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Fabián despierta una vez más después de una noche de excesos, drogas y sexo. Hijo de un juez del Tribunal supremo y de una madre discreta, religiosa y sumisa, su vida aparentemente está resuelta, hasta que un desafortunado accidente le lleva a conocer a un extraño personaje. Como si fuese una lección que tuviera que aprender, el desconocido le obligará a conocer a tres personas de entre las cuales Fabián tendrá que elegir quién de ellos morirá al cabo de un mes. Una novela trepidante, adictiva, repleta de vidas paralelas y de secretos inconfesables que te llevará de la mano hasta un final que te dejará sin aliento. La próxima vez que alguien te pregunte ¿cuál es tu nombre? ¿Contestarás?
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Veröffentlichungsjahr: 2019
F. J. Gálvez

Primera edición: noviembre de 2019© Copyright de la obra: F. J. Gálvez© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
ISBN: 978-84-121212-1-6Depósito Legal: B-25415-2019Corrección: Teresa PonceDiseño e imagen de portada: Celia Valero Maquetación: Celia ValeroEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions
www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cual- quier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»
A mi mujer, a mis hijos y a toda mi familia, pero en especial a la persona que, por alguna extraña razón que no llego a comprender, siempre ha confiado en su primogénito, y que no es otra que mi madre
Muchas veces resulta eficaz definir una novela en base a un género determinado. Decimos de tal obra que es una novela romántica o policíaca y, con ello, pretendemos catalogarla en un lugar donde sentirnos más o menos cómodos. A veces no parece importarnos cuál es ese género con tal de encontrar uno que más o menos se ajuste y que nos ayude a poner las cosas en su sitio.
Si usted, lector, siente el deseo de saber a qué género pertenece la novela que tiene en sus manos, lamento comunicarle que me es imposible precisárselo. Y eso, lejos de ser un inconveniente, es una de las muchísimas virtudes de esta obra.
Francisco Javier Gálvez ha escrito una novela magnífica. Ese es el único género -el de lo magnífico- que debería importarnos. Es evidente que puede definirse como una obra arraigada en el suspense, pero también tiene mucho de psicológico y de romántico y de todas esas características que podemos encontrar en la vida, porque este libro engloba la vida en su totalidad, con sus miserias y sus grandezas, con sus dudas y sus convicciones.
Fabián, el protagonista, se ve obligado a tomar decisiones que provocarían en cualquiera de nosotros la parálisis más absoluta. Su cerebro ha de evaluar miles de datos para decidir quién vive y quién no. Eso provoca que en la novela se disparen todas las balas de la realidad: a quién queremos y a quién no, quien nos ama y quien nos odia y, sobre todo, la opinión que tenemos de los demás y de nosotros mismos. Durante las páginas de la novela va quedando claro que nada es tan fácil como habíamos imaginado, que el mundo y sus gentes son más complejas de lo que suponíamos.
Esa complejidad de la vida sabe reflejarla Gálvez con maestría. Si usted empieza a leer esta obra, no tardará en constatar que está ante un escritor con un talento muy penetrante, un autor que conoce a la gente y que, por ello, nos conoce a nosotros, sus lectores.
Sé que, al terminar de leer esta historia, tendrán ustedes las mismas dudas que yo respecto al género literario al que pertenece, pero, al igual que yo, sin duda sabrán que ese género es el de lo extraordinario, de lo magnífico; en resumidas cuentas, el género del talento.
He disfrutado mucho leyendo y he sufrido con las decisiones de Fabián, he dudado con él y en muchísimas ocasiones he notado incluso que me movía a su lado. Esa mezcla entre placer y tensión es lo que define la buena literatura. Y esta novela es buena literatura, pero es algo más que eso; es literatura bondadosa. Porque hay bondad en el texto, una bondad que parece estar escondida entre las líneas de diálogo y que nos obliga, tras su lectura, a ser sustancialmente mejores.
Escribir bien es difícil. Escribir muy bien es casi imposible. Y Francisco Javier Gálvez ha conseguido lo imposible. Gracias, señor Gálvez. Gracias Paco por haberme hecho disfrutar y por haber descubierto a alguien más a quien admirar.
Juan Carlos Ortega
«No, definitivamente no parece que hoy vaya a ser un buen día».
La temperatura de aquella mañana de abril comenzaba a ser cada vez más baja, mermando el efecto de los escasos rayos de sol que forcejeaban entre las nubes por salir. Los truenos resonaban en la distancia, presagiando el sentimiento de culpa que le engulliría en el momento en que la caja comenzase su descenso definitivo.
Anteayer no fue un día mejor, y tuvo que ver sin tapujos como una vida se iba apagando en parte por culpa suya. Ha intentado por todos los medios que el remordimiento no destroce sus principios recién adquiridos, pero sus esfuerzos no han obtenido los frutos deseados.
Nubes negras se acercan al mismo tiempo que personas de toda índole, que nunca habría creído que tenían que ver nada en su vida, aparecen en relucientes vehículos que parecen sacados de un concesionario de alto standing.
Espera agazapado al lado de una de las cruces más grandes del lujoso cementerio. No quiere acercarse, ni tan siquiera lo pretende, aunque sabe que él tendría que ser el primero en estar allí. Toda esa gente ni le conoce ni le conocerá jamás, y en unos pocos segundos ni él mismo recordará por qué está en este lúgubre lugar.
Poco a poco, las personas vestidas de negro se van aglomerando alrededor de un ataúd colmado de coronas de flores, pero él carece del valor para acercarse ni un metro más. Abajo, el sacerdote comienza su discurso de consuelo. Ninguna de las palabras que están llegando a sus oídos puede reconfortar su alma dañada y sabe que nada de lo que le pudiera decir cualquier persona, por muy enfundada en una indumentaria de sacerdote que vaya, le va a sacar del fondo de impotencia en el que está sumergido.
A lo lejos, inmóvil frente a una de las fosas de mármol, llama su atención una chica morena. No consigue ver las facciones de su rostro, pero unos mechones de pelo negro asoman bajo un gorro de lana blanco. Un abrigo largo de piel marrón no llega a tapar el excesivo brillo del charol de unas botas negras provistas de un tacón exageradamente alto. Nunca había discriminado a ninguna mujer por llevar al extremo la elegancia, pero, en este escenario, esos interminables tacones no parecen ser los más adecuados para moverse sobre una superficie cubierta de pequeños guijarros y desperdigadas zonas de césped.
Le hace gracia pensar como él, estando inmerso en lo que considera una maldición, ha vuelto a cometer el fallo de sentirse el centro del mundo. Su casi olvidado egocentrismo vuelve a hacer su aparición, pero su conciencia ha acabado golpeándole sin miramientos para hacerle entender que el dolor no es exclusividad de nadie. Ver a la chica del gorro blanco ante esa tumba de mármol le constata esa más que clara evidencia. Quizá, si se esforzara, podría conseguir ver las lágrimas desbordando sus ojos, pero se encuentra muy lejos, y las únicas lágrimas que puede percibir son las propias.
La perorata del sacerdote sobre las bondades y las vivencias de quien ahora ocupa el ataúd no hace más que confirmar que nadie de los que ahora rodean la caja de madera de roble tiene la jodida idea de la persona que era en realidad. Él debería acercarse y decir unas palabras, aunque sabe que lo tomarían por algún trastornado si llegase a revelar todos los sentimientos que guarda en su alma.
La decisión que se vio forzado a tomar un mes atrás fue la más difícil de su vida y aún no sabe, ni sabrá, si ha acertado en su juicio. Ayer Kimi no apareció y podría jurar que precisamente hoy no vaya a hacerlo. La verdad es que se ha girado un par de veces pensando que podía aparecer tras él, y realmente hoy no le importaría. Después de haber superado estas intensas semanas que le ha obligado a vivir, creía que vendría a dar también su particular despedida, pero, por lo visto, no va a ser así.
¿Una sonrisa? Ha sido solo un destello, pero la chica que hay ante la tumba ha girado su cabeza, y por un momento cree que le ha sonreído. Solo ha durado un instante que ha pasado tan rápido como el relámpago que acaba de cruzar el cielo, pero cree que así ha sido. ¿O quizá sea lo que le esté haciendo falta ahora que comienzan a bajar la caja hacia su última morada? Sí, seguramente habrá sido eso. Puede ser que su mente se haya encargado de fraguar esa ilusión. La verdad es que no importa, ya que en pocos segundos todo habrá desaparecido y lo vivido en este último mes quedará guardado en lo más profundo de su ser sin que él consiga recordar nada. Tan solo espera no volver a ser la persona que era antes de que esta historia ocurriera. Ha aprendido mucho, pero ¿a qué precio? Cree que su subconsciente lo sabrá aprovechar, por lo menos esa ha sido la teoría de Kimi. Los truenos suenan cada vez con más violencia. Parece que a esos supuestos conocidos y familiares les va a caer una buena.
ZONA DE CONFORT
Seis semanas antes.
Apenas puede abrir los ojos, pero, muy a su pesar, un fuerte olor le obliga a hacerlo. Justo enfrente se encuentra el rostro de una mujer. No tiene ni puñetera idea de quién es, pero su pestilente aliento ha sido el detonador que le ha sacado de su pesado sueño. Fabián se retira con aprensión y se queda sentado en el borde de la cama. Echa un vistazo a su compañera de lecho e intenta por todos los medios recordar las últimas horas de juerga de la noche anterior. Por más que se esfuerza, no puede ubicar a la chica morena de pelo corto que apenas cubre su desnudez con la sábana. Está dormida de lado y permanece abrazada a una almohada mancillada con una cantidad exagerada de rímel y carmín. Fabián la mira con desprecio y, poniendo su mano ante su propia boca, comprueba que su aliento no es mucho mejor que el de ella.
Ignora si sus padres se habrán enterado de algo de lo que ha sucedido esta noche, pero, por el tremendo dolor de cabeza, no sería descabellado pensar que su llegada a casa tuvo que ser de todo menos discreta. De todas formas, en la urbanización La Finca están acostumbrados a sus salidas y a sus peculiares llegadas de madrugada. Siempre ha tenido presente que si sus vecinos siguen consintiéndole sus continuas e impertinentes salidas de tono solamente ha sido por el poder que su padre posee en la ciudad de Madrid. El ser juez del Tribunal Supremo ha hecho maravillas respecto a la paciencia infinita que llegan a acumular sus acaudalados vecinos. También conoce, y asume, que cualquiera de los dueños de los chalets que conforman el vecindario puede tener en su haber un poder adquisitivo incluso mayor que el de su padre, pero el poder que otorga el estar a la cabeza del principal organismo legal del país pesa infinitamente más en la sociedad que la suma de millones de euros.
Tras vestirse con una bata, se asoma por la ventana de la casa de invitados en la que lleva sobreviviendo desde hace más de seis años. Su propio padre le obligó a trasladarse a este chalet, que, aunque dentro de la misma finca, está situado a unos cincuenta metros de la casa principal, distancia que para él siempre había sido insuficiente.
No le supuso ningún trauma la decisión de su padre, pues la piscina estaba más cerca de su nueva vivienda que de la de sus padres. La autonomía que le ofrecía su chalet de ciento cincuenta metros no estaba completa. El tener que compartir la misma entrada que sus padres le privaba de la intimidad que él desearía poseer.
Ayer cumplió veintinueve años y la celebración se le fue de las manos. Recuerda muy poco de lo que sucedió a lo largo del día, sobre todo desde que abandonó a sus dos amigos, Néstor y Humberto.
La morena de pelo corto que no deja de moverse bajo sus sábanas no tiene nada que ver con las tres chicas que lo convencieron para que abandonara el último local de copas. La última pastilla que le ofreció aquella rubia de la minifalda de cuero fue la culpable de que se colocase tanto como para que ahora no consiga recordar nada de lo que sucedió. Muchos flashes confusos acuden a su mente, pero en ninguno de ellos aparece la tía que ahora comienza a dar señales de vida.
Fabián se dirige al rincón donde están tirados sus pantalones y, con manos torpes, los registra.
—¡Gracias a Dios está aquí!
Ha encontrado su móvil en uno de los bolsillos de sus vaqueros y respira aliviado. No sería la primera vez que le ocurre, pero en esta ocasión le jodería bastante haberlo extraviado. Uno de los pocos recuerdos que tenía era el instante en el que la chica más explosiva de la primera discoteca le pasó su número de teléfono. Tras comprobar que aún seguía ahí, marca otro número en la pantalla digital.
—Buenos días. ¿Me puedes decir qué hora es?
«Bien —piensa Fabián—, al menos es española».
—No sé a quién estás llamando, pero podías pedir unos huevos fritos revueltos con ibuprofeno.
—Muy graciosa, como te llames, pero estoy pidiendo un taxi.
—¿Vas a algún sitio? Y me llamo Belinda.
La chica bosteza con los brazos en cruz sin mostrar pudor alguno al dejar sus pechos desnudos al aire.
—Precisamente el que se va a ir de aquí no soy yo —responde Fabián con desprecio.
—¡Me parece que no eres más que un grandísimo gilipollas! ¡Sabía que no me podía fiar de ti!
Fabián recibe aquel grito frunciendo los ojos y, tras encogerse de hombros, se prepara todo para liarse un porro frente a la ventana que da al jardín.
—Creo que no te he preguntado tu nombre, y por supuesto que no te voy a dar el mío. Ve vistiéndote, que te vas.
—¡Ya me dijo Marta que eras un cerdo! ¡Y que sepas que ya me dijiste tu nombre anoche, Néstor!
Fabián rompe a reír mientras enciende el porro con un mechero dorado. Le resulta gracioso comprobar como, aun yendo ciego de alcohol y drogas, su cabeza es lo suficientemente precavida para no decir su verdadero nombre en este tipo de situaciones. Pero lo que más gracia le hace es que su mente embriagada haya recurrido al nombre de su mejor amigo para fabricarse una identidad falsa.
—Mira, chica —dice señalando a la calle—, tu taxi acaba de llegar. No le hagas esperar.
Fabián coge un billete de cincuenta euros y lo tira encima de la cama con un gesto de arrogancia infinita. La chica lo mira con cara de desprecio y salta de la cama para acabar recogiendo en un brazado su ropa, que, al igual que la de Fabián, está esparcida por el suelo de la habitación.
—¡No soy ninguna puta, cabrón! —le grita en la cara mientras él se gira dando muestras de que el aliento de la mujer le vuelve a repeler.
—No te pongas así, Valeria o como te llames. El dinero no es por lo que hayamos hecho en la cama, sino para el taxi.
—¡El dinero te lo puedes meter en el culo, y la que se llamaba Valeria era mi amiga, capullo!
La chica abandona la casa de invitados desnuda mientras Fabián la observa desde la ventana mofándose de una escena tan ridícula. Tras dar otra calada al porro, suelta una sonora carcajada mientras contempla como tropieza una y otra vez sobre el césped que rodea la piscina ajeno a los acontecimientos que están por llegar y que cambiarán para siempre la forma que tiene de ver a las mujeres.
Mira el reloj de la pared y comprueba que es la una del mediodía. También se fija en como una persiana de la planta de abajo de la casa principal se cierra de golpe. Ahora sí que es seguro que hoy volverá a tener otra improductiva e interminable discusión con su padre.
Una ducha fría es el mejor remedio para recuperar en parte su habitual compostura, aunque, después de pensarlo un poco, llega a la conclusión de que esa normalidad que pretende conseguir tampoco agradará a su padre lo más mínimo.
Se ha puesto unos pantalones chinos y una camisa de cuadros rojos. Es domingo y sabe que a su madre le gusta que todos acudan a comer vestidos en condiciones, como toda la vida. Después de todo, tampoco pide tanto, y a él no le supone nada hacerlo. De hecho, la ropa de lujo es uno de los vicios a los que más le cuesta resistirse, por lo menos de los que su madre tiene conocimiento.
El salón huele a gambas a la plancha y pulpo a la gallega, pero eso no hace que la tensión que se vive alrededor de la mesa desaparezca mitigada entre los aromas a comida caliente. Fabián aún no ha dicho ni palabra, mientras que su padre pasa rápidamente las páginas de opinión de un periódico sin dirigirle tan siquiera una mirada. Un carraspeo intermitente que comienza a ser molesto sale de la garganta de Roberto. No piensa saludar a su hijo, él tampoco lo espera. Es un hombre que rezuma seriedad, y cada uno de sus 185 centímetros está esculpido a base de disciplina militar. Lleva el pelo cortado a cepillo y sus gafas, pequeñas y rectangulares, le dan un aspecto severo al tiempo que jovial. Su mujer no deja de aconsejarle que se tiña el pelo de algún color, pero él siempre se ha mostrado reacio a ceder a semejante superficialidad. No está en sus prioridades el presumir de su aspecto. Además, como él suele decir, las canas le otorgan un estatus ante sus compañeros de toga que un ridículo tinte echaría por tierra.
La gran mesa ovalada está situada en un altillo al que se accede por tres peldaños que cruzan de lado a lado, dividiendo en dos el espacioso salón. El padre de familia preside la mesa fabricada en madera de roble y justo enfrente tiene a su hijo. Desde que cumplió los dieciocho años ha sido así, arrebatando el lugar a su madre, que, con sumisa devoción, ocupa la silla al lado derecho de su esposo. Todo está perfectamente estructurado y ninguno de ellos se atrevería a cambiar por capricho el lugar asignado.
En el lado izquierdo de Roberto se encuentra un anciano que no deja de juguetear con los cubiertos mientras saborea un vino blanco. Se trata de Juan, el hermano mayor de la madre de Fabián y, por ende, su tío. No tenía mucho trato con él, pero en alguna que otra ocasión habían mantenido alguna conversación que casi siempre acababa subida de tono debido a los tintes sexuales a los que este hombre, prematuramente senil, acababa recurriendo por inercia. Su cojera y su sordera tampoco ayudaban a que las relaciones fuesen fluidas, pero lo que peor llevaba el tío Juan eran las caras de desprecio que en más de una ocasión le enviaba el juez. Roberto nunca había tenido una buena relación con su cuñado, pues este había llevado una vida que para él no había sido la más ejemplar. Sus tres divorcios, a los que se vio abocado por su gusto por las prostitutas y el alcohol, no eran la mejor carta de presentación para un hombre dedicado a implantar el estricto cumplimiento de las leyes. Una trombosis fue el detonante por el cual María Luisa decidió llevárselo a vivir con ellos, lo que provocó en la pareja decenas de broncas que siempre acababa ganando ella.
María Luisa es una mujer de su tiempo y la diferencia de edad con su esposo resulta más que evidente. Solo se llevan cinco años, pero Fabián cree que están a miles de kilómetros el uno del otro. María Luisa practica todas las variedades de deporte imaginables y desde siempre ha sido la que ha obligado a Fabián a visitar el gimnasio del centro al que ella es asidua. Él al principio se opuso, pero cambió de opinión al ver como el elitista centro deportivo estaba a reventar de guapísimas mujeres jóvenes, atléticas y, cómo no, con unas tarjetas de crédito sin límite en el interior de sus bolsos de Louis Vuitton dispuestas a ser usadas a discreción, sin control alguno.
Desde que él puede recordar, su madre siempre ha tenido el pelo rubio, pero sabe muy bien, gracias a las fotos del álbum que ella guarda en el armario de su alcoba, que desde muy joven comenzó a tener el pelo blanco, por lo que el tinte es algo vital e irremplazable para mantener su imagen a salvo de cuchicheos.
Fabián sigue ojeando el móvil sin alzar la cabeza. Su madre está ayudando a poner la mesa a Luciana, la criada. Suele hacerlo cuando la cosa se pone mal entre padre e hijo. Al pasar por su lado, toca el hombro de Fabián para intentar suavizar la tensión, aunque imagina que no tendrá éxito en su propósito.
—Tengo dos llamadas de teléfono en mi contestador. ¿Adivinas de quién?
Fabián se recoloca en la silla haciendo un gesto de hastío y se sirve un poco del vino blanco del tío Juan.
—Imagino que habrá sido el cabo primero y el tonto de las hamburguesas.
Roberto da un golpe en la mesa y varios cubiertos caen al suelo. Fabián sabe perfectamente que uno de ellos es un general de brigada que sirvió junto al mismísimo rey don Juan Carlos y el otro es un empresario propietario de una cadena de restaurantes de comida rápida repartidos por toda España y que, por desgracia para él, comparte con ellos vecindad.
—¡Son amigos míos y no voy a permitir que sigas dejándome en mal lugar ante ellos!
—¡Yo no tengo la culpa de que parezca que esos dos tíos no hayan tenido juventud! ¡Si quieren ser unos amargados, que lo sigan siendo y que dejen vivir a los demás!
—¿Ves? —dice Roberto dirigiéndose a su mujer, que acaba de llegar cargada con una sopera de plata—. Todo esto es culpa tuya. Deberíamos haberle echado de casa hace años.
María Luisa no sabe cómo reaccionar y mira a su hijo con una expresión de reproche que prácticamente queda oculta tras un gesto innato de sumisión.
—¡Estoy en casa! —La voz procede del patio y al momento por la puerta entra un chico alto y desgarbado al que pareciera que la pubertad hubiese estirado de él con especial inquina convirtiéndolo en un delgaducho jovenzuelo rubio de ojos azules—. Hola, mamá.
El chico da un beso a su madre, pero solo alza la mano para saludar al cabeza de familia.
Se trata de Daniel, el único hermano de Fabián. Atraviesa la complicada edad de diecisiete años y eso es algo que tiene alteradas cada una de sus hormonas. Las broncas de su padre respecto a sus estudios son tomadas como auténticas agresiones personales y no duda en refugiarse bajo el paraguas cobijador, comprensivo y gratuito de su hermano mayor.
Esta casa se divide claramente en dos bandos y los puñales que exhiben se mantienen perfectamente afilados. La madre es la única que intenta hacerles comprender que no tienen por qué estar siempre en continua batalla, pero ninguno de ellos ha accedido a bajar la guardia. María Luisa suele situarse en terreno de nadie e intenta arbitrar este caótico partido que día a día se hace más insoportable.
Daniel lanza la mochila sobre uno de los sofás y se dirige hacia su hermano. Este lo recibe con euforia y los dos se unen en un abrazo que su padre vigila con recelo.
—Has tardado mucho en venir, enano.
—Me he cargado a Cristian al pádel. Cada vez juega peor. Esta mañana parecía que no hubiese tocado una raqueta en su vida.
—Eso es porque yo te he enseñado todo lo que sabes, hermanito. ―Fabián revuelve enérgicamente el pelo de su hermano.
—Lávate las manos y siéntate a la mesa.
Daniel obedece a su madre y se dirige, tras librarse de los brazos de Fabián, hacia uno de los baños de la planta baja. Su hermano lo observa con añoranza. Aún recuerda cuando nació. Él tenía doce años, y nueve meses antes no se había tomado la noticia del embarazo de la mejor forma posible. No era para menos, cuando se pensaba que era el dueño y señor de la casa, de pronto, descubrió que sus padres aún seguían manteniendo relaciones sexuales. Sí, ahora lo ve con normalidad, pero a punto como estaba de entrar en la pubertad, no podía admitir que sus padres hiciesen en la cama lo que él ni tan siquiera había podido acariciar con sus pensamientos.
El rencor, envidia o pelusa, que era como le gustaba llamarla su madre, no desapareció al nacer Daniel. Todo lo contrario. Todas las lisonjas y adulaciones a esa ridícula criatura de color rosado eran recibidas por el joven con muestras de desprecio y de rencor. Fueron pasando los años y la relación entre ellos no iba a mejor. Fabián mostraba todo un arsenal de reproches hacia su hermano pequeño, que este era incapaz de comprender ni de asimilar.
Cuando cumplió los doce años hubo un cambio brusco en su particular relación. Fabián tuvo que ir a recogerle al colegio y fue testigo de cómo uno de los matones del patio, perteneciente a un curso superior, lo arrastraba por el suelo tras agarrarle de la capucha de su chándal. No sabe lo que ocurrió en esos instantes dentro de su cabeza, pero una alarma saltó en su pecho y su dormido instinto protector de la familia surgió sin que tuviese tiempo de pensar qué era lo que estaba haciendo. Saltó por encima de dos coches para llegar hasta donde ese desgraciado, que tenía que rondar los quince años, estaba humillando a su hermano pequeño.
Ante la asombrada mirada de Daniel, Fabián agarró de la pechera al grandullón del colegio y lo estrelló contra la pared más cercana. Cada queja que el grueso chico intentaba lanzar contra su atacante era contestada con una bofetada que le giraba la cara. No podía detenerse y las lágrimas del chico no le servían a Fabián para otra cosa que no fuese para seguir alterándose.
Con la última bofetada, el matón cayó al suelo sin esconder sus raquíticos y penosos sollozos ante los mirones que observaban con morbo la ridícula situación de aquel capullo que se encargaba de aterrorizarlos en el patio de recreo.
Ese momento fue crucial para ambos hermanos. Para Fabián significó el despertar de su instinto de hermano mayor y supo que jamás dejaría que nadie hiciera daño a aquel pequeñajo endeble y esmirriado. Y cómo no, para Daniel fue el primer día en el que fue consciente de que tenía a alguien a su lado para lo que le hiciese falta.
Hasta ese momento, Fabián había sido el otro matón que le amargaba la existencia en el ámbito familiar, pero ahora se acababa de convertir en su héroe personal. Cada una de las hostias estrellándose en el careto de aquel pringado le hizo multiplicar la admiración hacia su hermano mayor.
En doce años ni se le había ocurrido que Fabián podía ser su referencia, pero ahora no solo lo era, sino que se había convertido en el estandarte que iba a seguir de por vida. No le importaba lo que hiciese, él siempre le daría la razón en todo y estaría a su lado para ayudarle en cualquier contrariedad que le surgiese, tal y como había hecho por él.
Fabián se había convertido en el modelo a imitar. Su forma de hablar y vestir se veía reflejada en el influenciable joven, y no hace falta decir que eso era una de las cosas que su padre percibía con más rechazo.
Fabián no era precisamente el icono perfecto al que imitar, y Roberto se lo intentaba hacer ver, una y otra vez, con diversos reproches y ejemplos. Sabía que todos los consejos y razonamientos podían caer en saco roto, pero no iba a permitir que un hombre supuestamente maduro, con veintinueve años y sin un trabajo fijo, pudiera servir de ejemplo para nadie, y mucho menos para su hijo menor.
Tal vez se había equivocado en la forma de criar a su primogénito. El rígido reglamento que quiso imponer a Fabián desde su nacimiento no fue el más adecuado, pero en aquella época, a un joven abogado que siempre había estado influenciado por las leyes, no se le había pasado por la cabeza otra forma de llevar a cabo la educación de su primer hijo. En su casa siempre se había respirado el respeto que cada ciudadano debe tener hacia la ley y no existía ningún argumento que pudiese ir en contra de ese ideal.
Roberto obligó a Fabián a estudiar derecho, y este lo rechazó desde el minuto uno. Las hormonas no hacían más que poner zancadillas a cada uno de los planes que su padre pudiese tener para él. Fabián se caracterizó desde un primer momento por la facilidad que tenía para memorizar textos, por lo que su padre se forjó la ilusión de que seguiría una carrera de letras.
Roberto rememoraba aquellos tiempos con una tristeza infinita y no podía comprender cómo todo lo referente a la educación de su hijo se le había podido ir de las manos de aquella manera tan dramática y exasperante. Muchas veces intentó volver atrás para buscar ese detalle, ese instante en el que todo cambió, pero por más que indagó en los rincones de sus recuerdos, nunca lo encontró.
Fabián ingresó en la universidad y todo parecía ir de maravilla. Solo le quedaba un año para conseguir la licenciatura y fue ahí donde su cabeza cambió. En realidad, ya lo había hecho mucho antes, casi en la pubertad, pero fue en ese momento de su vida cuando se decidió a enseñar su cara oculta, esa que no podía sacar nada más que delante del espejo cuando estaba a solas en su cuarto. Ahí fue cuando perdió una cosa que él pensaba que nunca podría perder: el miedo hacia su padre.
Quizá las primerizas drogas blandas habían ayudado a que el respeto que sentía hacia su padre fuese desapareciendo calada a calada. Roberto no podía hacer otra cosa que observar con impotencia como el hijo que él creía tener bajo su manto protector se le escapaba como el agua de un hielo derritiéndose en su férrea mano.
Esa firmeza que él pensaba que se debía usar para conseguir un grado de respeto aceptable le había servido para creer que, solamente por imposición, su hijo se iba a convertir en un clon suyo. Roberto no lo sabía, pero estaba creando el caldo de cultivo perfecto para que Fabián recurriese a su instinto de protección. Fabián fue fallando hasta en las mínimas pretensiones de su estricto padre y, ante sus incrédulos ojos, se fue convirtiendo precisamente en las antípodas de lo que el juez había previsto para su hijo.
Antes de ser nombrado juez del Tribunal Supremo, tuvo que lidiar día sí, día también, con toda clase de individuos que tenían por norma saltarse las leyes sin importarles nada ni nadie. Él siempre había creído que los padres de esa escoria de mal vivir no habían estado lo suficientemente implicados en la educación de sus hijos y las consecuencias de esa dejadez les habían llevado a saltarse la legalidad a la torera. Esa teoría saltó en mil pedazos, como si de la luna delantera de un coche al estrellarse de frente se tratase. Todo lo que había aprendido, todo lo que había vivido, le llevaba hacia un callejón sin salida. Poco a poco tuvo que resignarse a ver como su hijo decidía tomar un camino imposible de comprender para un hombre cuyos principios estaban cimentados en la legalidad. La anarquía y la desobediencia civil ni las podía asumir ni tolerar.
No sabía mucho de su vida, y mucho menos desde que lo había desterrado a la casa de invitados. Durante esos seis años no había intentado tan siquiera acabar la carrera y sus continuas salidas eran observadas por su progenitor como una reiterada humillación imposible de soportar. Solamente el nocturno susurro conciliador de María Luisa era capaz de mitigar los deseos de echar a aquel sujeto, ahora desconocido para él, que un día fue su precioso y apreciado hijo.
María Luisa era también la culpable de que a Fabián nunca le faltase la asignación de mil quinientos euros que recibía desde que se trasladó a la casa de invitados. Ese dinero se suponía que debía servir para pagarse la comida y los gastos de la vivienda prestada, pero Roberto sospechaba que su mujer le ayudaba en esos menesteres, por lo que, seguramente, dedicaba la totalidad del dinero a sus juergas y caprichos.
Roberto no era un ingenuo y sabía que la vida nocturna en Madrid no se podía costear con la ridícula cantidad que él le tenía asignada, por lo que intuía que el capital necesario para llevar a cabo sus desenfrenos tenía que provenir de otras fuentes.
Parecía que hubiesen llegado a un pacto de silencio. El resignado juez no intentaba indagar sobre la procedencia del dinero a cambio de que Fabián no interfiriera negativamente en la vida de la familia.
Como todo contrato de conveniencia que no está por escrito y debidamente firmado por ambas partes, este tampoco parecía que se estuviese cumpliendo en sus más elementales términos, y últimamente los desprecios hacia la familia y hacia la convivencia vecinal se multiplicaban exponencialmente.
—¿Te habrás duchado en el club?
—Por supuesto, papá —contesta Daniel sin mirarle mientras se sienta a la mesa junto a su hermano—. ¿Es que crees que soy un cerdo?
—¡No consiento que me hables en ese tono!
—Has empezado tú. Parece que dudas de todo lo que hago o digo.
Fabián contempla con una sonrisa ganadora el combate dialéctico entre su hermano y su padre. Esta vez no es él el interpelado y parece disfrutar de ese momento haciéndoselo notar a su padre.
—Yo no dudo de nada —continúa el juez—, pero últimamente no se te puede decir lo más mínimo sin que saltes a la tremenda. De verdad, no sé a quién quieres parecerte. ―Sí lo sabía.
—Quizá sea porque me queda una semana para cumplir los dieciocho años y aún me sigues tratando como a un niñato.
—Solo te he hecho una pregunta sin intención y además…
—¡Callaos de una vez!
El grito de María Luisa deja a todos perplejos, pero mucho más a su esposo. No recuerda haberla visto con esa mirada, o quizá sí, hace años. Sus ojos irradian una mezcla de odio y súplica, y los cuatro la miran en silencio mientras observan como su pecho se infla y desinfla mostrando su agitación.
—¡Estoy harta de estas discusiones y de que no hagáis nada más que poner trabas a la convivencia familiar! —Ninguno se atreve a decir nada—. Escuchadme. ¿No os dais cuenta de que vivimos de una forma que muchas personas envidiarían y que matarían por tener los privilegios de los que disfrutamos? Yo intento por todos los medios que todo esto tenga sentido y que nos podamos reunir como una familia normal un domingo normal, pero ya veo que es imposible. No puedo comprender cómo aprovecháis, tanto los unos como los otros, para sacar de contexto cualquier menudencia para comenzar con una bronca que al final os llevará a una pelea en la que saldréis cada uno por una puerta distinta dejándoos de hablar por una semana, y así sucesivamente. No soporto los reproches hacia tu padre —señala a Fabián— y tampoco —mira a su esposo— los continuos tiras y aflojas que tú le haces a él. ―María Luisa se sienta al lado de su marido y este le llena un vaso de agua que ella atrapa con sus manos temblorosas—. Tenéis que cambiar. Os lo pido por favor. No puedo vivir siempre con esta incertidumbre. Hubo un tiempo en que disfrutabais cada uno de los momentos en los que coincidíais. No puedo creer que todas aquellas maravillosas vivencias hayan desaparecido. Y tú, Daniel —el chico aparta de la cara su largo flequillo rubio—, tú, hijo mío, no puedes seguir todos los frentes que vaya abriendo tu hermano a su paso. —Fabián baja la cabeza—. Él ha decidido llevar una vida que no es la que yo le deseo, pero la respeto. El que yo la respete no quiere decir ni mucho menos que la comparta, pero hace años decidí que os tenía que ayudar en todo lo que quisierais hacer, aunque tengo que admitir que se me está haciendo cuesta arriba el ver como desperdicias tu vida. —Fabián no alza la vista. Intenta parecer ausente jugando con el tenedor del pescado—. ¿Ves, cariño? Sigues eludiendo tus responsabilidades sin atreverte a afrontar el resultado de tus actos.
—Yo no he tenido nada que ver en esto, mamá —protesta Fabián mientras se marcan los huesos de su mandíbula.
—¡Por supuesto que estás involucrado en todo esto, hijo mío! —le contradice María Luisa―. No puede ser que con tus decisiones y consejos estés poniendo a Daniel en contra de tu padre. Dios no te perdonará que estés metiendo ese veneno en la piel de tu hermano.
—¡Mamá! —interviene Daniel—. Fabián nunca me ha dicho nada sobre cómo tengo que tratar a papá. Es él el que tiene que replantearse la forma en la que me trata a mí.
—¿Ves lo que has conseguido? —La mujer mira a Fabián negando con la cabeza―. Tu hermano cree que tú no tienes nada que ver en la forma en la que él percibe a tu padre. Seguro que piensa como tú, que solo lo trajimos al mundo para hacerle la vida imposible. ―La agitada mujer se lleva el vaso de agua a la boca y se moja los labios sin apenas beber―. Te quiero con locura, cariño, pero no puedes poner a tu hermano en contra de tu padre, eso es un pecado que Dios se encargará de hacértelo pagar si continúas actuando de esa manera.
—¿Dios? —Fabián se levanta de la mesa arrastrando la silla a propósito—. Siempre tienes que mencionar a Dios en estas situaciones. ¡No comprendes que tu Dios no nos va a ayudar ni a castigar!
—¡No te atrevas a decir nada sobre mis creencias!
—No son tus creencias lo que me molesta. Lo que no puede ser es que la gente, por el mero hecho de ir a misa de doce, se piense que son las mejores personas de este mundo. Precisamente las peores personas que conozco no fallan en su misa dominical.
—Ya veo que no quieres arreglar nada.
Los ojos de María Luisa comienzan a poblarse con lágrimas de amargura. El juez se levanta y enfrenta su mirada con la de su hijo.
—Una de esas personas de las que hablas, y a las que te gusta tanto criticar por ir a la iglesia, es tu madre. Además, no creo que seas el más indicado para dar lecciones de moralidad.
—¡Ya saltó el juez que llevas dentro, papá! Veo que no puedes evitar el seguir juzgando fuera de tu ámbito laboral. Deberías plantearte el no traer trabajo a casa, eso facilitaría mucho las cosas.
Roberto da un manotazo sobre la mesa con tal violencia que no cae en la cuenta de los cubiertos y los dos platos superpuestos que tiene ante él. Porcelana y acero acaban estrellándose contra en el suelo. Luciana está escondida tras la puerta que da a la cocina y ni tan siquiera se inmuta. No es la primera vez que una conversación entre padre e hijo acaba por esos derroteros.
—¡Nunca has respetado mi trabajo y me has ninguneado cuantas veces te ha venido en gana! —Las venas del cuello de Roberto se hinchan de tal modo que su mujer puede ver los latidos de su corazón a través de ellas—. Tengo un oficio donde no podemos librarnos de la responsabilidad que conlleva el que una persona acabe en prisión o que ande suelto por la calle. Quizá tú no veas en esto nada más que un trabajo en el que nos gusta ponernos unas ridículas togas, pero este es un oficio que se lleva en la sangre y no todo el mundo vale para llevarlo a cabo con la ecuanimidad que requiere.
—¿Lo ves? Ya estás volviendo a juzgarme por haber dejado los estudios.
—Yo no te juzgo para nada. Ve aprendiendo que el único responsable de lo que te suceda en la vida vas a ser tú. No culpes a nadie porque tengas una vida sin sentido que solo te gusta llenar de alcohol y posiblemente drogas.
—¡Roberto, por favor! —María Luisa no deja de llorar—. Estás hablando sin saber. El que salga de fiesta con los amigos no significa que…
—¿Quién es la ingenua ahora? —le interrumpe el juez—. ¡Por Dios, tiene veintinueve años y no se acuesta ningún día antes de las cuatro de la mañana! ¿De verdad crees que está por ahí con sus amigotes tomando zumos de naranja?
El tío Juan coge la cuchara y da un sorbo a la sopa mientras observa cabizbajo como su cuñado abandona el salón despotricando.
—Hoy sí que la has liado gorda. —Daniel pronuncia estas palabras después de soltar un silbido—. Me parece, hermano, que esta vez vais a tardar más de una semana en volver a hablaros.
VIEJOS TIEMPOS
Era solo un niño insignificante e introvertido de nueve años cuando conoció a Irene. Por lo menos es así como se sentía y como le hacían sentirse tanto sus padres como la mayoría de sus supuestos amigos. Nunca le había apasionado estudiar, pero, por una inesperada paradoja, se convirtió en el mejor y más aventajado de los alumnos del colegio Santa María del Carmen, edificio público situado en la parte alta de Ramales de la Victoria.
Sin saber cómo, comenzó a usar sus estudios como escudo ante la hostilidad que provocaba en todos los que le rodeaban. Nunca lo había llegado a comprender. Durante mucho tiempo pensó que era por sus gafas de culo de vaso, pues su corta edad le impedía tener los datos necesarios para comprender que el odio que esgrimían hacia él no tenía otra procedencia que el molesto oficio de su padre. Damián era un rudo e intransigente guardia civil que llevaba su trabajo hasta tal extremo que los habitantes de Ramales de la Victoria y los alrededores lo sufrían como una penitencia en vida. Los continuos abusos de poder no podían ser denunciados ni contrarrestados de manera alguna, por lo que cada uno de los lugareños se ocupaba de devolver esas injusticias de la forma que más a mano encontraba. Eso pasaba tanto por despreciar a la niña de once años, y hermana de Roberto, como a él mismo. Eso sí, siempre lo hacían de una forma que no supusiera que ninguno de los dos niños pudiese delatarles ante el aspirante a dictador que era su padre.
En el cuartelillo convivían cuatro guardias civiles. Los otros tres también sufrían los desfases del teniente Damián Alcázar, e intentaban compensar ante los vecinos los continuos y despóticos atropellos de su jefe al mando, aunque no siempre lo conseguían.
A Raquel y a Roberto no les quedaba otra que aguantar los constantes cambios de humor de la población sin percatarse que las únicas culpables de esos desprecios eran las acciones exageradamente estrictas de su padre.
La personalidad de Damián no se quedaba solamente en el ámbito profesional, sino que la trasladaba de forma inexorable al terreno doméstico, haciendo de su hogar un segundo y severo cuartelillo en el que sus dos hijos y su mujer debían seguir unas minuciosas y absurdas normas.
A su corta edad, Roberto soñaba todas las noches con ganarse el amor de una madre que solo vivía para cumplir cada uno de los deseos de su padre y que había relegado a un segundo plano lo de ejercer como protectora cariñosa. La envidia le golpeaba cada vez que veía a los niños del pueblo ser abrazados por sus afectuosas madres. Sabía que él nunca se vería en tal situación.
Cuando comenzó a ser consciente de que las prioridades de sus progenitores no pasaban por darle un cariño y un amor que él suplicaba con la mirada, Roberto decidió buscar esas sensaciones fuera de su entorno familiar.
Escrutaba a cada uno de los niños y niñas del colegio buscando inútilmente la complicidad que le hacía falta para sentirse querido, pero eso no hacía nada más que complicar todavía más las cosas. El sentarse a diario en lo alto de las escaleras, en silencio, observador y vigilante, le hizo ganarse una fama entre sus compañeros que él nunca llegó a conocer. «Miradlo, igual que el cabrón de su padre, siempre acechando».
Solamente una niña llamada María Luisa se atrevía a sentarse a su lado. Tenía cuatro años, era hija de otro guardia civil prematuramente jubilado, el cual, a todas luces, era la antítesis perfecta del ogro de Damián.
Aunque los vengativos niños rezumaban un odio irrefrenable contra Roberto y lo que representaba, nadie daba la espalda a esa niña que se acercaba de forma sistemática todos los días a hacer compañía al chaval. Ni que decir tiene que contar como única compañera de escalón a una niña de cuatro años no era la mejor forma de que el resto de chicos le llegasen a respetar, pero eso solo le molestó en los primeros días.
Media hora duraba el recreo y, durante ese tiempo, Roberto y María Luisa no se dirigían la palabra. Sus miradas se proyectaban al frente, silenciosas, sin buscar nada en especial, esperando a que los minutos pasasen de largo y sonase la campana para regresar a sus respectivos pupitres.
Ese verano fue especial para Roberto. Nada tuvo que ver las altas temperaturas que ese año sufrió tanto el pueblo como el resto de Cantabria, sino que un nuevo agente de la Guardia Civil apareció en el puesto del padre de María Luisa.
El nuevo parecía una persona extraña, retraída. Nada tenía de especial su aspecto achaparrado, que iba en concordancia con la imagen de su mujer. Parecían estar sacados del mismo molde y, de no conocer que eran marido y mujer, podrían haber pasado perfectamente por hermanos.
El punto contrapuesto, y la esperanza de Roberto, estaba desesperadamente localizado en Irene. Una niña que él estaba seguro de que debía ser adoptada, pues esos padres enrobinados y amorfos no podían haber traído al mundo algo tan perfecto y maravilloso.
Desde el primer momento en que la conoció, su sonrisa se quedó impresa en lo más hondo de su ser. Incluso la mella de las dos palas le favorecía, a tal punto que le fastidiaba pensar que los dientes de leche que ya no estaban pronto tendrían su repuesto.
Su pelo rubio y lacio estaba siempre perfecto. Daba lo mismo si su madre la peinaba con una coleta alta, baja o si ella misma decidía quitarse el coletero cuando saltaba a la comba. De cualquiera de las maneras que Roberto la viese, siempre la contemplaba perfecta en todo su ser.
Tenía su misma edad, y solamente compartió clase y pupitre con ella durante las dos últimas semanas del curso, pero ese escaso tiempo y el trabajo de sus padres les unieron de una forma especial.
Acostumbrado a sufrir el desprecio de la gente, el poder disfrutar de una amistad que no tuviese nada que ver con su hermana Raquel ni con su infantil escudera de recreo le había hecho recuperar la alegría de vivir.
No eran grandes cosas —unas miradas a espaldas de doña Matilde, una nota pasada bajo el pupitre o sencillamente el roce de sus manos por equivocación cuando coincidían en ir a coger la goma de borrar—, pero tan diminutos detalles consiguieron crear algo realmente bonito.
Él continuaba en el último peldaño de piedra de aquella escalera mirando al frente, sereno, y con su fiel acompañante María Luisa a su lado, pero ya no buscaba amigos ni compañeros entre el bullicio de niños que corrían de un lado a otro, pues sus ojos estaban permanentemente clavados en la figura de una Irene sonriente y despreocupada. Daba igual si jugaba a la rayuela, a la goma, al pañuelo o a la comba, pues para Roberto cualquiera de sus movimientos se convertía automáticamente en una emoción que le hacía sentirse en paz consigo mismo.
Mientras tanto, María Luisa permanecía a su lado, inamovible, sabiendo que su amigo había encontrado a alguien más en su vida, y no podía evitar que le asaltasen unos celos inocentes que no acertaba a comprender. Con tan solo cuatro años, y sin ningún hermano pequeño al que envidiar por la excesiva atención de sus padres, María Luisa estaba experimentando en su propia piel el síndrome del rey destronado.
Nunca habían hablado. Sus encuentros en lo alto de la escalera eran lo único que habían compartido este último año, pero, para María Luisa, Roberto era lo más parecido a un príncipe azul y, aunque él no dejase de buscar el contacto visual con esa recién llegada, ella no lo abandonaría jamás. Quizá no tenía en su haber la edad de Irene, pero sería paciente y esperaría para conquistarle. Después de todo, las personas crecen, y ella no iba a ser distinta. Por lo menos eso es lo que quería creer, aunque lo viera tan lejos.
VIVIENDO LA NOCHE
Cualquier noche es buena para darse una fiesta con sus amigos de toda la vida, y esta no va a ser menos. Ya han pasado dos días de la pelea con su padre y desde entonces no se han cruzado ni una sola vez. Fabián conoce perfectamente los horarios de su padre y ha hecho todo lo posible para no coincidir con él ni en sus llegadas ni en sus salidas.
El Ferrari amarillo, que su madre le regaló cuando cumplió los dieciocho años y por el que solo se mostró agradecido los primeros diez minutos, chirría en cada una de las curvas de la urbanización El Viso, que es donde residen sus dos compañeros de juergas. Son amigos desde que Fabián cambió de colegio a los trece años. Aquellos dos chicos a los que él adelantaba en dos años tenían algo especial. Tal vez fue su palmaria rebeldía lo que provocó que Fabián comenzase a unirse a ese dúo de niñatos y dejase de lado a los que eran de su edad. No fueron tiempos fáciles para él, pues eso no fue recibido nada bien por su círculo de amistades, pero los ratos de aventuras que pasaron juntos superaban con creces los inconvenientes de tener a una clase entera en su contra.
Primero recoge a Humberto en un chalet donde sabe que no es bien recibido, por lo que tiene que esperarle en la puerta acompañado de los escandalosos ladridos de dos dóberman que parecieran estar recibiendo órdenes explícitas de los padres de su amigo para mantenerle alejado de aquella suntuosa mansión.
No tarda en aparecer su amigo, engominado, en mangas de camisa y con la chaqueta de pana al hombro. Sin dudarlo, arroja la americana en los asientos de atrás y ocupa el lugar del acompañante. Tras un fuerte choque de manos, el deportivo arranca derrapando y quemando ruedas. Humberto lo mira enfadado. Conoce de sobra que eso molesta a sus padres, y también sabe que su amigo lo hace precisamente por eso. No hay nada que fastidie más al rico empresario dedicado a la fabricación de papel que un holgazán, niño de papá, le deje una estela de humo maloliente a las puertas de su casa.
Tras unas cinco rotondas llegan a las puertas de otra finca en la que tienen permiso para entrar cuando y como quieran. El padre de Néstor está divorciado y sus veintitantas parafarmacias no le dejan apenas tiempo para estar en casa. Si en alguna ocasión habían coincidido con él, siempre les había saludado con normalidad e incluso rayando el colegueo.
La puerta corredera de la entrada se abre para ellos y el Ferrari amarillo entra en la finca moderando sus acelerones. Le caen bien al farmacéutico, pero no quieren tentar la suerte. En la puerta aparece un muchacho, rubio, bien parecido, vestido con un vaquero repleto de rotos y una camiseta de manga corta ceñida, la cual deja a la vista su aspecto atlético. En su mano derecha lleva una chaqueta de cuero que arroja también sobre los diminutos asientos de atrás.
Humberto se ha bajado del deportivo para dejar pasar a su amigo a la parte trasera.
—Siempre me toca atrás —protesta Néstor airadamente—. Le podías decir a tu padre que te cambiase esta mierda por un coche en condiciones.
—Está el asunto como para ir pidiendo.
Tanto Fabián como Humberto rompen a reír a carcajadas. Fabián le ha contado parte de la discusión en el trayecto y no han dejado de mofarse del juez mientras relataba su pelea.
—En cuanto me den el BMW nuevo, no volveremos a movernos por Madrid en esta caja de cerillas —dice Néstor alzando la barbilla.
Humberto propina un puñetazo en el hombro a su amigo y le empuja para que entre de una vez por todas en el deportivo amarillo, tras lo cual se vuelve y se despide del farmacéutico, que les observa desde la segunda planta.
No tardan en abandonar la urbanización y tras cuarenta y cinco minutos se encuentran pugnando por un puesto entre la marabunta de vehículos que se mueven por la maraña de las calles de Madrid. El Ferrari amarillo hace su aparición estelar en el aparcamiento de la gran discoteca Opium. Hoy no debería estar abierta, pero han organizado una fiesta privada y va a acudir lo mejor de lo mejor de Madrid. Los tres amigos aparcan en el sitio destinado a la zona vip y se adentran en el local. El portero les saluda con un gesto que denota confianza o quizá algo más.
Roberto, padre de Fabián, no sabe a qué se dedica su hijo cuando no duerme o se emborracha, y aquí está la respuesta. Hace cuatro años conoció a Ramón, un dominicano que en esa época llevaba afincado en Madrid solamente siete meses. Como cualquier inmigrante, tuvo que buscarse la vida en medio de la crisis que España estaba sufriendo en 2013 y lo hizo donde más oportunidades podía tener un tiarrón de uno noventa recién salido de un gimnasio tercermundista en su República Dominicana natal. Las habilidades en artes marciales y el haber peleado en combates de MMA le abrieron las puertas a codearse con las altas esferas de la noche. Sus inicios fueron como un simple portero de discoteca, pero no tardó en comenzar a trabajar para todo tipo de locales de lujo. Realizaba una interminable lista de servicios privados, pero en el que más destacó fue en el de guardaespaldas. Para terminar de forjarse la fama por la que ahora es temido y respetado solo tuvo que mandar a tres tipos al hospital y uno al cementerio.
Este último caso sucedió a las cuatro de la madrugada en el estacionamiento de un local de alterne de lujo. La verdad sea dicha, el que comenzó la pelea fue un pardillo borracho al que la droga y el alcohol le habían hecho apropiarse de un valor y una fuerza imaginaria que no le valió para nada contra el ataque de la mole de ciento diez kilos que era Ramón. El borracho amenazó con una navaja al hombre que debía proteger y el dominicano no dudó en contraatacar arrebatándole el arma blanca sin dejar de propinar bestiales puñetazos a su contrincante. Apenas le duró unos segundos, y el tipo cayó hacia atrás con la mala suerte de golpearse en uno de los maceteros de hormigón que adornaban el puticlub de lujo.
Naturalmente, tuvo que ir a juicio y, de no haber sido por un testigo que lo observó todo y que suavizó los hechos de manera premeditada, Ramón podría haber llegado a dar con sus huesos en la cárcel por unos cuantos años. Salió libre tras pagar una fianza, que el ricachón al que tuvo que proteger del ataque no dudó en depositar en el juzgado, y ya en la calle comenzó una amistad con el testigo que le había ayudado a quitar hierro a la agresiva y aparentemente desproporcionada acción que el guardaespaldas tuvo hacia su agresor.
Por supuesto, y como no podía ser de otra forma, al juez Roberto Alcázar no le hizo puñetera gracia que su hijo testificara a favor de uno de los esbirros del individuo que manejaba la mayor parte de la droga que se movía por Madrid.
Ese fue uno de los conflictos peores que tuvieron que atravesar padre e hijo, y para los dos supuso un antes y un después en su relación. Como castigo, su padre decidió quitarle la paga que tenía adjudicada durante un par de meses, y ese fue el disparo de salida hacia una carrera como organizador de fiestas y discreto proveedor de sustancias de origen dudosamente legal.
El juicio que estuvo a punto de acabar en condena de prisión también hizo abrir los ojos a Ramón, que decidió buscarse la vida de otra forma, eso sí, sin abandonar el mundo de la noche que era lo que conocía a la perfección.
En los planes del grandullón dominicano no entraba asociarse en un principio con un tío de veintipocos años que se había negado a crecer, como lo hiciese Peter Pan en el país de Nunca Jamás, pero, al enterarse de que el padre de ese tío era uno de los jueces con mayor influencia en Madrid, no tardó en reconsiderarlo y no solo lo admitió como socio, sino que además le dejaba un puesto prácticamente presencial dentro de esa etérea e ilícita sociedad. Esto significaba que no tenía que estar ni en la preparación de los eventos de sociedad ni cuando recibían su peculiar mercancía en los distintos almacenes que Ramón se encargaba de alquilar.
Por supuesto, el dominicano no era tonto y nunca iba a dejar que un niño de papá se llevase la mitad de los beneficios sin hacer nada, por lo que rebajó su porcentaje a un 8020. En aquellos momentos, Fabián mantenía sus vicios con el dinero que le prestaban tanto Humberto como Néstor y accedió a ese veinte por ciento sin dudar un segundo. En alguna ocasión llegó a pensar que lo que buscaba su asociado era la protección judicial que en un futuro podía otorgarle su padre, pero no iba a ser él quien lo sacase de tan tremendo error. Ramón ni tan siquiera lo podía imaginar, pero, si alguna vez llegase a estar ante el juez Roberto Alcázar, lo último que debería mencionar es que era amigo suyo. Su padre no dudaría en aplicar la condena superior posible sin dejar escapar ni un jodido pestañeo.
El que su padre y él se peleasen como el perro y el gato era un secreto que se llevaría, si era preciso, a la tumba. Nunca lo admitiría ante él, pero reconocía para sí que, indirectamente, se había estado aprovechando toda su vida de la fama de juez estricto e intransigente que tenía su padre. En más de una ocasión, alguna puerta se había abierto solamente con mencionar el apellido Alcázar, pero jamás lo reconocería delante del juez.
Los tres amigos se adentran el local saludando a cada uno de los relaciones públicas que encuentran a su paso. Distintos chicos y chicas provistos de intercomunicadores envían cómplices sonrisas a Fabián mientras se dirigen hacia el restaurante donde les está esperando Ramón.
Solamente hay ocupadas cuatro mesas de este restaurante de comida internacional y en otra, al fondo del salón, un gigante apura con premura un chuletón de carne roja muy poco hecha.
—Veo que no esperas a nadie, socio.
El grandullón sigue con su tarea y lo mira de reojo sin demostrar ni un ápice de amabilidad hacia los recién llegados. Fabián sabe que sus dos amigos no son del agrado de su socio, pero a él eso no le importa en absoluto.
—Tengo que preparar muchas cosas antes de que comiencen a llegar los gorrioncillos pidiendo trigo y no me puedo entretener en conversaciones intranscendentes.
—Calvo de mierda, ¿me puede aconsejar un libro para hacer amigos?
El comentario de Humberto no hace ni pizca de gracia al grandullón de piel tostada y se levanta de la mesa cuando aún le queda un bocado de carne de ternera rodeada de un caldo rojizo. De un trago apura la copa de vino tinto y tras dar la mano a Fabián dirige una mirada que deja patente la animadversión hacia Humberto y Néstor.
—En la silla te he dejado la mercancía. Que no te regateen las palomitas. No venimos aquí ni a hacer amigos ni favores. El que quiera calidad que la pague, y eso lo digo también por estos dos imberbes.
Fabián sonríe reteniendo una carcajada mientras observan como la amplia espalda de esa mole abandona el comedor.
—¡Solo era un chiste! —intenta justificarse Humberto—. ¡Este tío no tiene sentido del humor! Si me hubiese dejado contárselo entero...
—Si le cuentas el chiste entero, te habría sacado a patadas de aquí. ―Las risas de Fabián cuentan ahora con la complicidad de Néstor—. Te has cagado, amigo. No pasa nada ―Fabián apoya el brazo en el hombro de Humberto—, yo también me habría acojonado, y eso que es mi socio.
Tras un momento incómodo, los tres se sientan a la mesa y entre los dos amigos intentan convencer a Humberto de que esa actitud forma parte del papel que Ramón tiene que interpretar para que el personal siga guardándole el bulto.
—El respeto en esta profesión no se gana siendo un irrisorio bonachón.
—¡Lo entiendo, no soy tonto, pero tampoco creo que siempre tenga que comportarse como un capullo!
—No es nada personal —dice Fabián mientras llama a la camarera—. Ramón es así con casi todo el mundo.
La cena transcurre entre risas y recuerdos. El marisco, la carne y el buen vino no han tardado en hacer su efecto, y Humberto ha cambiado de actitud en el mismo tiempo que han tardado en apurarse dos botellas de Pago de Carraovejas.
