Una dama en apuros - Gail Dayton - E-Book
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Una dama en apuros E-Book

Gail Dayton

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Beschreibung

Se había convertido en su marido de manera inesperada. Una proposición de matrimonio era lo último que Micah Scott esperaba oír de boca de la despampanante rubia que había llegado a su club en busca de refugio. Sherry Nyland necesitaba un marido urgentemente y, aunque lo intentó, el receloso empresario no pudo negarse a ayudar a aquella seductora mujer. Aquella era la única manera que encontró Sherry para escapar del matrimonio que su familia había concertado para ella. Así que ahora era la señora de Micah Scott y se moría de ganas de conocer a fondo a su marido. ¿Qué podría hacer para convencer al misterioso millonario de que con ella podría encontrar la felicidad?

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Seitenzahl: 170

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Gail Shelton

© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.

Una dama en apuros, n.º 1261 - abril 2015

Título original: Her Convenient Millionaire

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español 2003

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-6258-6

Editor responsable: Luis Pugni

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

–Oye, Mike, hay una rubia en el bar –informó el camarero nocturno de La Joliea su jefe mientras este descendía las escaleras a media noche, procedente de la oficina, con la intención de echar el habitual vistazo de reconocimiento al relativo caos del restaurante.

Mike sonrió.

–Siempre hay alguna rubia en la barra, Bruno. Generalmente, más de una. ¿Por qué debería interesarme esta en especial?

–Porque, según tengo entendido, lleva ahí sentada desde el mediodía –contestó Bruno, levantando una caja de botellas de vino.

–¿Está borracha? –preguntó Mike, detrás de él, porteando una caja de champán francés. Se ocupaba personalmente de que siempre hubiera suficientes botellas de vinos caros en el almacén.

–Creo que no. Solo ha pedido una copa de vino blanco desde que yo llegué a las siete.

–¿Dónde está?

Bruno señaló discretamente hacia una de las esquinas de la barra, donde, efectivamente, una rubia solitaria jugaba meditabunda haciendo girar una copa de vino casi vacía. Su cabello, tan brillante como el sol, le caía ondulante sobre los hombros y su rostro era bello, a pesar de que no llevaba maquillaje.

–¿Crees que puede estar intentando ligarse a un anciano millonario? –preguntó Mike, dando por supuesto que esa era la respuesta más plausible.

Las mujeres jóvenes y guapas llegaban en masa a Palm Beach, Florida, con la intención de conocer a un hombre rico en la crisis de los cuarenta, o en la de cualquier edad, o incluso a algún joven derrochador y poco avispado. Pero en el club de Mike Scott no se permitían tales juegos, que podrían poner en peligro la exquisita categoría del local. Los depredadores, ávidos de pescar un buen partido, ya fueran hombres o mujeres, eran cortésmente invitados a abandonar las instalaciones. Y los clientes en busca de aventuras sabían perfectamente que, para conseguir sus fines, podían ir a tomar unas copas en el Leopard o en el Hotel Chesterfield. Pero nunca en La Jolie.

–No lo sé, jefe –dijo Bruno mientras agitaba un cóctel–. Puede que sí y puede que no. La verdad es que no parece haber prestado ni la menor atención a nadie desde que la llevo observando. Ya sabe, ni sonrisas intencionadas, ni miradas cargadas de lujuria. En todo caso, podría decirse que está interesada por Bertha.

Bertha, el pez volador de Mike, nadaba en una gigantesca pecera, que era el toque distintivo de cualquier local que le perteneciera y que había acompañado a su dueño desde que este montó su primer negocio.

–Igual se está haciendo la interesante –aventuró Mike–. A lo mejor está esperando que alguien se acerque a ella.

–No lo creo. El señor Rositter se ofreció a invitarla a una copa, pero ella lo rechazó.

–Rositter está casado.

–Eso da igual, si lo que busca es un protector adinerado. Además, creo que lo conocía. A Rositter, me refiero, aunque no pude escuchar claramente la conversación.

–¿Piensas que es de aquí?

–No sabría qué decir. Es la primera vez que la veo, pero eso no significa nada. Además, no representa ningún problema para nosotros. Es verdad que está ocupando un espacio en la barra sin consumir apenas, pero esta noche no hay demasiado público. Simplemente, creí que debía informarte.

–Sí, claro, gracias, Bruno. Mantenla vigilada. Siempre que no organice un escándalo, no veo razón para impedirle que pase el rato mirando a Bertha.

Mike abrió un par de cervezas mexicanas para una pareja de turistas de Texas, las sirvió en copas de cristal y las adornó con una raja de limón, antes de depositarlas en la bandeja de la camarera. Luego, se dirigió a comprobar que todo estaba en orden en el restaurante y, después, subió las escaleras de nuevo para encerrarse en su oficina y hacer el recuento de la jornada. Podría contratar a un gestor para que se ocupara de esos detalles, pero prefería hacerlo él mismo. Mike no había amasado millones delegando las tareas que consideraba importantes. Aunque tenía una gerente que se ocupaba del local durante el día, el turno de noche le correspondía a él por entero.

Mientras trabajaba, echaba breves vistazos por la pequeña ventana de su oficina para comprobar si la rubia seguía allí. Y allí estaba, en la misma postura. Bruno se había acercado un par de veces para ofrecerle otra bebida, pero ella se había negado. ¿Qué estaba haciendo allí sentada? ¿Quién era? ¿Qué quería? Y… a él, ¿qué le importaba? Nada.

 

 

Sherry Nyland se quedó mirando el dedo de vino que le quedaba en la copa y trató de que su mente volviera a ponerse en marcha. Su falta de actividad cerebral no estaba causada por el alcohol, aunque sabía que sus efectos se verían reforzados por el hecho de no haber comido nada en todo el día. Sin embargo, dudaba que dos vasos de vino en doce… no, en trece horas, fueran suficientes para dejarla atontada. No, Sherry estaba convencida de que su estupor procedía del estrés y de la impresión recibida. Tenía que sacudirse de encima el pasado y decidir qué iba a hacer a partir de ese momento. Lo cual significaba buscar un trabajo, encontrar una casa y empezar una nueva vida.

Tenía veinticuatro años y, como la mayoría de las jóvenes con las que se había criado, jamás había hecho nada importante en la vida. Su padre la había animado a que siguiera el ejemplo de sus amigas, dedicándose a disfrutar de todos los lujos placenteros de la vida ociosa en Palm Beach, insistiendo en que ella nunca necesitaría trabajar, puesto que en cuanto cumpliera los veinticinco años recibiría la sustanciosa herencia de su madre. No era extraño que no tuviera ni la menor idea de cómo se comportaba una persona en la vida normal, pero tendría que aprender rápido.

¡Si al menos a su padre no se le hubiera ocurrido la idea de rellenar las arcas de la familia a costa suya! Sherry creía que los tiempos victorianos en que los padres concertaban el matrimonio de sus hijos habían terminado hacía tiempo, pero se había llevado una sorpresa. No era que Tug la hubiera encerrado en su habitación a pan y agua cuando ella había rechazado casarse con un desagradable joven adinerado con la mirada de un pez muerto. Pero después de varios días de gritos, amenazas y súplicas, cuando Sherry regresó de pasar un fin de semana en Miami, se encontró con que alguien había mandado cambiar las cerraduras de la casa y con que el ama de llaves se negó a dejarla entrar. Mientras intentaba razonar con ella, alguien confiscó su coche, con todo el equipaje que llevaba dentro.

Así que allí estaba, en La Jolie, con la ropa que llevaba puesta y cincuenta y tantos dólares en el bolsillo. Era una suerte que Tug tuviera una cuenta en ese local y que aún no la hubiera borrado de ella. Pero lo malo era que sí se había acordado de cancelar todas sus tarjetas de crédito.

–Disculpe, señorita.

La voz profunda de un hombre la sobresaltó de tal manera que derramó los restos del vino. Sherry agarró unas servilletas con nerviosismo e intentó limpiar la mancha, pero unas manos de dedos largos se las arrebataron.

–Relájese –dijo la voz.

Si relajarse hubiera entrado dentro de sus posibilidades, lo habría hecho hacía horas. Sherry miró el rostro que tenía delante de ella, de rasgos maravillosamente masculinos, suavizados por una encantadora sonrisa y unos brillantes ojos de color gris plateado. Un mechón de cabello castaño adornaba su frente como si aún fuera un chaval. Llevaba un traje negro sobre una almidonada camisa blanca. La corbata de color rojo moteado había sido aflojada y el último botón de la camisa desabrochado, dejando a la vista el valle que se abría en la parte baja de su garganta. Sin duda, era el gerente.

–Bruno aún tiene que limpiar la barra –explicó–. Déjele que haga su trabajo, por favor.

–¿Bruno? –repitió Sherry como un eco, alelada, mientras miraba al hombre. ¿Por qué no había escogido Tug a un hombre como ese si estaba decidido a casarla? Tenía que apartar semejante pensamiento de su mente.

Él señaló con la barbilla hacia el otro extremo de la barra, desde donde el moreno camarero la saludó con una mano. Sherry devolvió el saludo con una inclinación de cabeza y volvió a mirar al gerente.

–¿Me permite que avise a un taxi? –él tenía un hoyuelo en la mejilla bastante atractivo.

–¿Un taxi? No. No, gracias. No hay problema –se relajó al darse cuenta de que había sido capaz de pronunciar una frase completa y se preguntó si debería pedir otra bebida.

–Señorita, estamos cerrando. Me temo que tendrá que marcharse.

¿Marcharse? Sherry lo miró, incapaz de superar un súbito ataque de pánico. ¿Qué podía hacer? ¿Adónde iría? Tendría que haber tomado esas decisiones mientras pasaba el día allí sentada, en vez de perder el tiempo contemplando la nada. No podía volver a casa, eso estaba claro. Pero estaba en Florida y corría el mes de mayo. No moriría por congelación si decidía dormir en la playa. Era posible que la solución a su problema se le ocurriera durante el sueño.

–¿Por qué no llamamos a un taxi? –insistió el gerente–. Bruno….

–¡No! –exclamó Sherry, bajándose del taburete, con las piernas entumecidas por haber estado tanto tiempo en la misma posición. Compuso la mejor sonrisa que pudo–. No hay problema. De verdad. No necesito un taxi.

–¿Está segura? –preguntó el gerente, estudiando su rostro atentamente, casi con preocupación.

–Completamente –dijo ella tomando su diminuto bolso de raso, que apenas tenía cabida para llevar la cartera, las llaves y la barra de labios–. Sé cuidar de mí misma, gracias –añadió, guiñándole un ojo con fingida picardía, para restar importancia al asunto–. Soy una persona adulta.

Sherry se colgó el largo cordón satinado del hombro y dejó que el bolso golpeara suavemente contra su cadera mientras abandonaba La Jolie como si estuviera completamente exenta de preocupaciones. No era cierto, pero cualesquiera que fueran sus problemas, pensaba resolverlos por sí misma.

Se había pasado los primeros doce años de su vida intentando que su madre la quisiera, y los doce siguientes haciendo esfuerzos para que su padre al menos la apreciara. Y los resultados estaban ahí.

Cruzó la calle en dirección a la playa, alejándose al máximo de la zona donde había estado su casa. Había dado por concluida esa vida entregada a intentar complacer a los demás. A partir de ese momento iba a hacer lo que ella quisiera, iba a convertirse en la persona que estaba deseando ser, en alguien que pudiera valerse por sí misma. No sabía exactamente cómo hacerlo, pero tampoco era idiota. Al menos tenía una licenciatura en Bellas Artes que, aunque no era muy práctica para encontrar trabajo, sí le daba la confianza suficiente como para saber que podía estudiar y aprender cosas nuevas sin demasiado esfuerzo.

Nunca debería haber permitido que Tug la convenciera para rechazar la beca en Brown, pero había insistido tanto en que quería tenerla cerca de casa, que ella había cedido, perdiendo así la oportunidad de alejarse de su entorno y emprender una nueva vida independiente.

La arena de la playa se le metió dentro de las sandalias y se agachó para quitárselas. Se sentía como si fuera Escarlata O’Hara ante una tierra yerma. Deseaba plantarse firmemente sobre los pies y levantar un puño hacia el cielo para gritar: «Pongo a Dios por testigo de que nunca volveré a pasar hambre». Aunque no sería capaz de decirlo en voz alta, siempre había detestado hacerse notar o montar una escena. Y, sin embargo…

Levantó la vista para mirar la luna e hizo su juramento en silencio. No había tenido la intensidad de la protagonista de la película, pero ella sabía que había sido suficiente como para iniciar una nueva vida. No pensaba volver a casa para dejarse manipular por su padre. Tampoco pensaba trasladarse a casa de alguna amiga y dejarse llevar por los acontecimientos. Esa mujer se había acabado, nunca volvería a quedarse sentada esperando a que alguien pidiera su mano. Aunque eso significara renunciar al amor para toda la vida.

Sin embargo, sabía que podía confiar en Juliana, su hermanastra menor. Algunas personas no podían contar con el apoyo de nadie y, por eso, se sentía afortunada. Tenía cincuenta y tres dólares con setenta y dos centavos en el bolsillo, una licenciatura universitaria y una hermana que la quería. Era rica. Y, en ese momento, lo único que tenía que hacer era encontrar un sitio para dormir.

 

 

¿Debería haberla dejado marcharse de esa manera?, pensó Mike con un leve gruñido de descontento mientras trataba de apartar ese pensamiento de su cabeza por enésima vez para concentrarse en el trabajo. Nunca lo acabaría si no dejaba de pensar en ella, pero se había quedado preocupado. Debería haber ignorado sus excusas y haber llamado a un taxi. Una mujer sola en la calle a las dos de la madrugada podía atraer cualquier peligro, especialmente una mujer tan bella como ella.

Pero… ¿qué le importaba que fuera hermosa? ¿Qué importaba que la visión de su bolso golpeando contra su cadera lo hubiera hecho sudar? Nada de todo eso significaba que fuera una buscavidas, ¿o sí? En cualquier caso, esa mujer no se merecía tener que defenderse a solas de cualquier problema que pudiera surgir en la noche de Palm Beach.

El hecho de que todas las mujeres con las que había intimado hasta el momento hubieran estado más interesadas en su dinero que en su persona no tenía nada que ver con la desconocida. No podía obsesionarse con la idea de que cada vez que se sentía atraído por una mujer, esta estuviera pensando en desvalijarlo, aunque en la mayor parte de los casos fuera verdad. Por eso se había instalado en Palm Beach. Por lo menos, en esa ciudad estaba seguro de que había multitud de hombres más ricos que él y, sin lugar a dudas, otros más pobres, lo cual lo dejaba en una cómoda posición intermedia que podía pasar discretamente inadvertida.

Finalmente terminó de cuadrar las cuentas, preparó la cartera que recogería un empleado del banco y se dio cuenta de que las ganancias habían sido relativamente sustanciosas para haberse tratado de un día tranquilo. Bajó las escaleras y comprobó que todas las puertas estaban cerradas con cerrojo de seguridad. Había tardado tanto en completar el trabajo administrativo del día que el edificio estaba completaba vacío. Y todo por culpa de… ella.

Al menos debería haberse asegurado que llegaba hasta su coche sin problemas. Diablos, en realidad debería haber comprobado si disponía de coche o no. Mucha gente se volvía a su casa o a su hotel a pie. Al fin y al cabo, Palm Beach no era tan grande. Pero era demasiado tarde para pensar en ello, no le quedaba más remedio que soportar su complejo de culpa.

Mike condujo su coche en dirección a su apartamento, más cansado que de costumbre, pensando en la posibilidad de levantarse un poco más tarde al día siguiente. A su paso por el paseo marítimo, oteó la playa bañada por la luz de la luna, y vio a una mujer paseando sola. Estaba acostumbrado a las juergas que organizaban los adolescentes durante las noches de primavera y verano, pero no a ver a una mujer paseando sola de madrugada. Se parecía a la mujer del club. ¿Podría ser ella? Un acceso de culpabilidad le inundó las entrañas. Aminoró el paso y observó a la mujer, que paseaba con las sandalias en la mano. Sin duda, parecía la misma que había estado en su club hasta la hora de cerrar.

Mike estudió el paseo en busca de coches de policía, pero no había ninguno. No podía dejar el caso en manos de la autoridad. Decidido, hizo una maniobra prohibida y aparcó lo más cerca posible de la mujer, con la intención de acercarse a ella y preguntarle si necesitaba algo.

Salió del coche y cruzó el trozo de playa que lo separaba de ella, mientras la arena se le metía en los zapatos, una sensación que odiaba. Pero su conciencia no le permitía irse a casa tranquilamente, a sabiendas de que una mujer joven y desvalida podría estar en apuros. Aunque aún no había podido distinguir los rasgos de su cara con claridad, estaba seguro de que era la misma mujer que había pasado el día en su club. En ese momento, reconoció el bolso y… el firme trasero contra el cual se balanceaba.

–Discúlpeme, señorita –dijo para llamar su atención cuando se acercó lo suficiente como para no tener que gritar.

Ella se sobresaltó y soltó las sandalias que llevaba en la mano.

Mike se inclinó para recogerlas.

–¿Qué es lo que quiere usted? –preguntó ella, intentando calmarse con una mano apoyada sobre el pecho–. ¿Es así como se divierte? ¿Asustando a la gente? Es la segunda vez que me altera en una sola noche.

Mike no pudo evitar una sonrisa. Realmente había conseguido sacarla de sus casillas. Sabía que estaba atemorizada, pero que no iba a salir huyendo. Seguramente intentaría convertir su pánico en furia.

–¿No habíamos quedado en que era usted una persona adulta, preparada para las sorpresas de la vida?

–Devuélvame mis cosas y márchese.

–¿Se ha dedicado a caminar desde que salió del club? –preguntó él, asombrado.

–Eso no es asunto suyo. Devuélvame mis sandalias.

–Antes quiero saber si está bien o si tiene algún problema. Debería llamar a un taxi.

–Quería pasear –dijo ella, poniendo los brazos en jarras, evidentemente exasperada–. ¿Me va usted a devolver mis cosas o no?

–No lo he decidido todavía –dijo, extendiendo una mano para presentarse–. Soy Mike Scott. Es un placer conocerte.

Ella miró la mano extendida como si representara una amenaza y renunció a alargar la suya para estrechársela.

–Quiero que me devuelva mis cosas, Mike Scott.

Con una sonrisa dubitativa, él retiró la mano. No podía culparla por sentirse intimidada, teniendo en cuenta la hora que era, unido a la ausencia de personas en la playa y al hecho de que él aún mantenía sus sandalias a buen recaudo.

–¿Qué le parece si la llevo a casa?

–¿Y qué ha pasado con la oferta de llamar a un taxi?

–No tengo teléfono móvil.

–No puedo creer que todo un ejecutivo de Palm Beach viva sin un teléfono móvil –se asombró ella enarcando las cejas.

Él rio.

–Tengo teléfono móvil –aclaró–, pero no lo llevo conmigo ahora mismo. Suelo utilizarlo para cuestiones de trabajo y, cuando voy al club, lo dejo en casa. Vamos, déjeme llevarla a casa.

–Gracias, pero la respuesta es «no». Por favor, devuélvame mis cosas y deje que siga mi camino –pidió extendiendo las manos.

Él dudó.

–¿Por qué no me dejas acercarte a casa?

–¿Estás loco? No te conozco de nada. Por lo que sé de ti, podrías ser un asesino en serie que lanza los cuerpos de las víctimas al fondo de un lago para que los devoren los cocodrilos.

–Acabo de presentarme. Soy Mike Scott. Administro La Jolie. Puedes preguntárselo a cualquiera. Soy un buen hombre. De verdad –aseguró Mike, preguntándose por qué estaba dejando que las cosas llegaran tan lejos.

–¿Y se puede saber a quién quieres que se lo pregunte? Estamos solos en la playa.

Mike abrió la cartera y sacó una serie de fotos.

–Mira –dijo–, esta es mi madre. Y estos son mis sobrinos. También tengo una sobrina, Elizabeth. La pobre es la única chica entre un montón de hombres.

–Todos los asesinos en serie tienen familias encantadoras –dijo ella, con un tono menos agresivo.

–¿Qué tengo que hacer para convencerte de que soy de fiar y puedo llevarte a casa?

–Nada en el mundo lograría persuadirme de hacer una cosa así.