Cosa negra - Andrés Asevís - E-Book

Cosa negra E-Book

Andrés Asevís

0,0

Beschreibung

No buscan un hombre, buscan un negro. Eliel es joven, negro, gay y trabaja de camarero en un bar de La Habana. Su cuerpo es deseado, fetichizado, perseguido. Su deseo lo empuja a encuentros fugaces, a chats en Grindr, a citas que se limitan a cuerpos que se cruzan y se desvanecen. Pero cuando aparece Jordi, un muchacho blanco que lo deslumbra, todo se vuelve más complejo: los prejuicios raciales, la inseguridad, los celos, el amor y la violencia se entrelazan en una relación que lo transforma. Andrés Asevís retrata con crudeza y belleza la vida queer en la Cuba del siglo XXI: el racismo estructural, la precariedad, la religión como superstición y refugio, y la oralidad caribeña que resiste y reinventa. Esta edición española incluye un prólogo de Elaine Vilar Madruga, una de las voces más potentes de la literatura cubana contemporánea, que ilumina las capas simbólicas, políticas y emocionales de esta novela imprescindible.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 308

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Cosa negra

Andrés Asevís

Glam Spunk Press

Cosa negra

Primera edición: septiembre 2025

© Del texto: Andrés Asevís, 2023

© de esta edición, Glam Spunk Press, 2025

www.glamspunkpress.com

[email protected]

Editado por Roberto Carrasco

Corrección: Cristóbal Olmedo

Diseño de cubierta: Fosc Design

Fotografía de cubierta: Nórido y Vila

ISBN Ebook: 979-13-990547-6-7

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, incluidas la reprografía, tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, la difusión a través de Internet y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.

La sombra de lo que fuimos

Las elucubraciones

Chat-saturación

El amor es una construcción burguesa

Preso, acompañado; libre, solo

Lo que no sabes

Toxicidades espontáneas

Evangelio inverosímil, espíritus ambiguos e impulsos seminales

Roces

Set Signum

Dios sabe lo que hace, somos nosotros los que no entendemos

Cirineo imprevisto

Mensajes que no verás

A veces es mejor no saber

Aquelarre

Un bloque pesado con los placeres y desdichas de la finitud

Precipicios

El aleluyo de la cristoteca

Cosa negra

Postal nórdica

Caca caliente

Antes de la fiesta

En la fiesta

Después de la fiesta

Mari-confianzas, mari-contenturas y cuentos iluminadores

No nos engañemos

Mejor tranquilo

Desacompasado

Sin ir más lejos

De esta terminas

Agradecimientos

A Yunior Espina.

Amor, paciencia y respeto.

El primero en leer este libro y decir «Me gustó».

La sombra de lo que fuimos Elaine Vilar Madruga

Seré franca y no me andaré por las costuras: tienes entre tus manos una novela sobre el amor y la rabia, sobre el esplendor y la zozobra, sobre las ausencias y los agujeros negros políticos que disparan sus dardos —envenenados— encima del país que es el alma de la gente. Cosa negra, de Andrés Asevís, es así de radical. Su viaje es una degustación agridulce que afina y afila el paladar, y tiene la cualidad de ser el testimonio de los tiempos que anteceden a un estallido. Una llega a la lectura pisando firmemente y, en la medida en que la acción progresa, termina de puntas de pies, con miedo de romper la filigrana de la historia, con temor a ser descubierta y, a la vez, con unas ansias tremendas de atisbar, por la celosía del texto, cómo la historia se fragmenta: la Historia en mayúsculas, que corresponde a los grandes eventos sociales y políticos, pero también aquella otra que en minúsculas se escribe y que, íntimamente, retrata los átomos de lo que somos y de lo que hemos intentado ser, a pesar de las tristezas y los descalabros.

Andrés Asevís ha conseguido fotografiar una época y lo ha hecho sin pretensiones, hablando de las identidades millennials y de la generación Z, de la memoria de un territorio, de la topografía de los cuerpos gay en la isla. Desde ese espacio de la no pretensión, ha conseguido mapear no solo las referencias del desencanto y de la utopía transformada en agujero negro, sino también una geografía emocional de la juventud cubana. ¿Es acaso una novela de amor, un manifiesto erótico, un contrapunteo de vidas? Quizás sí, pero también más, pues Cosa negra trasciende la primera y evidente capa de lectura —lo ciertamente anecdótico del amor en todas sus formas— para viviseccionar una ciudad, un país y las ideologías que conforman a sus personajes: «La pluma no tiene que ser un totalitarismo».

Un prólogo es susceptible de ser entendido como una guía de lectura, como un trazado de ruta sobre el texto, como un mapa turístico que sirve para que los extraños y las extrañas a la fiesta rutinaria de los cuerpos que habitan el espacio ficcional puedan tomar un camino, más o menos convencional, que les permita recorrer la novela y no perderse en sus laberintos. Pero habrán de perdonarme si hoy no me apego a esa fórmula, si renuncio a servirles de norte a través de la carne de la novela, si les invito más bien a conocerla como mismo debería cualquier recién llegado a una nueva realidad textual o de país abrir las puertas: críticamente, con ojo alerta, sin (pre)juicios ni concepciones formales de lo que debería ser o de lo que se espera a ver. Quienes llegan por primera vez a un texto —o a un país— esperando fórmulas preconcebidas, aguardando por el cumplimiento de ideales específicos, no alcanzarán jamás a tocar ni con un dedo la zozobra, el júbilo o la sorpresa, sino que recibirán la monótona convicción de que el mundo no puede ofrecerles otra cosa que no sea su propia verdad repetida una y otra vez hasta el infinito. Por eso les pido que entren a la realidad de Cosa negra un poco a ciegas, en un salto de fe, como viajantes a un lugar desconocido, como curiosos natos que están dispuestos a abrazar un texto que desmitifica, un texto que observa la herrumbre sobre las cosas dejadas a la mano del tiempo —sean esas cosas ideologías, personas o costumbres—; un texto que vive para enfrentarnos. Suyo es el reto de mirarnos a los ojos, suyo es el reto de decirnos «me río de esto, ¿y qué?, lo hago porque me duele y porque ahora puedo, que mañana no se sabe».

En esa paradoja, en esa antípoda donde se mezcla el humor con la crítica social y política, es cuando Andrés Asevís llega a la verdadera radicalidad de su propuesta.

Así que, lectora, lector, cuando pases este prólogo, cuando atravieses esta realidad que te advierte que cruces rápido al otro lado, que te quites la venda de los ojos, que elijas la píldora roja de la verdad incómoda y rechaces lo complaciente de la píldora azul, recuerda siempre que un país y un libro pueden confrontar tu mirada sobre una realidad y que su regalo —su íntimo, silencioso y sedicioso regalo— es dolerte en el fondo aquel en el que guardabas tus ilusiones como los souvenires de una verdad que ya no existe.

Pero no, no imagines que esta es una novela distópica ni desesperanzadora, no es el hoyo donde van a morir las ilusiones todas, pues tiene la excelente cualidad de contar los hechos de forma porosa; quiero decir, acariciante, sin rugosidades demasiado aparentes. Es una novela Jano, de dos rostros, que mira hacia lo dual humano, hacia el pasado y al futuro a una misma vez, a los comienzos y los finales. Descubrirás que, poco a poco, el amor ya no es ligero en la acción, sino ominoso, que la isla crucifica a sus jóvenes, que una sensación de claustrofobia va rodeando a todo y a todos y, en ese instante en el que quizás creas que la cara oscura de Jano ha llegado para quedarse, verás de nuevo el festín de los cuerpos en la guerra de este mundo y el río palpable de sus emociones te hará fluir por la cuesta abajo, por los derrumbes, por las soledades, hacia el mar.

Quiero destacar que Cosa negra es, además, una novela sobre el fin de la juventud. Sobre la pérdida de la inocencia —vaya dardo sin sentido, la inocencia, y que maravilla despojarse de él— y sobre las utopías íntimas que conducen a la idealización. Sus protagonistas todo el tiempo se están despidiendo de todo: de la isla, de la familia, de las casas, de amores, de Grindr, de las fiestas gay, de lo clandestino, de La Habana colgada en los balcones de sus propias esperanzas, de la religión, del amor que se creyó eterno y del palo de turno y, obviamente, en este proceso de dejarlo todo atrás, a la par se despiden de sí mismos. La mutabilidad, la transformación, la metamorfosis son las palabras de orden con las que los personajes juegan y hacen malabares, conscientes de cómo el poder del sexo, del cuerpo tembloroso, de los olores y las texturas, del semen y la saliva invitan a cuestionar el poder y la fetichización del sujeto del deseo devenido objeto ante el ojo que ansía.

Frente a ti tienes una novela mestiza, bastarda, impura, juguetona, rabiosa, mala a la usanza de Camila Sosa Villada, con mucha pluma y brillos y gritos y dolores, una novela drag, una novela de dominio Pornhub, radical y leve al mismo tiempo, muy desnuda, muy filosa. He terminado de leerla por tercera vez y he pensado que, al final del viaje, todos hemos sido a veces un poco Eliel, un poco Jordi, un poco la India Jonás, un poco Diego, y que hemos pasado toda una vida transmutándonos e intentado sobrevivir en las circunstancias más adversas, como islas ya no tan solitarias, sino unidas en archipiélago.

Este viaje solo valdrá la pena si antes de cruzar el umbral dejas atrás la postal de una utopía y te dispones a mirar con ojos nuevos el dolor y la furia, las miasmas y el esplendor, la belleza y la oscuridad de lo humano, de un país y de un amor.

Cosa negra tiene la cualidad de calarte adentro, como la lluvia buena y maldita que se te mete en los huesos y que te estropea el pelo y que te chorrea cuerpo abajo y que, en su labor sutil y perentoria, te hace el favor de quitarte todo aquello que te sobra y cubrirte con aquello que te falta. Y si al partir de la novela te pasa un poco como a mí, que he mirado atrás una y otra vez con miedo de desprenderme del recuerdo y de la gente, no olvides entonces que la vida es un juego de dos caras, un juego de despedidas continuas, y que de alguna forma todos llevamos en el polvo sobre los zapatos la sombra de aquello que una vez fuimos.

Las elucubraciones

El corazón del hombre no suele bombear la misma cantidad de sangre a la vez para sus dos cabezas. Cabezas que se turnan al mando y que solo en armonía son capaces de la maravilla. Crees que su cuerpo y el tuyo son maravillosos ahora que están atados con extremidades y bocas. La sincronía de las intenciones no es mera coincidencia, es el fruto de un pacto sin esfuerzo.

Un déjà vu fractura el curso de las ideas. Su espalda blanca. Sus grandes nalgas. Tus manos oscuras. Los jadeos. Los gemidos. Las palabras: «¡Ay! Sí, así, completa…». Las puntas de sus pelos sudados en la nuca. El perfume. Las ideas que te ayudan a postergar el final, que si el cuadro abstracto es horrible, que si mira cuántos libros tiene, que si la casa huele a incienso. El falso recuerdo, el fallo cerebral, la anomalía de la memoria en medio de la libertad de los cuerpos o, quizás, la profecía no son más que trucos mentales. Ha sido mucha la porno consumida, ahora consumada con sus mismas poses. Si este momento fuera una de esas películas, tendría un título directo y tentador: Barra negra preña a blanquito tragón. Él se parece a uno de los actores que más te gustan, ¿cuál era el nombre? Lo tienes en la punta… No. Ahora mismo no te acuerdas. Ya vendrá.

El suelo es un barranco sobre el que ambos vuelan fusionados como piezas del engranaje de una máquina con obsolescencia programada. La adoración congela en oro al sentido común. Lo malo de la atracción sexual cuando es tan fuerte es que nubla mucho y, al no haber luz, no se ven los precipicios.

Tu meneo de conga marca el ritmo del final.

Caen en un abrazo de balada.

Besos de premio. Risas de complacencia. Perruno enganche con lenguas afuera y todo.

—Fresa y chocolate —apunta respecto a los dos.

—¿Te gusta esa combinación? —le preguntas mientras le apartas los pelos de la frente.

—A mí me gusta todo, pero sí, j’adoooore chocolat —dice con mucha mariconería.

La madrugada, los cigarros y el trago terminan de sazonar la sacudida en tu cabeza.

Todo huele a vivido, a nuevo y a porvenir.

Es confuso.

Sabe bien.

Ya vienes de saciar tu hambre de células muertas, esas que se desprenden de la piel montadas en la saliva y el sudor, se adhieren a las lenguas y como el plancton alimentan al monstruo: Moví Dick. Ríes a solas por la calle. «Vaya, Eliel —piensas—, de esta terminas medio loco».

Tres horas antes acordaron el encuentro en Grindr. «Tiene que ser hoy». «Sí, sí, no entro aquí a perder el tiempo. Manda foto». «Okey». «Uf, qué rico estás. Coño, tremendo culo». «Ay, qué grande, ven ya con esa fusta oscura, me encanta». «Te voy a partir en dos». «Tú párteme que yo después me recompongo solo». «Liebre, deja que te coja. ¿Quién le tiene miedo al lobo?»… Y así por varios minutos.

Todo lo vulgar es provocativo y en el sexo es un deber.

Después de los elogios se preguntaron la edad.

«Este septiembre cumplo 29», dijiste. «Yo tengo 27 para 28», te dijo.

Tú eres Atila en Grindr, él JOpen: J de Jordi, ya lo sabes; Open de abierto, ¡jo! Sí que lo sabes, desde la foto que te mandó hasta la presencia en vivo que superó con creces tus expectativas.

En Grindr pareces un producto de un color específico. «Como los zapatos: los quiero negros. El negro pega con to’». «Ay qué rico, me encantas, como el café: negro, fuerte y oloroso». «Quiero un moreno pa’ esta noche». «Papi, con ese color debes andar mal mandao». «Ahí te dejo foto del pozo, enséñame una de tu explorador».

No te enredas con las ideas. Muchas curvas, es fácil accidentarse.

Sabes que eres un tipo grande, fornido, oscuro: un mangón, un papirriqui, un machote, como tanto te han dicho; y luces como promesa, ¡no te engañes! Promesa de trompa grande, trompón para que bailen los trompos huecos, huecos como el corazón, menudo músculo ambiguo. Pito de pita para hacerlos pitar.

Ejemplo reciente: Jordi-JOpen. J de su nombre; Open, ahora más abierto en su SMS:

«Eliel, me gustó mucho conocerte. La pasé súper. Me gustaría repetir. Guarda mi número, no lo pierdas, no te pierdas».

Tu respuesta:

«Yo también la pasé bien. Tú me dices cuándo repetimos».

Llegas al pequeño apartamento en el que estás alquilado. Te quitas la camisa. Afuera hace un poco de frío. La habitación está cálida por pasar tantas horas cerrada. Las escasas ventanas ayudan a que apenas entre la temperatura externa. Es en verano cuando estar ahí te ayuda a entender los sentimientos de una langosta cuando es tirada viva en una cazuela al fuego. Casi todo el año hace calor, por eso pones el aire acondicionado hasta tiritar, incluso en invierno. Odias freírte los órganos y el cerebro con el vapor imperante. También detestas la peste que desprendes con las altas temperaturas, de ahí tanto cuidado personal.

Respiras complacido el aroma del Carolina Herrera 212 que quedó impregnado en el ambiente después de ponértelo, hace horas, para ir a tu cita. En tu mente ese perfume es el olor de la libertad, de la solvencia económica, del egoísmo sano de no deberte a nadie más que a ti mismo, del antojo complacido, del salí a quimbar.

Como vives solo puedes comprarte cosméticos caros: un par de buenos perfumes, desodorantes, cremas y otros productos que tienes sobre la cómoda. Premios que te paga tu trabajo duro de camarero en un restaurante privado. Los servicios gastronómicos, al cabo, dan más dinero que la medicina ejercida por tus padres y hermana, quienes te miran desde la foto pegada sobre el espejo con trocitos de cinta adhesiva transparente. Es un recuerdo del último cumpleaños de la abuela, que en paz descanse. Junto a la imagen familiar hay unas impresiones, tamaño foto de pasaporte, de Beyoncé, Adele y Henry Cavill.

En la mesa de noche, una bocina Bluetooth. La enciendes, emparejas con el móvil, seleccionas la lista que tienes en el reproductor y

Sam Smith empieza a cantar Stay with Me.

Te abandonas al disfrute de la canción. La entiendes porque hablas inglés bien fluido y a menudo. Miras al techo. Sonríes. Disfrutas el recuerdo de lo recién vivido. Un sabor dulce te invade, como si probaras después de una cena deliciosa un buen cheesecake, así, en inglés, como lo dicen ustedes en el restaurante: «guaba cheesecake», sí, qué rico, con café. Jordi es el cheesecake y tú el café. Otra vez sonríes.

Dice tu amiga Yeni, que es la otra camarera de tu turno: «El sexo, como la comida, entra por la nariz, los ojos y la boca. Te alimenta el cuerpo y el espíritu. Aunque como la comida, a veces también se hace el sexo solamente por cumplir con la necesidad básica o con el antojo, y puede empachar». Ella también puede hartar cuando se pone dicharachera como banco de sabidurías prestadas.

Ya quieres contarle cómo te ha ido, pero la mayoría de las personas que conoces están durmiendo. Según la hora en el móvil, no falta mucho para el amanecer.

Miras a tu alrededor. El trozo de apartamento que pagas a cien dólares mensuales está poco amueblado, hasta hace eco. No sabes por cuánto tiempo estarás ahí. «La maldición del alquilado», así han bautizado al hecho de casi no poder comprar artefactos domésticos, porque a menudo hay que estarse cambiando de renta y mover tantos tarecos es un gasto extra y un dolor de cabeza. Siempre se rompen cosas. Vivir muchos años en el mismo sitio es un sueño que no se hace realidad. Te resignas a pagar los distintos precios de vivir arrendado. Después de todo, puedes conseguir ese dinero mensual y, teniendo en cuenta las buenas condiciones arquitectónicas, la ubicación, más los electrodomésticos que te dejan, tampoco anda mal de precio en comparación con otros.

El que sí parece ser propietario de la casa que ocupa es Jordi. Esos detalles son muy importantes.

En su pequeño apartamento parece haber solo tres puertas, todas se ven desde el centro de la estancia. La puerta principal ofrece de primera vista un librero atestado de volúmenes, revistas, ediciones bien organizadas y algún que otro adorno. Hay una butaca negra que grita «aquí se lee» o invita a hacerlo. Contiguo a eso, el estante donde está el televisor, el PlayStation, muchos discos y un equipo de audio compuesto por cajas y pisos, todos llenos de botones que no sabrías utilizar. Arrinconado, un barcito de carretilla con ruedas ofrece diferentes botellas, ninguna llena, ninguna vacía. La mesita rectangular con algunas revistas y una piedra extraña a modo de pisapapeles. El sofá es verde y como para tres personas. Hay otra butaca de otro modelo y estilo, color marrón. Una mesa redonda delimita lo que es el comedor-estudio, con una laptop y un cenicero. La meseta de la cocina inicia con el refrigerador y se corta con la puerta de la casa. El helecho bajo la ventana queda entre dos cuadros abstractos, cerca de la puerta del cuarto y la del baño.

El apartamento es una demostración de buen gusto, pulcritud y organización. Huele a incienso de canela y coco. Todo es agradable. De entrada se sabe que ahí vive alguien desde hace tiempo, alguien que ha pasado años adquiriendo objetos para personalizar el espacio. Tú quisieras lograrlo también. Casos como Jordi anuncian que no es imposible. Algunos clientes conversadores te han contado que la situación es mundial, un mal de tu generación. Al menos no vives de tus padres, ya eso es algo.

La cara de Jordi se te ha quedado pegada en la mente. Esos ojos medianos y oscuros realzados por un par de cejas gruesas. La mirada pícara. Su perfume maderable y cítrico. Cuerpo definido, piel impecable, todo afeitado. El sueño erótico de cualquiera, quizás tu sueño erótico más cercano a la realización. Lo mediano de su estatura se pierde en la enormidad de tu cuerpo oscuro, sin embargo, sus nalgas no te caben en las manos. Nunca te cabrán, aunque desarrolles garras de bestia. Tus labios gigantes en su boca pequeña. Todas tus exageraciones corporales en contraste con su talla se imponían. Él celebró el reto con devoción y desespero. El explote fue mutuo y en sintonía. Experto en meneos lo suficientemente sueltos, disfrutaste que fuera bien activo dentro de su rol pasivo, y bastante dominante en el transcurso de tu viaje al encuentro más satisfactorio en años.

En tu imaginario inflado de porno fue como haber estado con… ¡Brent Corrigan!, así es como se llama aquel actor. Ahora te acuerdas. Es a él a quien se parece, quizás demasiado. También tuvo en su actuar, solo en su actuar, mucho del Ian Torres que aguanta, domina y ordeña con una maestría espléndida. Organizas el performance, lo cual te provoca un inicio de erección. Sí, otra vez.

Ahora que lo piensas bien, Jordi fue una estampida de fantasías pornográficas. Es más fácil resumirlo en Brent Corrigan, cuyo nombre ahora te suena a «Ven, corre ya».

La mente es tramposa, poco cuerda y traicionera en cuestiones de sexo. La mente es un sitio peligroso.

Es tu momento de repaso, la etapa evaluativa de una cita que no lleva tanto examen, porque nada en ella fue, al parecer, imperfecto. Lo haces más bien por manía. Es algo orgánico.

Sabes que Jordi te gustó para algo más que sexo de una noche. Esas cosas siempre se saben. Por suerte, de acuerdo a su mensaje, es algo mutuo. Te gustaría conocerlo mejor, conquistarlo, ser su novio. No llegas después de un encame agotador y te tiras a escuchar a Sam Smith con sus canciones de culodramas a menos que te hayan deslumbrado.

Jordi, el blanquito de fuego. Jordi, el pasivo poderoso. Jordi, el seguro de sus atributos. Jordi, el inteligente, maduro y directo. Jordi, que si lo ves otra vez, en las mismas circunstancias, te joderá las prioridades.

Pero ¿por qué está solo si es todo un partidazo? Algo malo tendrá.

Quizás sí tenga pareja y esta noche haya sido un capricho a escondidas, un tarro, un desliz, incluso una fantasía. Para muchos estar con un negro es eso, una fantasía sexual y ya. Como si tú, por ser negro, fueras una cosa exótica. Como si tú, por parecerte a Drew Brody el actor porno, reforzaras el imaginario erótico de tus compañías sexuales. Aunque esto de Drew Brody puede que solo lo notes tú, que ves tanta pornografía y cuyos actores son tan o más importantes que los de Hollywood…

Quizás Jordi ya no crea en las relaciones serias.

Quizás perdió la ilusión. Muchos pájaros despechados se sacan el clavo con más clavos y martillazos.

Quizás se va del país, está a la espera de sus papeles y no le es conveniente enredarse con nadie para una relación sin futuro.

Quizás te estás enredando demasiado, como siempre.

Quizás fuiste muy lacónico y frío con tu SMS.

Revisas los mensajes de hace un rato.

Sí, fuiste seco. Le dejaste la pelota en su lado de la cancha. Como si te diera lo mismo repetir, como si ya tuvieras otras opciones en las manos. Tenías que haber sido más condescendiente. Se mostró abierto, no, ¡abiertísimo!, dispuesto a intentar algo. Volverse a ver siempre es un paso más para crear una relación, del tipo que sea.

Le escribes otro mensaje:

«Guardé tu número. Ojalá que nos veamos pronto. Ya lo estoy deseando».

Ahora sí. Le das enviar y te quedas frente a la pantalla, en espera a que el informe de entrega confirme que lo recibió. La música de la bocina se corta un segundo con la notificación. Jordi ya tiene tus palabras en su teléfono.

Sam Smith y un coro maravilloso repiten: «Stay with me…».

Otra de las cosas buenas de vivir solo es no tener quien te transforme las costumbres o manías. La intimidad absoluta de quedarte en la cama y rascarte las zonas íntimas donde empiezan a asomarse los insistentes vellos; quitarte las legañas; carraspear con el trueno de la flema en tu garganta; destrabar flatulencias; bostezar sin cubrirte la boca, y todo sin el temor pesado de espantar a nadie, sin reprimirte a ser humano al despertar.

Miras la hora en el móvil. Es casi mediodía y Jordi no ha respondido tu mensaje. Quizás es más dormilón que tú. Aunque el reporte dice entregado, puede que no lo haya leído.

Tienes tiempo y deseos de fumar en la ventana. Es tu día de descanso.

La vista de Centro Habana con sus techos, terrazas, tanques, palomares, inventos, antenas y derrumbes no es la mejor; sin embargo, tiene ese pasado glorioso que el ojo extranjero considera bello a pesar de la mugre y el abandono. Es un paisaje de país desgraciado, punto.

Miras al cielo, ahí todo es más bonito.

Abajo la gente grita en vez de hablar, los carros pitan, los perros ladran y los vendedores pregonan lo mismo con sus voces que con bocinas.

En el azul grisáceo de arriba hay una monotonía tranquilizante, pocas nubes y el sol opaco del mediocre invierno tropical.

Un café se hace necesario. La idea del espresso y la memoria de sus notas torrefactas aumentan los deseos de tomarlo. Te aguantas el impulso de correr a montar la cafetera y encender la hornilla, porque hoy te vas a regalar un desayuno en un sitio agradable. Te vas a vestir, ya que el clima permite ponerse algo bonito y más rebuscado, y a perfumar, que en este tiempo el olor dura más porque se suda menos; y te vas a gastar un poco de dinero en el restaurante del Hotel o Café más cercano. Un sitio donde solo haya turistas y cubanos con dinero. «Hoy no quiero ser proleta, hoy quiero beber té, levantar el meñique, oler bien, lucir hermosa y creerme marquesa», diría Yeni, de hecho, lo ha soltado en otras ocasiones.

Te gustaría que Jordi ya hubiera leído el mensaje y que hubiera respondido, así tendrías la cobertura de invitarlo a desayunar; pero no, que tampoco despertaron juntos.

Le escribes a Yeni:

«Winniepúa, te invito a desayunar a lo pijo, pago yo. Responde rápido».

Te quedas observando el reporte de entrega. Bloqueas la pantalla y vas al baño con el teléfono en la mano. Vibra cuando ya estás sentado en la taza.

«Estoy vestida y en la calle. Dime dónde y hurry Harry que tengo hambre».

Te ríes de las cosas de Yeni y sus constantes alusiones literarias. Nunca falta algo de Harry Potter. A menudo ustedes se exclaman el uno al otro «Hufflepuff» en sustitución de un «te lo dije» o de alguna mala palabra sazonadora de comentarios. Les gusta la forma en que se pronuncia en la película, con ese acento británico y contundente.

A la hora de alistarte disfrutas de otra facilidad: tu calvicie. No es que tengas alopecia, luces mejor rapado. Te pones el jean gris oscuro y ceñido, el pulóver blanco, la chaqueta negra de cuero sintético y las botas. Pinta ensayada, copiada y certera que ha sobrevivido décadas dentro de los vaivenes estilísticos para hombres. Tantas fotos de moda en Pinterest de algo bueno tienen que servir.

Sales garboso, perfumado y con dinero en el bolsillo. Hay días en los que todo se siente bien y las cosas fluyen como deben.

Bajas por el ascensor, otra delicia urbana. En el alquiler de hace un año atrás, tenías que subir y bajar cuatro pisos todos los días. Esta renta es más cara, pero lo vale. Otra cosa que adoras del edificio es que no ves a los vecinos. La experiencia se asemeja a los cuentos que hacen quienes se han ido del país y aseguran no conocer a nadie en el barrio. Eso te encanta. El cubano es muy metiche, pendenciero y apegado. Al cubano le gusta la invasión del espacio. Tú valoras mucho la intimidad. Tampoco necesitas salir y repartir buenos días con detalles de tu vida ni que nadie te cuente la suya.

Modelas por la acera. Qué sismo, qué ritmo, qué abismo. Lo que va camino a encontrarse con Yeni es un modelo, «un negrito de salir», como decía tu abuela cada vez que te veía acicalado.

Se encuentran en el Café Arcángel. Suena un chill-out. Toda la decoración es un motín de antigüedades, muebles de bricolage y estratégicos detalles modernos. Como siempre, rueda en la pequeña pantalla un filme mudo de Charles Chaplin que finge ser reproducido por un proyector viejísimo. Saludas. Los conoces a todos de tanto ir. Acaricias al gato Fortuna que lleva pañuelo al cuello y reposa en una silla. Te gusta el ambiente de ese Café, te hace sentir que todo lo bueno puede estar mejor.

Con la confianza de un habitual caminas hasta el patio interior, donde hay dos mesas apartadas para fumadores. Yeni te espera. Echa las cenizas de un Lucky Strike en el cenicero de bronce con forma de escarabajo. Ese espacio ofrece una tranquilidad diferente a la del ajetreo multilingüe que inunda al salón principal. En la mesa contigua hay una pareja de asiáticos, debaten en su idioma sobre las imágenes que chequean en la pantalla de una enorme cámara fotográfica. Yeni, vulgar y chistosa, con su desorden de pelo negro y sus deliciosas tres o cuatro libras de más atoradas en un vestido color mostaza, contonea las tetas cuando te ve, como si no poseyera esa cultura tan basta que también se le nota. Gozosa mezcla la de ella.

Se saludan con el usual piquito. La imagen que dan es de pareja cómplice y feliz, erotizada y compenetrada. Te quita una pelusa de la chaqueta.

—Hueles a sexo recién hecho —anota como si hablara de alguna obviedad climática.

—Calla, canalla. —Ríes.

—Tú sabes que soy una mujer con poderes especiales. Mi nariz es capaz de percibir la testosterona revuelta que tienen los machos con vida sexual activa.

—Pues sí, tu nariz tiene razón.

—Muero. Me tienes en Wingardium Leviosá.

Ambos ríen.

—Es Wingardium Leviosa, no Leviosá. —Juegas a ser Hermione Granger para seguirle la rima y ella te empuja por el pecho sin violencia.

Yeni refuerza el hecho de que le digas «La Winniepúa», por comilona, tierna y sabichosa, como Winnie Pooh, aunque lo que más citen sea a Harry Potter. Lo de púa es un juego de palabras entre la feminización del Pooh y el metal punzante, pues ella tiende a opinar de ese modo. La forma en la que te hace sangrar cuando te recrimina tus errores es algo que buscas siempre; te ayuda, te mejora. Estás ahora con ella para ubicarte. Te mira y lo sabe, aunque no se hayan dicho nada aún.

Suspiras de placer ante el café. El organismo había aguantado demasiado tiempo sin cafeína y amenazaba con empezar a fabricarte un dolor de cabeza. Ella sacude una mano al notarte embelesado con el recuerdo de Jordi. No tienes que acotar nada, Yeni sabe.

—Te dejaron como un caracol, ¿no? Lleno de baba y loco por seguir pegao.

A eso no respondes de palabra. Continúas asintiendo con los dientes afuera.

Le cuentas todo, incluso tu desesperación porque todavía no ha contestado el mensaje.

—Se está haciendo «la dura». A veces comemos toda esa mierda contraproducente. No escales nubes, por si acaso. La rapidez amorosa siempre es castigada.

—Yeni, me gustó… mucho. Hacía tiempo no estaba con alguien que encajara tanto en mi tipo. Tampoco es que él sea una belleza centelleante de esas que van por ahí repartiendo dolores de cabeza. Eso sí, ¡un culo!, Dios, como un balcón. Me recuerda a Brent Corrigan, un actor porno que me cuadra cantidad.

—No sé quién es. ¿Tienes foto del Costigan ese?

—Corrigan —corriges.

—Coge bang —se ríe.

Rebuscas en la galería hasta encontrar, en la colección gigantesca de actores pornográficos, una foto reciente de Brent. Se la muestras con discreción. Ella lo analiza y lo celebra.

—Qué rico ver porno ilegal, ¿eh? —suelta con malicia.

—Ay, sí, ¿te acuerdas cuando decían que si te metías en algún sitio porno, el Gobierno te pinchaba el teléfono y te cancelaban la cuenta? O peor, que te multaban o te llevaban preso… ¡Bah!

Pausan la conversación para fumar, beber y comer. Le pides otro espresso al camarero cuando pasa. Retomas el tema de Jordi, que si es culto, independiente, graduado de Diseño. Ella te regaña por haberlo comparado con el tal Corrigan-coge-bang, porque no es la primera vez. Que ya es hora de dejar la manía de evaluar a las «aves de paso» teniendo en cuenta los referentes sexuales que has encontrado en todos tus años de consumo pornográfico… No le haces caso.

—Qué docta eres, dossstora.

—Esas fantasías se rompen contra la realidad.

—Son mis teleclases, profe.

—Aplausos, bebé. Pero al buen sexo buen seso, ¿okey?, que ya no tienes quince años.

—Parece mentira que seas tú la que hable así —le reprochas.

—¡Hoy, cariño! Puede que mañana me llame Chochana Chups y me forre vendiendo fotos y videos de mis cosit-ass en Internet, que igual la vida real está que arde y tampoco hay nada malo en hacer con tu cuerpo lo que te dé la gana. Mira este tetamen. Todavía se persiguen las protuberancias. Nos queda mucho instinto animal, ese que no cree ni en sofisticaciones ni en espiritualidades. Hay que aprovechar.

—Me partes la testa, Chochana Chups…

—Yeni, todavía me llamo Yeni.

—Mucho gusto, compañera.

—Compañera tu abuela, conmigo no uses términos comunistoides.

Ella se levanta para ir al baño.

Enciendes otro cigarro.

Vuelves a abrir los mensajes y a mirar fijo a la pantalla como si, por un movimiento astral regido por tus pensamientos, Jordi fuera a responder tu último SMS.

Chat-saturación

Por mero aburrimiento, por llenar las horas de espera, por simple curiosidad o por ir al rescate de la autoestima, que injustamente se retuerce con los cólicos de la incertidumbre respecto a Jordi, luego de despedirte de Yeni te vas a la Zona Wi-Fi cercana a tu apartamento.

El parque está concurrido. Qué pesado esto del punto Wi-Fi. Qué vergüenza con los extranjeros que siempre están preguntando dónde venden las dichosas tarjetas y terminan preguntando por qué… En fin. Es lo que hay.

Preferirías conectarte en tu cama, semidesnudo, relajado. No tienes deseos de estar rodeado de toda esa gente. Gente que habla, ríe, llora y se emociona alto. Gente por todas partes. En este país, la privacidad parece un pecado o algo sospechoso. No quieres verlos ni oírlos, pero ahí están. Gente, gente, gente. Un bulto de gente con sus olores, vibras, ojos, oídos y bocas.

Encuentras un sitio con sombra. Lo más alejado posible de las otras personas, para creer que hay intimidad. Apenas te conectas, el teléfono empieza a sonar y a llenarse de notificaciones.

En la parte superior de la pantalla, Messenger se impone, Grindr también. YouTube, Gmail, Instagram, Pinterest, Facebook. El mundo entero tiene algo que mostrarte. Tú solo quieres ver si Jordi está conectado a Grindr ahora. Si lo encuentras ahí o si descubres que hace pocas horas estuvo online, es que ya anda buscando a otro y significa que debes olvidar esa segunda cita propuesta, pero aún no fijada. ¿No será esto un poco paranoide de tu parte, Eliel? De esta terminas en el psiquiátrico.

Tienes más mensajes de otros hombres revueltos con la foto de perfil de Grindr: tu pecho color café cortado, si bien ni tan definido ni tan relleno y para nada plano, con dos tetillas que parecen derretidas. Por alguna razón todos terminan chupándolas. Siempre creíste que eran feas, por ser grandes y achatadas. Los elogios de tus compañías sexuales han ayudado a que le tengas más cariño a esa zona de tu cuerpo. Ni siquiera eres de los que sienten mucho ahí, pero te complace su éxito. Te decantaste por ese recorte de foto tomada en la playa para no poner una de la cara o del cuerpo. Prefieres la discreción. Que vean el pecho y que se intriguen por lo demás.

En personas cercanas conectadas no aparece Jordi. Tampoco está entre quienes lo estuvieron hace poco.

Buscas su perfil desde el chat. La última vez que se conectó fue cuando habló contigo. Suspiras satisfecho. Ya todo está bien en el universo.

No quieres ver su foto, quieres verlo a él. Ese tipo de impulso es el bote de un enamoramiento que sin un segundo remero no va a ir a ningún lugar.

Sales del chat y revisas que más hay para ti.

Blondeambition/ Online 2 minutes ago/ 1500 feet away:

«Qué pechote. Vamo ver qué pacha. Jajajajaja».

Qué pesado. Miras su perfil. Es un muchacho flaco, blanco, si acaso veinte años, pelo largo y teñido de rubio. Muestra fotos en ropa interior con poses de twerking. No.

Odias que Grindr te notifique las distancias en pies. Tienes que configurarlo para que te salga en español y con unidades de medidas normales para ti. Qué pereza.

M&P 40/ Online now/ 2029 feet away:

«Hola».

Vas al perfil. Hay una imagen de una cabeza con máscara de material sintético, negro y brillante, con un zíper abierto para la boca. No.

Henry/ Online now/ 3047 feet away:

«Hola, me gustaría chatear. Soy el de la foto de perfil».