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Te llamas Eliel y eres un joven negro y gay de La Habana en busca de tu próxima presa sexual. La tuya y la de tus amigos es la Cuba que no sale en las postales turísticas: la de los trabajos informales, los problemas con el wi-fi, las privaciones de todo tipo y la de una sociedad asfixiante llena de prejuicios raciales, sexuales y religiosos. Hasta que un día se cruza en tu camino (o en tu Grindr) Jordi, que te gusta para algo más que sexo de una sola noche… En Cosa negra, Andrés Asevís ofrece, con una prosa chispeante, afilada y llena de matices y giros propios de una lengua que está viva y muy inquieta, una pieza literaria de alto vuelo que nos descorre el velo de la vida gay en la Cuba del siglo XXI a las hermanas latinoamericanas.
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Seitenzahl: 304
Veröffentlichungsjahr: 2023
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COSA NEGRA
Andrés Asevís
Cubierta
Portada
Dedicatoria
Las elucubraciones
Chat-saturación
El amor es una construcción burguesa
Preso, acompañado, libre, solo
Lo que no sabes
Toxicidades espontáneas
Evangelio inverosímil, espíritus ambiguos e impulsos seminales
Roces
Set Signum
Dios sabe lo que hace, somos nosotros los que no entendemos
Cirineo imprevisto
Mensajes que no verás
A veces es mejor no saber
Aquelarre
Un bloque pesado con los placeres y desdichas de la finitud
Precipicios
El aleluyo de la Cristoteca
Cosa negra
Postal nórdica
Caca caliente
Antes de la fiesta
En la fiesta
Después de la fiesta
Mari-confianzas, mari-contenturas y cuentos iluminadores
No nos engañemos
Mejor tranquilo
Santa Selena del amor prohibido
Desacompasado
Sin ir más lejos
De esta terminas
Agradecimientos
Sobre el autor
Créditos
Table of Contents
A Yunior Espina.
Amor, paciencia y respeto.
El primero en leer este libro y decir “me gustó”.
El corazón del hombre no suele bombear la misma cantidad de sangre a la vez para sus dos cabezas. Cabezas que se turnan al mando y que solo en armonía son capaces de la maravilla. Crees que su cuerpo y el tuyo son maravillosos ahora que están atados con extremidades y bocas. La sincronía de las intenciones no es mera coincidencia, es el fruto de un pacto sin esfuerzo.
Un déjà vu fractura el curso de las ideas. Su espalda blanca. Sus grandes nalgas. Tus manos oscuras. Los jadeos. Los gemidos. Las palabras: ¡ay!, sí, así, completa… Las puntas de sus pelos sudados en la nuca. El perfume. Las ideas que te ayudan a postergar el final, que si el cuadro abstracto es horrible, que si mira cuántos libros tiene, que si la casa huele a incienso. El falso recuerdo, el fallo cerebral, la anomalía de la memoria en medio de la libertad de los cuerpos o, quizás, la profecía no son más que trucos mentales. Ha sido mucha la porno consumida, ahora consumada con sus mismas poses. Si este momento fuera una de esas películas tuviera un título directo y tentador: Barra negra preña a blanquito tragón. Él se parece a uno de los actores que más te gustan, ¿cuál era el nombre? Lo tienes en la punta… No. Ahora mismo no te acuerdas. Ya vendrá.
El suelo es un barranco sobre el que ambos vuelan fusionados como piezas del engranaje de una máquina con obsolescencia programada. La adoración congela en oro al sentido común. Lo malo de la atracción sexual cuando es tan fuerte es que nubla mucho, y al no haber luz no se ven los precipicios.
Tu meneo de conga marca el ritmo del final.
Caen en un abrazo de balada.
Besos de premio. Risas de complacencia. Perruno enganche con lenguas afuera y todo.
—Fresa y chocolate —apunta respecto a los dos.
—¿Te gusta esa combinación? —le preguntas mientras le apartas los pelos de la frente.
—A mí me gusta todo, pero sí, j’adoooore chocolat —dice con mucha mariconería.
La madrugada, los cigarros y el trago terminan de sazonar la sacudida en tu cabeza.
Todo huele a vivido, a nuevo y a porvenir.
Es confuso.
Sabe bien.
Ya vienes de saciar tu hambre de células muertas, esas que se desprenden de la piel montadas en la saliva y el sudor, se adhieren a las lenguas, y como el plancton alimentan al monstruo: Moví Dick. Ríes a solas por la calle. Vaya, Eliel, piensas, de esta terminas medio loco.
Tres horas antes acordaron el encuentro en Grindr. Tiene que ser hoy. Sí, sí, no entro aquí a perder el tiempo. Manda foto. Okey. Uf, qué rico estás. Coño, tremendo culo. Ay, qué grande, ven ya con esa fusta oscura, me encanta. Te voy a partir en dos. Tú párteme que yo después me recompongo solo. Liebre, deja que te coja. ¿Quién le tiene miedo al lobo?… Y así por varios minutos.
Todo lo vulgar es provocativo, y en el sexo es un deber.
Después de los elogios se preguntaron la edad.
Este septiembre cumplo 29, dijiste. Yo tengo 27 para 28, te dijo.
Tú eres Atila en Grindr, él JOpen: J de Jordi, ya lo sabes; Open de abierto, ¡jo! Sí que lo sabes, desde la foto que te mandó hasta la presencia en vivo que superó con creces tus expectativas.
En Grindr pareces un producto de un color específico. Como los zapatos: los quiero negros. El negro pega con to’. Ay qué rico, me encantas, como el café: negro, fuerte y oloroso. Quiero un moreno pa’ esta noche. Papi, con ese color debes andar mal mandao. Ahí te dejo foto del pozo, enséñame una de tu explorador.
No te enredas con las ideas. Muchas curvas, es fácil accidentarse.
Sabes que eres un tipo grande, fornido, oscuro: un mangón, un papirriqui, un machote, como tanto te han dicho; y luces como promesa, ¡no te engañes! Promesa de trompa grande, trompón para que bailen los trompos huecos, huecos como el corazón, menudo músculo ambiguo. Pito de pita para hacerlos pitar. Ejemplo reciente: Jordi-JOpen. J de su nombre; Open, ahora más abierto en su SMS:
Eliel, me gustó mucho conocerte. La pasé súper. Me gustaría repetir. Guarda mi número, no lo pierdas, no te pierdas.
Tu respuesta:
Yo también la pasé bien. Tú me dices cuándo repetimos.
Llegas al pequeño apartamento en el que estás alquilado. Te quitas la camisa. Afuera hace un poco de frío. La habitación está cálida por pasar tantas horas cerrada. Las escasas ventanas ayudan a que apenas entre la temperatura externa. Es en verano cuando estar ahí te ayuda a entender los sentimientos de una langosta cuando es tirada viva en una cazuela al fuego. Casi todo el año hace calor, por eso pones el aire acondicionado hasta tiritar, incluso en invierno. Odias freírte los órganos y el cerebro con el vapor imperante. También detestas la peste que desprendes con las altas temperaturas. De ahí tanto cuidado personal.
Respiras complacido el aroma del Carolina Herrera 212 que quedó impregnado en el ambiente después de ponértelo, hace horas, para ir a tu cita. En tu mente ese perfume es el olor de la libertad, de la solvencia económica, del egoísmo sano de no deberte a nadie más que a ti mismo, del antojo complacido, del salí a quimbar.
Como vives solo puedes comprarte cosméticos caros: un par de buenos perfumes, desodorantes, cremas y otros productos que tienes sobre la cómoda. Premios que te paga tu trabajo duro de camarero en un restaurante privado. Los servicios gastronómicos, al cabo, dan más dinero que la medicina ejercida por tus padres y hermana, quienes te miran desde la foto pegada sobre el espejo con trocitos de cinta adhesiva transparente. Es un recuerdo del último cumpleaños de la abuela, que en paz descanse. Junto a la imagen familiar hay unas impresiones tamaño foto de pasaporte de Beyoncé, Adele y Henry Cavill.
En la mesa de noche, una bocina Bluetooth. La enciendes. Emparejas con el móvil. Seleccionas la lista que tienes en el reproductor.
Sam Smith empieza a cantar Stay With Me.
Te abandonas al disfrute de la canción. La entiendes porque hablas inglés bien fluido y a menudo. Miras al techo. Sonríes. Disfrutas el recuerdo de lo recién vivido. Un sabor dulce te invade, como si probaras después de una cena deliciosa un buen cheesecake, así, en inglés, como lo dicen ustedes en el restaurante: guaba cheesecake, sí, qué rico, con café. Jordi es el cheesecake y tú el café. Otra vez sonríes.
Dice tu amiga Yeni, que es la otra camarera de tu turno: el sexo, como la comida, entra por la nariz, los ojos y la boca. Te alimenta el cuerpo y el espíritu. Aunque como la comida, a veces también se hace el sexo solamente por cumplir con la necesidad básica o con el antojo, y puede empachar. Ella también puede hartar cuando se pone dicharachera como banco de sabidurías prestadas.
Ya quieres contarle cómo te ha ido, pero la mayoría de las personas que conoces están durmiendo. Según la hora en el móvil no falta mucho para el amanecer.
Miras a tu alrededor. El trozo de apartamento que pagas a cien dólares mensuales está poco amueblado, hasta hace eco. No sabes por cuánto tiempo estarás ahí. “La maldición del alquilado”, así han bautizado al hecho de casi no poder comprar artefactos domésticos, porque a menudo hay que estarse cambiando de renta y mover tantos tarecos es un gasto extra y un dolor de cabeza. Siempre se rompen cosas. Vivir muchos años en el mismo sitio es un sueño que no se hace realidad. Te resignas a pagar los distintos precios de vivir arrendado. Después de todo, puedes conseguir ese dinero mensual, y teniendo en cuenta las buenas condiciones arquitectónicas, la ubicación, más los electrodomésticos que te dejan, tampoco anda mal de precio en comparación con otros.
El que sí parece ser propietario de la casa que ocupa es Jordi. Esos detalles son muy importantes.
En su pequeño apartamento parecen haber solo tres puertas, todas se ven desde el centro de la estancia. La puerta principal ofrece de primera vista un librero atestado de volúmenes, revistas, ediciones bien organizadas y algún que otro adorno. Hay una butaca negra que grita aquí se lee o invita a hacerlo. Contiguo a eso, el estante donde está el televisor, el PlayStation, muchos discos y un equipo de audio compuesto por cajas y pisos, todos llenos de botones que no sabrías utilizar. Arrinconado, un barcito de carretilla con ruedas ofrece diferentes botellas, ninguna llena, ninguna vacía. La mesita rectangular con algunas revistas y una piedra extraña a modo de pisapapeles. El sofá es verde y como para tres personas. Hay otra butaca de otro modelo y estilo, color marrón. Una mesa redonda delimita lo que es el comedor-estudio, con una laptop y un cenicero. La meseta de la cocina inicia con el refrigerador y se corta con la puerta de la casa. El helecho bajo la ventana queda entre dos cuadros abstractos, cerca de la puerta del cuarto y la del baño.
El apartamento es una demostración de buen gusto, pulcritud y organización. Huele a incienso de canela y coco. Todo es agradable. De entrada se sabe que ahí vive alguien desde hace tiempo, alguien que ha pasado años adquiriendo objetos para personalizar el espacio. Tú quisieras lograrlo también. Casos como Jordi anuncian que no es imposible. Algunos clientes conversadores te han contado que la situación es mundial, un mal de tu generación. Al menos no vives de tus padres. Ya eso es algo.
La cara de Jordi se te ha quedado pegada en la mente. Esos ojos medianos y oscuros realzados por un par de cejas gruesas. La mirada pícara. Su perfume maderable y cítrico. Cuerpo definido, piel impecable, todo afeitado. El sueño erótico de cualquiera, quizás tu sueño erótico más cercano a la realización. Lo mediano de su estatura se pierde en la enormidad de tu cuerpo oscuro, sin embargo, sus nalgas no te caben en las manos. Nunca te cabrán, aunque desarrolles garras de bestia. Tus labios gigantes en su boca pequeña. Todas tus exageraciones corporales en contraste con su talla se imponían. Él celebró el reto con devoción y desespero. El explote fue mutuo y en sintonía. Experto en meneos lo suficientemente sueltos, disfrutaste que fuera bien activo dentro de su rol pasivo, y bastante dominante en el transcurso de tu viaje al encuentro más satisfactorio en años.
En tu imaginario inflado de porno fue como haber estado con… ¡Brent Corrigan!, así es como se llama aquel actor. Ahora te acuerdas. Es a él a quien se parece, quizás demasiado. También tuvo en su actuar, solo en su actuar, mucho del Ian Torres que aguanta, domina y ordeña con una maestría espléndida. Organizas el performance, lo cual te provoca un inicio de erección. Sí, otra vez.
Ahora que lo piensas bien, Jordi fue una estampida de fantasías pornográficas. Es más fácil resumirlo en Brent Corrigan, cuyo nombre ahora te suena a Ven, corre ya.
La mente es tramposa, poco cuerda y traicionera en cuestiones de sexo. La mente es un sitio peligroso.
Es tu momento de repaso, la etapa evaluativa de una cita que no lleva tanto examen, porque nada en ella fue, al parecer, imperfecto. Lo haces más bien por manía. Es algo orgánico.
Sabes que Jordi te gustó para algo más que sexo de una noche. Esas cosas siempre se saben. Por suerte, de acuerdo a su mensaje, es algo mutuo. Te gustaría conocerlo mejor, conquistarlo, ser su novio. No llegas después de un encame agotador y te tiras a escuchar a Sam Smith con sus canciones de culodramas a menos que te hayan deslumbrado.
Jordi, el blanquito de fuego. Jordi, el pasivo poderoso. Jordi, el seguro de sus atributos. Jordi, el inteligente, maduro y directo. Jordi, que si lo ves otra vez, en las mismas circunstancias, te joderá las prioridades.
Pero ¿por qué está solo si es todo un partidazo? Algo malo tendrá.
Quizás sí tenga pareja y esta noche haya sido un capricho a escondidas, un tarro, un desliz, incluso una fantasía. Para muchos estar con un negro es eso, una fantasía sexual y ya. Como si tú, por ser negro, fueras una cosa exótica. Como si tú, por parecerte a Drew Brody el actor porno, reforzaras el imaginario erótico de tus compañías sexuales. Aunque esto de Drew Brody puede que solo lo notes tú, que ves tanta pornografía, y cuyos actores son tan o más importantes que los de Hollywood…
Quizás Jordi ya no crea en las relaciones serias.
Quizás perdió la ilusión. Muchos pájaros despechados se sacan el clavo con más clavos y martillazos.
Quizás se va del país, está a la espera de sus papeles y no le es conveniente enredarse con nadie para una relación sin futuro.
Quizás te estás enredando demasiado, como siempre.
Quizás fuiste muy lacónico y frío con tu SMS.
Revisas los mensajes de hace un rato.
Sí, fuiste seco. Le dejaste la pelota en su lado de la cancha. Como si te diera lo mismo repetir. Como si ya tuvieras otras opciones en las manos. Tenías que haber sido más condescendiente. Se mostró abierto, no, ¡abiertísimo!, dispuesto a intentar algo. Volverse a ver siempre es un paso más para crear una relación, del tipo que sea.
Le escribes otro mensaje:
Guardé tu número. Ojalá que nos veamos pronto. Ya lo estoy deseando.
Ahora sí. Le das enviar y te quedas frente a la pantalla, en espera a que el informe de entrega confirme que lo recibió. La música de la bocina se corta un segundo con la notificación. Jordi ya tiene tus palabras en su teléfono.
Sam Smith y un coro maravilloso repiten: “Stay with me…”.
Otra de las cosas buenas de vivir solo es no tener quien te transforme las costumbres o manías. La intimidad absoluta de quedarte en la cama y rascarte las zonas íntimas donde empiezan a asomarse los insistentes vellos. Quitarte las legañas. Carraspear con el trueno de la flema en tu garganta. Destrabar flatulencias. Bostezar sin cubrirte la boca, y todo sin el temor pesado de espantar a nadie, sin reprimirte a ser humano al despertar.
Miras la hora en el móvil. Es casi mediodía y Jordi no ha respondido tu mensaje. Quizás es más dormilón que tú. Aunque el reporte dice entregado puede que no lo haya leído.
Tienes tiempo y deseos de fumar en la ventana. Es tu día de descanso.
La vista de Centro Habana con sus techos, terrazas, tanques, palomares, inventos, antenas y derrumbes no es la mejor; sin embargo, tiene ese pasado glorioso que el ojo extranjero considera bello a pesar de la mugre y el abandono. Es un paisaje de país desgraciado, punto.
Miras al cielo, ahí todo es más bonito.
Abajo la gente grita en vez de hablar, los carros pitan, los perros ladran y los vendedores pregonan lo mismo con sus voces que con bocinas.
En el azul grisáceo de arriba hay una monotonía tranquilizante, pocas nubes y el sol opaco del mediocre invierno tropical.
Un café se hace necesario. La idea del expreso y la memoria de sus notas torrefactas aumentan los deseos de tomarlo. Te aguantas el impulso de correr a montar la cafetera y encender la hornilla. Hoy te vas a regalar un desayuno en un sitio agradable. Te vas a vestir, ya que el clima permite ponerse algo bonito y más rebuscado, y a perfumar, que en este tiempo el olor dura más porque se suda menos; y te vas a gastar un poco de dinero en el restaurante del Hotel o Café más cercano. Un sitio donde solo haya turistas y cubanos con dinero. Hoy no quiero ser proleta, hoy quiero beber té, levantar el meñique, oler bien, lucir hermosa y creerme marquesa, diría Yeni, de hecho, lo ha soltado en otras ocasiones.
Te gustaría que Jordi ya hubiera leído el mensaje y que hubiera respondido, así tendrías la cobertura de invitarlo a desayunar. Pero no, que tampoco despertaron juntos. Le escribes a Yeni:
Winniepúa, te invito a desayunar a lo pijo, pago yo. Responde rápido.
Te quedas observando el reporte de entrega. Bloqueas la pantalla y vas al baño con el teléfono en la mano. Vibra cuando ya estás sentado en la taza.
Estoy vestida y en la calle. Dime dónde y hurry Harry que tengo hambre.
Te ríes de las cosas de Yeni y sus constantes alusiones literarias. Nunca falta algo de Harry Potter. A menudo ustedes se exclaman el uno al otro Hufflepuff en sustitución de un te lo dije o de alguna mala palabra sazonadora de comentarios. Simplemente les gusta la forma en que se pronuncia en la película, con ese acento británico y contundente.
A la hora de alistarte disfrutas de otra facilidad: tu calvicie. No es que tengas alopecia, simplemente luces mejor rapado. Te pones el jean gris oscuro y ceñido, el pulóver blanco, la chaqueta negra de cuero sintético y las botas. Pinta ensayada, copiada y certera que ha sobrevivido décadas dentro de los vaivenes estilísticos para hombres. Tantas fotos de moda en Pinterest de algo bueno tienen que servir.
Sales garboso, suavemente perfumado y con dinero en el bolsillo. Hay días en los que todo se siente bien y las cosas marchan correctamente.
Bajas por el ascensor, otra delicia urbana. En el alquiler de hace un año atrás tenías que subir y bajar cuatro pisos todos los días. Esta renta es más cara, pero lo vale. Otra cosa que adoras del edificio es que no ves a los vecinos. La experiencia se asemeja a los cuentos que hacen quienes se han ido del país y aseguran no conocer a nadie en el barrio. Eso te encanta. El cubano es muy metiche, pendenciero y apegado. Al cubano le gusta la invasión del espacio. Tú valoras mucho la intimidad. Tampoco necesitas salir y repartir buenos días con detalles de tu vida, ni que nadie te cuente la suya.
Modelas por la acera. Qué sismo, qué ritmo, qué abismo. Lo que va camino a encontrarse con Yeni es un modelo, un negrito de salir, como decía tu abuela cada vez que te veía acicalado.
Se encuentran en el Café Arcángel. Suena un chill-out. Toda la decoración es un motín de antigüedades, muebles de bricolage y estratégicos detalles modernos. Como siempre, rueda en la pequeña pantalla un filme mudo de Charles Chaplin que finge ser reproducido por un proyector viejísimo. Saludas. Los conoces a todos de tanto ir. Acaricias al gato Fortuna que lleva pañuelo al cuello y reposa en una silla. Te gusta el ambiente de ese Café, te hace sentir que todo lo bueno puede estar mejor.
Con la confianza de un habitual caminas hasta el patio interior, donde hay dos mesas apartadas para fumadores. Yeni te espera. Echa las cenizas de un Lucky Strike en el cenicero de bronce con forma de escarabajo. Ese espacio ofrece una tranquilidad diferente a la del ajetreo multilingüe que inunda al salón principal. En la mesa contigua hay una pareja de asiáticos. Debaten ininteligiblemente sobre las imágenes que chequean en la pantalla de una enorme cámara fotográfica. Yeni, vulgar y chistosa, con su desorden de pelo negro y sus deliciosas tres o cuatro libras de más atoradas en un vestido color mostaza, contonea las tetas cuando te ve, como si no poseyera esa cultura tan basta que también se le nota. Gozosa mezcla la de ella.
Se saludan con el usual piquito. La imagen que dan es de pareja cómplice y feliz, erotizada y compenetrada. Te quita una pelusa de la chaqueta.
—Hueles a sexo recién hecho —anota como si hablara de alguna obviedad climática.
—Calla, canalla —ríes.
—Tú sabes que soy una mujer con poderes especiales. Mi nariz es capaz de percibir la testosterona revuelta que tienen los machos con vida sexual activa.
—Pues sí, tu nariz tiene razón.
—Muero. Me tienes en Wingardium Leviosá.
Ambos ríen.
—Es Wingardium Leviosa, no Leviosá —juegas a ser Hermione Granger para seguirle la rima y ella te empuja por el pecho sin violencia.
Yeni refuerza el hecho de que le digas La Winniepúa, por comilona, tierna y sabichosa, como Winnie Pooh, aunque lo que más comúnmente citen sea a Harry Potter. Lo de púa es un juego de palabras entre la feminización del Pooh y el metal punzante, pues ella tiende a opinar de ese modo. La forma en la que te hace sangrar cuando te recrimina tus errores es algo que buscas siempre; te ayuda, te mejora. Estás ahora con ella para ubicarte. Te mira y lo sabe, aunque no se hayan dicho nada aún.
Suspiras de placer ante el café. El organismo había aguantado demasiado tiempo sin cafeína y amenazaba con empezar a fabricarte un dolor de cabeza. Ella sacude una mano al notarte embelesado con el recuerdo de Jordi. No tienes que acotar nada. Yeni sabe.
—Te dejaron como un caracol, ¿no? Lleno de baba y loco por seguir pegao. —A eso no respondes de palabra. Continúas asintiendo con los dientes afuera.
Le cuentas todo, incluso tu desesperación porque todavía no ha contestado el mensaje.
—Se está haciendo “la dura”. A veces comemos toda esa mierda contraproducente. No escales nubes, por si acaso. La rapidez amorosa siempre es castigada.
—Yeni, me gustó… mucho. Hacía tiempo no estaba con alguien que encajara tanto en mi tipo. Tampoco es que él sea una belleza centelleante de esas que van por ahí repartiendo dolores de cabeza. Eso sí, ¡un culo!, Dios, como un balcón. Me recuerda a Brent Corrigan, un actor porno que me cuadra cantidad.
—No sé quién es. ¿Tienes foto del Costigan ese?
—Corrigan —corriges.
—Coge bang —se ríe.
Rebuscas en la galería hasta encontrar, en la colección gigantesca de actores pornográficos, una foto reciente de Brent. Se la muestras con discreción. Ella lo analiza y lo celebra.
—Qué rico ver porno ilegal, ¿eh? —suelta con malicia.
—Ay, sí, ¿te acuerdas cuando decían que si te metías en algún sitio porno, el gobierno te pinchaba el teléfono y te cancelaban la cuenta? O peor, que te multaban o te llevaban preso… ¡Bah!
Pausan la conversación para fumar, beber y comer. Le pides otro expreso al camarero cuando pasa. Retomas el tema de Jordi, que si es culto, independiente, graduado de diseño. Ella te regaña por haberlo comparado con el tal Corrigan-coge-bang, porque no es la primera vez. Que ya es hora de dejar la manía de evaluar a las “aves de paso” teniendo en cuenta los referentes sexuales que has encontrado en todos tus años de consumo pornográfico… No le haces caso.
—Qué docta eres, dossstora.
—Esas fantasías se rompen contra la realidad.
—Son mis teleclases, profe.
—Aplausos, bebé. Pero al buen sexo buen seso, ¿okey?, que ya no tienes quince años.
—Parece mentira que seas tú la que hable así —le reprochas.
—¡Hoy, cariño! Puede que mañana me llame Chochana Chups y me forre vendiendo fotos y videos de mis cosit-ass en Internet, que igual la vida real está que arde, y tampoco hay nada malo en hacer con tu cuerpo lo que te dé la gana. Mira este tetamen. Todavía se persiguen las protuberancias. Nos queda mucho instinto animal, ese que no cree ni en sofisticaciones ni en espiritualidades. Hay que aprovechar.
—Me partes la testa, Chochana Chups…
—Yeni, todavía me llamo Yeni.
—Mucho gusto, compañera.
—Compañera tu abuela, conmigo no uses términos comunistoides.
Ella se levanta para ir al baño.
Enciendes otro cigarro.
Vuelves a abrir los mensajes y a mirar fijo a la pantalla como si, por un movimiento astral regido por tus pensamientos, Jordi fuera a responder tu último SMS.
Por mero aburrimiento, por llenar las horas de espera, por simple curiosidad o por ir al rescate de la autoestima, que injustamente se retuerce con los cólicos de la incertidumbre respecto a Jordi, luego de despedirte de Yeni te vas a la Zona Wi-Fi cercana a tu apartamento.
El parque está concurrido. Qué pesado esto del punto Wi-Fi. Qué vergüenza con los extranjeros que siempre están preguntando dónde venden las dichosas tarjetas y terminan preguntando por qué… En fin. Es lo que hay.
Preferirías conectarte en tu cama, semidesnudo, relajado. No tienes deseos de estar rodeado de toda esa gente. Gente que habla, ríe, llora y se emociona alto. Gente por todas partes. En este país, la privacidad parece un pecado o algo sospechoso. No quieres verlos ni oírlos, pero ahí están. Gente, gente, gente. Un bulto de gente con sus olores, vibras, ojos, oídos y bocas.
Encuentras un sitio con sombra, lo más alejado posible de las otras personas para creer que hay intimidad. Apenas te conectas el teléfono empieza a sonar y a llenarse de notificaciones.
En la parte superior de la pantalla, Messenger se impone. Grindr también. YouTube, Gmail, Instagram, Pinterest, Facebook. El mundo entero tiene algo que mostrarte. Tú solo quieres ver si Jordi está conectado a Grindr ahora. Si lo encuentras ahí, o si descubres que hace pocas horas estuvo online, es que ya anda buscando a otro y significa que debes olvidar esa segunda cita propuesta, pero aún no fijada. ¿No será esto un poco paranoide de tu parte, Eliel? De esta terminas en el psiquiátrico.
Tienes más mensajes de otros hombres revueltos con la foto de perfil de Grindr: tu pecho color café cortado, si bien ni tan definido, ni tan relleno, y para nada plano, con dos tetillas que parecen derretidas. Por alguna razón todos terminan chupándolas. Siempre creíste que eran feas, por ser grandes y achatadas. Los elogios de tus compañías sexuales han ayudado a que le tengas más cariño a esa zona de tu cuerpo. Ni siquiera eres de los que sienten mucho ahí, pero te complace su éxito. Te decantaste por ese recorte de foto tomada en la playa para no poner una del rostro o del cuerpo. Prefieres la discreción. Que vean el pecho y que se intriguen por lo demás.
En personas cercanas conectadas no aparece Jordi. Tampoco está en personas que recientemente lo estuvieron.
Buscas su perfil desde el chat. La última vez que se conectó fue cuando habló contigo. Suspiras satisfecho. Ya todo está bien en el universo.
No quieres ver su foto, quieres verlo a él. Ese tipo de impulso es el bote de un enamoramiento que sin un segundo remero no va a ir a ningún lugar.
Sales del chat y revisas que más hay para ti:
Blondeambition/ Online 2 minutes ago/ 1500 feet away:
Qué pechote. Vamo ver qué pacha. Jajajajaja
Qué pesado. Miras su perfil. Es un muchacho flaco, blanco, si acaso veinte años, pelo largo y teñido de rubio. Muestra fotos en ropa interior con poses de twerking. No.
Odias que Grindr te notifique las distancias en pies. Tienes que configurarlo para que te salga en español y con unidades de medidas normales para ti. Qué pereza.
M&P 40/ Online now/ 2029 feet away:
Hola.
Vas al perfil. Hay una imagen de una cabeza con máscara de material sintético, negro y brillante, con un zíper abierto para la boca. No.
Henry/ Online now/ 3047 feet away:
Hola, me gustaría chatear. Soy el de la foto de perfil.
Con esa presentación es porque a este ya lo han acusado de engañar con las fotos, piensas. El que aparece en el perfil está bonito: trigueño, cara afeitada, cejas gruesas, boca grande, peinado pretencioso. La imagen está trabajada, pero se nota que detrás del filtro hay una agradable realidad. Es algo joven para tu gusto. Que ponga su nombre ya dice algo bueno. Viene de frente. Se gana tu respuesta. Te preguntas si das la sensación de estar ocultando algo por llamarte Atila y no poner foto de la cara. Mejor así. Si andas a lo loco después te ven en la calle y saben que estás disponible por tener Grindr. Es más cómodo desechar a alguien por la aplicación, en persona es muy pesado.
Henry va de formal. Celebras su foto de perfil. Responde: awww, gracias. Dice que tiene veinte añitos, así, en diminutivo. Eso no te gusta mucho. Dice que estudia Economía. Dice que espera ganarse una foto de tu cara. Ya empezamos con las fotos, refunfuñas. Sales del chat. Por muy bonito que esté no le hace competencia a Jordi. Henry sigue mandando mensajes. Lo sabes por la notificación. Lo ignoras. Ya después si te arrepientes puedes culpar a la conexión, decir que se te acabó el tiempo de Wi-Fi o alguna otra cosa.
La India Jonás/ Online now/ 181 feet away:
Tomo chocolate y pago lo que debo. Tú dirás.
Reconoces en el perfil a la travesti de la otra cuadra. Está bien cerca a juzgar por la cantidad de pies que Grindr marca. Mejor ni levantar el rostro y comprobar, por si acaso. La has visto en las madrugadas, al regresar del trabajo, sentada en la acera frente al portal de su casa, fumando, mirando, cazando. Siempre te sigue con la vista y hace algo para llamar tu atención. Nunca te ha dicho nada, pero te manda señales, ya sea un carraspeo para que sepas que está ahí, a esa hora en la que el resto del barrio duerme, un sonar de pulseras, un objeto caído, algo, cualquier cosa. Tú miras al frente como si no existiera. La casa frente a la que se sienta, que asumes como suya, se ve cuidada, reparada, como nueva. Las ropas que usa no son trapos. No parece que le vaya mal, y teniendo en cuenta el mensaje que te ha mandado sin saber quién eres, paga por sexo y le gustan los negros y los mulatos. A ti no te gustan las travestis. Tampoco los negros, ni los mulatos. La India Jonás, ¡vaya nombre! Es una travesti de piel morena y pelo lacio como diosa hindú, aspecto que refuerza con el maquillaje. Más razón para no poner ni tu cara ni tu nombre. Del mismo modo en que acabas de reconocer a la travesti y enterarte de cómo se llama, los demás pudieran hacerlo contigo y convertirte en objetivo de sus metralletas cazadoras. Aunque, ¿no es esa la razón por la cual se tiene perfil en Grindr? En fin… Jordi en su momento ni se molestó por saber cómo era tu cara. Fue directo a la cuestión. Qué atrevido.
Jordi no se ha conectado.
Buscas su número de teléfono en tus contactos para ponerlo en el buscador de Facebook. Alguien te dijo en algún momento que la aplicación es capaz de encontrar gente de ese modo. Tienes curiosidad de ver cómo es el Facebook de Jordi. Si es el típico “postalita” que aburre con sus selfies a diario. Si es de los misteriosos que apenas suben sus fotos y solo comparten noticias y enlaces. Si es del tipo aburrido cuyo muro está lleno de cosas relacionadas con trabajo. Tal vez es de los simpáticos que equilibran sus asuntos personales con memes y artículos interesantes. Qué manera de juzgar, por Dios, qué pesado.
La burbuja de Messenger ya sabe que estás en Facebook y se antepone: cuánto tiempo, ¿cómo estás?; Albertico Chicho López te envió una foto; jajajajaja estás de madre; Besitos; Rebaz Hakim envió una foto; Nuri Cordoví envió un video; hi; ¡Reyli te está saludando!; Hola Papacito; LÉALO COMPLETO, SON… Cierras Messenger. En realidad, lo odias.
WhatsApp anuncia que tienes 36 mensajes: 11 de Alina-hermana; 2 imágenes de Yeni la Winniepúa y 7 enviadas por Osmel-jefe; 12 mensajes de Elia-Mamá y un clip de voz de Adriano.
Abres el mensaje de Adriano, hace dos años tu pareja, compañero de trabajo y de alquiler. Ya no te gusta, pero reconoces que la foto de perfil nueva está bonita. Ahora lleva el pelo más corto, con su rubio cobrizo natural. Los espejuelos negros le quedan mejor que aquellos dorados de marco fino. Adriano busca trabajo, el restaurante donde estaba cerró. Le respondes con otro clip de voz. Le aconsejas lo de siempre: inflar currículo y repartirlo, porque no sabes dónde haga falta gente.
Abres el chat de tu hermana. A tu papá le diagnosticaron un pólipo ano-rectal. Hay que operarlo porque a su edad eso es complicado, puede convertirse en un tumor. Él está apendejado. Normal. En casa de herrero, cuchillo de palo. Los doctores son los peores pacientes. No es de urgencia, pero pasa por la casa, concluye tu hermana. El chat de tu mamá dice lo mismo con otras palabras. Ya tienes deberes familiares pendientes. Puedes ir hoy. No hay más nada que hacer. Así también te ahorras cocinar o comprar comida.
Vas a abrir el mensaje que te dejó Osmel, tu jefe, pero te interrumpe la entrada de un SMS.
Es de Jordi:
Odio el desorden, pero hay regueros que por unos instantes son deliciosos: la cama regada, una almohada sobre la alfombrita, la mesa con migajas de pan, marcas húmedas de vasos, el cenicero sucio, la toalla tirada en una silla y envoltorios de condones abiertos por el piso. Voy a organizar y a limpiar para que vengas a formar reguero otra vez, en un rato, ¿quieres?
Lo relees. El texto es largo para tratarse de un SMS. No abrevió ni usó los términos recortados para ahorrar caracteres y dinero en el envío. Se lo jugó. Está poético, sugerente, motivador. Todo se relaja en ti. Ahora el día tiene más sentido y sigue su rumbo perfecto.
Desconectas la Wi-Fi y cierras todas las aplicaciones. Tu hermana y tu mamá se quedan en visto. No importa, Jordi te pasó un mensaje. Lo vuelves a leer. ¿Cómo responder de igual modo? Careces de ese vuelo poético y creativo, aunque seas sensible a él. Analizas cada detalle del texto.
Empiezas a escribir: De ser por mí… No, no, no. Lo borras. Me has…. Qué va, tampoco. Borras.
Sí, quiero.
Envías. Así de escueto y preciso, como la respuesta de la gente que se casa.
Él responde casi de inmediato. Debe teclear rápido:
Así me gusta. A las 8. Ven con hambre.
Buscas el contacto de la casa de tus padres y marcas para llamar. Vas a decirles que leíste los mensajes en WhatsApp, que irías a verlos de no ser porque el otro camarero se enfermó y debes doblar turno. Con esa excusa, ellos siempre entienden.
Sabías que Jordi tenía todas las de ganar para desordenarte las prioridades.
Dentro suena el ritmo tecno sensual de Fluorescent, por los Pet Shop Boys. Jordi abre. Te besa en la boca con rapidez y desenfado. Te mira y ríe como si tramara algo. Imitas el gesto.
Pantaloncito corto para lucir piernas y culote, camiseta marcadora de tetillas. Todo en él es perfectamente sexual. El tema musical continúa mientras te invita a tomar asiento sin decir nada. Obedeces. Sus piernas musculosas se deslizan sobre el suelo. Va descalzo y en puntillas. Tacones imaginarios.
