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La 'Crónica de la Conquista de Granada' de Washington Irving es una obra fundamental que se inscribe en el contexto del Romanticismo, donde el autor conjuga una narrativa histórica con elementos de leyenda y una prosa cuidada y poética. Irving narra la caída de Granada, el último reducto musulmán en la Península Ibérica, a finales del siglo XV, tejiendo una historia rica en descripciones que capturan tanto el esplendor como la tragedia de esta época. Su estilo es evocador, con un uso detallado de la imaginería, que transporta al lector a un tiempo de conflictos culturales y religiosos, donde los paisajes y personajes cobran vida a través de su pluma. Washington Irving, reconocido como el padre de la literatura estadounidense, se adentra en la historia española influenciado por su fascinación por la cultura y las tradiciones de la Península, lo que se evidencia en su obra. Su viaje a España y su interés por el espíritu romántico resultan esenciales para comprender su aproximación a la narrativa histórica. Irving, a través de la investigación y su perspicaz observación, ofrece una perspectiva única que vincula el pasado con el presente desde una voz estadounidense. Recomiendo vivamente 'Crónica de la Conquista de Granada' a cualquier lector que busque una combinación de historia, aventura y reflexión sobre el choque de civilizaciones. La obra no solo proporciona un entendimiento profundo del renacimiento de España, sino que también invita a la reflexión sobre la memoria histórica y su legado cultural. Esta obra es un testimonio del talento de Irving y su capacidad para resucitar la historia a través de un estilo literario cautivador. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
En el borde de dos mundos, una ciudad amurallada resplandece como última antorcha de una edad que se extingue, mientras tambores de guerra, plegarias y pactos frágiles vibran en el aire, y cada paso sobre el polvo de las vegas granadinas tiende un puente entre la leyenda y la historia.
Crónica de la Conquista de Granada, de Washington Irving, ofrece una recreación narrativa de los episodios finales del poder nazarí en la Península Ibérica. Escritor estadounidense de la primera mitad del siglo XIX, Irving abordó este tema tras su estancia en España, donde se familiarizó con fuentes e imaginarios históricos. El libro, publicado en 1829, construye un relato que conjuga investigación y arte narrativo, y presenta la campaña que enfrentó a fuerzas cristianas y musulmanas en torno a Granada. Sin revelar desenlaces, la obra enmarca la confrontación y los diplomáticos equilibrios que la preceden, y sitúa al lector ante los resortes morales, políticos y simbólicos de una época crepuscular.
Su condición de clásico procede de una triple virtud: claridad narrativa, ambición histórica y sensibilidad romántica. Irving logra que la materia cronística se lea como una saga sin perder la textura documental que sostiene cada episodio. La obra fijó, en el mundo anglófono, un imaginario potente sobre la frontera hispano-musulmana, y consolidó un modelo de historia literaria que dialoga con la tradición de las crónicas. Sus temas —el precio del poder, la dignidad del adversario, la fragilidad de los pactos— han conservado vigor a través de generaciones. No es extraño que continúe editándose y estudiándose como referencia en la prosa histórica del siglo XIX.
En su centro laten cuestiones que trascienden lo militar: el roce entre culturas, la tensión entre fe y razón de Estado, la caballería como código y espectáculo, y la construcción de la memoria. Irving muestra cómo la frontera es, a la vez, un lugar de conflicto y de intercambio, capaz de generar gestos de cortesía y episodios de devastación. La obra reconoce el impulso épico, pero lo matiza con observación humana: la fatiga de las expediciones, el fervor de los defensores, la obstinación de los mandos. De ese contraste nace una conciencia crítica sobre la gloria y sus sombras.
Una de las decisiones más singulares del libro es su voz narrativa: Irving adopta el artificio de un cronista ficticio, un fraile que observaría las operaciones y registraría los sucesos con celo moral y gusto por el detalle. Este recurso le permite imitar la cadencia y la perspectiva de las crónicas antiguas sin renunciar a la ironía ni a la distancia moderna. Así se entretejen partes descriptivas, retratos de capitanes y pasajes de deliberación política, en un hilo que avanza con agilidad. La mezcla de documento y romance literario dota a la obra de una textura inconfundible.
El contexto de composición es decisivo. Irving escribió la Crónica durante su residencia en España a finales de la década de 1820, un periodo en el que estudió materiales históricos y se interesó por episodios decisivos de la historia peninsular. La publicación en 1829 lo situó como divulgador y estilista de asunto histórico, complementando otros trabajos sobre temas hispánicos de ese mismo ciclo creativo. La perspectiva de un autor extranjero, atento a fuentes y paisajes, confiere al libro una mirada doble: de quien admira y de quien compara, de quien reescribe tradiciones y de quien las abre a nuevos lectores.
La obra dejó una huella extensa en la literatura histórica y de viajes del siglo XIX. Su forma de iluminar escenarios, integrar anécdotas y perfilar caracteres ofreció un modelo a quienes buscaron unir rigor y amenidad. También contribuyó a renovar el interés internacional por Al-Ándalus y por la herencia andaluza, que encontrarían ecos en libros posteriores y en el gusto romántico por lo exótico próximo. Más que un conjunto de episodios militares, la Crónica se convirtió en una cantera de motivos, imágenes y tonos que resonaron en novelistas, memorialistas y cronistas de diversas lenguas.
El estilo de Irving combina sobriedad clásica y brío descriptivo. Sus transiciones, discretas pero efectivas, abren paso a escenas que se recuerdan por la atmósfera: campamentos a la intemperie, parlamentos tensos, cabalgatas que cortan la niebla. Un humor leve, casi un guiño, aligera por momentos la gravedad bélica y muestra al narrador como intérprete, no como juez sumario. Esta escritura, de frase amplia y ritmo controlado, permite que el lector avance con seguridad por un mosaico complejo sin perder la visión de conjunto ni el pulso de los detalles.
Hay también una reflexión latente sobre la representación del adversario. Al atender a voces y códigos de ambos bandos, la Crónica invita a reconocer la humanidad del otro y a sospechar de los relatos que simplifican el conflicto. La caballerosidad, por ejemplo, aparece como valor compartido y como instrumento político, capaz de sellar treguas o encender rivalidades. Irving sugiere, además, que la memoria pública se fabrica con relatos persuasivos antes que con cifras exactas, y que el historiador-narrador debe revelar sus herramientas para que el lector mida la distancia entre el hecho y su relato.
La recepción sostenida del libro, con reediciones y traducciones desde el siglo XIX, confirma su capacidad de acompañar a lectores distintos en contextos cambiantes. Su éxito no se explica solo por el tema, sino por la forma de contarlo: la obra convoca la curiosidad general sin perder interés para el lector especializado. Aporta una vía de acceso a la historia peninsular que no exige conocimientos previos y, a la vez, abre preguntas sobre fuentes, sesgos y tradiciones textuales. Esa doble puerta —placer y reflexión— explica su permanencia en bibliotecas y programas de estudio.
La premisa central es nítida: una campaña prolongada, dirigida por monarcas de los reinos cristianos peninsulares contra el último bastión musulmán, observada a través de un prisma que privilegia la estrategia, la diplomacia y el carácter. A partir de ese planteamiento, Irving despliega episodios que muestran la alternancia de avances y repliegues, la política de alianzas y la retórica con que cada parte sostiene su causa. Sin anticipar desenlaces, el lector asistirá a la gradual intensificación del cerco y a la compleja coreografía de decisiones que definirá el destino de una ciudad y de una era.
Leer hoy la Crónica de la Conquista de Granada es enfrentar preguntas que no envejecen: cómo narrar la guerra sin glorificarla, cómo comprender la frontera sin exotizarla, cómo rescatar el pasado sin convertirlo en máscara del presente. La obra perdura porque ofrece una fábula moral y política legible en cualquier tiempo, y porque su arquitectura verbal conserva la frescura de los grandes relatos. En ella, el conflicto de entonces conversa con inquietudes contemporáneas sobre identidad, memoria y convivencia. Ese diálogo incesante explica su vigencia y su atractivo para nuevas generaciones de lectores.
Crónica de la Conquista de Granada, publicada por Washington Irving en 1829, recrea la campaña de los Reyes Católicos contra el último reino musulmán de la península ibérica. El autor adopta el artificio literario de atribuir el relato a un supuesto monje, Fray Antonio Agapida, con el fin de imitar la voz de los cronistas de la época. Con una prosa de aliento histórico y color romántico, la obra sitúa al lector en el tránsito del siglo XV, cuando la política dinástica, la fe y la ambición territorial configuran un teatro de guerra en el que desfilan reyes, nobles, capitanes y ciudades fortificadas.
El relato se abre en la frontera andaluza, marcada por incursiones, cabalgadas y choques que van ensanchando un conflicto intermitente hacia una empresa de conquista organizada. Irving describe la articulación del poder de Fernando e Isabel, la movilización de mesnadas nobiliarias y órdenes militares, y el peso de la logística para sostener armas de asedio cada vez más decisivas. La corte se convierte en cuartel itinerante y en centro de deliberación, donde la devoción y la política se entrelazan. El escenario es tanto bélico como ceremonial, con proclamas, juramentos y treguas que pautan el avance de las campañas.
En las primeras operaciones, el ejército cristiano tantea plazas claves del cinturón montañoso nazarí. Irving retrata los intentos sobre fortalezas como Loja y Ronda, donde la orografía, la caballería ligera y la pericia de los defensores ponen a prueba la determinación real. Surgen figuras de relieve militar como el marqués de Cádiz y Gonzalo Fernández de Córdoba, cuyas acciones combinan audacia, disciplina y conocimiento del terreno. Las escaramuzas y cercos iniciales dejan lecciones sobre abastecimiento, espionaje y empleo de artillería, marcando el paso de una guerra de razias a una de asedios sostenidos.
En paralelo, la narrativa penetra en las tensiones internas del reino de Granada. Irving dibuja la rivalidad entre Muley Hacén, su línea y la de su hermano, conocido como El Zagal, junto con la figura de Boabdil, cuya legitimidad y alianzas se ven disputadas. Las facciones urbanas, los intereses de notables y la presión del frente occidental condicionan la estrategia nazarí. Esta lucha política, reflejada en cambios de apoyos y control de plazas, repercute en la capacidad de resistencia y ofrece a los adversarios ventanas de oportunidad que alteran el curso de las campañas.
La obra va escalando desde golpes rápidos a cercos prolongados, con capitulaciones parciales, intercambios de prisioneros y pausas que reordenan fuerzas. Irving alterna escenas de caballería y procesiones con consejos de guerra en los que convergen cálculo, fervor y propaganda. El recurso a la voz de Agapida imprime un sesgo confesional y épico a los hechos, al tiempo que el autor intercala notas de carácter costumbrista que humanizan a combatientes de ambos bandos. Así se construye un ritmo de avances medidos, escarmientos y pactos, evitando presentar la contienda como una marcha lineal e inexorable.
Una de las secciones más desarrolladas describe la campaña sobre Málaga, plaza costera vital por su puerto y murallas. Irving enfatiza la complejidad logística del asedio, la coordinación de armas de fuego y torres móviles, y la tenacidad de una guarnición dirigida por capitanes de reputación feroz. En torno a la ciudad se cruzan hambre, salidas desesperadas y presiones diplomáticas, con efectos que trascienden lo local. El cerco, largo y costoso, funciona como laboratorio de métodos de reducción de plazas, y como advertencia sobre el precio humano y material de una estrategia que confía su éxito a la constancia y al bloqueo.
Desde Málaga, la crónica progresa hacia el oriente granadino con operaciones sobre Baza y otras fortalezas que dominan pasos y vegas. Irving presenta estos asedios como pruebas de resistencia para ambos ejércitos, donde la coordinación entre nobles, infantería y artilleros decide lo que antes dependía de una carga de caballería. La deliberación regia se vuelve más calculada, con énfasis en cortar comunicaciones y asegurar líneas de suministro. El desgaste va imponiendo concesiones y negociaciones, mientras las lealtades en el interior nazarí se recomponen bajo la presión de una guerra que ya no admite soluciones rápidas.
En el tramo final, el foco se concentra en la llanura ante la capital nazarí. La crónica detalla la instalación de un gran real permanente y las precauciones para mantener disciplina, provisiones y moral. Un incendio fortuito de las instalaciones regias precipita la decisión de levantar una ciudad-campamento de planta regular, Santa Fe, que simboliza la voluntad de concluir la empresa. Desde allí, el cerco adquiere un cariz metódico, con parlamentos, exigencias y un juego de promesas y garantías. Irving explora los argumentos religiosos, jurídicos y económicos que acompañan a la presión militar.
Sin entrar en pormenores finales, la obra cierra sobre el sentido histórico de una contienda que, para Irving, condensa el tránsito entre caballería medieval y monarquía moderna. Su crónica, a la vez literaria y documental, subraya cómo la violencia y la negociación modelan instituciones y relatos nacionales. Al rescatar voces y ceremoniales, el libro invita a ponderar la construcción de la memoria histórica y las capas de interpretación que filtran los hechos. Su vigencia reside en mostrar cómo la guerra, la fe y la política se traducen en mitos y en debates aún vivos sobre identidad, convivencia y Estado.
La Crónica de la Conquista de Granada de Washington Irving se sitúa en el marco del último tramo de la Edad Media ibérica y el alba de la modernidad política. El escenario es el reino nazarí de Granada y las coronas de Castilla y Aragón, gobernadas conjuntamente por Isabel I y Fernando II. Dominan instituciones en consolidación como la monarquía autoritaria, los concejos urbanos, las órdenes militares y la Iglesia con su poder fiscal y simbólico. La obra revive este mundo fronterizo y ceremonial, donde la guerra, la diplomacia y la religión se entrelazan en un espacio que combina cortes fastuosas, fortalezas serranas y una administración regia en proceso de centralización.
El emirato nazarí, fundado en el siglo XIII, fue el último estado islámico en la Península. Dependía de una economía agrícola intensiva, comercio de seda y una red de regadíos heredada de al-Andalus, y pagaba tributos a Castilla en distintos periodos. Su supervivencia se apoyó en la diplomacia, las montañas béticas y el equilibrio entre facciones. Irving, siguiendo crónicas castellanas, presenta ese reino como refinado y valiente, a la vez vulnerable por sus divisiones internas. Sin romanticizar en exceso los hechos, su narración rescata el carácter de una frontera móvil donde incursiones, treguas y rescates moldeaban la vida cotidiana y la política.
La década de 1480 estuvo marcada por luchas dinásticas en Granada. La rivalidad entre Abū l-Hasan ʿAlī (Muley Hacén), su hijo Muḥammad XII (Boabdil) y el tío de este, Muḥammad XIII (El Zagal), fragmentó al emirato. Esos conflictos facilitaron la ofensiva castellano-aragonesa. Irving refleja, desde fuentes tardomedievales, la alternancia de alianzas, cautiverios y pactos, y enfatiza cómo los códigos caballerescos coexistían con la realpolitik. Su construcción literaria de personajes musulmanes y cristianos busca equilibrio: muestra arrojo y dignidad en ambos bandos, dejando entrever que la fractura interna granadina fue determinante, sin reducirla a estereotipos ni a simple fatalismo histórico.
En Castilla y Aragón, los Reyes Católicos impulsaron reformas que fortalecieron el poder central. El Consejo Real ganó peso, se limitaron banderías nobiliarias y la Santa Hermandad, creada en 1476, actuó como instrumento de orden público y recaudación. La unión dinástica no fusionó legalmente ambos reinos, pero coordinó políticas y ejércitos. La crónica de Irving incorpora esa arquitectura institucional como telón de fondo de campañas cada vez más planificadas, donde la autoridad regia intenta subordinar a magnates, integrar órdenes militares y conectar la causa bélica con un discurso de restauración del orden cristiano y de gloria compartida en la empresa.
Sostener años de guerra exigió nuevas fórmulas de financiación y logística. A los servicios votados en Cortes se sumaron indulgencias papales y la bula de cruzada, así como deuda pública mediante juros. La Santa Hermandad contribuyó con hombres y recursos. La movilización incluyó trenes de artillería, bagajes y abastecimientos para grandes asedios. Irving, atento a la modernidad bélica, destaca el papel de la artillería dirigida por oficiales especializados como Francisco Ramírez de Madrid, cuya pericia en asedios fue decisiva. La obra muestra la transición desde campañas de caballería y razias a operaciones prolongadas, costosas y cada vez más técnicas.
El cambio tecnológico transformó el arte de la guerra. La pólvora, bombardas y culebrinas empezaron a doblegar murallas que habían resistido siglos. Los asedios se profesionalizaron con zapadores, baterías y contraminas. El campamento real de Santa Fe, levantado tras un incendio en 1491, simboliza esa persistencia organizada y la voluntad de control territorial. Irving utiliza estos episodios para contraponer el imaginario caballeresco con la eficacia de la artillería y la administración, subrayando que la victoria ya no dependía solo del valor individual, sino de la coordinación logística y de tecnologías que prefiguraban la guerra moderna.
La toma de Alhama en 1482 abrió una fase decisiva. Alhama, enclave sobre el camino de Granada a la costa, alteró el equilibrio estratégico y desató una cadena de represalias. La conquista provocó un eco cultural inmediato en romances fronterizos que lamentaban la pérdida. Irving recoge ese pulso literario, usa baladas y crónicas para reconstruir el impacto simbólico del suceso y su repercusión en la moral de ambos bandos. Su relato muestra cómo una plaza aparentemente periférica se convirtió en detonante de campañas posteriores, revelando la interdependencia entre geografía, propaganda y decisiones militares.
La caída de Málaga en 1487 aseguró a los Reyes Católicos un puerto clave y cortó a Granada del aprovisionamiento marítimo. Málaga era un centro comercial y militar con defensas robustas. El asedio fue duro y, tras la rendición, las condiciones impuestas fueron severas, con numerosos cautivos vendidos como esclavos. Irving relata el episodio con apoyos cronísticos y, mediante su narrador ficticio, expone el lenguaje triunfalista de la época. Al mismo tiempo, su prosa sugiere la ambivalencia moral de la victoria, registrando tanto la estrategia real como la tragedia humana que acompañó a un cerco prolongado y implacable.
En 1489 las campañas se concentraron en Baza, Guadix y Almería, plazas que cerraban el acceso oriental y controlaban vegas fértiles y rutas. La toma de Baza, tras un largo asedio invernal, mostró la coordinación de infantería, artillería y contingentes nobiliarios. Aquí gana relieve Gonzalo Fernández de Córdoba, el futuro Gran Capitán, cuya habilidad en negociaciones y despliegues anuncia reformas militares de inicios del siglo XVI. Irving subraya este ascenso, apoyándose en testimonios coetáneos, y lo integra en un arco que convierte la guerra de Granada en escuela de mando y preludio de empresas italianas y atlánticas.
El cerco final de Granada en 1491-1492 concentró medios y símbolos. La construcción de Santa Fe aseguró permanencia y suministros; las capitulaciones pactadas garantizaron en principio derechos religiosos y jurídicos a la población musulmana. En ese mismo entorno se firmaron en abril de 1492 las capitulaciones con Cristóbal Colón. Irving presenta el desenlace como cierre de una era peninsular y antesala de otra ultramarina. Sin detallar escenas cruciales, su crónica enlaza la caída de la capital nazarí con la emergencia de una monarquía con ambiciones imperiales, consciente de que el año 1492 condensa cambios geopolíticos, culturales y religiosos de largo alcance.
La religión impregnó las motivaciones y la retórica. La Inquisición, establecida en 1478, operaba ya en ciudades castellanas y contribuyó a fijar un marco de ortodoxia. Las bulas de cruzada dotaron de sentido penitencial y financiación a la guerra. Irving, a través de su supuesto cronista, reproduce el lenguaje devocional, pero introduce ironía y distancia crítica ante el fanatismo, rasgo perceptible para lectores modernos. Sin alterar los hechos, su dispositivo literario permite comprender cómo la autopercepción de cruzada cohesionó apoyos, a la par que plantea preguntas sobre los límites de la tolerancia y las consecuencias de imponer uniformidad religiosa.
La cultura de frontera produjo poemas, crónicas y ceremoniales. Los romances fronterizos difundieron noticias y modelos de honor; las cortes nazaríes conservaron tradiciones poéticas y cortesanas reflejadas en la Alhambra, síntesis de estética y poder. Irving bebe de esa memoria literaria y monumental, y su prosa recrea torneos, desafíos y cortesías sin olvidar la crueldad de los asedios. Aunque anacrónicamente influido por sensibilidades románticas del siglo XIX, evita reducir el pasado a fábula exótica: cita y parafrasea cronistas como Pulgar o Bernáldez, y reconoce la mezcla de ideal caballeresco y pragmatismo que definió aquella contienda.
La economía granadina, basada en regadío, morerías artesanas, seda y comercio mediterráneo, sostenía una sociedad urbana densa y un hinterland agrícola intensivo. En la frontera castellana, las incursiones, rescates y guardas de campos eran parte de la vida rural, y la guerra alteró ritmos de siega, ferias y rutas. Tras la conquista, procesos de repoblación y nuevas jurisdicciones transformaron la propiedad y la fiscalidad. Irving alude a estos sustratos materiales de manera sobria: su objetivo no es una historia económica, pero reconoce que la capacidad de alimentar ejércitos, pagar sueldos y mantener caballerías fue tan decisiva como el valor en la brecha.
La circulación de noticias y saberes cambió en el siglo XV. La imprenta, introducida en la Península hacia la década de 1470, multiplicó crónicas y devocionarios, y consolidó modelos narrativos sobre la guerra. Los informes de testigos y los romances ayudaron a dar forma a una memoria compartida. Tres siglos después, Irving trabajó con impresos antiguos y manuscritos conservados en bibliotecas españolas, contrastando versiones y anotando variantes. Esa relación entre fuentes tempranas y reescritura decimonónica se percibe en su estilo: una prosa que aspira a fidelidad narrativa, pero reconoce lagunas, sesgos y la necesidad de advertir al lector sobre su mediación literaria.
Washington Irving residió en Madrid a fines de la década de 1820, invitado a consultar archivos y colecciones por eruditos como Martín Fernández de Navarrete, mientras trabajaba en proyectos históricos. Publicó la Crónica de la Conquista de Granada en 1829, presentándola como traducción de un supuesto fraile, Antonio Agapida, recurso que le permite emular la voz de una crónica tardomedieval. La ficción del cronista no encubre la base documental: Irving cita autores castellanos y compara relatos, con intención divulgativa. Su posición de escritor extranjero le dio una distancia que combina fascinación estética con voluntad de rigor historiográfico.
El contexto español de los años 1820 estaba marcado por tensiones entre absolutismo y liberalismo tras la Guerra de la Independencia. Esa pugna política reactivó el interés por orígenes nacionales y por un pasado medieval capaz de ofrecer modelos de cohesión. Viajeros europeos y estadounidenses redescubrieron Andalucía, la Alhambra y los paisajes de frontera. El orientalismo romántico cohabitó con una investigación más sistemática. Irving, situado entre ambos impulsos, desempeñó un papel mediador: acercó a públicos anglófonos una historia española compleja, sin reducirla a estampa, y contribuyó a internacionalizar el valor patrimonial de Granada y su memoria.
En la obra, el artificio de Fray Antonio Agapida permite representar una mentalidad triunfalista y devota, mientras la voz del autor introduce matices y dudas. Así, la crónica funciona como espejo de su época representada, con sus discursos de cruzada, y como crítica implícita desde el siglo XIX, que valora la caballerosidad de adversarios y teme los excesos del celo religioso. También explora la relación entre mito y archivo: los episodios célebres se apoyan en documentos, pero se reconocen como relatos modelados por la transmisión cultural. En ese equilibrio reside su vigencia como contexto histórico y reflexión sobre cómo se escribe la historia.
Washington Irving (1783–1859) fue un escritor, ensayista, biógrafo, historiador y diplomático estadounidense, figura central del romanticismo temprano en lengua inglesa. Es recordado por haber consolidado la reputación internacional de las letras estadounidenses y por cultivar con éxito el relato breve, el cuadro de costumbres y la prosa de viaje. Su celebridad se afianzó con The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gent., volumen que reunió textos tan influyentes como Rip Van Winkle y The Legend of Sleepy Hollow. Entre su obra destacan también sátiras históricas, crónicas sobre España y biografías que, sin renunciar al encanto narrativo, buscaron una dignidad literaria para la historia nacional.
Nacido y formado en Nueva York, estudió leyes y fue admitido al ejercicio, aunque pronto privilegió la escritura. Su educación literaria se nutrió de los moralistas y ensayistas británicos del siglo XVIII, especialmente Addison y Steele, cuyo modelo de “papeles” periódicos marcó su gusto por la miniatura ensayística. La efervescencia cultural neoyorquina y el legado neerlandés de la ciudad ofrecieron materia para su primera etapa satírica. Colaboró en el periódico humorístico Salmagundi y publicó A History of New York, by Diedrich Knickerbocker, farsa erudita que parodiaba la historiografía local y fijaba un tono irónico, urbano y cosmopolita que sería distintivo.
A partir de mediados de la década de 1810 residió largos años en Europa, sobre todo en Inglaterra. Allí trató a autores consagrados, entre ellos Sir Walter Scott, cuya amistad y ejemplo favorecieron su transición hacia una prosa más pintoresca y romántica. Entre 1819 y 1820 difundió en ambos lados del Atlántico The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gent., publicado bajo seudónimo. El libro combinó estampas de viaje, meditaciones sobre tradiciones anglosajonas y cuentos que consolidaron el relato breve como forma estadounidense, con humor templado, atmósferas evocadoras y una atención novedosa a la memoria local y a la vida cotidiana.
El éxito del Sketch Book dio paso a Bracebridge Hall (1822) y Tales of a Traveller (1824), que prolongaron su exploración del costumbrismo y el cuento. En 1826 se trasladó a España, donde trabajó en archivos y bibliotecas, interesado por la era de los descubrimientos y por la historia peninsular. De esa etapa surgieron A History of the Life and Voyages of Christopher Columbus (1828), Chronicle of the Conquest of Granada (1829) y The Alhambra (1832). Estas obras alternan historia documentada, reconstrucción narrativa y estampas de viaje, y contribuyeron a difundir en el mundo anglófono una imagen literaria de la España medieval y moderna.
Hacia finales de la década de 1820 desempeñó funciones diplomáticas en Londres y, al regresar a Estados Unidos en 1832, se reencontró con un país en expansión territorial. Viajó por las praderas del suroeste y plasmó esa experiencia en A Tour on the Prairies (1835), incluido en The Crayon Miscellany. Continuó su interés por la historia reciente con Astoria (1836), crónica del comercio de pieles y las rutas hacia el Pacífico, y The Adventures of Captain Bonneville (1837). En esos años adquirió una residencia a orillas del Hudson, conocida como Sunnyside, y consolidó su prestigio como hombre de letras profesional.
En la década de 1840 volvió al servicio exterior como ministro de Estados Unidos en España, cargo que ejerció durante varios años. De regreso en su país, emprendió su proyecto más ambicioso: la Life of George Washington (1855–1859), biografía en varios volúmenes concebida como un relato amplio y digno de los orígenes republicanos. Su enfoque privilegió la narración clara y la caracterización moral sobre la polémica política, siguiendo una sensibilidad romántica tardía. Aunque más tarde se cuestionaron ciertas idealizaciones, la obra gozó de amplia lectura y consolidó la imagen pública de Washington en la cultura estadounidense del siglo XIX.
Irving pasó sus últimos años en Sunnyside, donde continuó revisando textos y recibiendo visitantes, y murió en 1859. Su legado abarca la profesionalización del oficio literario en Estados Unidos, la fijación del cuento como género central y la creación de un repertorio de temas—desde la memoria colonial neoyorquina hasta la fascinación por Al-Ándalus—que influyó en autores posteriores. Su prosa, equilibrada entre humor, melancolía y descripción plástica, contribuyó a tender puentes culturales entre América y Europa. Sus relatos y libros de viajes siguen leyéndose por su invención atmosférica y su capacidad para convertir tradiciones locales en literatura perdurable.
La narracion de los sucesos que marcaron una de las épocas mas brillantes de la historia nacional, las victorias, combates y peligros de una guerra memorable, la conquista, en fin, del reino de Granada, y la subversion del imperio árabe en España, son el objeto y materia de las páginas siguientes.
La imaginacion, seducida por las ideas encantadoras que inspira un argumento tan fecundo y bello, apenas sabe contenerse dentro de los límites de la verdad histórica: las hazañas, las proezas, los grandes hechos de armas que ennoblecen á los actores de la escena, el entusiasmo religioso del cristiano caballero, y el ardoroso valor del sarraceno feroz, son circunstancias que dan á esta época un aspecto heróico y caballeresco, y que arrastran al historiador á las regiones de la ficcion. Pero el célebre Washington Irving, cuya fama se extiende ya desde las selvas de la América setentrional hasta las extremidades de la Europa, tratando este asunto con mano maestra, y con el mismo acierto que todas sus demas producciones, ha sabido evitar este escollo, y exornar su obra con las gracias de un estilo que le es peculiar, dándole un aire romántico, sin desdecir un punto de su carácter de historiador, sin omitir un solo hecho, ni añadir circunstancia alguna que no se halle en las antiguas crónicas y memorias que tratan de la materia.
Parecerá una temeridad haberme yo arrojado á traducir á este autor inimitable. Pero la consideracion de no haberse escrito hasta ahora, que yo sepa, esta historia en particular y con la extension que se merece, y sí solo incidentalmente por algunos autores envejecidos, junto con el deseo de presentar al público español á un escritor cuyas obras están traducidas en casi todos los idiomas menos el castellano, me animó á una empresa acaso superior á mis fuerzas, y digna de mejor pluma.
Por otra parte, los atractivos que parece debe tener para toda clase de lectores la historia de la conquista de Granada, animan á creer que este trabajo merecerá una acogida favorable. El hombre de estado, el literato, el militar, hallarán aqui materia adecuada á sus gustos é inclinaciones; y los que leen por mera curiosidad, no dejarán de experimentar algun placer cuando se les trata de los moros de Granada, de esta nacion de guerreros (como dice Simon de Argote) galanteadores hasta la adoracion, supersticiosos hasta el fanatismo, valientes hasta el frenesí; ni dejarán de contemplar con interés la larga y gloriosa lucha que sostuvieron sus antepasados, (los Aguilares, los Portocarreros, los Ponces de Leon, nombres identificados con las glorias de su pátria) primero que lograsen derrocar el poder colosal del sarraceno, y diesen cima al triunfo mas señalado que jamas alcanzaron las armas españolas.
Si esta traduccion merece la aprobacion del público, tendré por bien empleados mis desvelos; labor ipse voluptas.
El Traductor.
Del reino de Granada, y del tributo que pagaba á la Corona de Castilla.
Desde la desastrosa época en que la invasion de los árabes y la derrota de don Rodrigo, último Rey de los godos, echaron el sello á la perdicion de España, habian pasado cerca de ochocientos años; y los príncipes cristianos, recobrando sucesivamente los reinos que perdieron, habian reducido el señorío de los moros á solo el territorio de Granada.
Estaba situado este famoso reino en el mediodia de España, confinando por esta parte con el mar mediterráneo, y por la del norte con una cordillera de altas y escarpadas montañas, cuya esterilidad se recompensaba largamente con la pródiga fertilidad de los ricos y profundos valles que abrigaban en su seno.
La ciudad de Granada, ocupando el centro del imperio, descollaba desde la falda de Sierra nevada, y cubria dos alturas y un valle fertilizado por el Darro. Sobre una de estas alturas se eleva el alcázar real de la Alhambra, cuya capacidad es tanta, que pueden alojarse cuarenta mil hombres dentro de sus muros y torreones. Era fama entre los moros, que el Rey que levantó este suntuoso edificio, estaba instruido en las ciencias ocultas, y que el arte de la alquimia le suministró los medios para ocurrir á tan grandes gastos. Es efectivamente una obra sublime, y acaso superior en su género á cuanto ha producido la magnificencia oriental; pues aun en el dia, el forastero que discurre por sus silenciosos y desiertos patios y desmantelados salones, contempla con admiracion la curiosa labor de sus dorados techos, y el lujo de los adornos, que á pesar del tiempo y sus estragos, conservan todavia su brillantez y hermosura.
Sobre otro cerro, enfrente de la Alhambra, estaba fundada la fortaleza de la Alcazaba, su rival, donde habia un llano espacioso, cubierto de casas y de una poblacion numerosa. Por las faldas de estos cerros se extendia la ciudad, en la que se contaban setenta mil casas, distribuidas en calles angostas y plazuelas, segun era costumbre de los moros. En las casas habia patios y jardines; y en ellos se veian brotar fuentes caudalosas, y florecer el granado, el cidro y el naranjo; y elevándose unos sobre otros los edificios, presentaba esta capital el aspecto singular y embelesador de una ciudad y de un jardin á un mismo tiempo. Estaba la poblacion cercada de altos muros, que tenian tres leguas de circunferencia, con doce puertas, y mil y treinta torres. La elevacion de la ciudad y la proximidad de Sierra nevada, cubierta perpetuamente de nieve, mitigaban los calores excesivos del estío; de suerte, que mientras en otras partes agoviaba y rendia el rigor de la canícula, aqui se gozaba de una temperatura suave, y un aire puro y sano circulaba por las habitaciones de Granada.
Pero la gloria de esta ciudad era su vega, que se extendia por espacio de treinta y siete leguas de circunferencia. Era un jardin de delicias, rodeado de altos cerros, y fertilizado por una multitud de fuentes y manantiales; y el cristalino Jenil deteniendo su curso, lo atravesaba con lento y tortuoso paso. La industria de los moros, habia repartido las aguas de este rio en mil corrientes y arroyuelos, que llevaban un riego abundante por toda la superficie de la llanura. Llegaron en efecto á poner en tanta prosperidad á esta region feliz, que causaba admiracion; esmerándose en añadirle nuevos adornos, asi como un amante se complace en realzar la belleza de su dama. Los cerros estaban coronados de olivares y viñedos, y matizados los valles de huertas y jardines: lozanas mieses doraban el espacioso llano, y cubríanle inmensos plantíos de moreras que producían una finísima seda, al paso que por cualquier lado deleitaban la vista el naranjo, el cidro, la higuera y el granado. Trepando de rama en rama, se veia á la débil vid enlazarse con el álamo robusto, ó bien adornando con sus dorados racimos la rústica cabaña; y el canto perenne del ruiseñor, alegraba á este vergel florido. En una palabra, tan ameno era el suelo, tan puro y apacible el aire, y tan sereno el cielo de esta region deliciosa, que se imaginaban los moros que el paraiso de su Profeta, debia de estar en la parte del cielo sobrepuesta al reino de Granada .
Se habia dejado á los infieles en posesion de este rico y populoso territorio, bajo la condicion de pagar á los Reyes de Castilla y de Leon, un tributo anual de dos mil doblas de oro[1], y entregar mil y seiscientos cautivos cristianos, ó en defecto de estos, un número igual de moros, como esclavos; debiendo verificarse la entrega de todo en la ciudad de Córdoba.
En la época en que principia esta Crónica, Fernando é Isabel, de gloriosa y feliz memoria, reinaban en los reinos unidos de Castilla, Leon y Aragon; y Muley Aben Hazen ocupaba el trono de Granada.
Este Muley Aben Hazen habia sucedido á su padre Ismael en 1465, siendo Rey de Castilla y de Leon don Enrique IV, hermano y predecesor inmediato de la Reina Isabel. Era del esclarecido linage de Mahomed Aben Alamar, el primero de los Reyes moros de Granada, y era el mas poderoso de su línea, pues se habia acrecentado mucho su poder con la pérdida de otros reinos, que los cristianos habian conquistado á los moros, y con haberse acogido á su proteccion muchas ciudades y lugares fuertes de los reinos contiguos á Granada, que no quisieron rendir vasallage á los cristianos. Asi se fueron dilatando los estados de Muley, y tal vino á ser su poblacion y riqueza, cual no habia ejemplo; pues se contaban en ellos catorce ciudades y noventa y siete plazas fuertes, ademas de un gran número de aldeas y lugares abiertos, defendidos por castillos formidables; el espíritu de Aben Hazen creció á la par de su poderío.
El tributo en dinero y cautivos, habia sido pagado puntualmente por Ismael, y aun Muley en una ocasion habia asistido personalmente á su pago en Córdoba. Pero la insolencia y menosprecio que sufrió entonces de los orgullosos castellanos, habian despertado toda su indignacion, y se enfurecia el africano altivo al recordar aquella humillante escena y el envilecimiento de los suyos. Asi, cuando subió al trono, cesó enteramente el pago del tributo, y bastaba traérselo á la memoria para que la cólera le arrebatase.
Los Reyes Católicos[2] envian á pedir el tributo al moro: lo que éste contestó, y como quebrantó la tregua.
En el año de 1478, llegó á las puertas de Granada un caballero español de orgulloso porte y muy noble presencia, que venia como Embajador de los Reyes Católicos, para reclamar los atrasos del tributo. Llamábase don Juan de Vera, y era un devoto y celoso caballero, lleno de ardor por la fé y de lealtad por la corona. Venia perfectamente montado y armado de todas piezas, y le seguia una comitiva corta, pero bien apercibida.
Miraban los habitantes moros á esta pequeña, pero lucida muestra de la nobleza castellana, con una mezcla de curiosidad y ceño, al verla entrar por la famosa puerta de Elvira, con aquella gravedad y señorío que distinguen á los caballeros españoles. Y mirando el gentil continente y fuerte contestura física de don Juan, que le hacian apto para las mas árduas empresas militares, se figuraban que vendria para ganar renombre y fama compitiendo con los caballeros granadinos en los torneos ó en los juegos de cañas, por los cuales eran tan celebrados; pues en los intervalos de la guerra, solian todavia los guerreros de las dos naciones entretenerse juntos en estos egercicios caballerescos. Pero cuando entendieron que su venida era para pedir el tributo tan odiado de su fogoso Monarca, dijeron que bien era menester un caballero de tanto valor y esfuerzo como este manifestaba, para venir con una embajada semejante.
Sentado bajo de un dosel magnífico, y rodeado de los grandes del reino, recibió Muley Aben Hazen á don Juan de Vera en el salon de Embajadores, uno de los mas suntuosos de la Alhambra. Expuso el español el objeto de su mision; y habiendo concluido, le dijo el soberbio Monarca con semblante airado y tono desdeñoso: “Id, y decid á vuestros soberanos, que ya murieron los Reyes de Granada que pagaban tributo á los cristianos; y que en Granada no se labra sino alfanges y hierros de lanza contra nuestros enemigos.” Con esta respuesta, mensagera de una guerra cruel, volvió el Embajador castellano á la presencia de su Monarca.
En el corto espacio que permanecieron en Granada, tuvieron lugar don Juan y sus compañeros de reconocer, como inteligentes y prácticos, las fuerzas y situacion del moro. Notaron que estaba bien apercibido para la guerra; que las murallas, fuertes y bien torreadas, estaban guarnecidas de lombardas y otras piezas de artillería; que los almacenes estaban bien provistos de municiones y pertrechos de guerra; que habia una infantería numerosísima, y muchos escuadrones de caballería, prontos á entrar en campaña y, capaces no solo de hacer la guerra en la defensiva, sino de llevarla á las puertas del enemigo. Todo esto vieron nuestros guerreros sin arredrarse, antes se felicitaron de haber hallado un contrario tan digno de ellos; y esta consideracion servia de estímulo á su valor. Al pasar por las calles de Granada, cuando salian de la ciudad, miraban en derredor de sí, é íbanseles los ojos tras de tanto objeto como excitaba su codicia. Veian aquellos suntuosos palacios y magníficas mezquitas, aquella Alcaycería ó mercado, tan abundante de sedas, de telas de oro y plata, de joyas, de piedras preciosas y de una variedad inmensa de géneros de mucho precio y lujo, traidos de los mas remotos climas, y deseaban con impaciencia llegase la hora en que todas estas riquezas fuesen despojos de sus soldados, y en que, postrada la media luna, tremolase en su lugar el estandarte de la cruz.
Iba don Juan de Vera atravesando lentamente el pais con direccion á la frontera, y no veia pueblo que no estuviese bien fortificado: toda la vega estaba sembrada de torres, que servian de asilo á las gentes del campo: en las montañas, todos los pasos se hallaban defendidos con castillos, y todos los cerros tenian sus atalayas. Al pasar bajo los muros de estas fortalezas, veíanse relumbrar desde los adarves las lanzas y cimitarras de los moros, y el feroz centinela parecia lanzar miradas de odio y enemistad á los cristianos. Era evidente que de romperse la guerra con esta nacion, se seguiria una larga y sangrienta lucha, llena de trances peligrosos y de empresas árduas; una lucha, en fin, en que el terreno se ganaria á palmos, y con sudor y sangre; y solo podria conservarse con suma dificultad. Pero esto mismo inflamó el espíritu guerrero de los castellanos, y ya se les hacia tarde que empezasen las hostilidades.
Al desafio del fogoso Monarca moro, hubieran contestado desde luego los Reyes Católicos con el estruendo de su artillería; pero se hallaban á la sazon empeñados en una guerra con Portugal, y ocupados en deshacer una faccion de los grandes de su mismo reino. Asi, pues, se permitió continuase la tregua, que por tantos años habia subsistido entre las dos naciones; reservándose el cauto Fernando la resistencia de los moros á pagar tributo, como un motivo fundado para hacerles la guerra en el momento que se presentase una ocasion favorable.
Al cabo de tres años terminó la guerra con Portugal, y quedó sosegada en gran parte la faccion de los nobles de Castilla. Trataron entonces Fernando é Isabel de realizar el proyecto, que desde la union de sus dos coronas habia sido el grande objeto de su plausible ambicion, á saber: la conquista de Granada, y la extirpacion del dominio de los moros en España. Para este fin determinó Fernando hacer la guerra con detenimiento y precaucion; y perseverar en ella, quitando al enemigo, uno despues de otro, sus castillos y fortalezas, hasta dejarle enteramente sin apoyo, para acometer entonces la capital. Á este intento dijo el prudente Rey: “Uno á uno he de sacar los granos á esta Granada.”
No se ocultaban á Muley Aben Hazen las intenciones hostiles del Católico Monarca; pero confiaba en los medios que tenia para resistirle. En el discurso de un reinado tranquilo, habia juntado grandes caudales y puesto en estado de defensa todas las plazas del reino: habia sacado de Berbería cuerpos numerosos de tropas auxiliares, y se habia concertado con los príncipes de África, para que en caso urgente le enviasen nuevos socorros. Tenia en sus vasallos soldados aguerridos y de gran corazon, cuyos hechos no desmentian la opinion de que gozaban. Avezados á los trabajos de la guerra, sabian sufrir el hambre, la sed, el cansancio y la desnudez; montaban primorosamente, y lo mismo peleaban á pié que á caballo, lo mismo armados de todas piezas que á la gineta, ó á la ligera, con solo lanza y adarga. Obedientes á la voz del Soberano, campeaban á la primera intimacion, y defendian con tenacidad sus pueblos y posesiones.
Hallándose tan apercibido para la guerra, resolvió Muley Aben Hazen anticiparse á Fernando, y dar el primer golpe. En la tregua que subsistia habia una cláusula singular, y era, que se podia acometer cualquier castillo, y hacerse unos á otros correrías y cabalgadas, siempre que no se asentase real, ni fuesen con banderas tendidas, ni con sonido de trompeta, sino de improviso y con estratagema, y que esto no durase mas de tres dias. De aqui se originaron tantas empresas tan temerarias y peregrinas, en que se asaltaban y sorprendian tantos castillos y lugares fuertes. Pero hacia ya mucho tiempo que por parte de los moros no se habia cometido ningun exceso de este género, y por esta causa los pueblos fronterizos de los cristianos no se guardaban con la debida vigilancia.
Deseando estaba Muley Aben Hazen saltear alguna villa, cuando se le dió aviso que la Zahara, por el descuido de su alcaide, se hallaba á mal recado, mal abastecida y con corta guarnicion. Esta importante fortaleza, estaba situada sobre un escarpado cerro entre Ronda y Medina Sidonia, y la dominaba un castillo encaramado en un peñasco tan alto, que se decia descollaba entre las nubes, y que las aves no alcanzaban á remontar hasta alli el vuelo. Las calles y muchas de las casas, no eran mas que excavaciones labradas en la peña viva. La poblacion tenia una sola puerta, la cual miraba á poniente, y estaba defendida con sus torres y almenas. La única subida á este empinado castillo, era por un sendero cortado en la misma roca, y tan fragoso en algunas partes, que parecia una escalera desmoronada. Tal era Zahara, que por su situacion y fuerza parecia podia burlarse de cuantas tentativas se hiciesen para tomarla; y esto se tenia por tan cierto, que dió motivo á que á las mugeres de una virtud severa é inaccesibles las llamasen Zahareñas. Pero ni la plaza mas fuerte, ni la virtud mas austera, dejan de tener algun lado débil, por lo que han menester la mayor vigilancia para guardarse. Estén, pues, sobre aviso las damas y los guerreros, y escarmienten con la suerte de Zahara.
Expedicion de Muley Aben Hazen[3] contra la fortaleza de Zahara.
Año 1481
En el año de 1481, y pocos dias despues de la natividad de Nuestro Señor, dió Muley Aben Hazen el famoso asalto de la villa de Zahara. Los moradores de ella yacian en el mas profundo sueño, y hasta el centinela habia abandonado su puesto, para ponerse al abrigo de una tempestad tan brava, que habia durado tres noches consecutivas. En tal trastorno de los elementos ¿quién habia de pensar que campease un enemigo? Empero el feroz Aben Hazen halló ser esta la ocasion mas oportuna para la ejecucion de sus designios. En el silencio de la noche se oyó repentinamente dentro de los muros de Zahara, un alboroto y vocería mil veces mas temible que el bramido de la tempestad; y el grito de “¡al arma! ¡al arma! ¡el moro! ¡el moro!” resonó por las calles de la villa, mezclado con el estruendo de las armas, los lamentos de los moribundos y la algazara de los vencedores. Habia salido de Granada Muley Aben Hazen á la cabeza de una fuerza considerable, y atravesando aceleradamente las montañas, llegó á favor de la oscuridad de aquella noche tempestuosa, hasta el pié de la fortaleza, y arrimando las escalas la entró sin ser visto, apoderándose del castillo y del lugar. Los moradores, que no se recelaban del menor peligro, despertaron cuando tenian ya la guerra y la muerte dentro de casa, y atemorizados huian, figurándose que los espíritus infernales venidos sobre las alas del viento, se habian apoderado de sus torres y baluartes. El grito de la guerra se oia por todas partes, en las calles de la villa y en las almenas del castillo; todo lo ocupaba el enemigo, y aunque envuelto en tinieblas, obraba de concierto á favor de señales convenidas. Los soldados de la guarnicion, saliendo atropelladamente de sus cuarteles, corrian desordenados por las calles sin acertar á reunirse, y sin saber á quien herir: entre tanto la cruel cimitarra, esparciendo el terror y la muerte, interceptaba á los fugitivos, y sacrificaba á cuantos ofrecian la menor resistencia.
En breve cesó la lucha y con ella el estrépito de las armas; y ya solo se oian los silvidos del temporal que corria, y de cuando en cuando las voces de la soldadesca mora, ocupada en el saqueo, cuando resonó una trompeta por toda la villa, intimando á los habitantes que se reuniesen en la plaza. Aqui, rodeados de una guardia fuerte, permanecieron hasta la madrugada; y al amanecer era cosa que movia á compasion ver una poblacion poco antes tan feliz, y que ayer se habia retirado al descanso de sus lechos con seguridad y confianza, hacinados hoy en aquel sitio estrecho sin distincion de edad, calidad ni sexo, y expuestos á todo el rigor de un cielo proceloso. Sordo á los ruegos y clamores de estos infelices, mandó el feroz Aben Hazen que llevasen á todos cautivos á Granada. Dejando una fuerte guarnicion en el pueblo y en el castillo, con órden de poner á entrambos en buen estado de defensa, regresó Muley á su capital, ufano de su victoria, cargado de despojos, y llevando consigo los pendones y banderas de Zahara.
Se estaba disponiendo en Granada la celebracion de este triunfo con fiestas y torneos, cuando llegaron los cautivos de Zahara. Estos infelices, rendidos de fatiga, y con la desesperacion retratada en sus pálidos semblantes, venian conducidos por un destacamento de soldados; y mezclados hombres, mugeres y niños, fueron metidos á manera de ganado por las puertas de la ciudad. Grande fue la indignacion de los habitantes al presenciar esta cruel escena. Los ancianos, que tenian experiencia de las calamidades de la guerra, pronosticaron mil males venideros; y las tímidas madres estrecharon á sus hijos contra su seno al mirar el desconsuelo de las de Zahara, con los suyos espirando entre sus brazos. Por todas partes se oian los acentos de la piedad; y la lástima que inspiraban estos desgraciados, iba acompañada de imprecaciones contra el Rey, por su bárbaro proceder. Las prevenciones para las fiestas se abandonaron, y las viandas que estaban destinadas para el regalo de los vencedores, se repartieron entre los vencidos.
No por eso dejaron los nobles y los alfaquís de acudir á la Alhambra para felicitar al Soberano; pero al tiempo que se tributaba al pié del trono el incienso de la adulacion, salió de en medio de la turba de cortesanos una voz, que cual trueno asaltó los oidos del atónito Aben Hazen. “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de Granada!” decia aquella voz: “la hora de tu desolacion se acerca: las ruinas de Zahara caerán sobre nuestras cabezas, y nuestro imperio en España se acabará para siempre.” Aterrados quedaron todos al oir al denunciador de tantos males, y se retiraron dejándole solo en medio del salon. Era un anciano vestido en hábito de Dervís, á quien la nieve de las canas no habia apagado el fuego de su espíritu, que centelleaba en sus encendidos ojos: era, como dicen los historiadores árabes, un Santon, uno de aquellos que pasando la vida en la oracion y la soledad, alcanzan á fuerza de ayunos y penitencias el don de la profecía. La voz del Santon resonó por los salones de la Alhambra, imponiendo silencio y causando temor á todos los presentes. Solo Muley Aben Hazen le oyó sin inmutarse; y mirándole con desprecio, le trató de viejo demente, cuyas predicciones no eran mas que delirios de una imaginacion descarriada. Saliéndose de la presencia real, bajó el Santon á la ciudad y la recorrió toda con ademanes frenéticos, dando voces, y repitiendo en todas partes el fatal vaticinio. “La tregua se quebrantó, decia, y desde hoy comienza una guerra exterminadora. ¡Ay! ¡ay! ¡ay de tí Granada! la desolacion reinará en tus palacios; tus fuertes defensores caerán bajo la espada del enemigo, y tus hijos y tus hijas gemirán en la esclavitud. Zahara no es mas que el tipo de Granada.”
El pueblo que esto escuchaba se llenó de espanto, pareciéndole que eran inspiraciones proféticas los desvaríos del Santon. Encerrábanse los unos en sus casas como en tiempo de luto, y los otros se reunian en corrillos por las calles y las plazas, alarmándose mútuamente con los mas tristes presentimientos, y maldiciendo el arrojo y barbarie del temerario Aben Hazen.
El Monarca moro cerró los oidos al descontento general; y conociendo que su conducta debia acarrearle la venganza de los cristianos, se declaró abiertamente, é hizo un esfuerzo para sorprender á Castellar y á Olvera; pero sin lograr su intento. Envió asimismo alfaquís á los estados berberiscos, anunciándoles que la espada estaba desembainada, y solicitando su auxilio para mantener contra la violencia de los infieles al reino de Granada y á la religion de Mahoma.
