Cuento con cuentos - Gabriel Ales - E-Book

Cuento con cuentos E-Book

Gabriel Ales

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Beschreibung

Esta obra presenta un conjunto de narraciones, comentarios y crónicas en los que se mezclan elementos reales y fantásticos, su intención y su estructura están atados a una época y a un recorrido que invita no solo a mirar, sino a participar. No es un rompecabezas ni lo quiere ser, pero ofrece las piezas sueltas para que cada lector haga su propia composición.   La inclusión del cuento "El Rosarino" es una deuda que queda saldada aquí.

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Seitenzahl: 91

Veröffentlichungsjahr: 2025

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CUENTO CON CUENTOS

Esta obra presenta un conjunto de narraciones, comentarios y crónicas en los que se mezclan elementos reales y fantásticos, su intención y su estructura están atados a una época y a un recorrido que invita no solo a mirar, sino a participar. No es un rompecabezas ni lo quiere ser, pero ofrece las piezas sueltas para que cada lector haga su propia composición.

La inclusión del cuento “El Rosarino” es una deuda que queda saldada aquí.

 

 

Gabriel Ales. Estudió Realización Cinematográfica en la Escuela Superior de Bellas Artes de la ciudad de La Plata, donde tuvo como profesora de Guión a Ernestina de Gruzman. En 1969 participó en el Concurso del Fondo Nacional de las Artes, en la categoría Poesía, y obtuvo el voto del jurado Cesar Fernández Moreno. En 1978, junto con su mujer y sus dos hijos, se exilió en Francia.

De 2011 a 2020, en equipo con su esposa Martha Bianchetti, realizaron audiciones sobre el Tango Argentino en la radio francesa C2L; se pueden encontrar algunas de esas audiciones y otros videos, en francés y en castellano, en el sitio de “Gaby Marth” (YouTube).

En 2022, Gabriel volvió a vivir en Argentina luego del fallecimiento de Martha. Formó nueva pareja con Ana, a quien dedicó estos escritos.

GABRIEL ALES

CUENTO CON CUENTOS

Incluye: El rosarino

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortadaDedicatoriaPrólogo como un epílogoEl RosarinoOrígenesNarración sobre una crónica de Ruy Díaz de GuzmánCuento con cuentosTango en PompeyaPor los aires2024Más títulos de Editorial BiblosCréditos

A Ana, por sus preguntas y su sostén.

Prólogo como un epílogo

Los camellos ignoran el espejismo que ven los conductores humanos y sus pasajeros.

Miríadas de granos de arena, al alcance de los camélidos pasos, semejan el objetivo de esos viajes.

Los camelleros se divierten viendo la algarabía que recorre la fila de sus clientes; para terminar advirtiéndoles: ¡feiknius!

Los ricos comerciantes que trasladan el oro y la mirra de una punta a otra de la colosal península, desde las alejadas minas a los consumidores del puerto y las ciudades; los que hacen del comercio su profesión y se establecen, con fiero manejo, rodeados de un ejército de esbirros; los que contratan el servicio de transportistas a lo ancho de la extensión deshabitada que separa la fuente y las capitales; esos que conquistan el prestigio de ser benefactores de una civilización adecentada con sus productos.

Mientras subsista la demanda y paguen consecuentemente los consumidores de lujos y deleites caros, se afirmarán y escribirán la historia, aludiendo a las huellas que dejaron en los desiertos.

Tardan semanas en recorrer las leguas que miden el peso de la plusvalía; el reflejo de un brillo engañoso que alimenta la sed y la codicia.

Los mercaderes seguirán comprando y vendiendo, como se alternan la lluvia y la sequía en las tierras del litoral peninsular. En el medio de las cuatro estaciones soplarán los vientos y una brisa invisible no alcanzará a apagar la llama de los cirios en los templos de Osiris.

Si el norte se dibuja en una nube, será engañoso como el pie del arco iris.

La identidad es un color y el contenido de los colores, un espejismo.

Cuando los gritos remplazaron a los cantos en la plaza, añadiendo un subrayado a la esperanza, los muchos dioses copiaron la jerarquía que los hombres ya habían establecido.

Rodeados por el mar, no tardaron los griegos en imaginar una deidad que lo habitaba, que ordenaba su sosiego y sus tormentas. Así fue también como los egipcios y los incas atribuyeron al astro que cotidianamente iluminaba sus jornadas la máxima autoridad e imperio.

Ra, Zeus y Viracocha validaron la pirámide donde se situaban ya los reyes y sus sometidos congéneres. Una sucesión de templos y de sacrificios se diseminaron por distintos continentes.

Yavé, la Trinidad y Alá dominaron luego los textos de los preceptos respectivos y comandaron el orden de las familias con sus mandamientos.

Es casi cómico ver hoy los encuentros de sus máximos jefes en la Tierra. Se retienen los unos a los otros, como el “te tengo por la barbilla” de los niños en el recreo.

Las eras ecológicas, así como las de la aparición y desaparición de las especies, sobrepasan las cuentas de milenios. Los choques de erupciones y dentelladas no sirven para hacer progresar los grados de conciencia.

En mayo nacerán, al mismo tiempo, las revueltas y las rosas. En el resto de los meses del año, el bullicio de las discusiones, como el fragor de las batallas, crece y se caen los pétalos de las flores abiertas. Y en los años siguientes, retoma el tiempo su paso cansino y lento. Ensayan los simios sus reflexiones, rascándose la cabeza. Corre el temblor sobre la cresta de las olas, sin final ni comienzo.

Para que el comercio y la producción en cadena desaten su señorío; para que las modas y los uniformes nos saquen de encima sus moldes; cortarse muy corto el pelo o dejarlo crecer hasta el suelo no es el camino o, quizá, contribuya el alternar las dos cosas con regia indiferencia.

No estaba asegurado, en el inicio, que habrían de tener las catedrales sus cúpulas, ni sus ornamentos. La apuesta de nuestros antepasados apuntaba a la proximidad con el cielo. El látigo y el desfallecimiento de los esclavos anunciaban ya, quizá, el costo y las promesas de los libertarios de estos tiempos. No difiere en eso el antiguo faraón del presidente nuestro. Si uno lograba con sus soldados la masiva obediencia, el otro alcanza el mismo resultado apoyando sus frases caprichosas en la tácita amenaza de la violencia.

Las idas y vueltas, cuando incluyen medida de las cosas, vigilancia del entorno y de las circunstancias, búsqueda en los recorridos y resultados de los enfrentamientos acontecidos, son reflexión, no son dudas. Hay frases con contenido y palabras huecas. Comparaciones apropiadas y ejemplos que ilustran, pero no demuestran.

Cuando se haya cumplido un siglo y podamos ver que, a mediados del dos mil, la debilidad que nos infirió la derrota fue quizás que no izamos una nueva bandera, la de la identidad, en el campo en que luchábamos de la misma manera, estará al alcance de nuestros brazos el esfuerzo por conquistar la victoria.

Los camelleros dejarán de reír, los guanacos dejarán de escupir, no verán espejismos los viajantes ni los mercaderes y habrá un viaje, similar al que en las dunas llevaba de las fuentes a la ciudad costera, extendido y con alguna aceptada medida del tiempo, necesitado de guías del desierto y realizado, ya no en fila india ni en desfile castrense, sino tomados de la mano o entrelazados brazos.

El Rosarino

Había hecho frío todo el día y desde hacía media hora llovía sin parar.

Los limpiaparabrisas del Di Tella 1500 barrían un recorrido exiguo, con entusiasmo a la ida y trabajosamente al volver. Era el modelo de autos más frecuente de los que circulaban por esas calles porteñas; usado, bien cuidado y de un nada destacado color negro.

El embotellamiento del tránsito les permitía avanzar a la misma velocidad que los peatones y escrutarlos, aislados en sus paraguas o agrupados y protegiéndose bajo los toldos de los comercios.

Se habían prendido todas las luces del alumbrado público, aunque eran apenas las seis y media de la tarde.

Esperando el verde de un semáforo, vieron a sus conciudadanos, preocupados o indolentes, atravesar la avenida frente a las trompas de los autos, hasta más allá del cambio de luces.

–¡Bravos argentinos! ¡Temerarios! –dijo Pedro, dando una acelerada en punto muerto–. ¿Qué te parece que pensarán?

–¿Ahora o en los momentos en que les sea posible dejar de lado la programación del día y la de la semana, el cálculo de las horas transcurridas y el de los minutos que faltan, la preocupación por las tareas hechas a medias y por los objetivos que aún se mantienen distantes para cada uno? –le contestó Rolo, que viajaba de acompañante.

Pedro encontró el momento justo para acelerar, cruzando la transversal y alcanzando una vía despejada del otro lado de la bocacalle, adelantándose a varios vehículos. Luego, un colectivo le cerró el paso y volvió a encontrarse en fila india, avanzando a paso de hombre.

–No. Yo digo que todavía no empezaron a prestarle atención a qué se esté preparando o a que vaya a haber un cambio. Las notas en los noticieros de la radio o de la televisión y en los diarios son minúsculas.

–Como nuestras acciones. Quizá ya sea hora de pensar en algo más pesado.

–¿Dijimos Canning y Santa Fe?

–Eso es.

El auto se fue arrimando hacia la derecha y Pedro hizo funcionar el guiño, para finalmente detenerse, estacionado en doble fila.

Entre los triángulos de neón violeta de una pizzería y los reflejos de la cruz verde de una farmacia quedaba el hueco negro de una entrada de departamentos, donde se protegía de la precipitación en aumento un peatón sin paraguas que, cuando vio la seña que le hizo Rolo desde el auto, avanzó saltando por sobre el cauce de agua que se había formado junto al cordón de la vereda.

Una vez dentro del auto, Carlos se sacó la campera empapada.

–No pensé que fuera a llover tanto.

–Cuidado con el tapizado –apuntó Pedro con sorna– y, en serio, no fumen que se me empaña el parabrisas.

Los taxis circulaban todos ocupados y los colectivos, repletos. Entre unos y otros, una masa colorida de vehículos particulares se acomodaba con más sentido de la física que del reglamento.

Luego, las calles se fueron despoblando. Desaparecieron las marquesinas. Los cabezales brillantes de las columnas de alumbrado formaron manchones intermitentes de luz amarilla, transpirados de lluvia, entre las filas de plátanos.

Delante de un cine de barrio recogieron a Sergio.

–Bueno; ahora duérmanse que vamos hacia la casa –dijo Pedro.

Los tres pasajeros bajaron la vista o cerraron los ojos para no ver el camino que tomaba el auto. Si hubiera sido de día, tendrían que haberse compartimentado, poniéndose anteojos oscuros o simulando leer una revista, para no llamar la atención desde el exterior. Pero en este atardecer oscuro y con lluvia, la ciudad de Buenos Aires no tenía tiempo para prestarles la más mínima atención.

Pedro condujo, entonces, dando repetidas vueltas y marchando en distintas direcciones para que perdieran la orientación. Cuando cumplía esa función le encantaba cantarles a sus ocasionales pasajeros la primera estrofa del tango “Pájaro ciego”. Repitiendo bajito una y otra vez: “… como aquel pajarito cantor, que tenía los ojos sin luz…” y, entre pausas en las que silbaba la misma tonada, se estacionó en una anónima y tranquila calle de un barrio parecido a veinte otros. Apagó las luces y antes de descender del auto. Instruyó a los demás:

–Tenemos que caminar hacia adelante cien metros y luego, doblar a la derecha. Carlos al lado mío. Rolo y Sergio tres metros más atrás, mirándonos los talones.