Cuando te conocí - Gail Dayton - E-Book
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Cuando te conocí E-Book

Gail Dayton

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Beschreibung

Ellen Sheffield era la responsable de la seguridad del escurridizo jeque Rashid "Rudi" Qarif y había tenido que jugar muy duro para conseguir hacerlo volver a casa. Ahora no sabía muy bien si era su guardiana... o su prisionera. Ella había esperado encontrarse con un niño mimado y en su lugar había dado con un auténtico enigma: un hombre orgulloso y fascinante de ojos inquietantes y sonrisa provocativa. Aun así, Ellen se preparó para hacer frente a sus dotes de seducción, mientras que Rudi centraba su lucha en conquistar su corazón. Entre la confusión y el deseo, Ellen desconocía las reglas del nuevo juego, pero estaba deseando que venciera Rudi...

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Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Gail Shelton

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Cuando te conocí, n.º 1120 - abril 2017

Título original: Hide-and-Sheikh

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9699-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

Había encontrado su objetivo. Estaba junto a la improvisada barra del bar, mostrando una brillante y perfecta hilera de dientes blancos mientras sonreía a una joven morena y atractiva. Las espectrales luces de la discoteca en que se encontraban no parecían afectar al Jeque de Qarif como al resto de los asistentes.

Mientras avanzaba hacia él, Ellen vio que las luces teñían su atractivo rostro de color rosa, luego de verde y finalmente de azul, pero sin hacer la mínima mella en su perfección. Y él lo sabía.

Echó atrás su marcado perfil, en una risa que debía estar calculada para realzar sus mejores rasgos: ojos negros sensuales, dientes blancos y perfectos, pómulos altos… La foto que tenía de él no le hacía justicia. Mostraba sus rasgos de estrella de la pantalla, desde luego, pero no decía nada de la sexualidad que emanaba como miel de cada uno de sus poros.

Ellen mantuvo la sonrisa mientras miraba a las jovencitas que pululaban en torno a él. No podía permitirle ver más allá de la máscara que llevaba para ocultar su verdadero propósito. Aunque se tratara del hombre más sexy que había visto en los últimos doce años, seguía siendo su objetivo.

Y, como solía decir su madre, la belleza era algo superficial, pero la fealdad podía llegar hasta la médula. Al menos lo había dicho la madre de alguien. Ella había conocido a varios playboys ricos y caprichosos. Y a uno de ellos llegó a conocerlo muy bien.

Davis Lowe nació con una cuchara de oro en la boca, que transformó en platino a la primera oportunidad. La sacó de su mundo de clase media con su encanto y su dinero y la introdujo en el suyo, donde conoció a sus caprichosos y mal criados amigos. Gracias a él había aprendido que todos aquellos niños ricos eran iguales.

Daba lo mismo que fueran de Nueva York o de Nueva Dheli; todos esperaban que el mundo se inclinara ante sus deseos. Al menos, aquel ofrecía una vista agradable.

Por fin pareció reaccionar ante la mirada de rayo láser que le estaba dirigiendo. Alzó la vista y sus miradas se encontraron. Ellen la sostuvo un largo momento y permitió que un destello de sonrisa curvara sus labios. Luego se volvió y empezó a contar los segundos.

Uno… Buscó un lugar libre junto a la barra y pidió un gin-tonic. Siete, ocho, nueve… ¿Tendría que volver a mirarlo? Normalmente era más difícil hacer reaccionar a los guapos. Movió la cabeza para echar el pelo tras sus hombros. Largo, liso, rubio oscuro con mechas doradas, era una de sus mejores armas.

–Hola.

«Bingo». Ya estaba atrapado. Catorce segundos. No era su mejor marca, pero tampoco la peor. Si no lo conseguía con la mirada, con el pelo no solía fallar.

Se volvió y dedicó una mirada a su jeque. De cerca, su sonrisa podía resultar letal.

–¿Hola? –repitió–. ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¿Qué forma de ligar es esa?

Él se encogió de hombros.

–No es una forma de ligar. He dicho «hola». Si quieres una frase bonita y ocurrente, estoy seguro de que aquí hay muchos hombres dispuestos a complacerte.

Su inglés era impecable, con un ligero acento extranjero y también… ¿sureño? Vestía una camisa de seda azul marino de manga corta sin abrochar sobre una camiseta blanca. Una camiseta que debía de ser una talla menor de la que necesitaba, dado el modo en que se tensaba sobre su musculoso torso. Unos pantalones caqui completaban la vestimenta. No era lo que uno habría esperado del descendiente de una familia real, pero no había duda de que le sentaba bien. Muy bien. ¿Sería el hombre apropiado? Ellen observó de nuevo su rostro y lo comparó con la foto que había memorizado. Sí, aquel era su objetivo. No había ninguna duda.

Alzó un hombro con expresión despreocupada.

–No necesito ninguna frase –aceptó la bebida que le ofreció el camarero y le dio un sorbo. Habitualmente solo bebía zumos, pero aquellas circunstancias exigían algo más sofisticado.

Él sonrió y pasó una mano por su espeso pelo color arena.

–Me alegro, porque no se me ocurre nada qué decir a continuación. Diga lo que diga parecerá que estoy ligando.

Ellen se dijo que su aparente franqueza solo era una representación. Tenía que serlo. Nadie con la palabra «príncipe» o «jeque» ante su nombre podía ser tan transparente.

–¿Tienes alguna sugerencia? –apoyó un codo en la barra y se inclinó. El voltaje de su sonrisa pareció aumentar.

–Me llamo Ellen –contestó ella, y le ofreció una mano. Debía mantenerlo sujeto al cebo antes de recoger el sedal.

–Nombres. Bien –él aceptó su mano y la estrechó con delicadeza–. Llámame Rudy.

¿Rudy? Ellen repasó la lista de nombres que le habían dado, media docena o más, todos pertenecientes a su objetivo. De los que recordaba, Rashid era el único que se parecía un poco a Rudy.

–Rudi, con i latina –añadió él–. Me gusta más verlo escrito así.

–¿Qué tal, Rudi con i latina? Me alegra conocerte.

Le daba lo mismo cómo quisiera llamarse. Pero le sorprendió un poco. ¿Por qué no utilizaba su hombre real? A menos que fuera más consciente de lo que aparentaba respecto a los problemas de seguridad. Frenó el impulso de mirar a su alrededor en busca de sus guardaespaldas. Ya sabía dónde estaban, porque ella se había ocupado de enviarlos allí.

Rudi bajó la mirada hacia sus manos, aún unidas, y Ellen sintió que el calor de su sonrisa le llegaba hasta los dedos de los pies.

–Ahora que hemos superado las formalidades, ¿por qué no…? –dejó de hablar para inclinar la cabeza y besarla en el dorso de la mano. El beso atravesó directamente la piel de Ellen y alcanzó de lleno la libido que creía muerta de hambre hacía tiempo.

«¿Por qué no… qué?» La curiosidad hizo resucitar su deseo durmiente. Nada lo había logrado en años.

–¿Bailamos? –concluyó Rudi.

–¿Bailar? –¿eso era todo lo que quería hacer?

Aturdida, y a la vez muy despierta, Ellen dejó que la tomara de la mano y la condujera hasta la pista de baile. Rudi la atrajo hacia sí y, haciendo caso omiso del poderoso rock que estaba tocando el grupo que amenizaba la noche, empezó a bailar lo que ella solo pudo describir como una especie de mezcla de tango, foxtrot y sexo con la ropa puesta.

Aunque lo más probable era que lo relacionado con el sexo solo estuviera en su cabeza.

Mirándolo con objetividad, aquel baile no se diferenciaba demasiado de los otros cientos en los que había participado. Las manos de Rudi descansaban en su cintura y las de ella en los hombros de él. Se movían atrás y adelante y a los lados en el limitado espacio que permitía la abarrotada pista. Pero con cada roce de las caderas de Rudi contra las de ella la temperatura parecía aumentar.

Las manos de Ellen se curvaron sobre los hombros de Rudi y se amoldaron a su musculatura. Era esbelto, fuerte y bello, como uno de los caballos que criaban en su parte del mundo.

Rudi rio y Ellen se dio cuenta de que había deslizado las manos hasta su pecho. Con otra risa, él se quitó la camisa desabrochada para dejar que la camiseta que llevaba puesta debajo mostrara su físico. Ella no tuvo que simular su aprobación. Le gustaba el aspecto de aquel hombre. Le gustaba demasiado.

Rudi pasó la camisa tras ella y la utilizó para atraerla hacia él, hasta que sus caderas se juntaron.

–¿Sabes cómo bailar la rumba? –gritó para hacerse oír por encima del estruendo de la música.

Ella lo empujó en el pecho para apartarse un poco.

–A mí esto no me suena a una rumba.

Rubi acentuó el sensual balanceo de sus caderas.

–El pulso está en tu sangre. Siéntelo dentro de ti.

Ellen se preguntó si cada vez hacía más calor en aquel lugar… o si la estaría volviendo loca aquel hombre.

Él se inclinó hasta rozarle la oreja con los labios.

–Siéntelo y déjalo salir.

Hizo algo con las manos y la camisa ascendió unos centímetros, a la vez que acercaba los pechos de Ellen hacia él.

Ella se sintió confundida. Aquel era un nuevo dilema. Necesitaba tentarlo, mantenerlo cerca hasta el momento final. Pero era ella la que empezaba a sentir la tentación. Quería tocarlo, dejar que sus pechos se apoyaran contra el suyo… pero eso habría sido muy poco ético. Se suponía que no debían gustarle sus objetivos.

La canción terminó en aquel momento y Ellen aprovechó la circunstancia para apartarse de él y quitarle la camisa. Lo miró, casi jadeante, a pesar de que apenas había hecho ejercicio.

La sonrisa de Rudi desapareció un instante, pero enseguida regresó.

–Deja que te invite a beber algo –el blanco de la camiseta contrastaba con el moreno de su piel. Además de atractivo era agradable. Una combinación mortal.

Ellen supo de inmediato que debía acabar con aquello antes de que las cosas se le fueran de las manos.

–Tengo una idea mejor –sin soltar la camisa de Rudi, lo tomó de la mano y lo hizo salir de la pista de baile.

–¿Adónde vamos?

–Ya lo verás –le dedicó una de sus patentadas sonrisas misteriosas y agitó el pelo en torno a sus hombros.

Rudi la siguió al exterior de la discoteca, asombrado por su suerte. Ellen era la mujer más bella que había visto en su vida, y había visto unas cuantas. Pero nunca caían a sus pies de aquel modo. No a los pies de Rudi.

Solo Rashid ibn Saqr ibn Faruq al Mukhtar Qarif podía conseguir las mujeres que quería con un simple chasqueo de los dedos. Y en aquel caso era el dinero y el poder lo que las atraía, no el hombre.

Pero el dinero y el poder eran una mera ilusión, como Rashid. O tal vez fuera Rudi la ilusión. A veces no estaba seguro de cuál de sus personalidades era la real. Pero sabía que el dinero y el poder pertenecían a su padre, no a él.

Ellen llamó a un taxi. Las luces de la noche brillaron en sus larguísimas piernas mientras entraba en el vehículo. Rudi se quedó mirándola, medio hipnotizado, hasta que ella volvió a asomarse por la puerta abierta.

–¿Vienes o no? –preguntó, y una sonrisa curvó sus sensuales y carnosos labios. Una sonrisa que prometía todo y nada al mismo tiempo, que lo retaba a averiguar los secretos que ocultaba.

Pero Rudi sabía que no debía aceptar el reto. Sin duda, ya tendría horrorizada y enfadada a su familia después de haber desaparecido como lo había hecho. Las bombas en Qarif eran reales, al igual que los terroristas que trataban de transformar su país en un Afganistán en miniatura. Pero aquella mujer no podía ser una terrorista. Solo había que mirarla.

Rudi siguió su propia sugerencia, mientras ella esperaba a que se decidiera sin el mínimo indicio de impaciencia. Era una diosa rubia, una valquiria escapada de una ópera de Wagner. Su pelo dorado caía sobre sus hombros como una puesta de sol. Sus largas pestañas ensombrecían unos ojos cuyo color apenas podía distinguirse en la penumbra reinante. Una frente alta, una nariz recta y estrecha, unos pómulos prominentes y una boca grande y carnosa completaban su rostro de belleza clásica.

Pero no era la belleza de su rostro ni la elegante y atlética constitución bajo su vestido negro lo que atraía a Rudi. Tal vez era el destello de travesura que percibía en sus ojos, el misterio de su sonrisa, o la sensación de que jugaba a un juego secreto del que él desconocía las reglas. Lo retaba a jugar, y él nunca había sido capaz de pasar por alto un reto.

Bajó de la acera y entró en el coche. Un destello de satisfacción cruzó la expresión de Ellen, pero enseguida lo ocultó tras una sonrisa. Rudi no puso ninguna objeción. Ella solo había ganado una mano. Él tenía intención de ganar la partida.

–Así que, ¿a qué te dedicas, Rudi? –preguntó Ellen tras dar las señas al conductor.

–Excavo agujeros –al menos, eso era lo que quería hacer. Pero su familia hacía lo posible por mantenerlo encerrado en una oficina impoluta donde no pudiera jugar con el barro.

Ellen arqueó una ceja.

–¿Agujeros como el del túnel Lincoln? ¿O como…? –señaló una obra junto a la que pasaban en aquellos momentos.

–Agujeros como los de los pozos. Para conseguir agua, o petróleo… o lo que sea que se oculte ahí debajo.

La expresión de Ellen cambió, como si estuviera impresionada a pesar de sí misma. Al menos, Rudi esperaba que eso fuera lo que significara.

–¿Excavas pozos de petróleo?

Rudi estuvo a punto de asentir, pero cambió de opinión.

–La verdad es que prefiero perforar en busca de agua. Las personas no pueden beber petróleo.

–Los coches no funcionan con agua.

–De momento –Rudi sonrió–. Dales algo de tiempo a los científicos. Si alguna vez terminan su reactor de fusión, podremos llenar los depósitos de nuestros coches con agua.

Ellen lo miró con aquella enigmática sonrisa en los labios, sin decir nada. Rudi no sabía si significaba que quería saber más o que estaba demasiado aburrida.

–Por supuesto, se gana más dinero excavando pozos de petróleo, pero… –continuó–… la gente que necesita agua suele necesitarla más.

La sonrisa de Ellen cambió, volviéndose a la vez más cálida y más triste. Aún contenía secretos, pero resultaba más genuina.

–Eres un hombre agradable, Rudi –dijo–. Me gustas.

Aturdido, Rudi no se dio cuenta de que el taxi se había detenido hasta que Ellen salió. Tras un instante de duda la siguió y se encontró frente a un elegante hotel. Ellen enlazó su brazo con el suyo y entraron en el vestíbulo

Rudi no tenía nada que objetar a la idea de subir a su habitación para «conocerla mejor». Pero lo cierto era que no la conocía. No era una terrorista… pero podía serlo. O podía tratarse de una ladrona con un socio esperándola arriba para robarle.

O podía ser lo mejor que le había sucedido en la vida.

Estaba acostumbrado a que las mujeres se arrojaran en sus brazos por su dinero, porque querían ser vistas con él, o simplemente porque les gustaba su aspecto. Esos motivos siempre le resultaron trasparentes, y solía estar dispuesto a darles lo que querían.

Pero aquella mujer era diferente. Lo intrigaba. Era todo misterio, potencial y posibilidades abiertas. Y ese era el motivo por el que no quería estropearlo todo, precipitándose a mantener relaciones sexuales con ella. Quería saber más, averiguarlo todo sobre ella, lo que pensaba, lo que le hacía reír y llorar. Eso requería tiempo. Y si subía con ella, temía que no conseguiría ese tiempo.

–¿Por qué no vamos al bar, Ellen? Para hablar.

Algo que podría haber sido sorpresa destelló en la mirada de Ellen, un instante antes de que la enigmática sonrisa volviera a ocupar su puesto. Rudi empezaba a odiar aquella sonrisa.

–¿Por qué? –ella deslizó una mano por el brazo de Rudi hasta su hombro.

Él tomó su mano y le besó los dedos.

–Me gustaría hablar contigo –dijo–. Quiero conocer a la mujer que hay tras esa sonrisa. Si subimos, no creo que vayamos a hablar demasiado.

Ellen ladeó la cabeza.

–Probablemente no –concedió–, pero, ¿y si no hay nada que conocer?

–Eso no puedo creerlo. No después de haber visto ese diablillo que asoma en tu sonrisa.

Una momentánea expresión de alarma cruzó los ojos color verde avellana de Ellen, pero enseguida sonrió.

–Hablar no es el mejor modo de conocer a ese diablillo –tomó ambas manos de Rudi en las suyas y tiró de él para hacerlo entrar en el ascensor–. Podemos hablar después.

–¿Lo prometes?

Las puertas del ascensor se cerraron. Ellen rozó a Rudi al inclinarse para apretar el botón y él se estremeció al sentir el contacto.

–Lo prometo.

Rudi tuvo que pensar un instante para recordar lo que estaba prometiendo.

–Si después aún lo deseas, podemos hablar todo lo que quieras.

El ascensor se detuvo y la puerta se abrió. Sin soltarlo de la mano, Ellen condujo a Rudi al exterior. A medio camino del pasillo se detuvo ante una puerta. Cuando lo miró, la dulce tristeza había regresado a su sonrisa. Luego se irguió levemente para besarlo en la mejilla y Rudi sintió que se derretía por dentro.

Ellen se apartó para pasar la tarjeta por la cerradura. Cuando la luz se puso verde giró la manija. Luego miró de nuevo a Rudi.

–Lo siento –murmuró–, pero es por tu propio bien.

Él sintió una momentánea alarma. ¿Sería una terrorista después de todo?

Entonces se abrió la puerta de la habitación y Omar, su ayuda de cámara y guardaespaldas, lo arrastró al interior. Frank, el guardaespaldas contratado por su familia en Nueva York, estaba tras Omar con otro robusto tipo a su lado.

–Gracias, señorita Sheffield –estaba diciendo Frank–. Sabía que si alguien podía encontrarlo era usted.

La sonrisa de Ellen había desaparecido para dar paso a una expresión de fría profesionalidad.

–Si vosotros no lo hubierais perdido, yo no habría tenido que salir a buscarlo.

Rudi la miró con los ojos como platos.

–¿Eres una guardaespaldas?

–Soy una experta en seguridad. Frank y George son guardaespaldas –miró a los dos hombres–. Y ahora, a ver si lográis conservarlo.

A continuación, salió de la habitación y cerró la puerta a su paso.

De manera que la mujer de sus sueños solo había ido a buscarlo para dejarlo en manos de la dudosa seguridad de sus guardaespaldas.

Rudi rompió a reír. Ellen había sido más lista que él y no había duda de que había ganado aquel asalto.

Pero el juego aún no había terminado.

Y además le había prometido que, si aún quería hacerlo, podrían hablar después. Y Rudi quería hablar mucho más con la señorita Ellen Sheffield.

Capítulo Dos

 

Ellen Sheffield era la mejor en lo que hacía.

Al menos, solía serlo antes de conocer a aquel atractivo hijo de jeque. Su rostro de actor no dejaba de asomarse a su cerebro, con sonrisa incluida, la que le hacía parecer aún más atractivo. Por mucho que se esforzaba en ignorarlo, en decirse que no era para tanto, su voz le susurraba una y otra vez «las personas no pueden beber petróleo».

Se preguntaba si aún querría hablar con ella. Porque, por mucho que se dijera que no quería volver a verlo, no lograba olvidar que Rudi había tratado de retrasar su subida al dormitorio cuando lo había llevado al hotel. La había invitado al bar. Había visto más allá de su pulido exterior; era el primer hombre que se molestaba en mirar más allá desde hacía años. Tal vez, ninguno lo había hecho hasta entonces.

De pequeña era solo «la hermana de los chicos Sheffield». Entonces le crecieron los pechos y los amigos de sus hermanos no hacían más que mirárselos, hasta que sus hermanos los zurraban.

Ninguno de los chicos del colegio se había atrevido a invitarla a salir y, con un hermano policía, tampoco ninguno de los hombres de la academia se animó a hacerlo. De manera que cuando conoció a Davis, nada más terminar sus estudios, no tenía ninguna experiencia para enfrentarse a sus tácticas de seducción.

Suspiró. Conocer a Davis fue una experiencia tan abrumadora que aceptó casarse con él antes de saber la clase de hombre que era. Antes de darse cuenta de la clase de mujer que quería. Quería un juguete caro y decorativo que mostrar a sus amigos, no una persona. Sus opiniones, deseos y pensamientos carecían por completo de importancia. Su profesión era intrascendente. Davis esperaba que lo dejara todo para bailar a su son.

Cuando rompió el compromiso, los «amigos» de Davis la pretendieron en rápida sucesión, pero todos querían lo mismo: una bella mujer a la que poder mostrar a todo el mundo. Así aprendió Ellen a utilizar su aspecto como una herramienta, como un arma contra ellos. Aquella habilidad había beneficiado su carrera, tanto en el departamento de policía como a partir de entonces. Vic Campanello, su compañero en el trabajo y actual jefe, la llamaba «su arma secreta». Y ese era el motivo por el que había tenido que encargarse de localizar al Príncipe Rudi el Guapo.

No quería pensar en él, no quería que se asomara a su cabeza. Era posible que él se hubiera fijado en el diablillo de su mirada, pero, después de lo que le había hecho, estaba segura de que ya no estaba interesado en lo más mínimo.

Salió del taxi y cerró de un portazo. Luego dio una generosa propina al taxista porque se sentía culpable por haberla tomado con su vehículo. Ella no había traicionado a Rudi, o a Rashid, o como quisiera que se llamara. Quizá le había salvado la vida. Rudi no debía andar por Nueva York por su cuenta, no con los terroristas amenazando a la familia gobernante de Qarif; familia de la que él formaba parte.

Los terroristas siempre habían sido un problema en Qarif durante la vida de Rudi, pero, según Campanello, las cosas habían cambiado en los últimos tiempos. El viejo líder de los terroristas había sido capturado y el nuevo había prometido venganza, a pesar de que, casi con toda probabilidad, era él quien había dado el soplo a la policía.

Era posible que Rudi estuviera acostumbrado a las amenazas terroristas, pero eso no significaba que no corriera peligro. El trabajo de Ellen consistía en protegerlo de ese peligro, y no tenía motivos para sentirse culpable por haber cumplido con su trabajo.

Miró su reloj mientras avanzaba hacia Central Park y aceleró el paso. Si no se daba prisa iba a llegar tarde a su cita.