¿Cuánto falta para Babilonia? - Jennifer Johnston - E-Book

¿Cuánto falta para Babilonia? E-Book

Jennifer Johnston

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Beschreibung

El aristócrata anglo-irlandés Alexander Moore, único hijo de un matrimonio infeliz, y Jerry Crowe, un campesino acostumbrado a merodear por la finca de la familia Moore, en las afueras de Dublín, no deberían haber sido amigos. Pero las diferencias de clase y educación poco parecen importar a estos dos jóvenes que comparten un profundo amor por los caballos y que tienen toda la vida por delante. Cuando estalla la guerra en 1914, ambos se alistan en el Ejército británico, aunque por razones muy distintas. Sin embargo, en medio del barro de los campos de Flandes, se descubren una vez más separados cuando Alexander es nombrado oficial y Jerry, soldado raso. Y es en el horror de la batalla, en el infierno de las trincheras del frente, rodeados de caos y de muerte, donde su amistad demostrará ser más fuerte que cualquier experiencia vivida. Jennifer Johnston explora en esta novela temas recurrentes en su obra, como la amistad, la estratificación social o la convulsa situación poítica de Irlanda a principios del siglo xx, con la catástrofe bélica como telón de fondo. 

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Seitenzahl: 244

Veröffentlichungsjahr: 2026

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TÍTULO ORIGINAL: How many miles to Babylon?

 

Publicado por

AUTOMÁTICA

Automática Editorial S.L.

Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid

 

[email protected]

www.automaticaeditorial.com

 

 

© Jennifer Johnston, 1974. Publicado con el acuerdo de The Andrew Lownie Literary Agency Ltd.

© de la traducción, Lucía Barahona Lorenzo, 2025

© de la presente edición, Automática Editorial S.L., 2025

© de la ilustración de cubierta, Cinta Fosch, 2025

 

Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.

 

Este libro se ha publicado con el apoyo de Literature Ireland.

 

 

ISBN digital: 978-84-10141-25-4

 

Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors

Composición: Automática Editorial

Corrección y revisión: Automática Editorial

Edición digital: Álvaro López

 

Primera edición en Automática: noviembre de 2025

 

 

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.

¿CUÁNTO FALTA PARA BABILONIA?

JENNIFER JOHNSTON

TRADUCCIÓN DEL INGLÉS Y NOTAS DE LUCÍA BARAHONA LORENZO

Para David

ÍNDICE

LEGAL

DEDICATORIA

¿CUÁNTO FALTA PARA BABILONIA?

Por mi condición de oficial y caballero, me han entregado mis cuadernos, pluma, tinta y papel. Así que escribo y espero. No estoy comprometido con ninguna causa, no amo a ninguna persona viva. El hecho de carecer de un futuro más allá de unas pocas horas no parece perturbarme en exceso. Al fin y al cabo, el futuro, tanto si es aquí como allí, me resulta igual de desconocido. Por tanto, mi único entretenimiento en estos días de espera es el pasado. Puedo jugar con algunos recuerdos que tal vez sean inexactos, mi propia interpretación de los hechos, si es que sirve de algo. No hay cabida para las especulaciones ni para la esperanza, ni siquiera para los sueños. Por extraño que parezca, creo que me gusta que sea así.

No he hablado con mi padre ni con mi madre. Ya habrá tiempo de sobra para que lo hagan otros cuando todo haya terminado. El hecho consumado. Al servicio de Su Majestad. ¿Por qué prolongar el dolor que inevitablemente sentirán? A él podría matarlo, pero, como me sucede a mí, tal vez esté mejor muerto. En cuanto a ella, mi corazón no siente compasión alguna.

Me tratan con el respeto supuestamente acorde a mi clase y con una contención que obedece, estoy seguro, al temor de que pueda estar loco. ¡Cuánto atemorizan a los hombres los demonios ocultos de la mente!

El comandante Glendinning no ha venido a verme, una bendición por la que me siento debidamente agradecido. Ya no podrá hacer de mí un hombre, aunque supongo que esto no le quitará demasiado el sueño. Hubo momentos en los que casi lo admiraba.

A estas horas el ataque debe de haber comenzado. Cien metros de tierra fúnebre, una colina coronada con un círculo de árboles que en Irlanda habrían pertenecido exclusivamente a las hadas, una granja, varias cabañas sin techo, lugares tranquilos e insignificantes que ahora son el centro del mundo para decenas de miles de hombres. El fin del mundo para muchos, los héroes y los cobardes, los amos y los esclavos. No tengo ninguna duda de que les estará lloviendo encima; la lluvia abundante y aciaga de febrero.

El padre viene a visitarme de vez en cuando. Ayer me enseñó la cruz de oro que lleva bajo una camisa de viyela sin mangas y que le aplasta el vello negro que parece desbordarse de su pecho.

—¿Tiene fe? —me preguntó.

No lo dijo exactamente así. Se expresaba de una forma más sofisticada y se apreciaba también cierta vergüenza al preguntar lo que en sus labios sonaba casi indecente.

—Nunca he pensado en ello, la verdad.

—Tal vez ahora sea el momento de hacerlo.

Estaba deseando que se marchara. No me apetecía entonces, ni tampoco ahora, participar en ningún debate espiritual, ese divertimento es para aquellos a los que les sobra el tiempo.

—Me temo que ya es un poco tarde, padre. La fe sirve para consolar a los vivos. Tengo la impresión de que para los muertos es irrelevante.

—Usted está vivo.

—Técnicamente.

—Tal vez el consuelo…

—Me siento reconfortado, gracias. Siempre… siempre me he preguntado por qué ustedes… ya sabe… ustedes… —Alargué la mano y le toqué el alzacuellos—. Los ministros de Dios parecen sentirse muy satisfechos haciéndonos temer a la muerte. Regocijaos en el Señor. Venid ante su presencia con un cántico. No es del todo correcto, ya lo sé, pero el sentido es ese. Cantaría con mucho gusto:

¿Cuánto falta para Babilonia?

Sesenta millas y diez más, señor.

¿Llegaré allí para el ocaso?

Habrá ido y habrá vuelto, señor.[1]

Graznaba más que cantaba. El padre levantó una mano disgustado.

—Su frivolidad me preocupa.

—Lo siento. No hace falta. Todos debemos morir a nuestra manera.

Volvió a meterse la cruz por debajo de la camisa y se la abrochó. Se marchó poco después. Lamenté haberlo angustiado.

Cuando era niño estaba solo. No trato de justificarme, tan solo constato un hecho. Estaba aislado de otros niños de mi edad por las imperantes barreras de clase y educación. Tampoco es que recibiera una educación formal. Una serie de institutrices me impartieron un conjunto de materias hasta que a la mágica edad de diez años me encomendaron al ayudante de la parroquia, quien, seguramente para complementar unos ingresos exiguos, dedicaba varias horas al día a tratar de enseñarme matemáticas, literatura inglesa, conocimientos rudimentarios de francés y, por supuesto, latín. El latín era su materia, su rostro resplandecía de satisfacción cuando llegaba el momento de abrir alguno de los numerosos libros que traducíamos juntos. Los días en que me mostraba especialmente impertinente, tropezaba con las palabras, las descalabraba, y observaba con malicia la disolución palpable de su satisfacción. Desprendía un delicado olor a caramelo de menta. Cada hora más o menos se llevaba un par de dedos blanquecinos al bolsillo del chaleco y sacaba un caramelito blanco que se introducía en la boca, casi como si estuviera cometiendo un acto delictivo menor.

También estaba el profesor de piano, que venía una vez por semana en tren desde Dublín. Apenas lo recuerdo, salvo su ineptitud como profesor y la causa de su partida. Mi madre entraba en el salón hacia el final de cada lección y suspiraba intranquila en su butaca, impaciente ante la falta de progresos. Era un hombre nervioso que en presencia de ella casi enloquecía. Le temblaban las manos y empezaba a rascar distraídamente las manchas oscuras y resecas que adornaban la parte de delante de su chaqueta mientras me miraba tocar. El salón olía a madera de manzano y a césped y, en otoño, al aroma amargo de los últimos crisantemos de las macetas que se amontonaban en uno de los profundos ventanales; tonos amarillos, oro, bronce y blanco, como una segunda lumbre en la habitación. La caja de ébano negro del Steinway de cola reflejaba las flores. El profesor de piano estaba absurdamente fuera de lugar.

Se levantó y se acercó a mi madre, haciéndole una reverencia mientras cruzaba la sala. Montones de pájaros dorados volaban en la alfombra azul bajo sus zapatos tristes. Debía de ser otoño, porque en mi cabeza el olor de las flores se enreda con sus palabras.

—Sí. Ah, sí. Está progresando mucho… el muchachito. Es evidente… Sí… Avances… Siento. Espero que se sienta…

Sus ojos apagados se movían nerviosos a medida que hablaba. Sus dedos rascaban y rascaban. Pronto, pensé en silencio, habrá un agujero.

—… satisfecha. —Se inclinó hacia ella al pronunciar esta palabra.

Sutilmente, ella alejó la cabeza de él.

—Ah, sí. Progresos. Supongo que algo así.

Con un gesto de la mano le indicó que podía marcharse y él se enderezó. Yo seguía sentado al piano sin moverme. Había perfeccionado la técnica de la escucha hasta convertirla en un arte. Podía quedarme, a mi antojo, tan quieto e invisible como una butaca o un centro de flores.

—Le ha transmitido buena parte de su talento, señora Moore, al… hum… muchachito.

Abrumado de repente por las manchas, extendió sus largos dedos grises sobre la parte delantera de la chaqueta, como dos estrellas de mar bien muertas en una playa. Toqué un arpegio despacio y mi madre agitó la mano hacia la puerta.

—Su tren, señor Cave. Quiero decir que no debe perder…

—No. No. Por supuesto que no. Bien…

Hizo una pausa y echó un vistazo a la sala, como si tratara de memorizarla para pensar en ella en sus días más oscuros.

—Entonces, me voy. El tiempo y… bueno, eh,… los trenes no esperan a nadie.

Le dedicó una nueva reverencia a mi madre. Ella sonrió con los labios, pero su mirada lo atravesó como si no estuviera allí. Él se volvió hacia mí.

—Y tú, jovencito… Hasta el martes. No dejes de practicar.

Se dirigió a la puerta. De pronto algo me removió, algo parecido a un sentimiento hacia él, ya no recuerdo cuál. Me escurrí de la silla y lo seguí fuera de la sala por el oscuro vestíbulo de atrás. En la semipenumbra, alargó una mano y me apretó suavemente el hombro.

—Una mujer muy hermosa, que Dios la bendiga. Tan…

Se quedó sin palabras.

—Vaya un jovencito afortunado eres con una mami tan preciosa.

—¿Tiene abrigo?

Tiré con ambas manos del pomo de latón de la puerta y esta se abrió, dando paso al viento del este. Varias cartas revolotearon en la mesa larga de caoba y, por un instante, las llamas espantadas se retorcieron tras la rejilla de la chimenea, antes de recobrar el equilibrio.

—¿Abrigo? Nada de abrigo, hijo. —Soltó una risita—. Nunca tengo frío.

Eso es mentira, pensé. Más bien era un hombre que jamás en la vida había experimentado calor, ni siquiera una alegría pasajera. Salió valerosamente a la noche, e inclinó una vez más la cabeza antes de bajar los escalones.

Cuando volví, padre estaba en el salón. Me quedé en el umbral al otro lado de la puerta y escuché lo que decían sus voces.

—… pero debe irse. Sencillamente, no soporto la idea de tenerlo más en esta casa.

—Mi querida Alicia, estás siendo ridícula.

—No. Ni mucho menos.

—Pero ¿qué puedo decirle?

—Cualquier excusa. Ya se te ocurrirá algo. Cualquier cosa. Desprende un olor deplorable.

—Pero no puedo decirle eso. Vamos, recapacita.

Oía el frufrú de la falda de madre moviéndose por la habitación.

—Debe de estar enfermo. Alguna enfermedad espantosa. Tengo la sensación de que va dejando su rastro por todas partes.

Abrió la ventana y el viento entró agitándose.

—Parece alguien a quien la vida hubiera devorado y no ha quedado nada salvo este olor terrible… Necesito aire, más aire.

Otra ventana rechinó al abrirse.

—Es un buen profesor. Tú misma lo has dicho.

—Frederick, no lo tolero más en esta casa. No puedo ser más clara. Enseñaré al niño yo misma.

Hubo un silencio muy largo. El rostro de mi padre apenas mostraría emoción. Su voz tampoco manifestaba emoción alguna, pero había veces en las que juntaba las manos y las retorcía en un gesto de gran violencia. Madre nunca parecía percatarse o, si lo hacía, le resultaba del todo indiferente.

—Trayendo su enfermedad y su pobreza a mi salón. Le escribirás, ¿verdad?

Era una orden más que una pregunta. Mi padre dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

—Si insistes...

—Por supuesto que insisto.

El profesor de piano no volvió a aparecer. Mi madre se aburría enseguida o la torpeza de mis dedos la exasperaba y, pasado un tiempo, las lecciones de piano cesaron.

Hasta donde yo sé, creo que fue al cumplir los doce años cuando surgió la cuestión de ir al colegio. Durante el día, el comedor era un espacio poco acogedor. Estaba orientado al norte y la luz fría se posaba en las paredes y en los muebles sin un ápice de cariño. El almuerzo era la única comida que compartía con ellos. En el desayuno y en la merienda masticaba a solas en la sala de estudio. Al menos podía leer o garabatear en mi libro de ejercicios el preparatorio que no había terminado en el tiempo reglamentario. No me importaba estar solo. Ahora que lo pienso, supongo que nunca había conocido otra cosa. Incluso con ellos estaba solo, y yo era lo único que hacía que ellos no lo estuvieran. Con esto no quiero decir que llevasen vidas recluidas. Al contrario, eran unos anfitriones excelentes, generosos, y es de suponer que también alegres, pero cuando esa parte de sus vidas permanecía inactiva, cada uno se retiraba a una especie de selva propia. Su único lugar de encuentro era el hijo.

El almuerzo, aquel día, casi había terminado. El queso y lo que debía de ser lo poco que quedaba del apio descansaban sobre la mesa. Al otro lado de la ventana, los narcisos ondulantes apenas habían comenzado a abrirse bajo los castaños más allá de la avenida. Una yegua con un potrillo pegado a su cola pastaba con soltura en la hierba de primavera.

—¿Qué te parecería ir al colegio, Alexander?

La pregunta me pilló totalmente desprevenido, pero, en cualquier caso, mi madre respondió por mí.

—Frederick. —Su voz contenía una advertencia.

Padre le sonrió un instante. Era una sonrisa que difícilmente podría haber alcanzado el otro extremo de la mesa de comedor.

—¿Y bien? ¿Qué dices, hijo mío?

—Nunca había pensado en ello, padre.

—Bien, piénsatelo. Ahora es el momento. Conocer a unos cuantos chicos de tu misma edad. Ensanchar horizontes. Pulirte un poco. Deportes —dijo, aunque no sonaba demasiado convencido—. Pásame el apio, por favor. Y más cosas.

Le pasé el apio.

—El señor Bingham es más que suficiente. —La voz de madre era fría como el viento del nornordeste.

—Tal vez no le venga mal un cambio de aires. Hay otras materias que el señor Bingham no puede…

—Es un niño delicado, Frederick. No debes poner en riesgo su salud.

—Es delicado a tus ojos, querida. Yo no creo que sea para tanto. Acaba de devorar un almuerzo más que notable.

—El doctor Desmond…

—El doctor Desmond es un imbécil.

—Frederick, pas devant…

—Mi querida y buena mujer, sabes perfectamente que el doctor Desmond dirá cualquier cosa que quieras que diga.

—Tus comentarios son de lo más absurdo.

Me quedé mirando los narcisos sin decir nada. Sus palabras pasaban por delante de mí, avanzaban y retrocedían por encima de la mesa alargada y bruñida. Sus ­conversaciones eran siempre las mismas, como un juego horrible, salvo que, a diferencia de los juegos normales, siempre ganaba la misma persona. Nunca alzaban la voz, de sus bocas bien educadas salían palabras maliciosas y frías. Mondas verdes de piel de manzana caían de los dedos de mi madre a su plato.

—Así lo convenimos hace mucho tiempo. ¿O es que no te acuerdas? Claro que te acuerdas. Te acuerdas perfectamente. Aquella vez que el niño tuvo neumonía.

—La situación ha cambiado.

—Nunca. No cambiará nunca.

Se metió un trozo de manzana en la boca y la cerró de golpe. Padre suspiró y dobló con cuidado su servilleta por los pliegues.

—El señor Bingham es encantador —dijo madre.

—Su encanto está fuera de toda duda.

—No tengo ninguna intención de quedarme contigo sola en esta casa. Ya lo he dicho antes. He sido muy clara al respecto, o eso me había parecido. Quizá no me creíste.

—Supongo que te creí. Casi siempre lo hago. Pero fue hace mucho tiempo.

—Lo reitero.

—Muy bien.

Debí de moverme, o respiré demasiado hondo o algo hice. Los ojos de él se posaron en mí.

—Puedes retirarte, Alexander.

—Gracias.

Me bajé de la silla y salí de la habitación. Sentía sus miradas clavadas en mi espalda mientras cruzaba los kilómetros que me separaban de la puerta.

Así fue como me perdí las formalidades de la educación y cualquier beneficio que aquello me hubiera podido reportar. ¿Tal vez me habría capacitado mejor para la situación en la que ahora me hallo? Lo dudo. El señor Bingham me enseñó los conceptos básicos, cualquier otro conocimiento que pueda albergar mi cabeza lo he adquirido por mi cuenta. Admito que empecé mostrando un espíritu de equipo bastante pobre.

Jerry siempre estaba por ahí. Siempre se le podía encontrar en el patio del establo. Poseía una habilidad formidable para mantenerse apartado de los cascos de los caballos y de los puños de los hombres más irascibles. Advertí sus pies antes que su rostro. En verano estaban descalzos, de un color pardo grisáceo y con unas plantas tan duras e insensibles a las piedras, a las espinas y a la humedad como las suelas de mis caros zapatos de cuero negros. En invierno se movía con torpeza calzado con un par de botas de hombre atadas con una cuerda. Nunca hablábamos, apenas nos saludábamos con la cabeza, pero yo sabía que no solo estaba allí por los caballos, que estaba tan pendiente de mí como del cepillado impecable de los animales.

El lago se encontraba algo más abajo, al sur de la casa. En verano quedaba oculto desde las ventanas de la planta baja gracias a la densa frondosidad de los matorrales y los árboles que bordeaban los prados. En invierno, siempre eras consciente de sus aguas grises en movimiento, que en ocasiones adoptaban, en cuestión de minutos, un tono plateado deslumbrante o azul con pequeñas olas de espuma que chocaban contra los juncos sin descanso. Más allá, el pantano se extendía hasta los picos rocosos de las colinas que nos protegían del mundo. También ellas, como los pies de Jerry, experimentaban sus propios cambios estacionales, desde la alegre vistosidad dorada del tojo florecido en primavera a la oscuridad parduzca de los días claros de invierno y el brillo de las aguas quietas una vez que amainaba la lluvia. Algunas mañanas, cuando miraba por mi ventana, las colinas parecían tan cercanas que tenía la impresión de que me bastaría con estirar la mano tras el cristal para tocarlas; otros días lucían un aspecto desvaído, pálido, casi de otro mundo. Si hubiera podido llegar allí antes del ocaso, sin duda nunca habría vuelto, señor. Los cisnes flotaban durante nueve meses al año de un lado a otro en el agua. A veces echaban a volar con un fuerte crujido de las alas, y luego, abrumados por la energía que habían empleado para ganar altura, permitían que el viento los arrastrase como enormes trozos de papel arrugados y lanzados hacia el cielo. El ritual diario de madre consistía en dar un paseo después de merendar por el sendero de gravilla hasta el lago para alimentarlos. Comían directamente de su mano una tarta esponjosa de color amarillo claro o pedacitos de un pan finísimo con mantequilla, restos de la merienda. De vez en cuando salían del agua y la seguían por el camino, desplazando la gravilla perfectamente rastrillada con sus patas desgarbadas. Ella se daba la vuelta y les hacía aspavientos para que se marcharan, batía las manos con suavidad más a modo de amonestación que de alarma.

—La tierra no es vuestro elemento, queridos. Marchaos. Fuera, vamos.

Una vez la oí dirigirse a ellos en una voz tan distinta a la que yo conocía que, por un instante, sentí un destello de amor por ella.

Este sendero que recorría mi madre no era el único junto al lago. En la penumbra, por detrás de los árboles, había caminos umbríos y reverdecidos que bajaban hacia el pueblo, lo dejaban atrás y continuaban hacia el pantano y las colinas. Aquí, si no te habían descubierto, era imprescindible quitarse los zapatos, pues solo en los veranos más secos los senderos se secaban lo suficiente como para no dejar rastros grises de barro en los zapatos. Metía los calcetines en los zapatos y los dejaba con cuidado bajo un arbusto. Luego me internaba bajo las ramas bajas recubiertas de musgo. Al principio solía darme la vuelta para asegurarme de que no me había visto nadie y después me perdía alegremente para siempre en la oscuridad húmeda, rodeado del zumbido de las moscas. Junto a un sauce llorón había un claro donde el camino se volvía hierba blanda y bajaba hasta el borde del agua. Allí podía nadar sin que me vieran. A causa de mi salud, supuestamente delicada, no se me permitía nadar salvo en los días más calurosos de la canícula, cuando la gravilla del sendero de mi madre me abrasaba las suelas de los zapatos ligeros de verano.

Fue en torno a principios de mayo cuando hablamos por primera vez. Los narcisos habían comenzado a marchitarse y encogerse. El tiempo había sido cálido, las hojas habían crecido mucho y las candelas de los castaños estaban en su apogeo. Emergí de la penumbra y pisé la hierba. De repente se oyó un ruido bajo el sauce llorón y un chapoteo. Mi corazón latía con fuerza, asustado. Desde que podía recordar, siempre me habían advertido sobre los gitanos. Avancé con cautela por la hierba, que en esa época del año estaba lo bastante crecida para doblarse como una caricia bajo mis pies. Al pie del árbol había un montón de ropa. Ninguna otra señal de vida, no se oía nada. Recogí la ropa y la escondí bajo un arbusto, luego fui hasta la orilla para esperar al intruso.

—Ven, ¿por qué no te metes?

Una voz me gritó desde muy lejos, en el lago. El chico empezó a nadar hacia mí y reconocí el rostro resplandeciente y sonriente de Jerry.

Aguardé hasta que estuvo justo por debajo de mí con el agua hasta la cintura antes de hablar.

—¿No sabes que esto es una propiedad privada?

Escupió en el agua. No fue un gesto en absoluto agresivo, tan solo insolente. La burbuja de saliva se alejó flotando despacio.

—Te has metido sin permiso.

—¿Y?

—Podría denunciarte.

—Muy bien, pues hazlo.

Me sentía un poco ridículo. Se quedó mirándome un buen rato con unos ojos azules claros y brillantes ribeteados de rosa. Tal vez se acostara muy tarde o puede que hubiera llorado. Aunque no tenía pinta de ser alguien que llorase.

—Hay sitio de sobra para los dos —dijo al fin—. Vamos, entra.

Me lo pensé. Se dio la vuelta y se sumergió bajo el agua. Cuando volvió a asomar se había alejado unos veinte metros. Me saludó con la mano. Destellos de agua salieron despedidos de su brazo. Me quité la ropa y me deslicé por la hierba hasta el agua.

Era más divertido nadar con otra persona, de eso no cabía duda. Todavía no hacía calor suficiente para permanecer mucho tiempo dentro. Salimos gateando por la hierba y nos quedamos mirándonos el uno al otro. Era la primera vez que veía a una persona desnuda. Era mucho más pequeño que yo, sus huesos parecían ramas que quisieran estallar en diversos puntos bajo la piel blanca. Tenía las piernas ligeramente arqueadas. Acababa de empezar a crecerle pelo en el cuerpo, de la misma manera abúlica que a mí.

Una leve brisa agitó las hojas y me rozó la espalda mojada. Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, oí que me advertía una voz en el oído. Sentí un escalofrío y empecé a reírme.

—Tengo tu ropa. La he escondido.

—¿Dónde?

—No te lo voy a decir.

—Te obligaré.

—Que te crees tú eso. Soy más grande que tú. Mira. Muchísimo más.

Di varios pasos frente a él.

—Eso me da igual.

—No eres más que un retaco.

—Retaco o no…

Se abalanzó sobre mis piernas y los dos nos caímos al suelo. Era mucho más fuerte que yo y mucho más ágil.

—¿Con que un retaco? ¿Eh? ¿Eh?

Me había aplastado la cara contra la hierba. Sacudí la cabeza y me apretó con algo menos de fuerza.

—Eres un gigante y un héroe. Dilo.

—Eres un maldito gigante y un héroe.

—El gigante y el héroe más grande y grandioso del mundo.

—El maldito y condenado gigante más grande y grandioso y el héroe más diabólico del mundo.

Se rio.

—Y tú eres un buen bocazas. ¿Quieres que te llene la boca de hierba? ¿Como a un burro que rebuzna? ¿Como a un tontito?

Arañó la hierba con una mano.

—Pax.

—¿Qué significa eso por Cristo bendito?

—Paz. Me rindo. Tú ganas. Soy tu humilde esclavo.

—¿Dónde está mi ropa, esclavo?

—Debajo de ese rododendro.

Se quitó de encima y se tiró en la hierba.

—Ve a por ella, esclavo, sácala de debajo de ese comosellame.

Fui a levantarme pero me agarró del tobillo y volvió a derribarme.

—Olvídalo.

Nos quedamos tumbados mirando fijamente al sol, algo que siempre me habían prohibido hacer. Peligro de ceguera, locura, insolación o cosas misteriosas llamadas tumores cerebrales.

—Siempre me he preguntado —dijo— qué pasaría si te tumbas al sol, desnudo, un día tras otro durante un año, si te volverías oscuro como un negro. ¿Has oído hablar de los negros?

—Pues claro que sí. No soy un ignorante. Pero, en cualquier caso, no creo que ocurriera.

—¿Por alguna razón?

—Al fin y al cabo ellos han nacido negros. No es cuestión de chamuscarse sin más. ¿Cómo te llamas?

—Jeremiah.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Es mi nombre y punto.

—Vaya por Dios. No es precisamente el típico nombre campesino.

Se inclinó sobre mí y me pellizcó la oreja.

—Esclavo.

—Alexander…

—No digas tonterías. Mira que eres tonto. Como si no lo supiera. Es tan absurdo como el mío. Te llamaré Alec.

—Nadie me llama así.

—Pues mejor me lo pones. A mí puedes llamarme Jerry. Todos los demás lo hacen. ¿Hecho?

—Hecho.

—Yo te enseñaré a pelear. Tú me enseñas a montar a caballo. ¿Hecho?

—¿Y si no quiero aprender a pelear?

—¿No quieres?

—No me importaría.

—Entonces, ¿trato hecho?

—De acuerdo.

Me tendió la mano y se la estreché. Nos tumbamos y miramos el sol prohibido hasta que se ocultó tras los árboles y el viento comenzó a ser molesto.

Tenía un amigo. Un amigo íntimo y secreto. Nunca iba a su casa ni él venía a la mía. Nos encontrábamos o bien abajo, en el lago, o en lo alto de la colina detrás de la casa, adonde iba con mi poni por las tardes cuando él salía de la escuela. Ahí arriba, debidamente escondidos tras una cresta de granito brillante, nos construimos una escuela de equitación. Movimos piedras y rellenamos agujeros para hacer una pista alrededor de los arbustos de tojo, y construimos media docena de saltos sencillos. Para nosotros era perfecto. Después de la lección, dejaba a Faraón suelto para que pastara en la hierba y nosotros nos agazapábamos al cobijo de un muro de piedra y nos poníamos con los deberes del colegio de Jerry.

—Tengo la sensación de que lo único que hago es Latín, y es aburridísimo.

—Ora pro nobis —canturreó Jerry.

—Qué va. El aburridísimo César y sus aburridísimas guerras galas. El pobre señor Bingham se desmayaría con todas esas cosas tuyas sacro romanas.

Jerry se puso de pie de un salto, desperdigando libros y lápices por el suelo. Estiró los brazos hacia delante. Por debajo de nosotros el valle era verde, un ejército de coníferas le escuchaba cantar.

—Sanctus, sanctus, sanctus Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt coeli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis.

Faraón asomó la cabeza por el muro y me echó su aliento caliente en la cara.

—Para. Para. Pobre señor Bingham, le estás matando. Agoníaaaaa.

—Kyrie eleison…

—Eso no es latín, pobre ignoramus.

—Sí que lo es.

—No, no. Pobre retaco ignoramus. Es un poco de griego que han puesto para confundir a los campesinos como tú. Al menos yo creo que es griego. Podría ser babilónico.

—Tú si que eres ignoramus. Apuesto a que no sabes la fecha de la batalla de Clontarf.

Me reí.

—Sí que la sé. El señor Bingham es un as en historia irlandesa. Merece la pena seguir la narración tragicómica de Gael, amigo mío, así que mantente despierto. —Imité su voz impostada y me pareció que se me daba muy bien.

—¿De verdad habla así?

—Incluso me quedo corto.

—Cielo santo, es genial. Estrangulado por su alzacuellos.

—Eso es.

Jerry siempre llevaba consigo una armónica, que tocaba con gran virtuosismo. Cantaba en cuclillas, con los ojos cerrados y las manos ahuecadas sobre la boca. Sus pies descalzos se movían por el suelo en una especie de danza eufórica, como si tuvieran vida propia. Tocaba baladas, tanto sentimentales como revolucionarias, y canciones antiguas, sin letra, de una complejidad casi oriental. A veces intentaba cantar las palabras que me lanzaba de soslayo. Aprendí un montón de historias que podrían haber alarmado al señor Bingham. La mayoría de las veces simplemente me recostaba satisfecho y escuchaba. Cuando peleábamos siempre ganaba él, aunque con el tiempo me volví un luchador más resolutivo de lo que lo había sido hasta entonces. Aprendí algunos trucos, artimañas. Montando a caballo, yo le llevaba ventaja en el estilo. El mío era casi impecable, el suyo, inexistente, aunque él tampoco consideraba que fuera algo necesario. Con estilo o sin él, no le costaba nada conseguir que mi Faraón echase a andar. En retrospectiva, todo parece idílico, pero estoy seguro de que tuvimos nuestros más y nuestros menos. La verdadera amistad admite el reconocimiento de lo malo además de lo bueno. Recuerdo los momentos que me arrancaban de la soledad pasiva de mi vida normal, que me advertían del placer y del miedo a vivir.

—Dejaré la escuela en junio.

Estábamos tumbados en la cima de una colina observando a un hombre y su caballo mientras araban una larga franja de campo por debajo de nosotros. La cabeza del caballo se inclinaba hacia delante como si estuviera completamente relajada, sus enormes pezuñas emplumadas de blanco no perdían el ritmo en ningún momento. El hombre fumaba en pipa y una estela de humo lo seguía a medida que avanzaba. La perfección de las profundas líneas rectas se extendía en el horizonte.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué, omadhán?[2] Pues porque tengo que hacerlo.

Aparté la vista de los labradores y miré a Jerry.

—Pero si eres de mi misma edad. Es decir, un niño. Todavía somos niños.

Me dio un puñetazo en la sien.

—Me queda poco tiempo de ser niño. Y entonces tendrás que ir con cuidado cuando estés conmigo y vigilar lo que dices.

—¿Qué vas a hacer?

Hizo un gesto con la barbilla hacia el hombre con el caballo.