CRIANZA 3.0 - DIEGO A. SANTOS - E-Book

CRIANZA 3.0 E-Book

DIEGO A. SANTOS

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Beschreibung

De lunes a domingo, desde que Vanessa de la Torre, su esposa, lo despierta antes de las 5 a.m. para que saque a los perros a dar su necesaria vuelta al árbol de siempre, el periodista Diego Santos reconstruye las peripecias, experiencias y anécdotas (unas divertidas, otras, no tanto pero bien llevadas por su astucia como papá) en torno a su vida en familia y, en especial, a la difícil tarea de la crianza de sus dos hijas, Raquel y Carlota; si bien son dos niñas que apenas están por comenzar su adolescencia, han sumergido a este par de esposos en complejas situaciones y dilemas, producto de la sociedad digital en la que han crecido y por la cual hoy su padre es altamente reconocido, primero como columnista de EL TIEMPO enfocado en su tema 'obsesivo' (por si las dudas, es la tecnología) y como microinfluenciador de redes sociales (en especial, de Instagram, en donde su arroba: diegosantoscaballero tiene una gran comunidad de 67.200 seguidores).

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Seitenzahl: 114

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Crianza 3.0

© 2023,Diego Santos

© 2023, Intermedio Editores S.A.S.

Primera edición, mayo 2023

Edición

Pilar Bolívar Carreño

Equipo editorial Intermedio Editores

Concepto gráfico, diseño y diagramación

Alexánder Cuéllar Burgos

Equipo editorial Intermedio Editores

Imagen de portada

Diego A. Santos

Intermedio Editores S.A.S.

Avenida Calle 26 No. 68B-70

www.eltiempo.com/intermedio

Bogotá, Colombia

Este libro no podrá ser reproducido,

ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.

ISBN:

ISBN: 978-958-504-105-9

Impresión y encuadernación

Diseño epub:

Hipertexto – Netizen Digital Solutions

CONTENIDO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1

Un lunes cualquiera

CAPÍTULO 2

Un martes peculiar

CAPÍTULO 3

Un miércoles en Nueva York

CAPÍTULO 4

El jueves judío

CAPÍTULO 5

Un viernes de psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas

CAPÍTULO 6

Un sábado ( x 1000) en las playas de San Andrés

CAPÍTULO 7

Un domingo de gracias

A Raquel

Mi sol

A Carlota

El amor de mi vida

Popeta

Gracias por luchar incansablemente

por esta familia. Usted lo es todo aquí.

A mi mamá

La que me dio alas

Y quien siempre me dijo que leyera y escribiera

A mi abuelo y a mi papá

Quienes nunca soltaron un libro

A Adri

Mi hada madrina

A las Popefanáticas

Porque este libro es gracias a ustedes

 

El que avisa no es traidor

Un genio

Nota del autor:

En estos tiempos de decrecimiento,

les advierto que corren con el enorme riesgo

de decrecer su conocimiento leyendo este libro.

INTRODUCCIÓN

Libros sobre crianza hay miles. Profesores, pedagogos, psicólogos, economistas, doctores y un largo etcétera de profesionales, con diplomas de verdad, no como los que dicen tener nuestros políticos, nos han dejado un dosier infinito de cómo criar a nuestros hijos.

No obstante, a la luz de los resultados de esa crianza, y a juzgar por el comportamiento actual de los menores, aquellos padres que compraron alguno de esos libros, pareciera que los utilizaron para nivelar una mesa de noche coja, porque de leerlos e interiorizarlos, más bien poco. Pero no seamos injustos, así los hubieran leído, criar a la generación actual de menores es más complejo que sacar al chavismo de Venezuela.

Y es que en este mundo 3.0 que nos ha tocado como papás, en el que nuestros hijos han crecido rodeados de celulares, tabletas, videojuegos y un sinfín de herramientas y productos concebidos por y para digital, aún no se ha escrito ese libro que sea la biblia para los progenitores contemporáneos, algo así como el Quijote de la Crianza. Hasta hoy.

En sus manos tiene usted esta joya de la educación, el Quijote que muchas y muchos de ustedes estaban esperando, un libro que romperá en dos la historia de la educación de nuestros niños. Ni el presidente Gustavo Petro se comprometió a tanto.

¿Y este man tan pretencioso quién es?, se estarán preguntando. ¿Soy un pedagogo, un experto en educación, he dirigido algún centro relacionado con la materia? No, ninguna de las anteriores, pero en los tiempos que corren, en los que hasta una filósofa puede ser ministra de Energía, ¿por qué un padre de dos hijas no va a poder escribir el libro del siglo sobre educación?

Siendo así, allow me to introduce myself. Qǐng yǔnxǔ wǒ jièshào yīxià zìjǐ. En inglés y en chino quise decir permítanme presentarme. Soy Diego Santos. En realidad, Diego Alejandro Santos Caballero, cédula de ciudadanía 79.XXX.XXX, de Bogotá. Sí, vengo de esa época en la que las mamás pensaban que ponerles dos nombres a los hijos brindaba estatus, y no se daban cuenta de que era una oda al mal gusto y la perfecta antesala para ser víctima de bullying años después.

Soy el papá de Raquel y Carlota. A secas. Nada de Raquel Amanda o Carlota Antonieta. Los papás modernos, afortunadamente, aprendimos de las pifias de nuestros viejos. Raquel tiene diez años. Carlota, ocho. Son lo que hoy se denominan centennials. Son, con cierta regularidad, insoportables. No digo inmamables porque en este mundo de cristal, y de un estado de sensibilidad permanente a flor de piel, no quisiera exponer a la editorial a una demanda o a que unos desadaptados, que tanto abundan ahora, quemen sus instalaciones. Pero aquí entre nos, son unas culicagadas inmamables.

El cómo he hecho para sobrevivir una década junto a ellas daría para otro libro, pero el asunto que aquí nos convoca es cómo un papá, normal y corriente, despelotado e irresponsable hasta cierto punto, junto con una mamá alegre, inteligente y decidida, aunque un tris intensa, hemos ido moldeando la educación de nuestras hijas en medio de esta complejísima, y hasta peligrosísima, telaraña del mundo digital. Súmenle a eso el hallar una forma racional y no juzgadora de explicarles las canciones de Karol G, en las que se ‘come’ a medio mundo, o las de Maluma, a quien le encanta que le den en cuatro.

A mediados de 2022, la editorial Intermedio me contactó. Querían que escribiera un libro. Yo muy emocionado pensé que finalmente podría hacer una novela japonesa. Pero no. La editorial, Misael y Pilar, tenían otros planes. Según ellos, desde que creé mi cuenta de Instagram (@diegosantoscaballero) en 2018, mis hijas se volvieron una pequeña sensación en redes y bien valdría la pena, me argumentaron, que valdría la pena contar la experiencia que hemos tenido educándolas.

Aquí entre nos, yo las veo muy normalitas, la verdad.

Debo decir, eso sí, que a lo largo de los últimos años, muchas seguidoras me han formulado preguntas varias sobre ellas, sobre nuestra relación: ¿Cómo hicimos para que leyeran tanto? ¿Cómo las hemos tenido alejadas de la tecnología, de los celulares, de las tabletas? ¿Cómo logramos que sigan jugando a las muñecas y a los disfraces? ¿Cómo compartimos el tiempo con ellas con tanto trabajo sobre la mesa? ¿Cómo las hemos ayudado a desarrollar una personalidad contestaria en un mundo en el que cada vez se cuestiona menos? ¿Cómo hemos lidiado con las peleas de pareja enfrente de las niñas? ¿Cómo hemos hecho para que tengan unas personalidades tan arrolladoras? ¿Cómo hablamos de temas espinosos como el sexo y las drogas? ¿Y por qué las llevamos a todos los sitios donde viajamos? ¿Tenemos miedo del futuro?

Este libro podría escribirse como una entrevista: pregunta, respuesta, pregunta, respuesta, pero despertaría más entusiasmo un paseo con la madrastra. Así que haciendo uso de las libertades que me otorgó Intermedio, he optado por narrarles una semana en mi casa, una semana cualquiera, en la que pasa de todo y, a la misma vez, nada pasa.

Y es que para entender la dinámica de una familia, para comprender muchas cosas, se debe conocer ante todo su cotidianeidad. Es en los detalles donde uno se forma una idea más precisa de a quien observa o estudia, porque no nos mintamos, en Instagram ponemos la vida que queremos mostrar, pero no necesariamente la que tenemos. En Instagram abundan los vendedores de humo, personas que compensan ciertas falencias emocionales publicando fotos, videos o historias donde muestran un mundo paralelo al suyo, que no es del todo real. Pero bueno, eso es harina de otro costal, de la que hablaremos más adelante, así que entonces, sin más preámbulos, comencemos con la vida diaria de Vanessa y Diego, los papás de Raquel y Carlota, más conocidos como ‘los Popetos’. Como diría un programa de Animal Planet, si observan de cerca el comportamiento de los papás gorila, sabrán cómo se desarrollaron sus gorilitas.

Sean pues bienvenidas, y bienvenidos, a este pequeño universo de ‘los Popetos’, una familia tan normal, caótica y genial como seguramente lo es la de ustedes. Aquí no busco enseñarles sobre cómo criar a sus hijos, en realidad, sino contarles como crío a las mías para que no cometan los mismos errores. Por demás, ojalá este libro les sirva para despachar a sus niños de la casa a los 18 y puedan recuperar la felicidad de pareja que perdieron cuando esos terremotos llegaron a sus vidas.

CAPÍTULO 1

UN LUNES CUALQUIERA

Duermo plácidamente. Estoy en un crucero por el mar Adriático con Paulina Vega. El sonido de las olas, arrullador e imponente, en medio de una noche cálida y despejada, son el complemen…

—Popeto, saque los perros a la terraza—, me dice una voz anodina.

—Popeto—, vuelvo a oír esa voz, que no es la de Paulina.

—Ita está que se hace pipí y popó. Usted la compró, así que responsabilícese de su perrita—. (¿Hay algo más insidioso que ese “responsabilícese”?)

Son las 4:57 de la mañana. Son mis buenos días. Nunca imaginé que a mis 43 años iba a estar levantándome a las 5 de la mañana para sacar a un perro a hacer popó. De hecho, no uno, sino tres. ¡Tres perros! ¿En qué momento me dejé meter semejante golazo, yo, Diego, a quien no le gustan ni cinco los animales? (Creo que hasta aquí leyeron las animalistas mi libro. Ojo, que no hay devolución de la plata).

En fin, hace rato, tras más de diez años de estar junto a Vanessa, aprendí que el éxito de una relación pasa, sobre todo, por hacerle caso a la señora. Así que los saqué.

—Pope, no haga ruido—, me dice la anodina voz consciente de que los de la bulla son los tres perros y no yo, un ser humano que sabe no hacer ruido. Salgo. Abro la terraza y arranca el concierto de micción y defecación. Como si no les bastara, se orinan el uno al otro, pisan su propio popó y pipí, y por si fuera poco, repiten. ¡Qué privilegio el mío! Deben odiarme. Yo los odio, pero me comí el cuento de Vanessa de que para el desarrollo de los niños es muy importante la presencia de un animal en la infancia. Y si son tres, pues el triple de beneficioso, me imagino. Paulina no tiene perros. Les limpio las patas con pañitos húmedos antes de volver a entrar al apartamento. No hago ruido.

—Por favor, Diego, son las 5 de la mañana. ¿No puedes ser más cuidadoso con el ruido?— Guardo silencio.

Son las 5:15 a.m. Ya no tiene sentido acostarse para levantarse nuevamente a las 6, que es la hora a la que Vanessa, periodista de Caracol Radio, inicia sus labores al aire. La verdad no sé qué es peor, si encargarse del trío de perros, o tener a una esposa que comienza a trabajar, de lunes a viernes, a las 6, cuando suena el himno nacional en todas las cadenas radiales del país. Salgo del cuarto, sin hacer ruido, por supuesto, y voy a recoger los periódicos que me dejan debajo de la puerta –EL TIEMPO, El Espectador, La República y Portafolio–. Es mi día de descanso de los entrenamientos de la semana, así que me devuelvo a la cama, con mis periódicos, y los leo. Son las 6:45 a.m., hora en la que debo despertar a las niñas para prepararlas para ir al colegio.

—Niñas, buenos días—, les digo con mucho cariño mientras abro la puerta y no enciendo la luz. Hace rato ambas me prohibieron que la prendiera. Según Raquel y Carlota, es un acto agresivo para arrancar el día. ¿Qué se creen? ¿La realeza británica? ¿Los perros consentidos de Paris Hilton? ¿Son topos que no pueden ver la luz, o qué? A mí, mi mamá me prendía la luz, corría las cortinas y ponía música de plancha a todo volumen para levantarme. Porque sí. Y pues aquí me tienen, muy normalito.

—Niñas, buenos días—, les repito cariñosamente. Raquel se tapa la cara y hace unos ruidos. Carlota, esa niña que es el dulce en persona, se gira y me da la espalda.

—Niñas, por tercera vez, buenos días—, digo esta vez con tono menos cariñoso, pero sin exaltarme, faltaría más. La última vez que les grité para despertarse, terminé yendo a una terapia para controlar la irritabilidad.

—Gritar no es la manera de educar a las niñas, Diego—, me dijo la terapista en aquel entonces cuando le conté que me hervía la sangre el despertar a las niñas.

—Pero si no hacen caso, ¿qué hace uno? ¿Premiarlas?—, le respondí algo enojado pensando que seguramente esa tramadora no tenía hijos.

—Acostumbrarlas a ser tratadas con gritos abre las puertas para que ellas se dejen gritar en el futuro por sus parejas, y se aumentan las posibilidades de que caigan en relaciones abusivas—, me respondió tajante.

—Tiene sentido, doctora. Vanessa ya me había dicho eso, pero ella sí les grita a veces—

—La mamá es la mamá—

—¿Y el papá, no?—

—El papá es el referente, es la guía, y como tal, debe comportarse—, sentenció de forma brusca para que yo dejara de decir idioteces.

—Niñas, buenos días. ¿No se van a levantar?—, les insisto desesperado, pero con una voz entre dócil, vencida y pusilánime. —Maldita doctora—, pensé.

Y nada. Ni a las buenas se levantan estas futuras e insolentes anarquistas.

—Niñas, es la quinta vez que les digo que se levanten. En serio, no más—

—No papá. Nos has dicho buenos días, pero no que nos levantemos—, me responde Carlota aún dándome la espalda.

—Niñas, ¿será entonces que se pueden levantar, por favor? La ruta las va a dejar —dije. —Y si las deja, va a volar mierda al zarzo—. Esta última parte de la mierda al zarzo la pensé para mis adentros. Pero qué ganas de decírsela.

—Claro papi, ya mismo—, dice Raquel. Finalmente, Carlota sale de la cama y Raquel, como siempre, mareando la perdiz, se queda un rato más haciendo pereza.

Supongo que esta es la situación que muchos viven en sus casas y que nosotros, como papás, encontramos inexplicable que tan insignificante momento de la mañana sea una interminable batalla contra los hijos. Si se hicieran estudios sobre la materia, un hallazgo sería que los papás perdemos de tres a cinco años de vida por cuenta del suplicio al que nos someten esas caspas que concebimos. Ahora bien, esto es un generalizado defecto de fábrica, y como tal, lo debemos asumir.