Corazón frío - Emily Rose - E-Book

Corazón frío E-Book

Emily Rose

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Beschreibung

Su enemigo. Su jefe. Su amante Wyatt Jacobs era un poderoso ejecutivo que estaba acostumbrado a conseguir lo que deseaba, y lo que quería era que Hannah Sutherland saliera de su propiedad. Pero Hannah se negaba a dejar atrás la tierra que amaba… y sus sueños. Obligada a luchar por los establos de su familia, la hermosa veterinaria sabía que su nuevo jefe tenía un gran corazón tras su fachada fría. Por eso, cuando él le hizo una oferta que no pudo rechazar, Hannah aceptó. Domaría a aquel ejecutivo costara lo que costara, aunque eso significara enamorarse.

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Seitenzahl: 185

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2011 Emilie Rose Cunningham. Todos los derechos reservados.

CORAZÓN FRÍO, N.º 1826 - diciembre 2011

Título original: Her Tycoon to Tame

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2011

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9010-112-4

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

Capítulo Uno

Hannah Sutherland apretó a fondo el pedal del coche eléctrico e hizo que subiera a toda velocidad por el acceso que llevaba al edificio principal.

Invitado. En mi despacho. AHORA MISMO.

Eso era lo que su padre le había comunicado mediante un mensaje de texto y, por muy irritante que él hubiera estado últimamente, Hannah no se atrevía a hacerlo esperar. Sin embargo, ¿quién podía ser tan importante como para que ella tuviera que dejarlo todo y dirigirse a toda velocidad a la casa?

Cuando llegó a las escaleras que llevaban al jardín trasero, pisó el freno, saltó del vehículo y entró rápidamente en la casa mientras se atusaba el cabello y se estiraba la ropa.

Alcanzó rápidamente la puerta del despacho de su padre y llamó a la puerta. Un instante después, ésta se abrió. Al Brinkley, el abogado de la familia, apareció en el umbral. Al era amigo y consejero legal de su padre desde que Hannah tenía memoria.

–Me alegra verlo, señor Brinkley.

La sonrisa de Brinkley pareció forzada.

–Hola, Hannah. Te juro que cada día que pasa te pareces más y más a tu madre.

–Eso me han dicho –respondió ella. Era una pena que el aspecto físico hubiera sido lo único que había heredado de su madre. La vida de Hannah habría sido mucho más fácil si hubiera heredado algunos rasgos más.

Su padre estaba sentado detrás de su escritorio, con el rostro tenso y una copa en la mano. Era un poco temprano para beber.

Un movimiento junto a las puertas que daban al jardín interrumpió sus pensamientos. La otra persona que ocupaba el despacho se giró hacia ella.

Era alto y delgado. Tenía el cabello castaño oscuro y muy brillante, corto, pero no lo suficiente como para ocultar una cierta tendencia a rizarse que no conseguía suavizar una dura mandíbula y una cuadrada barbilla. Aunque los rasgos de su rostro se combinaban para formar un rostro duro pero atractivo, nada podría conseguir que aquellos ojos fríos y desconfiados se suavizaran. Igualmente, ningún diseñador de alta costura podría ocultar sus anchos hombros y su firme y musculado cuerpo. Tenía un cierto aire militar, peligroso. Hannah calculaba que tendría unos treinta y pocos años, pero resultaba difícil estar segura. Su mirada era la de un hombre de más edad.

–Entra, Hannah –le dijo su padre. La tensión que había en la voz de Luther hizo que la cautela de ella se acrecentara–. Brink, cierra la puerta.

El abogado así lo hizo y Hannah quedó encerrada con los tres hombres en un ambiente de tensión.

–Wyatt, ésta es mi hija Hannah. Es veterinaria y se ocupa de supervisar la crianza de Sutherland Farm. Hannah, te presento a Wyatt Jacobs.

El escrutinio al que Jacobs la sometió le resultó repulsivo aunque la atrajo también a la vez. ¿Quién sería aquel hombre? ¿Qué clase de relación podría tener con la yeguada?

A juzgar por la cara ropa que llevaba puesta y el reloj de platino que lucía en la muñeca, era un hombre rico, aunque siempre lo eran todos los que acudían a la yeguada. Los caballos de pura raza no eran para personas de clase baja o media. Los clientes de Sutherland Farm iban de los nuevos ricos a los miembros de la realeza, de niños mimados a jinetes completamente dedicados a sus caballos. ¿En qué categoría encajaba Wyatt Jacobs?

Estaba segura de que tendría una buena presencia sobre un caballo. Tenía los ojos del color de café tostado, en los que casi no se distinguían las pupilas, sobre todo porque el sol entraba a raudales a través de los ventanales que tenía a sus espaldas.

–Bienvenido a Sutherland Farm, señor Jacobs –dijo, tal como era su costumbre, mientras extendía la mano.

Los largos dedos de él atraparon los de ella con un gesto firme y cálido. Esto, combinado con el impacto de aquella oscura y dura mirada, provocó que a Hannah le resultara difícil respirar.

–Doctora Sutherland –dijo él. Su voz era profunda, algo ronca y muy sensual, perfecta para la radio.

Él no le soltó la mano, manteniendo el contacto y haciendo que ella deseara durante un instante haber tenido tiempo para retocarse el maquillaje, cepillarse el cabello y aplicarse un poco de perfume que enmascarara el aroma de los establos.

«Tonta… Se trata tan sólo de un cliente. Además, tú no estás buscando pareja, ¿recuerdas?».

Hannah tiró de la mano y, después de una breve resistencia, Wyatt se la soltó. Ella se llevó la palma de la mano contra el muslo. Había roto su compromiso quince meses atrás y, en ese tiempo, no había pensado en el sexo ni siquiera en una ocasión. Hasta aquel momento. Wyatt Jacobs le provocaba un hormigueo en lugares que llevaban mucho tiempo dormidos.

Su padre le ofreció una copa de coñac.

–Papá, ya sabes que no puedo beber cuando estoy trabajando. Aún me tengo que ocupar de Commander esta mañana.

Sintió de nuevo la frustración hacia el semental que había dejado en los establos. Commander quería matar a todo el mundo, en especial a la veterinaria que estaba a cargo de recoger su semen. En la pista había sido un competidor estupendo, pero en el establo era una bestia sedienta de sangre. Por su ascendencia y su listado de campeonatos, no se le podía ignorar. Su semen era oro líquido.

Su padre dejó la copa sobre el escritorio, como si esperara que ella cambiara de opinión. Hannah dejó a un lado sus pensamientos y se centró en su invitado. Jacobs la observaba con una intensidad similar a la de un láser que provocaba una extraña reacción dentro de ella. Sentía deseos de apartar la mirada sin conseguirlo.

–¿Qué le trae a nuestros establos, señor Jacobs? –le preguntó.

–Luthor, ¿le importaría explicarle a su hija por qué estoy aquí? –dijo Jacobs.

Cuando el silencio se prolongó demasiado en el tiempo, Hannah apartó la mirada del atractivo rostro de Jacobs y la centró en su padre. Descubrió que su progenitor parecía estar a la defensiva, como si se sintiera incómodo. Con el rostro muy pálido, Luthor vació su copa de un trago y la dejó con un golpe sobre la mesa. Ese gesto hizo que Hannah se sintiera aún más ansiosa.

–He vendido la yeguada, Hannah –declaró su padre.

Ella parpadeó. Su padre jamás había tenido sentido del humor, pero la idea era tan descabellada que no podía ser otra cosa que una broma de mal gusto.

–¿Cómo?

–Tengo lugares que visitar y muchas cosas que ver, algo que no podré hacer si estoy atado a este negocio todos los días del año.

Hannah comprendió que su padre no estaba bromeando. El suelo pareció tambalearse bajo sus pies, por lo que tuvo que agarrarse al escritorio para no perder el equilibrio.

–Eso es imposible, papá –consiguió decir por fin–. No puedes haber vendido la yeguada. No eres capaz de hacerlo. Vives para los establos.

–Ya no.

No podía ser. Imposible. El miedo se apoderó de Hannah mientras un frío sudor le empapaba el labio superior. Con un gran esfuerzo, se volvió a mirar a Jacobs.

–¿Le importaría perdonarnos un momento, señor Jacobs?

Jacobs no se movió. Se limitó a observarla como si estuviera tratando de anticipar la reacción que él iba a tener.

–Por favor –dijo ella, con desesperación.

Después de un instante, él asintió. Atravesó el despacho con paso decidido y salió hacia la terraza.

–¿Quieres que me vaya yo también? –preguntó Brinkley.

–Quédate, Brink –dijo Luthor–. Hannah podría tener preguntas que sólo tú puedes contestar.

–Papá, ¿qué es lo que pasa? ¿Estás enfermo?

–No, Hannah. No estoy enfermo.

–Entonces, ¿cómo has podido hacer esto? Le prometiste a mamá que te ocuparías siempre de esta yeguada.

–De eso hace diecinueve años, Hannah, y ella se estaba muriendo. Dije lo que tenía que decir para que ella se muriera en paz.

–Pero, ¿y yo? Yo también se lo prometí a mamá y lo decía en serio. Se supone que yo tengo que heredar Sutherland Farm. Se supongo que tengo que mantener estas tierras en la familia y dejárselas luego a mis hijos.

–Hijos que no tienes.

–Bueno, no, todavía no. Pero algún día… Esto no es porque me negara a casarme con Robert, ¿verdad?

–Era perfecto para ti –dijo su padre con desaprobación–, pero, a pesar de todo, te negaste a sentar la cabeza.

–No, papá. Robert era perfecto para ti. Robert era el hijo que siempre deseaste tener. En vez de eso, me tuviste a mí.

–Robert sabía cómo dirigir un establo.

–Y yo también.

–Hannah, no montas a caballo. No compites. Tu corazón no está en este negocio ni tienes el empuje necesario para mantener Sutherland Farm en lo más alto de los que compiten en los grandes premios. En vez de eso, desperdicias tiempo y dinero en animales que deberían sacrificarse.

–Mamá también estaba a favor del rescate de caballos y mi programa de rehabilitación con caballos es un éxito. Si echaras un vistazo a las estadísticas y leyeras los informes…

–Esa parte de la yeguada siempre termina en números rojos. No tienes cuidado con el dinero porque jamás has tenido que luchar para conseguirlo.

–Yo trabajo.

–Tan sólo unas horas al día –replicó Luther con desprecio.

–Mi trabajo requiere trabajar ocho horas al día.

–Cuando tu madre y yo asumimos la responsabilidad de la vieja plantación de tabaco de mis padres, este lugar estaba perdiendo el dinero a puñados. Convertimos a Sutherland Farm en lo que es hoy luchando y esforzándonos día a día. Tu madre tenía ambición. Tú no. Robert podría haber conseguido instilar algo de sentido común en tu cabeza y conseguir que concentraras tu atención en pasatiempos más adecuados, pero no pudo ser, ¿verdad?

Hannah anuló su compromiso con Robert el día en el que se dio cuenta de que él amaba los caballos y la yeguada más de lo que la amaba a ella.

–Robert no era el hombre adecuado para mí.

–Tienes veintinueve años, Hannah. Ningún hombre te ha llamado la atención durante más de unos meses. Eres demasiado exigente.

–Papá, siento no haber heredado ni la gracia ni la habilidad de mamá con los caballos ni tu competitividad. Sin embargo, esta yeguada era su sueño y ahora es el mío. Puedo dirigirla. Tal vez no sepa cómo montar un campeón, pero sé cómo criarlo. Tengo lo que hace falta.

–No, Hannah, no lo tienes. Has tenido algunos éxitos en tu programa de cría, pero te falta fuego y ambición y no tienes cabeza para los negocios. Jamás vas a estar preparada para hacerte con las riendas de Sutherland Farm.

Hannah se encogió. Aquellas palabras le habían dolido, aunque sólo confirmaban lo que sabía que su padre llevaba años pensando. A pesar de todo, le escocieron profundamente.

–Eso no es cierto.

–Protegiéndote no te beneficio en nada. Yo no voy a estar siempre aquí para mantenerte, Hannah –dijo, tras mirar a su amigo–. Es hora de que vayas aprendiendo a cuidarte tú sola.

–¿Qué quieres decir?

–Voy a cerrar el grifo.

–¿Qué quieres decir? –repitió.

–No voy a seguir manteniéndote a ti ni a tus causas perdidas.

–¿Por qué? ¿Qué es lo que he hecho? ¿Cómo voy a sobrevivir?

–Tendrás que aprender a vivir de tu sueldo.

El dolor, el miedo y la sensación de traición se apoderaron de ella.

–¿Y no podríamos haber hablado de todo esto antes de que tomaras una decisión tan drástica?

–¿Y de qué hubiera servido? –replicó Luthor encogiéndose de hombros.

–Te habría hecho ver que estás muy equivocado. Alguien debería haberte hecho ver que estás muy equivocado –dijo mientras miraba al abogado con un gesto de impotencia y confusión. El abogado se encogió de hombros–. Esta yeguada, esta finca, lleva varias generaciones en manos de nuestra familia. Mucha gente depende de nosotros y…

–Es demasiado tarde, Hannah –suspiró su padre. Mientras volvía a llenarse su copa, pareció un hombre viejo y cansado.

Hannah se dirigió a Brinkley.

–¿Puede hacer esto? ¿Y la parte que mi madre tenía en el negocio?

–Tus abuelos pusieron la yeguada a nombre de tu padre antes de que él se casara con tu madre. Su nombre jamás se añadió a la escritura. Tú ya heredaste de ella a los veintiún años.

La mayor parte del dinero se había esfumado. Hannah se lo había gastado en sus caballos. Había estado muy segura de que su padre seguiría proporcionándole fondos para sus esfuerzos.

De repente, lo comprendió todo. Lo único que explicaba la presencia de Wyatt Jacobs allí era que él hubiera sido el comprador de la yeguada. El canalla taimado y conspirador que le había privado de su herencia.

El pulso de Hannah le resonaba con fuerza en los tímpanos. Si no podía convencer a su padre o a Brinkley, tendría que hablar con el mal nacido que le había quitado lo que era suyo para convencerle de que se olvidara del trato. Después, podría tratar de encontrar el modo de hacer cambiar de opinión a su padre antes de que encontrara otro comprador.

Salió hacia el jardín y lo vio sentado a una mesa, comiendo tranquilamente un plato de las galletas de Nellie y tomándose un vaso de leche como si no hubiera hecho pedazos su vida. Se dirigió hacia él y se detuvo a su lado.

–Ésta es mi casa. No puede usted entrar aquí y robarme lo que es mío. Mi padre está teniendo un momentáneo ataque de demencia senil y…

Jacobs se levantó. Era mucho más alto que ella y tenía el rostro impasible.

–Yo no he robado nada, doctora. He pagado un precio más que justo.

Tranquilamente, levantó la galleta y le dio otro bocado. Tanta insolencia le dolía tanto a Hannah como si la hubiera abofeteado. Entonces, mientras observaba la galleta, se dio cuenta de que no era la única a la que afectaría lo ocurrido. Se dio la vuelta al notar que su padre la había seguido al patio.

–¿Y Nellie? Lleva viviendo con nosotros desde la muerte de mamá. No tiene otro hogar ni otra familia. Sólo nosotros. No puedes echarla a la calle. Aún es demasiado joven para jubilarse y, en estos momentos, resulta difícil encontrar un trabajo.

–Wyatt ha prometido que mantendrá a Nellie en su puesto de trabajo.

–¿Y qué me dice de los otros empleados? ¿Va a mantenerlos a ellos también en sus puestos?

–Dejaré todo tal cual está mientras evalúo la finca y el negocio.

–¿Y luego qué?

–Mis decisiones dependerán de lo que descubra.

–¿Y qué es lo que hay que descubrir? Usted ha adquirido unos establos de primera clase…

–Hannah –la interrumpió su padre, que había salido a la terraza–, Brink repasará los detalles del acuerdo contigo. Por el momento, lo único que necesitas saber es que Wyatt ha accedido a mantener a todos los empleados durante un año entero a menos que una descarada incompetencia lo empuje a decidir lo contrario.

–Sutherland Farm no emplea a incompetentes –espetó ella irguiéndose ante tan insulto.

–En ese caso, nadie tiene nada de lo que preocuparse.

La desesperación se apoderó de ella.

–Papa, por favor. Te ruego que no hagas esto. Estoy segura de que hay algún modo de que puedas deshacer el acuerdo y darme una oportunidad de demostrarte que puedo dirigir la yeguada y…

–Hannah, la venta se firmó hace una semana. Hoy es simplemente el primer día que Wyatt y yo nos reunimos personalmente para hablar de la transición.

–Hace una semana… –repitió ella. Su mundo se había desmoronado sin que ella se diera cuenta.

–Yo ya me he comprado otra casa y he contratado a los de la mudanza –añadió su padre, provocando a Hannah otro escalofrío más doloroso aún que el anterior.

Jacobs se tensó al escuchar aquellas palabras.

–¿Otra casa? ¿Y la casita? –preguntó.

«¡Mi casa! ¿Dónde voy yo a vivir?», pensó Hannah.

–Hannah vive en la casita –afirmó su padre.

Jacobs apretó los puños. La ira le había encendido la mirada.

Confusa por aquel intercambio de miradas y palabras, Hannah los miró a ambos alternativamente.

–Mi casa y mi trabajo son parte de Sutherland Farm ¿Dónde voy a ir? ¿Dónde voy a vivir y dónde voy a trabajar?

Su padre suspiró y se dirigió de nuevo al interior del despacho, hacia el carrito que contenía las bebidas.

–Dejaré que sea Wyatt quien lo explique.

–Luthor excluyó la casita y la hectárea que la rodea del trato. Así, podrás mantener tu casa. Como ha explicado tu padre, como cualquier otro empleado, podrás seguir trabajando aquí mientras la calidad de tu trabajo cumpla con mis requerimientos –explicó Jacobs con frialdad.

Aquel hombre sería su jefe.

–¿Sus requerimientos? –replicó ella. Por el tono de voz de Jacobs, se deducía que tales requerimientos serían imposibles de conseguir.

Su casita, que había sido la casa original de los Sutherland, estaba en medio de la yeguada. Hannah estaría rodeada de territorio enemigo, pero, al menos, tendría un tejado bajo el que cobijarse.

Trató de controlar el pánico para poder pensar con claridad.

–¿Y cuándo va a ocurrir todo esto?

–Voy a ejercer como dueño desde hoy mismo y voy a mudarme a esta casa en cuanto tu padre la haya dejado vacía.

En otras palabras, la vida tal y como siempre la había conocido Hannah había terminado para siempre.

Capítulo Dos

La ira prendió en la sangre de Wyatt como si fuera paja ardiendo. Luthor Sutherland lo había engañado deliberadamente. No tenía intención alguna de retirarse a la finca original como le había hecho creer a Wyatt cuando había insistido en que aquel trozo de tierra y su contenido se excluyeran de la venta. Además, su hija era uno de los empleados que Sutherland se había mostrado tan ansioso por proteger. Si Wyatt lo hubiera sabido, jamás habría accedido a firmar el acuerdo de empleados sobre el que tanto había insistido Sutherland.

Sin embargo, si Luthor había esperado que tuviera una consideración especial para su princesa, se iba a llevar una desilusión. Si Hannah no era capaz de realizar su trabajo, sería despedida.

Lo que más le enfurecía era que no podía culpar a nadie más que a sí mismo de que se le hubiera pasado por alto el engaño. Había estado inmerso en la firma de un acuerdo de distribución internacional y, como no tenía tiempo ni interés ni conocimientos sobre cómo dirigir una yeguada de caballos, había delegado el trabajo de encontrar una que fuera autosuficiente en uno de los mejores agentes del negocio.

Eso significaba que tendría que tratar con una heredera mimada que llevaba años viviendo de los profundos bolsillos de su papá. Por lo que había escuchado, resultaba evidente que aquella descripción encajaba perfectamente con Hannah Sutherland, desde su camisa de seda hasta sus pulidas botas de tacón alto.

Se apostaba cualquier cosa a que Hannah había ido pasando la vida viviendo de su belleza y de sus hermosas sonrisas. Su instinto le decía que ella no le reportaría más que problemas y su instinto casi nunca se equivocaba. No tenía que ver los pendientes de diamantes que llevaba en las orejas, el caro reloj que llevaba en la muñeca o su perfecta manicura para confirmar su estatus de princesa consentida.

–Antes de que me marche hoy, quiero los expedientes de todos los empleados –le espetó, sin apartar la mirada de los ojos azules que lo miraban con profunda desaprobación.

–Se trata de información confidencial –protestó Hannah.

–Hannah –le dijo el abogado de Sutherland–, como nuevo dueño de Sutherland Farm, el señor Jacobs puede acceder sin restricción alguna a los expedientes de los empleados.

–Pero…

Wyatt le dedicó una dura mirada.

–Empezaré con el tuyo. Ya me imagino lo que voy a encontrar. Colegios privados. Privilegios. Vacaciones en Europa pagadas por Sutherland Farm.

Hannah lo miró con desaprobación. La tensión atenazaba su esbelto y tonificado cuerpo. Sus pechos subían y bajaban rápidamente y, a pesar de la aversión que él sentía por las mujeres mimadas y la ira que tenía hacia su situación, Wyatt no pudo evitar fijarse en ellos.

Había algo en aquella mujer que llamaba poderosamente su atención. Hannah Sutherland tenía una gracia sutil y una elegancia que lo atraían y lo repelían al mismo tiempo. En el pasado había tenido relación con mujeres de su clase y no había salido muy bien parado.

–Me gradué en una facultad de veterinaria de prestigio –dijo ella–. Mis títulos son válidos y, dado que los Warmbloods son una raza europea, visitar yeguadas ya establecidas para estudiarlas y evaluar sus ejemplares para buscar posibles cruces es una parte necesaria de mi trabajo.

–Estoy seguro de que tienes referencias de tus anteriores trabajos que prueben tu valía como empleada.

Ella levantó la barbilla y lo miró con desdén, del modo en el que sólo las mujeres acaudaladas saben hacerlo. Había aprendido la lección cuando tenía diecisiete años y trabajaba en el establo de su padrastro. Entonces, no era lo suficientemente despierto como para saber que las niñas de papá no se casan con muchachos que limpiaban los establos de sus padrastros, por muy íntima que la relación pudiera haberse hecho.

–Llevo trabajando aquí desde que me gradué hace casi cinco años. Se me da bien mi trabajo.

–Seré yo quien juzgue eso.

–Dígame una cosa, señor Jacobs. ¿Cuáles son exactamente sus credenciales para determinar si los empleados de esta yeguada están realizando su trabajo adecuadamente?

–Hannah… –le dijo el abogado a modo de advertencia. Wyatt lo silenció con una mirada.