Trenes del Sur - Carlos Hugo Aparicio - E-Book

Trenes del Sur E-Book

Carlos Hugo Aparicio

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Beschreibung

"Desde hace veinte años el jujeño Carlos Hugo Aparicio, afincado en la ciudad de Salta, viene publicando sin apuro pero con envidiable perseverancia poesías y narraciones.   Con respecto a estas últimas, cabe puntualizar que ya en 1967 ganó el Primer Premio del Concurso de Cuentos del Noroeste, organizado por la Dirección Provincial de Cultura de Santiago del Estero, y el 17 de diciembre de ese mismo año en el diario salteño Norte apareció su cuento 'Los bultos' (…). Por esa época, un jurado que integran Marta Lynch, Abelardo Castillo y B. Rodríguez, premia su novela Trenes del Sur, que ha permanecido inédita hasta la fecha, salvo fragmentos aislados.   (…) Aparicio, narrador y poeta que no vacilo en ubicar entre los más altos valores de la literatura nacional contemporánea" (Jorge Lafforgue, en Sombra del fondo, 1982, Legasa Literaria).     "Trenes del Sur, una novela de evocación profunda, donde los recuerdos se confunden con los sueños y la infancia se vuelve territorio sagrado.   "Es novela y es cuento, poema, tango, trenzados con un arte total en su estructura y su lengua sublimada por el sueño, la memoria y la imaginación. Tiene como 'vida propia', que madura con el tiempo al igual que su narrador-protagonista, pero conserva para nuestro placer de lector la pureza de la infancia.   (…) la persistente presencia de la sombra viva del protagonista va uniendo pasado y presente con un futuro casi hecho memoria. En el vaivén permanente entre espacio, tiempo y protagonista dobles, además del tango, fascina un elemento capital: los trenes del Sur, cubiertos del misterio y de la ilusión de la Ciudad…)" (Geneviève Despinoy, en Caravelle, n° 59, 1992).

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Seitenzahl: 508

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Nuestro especial agradecimiento a los hijos del autor, quienes, con

admirable generosidad y compromiso, han contribuido decisivamente a que esta edición pudiera llevarse a cabo, en su empeño por preservar

la vigencia de la obra de su padre.

trenes del sur

CARLOS HUGO APARICIO

TRENES DEL SUR

(novela)

OBRAS COMPLETAS

~ I ~

Aparicio, Carlos Hugo

Trenes del sur : obras completas / Carlos Hugo Aparicio. - 1a ed. - Salta : Ediciones BTU, 2025.

Libro digital, EPUB - (La pluma de oro)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-950-851-151-5

1. Literatura Argentina. 2. Novelas. 3. Infancia. I. Título.

CDD A860.9282

© 2025, por Ediciones BTU

Colección La pluma de oro

ISBN 978-950-851-151-5

Depósito Ley 11723

Ilustración de tapa: En la estación, Neri Cambronero (1954). Óleo sobre cartón, 50 x 40 cm.

Diseño y arte de tapa: [email protected]

Edición literaria: Rosanna Caramella

[email protected]

@edicionesbtu

Tel. +54 387 5005492

Digitalización: Proyecto451

Todos los derechos reservados.

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Criterio de edición

La publicación de las obras completas de Carlos Hugo Aparicio inaugura la serie Clásicos de la Litera-tura Salteña, integrada en la colección La pluma de oro de Ediciones BTU. El propósito de esta iniciativa es ofrecer al público la recuperación de la obra de autores fundamentales del canon regional.

La obra de Aparicio se construye en el cruce entre lo íntimo y lo histórico, entre la experiencia singular y las tensiones colectivas que atraviesan el devenir del noroeste argentino. Su escritura —de aguda sensibilidad y sostenido compromiso— da lugar a una poética que in-terroga las formas del desarraigo, las voces silenciadas y las fracturas sociales desde un lenguaje tan sobrio como revelador. Esta edición organiza su producción literaria en tres volúmenes, distribuidos según los géneros que abordó a lo largo de una trayectoria tan coherente como diversa. Lejos de limitarse a una clasificación formal, esta estructura busca ofrecer una lectura integral de una obra que, con lirismo contenido y mirada crítica, supo articular lo personal con lo político, lo estético con lo ético, y dejar una marca perdurable en la literatura de la región.

Carlos Hugo Aparicio

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El primer volumen está dedicado a su única novela, Trenes del sur, escrita en 1968 y publicada por prime-ra vez en 1988. El segundo volumen reúne sus libros de cuentos, mientras que el tercero compila su obra poética.

Cada uno de los textos se reproduce en su versión íntegra, precedido por un facsímil de la tapa de la edi-ción original, acompañada de los datos editoriales per-tinentes y, cuando corresponde, referencias a premios, reediciones u otros elementos contextuales relevantes.

La obra de Aparicio

La cronología de la producción completa del autor permite advertir la evolución de su poética a través de un itinerario literario que alterna, con singular fluidez, los distintos géneros que cultivó. Esta perspectiva dia-crónica ofrece al lector una visión integral del proyecto escritural de Aparicio y del lugar que ocupa en la tradi-ción literaria del noroeste argentino.

Pedro Orillas(poesía, 1965)

El grillo ciudadano (poesía, 1968)

Los bultos (cuento, 1974; 2.ª ed. aumentada, 1978)

Andamios (poesía, 1980)

Sombra del fondo (cuento, 1982)

Familia tipo(cuento-poesía, 1983)

Trenes del sur (novela, 1988)

El silbo de la esquina (poesía, 1999)

Días de viento(cuento, 2007)

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Sombra del fondo y otros cuentos(cuento, 2013)

Romance del bar(poesía, 2010)

Pedro Orillas(poesía, 2014)

Lota del parquecito(cuento, 2000(?), inédito en vida del autor).

Los editores

Carlos Hugo Aparicio

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Historia de vida

Carlos Hugo Aparicio nació en el año 1935 en La Quiaca —localidad jujeña fronteriza con la República de Bolivia— lugar de arraigo que signaría toda su vida, expresada a través de su escritura. En los comienzos de la adolescencia fue llevado por un padre deseoso de ofrecer a su familia un horizonte educativo y cultural superador, a la ciudad de Salta, lugar que hizo suyo y donde permaneció hasta que dejó este mundo en el año 2015, después de padecer una desdichada dolen-cia. Esta doble pertenencia territorial, presente especial-mente en sus relatos, hizo que se lo identificara como un escritor salto-jujeño, dicho de otro modo, «regional»

La radicación familiar en la ciudad de Salta no en-contró un clima laboral satisfactorio, por lo que debie-ron vivir precariamente, en un barrio entonces perifé-rico y sujeto a las reglas de la escasez a la que se vieron obligados. Las vivencias de ese tiempo marcaron su de-finición escrituraria desde el comienzo, como se lee en su primer libro de 1965 y como se reitera en cada una de sus propuestas definidoras de esa «orilla».

Recibió reconocimientos significativos como el primer Premio Regional de Literatura en 1986 de la Secretaría de Cultura de la Nación y varios premios provinciales, aunque por su condición de escritor de periferia doblemente marcado por la provincianía y por una propuesta afincada en el vivir y padecer de grupos

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marginados, el ingreso de su nombre al canon no solo fue tardío en 1991 con el acceso como Miembro Co-rrespondiente de la Academia Argentina de Letras, sino que su real participación en ella fue casi nulo.

Seguramente ese perfil hizo que fueran otros crea-dores —los que dan forma a la llamada «cultura popu-lar» y las «culturas regionales»— los que lo acompañaran en ese desafío y con los que tramara un entrañable teji-do de experiencias; tales sus vínculos con escritores de otras periferias como el santafesino José Luis Víttori y de otros géneros como los músicos Dino Saluzzi o Astor Piazzola y la muy importante participación activa en la proyección de sus mundos por la imagen fílmica.

Buscador incansable de canales por los cuales po-ner ante los ojos el territorio social y cultural de perte-nencia, abordó también en conferencias y ensayos bre-ves, reflexiones sobre diversas formas de manifestación cultural como la copla, el relato de transmisión oral o la función del arte, aspectos todos ellos que afirmó duran-te su gestión como Director de la Biblioteca Provincial Victorino de la Plaza (1987-1991).

La crítica literaria reconoce en la obra de Carlos Hugo Aparicio un valor sustantivo tanto por la gesta-ción de una forma narrativa de ruptura para el género, como porque en ella y solo por ella es posible atrapar los perfiles humanos que diseña.

Zulma Palermo

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Pedro Orillas no muere,

aun muriendo

Cómo que muere Pedro Orillas.

Pedro Orillas no muere,

dándonos con su quiebra y su mal rato,

con su ley de miseria, su arrebato

y su sombra naciendo puntualmente1.

Estas líneas inscriptas en el primer libro de poemas publicado por Carlos Hugo Aparicio (el Negro) signan y sellan su larga, persistente cruzada vital hecha letra en el conjunto de los volúmenes que acá inauguramos. Corría entre turbulencias el año 1965, tenía entonces 30 jóvenes años, y su apuesta creativa no cesaría —como tampoco cesarían las transformaciones en el país y el mundo— hasta cuarenta y cinco años después, con sus últimas palabras orilleras entramadas en Romance del Bar2.El bar de barrio en el que sigue escuchando El

1Poema agregado como cierre de la segunda edición (2014). Lanús: El suri porfiado, con Prólogo de Dino Saluzzi, del pri-mer poemario de Carlos Hugo Aparicio, Pedro Orillas(1965), en edición de autor, Salta, Talleres Gráficos San Martín.

2Salta, FundaVoz, Colección Bicentenario, en cuidada edi-

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silbo de la esquina3, entonado en el tango que su mismo yo silba y vive cotidianamente en un «conmigo» entra-ñable, pues «…lo silbo / y lo baño conmigo / y conmigo lo seco y lo preparo hasta el resto de mi vida».

En el intermedio, más versos4, los cuentos5, la no-vela6y sus andares abrazando los cuerpos, los decires, los cantares, las memorias de los «otros» que se enlazan con él en un «nosotros» recíproco, diverso, solidario. Por eso insiste en esa segunda versión del primer libro, y a sabiendas de una marginalidad que nunca cesa, en la que ese «Nadie», ese «Pedro Orillas no muere / dándonos su quiebre y su mal trato». Esa permanencia dolorosa dicha en su lengua madre, lengua de todos

ción de Raúl Eduardo Rojas y Carlos Bonduri, con dibujos a tinta en tapa e interiores de Alberto Elicetche (2010).

3Salta, Ediciones Del Robledal, con viñeta de tapa de Jorge Cornejo Albrecht (1999).

4El Grillo Ciudadano. Salta, Talleres Gráficos D’Uva (1968). Andamios. Salta, Dirección de Cultura de la Provincia con tapa de Osvaldo Juane, Primer Premio del Concurso de Poesía 1977 (1980).

5Sombra del Fondo. Buenos Aires, Legasa (1982). Incluye una reedición ampliada de Los Bultos. Salta, Ediciones del Tobogán (1974), cuidada por Jacobo Regen y con xilografía de tapa de Roberto Maehashi (1974). Recibe el Premio Regional de la Se-cretaría de Cultura de la Nación en 1977, reeditada en Buenos Aires, Castañeda, 1978. En 2013 en Buenos Aires, Mil Botellas Editorial reedita una selección de este volumen con el título Sombra del fondo y otros cuentos, con dos cuentos agregados «Ba-rrio La Aparición» y «La vuelta», en 2024.

6Trenes del Sur. Buenos Aires, Legasa, con óleo de tapa de Osvaldo Juane, «Carroza de la reina» de la serie «Carnaval de Salta» (1982). Reeditada en 1988.

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los de aquí —en este noa— en la interrogación retóri-ca, con respuesta implícita, del «Cómo que muere Pe-dro Orillas» cuya presencia se extiende hasta nosotros, en pareja memoria del Segundo Sombra de Güiraldes como presencia identitaria. Esa misma sombra presente desde los relatos primeros, cuando «Los bultos» trashu-mantes de nuestra frontería, van y vienen territorial-mente, acarreados por aquellos que encuentran así una manera de paliar el hambre del día después de cada día, confundidos en abrazo estrecho con «mis hijitos, mi mujer, los bultos». Voz personal es a la vez la voz de todos nuestros condenados, la del anciano mendi-cante en «La búsqueda»7, desdoblamiento del yo con el que sorprende siempre, el otro que es un yo en abrazo comulgante. La voz de los hambrientos disimulando engañosamente su miseria al recoger «las sobras» en los «ricos tarros de basura»8. Es así como esta escritura, entramada en las redes del lenguaje, ha encontrado en sus formas cotidianas —cerniéndolas una y otra vez en el tamiz de un oído atento— el camino más certero para hacer con ellas la trama de una estética que ensambla los decires que circulan entre todos y las formas más sutiles del arte de la letra.

7Cuento premiado por La Dirección de Cultura de la Pro-vincia en su segunda convocatoria. Carlos Hugo Aparicio y Francisco Herrán. Cuentos II. Salta, Dirección de Cultura de la Provincia (1969). Incluido en Sombra del fondo.

8Segundo Premio en el Concurso de la Dirección de Cultu-ra de la Provincia. Sara San Martín de Dávalos y Carlos Hugo Aparicio. Cuentos III. Salta, Dirección de Cultura de la Provin-cia (1970). Incluido en Los Bultos.

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Es escritura nacida en un particular lugar del mundo hecho de «baldío, esquina y orillas» con el que —hasta el final de sus andares— el escritor se identifica9. Son tiempos difíciles para el país, la región, el mundo, tiem-pos en los que emergen y actúan —no sin censura— las voces, los rostros de la «masas» que, crecientemente, van dándose perfil comunitario en la emergencia del «movi-mientismo». Son los ’60 y el mundo siente un sacudón tras otro en medio de una guerra fría que no cesa, del mayo del ’68 parisino, de la masacre en el Tlatelolco mexicano, de los sucesivos «golpes militares» argentinos que tampoco cesan con la insurgencia naciente en «el Cordobazo», replicada en «el Rosariazo», presagiadores de las guerrillas setentistas. Son los tiempos del exilio de Perón de este lugar del mundo y de sus mensajes que circulan secretamente entre quienes esperaban su regre-so. Tiempos revolucionarios en toda América Latina, tiempos en los que los escritos literarios —en el conjun-to de la producción artística— se escriben, se pintan, se cantan, a la que puso voz —desde este mismo NOA— Mercedes Sosa, y se leen y se escuchan como armas de combate. Profesión de fe y «compromiso» de quien algu-na vez pudo explicar su concepción del arte como «ínti-ma vibración» de «quien vive y convive» habitando «un tiempo y un lugar determinado de los que debe ser no solo testigo crítico, sino partícipe solidario»10. Son, sin

9Entrevista realizada por Atilio Romano. youtuber.com/watch? v=4VyfykujTXEQ. Parte I.

10Entrevista con Martha Grondona en http://luzdeinvier-nofilm.blogspot.com/

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duda, tiempos en los que se asumía la responsabilidad de la palabra con definición ética y política.

Es en esta concepción y ese escenario que la poética de Carlos Aparicio sale de entre bambalinas, lejos ya de la propuesta castilleana amasada por La Carpa —a la que ofrece sus respetos— y sus derivaciones en los diversos cauces del «folclore». Ritmos y estrofas de estas formas otras que nacen en las vertientes populares de este sur de sures para desembocar en el gran océano del mundo y en los que, al mismo tiempo, resuena como en eco la voz calderoniana. Las huellas del ’40 —dejadas atrás después del medio siglo— ya no son legibles en los volúmenes que acá leemos; es otro, muy otro, el mundo de la orilla que se va tejiendo; son otras, muy otras, la política y la ética que los va entramando.

En el poemario prevalece, por un largo tiempo, el ritmo culterano del soneto al que acude para modular la voz del pueblo que ya no es la que «representa» inten-tando —a veces nerudianamente— denunciar lo deshu-mano en las ruralidades sudandinas, sino la que entona con tanguera melodía —en maridaje con el coplero de la infancia— la vida que se vive en los márgenes de la urbana periferia.

Parejamente va entrelazando otros versos, más ín-timos, más suyos, en los Andamios memoriosos de la propia vida en los que, con heterogéneos ritmos, más cercanos a los de la «poesía culta», va dejando el rastro de una historia personal que se vive no sin dolor y se dice preguntando «Qué de mi propia ausencia / donde se me amarillan / la mujer / y los hijos / y sus ojos /

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dando siempre / contra mi corazón…» O cuando las sombras se dicen en un silbo, sintiendo que

una vez a mí también me apuraron las sombras

y de un silbido me alejé sin pensar

en que no iba a volver más a esa esquina

por eso últimamente

es ella la que viene

a juntarse en mi vida.

Es, entonces, la fuerza centrífuga que produce el campo de batalla cultural de los ’60 y el impulso nacido en sus combates lo que acá también se inscribe; así se macera el proyecto apariciano junto a los de su variada y ancha «generación» en la poesía —Regen, Adet, tam-bién la Kuki entre los muchos otros11— en sus muy va-riadas voces; es el desafío de sus pares noroésticos tales Tizón y Foguet en sus diversos modos narrativos. Es el mundo real-imaginado del relato donde habita el Pedro Páramode Rulfo transmutado en Pedro Orillas. Es aquí la orilla, la barriada en la que arraiga, la que da sentido y fuerza para la sobrevivencia, en el andino estar-siendo de los cuerpos concretos, cada día.

Es la duermevela del páramo de contornos fantas-máticos, sombras de los muertos hablando con los vi-vos, desplazándose a este otro suelo de la orilla urbana, a las «sombras del fondo» que dibujan las barriadas. Se-

11Walter Adet y Hugo Ovalle. Poesía de Salta: Generación del ’60. Edición de autor, Buenos Aires. Imprenta Claudia.

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res que no hablan con palabras tomadas de prestado, que no imitan sus decires, sino que parecen estar ha-blando por sí mismos, en una lengua propia, acá lengua madre de las calles del suburbio. Es la puesta en voz de la palabra en los tonos y ritmos que circulan, donde no es necesario marcar las diferencias entre la lengua letrada del autor y la que dicen quienes lo hacen con la propia. Es también, por otro lado, la forma retórica por antonomasia en esos años experimentales de asunción de las oralidades por la letra, concretada como pocas en este rincón del país y el mundo.

No son en esta poética emergente las «maravillas» inventadas por el boom de ese entonces, ni la denuncia cruda de las escrituras circulantes, sino que —como el maestro Poe— sorprende en desenlace inusitado. Mun-dos en los que se pone enduda la distancia entre la realidad y la ficción, qué es la verdad y quién la asume.

Es acá el barrio, el de «La Aparición» (¿aparecidos/Aparicio?), diversamente heterogéneo —como todos se-guramente en este mundo de marginalidades—. Es el barrio de este Pedro Orillas, con su mujer, sus hijitos, los vecinos, transitando los días y las noches en rutinas iguales y a la vez distintas, cada quien con sus urgencias, sus deseos, sus pequeños logros, sus siempre idénticos fracasos. Aquí las verdades, sí, también asoman cuando la narración asume las sombras de la sombra en los fon-dos terrosos de los patios donde una mujer lava la ropa, calienta en el fogón de leña el agua para el mate, cuan-do cocina el guiso dominguero en el «monoambiente» donde toda la familia mora. Mujeres desplazadas a esa

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segunda orilla de la esquina urbana, vendiendo el cuer-po para llenar los platos que la esperan al menos una vez en la semana. Esta mirada que construye la imagen femenina también encuentra otras maneras de ese «ser mujer»: la renegona, la que envejece dignamente ama-sando el pan de cada día, la que empuja al varón para salir del pozo, la que es madre/padre al mismo tiempo. Más todavía, aquella que habita en la poesía con ternu-ra, con esa «luz de mi madre / puesta a su tiniebla», esa que cada domingo «me llevaba de la mano / al cemen-terio». Y la del amor maduro que le fuera arrebatado por la muerte «… te espero / a mí me queda ir solo / yo espero / volverán / Jamás»12.

Es el dolor y muchas veces la inocencia lo que emer-ge en múltiples retazos desde la piecita en la que se ha-bita miserablemente, en las celebraciones de los otros que se miran desde afuera, y aún en el disfrute de las pe-queñas o las simples cosas hechas a escondidas13. De allí que no hay en los relatos un todosmasivo y distante sino la presencia a veces tierna, otras con un cierto humor —no ironía— con rostros y presencias casi personales. Per-sonas con las que transitamos y de las que aprendemos a dejar de lado el gesto amargo y hasta sentir un cierto orgullo de ser cada quien en ese universo compartido. Imágenes que dan forma a un mundo tan veraz —y tan poético— que se disemina en muchas otras formas en un extendido acontecer creativo.

12En Andamiosy Romance del Bar.

13Carlos Hugo Aparicio. Cuentos. De Fiesta. La Pieza. Salta, Biblioteca de Textos Universitarios (1995).

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El lugar y sus creadores sienten el llamado: poemas y relatos resultan trasladados, por esos mismos años, a las formas de la canción tanguera, al valsecito criollo, al silbo que resuena en las equinas, en un rincón de bar, en duermevela, porque «Esto es pelear la vida / como si nada / y buscar tan temprano / la misma carga»14. Soni-dos surgidos —cuenta Dino— «como un juego»…15Es el «silbo de la esquina» una memoria que repite aquellos que sostienen la diafanidad de la poesía y es el que con su mirada orienta la mano adulta del que escribe; escri-be unos versos que suenan a los tangos escuchados en la infancia y que abonan sus deseos juveniles; no hay más que escucharlo cuando dice: «a ver, mozo, / sirva un cálido / abrazo / al enemigo, / delé a la vida, mozo / este sonoro beso...» («Coñac de domingo» de Anda-mios) mezclando sin pudores esta forma primordial con resonancias del poeta mayor, César Vallejo. O cuando, vecinos en la página, pone a convivir, gozosas, la estro-fa más cerrada del soneto gongorino y la otra, la que deja escuchar la sollozante nostalgia del tanguero que trae, al mismo tiempo, el recuerdo muy sesgado de un Calderón remoto y escondido: «Si nada ha resultado /

14Dino Saluzzi y su septimino, Soy Buenos Aires / Pedro Ori-llas, RCA CANDEM. Música de D. Saluzzi, con ritmos de tan-go, vals y canción, adaptando seis poemas del libro homónimo: «Pedro Orillas», «La mujer», «Los hijos», «Mi vecino», «Canción del domingo» y «Canciones de madrugada». Letras recitadas por el actor Héctor Alterio y cantadas por Tito Vitelli (1970). ht-tps://www.discogs.com/es/release/7366532. Grabación com-partida por Alejandro Arroz.

15Prólogo a la 2.ª edición de Pedro Orillas.

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y todo sale mal mal ha salido / y se acaba la vida / y se va despidiendo la memoria / por la que gira el corazón herido» («Canción última», de El silbo de la esquina).

Traslación también al mundo luminoso de la ima-gen en los tiempos nuevos, en unas páginas impresas sobre papel de artesanado16, tiempos ya más recientes del llamado a preservar la vida planetaria. Proliferación de una poética que se traslada al cine, que se vuelve imagen fílmica en la mano de un amigo17iluminando las escenas en cada rincón, en cada historia que no es

16Carlos Hugo Aparicio, Días de Viento. Salta, Ediciones del Agua. Editado y prologado por Verónica Ardanaz, recoge diez cuentos inéditos escritos entre 1979 y 1983. Fotografía de Gua-dalupe Miles (2007).

17Alejando Arroz, cineasta, director, productor y guionista del film Luz de invierno, largometraje en el que se adaptan tres cuentos de Sombra del fondo: «Los bultos», «La pila de ladrillos» y «Último modelo», en fecunda colaboración con Aparicio. Primer Premio en el Concurso Nacional de Guiones para lar-gometraje en el interior del país organizado por el Instituto Nacional de Cine y Artes Visuales (INCAA, 2007). www.luz-deinviernofilm.blogspot.com.ar. Produce también Historias de la Orilla. Los cuentos de Carlos Hugo Aparicio, proyecto de una serie del TDA Instituto Nacional del Cine y Artes Visuales y la Universidad de San Martín, concretado por el Taller de Cine de Salta que —con su dirección— traduce a ese lenguaje ocho cuentos relevados de distintas publicaciones; retoma dos del largometraje y suma «El tema libre», «De fiesta», «El llama-do», «La cábala», «Las sobras» y «Lo oscuro de todo». Música de Aníbal Alfaro y Arturo Botelli (2012). Los guiones escritos por Arroz han surgido del permanente diálogo sostenido entre el cineasta y el autor que acompaña y participa en el proceso. https://ar.linkedin.com/in/alejandro-arroz-a212244b.

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solo la de uno sino la de todos, insistentemente, pues quien escribe —y tal vez también quien filma— sabe que «la función del arte es dar vida que no muera; dar con belleza y emoción vida inmortal; dar más vida a la vida del hombre en su carga de amor y de muerte», sabiendo que «a ese compromiso, […] debe necesariamente acom-pañar su compromiso ético con su medio y su tiempo»18.

Es la fuerza de la imagen donde encarna esa atmós-fera en la que se respira el dolor y la búsqueda de mu-chos que se hace carne en todos; es la cámara andando a tumbos sobre la tierra despareja del suburbio, por las calles caminadas por hombres, por mujeres y por niños en los que se activan las pequeñas cosas cotidianas. Acá la mujer, los bultos, los hijitos, las sobras, hasta los la-drillos han tomado forma, se han puesto más todavía con nosotros. Cámara que se mueve y hace guiños, que señala fechas, que adelanta subrepticiamente desenla-ces, que resuelve sus ambigüedades con nuevas «inven-ciones» siempre transgresoras: una pintada del frepaso, una moneda de 50 en la mano mendicante, un autito de juguete aplastado sobre el empedrado, despejando sutilmente los claroscuros que la lectura fue dejando, mientras se escucha la voz, sin artificios, en los tonos y los ritmos de la lengua madre.

El cuidadoso andamiaje, la seminalidad que sostie-ne esta poética parece concentrarse en la única novela macerada en la transición de los ’70 a los ’80, Trenes del Sur, confesiones y transmutaciones en la historia de

18Entrevista al autor por Martha Grondona, cit.

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una vida crecida a las orillas del poder, donde los pe-dros y los juanes moran. Relato que se fue armando durante los largos tiempos de la dictadura setentista, tiempos en los que la vuelta a la infancia alcanzara fuer-te consistencia en su Familia tipo19, curioso ensamblaje de sonetos escritos en momentos muy diversos, y un relato. La familia que allí encontramos pone en presen-cia —y actualiza— el círculo vicioso en el que gira nues-tra historia, la de esta región, de este país y también del mundo. Relato de la caída en la indigencia, en la nada absoluta de nuestros «condenados de la tierra», apelándolos y apelándose asertivamente —sin solución de continuidad en nuestra historia hasta el presente— en algunos de esos versos:

Sabés que el fin de mes es un engaño

que con los versos no se gana renta

y sin embargo el verso te sustenta;

a solas, desde lejos, te acompaño.

Convicción de que la poesía «no se vende», que no es un objeto de mercado, sino que se encuentra en una dimensión distinta: la del goce20.

Se escucha circular el sonido constante de los tangos que traen al oído las memorias de «esa sombra despren-dida de la propia tiniebla que pasa encogida y silbando “para qué te quiero tanto / si no puedo ser feliz”...» Es

19Salta, Ediciones Sol Alto en Colección dirigida y cuidada por Benjamín Toro y Raúl E. Rojas, con óleo de tapa «Subur-bio» y viñetas de Osvaldo Juane (1983).

20Entrevista de Atilio Romano, cit. Parte I.

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el tango obsesivamente, su melodía girando siempre en los rincones, en las sombras, en las siestas calcinantes, es el «silbo de la esquina» que se cuela, se confunde, atraviesa cada verso, cada imagen, cada instancia narra-tiva. Tal vez por eso son los tangos —hipotextos dirían los expertos— cuyos títulos y autores prolijamente van encolumnados al final del gran relato novelesco, la ur-dimbre que sostiene lo narrado entretejido en la duer-mevela de —otra vez— un sueño.

Es el tango lo que aviva la memoria de la infancia, allí donde sabe que «el sueño del pibe» es «un sueño y nada más», como ese «sueño de barrilete»; que los amo-res tempranos, «amores de estudiante», son eternos y a la vez fugaces; que «tener miedo» es algo que se siente «en carne propia» desde siempre y para siempre y que solo se atenúa con «copas, amigos y besos». Que la vida «se nos pianta» demasiado pronto y nos hace interrogar-nos, con palabras de otro tango: ¿«por qué tendré que amar / y al fin / partir»? Esa pregunta inútil y, sin em-bargo, casi ineludible, «antes de ir a dormirse del todo», como dice el poeta a los amigos, esos «terrestres caballe-ros» sonámbulos de esquinas, convocándolos: «Afuera, Jacobo, / queda el mundo // y a mis pies Hugo Ovalle, todo el tiempo» («Coñac de domingo» en Andamios). Hasta el final del recorrido con el «Yo también soñé» lo nunca alcanzado.

Escritura que tiende imaginarios puentes para re-convertir la letra en voz, busca enraizar en ella la ora-lidad que impregna buena parte de la escritura en este sud de América; es poner en letra lo que la gente habla,

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es hablar la escritura y por esa estrategia dar a la voz la permanencia y la duración que su misma naturaleza niega. Nos dice que es este —por un lado, el tango, por otro el ritmo de la copla— el fondo sustancial que hizo posible el paso de la oralidad a la escritura, de lo escu-chado a lo escrito, de la voz a la letra, lo que es análogo a pensar el paso desde los confines de la patria al podio académico y canónico. Porque este trayecto, profunda-mente marcado por la experiencia provinciana, sugiere esa intencional inestabilidad entre lenguaje que se es-cribe, pero cuyo instrumento es la voz, el sonido recor-dado y hecho presente.

Por el poder del relato se construye la ficticia hu-manidad que habita un espacio muy poco conocido: el de la soledad de la pobreza, de la lucha por el vivir de cada día, el de las miserias y bajezas tan impropias de la conducta humana. Pero lo que verdaderamente poten-cia esta escritura es su poder radicado exclusivamente en los juegos del lenguaje, como enunciara ya también la distante aserción de Octavio Paz, ese otro mexicano: «La moral del escritor no está en sus temas ni en sus propósitos sino en su conducta frente al lenguaje»21.

La humanidad que acá se corporiza no se compone sino de sombras y fantasmas portadores de discursos que vienen de todas y ninguna parte, que están ahí cir-culando entre nosotros y que acá toman la materialidad entintada de la letra. Es, entonces, reconocimiento de que más allá de la letra está la voz, que más allá de la

21Corriente alterna(1967). México, Siglo XXI, pág. 72.

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ficcionalización de la escritura están las gentes y, fun-damentalmente, que la razón de ser del escritor radica en operar sobre el lenguaje hasta encontrar el punto justo en que ambos universos se articulan. En esta plu-ralización de la cultura es el mismo Aparicio el que se muestra narrando las historias de los otros, tomando a su cargo y casi por asalto el espacio de la letra hasta entonces reservado a los sectores «cultos», a los que po-nían palabras a los sin voz, a los privilegiados por las bibliotecas.

Los fragmentos de esas vidas que han sido y son sembrados en los relatos breves —y en el cine— se con-juntan en el hilo de esta historia personal, demorosa en el tiempo lento de la infancia, nacida en la urdimbre de la pasión tanguera desde el primer sonido escuchado en la escuelita de frontera, anuncio de lo que será, des-pués, «literatura»22. Relatos dentro del relato interrum-piendo la vigilia sostenida en el viaje de regreso al pun-to de partida, la frontera; ese distante lugar originario que se dejara atrás persiguiendo la utopía: el ansia de «progreso», de bonanza, de «satisfacción burguesa» y la posterior caída en decepciones.

Es ese el lugar en que se va armando la noción de Patria en el discurso y los símbolos que la escuela dis-ciplinadamente enseña y también —no puede ser de otro modo— la diferencia racial y entre las clases que resulta ser insuperable como en muchos de los cuentos; en uno de estos es el «mulato» enamorado de la niña

22Entrevista de Atilio Romano, cit. Parte I.

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«rubia» encarnada también en la Luva novelada, inal-canzable con su pelo claro y su piel rosada. Esa Patria imaginada en los años tiernos está en el Sur —y no en el norte andino— adonde van los trenes, lugar que arma la poesía en el final y que se dice casi vallejianamente en el último poema, el de la despedida: «te vas en tu taxi / En Buenos Aires».

La Patria es acá un espacio colectivo participando en páginas en las que estamos todos. No solo los habitantes de la orilla, sino también los que lo han acompañado en su proceso. Cada nombre es un rostro recordado, uno a uno, dedicándole un poema, o invocando su presencia compañera. En las tapas y viñetas de los libros, en los listados no menos minuciosos en memoria de los que ya se fueron presidiendo el silbido de la esquina. Barrio, amigos, compañeros en la ruta de los días.

En este entramado la escritura es historia, un trans-currir vital poetizado, fluencia en superposición de imágenes cargadas de memoria; imágenes que cauti-van/capturan el pasado, inscribiendo —desde la propia vida— los sueños y fracasos colectivos. Es el todo de una sociedad obligada a reinventarse para subsistir con lo que tiene a mano.

Ya en el final, cuando acosan las sombras sobre el propio cuerpo, la palabra se vuelve para adentro en una larga entrega de romance dicho en la misma esquina, en la de siempre —con cierto eco quevedesco en aquel «polvo serán / mas polvo enamorado»—, cuando «la desnudez más sola / habla y se calla / adentro mío /

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adentro, adentro mío / bien adentro de mí». Confesio-nes mayores, en la mayoría de la vida, afirmando sen-tenciosamente que la poesía es «un estremecimiento de belleza»23, que solo puede darse en una soledad terrible:

Esta hoja

en tus ojos

como en tu voz

que cuando mirás

duele

que ni Dios ni el olvido

borrará

que en el fondo

halla solo

la desnudez más sola

habla y se calla

adentro mío

adentro, adentro mío

bien dentro de mí.

Zulma Palermo

Julio 2024

23Entrevista de Atilio Romano, cit. Parte II.

Aparicio, C. H. (1988). Trenes del sur. Buenos Aires, Ed. Legasa.

En una nota del Editor se aclara lo siguiente:

«Trenes del Sur obtuvo, con el voto unánime de un jurado in-tegrado por Marta Lynch, Abelardo Arias y Ernesto B. Rodrí-guez, el Primer Premio del certamen de novelas organizado por la Dirección de Cultura de Salta en el año 1968. Diecisiete años después, el autor corrigió y ajustó ese texto inédito (o pu-blicado parcialmente en revistas, diarios, panoramas y obras similares).»

A la memoria

de Félix Aparicio, mi padre

de Víctor Enrique, hermano

de Waldina, la Mamá Uva

A Alcira

En memoria de Angélica

A La Quiaca

Al Tango

PRIMERA PARTE

y el bandoneón

rezongo amargo en el olvido,

lloró su voz

que se perdió en la densa bruma,

y en la desesperanza,

tan cruel como ninguna,

la vi partir

sin la palabra del adiós.

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I

Reaparece puntual el resplandor del alba; primero en el rectángulo de la ban-derola, atisbando por la rendija de la puerta que da al aire del patio y después abarcando paulatinamente las paredes, los muebles, el espejo del ropero en cuyo fon-do siente que al aclarar se cruzan y entrecruzan apresu-rados y soñolientos ángeles, desbandados duendes de enormes sombreros, fantasmas que huyen de la luz, y que un hada iluminada y blanquísima vela inmóvil los despojos fríos de la noche, ahí en la claridad lechosa del agua congelada bajo la canilla al lado de la ventana de la cocina oscura.

Se despierta resguardado en la tibieza de las fraza-das, calor de felicidad del que lamenta tener que des-prenderse; extraña con ojos arenosos las nebulosas ti-bias de su sueño, los oscuros charcos de luz donde a su imagen le ocurren las más raras y sentidas cosas; en la penumbra de calles conocidas, de otras nunca antes vistas que se abisman en la sombra como después de un relámpago; ese callejón de puertas y ventanas toda

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la vida cerradas, sin luz, que siendo tan angosto a la cuadra se pierde bruscamente en bajada ¿qué habrá ahí detrás abajo?, como para animarse a averiguarlo; en um-brales que se esfuman al trasponerlos; ante rostros opa-cos, de cambiantes facciones, extraños; el alma sacudida de una recóndita dicha o por una congoja inexplicable; los árboles escasos dando apenas sombra a la orilla del río pedregoso; el perro husmeando borrosos recovecos o lamiéndole las manos; el banco de piedra del patio donde a la siesta se sientan al solcito a pelar naranjas, la madre cubriéndose la cabeza de cabellos negros con una revista; el viento empezando a levantar mechas de tierra suelta y luego en el campito de afuera elevándose en remolinos donde giran enloquecidos papeles, car-tones, hojas de diario y que de repente de un brusco envión dobla la esquina y desaparece; el padre leyendo en voz alta las noticias del diario que llega por tren con tres días de atraso; todo rápido y enturbiado en una instantánea soledad, prendida después en la memoria hasta volverse un solo estremecimiento. A veces ni eso, únicamente la levedad de una huella irreconocible, un soplo de nostalgia, el gusto apagado de un momento feliz, o de un llanto ya diluyéndose a pesar de sus esfuer-zos por recuperarlo.

Se tiene muy a su pesar que destapar y ponerse de pie nomás, si no se hace tarde, y entonces sí que lo le-vantan a la fuerza, a los gritos. Todavía le cuesta vestirse solo, no lo hace bien aún, aunque se da bastante maña. Afuera de la cama, qué frío, tiembla entero, rápido la camisa manga larga sobre la camiseta gruesa de frisa y

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recién ligero el pantalón y el pulóver tejido a mano lar-gas noches de su madre con el par de agujas finas y aceradas brillando bajo la lámpara petromac de suspi-ro interminable, mientras escucha los tangos de las or-questas típicas en la onda corta atorándose de silbidos y descargas de la radio a batería y de antena instalada por encima del techo; las medias de lana, los botines deslustrados, este mocoso es el colmo, seguro pues que juega a la pelota con los botines de ir a la Escuela, tenés que hacerlo que se cambie, que aprenda desde chico a cuidar las cosas; y él que con ese de la izquierda le pega a la pelota con alma y vida, hasta canta bajito

jugaré en la quinta

después en primera

yo sé que me espera

la consagración

ya está aprendiendo poquito a poco a darle con la dere-cha, a manejar también con esa pierna la pelota, sigue canturreando

faltando un minuto

están cero a cero

tomó la pelota sereno en su acción

gambeteando a todos enfrentó al arquero

y con fuerte tiro quebró el marcador

y silba y se abotona a las apuradas, trancándose a causa de los dedos entumecidos, él mismo no muy despierto. El hermano menor en la cama contigua parece que lo oye, se da vueltas, pestañea, babea un murmullo indes-cifrable, lo mira un instante con los ojos perdidos de sueño y tras darle la espalda sigue durmiendo más enco-

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gido, calentito y a su gusto. Dichoso del hermanito que va a la Escuela en el turno de la tarde, si no tendrían que ir los dos tiritando por la calle, siempre de la mano como les enseñaron

vos sos el mayor y donde sea tenés que cuidar a tu hermano, ya pues?

y él comprende que así es mejor y más seguro

crucen las vías de la mano, cuidadito con soltar a tu hermanito, él todavía es chico y no sabe, en cambio vos ya sos bastante grandecito y te podés dar más cuenta de las cosas, vayan por la vereda, miren bien antes de cruzar las bocacalles, no se distraigan, no abran la boca, no sean elevados, ya?

Cada vez más despabilado se sube los tiradores elás-ticos, se ata las trenzas de los botines, qué lío, una ya deshilachada se está por cortar, les hace nudos ciegos, si no siempre se le aflojan

y podés pisarla y darte un porrazo, entonces no me vengás llorando que te fajo encima, pues

se acerca sin dejar de bostezar al espejo, observa sus ojos pequeños, negros; su papá ya hace rato que salió para la oficina, dicen que se le parece

y tu hermano es la ima-gen de tu mami, pero

suertudo. Su papá trabaja desde la madrugada hasta bien de noche en una oficina de despachos de adua-na. Se contempla la cara trigueña, los cabellos rebeldes, secos, calzándole la frente; el padre la tiene alta, inteli-gente, los cabellos peinados, sin raya, para atrás. A él

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la madre le hace una raya a la izquierda y lo peina con un jopo; el padre tiene una hermosa bicicleta negra, grande, brillosa, el manubrio niquelado, los rayos de las ruedas también; hay feriados y domingos que los saca a pasear, los hace sentar a los dos sobre el cuadro, y los lleva a dar vueltas por el barrio, primero alrededor de la manzana y después hasta la plaza; tienen una foto, ellos vestidos de marineros, parados sobre el caño del cuadro, y él de traje, sin sacarse el sombrero gris, soste-niéndolos por detrás; esa foto el padre la lleva siempre guardada en su cartera de bolsillo

vení pues, apurate, te voy a lavar la cara, mirá esas mejillas cómo las tenés pero

sí mamá, ya voy

no le gusta que lo lave ella, se la moja con agua fría, no tiene consideración, se la refriega sin contemplaciones, y qué decir de las orejas donde más enérgicos se vuelven sus dedos; y si se queja le va peor, lo mismo lo agarra, sin hacerle caso a sus evasivas, sus amagues de escapár-sele; lo peina mano firme, el peine rayando el cuero cabelludo, especialmente en la coronilla rebelde

si seguís así te vas a quedar sin frente pues, en cambio ahora vas a quedar más presentable, ponete de una vez el guarda-polvo y vení al comedor.

Le sirve el café con leche humeante en la taza de loza blanca, el pedazo de bollo con mantequilla. Después lo llama para la última cepillada, para alisar las arrugas de su ropa, lo termina de arreglar, le da otra pasada ya más

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suave con el peine y poniéndole la moneda de los diez centavos en el bolsillo del guardapolvo lo despide con un beso en la frente estrecha pero por ahora despejada

portate bien, hijo, no hagás renegar a la señorita, obedecé, estudiá y a la salida venite derecho a la casa, no te distraigás por ahí, ¿ya, pero?

Sale con el primer rayo aún tímido de sol. El aire frío, cortante, enrojece sus orejas, las insensibiliza; también congela sus labios y mejillas; la calle está casi desierta; alguien, el cuerpo levemente echado hacia de-lante, de gorra y chalina que le tapa media cara, pasa; alguno que otro alumno de lejos lo acompaña. Mete las manos en los bolsillos laterales del pantalón y con el brazo derecho mantiene hacia atrás sobre la espalda la cobartera marrón repleta de libros, cuadernos y el resto de útiles. Se acurruca lo más posible y los dientes castañeando, la bufanda azul cubriéndole boca y nariz, emprende la ida de todos los días; camino que se cono-ce de memoria, veredas de piedra, de laja, largos trechos sin ninguna clase de vereda, sobre calles desiguales por las piedras sueltas, los huellones, todas de tierra. Aquí la plaza alambrada donde disputan los campeonatos de babifútbol o se divierten en los juegos infantiles, co-lumpios, resbaladeros, hamacas, trancabalancas, o sal-tan por sobre la red harapienta de una cancha de tenis abandonada: Justo a la esquina el edificio de piedra del Correo donde su padre cuenta que trabajó de mensa-jero en su adolescencia; después, y pasando un portón siempre abierto, de madera y alambre, las vías del ferro-carril partiendo en dos el pueblo, de sur a norte, con su

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Estación de techo castaño y pilares de hierro. Un poco más allá la plazoleta de los actos patrióticos, de los des-files de las escuelas y los soldados en los días del guarda-polvo bien lavado y planchado, la escarapela flamante prendida sobre el pecho impecable, y la banderita azul y blanca agitándose en la mano, y el tambor acompa-sando sonoramente la marcha y la banda de música con sus instrumentos amarillos destellando al sol tan alto y radiante en el cielo limpio

de a cuatro niños, procuren no perder el paso, vamos; más erguidos, mantengan la distancia, caramba

el estremecimiento, la piel de gallina, el sacudón pro-fundo al cantar el himno y ver subir la bandera entre las rachas del viento hasta el tope del mástil contra el azul intenso totalmente despejado. Más adelante, y ya al frente, la plaza principal con sus montoncitos espa-ciados de árboles y canteros descoloridos, sus bancos de piedra y los de madera pintados de verde, la fuente del medio constantemente seca; y pasando la calle más que todo el cine, desde luego mucho más que la Iglesia toda la piedra, y recién la Escuela también de piedra y rodeada de alambrados en toda la manzana que ocupa, con altas ventanas de persianas verdes despintadas por el sol y el viento. Detrás de ella otras calles de tierra por las que nunca ha ido y en las que no le gustaría aventu-rarse, menos solo, y únicamente desde lejos contempla. Y eso.

El sol ya alumbra con más fuerza, va entibiándose el aire; con la caminata ahora no se siente tanto frío,

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aunque aún va echando por la boca un vapor ajustado al ritmo de su respiración. Ya no está solo, son muchos los chicos que se agrupan, se apuran, corren, se juntan; algunos de la mano de sus padres o de sus hermanos mayores, todos rumbo a la entrada principal. Es justo cuando se le agolpa la desazón infaltable, se le afloja el estómago, se le acelera el corazón, los siente vacíos, qué es lo que le pasa, como si lo repelieran las paredes, las puertas, las caras repentinamente agrandadas, brumo-sas, hurañas, las voces ruidosas y mezcladas; por qué no huir despavoridamente, tirar todo, incluso los útiles y volverse a todo lo que den las piernas a donde está el hermanito y ponerse a jugar con él, arrodillados los dos junto al triángulo rebosante de bolillas relucientes, bien adentro de la casa, al alcance de los ojos de la madre; no como aquí tan solo y desamparado, sin el patio y los autitos de carrera aunque se sepa de memoria la lección y haya dibujado anoche antes de acostarse el mapa de la Mesopotamia con sus ríos bien pintados y la costa de la Patagonia con los bordes bien azules señalando el océano. Cómo cruzar el umbral, andar entre las au-las aún vacías, esperar que toquen la hora para formar en el patio sin derrumbarse hacia adentro, debilitarse al punto de sentir mareos, agitarse, la boca seca y las manos transpiradas. Cómo no salir disparando, mamá no me gusta la Escuela, la aborrezco a la señorita, no quiero ir más, me hace descomponer. Desde primero inferior hasta ahora, siempre igual.

A la campanada los hacen formar de mayor a me-nor, los varones aquí, las niñas allá, dos filas separadas

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a ver ese alumno que se ponga más derecho caram-ba, que hunda la barriga, sí, usted, usted niño

alguien de atrás le pega un cocacho, para qué darse vuelta en medio de los que se hacen los desentendi-dos aguantándose la risa, ni para qué desquitarse con el inocente de adelante. Una vez en el aula se ubica en su banco de madera pintada de amarillo con una franja negra en la parte de arriba y el agujero en el costado su-perior derecho para el tintero blanco con ponchito de género; todos los tinteros juntos se guardan en cajas de cartón, los reparten diariamente al comenzar la clase y en la última hora los retiran; su nombre y apellido están bordados en el generito. Saca los cuadernos y libros que va a utilizar, los guarda en el cajón interior del banco; la goma de borrar, el lápiz negro, el sacapuntas, la caja de lápices de color, la lapicera también junto a la regla, a la escuadra y al transportador, todos acomodados en-cima del banco. Tiene de compañera de asiento a la Luva, rubia, de ojos verdes a veces, o celestes otras; hace tiempo que es su novia, aunque ella apenas le hable para prestarse el compás o una hoja de cuaderno. Se la pasa soñándola como si fuera la hermosa heroína que aparece en las películas, que siempre terminan con ella en brazos de su amor, de su héroe. No con esa faldita plisada por encima de sus rodillas sonrosadas, sino con un traje largo, hasta los tobillos, blanco, luminoso. Él quisiera también, como el actorcito, darle un beso en la boca, o no, en la mejilla mejor, todavía no puede besar en los labios aunque apriete blandamente los suyos de solo pensarlo. Le gustaría abrazarla, ceñirla contra su

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pecho; claro que al imaginar no más todo eso se llena de miedo, se siente culpable, se acalora de vergüenza. Si con solo mirarla le da pavor, hueco doloroso se le vuelve la vida en su presencia. Pero es su novia y en lo más oculto de sus pensamientos guarda, resguarda no-ches enteras esa verdad que lo hace tan dichoso, inmen-samente afortunado, como para entonar entre dientes mientras resuelve el problema de aritmética

late un corazón,

déjalo latir,

miente mi soñar

déjame mentir

late un corazón

porque he de verte nuevamente

miente mi soñar

porque regresas lentamente.

Los recreos se la pasa apoyado en cualquier pared, soli-tario, mirando desde la distancia cómo los demás alum-nos juegan, hacen rondas, saltan, gritan, se voltean; al-guno se lastima las rodillas contra el piso de laja y se lar-ga a llorar a los chillidos. Otros se esconden, se pillan, se despeinan, se manchan el guardapolvo, lo desgarran; entre ellos la Luva, ¿por qué se pone a jugar así?, encen-dido el rostro, los rulos más relucientes que nunca. Él quiere estar ya nomás en su patio con el hermano, ju-gando a las bolillas o haciendo bailar el trompo sobre la palma de la mano, arrinconarse ya mismo en el galpón a hojear revistas, los libros del padre, sacar su cometa y darle todo el hilo del carretel, encerrarse en el comedor con la vitrola y dedicarse a escuchar esos nuevos discos

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que ha traído su papá junto con la cajita metálica de púas flamantes; no los foxtros, ni menos las rumbas ni las congas, sino esos de Tanturi, Di Sarli, Gardel, Lau-renz, Troilo, Gobbi, Canaro entre un alto de otros, y en fin, ser por último el actor y matar uno por uno a todos los bandidos, para que dejen de una vez por todas de jugar con su amor. Solo cuando les dan la galleta del tercer recreo, para la que se ponen en estricta fila mien-tras el portero las va sacando desde una bolsa de arpi-llera con rapidez y sin equivocarse; después de recibir la que le corresponde corre hasta el alambrado del patio de afuera donde se arriman las vendedoras con sus cajas de caramelos, chancacas, empanadillas, chupetines, y se compra miel de caña; le hace a la galleta un agujerito con el dedo hasta casi traspasarla, echa con cuidado y bien despacito la miel, lenta y oscura, y después se la come, qué rico, relamiéndose y enmelándose entero. Todos los chicos hacen lo mismo y el lío viene cuan-do sobre la hora hay que ir rápido a lavarse las manos; se amontonan, tratan a los empujones de ganar sitio junto a la única canilla, pechan como en una enorme gataparida, y él mejor espera que el chorro de agua que-de libre, no importa que se ligue una reprimenda con peligro de orejazo por demorarse.

En un riel colgado desde un tirante del techo de la galería principal, tocan la campana golpeándolo con un martillo grande o un fierro justo cuando el último bocado se agolpa precipitado en la boca, y el trago a la fuerza desciende dificultosamente, lentísimo, ahogán-dolo, humedeciéndole los ojos y recién pasa del todo

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tras golpearse el pecho con el puño. A ponerse en fila; y ahí forma ella risueña y lejana

ese chico está desali-neado, sí, usted alumno, cuándo va a aprender, caram-ba, hay que prestar más atención

y la mano enérgica exprime como una garra su brazo dañándole hasta el alma su amor por la Luva.

Se ha acostumbrado a aprenderse al pie de la letra todas las lecciones; una porque le gusta sacarse buenas califi-caciones, y otra porque ahí está la Luva, su compañera de banco, la novia de su vida, su único amor con la que se casará cuando sean grandes. No sabe si pedirle una hoja de cuaderno y redactarle una carta; te quiero, te mando saludos, ¿querés ser mi novia?, ¿me aceptás una cita?, tu amor, y firmarla con su nombre completo y la rúbrica que el padre pacientemente le está enseñando; o copiarle uno de los versos que le ha escrito en las hojas de atrás del cuaderno de apuntes. Qué se va a animar. A veces sus ojos celestes o verdes lo miran des-deñosos, apenas un pestañeo de indiferencia o solo lo consideran de reojo; o simplemente le da la espalda, y el aire frío de esa actitud lo congela hasta el fondo, lo lastima tanto que la mirada se le nubla y a duras penas vence sus ganas de ponerse a llorar. Le viene bien en-tonces conformarse con cantar en voz bajita, gacha la cabeza

Primero la cita lejana de abril

tu oscuro balcón,

tu antiguo jardín;

más tarde las cartas de pulso febril

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mintiendo que no,

jurando que sí,

romance de barrio

tu amor y mi amor…

Pero cuándo tocan la salida, a qué hora, ya no aguan-ta más, que le aterran las paredes cubiertas de láminas prendidas con chinches, llenas de cuadros y mapas; aquel pizarrón donde con tizas de colores está dibuja-da la Casa Histórica de Tucumán; las ventanas abiertas para que pase el sol pleno de la mediamañana; por qué no se acaban ligero todas las horas y todos los recreos, menos el de la galleta con la miel de caña, y tocan de una vez la campana de salida. Quiere irse con un pro-fundo suspiro de alivio a sus cartucheras, a sus revólve-res de cebas, al Súperman, a Marvel, al Príncipe Valien-te, a Madrake el mago, pucha, que toque ese portero ya, ya, la campana, qué hace que no la toca, qué espera; siquiera su papá le comprase un reloj pulsera para lu-cirlo delante de ella que seguro que entonces lo miraría y hasta le preguntaría la hora y a lo mejor se lo pediría prestado un ratito para escuchar su tictac, cómo anda; qué bonito que es, ¿cuánto te ha costado?; le vienen agudos deseos de ir al baño, un retorcijón le atraviesa como rayo el estómago y de repente ganas de agarrarle la mano, parece suavecita, tocarle un bucle rubio, aca-riciarle la mejilla de manzana deliciosa, el perfil de la naricita respingada,

sí señorita, el general Manuel Bel-grano, señorita, el 20 de Junio de 1820, señorita

muy bien

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niño, siéntese,

viva Belgrano que le gusta más que San Martín; viva Boca, repite mentalmente la formación del último do-mingo, Vaca, Marante y Dezorzi, Sosa, Lazzati y Pescia, Boyé, Corcuera, Sarlanga, Varela y Sánchez, que es más campeón que River; viva Fangio que es mucho mejor que Gálvez; viva «Trenzas» que es más lindo que «La vi llegar», el preferido de su mamá, aunque en realidad a él le encantan los dos; viva Gardel que es mejor cantor que Corsini y Magaldi juntos, y viva la Luva que es her-mosa y no como aquella flaca cimbuda que cada vez que pasa por su lado lo pellizca o le da un tincazo en la oreja helada o le saca la lengua, sin que él se lo reclame, le tire de las mechas, le pegue una piña en el ojo, ni se desquite con nada y más bien se refriegue callado con la cara cada vez más ardiente y colorada.

A formar, a formar en orden y silencio. Qué alivio, qué peso tremendo quitado desde dentro mismo de su vida. Hasta mañana señorita. Hasta mañana niños, ha-gan silencio por favor. Las filas se mantienen hasta la primera puerta, pero ya bajando la escalinata de piedra el desbande es total. Recupera toda su seguridad, ahora sí que se tranquiliza, por fin de nuevo rumbo a su casa, qué deseos de salir volando para llegar cuanto antes. Mañana está lejos todavía, detrás de toda una tarde de pesada y espaciosa luz, detrás del sueño de una noche larga, larguísima.

La Luva se va bien adelante, como escapándose, se junta con amigas, se aleja, del brazo de ellas. Él sabe donde vive y que su padre es dueño de una imprenta

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y vende libros; que su familia no es de aquí, tiene una nacionalidad difícil de pronunciar y de recordar. Qué lindo sería alcanzarla, ponérsele a su lado, hola qué tal, cómo te va, ¿querés prestarme tu caja de lápices de co-lor?, ¿querés ayudarme a hacer los deberes?, ¿querés que te acompañe? Oh, sus ojos de minúsculas y profundas luces, que a ratos son de un verde clarísimo y a ratos de un azul de puro cielo; sus manos rosadas y sus cabellos de oro. Amarillo se siente a la sola idea, ni pensarlo. La deja que se vaya nomás, que se pierda de vista dos o tres cuadras más adelante.

Al cruzar las vías le gustan los trenes quietos debajo de cuyos vagones grises pasa para acortar camino no sin antes fijarse que no vayan a estar en movimiento, haciendo maniobras; no se explica por qué lo atraen tanto, ¿será por irse tan lejos y volver desde tanta dis-tancia cargados de lejanía?; igual la Estación, donde la gente despide o espera, se agolpa, se distrae comiendo cosas con gusto y en silencio. Por él fuera, se la pasaría ahí, mirando salir y llegar los trenes, observándolos per-derse en la bruma remota del sur o advirtiéndolos des-de mucho antes que cualquiera cuando aparece débil el humo en el horizonte, perdido entre lomas terrosas, sobre el gusanito agrisado que se arrastra apareciendo y desapareciendo. Ya le hace calor, se desabotona el guardapolvo, se apura, tiene hambre y además ya de-ben estar las revistas nuevas, patente el aroma de las páginas recién abiertas, revistas que su papá le lleva a la vuelta de la oficina o que él personalmente retira del ca-sillero de la revistería; seguramente Billiken, Figuritas, El

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Gráfico con los goles del clásico