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Mantícoras, basiliscos, grifos, serpientes acuáticas, calamares descomunales, faunos, ogros y otros monstruos y criaturas inauditos pueblan las páginas de este ameno y riguroso ensayo. Desde la Biblia hasta nuestros días, el avistamiento de criaturas ignotas ha sido una constante. Pero ¿qué hay de cierto en todo ello? Hoy sabemos que los griegos enterraban como cadáveres de gigantes y héroes lo que, probablemente, no eran más que restos de animales prehistóricos extinguidos. También ha quedado probada la existencia de calamares de hasta cuarenta metros de longitud en las profundidades abisales. Todo esto, y mucho más, constituye el objeto de estudio de esta joven y fascinante ciencia denominada «criptozoología», la ciencia de los cazadores de monstruos ocultos…
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Seitenzahl: 664
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Rafael Andrés Alemañ Berenguer, 2010
© De la presente edición: Editorial Melusina, s. l.
www.melusina.com
Diseño gráfico: Jordi Llobet
Primera edición: 2010
Reservados todos los derechos
Fotocomposición: Víctor Igual, s. l.
ISBN: 978-84-10414-17-4
contenido
Prólogo
Introducción
1. Exploradores y zoólogos
2. Del mito a la realidad
3. Las serpientes marinas
4. Catálogo de monstruos
5. El enigmático lago Ness
6. Monstruos de agua dulce
7. Náufragos de la prehistoria
8. Homínidos en el Himalaya
9. Criaturas de los bosques
10. Especies ignoradas
11. ¿Existen los monstruos?
Anexo: El caso Zuiyu Maru
Agradecimientos
Recursos online
Bibliografía
A mi padre, Rafael Alemañ Pacheco, quien me enseñó que los verdaderos tesoros se esconden siempre más allá del horizonte.
Prólogo
La humanidad a lo largo de los tiempos ha deseado saber más allá de la propia realidad, intuyendo secuencias que son, sin duda, parte indispensable de nuestra propia evolución intelectiva. La noche y su oscuridad se encargan de crear esa miscelánea de temores y misterios, conculcando lo desconocido y los enigmas en un sinfín de relatos y leyendas. Sin embargo, esas recreaciones escritas y citadas en cualquiera de los tiempos son más que un ensoñado pensamiento; la antesala de una realidad que supera en muchos casos el guion de los más atrevidos relatos, aportándonos con el tiempo, en muchas ocasiones, las más increíbles y firmes evidencias.
La noche, esa profunda y temerosa atmósfera que nos hace volar la imaginación, esa noche terrena dada por la falta de la luz solar, no es nada comparada con esa otra noche perpetua, eterna que es la del inmenso mar, la del gran océano, sumidos por debajo de los trescientos metros. Tenemos un planeta con nombre equivocado, llamado Tierra. Por el contrario, esta esfera peculiar que gira y gira, y nosotros con ella, tiene el setenta por ciento de su superficie compuesta por agua y con la nada desdeñable profundidad media de tres kilómetros. ¿Cómo no entender la leyenda en un mundo así... donde incluso hoy somos incapaces de escudriñar ese inmenso azul sin poder responder a sus múltiples incógnitas?
Es posible que aun en el caso de saberlo todo, en la atrevida creencia de saberlo, no sepamos nada más que aquello que alcanzamos a entender; más allá de la propia comprensión de la que somos capaces, aún nos espera la más firme de las sorpresas, la sorpresa infinita, continua de la vida. Cualquier sueño tiene fundamentos reales fielmente establecidos, al igual que cualquier forma idealizada de vida o comportamiento, existe superando con creces lo imaginado. La ciencia evoluciona con los tiempos, aportando la fidelidad de la razón y, en muchas ocasiones, esa razón desenmascara lo que antaño fuera leyenda o trama, misterio o invención intencionada. La ciencia participa a la sociedad del rigor de la verdad, de la verdad que hoy existe por la probatoria reiterada de una causa, de un concepto, de un motivo o de una acción.
Esta obra, sin duda, crea la pregunta del misterio, ofertando con esmero las bases para el pensamiento, para el raciocinio y para que el conocimiento infunda en nosotros la posible respuesta. Es cada página una forma indiscutible de adentrarnos en los misterios y en la realidad increíble, pero que en múltiples ocasiones existe. Es un aporte didáctico de lo que nos rodea —desconocido o no— y de qué somos los humanos en la búsqueda de nuestros temores internos.
Yo, que desde hace tiempo navego en un mundo enmascarado de dudas, escudriñando seres singulares que hasta hace escasos años pertenecían a la categoría de lo solo imaginable, descubro paso a paso la sublime sensación de que por más que algo me imagine, ese algo ya existe, aunque sea desconocido; lo único que aun queda es el reto decidido de encontrarlo. Habiendo dedicado mi vida a los kraken y a tantos seres que dominan los abismos, buceé en los contenidos de este libro, Criptozoología. Cazadores de monstruos, como si de una aventura se tratase, porque en realidad la fiel transcripción de cada página denota el compromiso de su autor, Rafael Andrés Alemañ Berenguer, para dar luces en la sombra, para deleitarnos con destreza en el arduo compromiso de descubrir la vida, la singular vida y nuestra forma de entenderla.
Felicidades al autor, Rafael Alemañ, por tan complejo trabajo de recopilación, investigación y rigor.
luis laria
Introducción
Desde sus orígenes, la existencia del ser humano se halla indefectiblemente ligada a los animales que con él comparten el planeta Tierra. De ellos obtuvo originalmente el alimento y el vestido, construyó con sus huesos utensilios de caza, e incluso llegó a domesticar una importante cantidad de especies que ya para siempre quedaron a su servicio. Nada hay, pues, de extraordinario en su afán histórico por conocerlos y dominarlos en la mayor extensión posible. Averiguar el género de animales que poblaban el entorno, estudiar sus costumbres y saber cómo adaptarse a su presencia constituían factores clave en la formación de las primeras comunidades civilizadas.
La decisiva importancia de la relación entre el hombre y los animales se ve reflejada, asimismo, en la plétora de mitos con que las viejas civilizaciones narraban el nacimiento de la humanidad. El Antiguo Testamento judío relata:
Y Yavé Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y aves del cielo formó de la tierra, para ver cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo y a todas las bestias del cielo... (Gen. 2, 19-20).
Este fragmento bíblico puede tomarse como un lejano anticipo de la labor llevada a cabo por aquellos científicos entregados a catalogar y clasificar los diferentes seres vivos de acuerdo con sus formas o sus actividades. Esa es, en una primera y sencilla aproximación, la tarea de la zoología. Los zoólogos, por tanto, son los investigadores especializados en estudiar y agrupar a las criaturas vivientes según un cierto criterio biológico. Resulta imposible conocer con toda certeza quiénes fueron los primeros individuos que se dedicaron sistemáticamente a esta misión, pero es seguro que se pierden en la noche de los tiempos. Gracias a estos pioneros y a todos los que les siguieron con el transcurso de los siglos, disponemos hoy de un catálogo bastante preciso de la inmensa riqueza biológica que contiene nuestro pequeño planeta.
Sin embargo, sería demasiado ingenuo creer que la moderna zoología científica ha desentrañado definitivamente todos y cada uno de los misterios que encierra nuestro mundo. La perseverancia de la vida por arraigar en los ambientes más insospechados es asombrosa, y continuamente nos sorprende con descubrimientos de especies insólitas capaces de sobrevivir en las condiciones más extremas. Las bacterias que viven en los bordes de los cráteres submarinos al calor de las emanaciones sulfurosas, o las Pseudomonas radiodurans, encontradas en el interior de los reactores nucleares, son tan solo unos pequeños ejemplos de ello. Por otra parte, crece el número de especies ignoradas que se descubren y clasifican todos los días, especialmente entre los insectos, los moluscos y otros tipos de invertebrados.
Pero ¿qué ocurre con las criaturas de mayor tamaño que una hormiga?; ¿siguen apareciendo ante los ojos de los zoólogos especies desconocidas de animales grandes? A decir verdad, no parece que sea así, aun cuando esta sensación resulte engañosa, como veremos en el transcurso de nuestro relato. Todavía restan considerables regiones del globo por explorar, áreas cuya superficie supera a la de muchos países y sobre las cuales apenas ha pisado nunca el ser humano. La cuestión entonces se hace obvia: ¿no podría situarse allí la guarida de bestias inimaginables, o de algunas que ya creíamos extinguidas? Este es el interrogante que pretende responder la criptozoología (del griego criptos, «secreto, ignoto»), abordando la investigación de la posible existencia de animales hasta ahora tenidos por imaginarios o desaparecidos.
Podría parecer que este es el objetivo natural para realizar por la zoología ordinaria, y que resulta innecesario, por consiguiente, inventar un nuevo término para designar tales indagaciones. En la práctica, las cosas no funcionan de una manera tan sencilla. Buena parte de los indicios de que disponemos sobre las supuestas especies desconocidas son parciales, confusos y de dudosa fiabilidad. El peso de las leyendas, los errores, las tergiversaciones deliberadas e incluso las fabulaciones de lunáticos constituyen un lastre que no todos los zoólogos están dispuestos a afrontar. El riesgo de verse enredados en patrañas que los ridiculicen ante sus demás colegas ahuyenta de este campo a la mayoría de esos profesionales. Los zoólogos suelen juzgar —generalmente con acierto— que sus carreras científicas se hallan mejor resguardadas si se limitan a las tareas habituales de su especialidad, antes que embarcándose en aventuras azarosas, inseguras y poco prestigiosas.
Aun así, un ligero vistazo a la casi infinita variedad de especies animales diseminadas por el globo acaso consiga que la posibilidad de seres insospechados se nos antoje menos extraña de lo que cabría esperar. Pese a que la mayoría de nosotros no lo sepamos, a unos mil quinientos metros bajo al superficie de las aguas marinas vive el Vampyrothoutis infernalis, un pequeño molusco negro —pariente lejano del calamar— con ojos encarnados, numerosos tentáculos, y una boca repleta de blancos y afilados dientes. La forma de este curioso carnívoro subacuático es achatada (cuatro centímetros y medio de largo por unos dos de ancho), aunque la inaccesibilidad de su hábitat ha dificultado las investigaciones sobre su ciclo vital y sus costumbres.
Otra de las rarezas que nos reserva la zoología menos conocida de nuestro mundo se encarna en la Opistoglypha, una serpiente asiática voladora. En realidad, no vuela, sino que planea gracias a su capacidad para flexionar las vértebras que articulan su cuerpo, aplanándolas y aumentando su superficie ventral efectiva. Esto le permite deslizarse desde la copa de un árbol en un grácil planeo espiral hacia el suelo en cuanto ve a una presa apetecible. Este ofidio es del todo inofensivo, especialmente si lo comparamos con los escorpiones de entre 1,5 y 2,75 metros que caminaban por la tierra hace 350 millones de años, de acuerdo con el registro fósil. Y junto a estos extremos media toda una inmensa gama de formas vivas: animales que se camuflan de plantas y plantas que semejan animales, seres con tentáculos que parecen plumas, otros que atraen a las presas con sus vivos colores y exudan venenos paralizantes, plantas carnívoras, peces voladores y un sinfín más de criaturas sorprendentes.
Las líneas de investigación provechosa en la zoología convencional no faltan en absoluto. La morfología y la anatomía comparada han sido el pilar tradicional de esta ciencia, ahora reforzado por la introducción de modernas técnicas microscópicas y bioquímicas. Con estas herramientas se trata de correlacionar la estructura y la función en diferentes niveles de organización del animal, a partir de los principios generales de la evolución biológica. Desde una perspectiva más amplia, la ecología regula las influencias mutuas entre las especies vivas, y la interacción de todas ellas con el entorno en el que habitan, creando en conjunto una red de interconexiones de riquísima complejidad. Dentro de la zoología aplicada, la zootecnia gana progresivamente mayor interés por sus comprensibles implicaciones económicas, puesto que estudia la mejora y aprovechamiento de los animales domésticos mediante cuidadosos estudios genéticos.
En mundo tal apenas hay cabida para la esperanza de encontrar grandes animales todavía desconocidos, si no es el reino de la fantasía y el subconsciente del género humano. Allí se guarecen los monstruos de aspecto reptiliano, los ogros velludos, las fieras descomunales y toda clase de trasgos espantosos. Nadie puede dudar que la humanidad ha contemplado siempre a estos seres con una mezcla de terror y fascinación, como atestigua fielmente la literatura de todos los tiempos. La figura del dragón, por ejemplo, se alza en las leyendas de Occidente como la encarnación de las potencias maléficas, simbolizando al diablo en la religión cristiana. La cultura oriental, por el contrario, considera que los dragones, al igual que los hombres, pueden ser tanto malignos como bondadosos, y no se tiene de ellos una percepción tan negativa como en el otro hemisferio.
El hombre salvaje, medio humano, medio bestia, que vaga por la espesura de los bosques o por cumbres inaccesibles, tampoco puede faltar en nuestro imaginario colectivo sobre monstruos. Su papel parece ser el de recordarnos el componente salvaje que anida profundamente —y a menudo no tan profundamente— en el alma del ser humano de apariencia civilizada. Nuestros instintos salvajes se manifiestan con harta frecuencia de manera indeseable, y de ahí el escalofrío que nos recorre cuando posamos la mirada sobre el monstruo simiesco y cavernícola surgido en multitud de ficciones literarias. Cuando contemplamos su furibunda bestialidad nos abismamos a la vez en una de las simas más oscuras de nuestra propia naturaleza.
Pero nos engañaríamos si pensásemos que todas las reacciones son de rechazo. En el ser humano el espanto encubre no pocas veces una emocionada complacencia, lo que explica el éxito de los cuentos de terror en todas las épocas y culturas. Admiramos el poder desatado de las fuerzas naturales, nos sobrecogemos ante el espectáculo terrible de un océano embravecido o de un volcán en erupción. ¿Y qué poderío más admirable que el de una fiera colosal nacida en las entrañas más ignotas y salvajes de una naturaleza que creíamos dominada?
Cuando observamos el mundo con ojos infantiles nos parece que todo a nuestro alrededor espera ser descubierto, precisamente por el hecho de que somos nosotros quienes estamos descubriendo el mundo. Es la edad en la que cualquier paseo promete ser el inicio de una aventura portentosa, y tras cada esquina se esconden maravillas inimaginables. Por suerte o por desgracia, los niños crecen hasta convertirse en adultos, desvaneciendo la magia que envolvía un mundo supuestamente inexplorado. Se nos dice que ya no hay remotas selvas por atravesar, no hay regiones del globo en espera de un explorador que las recorra por vez primera, ni el fondo de los mares encierra secretos para batiscafos y submarinos. El hechizo apasionante de las posibilidades infinitas que se nos antojan abiertas en la niñez se ve sustituido por la sosegada racionalidad de un planeta bien cartografiado. Y la mayoría de nosotros nos limitamos a vivir al abrigo de tan tranquilizadora convicción, absorbidos por las urgencias de nuestra vida cotidiana.
Otros —muy pocos— no se conforman con ese estado de cosas. Poco a poco toman conciencia de que en la superficie terrestre sí existen regiones en las que los seres humanos nunca, o muy raramente, deciden entrar, ya sea porque carecen de riquezas naturales que las hagan comercialmente interesante, o porque el coste de buscarlas resulta prohibitivo, nadie se preocupa por visitar esas zonas. Y los fondos oceánicos tampoco han sido escudriñados hasta el punto de poder descartar con seguridad cualquier nuevo descubrimiento futuro. Es más, algunos de los individuos que por azar han bordeado los lindes de tales regiones terrestres o subacuáticas afirman a veces haberse topado con criaturas tan ignoradas como los lugares en los que habitan.
Y de súbito todo el romanticismo mágico de la niñez vuelve de golpe, con promesas de aventuras, esta vez verdaderas, que inflaman nuestra imaginación. Todavía parecen quedar retos auténticos para el aventurero, para el explorador que ansía arrancar los últimos secretos —quizás realmente los últimos— que atesora nuestro planeta. Este afán no está exento de peligros. Los indicios pueden ser erróneos, los relatos acaso sean quimeras o elucubraciones infundadas. Pero para quien se compromete con la búsqueda de la verdad por los vericuetos menos trillados, el riesgo le parece digno de arrostrarse. Ese es, al fin y al cabo, el camino de los criptozoólogos.
Semejante atracción explica la copiosa bibliografía —casi toda en inglés— que ha generado este fascinante asunto. Lamentablemente, la inmensa mayoría de los libros publicados al respecto se agotan en el relato anecdótico de presuntos encuentros con criaturas asombrosas, sin adentrarse en las posibles interpretaciones ni articular una hipótesis que relacione unos hechos con otros en un cuadro coherente. Tan solo se busca el reclamo comercial que seduzca al posible lector con un desfile de sugerencias —dado que se carece de pruebas tangibles— sobre la existencia real de seres fantásticos.
Este libro, con todas sus eficiencias y limitaciones, pretende ser algo más. Junto con el relato puntual y documentado de los indicios en los que se apoyan los criptozoólogos que mejor dicen representar su disciplina, trataremos de analizar la evidencia sin prejuicios de uno u otro signo. Nuestro objetivo será perfilar siquiera una estimación de la verosimilitud de tales narraciones, examinando la posibilidad de que los seres allí referidos existan realmente. No aspiramos a obtener una respuesta definitiva, sino tan solo a plantear correctamente las preguntas. Porque, como los buenos viajeros, tanto o más que el destino de nuestro viaje, nos deleita el rumbo escogido para llegar a él.
Y veremos si, a pesar de todo, es cierto que se abre paso poco a poco un abultado cúmulo de indicios, pistas y evidencias parciales que sugieren cada vez con más fuerza la presencia de multitud de criaturas relegadas hasta el presente al reino del mito y la fantasía. Desde los monstruos subacuáticos de mayor envergadura hasta los humildes mamíferos encontrados en las selvas de Indochina, todos los seres vivientes que todavía hoy permanecen envueltos en el misterio para nosotros esperan el día en que puedan salir finalmente a la luz reclamando el lugar que les corresponde en un mundo al que por derecho pertenecen, y del que habían sido expulsados por el mito y la superstición.
1. Exploradores y zoólogos
El estudio de los animales, de su anatomía y su comportamiento es quizás una de las más antiguas actividades llevadas a cabo por las civilizaciones humanas. Lo que hoy conocemos como «zoología» se funde en la Antigüedad con la historia natural en su más amplia acepción, incluyendo ahí —con desigual fiabilidad— los relatos de los peregrinos llegados de lejanas tierras, las observaciones directas de los granjeros y las deducciones de los primeros filósofos.
Entre estos, el genuino fundador de lo que hoy entendemos como ciencias naturales fue el griego Aristóteles, quien recopiló en una obra monumental la práctica totalidad del conocimiento biológico de su época. Apoyándose en las observaciones realizadas por sus antecesores (en especial, los filósofos de la escuela de Mileto), sus trabajos en el terreno de la biología resultan aún hoy dignos de admiración por la precisión de sus descripciones, la minuciosidad de sus detalles, la agudeza de algunas de sus puntualizaciones, así como por la flexibilidad que para su tiempo mostraban las subdivisiones y clasificaciones introducidas en su catálogo de la vida animal.
Las investigaciones biológicas de Aristóteles se recogen en una serie de volúmenes que constituyen una obra unitaria, cuyos temas difícilmente pueden desligarse entre sí. Los libros que con mayor propiedad versan sobre lo que hoy entendemos por zoología son: Historia de los animales (que, por su contenido, más bien debería denominarse «Observaciones» sobre los animales), Partes de los animales, Generación de los animales, Movimiento de los animales, Marcha de los animales, y algunos pequeños tratados de historia natural.
El primero de ellos es una especie de compendio general que proporciona observaciones y argumentos para la elaboración de los demás libros, en los cuales se pasa revista pormenorizadamente a un aspecto particular de la biología animal (anatomía, reproducción, locomoción, sensibilidad, etc.). Todos ellos, empero, contienen descripciones que conducen a clasificaciones, y estas, a su vez, se proponen buscar y explicar las causas de los fenómenos estudiados.
En la primera sección de las Partes de los animales, Aristóteles indica cómo debe realizarse la clasificación de los seres vivos, pero sin especificar concretamente ninguna tabla ni ordenamiento. Es por ello que los modernos comentaristas del filósofo griego debieron basarse en multitud de datos dispersos por su obra, a fin de confeccionar los primeros catálogos zoológicos atribuibles a Aristóteles. Comoquiera que fuese, es la presencia o ausencia de sangre roja lo que permite dividir a todas las criaturas en dos grandes clases, las cuales se subdividen, asimismo, en otros cuatro grupos. Comenzando con los animales de sangre roja, tenemos:
• Mamíferos, incluyendo a los cuadrúpedos vivíparos, cetáceos, focas y murciélagos. Este grupo es objeto, a su vez, de una subclasificación basada en el esqueleto y las extremidades.
• Cuadrúpedos ovíparos (lagartos, tortugas y batracios), junto a las serpientes.
• Aves, subdivididas en ocho especies, según sus extremidades (garras, dedos separados o palmeados, etc.) y su alimentación (insectívoros, granívoros, etc.).
• Peces, subclasificados según su esqueleto en cartilaginosos y óseos.
Los animales sin sangre roja comprenden también cuatro grupos:
• Los de cuerpo blando sin más (cefalópodos).
• Los de cuerpo blando con caparazón (crustáceos).
• Los de cuerpo blando con caparazón duro (conchas, erizos).
• Los insectos, subdivididos en nueve especies, a las que se añaden los gusanos.
Estos ocho grupos son calificados por Aristóteles como «géneros máximos», y los subgrupos que contienen son los «géneros», los cuales se subdividen a su vez en «especies».
Las Partes de los animales continúan con lo que viene a ser el primer tratado de anatomía comparada de la historia. Aristóteles se concentra con gran sagacidad en las comparaciones y deducciones que revelan las analogías de forma y especialmente, de función entre las partes de animales diferentes que desempeñan actividades similares. Estas semejanzas invitan al filósofo a establecer un conjunto de leyes que él resume afirmando, por ejemplo, que la naturaleza concede siempre determinados órganos a los animales que son capaces de utilizarlos; que las piezas anatómicas defensivas (aguijones, cuernos, espolones o colmillos) surgen en los únicos animales que las utilizan o en aquellos que lo hacen con mayor provecho; y, además, que la naturaleza suministra con más abundancia ciertos órganos a los animales que más los usan. Así, concluye Aristóteles que en el mundo natural «nada se hace en vano ni superfluamente». Esta concepción de la naturaleza como una instancia impersonal, pero a la vez ingeniosa, austera y de diseños eficientes, instaura una tradición que perdurará hasta el siglo xix, cuando la teoría de la evolución de Darwin inaugure una nueva era en la biología.
Pese a todo, el hombre no escapa a la clasificación aristotélica, pues el ser humano también tiene su lugar en la escala de los seres; una situación especial, eso sí, pero una situación al fin y al cabo. De hecho, Aristóteles estudia a los animales, en referencia a sus partes externas, por comparación con el hombre, y explica por qué:
Hay que empezar por tomar conocimiento de las partes del hombre. En efecto, del mismo modo que cada uno cuenta la moneda comparándola con lo que le es más familiar, así también ocurre en los demás dominios. Ahora bien, el hombre es necesariamente, de todos los animales, el que nos resulta más conocido.
Muchas de las construcciones teóricas y de los razonamientos de Aristóteles o de los aristotélicos quedarían rebatidas por el desarrollo ulterior de la ciencia. Pero aun así, la fidelidad de sus observaciones, el cuidado de sus clasificaciones y el acierto de numerosas caracterizaciones son merecedores de todo elogio. Aristóteles fue el primero en advertir que el delfín y la ballena eran mamíferos, y no peces, pese a lo que sugerían su anatomía y su vida acuática. E incluso llegó a percatarse de que entre los siluros del Aqueloo, solo el macho guarda los huevos, un hecho este tenido por fábula desde el Renacimiento, hasta que en 1906 le fue dada carta de naturaleza científica con la nomenclatura zoológica de Parasilurus aristotelis.
Una comparación entre Aristóteles y el romano Plinio el Viejo, cuatrocientos años posterior, permite constatar la superior categoría de los estudios biológicos del griego. Aristóteles describe 495 especies, mientras Plinio señala 494. Ahora bien, afinando más, aunque Plinio describe 98 mamíferos contra 60 de Aristóteles, este menciona 160 clases de pájaros, frente a 120 del romano. Tomados globalmente, Aristóteles conoce 156 subgrupos más que Plinio; su dominio de los datos, su espíritu crítico frente a las fuentes poco fiables y su metodología clasificatoria son muy superiores a los del autor latino, pese a los cuatro siglos que los separan.
En contraste con estos esfuerzos por construir un catálogo racional de las especies vivas, la Antigüedad clásica abunda en fabulosas criaturas mitológicas. En Tesalia —según relata Homero en la Odisea y Ovidio en las Metamorfosis— se libró una guerra entre seres humanos e híbridos de hombre y caballo, los centauros, seres viciosos y corruptos. Los centauros fueron desterrados finalmente por Hércules, ya que «no se adaptaban a la vida civilizada, se emborrachaban y violaban» (Ilíada, ix).
Los continuadores de Aristóteles —Calímaco y el filólogo Aristófanes de Bizancio— no pudieron evitar que el rigor observacional de su maestro se perdiese durante las épocas alejandrina y romana. Durante tales periodos triunfó la atracción por los prodigios y el gusto por los relatos maravillosos, restando importancia a la verificación de los hechos y a las deducciones lógicas. El iniciador de la zoología fantástica fue Antígono de Caristia (aproximadamente en el 200 a. C.), seguido unos cien años después por Alejandro de Mindos.
Plinio el Viejo —pese a una profusión de errores, credulidades, desórdenes y quimeras— realizó una compilación de los animales y vegetales conocidos en su tiempo, que toma de otros autores (principalmente Aristóteles y Ctesias), unos cuarenta mamíferos, una quincena de anfibios y reptiles, veinticinco clases de peces y otras treinta de insectos. De Plinio y de Alejandro de Mindos recoge su documentación el autor del Physiologus, una recopilación en griego de cuentos alegóricos sobre animales, piedras y plantas, antepasado de los bestiarios medievales, publicado en Alejandría hacia el siglo ii. Lo mismo hicieron Pomponius Mela, Solinus o, especialmente, Claudio Eliano, quien en el siglo iii escribió no menos de diecisiete libros sobre los animales y otros catorce de historias varias.
Las descripciones resultaban a veces tan exageradas, que el escepticismo de muchos autores notables no tardó en hacerse patente. Lucrecio explica en De rerum natura que la creencia en centauros o en otros supuestos híbridos nace de alucinaciones, ilusiones ópticas y diversas confusiones de la percepción. El escritor y viajero del siglo ii, Pausanias, considera que las historias sensacionales sobre criaturas asombrosas en lugares remotos se deben a distorsiones sufridas por un núcleo de hechos veraces desfigurados al transmitirse de unos narradores a otros. Mayor severidad muestra Estrabón, quien en su Geographicon tacha directamente de mentirosos a quienes informan sobre una fauna monstruosa en la lejana India. De igual manera procede Luciano de Samosata, rechazando de plano los cuentos exóticos referidos por escritores famosos a causa de sus viajes y aventuras, como Ctesias.
la zoología medieval
Durante la Edad Media, la zoología, como el resto de los saberes, sufrió un letargo forzoso impuesto por la turbulencia de aquellos años. En Bizancio, por ejemplo, no hay apenas textos puramente zoológicos, y los que se encuentran no son demasiado brillantes. Cosmas Indicopleustes, en el libro xi de su Topografía cristiana, describe con cierta objetividad animales como el rinoceronte, el facóquero, el yak y otros vertebrados oriundos de Etiopía, la India y Ceilán. En tiempos de Justiniano (hacia 553-554) se introdujo en Constantinopla la cría del gusano de seda, llevado allí por monjes en su regreso desde Extremo Oriente.
Por su parte, entre las obras eslavas medievales sobre este particular, destaca el Chestodnev de Juan el Exarca, una compilación en la que se percibe el intento de sistematizar los conocimientos biológicos sobre bases teóricas generales. En esta obra se divide a los seres vivos en cuatro grupos: plantas (crecen, se alimentan y se multiplican); peces y reptiles (además de las propiedades anteriores, también sienten, pero son completamente pasivos); mamíferos, aves e insectos (tienen voluntad propia, a diferencia de peces y aves) y, por último, el hombre (poseedor de un espíritu que le diferencia de los animales).
Hemos de esperar al siglo xiii para que Alberto Magno, elevado posteriormente a la santidad, elabore el texto De animalibus, tan semejante como resulta posible en su época a los actuales tratados sistemáticos de historia natural. Se trata de una larga compilación de las afirmaciones realizadas al respecto por Aristóteles y por un puñado de sus comentaristas. Entre las características más relevantes de esta obra destacan el tono de distanciamiento crítico que en todo momento el autor se esfuerza por mantener, el análisis imparcial de la evidencia y el recurso a las observaciones personales para complementar sus fuentes bibliográficas, entre las que —curiosamente— no se cuenta la Biblia. Alberto Magno emplea expresiones de gran ecuanimidad («De acuerdo con los relatos populares...»), sin prejuzgar el valor de los testimonios, y también intenta explicar racionalmente los prodigios aparentes (recurriendo a la óptica, por ejemplo, para justificar el resplandor letal de los basiliscos). En conjunto, estudia la fisiología, el hábitat y la conducta de más de quinientos animales, sin poblar los confines del mundo conocido con seres quiméricos, ni extraer lecciones morales de las criaturas que examina. Estas actitudes lo situan claramente al margen de la extendida corriente alegórica que domina a los zoólogos medievales.
Es en esta edad oscura para el conocimiento cuando florecen los bestiarios medievales, poco más que narraciones de maravillas zoológicas —rara vez emparentadas con la realidad— donde se mezclan quimeras disparatadas con ecos de relatos medianamente veraces transmitidos por aventureros y navegantes. Cierto es que muchas de sus descripciones pretendían predicar en lenguaje alegórico un mensaje con claros tintes moralizantes, como el uso del zorro para representar en ocasiones al diablo o al clérigo libertino y corrupto. No obstante, el contenido más atractivo de los bestiarios versaba sobre exóticas monstruosidades ubicadas por sus autores allende los confines del mundo conocido.
De la horrible mandicora, por ejemplo, se suponía que habitaba las selvas de la India, amedrentando a los demás pobladores con su cuerpo de león, cara de hombre y mortal cola de escorpión. Sus mandíbulas poseían tres hileras de dientes afilados como sables, que al cerrar las fauces encajaban mutuamente como una mano en su guante. Este monstruo, al parecer aficionado a despedazar indefensos seres humanos, era temido por su capacidad para lanzar mortales aguijonazos con su cola segmentada hasta una distancia de más de treinta metros.
El basilisco, mitad serpiente y mitad gallo, se creía nacido de un huevo puesto por un gallo de siete años de edad durante la vigencia de la constelación de Sirio en el firmamento. Ese huevo, de forma esférica y cubierto por una gruesa membrana, era empollado en ocasiones por un sapo durante nueve años. El aliento del ser incubado de esta manera podía helar la tierra y su mirada resultaba mortal, incluso para él mismo. Por esa razón, al efecto de evitar sus ataques, se recomendaba portar siempre un espejo al internarse en su territorio. La hidra, por su parte, residía en pantanos y otras zonas acuáticas, donde exhibía sus siete horrorosas cabezas, de las cuales la del centro era inmortal. Su más distintiva característica era que por cada cabeza cortada la hidra desarrollaba otras dos, lo que obligó a Hércules —cuenta la leyenda— a enterrar la cabeza inmortal y quemar las otras seis.
Mitad león y mitad águila, el grifo superaba ampliamente en tamaño a estos dos animales. Con la cola y el cuerpo de un león, era ocho veces mayor; y con la cabeza y las garras de un águila, centuplicaba las fuerzas de esta. Se decía que habitaba en altas montañas y cumbres inaccesibles, desde donde se lanzaba en picado con el propósito de capturar algún jinete, con su montura incluida (su bocado predilecto), o un par de bueyes uncidos, en su defecto. La magnificencia y poder de los grifos lo convertían en dignas bestias de tiro para los carros de los dioses, como ocurría con la cuadriga que portaba a Némesis, la temida deidad griega de la venganza. Sin embargo, sus garras, del tamaño de cuernos de buey, eran considerados prodigiosos talismanes capaces de ennegrecerse al menor contacto con cualquier veneno. Así, el terror al envenenamiento de los dignatarios medievales, fundado en las intrigas políticas de la época, favoreció el florecimiento de un importante comercio fraudulento de tales amuletos.
el imperecedero dragón
En estos bestiarios sobresale por méritos propios una criatura fantástica directamente legada por la mitología antigua, el fiero e insaciable dragón. ¿Quién no escuchó durante su infancia un cuento en el que el heroico protagonista había de vencer al inevitable dragón para ganar los amores de la doncella de turno? La mayoría de los niños escuchan embelesados con los ojos abiertos de par en par este tipo de relatos, y justo es decir que la fascinación de este y otros monstruos semejantes ha acompañado a jóvenes y viejos de todas las latitudes en todos los tiempos.
En el caso del dragón, casi todas las culturas poseen leyendas sobre estas fabulosas criaturas, a las que se atribuye un simbolismo tan variado como las perspectivas adoptadas para contemplarlo. Si bien es cierto que no en todas partes la figura del dragón se asocia con un sentido maléfico —en Extremo Oriente ocurre todo lo contrario—, en la práctica la explicaciones buscadas para la universalidad de ese mito abundan en sus aspectos terroríficos. Así, el psicoanálisis moderno nos dice que la contienda entre el caballero y el dragón representa el conflicto interior entre nuestros instintos reprimidos y los requerimientos de nuestro yo consciente. Las características de los dragones de cada civilización manifestarían los rasgos típicos de los animales de su zona geográfica: el dragón indio se parece a un elefante; el chino, a un ciervo y el occidental, a un reptil. Los más imaginativos suponen que quizás el mito del dragón proviene del encuentro entre nuestros antepasados más primitivos y algún gran saurio superviviente del mesozoico; una idea tan improbable como sugestiva.
El anónimo autor del Liber monstrorum de diversis generibus (ca. 800 d.C.) recoge en su texto —recopilando datos de Plinio y Virgilio, entre otros— la referencia a ciertos animales entonces inusuales en Occidente, como los leopardos y los hipopótamos, con otros menos realistas, como minotauros y dragones. Llama poderosamente la atención que quien escribe este «libro de los monstruos» manifiesta una acusada reticencia a pronunciarse sobre la veracidad de las presuntas maravillas relatadas. Sus páginas se hallan salpicadas de expresiones que denotan un marcado escepticismo: «Dicen...», «Leemos que...», «Se dice...», y otras del mismo jaez. Ahora bien, cuando el autor del Liber monstrorum da por supuesta la existencia de los monstruos aludidos, interpreta que sus deformidades prueban alguna clase de reprobación divina, un alejamiento de la normal moral, y son un evidente síntoma de castigo por impiedad. Los monstruos, así pues, purgan sus faltas condenados a vivir en lugares apartados y aislados, como cordilleras escarpadas, islas perdidas, profundos lagos o pantanos insalubres.
En el Bestiario de Guillermo Le Clerc de Normandía, escrito en 1210, el dragón (representativo del diablo) lucha con el elefante (que representa a Adán). Esto no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que los bestiarios medievales eran, más que otra cosa, tratados populares y moralizantes. No obstante, Plinio, en sus Historias (siglo i a.C.), escribe:
India alberga los mayores elefantes y también los mayores dragones, que riñen continuamente con ellos en continuas batallas, algunos tan gigantescos que fácilmente pueden enroscarse en los elefantes y así atarlos con un nudo.
La Historia de las serpientes, de Edward Topsell (1658), cuenta con detalladas descripciones de estas criaturas, al tiempo que subdivide a los dragones de la India en dos categorías: el dragón de los pantanos y el de las montañas:
Sus hocicos son muy fuertes, y se parecen a los de los grandes peces rapaces; tienen barbas de color amarillo dorado que están llenas de cerdas, y los dragones de la Montaña tienen generalmente párpados más profundos que los dragones de los Pantanos. Su aspecto es muy fiero y ceñudo, y cuando se mueven sobre la tierra sus ojos producen un sonido causado por sus párpados, muy parecido al sonido del latón, y a veces entran con audacia en el mar para comer peces.
Topsell se extiende sobre las propiedades medicinales de las partes del dragón. Su grasa cura las úlceras; la cabeza, el estrabismo, y su lengua, encurtida en vino, protege contra los íncubos, los súcubos y contra las pesadillas.
Todavía en 1776 una Historia Natural publicada entonces, afirma que «el dragón es un animal terrible que muy probablemente no ha sido creado por la naturaleza». Estas aseveraciones parecen deberse a malentendidos abonados por las tradiciones y la superstición. Así, la descripción que hizo Marco Polo de un caimán chino fue transformada por un artista de la época en algo muy semejante a un dragón. El famoso navegante italiano describió al caimán como una gran serpiente, con dos patas muy cortas cerca de la cabeza, y grandes mandíbulas, llenas de dientes afilados. Fue el ilustrador el que añadió un par de alas y una cabeza de serpiente en la punta de la cola.
El británico Peter Dickinson, desafiando la totalidad del conocimiento biológico, defendió en 1979 la posible existencia real en la Antigüedad de los dragones. Su libro, El vuelo de los dragones, aporta una serie de argumentaciones tan ingeniosas como inconsistentes. Suponiendo que un dragón normal hubiese pesado unos 9.000 kg, razonaba Dickinson, y que disfrutase de una capacidad de sustentación como la del abejorro —que puede levantar 170 gramos por cada centímetro cuadrado de ala—, semejante animal debió tener una envergadura no menor de 180 metros entre ambos extremos de sus alas desplegadas. Como era evidente la imposibilidad física de este tamaño, Dickinson ideó una alternativa que le sugirió el desastre del dirigible Hindenburg en 1937.
Su conclusión consistía en que los dragones podían volar gracias a un cuerpo mayoritariamente hueco y lleno de un gas más ligero que el aire. Las gigantescas dimensiones de estos seres es lo que explica que pudiesen volar, pues necesitaban un cuerpo enorme para almacenar suficiente cantidad de gas y poder elevarse. Por el contrario, no necesitaban alas muy grandes, ya que solo las utilizaban para propulsarse y maniobrar en el aire. Los dragones expulsaban fuego por la boca como consecuencia de las reacciones químicas desarrolladas en su interior, que les obligaban a desprenderse de tanto en tanto del hidrógeno sobrante inflamándolo.
En opinión de Dickinson, el ácido clorhídrico —presente en el sistema digestivo de todos los vertebrados— reaccionaba con el calcio de los huesos del dragón formando el gas hidrógeno que, al ser más ligero que el aire, elevaba al animal. El desgaste de la estructura ósea de los dragones debía compensarse mediante la ingestión de una cierta cantidad de piedra caliza, añadía Dickinson. Este extrañísimo metabolismo —imposible en la práctica— daba, asimismo, respuesta a la pregunta que inquiría por la falta de dragones fosilizados. Cuando el dragón moría, de viejo o por la mano de algún caballero andante, la regulación de su metabolismo dejaba de funcionar y las reacciones químicas consumían todo su esqueleto.
De vuelta a la historia, a comienzos del xvi todavía se discute con ardor la existencia de seres como el licornio o unicornio, mencionado ya por las Sagradas Escrituras e incluido en su inventario natural por Plinio. La primera mención europea del unicornio, en el siglo iv a.C., procede de una obra sobre la India escrita por el historiador heleno Ctesias. Allí se decía:
En la India se conocen algunos asnos salvajes, grandes como caballos y aun mayores. Tienen blanco el cuerpo, roja la cabeza y azules los ojos. Poseen un solo cuerno en la frente, el cual mide aproximadamente un codo.
Según este mismo autor, el unicornio era una mezcla de rinoceronte, antílope del Himalaya y asno salvaje. Su cuerno era blanco en la base, negro en el centro y carmesí en la punta. De este animal de apreciaban especialmente las supuestas virtudes sanadoras y afrodisiacas de su cuerno pulverizado. Y así fue como numerosos cuernos de narval se compraron y vendieron por sumas desorbitadas en los mercados de la Europa renacentista.
El naturalista Aldronvandi confirma la autenticidad del basilisco, pero duda de la existencia de cierta hidra de siete cabezas exhibida en el tesoro de Venecia. La confusión entre mito y realidad era moneda corriente en aquellos días. Así se comprende que la ironía de Rabelais sitúa en el imaginario «País de Satin» a algunos seres reales mezclados con unicornios, arpías, sátiros, pájaros seléucidas y estinfálidas (aves monstruosas con alas, garras y pico de hierro, que vomitaban dardos contra sus atacantes, y cuya destrucción fue uno de los doce trabajos de Hércules).
El Renacimiento devolvió el deseo de realizar un inventario riguroso y objetivo de todos los seres vivos existentes en el mundo. Olaus Magnus evoca los terroríficos monstruos de la fauna nórdica —entre ellos el célebre kraken—; mientras Kentmann describe la población de aves en las orillas del Elba, y Turner, la de Inglaterra. Los naturalistas viajeros se lanzan también por estas fechas a la exploración del Cercano Oriente. Gilles d’Albi, por ejemplo, observó en Egipto la jirafa, el hipopótamo, el icneumón, y llegó a ver el dugongo en las orillas del mar Rojo. El portugués Lourenço Díaz descubrió en 1447 los calaos en las costas de Nueva Guinea, y Pigafetta, compañero de Magallanes, observó en 1519 numerosos mancos en las costas de la Patagonia.
Fue por entonces cuando se hizo patente la necesidad de un criterio universal que permitiese la clasificación sin ambigüedades de los nuevos animales descubiertos día tras día por expedicionarios cada vez más osados. El sistema de catalogación tradicional procedía ordenando a los seres vivos de acuerdo con una escala de perfección cuyo fundamento se remontaba al génesis bíblico. Suponíase que Dios creó en jornadas sucesivas criaturas de perfección creciente, de manera que resultaba de lo más natural ordenarlos de ese modo. En el nivel más bajo se hallaba el coral, al que Campanella califica como «árbol marino lapidificado». Por encima de ellos estan los zoofitos, llamados «plantanimalia» por Teodoro de Gaza, que participan de las naturalezas animal y vegetal, según Aristóteles y Plinio, de forma que no se sabe dónde ubicarlos.
A esta gradación se añade el criterio genético, más preocupado por determinar el origen y desarrollo de las criaturas. Así, se admite que los animales inferiores pueden aparecer por generación espontánea —cosa ya admitida por Aristóteles—, a diferencia de los superiores, siempre nacidos de una pareja de progenitores. José de Acosta, por ejemplo, asegura que «las ratas, ranas, abejas y todos los demás animales imperfectos se engendran de la tierra». Y el francés Paré relata cómo encontró dentro de una gran piedra hueca, cerrada por todas partes, un «gran sapo vivo que solo pudo nacer de cierta humedad putrefacta». En cambio, los animales superiores, «de acuerdo con el orden de gobierno establecido por Dios», siempre nacen por reproducción sexual, ya sea por vía ovípara o vivípara.
Tampoco se quedan atrás las agrupaciones basadas en criterios funcionales (nadadores, voladores, reptiles y marchadores) y ecológicos (fauna acuática, subterránea, terrestre y aérea). Por este afán se considera como peces a todos los seres que viven en el agua: crustáceos, moluscos, anguilas, carpas, gusanos, ranas, ballenas, hipopótamos, ratas de agua y castores. La Iglesia avala esta clasificación y concede su permiso para que se coma la carne de castor durante la Cuaresma, como la de los demás peces. Asimismo, reptil es todo lo que se arrastra, lo que obliga a colocar al caracol al lado de la víbora. Gallos, picazas, avispas y moscas se califican de aves, y hay quien determina que el murciélago es un «ave de rapiña que vuela de noche».
El siglo xvi apenas experimenta avances reseñables en la zoología. Las clasificaciones animales siguen las directrices aristotélicas, sin cuestionarse seriamente la coherencia de los resultados a que conduce. Todavía se admite la generación espontánea como uno de los procesos responsables de la aparición de criaturas vivas consideradas «inferiores», como los insectos. Las abejas —se afirma entonces— nacen de la corrupción de los cadáveres de animales nobles, como el toro, el buey y la vaca. E incluso se cree que las abejas corrientes surgen de las carnes de estos animales, mientras los reyes y demás jerarquías de la colmena nacen del cerebro, que es la sustancia más delicada, y por ello gozan de mayor tamaño, prudencia y fuerza.
la era de las grandes exploraciones
El avance del siglo xix y la exploración de los continentes por las potencias europeas en pleno auge del colonialismo borró para siempre gran cantidad de mitos y supercherías acerca de las exóticas razas humanas moradoras de lugares remotos. No solo se demostró la inexistencia de los gigantes, sino también la de los ámbaros(africanos sin orejas y con los pies quemados), andróginos (mitad hombre y mitad mujer), parvini(hombres con cuatro ojos), agriófagos(hombres que se alimentan de carne de pantera y de león), cinocéfalos(hombres con cabeza de perro), acéfalos(hombres sin cabeza), cíclopes(gigantes con un solo ojo), hipópodas (hombres con patas de caballo), blemios (con los ojos en el pecho), presumbanos (hombres desorejados), hiperbóreos (pueblo que conoce la eterna felicidad) y monópodos (hombres con una sola pierna y un gigantesco pie).
La noción de evolución biológica también se impuso en el dominio de la zoología, desechando las clasificaciones que no se basasen en un criterio de parentesco evolutivo. La clasificación del reino animal se realiza desde entonces subdividiendo a sus miembros en especies, géneros, familias, órdenes clases y troncos. La especie es la unidad natural más reducida que se contempla en la zoología, y se designa por dos términos en latín, el primero de los cuales se refiere al género y el segundo a la especie propiamente dicha. Por ejemplo, el ser humano se denomina de este modo como Homo sapiens (o «mono que piensa»). En concreto, la subespecie correspondiente al hombre moderno —en contraposición a la del hombre de Neandertal— se distingue por la adición de una palabra más, y así queda Homo sapiens sapiens.
Un género abarca varias especies estrechamente relacionadas por medio de un nombre colectivo. En nuestro caso, los hombres de Neandertal y los de Cromañón pertenecían ambos al género Homo. Una familia se compone de géneros emparentados, como ocurre con el Homo, que junto al Australopithecus y otros géneros, constituyen la familia de los homínidos. Las diversas familias se reúnen en órdenes, siendo el orden de los primates el que engloba al de los homínidos. Una clase es un conjunto de órdenes unidos por una historia genealógica común, y es la de los mamíferos la que incluye el orden de los primates.
El nivel inmediatamente superior es el tronco o phylum, una agrupación de clases vinculadas entre sí por un origen común. El tronco al que pertenecen los mamíferos es el de los cordados (y, más concretamente, al subtronco de los vertebrados), es decir, aquellos animales que poseen huesos. Los cordados, junto con otros veintiún troncos, configuran el subreino de los animales pluricelulares, los cuales, unidos a los unicelulares, conforman el reino animal.
Si por algo se distingue la zoología del siglo xix es por el estudio de la riquísima y casi inabarcable fauna marina. En 1819, durante un crucero por la bahía de Baffin, sir John Ross señaló la presencia de estrellas de mar hacia los 700 m de profundidad y gusanos a 1.800 m. Observaciones que debieron pasar más bien desapercibidas a juzgar por lo celebrado que fue, en 1847, el hallazgo por una expedición antártica de animales a esas mismas cotas de profundidad. El descubrimiento en 1859 de animales marinos fijados a un cable telegráfico retirado del Mediterráneo desde una profundidad de 2.160 m demostró la disposición de la vida para asentarse en las más hondas simas oceánicas.
En 1914 se descubrieron por primera vez los pogonóforos, unos animales marinos de entre 5,5 y 30 cm de longitud que viven en tubos segregados por ellos mismos, aunque no fue hasta 1944 que se les reconoció como un tronco particular. La mayor parte de estos extraños animales habita en las fosas abisales, de modo que el conocimiento de los mismos se ha visto ligado a los progresos de la oceanografía. Las investigaciones llevadas a cabo por los científicos soviéticos sobre los pogonóforos demostraron su presencia en los fondos marinos de Extremo Oriente, en las fosas de las islas Kuriles y del Japón, pero también confirmaron su escasez en otras zonas oceánicas.
Actualmente, el inventario de la fauna mundial abarca alrededor de un millón de especies, una cantidad que bien podría ser menos de la décima parte del total existente. Las estimaciones oscilan entre unos 4,5 millones (hoy conoceríamos, por tanto, menos de 1/3 de todas ellas) y unos 80 millones de especies (en cuyo caso tan solo habríamos descrito hasta ahora un 2 %). Los insectos, sin ir más lejos, suman ellos solos 750.000 especies distintas, y los entomólogos más atrevidos consideran la posibilidad de que existan entre 20 y 30 millones más. Tenemos, además, 3.000 especies de bacterias, 2.000 de algas azules, 100.000 de hongos (aunque puede haber alrededor de un millón), casi 1.500.000 de invertebrados y 500.000 vertebrados. Entre estos últimos, hay 20.000 tipos de peces, 5.000 de anfibios, 6.500 de reptiles, 10.000 de aves y unos 4.000 de mamíferos.
descubrimiento de grandes vertebrados
La civilización industrial que el hombre moderno ha extendido a casi todo el planeta no ha respetado los parajes naturales habitados por la fauna más rica y exótica. La deforestación de las selvas y los grandes bosques, o la contaminación de los mares y ríos, amenazan seriamente con alterar para siempre el delicado equilibrio ecológico que a lo largo de miles de millones de años ha cobijado la vida de tantas especies animales, entre ellas la humana. El caso de las junglas tropicales, por ejemplo, es emblemático en las discusiones sobre la conservación de las últimas áreas vírgenes de nuestro mundo. Allí no solo encuentran refugio animales desaparecidos en otras regiones, sino que también lo hacen grupos humanos en peligro de extinción. Pigmeos en África, yanomanis en Sudamérica, y muchas otras tribus primitivas resisten con dificultad la presión de los intereses que pretenden despojarles de sus territorios, ávidos de las riquezas naturales que estos encierran.
En el transcurso de las exploraciones efectuadas durante los siglos xviii y xix a lo largo del globo, se produjo el descubrimiento de algunos animales que hoy contemplamos con toda naturalidad en zoológicos y museos, pero que hasta entonces eran mal conocidos o permanecían completamente ignorados. En el primer grupo se cuentan los gorilas, esos gigantes peludos de aspecto imponente. Parece deberse al navegante cartaginés Hannon, hace unos 2500 años (siglo iv a. C.), el primer contacto de un viajero occidental con los gorilas. Por aquellos tiempos, los cartagineses se hallaban entregados al intento de reconocer las costas de África, y es muy posible que Hannon llegase hasta Camerún o Gabón. En estas zonas abunda aún hoy el gorila de la llanura, el más proclive a acercarse a las playas donde la nave del cartaginés fondeó.
En el relato de su viaje, Hannon se refiere a una gigantesca montaña a la que denomina «montaña de Dios», y que bien pudiera ser el monte Camerún (4.000 metros de altitud), pues bajo este nombre se le conoce todavía entre los indígenas de la zona. En uno de sus desembarcos de avituallamiento en una península que la narración cartaginesa nombra como «cuerno del Sur», aparecieron de repente ante los marineros «hombres salvajes con cabezas greñudas a los que nuestro intérprete llamó gorilas. Seguimos a esos hombres pero no pudimos capturar a ninguno de ellos, pues huyeron hábilmente. Logramos apoderarnos de tres hembras, que comenzaron a arañar y morder a sus captores y no quisieron seguirlos, por lo que tuvimos que matarlas. Nos trajimos sus pieles a Cartago». Y allí continuaron esas pieles expuestas durante varios siglos en el templo de Melkart.
Puede discutirse si Hannon se topó verdaderamente con gorilas o con otra clase de animales, o incluso con indígenas primitivos. Pero Friederich Heims, especialista en el antiguo idioma fenicio-cartaginés, no lo duda basándose en sus estudios filológicos. Este lingüista viene sosteniendo desde 1951 que la voz gorila no es originaria del idioma bantú, sino que deriva del cartaginés gorel, que significa «el que araña». Gorila es la forma femenina de la palabra que los navegantes, a buen seguro, utilizaron para designar los ejemplares apresados, cuya fiereza y esfuerzos por librarse del cautiverio son fácilmente imaginables. Así debió ser cómo el nombre original africano de los grandes simios, n’guyala («señores de la selva»), quedó convertido en el de gorilas («pueblo de las arañadoras»).
La existencia de estos gigantes de la jungla permaneció en el olvido hasta finales del siglo xvi, cuando volvemos a tener referencias históricas sobre ellos. Hacia 1590 el pirata inglés Andrew Battel relató las notables diferencias entre los chimpancés que había visto en sus correrías por las costas africanas, y un mono de tamaño y fuerza descomunales al que llamó «Pongo». En su narración Battel escribe:
Este Pongo es en todo semejante al hombre, solo que, en conjunto, su figura es la de un gigante. Tiene rostro humanoide, ojos muy profundamente hundidos en sus órbitas, y cejas muy pobladas, con pelos largos. Tiene la cara, las orejas y las manos peladas. Su cuerpo, al contrario, está cubierto de pelo, aunque no muy espeso, de color marrón oscuro. Apenas se diferencia del hombre, salvo en que sus piernas carecen de peroné. Duerme en los árboles y se construye en ellos un techo para protegerse de la lluvia. Su alimentación consiste en frutos que encuentra en la selva y en nueces. Jamás come carne.
Con todo lo minuciosa y ajustada a la verdad que al correr de los tiempos ha resultado la descripción de Battel, apenas nadie le prestó atención en su época. Los académicos europeos dudaban de la existencia de monos de un tamaño superior al del chimpancé, por lo que archivaron estos y otros informes, considerándolos simples fabulaciones de aventureros, a la espera de que alguien les presentara un ejemplar vivo. Curiosamente, las mayores falsedades sobre el comportamiento de los gorilas fueron las que se aceptaron sin la menor reserva como información fidedigna durante casi un siglo. Quizás ocurrió así porque quienes las propalaron eran misioneros que trajeron a Europa los primeros cráneos de gorila para su estudio.
Wilson y Savage —así se llamaban estos misioneros— se limitaron a recoger algunos cráneos de estos animales de manos de los indígenas, pero también recogieron las peores fábulas de aquellas tribus sobre la fiereza del gorila. Según ellos, estos enormes simios tenían la costumbre de secuestrar a los pobres nativos extraviados, subiéndolos, acto seguido, a un árbol para estrangularlos y despedazarlos con saña desmedida. En concreto, Thomas Savage solo veía una posibilidad de enfrentarse a los gorilas, y no era otra que disparar directamente a su boca. «En caso de que el disparo falle —añadía— el gorila es capaz de destrozar el cañón del arma entre sus dientes, y el encuentro tiene un final desastroso».
El periodista estadounidense de origen francés, Paul Du Chaillu se dirigió en 1855 a la zona situada entre Gabón y el Congo, con el ánimo de escribir una serie de informes sobre sus habitantes y su fauna, incluidos los gorilas. Durante el safari, Du Chaillu se vio obligado a dar muerte a uno de estos simios, pero al contrario de lo que su leyenda negra afirmaba, el periodista reconoció que el animal «tenía algo espantosamente humano en sí». A su regreso en 1861, su editor le exigió que modificase el relato de sus andanzas con intención de que resultase más del gusto popular de la época. Por entonces, se esperaba que los relatos de las exploraciones africanas envolviesen encuentros con seres desconocidos y terribles, lo que obligó a Du Chaillu a describir al gorila como «una pesadilla demoníaca, una de las criaturas más espantosas de la Tierra, el animal más salvaje y rabioso que había visto jamás».
Algunos años después de los informes de Du Chaillu, el médico y novelista inglés William Winwood Reade marchó al territorio de los gorilas con el ánimo de rebatir las engañosas historias que describían a los gorilas como poco menos que monstruos abominables. Reade no logró contactar con ninguno de estos animales, pero sí consiguió recabar las opiniones de los indígenas. Estos le explicaron que si él dejaba en paz a los gorilas, los gorilas le dejarían en paz a él. Efectivamente, las investigaciones etológicas del siglo xx demostraron que los gorilas —por lo demás, como cualquier animal— solo se muestran agresivos cuando están alterados o se sienten en peligro. En cualquier otro caso, resultan criaturas de lo más apacible.
Muy distinta, afortunadamente, es la historia del reconocimiento y captura de otro gran mamífero de la selva del Congo, el okapi. A su regreso a Inglaterra después de sus aventuras tras el rastro del doctor Livingstone, el periodista Henry Stanley refirió indicios de diversos seres vivos, entonces todavía desconocidos, que parecían habitar cerca de la selva del Ituri. Allí se encontraban también los pigmeos de las tierras orientales del Congo, quienes no se sorprendieron ante los caballos de la expedición de Stanley, y afirmaron que ellos solían cazar un animal semejante natural de aquellas tierras. Como prueba de sus aseveraciones, los pigmeos entregaron al periodista unas tiras de piel de color marrón rojizo. Puesto que no podía tratarse de un verdadero caballo, la criatura descrita por los pigmeos debía ser un animal aún sin catalogar.
Stanley expone su perplejidad ante estos relatos en su libro Lo más oscuro de África, donde denomina a ese animal «asno de la selva». Así, escribe:
Resulta sorprendente la afirmación de los pigmeos de que la alimentación del asno de la selva consiste en hojas.
Stanley sabía bien que todos los équidos conocidos vivían en espacios abiertos, como las llanuras, y se alimentaban de hierba. Estas características llamaron la atención de sir Harry Johnston, gobernador británico de Uganda. También él había recopilado no pocas leyendas que hablaban de un animal parecido al caballo, habitante de las selvas vírgenes, en cuya piel se dibujaban rayas blancas y negras, con una singular cola y cuernos en la cabeza. Tanta fue su fascinación por el tema que durante algún tiempo Johnston sospechó seriamente que se trataba del mitológico unicornio.
Georg Schweinfurth, explorador alemán especializado en la investigación de regiones africanas y descubridor de los pigmeos, declaró que uno de sus porteadores de esa tribu poseía un cinturón hecho con la piel a rayas de ese animal desconocido. El comandante francés Marchand expresó su opinión de que los cinturones de los pigmeos —él también había visto otros— se habían confeccionado con la piel de una especie de antílope a rayas. A decir del propio Marchand, un misionero llamado Lloyd había llegado a ver al animal en Boga, junto al río Semliki. Sus descripciones lo presentaban como una suerte de cebra o de antílope (no era un solípedo, como otros animales parecidos al caballo), con la parte delantera del cuerpo cubierta de piel marrón y la trasera a rayas.
En el año 1900, el gobernador Johnston trabó amistad con un grupo de pigmeos a los que liberó de un traficante de esclavos, ocasión que el británico aprovechó para inquirirles por el enigmático «asno de la selva». Los pigmeos le contaron que el nombre dado por ellos a semejante animal era okapi. Comparándolo con un mulo, los indígenas explicaron que el okapi era igual, con la excepción de tener las patas, el estómago y los cuartos traseros a rayas. Animado por esas informaciones, Johnston se trasladó a la zona fronteriza de Uganda con el Congo, donde los oficiales belgas le confirmaron los datos ofrecidos por los pigmeos. No obstante, tras una temporada de búsqueda infructuosa por la selva, el gobernador británico se desalentó y decidió regresar a su colonia.
Sir Harry, pese a todo, no permaneció ocioso sobre el asunto y envió unas muestras de piel de okapi a la Sociedad Zoológica de Londres. En las notas adjuntas expresaba su opinión de que el animal en cuestión no era un pariente del caballo —contrariamente a lo sostenido por Stanley—, sino un antiodáctilo, posiblemente un rumiante. La Sociedad Zoológica, empero, hizo caso omiso a sus observaciones, bautizando provisionalmente al okapi como Equus johnstoni («caballo de Johnston»). Pero la recepción por parte de sir Harry de una piel y dos cráneos de okapi enviados por los belgas en 1901 cambió la situación. El gobernador británico no tardó en advertir que los cráneos se asemejaban mucho a los de un pariente próximo con cuello corto de la jirafa actual, aunque de la era terciaria, el Helladotherium. Con estos nuevos datos, sir Harry volvió a escribir a la Sociedad Zoológica de Londres sugiriendo que la mejor denominación para el okapi era Helladotherium tigrinum (heladoterio rayado).
Investigaciones más profundas realizadas con posterioridad demostraron que el okapi no es un pariente cercano de la jirafa primitiva (Helladotherium), sino que se halla más próximo a otras dos subespecies de jirafa de cuello corto extinguidas hace millones de años. Estas dos subespecies son el Samotherium y el Palaeotragus. Así quedó de relieve, ya sin ninguna duda, la peculiaridad zoológica del okapi. Se trataba, ni más ni menos, de un animal primitivo superviviente de la era terciaria, resurgido de repente para los científicos desde la espesura de las selvas africanas. Una lección que, a la vista de los casos que examinaremos en los próximos capítulos, no deberíamos desdeñar con la ligereza que algunos autores muestran ante la posible existencia de grandes animales aún desconocidos.
El coleccionista suizo de animales salvajes J.J. David logró cazar uno de estos ejemplares para el museo de Basilea, tras lo cual difundió la opinión de que los okapis vivían en terrenos pantanosos e inaccesibles. En realidad, estos animales buscan las franjas de tierras más secas, evitando el barro y el fango de las ciénagas. El inglés Cuthbert Cristhie pudo comprobarlo cuando se convirtió en el primer occidental en estudiar el comportamiento de un okapi vivo. Tuvo la suerte de encontrarse con uno de estos mamíferos que había sido capturado por los pigmeos de la región y encerrado en una cerca, aunque no mucho después el animal logró escapar de su cautiverio.
Pero el que quizás fuese el acontecimiento zoológico más sensacional del siglo xx
