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Habían emprendido un viaje de descubrimiento del pasado… y tenían ante ellos un futuro que quizá pudieran compartir. Beth había tardado mucho tiempo en olvidar a Pierre Laroche y ahora, cuando se enfrentaba al mayor reto de su vida, el de no perder su adorada bodega, Pierre aparecía de nuevo en su camino. Pero esa vez era por trabajo… ¡quería comprar su negocio! Beth sabía que debería odiar a Pierre, puesto que pretendía arrebatarle su bodega pero, bajo la superficie del cínico empresario al que ahora se enfrentaba, aún podía ver vestigios del hombre al que había amado hacía diez años…
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Seitenzahl: 169
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2006 Claire Baxter
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Cuando se pone el sol, n.º 2102 - enero 2018
Título original: Falling for the Frenchman
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-9170-765-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Si te ha gustado este libro…
BETH Lowe se sobresaltó cuando entró por la puerta su amiga y compañera de trabajo, Tasha Mills. Beth estaba sumida en sus pensamientos negativos cuando irrumpió Tasha.
–Hoy será cuando conozcamos al jefe, n’est ce pas? –dijo Tasha–. ¿Qué te parece mi francés?
Beth puso la pluma encima del montón de cheques que debería haber estado firmando y frunció el ceño.
–Si te refieres a Pierre Laroche, él no es mi jefe –respondió Beth y miró su reloj–. Llegará en cualquier momento –se echó atrás en la butaca de piel y agregó–: Habla inglés, ¿sabes?
–Lo he supuesto. Pero le gustará que lo impresione con mi habilidad lingüística, ¿no crees? –Tasha se sentó en la esquina del escritorio de Beth–. ¿Por qué no has ido a recibirlo al aeropuerto? Quieres causarle buena impresión, ¿no?
Beth sintió rabia, pero hizo un esfuerzo por parecer serena.
¿Quería causar buena impresión a Pierre Laroche?
Hacía diez años le había robado el corazón y luego se lo había roto. Ahora volvía a aparecer en su vida. Pero no estaba interesado en robarle el corazón. Era el lagar lo que le interesaba robarle. Y ella tenía que saber manejarse profesionalmente con él. Tenía que actuar como una mujer de negocios.
Tasha se miró las uñas mientras esperaba una respuesta. Beth respiró profundamente. No podía esperar que Tasha lo comprendiera. No le había contado la desastrosa relación que había tenido con Pierre, el peor error de su vida. Ni le había contado el motivo de su inminente visita.
Carraspeó y dijo:
–Quiero impresionarlo con mis dotes para los negocios, no con mi habilidad para conducir.
–Vale. Pero yo había pensado… Oh, lo siento si parezco insensible, sé que estás muy preocupada por la adquisición de la compañía. Pero ya está hecha. C’est la vie –Tasha sonrió e hizo una reverencia con la mano–. Pero, de verdad, tú has hecho todo lo posible por evitarlo, y no ha sido culpa tuya que la junta directiva haya votado en contra de tus deseos.
Ella no estaba tan segura de que no hubiera sido culpa suya. Seguramente había habido algo que podría haber dicho a los directivos para convencerlos de que vender a L’Alliance una gran parte de Vinos Lowland no era un buen negocio. Había intentado convencerlos de que no vendieran el control de la empresa. Y cuando eso había fallado, de aceptar la oferta de un consorcio canadiense. Pero, no. Ellos se habían sentido encandilados por la oferta millonaria del enorme conglomerado francés. Ahora su trabajo pendía de un hilo, junto al sueño que su padre le había encomendado cumplir.
–¿Sabes algo de él?
Beth miró a Tasha.
–¿Qué?
–De este hombre… Pierre. ¿Sabes cómo es?
–Mmm… –Beth se puso de pie y fue hacia la ventana.
–No.
No era mentira exactamente. Pierre había resultado muy distinto de como había aparentado ser. Además, habían pasado diez años desde la última vez que lo había visto, y podía haber cambiado mucho.
Beth miró los viñedos del Valle de Barossa, que permanecían inalterables desde su infancia.
Aquél había sido el despacho de su padre, y ella se había pasado horas mirando por la ventana, esperando que él terminase de trabajar y que volvieran juntos a su casa. Le encantaba la vista. Casi siempre la relajaba. Pero… ¿cuánto tiempo más sería suya? ¿Cuánto tiempo le quedaría hasta que L’Alliance la apartase de sus funciones?
Beth se puso tensa cuando vio llegar un coche blanco, un taxi.
–Creo que ha llegado –murmuró Beth.
–¿Quieres que vaya a recibirlo? –preguntó Tasha entusiasmada, sin darse cuenta de la ambivalencia de Beth hacia el visitante.
Beth reprimió un suspiro y asintió:
–De acuerdo, Tash. Hazlo.
–¿Cómo estoy? –preguntó Tasha, peinándose sus rizos morenos con los dedos.
–Guapa, como siempre.
Beth hizo un esfuerzo para no arreglarse el pelo ella misma y fue hacia la ventana.
El paisaje no tuvo el efecto esperado aquel día. No la relajó. Su turbación interior era demasiado profunda.
Respiró profundamente. Había tenido una década para olvidar a Pierre. Pero sus recuerdos habían permanecido. Vívidos y dolorosos, invadiendo sus sueños. Ahora estaba en su territorio, pero ella no tendría ninguna ventaja. Él seguiría estando en posición de hacerle daño.
Oyó la risa de Tasha al otro lado de su despacho y se estremeció. Pierre ya se había ganado a su amiga.
Beth se quedó esperando a que se abriese la puerta.
–Hola, Babette…
«Ese nombre no», pensó Beth. Sintió un nudo en el estómago.
Pero sonrió profesionalmente y respondió:
–Pierre, no me había dado cuenta de que habías llegado.
No hizo caso a la ceja alzada en el rostro de Tasha, e intentó concentrarse en el hombre de negocios que tenía delante, algo difícil, porque se parecía mucho al muchacho de veinte años al que había amado. Tomó nota de su aspecto en un instante: su pelo castaño oscuro, más corto, pero suficientemente largo como para que se le rizara en el cuello de su inmaculada camisa blanca, su rostro de rasgos marcados, algunas arrugas, sus ojos oscuros, casi negros. Era el mismo.
Sus ojos que siempre la habían fascinado.
Pero no quería que la fascinaran ahora. Hizo un esfuerzo por reunir sus defensas. Tenía que ser capaz de mirarlo sin derretirse. Tenía que trabajar con él, ¡por el amor de Dios!
Había algo en él que no reconocía. Algo nuevo. Se notaba en su planta, en su lenguaje corporal. ¿Arrogancia? ¿Seguridad en sí mismo? ¿O era simplemente que no quería estar allí?
No podía culparlo por ello.
Beth tragó saliva. Si no se sentaba, le temblarían las rodillas y su reacción frente a él sería obvia.
Beth dio un paso hacia su butaca, la vieja butaca que había sido la de su padre.
–Siéntate, Pierre, por favor –dijo ella, avergonzada del pequeño temblor de su voz–. Tasha, ¿podrías traernos café?
–¿Y Tim Tams? –Tasha sonrió con admiración a Pierre cuando éste se sentó en la butaca de los visitantes–. Son galletas de chocolate, la debilidad de Beth… –le explicó a Pierre.
Beth miró a Tasha con ojos de reproche por su comentario. No quería que Pierre supiera que tenía ninguna debilidad.
–No quiero galletas, gracias, Tasha –le dijo Beth a su amiga.
Pierre sonrió a Tasha cuando se marchó del despacho. Luego se puso serio antes de volver a mirar a Beth. Ella no había sonreído, a no ser que esa leve curvatura de la boca cuando lo había saludado pudiera contarse como sonrisa. Pero a él no le sorprendía. Si ella se hubiera alegrado de su llegada, él lo habría interpretado como una farsa. Claro que Beth era una buena actriz, recordó él.
Pierre se pasó la mano por la mejilla. Había sido un largo vuelo y tal vez debía haber postergado aquel encuentro para un momento en que estuviera más fresco.
–Babette…
–Por favor… Llámame Beth.
Pierre asintió, recordando el primer día que su padre había usado aquel nombre que él asociaba con ella, el día que ella había llegado a la casa de la familia Laroche. Entonces era una burbujeante chica de diecinueve años de grandes ojos verdes.
Beth lo miró y dijo:
–Lo siento, te he interrumpido, ¿qué ibas a decir?
Él tragó saliva, volvió al presente, y la miró.
No estaba muy distinta de la última vez que la había visto, hacía diez años.
–Te has cortado el pelo –comentó Pierre.
Ella lo miró, sorprendida, e instintivamente se tocó las puntas del cabello.
¿Por qué le había hecho aquel comentario personal?, se preguntó él. Debía de ser el efecto del jet lag. Eso y el ver lo poco que había cambiado ella. Pierre se enderezó la corbata, luego carraspeó y dijo:
–Lo siento. No debí hacer ese comentario.
No debió ni pensarlo, se dijo él. No era momento de recordar los viejos tiempos.
Era la primera vez que él estaba en Australia, un país que había intentado evitar hasta entonces. Pero no había podido rechazar el trabajo que le habían asignado. Su jefe se lo había dejado muy claro. Además, él estaba seguro de que podía manejar la situación. Era un ejecutivo de treinta años con bastante experiencia de la vida, no un jovencito de veinte años fácilmente manipulable.
Cuando hubiera descansado, recuperaría todas sus facultades. Entonces terminaría el trabajo que le habían encomendado y se marcharía. Cuanto antes.
–¿Has tenido un buen viaje? –preguntó Beth con aquella voz sensual con acento australiano, que lo hizo estremecerse, como en el pasado.
Pero él hizo un esfuerzo por permanecer frío. Había ido allí a hacer un trabajo, y aunque le desagradase, lo haría. Tenía que tener la mente centrada en el negocio.
–Sí, gracias. Ha sido largo, por supuesto, pero me ha dado la oportunidad de estudiar las cuentas.
Beth se alegró de que dijera «las cuentas». Eso indicaba que pasaban a un terreno profesional. Eso la hacía sentirse más segura. No podía creer que él hubiera mencionado su pelo. Se lo había cortado recientemente, en un intento por cambiar de imagen, para tener un aspecto más acorde con su puesto de directora ejecutiva. Pero había sido un error. Ella había querido tener un estilo sofisticado, algo que le diera aire de eficiencia, de mujer de negocios, pero había terminado pareciendo más joven y más tonta.
Tasha entró con una bandeja con café. Beth hizo sitio en el escritorio.
–Gracias, Tash –le dijo.
Tasha le extendió una taza, y Beth notó que su amiga se había retocado el carmín. Así que eso era lo que le había llevado tanto tiempo, pensó. Ella, en cambio, no llevaba maquillaje. Ojalá hubiera tenido un aspecto más parecido al de Tasha, porque en ese caso no le habría hecho falta el corte de pelo para sentirse más segura. Y la gente la hubiera tomado más fácilmente por una mujer de negocios con sólo mirarla.
–Toma, Pierre –Tasha le dio la otra taza de café a él–. Debo decir que estoy decepcionada. Yo esperaba un sensual acento francés, pero apenas tienes acento extranjero.
Pierre alzó las cejas. Tasha era muy directa.
–He pasado un montón de tiempo en Estados Unidos –respondió él–. Mi oficina central está en California.
–Ah, eso lo explica, supongo. Bueno, si te apetece volver a tu lengua nativa, yo sé hablar francés… Bueno, tengo los conocimientos básicos –sonrió Tasha–. Y Beth sabe hablar francés fluidamente…
Él asintió.
–Lo recuerdo.
Tasha los miró, sorprendida.
–¿Os conocéis? –preguntó.
–Sí –dijo Beth rápidamente–. Nos conocimos hace mucho tiempo. Llevaré a Pierre a la bodega más tarde. No quiero entretenerte ahora.
Beth vio el gesto de sorpresa de Tasha, y se alegró de que no hiciera más preguntas y se marchase. No quería responder a preguntas incómodas. Y no sabía lo que podía decir Pierre.
Cuando se cerró la puerta, Beth lo sorprendió tratando de reprimir un bostezo.
–Iba a preguntarte de qué quieres que hablemos primero, pero supongo que tendrás ganas de ir al hotel y descansar. Supongo que has reservado una habitación en el complejo turístico, ¿no?
–En la oficina me dijeron que tú te encargarías de eso.
Podrían habérselo dicho, pensó ella.
–¿No tienes una reserva?
–No, que yo sepa.
Había un torneo de golf en el valle, y el complejo turístico debía de estar lleno ya. Y era el único alojamiento de cierta calidad del lugar.
–Si me disculpas, haré una llamada telefónica.
Beth agarró el teléfono inalámbrico y marcó un número.
Enseguida comprobó que, como había previsto, no había habitaciones en el complejo turístico.
Conocía bastantes cabañas alrededor del valle, pero le parecía que no estaba bien enviarlo tan lejos, sobre todo cuando la casa de invitados de la empresa estaba vacía. No podía darle otro motivo para que la criticase; Pierre ya tenía bastantes.
–No hay habitaciones libres. Pero no hay problema. Podemos ofrecerte alojamiento aquí. Puedes quedarte en El Granero.
–¿El granero?
Ella contuvo una risa.
–Ya no es un granero. Es una casa que tenemos para huéspedes. Es muy confortable.
–Comprendo… Tal vez, si le pusierais otro nombre, sería más popular, ¿no crees?
–Es muy popular –dijo ella a la defensiva–. Han cancelado una reserva a último momento, si no, no estaría libre. Te llevaré allí.
Ella se puso de pie y lo acompañó. Se detuvo cuando vio la enorme maleta que había cerca de la puerta. El Granero estaba a minutos de camino del lagar, pero en lo alto de la colina, y la maleta parecía pesada.
–Si quieres, puedo llevar tu maleta más tarde con el coche, cuando te lleve la comida –dijo Beth.
–No hace falta. Puedo llevarla yo mismo.
Ella se encogió de hombros y siguió caminando. Fuera había un sol brillante. Habían caminado sólo un par de minutos cuando oyó a Pierre decir algo en francés. Ella miró por encima del hombro y vio que Pierre se había detenido, sudoroso, y se estaba quitando la chaqueta. La tiró encima de la maleta, se aflojó la corbata, y se arremangó las mangas de la camisa.
Beth se estremeció al verlo así. Su cuerpo estaba más musculoso que antes. Siempre había tenido los hombros anchos y había sido alto, pero había sido muy delgado. Ahora estaba más fuerte.
–No imaginé que haría tanto calor tan temprano –dijo él.
Ella no dijo nada y siguió caminando.
–Esto no es mucho calor. El año pasado tuvimos una ola de calor de diez días al principio de la vendimia, y los viñedos se estropearon. Luego el resto del tiempo estuvo fresco, así que llevó un tiempo que subieran los niveles de azúcar.
Pierre se dio prisa y la alcanzó.
–¿Vas a estar aquí para la vendimia? –preguntó Beth.
–No creo que este trabajo me lleve tanto tiempo.
Era la pura verdad. Pero él hablaba con mucha frialdad. El sueño de su padre, su propia vida, quedaban reducidos a un trabajo que podía hacerse rápidamente.
Siguieron caminando en silencio un momento.
–¿A qué te has referido con que traerás comida luego? –preguntó Pierre.
–Oh, a los huéspedes les preparo una cesta de comida para el desayuno y el almuerzo. Todos productos locales. El Granero tiene una cocina totalmente equipada. En cuanto a la cena, la mayoría de la gente…
La mayoría de la gente conducía hasta el restaurante de la zona, pero aparte de que Pierre no tenía coche, él no era la mayoría de la gente. Él tenía el poder de dictarle a ella su futuro. No habría sido ni amable ni inteligente dejarlo solo la primera noche. Ella tenía que comportarse como si él fuera cualquier otro ejecutivo de la oficina central.
Reacia, aceptó lo que tenía que hacer y dijo:
–En cuanto a la cena, puedes venir a cenar a casa.
Él pareció sorprendido, pero después de un momento, asintió.
–Gracias. No estoy acostumbrado a arreglarme solo.
Ella sintió un cosquilleo en el estómago. Inmediatamente se lamentó de haberlo invitado. Realmente no quería estar sola con él.
–Vendrá Tasha también –dijo ella, cruzando los dedos para que su amiga estuviera libre.
Él asintió nuevamente.
–Y Maurice. Mi… El hombre con el que estoy saliendo.
Lo había dicho. Ya estaba. Ella tomó aliento. Había querido que supiera que no se había pasado diez años llorando por él. Porque no lo había hecho. Había seguido adelante con su vida.
Él no dijo nada, pero ella notó su mirada.
–Es aquí –dijo ella haciendo un gesto hacia El Granero–. La mayoría de los graneros del valle fueron construidos en estilo alemán, pero éste es especial porque su estilo es francés, como puedes apreciar…
Pierre asintió y Beth abrió la puerta. Se sintió satisfecha, como siempre, al ver el lugar, con paredes de piedra dorada, unos sofás color crema, una mesa y unas sillas. Detrás de la mesa, había una gran cocina empotrada. Ella se dio la vuelta cuando entró Pierre y esperó a que sus ojos se adaptaran a una luz más suave, comparada con los rayos del sol.
–¿Qué te parece?
–Muy bonito.
Ella le señaló una puerta al final de la habitación.
–Hay una escalera detrás. Conduce a dos grandes dormitorios, cada uno con su propio cuarto de baño.
Él pasó por su lado y dijo:
–Es mejor de lo que esperaba.
Beth volvió a la puerta de entrada, donde se detuvo.
–Mi casa está allí –dijo, señalando a la colina–. Detrás del edificio del lagar. Te esperamos alrededor de las siete para cenar. Con ropa informal. ¿De acuerdo?
–De acuerdo.
Beth traspasó el umbral de la puerta y bajó deprisa la colina.
En cuanto desapareció Beth, Pierre dejó la maleta en el suelo y volvió a la puerta. La observó seguir el sendero polvoriento.
A pesar de llevar el peso del lagar de su padre, tenía un andar relajado. Aunque ya no era una muchacha, tenía el aire de vulnerabilidad de una niña. No le extrañaba que Frank Asper no creyera que fuera capaz de llevar un negocio.
Un golpe de viento le levantó el vestido a Beth y le pegó la tela al cuerpo. Él se puso tenso, al darse cuenta de la repentina excitación. Parecía deseo. Pero no podía serlo. Por aquella mujer, no. No después de tanto tiempo. Y no después de lo que ella le había hecho.
Pierre cerró la puerta de un portazo y maldijo a su jefe por enviarlo a Australia. Si hubiera podido evitar que lo enviase, lo habría hecho. Pero Frank había insistido en que el trabajo necesitaba de su talento. Él no comprendía por qué. A él le parecía que Frank ya se había hecho una idea de Beth. Y ella podía ser muy cabezona a veces, lo recordaba muy bien. No pensaba que hubiera muchas posibilidades de que Beth cambiase su forma de llevar el negocio. Ella lo llevaba del mismo modo que lo había llevado su padre, y a no ser que se le hiciera ver que era un error, lo seguiría haciendo así. Hasta que la echasen.
Él no debía adelantarse a sus investigaciones, pero su instinto le decía que terminaría recomendando cambiar a Beth por un director con más experiencia. Para que Vinos Lowland tuviera un importante lugar en la economía de la empresa, se necesitaba a alguien que comprendiese el mercado internacional del vino. Un operador duro. Era muy sencillo: Si ella no podía hacer el trabajo, o no quería hacerlo del modo que querían ellos que lo hiciera, tendría que irse.
Pierre suspiró. Al menos Frank le había prometido que aquél sería el último trabajo en el extranjero. Él estaba esperando que le dieran un puesto permanente en la oficina central de Francia. Estaba harto de viajar, cansado de vivir con una maleta en la mano, y, además, todos sus planes de futuro dependían de que tuviera una residencia permanente. Quería continuar con su vida. Así que cuanto antes hiciera el informe de Vinos Lowland, mejor.
