El reflejo de Amunet - F.J. Gálvez - E-Book

El reflejo de Amunet E-Book

F.J. Gálvez

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Beschreibung

Adictiva. Best Seller La doctora Muñoz acude a la clínica mental dirigida por el doctor Arnaldo para trabajar sobre el caso de Cristina Briones, una paciente acusada, presuntamente, del asesinato de un empresario muy conocido. Con su estudiada técnica de trabajo, conseguirá que la paciente le confiese los oscuros secretos de su vida. Vendida por su padre, siendo una niña, para casarse con uno de sus amigos, vivirá virgen y aislada del mundo hasta que su marido fallezca y tenga que viajar desde los Estados Unidos hasta España, donde descubrirá la otra vida de su esposo Federico Briones y a Valentín, su extraño hijo. Una vida llena de sexo, violencia, ajustes de cuentas y perversiones ocultas, llevadas a cabo en una de las habitaciones de la mansión donde Amunet y su látigo dirigen las fantasías de Federico Briones. El reflejo de Amunet es una historia contada sin tabúes, en la que el sexo, la violencia y el despertar de almas inocentes se mezclan a la perfección en lo que puede parecer una historia de ficción, pero que, en muchos casos, es más real de lo que imaginamos.

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Seitenzahl: 788

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Primera edición: octubre de 2020© Copyright de la obra: F. J. Gálvez© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-122401-5-3Código ISBN digital: 978-84-122401-6-0

Depósito legal: B-17589-2020Diseño portada: Celia ValeroCorrección: Teresa PonceMaquetación: Celia ValeroEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cual- quier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

 

 

 

 

NOTA DEL AUTOR

 

Con esta novela no deseo juzgar a nadie ni que nadie sea juzgado, tan solo pretendo que quien lea estas líneas se enfrente a sus rincones más secretos y admita sin miedo hasta dónde llegan sus más oscuros deseos. Cada cual tendrá sus límites y, como he dicho antes, no seré yo el que juzgue los tuyos, sino tú.

 

Prólogo

Morbo.

La forma más sencilla de describir el morbo se encuentra en cualquier diccionario:

Nombre masculino.

Modo formal: Enfermedad o alteración de la salud.

Modo coloquial: Atractivo que despierta una cosa que puede resultar desagradable, cruel, prohibida o que va contra la moral establecida.

 

Esta definición sería acertada si esa palabra no escondiese mucho más de lo que pudiese parecer a simple vista. ¿Enfermedad o alteración de la salud? Vale, ¿pero quién es el que juzga dónde termina la enfermedad mental y dónde comienza el puro vicio? ¿Un psiquiatra?

El morbo es algo mucho más grandioso y enrevesado de lo que pueden explicar cuatro líneas en un diccionario. Hasta cierto punto se podría decir que el morbo exacerbado es un fallo genético, no por lo que tenga de enfermedad, sino porque es una cualidad que debe mantenerse oculta por el propio bien del individuo. El morbo ha sido el culpable de tumbar reinos, fortunas, negocios y relaciones personales, por ello no hay que menospreciar el gran poder que tiene sobre las personas.

El individuo está en la obligación de mantener oculta cada una de sus perversiones para poder sobrevivir. No es una regla escrita, pero se cumple a rajatabla. Puede que algunas personas dejen vislumbrar a su pareja o a sus más cercanas amistades unos destellos de lo que ellos describen como una picardía, pero el morbo más exacerbado subyace en lugares donde nunca debe llegar el conocimiento de las personas que les rodean. Cualquier metedura de pata al respecto estaría proporcionando armas a tus enemigos que no dudarán en usar cuando quieran acabar contigo.

Esta historia comienza en una clínica para enfermos mentales, pero ninguno de los pacientes está ingresado por el tema que nos ocupa.

 

 

 

CRISTINA

 

 

 

El doctor Arnaldo, dueño de la clínica, y su fiel ayudante la doctora Martina observan tras el espejo como esa paciente vuelve a desafiar al tercer doctor en lo que va de semana. Parece que el doctor Arístides no está consiguiendo mucho más de lo que lograron los dos anteriores.

La doctora Martina es mujer de poco aguante para el lugar que ocupa, y sus reacciones suelen rayar casi siempre la impertinencia, pero aun así el doctor Arnaldo tiene una total confianza puesta en ella. Su mal carácter puede no venir bien a los que la rodean, pero una cosa está clara, ya se guardarán mucho los trabajadores de la clínica de saltarse alguna de sus normas.

Hoy, ese nivel de exigencia está sobrepasando al propio Arnaldo. Una y otra vez, su encargada le ha pedido de forma insistente que le dejase entrar en la habitación del espejo para ponerle las cosas claras a esa desgraciada que pretende dejarles en ridículo ante el juez que ha decidido ingresarla en el centro de forma excepcional.

Arnaldo ha tenido que hacer un esfuerzo extra para detener a la doctora en el momento que han visto como Christine acertaba a darle una patada en la entrepierna a Arístides.

Hasta ahora no han podido averiguar mucho más de esa intrigante chica que fue detenida en el chalet de Alejandro Farín. Entre sus pertenencias hallaron su pasaporte y un justificante de pago con el nombre de Christine, pero las únicas palabras que han salido de su boca lo han hecho para que se dirijan a ella por ese mismo nombre, pero en castellano: Cristina.

Una vez que el doctor Arístides ha salido por patas maldiciendo a su paciente y jurando que no iba a volver a trabajar jamás para esa clínica, la chica ha cambiado radicalmente su actitud. Su cara de odio ha dado paso a una expresión tan dulce y angelical que pocos podrían identificar con la misma persona desquiciada que ha agredido a todos los doctores que han osado intentar sacarle información.

La doctora Martina echa espuma por la boca mientras Arnaldo observa sonriente como la chica acaricia su pelo rubio al tiempo que mira hacia la ventana enrejada.

Los latidos de su corazón se normalizan, y Cristina recurre a los buenos recuerdos de los que suele servirse para escapar de cualquier situación complicada. Su mente rescata la imagen de Valentín y sus labios sonríen. Cuando aparece la imagen de su padre su boca se retuerce, pero no tarda en recuperar algunos de los momentos vividos junto a Valentín para que todo vuelva a su sitio.

No tiene pensado soltar prenda ante estos principiantes. Necesita ganar tiempo y hará lo que sea necesario para conseguirlo. ¿De verdad creen que esos doctores del tres al cuarto van a sacarle algún tipo de información? Si alguno de ellos se hubiese ganado su confianza, quizá les habría contado algo, pero los tres no han hecho otra cosa que mirar su escote en cada una de las entrevistas. Ese no es el camino.

Arnaldo ha visto esto en otras ocasiones. Individuos que guardan sus secretos como si la vida les fuese en ello, y que se defienden cerrándose en banda a la menor presión. Sabe que ella no es una paciente normal, y que este caso es especial, por lo que tendrá que recurrir a una persona tan singular como lo es Estíbaliz.

Lleva tiempo sin verla, y es consciente de que cada vez que le pide ayuda corre el riesgo de que ocurra algo que se salga de los límites establecidos en el centro, pero sin duda es la mejor opción para sacar a esta paciente de su estancamiento.

 

 

 

 

 

Nueva doctora

 

 

 

—Tranquila, Arístides no era tan importante para nosotros.

—Tú sabrás, este es tu negocio, pero yo nunca consentiría que una desquiciada como esa consiguiera que un doctor de la experiencia de Arístides dejase la clínica por su culpa.

A pesar de negar con la cabeza, Arnaldo sabe que Martina lleva razón.

—No podemos instalarnos en el pasado. Además, Arístides ya no volverá a pisar este centro. No consiento que un empleado me denuncie por una tontería como una patada en sus partes. Agresión por no haber tomado las medidas de seguridad oportunas. ¡Vaya imbécil!

Martina asiente sin otorgarle la razón mientras Arnaldo observa como la luz roja de su interfono se enciende intermitentemente.

—Afuera está esperando la doctora Muñoz. Ella se ocupará a partir de ahora de Cristina. ¿La hago pasar ya, Martina? —pregunta el doctor como si le hiciese falta la aprobación de su empleada.

—Por mí puedes decirle que entre. Este caso comienza a cansarme —dice la doctora mientras se recuesta en una de las sillas con reposabrazos con evidente gesto de desgana.

—Haga pasar a la doctora Muñoz.

La doctora Martina cierra los ojos y se muerde la lengua. Lleva tiempo sin verla y cree saber que nada bueno está por venir.

—Enseguida, señor —contesta una voz femenina por el interfono.

La puerta se abre y aparece ante ellos una chica morena, que aun vestida de calle deja ver un estilo elegante y sobrio. Unos zapatos de tacón alto en color amarillo chillón hacen el contraste justo con unos vaqueros ceñidos de un color gastado. No lleva un escote provocativo, pero sus pechos se adivinan enormes bajo una camisa blanca con finas rayas rojas verticales. No hay pendientes a la vista, pero sus chispeantes ojos verdes parecen ser suficientes para darle colorido a su rostro anguloso.

—Doctora Estíbaliz Muñoz, encantado de volver a verte ―dice Arnaldo mientras se acerca a darle dos besos―. ¿Recuerdas a la doctora Martina Anchorena, verdad?

Por supuesto que la recuerda, y Martina a ella también.

A la doctora no le da tiempo de levantarse, pues, con una amplia sonrisa, se ha acercado y le ha tendido una mano dotada de unos largos dedos y de unas cuidadas uñas color naranja.

—Encantada de volver a verte. Arnaldo ya me ha comentado todos los detalles sobre el seguimiento que se ha llevado con esta paciente.

Normalmente, una mujer tan decidida le gustaría a la doctora Martina Anchorena, pero siempre ha creído que esa forma de ser es fingida o, como poco, forzada.

—Solamente llevamos dos semanas con ella, pero ya te habrá informado Arnaldo de lo complejo que es este caso.

—Por supuesto. Me ha pasado su historial clínico —dice la esbelta mujer mientras abre su bolso para sacar un portafolios—. Esta documentación contiene muchos datos sobre todo el trabajo que se ha realizado con ella aquí, en la clínica, pero apenas proporciona detalles del motivo real por el que está acusada.

—No creas que nosotros sabemos mucho más —dice Arnaldo—. Solamente podemos asegurar que estuvo en el chalet donde murió un hombre de cincuenta y cinco años, casado y con cuatro hijos. La policía la interceptó en el momento que abandonaba la vivienda.

—Eso no es suficiente motivo para que esté ingresada en un centro psiquiátrico.

—No, no lo es —interviene la doctora Martina—. El juez Marjaliza decidió que, después de una semana de arresto en la cual se comportó de forma agresiva, y tras no encontrar pruebas contundentes en contra suya, lo mejor sería trasladarla a nuestro centro para que nuestros especialistas intentasen sacarle algo de información. De no haberse comportado de forma tan violenta en la celda, quizá ya estaría en la calle.

—¿Qué se supone que tengo que conseguir de la paciente? ¿Una confesión?

—Ahora mismo no hay pruebas reales que la incriminen, pero, según los informes policiales, no hay duda de que la chica tiene mucho que contarnos en referencia a ese asesinato.

—Entiendo que mi trabajo consistirá en hacer todo lo que sea necesario para que confiese si fue ella quien asesinó a ese tal Alejandro Farín o, de no haber sido ella, que nos desvele algún dato sobre quién pudo hacerlo.

—No dudamos de que la asesina sea ella, pero, aunque no lo aparente, es muy inteligente —replica la doctora Martina—. Tan solo nos hace falta que cometa algún fallo, y ese será su objetivo.

 

 

 

Nueva doctora

 

 

 

 

Los dedos de Cristina se pasean por la pared del fondo de la celda. El acolchado blanco cumple con sus dos funciones, tanto de aislante de sonido como de amortiguador de posibles lesiones.

La pequeña ventanilla metálica de la puerta se abre tan solo unos centímetros y los ojos verdes de la doctora Estíbaliz se asoman curiosos.

Cristina intuye que alguien la está observando, pero no le interesa volverse para comprobar quién es, y ni tan siquiera se inmuta cuando con un chasquido seco se abre la puerta.

«¿Qué narices querrán ahora? Queda una eternidad para que me traigan la basura que ellos llaman comida. Si son más pastillas, les voy a hacer que se las traguen».

—¿Cristina?

«Esta voz es nueva. ¿Me giro, o escupo al suelo?».

Una decena de veces le habrá repetido la doctora Martina que no entrase en esa habitación a solas con la paciente, pero cada vez le cuesta menos ignorar sus advertencias.

—Soy la doctora Estíbaliz Muñoz. Si no quieres hablar conmigo, no pasa nada, pero quería que supieras que yo voy a ser la encargada de relevar al doctor Arístides.

—¿No va a volver el muy cabronazo? —dice en un susurro sin volverse a mirar a la recién llegada.

—Le dejaste sus partes un poco tocadas. Creo que se acordará de ti durante algún tiempo.

—Se lo merecía.

—¿Alejandro Farín también se lo merecía?

Esa pregunta ha sido la tecla que no quería que nadie tocase, y sus tripas se revuelven con su recuerdo.

—¡Nadie sabe de lo que era capaz ese hijo de puta! —grita mientras la encara adoptando la posición de ataque de un felino.

—¿Tú le conocías bien? —insiste la doctora sin amedrentarse por la actitud agresiva de su paciente.

—¡Vaya por Dios, si es usted una belleza! —dice Cristina con tono irónico suavizando su actitud—. Veo que me ha tocado el gordo de la lotería. No sabía que había loqueras que estuviesen tan buenas como usted.

La doctora Estíbaliz sonríe levemente, se gira y, para sorpresa de Cristina, cierra la puerta dejando fuera a los dos celadores.

—Gracias por el cumplido, pero no estoy aquí para hablar de valoraciones estéticas.

—Es usted muy valiente al quedarse encerrada conmigo. ¿No la han avisado de que soy peligrosa?

—Lo han hecho, pero tú tampoco sabes lo peligrosa que soy yo. Si no me equivoco, eso es un empate técnico, ¿verdad?

Cristina guarda silencio mientras sonríe a la doctora.

—Me gusta, me gusta, estaba cansada de que todo el mundo me tratase como una trastornada.

—Yo no lo haré, si no me das motivos.

—Es una apuesta arriesgada, doctora, pero voy a seguirle el juego.

«Qué jodida. Debe medir más de un metro setenta y cinco, y sus labios parecen fruto de un quirófano, aunque es visible a una legua que son naturales».

—En los próximos meses tendremos varias reuniones en las que intentaré que te abras a mí como lo harías con una amiga.

―¿Una amiga? Yo no tengo amigas.

A decir verdad solo ha tenido a Valentín, pero nadie tiene por qué saberlo.

—Todo el mundo necesita algún amigo. —La doctora se acerca a la cama y se sienta sobre una de las correas de cuero—. No sabemos cuándo nos va a hacer falta que alguien nos ayude de forma desinteresada.

—Doctora, no sé qué es lo que le han contado de mí, pero hace mucho tiempo me hizo falta esa ayuda y nunca llegó.

—Me han contado algunas cosas, pero son insuficientes para hacerme una idea de quién es la mujer que tengo delante. —La doctora coge un cigarrillo de un paquete que saca del bolsillo de la bata blanca—. ¿Fumas?

—Sabe perfectamente que aquí no se puede fumar.

—Puede que esto te sorprenda —la doctora prende el cigarrillo con un mechero que simula ser un pintalabios—, pero, para hacerme cargo de tu caso, el centro ha tenido que admitir alguna que otra modificación en sus reglas.

Estíbaliz alarga el brazo para ofrecerle el Marlboro con una expresión serena en su rostro. Ella coge uno de los cigarrillos que asoman del paquete, y es la doctora la que se encarga de darle fuego.

—Entonces —dice Cristina después de dar una calada mientras se sienta en el otro extremo de la cama—, ¿mis queridos doctores se han tenido que tragar sus mierdas de reglas para que usted consienta venir a ocuparse de mí? Vaya, debe de ser muy buena en lo suyo.

La doctora Estíbaliz entrecierra los ojos haciendo una pausa para analizar a su paciente antes de contestar.

—No me puedo quejar de la reputación que tengo en este mundillo, pero no intentes usar las ventajas de las que vas a disfrutar a partir de ahora para reírte de los doctores o te despojarán de ellas antes de que hayas podido comenzar a saborearlas.

—Tranquila, doctora, aunque le hayan dicho lo contrario, no estoy loca ni soy tonta.

—Nadie me ha dicho que fueses tonta —contesta con una sonrisa que apenas sale de sus labios—. Entonces, ¿estás dispuesta a cooperar?

«La verdad es que es condenadamente guapa. No pierdo nada por entrar un poco en su juego. Ha merecido la pena esperar. Algo me dice que ella puede ser la que me ayude a salir de aquí, y de todos modos necesito ganar tiempo. Quizá le vaya desvelando cosas para ver cómo reacciona».

—Haré lo que pueda para que mi lado malo no vuelva a aparecer como lo hizo con el hijo de puta del doctor.

—¿Siempre has tenido ese lenguaje?

—¿A qué se refiere?

—He leído las transcripciones de tus entrevistas, y lo poco que decías iba acompañado de insultos y palabras mal sonantes.

«Lleva razón la jodida. Quizá me estoy pasando en soltar lindezas por la boca. Valentín solía decir que era la mejor forma de mantener a raya a quien quisiera hacernos daño, pero no tengo tan claro que eso funcione con esta mujer».

—Si usted estuviese encerrada aquí a la fuerza, quizá hablaría de la misma forma en la que yo lo hago.

—No me llames de usted. Me gusta tutear y que me tuteen.

—Correcto, doctora. ¿Ve?, dos frases seguidas y no he soltado ni un jodido taco… Huy, perdón.

Estíbaliz no le ríe la gracia.

—Tendremos que tomarnos esto un poco más en serio. ¿Crees que podrías dejarte las bromas para otro momento?

Las dos mantienen unas miradas retadoras durante unos tensos segundos.

—Por supuesto, chica. ¿Qué quieres saber?

La doctora Estíbaliz esgrime una sonrisa a modo de tregua mientras saca de su bolso una moderna grabadora que sitúa encima de la camilla sin dejar de mirar a los ojos de su paciente.

—Sé que no eres española, pero nadie ha sabido darme los motivos de por qué una mujer como tú ha llegado a una isla como Ibiza desde los Estados Unidos. Según la policía, en tu bolso encontraron un pasaporte cursado en Utah. ¿Qué haces aquí y por qué hablas el castellano de una forma tan correcta?

Cristina mira a la doctora forzando una sonrisa sin abrir los labios mientras asiente con la cabeza levemente.

—Tendrás que apagar ese aparatito, doctora.

—Mi obligación es grabar todo lo que hablemos.

—Y la mía es que ninguno de los que hay afuera pueda usar mis palabras en mi contra en un futuro juicio.

La doctora no tarda en percatarse del aplomo de su paciente, y entiende que no dirá una palabra mientras no se sienta segura.

—Podría testificar en un juicio, y mi testimonio sería tan válido como una grabación, ¿lo entiendes?

—Entiendo los vericuetos legales, y sé que no es lo mismo que provenga de mí que de usted. ¿La apagas?

Estíbaliz asiente y le otorga esa pequeña victoria.

—Apagada —dice mientras muestra como desaparece la luz verde de la grabadora—. ¿Podrías contarme ahora cómo llegaste aquí exactamente?

Cristina se recoloca en la camilla y se apoya contra el cabecero con los pies encogidos mientras da otra calada al cigarro.

—¿Desde dónde quieres que te cuente, doctora?

—Quisiera que comenzases desde el punto de tu vida en el que supiste que ibas a venir a España.

—Si hago eso, nunca comprenderás cómo he terminado aquí. Mejor te contaré cuándo comencé a darme cuenta de que mi vida no era lo normal que debería haber sido.

—Como quieras, Cristina. Soy toda oídos.

—Yo creía que era una niña corriente, y en verdad lo era, pero no sabía que mi destino ya estaba programado mucho antes de nacer. Mi padre… ¡Joder, aún me cuesta llamarlo así! Mi padre era un mormón del estado de Utah, y era el obispo, o presidente, de una de las congregaciones locales que tenía sus propias reglas y que estaba ubicada en un pueblo pequeñito llamado Kanab. Creo que en aquel momento podía tener unos tres mil habitantes, pero no lo puedo asegurar. ¿Conoces algo sobre los mormones, doctora?

—Creo recordar haber leído un poco sobre ellos, pero solo me quedé con que pueden tener varias mujeres. ¿Es así?

—Siete tenía mi padre. ¿Un chollo, verdad? —La doctora decide elevar las cejas y no decir nada—. Sé que aquí en España eso está prohibido, y lo sé porque mi padre estuvo aquí de misionero cuando era joven. En esos años, en España estaba de moda el movimiento hippy y las creencias que impartía mi padre eran tomadas como una nueva forma de libertad por muchos de los chicos de Ibiza. Él tenía veinte años cuando llegó, y un empresario de hostelería le ayudó en sus primeros momentos.

—¿A qué tipo de ayuda te refieres? ¿A la económica?

—En aquella época, la dictadura acababa de terminar, pero los rescoldos de una época tan conservadora persistían en la sociedad. Tanto era así que mi padre fue a parar a las celdas de la comisaría hasta en cuatro ocasiones. Todas y cada una de ellas fue liberado por un tal Anselmo Briones. Este señor era dueño de varios restaurantes y locales de alterne, y tenía prácticamente comiendo de su mano a toda la policía de la isla. También tenía a gran parte del sistema judicial de su lado, y él lo agradecía con grandes noches de libertinaje.

—Era una época llena de cambios.

—Hay cosas que nunca cambian —contesta Cristina con una mueca de desprecio—. La depravación y el abuso es algo inherente a la humanidad.

La doctora asiente en silencio para no desconcentrarla de su relato.

—Como te iba diciendo, mi padre se dejó seducir por las noches de tentaciones y excesos. Las mujeres corrían por sus manos a decenas y se olvidaba de ellas al día siguiente. La isla se había convertido en una cloaca deseosa de libertades donde iban a parar una ingente variedad de individuos extravagantes y bohemios que querían vivir al margen de las tradiciones religiosas en las que aún se veía sumergida la España de la dictadura. Anselmo Briones tenía un hijo algo mayor que mi padre, Federico. Era el típico hippy melenudo con cerveza en mano que no hacía otra cosa que ver pasar la vida tras una cortina de humo de cannabis. Estaba bajo el escudo protector de su padre, y no se esforzaba en hacer nada que supusiese una molestia para su «paz interior». Después de la cuarta vez que Anselmo Briones sacó a mi padre de las celdas de la comisaría, Federico se convirtió en uña y roña con él.

—¿Uña y roña?

—Cada uno lo dice como quiere, ¿no? Pero si quieres digo uña y carne y…

—No, no, tranquila, no quería cortarte.

—Mi padre y Federico compartieron todo lo que se puede compartir. Primero comenzaron con el alcohol, pero no tardaron en dar el salto a las drogas.

—Pero tu padre fue de misionero a Ibiza. ¿Cómo pudo involucrarse en ese tipo de vida si vino a España a impartir su religión?

—Veinte años, doctora, veinte años. Mi padre no había salido nunca de Kanab y lo enviaron a impartir la ley de Dios a una isla donde llevaban años saltándose todas las normas divinas. ¿Crees que estaba preparado para aquello? De ninguna de las maneras. Puede ser que aquí lo de tener varias mujeres se vea como puro libertinaje, pero para nada es así. Eso entra en la normalidad de la religión mormona, y lo llevan con una naturalidad que solamente puede comprenderse desde dentro. Mi padre llegó con unas ideas religiosas tan cerradas que chocaron con la anarquía del libertinaje que inundaba la isla, y no pudo evitar dejarse llevar por las incesantes llamadas a la desobediencia que le llegaban de todas sus amistades. Dicho de otra forma: acabó por mandar al diablo a Jesucristo y se unió a los fieles seguidores de la diosa Afrodita.

—Parece mentira que alguien que hace un viaje tan largo para inculcar una doctrina a una sociedad completamente distinta a la suya cambie en tan poco tiempo.

—La veintena es una época jodida, doctora. Tú también has sido joven, por lo que debes saberlo muy bien.

Estíbaliz asiente sin hablar. No va a revelar nada referente a su vida personal. Ese sería un error de principiante.

—Mi padre llevaba dos años en la isla cuando le ocurrió la fatalidad que desencadenaría el cúmulo de situaciones que al final desembocarían en que yo tuviese la obligación de venir a España. Fueron unas carambolas del azar, pero, ya sabes, el destino tiene una forma curiosa de manejar las bolas de nuestras vidas.

»Fue una noche de finales de agosto. Mi padre y Federico acudieron a una de las fiestas que daba su padre en una terraza al aire libre de una exclusiva discoteca de Ibiza. Todos iban vestidos con blancos y vaporosos ropajes, y era el lugar perfecto para que el alcohol y la droga pudieran expandirse sin censura. Mi padre no llegó a darse cuenta, pues el alcohol se lo impedía, pero Federico nunca se excedía con aquellas chicas más allá de unos arrumacos forzados envueltos en risas.

»Sucedió de madrugada. Los dos chicos abandonaron la terraza y se dirigieron a la playa con dos chavalas que no se habían apartado de ellos en toda la noche. Federico era el que peor iba, e incluso tuvieron que ayudarle para que pudiese cruzar unas rocas que había que salvar para llegar a la playa de arena. Los porros se sucedieron durante más de una hora, y las risas se entremezclaban con el clamor de las olas rompiendo en las rocas. Mi padre no tardó en lanzar su ataque contra una de las chicas, y esta accedió casi antes de que lo intentase.

»Por su parte, Federico no parecía interesado en menesteres sexuales, y se dedicó a mirar la luna reflejada en el mar sin preocuparse ni un solo segundo por el enfado creciente de la chica que tenía al lado. Desde la distancia, la desdeñada muchacha se relamía mientras veía como el culo blanco de mi padre no paraba de dar envites entre las piernas de su amiga, y tuvo el fatal impulso de echar mano a la entrepierna de un Federico que estaba apurando el octavo porro de la noche. Una hostia sonó como si una rama hubiese estallado a consecuencia de recibir la descarga de un rayo, y la chica se quedó sin saber qué hacer durante unos segundos. Más le habría valido haberse quedado calladita, porque lo que salió de su boca fue lo que le costó la vida.

»Mi padre seguía con sus quehaceres cuando escuchó la palabra maricón saliendo de una boca enajenada. En ese momento de pasión no le prestó la debida atención al insulto de la chica, pero, cuando comenzó a escuchar llantos y gritos, no le quedó otra que abandonar a la chica que chorreaba de placer abierta de piernas sobre la arena. Lo que se encontró fue un combate de lucha libre en toda regla. Debió tener su parte de gracia ver como mi padre intentaba separar a aquellos dos desgraciados con su polla empalmada… Sí, tuvo que ser gracioso.

La doctora se ha sentido incómoda al ver la expresión de odio que exhibe su paciente mientras parece estar forjando en su cabeza la imagen de su padre desnudo.

―Ante los ojos asombrados de mi padre, la chica, enardecida por el odio, no dejaba de lanzar golpes contra la cara de Federico. Este, visiblemente colocado, no sabía ni por dónde le venían, y lo único que podía farfullar eran unas pocas palabras pidiendo el auxilio de su amigo. Esa ayuda llegó, y de la peor manera.

»Puede ser que las drogas fueran las causantes de aquella reacción, aunque lo mismo era algo que llevaba en su interior desde que vino al mundo, pero la verdad es que mi padre cogió una piedra del tamaño de un balón y la lanzó contra la chica. Siempre he querido pensar que no apuntó a un sitio en concreto, pero lo cierto es que dio de pleno en la cabeza de aquella pobre chica. Federico escuchó el ruido que hizo la piedra al chocar contra la cabeza de la chavala, pero solo mi padre era consciente de lo que acababa de hacer.

»Federico estaba doblado de dolor unos metros más allá cuando llegó la otra chica gritando la palabra asesino a mi padre. No sé lo que se le pasó por la cabeza, pero la agarró del cuello y la arrastró hasta la orilla. Los gritos desgarradores de la chica llegaban hasta los oídos de Federico, que seguía lamiéndose las heridas de su careto destrozado, y en ningún momento se giró para ver qué era lo que sucedía a sus espaldas.

—Eso fue terrible. ¿Tu padre ahogó a aquella chica?

—No tardó ni un par de minutos en hacerlo, y sin apenas hacer fuerza. Según me confesó en su lecho de muerte, solo tuvo que poner un pie sobre su espalda para que se asfixiase en poco menos de medio metro de agua. Quizá alguien que hubiese hecho algo así habría corrido a esconderse para que nadie lo localizase, pero él decidió quedarse sentado viendo como las olas empujaban una y otra vez el cuerpo de la difunta contra la orilla, como si el mar se empeñara en devolver un desperdicio que no le pertenecía.

—¿Y Federico? ¿No hizo nada?

—¿Qué iba a hacer ese inútil? Aunque no te lo creas, el muy imbécil se quedó dormido hasta que comenzó a despuntar el amanecer. Dos policías enviados por Anselmo Briones fueron los que se encontraron con la escena en la playa. El padre de Federico los había enviado para que los buscase una vez que se percató de que no estaban en la fiesta. Con el primero que se toparon fue con Federico durmiendo al lado de la cabeza ensangrentada de la chica. A trompicones consiguieron acercarlo hasta una de las rocas, y uno de los policías corrió a buscar a Anselmo.

»No habían pasado ni veinte minutos cuando Federico vio a su padre aparecer en la playa. Acudió con tres de sus hombres, y su cara no era precisamente de buenos amigos. Federico había usado ese tiempo para recomponer lo que había ocurrido y, sin tener claros todos los detalles, creyó que había sido él el que comenzó todo. Cuando llegó Anselmo, mi padre aún continuaba en trance viendo como las aguas seguían rebozando el cuerpo de la chica sobre la arena, y las preguntas que lanzaba el padre de su amigo le llegaban lejanas a pesar de estar siendo escupidas sobre su oreja. Mi padre no reaccionaba y Anselmo se dirigió hacia donde estaba su hijo. Federico estaba confundido, y sus ojos iban de cadáver en cadáver pensándose las palabras que iba a decir. Mi padre nunca entendió por qué lo hizo, pero mientras Anselmo le echaba una monumental bronca, Federico no dudó en culparse a sí mismo de lo que había ocurrido. Los dos policías se miraron sin hablar, esperando un gesto de Anselmo. Este los llamó aparte, e hicieron un corrillo al que ninguno de los esbirros de Anselmo estaba invitado.

»Mi padre nunca supo qué fue lo que hablaron exactamente, pero al final Federico fue a la cárcel durante dos años por homicidio involuntario. El nombre de mi padre nunca apareció en el atestado policial, solo figuraba el nombre de la chica que presuntamente había muerto después de golpearse con una piedra durante una pelea con Federico. Entonces no existían los adelantos de los que dispone la policía en estos días, pero, aunque así hubiese sido, los contactos de Anselmo le habrían asegurado a su hijo una sentencia benévola. De la otra chica se tuvieron noticias a los dos días. Fue encontrada en una playa que estaba a tres kilómetros de distancia de donde había muerto, y nadie relacionó, o no quisieron relacionar, las dos muertes. Mi padre se marchó esa misma semana sin poder hablar con Federico y sin llegar a entender por qué su amigo le había librado de una cárcel segura.

»Una vez que llegó a Kanab, su cabeza aún tardó mucho tiempo en dejar de maldecir lo que había hecho en tierras españolas. El martirio que le suponía el saberse culpable de haber arrebatado dos vidas jóvenes de este mundo le torturó de un modo tan salvaje que nadie comprendía el porqué de ese cambio tan radical. Sus delirios autodestructivos le llevaron a enclaustrarse en casa de sus padres durante un año. No estaba preparado para ver a nadie, e incluso la presencia de sus padres le llegaba a incomodar tanto que se encerraba en su habitación durante semanas. Allí fue donde comenzó a devorar todo tipo de libros que iban encaminados a las infinitas formas que existen para encontrar el perdón por los errores cometidos. Esas miles de horas de lectura y reflexión le llevaron hacia una radicalización de su fe en Cristo con la que creyó encontrar la absolución que tanto ansiaba.

»Al poco tiempo conoció a la primera de sus siete mujeres y comenzó a llevar una vida destinada a enmendar su pecado ante los ojos de Dios. Sus sermones eran escuchados por cientos de feligreses volcados con su peculiar y apasionada forma de proclamar la palabra de Jesucristo. Nadie podía sospechar que buena parte de su pasión provenía de llevar encerrado en su alma un secreto que por siempre le corroería las entrañas.

»El día que mi padre se enteró de que mi madre estaba embarazada de mí, fue el mismo que volvió a encontrarse con Federico. Por aquel entonces mi padre tenía cinco mujeres y habían pasado diez años desde lo ocurrido en la playa. Mi padre no sabía cómo recibir al hombre que le había librado de decenas de años en prisión, pero Federico tenía una idea bastante clara de cómo se iba a cobrar ese favor.

»Tras una conversación aparentemente estéril, Federico le informó de que estaba al tanto de la escalada que había experimentado como ministro de Cristo. Con cierto morbo, que llegó a molestar a mi padre, se encargó de contarle que su padre había muerto, y que él había heredado todos sus negocios. Por lo visto, aquel cabeza loca que no pensaba en otra cosa que encontrar una droga que le mantuviese alejado de la realidad se había transformado en un empresario de éxito. Mi padre no le hizo muchas preguntas al respecto, pues un par de comentarios salidos de tono le bastaron para comprender que esos negocios no estaban ajustados a la ley en su totalidad. Los restaurantes y salas de fiesta se habían multiplicado por diez, y ahora estaban esparcidos por toda España. Por lo visto, de algo había servido el consumo de todas las drogas de las que echó mano para sobrellevar su juventud, pues había utilizado esa experiencia para comenzar un negocio encubierto de distribución por las costas del levante español. A su lado, Anselmo Briones había quedado como un vulgar mafiosillo de barrio. Le iba bien, y eso era patente tanto en su forma de vestir como en los aires de grandeza que esgrimía sin pudor alguno.

»Al finalizar la conversación, surgió la pregunta del motivo de su visita. Ninguno de los dos sacó a relucir el tema de los dos asesinatos, y mi padre se lo agradeció desde el silencio. Federico no se cortó un pelo para preguntarle todo sobre su vida como mormón. Mi padre le explicó cuántas mujeres tenía y cuántos hijos con cada una de ellas. La cara de Federico se iluminó en el mismo momento que mi padre le contó que una de sus mujeres estaba en estado de buena esperanza. Hay instantes en la vida que pasan totalmente desapercibidos, y que aparentan carecer de transcendencia alguna, pero ese precisamente fue en el que mi vida quedó condenada. Mi padre ni tan siquiera pestañeó cuando su querido amigo del alma le propuso concertar una boda con el bebé que se estaba gestando en caso de que fuese niña.

—Eso es una aberración en toda regla —dice la doctora intentando que su rostro no refleje su asombro.

—¡Yo diría mejor que aquello fue una putada, doctora!

—Pero eso tiene que estar prohibido.

—Puede que esté prohibido en Estados Unidos, pero en esa congregación mormona las normas las dictaban los ancianos, y la práctica de los matrimonios concertados en aquellos años estaba a la orden del día. Una cosa era la burocracia legal y otra las normas internas de nuestra comunidad.

—Entonces, ¿te obligaron a casarte con ese hombre cuando te hiciste mayor?

—Si dieciséis años puede considerarse mayor, sí.

—¿Dieciséis? —El asombro comienza a desdibujar la cara de la doctora―. ¿Y tus padres no hicieron nada por impedirlo?

—Mi madre lo pasó verdaderamente mal. No entendía cómo su esposo, un hombre recto y severo, se estaba poniendo a los pies de aquel desconocido. Federico lo tenía todo muy bien planeado. Nada de lo que ocurrió en aquella habitación había salido de la casualidad. Ante la atónita mirada de mis padres, sacó un manojo de papeles de un portafolios y les hizo que los leyeran. Aquello era un contrato en toda regla, y en él venían reflejadas todas las cláusulas que tendrían que respetar las partes contratantes. El único requisito que poseía el poder de anular ese contrato era el que indicaba que solamente se realizaría el matrimonio convenido si el neonato fuese niña. Un varón daría por terminado el acuerdo comercial. Como ves, nací sin saber que toda mi vida estaba programada de antemano. Tengo dieciséis hermanos entre chicos y chicas, pero fui yo la que estuvo obligada a vivir apartada de todos ellos desde el mismo día de mi nacimiento. En ese maldito contrato venía reflejada la forma en la que tendría que crecer hasta que tuviese lugar la ceremonia de mi matrimonio concertado.

—¿Federico impuso algún tipo de normas a tus padres para criarte?

—Y de las más crueles, doctora. Yo no tuve una infancia como cualquiera de mis hermanos. Apenas me relacionaba con ellos, y además me mantuvieron aislada del exterior.

—¿A qué te refieres?

—Cuando digo aislada quiero decir eso exactamente. Yo estudiaba en casa, y apenas salía de mi habitación. Según aquel contrato, debía estar alejada de la civilización y de todas las normas impuestas por la sociedad. Los libros con los que tenía que estudiar los recibíamos a primeros de enero, y era Federico el encargado de hacerlos llegar. Parecían libros normales, pero de ellos se habían eliminado los textos que pudiesen interferir en los planes de mi futuro esposo. Aprendí todas las materias principales, como las matemáticas y las ciencias y tardé años en comprender por qué era tan importante la que tenía que ver con estudiar un idioma extranjero. Mi profesora particular era de habla hispana, y también estaba pagada con el dinero de Federico. Ella se encargó de enseñarme el idioma, pero, según uno de los apartados del contrato, estaba prohibido dar detalles de nada referente a la vida en España. Yo crecí sin saber realmente dónde se encontraba este país, pero había muchas cosas más que ignoraba. Expresamente estaba indicado que no podía tener constancia de qué eran los sentimientos ni el contacto humano. Cualquier referencia al afecto debía ser desterrada de mi educación. Nadie debía abrazarme ni tocarme. Hasta muchos años después no pude saber lo que era el calor humano.

—Perdona que te diga esto, Cristina, pero ese hombre era un monstruo y quería crear algo a imagen suya.

—No, no quería convertirme en algo horrible, solo quería recibir el día de la boda un folio en blanco donde poder explayarse como a él le viniese en gana, y vaya si lo consiguió. Yo supe que me tenía que casar con ese hombre a los diez años y, cuando llegó el día, lo vi como algo normal.

—Eso jamás se podría considerar como algo normal —interviene la doctora—. Aunque fueses una niña, debería haberte extrañado.

—No solo era una niña, sino que era una niña apartada del mundo tal y como lo conoces. Habían conseguido «fabricar» una criatura sin personalidad ni principios. Mi cabeza solo contenía datos históricos, números y unos modales que venían expuestos, e impuestos, en un libro que no cambiaba con los años. Ese montón de páginas se metía cada año en mi cabeza y ahora mismo te lo podría relatar con puntos y comas. Te puedes imaginar que las normas que venían reflejadas en el libro habían sido dictadas por Federico, y en ellas se describían los modales y la forma correcta de comportarse una señorita. ¿Sabes lo que es un cinturón de castidad?

—¿Cómo? ¿Te estás quedando conmigo?

—Vale. No pienses que me pusieron uno de esos cinturones metálicos de la edad media —dice exhibiendo una sonrisa picarona—, pero no estaba muy alejado de esa tortura medieval. Desde que cumplí los diez años, me obligaron a llevar unas bragas especiales que te puedo asegurar que no aguantarías tú ni una hora. Estaban elaboradas con una tela gruesa y áspera, y se apretaban a la cintura hasta tal punto que casi no me dejaban respirar. El objetivo era claro, no debía tocarme, y a ello estaban destinadas muchas de las normas del libro. En las lecciones de cada día, había una hora en particular en la que la chica que me instruía se dedicaba a criminalizar y demonizar las partes íntimas de la mujer, por lo que crecí pensando que mi coño formaba parte de un pecado que ninguna otra mujer poseía. Tanto era el interés en denostar mis partes íntimas que llegué a odiar verme desnuda.

—Por lo menos estarías a solas cuando te duchabas, ¿verdad?

—Nada de eso. Mi madre era la encargada de bañarme, y me obligaban a hacerlo con los ojos tapados. ¡Puto contrato de tarados!

—¿No había nadie que te echase una mano?

—No has entendido nada, doctora. Me mantuvieron dentro de una jaula de cristal, aislada de cualquier tipo de emoción o esencia humana, y se apropiaron hasta del último resquicio de mi inocencia para dejarla encerrada dentro de mi mente, congelada.

—¿Tus hermanos no veían raro ese comportamiento?

—¿Mis hermanos? —pregunta exhibiendo una mueca de desprecio—. Me enteré de sus nombres cuando fui a ver cómo moría mi padre, a los muchos años de haber abandonado Utah.

—Eso es muy triste, Cristina. No me imagino qué puede estar pasando en tu cabeza ahora mismo.

—No te preocupes por mi cabeza, doctora. Esas no fueron ni de lejos las peores experiencias que me tocó sufrir.

La doctora Estíbaliz observa con curiosidad la peculiar expresión del rostro de su paciente. Su mirada gélida sirve de acompañamiento a unos comentarios que parecen exentos de reproche alguno, y la forma de contar su historia roza la apatía.

—¿Cómo fue la boda? Me refiero a que si fue por lo civil o por lo religioso.

—Mi padre me hizo daño en muchas cosas, pero lo que nunca le perdoné fue que oficiase mi condena. Aquel miércoles fue la primera vez que vi en persona a quien tantas veces me había descrito mi profesora.

—¿Cómo se llamaba ella?

—Nunca lo supe. Para mí, su nombre era Señora. Tú sabrás por tu profesión quizá algo más de esto, pero creo que pretendían que no llegara a sentir cariño por alguien a quien veía todos los días. Lo consiguieron, aunque el que la muy zorra fuese una dictadora de mierda también pudo afectar a que lo único que sintiese hacia aquella mujer fuese odio.

—Sigo creyendo que se puede hablar con mejores modales.

—Mis modales tuvieron que ser perfectos hasta que cumplí los veintidós, doctora. No esperes que nadie me vaya a obligar a hablar correctamente cuando no encuentro adjetivos suficientes para catalogar a la zorra que tuve como educadora.

—No me has dicho nada de tu boda.

El suave tono de la doctora corta de raíz la violencia verbal que parecía querer ir a más y Cristina le mira sonriente.

—Ah, sí, lo olvidaba, aunque no hay mucho que contar. Yo cumplí ese día los dieciséis años. Para cualquier jovencita, aquel día debería haber sido algo grandioso digno de ser celebrado, pero para mí se convirtió en la onomástica de la humillación más grande que había sufrido desde que nací. Ni las más estrictas descripciones me habrían preparado para la asquerosa sensación que sentí en el momento que vi aparecer a aquel viejo en el pasillo del templo. En los primeros bancos estaban mis hermanos, esos de los que no conocía ni sus nombres y a los que solamente había visto jugar por la ventana de mi habitación. Algunos de ellos comenzaron a reír cuando vieron caminar a aquel viejo de unos sesenta años hacia mí, pero yo no sabía a qué se debía. Estaban al tanto de lo que significaba todo aquello que para mí solo era una obligación para la que me había estado preparando dieciséis años, y odiaba que les divirtiera. Federico tenía el pelo blanco. Los excesos no le habían tratado bien, y su rostro reflejaba cada uno de los traumas que sufría en silencio. Una mirada huidiza salida de aquellos ojos que parecían estar más juntos de lo normal me hizo sentir tal aprensión que apenas pude contener una arcada.

—Estarías aterrorizada.

—No tenía por qué, doctora. Yo no sabía a lo que me enfrentaba. Era como un cordero que iba al matadero en un templo decorado con cientos de flores que camuflaban a la perfección el putrefacto aroma de toda la mierda que aquello escondía. Él se puso a mi lado sin mostrar ni un ápice de alegría. No creo que me viese guapa, pero tampoco tenía constancia de lo que era la belleza ni los cánones por los que se regía. Sencillamente me dispuse a decir lo que durante el último año tuve que memorizar para el día de la ceremonia.

»No hubo banquete, ni falta que hacía. Recuerdo perfectamente como mi padre nos acompañó hasta una casa enorme de las afueras del pueblo. Estaba aislada y ese fue el momento en el que más disfruté. Acostumbrada a mis cuatro paredes y a no ver otra cosa que el interior de la vivienda de mis padres, creí que aquello tenía que ser algo parecido a lo que nuestra biblia describía como el paraíso. Tras cruzar una verja enorme, el coche de mi padre atravesó un jardín inmenso repleto de pinos y plantas con todo tipo de flores. Me despidió con un beso al pie de las escaleras que daban acceso al gran caserón. Yo había visto en varias ocasiones, en algún tomo de enciclopedia, algunas fotos de casas lujosas que mi institutriz había olvidado recortar, pero aquella mansión las superaba con creces.

»Nos quedamos solos en aquel palacete. Bueno, para decir la verdad, había otra persona que nos haría compañía. Sergio era el encargado de mantener limpia la vivienda y se ocupó de subir mi maleta a la planta de arriba. Aunque una pequeña parte de su familia tenía origen hispano, Sergio no entendía el español, por lo que Federico se dirigía a él en un inglés de principiante. Solamente hizo falta que el chico mostrase un atisbo de sonrisa en una de las meteduras de pata de Federico para que este le propinase una patada en sus partes que le hizo caer al suelo encogido, pero sin protestar. Yo no sabía de qué iba aquello, pero era la primera vez que veía a alguien pegar a una persona, y no me gustó. Sergio se levantó sumiso, servicial, y corrió hasta el salón para preparar la cena.

»Federico fue muy amable, casi en exceso, y me acompañó del brazo al lugar que tendría que ocupar a partir de ese día en la mesa. Me dijo: «¿Sabes que esta casa la compré solamente para estar cerca de ti?». Era la primera vez que se dirigía a mí. Le había escuchado hablar con mi padre y en la ceremonia, pero esa no parecía la voz de la misma persona que había dicho los votos en el templo. Yo le pregunté: «Si vivía tan cerca, ¿por qué es la primera vez que le veo?». Él me dijo mientras daba un sonoro sorbo a una copa de vino tinto: «Buena pregunta, querida Christine. He estado siguiendo tus pasos desde que naciste, te he estado viendo crecer durante años, pero tú no debías conocerme hasta el día de la boda. No espero que lo comprendas, pero me hacía falta tener a alguien en quien poder depositar mi confianza y que me acompañase hasta el fin de mis días sin hacer preguntas indiscretas». Por supuesto que no iba a hacerle preguntas indiscretas a aquel ser decrépito al que el tiempo había arrebatado cualquier atisbo de color de su pelo. De hecho, no sabía ni lo que era la discreción, pero una curiosidad innata estaba creciendo en mis entrañas y eso era una sensación que no quise frenar, aunque sí disimular.

»Me explicó que Sergio era el que se ocupaba de que la casa estuviera limpia y presentable durante sus largas ausencias y el muchacho asintió luciendo cogote. Parecía mentira que un chaval tan alto fuese capaz de humillar tanto la cabeza. Después me dijo: «¿Qué te apetece cenar? Bueno, para ser sincero, solamente tenemos verduras. Soy vegetariano y no aguanto a las personas que comen carne». En ese momento entendí todo. Aquellos olores que salían de la cocina de mi madre nunca llegaban a materializarse en mi habitación a la hora de la comida. Una y otra vez preguntaba a mi institutriz por qué la comida que me servían no tenía nada que ver con lo que mi olfato había estado olisqueando toda la mañana, pero nunca recibí ni una sola explicación. Para mí, la carne tal como la conoces nunca existió, y su lugar lo ocupaba el tofu. Filete de cerdo, decían… ¡Si estuviese vivo, le haría tragarse a mi padre toda aquella basura sin sabor!

—¿Qué edad tenía Sergio?

—Entonces no me lo dijeron, pero tenía veinte. Cuatro más que yo. Poseía una cara tan agradable que podría haber estado horas enteras mirándole. No sé si era debido al contraste que veía entre la denostada piel de la cara de Federico y el rostro dulce de aquel muchacho. Transmitía una serenidad que yo no supe comprender en aquella época, aunque a esa mirada le faltaba algo.

—¿Tenía algún problema psicológico? Te lo digo porque por los pocos detalles que me has dicho, podría padecer alguna deficiencia intelectual.

—Puede ser que lo pareciese, pero no era exactamente así. Como de otras cosas, de eso me enteraría en el futuro. A Sergio, sus padres lo abandonaron en una gasolinera. Solamente una persona se había ocupado de él desde entonces, y ese era Federico. En uno de sus primeros viajes a Kanab mi padre le comentó que había un chico huérfano de cinco años en el templo y él no tardó en apadrinarlo.

—¿Lo adoptó?

—Ni mucho menos —dice Cristina negando como si acabase de decir una soberana tontería—. Él nunca dejaría que alguien que no fuese de su sangre adquiriese derechos sobre sus bienes y negocios. Sencillamente se ocupó de forma legal de su mantenimiento y de sus estudios. Hasta los dieciséis había vivido en aquel caserón en compañía de una vieja tutora pagada por Federico, pero incluso ella salió de aquella casa una vez que legalmente Sergio pudo quedarse solo.

»Federico tenía muchas normas sobre cómo cumplir sus leyes, y las llevaba a rajatabla. Una de las materias que se daban una vez a la semana en casa de mis padres hacía referencia a la convivencia conyugal. Aquel libro no describía grandes detalles ni se centraba en particularidades extravagantes, pero un mantra se repetía cada vez que acababa una página: «La buena esposa tiene la obligación de obedecer todas las indicaciones de su marido sin poner objeciones y sin juzgar sus actuaciones». Esa noche comencé a comprender el significado de aquellas palabras.

»Nunca había mostrado mi desnudez con otra persona que no fuese mi madre, pero, al acabar de cenar, Federico me dijo que tenía que asearme. Me acompañó hasta un cuarto de baño inmenso en el que solo había una bañera en el centro. Con una expresión rígida en su rostro me ordenó que me desnudara. Yo me quité el sencillo traje de novia que mi madre había reciclado y que no se había vuelto a usar desde el día que se casó con mi padre. Entonces dijo: «Quítate las bragas. Hasta que no vayas a la cama no las volverás a usar».

»Ni te puedes imaginar lo que significó aquello para mí. Las arrugas de su frente y labios que tanto me asqueaban parecían haber desaparecido ante mis ojos en el mismo instante que me había concedido librarme por un rato de aquella tortura que machacaba mis partes íntimas. Una vez que las arrojé al suelo, podían verse los estigmas que esa lija que él llamaba bragas había grabado sobre mi piel. Surcos morados se cruzaban entre sí y afeaban mi piel blanca como si un verdugo me hubiese molido a latigazos. Contemplar mi pubis poblado de un fino manto de vello rubio me hizo preguntarme qué podía haber ahí abajo para que durante años me hubiesen prohibido tocarlo.

—Pero a esa edad ya te habría bajado la regla.

—Por supuesto, y en los cinco días que me duraba mi madre convivía conmigo en la habitación para cambiarme.

—No quiero asustarte, Cristina, pero, si lo que dices es cierto, esa gente podría haberte hecho un daño psicológico que pudiera perdurar a día de hoy.

—Doctora, ya te he dicho que no estoy loca. Tampoco nada de lo que me hicieron provocó ninguna merma en mi inteligencia, aunque no sería porque no lo intentaran. ¿Sabes qué explicación me daban cuando manchaba de rojo las bragas?

—Sorpréndeme.

—Ahora me dan ganas de reír, pero entonces me tomaba al pie de la letra el que aquello era un castigo que me mandaba Dios por pensar en tocarme. Como comprenderás, huía de mi entrepierna como si fuese el mismísimo Satán. Pero ese día fue distinto.

»La bañera estaba llena hasta la mitad de agua caliente y jabonosa, y Federico ocupó una silla que estaba colocada en una de las esquinas del baño. Esa fue la primera de muchas veces que lo hizo. Me desprendí de la tela que aprisionaba mi pecho contra mis costillas. Aspiré profundamente como hacía tiempo que no lo hacía y me giré hacia donde había un espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared. No llegué a sentir ni una pizca de vergüenza por mostrarme desnuda, no me lo habían enseñado, y me sumergí en el agua ante la lejana mirada de mi esposo.

»Mientras cogía la gran esponja natural, me fijé en que cruzaba las piernas y entrelazaba sus dedos apoyándolos sobre su rodilla. Me dijo: «Lávate con cuidado, lentamente, por favor». Mis pechos me gustaban, eran redondos y grandes. Por lo menos eso fue lo que me pareció la primera vez que los pude tocar libres de ataduras. Las areolas rosadas que encumbraban mis tetas eran el envidiable marco de unos pezones prominentes y suaves. Ahora lo recuerdo con nostalgia, pero aún siguen teniendo su encanto.

―A mí no me molesta, pero ¿crees que debes ofrecerme en tu relato todo ese tipo de pormenores?

La doctora Estíbaliz saca otro par de cigarros y le ofrece uno a ella.

—¿Quieres saber de verdad cómo he terminado aquí? —dice retadora—. Con que solamente salga una palabra de negación de tus labios, puedo sellar los míos para siempre, doctora.

Estíbaliz sabe que cualquier cosa que diga le valdrá como excusa para abandonar su relato.

—Cuando acepté tu caso mi objetivo era llegar a conocerte, y no me importa ni el tono ni las formas en las que te expreses con tal de que consiga servirte de ayuda.

Cristina se sabe ganadora en este asalto, y de modo ceremonial le pide el mechero a Estíbaliz y se enciende el cigarro mientras comienza a pasear en círculos por el habitáculo.

—Para ti puede que carezca de importancia, pero a mis dieciséis años nunca me había mirado en un espejo. Todo era nuevo para mí, e incluso me ilusionaba ver como la espuma jabonosa resbalaba desde mis pechos a mi ombligo. No sé cuánto tiempo estuve absorta admirando mi blanquecina piel, pero, cuando volví a girarme hacia donde estaba Federico, vi por primera vez el cuerpo desnudo de un hombre. En aquel momento no habría sabido muy bien cómo describirlo, pero ahora sí. La ropa había desaparecido como por arte de magia, pero él se mantenía con la misma pose cruzado de piernas. Yo lo miré curiosa y él me mantuvo la mirada diciendo: «Es tu primera vez, ¿verdad?». Yo asentí con la cabeza sin querer decir nada que pudiese poner fin a aquel placentero baño de agua caliente. Para nada me importaba que aquel tipo estuviese luciendo cachos de piel arrugada repleta de pelo blanco, lo que realmente quería era sumergirme en esa agua lechosa y dormir durante horas.

—¿Te mostró sus partes?

—¿Te refieres a la polla? —dice mordiéndose el labio inferior y soltando una carcajada a continuación—. No, doctora, no. Mantenía su pajarito muy bien guardado tras sus piernas cruzadas. Con una subida de cejas me dio a entender que continuase con mi baño y yo lo hice con mucho gusto. Me dijo: «No te frotes fuerte. Las esponjas naturales ayudan a mantener una piel tersa y limpia de impurezas, pero debes moverla de forma suave, aunque manteniendo la presión».

»Yo obedecía a todo lo que salía por la boca de mi esposo, y creo que tardé bastante en volver a dirigir la mirada hacia él. Desde un principio lo tenía claro: no quería que la visión de un cuerpo demacrado como el de Federico arruinase las sensaciones de libertad que me estaba proporcionando aquel sencillo baño. De repente dijo: «No te frotes ahí abajo, tú no».

»Yo no supe entender el porqué de aquella orden ni de esa puntualización, y le miré extrañada mientras alejaba la esponja de mi entrepierna. ¿Qué podía tener esa parte de mi cuerpo para que todo el mundo me prohibiese que ni tan siquiera la rozase? Ese pensamiento no dejaba de rondarme la cabeza cuando le vi levantarse de la silla del rincón.

»Yo me quedé muda, sin poder reaccionar. Federico se mostraba ante mí sin ningún pudor, y yo pude ver por primera vez lo que le diferenciaba de mí. Debería haberme producido repugnancia ver aquel diminuto colgajo balanceándose de lado a lado, pero lo único que despertó en mí fue curiosidad. Él se mostraba serio, y solamente sonrió cuando yo alargué la mano y señalé con mi dedo índice su polla flácida. «No te preocupes, no es nada raro, todos los hombres lo tenemos», me explicó. No pude evitar mirar hacia abajo para comparar mi entrepierna con la suya, pero al ir a tocarme para verificar las diferencias, él sacó el lado oscuro de su personalidad que había mantenido a buen recaudo hasta ese momento y gritó: «¡Ni se te ocurra hacerlo, zorra!». ¿Zorra? No entendía cómo me estaba comparando con esa clase de animal carroñero, ni comprendía el significado que coloquialmente se le suele dar a ese insulto, pero mi instinto de supervivencia me avisó en ese instante de que no debía meter la mano en el agua.

»Él volvió a suavizar el tono de su voz: «¿Te gusta la música clásica?». Yo temí abrir la boca sin saber que él no buscaba una respuesta. «Espero que te guste Mozart. Lo he preparado especialmente para ti». Federico se dirigió andando desnudo hacia un mueble antiguo donde había un equipo de música con discos de vinilo. La música comenzó a sonar, y yo tuve que esconder una carcajada al contemplar su arrugado trasero volver otra vez hasta la silla del rincón. Continuó explicándose: «No pretendo que me temas. Solamente tengo unas cuantas reglas que debes cumplir para que nuestro matrimonio funcione. Quizá esto te parezca raro, pero no es mi intención tocarte. Cuando te he puesto el anillo será de las pocas veces que te rozaré la piel. Desde que naciste he intentado mantenerte pura para mí. No quiero a mi lado a nadie que esté contaminado con los prejuicios que la sociedad nos impone como norma. Me hace falta alguien que no me catalogue como un ser abominable por la única razón de ser diferente a esa sociedad hipócrita que cree dirigir nuestras vidas. La pureza que yo busco viene precedida por mantenerte alejada de cualquier vicio que pueda condicionar tu vida. No sabes lo duro que es depender de algo de una forma tan visceral que te puede llevar a dar la vida por ello sin dudar ni un segundo».

—¿Estaba hablando de él mismo?

—Por supuesto, doctora, pero en aquellos momentos yo creía que lo decía por mi bien. Yo seguía metida en un agua que cada vez estaba más templada y, aunque la temperatura dentro de la habitación era más bien alta, un escalofrío que alertó a Federico recorrió mi cuerpo. Me preguntó: «¿Tienes frío, Christine?». Yo asentí con la cabeza y el gritó: «¡Sergio, trae agua caliente!».