Contra la corriente de aguas terrosas - Alexandra Huck - E-Book

Contra la corriente de aguas terrosas E-Book

Alexandra Huck

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Beschreibung

"Primero corre el agua río arriba, antes de que a un desplazado en Colombia le devuelvan su tierra; o que a un general lo responsabilicen por sus crímenes" dice el padre de Mariela, la protagonista de esta desgarradoramente hermosa novela que evoca sucesos aun frescos en la memoria de cientos de miles de colombianos y colombianas víctimas del conflicto armado. Para el lector atento, no es difícil reconocer los lugares y los responsables de estos actos y, a la vez la historia es la misma, repetida una y tantas veces en cientos de lugares de Colombia y en cientos de años de su historia. La lucha por la tierra y el desplazamiento forzado de los más pobres ha sido la causa principal de todas las guerras que ha sufrido Colombia, que en últimas es una sola, la misma. Mariela es una mujer extraordinariamente fuerte que se enfrenta a los paramilitares y a la desidia gubernamental con el apoyo de abogados, defensores de derechos humanos, personas decididas a luchar por la justicia y las redes internacionales por algo que parece imposible: regresar a la tierra y que haya justicia con los responsables. (Philip Potdevin) "Hay fuerzas superiores al miedo" Carolos Gutierrez Cuevas en desde abajo, Noviembre 20, 2018.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Alexandra Huck nació en 1969 en Baden-Württemberg, Alemania. Se graduó en 1996 Ciencias Políticas, Filología Románica/Romanística y Economía Política en Heidelberg. Estuvo en Colombia por primera vez en 1999 y desde entonces ha regresado muchas veces, entre otras cosas para adelantar investigaciones adicionales para esta novela. Vive y trabaja desde el año 2001 en Berlín. Con “Contra la corriente de aguas terrosas” presenta su primera novela, la cual fue publicada en Alemania en 2014 bajo el título “Marielas Traum”. Su sitio es www.alexandrahuck.de

Contra la corriente de aguas terrosas

Alexandra Huck

Traducción de Constanza Vieira Quijano

Contra la corriente de aguas terrosas

Alexandra Huck

La traducción de este libro ha sido posible gracias a las contribuciones de varias organizaciones y personas: Christine Weisser, Action pro Colombia (Mönchengladbach, Alemania), tierra de hombres Alemania, Ana Vicente Moreno, Annelen Micus, Britta Madsen, Cathy Bouley, Charly Loufrani, Claudia Müller-Hoff, Colectivo ANSUR, Fidel Mingorance, Franziska Suffenplan-Göbels, Gimena Sánchez-Garzoli, Gloria Montoya, Graciela Escribano Niño, Helmut Göbels, Itziar Caballero González, Patricia Göthe, Patrick Wittkowski, Pilar y Andrés, Roberto Montoya, Till Baumann, Vincent Vallies.

Agradecimientos especiales a Ediciones desde abajo, Colombia,

quienes hicieron posible este proyecto.

© 2014 Alexandra Huck.

Edición alemana: Título: Marielas Traum. BoD – Books on Demand, Norderstedt, Alemania.

1a edición en castellano: Abril de 2018: Ediciones desde abajo.

Colección Ríos de letras. Director: Philip Potdevin.

Bogotá D.C. Colombia. www.desdeabajo.info

© De esta edición: 2019 Alexandra Huck

Autora: Alexandra Huck

Traducción al castellano de Constanza Vieira Quijano.

Diseño y diagramación: Difundir Ltda.

Carrera 20 No 45A-85, telf.:0057 – 3451808

Bogotá, D.C., Colombia

Edición e Impresión: tredition GmbH

Halenreie 40-44, 22359 Hamburg, Alemania.

ISBN Paperback: 978-3-7497-4982-9

ISBN ebook: 978-3-7497-4984-3

La obra, incluidas sus partes, está protegida por derechos de autor.

Gracias por respetar el copyright al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso del editor y la autora.

La Biblioteca Nacional de Alemania inscribe esta publicación en la Bibliografía Nacional Alemana, datos bibliográficos detallados se encuentran en Internet en:

http://dnb.d-nb.de

A las comunidades de CAVIDA en la cuenca del Cacarica (Chocó, Colombia), que tanto me han enseñado acerca de la vida en el Chocó y, aun más, acerca de la esperanza.

Con un profundo agradecimiento a todos y todas quienes me han apoyado y han hecho posible esta novela: muy especialmente a Christiane, Tine, Andreas, John y Roland.

“Compre tierra. Han dejado de producirla”.

Mark Twain

“La esperanza no es el convencimiento de que algo va a salir bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulta”.

Václav Havel

—Primero corre el agua río arriba, antes de que a un desplazado en Colombia le devuelvan su tierra; o que a un general lo resposabilicen por sus crímenes—dice el viejo Eugenio, padre de Mariela.

Mariela miró con atención cómo su madre empacaba todas las pertenencias bajo la tenue luz del bombillo desnudo. Estaba nerviosa pero apretaba contra su cuerpo a su pequeña hermana Ana, que una y otra vez quería andareguear por entre las piernas de la madre y la estorbaba.

Mamá dobló con cuidado los vestiditos de Ana y Mariela y los puso en la maleta grande. Apartó a un lado los vestidos de flores verdes.

—Para el viaje mañana —les dijo, lanzándoles una mirada breve a las dos niñas sentadas en una silla de madera rústica. La piel negra de mamá tenía un brillo sedoso bajo la luz del bombillo.

—Donde vamos mañana, ¿queda lejos? —preguntó Mariela.

—Sí. Viajamos todo el día en chalupa.

Mariela le explicó a su hermanita con más detalle.

—Mire, Ana, es un viaje muy largo. Salimos mañana muy temprano.

Ana la miraba abriendo mucho los ojos.

—El viaje dura tanto, que no alcanzamos a regresar aquí para la hora de la comida.

—No, Mariela, ya se lo expliqué: no regresamos. Nos quedamos allá. Papá ya hizo una casa allá para nosotros. Nos vamos a vivir al Chitandó.

—Chi-tan-dó —Ana, muy concentrada, marcaba cada una de las sílabas asintiendo con la cabeza, mientras con sus manecitas les daba vueltas a sus trenzas.

Con movimientos enérgicos, la madre sacó el resto de la ropa de un armario pequeño y chueco, cuya puerta iba colgada de dos clavos oxidados, y colocó las prendas en la maleta. Mariela repasó con la mirada la sábana de flores ya desteñidas que cubría la cama de sus padres. La madre la lavaba regularmente en el río, cepillando la tela con un jabón azul en sus grandes manos. Delante de la cama de sus padres se había torcido una tabla del piso y se había formado un hueco. Por ahí se caían las bolitas de cristal. Desde que Jhon Jairo se había ido, ya no tenía quién le ayudara a rescatarlas. La bolita que se había caído ayer estaba perdida. Mañana en la noche no iban a regresar. ¿Cómo sería eso? Qué tan distinto a esta choza que olía a tierra y donde, por la noche, se arrunchaba en la cama junto a Ana, respirando el aroma a jabón de las sábanas.

Su papá casi nunca había estado con ellas en los últimos meses por estar allá, en el Chi-tan-dó. Las raras veces que venía de visita, por un par de días, les contaba de esa tierra. El tío Pacho, padre de Jhon Jairo, les había hablado con entusiasmo de lo fértil y bonita que era. Luego, en la noche, cuando Ana y Mariela ya estaban acostadas, los padres lo habían conversado. Otros vecinos se habían marchado allá, a la selva, para cultivar su pedazo de tierra. Un día, papá viajó al Chitandó para echarle una mirada ¡y mañana ya todos iban a estar ahí! Mariela trató de imaginar cómo sería allá, pero solo conocía El Carmen, o más bien su propio barrio en el puerto fluvial. En sueños había visto un cuarto grande con una puerta que daba afuera, hacia unos árboles y un follaje denso, y algunas ramas se metían dentro de la habitación. Papá había contado que las plantas en el Chitandó crecían tan exuberantes que era difícil mantenerlas a raya.

—Se está durmiendo con los ojos abiertos. ¡A dormir ya¡ Mañana nos levantamos temprano —ordenó la madre.

—¿De ahí queda lejos el colegio? —quiso saber Mariela.

—Sí —suspiró la madre. —A un día entero de viaje.

Mariela vaciló.

—Y entonces, ¿cómo voy a hacer en enero para ir a la escuela?

—Usted va a ir a la escuela. Solo que será más tarde. Primero hay que hacer una escuela allá. Se va a construir más pronto de lo que cree —le sonrió la madre.

¡Mariela se había hecho tantas ilusiones de entrar a la escuela! Con su amiga Pepita se habían imaginado cómo iban a pasar todo el día ahí, pintando con lápices de colores, ensayando a escribir y mirando libros.

Desde la entrada, se oía el chirrido de la puerta de madera. Papá entró al cuarto, cargando un costal repleto.

—Su comida está sobre la mesa —lo saludó la madre. —Ya tengo casi todo listo.

El padre miró a Mariela y a Ana.

—¿Y este par de señoritas? ¿Por qué no están en la cama hace rato? —en su semblante cansado quiso aflorar una sonrisa.

—¡Le estamos ayudando a mamá! —exclamó Mariela.

—Cómo no, ya veo —papá se rio. Luego tomó a Mariela bajo un brazo y a Ana bajo el otro. Ambas rieron, dando pataditas en el aire. Las dejó caer sobre su cama, en el cuarto de al lado, y les quitó los zapatos. Mariela y Ana se acostaron bajo la sábana.

—¿Cómo se llama el pueblo a donde nos vamos a vivir? —preguntó Mariela.

—Aun no tiene nombre, y no existe pueblo todavía. Ahora ¡a dormir ya!

Cuando papá cerró la puerta, todo se volvió completamente oscuro. Mariela oyó la voz de la madre a través de la pared de tablas. Ana ya dormía a pierna suelta. Mariela quería darle vuelta a lo que había dicho papá, pero se quedó dormida.

Mamá las despertó cuando todavía era de noche. Les entregó sus vestiditos y también las botas de caucho, que brillaban de puro nuevas.

—¡Vístanse! ¡Mariela, ayúdele a su hermana! Tenemos que arrancar pronto.

Mamá estaba de afán. Traqueteaba en la cocina con platos y ollas mientras los metía en los bultos. El colchón de los padres, enrollado y bien atado, ya estaba esperando junto a la entrada.

Adormilada, Mariela se puso su vestido y le ayudó a Ana, a quien tenía que volver a despertar a cada rato. Papá entró. Alzó el colchón sobre sus hombros y salió otra vez. Mariela distinguió, en la luz tenue, que la casita estaba casi vacía. Contra la pared estaba la maleta negra y unos costales color café. Cuando papá regresó, mamá y él alzaron la maleta y los costales. Salieron rumbo al embarcadero. Mariela tomó a Ana de la mano. Mamá una y otra vez tuvo que descansar su carga. Mariela forcejeó para arrastrar a Ana que caminaba medio dormida. Todo estaba oscuro y en silencio. No había gente en las calles. Mariela sintió escalofrío bajo su vestidito. Tenía sueño, pero estaba muy emocionada.

Por el hedor a agua estancada adivinaron el embarcadero antes de llegar. Papá las guió por entre los contornos oscuros de grandes lanchas que se erguían al lado del muelle. Se detuvo frente a una embarcación algo más pequeña y silbó quedamente. El borde blanco de la chalupa irisaba en la oscuridad. Desde adentro se asomó el rostro oscuro de un hombre serio. Papá le alcanzó el equipaje, que pieza por pieza desapareció en la lancha. Al terminar, papá le ofreció la mano a mamá. Ella tomó impulso y también desapareció detrás del borde blanco, en el interior de la lancha. Papá levantó a Mariela y los brazos del hombre serio la colocaron al lado de mamá. La lancha se meció y Mariela cayó. Un instante después, Ana y papá estaban también en la barriga ancha de la chalupa.

—Llegó el momento. Pronto van a conocer nuestro nuevo hogar —dijo

papá.

—Ojalá sea realmente tan bonito como prometió. Si no… —mamá sonrió y levantó una mano.

—Esa tierra sí es buena. Los zancudos las van a fastidiar, pero ya pronto vamos a poder sacar nuestra propia cosecha de arroz. Abrí un terreno grande. El caño no le va a quedar lejos para lavar la ropa. Ahí no vamos a tener que rogarle a nadie que nos dé trabajo. Allá vamos a vivir bien, del trabajo de nuestras propias manos.

Mariela distinguió en la oscuridad las siluetas de maletas, bultos y muebles pequeños. En algún lado cacareaba una gallina. Poco a poco llegaron más pasajeros, que se acomodaron sobre bultos y cajas. En la proa de la lancha, los rostros de dos mujeres de piel clara relucieron con la primera luz del amanecer. La piel negra de los padres todavía se fundía con la penumbra.

Un hombre en la popa haló rápidamente una cuerda y el ruido del motor rompió el silencio. Alguien lanzó el cabo desde el muelle y la embarcación empezó a navegar lentamente. Los padres se sentaron sobre su colchón enrollado. Mariela se sentó en el regazo de papá.

—¿No vienen más niños? —le preguntó.

—No, pero Alexis y Jhon Jairo ya están en el Chitandó. Y caño abajo vive una familia con dos hijas.

—Alexis y Jhon Jairo —suspiró Mariela satisfecha, recordando a sus primos. Jhon Jairo le había dado vueltas por los aires y ella había gritado de alegría. Se recostó en el pecho del padre y cerró los ojos.

El zumbido del motor del barco acompañó los sueños de Mariela. Cuando despertó, el sol se escondía detrás de las nubes. Mariela se paró y miró por encima del borde de la lancha. A derecha e izquierda pasaba un verde exuberante de hojas de arracacho y de bijao que emergían del agua. Detrás hacían fila las siluetas azules de montañas que parecían acercarse, solo para desvanecerse de nuevo en la neblina. Mariela no quería perderse de nada. La lancha avanzaba de curva en curva por las aguas turbias del ancho río, meciéndose suavemente contra la corriente. Cuando apenas había mirado un poquito, Mariela sintió la cabeza pesada. Se tendió sobre la maleta de tela que mamá había empacado anoche.

Mariela solo volvió a despertar cuando el sol atravesó las nubes y le quemó la piel. Mamá le envolvió una pañoleta blanca en la cabeza. Ana dormía al lado de mamá. Mamá le alcanzó a Mariela una pequeña olla de aluminio con arroz. Ella comió un par de cucharadas con apetito. Después se paró en el colchón a mirar por encima del borde de la lancha. El denso verde seguía pasando indolente en la orilla, pero ahora el barco daba una curva y se adentraba en un caño más angosto. Papá se hizo a su lado.

—Este ya es el Chitandó. Pero todavía falta mucho para llegar —dijo.

La parte delantera de la lancha se deslizaba sobre el agua de iridiscencias azules hacia las hojas verdes de bijao que brillaban al sol y que, vacilantes, parecían hacerle a Mariela una venia cuando la ola las alcanzaba. Mariela veía a derecha e izquierda solo ese verde denso que sobresalía del agua. Unos grandes pájaros blancos se asustaron y levantaron vuelo. Mariela se quedó quieta hasta que pudo ver los primeros árboles, que parecían hundir sus raíces en el agua. Papá le mostró los micos que colgaban de las ramas. Navegaron así largamente. El caño se hacía cada vez más estrecho. Acá crecía bajo los árboles una maleza verde sobre tierra oscura. A veces parecía que la lancha no iba a poder seguir avanzando por entre los meandros más y más angostos, pero el motorista la guiaba con gran habilidad.

—Allá nos bajamos —dijo por fin papá, y señaló una pequeña colina al frente. —Hoy no podemos seguir viaje. Aquí hay un refugio de hojas de palma, donde podemos pasar la noche. El tío Pacho nos recoge mañana en un bote más pequeño. Hoy no le alcanza a llegar la noticia de que hemos llegado.

—¡Hey, a levantarse!

Ana codeó a Mariela. Mariela abrió los ojos y prestó oído. Miró en la penumbra por entre la fina tela del toldillo. Detrás de la pared de tablas oyó a su madre colocar una tapa sobre una olla.

—¡No¡ Todavía hay muchos zancudos afuera —Mariela se rascó las piernas, tatuadas de ronchas rojas.

—Yo me levanto ya —dijo Ana, desafiante.

—No, apenas levante el toldillo ¡se entran todos los zancudos! Salga en un rato, cuando se hayan ido los zancudos.

—No se van. Ayer hubo zancudos todo el día. Y yo tengo que ir ya.

Ana comenzó a llorar quedamente.

—Bueno, pero salga con mucho cuidado ¿oyó?

Ana alzó torpemente el mosquitero. El dobladillo se le enredó en sus trenzas negras. Mariela lo aseguró afanosamente otra vez debajo del colchón. Ana se alejó a pasitos rápidos. Mariela se acostó de nuevo. Las picaduras ardían. Tenía ganas de llorar. Quizá era mejor pasarse el día entero aquí, debajo del toldillo. Papá había prometido limpiar pronto con su machete alrededor de la casa las hojas y el pasto, y ahí los zancudos iban a mermar. Pero primero tenía que desyerbar el plátano, según le explicó. Ahora que Mariela estaba despierta tenía que hacer pipí, pero trataba de aguantar. Oyó a mamá.

—¡Mariela, levántese! Les voy a preparar chocolate.

Permaneció muda. Afuera chirriaban los grillos. Un pájaro dejó escapar un trino brillante, peculiar. Muy en la lejanía, Mariela pudo oír voces que se acercaban, la de un hombre y la voz más aguda de un joven. Comprendió. Tiró el toldillo a un lado y a trompicones salió a toda prisa. Afuera la claridad la deslumbró y tuvo que parpadear. Entonces, vio las tres figuras en el sendero que conducía a la casa.

—¡Jhooooon, Alexis! —Mariela se precipitó abajo por las escaleras de madera y corrió, al encuentro de sus primos, sin escuchar a la madre, que gritaba tras ella. Sin alientos, cayó en brazos de Jhon. Él la alzó efusivamente.

—Usted está loca —la regañó el tío Pacho. —Corre descalza por ahí, como si no hubiera culebras. ¿Dónde están sus botas de caucho?

Ella se volteó en el brazo de Jhon Jairo y se escondió tras él. Se quedó mirando a Alexis.

—Es que ella se alegró mucho —rió éste.

—Por mucha alegría, ustedes no pueden salir corriendo por aquí así como así. En cualquier momento se cruzan una culebra. ¡Y si la llega a picar una mapaná …!

Jhon Jairo cargó a Mariela por el camino hasta la casa. Entraron bajo el techo de hojas de la cocina, con su piso de tierra y circundada de tablas de mediana altura. Ana se lanzó sobre Alexis, que la agarró de las manos y le dio vueltas.

—Donde llegue a salir otra vez descalza de la casa, le pego, ¿oyó? —regañó mamá a Mariela, que se aferraba al cuello de Jhon.

—¡Buenos días, Pacho! ¡Sí que madrugaron! —saludó la madre al tío.

—Fuimos a pescar en la ciénaga, bien temprano. Pensé que les serviría tener un par de estos.

El tío alzó una vara de bijao, brillante, en la que colgaban peces de arriba a abajo.

—¡Seguro que sí! Qué buena pesca hicieron.

—Por acá el pescado nunca falta. Solo hay que ir a pescarlo. No es como en la ciudad, donde cuesta su buena plata. ¿Dónde está Eugenio? —preguntó.

Mamá indicó con la cabeza hacia la colina.

—Está limpiando el plátano.

—¿Será que nos regalan unos plátanos? El nuestro todavía no da.

—¡Claro! Estamos que no podemos ni ver más plátano. Ojalá cosechemos arroz pronto. ¡Hoy vamos a comer pescado!

Les alcanzó al tío y a los dos primos una taza de café caliente a cada uno. Luego cogió, de una olla tiznada de hollín, unos trozos grises de plátano cocido y se los dio a Mariela y a Ana en un plato pequeño. Mariela, sin ganas, se puso a pinchar los pedazos secos con su cuchara.

—¿Y las primitas ya aprendieron a nadar? —preguntó Jhon Jairo.

El corazón de Mariela latió más fuerte.

—¡No! ¿Podemos ensayar ya mismo? —gritó.

—¡Sí!! —aprobó Ana, entusiasmada. —¡Vamos ya mismo al caño!

—Primero se comen todo —ordenó la madre. —¿No es peligroso? —preguntó al tío.

—Lo peligroso aquí es no saber nadar. Todo el que viva al pie del caño tiene que saber nadar.

Les advirtió a sus hijos: —Se quedan ahí en la ensenada. Más allá, la corriente es muy peligrosa. ¿Me oyeron?

Mariela soltó un grito de alegría al sentir el fresquito del agua del caño en sus piernas. ¡Quería estar allí todo el día¡ Al patalear con toda su fuerza, tragó mucha agua y varias veces se sintió a punto de hundirse, pero los brazos fuertes de los primos siempre estuvieron cerca en el momento preciso para sostenerla.

—Apúrese, Ana. Vamos a llegar muy tarde —afanó Mariela.

¿Cómo era posible que todavía no estuviera lista? Mariela esperaba frente a la casa. Se amarró otra vez con un cauchito las incontables y delgadas trenzas que Ana le había hecho en la mañana y se acomodó sus pantalones verdes de deporte. Ana apareció por la puerta. Se calzó con parsimonia sus botas de caucho y saltó los tres escalones de madera desde la baranda.

—¡Por fin!

Mariela echó su bolso al hombro.

—¡Yo también voy! —Tito se precipitó desde la cocina.

—No hermanito, usted se queda —dijo Ana. —Usted viene después con mamá. Nosotras no podemos llevarlo, vamos a jugar fútbol.

—¡Yo quiero ver! —gimoteó el pequeño.

—Entonces vaya y ayúdele a mamá con sus hermanas. —Ana lo empujó de regreso.

Mariela le dijo adiós con la mano a su padre, que estaba picando leña.

—Mucha suerte —les gritó él.

Mariela iba adelante a paso rápido. El sendero seguía la orilla del caño, bajo el sombrío de árboles enormes. Desde hacía años era el camino a la escuela de las dos hermanas. Hacía tiempo que no llovía, pero donde sí había pantano les llegaba hasta el borde de las botas.

—¿A quién quiere ver con tanto afán? —apremió Ana.

—Estamos llegando tarde al partido. Apúrese.

—Ellos no comienzan sin nosotros. Es por Manuel, ¿no? ¿O es Ángel?

Mariela paró.

—Donde se le ocurra insinuarle una sola palabra de esto a alguien, le cuento al pueblo entero y a nuestros papás que Edwin es su novio, ¿oyó?

—¡Pero si no es cierto! —se enfureció Ana.

—Si baila todo el tiempo con él, ¿quién se va a comer ese cuento? — sonrió Mariela.

Ana se había quedado con la boca abierta.

—Bueno, mire. Usted se calla, y yo también. Papá me pega si llega a creer que tengo novio antes de terminar la escuela —dijo Mariela.

—¿Así que Manuel y usted son novios? ¡Dígamelo! ¡No se lo cuento a nadie!

—Ya veremos —contestó Mariela, sonriendo enigmáticamente.

Reemprendió la marcha. Pronto llegaron a la última curva del caño. Cruzaron por sobre un árbol caído, y pasaron al sol hirviente. El cielo azul se extendía, sublime, por encima de la cancha de fútbol. En la parte de atrás se veían, desperdigadas, las casas de madera de Quebrada Azul. En la cancha, un par de muchachas ya estaban pateando la pelota. Mariela y Ana las saludaron, y siguieron hasta la casa de Alexis.

En el patio, Carmen ya vestida para el partido, amamantaba a su hijo. A la sombra, recostado tranquilamente contra la pared de la casa, estaba Ángel.

—Mire quién la está esperando —dijo Ana a media voz, con una risilla.

—Ssst —siseó Mariela. Saludó a Carmen, y a Ángel le hizo una breve señal con la cabeza.

—No, pero ¡qué timideces! —se burló él, con una sonrisa desafiante. —No parece ser la delantera del Quebrada Azul.

—En todo caso, nuestro partido va a ser interesante. El juego suyo como lateral izquierdo contra Dos Bocas fue muy aburrido. ¡Y perdieron cero a dos!

—Por lo menos se acuerda de que jugué de lateral izquierdo, eso me alegra —sonrió Ángel.

—¡Claro, porque el balón se salía todo el tiempo de la cancha por el lado suyo!

—Si usted puede convertir toda esa agresividad en goles, las muchachas de Dos Bocas van a tener hoy un partido duro —rió Alexis, que había salido de la casa. —¿Cómo les va, mis primitas? ¿Dónde están el tío Eugenio y la tía Ligia?

Mariela sintió que Ángel no le quitaba los ojos de encima.

—Tenemos que irnos —dijo Carmen al rato y le alcanzó el bebé a Alexis. Se abotonó la blusa y se fue con Mariela y Ana a la cancha.

El partido comenzó poco después, aunque el sol aún estaba alto. Después jugaron los hombres. Mariela se instaló bajo un árbol al pie de la cancha, con Carmen y Ana. Las chicas avivaban con sus gritos a Alexis y a Jhon Jairo. Sin embargo, ella observaba en secreto el equipo de Dos Bocas, especialmente a un jugador que se mantenía bien atrás. Si Ana no le hubiera dado un codazo, habría aplaudido cuando él, de repente, se apoderó del balón y metió el primer gol.

—Uy, Manuel, muy tranquilo al principio y después, ¡golazo! —lo saludó después del partido.

Él sonrió, turbado.

—¿Se van a quedar esta noche a bailar?

—Claro que sí. Es Navidad, queremos convite. A eso vinimos. ¿Y usted?

Mariela se marchó con Ana para donde el tío Pacho. Sus padres ya estaban allí, con los hermanos menores. Ernestina sirvió sancocho de una olla gigantesca. Las familias intercambiaron novedades mientras saboreaban el caldo de gallina y yuca. El padre de Mariela había estado hacía poco en El Carmen y había vendido madera. Se encontró con viejos amigos de él y del tío cuando trabajaron en las bananeras.

—Rodolfo vive ahora en El Carmen. Un hermano de él sigue en las bananeras de Apartadó. Cuenta que allá la violencia es tremenda. Cada vez llegan más paramilitares. Ya han matado a por lo menos ocho sindicalistas. Los paras dicen que por guerrilleros y que ellos llegaron para limpiar la región de esa plaga. La gente tiene mucho miedo, hasta Rodolfo, que no tiene nada que ver. El salario es malo. Cuando la hija menor del hermano de Rodolfo se enfermó, él tuvo que gastarse toda la plata en medicinas y, encima, endeudarse.

—Allá en el pueblo uno no es nada sin plata —asintió tío Pacho. —Mientras que aquí, el vecino lo ayuda a uno con unos plátanos o lo que sea. Yo me siento contento de haberme venido para acá, aunque al comienzo fue bastante duro. ¿Cuánto le dieron por los tablones?

—Por ser Navidades le bajan el precio. Saben que uno necesita el dinero. Pero bueno, alcanzó para la ropa nueva. A Ligia le compré unos pollitos. Para que agrande su gallinero y así podamos comer sancocho de gallina todos los días, no sólo en Navidad —rió el padre y mordió una pata de gallina.

—¡Pollitos! ¿Y además no compró una botella de aguardiente? —alegó la madre.

—Pero Ligia, es Navidad —el tío Pacho le hizo un guiño.

—No se preocupe, Ligia —terció tía Ernestina. —Nosotras tampoco nos vamos a quedar con sed. De eso me encargo yo.

Su sonrisa socarrona se le prendió a la madre de Mariela.

—No es justo que los comerciantes bajen los precios todos los años para Navidades —opinó Jhon Jairo. —Necesitaríamos algo así como un sindicato para poder vender la madera a un buen precio.

—Detrás de los comerciantes está la maderera, que es la que controla todo. No podemos hacer nada —respondió el padre.

—Recibieron lo que se merecían cuando la guerrilla les quemó el aserradero —celebró Alexis.

—¿Y eso de qué sirve? Si no estuviera la empresa, no tendríamos a quién venderle la madera y ahorita no estaríamos estrenando ropa.

Mariela estaba inquieta. La brisa traía la música desde el centro del pueblo. Recogió de prisa los platos vacíos. Al terminar, Ana y Mariela se metieron al cuarto de los niños alumbrándose con una vela. Cuando Mariela se puso su nuevo y resplandeciente vestido blanco, sus pensamientos se ausentaron de las conversaciones serias. La inmaculada suave tela la abrazaba, pegada a su cuerpo. En medio de risitas, las dos desfilaron breves pasos de allá para acá, al lado de la cama, meciendo las caderas. ¡Si sólo pudieran irse a bailar ya! Finalmente dominaron su impaciencia y fueron a sentarse con los demás otra vez.

—Qué suspiro tan profundo —dijo quedamente Jhon Jairo cuando ella se sentó a su lado en un taburete. —¿De quién se trata? ¿De algún morenazo musculoso y de piernas ágiles de futbolista?

Mariela notó que los padres estaban escuchando la conversación.

—Es Navidad y yo tengo ganas de bailar. ¡No es más!

Del centro del caserío llegaban las románticas notas de la música vallenata. Por fin les permitieron marcharse, junto con los primos.

—No regresen tan tarde, nosotros también queremos bailar —les gritó tío Pacho, que se iba a quedar en la casa con sus padres y con los niños más pequeños, y que en ese instante le alcanzaba una botella de aguardiente al padre.

De las comunidades vecinas había llegado mucha gente para Navidad, y de otras partes, incluso desde El Carmen. Cuando Mariela y Ana arribaron, había pequeños grupos de jóvenes, apoyados en la barandilla de madera, rodeando la pista de baile. Lanzaban miradas a las muchachas, pero no se atrevían a sacarlas a bailar todavía. Por sobre la pista de baile, bien alto, se extendía el techo de hojas de palma trenzada. Con sus amigas del colegio Ana y Mariela se detallaban sus vestidos nuevos. Mariela dio una vuelta para mostrar a las demás su vestido que acentuaba las redondeces de su cuerpo, ligeramente rellenito. El blanco subrayaba el brillo negro de su piel.

—Primero nos salen canas antes de que los muchachos se atrevan a sacar a bailar a alguna de nosotras —dijo Carolina en voz alta. Los jóvenes que estaban a pocos metros apenas rieron. Marco le alcanzó a Ángel una botella de aguardiente y este tomó un trago grande.

—Ven —Alexis haló a Carmen a la pista de baile tan pronto sonó un merengue, y Jhon lo siguió con Érica. Ángel se separó del grupo de muchachos y se dirigió a donde estaba Mariela. Varias parejas los siguieron a la pista. Mariela contuvo el aliento cuando sintió el cuerpo de Ángel tan cerca del suyo.

—¡Solo va a bailar conmigo! —le susurró él al oído.

—Eso es lo que usted quisiera.

El cuerpo de Mariela siguió en una vuelta la suave presión de Ángel. Al final de la canción, los demás hombres buscaron nuevas parejas. Menos Ángel, que apretó aún más a Mariela cuando comenzó a sonar un vallenato. Las parejas se mecían en la penumbra al ritmo de la música, haciendo movimientos mínimos. La cadera de Ángel presionaba. A Mariela le dio calor. Cuando la música terminó, se soltó a pesar suyo de Ángel, pero Jhon Jairo se la llevó.

—Baile por lo menos una vez conmigo, antes de que se le vaya a colgar toda la noche del cuello a Ángel —le sonrió.

Ángel la siguió con la mirada. Mariela se abrazó contenta a su primo. Borrosamente notó en la media luz el rostro satisfecho de Ana, que bailaba con Edwin mejilla contra mejilla.

Cuando la pieza terminó, salió y se fue directamente donde Manuel.

—Bueno, es el momento del baile que le prometí —le dijo, exigente.

Risueño, Manuel la condujo a la pista de baile. Ella recostó su cabeza en la de él y sintió la fuerte musculatura debajo de la ropa, igual que la suave tranquilidad que emanaba. Estaban fundidos en el ritmo de la música. Ángel se les aproximó cuando terminó la pieza, pero Manuel la acercó más hacia sí.

Mariela buscó alguna posibilidad de estar a solas con Manuel en algún lado, pero sentía encima los ojos curiosos de la comunidad. Las botellas de aguardiente rodaban. La gente se puso más contenta y menos atenta. Tarde en la noche, Mariela y Manuel se escabulleron y se acomodaron detrás de una casa vacía a medio terminar. Desde la selva los alcanzó el trino agudo de un pájaro. Las luciérnagas danzaban brillando en la oscuridad.

—¿Por qué no me sacó a bailar? —indagó Mariela, enfurruñada.

—Ahora estamos aquí —dijo Manuel, y la besó cautelosamente.

—Mis papás no pueden darse cuenta. Primero tengo que terminar el colegio —dijo Mariela. —De pronto un día puedo ser maestra.

—¡Una maestra de aquí, del pueblo! —se rio Manuel. Luego se puso serio. —Eso está bien. Alguien de nosotros, campesinos, ¡maestra! Y así, usted podrá darles clases a nuestros hijos.

—¿Nuestros hijos? —preguntó Mariela. Manuel le pasó con firmeza su mano por la nuca y la besó.

El dolor volvió en una oleada fuerte y Mariela mordió la toalla que mamá le sostenía para que no gritara. Las contracciones se volvieron cada vez más fuertes, como si quisieran desgarrarla. La tía Ernestina, que había ayudado ya a muchos niños a venir al mundo, observaba preocupada, hablando a susurros con mamá.

—No está bien colocado —alcanzó a entender Mariela. La tía Ernestina hizo que Mariela se volteara de lado.

Una sombra oscura se había instalado en Mariela en las últimas horas, cuando las contracciones se habían hecho más fuertes y el bebé nada que salía. La tía Ernestina estaba cuchicheando con mamá en una esquina. Mariela deseó tener un médico a su lado, y enfermeras con cofias blancas secándole el sudor de la frente, tal como lo había visto en una película. Pero a su lado sólo estaban el dolor y los rostros angustiados de la tía y de mamá. Y la mano de Ana.

—¿Sí voy a poder? —farfulló Mariela, antes de que una contracción la dejara otra vez sin aliento.

—Sí vamos a poder —contestó la tía con calma. —Tiene que seguir.

Mariela se agarró duro de la mano de Ana, como si la muerte no se la pudiera llevar si ella se aferraba de su hermana. Gritó hasta que no pudo más.

—No se dé por vencida —exigió la tía. Pero Mariela quería no esforzarse ya más.

—Ándele, Mariela, tiene que poder —la espoleó Ana.

Mariela reunió todas sus fuerzas. Todo era dolor. Cuando ya iba a dejarse derrotar, la voz urgente de Ana estaba otra vez en su oído. Una eternidad después, tía Ernestina sostenía en sus manos un cuerpo diminuto y tierno untado de sangre.

La sombra revisitó a Mariela con frecuencia las semanas que siguieron, pero no había tiempo de dejarse distraer. La pequeña Anita, cuya tez clara se oscurecía día a día, estiraba sus manitas hacia ella y había que amamantarla y limpiarla. Manuel añoraba que ella se viniera con Anita para donde él, a Dos Bocas. Pero por ahora estaba muy débil para hacerse cargo de sí misma y de su hija, sin la ayuda de Ana.

Manuel la había acompañado el día en que ella les contó a sus padres que estaba embarazada. Ambos tenían miedo de esa conversación. Mientras papá la regañaba a gritos, Manuel permaneció tranquilo.

—Limpié dos hectáreas para sembrar maíz. Mi papá y mi hermano me van a ayudar a hacer una casa. Yo voy a hacerme cargo. Íbamos a tener hijos de todos modos, ahora o más adelante. Mariela ya casi cumple dieciocho .

—¡Ahora o más adelante! ¿Y el colegio? ¿Por qué no podía esperar?

Miró a Mariela con desprecio. Ella desvió la vista.

—Eugenio —dijo la madre. —Ya. Tranquilícese. Dése por bien servido que Manuel esté aquí, asumiendo su responsabilidad. ¿Y es que yo pude terminar el colegio antes de que usted me preñara? Yo tenía quince años y apenas terminaba tercero.

Mariela quiso agregar que casi todas sus compañeras de colegio tenían hijos hace rato. Pero ninguna de ellas seguía estudiando, así que se quedó callada.

—Los tiempos cambian —gruñó su padre. —Por eso quiero que mis hijos terminen bachillerato. Para eso es que he trabajado esta tierra a puro machete. ¿Cuántas veces fui a El Carmen, con Pacho, hasta que nos aprobaron el colegio? ¿No decía que su sueño era ser maestra? Alguien de nosotros, de aquí del pueblo. ¿Y ahora? ¿De qué van a vivir?

—Eso ya se lo dijo Manuel, papá. Vamos a sembrar maíz y arroz. Para eso no necesito un grado, igualito que usted no lo ha necesitado. El colegio puedo terminarlo después.

—Ah, sí, muchas cosas se pueden hacer sin el bachillerato. Pero yo he vivido cómo los comerciantes engañan a la gente cuando no entienden de matemáticas; y cómo los funcionarios nos despachaban porque nosotros no sabíamos nada de nada, y así uno ¿cómo se va a defender?

—Le prometo que voy a sacar el bachillerato después. Voy a ir a clase con mi bebé.

Mamá meneó la cabeza.

—No es tan fácil como cree, mi niña. Cocinar, la ropa, el cultivo y, encima, el bebé.

—Yo le ayudo —se interpuso Ana.

—Yo me encargo de la casa y del cultivo —declaró Manuel. —Durante el embarazo, Mariela sigue yendo al colegio. Luego mi mamá ayuda.

—Ustedes se van a quedar aterrados de ver lo que es tener que defenderse con el propio trabajo de uno —ripostó papá. —Pero ya las cosas son como son.

Mariela se enojó.

—¿Y es que acaso no me la he pasado lavando ropa, cocinando y cuidando a mis hermanos? ¿O es que Manuel nunca le ha ayudado a su papá en el cultivo?

—Bueno, está bien. Por mí, Manuel es bienvenido en la familia —dijo mamá, conciliadora.

—Pues sí —gruñó el padre y le extendió la mano a Manuel.

Mariela se recuperó lentamente después del parto. Le ayudaba a Ana a lavar en el caño, o a la madre en la cocina. A los tres meses estaba lo suficientemente fuerte como para mudarse a donde Manuel. Mamá le entregó dos de sus viejas ollas, ya destartaladas. Manuel se echó las cosas al hombro y alzó en brazos a Anita. Ana los acompañó, con un pequeño bulto de arroz en la cabeza. Tito los siguió corriendo hasta el caño. Desde la otra orilla, Mariela le hizo una señal de adiós. La despedida era difícil. De ahí en adelante la iba a separar de su familia un camino de dos horas. Estaba contenta de por fin irse a vivir con Manuel, pero su tierra, la que la había visto crecer, eran la casa de sus padres y Quebrada Azul.

La caminata resultaba dura, en medio del monte tupido. Las botas de Mariela se hundían a menudo en el pantano. Si paraban a descansar, los mosquitos caían sobre ellos. Cuando arribaron, Mariela se derrumbó sin alientos en un banco de madera. Recostó la espalda en la pared de tabla de su nuevo hogar. Mientras amamantaba a Anita, observó alrededor. La casa quedaba en los límites del pueblo. El piso de madera se elevaba sobre pilotes y ofrecía espacio para dos habitaciones y la cocina. Ya estaba el techo pero hasta ahora sólo una pieza estaba encerrada por paredes de tabla.

Manuel abrió el pequeño candado de la puerta del cuarto y entró el equipaje. En la esquina más alejada, frente al futuro segundo cuarto, había unas tablas montadas sobre pilotes delgados.

—El fogón sí debe hacerlo usted. Las mujeres, son las que saben cómo tiene que ser —dijo Manuel, que le había seguido la mirada. —La greda ya está aquí.

—Yo lo hago —se ofreció Ana. —Y usted, descanse otro rato.

Manuel se marchó a traer leña. Mariela colocó a Anita en la habitación bajo el mosquitero. Luego, ayudó a Ana a moldear la greda. Ana trabajaba seria.

—¡No ponga esa cara tan triste! Puede visitarme cuando quiera —ensayó a animarla.

Ana trató de sonreír.

En las últimas semanas Mariela había estado tan ocupada con Anita, que no se daba cuenta de lo que pasaba en el interior de su hermana.

—¿Cómo va lo de usted y Edwin? —preguntó.

Ana clavó los dedos hondo en la arcilla.

—Nada —contestó, y parecía que quería desaparecer dentro de la arcilla. —Le dije que los dos no cuadramos. Y ahora le está agachando el ala a Maira. Hasta creo que ya está preñada.

—¿Preñada de él? ¿Luego usted cuándo lo echó? Y usted, ¿es que está embarazada?

—Yo, preñada, no estoy, de eso estoy completamente segura. Pero Maira está tan rara, ya no juega fútbol.

—¿Y usted por qué echó a Edwin?

Ana comenzó a llorar en silencio.

—Me presionó demasiado. Cuando vi a Manuel, cómo se ocupó de usted, y cómo le contó a papá, que tiene su cultivo de maíz… Edwin nunca haría algo así —sollozó. —Pero ¡como así que de una se le pegó a Maira!

Mariela nunca le había dicho a su hermana que no le gustaba Edwin. Aunque la decisión de Ana la cogió por sorpresa, le quitó una preocupación.

—Y ese tal Luis, que hace poco se mudó a vivir aquí a Dos Bocas, ¿será que él tiene algo que ver con la decisión suya?

Ana dejó de llorar.

—Casi no lo conozco —susurró, y apartó la mirada.

—O sea, que sí. Pero entonces, explíqueme por qué llora por Edwin.

—¿Le parece bien que se haya pasado al tiro con Maira?

—Pero si usted misma está interesada en otro.

—Pues sí, pero… —Ana buscó palabras.

La sonrisa de Mariela contagió a su hermana.

—Está bien. Como usted vendrá a visitarme, a lo mejor de vez en cuando se encuentre con Luis…

Ana se limpió las últimas lágrimas apenas vio que se acercaba Manuel. Éste percibió la atmósfera de intimidad entre las hermanas y se fue a picar la leña. Después, se sentó con ellas. Desamarraron los tamales que habían traído y se comieron la masa de arroz y pollo directamente de las grandes hojas verdes.

Mariela le preguntó a Ana por el nuevo profesor. Le hacían falta el colegio y sus amigos, pero apenas sentía contra su pecho a Anita, los olvidaba.

Ana emprendió el regreso a buena hora para que no la cogiera la noche. Mariela alzó a Anita y se fue con Manuel a la casa de sus padres. Atravesando el pueblo, Manuel saludó a los vecinos que descansaron frente a sus casas. Mariela solo conocía a unos pocos, por el colegio. Sintió nostalgia de Quebrada Azul.

Don Jesús estaba en el frente de la casa, sentado en una silla artesanal de madera, disfrutándose un cigarrillo. En sus sienes brillaban unas canas. Era delgado, pero musculoso. Saludó a Mariela con cariño. Don Jesús miró, radiante, a Anita y le acarició con cuidado la cabeza. Las hermanas menores de Manuel se daban empujones para cargar a la bebé. Doña Blanca le preguntó a Mariela por el parto.

—Mientras tanto, vengan y coman acá. Aquí siempre va a haber un plato de arroz para ustedes —ofreció.

Mariela se sintió agradecida por la invitación y por la cálida acogida.

—Todavía falta trabajo para terminar la casa —dijo don Jesús. Y hay que atender el cultivo, si no, después va a faltar el arroz. Pero ustedes, con la ayuda de Dios, pronto van a volverse independientes. Y si algo se les dificulta, aquí estamos para ayudarles. Las últimas tres casas que ve allá, a la salida del pueblo son de mis dos hijos y de mi hija. Todas las hicimos juntos. Todos tienen su tierra y sacan sus cosechas.

—Su mamá parece como distante conmigo —comentó Mariela esa noche cuando se recostó con Manuel bajo el toldillo, en su nuevo hogar.

—No se preocupe. Ella necesita tiempo para entrar en confianza. Al principio, fue igual con las esposas de mis hermanos. Pero ahora los regaña cada vez que cree que no están tratando a sus mujeres todo lo bien que se merecen —rió Manuel.

Mariela sonrió.

—Espero que eso no sea necesario en el caso suyo.

—Eso mismo espero yo.

Beata recostó su bicicleta en la barandilla de metal del puente y le echó candado. El río brillaba al sol. Recorrió con la mirada las mesas que había abajo, cerca del canal, bajo unos grandes sauces llorones. El tintineo de las tazas de café y la maraña de voces sonaban alegres, sin importar que se mezclaran con el ruido de los carros que pasaban arriba, por el puente del Kottbusser Damm. Repasó todas las mesas, pero Sebastian no estaba. De pronto sintió dos manos grandes y fuertes alrededor de su cintura. Tomó aire bien hondo y se dio vuelta enérgicamente. Quedó frente a los ojos azules y rientes de Sebastian.

—¡No pegarme, por favor! —él puso las manos en alto, a la defensiva.

Le dio un puñetazo a su hermano en el pecho.

—Ajá, te mereces tus buenos puños por asustarme —sonrió ella.

—Ay no, que ya estoy sufriendo bastante así como voy.

De inmediato le volvió la mirada triste que se le había asentado en su rostro durante los últimos meses. Buscaron una mesa al sol y ordenaron café y torta de frutas.

—Así que has entrado al ilustre círculo de licenciados desempleados. ¡Felicitaciones a la señora trabajadora social recién graduada!

—Pasé estas últimas semanas estudiando como loca para los exámenes. Ahora no quiero pensar en que estoy desempleada. Por lo menos, por unos días…

Ella todavía sentía hasta los huesos el cansancio de las últimas semanas. Le contó a su hermano sobre los exámenes, de lo nerviosa que había estado y de su alegría por las calificaciones, sorprendentemente buenas.

—¿Y tú? ¿Cómo estás?

Sebastian ensayó a sonreír.

—Bueno, al menos el trabajo va bien. Últimamente he podido vender varios reportajes a las emisoras, y casi todos sobre temas que me interesan. Pero cuéntame tu,¿Qué planes tienes? ¿Sigues con esa idea de irte para Colombia?

—Esa idea. —lo arremedó ella. —Como que no te gusta mucho, ¿no? Y yo que esperaba que tú me ayudaras a tranquilizar a nuestros papás.

—Bueno, bueno. Está bien que te mudes al ancho mundo. Lo que pasa es que no logro zafarme de mi rol de hermano mayor.

—Yo no me alarmé cuando viajaste por África en esa furgoneta. Me sentía orgullosa de ti y estaba segura de que ibas a ser capaz de enfrentar cualquier situación. ¿Tienes idea de las veces que mamá se quejó porque tú llevabas semanas sin escribir?

—Me lo imagino —puso los ojos en blanco. —Me preocupa otra cosa. No es porque te puedan atracar o a secuestrar, aunque no es nada raro hablando de Colombia. Lo que me preocupa es la lesión en el alma. Cuando nosotros viajamos por África vimos lo que la pobreza, la violencia y la guerra hacen a los seres humanos. Yo era muy joven. Al ver tanta injusticia y tanto dolor, me desesperé. Si yo no hubiera estado viajando con mis mejores amigos, no sé qué hubiera sido de mí. Después, detrás de la fachada de una cara bronceada, yo tenía muchas heridas. Y tú viajas sola, ¿no cierto?

Era la primera vez que Sebastian le hablaba así a Beata de sus experiencias en África. Ella lo había sentido muy serio a su regreso de ese viaje, pero él nunca había querido hablar de eso.

—Uno no tiene que vivir un bombardeo o presenciar un asesinato. A veces es suficiente ver un niño desnutrido y saber que no hay nada que puedas hacer para ayudarle y que hay centenares más en la misma situación —Suspiró hondo. —Eres tan joven, tan abierta, tan sensible, y quieres salvar el mundo entero. En Colombia vas a comprender que no puedes. Tengo miedo del daño que te hará darte cuenta.

Conmovida, Beata seguía rebullendo la leche batida que quedaba de su capuchino.

—Tu pequeña hermana, entretanto, ya está grandecita. Yo sé muy bien en qué me estoy metiendo. Soy consciente de que yo no puedo salvar el mundo.

—El asunto no es que no confíe en tu capacidad. Es que en esa época, aquí —se golpeó la cabeza con los nudillos— supe que yo no podía salvar el mundo pero, a pesar de eso, aquí —se puso el puño en el pecho— eso dolió horriblemente. Yo no quiero retenerte. Además, sé que eres terca. Pero quiero que te cuides y que escribas con regularidad.

—Así será, hermano mayor, ¡prometido! —sonrió ella.

Con ojos brillantes contó de la organización donde iba a hacer la práctica. Eran abogados que trabajaban en un barrio pobre de Bogotá. Cuando el sol se puso, el aire se enfrió rápido y se despidieron. Beata caminaba a paso ligero hasta su bicicleta. Sebastian deseó fuertemente que su hermana desechara la idea de irse a Colombia.

El padre Orlando habló de la bendición que la nueva escuela iba a traer a los niños de Dos Bocas. A Mariela le gustó la forma como el cura consagró la edificación del colegio, pero no puso mucha atención a sus palabras. Le bastaba la atmósfera festiva. Manuelito se había quedado dormido en un pupitre y su cabeza le caía a un lado. Anita observaba como hechizada al sacerdote y, a la vez, balanceaba emocionada las piernas, que le colgaban del asiento. Unos asientos más allá Ana escuchaba con devoción, al tiempo que amamantaba a Miguel.

Los pupitres, completamente nuevos, estaban dispuestos en cuatro filas. Los habían fabricado los propios hombres de Dos Bocas, tomando como modelo los del colegio de El Carmen: un banco, reforzado lateralmente por dos placas que unían a media altura a las patas de la pequeña mesa. En una tabla angosta, debajo de la mesa, se podía guardar un cuaderno. A un costado de la mesa, sobresalía una puntilla dónde colgar la mochila. Manuel había prestado especial atención a este detalle, de modo que los pupitres no fueran inferiores a los de El Carmen. Claro que en El Carmen la madera lacada brillaba y las patas eran de metal gris. Pero eso no disminuía en nada el orgullo de Mariela por el nuevo colegio. Anita no tenía que esperar otro año para empezar la escuela. La víspera, en el casco de la parroquia, había llegado la maestra.

A Mariela le había preocupado mucho que su hija no tuviera escuela en el pueblo. Era impensable permitir que la pequeña se fuera sola dos horas de camino hasta Quebrada Azul. Se acordaba de su propia impaciencia de niña a que hubiera escuela. El momento llegó cuando tuvo ocho años: la primera escuela de la región fue inaugurada en Quebrada Azul y un maestro llegó al pueblo.

Manuel la apoyó cuando emprendió la campaña para conseguir la escuela para Dos Bocas. Ella viajó a El Carmen, junto con los hombres del Consejo Comunitario, a tocar las puertas de muchas entidades. Cada vez que viajaban, el alcalde les prometía madera para la edificación, puntillas, pupitres y dos maestros. Nunca se vio nada de eso. No sirvió siquiera que el padre Orlando los acompañara a las oficinas estatales. Cuando Mariela oyó decir que alguien del ministerio, desde Bogotá, iba a visitar El Carmen comprendió en seguida que esta era una oportunidad única. La idea de hablar con un funcionario del ministerio la ponía nerviosa, pero les insistió a los voceros del Consejo Comunitario y, con don Jesús, viajó a El Carmen. Esperaron frente a la alcaldía. Cuando salió de allí un hombre en jeans y camisa blanca, de cabello castaño claro y el rostro colorado del calor, ella se armó de valor y se le acercó. El hombre la interrumpió, impaciente. Necesitaba una solicitud por escrito, de lo contrario no podía ocuparse del asunto. Ella debía entender que él no podía aprenderse de memoria el mapa del Chocó, que consistía mayormente de pantanos y donde todos esos caseríos ni figuraban en los mapas. La apartó hoscamente, pero ella se le atravesó y Don Jesús se plantó a su lado. El hombre volvió a secarse el sudor de la frente.

—¿Dónde lo encuentro esta noche? Le llevo la solicitud a donde esté —dijo ella.

—Y un censo. Sin el censo, lamentablemente, nada podemos hacer.

—La lista ya se la hemos entregado tres veces al alcalde. —explicó don Jesús tímidamente.

—El alcalde no nos entregó nada.

—Entonces, díganos dónde va a estar y se lo llevamos —exigió Mariela.

El funcionario levantó las cejas.

—Allá al frente —señaló el Hotel Katío. —Ahora déjenme pasar.

Se abrió paso. Don Jesús meneó la cabeza.

—¿Le vio la cadena de oro? ¿Gruesa, no?

—Vámonos para la parroquia. Allá conseguimos papel y lápiz y nos podemos sentar.

—Ay mami —negó don Jesús con la cabeza. —¿De dónde vamos a sacar todos esos nombres para el censo? Nos toca volver a Dos Bocas. Para cuando volvamos, el funcionario va a haber regresado a su tal Bogotá.

—Qué va —Mariela descartó con energía las objeciones. —Ya hemos escrito esa lista tres veces. Si hacemos un esfuerzo, nos acordamos de todos los nombres. Las fechas de nacimiento toca ponerlas aproximadas.

—Van a darse cuenta de que los datos no concuerdan.

Mariela se sonrió.

—No se van a dar cuenta por la sencilla razón de que el alcalde, mientras nos hacía grandes promesas, hace rato botó nuestras listas. Además: casi la mitad de los niños son hijos o nietos suyos. Seguro que usted se va a acordar.

Los sacerdotes pusieron, gustosos, papel y lápiz a su disposición. Los dos se sentaron a escribir en la cocina, en una mesa redonda. El padre Orlando tuvo que salir, pero le pidió a la hermana Helena que les ayudara. Hicieron una minuta en borrador, en nombre del Consejo Comunitario, que incluía la construcción de una escuela, material didáctico y la asignación de un profesor. Mariela y don Jesús trataron de hacer memoria de todos los nombres. Estaban cansados y hambrientos.

—Treinta y cinco. Es todo. Terminamos —gimió Mariela finalmente y colocó el lápiz a un lado.

La hermana Helena ojeó la lista.

—Y las fechas de nacimiento, ¿es que ustedes dos se las saben de memoria? —preguntó. La hermana le posó una delicada mano blanca sobre el brazo.

—No se preocupen. Comprendo.

Luego se sentó, tachó las fechas de nacimiento de cinco niños y escribió encima nuevos datos.

—No. La fecha de nacimiento de Manuelito estaba bien como estaba antes —Mariela soltó la carcajada. —Eso sí lo sé, soy la mamá.

—Si no ha cumplido los seis años, no cuenta, y ustedes no van a tener suficientes niños en el pueblo para una escuela propia.

Dudosa, Mariela miró a la monja. La hermana asintió con la cabeza y se arregló la toca. Mariela se dio a la tarea de pasar en limpio la lista con los nuevos datos. Se esmeró en una escritura limpia y sin errores: era un escrito dirigido al ministerio. Solo cuando ya la picaron los primeros zancudos, al caer el sol, terminó.

La monja los acompañó al hotel. Del calor de la calle polvorienta penetraron en un salón maravillosamente frío. Mariela sintió que era grosero pisar con sus viejas sandalias de plástico el brillante piso de piedra blanca. Desde un mostrador de madera oscura, un hombre joven con una camisa blanca impecable que hacía contraste con su piel negra, los miró con hostilidad. Sobre su camisa llevaba puesta una chaquetilla vino tinto. A la izquierda se abría un pasillo. Se oía el tintineo de vajillas y vasos. A Mariela le pareció reconocer la risa del funcionario.

—Tenemos que entregarle algo al señor del ministerio.

—El doctor está ocupado.

—No nos vamos a demorar.

—Lo pueden dejar aquí y se le entrega más tarde al doctor.

—Soy el presidente del Consejo Comunitario de Dos Bocas —intervino don Jesús. —El señor sabe que íbamos a venir.

—El doctor Buitrago no se encuentra en este momento en el hotel y no les puede recibir nada. Denme la carta, que aquí se le entrega —estiró la mano por encima de la barra e intentó apoderarse del sobre. Mariela lo retiró.

—Discúlpeme, yo misma voy a ver si está —dijo y se metió rápidamente al corredor, de donde provenían el tintineo y las carcajadas.

El recepcionista la agarró del brazo, pero ella se zafó. La hermana Helena apareció delante de él y le habló amablemente.

En el comedor solo estaba ocupada una mesa. Sobre el mantel blanco, en medio de platos semivacíos, una botella de ron. A la mesa estaba sentado el alcalde, con las piernas abiertas. Su enorme vientre sobresalía debajo de su camisa. A su lado, el funcionario de Bogotá todavía tenía la cara colorada.

—¡Jaj! ¡Ahí viene otra vez esa señora de la escuela! —rió, como quien cuenta un chiste buenísimo.

A Mariela la impactó el olor a alcohol.

—Aquí tiene —le alargó el sobre. —La solicitud y el censo.

—Yo traté de detenerla, pero entró a la fuerza —se excusó el recepcionista.

—Está bien, el paisaje no está nada mal. Esta negra tiernita está buena…

El funcionario y el alcalde soltaron una carcajada. Se controlaron cuando entró la hermana con don Jesús.

—Deme entonces el tal sobre, si no, no me va a dejar en paz —gruñó Buitrago, el funcionario.

Mariela le entregó el sobre y él lo dejó caer sobre la mesa con descuido. La hermana Helena le sostuvo un bolígrafo frente a la nariz.

—Un recibo de la recepción de la solicitud, por favor.

—No tengo ningún papel conmigo —alzó las manos en gesto de impotencia.

—Entonces, seguro que el joven es tan amable —la hermana Helena se volteó hacia el recepcionista quien se retiró malhumorado.

—Gracias —dijo Mariela cuando el funcionario estampó su firma al pie de un escrito de tres renglones. Con don Jesús y Helena salió lentamente y alcanzó a oír el gruñido despectivo de Buitrago al servirse otro ron.

Mariela sentía que había demorado demasiado la entrega de los materiales para la escuela. Primero recibieron puntillas y láminas onduladas, después gasolina para cortar tablas con motosierra. Con eso, los hombres de la comunidad construyeron la escuela en poco tiempo. La maestra llegó con tres semanas de retraso, pero ahora estaba con ellos en la nueva escuela y las clases podían comenzar.

—Venga a comer a nuestra casa, padre. Voy a fritarle un bocachico bien bonito —lo invitó Mariela después de la inauguración.

El padre Orlando comía donde ellos con frecuencia cuando estaba de visita en el caserío. Le gustaba el pescado. Manuelito seguía dormido y ella lo cargó hasta la casa. Sopló las brasas en el fogón y agregó leña. Apenas estuvo caliente el café, le alcanzó una taza al sacerdote. Se dedicó a limpiar el pescado.

—¿Te alegras de entrar a la escuela? —preguntó el padre a Anita.

—¡Sí! —contestó ella, radiante. Lo miró con timidez, pero curiosa.

—¿Y la mamá? ¿En qué van las matemáticas, la biología y la geografía? —preguntó el cura a Mariela, que vertía aceite en una sartén.

—En estos días no he podido estudiar. Estuve ayudándole a Manuel a sembrar el maíz. Este año el invierno duró tanto, estamos retrasados. Nos faltan unos dos días de trabajo. Ahí sí puedo volver a los libros. Espero no rajarme —le sonrió.

—Si te preparas a conciencia, lo vas a lograr. Me alegro de que hayas sido tan terca en eso. Cuando tus compañeros de colegio lo vean, si Dios quiere, otros van a querer graduarse.

—Sí, es posible. Pero se necesita paciencia. En el día no hay tiempo para estudiar. De noche es muy cansón leer a la luz de las velas. El Consejo Comunitario quiere que, entre todos, pongamos plata y nos compremos una planta eléctrica. Pero a muchos la estudiadera les cuesta demasiado. Y no los puedo culpar. Para nosotros es más útil saber el momento para sembrar el arroz, o conocer las plantas medicinales. Lo que está en los libros es como conocimiento muerto.

El padre asintió.

—Y ¿cómo van las cosas en la comunidad?

Mariela presintió qué quería saber el padre. Unos meses atrás, Marco había llegado con una vaca nueva. Se la había encontrado en la selva, de camino de su tierra. La vaca estaba enredada entre lianas y matas. Marco la liberó y se la trajo. Resultó que la vaca se le había volado a don Enrique, en Clavellino, pasándose por una cerca rota. Don Enrique exigió que le devolvieran el animal. Marco argumentó que la vaca era suya porque de no ser por él, la vaca se habría muerto de una forma miserable. Se armó una discusión fea y la guerrilla se enteró. El Indio, el propio comandante, llegó al caserío con cuatro de sus hombres, para encargarse personalmente del asunto. Como Marco se puso terco, primero le pegaron y después lo obligaron a llevarle a don Enrique la vaca, el mismo día. A don Enrique lo hicieron prometer que le iba a dar a Marco el próximo ternero que le naciera en su rebaño pequeño. Después, en la comunidad se discutió bastante si la decisión era justa. Muchos pensaron que, para esos casos, tenía que intervenir el Consejo Comunitario.

—No ha habido más peleas —contestó Mariela.

—¿Y a Marco ya le dieron su ternero? —preguntó Orlando, al tiempo que Mariela echaba el pescado en la manteca caliente de la sartén, provocando chisporroteos y salpicaduras.

—Todavía no. Pero don Enrique no se va a arriesgar a que le den una paliza, como a Marco.

—Esperemos que no pase algo peor —contestó el cura, pensativo. — En Apartadó y en las bananeras, los paramilitares pusieron todo bajo su control, a sangre y fuego. Hay rumores de que quieren expandirse hacia El Carmen y al Chocó.

—¿Aquí al Chocó? Pero si los militares están en El Carmen.

El corazón se le arrugó a Mariela. ¡Imposible que los asesinatos fueran a llegar hasta el Chitandó!

—En Córdoba y en los alrededores de Apartadó están matando a trabajadores y campesinos. Ponen retenes en las carreteras y, lista en mano, bajan a la gente de los buses para matar a quienes aparecen ahí. Y en los pueblos sacan a la gente de sus casas.

Mariela oyó pasos. Manuel regresaba cansado y sudoroso del trabajo en el cultivo. Había escuchado las últimas frases. Saludó al padre y se sentó en un tronco a escuchar.

Mariela no quería seguir hablando de este tema oscuro, le dañaba el día. No se lo hubiera tomado tan en serio si no fuera porque, hacía poco, El Indio había estado en el pueblo para hablar, también, de esos tales paramilitares. Ella estaba en la cocina cuando, entre las casas, vio que los guerrilleros caminaban por el pueblo vestidos de camuflado y con botas pantaneras. Reconoció de inmediato el andar enérgico y elástico de Ángel. Jhon Jairo le había dicho que Ángel se había metido a la guerrilla. Sin embargo, le daba escalofríos verlo con el arma al hombro. Jhon Jairo había contado que Ángel ascendió rápido y estaba de subcomandante del Frente. Y que había tratado de reclutar a Alexis.

El Indio mandó a todos a reunirse bajo el palo de mango junto a la cancha de fútbol. Ángel estaba al lado del comandante. Se había adelgazado y su mirada seguía siendo desafiante. Su encanto de adolescente travieso había cedido a rasgos más severos. El Indio habló con voz urgente. Mientras, Ángel paseaba su mirada por los habitantes. Le hizo a Mariela un saludo con la cabeza. El Indio advirtió que los paramilitares ya estaban en El Carmen y en Belén. Habían mandado, como avanzada, un par de informantes. Pero más adelante iban a venir muchos hombres armados, y venían a matar.

—Apenas los paramilitares se asienten en El Carmen van a venir acá, a este caserío también, y vienen a matar. Los van a sacar de aquí a todos ustedes y les van a quitar su tierra —advirtió El Indio.

Don Jesús respondió que los paramilitares no iban a querer quedarse con esta tierra apenas vieran la cantidad de zancudos, y algunos se rieron. Pero el guerrillero insistió, con el ceño fruncido. No debían tomarse la advertencia a la ligera. Después de una señal del Indio, que indicaba que la reunión había terminado, Ángel se acercó a Mariela, que tenía en brazos a Manuelito. Ella se puso nerviosa cuando se paró muy cerca.

—De manera que aquí está la bonita que me dejó metido por otro —pellizcó con delicadeza en el brazo a Manuelito, que acariciaba, curioso, la canana que colgaba del pecho de Ángel.

—¿No había tenido una niña?

—Anita está con la abuela. Y usted ¿no tiene dos hijas?

—Sí. Tuvo que venir otra a consolar a este muchacho tan solito —le sonrió.

—Y ¿qué pasa con las niñas, ahora que usted anda con éstos?

—Las cuida la mamá. Mis papás están ahí también.

—Eso no está bien, Ángel, que usted no esté, que no se haga cargo.

Él desvió la mirada.

—Esta fue la decisión que tomé. En los tiempos que se nos vienen encima, se necesita gente que tenga la verraquera de defender con las armas las tierras y los derechos de ustedes. Nosotros estamos luchando por ustedes, porque a ustedes, si acaso, les tiran un par de limosnas, mientras los funcionarios en Bogotá y en El Carmen se llenan los bolsillos y se encargan de que los ricos se vuelvan todavía más ricos.

Miró hacia donde estaba El Indio.

—Tenemos que irnos. Póngale atención a lo que dijo el comandante. Vienen tiempos difíciles. Cuide mucho a los suyos. Salúdeme a Manuel.

—Si usted no anduviera escondiéndose en la selva con el fusil a la espalda, podría saludarlo personalmente.

—Usted me va a entender pronto.

Levantó la mano en señal de despedida y se marchó.

Manuel apenas asintió en silencio cuando Mariela le contó del encuentro. Ella no supo si él estaba cavilando sobre las advertencias o si todavía los celos por Ángel le hervían por dentro.