Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Este conjunto de relatos compone un universo literario atravesado por la memoria, la rutina y la reflexión crítica, donde lo político, lo poético y lo cotidiano se entrelazan sin estridencias. Los textos alternan escenas de la vida diaria, evocaciones de un pasado militante y fragmentos líricos, que abordan la justicia, el tiempo, la conciencia y el amor. Con un tono que va desde el testimonio íntimo hasta el pensamiento filosófico y que apuesta por una literatura comprometida, el autor propone textos que son piezas autónomas, pero que juntos construyen una obra de mirada densa, lúcida y profundamente ética.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 91
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Este conjunto de relatos compone un universo literario atravesado por la memoria, la rutina y la reflexión crítica, donde lo político, lo poético y lo cotidiano se entrelazan sin estridencias. Los textos alternan escenas de la vida diaria, evocaciones de un pasado militante y fragmentos líricos, que abordan la justicia, el tiempo, la conciencia y el amor.
Con un tono que va desde el testimonio íntimo hasta el pensamiento filosófico y que apuesta por una literatura comprometida, el autor propone textos que son piezas autónomas, pero que juntos construyen una obra de mirada densa, lúcida y profundamente ética.
Gabriel Ales. Estudió Realización Cinematográfica en la Escuela Superior de Bellas Artes de la ciudad de La Plata, donde tuvo como profesora de Guión a Ernestina de Gruzman. En 1969 participó en el Concurso del Fondo Nacional de las Artes, en la categoría Poesía, y obtuvo el voto del jurado Cesar Fernández Moreno. En 1978, junto con su mujer y sus dos hijos, se exilió en Francia.
Desde 2011 hasta 2020, en equipo con su esposa Martha Bianchetti, realizaron audiciones sobre el Tango Argentino en la radio francesaC2L; se pueden encontrar algunas de esas audiciones y otros videos, en francés y en castellano, en el sitio de “Gaby Marth” (YouTube).
En 2022, Gabriel volvió a vivir en Argentina luego del fallecimiento de Martha. Formó nueva pareja con Ana, quien desde entonces sigue colaborando como lectora crítica de sus manuscritos. En 2024, publicó su libro Cuento con cuentos.
GABRIEL ALES
NARRACIONES COMO CUENTOS
Una cantinela de pocos recursos, desde muy temprano, resuena. Una algarabía, como una cascada, salpica. La clara corneta de una voz perfora los muros.
Con la palma de la mano, evitando dejar huellas dactilares, Esteban empuja la puerta vidriera del grill Babieca; entra y se pone en la fila de hablar por teléfono.
Afuera desfilan mujeres, señores y niños, con pasos acordes a sus empleos o a sus espacios comunales. Quedan señalados en las veredas los rumbos tácitos que reviste el otoño esa mañana. Los diarieros, partiendo de sus kioscos respectivos, marchan a distribuir su mercadería impresa por debajo de las puertas. Los escapes de los transportes colectivos fumigan las calles. Cuando el cambio de luces del semáforo quiere cortar el tránsito sobre la avenida, aceleran con largos toques de bocina vehículos apurados. El “hijoeputa” que lanza un peatón se repite más de una vez a su costado. Un Falcon verde toca sirena y obliga a frenar a los que vienen por la transversal.
La fila de gente que espera para hablar por el teléfono público dirige, al mismo tiempo, sus miradas a través de los vidrios del grill, hacia donde rápidamente desaparece el auto que se hizo notar con su sirena policial. Nadie dice nada.
El aroma de las medialunas, que los mozos llevan en sus bandejas y distribuyen en algunas mesas ocupadas por clientes, desafía a los que aún no desayunaron. Román, esperando su turno para usar el teléfono, es uno de ellos.
Los tiempos son de espera y de distancias entre compañeros. Recelo y desconfianza invaden las conductas, frente a los que no tienen nombre ni apellido; los que apenas les preguntan la hora o no les dicen nada, cuando los cruzan caminando por las calles o se sientan en los bares en las mesas de al lado.
Román acomoda su echarpe y Esteban, el cuello de su campera. Sus miradas se cruzan en el ancho espejo de detrás del mostrador. Al mismo tiempo, a los dos, ni una ceja se les mueve. Rápidamente desvían sus miradas, con el compartido temor de ser observados y descubiertos intercambiando gestos inconvenientes, en ese lugar, esa mañana de grises atroces.
El hueco más pesado es el de no poder acercarse a estrecharle la mano, a abrazarlo, al conocido, al amigo, al compañero.
Alrededor, por todos lados y en todas partes de la ciudad laberíntica, está el miedo que es la herramienta de las dictaduras. Lo ostentan los esbirros y lo cargan como estigma sus conciudadanos.
Llega el turno de Román para usar el teléfono, para lo cual ya tenía una moneda preparada y marca de memoria un número en la botonera metálica del grueso cajón adosado a la pared, en un rincón. Solamente la señora que está detrás de él en la fila oye caer la pieza de moneda en el interior del aparato, señal de que se establece la comunicación. En cambio, las primeras frases de la conversación son en voz tan baja que nadie alcanza a oírlo. Al cabo de unos segundos y sin cortar, Román levanta el tono, preguntando: “¿Cómo está la tía?… Dale un beso de mi parte y que tome todos los remedios”.
Esteban, desde lejos, adivina que la frase de Román tiene un intencionado contenido de distracción.
Sin mirar atrás, Román cuelga el auricular y quita el lugar. Se va sin darse vuelta.
La calle tiene apuro y en sus entrañas algunos se demoran, se detienen incluso, esperando, buscando, no sabiendo si hay algo más que ver, que no esté al alcance de sus ojos o que tenga formas tan diferentes que no se descubren. Necesidad de ver para entender, sacándose la telaraña que en los ojos les impide mirar con claridad los contornos borrosos de esa ciudad que ha perdido el color.
Camina, también aislado por razones diferentes, Román, llevando escondida en sus oídos la respuesta telefónica a la pregunta que formuló. Va despacio, sin buscar a Esteban, disfrutando aún del encuentro de la imagen de los dos en el espejo.
Esteban, en el grill Babieca, da el paso final hacia su turno en el teléfono y tiene decidido ya que no ha de hablar sino fingir hacerlo; puesto que hizo la cola precedido y teniendo detrás tantas otras personas, mejor será aparentar estar molesto por un inconveniente técnico. Será mejor así. Pone monedas en la ranura y teclea los dígitos de un número cualquiera, pero fácil de recordar. Deja sonar dos veces y cuelga. Vuelve a marcar. Se arriesga a dejar sonar tres veces ahora y cuelga, con gesto de disgusto. Entonces, del lugar también se va.
Los ruidos del exterior retumban como una cantinela, como una algarabía. Gustosamente piensa Esteban en Román y en ese encuentro casual, que le dejó el dato de saberlo vivo. No tiene dudas de que los dos, que no pueden hacer peligrar sus amenazadas libertades, se dieron un abrazo en el espejo del bar.
La clara voz de corneta vuelve a perforar los muros de la ciudad.
De una calle con pendiente, de una torre derribada; por un salto de cascada, frente a un muro defendido por cien soldados; como gira con su capa de nubes la tierra entera, en un espacio que tal vez no pueda nadie abrazar; mientras alternan los astros más cercanos sus posiciones y es un privilegio observar a millones de tan distantes puntos luminosos en el cielo de una noche sin nubes; cuando el magma se abre camino cambiando el paisaje, crece lo que está en su ciclo de vida y muere lo que se agotó viviendo; la armonía que fantasean los hombres y las mujeres, los pueblos y las naciones, parece un sueño.
Un hombre lleva en la mochila sus herramientas de trabajo. Da pasos lentos; sus articulaciones no responden del todo en esta hora temprana; pero es joven aún, no saca conclusiones que le inspiren pesar y es solo el borroso pesimismo de una interminable rutina lo que le sobrenada. Al final de la jornada, las veredas de su itinerario lo verán en su marcha atrás, pero la línea de llegada vespertina se topará contra el muro del día siguiente.
Hay, a veces, quienes tienen y ofrecen manos tendidas; hay escaleras con pasamanos; hay platos de comida dispuestos sobre la mesa y copas servidas; palabras que bailan sobre un cuaderno abierto y músicas que exponen melodías y armonías nuevas; también hay eso. Pero están agusanadas las frutas que pensabas recoger del árbol que desde lejos veías en tu recorrido; se callaron los pájaros que, acercándote con tanto tino, escuchabas piar; la nube cubrió el sol que te enviaba un tibio abrazo y es pesado el bulto que sostienen tus hombros por la carretera.
El palomo recorrió el costado del tanque de agua, buscando trazas de la paloma que estuvo allí posada el día anterior. Comprobó que ella ya no estaba, pero que había una pluma del color que le había gustado recientemente. Batió sus alas remontando vuelo, describió un círculo por encima del bloque gris de cemento y volvió a posarse sobre su flanco norte. Confiaba en que otras plumas marroncitas que pudiera encontrar tendrían significado y serían un mensaje para él. El día comienza apenas y un insecto que camina sobre la argamasa desaparece en el pico del ave que lo deglute. Luego, con su cuello arrogantemente erguido, la mitad telescópica de sus ojos descubre la silueta del hombre que marcha a lo lejos, por la vereda hundida. La extensa distancia hace inverosímil que el humano responda a su saludo, pero el palomo igual gorjea, solo una vez.
De lo que quedó atrás se desdibujan los movimientos y los rostros; hoy solo forman parte de los sueños y es imposible recuperar su cercanía; se alejan los pasos en órbitas que se estiran como las de solitarios cometas; los colores radiantes pierden brillo e inculpan de ello a la senectud de nuestros sentidos. Sin embargo, cosas quedaron sin hacer, postergadas, incompletas, o acaso afuera de un seductor descubrimiento. Lo que impidió la exigencia y la urgencia de lo cotidiano; lo que no le permitió madurar e incluirlo entre nuestros trabajos duraderos. Hoy, si alguna de ellas no se opone a lo limitado de nuestros esfuerzos; si el lápiz y el papel, si el lienzo y las pinturas; la cerámica, el yeso o la madera; las cuerdas, la boquilla y los pistones de algún instrumento de música nos atrae y nuestros mofletes, nuestros pulmones y nuestras manos conservan la fuerza necesaria; si alguno de tantos otros temas se destaca en nuestra memoria o en nuestras ganas, puede ser el momento de iniciar o retomar su cumplimiento. Puede ser dable la circunstancia de que no tengan un precio inabordable, ni una línea de llegada en competencia. Que sea en el recorrido y en el logro de productos de nuestro trabajo donde se encuentre la satisfacción de seguir viviendo. Puede ser necesario poner en duda modelos paradigmáticos. Mostrarle a los que nos observan que la línea trazada de nuestras vidas sabe cambiar de dirección, que estamos satisfechos o que no lo estamos, que todavía buscamos.
