La Corte de los Espejos - Concepción Perea - E-Book

La Corte de los Espejos E-Book

Concepción Perea

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Beschreibung

Estas no son las hadas que crees conocer. Nicasia, una knocker del gremio de ingenieros, y Dujal, un phoka amante del riesgo, llevan años enzarzados en un particular pulso de poder que no parece resolverse pronto y en el que Marsias, un sátiro dueño de un burdel, media como puede. Pero un asesinato los obligará a unirse en un frente común para encontrar a los culpables. Juntos emprenderán una investigación que los llevará desde los bosques de los centauros hasta las montañas de TocaEstrellas, habitadas por los feroces goblins. Pero serán perseguidos por la larga sombra de la misteriosa Dama RecorreTúneles y los bien guardados secretos de Nicasia. La Corte de los Espejos es la capital y el corazón de TerraLinde, un reino donde las hadas no creen que los humanos existan, una vieja ciudad que fue decisiva durante la Guerra de la Reina Durmiente. Han pasado años desde ese cruento conflicto que dejó tras de sí una paz delicada, una larga lista de rencores y un trono inestable. Una guerra que aún divide a los Aen sidhe, los orgullosos gobernantes, y a los gentiles, hadas sin títulos ni privilegios.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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LA CORTEDE LOS ESPEJOS

CONCEPCIÓN PEREA

ALIANZA EDITORIAL

PRÓLOGO

Marionetas

1

Sobre una marioneta perdida y lo que dijo un espejo roto

Nadie creía a Nicasia capaz de silbar, o siquiera de sonreír. Claro que Nicasia nunca hacía estas dos cosas en público. La mayoría de las hadas piensan que goblins y knockers carecen de sentido musical, pero Nicasia tenía buen oído y un talento natural para no desafinar que habría sorprendido a más de uno. Lo de sonreír ya le salía peor, lograba muecas más que sonrisas, pero el gesto iluminaba su rostro y hacía que sus ojos azules, siempre cargados de una luz feroz, parecieran incluso amables.

Aquella tarde entró en su estudio tarareando, se quitó los guantes, colgó el chaqué en el perchero que había junto al espejo, lanzó los tirantes a una silla y se acomodó en su viejo sillón de orejas. Suspiró de alivio cuando al fin pudo quitarse el aparato ortopédico de la pierna y mandar lejos los zapatos. Cerca, en una mesita auxiliar, aguardaban alineadas sus herramientas de tallar. Las estanterías de la habitación estaban cubiertas de marionetas y de autómatas de madera, todos hechos por ella. Aquella ocupación la relajaba. Después de un largo día devanándose los sesos con problemas de geomancia, o tras una odiosa jornada en el Parlamento de los Sueños mediando en absurdas intrigas políticas, no había nada mejor que coger un bloque de madera y darle forma durante horas, sin pensar en nada, mientras los problemas se quedaban al otro lado de la puerta. Cuando terminaba una marioneta la hacía bailar en el aire con un hechizo. Si alguien la hubiese visto entonces, alegre como una niña jugando con sus muñecas, se lo habría pensado dos veces antes de llamarla bruja o cualquiera de las otras cosas desagradables que solían decir a sus espaldas.

Nicasia había planeado pasar la tarde tallando. Ya se había sentado y acababa de alargar la mano para coger la cabecita en la que trabajaba cuando se dio cuenta de que la pieza no estaba. La knocker hubo de caminar a la pata coja por toda la estancia, buscándola. No la había sacado de aquel cuarto. El misterio la iba poniendo más y más furiosa a cada momento. Finalmente, tiró de una cadena dorada que había junto al escritorio, varias veces y con todas sus fuerzas. Suerte que no tenía demasiadas, o la habría arrancado. Entonces, Traspiés, un bogan bajito siempre vestido de azul, abrió la puerta.

—¿Ocurre algo, Nicasia? —preguntó, asustado.

—¡No, es que me gusta hacer sonar la campana! ¿Eres idiota o le has dado vacaciones a tu cerebro? ¡Claro que pasa algo! ¿Alguien ha limpiado hoy aquí?

—Qué va, te llevaste la llave.

—¡Maldita sea mi sangre! ¿Alguien ha estado por estos pasillos?

Traspiés lo pensó un segundo y dijo que no. Aprovechó para irse antes de que la cosa empeorase. Nicasia, con el bogan fuera de su vista, se acercó a los estantes y levantó de su sitio tres marionetas al azar. Varios listones de madera de la pared se deslizaron sobre sus engranajes para revelar un pequeño espejo redondo, con el cristal nublado por el tiempo.

—Ayúdame a recordar —le ordenó Nicasia—. Despierta, charco del demonio, y dime. Hada o duende, ¿quién ha estado aquí hoy?

—Solo tú —respondió una voz lejana—. Entraste y saliste.

Nicasia rumió la respuesta. Una idea pasó por su mente, más dolorosa que una cuchillada.

—¿Ha entrado algún animal?

Un gato negro —respondió el espejo.

La knocker gritó y dio un puñetazo al cristal. Miles de trocitos volaron por el aire. Luego, volvieron a su sitio, y la superficie del espejo recuperó su aspecto. Nicasia tenía los nudillos en carne viva.

—¡Dujal! —rugió—. ¡Escoria felina! ¡Hijo de mala gata! ¡Desdichado desecho de hada! ¡Lo sabía, tenía que ser él, miserable montón de estiércol! Voy a librar al mundo de su descendencia. ¡Esta vez se lo ha buscado!

Nicasia volvió a encajarse el aparato ortopédico sobre la pierna. Cogió del armario su fiel trabuco y un viejo abrigo largo de cuero. El atuendo de caza.

El otoño arrancaba con fuerza; los ocasos ya eran más largos y románticos. Para Nicasia la llegada del otoño solo significaba que soplaba un viento de mil demonios, oscurecía antes y había más humedad. En aquel momento pensaba tan solo en la manera de atrapar un gato. Los gatos son rápidos y escurridizos, demasiado ágiles para alguien de movilidad limitada. Esas pequeñas bestias saben esconderse a conciencia y ocultar su rastro. Es menester un cazador muy bueno para atraparlos, y ella no lo era, pero conocía a alguien que tenía todas las cualidades necesarias y alguna más. Encontrarle no era difícil, solo hacía falta llegar a un sitio discreto. En este caso se trataba de un callejón sin salida, estrecho, oscuro y maloliente, cercado por altas paredes grises al que no daba ninguna ventana porque nadie en sus cabales querría ver un lugar tan deprimente como aquel. Estaba justo detrás de la Carbonería. Solo tuvo que salir por la puerta trasera de su taller, sacar de su bolsillo una piedra que parecía vulgar y lanzarla contra el suelo. Produjo un crujido seco, y el suelo se abrió bajo sus pies. El secreto residía en cargar la piedra con malos deseos. El odio bien enfocado puede causar mucho daño; solo hay que saber usarlo del modo apropiado. Para abrir grietas, por ejemplo.

Nicasia se aseguró de que no la viera nadie y entró en las alcantarillas. No tuvo que andar mucho; a los pies de la entrada había una gran piscina de agua estancada. Solía estar llena de ratas, aunque últimamente escaseaban.

—¡Boros! —gritó Nicasia—. ¡Deja de jugar, sé que estás ahí!

Del agua emergió una cabeza adornada con una cresta de pelo verde. La piel era pálida, verde también. Dos ojos de reptil observaron a Nicasia. A la cabeza le siguió un cuerpo alto y delgado. Boros vestía una túnica tan desteñida que era imposible adivinar su color original, y un pantalón negro que le venía grande. Estaba descalzo, empapado. Abrazó a Nicasia y la levantó del suelo sin esfuerzo.

—¡Vale, vale! También yo me alegro de verte. Vengo a proponerte un juego.

El chico serpiente la soltó con delicadeza.

—Se trata de Dujal; necesito que lo encuentres. Tú puedes hacerlo.

Asintió con una sonrisa que en otra cara habría sido agradable, pero que en la suya resultaba inquietante y peligrosa.

—Quieres que salga de caza —dijo.

—Sí —respondió Nicasia—. Nadie tiene mejor olfato que tú. Pero no quiero que te lo comas. Recuerda que ya no haces eso. Recuérdalo.

La serpiente hizo un mohín; sin embargo, asintió y regresó al agua.

—Lo encontraré. Si está escondido, yo sabré dónde.

—No lo dudo —dijo Nicasia.

Boros se deslizó por las cloacas. Nicasia también se fue. Encontrar a Dujal ya no era un problema; antes o después, el chico serpiente daría con él. Además, hacía menos de una semana desde su última comida, así que aún no debía de tener hambre. No era peligroso, no más de lo necesario.

Solo quedaba una visita por hacer. Luego, a esperar.

2

Donde se explica la discreción de los burdeles y se habla con buenos amigos

Dicen que cuanto más caro es un burdel, más discreto es el local que lo acoge. La casa de Marsias debía de ser carísima. Ni siquiera tenía nombre. Sus clientes solían decir que iban a «darse un baño» o «donde Marsias», y ya no hacía falta añadir nada más. El burdel tenía, además, el privilegio de estar tras la muralla del Barrio Real, tan cerca de los jardines de Palacio que se podía oír el trino de los pájaros y el soniquete de los grillos. Se trataba de una antigua casa señorial cercada por un muro en color albero enterrado en hiedra y matas de parra. Un extenso jardín, muy distinto a los de Palacio, ocupaba la mitad de la propiedad. Nicasia conocía bien el sitio; se había construido gracias a ella, y estaba ligado a ciertos recuerdos de esos de los que no gusta hablar.

Golpeó el aldabón de la vieja puerta verde. Por el día oficiaba de portero el joven Rashid, un niño cándido que no hacía preguntas. Pero esta vez acudió Mesalina, la sobrina de Marsias, así que a Nicasia quien le abrió la puerta fue una sátira semidesnuda. Aunque, si lo pensaba bien, la ceñida túnica de seda era lo más decente que la ingeniera había visto vestir a Mesalina hasta la fecha. Ambas intercambiaron una larga mirada.

—¿Hoy no entras por la puerta de atrás? —preguntó al fin Mesalina.

—Pues no, hoy entro como un cliente cualquiera. Debe de ser un día especial. Yo entro como un cliente cualquiera y tú no vas enseñando los pechos.

Mesalina se obligó a sonreír.

—¿Eso quiere decir que vas a pagar por algún servicio?

—No soy tan cualquiera… —replicó Nicasia—. Mejor nos dejamos de cortesías, cortesana, y me llevas a ver a tu tío, nuestro querido Marsias.

—Me cuesta pensar que mi tío sea querido para ti.

—Sí, pensar es complicado. No te canses. Limítate a llevarme con él.

Cruzaron el patio de entrada y pasaron al jardín, iluminado ya por linternas colgadas de las ramas. Nicasia estaba orgullosa de aquellas luces; las había diseñado con cariño, tenues lámparas de papel rellenas de luciérnagas. Daban un encanto especial. Entre los árboles y los setos del jardín se alzaban carpas de gasa y chozos de ladrillo rojo. Algunos eran baños cubiertos con cúpulas, otros eran alcobas de varias puertas. Los habituales del burdel llamaban a estas últimas «los aposentos». Allí dentro ocurrían cosas tan jugosas que muchos se habrían dejado mutilar con gusto solo para espiar a sus ocupantes durante unos segundos.

Nicasia nunca los usaba. Sabía que el chantaje era una práctica usual allí, porque las mirillas ocultas también eran cosa suya. «Tengo que proteger mi negocio», solía decir Marsias, «y conocer las debilidades de ciertos clientes es un buen modo de asegurarme de que no se pongan en mi contra».

Mientras caminaba, Mesalina iba dando instrucciones al personal. Aún era temprano, pero los clientes llegarían en breve, y el ritmo era frenético. Mesalina lo supervisaba todo: desde las bebidas hasta los aposentos. La fama del burdel era intachable, y tanto Marsias como su sobrina se la tomaban en serio, aun sabiendo que el principal reclamo de la casa eran precisamente ellos. Mesalina era una sátira hermosa. Tenía la piel morena y castaños los ojos, del color de la canela. El cabello le caía hasta la cintura, una cascada de fuego rizado. Había nacido para ejercer el amor, y le encantaba. Atendía cada vicio con una maña a la altura de su belleza. No había prostituta más requerida en toda la ciudad. Junto a Marsias formaban un equipo terrible que había convertido un burdel del tres al cuarto en un negocio tan rentable que inspiraba respeto.

Llegaron hasta el rincón del jardín donde solía descansar el jefe.

—Os dejo a solas —comentó Mesalina con aquella sonrisa que tanto odiaba Nicasia—. Debo asegurarme de que las dríades no se tapan más de la cuenta.

—Sí… Hay que cuidar los detalles.

—Te veo gruñona. Seguro que eso lo arregla Marsias. Adiós. ¡Y disfruta!

—Se puede ser más… —murmuró la knocker para sí.

Mesalina la sacaba de quicio.

—¡Espero que sí se pueda! —proclamó un vocejón grave y alegre.

Marsias estaba instalado en su hamaca. Era un sátiro gordo y corpulento, muy alto, que llevaba encima la menor cantidad posible de ropa, no importaba el frío que hiciera. Tenía una densa barba negra a juego con su melena crespa, y lucía una colección de tatuajes por todo el cuerpo. No era un príncipe azul ni un guapo galán de mentón afilado, pero su encanto silvestre y su olor, su energía primitiva y su infalible instinto para el trabajo de cama, volvían loco a cualquiera en la primera cita. Se decía que era un amante inolvidable, algo fuera de toda duda si uno conocía la enorme lista de clientes que lo solicitaban.

El sátiro se incorporó, rascándose, al tiempo que ahogaba un bostezo.

—Hacía mucho que no venías a verme. Te he echado de menos.

—¡Ah, guárdate esos cumplidos para los clientes! Yo sé de sobra lo que hay.

—Y tú guarda el veneno para alguien que lo merezca más que yo, Malbicho. Eres mi amiga, no mi clienta. ¿Te he cobrado alguna vez?

—¿Te he cobrado yo? —replicó Nicasia.

—Vaya, sí que estás enfadada. Entremos en casa, empezaremos de nuevo. ¿Te apetece beber algo?

—Cualquier aguardiente que tengas me viene bien.

—Te diría que es un poco temprano para comenzar tan fuerte, pero… ¿quién soy yo para moderar los vicios de nadie?

—En estas circunstancias mejoras mucho callado.

Marsias suspiró sin ofenderse. Conocía los estados de ánimo de la knocker y el tiempo que llevaban juntos le había enseñado a no tomarse sus ataques como algo personal. Se puso en pie desperezando la mole que tenía por cuerpo y la guió hacia la discreción de sus habitaciones. Marsias era muy ordenado; tenía largas filas de estanterías repletas de libros. Aquel rincón era su refugio; dentro no se ejercía bajo ningún concepto. Allí podía desconectar, era su santuario.

Marsias trajo una jarra y dos vasos y ofreció asiento a su invitada.

—Insisto en que hace mucho que no venías —dijo Marsias mientras llenaba los vasos—. La última vez no estuvo mal.

—Tengo mucho trabajo, y otros asuntos que no son trabajo pero que estorban como si lo fueran. Además, Dujal ha estado en casa y me ha robado. Tengo que encontrarle.

El sátiro suspiró dramáticamente y le dio un sorbo a su vaso.

—¿Ya estáis los dos otra vez? Lo hace porque adora buscarte las cosquillas, y tú te dejas. Es una historia de nunca acabar.

—Quiere retarme una y otra vez, y yo nunca le dejaré ganar.

—Ese pulso de poder que mantenéis está muy lejos de ser normal. ¿Por qué no admitís los dos de una vez que os gusta pelearos?

Nicasia dio un golpe en la mesa.

—Una estupidez más y te tragas el vaso.

—Vale —contestó su amigo, conciliador—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Me ha robado la cabeza de una de mis marionetas, y seguro que no la quiere para nada bueno.

—¿Qué mal te puede hacer una marioneta a medio tallar?

—Magia simpática: yo he tallado esa cabeza, es mi trabajo, mi esencia está en ella. ¿Para qué se iba a arriesgar a entrar en mi habitación? Nunca lo había hecho antes. Pudo llevarse cualquier cosa de más valor. Escogió eso por algún motivo y, sea lo que sea, no es nada bueno.

La ingeniera vació la bebida de un trago, se secó los labios con la mano y volvió a servirse. El sátiro hacía bailar el contenido de su vaso, pensativo.

—¿Estás completamente segura de que esto es cosa de Dujal?

—No lo dudes —dijo Nicasia—. He venido porque si alguien puede enterarse de qué está pasando ese eres tú.

—Siempre estoy encantado de ayudarte, Nicasia, pero ¿no crees que estás algo paranoica? Quizá sea una travesura inofensiva. El phoka es un incordio, pero no hace las cosas con maldad. Tan solo le gusta llamar la atención.

—Lo defiendes —protestó Nicasia—. Siempre lo defiendes. ¡Lo proteges!

Marsias acercó su silla a la knocker y la miró a los ojos.

—Te protejo a ti. Trato de que te calmes. ¿Qué vas a hacer? ¿Pasarte toda la noche correteando por la Corte detrás de un rumor? Has estado trabajando mucho; descansa, y mañana verás las cosas de otra manera.

Nicasia tuvo que hacer un esfuerzo por apartarse. En realidad, le tentaba acercarse y dejar de hablar, pero sabía que eso era lo que pretendía el sátiro.

—No pienso quedarme aquí contigo —declaró.

Marsias hizo un falso mohín de disgusto y la tomó por la cintura. Nicasia no se resistió más de lo habitual, así que se animó a besarle el cuello.

—¿Seguro que no puedo convencerte? —le preguntó él entre beso y beso.

Ella buscó la boca de Marsias y lo besó. Siempre era algo torpe y tensa en los primeros besos, como si llamase a la puerta de un desconocido para pedirle un favor, pero el sátiro adoraba aquella reticencia y sabía cómo quebrarla. Sin embargo, en esta ocasión Nicasia se apartó con tanta violencia que Marsias estuvo a punto de caer de la silla.

—¡No voy a quedarme aquí mientras Dujal trama vete a saber qué! —gritó—. ¡No puedo creer que estés intentando enredarme!

Marsias se encogió de hombros.

—Enredarte no era lo que pretendía —dijo mientras le ponía una mano en el hombro—. Solo trataba de que te quedases por las buenas…

—¿Qué? Pero ¿qué infiernos di…?

No acabó la frase. Marsias había susurrado un hechizo de sueño. Nicasia se derrumbó en los brazos del sátiro. Marsias sabía que a veces Nicasia podía pasarse días sin dormir, enfrascada en un invento o en alguno de sus asuntos turbios, y entonces su conducta se volvía errática. Temía que eso le estuviese ocurriendo ahora, así que la dejó en la cama, le quitó el aparato de la pierna con cuidado y la tapó con una manta. Cuando dormía parecía distinta; sin el ceño fruncido ni los labios apretados, Nicasia no resultaba tan amenazadora. Marsias adoraba su piel albina. Los knockers no se limitaban a ser pálidos sino que parecían hechos de nieve, y la ingeniera no era una excepción; hasta el cabello lo tenía blanco; se le rizaba a la altura de las orejas largas y picudas. Marsias salió de la habitación con cuidado de no despertar a su invitada. Si quería enterarse de qué estaba pasando entre Dujal y Nicasia era conveniente hacer averiguaciones. Sabía exactamente a quiénes acudir.

3

Encuentros en la sombra

Cuando tu pelo tiene el tacto de la estopa y se empeña en ignorar las órdenes de cualquier cepillo, peinarse no es tarea agradable. Nicasia dedicaba a esta labor las primeras horas de la mañana. Aprovechaba de paso para ensayar insultos y maldiciones varias. Aquello la hacía empezar el día de mal humor.

Despertar en casa de Marsias tampoco ayudó a mejorar su ánimo. El único motivo por el cual todavía no había nada ardiendo era que estaba en uno de los baños y el agua le llegaba al cuello. El agua había hervido ya dos veces con ella dentro. Volvía a estar tibia cuando la enorme boa apareció de la nada. Nicasia arrojó a Boros su cepillo.

—¡Cambia de forma ahora mismo! —gritó con cierta nota de pánico en la voz. Cuando era serpiente, el comportamiento de Boros podía ser incontrolable, instintivo. El muchacho obedeció y la miró desconcertado.

—Tengo noticias. —Su voz hacía eco en las paredes.

—¿No podías dármelas cuando estuviese un poco más vestida? —gruñó ella girándose—. Sé que no hay mucho que ver… Pero, mira, me gusta elegir a quién quiero enseñárselo.

Boros ladeó la cabeza como un perrillo confuso ante su amo, incapaz de entender la broma. Habló de nuevo.

—Sé dónde está el gato.

—¿En serio? —Nicasia olvidó su recato—. ¡Eres el mejor cazador del mundo!

Boros no la oyó; estaba ocupado observando el reflejo oscilante del agua sobre las paredes. Nicasia aprovechó para conjurar dos brazos de agua que la sacaran de la piscina y se vistió en un santiamén, sin secarse. Cuando estuvo lista sacó a Boros de su éxtasis con un silbido.

—¡Vámonos! Ya habrá tiempo luego para efectos ópticos.

Salieron a toda prisa del burdel. Marsias los vio desde la reja de acceso al jardín cuando ya cruzaban el patio de entrada y la puerta verde.

—¿Adónde vais? ¡Nicasia, tengo que decirte algo!

—¡Ya me lo dirás más tarde! —respondió ella mientras el niño Rashid, el portero diurno, les abría la puerta y los despedía—. Boros, ¿Dujal está lejos?

Boros se rascó la cabeza y dudó antes de contestar.

—Para mí no —dijo.

—Qué chistoso eres. Tengo algo difícil lo de correr, ¿lo sabías?

Como respuesta, Boros la cargó a hombros y echó a correr. A Nicasia le sorprendió tanto que olvidó que tenía que protestar. Boros sabía ser discreto. Incluso corriendo por las estrechas callejas de la Corte con un bulto a sus espaldas, nadie reparaba en él. Era una ráfaga de viento. Nicasia no conocía demasiado sobre su raza. Los goblins los llamaban «Ancestrales». Bestias salvajes, antiguos monstruos de los cuentos que los aterrorizaban. Si los goblins, que solían presumir de no asustarse ante nada ni nadie, los temían, era porque había que hacerlo. El chico serpiente, como los peores temores, solo era visible cuando estaba oscuro. En las calles, a plena luz del día, era imposible verlo. Las hadas se apartaban de su camino sin saber por qué, se sacudían con un escalofrío repentino y seguían con sus labores como si nada hubiera ocurrido.

Cruzaron las puertas de la Corte, y los soldados se limitaron a apretar sus lanzas para después continuar revisando productos y cobrando el portazgo, sin siquiera extrañarse por el súbito momento de pánico. La ciudad quedó atrás, y conforme entraban en el bosque, Boros aminoró la carrera. De vez en cuando sacaba su lengua bífida y la hacía vibrar. Parecía seguir un sabor colgado en el aire. Tras un rato sorteando árboles y arbustos, hallaron un claro presidido por una torrecilla de piedra negra de la que manaba una corriente de agua, un hilo apenas cargado de hojas y barro. La knocker no podía creerlo. Saltó de la espalda de Boros hipnotizada. Hacía mucho tiempo desde la última vez.

—No está —dijo Boros con la lengua entre los labios y el oído atento—. No, el gato no está. Creo que estamos solos.

Nicasia se alejó un poco. Deambulaba con los puños apretados.

—Maldito bastardo… —susurró—. Ahora sí que no tengo ni idea de qué trama.

—¿Conoces este sitio, Nicasia?

—Antes solía reunirse aquí la Hueste Invernal.

—¿Antes de qué?

—Antes de que lo prohibieran —contestó Nicasia.

Boros se arrodilló sobre un palmo de suelo sin hierba y posó los dedos.

—Aquí la tierra está muerta.

—La tierra muere donde se vierte sangre de goblin.

—¿Quién? ¿Quién sangró?

—Yo.

No podía creer que Dujal la hubiera arrastrado al sitio donde había peleado contra Urakarnake hacía tantos años. El phoka había ido demasiado lejos con la broma. Pensaba hacérselo pagar muy caro. Nicasia examinó el claro de la torre en busca de pistas, de algún rastro. De repente tuvo una idea.

—Está buscando un escondite… —murmuró señalando la torre.

—¿Qué has dicho? —preguntó Boros.

—Ven conmigo. Tienes que ayudarme a abrir la puerta.

Boros se acercó a la puerta de la torre, cubierta de hiedra.

—Esa no. Sígueme.

Nicasia se inclinó sobre el arroyo, se remangó la camisa y metió un brazo hasta el codo. Tiró y sacó una gruesa cadena.

—No te quedes mirando, ¡ayúdame a tirar! Tienes más fuerza que yo.

Boros obedeció. La cadena crujió en sus manos. Brotó un chasquido de la base de la torre y apareció un hueco entre las piedras, una entrada secreta. El agujero olía a cueva vieja, a sueños muertos.

—Vamos —dijo Nicasia antes de entrar por él—. Y presta atención.

Dentro estaba oscuro, pero no les importó mucho. Nicasia y Boros podían ver en la oscuridad. Tampoco es que la estancia tuviese algo digno de ver. Era una habitación vieja llena de moho, el sótano bajo el escenario, que se empleaba de almacén. En un rincón dormitaba un bulto tapado con una lona roñosa. Nicasia levantó una esquina. Era una caja de embalaje de madera; dentro había cuerdas, luces… cosas para montar una función.

—No sé lo que se trae entre manos. ¿Se te ocurre algo, Boros? —Al alzar la vista se percató de que hablaba sola—. Sí, Boros, lárgate sin avisar.

Algo se movió entre las sombras. Antes de darse cuenta Nicasia ya lo tenía encima. Un golpe la arrojó al suelo. Nicasia trató de ponerse en pie, o al menos evitar el garrote que bajaba hacia ella, pero Boros recibió el palo en su lugar. El Ancestral era duro: lo encajó sin acusar el menor daño. Abrió el pecho de su agresor con dos cuchillos surgidos de sus mangas.

Estalló un disparo en el sótano, y una segunda figura cayó. Tenía la nariz y la boca cubiertas por una pasta rosa, y luchaba por quitársela. Nicasia dejó el trabuco en el suelo, susurró unas palabras y ocultó su cuerpo con una sombra negra y espesa para no dejarse ver.

—¿Cómo osáis atacarme? —Su voz era otra. Vibraba de forma aterradora.

Uno de los atacantes lloriqueaba encogido en el suelo. El otro pugnaba por quitarse la pasta pegajosa que le impedía respirar.

—Deja de moverte —aconsejó Nicasia a este último—. Contén la respiración el tiempo suficiente y quizá sobrevivas.

Luego se dirigió al que estaba herido en el pecho. Era un leprechaun. Este, al verla, mudó su dolor al pánico. Se arrodilló ante ella.

—¡Señora…! ¡Dama…! ¡No sabíamos que era usted! ¡Dama RecorreTúneles! ¡Perdónenos!

—¿Qué hacéis aquí? Este lugar está prohibido para los Invernales.

—¡Lo sabemos, señora, pero…!

—¿Me desobedecéis?

—¡No, señora, nosotros nunca! —El leprechaun intentó besarle un pie.

—¡Tu amigo se asfixia! —indicó Nicasia haciendo tronar su voz falsa—. Vamos, dime qué estáis haciendo aquí. Habla y le quitaré el pegamento de la cara.

—Nada —gimoteó el duende temblando—. No hacíamos nada.

—Tu amigo no te importa.

A una orden de Nicasia, Boros agarró al leprechaun herido y lo irguió ante ella. Nicasia se mordió la mano y la apretó, sangrante, contra el pecho abierto del leprechaun, que trató de soltarse entre lágrimas.

—¿Duele? —preguntó al infeliz—. Mi sangre es veneno… A tu amigo le queda poco, pero tú morirás con él. ¿Hablarás ahora?

—Señora… —susurró el leprechaun con gran ahogo. Sudaba a mares. Boros estaba deseando soltarlo—. Es por un asqueroso phoka, Dujal, un Estival que nos debe dinero. No deja de esquivarnos. Optamos por seguirle y asustarlo.

—¿Vinisteis a darle una paliza?

—Eso queríamos, pero el phoka no estaba aquí, así que decidimos llevarnos sus cosas como pago. A vosotros os hemos confundido con ladrones, Dama.

—¿Desobedecéis mi prohibición de no pisar este lugar para robar un puñado de tristes baratijas? ¿Permitís que un miserable ratero os burle? —Nicasia no se molestó en gritar. Susurraba su desprecio—. Suéltalo, Boros.

Boros obedeció. El duende cayó al suelo temblando.

—Nos vamos —le dijo Nicasia.

—Señora, por todos los dioses… —rogó el herido.

Nicasia señaló al que tenía la masa rosa en la cara.

—Quítasela —ordenó a Boros.

Boros le arrancó la plasta de un tirón. El duende boqueó en busca de aire. La knocker le puso en la mano un frasco de barro sellado con cera.

—Es el antídoto de tu compañero. Decide si quieres dárselo. Aunque él no se apiadó de ti precisamente.

Se dirigió a la salida.

—Os prohíbo tocar nada de lo que hay aquí. Me pertenece.

Fuera los esperaba la luz del sol. El Ancestral cerró la entrada volviendo a tirar de la cadena. Nicasia deshizo las sombras que la cubrían.

—Lo que tengo que aguantar… Menuda gentuza.

—Seguimos sin saber nada del gato —comentó Boros mirando al cielo.

—Sabemos algo más. Pero ya ataremos cabos más tarde; ahora no estoy de humor. Seguro que Dujal vio acercarse a esos dos cretinos y salió huyendo. No lo encontraremos por aquí.

—¿Por qué no quieres que vengan a este lugar?

—Porque aquí murió alguien que me importaba —respondió Nicasia.

—¿Quién? —le preguntó Boros.

—Yo.

4

Lo que Musaraña sabía

Si alguna vez visitas el reino de TerraLinde, gobernado por su majestad la reina Silvania, querrás conocer la Corte de los Espejos, su capital. Dentro de sus murallas, podrás pasearte por su mercado o saturar tus oídos con el ruido infernal del Barrio de los Constructores. Incluso puedes pasarte por la casa de Marsias, si esas son tus inclinaciones. Pero si necesitas posada, todos te recomendarán la Carbonería, no solo porque la comida es excelente y las habitaciones están limpias, sino porque conocer a Costurina te alegrará el día, y es que en este o en cualquier otro reino no hay otra cocinera como ella. Es una bogan bajita, de ojos azules. Sus trenzas rubias revolotean entre las mesas como las colas de una cometa un día de viento, y su falda baila al ritmo de unos pies ligeros. La única pega de la Carbonería es su dueña, pero casi nunca está, por suerte. Prefiere trabajar sola en su taller del sótano, porque es, todos lo saben, una redomada bruja.

Nicasia gruñó mientras abría la puerta. Aún faltaba un rato para la hora del almuerzo, así que el comedor estaba tranquilo. Junto a la entrada dormitaba un perrazo enorme, un mastín de color gris que levantó su cabezota al verla entrar y la contempló con sus ojillos acuosos sin mucho interés.

—Buenos días, Martín —lo saludó Nicasia—. ¿Un día tranquilo?

—Tranquilo —contestó el perro sin mover un músculo.

—Tú qué vas a decir…

La knocker dedicó un gesto vago a Traspiés. El pequeño bogan atendía la barra. Nicasia entró en la cocina. A esa hora las ollas borboteaban sobre el fuego y el olor era sencillamente estupendo.

—Creo que a esto le falta un poco de algo —comentó la ingeniera levantando una tapa y metiendo la cuchara en la cacerola.

Costurina se acercó con los brazos en jarras.

—Buenos días a ti también. ¿Dónde te habías metido? Llevas ausente desde ayer; te he estado buscando. ¿Has vuelto solo porque tienes hambre?

—Y porque necesito hielo —añadió Nicasia abriendo la fresquera y poniendo algunos trozos en un pañolón—. ¿Por qué me buscabas?

—Ayer por la tarde llegó un correo de Palacio y te dejó esto.

Costurina sacó un sobre de entre los tarros de especias. Estaba lacrado, y llevaba impreso un escudo de armas azul y plata. Nicasia lo cogió y lo guardó en un bolsillo de su chaleco sin abrirlo. Se aplicó el hielo sobre la nuca.

—¿No abres el sobre? —le preguntó Costurina.

—Ni falta que hace. Es de Lord Aznel. Malditos aen sidhe, con su infinita belleza y sus nombres acabados en «—el». El noble Lord Aznel anda escaso de dinero. Que me cuelguen si no puede esperar un par de días.

Nicasia recibía a menudo cartas de nobles sidhe, bien por asuntos relativos al Parlamento de los Sueños, bien porque buscaban los servicios de su taller. Los títulos nobiliarios eran casi en su mayoría privilegio de ciertas familias sidhe, elfos de la vieja sangre; el resto de las hadas eran gentiles, gente sencilla exenta de honores. Nicasia era parte de la masa plebeya, pero aun así había conseguido tener cierta influencia en Palacio. Su papel en la Guerra de la Reina Durmiente y su trabajo como reputada artesana le habían proporcionado prestigio entre los nobles del Alto Consejo de su majestad, pero esto no quería decir que sintiera el menor aprecio por ellos. La guerra, además de influencias, le había dejado demasiados rencores.

—¿No es uno de tus mejores clientes? —comentó Costurina.

—He dicho que puede esperar. No me des la tabarra.

Costurina quiso protestar, pero lo pensó mejor y desvió su atención al guiso que tenía delante. Más zanahoria. Cogió un manojo de la despensa y las lavó para pelarlas y trocearlas. Nicasia se sirvió un plato de la marmita del estofado. Comió en silencio, sentada en un rincón, sumida en negros pensamientos. La fiel Costurina conocía los arrebatos de mal humor de Nicasia. Mejor dedicarse a sus guisos y tener la mañana en paz.

Musaraña, la otra cocinera, entró meciendo su falda verde, bajo la cual se adivinaban unos relucientes zapatos amarillos. La bogan llegó como un ciclón, con la respiración entrecortada y los ojos relucientes.

—¡No te vas a creer de lo que me he enterado! —Estaba tan excitada que no reparó en Nicasia. Costurina intentó avisarla, pero no le dio tiempo—. ¡Dujal dará un número de marionetas en…!

La interrumpió una cuchara al caer al suelo y un ataque de tos. Al descubrir que era Nicasia quien se ahogaba, Musaraña deseó que la fulminara un rayo. Corrió a esconderse al amparo de Costurina, que se había quedado paralizada con una zanahoria en la mano a medio pelar.

—¿Qué has dicho? —gritó Nicasia escupiendo una patata.

—¡Nada! —graznó Musaraña—. ¡No he dicho nada!

—¿Nada? ¿Crees que soy sorda o solo idiota? —Nicasia se levantó, se limpió las lágrimas y cerró la puerta de la cocina—. ¡Dímelo! ¡O nadie saldrá de aquí hasta que se pudra el infierno!

—Cálmate, Nicasia —le rogó Costurina—. Ella no ha hecho nada. Si te calmas, te lo contará todo. ¿Verdad, Musaraña?

—¡Sí, sí! —afirmó Musaraña—. ¡Claro que sí, por supuesto! ¿Me puedo sentar? Las piernas me flojean.

Nicasia cogió una botella de vino de la alacena, llenó un vaso y se lo ofreció a Musaraña. Esta examinó el vaso.

—¡Bébetelo, que no es cicuta! —exclamó Nicasia. Musaraña venció sus reparos y ventiló el vaso—. ¡Estupendo, sigues viva! Ahora, cuéntame eso de Dujal…

La bogan aún dudaba. Costurina le dio un pellizco.

—Está bien… —cedió—. Anoche se presentó en casa; le dejé entrar porque me debe dinero.

—¡Ja! ¿A quién no se lo debe?

—Llegó muy tarde, y me dijo que estaba pelado. Me dio pena. Al parecer, no se atrevía a volver a su casa porque lo buscaban unos leprechauns…

—Ya —la interrumpió Nicasia—. De modo que te doró la píldora para meterse en tu cama y no pagarte ni una moneda.

Musaraña agachó la cabeza, roja como una guinda.

—¡No es nada de lo que haya que avergonzarse! —la apoyó Costurina—. Dujal es tan guapo… Caer en la tentación de vez en cuando no le hace mal a nadie.

—Al grano —rogó Nicasia—. Musaraña, ¿qué te dijo acerca de las marionetas?

—Que podría pagarme dentro de tres días, porque piensa ofrecer un número de guiñol muy especial.

—¿Te dijo dónde?

—No. —Musaraña apartaba la vista cuando mentía. Nicasia, al tanto, le agarró un brazo con fuerza, pero la cocinera cobró valor—. ¡No pienso decírtelo!

—Ya lo creo que sí —aseguró la knocker. Juntó el índice y el dedo corazón de la mano derecha, la alzó hacia Musaraña y tiró del aire.

Musaraña sintió que una garra le arrancaba las palabras de la garganta.

—¡En la Torre Oscura! —gritó—. Pero nadie de la Hueste Invernal está invitado.

Cayó de rodillas. Costurina se apresuró a ayudarla lanzando a Nicasia una mirada llena de reproche. Nicasia no la vio. Estaba petrificada. Si aquello era cierto, Dujal iba a traerle serios problemas.

—¡Eres un monstruo! —aulló Musaraña—. ¡No tenías derecho a hacerme eso!

Nicasia la ignoró. Sacó un silbato de plata de un bolsillo de su abrigo, abrió la puerta de la cocina y sopló para llamar a Martín. El phoka se presentó al instante; había dejado su forma perruna y ahora era un tipo fornido que vestía un guardapolvo rojo. Del perro solo quedaban los mofletes, algo mustios, y dos colmillos sobre el labio inferior.

—¿Llamabas? —preguntó.

—Llévate a la señorita Musaraña a casa de Marsias —le susurró al oído—. Estará allí tres días. —Nicasia dio a Martín una bolsita de terciopelo—. Para gastos. Dile a Marsias que no la deje salir hasta que yo lo diga y que lo haga disfrutar.

Martín se echó a la bogan al hombro sin acusar las patadas, puñetazos e insultos que le caían encima. Costurina se plantó ante la puerta.

—Te estás pasando, Nicasia.

—Tú no sabes las cosas que hago cuando me paso. Y si no quieres saberlo, quítate de en medio y deja ir a Martín.

—¿Vas a hacer esto solo porque estás enfadada con Dujal?

—¡Resulta que ahora tres días con Marsias son un infierno! —dijo Nicasia.

Musaraña dejó de patalear al oír el nombre del sátiro.

—¿Qué decís de Marsias? —preguntó desde las alturas.

—Nicasia quiere mandarte con él hasta que Dujal termine su representación, para que no vayas a advertirle —respondió Costurina indignada.

—¿Paga ella? —preguntó Musaraña.

—Sí, pero esa no es la cuestión, es un abuso de auto…

—Me parece bien —razonó Musaraña deteniendo su pataleta—. Dujal me debe dinero. Y así Nicasia me compensa por eso que me acaba de hacer.

Martín salió de la cocina con el fardo a hombros.

—Sigo pensando que te has pasado —insistió Costurina.

—Como si eso me importara —contestó Nicasia. Antes de irse, dio un consejo a la cocinera—:No se te ocurra ir a ver esa obra.

—¿Por qué debería hacerte caso?

—Obedece.

—Fuiste mi tutora, Nicasia, no mi madrastra. Yo decido a dónde voy.

Nicasia observó a Costurina con disgusto. Ya no era una niña, pero cuando has visto crecer a alguien bajo tu techo es difícil no mostrarte protector.

—Esto ya no tiene nada que ver con Dujal. Es algo mucho más grave. Hazme caso: no vayas a la torre.

—¿Mucho más grave? ¿No puedes ser más clara?

Su jefa le regaló una sonrisa fúnebre.

—Puede que dentro de tres días se rompa una vieja tregua, y si eso ocurre no querrás estar cerca.

5

Donde se hacen preparativos

Después de que Martín se llevara a Musaraña, Nicasia se metió en su taller. Durante dos días todo estuvo en calma en la Carbonería. Se redujeron las peleas, las carreras, las amenazas, no hubo humillaciones, insultos, y nadie lloró. Costurina estaba tan crispada que le daban ganas de tirar platos contra las paredes y ponerse a gritar. Aquella calma la ponía de los nervios.

Vivía con Nicasia desde que era una cría. El acuerdo era inmejorable: carta blanca para encargarse de los asuntos de la posada. La knocker prefería la soledad del sótano, así que se limitaba a repartir los beneficios, a firmar las facturas y a poner en su sitio a los clientes que se pasaban de listos cuando era necesario. A sus espaldas todos decían que para ser la jefa perfecta a Nicasia solo le faltaba ser muda. Pero Costurina se había acostumbrado a su verbo venenoso y a su mirada, afilada y fría como un filo de escarcha. Quizá Nicasia no fuera convencional, quizá la bondad no fuera una de sus virtudes, pero a su modo sabía ser justa; Costurina no le pedía nada más. A cambio de esta libertad, solo tenía que mantener sus narices fuera de los asuntos del taller. Era un precio pequeño, aunque no siempre resultaba fácil de pagar. A ratos, bajo sus pies, tronaban ruidos extraños y explosiones. A veces, gente muy importante bajaba las escaleras del sótano. Otras veces, era gente de aspecto siniestro. Sabía de sobra que allí abajo se cocían cosas ilegales y fascinantes. Hasta ahora había cumplido el trato porque era honrada y porque era sensata: su tutora tenía métodos para saber si alguien fisgaba en sus dominios. Costurina sospechaba, además, que había trampas, y si eso no era capaz de disuadirla del todo estaba Boros, que se movía silencioso y ligero como un rastro de humo, con su ropa demasiado grande y sus ojos amarillos. No, nada de cotilleos. Todos los días, si veía que la hora del almuerzo pasaba sin que la knocker asomase la nariz de su agujero, se armaba de valor y bajaba las escaleras con una bandeja que depositaba ante la puerta del taller. Nicasia era capaz de estarse días sin dormir, pero la gula era su punto débil. Le gustaba la buena mesa, y en especial los postres. El día que la yema tostada salía rica la knocker protestaba mucho menos. Jamás dejaba la bandeja sin tocar.

Hasta ahora. Los últimos dos días Costurina había retirado los platos intactos. Nicasia no comía y no gritaba. Se fraguaba algo malo. Costurina se moría de impotencia y miraba la vajilla con cierta histeria.

Si alguien se hubiera colado en el taller habría visto cosas sorprendentes. Nicasia estaba sentada ante su mesa de trabajo. La ropa, mal abrochada, le colgaba de cualquier manera, y el pelo le caía en mechones húmedos sobre la frente. El primer día no había hecho nada, solo cojear desde su viejo sillón al tablero de dibujo, del tablero al tragaluz y vuelta al sillón, hasta que las piernas le dolieron tanto que tuvo que sentarse. Hacía muchos años que no estaba tan desesperada, ni tan furiosa. Dujal, el estúpido Dujal, bufón, payaso, cretino. La había metido en un lío enorme, y tenía que resolverlo con rapidez. A veces, la knocker se frotaba la pantorrilla; sus dedos recorrían los bordes de la cicatriz que había comenzado aquella historia. Era un gesto cansado, con olor a derrota.

Desde que ganara la cicatriz, Nicasia llevaba una doble vida. Aquella noche ganó también la jefatura de la Hueste Invernal, sustituyendo al Viejo León, bogan anciano de oportuna muerte que había acaparado el puesto desde hacía años, demasiados en opinión de ciertos confabuladores. Ninguna de las voces que tanto clamasen y conjurasen por su deposición podría haber imaginado que una adolescente desconocida ganaría el título de jefe. Nicasia tampoco; aquella noche estaba borracha, y entre sus planes no figuraba la lucha a muerte por la jefatura de ningún tipo de hadas. El caso es que ganó, ganó una pelea que no deseaba ganar, ganó un poder que no quería usar… Y perdió una pierna. Quizá de haber sido más sensata… Si se hubiera quitado de en medio, todo habría sido distinto. Era inútil pensar en ello, porque las cosas eran como eran. Para toda la Hueste Invernal, su jefa era una dama con el rostro oculto tras un manto de sombra a la que llamaban «la Dama RecorreTúneles». Era sangrienta e implacable, pero había logrado que la reina Silvania reconociera el poder y los derechos de los Invernales, y había instaurado un período de convivencia entre las Huestes. Antes se desangraban en constantes escaramuzas. Los nobles aen sidhe usaban a la Hueste Invernal como chivos expiatorios para justificar sus desmanes y sus intrigas, así que la Hueste Estival y la Invernal siempre se hallaban enfrentadas. En aquellos juegos de ambición solía morir quien menos lo merecía, sin importar el bando. La Dama RecorreTúneles puso fin a aquello. Era insólito que un Invernal trajera la estabilidad al reino. Decían que la Dama se entrevistaba en secreto con Silvania. Había conseguido cosas que molestaban a algunos, entre ellas seguir viva. Y seguía viva precisamente porque casi nadie sabía que la insoportable dueña de la Carbonería y la sanguinaria Dama RecorreTúneles eran la misma persona: una knocker llamada Nicasia, ingeniera del Gremio de Constructores.

Lo que la hacía revolverse en su taller era un problema serio. Dujal, en su infinita estupidez, pensaba celebrar su función en la Torre Oscura. Debía de creer que era el sitio perfecto. Como los Invernales tenían prohibido ir, podría llevar a cabo su broma lejos de las garras de la knocker. Sí, era una buena idea. Ahora bien, también era el momento perfecto para que algún Invernal listillo tratara de desafiar la autoridad de su señora apareciendo en un lugar que tenía prohibido. Si la Dama no castigaba aquello con contundencia, sería el principio de una revuelta y el instante idóneo para que todos los que deseaban que las cosas volvieran a ser como en los viejos tiempo metieran baza. Nicasia no estaba dispuesta a permitirlo. Se lo habría advertido a Dujal, pero entre las escasas cualidades del phoka no se encontraba la sensatez; se reiría de ella y seguiría con su broma. Tenía que avisar a su majestad de forma discreta. Los nobles del Alto Consejo no debían enterarse de nada. Nicasia no confiaba en la lealtad de aquellos nobles. Algunos habían luchado contra su majestad en la guerra.

Fue a su escritorio y sacó todos los cajones para desmontar sin dificultad una de las patas de la mesa. Dentro, en un pequeño hueco, había una libélula hecha de alambre tan fino que era casi invisible. Nicasia cogió de una estantería un rollo de seda gris ligera como un suspiro. Mojó la pluma en tinta celeste y escribió un breve mensaje en su lengua natal. Luego, lo metió en la cola de la libélula y sopló sobre las alas, que se movieron, con torpeza al principio, pero en cuestión de segundos ganaron tal velocidad que era imposible verlas. Con un delicado zumbido, el insecto metálico se alzó de la mano de la ingeniera y salió por el tragaluz desapareciendo en la claridad del día. Nicasia siguió su vuelo cuanto pudo. Allí iban las esperanzas de paz del reino y la seguridad de su propio pellejo.

Después de enviar el mensaje bajó al taller donde montaba sus inventos, una habitación enorme, de techos altísimos de los que colgaban todo tipo de cacharros. Las paredes estaban forradas de estanterías repletas de libros y armarios desordenados. Varias claraboyas daban luz a la estancia. Nicasia se acercó a un pequeño armario, silbó y las puertas se abrieron para mostrar una habitación más pequeña que solo contenía otro armario y una pila de cajones con etiquetas en las que al parecer no había escrito nada. Sacó del armario una mochila de lona y fue metiendo en ella cuerdas, poleas y herramientas que extraía de los cajones. Por último, sacó un fardo envuelto en tela encerada. Nicasia lo desenvolvió con cuidado y dejó al descubierto una espada corta y negra, muy sencilla, hecha por completo de obsidiana. Algunas tiras de cuero acomodaban la empuñadura a la mano.

Nicasia la llamaba Cuervo. Esa espada había pasado por las manos de todos los jefes de la Hueste Invernal. No le gustaba nada tener que usarla, no solo porque se le diese fatal la esgrima, sino porque le parecía que la piedra siempre estaba sedienta, y era una sed muy cara de saciar. No tenía funda. No le agradaba estar guardada. Nicasia regresó al estudio con el equipaje, se sentó en su sillón y se quitó los zapatos y las medias. Antes de seguir se detuvo para reunir valor y suspiró hondo. Ahora venía la parte que menos le gustaba. Cerró los ojos y puso los dedos índice, corazón y anular de la mano derecha sobre su aparato ortopédico. Recitó.

—Donde sangre, hueso y carne reinan, sea la magia dueña.

El metal siseó, se puso rojo y comenzó a fundirse con su pierna. Nicasia apretó los labios para no gritar. Golpeó la mesa. Al momento, el aparato había desaparecido. Nicasia inspiró y se puso en pie con un gesto ágil. El hechizo era desagradable, pero durante un tiempo no cojearía. Fue a su habitación y se cambió de ropa. Eligió una blusa y un pantalón hechos con una tela cuyo color cambiaba según le diera la luz, del gris al negro más absoluto. Eran prendas de sombra, útiles para pasar inadvertida. Se echó por encima una capa oscura que la cubría por completo y se tapó la cara con tres vueltas de bufanda.

Salió del taller por una trampilla angosta que daba a las cloacas. Tras ella caminaba una discreta figura cubierta de escamas.

Era la hora de la Dama RecorreTúneles.

6

Donde dos damas mantienen un diálogo poco cortés

La cañería en que desaguaban las alcantarillas estaba a las afueras de la Corte. Un pequeño prado los separaba del bosque, donde la cruda brisa otoñal arrancaba hojas amarillas de las copas. Del cielo aún colgaban los últimos brochazos de rojo de un sol tardío. Nicasia esperó a la oscuridad antes de salir. Prefería evitar cualquier encuentro imprevisto. Boros sacaba la lengua, olisqueando impaciente. Balanceaba el cuerpo al ritmo de una música muda, la danza inquietante de las serpientes. El Ancestral tenía hambre, y eso no era bueno. La knocker lo observó en silencio: estaba cubierto de escamas y no quedaba rastro de su escasa mata de pelo, ni de la nariz. Mala cosa. Se estaba transformando sin darse cuenta.

Con gran disimulo, Nicasia arrojó una piedrecita lejos de ellos. El chico serpiente saltó en la dirección del ruido y escupió un chorro de veneno. Aquello confirmó sus peores temores: Boros se había cansado de las ratas del callejón; quería algo más grande. El momento no podía ser más inoportuno. Se sentó en el suelo, mirándolo. Comprendía por qué las hadas consideran a los Ancestrales poco menos que bestias asesinas. Agazapado entre las sombras, Boros era invisible y aterrador; hasta ella se asustaba cuando asomaban sus instintos. Le dolía reconocerlo, pero debía pensar qué hacer con él.

—Boros. Boros, escúchame —lo llamó con voz serena.

Él se giró hacia ella y ladeó la cabeza como un perrito. La observó con atención, y a la vez la examinó como si fuese el mejor de los bocados. Nicasia tragó saliva. Estiró una mano y le acarició la cara. Era un tacto cálido y suave, como una piedra puesta al sol. Boros le tomó la mano y la mantuvo contra su mejilla. La knocker sabía que le gustaba que lo tocara, era algo que nadie más hacía, pero le costó disimular el sobresalto.

—No podemos ir juntos. Estás cambiando.

—Tienes miedo. —dijo Boros. Su voz se había vuelto un silbido agudo

—Sí. —Le avergonzó admitirlo, pero mentir habría resultado ridículo. Nicasia tenía el corazón en la boca, y él podía oírlo—. Irás a la torre por tu cuenta, esperarás en los alrededores y solo entrarás si yo te llamo. Vigilarás.

Boros asintió, inexpresivo, y le soltó la mano.

—No mates a nadie, ¿me oyes? Si lo haces nunca volveré a mirarte.

—¿Y si tengo que hacerlo?

—Esperemos que no haya que llegar a eso.

Boros saltó fuera de la alcantarilla y se esfumó, visto y no visto. La knocker se frotó la cara. Esperaba no tener que arrepentirse de haberlo dejado marchar. Fuera reinaba la oscuridad. Era el momento de salir.

En realidad, la Torre Oscura debía su nombre a la piedra de color plomizo que componía sus muros. No era en absoluto un lugar oscuro. Se alzaba, de hecho, en medio de un claro del bosque, reflejando los destellos de plata de un arroyo cercano. Perfecto para una cita romántica. Antaño, la torre era conocida como «el teatro del bosque», siendo un paraje muy transitado, hasta que algunos acontecimientos, en los que Nicasia había participado a su pesar, lo convirtieron en un lugar a evitar para la mayoría de los habitantes de la Corte. Nicasia tenía la intención de que siguiera siendo así, al menos hasta que ella pasara a la historia o hasta que los malos recuerdos dejaran de dolerle. La ingeniera cruzó el claro y tiró de la cadena oculta en el arroyo. Abrir la entrada secreta era difícil sin la ayuda del Ancestral, pero después de sudar y maldecir un rato, oyó el chasquido entre las piedras de la torre y el hueco apareció una vez más.

En el interior la oscuridad era tan espesa que Nicasia tuvo la impresión de bucear en un frasco de tinta negra. Por suerte, ser en parte goblin tenía la ventaja de proporcionarle una excelente visión nocturna. El sótano seguía igual, solo que ahora los cajones estaban vacíos. Su contenido debía de estar ya en la planta de arriba, preparado para la función. Allí abajo solo quedaba un bulto liado en una lona. La forma le resultaba familiar. Nicasia retiró la tela y sonrió; era el cadáver del leprechaun que los había molestado en su anterior visita a la torre; al parecer, el compañero del difunto no había considerado necesario darle el antídoto. Por la expresión de su rostro, la muerte había sido dolorosa. Dujal debía de haber escondido el cuerpo al toparse con él. Nicasia volvió a colocar la lona como la había encontrado y se limpió las manos en la ropa.

La única manera de alcanzar la planta superior era por la trampilla que se empleaba para subir la tramoya al escenario. Nicasia ocultó allí su capa y, tras buscar un rato, encontró una cuerda que colgaba de la portezuela de la trampilla. Una escalera de madera en un pésimo estado se desplegó ante ella. Los pocos escalones que le quedaban gimieron bajo el ligero peso de la ingeniera, que se alegró de haberse librado por un tiempo de su cojera. De otro modo, subir le habría costado la propia vida.

Sobre el escenario, las grietas del tejado de la torre dejaban pasar la luz de la luna. Nicasia examinó los muros de piedra y las vigas podridas. No estaban en buenas condiciones, pero podían servir. Solo tenía que instalar las trampas en los lugares adecuados. Nicasia trepó hasta la madera del techo y extrajo algunas herramientas de su bolsa. Trabajó rápido y en silencio. No se le ocurrió pensar que podía no estar sola, así que se le escapó un grito al reparar en la compañía. A sus pies, en medio del escenario, una figura negra bordaba sobre un bastidor. Tenía el pelo de un hermoso color oscuro, brillante; una melena larguísima que rozaba el suelo. Su vestido negro y severo la cubría hasta la barbilla. Lucía encajes en el cuello y las mangas, ajustadas en los brazos para que no la estorbasen en sus labores de bordado. Era esbelta; tenía los dedos finos como patas de araña. Su piel mortecina y sus rasgos, pese a ser delicados, resultaban de una mustia palidez, ajada en exceso para ser hermosa. En todo el reino solo DamaMirlo era capaz de bordar sin luz alguna en mitad de la noche. Esconderse era innecesario, estúpido. Probablemente, la señora llevaba mucho tiempo allí, esperándola.

—Mis saludos, DamaMirlo —dijo Nicasia sin bajar al suelo.

La dama de negro alzó la vista hacia ella. Tenía los ojos totalmente azules, sin iris ni pupila, solo un azul deslumbrante. Sonrió con cortesía.

—No hablo con enmascarados ni con grajos, Nicasia, así que baja y quítate esa bufanda de la cara.

Nicasia obedeció de mala gana. Ningún disfraz, mágico o mundano, era capaz de engañar a DamaMirlo, camarera de la reina, consejera, espía y quién sabe qué cosas más. No había nada que temer. De momento, y aunque les pesara a ambas, estaban en el mismo bando.

—La reina recibió mi mensaje, por lo que veo. —Nicasia deshizo las sombras que ocultaban su rostro.

—Saludar con una obviedad no es propio de ti y me hace perder el tiempo, así que seamos directas—. DamaMirlo buscó algo en su costurero.

—Está bien —replicó Nicasia—, dejemos los modales. Estamos en un lío.

—¿Estamos? No, querida, lo estás tú.

—No te pongas cariñosa conmigo. Estamos en un lío, porque si mañana por la noche algún Invernal tiene los redaños de presentarse aquí podríamos sufrir una revuelta de las gordas, y su graciosa majestad tendría serios problemas para mantener a todo el mundo en su sitio.

—Bueno, ponlos tú en su sitio, es algo que sabes hacer —comentó DamaMirlo—. Tu facilidad para sembrar los lugares por los que pasas de cadáveres, aunque desconocida para el gran público, resulta impresionante. Úsala.

Nicasia se mordió la lengua.

—Ah, claro… Mátalos, Nicasia… Olvidaba que la gente de Palacio da muy poco valor a la vida de los gentiles. Estáis demasiado ocupados con la política.

DamaMirlo dejó a un lado el bastidor con un gesto más brusco de lo que era normal en ella. Nicasia disfrutó al verla perder los nervios.

—Perdóname —dijo DamaMirlo—. No me he dado cuenta de que estoy ante la campeona de los oprimidos, la defensora de los débiles. ¿Qué hizo el pobre leprechaun de abajo para merecer ser pasto de los gusanos, justiciera?

—Ese angelito habría asesinado a cualquiera de los tuyos por cuatro perras.

—Es posible… —DamaMirlo se dio un teatral manotazo en la frente—. ¡Pero no olvidemos a Dujal! ¡Ah! Dujal, siempre Dujal. La razón de nuestro encuentro. La reina lo tiene en alta estima. ¿Por qué será? Es joven y guapo. Su entusiasmo por la vida es contagioso, y su gusto por el peligro tan fascinante… No culpo a su larga lista de admiradoras por rendirse ante él.

Nicasia habría dado su pierna buena por poder estrangularla.

—Sí, Dujal ha comenzado esto —declaró—, precisamente porque la reina lo mima demasiado y todos vosotros le reís las gracias. Y ahora soy yo quien tiene que limpiar la mierda.

—No te engañes. Es tu absurda regla la que nos pone a todos en peligro. Prohibiste a la Hueste Invernal venir aquí, y eso les da ocasión para desafiarte. No culpes al gato de esto. Si no tuvieras tantos cadáveres en el armario ahora las dos estaríamos en nuestras casas: tú encerrada entre tus cacharros, tus inventos y tus marionetas, y yo haciéndome cargo de asuntos de Estado, asuntos mucho más importantes que los que aquí se manejan.

—Soy la señora de la Hueste Invernal —dijo Nicasia—. Tengo derecho a imponer mis reglas. Son mis reglas las que mantienen los culos de todos a salvo. Llevas demasiado tiempo rodeada de sidhe. Te estás volviendo como ellos. No reconocerías la realidad ni aunque te sentaras encima.

—Claro, los sidhe, las intrigas de los sidhe, los malvados nobles. Olvidas que su majestad es una de ellos y que jamás ha abandonado a su pueblo.

Nicasia se acercó a DamaMirlo. Estaba tan furiosa que le costaba hablar.

—Porque nos necesita para mantenerse en su silla. Sin nosotros no es nadie. Somos peones, Mirlo, incluida tú, y te desechará cuando le convenga.

—Pobre Nicasia… —canturreó DamaMirlo—. Tan cínica y amargada. Tan sola. Cargar el peso del mundo a tu espalda sin un solo momento para relajarte debe de ser agotador. Pero tu perversa reina no se olvida de ti… Vengo en su nombre a decirte que, en caso de que quien ambas sabemos aparezca mañana por estos lares, tienes su real permiso para hacer con él lo que dispongas. Quítatelo de encima como prefieras. Silvania te cubrirá las espaldas.

DamaMirlo sacó de una manga un pergamino firmado por su majestad.

Nicasia tomó la carta. Al instante, DamaMirlo se descompuso en una nube de polillas negras que se dispersaron en el aire. La knocker temblaba de rabia. Golpeó una pared con los puños. Guardó el papel y volvió a su tarea; tenía que preparar el escenario.

Ya amanecía cuando colocó su última trampa.

Había sido la clase de trabajo que le gustaba: obsesivo y a contrarreloj. La presión era siempre su mejor aliada. La ponía de un humor pésimo y sacaba lo peor y más retorcido de ella, que era justo lo que necesitaba, pues preparar un escarmiento ejemplar exige grandes dosis de sadismo y pocos escrúpulos.

Estaba agotada. Había sido meticulosa hasta el detalle. La humedad de la noche le pegaba la ropa a la piel, y sus huesos protestaban a cada movimiento. Pero era feliz. Ya solo quedaba una cosa por hacer: encargarse de la obra maestra de Dujal. No le costó encontrarla; la tenía guardada en una caja en un rincón del escenario. Dujal había clavado la tapa, pero no era problema. Un sencillo hechizo de imán bastó para soltar los clavos. Nicasia extrajo el contenido temblando de emoción. Era una marioneta de tamaño real, magistralmente tallada. Como retrato no tenía precio: el ceño fruncido, los ojos malvados y la boca en una eterna mueca resentida. Su gemela de madera estaba muy lograda. Dujal, debía reconocerlo, era un marionetista excepcional. Nicasia no tenía por costumbre despreciar la obra de sus rivales; al contrario, nunca dejaba de agradecer que algo la maravillase, porque cada vez eran menos las cosas capaces de hacerlo.

Se contempló a sí misma un largo rato. Así la veía Dujal. Así la veía todo el mundo, eternamente enfadada, enfrentada a todos. Quizá fuera lo mejor, y si no lo era le daba igual. No iba a cambiar.