejera abundaba a pesar de que quienes la ejercían no tenían a quien a nadie que los protegiese. Trabajaban donde se lo pidieran, lejos de la seguridad de los prostíbulos. Esos gentiles estaban obligados a ser discretos, no solo estaba en juego su sustento, también su vida. Los luchadores de las arenas no estaban en mejor posición. Las arenas gentiles eran ilegales y en ellas las peleas podían ser sanguinarias. Pocos luchadores salían bien parados de allí. Se negó a pensar en las Cacerías Salvajes, quería considerarlas cosas de otro tiempo.
—Las arenas mueven mucho dinero en ambas direcciones. Muchos gentiles se llenan los bolsillos gracias a ellas. También algunos nobles. Y mientras más entretenidos estén, menos piensan en gobernar.
El Cillero lo expresó con una frialdad apacible, parecía considerar que ese era el orden natural de las cosas.
—Entonces no vigilo las puertas. ¿Hago la vista gorda? —Apenas se podía creer lo que estaba diciendo.
—Al contrario, debes vigilar las puertas sin que nadie note que las vigilas. Solo unos poco deben entrar y salir. Esa llave abre casi cualquier puerta de Palacio. Úsala con sabiduría.
—¿Y si me limito a cerrarlas todas y me ahorro el trabajo de estar espiando quién se acuesta con quién? Tengo muchas otras cosas que hacer.
—Estarás de vuelta en VuelaPluma antes de que te dé tiempo a firmar una renuncia honorable. A Calendemyn no le quedará más remedio que degradarte. Volverás a Ventisquero sin honor y todas las Altas Casas te darán la espalda.
Eso destrozaría a su familia. Sus hermanos acabarían sirviendo en feudos lejanos como eternos pajes y lacayos. Sus padres acabarían en el ostracismo y sus tierras serían administradas por cualquier otra casa. No podía permitírselo. Le había costado mucho trabajo conseguir el puesto. Tenía una responsabilidad, con su familia, con Calendemyn, con Palacio. Aglanor debía ver la lucha en su interior, le puso la mano sobre la rodilla y se inclinó hacia ella.
—Calendemyn te escogió porque confía en tu buen criterio, sabe que podrás cumplir tu cometido.
«¿Y cuál se supone qué es mi cometido?», se preguntó Sygurn angustiada
«Mantener seguros a los nobles», le respondió amarga Lena.
En los braseros ardía una mezcla de madera de cedro rojo y resina de AlmaViva que cargaba la pesada penumbra con un olor dulzón y denso. La primavera se estaba deshaciendo de los hielos invernales y dentro de la habitación hacía un calor pegajoso que invitaba al sueño. Gwyllión se desabrochó los dos primeros botones del cuello buscando algo de alivio. Estaba sola, los criados rehuían el dormitorio y solo entraban cuando era necesario, salvo Tácito, que permanecía fiel a su señor. El bogan cabeceaba sin decoro ni disimulo sentado en una esquina, cerca de la puerta. La sidhe suspiró. Si hubiese sido otro criado, no habría dudado en soltarle un golpe con la fusta en las rodillas. El anciano llevaba tanto tiempo al servicio de la familia que su padre le permitía ciertos privilegios. Para ella habría sido como castigar a un viejo amigo, pero eso no quitaba que prefiriera que guardara un poco más las formas. Si estaba cansado, debería haber pedido permiso para retirarse en lugar de quedarse allí durmiendo con la boca abierta. «Hay que buscar a un cuidador más joven», pensó Gwyllión. Al instante se sintió cansada. Una nueva tarea de la que ocuparse era lo último que necesitaba.
En los últimos años, su padre solo era la voz de la Casa DanzaDragón en el Alto Consejo, al que acudía en su silla de mano, agostándose ante los ojos de los Altos Señores día tras día. Frente a ellos aún mostraba la energía y la fuerza de carácter de las que había hecho gala toda su vida. Era el tallador de glifos, el confinador de bestias, el domador de sombras. Lydden de DanzaDragón hablaba ante el Consejo mientras ella se pasaba los días encerrada en el despacho familiar, dejándose los ojos ante la enorme cantidad de documentos que no dejaban de llegar. Revisando cuentas, firmando pagarés y leyéndole en voz alta las cartas y los tratados, a veces más de una vez porque el anciano cada día prestaba menos atención. Todos estos esfuerzos eran desconocidos para el resto de la Corte. Daba igual que ni una hoja del jardín se moviese sin la aprobación de Gwyllión, daba igual que fuese la única hija, la heredera del título. El resto de los nobles solo veían a una dama que ya empezaba a estar lejos de sus años casaderos, convertida en la solícita mano derecha de su padre. Una heredera sin esposo. En El cotilla ilustrado
