Cuentos - Carlos Hugo Aparicio - E-Book

Cuentos E-Book

Carlos Hugo Aparicio

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Beschreibung

«Un clima tenso, dramático, por momentos crispado, domina los relatos de Aparicio desde sus mismos comienzos y, a medida que la acción avanza, va creciendo inexorablemente hasta estallar en remates de impecable efecto (…) El autor ha declarado que las reminiscencias de su infancia y la dura existencia de los hombres "de la orilla" constituyen las huellas indelebles de donde parte su imaginación. Sí, la pobreza, el hambre, las fantasías truncas, el marginamiento social tejen la trama de estos cuentos, pero no como motivos de denuncia ni de queja o de mera reivindicación: son la situación "natural" de los personajes, el suelo que ellos pisan, su opresivo contexto. Lejos de cualquier amable cuadro costumbrista, la narrativa de Aparicio lacera, subvierte, demuda» (Jorge Lafforgue, en Sombra del fondo, 1982, Legasa Literaria).   Este libro reúne, por primera vez, todos los cuentos de Carlos Hugo Aparicio. No se trata solo de una compilación: es el mapa completo de una sensibilidad literaria inconfundible, de una mirada capaz de descubrir, en los márgenes de lo cotidiano, la verdad más honda de la experiencia humana. Con una prosa contenida, sin adornos innecesarios, Aparicio narra lo esencial: un gesto, una espera, una distancia. Sus cuentos no gritan, pero dejan una marca. Nos hablan de vínculos frágiles, de silencios que dicen más que las palabras, de personajes que se mueven entre la dignidad y la intemperie. Desde paisajes provincianos hasta escenarios urbanos sin énfasis, su literatura construye con delicadeza un mundo donde lo íntimo y lo social se entrelazan sin aspavientos, con una autenticidad difícil de encontrar. Es una obra que interpela sin subrayar, que emociona sin fórmulas. Una obra imprescindible que contiene una narrativa intensa y profundamente humana.

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Seitenzahl: 503

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Nuestro especial agradecimiento a los hijos del autor, quienes, con

admirable generosidad y compromiso, han contribuido decisivamente a que esta edición pudiera llevarse a cabo, en su empeño por preservar

la vigencia de la obra de su padre.

CUENTOS

CARLOS HUGO APARICIO

CUENTOS

OBRAS COMPLETAS

~ II ~

Aparicio, Carlos Hugo

Cuentos : obras completas / Carlos Hugo Aparicio. - 1a ed. - Salta : Edicio-nes BTU, 2025.

Libro digital, EPUB - (La pluma de oro)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-950-851-153-9

1. Narrativa Argentina. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. 3. Cuentos.

I. Título.

CDD A860

© 2025, por Ediciones BTU

Colección La pluma de oro

ISBN OC: 978-950-851-147-8

T. II: 978-950-851-149-2

Depósito Ley 11723

Ilustración de tapa: Puerta 949, Neri Cambronero (1978). Óleo sobre chapa-dur, 102 x 136 cm.

Diseño y arte de tapa: [email protected]

Edición literaria: Rosanna Caramella

[email protected]

@edicionesbtu

Tel. +54 387 5005492

Todos los derechos reservados.

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Criterio de edición

La publicación de las obras completas de Carlos Hugo Aparicio inaugura la serie Clásicos de la Litera-tura Salteña, integrada en la colección La pluma de oro de Ediciones BTU. El propósito de esta iniciativa es ofrecer al público la recuperación de la obra de autores fundamentales del canon regional.

La obra de Aparicio se construye en el cruce entre lo íntimo y lo histórico, entre la experiencia singular y las tensiones colectivas que atraviesan el devenir del noroeste argentino. Su escritura —de aguda sensibilidad y sostenido compromiso— da lugar a una poética que in-terroga las formas del desarraigo, las voces silenciadas y las fracturas sociales desde un lenguaje tan sobrio como revelador. Esta edición organiza su producción literaria en tres volúmenes, distribuidos según los géneros que abordó a lo largo de una trayectoria tan coherente como diversa. Lejos de limitarse a una clasificación formal, esta estructura busca ofrecer una lectura integral de una obra que, con lirismo contenido y mirada crítica, supo articular lo personal con lo político, lo estético con lo ético, y dejar una marca perdurable en la literatura de la región.

Carlos Hugo Aparicio

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El primer volumen está dedicado a su única novela, Trenes del sur, escrita en 1968 y publicada por prime-ra vez en 1988. El segundo volumen reúne sus libros de cuentos, mientras que el tercero compila su obra poética.

Cada uno de los textos se reproduce en su versión íntegra, precedido por un facsímil de la tapa de la edi-ción original, acompañada de los datos editoriales per-tinentes y, cuando corresponde, referencias a premios, reediciones u otros elementos contextuales relevantes.

La obra de Aparicio

La cronología de la producción completa del autor permite advertir la evolución de su poética a través de un itinerario literario que alterna, con singular fluidez, los distintos géneros que cultivó. Esta perspectiva dia-crónica ofrece al lector una visión integral del proyecto escritural de Aparicio y del lugar que ocupa en la tradi-ción literaria del noroeste argentino.

Pedro Orillas(poesía, 1965)

El grillo ciudadano (poesía, 1968)

Los bultos (cuento, 1974; 2.ª ed. aumentada, 1978)

Andamios (poesía, 1980)

Sombra del fondo (cuento, 1982)

Familia tipo(cuento-poesía, 1983)

Trenes del sur (novela, 1988)

El silbo de la esquina (poesía, 1999)

Días de viento(cuento, 2007)

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Sombra del fondo y otros cuentos(cuento, 2013)

Romance del bar(poesía, 2010)

Pedro Orillas(poesía, 2014)

Lota del parquecito(cuento, 2000(?), inédito en vida del autor).

Los editores

Carlos Hugo Aparicio

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Historia de vida

Carlos Hugo Aparicio nació en el año 1935 en La Quiaca —localidad jujeña fronteriza con la República de Bolivia— lugar de arraigo que signaría toda su vida, expresada a través de su escritura. En los comienzos de la adolescencia fue llevado por un padre deseoso de ofrecer a su familia un horizonte educativo y cultural superador, a la ciudad de Salta, lugar que hizo suyo y donde permaneció hasta que dejó este mundo en el año 2015, después de padecer una desdichada dolen-cia. Esta doble pertenencia territorial, presente especial-mente en sus relatos, hizo que se lo identificara como un escritor salto-jujeño, dicho de otro modo, «regional»

La radicación familiar en la ciudad de Salta no en-contró un clima laboral satisfactorio, por lo que debie-ron vivir precariamente, en un barrio entonces perifé-rico y sujeto a las reglas de la escasez a la que se vieron obligados. Las vivencias de ese tiempo marcaron su de-finición escrituraria desde el comienzo, como se lee en su primer libro de 1965 y como se reitera en cada una de sus propuestas definidoras de esa «orilla».

Recibió reconocimientos significativos como el primer Premio Regional de Literatura en 1986 de la Secretaría de Cultura de la Nación y varios premios provinciales, aunque por su condición de escritor de periferia doblemente marcado por la provincianía y por una propuesta afincada en el vivir y padecer de grupos

Cuentos

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marginados, el ingreso de su nombre al canon no solo fue tardío en 1991 con el acceso como Miembro Co-rrespondiente de la Academia Argentina de Letras, sino que su real participación en ella fue casi nulo.

Seguramente ese perfil hizo que fueran otros crea-dores —los que dan forma a la llamada «cultura popu-lar» y las «culturas regionales»— los que lo acompañaran en ese desafío y con los que tramara un entrañable teji-do de experiencias; tales sus vínculos con escritores de otras periferias como el santafesino José Luis Víttori y de otros géneros como los músicos Dino Saluzzi o Astor Piazzola y la muy importante participación activa en la proyección de sus mundos por la imagen fílmica.

Buscador incansable de canales por los cuales po-ner ante los ojos el territorio social y cultural de perte-nencia, abordó también en conferencias y ensayos bre-ves, reflexiones sobre diversas formas de manifestación cultural como la copla, el relato de transmisión oral o la función del arte, aspectos todos ellos que afirmó duran-te su gestión como Director de la Biblioteca Provincial Victorino de la Plaza (1987-1991).

La crítica literaria reconoce en la obra de Carlos Hugo Aparicio un valor sustantivo tanto por la gesta-ción de una forma narrativa de ruptura para el género, como porque en ella y solo por ella es posible atrapar los perfiles humanos que diseña.

Zulma Palermo

Títulos que contiene este volumen

Los bultos (1974)

Sombra del fondo (1982)

Familia tipo (1983)

Días de viento (2007)

Lota del parquecito(2000, inédito)

LOSBULTOS

Los bultos

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Advertencia editorial

Este libro tuvo cuatro ediciones en vida del autor, como título independiente en las dos primeras y luego incluido en su segundo libro, Sombra del fondo:

1) 1974. Los bultos. Salta, Ediciones del Tobogán. Ilus-tración de tapa: xilografía de Roberto Maehashi.

2) 1978, 2ª. ed. aumentada. Buenos Aires, Castañeda. Col. Letras del Mundo Nuevo.

Primer premio Secretaría de Cultura de la Nación, Concurso Regional de Literatura, Noroeste, 1977

3) 1982, «I. Los bultos», en Sombra del fondo. Buenos Aires, Legasa Literaria. Col. Narradores americanos, compilación de Jorge Lafforgue.

4) 2013, «Los bultos», en Sombra del fondo y otros cuentos. La Plata, Mil Botellas Editorial.

En nuestra edición, hemos recogido todos los tex-tos que formaron parte de este título en esas sucesivas ediciones y agregamos un cuento, «La pieza», que no fue incluido en sus libros por el autor, pero que se incorpo-ró en una plaqueta homenaje publicada por la editorial Biblioteca de Textos Universitarios en 1995: Cuentos. De fiesta. La pieza.

Carlos Hugo Aparicio

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Así, el contenido de este título queda conformado de la siguiente manera:

Los bultos

El último modelo

Las sobras

La pila de ladrillos

La búsqueda

Los inocentes

Barrio «La Aparición»

La máquina

De fiesta

Agua de zanja

Al día

La pieza

1.aedición, 1974, Ediciones del Tobogán, Salta.
2.aedición, 1978, Castañeda, Buenos Aires.

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Los bultos

Al sacar mi pasaje lo vi por primera vez. Me llamó la atención acaso por el chico morenito y de cabellos revueltos que tenía de la mano o por la ocurrencia de cerrar los ojos así de pie, casi al último de la fila, como si quisiera de verdad dor-mir; la cara requemada y tirante en los pómulos, bajo de estatura, engordado seguro por la edad y la vida disi-pada que denunciaba cierto sensualismo de su mirada semidormida, vestido por los baratillos y las ocasiones sin importarle el celeste ridículo del traje, grande para él; de vez en cuando sacaba el pañuelo arrugado del bolsillo de atrás para limpiarse la boca de no sé qué murmullos, mientras el pequeño pegado a sus piernas era la imagen de la soledad huraña que en estas regio-nes se trae desde la cuna. Nada más. Después lo olvidé y hubiese sido para siempre si no estuviera en este mis-mísimo momento acomodándose para compartir mi asiento en el tren, con sus cinco bultos respaldándolo desde cualquier sitio posible, una valija marrón, barata y baqueteada la pobre, reforzados sus cierres con piola

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dándole vueltas varias veces a lo ancho y a lo largo; un canasto amarillo con franjas rojas despintándose por el uso, lleno hasta rebalsar en un lomo contenido por lo que parece mantel o servilleta grande; dos cajas, de esas de zapatos, por reventar y también aseguradas a nudos ciegos de piolín; y otra caja más grande envuelta en bol-sas vacías de harina o de cemento, palito como dirían los changos en el barrio, todos a su alrededor, arriba, debajo del asiento, qué llevará este tipo, no me dirá que se está trasladando; aunque no es el único, hay quienes suben aún mayor cantidad de bultos.

Las prolijas y enérgicas revisaciones aduaneras de los días hábiles no son frecuentes la mayoría de los domin-gos como hoy, salvo algún funcionario soñoliento, uno que otro gendarme desvelado se hacen presentes por formalismo a palpar apenas algunos equipajes, nada a fondo como los lunes por ejemplo, abra esa bolsa, vuél-quela no importa en el piso, desate esa valija; manos ciegas adentro, escarbando implacables, tanteando por la presa valiosa.

Cómo demora en partir este tren, ya debe estar atra-sado; mi impaciencia hojea sin interés el diario de hace tres días (así llega aquí); a mi alrededor crece la agitación con inminencia de última campanada; gente que sube traspirada y acezando, busca lugares apropiados, aquí che, que no da la luz; gente que se despide en voz alta, saludalo en mi nombre, escribí, no seás floja y no te olvidés de averiguarmeló; gente en el andén ofertando empanadas, refrescos, masitas, y a escasos cien metros, la campana de la Iglesia llamando a misa, y esta ternura

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que me nace por las calles siempre pálidas y polvosas, abiertas en la soledad, con alguna sombra esporádica yéndose apurada o quedándose al sol, tomándolo casi con abandono absoluto.

La familia en pleno lo ha estado ayudando; su mu-jer, pequeña, bien nativa, ocupándose con manos in-quietas y duchas de esto o de aquello, con la seguridad de quien está acostumbrado a hacerlo; los cuatro hijos varones, incluido el pequeño, colaborando a la par, al-canzame las botellas, subí la bolsa de naranjas, no te olvidés de echar la carta, mejor certificala, hacé el tele-grama; y después de nuevo el silencio como una red de la que es imposible escapar; ni siquiera hay la despedida que uno se imagina, insensibilizados como están por esta rutina, con la resignación del que no conoce ni quiere conocer otra cosa, y si lo quiere se lo traga hasta olvidarlo.

A mí, particularmente en esta ocasión, me molesta sobremanera tener que viajar en compañía; no me gus-ta confraternizar, prefiero gozar en soledad de lo que puede depararme el viaje; qué lindo hubiera sido dis-poner para mí solo de la ventanilla, sentirme cómodo, a mis anchas, ir saboreando sin testigos meteretes este paisaje entrañable, estirar las piernas hasta el asiento del frente si era necesario, moverme a mi placer; y qué macana si se larga a charlar, cuando toman y apenas se chispean algunos hablan hasta por los codos; que lo parió, cómo no me compré boleto de primera, solo por ahorrar unos cuantos pesos; ahora con el tren en marcha ya es tarde, y para peor saca no sé de dónde una

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botellita verde y sin ningún disimulo comienza con los tragos y los tragos, saboreándolos hasta pasarse la len-gua por los labios y limpiárselos luego en la manga del saco mirando de paso furtivamente mi mal humor al compás de su coca disimulada como una levísima hin-chazón de muelas.

Y ya desde la primera estación comienza a manifes-tarse su apetito; una sopa aquí, tamales allá, otra botella llena en lugar de la vacía, empanadas de pollo que come quemándose y un vaso de vino tinto para asentarlas.

Era de esperar, con la embriaguez paulatinamente va disipándose su desconfianza; se le va suavizando el rostro áspero, adquiriendo cierta sociabilidad y no solo en apariencia, sino que, después de algunas vacilacio-nes, por fin parece decidirse.

Qué calor, ¿no?, ¿viaja lejos, amigo?, me parece ha-berlo visto antes, ¿no?, qué suerte que no revisaron, ¿no?, gracias a que es domingo, ¿sabe?, vamos a ver más adelante…

Y otro trago, y otro puñado de coca, y otro mordis-co a la piedrita gris que saca del bolsillo y escoge de en-tre monedas, fósforos sueltos y hasta pastillas de menta y píldoras; y yo qué voy a querer de la misma botella ni en broma.

¿Vio mis hijitos, don?, y eso que faltaba el mayor, ¿sabe?, lo tengo estudiando en un colegio de Salta, ¿sabe?, sale caro, por supuesto pero qué le vamos a hacer si uno no se sacrifica por ellos, ¿quién más no?, y sabe don —ahora susurra— con esto se gana cualquier cosa, allá se pelean por las medias, por las radios, basta que

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sean importadas pagan lo que les pida, ¿sabe?, claro que hay que saber rebuscárselas, tocar a alguien importante, ¿no? —guiña un ojo—, buscarse alguna cuñita, ¿sabe?,

me lo cuenta sin la menor desconfianza, siempre amable, aunque una forma de mirar como escurriéndo-se, una chispita repentina aflora de tiempo en tiempo en sus ojos ya irritados. Casi sin darme cuenta empie-zo a alargar mis respuestas, a prestarle mayor atención, a preguntarle a mi vez sacando más frecuentemente la mirada de estas lejanías abrumadoras; ahora sé lo que lleva y me admira que lo haga tan a la vista; exprime salivosamente, puede ser fácil la décima naranja; una sí la acepto; la pelo a las apuradas, desde su boca a la mía se traslada involuntariamente el deseo imperioso.

Pasar la frontera no es problema, ¿sabe?, de noche por las quebradas y el río, sobre burros o a la espalda no-más, ¿sabe?, lo jodido es llevarlo al sur; si a uno lo pillan está listo, ¿sabe?, además de quitarle todo lo fichan y lo meten preso; claro que se sale pero ya no es lo mismo, ¿sabe?, uf, hace ya tanto que ando en esto, ¿sabe?, estoy tan acostumbrado… además no sé hacer otra cosa… y como le digo, sangre fría y suerte, sabe, don…

Y los tragos se suceden como los mojones de los ki-lómetros, y la voz traspirada va decayendo y dando paso a un sueño húmedo y pesado.

Afuera pasa lo de siempre, primero la pampa pe-lada y dura de la puna, con su sobresalto de llamas de ojos de mujer diseminadas en la inmensidad desolada de la tierra ocre perdiéndose contra los lejanos cerros azules, tierra de una belleza que se da sin precio ni con-

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suelo; después, y a medida que se desciende, el suelo va verdeciendo tímidamente y los arbustos se mezclan con los cardones y los primeros árboles, sin olvidar del todo aquella piedra solitaria, sentida como la piel del hombre que trepa al tren donde nadie se imagina y se envuelve en un rincón de intemperie vieja como su poncho.

Ahora, un ronroneo envidiable acompasa su respi-ración; el sol que irrumpe por la ventanilla le quema seguro la cara de brillo aceitoso; una lentísima gota baja rastreando por la mejilla derecha y la comezón que me da a mí a él no lo inmuta; se me está haciendo simpá-tico, ya no me importa tenerlo al frente; y miro en él al pequeño del mechón rebelde, inmóvil de su mano como mimetizado por el afecto o el miedo. Recién se despierta, se prueba la saliva; pestañea; con el revés de la mano se seca la frente; estira pegajosamente brazos y piernas; bosteza aflojándose el saco; repara en mí como disculpándose; escupe sobre el piso, entre sus pies, y pisa restregando el escupitajo; respira hondo y en se-guida se hurga impaciente por la botella; le da un trago interminable.

Se le ocurre levantarse en cada estación o parada,

Me cuida los bultitos, ¿quiere, don?, vuelvo en seguida, ¿no se le ofrece nada, no?

y se baja al andén; desde luego otra empanada, otro vaso de vino, qué aguante.

Dormito también, o al menos trato, o si no, miro la gente que sale a ver al tren, las muchachas en especial

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que pasean bien arregladas y alegres; por ahí también me compro un quesillo, una manzana.

Cuidemé mis bultitos, don, esos cinco, ¿sabe?

sí, ya sé, ya sé, los tengo metidos en la memoria de tanto mirarlos y cui-dárselos; esto ya no me gusta; conversar, acompañarse, pasar el rato, vaya y pase, pero cuidarle sus cosas en cada detención sin que yo mismo pueda moverme para mis necesidades me suena como un abuso, una falta de delicadeza; no se da cuenta o no le importa; qué des-considerado, él dándose los gustos y yo velando por su contrabando, sí señor, su contrabando; se me vuelve la antipatía, la incomodidad, que lo parió, en primera se rola con otra clase de gente, de más categoría, turistas, estudiantes, personas respetables;

Cuidemé mis bulti-tos, don.

Ya ni necesita decírmelo; y, es el colmo, ya ni me lo dice; se levanta y se va, y yo, señor, clavado en este lugar como un cómplice cualquiera, a cargo del platal en me-dias de nailon, transistores, relojes y qué sé yo.

Y tiene suerte el tipo; la suerte que se ruega seguro allá detrás con velitas a la virgen; suben gendarmes del sur, se les nota en la tez clara, en los ojos, en los cabe-llos, en el acento; parecen contagiados del desgano del domingo pues se conforman con mirar al vuelo, pedir algunos documentos y listo;

Puede decirse que ya estoy salvado, ¿sabe?, aunque revisen a la llegada, allá me las

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sé arreglar, ¿sabe, don?…

Y otra vez el guiño confianzudo del ojo; y no sé qué contestar unido como me siento a su alegría; la vela lagrimea incesante frente a la imagen impávida de la virgen en la estampita dorada y vieja.

Otra estación a la media tarde y

Cuidemé los bul-titos, ¿ya?

cuándo no; paciencia; me da sueño, sin dar-me cuenta dormito unos segundos, bruscamente me repongo, aspiro hondo, abro bien los ojos, pero tras un pestañeo inútil caigo dormido del todo; la modo-rra me puebla como un arrullo poderoso, me entrego totalmente al sueño a pesar del último esfuerzo de la voluntad pegajosa.

Me despierto al rato; el tren se halla en plena mar-cha; me despabilo avergonzado, sin embargo nadie re-para en mí, y hasta hay quienes duermen en insólitas posturas. Pero qué pasa, el del frente no está; los bultos, uno, dos, tres, cuatro y cinco, siguen en sus lugares tal cual los dejó; con quién se habrá encontrado tal vez en otro coche; mejor así, por lo menos me deja tranquilo; pasan los minutos, otra estación, de nuevo en viaje, y no aparece; me da rabia, por qué tengo yo que afligir-me, que aparezca cuando se le dé la gana y si no apa-rece a mí qué me importa; súbitamente me pongo de pie, renegando entre dientes recorro el tren de punta a punta y no lo encuentro; dónde se habrá metido, hay que joderse, qué me hago ahora; ¿lo estará haciendo a propósito?, ¿para qué?, ¿por qué?; a lo mejor no es

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contrabando o es uno más serio de lo que pensaba; me fijo, asiento por asiento, en el coche comedor incluso, y no está, ni señas; a quién contárselo, pedir ayuda, ni soñando; lo más probable es que haya perdido el tren; un vasito de cerveza más, sirva otro plato, hay tiempo; se ensordece uno a veces con algún sabor, alguna sen-sación; merecido lo tiene, qué forma de viajar, se diría que lleva trapos o papeles viejos; y no digamos su falta de cortesía, señor, esas no son maneras; qué hago, qué hago, me dan ganas de irme a otro coche, y que se va-yan al diablo sus cosas, qué tengo que comprometerme por un desconocido; pero no puedo, no puedo; además estará desesperado,

Mis bultos, mis bultitos, paren el tren, dónde hay auto de alquiler, por favor, pago lo que sea, Dios quiera que ese señor tan atento me los cuide, mis bultitos…

Se me van como por encanto el sueño y el can-sancio, no quiero ni pensar en el lío en que me estoy metiendo, ni que haya otra revisación aunque invente excusas inservibles, maneras ridículas de burlarla; de esta sí que no me salvo; bueno, si vienen les digo la verdad, que no son míos y chau; pero esa no es la ver-dad que siento, la que me deja conforme y no tardo en comprobarlo:

Esos bultos, señor, ¿son de usted?

Sí, son míos, míos…

Ah, está bien, boletos por favor, boletos…

Así que son míos, pedazo de estúpido, míos; los

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miro rencorosamente, los odio, los patearía hasta can-sarme; aunque no sé, algo me impulsa a ampararlos, a no abandonarlos. Me aquieto, trato de resignarme, qué más me queda. Cómo será mi desatención a los demás que recién me doy cuenta de que entramos melancóli-camente en la noche y con ella en los últimos tramos del viaje; he perdido la noción de la distancia, del tiem-po; mi traje está arrugado, sucio de tierra, en mi piel siento una sequedad agobiante, como si por horas hu-biese estado la vida, el tiempo bajo mi piel, y yo encima, inalterable, inmóvil.

Me resigno a que no aparezca; ahora lo que me pre-ocupa es que me registren en la llegada; cómo bajo los bultos para no llamar la atención, con quién me en-cuentro, qué vergüenza, a cuál hotel voy, cómo averiguo del tipo, a lo mejor se consiguió nomás un auto y me estará esperando entre afligido y sonriente, el pobre, qué suerte, qué alivio bárbaro, me miro darle la mano, abrazarlo.

No, no es nada, al contrario, mucho gusto, el placer ha sido mío…

Claro que de haber sido así tenía ya tiempo de ha-berme hallado en alguna estación anterior; lo más segu-ro es que esté la policía,

Usted es su compinche, confie-se todo.

No, yo no sé nada, lo juro por mis hijos, no sé nada, es tan solo una casualidad maldita…

Pasa de nuevo el guarda, se me hace que me mira con mayor fijeza; sin embargo sonríe al pedirme el bole-

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to; ya estamos llegando.

Revisan. Nadie se puede librar. Por una denuncia, hoy el registro será más riguroso. Se me afloja el estóma-go, la memoria, las piernas; traspiro entero; me cuesta respirar, se me traba la lengua, tropiezo al primer paso, quisiera meterme en el último rincón, esconderme para siempre; yo no he sido, señorita; ha sido el niño de aquel banco; yo no he sido, papá; yo no he sido, mi sargento; señor jefe, yo no tengo la culpa.

Nos hacen bajar en orden estricto para irnos me-tiendo en un galpón amplio; ahora negar sería infantil, yo mismo he acarreado uno por uno los bultos delante de todo el mundo, los he acomodado a mi lado, sin fuerzas para rebelarme, aunque mi mujer llore toda la noche y mis hijos me llamen a los gritos.

Revisan gendarmes y aduaneros de civil, sin pausas, con saña, seguros de encontrar lo que pretenden; ya hay varias valijas desentrañadas, algunas sin culpa, otras con el delito a la vista, a los pies de los responsables; llo-ra una mujer retorciendo su pañuelito, mira un perro en los ojos.

No sé por qué me he tranquilizado, será que en el fondo no soy culpable, será que guardo la secreta con-fianza de ver aparecer al dueño el rato menos pensado y se haga cargo como corresponde, él es canchero y no le va a ser difícil superar el mal momento; será lo que Dios quiera; me asombro de mi propia calma, hasta se me ha disipado por completo la indignación que tenía contra el verdadero responsable.

Le toca a usted, amigo…

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El oficial me mira, después mira los bultos, solo un ratito, me mira de nuevo más fijamente, no disimula la sorpresa y suelta sus palabras como si no hubiera nadie más que nosotros dos:

¿Vos aquí?, qué haces viejo, cómo te va; mirá dónde te vengo a encontrar, te acordás de mí, ¿no es cierto?

(No me acuerdo un pito, no lo conozco ni jamás lo he visto antes.)

Sí, claro… qué tal, cómo no me voy a acordar…

Qué hacés che; y esos bultos, ¿son tuyos?

Y sí, son míos…

Bueno, siendo así llevatelós nomás, qué te voy a revisar a vos, sos amigo, ¿o no?

Y su carcajada es como una lluvia torrencial sobre la mayor sequedad de que tenga memoria; qué frescura para desnudarme en-tero y bailar de alegría; qué sed repentina para beber el trago del alivio más largo del mundo.

Además te veo después de tantos años y siendo mi viejo amigo basta, ¿eh?

Me palmotea confianzudamente; por mí puede gol-pearme si quiere; me ayuda solícito a conseguir changa-dor, me despide alegremente;

Si te quedás unos días a lo mejor nos vamos por ahí…, sería lindo para recordar tiempos idos, ¿eh?, chau viejo;

Chau, chau, gracias, mu-chas gracias…

Con cada palabra trato de vaciarme la

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mala sangre, el pus, de quedar limpito; los nervios afue-ra como los cables gastados de una luz dolorosa, todo a la basura, mientras voy dejando atrás, sin volverme a mirarlo siquiera, el último saludo de esa mano extraña.

No me acuerdo el nombre del hospedaje, ni cómo he subido hasta este cuarto en el segundo piso, ni quién me ha ayudado, me ha atendido; solamente sé que tuve tal sed que me tomé tres naranjadas al hilo, si no me equivoco al contar las botellitas vacías sobre el velador. Tirado, sin desvestirme, sobre la cama, he dormido de un tirón, sin un sueño.

El sol penetra por la ventana abierta, se expande por la pared como una mancha de aceite. Me levanto, me aseo, mientras me cambio de ropa los descubro tal como los dejé, amontonados en un rincón; de golpe me siento otra vez como en un nudo ciego, y al acercármeles para acomodarlos mejor, noto en el aire como el rasguño de una desconfianza, el gruñido de dientes inamistosos, me detengo tercamen-te rechazado; intento varias veces aproximármeles, pero me quedo en el ademán trunco de acariciar a un perro abandonado, bruscamente hostil.

Salgo a la calle desorientado; no sé qué voy a hacer; leo de punta a punta el diario, en vano; merodeo por la estación; a la Policía no puedo ir; ni siquiera le sé el nombre ni la dirección como para escribir; si no fuera que jamás creo en cosas sobrenaturales, no sé qué con-clusiones sacaría.

No vuelvo al hospedaje en todo el día; vago por la ciudad buscando entre la gente algún rastro, algún in-

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dicio; en el mercado gasto horas con los que comen olvidados a lo largo de mesas comunes y beben intermi-nablemente. Cómo puede ser, qué es lo que en realidad está pasando, no hay lógica, no hay explicación.

A la tarde entro a un cine para olvidarme un poco, pero es inútil, yo solo miro películas de un desapare-cido que me condena a un arrinconamiento en plena intemperie, a ser un náufrago mudo en medio de miles de manos disponibles.

Al volver a mi habitación me cuido de hacer ruido, no quiero despertarlos, temo a los dientes por morder, los respingos huraños; sin prender la luz me acuesto a la adivinanza, me tapo cabeza y todo.

Madrugo; nunca me he vestido tan rápido ni tan a los tirones; salgo a la calle sin mirar siquiera el rin-cón hostil; no quiero volver más a ese cuarto, que se pudran; hoy mismo me voy; no sé si lo he soñado o lo he sentido entre sueños: toda la maldita noche sollozos arracimados, apenas perceptibles, ayes lejanísimos, ge-midos como enterrados, aullidos diminutos, quejidos amontonados, voces como en sorda oración. Me viene una pena más grande que yo, lástima de mirar por ejem-plo la soledad de la vida delante de una familia entera humildemente agrupada para una fotografía amarilla; ando extraviado por calles cuyos nombres olvido; ni en las plazas siquiera hallo sosiego; la mosca de un presen-timiento zumba terca alrededor de mi corazón aunque me niegue con todas mis fuerzas a hacerle caso.

Y entonces todo es como una trompada traidora en la nariz o un telegrama de luto al alba en menos de

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siete líneas del diario, escritas sin saberlo justamente para mí, entre titulares de guerras, revoluciones, huel-gas, amores, la página social, las loterías, necesito mu-chacha buen sueldo, el próximo domingo otra fecha del campeonato de la Liga; pobre tipo, ya sabía yo, quién aguanta comer y comer, chuparse botella tras botella; alguna vez el corazón también se cansa.

Corro a lo que doy, tropezando contra la gente, chocándola, subo las escaleras a los saltos, casi me res-balo y me voy al diablo; qué desgracia, abro la puerta con los dedos con lágrimas, me arrodillo junto a ellos; mansamente se entregan a mis manos, los acaricio en-ceguecido entre papá, papito, mi marido; trato de sua-vizar los nudos de la piola, palpo temblorosamente la piel gastada de la valija, quisiera abarcarlos en un solo abrazo que los haga llorar, desahogarse sobre mi pecho, humedecerlos de lo que pudo ser lo último en gritar, en pensar, en pedir, mis hijitos, mi mujer, mis bultos.

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El último modelo

Mi hermana entra casi corriendo con el número en la mano y mostrándolo agitada explica:

se lo compré a un churro bárbaro, ojos azules, de locura, si vieran.

ca darse cuenta; además las veces que vuelve del centro tiene cada ocurrencia, que un morocho así, un porteño divino, un chofer asá, no sé si lo inventa o de verdad le ocurre, lo que es muy posible viendo cómo va poblándose mujer cada día que pasa; vive divirtiéndo-nos a todos, claro, menos al viejo que si la sorprende la hace callar con la mano, sin que la tonta escarmiente, como ahora que en el entusiasmo no lo advierte remen-dando la pared de arpillera blanqueada; y, entonces, el viejo:

¿qué número?;

y todos:

¿qué número?

y el número de rifa ya sobre la mesa mientras ella no atina sino a despacharse a los tragos forzados presin-

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tiendo seguro lo que le espera; es un número para un coche último modelo; ¿ven?, y hay otros premios, un combinado, cocinas, televisores, miren, planchas, qué tal si tenemos suerte y nos sacamos algo;

y el numerito colorinche al medio de nosotros, con el auto verde dibujado en el centro y a su alrededor to-das las otras cosas desafiándonos; el viejo, horno hasta enrojecerse, hinchándosele el cuello y las palabras de repente guasas y la mechoneada a la par, pobre vieja, pobres de nosotros, refugiados en un silencio común de impotencia; qué macana ha hecho; buen mozo debe haber sido el tipo que le vendió la rifa para gastarse así la plata sabiendo que apenas andamos, que en estas co-sas, según el viejo, uno en la perra vida saca nada; ade-más conociéndolo, si tenemos que rendirle cuenta gota por gota de lo que ganamos y ni así se lo conforma; mi hermana llora, se arrincona, se mete en su cama; noso-tros comemos lo más rápido posible y, como siempre en estas ocasiones, nos levantamos apresuradamente y nos vamos cada cual por su veredita. Agarro mi cajón de lus-tra y enfilo a la plaza queriéndome olvidar del mal rato.

Han corrido varios días y recién me doy cuenta de que no sé dónde está el número, qué lo han hecho, si guardado, roto, tirado; no me animo a preguntar, poco caso me hacen y a ver si también la ligo. Hoy no salgo a lustrar pues estoy medio enfermo, hace frío, y la vieja me reta si me levanto, por eso de los resfríos mal cu-rados y las pulmonías; a mí no me gusta la cama, soy madrugador por costumbre de aprovechar el alba para traer agua del surtidor de la esquina el año redondo en

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dos tarros de aceite vacíos; a esa hora, especialmente en invierno, no se hace mucha cola; pero tengo que que-darme en cama; leo revistas de chistes, duermo, vuelvo a dormir; cansándome doy vueltas y vueltas; me duele la espalda y con la calentura todo se me agrava y vuelve insoportable. Cerca de las doce me despiertan los gritos amontonados; entran mis hermanos en tropel como puestos de acuerdo; por supuesto no está aún el viejo, él llega siempre después (y hay que esperarlo); todos se confunden, hablan a la vez, no se los entiende, qué dia-blos sucede, a lo mejor han hecho otra fechoría, hijitos son, el que descarga en la playa de la Estación traerá un queso o una mortadela afanada, o no sé, pero gritan y yo no aguanto, me visto a las apuradas y salgo a ver;

mirá changuito, tomá el diario, leé, Primer Premio Un Automóvil Último Modelo N.° 00487, nos sacamos el auto, hermano, es el mismito número, yo lo tenía anotado, mirá, mirá;

no hay caso, es el mismo núme-ro, de verdad. ¿Dónde está el número? ¿Quién lo tiene? ¿Quién? Y nadie sabe, nadie, nadie, nadie, ni la vieja ni yo mirándonos azorados; en eso llega el viejo;

¿Qué pasa con tanto alboroto?

Viejo, nos sacamos el auto.

¿El qué?

El auto, el auto, el auto;

Y el viejo asusta los ojos, increíble, no puede ser;

mirá aquí está el diario, es el

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número, el mismo;

el viejo tiembla entero al sacar el número bien dobladito del bolsillo de atrás; y sí, es el premio, porque compara los números y se queda mudo, relee, nos mira, y ya no sé nada porque todos nos abra-zamos incontenibles, mejor que en año nuevo, besamos a mi hermana que quiere llorar y no sabe cómo, el viejo mismo la abraza como disculpándose;

mi hijita,

y ella solo balbucea:

han visto, han visto. También, no es para menos, nos miramos como con fiebre, nos cues-ta aquietarnos; hasta hablar; la vieja llora, colmada de vida de la noche a la mañana; podemos ir cuando quie-ramos a Jujuy, a Tucumán y hasta a Buenos Aires si se nos ocurre, por qué no; se nos fuga el hambre, ni vamos a trabajar, el viejo se las pasa relamiéndose, qué debute, un auto, un auto, y flamante, de moda; vuelan planes, ideas, que lo manejaré yo, que yo, que yo, y el viejo, que cuando joven fue camionero, termina que solo lo va a manejar él y basta. Pero qué importa si adentro entra-mos todos. No podemos dormir, a oscuras nos decimos cosas, las voces temblando de intimidad, de desahogo, de terrible felicidad.

Hasta que por los diarios nos citan para ir a cobrar el premio nuestra vida es la dicha sin nombre, nunca hemos vivido así, ni cuando algunos días la plata nos alcanza para hacernos un churrasco como la gente; in-cluso el viejo es ahora un pedazo de pan, que chiquita andá a tal cosa, que hijita de aquí, que niñita de allá, y

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para todos así, con cariño, sin voracear; salimos a traba-jar contentos, a las doce hablamos y hablamos, de los 180 kilómetros que puede dar, de lo que gasta en nafta, barajamos colores, modelos; cuando a alguno se le ocu-rre la idea de venderlo para aprovechar la guita, el viejo lo fulmina de una mirada:

eso nunca, la primera vez que nos toca algo hermoso hay que gozarlo como co-rresponde, además vender lo que da la fortuna trae des-gracia;

y en verdad, yo siento que en lo íntimo nadie pensó seriamente en venderlo.

De noche, apagada la lámpara, conversamos y con-versamos, ya tarde, nos ha llegado a cada uno dulce-mente el sueño, aunque no quisiéramos dormir espe-rando tan intensamente el día del milagro.

Vamos en montoncito a tomar el ómnibus de la es-quina. Cada uno vestido con lo mejor. El traje de la primera comunión ya me anda chico, pero igual me las arreglo; me ajusto el cinto algo más debajo de la cintu-ra, así la botamanga aparece normal; lo mismo todos; el viejo usa su traje marrón descolorido en los codos y las rodillas, y la vieja tapa como puede con su chal viejo el único vestido de invierno que tiene; los vecinos nos miran entre cuchicheos, saludan atentos, ya deben estar sabiendo los desgraciados, aquí todo se sabe rápido, y estarán ardiendo de rabia y envidia por la vidurria que nos vamos a dar, nosotros que ni bici podíamos tener, ahora con un autazo de los mejores; después de todo me da lástima que no les toque a ellos también la suer-

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te, como tengo pena por la casita que atrás se queda tan pobre y sola y que ni se imagina lo que dentro de poco se le va a parar afuera.

Nos reciben amablemente las autoridades del cole-gio organizador de la monumental rifa, como decían las propagandas; hay fotógrafos que nos agrupan, nos ma-nejan como a niños, nos deslumbran y se van, señores bien trajeados, de corbata, algunos estrechan la mano del viejo, nos palmean;

los felicito. Qué suerte, ¿no?

el viejo,

magnífico, magnifico,

con la mejor cara que puede poner; alguna que otra señora elegantona y desdeñosa mira de lejos sin aso-ciarse a esta ceremonia que nos hace sentirnos los más importantes, sus únicos dueños, esperando, casi con las manos extendidas en conjunto, el racimito tintineante de las llaves que el viejo agarra después de limpiarse nerviosamente la mano en su propio saco; no sé si reír-me o ponerme a lagrimear como la vieja, en su rincón eterno, hasta con miedo de llevarse los dedos a los ojos, o siquiera dar un paso, moverse, por mirarlo ahí, gran-de, celeste, de puro cielo, nuestro, atuque, los asientos rojos, con radio y todo, quién lo hubiera soñado, her-manita sos un kilo.

Nos atascamos pero cabemos todos, el viejo al vo-lante, yo a su lado, orgullosos, rellenos de emoción, conteniéndonos en respirar, urgentes por irnos, por empezar a rodar y rodar, qué grande; el viejo arranca despacio, maneja con cuidado, se nota que le cuesta

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acordarse, también hace ya tanto tiempo, se justifica; avanzamos mudos, viviendo torrencialmente cada uno hacia su propio corazón, dueños del mundo; hacía mucho que no andaba en un auto como este, desde el último entierro que los tuvo de alquiler, cuando nos pe-leamos por ganar un lugarcito, no importa en el asiento trasero; pero ahora es diferente, es bien nuestro, mío. Llegamos derechito al barrio, sin querer mirar a nadie, acaso con algo de vergüenza por ser tan afortunados; nos ven pasar con ojos agrandados, ensayan un saludo, una pregunta indecisa. Lo para a la puertita de madera atada con alambres, quién se quiere bajar, quién habla, quién dice mu, quién desea desprenderse de este aroma maravilloso de coche recién estrenado, no falta ni una palabra, solo el gesto común de ir como despertando de un sueño mágico; bajamos lentamente, el viejo cierra con suma delicadeza las puertas, sube los vidrios, con-trola las ruedas, quita una pelusa de aquí, una basurita de allá, se empalaga contemplándolo; nosotros, detrás, en silencio, asintiendo con alma y vida, a cada signo de admiración, a cada ¿Qué lindo, no?; de golpe me llama:

vos ponete ya nomás a limpiarlo, no hay que dejar que se ensucie, en estas calles de tierra se llena en segui-da de polvo;

y yo, feliz, feliz acariciándolo, aunque sea al atardecer de irme a la esquina, de correr al baldío de la vuelta donde la pelota sabe que le soy infaltable. Total este sí es brillo mío, bien mío, y no el que saco de zapatos desconoci-dos todos los días en el centro.

Nadie desea ni intenta salir ya mismo en el auto, el

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viejo menos; estamos cansados de un cansancio nuevo, que nos agobia, nos sujeta, nos empuja suavemente a la quietud, posterga el gran paseo por todas las calles; mañana sí vamos a salir temprano;

sí viejo, sí mañana temprano, ahora mejor descansar.

Esta noche, alguno de nosotros debe pasarla en el coche, ustedes saben, la maldad no duerme, a ver si lo rayan, lo pinchan, todo se puede esperar, y claro, todas las noches por turno hasta que consigamos dónde guar-darlo, uno tiene que desvelarse en el auto, con tal nos turnamos sin chistar, una porque es ley del viejo y otra porque la compartimos totalmente. Le toca al mayor que se va silbando a cumplir.

Pero hoy, a la media cuadra, cuando ni siquiera em-pezamos a tomarle el gusto a la emoción de la primera vuelta, el auto se nos para y no va más; el viejo descon-certado se baja y comprueba lo que dice gritando:

son vivos estos cosos, te ponen la nafta justito para sentirte lejos y chau;

no tiene ni una gota, qué mala pata; con la vieja aún adentro lo empujamos entre todos para atrás, hasta la puertita otra vez, porque a nadie le sobra cinco para nafta, y, por el contrario, si no salimos urgente-mente a changar, no comemos.

El viejo le echa llave entero, se queda triste mirán-dolo un ratito, y de nuevo soy el que se tiene que que-dar a cuidarlo;

mucho ojo, que no se le acerquen, noso-

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tros traeremos nafta;

qué más me quiero, me quedo, no salgo a lustrar, de la escuela ni me acuerdo, meta a limpiarlo y tocarlo y mirar por las ventanillas el tablero de los números blancos y bonitos; espanto a los changos, amigos o no, que se aproximan maravillados siquiera a palparlo, soy grande para mi edad por eso me respetan y me hacen caso llenos de envidia y de bronca, de lejos me gritan caguila, me insultan, bah, me les río; uno se anima más, se sienta en el suelo;

¿Es tuyo?

¿Y de quién más?

¿Sabés manejar?

y claro que sé.

Los vecinos grandes también cu-riosean, a esos les contesto que sí, que no, no les doy mucha colada, por eso se alejan seguro carajeando por lo bajito.

Vuelven todos con la cara larga. Apenas juntan para comprar un poco de salame, una tira de pan francés y el vino, no sobra nada; a mi hermana no le quisieron dar vale, tiene casi toda la quincena adelantada; apenas co-memos, no dan ganas, apenas podemos creer que esto sea así; el viejo, rabiando por la mínima cosa;

changos inservibles, cómo no va a haber changas si hay a patadas, lo que pasa es que ahora se creen señores, eso es lo que pasa;

mejor no comer, ni verla a la vieja tragar más el miedo y la pena que el bocado, así después de vivir la gloria,

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la luz más hermosa; no hay ni de quién prestarse unos pesos después de deberles a todos. Por más que nos des-esperemos, parece mentira que con semejante auto a la puerta, por unos litros de nafta se arruine todo. Yo sé que es verdad, que es difícil en esta época conseguir así no más un trabajo permanente, que todas son changui-tas, y el día que fallan sonamos. No hay plata, no hay nafta, no hay coche. Será mañana entonces. Esta noche otro, al que le toque, hará vigilia en el auto.

Hoy ha sido un calco de ayer. Son rachas, no hay caso, se dan siempre. Hasta el viejo que nunca falla vie-ne con las manos vacías; ahora no es solamente el co-che inútil e inmóvil, sino el hambre, un jarro de mate cocido con pan de ayer no basta; se hace la noche y se suma la pena, el desaliento, qué vamos a decir ni hacer; ya bien tarde llega mi hermana, cómo será el áni-mo del viejo que ni de menos la echaba, él que la vive controlando, y ella nos levanta de un grito, trae plata, bastantes pesos, el viejo ni le pregunta de dónde los ha sacado, se los arrebata de un manotón, por fin, se nos vuelve la emoción, alcanza para comer mañana y para varios litros de nafta, qué bueno, ahora sí que es seguro; mi otro hermano se va más contento que nunca a cumplir su turno en el auto. Si no dan ganas de dor-mir. El mismo viejo decreta que mañana nadie va a ir a trabajar, hay que desquitarse con un flor de paseo; po-demos comprar carne para asado, irnos al campo. Las voces crecen, decaen, son murmullos, músicas lejanas mientras me voy durmiendo, arrullado por toda la suer-te que se puede soñar en tener.

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Soy el primero en levantarme. No quiero perder mi-nuto. Ni me lavo, así no más salgo corriendo al tiempo que voy despertando al resto. La mañana es hermosa, el cielo limpito, va a ser día de pleno sol. Corro saltando alegre hasta el auto, y me quedo clavado en el suelo, y yo no lo creo, me refriego los ojos por si acaso, no lo creo, la sangre se me va de golpe, el habla, los sentidos, voy a reírme de rabia, voy a llorar, qué desgracia, qué macana, el auto está ahí, hermoso como nunca, brillante a los primeros rayos de luz, nuestro, mío, al pelo, pero en tres ruedas, lo juro, en tres ruedas, le falta la derecha de ade-lante, y en su lugar, unos ladrillos mal puestos sostienen a nivel el coche. ¿Y mi hermano? Duerme como una piedra, lo zamarreo; apenas lo despierto, se lo cuento por llorar, lo sacudo, mira bruscamente, se queda ama-rillo, seco, ni habla, se baja a los saltos, sin arreglarse la ropa y horrorizado sale disparando, yo me las pico, que el viejo me mata, se pierde, mechas al aire, por la prime-ra esquina; el viejo sale y le da un ataque, me pega una patada que no me duele más de lo que me está dolien-do toda la vida; mis otros hermanos tiemblan, no saben si ir corriendo a buscar por ahí o meterse en el último rincón; aun la vieja se gana un empellón por intentar algún consuelo, sugerir algo; de pronto, el viejo se reha-ce, corre hasta el baúl, está abierto, forzado, comprueba que la rueda de auxilio con otras cosas faltan; todavía más lindo, qué hacer, a quién culpar, adónde correr, a quién recurrir, preguntar; los vecinos salen a amonto-narse a sus puertas, miran distantes; ellos no tienen, me parece, nada que ver, aunque se alegren por lo que nos

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pasa. El viejo se revuelca de rabia;

comprar nafta vaya y pase, pero una llanta con cubierta y todo ni soñando;

patea las sillas, rompe los últimos tres vasos; ¿quién lo ataja?, ¿lo hace comprender? Cómo se lo convence si nosotros mismos no queremos convencernos; además convencerlo, ¿de qué? Nos escondemos donde pode-mos. La plata inservible se queda en el bolsillo. No se gasta un centavo ni en nafta, ni en comida. Para qué comer. El viejo ahora llora desconsoladamente, al fin acostado, entre ahogos y malas palabras; qué va a de-nunciar a la policía si será perder más el tiempo; se cal-ma, llora de nuevo, ruidosamente por todos nosotros, con lágrimas también tironeándonos insistentemente desde bien adentro, ganas de gritarlas, por el auto, por la vida, por la vieja, que también llora.

Oscurecemos desde temprano. Nadie se mueve para nada. Y si se mueve es solo un bulto; no prende-mos luz alguna, nos vamos acostando casi a escondidas; solo se respira, se late en el mayor silencio; la noche nos penetra ávidamente, tal vez por lo que la esperamos, por el bendito sueño que nos sustraerá al menos unas horas de esta realidad; no nos acordamos que afuera, en la tiniebla absoluta, queda el coche; hay que dormir y nada más, hasta cuando sea, roncar como el viejo.

Hoy a la mañana falta la otra rueda de adelante; el muñón al aire es la verdad que no queremos mirar, a la que evitamos darle la cara, resignados como si esto en realidad tenía que sucedernos. Bebemos por turo nuestros jarros de mate, sin comentarios, ya para qué,

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el viejo prolonga lúgubremente su descorazón, busca la bolsa vacía, se la pone al hombro y se va callado. No nos animamos a decirle que falta otra rueda, aunque a lo mejor ya lo debe saber. Me voy al último; desde la esquina miro al pobre auto inválido, no puedo con-formarme, una cosa tan linda así, el desgarrón es peor si adivino que la vieja queda llorando. Tal vez si lo hu-biéramos vendido habría sido mejor, nos comprábamos cosas, un lote, trajes, ropa, zapatos, y nos sobraba para viajar a donde sea. Pero rechazamos desde el principio semejante idea, ni pensarla, la plata es plata y se acaba enseguida, en cambio un coche es un coche, y el viejo con el tiempo pensaba ponerlo de alquiler: nos llená-bamos; ahora entiendo menos esta manera de sentir, ni por qué en el fondo todos, yo sé, no nos arrepenti-mos de no haberlo vendido, aunque a ratos proteste-mos y nos hagamos mala sangre por los mangos que nos perdimos.

Pasan los días y la destrucción es lenta pero segura como es mayor nuestra indiferencia. Un día, una puer-ta; el otro, la antena de radio y así se va desmantelando como presa de un viento sin piedad; también la lluvia y la tierra van amarillando los metales ayer frescos y relucientes.

Nuestra vida ha retomado su curso normal: traba-jar, vivir al día, sombras que pasamos a su lado sin fijar-nos que los chicos en bandadas lo invaden, juegan con él, como con cualquier juguete; sin echar de menos lo que le falta, ni averiguar quién lo mancha, lo orina, lo desgarra.

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Solamente yo y sin que me vean, a veces, antes de acostarme, lo toco, hallo sus llagaduras, extraño la blan-dura de sus asientos, me agarro del volante, lo vivo, lo habito, lo vuelvo a hacer mío.

El viejo come callado, extraviado, no se enoja, no grita, recibe la plata sin contarla, acaso si nosotros no se la diéramos voluntariamente, ni se molestaría en pedír-nosla. Solo escucha en la siesta, mirando el techo desde su cama, el rumor que lo corroe y corroe desmoronán-dolo pausadamente sobre las cáscaras de su corazón. Es como si la herrumbre que levemente se apodera del auto contagiara también el fondo de su vida, traidora-mente resuelta de milagro en fracaso. La vieja, dónde andará mi hijo, llora que te llora.

Es sábado. Atrás, el coche parece un fantasma cuya memoria cruel se me pasa lustrando y lustrando. El labu-ro es abundante por esto de los turistas, el centro parece un hormiguero, no necesito ser avarote para ganarme mis buenos pesos. No voy a almorzar a casa. Me como dos milanesas y sigo lustrando. Además me espanta el aire que se respira. Como si todos los días estuviéramos de duelo. Cuando son más o menos las seis de la tarde me doy por satisfecho. Con mi cajoncito en la mano tinta, emprendo la retirada. Chupo pastillas de menta para disimular el olor a cigarrillos. Silbo. Cuento men-talmente las monedas que me voy a hacer sentar. Los autos, muchos nuevos como el mío, pasan y repasan las calles, se estacionan, siguen, van y vienen; me dan ganas de gritarles que yo también tengo uno igual, me dan ganas nomás; los otros changos ya no me cargan,

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ni me ponen apodos, último modelo, por ejemplo, des-de que vieron que cachándome en vez de enojarme me entristecen. Pero ahora pasa el auto delante de mí, es el auto, recién me doy cuenta cuando se aleja y dobla en la esquina, es el auto, nuestro auto, estoy seguro, cómo no lo voy a conocer, está bien lavado, entero, tiene todavía en el baúl esa rayadura hecha como con un punzón, qué bárbaro, está íntegro, anda, el auto, anda, me da miedo pensar, imaginar, aunque el que lo maneja debe ser el viejo, no pude fijarme bien con todo este tránsito, pero tiene que ser el viejo, quién más si solo lo iba a ma-nejar él, me apuro lo que puedo, corro, camino rápido, las últimas cuadras me parecen eternas; repito, me da miedo pensar, aunque todo puede ser; autito mío, vieji-to, hermanos míos, si fuera verdad; pero sí, sí, sí, ese era el auto, seguro; se me cae la bufanda, la alzo, la pongo al hombro como sea; el cajón suena y resuena al compás alegre de las monedas en el bolsillo; llego ahogándome y tosiendo, me limpio la nariz con la mano; y el auto no está en el lugar donde lo dejé esta mañana, ni aparece por ninguna parte; entonces no me había equivocado, era el auto, ya lo sabía, podía haberlo apostado; no me animo a entrar, no se ve a nadie, no se siente nada de-trás de la puertita entreabierta, a lo mejor, quién dice, lo estoy por creer; pasan vecinos acarreando agua, otros toman sol despreocupadamente, no quiero preguntar-les, no quiero; empujo la puerta, la abro de par en par y lo hallo al viejo silbando despacito mientras se afana en arreglar una línea de pescar; me mira, hola, y sigue tranquilo, como si nada; se me cae algo del corazón es-

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trepitosamente al suelo, algo que no quiero pisar, pero que piso al primer paso; me acerco a la vieja y la en-cuentro reanimada, la mirada feliz, dejo a mis pies el cajoncito, la miro y con los ojos turbios, se da vuelta y se va secándose las manos en su falda, es cierto el hijo que faltaba duerme en paz sobre la cama grande; solo mi hermana me toma de un brazo y entristecida me lo va contando, que desde el primer día venían unos gitanos casi diariamente a buscarlo al viejo; que cuando lo hallaban le ofertaban comprarle el auto o lo que iba quedando de él, que el viejo emperrado que no y no y no, ni en broma; que ella se entera de esto recién ahora que lo dijo el viejo, que ni la vieja sabía nada (yo tampo-co, el viejo tiene tantos amigos…); que ayer vinieron de nuevo y charlaron como dos horas, que anoche el viejo llegó tardísimo y apenas pudo dormir (yo también lo escuché darse vuelta y darse vuelta), amaneció enfermo y no salió a changar (de eso también me acuerdo), que esta mañana vinieron temprano, después que todos, menos el viejo, salimos para el trabajo; que trajeron un remolque y se lo llevaron, mientras el viejo se metía en el último lugar para no ver nada, que después salió y cerca de las dos volvió con aquel sinvergüenza que tiene toda la culpa, y miralo durmiendo lo más campante y que el viejo solo añadió que no era justo venderlo, ni era justo dejarlo echarse a perder y que por eso se lo dio a los gitanos, entendés, se lo regaló a los gitanos.

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Las sobras

Todo empezó desde que esos viejos se cambiaron a las dos únicas piezas de material en la cuadra, construidas justo al frente de no-sotros; él, enjuto, canoso, erguido; ella más flaca aún, ambos altos y arrogantes, bien vestidos, hasta con cierta elegancia; indiferentes a todo lo que no sea pasearse pomposos y despectivos, sin mirar ni saludar a nadie. Nada sería si ellos también se hubiesen acomodado a nuestro modo de vida; pero no, además de no darnos ni la hora son los únicos que comen todos los días; y cómo comen: según se comenta, platos exquisitos y ca-rísimos. Antes de su llegada era más fácil sobrellevar las peores privaciones al saberlas rutinarias y compartidas; hay veces que nosotros no comemos o solamente toma-mos un jarro de matecocido chuyo con pan de ayer en las veinticuatro horas, o si comemos no vamos más allá de un sancochado que tratamos de hacer durar dos días por lo menos; hay temporadas en que las changas esca-sean hasta en la playa de la Estación y el mercado mis-mo, y si yo no me consigo alguna vuelvo sin un peso; mi

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mujer que me espera con la olla dele hervir, lista para el caldo, tiene que tirar el agua; mis hijos que me aguar-daron sentados en el umbral, comprenden en silencio y van tragando saliva a arrinconarse; y el deseo puntual nos invade como mala hierba, lo siento endurecerse en mi estómago, secarme la boca, agrietarse en mis labios, alargármelo al día caprichosamente, hacérmelo pesado, bien amarillo, desganado, ridículo; mis hijos no aguan-tan los rincones, salen a merodear por el patio despa-rejo o bien se la pasan tirados en la cama, agarrándose de vez en cuando la barriga, demacrados y tensos; mi mujer, mirándome de reojo cada vez que pasa por mi lado, ahora aprovecha para lavar, secar, volver a lavar, acomodar, desacomodar y volver a acomodar el servicio gastado.

Incluso cuando trabajo normalmente apenas nos alcanza para una sopa sustanciosa, un guiso así no más, el pan y la botella de vino con su correspondiente si-fón de soda; y no somos solo nosotros: en esta cuadra casi todos, si no todos, la pasan igual, comen un día, ayunan el otro, según como anden las changas; cómo será que cuando a alguien le va bien y saca lo bastan-te como para asado, la calle entera se llena de olor a churrasco y la casa suertuda parece de fiesta. Pero aho-ra con esos cosos se acabó el conformismo, tienen la maldita costumbre de madrugar, arreglarse como para misa o baile y cada uno con su bolsa red vacía, oscuro todavía, del