Cosmovisión - Teresita Bertarelli - E-Book

Cosmovisión E-Book

Teresita Bertarelli

0,0
6,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Las doce escritoras de esta Antología son apasionadas lectoras y escritoras que creen en un mundo mejor y en el valor de la palabra. Ellas comparten su cosmovisión, su modo particular de mirar el mundo, a través de la creación de historias, reflexiones y poemas. Así, en su empeño por seducir con las narraciones y los versos, logran en cada texto una delicada costura de palabras, un entramado sutil que penetra en la condición humana y muestra, además, creatividad en la trama, con mirada escudriñadora de las diferentes realidades contemporáneas… De este modo, las historias ponen en escena temas muy variados, personajes reales o imaginados que tiran del hilo de la memoria para evocar espacios de la infancia y de la adultez, los inmigrantes, el amor, la amistad, encuentros, desencuentros, sueños, esperanzas e ilusiones rotas, ocultamientos, traiciones, abrazos y despedidas, colecciones, nuevos comienzos, el dejarlo todo, decisiones difíciles (¿hay decisiones fáciles?), la soledad, la corrupción, la incertidumbres, la bondad y la generosidad, la nostalgia y la tecnología. Narraciones que se animan con lo absurdo, con el humor, con lo romántico, con la nostalgia, que tienen mucho de realismo, algo de ciencia ficción y siempre el fuego de la vida que pugna por defender lo mejor del ser humano. Las autoras tienen algo para contar y urgencia por hacerlo. Y cuentan y poetizan con lenguaje sugerente, con descripciones ricas en imágenes sensoriales, con saltos temporales, con recreaciones de cuentos y microrrelatos, con diálogos que permiten oír a personajes que se nos hacen presencias reales. Y siempre la metáfora, lo sugerente, para que el lector ahonde los intersticios. Realismo, humor, ciencia ficción, romanticismo, absurdo, sensaciones impregnadas por las presencias del ayer y del hoy que han dado una cosmovisión para estar en el mundo. Y eternizar sus historias a través de la escritura.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 136

Veröffentlichungsjahr: 2022

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Cosmovisión / Mercedes Teresa Justa Martínez Ramón ... [et al.] ; coordinación general

de Teresita Raquel Bertarelli. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

172 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-856-1

1. Antología Literaria Argentina. 2. Microrrelatos. 3. Talleres Literarios. I. Martínez Ramón, Mercedes Teresa Justa. II. Bertarelli, Teresita Raquel, coord.

CDD A860

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Tinta Libre Ediciones

El arte de tapa ha sido realizado especialmente para esta antología por la diseñadora gráfica y artista Brenda Martin. Las integrantes del taller “Sentires” y su coordinadora, la licenciada Teresita Bertarelli, agradecemos su generosa y desinteresada presencia al realizar y donar una obra con su técnica y estilo para la tapa de nuestro libro.

Ella acompaña y prestigia Cosmovisión.

Prólogo

Cosmovisión: Manera de ver e interpretar el mundo.

Sinónimos: Concepción del mundo/Mundividencia/Filosofía.

Cosmovisión… vocabloque se enriquece con la página que precede a las producciones de cada una de las escritoras que publican en esta antología. En pocas palabras, se presentan en torno a su perspectiva de la lectura, de cómo leen o interpretan el oficio de escribir, el oficio de vivir, o su modo único de “danzar” en el mundo.

Esta cosmovisión se despliega en reflexiones, relatos, cuentos y poemas y que confirma lo que expresa la estadounidense Joyce Carol Oates: “La lectura es el único medio a través del cual nos deslizamos, involuntariamente, a menudo sin poder hacer nada, a la piel de otro, a la voz de otro, al alma de otro”.Ojalá cada lector/a experimente tal deslizamiento, como ha ocurrido con las autoras a través del contacto con los textos de innumerables escritores que permitieron el debate y la producción escrita de tramas seductoras.

Contadoras de historias. Escritoras. Dedican tiempo a la lectura y a la escritura. Y la certeza de que “vivir sin leer es peligroso, porque obliga a conformarse con lavida” (Michel Houellebecq). “La escritura es como un ejercicio de la memoria; la necesidad de escribir surge de la necesidad de guardar algo que te parece significativo y que no querés que se pierda” (Hebe Uhart). Y cuentan y poetizan con lenguaje sugerente, con descripciones ricas en imágenes sensoriales, con saltos temporales, con recreaciones de cuentos y microrrelatos.

Todo el grupo entrama una cosmovisión, ya porque comparte la lengua y su deseo de desplegarla con originalidad y creatividad; ya por un pasado compartido con historia e historias que las unen, lazos de cercanía y amistad que hermanan a doce mujeres que exploran —con aguda mirada escudriñadora— diferentes realidades del mundo contemporáneo y eligen algo para contar. Tienen algo para contar y urgencia por hacerlo.

De este modo, las historias ponen en escena temas muy variados, personajes reales o imaginados que tiran del hilo de la memoria para evocar espacios de la infancia y de la adultez, los inmigrantes, el amor, la amistad, encuentros, desencuentros, sueños, esperanzas e ilusiones rotas, ocultamientos, traiciones, abrazos y despedidas, colecciones, nuevos comienzos, el dejarlo todo, decisiones difíciles (¿hay decisiones fáciles?), la soledad, la corrupción, incertidumbres, la bondad y la generosidad, la nostalgia y la tecnología. Narraciones que se animan con lo absurdo, con el humor, con lo romántico, con la nostalgia, que tienen mucho de realismo, algo de ciencia ficción y siempre el fuego de la vida que pugna por defender lo mejor del ser humano.

Un libro es una invitación a nuevos descubrimientos. Que la antología permita la cercanía para coincidir o disentir en el encuentro con lo narrado. Y a dialogar con la obra desde el modo personal de ver el mundo…

Cosmovisión es un texto pospandémico. Abrimos los espacios, nos opusimos a los silencios y celebramos las palabras. Siempre. Una vez más, el entusiasmo de estas autoras audaces y luminosas aviva la pasión por las palabras. GRACIAS por acercarnos el fuego de las historias. Y por “la necesidad de guardar algo que te parece significativo y que no querés que se pierda”.

Teresita R. Bertarelli

Licenciada y profesora

Integrantes

Bonura, María Rosa

Curi, Josefina

Gabriel, Clara

Góndolo, Josefina

González Curell, Rosalía

Lopresti, María del Valle

Martínez Ramón, Mercedes

Najlowiec, Olga

Padován, Amalia

Peuser, Esther María

Rizzi, Cristina

Yáñez López, Alicia

Cosmovisión

Alicia Yáñez López

Escribir es una necesidad, un refugio, una evasión, una ilusión en ciernes. Puede ser un tormento reavivando cenizas. Una descarga de ideas que germina en el tiempo. Un cóctel de imágenes que se superponen y el humor que nos rescata sublimando al dolor que ocultamos. Escribir es un salto cuántico en donde se nos está permitido todo… (¡hasta matar a más de cuatro!).

Encuentro mínimo

Salí apurada, como siempre, temiendo llegar tarde. Solo cinco minutos antes atravesé los pasillos a las zancadas, hice la cola correspondiente, me atendieron en ventanilla y de allí bajé al subsuelo, pagué la boleta y volví a subir hasta el hall central, donde al fin me darían el turno anhelado para el estudio. El amplio salón estaba lleno de gente en largas colas; como era mi costumbre conté la cantidad de personas que había por delante, miré el reloj, anoté la hora, a los 10 minutos volví a contar, solo habían avanzado cuatro personas. Saqué la cuenta, tenía para una larga hora de cola.

Se estaba haciendo eterna esa espera. No hay pesadumbre más álgida que la de la “espera”, la odio. Pensaba que la vida era una larga espera. Que siempre estamos esperando algo, o alguien. Que la ansiedad siempre me había carcomido en esa instancia. No sería la única, ni la primera ni la última vez que después de una larga cola me fuera puteando para mis adentros.

Definitivamente “la espera” era insoportable para mí. Me acordé de mi terapeuta y la supuesta pregunta que seguro haría: “¿Cuál fue la peor de las esperas en su vida?, ¿recuerda?”.

Fueron tantas que no podía especificar una en particular; de hecho, siempre repetía: “Quisiera estar dentro de dos años por lo menos”.

Aunque siempre llevaba un libro para esos menesteres y un lápiz empeñado en señalar lo interesante, no lograba concentrarme. Ya había leído y me había comido los cinco caramelos masticables del vuelto del bar. Al borde de pegar la retirada en estampida, de pronto desde un pasillo lateral emergió la figura de una mujer que se abría paso entre la gente, bañada en lágrimas, sin ningún pudor de verterlas, fuera de sí, viviendo una realidad inaguantable que la desbordaba. Venía casi en mi dirección con su mirada perdida y desesperada, con los ojos rojos de haber llorado a mares, sin futuro ni esperanza, demolida y arrasada por la vida, desfalleciente.

Por un segundo me pregunté qué le pasaría. ¿La muerte de un familiar?, ¿su esposo?, ¿un hijo? ¿El diagnóstico infame de una sentencia? No lo sabía, no importaba. Solo percibí que estaba sufriendo, en un estado de total desesperación, absorta en sus sentimientos, como casi fuera de la realidad. Me di cuenta de que para ella no contaba la gente, tal vez ni siquiera era consciente de que la rodeaba una multitud. Pero había dolor en su mirada. Algo se le había perdido a esa mujer y sentí su angustia como propia. Mi mente iba y venía desde su cerebro al mío. Con ondas rojas titilantes. Socorro, socorro, transmitían.

Cuando estuvo a un metro de distancia, di un paso al costado frente a ella, abrí los brazos y se echó en ellos desconsolada. Así estuvimos unos minutos, solo me atreví a acariciar su espalda y decirle despacito: “Llorá, llorá tranquila”.

Se hizo un silencio en el salón de esperas. Sentí como si una fuerza exterior nos succionara subiéndonos en el aire.

A los pocos minutos, me apartó, miró al suelo y dijo: “Disculpe” sin siquiera mirarme, y se fue, con la misma rapidez con que había llegado, hacia la puerta giratoria de la entrada del sanatorio, como una exhalación. Bajó los escalones, se subió a un taxi y partió. En tan breve lapso, las dos perdimos el contacto con la realidad, se nos evaporó el tiempo y el espacio. Como en un vuelo fugaz, intenso, de altura, como si nos viéramos desde algún lugar lejano del universo. Como dos almas errantes, que en la casualidad o la causalidad se encontraron, en un impulso visceral y espontáneo entre los extremos de la desolación y la calma.

Nunca más la vi, no la reconocería, no sé quién era, cómo se llamaba ni qué le pasó. Solo sé que ese momento de fusión con una desconocida se me grabó en algún rinconcito de mi mente como uno de los momentos mágicos, tristemente mágico, pero mágico al fin.

¿Recordará ella aquel instante como yo lo hago cada tanto? Jamás sabremos quiénes fuimos y sin embargo… en esos momentos de revoloteo de almas nos cobijamos ambas en un vuelo de altura inolvidable.

Oficio ad honorem

Recordaba la infancia limpiando cada jaula por mandatos paternos. El patio parecía un zoológico de aves de jaulitas y jaulones coloridas de cantos. Se había convertido en una profanadora de pajareras a la hora de la siesta, decretando el indulto de todo cautiverio. Su padre se pavoneaba con sus amigos y vecinos mostrando su colección como si fueran joyas de la Corona. Mientras ella, su hija, le ponía nombres a uno por uno: Requiebro, Ilícita, Patraña, Flagelo, Malicia, Ramplón o Flete Dominguero.

No faltaba el Negrito Carbón, un tordo que se las traía, ni la reina mora que se llamaba Fedra con un perfume a mitológicas islas griegas. Más de cien nombres, cada uno con su historia personal y única...

Felicitas Romero era una calandria que nunca había cantado en su presidio. Cuando la dejó libre revoloteó un rato sobre su cabeza para posarse en la rama más alta del limonero y le dedicó su primer y último canto antes de tomar su rumbo. Ella se dio cuenta porque, mientras lo hacía, Felicitas la miraba fijo. Si en cada liberado sentía una emoción serena pero intensa, no podía dejar de imaginarse lo que era para el pájaro. Ese placer indescriptible que le producía abrir jaulas y sentir el aleteo del vuelo alto le descargaba una adrenalina que solo la emoción del amor emparejaba, quizá por eso se parecían.

Rasputín y Malicia eran una pareja de torcazas malavenidas que resolvían sus conflictos maritales arrancándose las plumas por todo el vecindario. Con ellos comprendió que cada casa es un mundo y en todas se cuecen habas.

Había también una pareja de mirlos, Tópico y Pamplinas, que cantaban solo cuando estaba por llover. Al cardenal Froilán Tapujo se le había muerto su compañera, ¿sería por eso que no quería salir de la jaula cuando Mariela lo instó a ello? En otra pajarera, debajo de la galería, habitaba la jilguera Tirria con su jilguero que cantaba desafinado a su manera, por eso lo llamó Sinatra.

Amador, el cotorro de La Loren, la cotorra blanca, inquilinos de una jaula matrimonial especialmente diseñada por su padre (“La jaula de bodas”, decía premonitoriamente aquel). Esos dos andaban tan arrumacados que ni se enteraron jamás de que estaban presos. Ella era una cotorra provocadora que alborotaba sus plumas para seducirlo. ¡Como si Amador lo necesitara! Un mediodía su padre lo retó con fiereza para que terminara con esa conducta obscena, dando tan mal ejemplo en la comunidad. Amador dio vuelta la cabeza, miró para otro lado y siguió con lo suyo.

Don Aníbal, su padre, con el berretín de los pájaros se había agenciado de una perdiz de monte traída desde Lobos: Juancito, cuyo nombre legítimo era Cryptarellus tataupa, era un personaje dentro de la jaula grande que asumía sin ambages el liderazgo. Y de una Muscisaxicola albilora conocida con su nombre vulgar como la dormilona, a quien llamó Jaqueca de Recurso porque de dormilona no tenía nada.

Don Aníbal había hecho construir esa enorme jaula de siete metros de lado, la mitad techada y la otra con un mandarino. Allí había de todo: tres capuchinos, cinco pinzones y dos petirrojos, los pericos Paco, Peco, Pico, Poco y Puco, que solo ella y su hermano sabían identificar. En esa jaula era en el único lugar del mundo donde había diamantes al por mayor: Chato, el Picaflor, la alondra Parábola Engorro, un loro barranquero, Braulio Palurdo, que decía una palabra escatológica en cinco idiomas gracias a la esmerada paciencia de su hermano; y por supuesto no podían faltar un montón de cabecitas negras, que volaban de aquí para allá llevando información y chismes faranduleros.

En un amplio jaulón blanco con ribetes rojos vivían veinticinco canarios de todos colores cuyos nombres iban del uno al veintitrés. Todos tenían un cierto aire de superioridad y miraban con disgusto a los habitantes de la jaula grande, siempre tan agresivos y ruidosos. Entre ellos, descollaban Pluscuamperfecto (alias Plus) y Pretérito Imperfecto (Terito); competían con los cantos mañaneros en un dueto magistral, salvo cuando Pretérito pifiaba en una nota de su rango de soprano.

En un hábitat especial, pintado de dorado, estaba Joselito Exordio, el ruiseñor que era la primera figura del patio, el que encabezaba la cartelera y el consentido de su padre, porque cantaba como lo que era: un ruiseñor, sobre todo cuando venían visitas. Lo que no se sabía bien era si era para congraciarse con don Aníbal frente a sus invitados o si estaba pidiendo socorro al extranjero por su cautiverio.

De General Madariaga le trajeron también dos lechuzas superdivertidas a las que apodó Rapiña y Tugurio, y un tero, Caupolicán Chapuzas, que alborotaba el fondo cada vez que sentía el timbre y había que hacerlo callar revoleando una alpargata. Con mostrársela desde la ventana de la cocina, Caupolicán cerraba el pico, memoria emotiva que le dicen, después de la decidida y acertada puntería de su madre.

Mirando a los pájaros enjaulados pasaron los años de la infancia. Mariela y su hermano disfrutaban las tardes debajo de la higuera jugando al Scrabble, munidos de los dos gordos tomos del Diccionario de la Real Academia Española. Cuando una palabra les causaba gracia, ya tenían el nombre del próximo capricho de su padre.

Amaba a los pájaros, pero no así enjaulados, y encima con la pretensión de su padre ¡de que igual canten! Sentía que el patio era un enorme campo de concentración nazi para ellos. Por eso se convirtió en correligionaria de escapes cinematográficos, lugarteniente de la independencia y adalid de las fugas aéreas y siesteras. Los pájaros tomaban posesión del espacio infinito, con un ritual causal de liturgias secretas en aquel cielo magistralmente poblado, donde el vuelo incuba a la melodía y la música estalla en cada huida programada con la frágil inocencia de las aves.

Cada liberación, individual o masiva, era una fiesta. Le quedaba en los ojos la imagen de la anchura de lo libre, le aleteaba al oído como la Marsellesa, estallaba en el pecho una llamarada ígnea, esa impronta gratificante de haber hecho algo tan simple como abrir una jaula y percibir la alegría de los pájaros que se quedaban revoloteando cerca por un rato, como agradeciendo el gesto para después fijar la nueva ruta.

Tenía un cuaderno donde iba anotando los nombres de las posibles fugas con sus días más propicios (mientras don Aníbal dormía la siesta). Allí, registraba cada evadido con la fecha de los que habían logrado transponer los barrotes. Era propiamente como la lista de Schindler de este lado del océano.

Había dejado a Fedra para el final, la reina mora, no por capricho, sino por lo que representaba. En su patio no había privilegios para nadie, ni plusvalías, ni prebendas, ni la pluma más bella podría sobornarla. Sería la reina la última en huir después del vasallaje, por decreto de urgencia de la mayoría populachera. Aquel batir de alas se quedó en su memoria. Nunca entendió el capricho de aprisionar el canto.

Por eso, borracha de rebeldías fácticas, la abridora de jaulas se perpetuó en su cargo. La embriagaba el rumor de alas, la sinfonía de vuelo, el sincopado reino de la libertad. ¡Y reunió el conocimiento, la observación de experiencias, una intuición felina y cierta filosofía transgresora que nunca pudo ni quiso abandonar! Ese empeño, pese a los tropiezos, y su aguda mirada permitieron el perfeccionamiento de estilos diferentes.

Supo desde pequeña que no sometería su existencia maltrecha a vivir en la trampa de las jaulas doradas. Tal vez por eso llegó hasta la vejez huyendo de ellas.

Aprendió muy temprano el oficio ad honorem de las alas abiertas resistiendo el embate de las tentaciones múltiples que ofrecía la ciudad.