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Los textos que integran "Cuentos ciertos" tratan temas fundamentales para el propio autor y para el exilio español en general, tales como precaria vitalidad de la idea republicana en la diáspora o los estrechos márgenes de movimiento de los que, en un panorama internacional cada vez más polarizado por la guerra fría, disponían los intelectuales del momento.
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Seitenzahl: 575
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Max Aub
Cuentos ciertos
Edición de Eugenio Maggi
INTRODUCCIÓN
«Todo queda por hacer»: de Sala de Espera a Cuentos ciertos
Pequeñas historias de la Gran Cosa
«Esa podredumbre»: los campos franceses en Cuentos ciertos
«Callar es mentir»: los conflictos con los comunistas y el caso Librada
ESTA EDICIÓN
BIBLIOGRAFÍA
CUENTOS CIERTOS
Una canción
La Ley
Espera
Enero sin nombre
Una historia cualquiera
Vernet, 1940
Historia de Vidal
Un traidor
Ruptura
Los creyentes
Manuscrito cuervo. Historia de Jacobo
Prólogo
Historia de Jacobo
El limpiabotas del Padre Eterno
Apéndice: Librada
APARATO CRÍTICO
CRÉDITOS
1 Este trabajo está enmarcado en el Proyecto de Investigación Escrituras de la identidad en tiempos de conflicto: Max Aub y la memoria generacional, AICO/2021/180, subvencionado por la Conselleria de Innovación, Universidades, Ciencia y Sociedad Digital de la Generalitat Valenciana.
Max Aub leyendo un discurso [México, D. F. (México)] [ca. 1950]. Hermanos Mayo, México, D. F.
Archivo General de la Nación. Sobre 637. Colección Mayo.
Fundación Max Aub, caja 42-201.
El año 1955 fue una fecha de gran peso simbólico para toda la diáspora republicana. Con la entrada en la ONU de la España franquista, aprobada el 14 de diciembre, se sancionaba un largo proceso de aceptación del régimen del Caudillo por parte de las democracias occidentales. Una España anticomunista, pero ya olvidadiza de sus raíces totalitarias, y además muy propensa a integrarse en la modernidad capitalista, resultaba mucho más atractiva, o por lo menos tolerable con poco esfuerzo, respecto a los fantasmas de la Segunda República ahogada en su propia sangre en 1939.
Desde su exilio en Ciudad de México, donde pocos meses antes había publicado la antología de relatos que aquí se reedita por primera vez como obra autónoma, Max Aub comentaba esa trascendental noticia con su característica mezcla de congoja e integridad estoica:
Anoche ingresó España en la ONU. La URSS votó a favor, y Yugoslavia también [...]. México se abstuvo: «Dios le bendiga». Ganó Franco, hasta que se le revienten las entrañas. Somos unos «perdidos». ¿Por qué no reconocerlo? Lo hemos perdido todo, menos la vida. Es decir, no hemos perdido nada: todo queda por hacer. Hasta que nos borren del mapa; no falta mucho. ¿De qué sirve la verdad? (Aub, 1998, 268).
Por haber luchado, y para seguir luchando, en defensa de la verdad (en primer lugar, de la verdad del proyecto republicano), Max Aub, ese español por vocación nacido en una familia judía germano-francesa, había cruzado la frontera pirenaica en febrero de 1939. La rápida involución autoritaria de la Tercera República de Daladier, acompañada a una denuncia anónima tramitada por la Embajada franquista, lleva a su detención en abril de 1940 como subversivo sospechoso. Aub pasará la mayor parte de los dos años siguientes en los círculos infernales de los campos disciplinarios de Vernet (mayo-noviembre de 1940 y septiembre-noviembre de 1941) y Djelfa, en Argelia (noviembre de 1941-mayo de 1942), hasta conseguir por fin la liberación y la posibilidad de salir para México, tierra de acogida donde durante treinta años, hasta su muerte en 1972, irá creando una de las obras intelectuales y artísticas más memorables de la ‘España peregrina’. Con dos preocupaciones constantes: la precaria vitalidad de la idea republicana en el limbo del exilio y los estrechos márgenes de movimiento de un intelectual militante como él, socialista crítico tanto del comunismo soviético como del imperialismo occidental, en un clima ideológico cada vez más polarizado (Faber, 2002 y 2006, Mainer, 2006).
Sala de Espera el punto de arranque necesario para abordar Cuentos ciertos, es en este sentido una iniciativa cultural paradigmática. Editada y costeada por Aub entre junio de 1948 y marzo de 1951, esta revista unipersonal evoca en su título la actitud, entre perpleja y esperanzada, que a su juicio caracterizaba tanto a la diáspora republicana como, más en general, a la intelectualidad progresista ante la problemática modernidad generada por la Guerra Fría1. En este taller de incomparable creatividad confluirán textos de narrativa, poesía, teatro y ensayo, que el propio autor consideraba como anticipaciones de libros futuros (Aznar Soler, 2003, 81).
En particular, la sección de narrativa breve No son cuentos (segunda serie) venía a ser la continuación ideal de su antología de prosas realistas de 1944 («algunas narraciones [formarán parte] del segundo volumen de No son cuentos», cit. en Aznar Soler, 2003, 81), con la que compartía los ejes argumentales primarios, es decir la Guerra Civil, el exilio y en particular, dentro de esta última dimensión, los campos franceses. En esta segunda serie se publicarán, a partir del núm. II (julio de 1948) y hasta el XXX (marzo de 1951), diez relatos breves: Una historia cualquiera (núm. II); Otro (núm. VII); Historia de Vidal (núm. VIII); Enero sin nombre (núm. IX); Un traidor (núm. X); Ruptura (núm. XI); Espera (Sabadell, 1938) (núm. XII); Los creyentes (núm. XVI); Una canción (núm. XXII) y Librada (núm. XXX). También aparece, en cuatro números seguidos de la revista (del XXIV al XXVII), Manuscrito cuervo, un texto difícilmente clasificable, aunque estrechamente vinculado a los temas, personajes y propósitos de la obra testimonial de Aub.
La fecha de redacción de estos relatos es cuanto menos indeterminada. En 1969 el propio autor le contestaba a su amigo Manuel Tuñón de Lara: «no tengo la menor precisión referente a: Una canción, La ley, Un traidor, Ruptura, Los creyentes, El Jacobo [es decir, Manuscrito cuervo]. Deben ser, son del 43 al 48. Espera es un capítulo perdido de Campo de sangre, cuando uno de los protagonistas va al Centro» (Aub y Tuñón de Lara, 2003, 451). En cuanto a Enero sin nombre, Aub le escribía a Jorge Guillén en 1956: «Enero sin nombre era el primer capítulo de Campo francés y debí escribirlo en 1939, cuando todavía tarareaba» (Aub y Guillén, 2010, 64); un dato claramente desmentido por el propio texto, que presupone por lo menos una Segunda Guerra Mundial muy avanzada, si no ya terminada (pág. 130, nota ii), y que además contradice otra declaración del autor, quien afirmó haber redactado Campo francés en septiembre de 1942, «[e]n veintitrés días de travesía, de Casablanca a Veracruz» (Aub, 2018, 86)2.
Pocos años después, en el fatídico 1955, Aub publicó con la Antigua Librería Robredo dos antologías de su narrativa breve, gemelas y especulares ya a partir de títulos, portadas y autorretratos del autor (Caudet en Aub, 2004, 12): Ciertos cuentos, un muestrario de su producción fantástica3, y Cuentos ciertos, que incluye el legado realista de Sala de Espera con el añadido de dos inéditos, La Ley y El limpiabotas del Padre Eterno, un texto inusualmente largo «escrito en febrero/marzo del 55, para completar el tomo» (Aub y Guillén, 2010, 64). Solo la última pieza de No son cuentos (segunda serie), Librada, no se reeditará en volumen hasta 1965. En ese título tan lacónico4, Cuentos ciertos, Aub cifró una vez más la unión indisoluble entre las prerrogativas literarias y el valor cronístico y testimonial de los relatos.
En el tránsito de Sala de Espera a Cuentos ciertos, Aub sometió sus textos a una intensa revisión, en algunos casos, como se nota enseguida mirando el aparato de variantes que coloco al final del libro, rayana en la reescritura. En cuanto a la disposición de las piezas en Cuentos ciertos, que a ojos vistas no sigue un orden de redacción ni de primera publicación, podemos avanzar unas cuantas conjeturas gracias a un precioso documento que dio a conocer De Marco en su edición de Campo francés (Aub, 2018, 11). Se trata de un índice global (novelas y relatos) del Laberinto mágico, concebido en 1970 para una hipotética publicación del entero ciclo en dos tomos5; para la ocasión, Aub anotó también la fecha de los eventos narrados, pero equivocándose a menudo, como no dejó de notar la propia De Marco. Veamos ahora cómo se compagina el índice de Cuentos ciertos con esta cronología de Aub, señalando de paso dónde hay que rectificarla:
RELATOSDE «CUENTOS CIERTOS»
PRIMERA PUBLICACIÓNEN «SALADE ESPERA»
FECHA DE LOS ACONTECIMIENTOS (ÍNDICE DE 1970)
EFECTIVA FECHA LÍMITE DE LOS ACONTECIMIENTOS
1. Una canción
núm. XXII
Junio de 1937
2. La Ley
—
Septiembre de 1937
Noviembre de 1938
3. Espera
núm. XII [con el título Espera (Sabadell, 1938)]
Abril de 1938
4. Enero sin nombre
núm. IX
Enero de 1939
5. Una historia cualquiera
núm. II
Diciembre de 1939
Posterior a mayo de 1940
6. Enrique Serrano Piña [Vernet, 1940]
núm. VII [con el título Otro]
Enero de 1940
7. Historia de Vidal
núm. VIII
Febrero de 1940
1943
8. Un traidor
núm. X
Febrero de 1940
Posterior a mayo de 1940
9. Ruptura
núm. XI
Febrero de 1940
Septiembre de 1941
10. Los creyentes
núm. XVI
Marzo de 1940
h. 1941
11. Manuscrito cuervo. Historia de Jacobo
núms. XXIV-XXVII
Julio de 1940
Finales de 1940 (manuscrito), 1946 (prólogo)
12. El limpiabotas del Padre Eterno
—
Septiembre de 1941
1942
El hecho de que el índice de 1970 se equivoque en ocho casos sobre doce —dotados, en su mayoría, de fechas explícitas, en Ruptura incluso al comienzo del texto— hace pensar en un borrador del proyecto redactado sin volver a leer los cuentos. Al margen de estos errores, sin embargo, es significativo que la cronología de 1970 coincida con el orden de Cuentos ciertos, según un esquema cronístico general que partiendo de la Guerra Civil (1937-1939) pasa por el caótico inicio del exilio francés (1939) hasta llegar al calvario de los campos de concentración (1939-1943)6. Se advierte, en definitiva, cómo Aub anhelaba contribuir, principalmente desde el campo literario, a la creación de una auténtica pedagogía de la memoria histórica, indispensable para poderse tan solo figurar una recuperación futura de España:
España ya no es nuestra España sino otra. Otra que ha crecido con la ignorancia, en la hediondez de lo retrógrado —con sus evidentes excepciones—. España, tal y como está, no sirve. Hay que hacer crecer una nueva España, hay que volver a empezar desde el principio. Hay que plantear y plantar nuevas escuelas, cuidarlas como las niñas de los ojos de todos los españoles y esperar. Esperar andando, pero fija la atención en las generaciones venideras (Aub, 2020a, 610).
A lo largo de toda su vida de desterrado, Aub nunca dejó de insistir en la ruptura epocal que supuso, para él y toda su generación, la Guerra Civil, un evento tan cargado de significados y tan duradero en sus secuelas como para cambiar radicalmente su propio rumbo de intelectual y artista. De los muchos testimonios que se podrían aducir sobre este tema, hay una conferencia pronunciada en 1960 con el escueto título La guerra de España, donde Aub da un excelente vademécum para interpretar toda su obra testimonial:
La guerra, para la gente de mi generación, y la de las dos anteriores, y la posterior, ha sido la Gran Cosa, con mayúsculas; lo determinante de nuestra manera de vivir, si no de entender el mundo, y de morir.
Hablo, claro está, de la guerra española, de la guerra civil española, la que se perdió en España, no nosotros —ni aun muriendo—; ni la España de mañana, la que llevamos en el alma. [...]
Tenía 33 años cuando empezó la Gran Cosa y me puso frente a mí mismo. A Mauriac, que es más viejo y bastante buen ejemplo, a lo que asegura le sucedió igual. Vivíamos en otro mundo, ficticio al parecer. Los mitos que nos interesaban tenían poco que ver con la realidad: de pronto, esta se nos echó encima. Nadie dudó (Aub, 2020a, 597-598).
La Guerra Civil fue entonces, ante todo, un momento de esclarecimiento —tan relevante para un individuo obsesionado por la verdad y los infinitos matices de la ficción— en su propósito primario de defender la esperanza del proyecto republicano: «No era una revolución, como hoy la de Fidel Castro, no empuñamos las armas para derrocar a un gobierno sino para sostenerlo. Esto, al cuarto de siglo, todavía es una fuerza. Lo lícito, si bueno, dos veces bueno» (Aub, 2020a, 599).
«[N]osotros tenemos razón», dice en efecto, ingenuamente pero con perfecta legitimidad, un anónimo personaje de Enero sin nombre (pág. 131); en aquellas mismas páginas, mientras va desfilando el éxodo más dramático de la España del siglo XX, leemos: «Esta gente no sabe lo que quiere, pero sabe muy bien lo que no quiere. Por eso huyen. No es que tengan miedo, no quieren ser fascistas. ¿Comprendes? Es claro como el agua: no quieren ser fascistas» (págs. 121-122). Un muchacho, tras contar cómo se ha salvado de un fusilamiento, glosa su rechazo del fascismo a través de un episodio de pura brutalidad franquista: «Prefiero morir a ser fascista. Fueron a enterrarme y no me encontraron. [...] Entonces fusilaron a mi madre, y a mis cuatro hermanos. Eso es el fascismo, y nada más que eso» (pág. 120).
Pero para Aub recordar con ahínco las razones morales de la España leal, contra cualquier tentación de apaciguamiento, significaba también interrogarse con honestidad sobre aquellas fracturas intestinas que minaron la resistencia antifascista, y que seguían perpetuándose, cristalizadas o incluso encarnizadas, en las comunidades cada vez más débiles de la diáspora. La lectura del Laberinto mágico es, en este sentido, un descorazonador baño de realidad por la penosa sensación de déjà vu causada por batallitas y rencillas sectarias que se arrastran, prácticamente invariables, década tras década. Al fin y al cabo, este análisis avanzado por un personaje de Enero sin nombre: «Lo grande es que la gente no le echa la culpa a quien la tiene, y que todo el mundo sabe cómo se llama, sino a sí mismo: al compañero; el comunista, al no comunista; el anarquista, al no anarquista, etc.» (pág. 124), ¿no puede aplicarse perfectamente a los veteranos españoles que veinte años después intoxican las tertulias de Las verdadera historia de la muerte de Francisco Franco?
En Cuentos ciertos, sin embargo, una vez registrada la presencia de estos motivos trasversales, sorprende sobre todo la gran variedad de registros y técnicas que Aub sabe concentrar en los cuatro cuentos iniciales, una suerte de Laberinto mágico abreviado (La Ley, Espera) o trasfigurado en caleidoscopios oníricos, difícilmente compatibles con una novela histórica más tradicional (Una canción, Enero sin nombre). Y también pueden experimentarse otros juegos combinatorios, por ejemplo constatando cómo estos cuatro relatos distorsionan, cada uno con su filtro peculiar, la temporalidad que ingenuamente nos podríamos esperar en una crónica bélica.
Una canción, que abre la antología, es en este sentido un explícito caveat para el lector. Difícil encontrar algo más anómalo en cuanto a narración de un combate: el contexto geográfico se infiere vagamente de una lacónica referencia («Uno de por aquí», lo que llevaría a pensar en el campo andaluz), hasta tal punto que la propia voz narradora parece dudar de su ubicación («Parece mentira que sea también España»); la realidad tristemente cotidiana de una agonía en el campo de batalla (¿real o por identificación empática con otro muerto?) se fragmenta y diluye en unas páginas de alucinado sensualismo, espejo de una conciencia alterada:
Las moscas verdes sobre la herida negra: apretadas, juntas, quitándose el puesto las unas a las otras, procurando que la sangre no se seque, pequeño oasis, fuente imperceptible ya barrosa y borrosa. Ahí, con sus trompas, no dejando que se seque. ¡Que mane, Dios de las moscas verdes, que mane todavía un poco, que no se seque! Las moscas verdes, tornasoladas, calientes, en piña, amontonadas, a granel, semillas de muerte, pléyade familiar, ya más de él que de ellas. Racimo moviente, única vida que le queda. Y el sol tremendo, a plomo (pág. 82).
¿Acaso recordaba aquí el escritor El hombre muerto y Las moscas de Quiroga, como sugiere tanto la situación de partida (un cuerpo paralizado y delirante, o quizás hiperconsciente) como algunos detalles ambientales? Sin duda, como acertadamente ha comentado Sanz Álvarez (2004, 43), Una canción es el Yo muerto que actualiza al contexto de la Guerra Civil el vitalismo estilizado de Yo vivo, prosa en la que Aub cifraba la esencia irrecuperable de su literatura de preguerra (Aub, 1953, 78).
Espera, episodio de hombres de acción al margen de la acción, nos sumerge otra vez en una atmósfera pantanosa, donde el tiempo se ralentiza arrastrándose sombríamente justo cuando la Historia (en este caso perfectamente medible entre finales de marzo e inicios de abril de 1938, al comienzo de la ofensiva del Maestrazgo) parece forzar una aceleración. Soldevila (1973, 87-88) observó que el cuento es una pieza desgajada de Campo de sangre, al implicar a Jesús Herrera (tanquista que en aquella novela acaba matado por un cañonazo) y, por deducción, a Juan Fajardo, que aquí es promocionado a narrador. Se viene a crear así una contradicción en la continuity del Laberinto, considerando que en Campo de sangre Herrera muere un par de semanas antes7.
Aunque, como decía, el contexto histórico de Espera sea tan exacto como para quedar circunscrito en pocos días, la focalización interna de la narración ofrece notables paralelos con la temporalidad estancada de Una canción. Valgan como demostración estos párrafos, donde el lirismo del lento soliloquio queda enriquecido por los correlatos objetivos:
¿Dónde están mis amigos? La guerra. El frente. Mundo revuelto. La soledad. ¿Cómo he de escribir esto que anoto? ¿Cuántos miles han sentido lo que me pasa y no puedo reflejar? La soledad se convierte en melancolía, en recuerdos imprecisos de paisajes y personas queridas y fugaces, inaprehensibles. Así viene la tristeza, callada. Pesadumbre del cuerpo, incapacidad de mover un brazo. Entumecimiento. Lentitud del rodar del mundo, desaliento. Ya debe de andar mediada la noche.
Me sirvo otra copa de anís sacarinoso. Las paredes sucias, la campana de la chimenea se deshace hacia el techo en ocres y negros repiqueteados por las moscas. Intento no apoyarme en la mesa pequeña y paticoja: me molesta su inseguridad (pág. 100).
Cuidadosamente pautada por sus diálogos esenciales, casi telegráficos, la segunda parte del cuento, en la que la llegada de Herrera marca un cambio de ritmo, es una muestra excelente de cómo Aub era capaz de cifrar en sus personajes, con una gran economía de recursos, los estados de ánimo contradictorios provocados por la evolución general del conflicto.
La Ley es uno de los dos inéditos de Cuentos ciertos y, aunque no se reeditara hasta 1969, consta que Aub le tenía especial aprecio8. También este cuento de retaguardia aprovecha la ralentización del tiempo narrativo, que sin embargo coincide en este caso con la angustiosa espera de un consejo de guerra y, poco después, de un fusilamiento. Manuel García Cienfuegos, perito agrónomo y capitán del ejército, se ve de repente en la obligación de ejercer como abogado en el juicio contra el agente de aduanas Domingo Soria —uno de esos señoritos sin atributos que pululan en la obra de Aub—, sorprendido en flagrante delito de deserción junto con el humilde cocinero Primitivo Ramírez. Como Viejo Blister de Beppe Fenoglio, con su penosa ejecución del viejo partisano, La Ley es una muy humana interrogación sobre los dilemas de una justicia legítima que en los tiempos aciagos de un conflicto puede llegar a ser, o a parecer, draconiana. Así lo va rumiando Manuel, a decir verdad con una actitud un poco engolada:
Se sorprendía de la tranquilidad del futuro muerto. En el fondo, estaba satisfecho de su comportamiento, del suyo, del de Manuel García Cienfuegos, y de lo bien que había hablado y sobre todo del acierto que había tenido, ahora, al traer a colación la ley y su inexorabilidad, sustento del mundo. Se daba cuenta de que, por instinto, había dado en el único —¿el único?— clavo sedante para su defendido. ¿Por qué no estudiar Leyes al acabar la guerra? Desde luego era una barbaridad matar a un hombre por un hecho tan nimio como ese intento fallido de pasarse al enemigo. Bueno, pero ese era el punto de vista del ciudadano Manuel García, perito agrónomo. No el del capitán García Cienfuegos, menos todavía el del abogado Manuel García Cienfuegos (págs. 94-95).
Así como es muy aubiano el irónico y amargo desenlace, que con una repentina aceleración final salva una vida pero restaura la injusticia histórica (sobre todo desde un punto de vista de clase, como ha destacado Sanz Álvarez, 2004, 44).
Aub cierra virtualmente la primera sección de Cuentos ciertos con Enero sin nombre, un perfecto relato-bisagra entre los meses finales de la Guerra Civil y el arranque del dantesco exilio francés. Esta crónica sui generis de tres días de la Retirada (del 26 al 28 de enero de 1939), narrada por la voz extrañada de un árbol, es uno de los textos breves más celebrados de Max Aub, y con mucha razón. Aquí no intervienen solo desfases temporales (entre la inmovilidad de la planta y la mutabilidad del río de refugiados, o entre la lentitud exasperante de la procesión y el ataque repentino de la aviación enemiga), sino un auténtico ‘salto de reino’, que confiere al relato su característica naturaleza bifronte: una celebración de la grandeza moral de la derrota republicana («Con ser vencidos llevan la victoria», certifica el exergo cervantino) y al mismo tiempo un escrutinio poco misericordioso de nuestra extraña especie, endeble y feroz. El árbol de Enero sin nombre anticipa a Jacobo, el cuervo académico de Manuscrito cuervo, en su taxonomía barroca, digna de un Valdés Leal, de las afecciones corporales del hombre y de sus no menos invalidantes taras psíquicas:
Tampoco comprendo por qué se mueren los niños: morir es cosa de quedarse seco. Lo saben de sobra los hombres, y lo dicen. También se muere uno de podredumbre, de tener las entrañas roídas por los gusanos. Los hombres se mueren carcomidos por fuera, la cara consumida por la sangre y las vendas, por el pus, la sarna, los piojos y el dolor. Por lo que oí anoche, también de hambre (pág. 108).
Los hombres dan idea de lo que son los fenómenos pasajeros, son como las tormentas o mejor, como dicen, atormentados. Para ellos no existen las estaciones y tanto les da primavera u otoño; la vida no brota del hombre sino de su alrededor, bajan a ser espejo del mundo y por defenderse de su inferioridad inventan el sueño, intento de semilla, moleña por los aires (pág. 109).
Más estilizado aún que Una canción, Enero sin nombre es una pieza de bravura estética que merece figurar en cualquier muestrario del equipaje retórico de Max Aub9. Lo notaba Jorge Guillén, ilustre lector de Cuentos ciertos, quien comentaba con admiración:
Todo está contado con exactitud de frase intensa, rápida, y riquísima de vocabulario. Hay páginas de una maestría que va hasta el virtuosismo en Enero sin nombre: «Un débil silbido que se agrava...», etc. Esta escritura tan ágil, tan flexible —y tan escrita— constituye —a mi juicio— uno de los mejores estilos de narración contemporánea (Aub y Guillén, 2010, 64).
Una apreciación a la que el autor le contestaba estableciendo de paso una cronología y una filiación:
En cuanto al estilo: Enero sin nombre era el primer capítulo de Campo francés y debí escribirlo en 1939, cuando todavía tarareaba10. Luego se me echaron tan encima: «que si se necesitaba del diccionario, etc.», que —de muy buena gana— decidí huir de la exactitud cuando entrañaba lo poco usado. Aquella manía —muy visible en El cojo de No son cuentos o en el primer capítulo de Campo cerrado— se la debo a Luys Santa Marina (tal como se debe: siempre en parte) con quien solía admirar —y descubrir— algunos místicos del XVII. Y a Quevedo. Encontrará la influencia de este buen señor en cuanto hice. No creo —ay— que se note, pero se la aseguro cierta. De ahí, tal vez, lo escrito de algunas de mis cosas (Aub y Guillén, 2010, 66)11.
Estas afirmaciones vendrían a fijar una demarcación estilística bastante precisa, que sin embargo podemos aceptar solo con cierta cautela, considerando cómo, por ejemplo, El limpiabotas del Padre Eterno, único cuento fechable con cierta seguridad a 1955, sigue presentando pasajes muy escritos:
El mulo da vueltas y vueltas, los ojos tapados con un pedazo de tela roja. Ruido hilado del agua al escapar de los cangilones. Lomas secas y sol a plomo. Si en la madrugada se atreve algún verde el calor lo destroza en horas. El sol rompe, rasga, ahoga, pesadísima valva, atufando el aire. El calor tiene color: cárdeno oscuro. Pesa el sol a través de las nubes, un calor ciego; pesa el aire muerto. No se mueve una hoja de los cinco árboles, ni una. Peso de todo el aire muerto en cada palmo de tierra seca, toda la tierra es lona sucia, loma interminable, todo se ahoga, escondido ahogo, afán desesperado de un soplo de aire verdadero. Todo falso, falsas las nubes, falso el viento, todo falso menos el peso del ahogo; hasta el sudor muere nonato. Todo brilla muerto (págs. 329-330).
Volviendo ahora a Enero sin nombre, la naturaleza bifronte que mencionaba arriba se manifiesta de forma especialmente meridiana en sus páginas finales, tras la espeluznante secuencia del bombardeo. Es como si de pronto se redujera la distancia analítica de la voz narradora, dejando espacio a una serie de viñetas que justifican, ya con cierta adhesión y ternura, el epígrafe cervantino. Porque dentro de ese «humano río» que vuelve a formarse (pág. 128) el árbol destaca ahora la harapienta grandeza de los derrotados: los Internacionales, espectrales soldados que en lugar de continuar la huida hacia Francia «vuelven porque quieren, leve escudo para tanta ignominia», «porque su sangre extranjera es sangre española», y los refugiados que los saludan con el puño en alto y el «No pasarán» (pág. 133). Es un breve momento de dignidad recobrada: «lúceles de pronto el rostro ido», y es fácil imaginar en estos instantes las intensas miradas de los brigadistas que inmortalizó en sus fotos Robert Capa.
Y también hay una escena memorable de indignación descompuesta, pero no por eso menos legítima, protagonizada por un borracho que —un poco como aquel español de León Felipe que «sobre la colina de Madrid, el año 1936» gritaba «¡Que viene el lobo!» (Felipe, 1963, 191)— lanza este terrible dicterio contra la cobardía francesa:
Te habla un muerto, un muerto de los vuestros, de los fabricados por vuestras propias manos. Un muerto. Un hombre podrido por vuestra paz de pasos para atrás, de no resistencia, de vuestra paz de no intervención, de vuestra paz de maricones. [...] ¡Cómo no ha de poder salvarse! Aquí estoy yo muerto y podrido para atestiguarlo, y los checos también, y los que vendrán después; pues no faltaba más. Ya lo creo que se salvará, mentecatos, ciegos cagados de miedo, bobos agarrotados a vuestra miseria, que agujeráis la tierra con vuestras patas de perro lameculos con el noble afán de esconderos. [...] Y ahí estáis todos, enteritos todavía, esperando que los españoles agradecidos, cándidos corderitos míos, vayan a combatir con vosotros si la espada lo demanda (págs. 128-130).
Se trata de un pórtico perfecto para enfrentarse, pocas páginas más adelante, con el baldón de los campos franceses, introducido por Una historia cualquiera.
Como ha recordado Sánchez Zapatero (2010, 86), el corpus de textos donde Aub reelabora las experiencias vividas y testimoniadas a lo largo de su paso por los campos franceses (Vernet en 1940-1941, Djelfa en 1941-1942)12 es un únicum en cuanto a extensión cuantitativa y cronológica para un autor español, si exceptuamos la constelación de prosas sobre Buchenwald que Jorge Semprún escribió, en francés, a partir de los años sesenta del siglo pasado. Para Aub la base testimonial de partida es ingente, si se considera que, aprovechando hasta donde fuese posible su estatus privilegiado de intelectual (Sicot en Aub, 2015b, 24), nunca había dejado de tomar notas y esbozar proyectos durante sus períodos de internamiento.
Recién llegado a México, en 1942, Aub se preocupa ante todo por transformar ese testimonio autobiográfico en una oportunidad contrainformativa, centrándose en sus muy recientes experiencias en el campo de Djelfa, todavía activo a pesar del desembarco de los Aliados en Argelia. Nacen así sus intervenciones públicas en mítines antifascistas (octubre de 1942 y marzo de 1943) y el escrito ¡Yo no invento nada!, publicado por la revista Todo en marzo y abril de 1943 (Aub, 2007b, 41-52 y 2011, 396-406 y 415-442). Pero ya a partir de 1944 se va definiendo un proyecto literario más elaborado, que se concreta en la publicación de Diario de Djelfa (poemario escrito en el campo), Morir por cerrar los ojos (drama sobre Roland-Garros y Vernet)13 y No son cuentos, el precedente antológico de Cuentos ciertos, donde ya aparecen dos relatos notables sobre los campos: Manuel, el de la Font y, sobre todo, Yo no invento nada, reelaboración ya plenamente narrativa de los recién mencionados artículos de Todo.
Esta urgencia comunicativa muestra, de entrada, cómo el ámbito de los campos va cobrando importancia en la obra de Aub, insertándose orgánicamente en su crónica artística de la Guerra Civil, hasta tal punto que en su narrativa breve la dimensión concentracionaria es a menudo un marco para los recuerdos, recientes o menos, del conflicto. En la articulación interna de Cuentos ciertos, esta fórmula, ya experimentada en Manuel, el de la Font, viene a ser especialmente fructífera, ya que la mayoría de relatos ‘sobre los campos’ son en realidad una bisagra entre ámbitos argumentales contiguos (guerra, primer exilio, campos); así funcionan, por ejemplo, las analepsis del protagonista de Historia de Vidal y de Enrique en Vernet, 1940, igual que la etopeya del Málaga en los primeros cuatro capítulos de El limpiabotas del Padre Eterno.
El otro aspecto que salta a la vista en las obras de 1944 es la necesidad, por parte de Aub, de experimentar con técnicas y registros. Si este polifacetismo es de por sí una marca de fábrica del escritor, en el caso de sus obras concentracionarias adquiere un relieve particular, puesto que permite ampliar las potencialidades de la representación realista cuando esta viene a chocar contra el universo inédito de los campos, casi inconcebible en su horror y sinrazón (Pérez Bowie en Aub, 1999, 17-19; Sánchez Zapatero, 2014, 261-280).
Porque de los muchos horrores de los que está repleto el Laberinto, el de los campos franceses contiene sin duda un elemento diferencial. No solo en cuanto a las violencias que allí se ejercían (palizas sistemáticas, vejaciones verbales y psicológicas, explotación laboral y corvées brutales, discriminaciones étnicas y religiosas, etc.), sino en su mismo embrión, en el huevo de la serpiente de la Tercera República francesa: un estado formalmente democrático, incluso regido por ministros socialistas o radicales, que no solo se había negado a apoyar con medidas concretas a la España leal durante el conflicto civil, sino que, ante la Retirada del 39, había reaccionado confinando a miles de refugiados entre alambradas. Las condiciones de vida infrahumanas de estos primeros campos semi-improvisados, como Argelès, Saint-Cyprien o Le Barcarès, parecieron no tanto la desafortunada consecuencia de una crisis humanitaria sin precedentes, sino más bien el brutal intento de control de los sospechosos ‘rojos’ españoles, debido a la misma actitud descaradamente xenófoba que Aub ya había representado en Enero sin nombre. En este sentido, hay una evidente continuidad entre este relato y los capítulos III-V de El limpiabotas del Padre Eterno, donde la narración de la Retirada, con una suerte de fundido, da pie a una larga secuencia sobre Argelès, nueva frontera infernal después de los Pirineos:
Soldados franceses, fusil al hombro; oscuros spahis a caballo, la espada desenvainada, paseando lentos tras los alambres de púas que están acabando de colocar. La playa está picada de viruela por los agujeros que todos cavan, luego alzan las mantas, como hongos. Nadie le hace caso al mar, alambrada rugiente, perro de presa, con espuma a lo largo de la dilatadísima boca. Presos (pág. 284).
En estos pasajes, como en Enero sin nombre, Aub vuelve a asumir el rol de imaginativo cronista de una epocal derrota colectiva, ensamblando noticias y testimonios ajenos. La fase siguiente de los campos franceses, en cambio, sí acabó por implicarlo personalmente, y justifica la preponderancia en su obra de una tipología de campos disciplinarios, como los de Djelfa y Vernet, marcada por un recrudecimiento de la violencia política.
Deportado desde el estadio parisiense de Roland-Garros, Aub llega a Vernet d’Ariège, al pie de los Pirineos, el 30 de mayo de 1940. Había sido detenido el 5 de abril tras una orden de búsqueda emitida el 27 de marzo, cuando el Ministro del Interior, como recordará irónicamente en Manuscrito cuervo, era Henri Roy, senador de la ya muy mal llamada Gauche démocratique. Es decir que Aub, junto con miles de franceses y extranjeros (en su mayoría, refugiados antifascistas europeos), cae víctima de la involución autoritaria y xenófoba de la legislación republicana, cristalizada en los decretos que el gobierno Daladier14 promulgó en 1938 en contra de los indésirables — una lógica premisa de la ley del 18 de noviembre de 1939 que, estallada ya la Segunda Guerra Mundial, sancionó la detención administrativa de todo sospechoso, extranjero o no:
Élargissant le champ d’application de la loi du 12 novembre 1938, elle offrait aux préfets la possibilité d’interner tout individu, étranger ou non, suspecté de porter atteinte à la défense nationale ou à la sécurité publique. Mesure administrative et non mesure judiciaire, elle n’impliquait aucun fait délictueux reconnu et, a fortiori, aucun jugement et aucune condamnation ; aucune limite, non plus, n’était fixée. Véritable loi des suspects, elle se voulait d’exception dans un contexte de guerre [...] (Peschanski, 2002, 73).
A la injuria de la detención de Aub hay que sumarle otro insulto, es decir que su orden de búsqueda derivó de una denuncia anónima que la Embajada franquista trasmitió al Ministro de Asuntos Exteriores en marzo de 1940, repleta de errores y tergiversaciones: «Max Aub. Nacionalidad alemana. Nacionalizado español durante la guerra civil. Actividades: comunista y revolucionario de acción», a lo que se añadió significativamente «Hebreo» (Malgat, 2007, 89-90). Es una traición por partita triple —por venir con toda probabilidad del ambiente de los refugiados españoles, por crear un avatar del autor para uso policial, y finalmente por castigarle en cuanto antifascista— que obsesionará a Aub durante todo el resto de su vida, contribuyendo a poblar su obra de chivatos, confidentes, falsificaciones pseudo-documentales e identidades apócrifas.
En definitiva, cuando llega a Vernet en el verano de 1940, Aub vive la precariedad de un detenido administrativo extranjero (y judío) en tiempos de guerra; por tal motivo, tras una primera liberación (21 de noviembre de 1940) volverá a ser internado el 5 de septiembre de 1941 y luego, junto con un grupo de presos considerados especialmente peligrosos, deportado al campo argelino de Djelfa (28 de noviembre). Todo esto con la agravante de que, con la invasión alemana del 10 de mayo, la Tercera República había colapsado definitivamente, siendo sustituida por el Était français, reaccionario y colaboracionista, del mariscal Pétain. Arthur Koestler, que compartió el periplo de Aub por Roland-Garros y Vernet, observó en Escoria de la tierra, tal vez el mejor reportaje testimonial sobre la caída de Francia, que
esto era lo más exasperante y lo que veraderamente enloquecía: había sido detenido sin una explicación, había sido puesto en libertad a los cuatro meses sin que nadie me dijera nada y nunca se me interrogó en forma ni se me dio la menor oportunidad para defenderme de una acusación cuya naturaleza desconocía. Era como luchar por tierra firme en una ciénaga donde el suelo cediera a cada paso, hasta quedar ahogado por el barro (Koestler, 1951, 171).
La arbitrariedad total asentada por la loi des suspects creó, de hecho, el esquizofrénico infierno de los campos disciplinarios, regidos a un tiempo por la Esfinge burocrática y el puro azar. La obra concentracionaria de Aub supo captar perfectamente este aspecto ya a partir de Morir por cerrar los ojos:
GRIEGO. —[Juan] es reo. Nosotros no llegamos a tanto: «detenidos administrativos». ¡La Administración! Aquí encerrados en espera del destino, sin que nadie tenga que dar cuenta de nuestra existencia. Como en los buenos tiempos del absolutismo (Aub, 2007a, 157).
PROFESOR. —[...] [En el lager] éramos todos alemanes, y enemigos los unos de los otros. Esto es peor, porque es imbécil. Nos han encerrado por defender lo que, oficialmente, defiende el gobierno que nos aprehende. Se vengan en nosotros de su incertidumbre, de su falta de fe (Aub, 2007a, 203).
En los relatos de Cuentos ciertos, esta sensación de absurdo vuelve una y otra vez. Se hacen eco de ella tanto los ‘políticos’ concienciados como los individuos que se han encontrado atrapados entre los engranajes de la detención por error (o por mezquinas rencillas de vecinos) — y a veces sus propios guardianes:
Ya no saben quiénes somos ni de qué se nos acusa. Lo peor es que nosotros tampoco (Una historia cualquiera variante de Sala de Espera, pág. 370).
El propio capitán de información dijo hoy al jefe de la barraca 34: —El noventa por ciento está aquí porque fueron detenidos en un momento de locura.
Y como le preguntara si no había remedio, se alzó de hombros, abrió los brazos y dijo: —C’est la guerre... La pagaïe... (Manuscrito cuervo, pág. 202).
—La gente se puede morir. [...] Todos nosotros, más o menos, hemos hecho la guerra y hemos visto morirse la gente. Sabemos lo que son las balas, los obuses, las bombas y las trincheras, como las del 14 [...]. Todos hemos tenido miedo, como no dejarán de tenerlo los millones de soldados que pelean ahora un poco por todo el mundo. No se muere más que una vez, por más vueltas que le des. Punto y basta. Pero esta idiotez de aquí, este morirse de inanición, esa podredumbre, ¿por qué? ¿Qué razón hay? ¿Por qué nos tienen así? (El limpiabotas del Padre Eterno, pág. 332).
Al registro de esta pérdida de sentido general se suma la característica mirada de Aub, que, sin dejar nunca de ser profundamente solidaria, es inmisericorde a la hora de captar las pequeñas y grandes ruindades del ser humano. Aunque en la parte concentracionaria de Cuentos ciertos no falten modelos de entereza moral, como Le Portiller (Una historia cualquiera), Vidal (Historia de Vidal) y Enrique Serrano Piña (Vernet, 1940), abundan más bien microhistorias de decepción, fatuidad, fanatismo ideológico y narcisismo15, que a veces llegan a hundirse en los abismos de la degradación más repugnante. «Traidores todos», rezongaría Vicente en Campo del Moro, mientras la Segunda República se derrumbaba (Aub, 2002, 663); y traidores también hay muchos en el pantano moral que inevitablemente crearon las formas de supervivencia en los campos franceses. De allí que traicionar pueda significar tan solo el apuntarse a un servicio religioso cualquiera a cambio de un poco de comida, como en la breve viñeta Los creyentes, o bien aprovecharse del exilio y luego convertirse en delator, como el ‘hombre sin atributos’ Luis González Merino del cuento Un traidor, buena muestra de cómo Aub advertía la necesidad de retratar este tipo de figuras como forma de catarsis personal16.
Este inventario de vicios y debilidades humanas demuestra que la fórmula realista de Aub nunca pretendió abandonar su peculiar aspereza en los umbrales de los campos. Pero donde la escritura del autor destacó particularmente, alcanzando niveles inéditos de fuerza emocional, fue en una serie de relatos-epitafios dedicados a los que Primo Levi llamó en su obra testamento los hundidos de los campos, vale a decir de las víctimas absolutas, que antes de fallecer habían sucumbido ya a una muerte psíquica17. Se trata quizás de la parte más preciosa del Laberinto mágico en cuanto operación memorialística, puesto que aquí lo que se pretende rescatar son las vivencias de individuos que por su clase, edad y condiciones psicofísicas son predestinados a desaparecer sin dejar huella, totalmente borrados del mapa, utilizando una expresión tan cara a Aub. A no ser, en efecto, que el autor testigo, consciente de su propia fortuna anómala18, se haga cargo de salvaguardar por lo menos una parcela del paso sobre la tierra de estos invisibles, y de recordar el oprobio de sus muertes.
Dentro de los relatos concentracionarios de Cuentos ciertos, esto significa asumir una tarea de formación de la memoria histórica que se dirige a un lector empírico desconocido, pero que dentro del marco ficcional adquiere, en la mayoría de los casos, la forma de un diálogo entre supervivientes o compañeros de destierro, unidos de antemano por la experiencia del desarraigo. Quizás por la sospecha, típica de este tipo de testimonios literarios (Sánchez Zapatero, 2010, 119-135), de que lo ocurrido en los campos sea difícilmente trasmisible, como dejó transparentar el propio Aub en el prólogo de Diario de Djelfa:
Esta poesía atada al recuerdo, se desdibuja, palidece y cobra virtud fantasmal según los fantasmas de cada lector, que si de lo vivo a lo pintado piérdese una dimensión, ¡qué no perderá en lo escrito!
Solo mis compañeros muertos y enterrados en Djelfa, el millar de sobrevivientes, podrán, quizá, captar lo que aquí se apunta. A ellos se lo dedico [...] (Aub, 2015b, 55).
Como ocurre a menudo en la narrativa de Aub, entonces, una estrategias discursivas de por sí intrascendentes, como la apelación al recuerdo que encabeza Historia de Vidal, se cargan de significaciones metaliterarias:
Yo no sé si te acuerdas de él. Dormía a mi lado, al principio. Luego lo trasladaron al fondo de la barraca. Sí, aquel catalán harapiento —siempre sin afeitar, con las gafas rotas... Te tienes que acordar: no solo con las patas hechas pedazos y remendadas con hilos y cordelillos, sino también un cristal. Recuerda, ¡hombre! (pág. 157)19.
Vidal es un ejemplo de preso que se ha dejado derrumbar por un estado depresivo, acabando por aislarse y ser marginado por sus propios camaradas. Aunque el relato se enfoque en un episodio que el personaje había protagonizado al comienzo de la Guerra Civil, la atmósfera sombría que envuelve el retrato de Vidal deja conjeturar que este pobre derrotado no sobrevivió a las condiciones del campo, por lo menos desde el punto de vista mental.
A partir de elementos similares (narrador intradiegético, personaje en precarias condiciones psicofísicas, analepsis, laconismo del final20), Aub construye una de las mejores piezas de la colección, Una historia cualquiera. El relato autobiográfico del viejo franco-caribeño Le Portiller —rebelde errante e inadaptado, víctima constante de policías, ejércitos y burocracias, ahora «[e]squelético, el pelo cano, desdentado» (pág. 135)— atestigua el interés de Aub por las perspectivas extrañadas: la magnífica paradoja es que el trastorno del anciano personaje —que mezcla recuerdos de la Guerra de Cuba, sufrida en su juventud, con los de su deportación en 1940— le sirve al autor para dar, entre líneas, una lección de memoria histórica sobre el origen, español y colonialista, de los campos de concentración (Naharro-Calderón en Aub, 2008a, 11).
Tampoco el Málaga, protagonista inolvidable de otra pieza maestra de Cuentos ciertos, El limpiabotas del Padre Eterno, ve el mundo como la gente ‘normal’:
Su vida, el mundo, no pasaba de dos dimensiones: carecía de profundidad. Así dicen que ven los caballos. Todo lo tenía a mano: lo demás no existía. No le faltaba interés por las perspectivas; lo que no sabía era guardar distancias. [...]
El Málaga lo veía todo claro pero a la misma distancia, nunca comprendió la necesidad del «usted» existiendo el «tú». Al fin y al cabo, el mundo tiene cinco metros de profundidad, más o menos la de un escenario en el que todos se codean. [...]
Lejos, cualquier objeto era borroso pero cuando entraba en el círculo de su clara visión todo adquiría, por el hecho de ser, una alegre fisonomía (págs. 263-264).
Emblema de una inocencia y bondad casi franciscanas, pisoteadas muy pronto por un mundo feroz de guerras, destierros e internamientos, el Málaga como Le Portiller, se desplaza con un vagabundeo muy rentable narrativamente, ya que sus peregrinaciones ayudan a reconstruir el éxodo interno de la República (Madrid, Valencia, Barcelona, la Retirada) y el calvario de los campos franceses (Argelès, Gurs, Vernet y Djelfa). Es precisamente en la etapa final de Djelfa cuando el Málaga, antes de quedar inmolado a la brutalidad del Poder, será reconocido como una suerte de everyman, o incluso como una prefiguración mesiánica de la Justicia:
—Pareces el Málaga, ya estás hablando como él.
—Es que creo que todos tenemos algo del Málaga, y además creo que eso está bien —contesta Ruiz a Guillén— (pág. 332).
El Málaga nos mira, sonríe como siempre y se va escotero a rascarse las pieles que le cuelgan por todas partes. Está más allá. Tal vez lo que consideramos un retraso —según dictamen médico es un retrasado mental— sea exactamente lo contrario. Tal vez el Málaga sea un adelantado del otro mundo, cuando todos seamos iguales... (pág. 327).
La importancia estructural de esta doble naturaleza del Málaga, terrenal y espiritual, justifica una articulación narrativa especialmente compleja, donde las palabras de los compañeros de éxodo e internamiento (los omnipresentes diálogos, las cartas de Juanito Gil, el diario de Celestino Grajales) quedan enmarcadas en una inusual narración omnisciente, que llegará incluso a corroborar la acogida del Málaga en el paraíso, casi como un gesto de reconocimiento final de la dignidad del muchacho (pág. 334).
He dejado para el final Manuscrito cuervo, probablemente el texto más original de Cuentos ciertos, hasta tal punto que en Sala de Espera, como he apuntado en el primer capítulo, ocupaba una sección individual21. A pesar de su difícil clasificación genérica, la elección de incluirlo en Cuentos ciertos se explica perfectamente por su posición de absoluto relieve entre las prosas concentracionarias del autor, con las que mantiene un intenso diálogo intertextual.
La anécdota de la que parte Aub es bien conocida: los testimonios de los ex internados Koestler (1951, 150 y 157) y Regler (1959, 338) confirman que en Vernet había un cuervo amaestrado llamado Jacob, que solía acompañar a los presos en sus tareas diarias. En particular, Nos Aldás (2001, 320) ha señalado oportunamente la singularidad de este pasaje de Escoria de la tierra, que a mi juicio podría ser incluso el punto de arranque para la construcción ficcional de Aub: «A veces, Jacob, el grajo, hacía el viaje hasta el río con nosotros, instalado en la tapa de uno de los depósitos y mirando a los hombres que empujaban las vagonetas, con unos ojos brillantes y saturados de ironía» (Koestler, 1951, 157). Y son precisamente la ironía cruel, el humor negro, el cuestionamiento de percepciones y certidumbres los aspectos que predominan en este cáustico tratado sobre el ser humano, redactado por un cuervo erudito y presentado a través de los filtros cervantinos de la traducción (a cargo de Aben Máximo Albarrón, es decir de un «hijo de Max Aub», como ha observado Sanz Álvarez, 2004, 57) y del hallazgo fortuito de un manuscrito (por un tal J. R. Bululú, imitador de voces e internado/superviviente/editor). Es un caso extremo de multiplicación de los avatares autorales, que casa con un gusto evidente por el fragmento breve, más propenso a la viñeta, a la greguería fulminante22 y al aforismo, tan del gusto del autor (Quiñones, 2006), que a las secuencias narrativas extensas.
El posible alcance pedagógico de la mirada crítica externa de un visitante culto, que Ette (2005, 188) relaciona con el antecedente de las Cartas persas queda inmediatamente cortocircuitado por los propios límites y prejuicios de Jacobo. En lugar de optar por un modelo coherente de animal noble y sabio que se contraponga a los defectos humanos (como los Houynhnhnms de Swift), Aub nos devuelve una imagen especular de nuestras mezquinas idiosincrasias. Jacobo es fatuo, pedante y racista; bajo un disfraz de pretendida asepsia académica, su investigación de campo delata intenciones explotadoras (pág. 219), y sus catalogaciones discriminatorias nos recuerdan cómo en la Europa de los años 30 y 40 las doctrinas raciales más criminógenas habían sido asumidas y propagadas activamente por universidades e institutos de cultura (Weinreich, 1999).
La sátira de la humanidad surge a veces de las tergiversaciones de Jacobo, que por ejemplo construye un mundo al revés donde los campos de concentración son centros culturales exquisitos, con presos ascetas que pueden dedicarse por fin a cultivar su vida espiritual (págs. 194 y 214)23. Pero los apuntes del cuervo presentan también una vena más consciente y ‘libertaria’, favorecida por las diferencias etológicas. En su teatro crítico para desengaño de errores comunes en clave corvina, Jacobo arremete contra el sadomasoquismo de una sociedad supuestamente civilizada, pero que no ha dejado de generar explotación, guerras, nacionalismos exasperados, enajenación ideológica y elefantiásicas burocracias:
Cifran los hombres su ideal en la libertad, amontonando fronteras. Quieren viajar para aprender, su máxima ilusión, e inventaron los pasaportes y los visados para entorpecer su paso. Detiénense y hácense detener en líneas arbitrarias, tiralineadas al azar de los tratados. Y aun existiendo el objeto de su deseo al alcance de su mano, no lo cogen, por falta de sellos (pág. 225).
Basta el uso intencionado de unas itálicas, e instituciones y conceptos consolidados (democracia, frontera, banco...) adquieren un aire absurdo e inquietante, como si fueran vocablos de una neolengua orwelliana.
A medida que se aleja de su referente histórico concreto, esta corrosiva investigación de la hipocresía humana transforma Manuscrito cuervo en un auténtico tratado barroco sobre los límites epistemológicos de nuestra especie. Como un Quevedo alado, Jacobo hostiga al ser humano por depender constantemente de espejismos y fantasmagorías:
Creen los hombres lo que les conviene y fingen ignorar lo que no. Así siempre se sorprenden; que el gusto de todos implica el propio desencanto. No hay dos deseos iguales, y un solo mundo; no quieren atenerse a él y cada quisque se figura otro. Después, lloran su fantasía como perdida realidad; lágrimas verdaderas sobre cadáveres imaginarios (págs. 224-225).
Viven durmiendo, armando sueños, y, aunque los reputan inverosímiles, creen en ellos y aun los gozan, que no va nada para los hombres de lo imaginado a lo tangible.
Con estos elementos su mundo tiene que aparecerles fantástico, absurdo en sus consecuencias, incomprensible para discretos. Así es (pág. 226).
Infeliz animal pródigo de lo que no tiene, su imaginación le lleva por caminos imposibles y allí se pierde, sin salida, muriendo de creer que las cosas son como se las figura. [...] Encontré un tipo curioso, astrónomo, que me aseguró que toda esta incomprensión se debe a que no viven bastante, es decir, a la pequeñez casi inimaginable de sus medios de conocimiento y de aprehensión; dice que el mundo inanimado vive, que las tierras se siguen moviendo, que si tuviésemos mejores ojos veríamos que los humanos solo perciben una infinitésima parte de lo existente y que esa mediocridad preside sus vidas (pág. 236).
En definitiva, las páginas de Manuscrito cuervo comparten con Enero sin nombre una inspiración filosófica que trasciende sus propósitos contrainformativos acerca de la tragedia de los campos franceses, convirtiéndose en esbozo de una perturbadora Historia natural y moral de nuestra especie.
Para rematar este breve estudio introductorio sobre Cuentos ciertos, creo que es necesario volver a Librada, que como he mencionado en el primer apartado es el único relato de No son cuentos (segunda serie) que quedó excluido de la antología de 1955, y que aquí se incluye como apéndice. Tanto la calidad de la obra, publicada en marzo de 1951, como la ejemplaridad de los episodios que la rodearon merecen, a mi juicio, un estudio extenso. El principal objeto de interés van a ser, en este caso, las relaciones conflictivas de Aub con los ambientes comunistas partidarios del bloque soviético, insoslayable referente ideológico de las izquierdas mundiales durante la Guerra Fría.
La postura crítica de Aub respecto al modelo bolchevique (y al tipo de moral que impuso en la práctica totalidad de los partidos comunistas mundiales) se detecta ya en los artículos tempranos de El teatro en Rusia (1933), donde el autor, treintañero y miembro desde hacía algunos años del PSOE, recogió las impresiones de su reciente viaje a Rusia. Aub, simpatizante de los esfuerzos socioeconómicos del socialismo aplicado (o, mejor dicho, hacia los que la férrea propaganda soviética le dejaba percibir a un occidental por aquellas fechas), no dejaba de mostrar su inquietud ante la fosilización ideológica del PCUS estaliniano24, que ya había consolidado una interpretación partidista y manipulada de la propia Revolución de Octubre, cercenando la libertad de opinión y forjando una disciplina colectiva, imbuida de nacionalismo, próxima a la de las dictaduras italiana y alemana (Aub, 2022, 13-83).
De allí a unos pocos años, envuelto ya en el torbellino de la Guerra Civil, Aub mantuvo una actitud de leal colaboración con los cobeligerantes del PCE —codirigió, por ejemplo, el diario valenciano Verdad, resultado poco duradero de una convergencia entre los comunistas y el PSOE, junto con su amigo, el pintor comunista Josep Renau— y apoyó siempre, hasta en los momentos más amargos del conflicto y del exilio, la línea política de Negrín, el dirigente socialista que con más convicción había reivindicado la inevitabilidad de una alianza operativa con las fuerzas comunistas del país. Precisamente esta proximidad a Negrín le acarreó a Aub la expulsión del PSOE en abril de 1946, junto con el ex presidente del gobierno republicano y otros 34 militantes, acusados por la ejecutiva prietista de subordinación filosoviética (Sirera Miralles, 2012).
Fue este un evento que debió de traumatizar a Aub hasta el extremo de convertirse en un tabú, si todavía en 1954 se definía miembro del PSOE (Aub, 2022, 755), y resulta especialmente paradójico cuando, examinando su obra posterior a 1939, se hace un recuento de las ocasiones en que Aub —con una conciencia agudizada por los procesos de Moscú, el pacto Ribbentrop-Mólotov y las revelaciones sobre la extensión de la represión en la Unión Soviética— reiteró su distancia ideológica del modelo bolchevique y su repugnancia hacia los métodos inquisitoriales que dominaban la política comunista. Plantearse esta crítica imprescindible desde las filas de la izquierda histórica (y, más aún, como socialista español desterrado) lo había impulsado a dedicar varias páginas de Campo de sangre (escrito entre 1940 y 1942 y publicado en 1945) a las desavenencias ideológicas entre compañeros de lucha como el liberal Rivadavia, el empedernido escéptico Templado y los comunistas Herrera y Fajardo. De este contraste polifónico de ideas —encarnadas, con un gusto típicamente galdosiano (Soldevila Durante, 2006, 148), en las vivencias cotidianas de personajes de bulto— no es difícil extraer el meollo de las preocupaciones ideológicas y morales del propio Aub. Creo que aquí conviene extenderse un poco más con las citas, en vista de lo que encontraremos en los textos breves que nos ocupan:
[Templado] El comunismo es una religión, una obligación de conciencia, un deber, con sus normas, con su infalibilidad, sus observancias. El hombre deja de ser profesor, carnicero o albañil. Un comunista es, ante todo, un peón del Partido (Aub, 2002, 153-154).
[Rivadavia a Herrera] La justicia reinando sobre el desierto, ya no sería justicia. Prefiero un poco de injusticia vivida, señor cristiano, vivida. [...] ¿Sabes lo que soy? Algo muy difícil de comprender para ti: una antigualla, Herrera, un liberal. Un viejo liberal, ateo y demócrata. Ah, y creyente en los derechos del hombre (Aub, 2002, 177-178).
[Templado a Fajardo] Para vosotros el aparato, lo real, hoy, es ante todo; para mí, no. Para vosotros el Partido envuelve la vida, la sojuzga, es lo primordial; para mí, no. Para vosotros es condición primera, para mí sería, a lo sumo, consecuencia. [...] Vivís dentro. Yo entiendo vivir en las afueras. Eclaustrados sois con todas las dificultades inherentes al clérigo que vive mezclado en el mundo, de ahí tantas decepciones; muchos de vuestros hombres se dejan tentar. La URSS es un inmenso convento y no todos los que van por el mundo tienen huesos de santo. Así me explico tanto proceso, tanta desaparición, tanto cambio (Aub, 2002, 343).
[Fajardo y Templado] —[L]o que importa en la guerra es servir nuestra causa y no la de los demás, por muy decentes que sean sus servidores. Lo demás: niñerías y literatura. Hay que ganar la guerra, Julián. La guerra y no solo nuestra guerra. Y todos los medios son buenos: lo malo es que no hayan más. Lo personal, la ética, el arte, todo eso ya vendrá después. [...]
—[...] No estaré nunca con vosotros por eso mismo. Una vida sin ética, sin arte, no vale la pena vivirla. Manden los que manden. [...] Desde hace tiempo, veo que os apartáis de mí: porque defiendo a Luis, que es del POUM. Mira que no defiendo al POUM, amasijo oscuro y traidor, pero sí a Luis, a quien conozco como la palma de mi mano. Y no la daré a torcer. Para mí los problemas políticos al fin y a la postre son problemas morales. Dejando de serlo, no me interesan.
—Por eso tiene mil veces razón el Partido al desconfiar de los intelectuales. Sois capaces, por la defensa de una idea que os parece justa, y no digo que no lo sea, de echar a rodar la «mesa y la silla». Sin fijaros en las consecuencias ni ver más allá que vuestra obcecación, sin importaros los resultados. No hijo, no. Mira más lejos.
—No nos entenderemos nunca, ex-intelectual. Lo malo es que entre nosotros sois la única cosa seria. Pero no nos podemos fiar: ignoráis vuestro fin, a lo que obedecéis. No creéis en vuestros sentimientos sino en vuestras consignas, o, mejor dicho, vuestras consignas son vuestros sentimientos: fuerza de la disciplina y de la fe (Aub, 2002, 347-348).
[Fajardo] —El hombre para quien la política es un problema moral no es un político, sino un intelectual. Si creyera en la moral de los sentimientos no sería comunista (Aub, 2002, 405).
Como puede verse, en Campo de sangre, ambientado en la Barcelona de 1937-1938, este debate se enmarca en un preciso contexto bélico de estrategias y consignas propagandísticas, pero el alcance de las reflexiones recién citadas acabará por extenderse al resto de la obra de Aub, junto con la necesidad angustiosa de (re)definirse como intelectual de izquierdas en plena Guerra Fría.
En efecto, la confrontación, a veces áspera, con la realidad histórica del movimiento comunista vuelve a manifestarse en varios textos publicados en Sala de Espera, con una franqueza y contundencia que a Aub le ocasionaron no pocos conflictos con los militantes del ambiente a él más cercano, el del exilio mexicano. Conflictos que no por previsibles tuvieron que resultarle menos traumáticos al autor, el cual volcó en las páginas de sus diarios, con un tono indignado y no pocas veces ingenuo, los frecuentes sinsabores ante las violentas críticas o los hoscos silencios de sus compañeros de destierro, que eran a veces amigos queridos (Renau, Mantecón, Rancaño, Francisco Álvarez, Chabás...). La precariedad y la angustia del exilio agudizaron la sensación de aislamiento del escritor, sobre todo cuando afectaba la recepción, ya fatalmente limitada, de su obra. El 16 de mayo de 1950 apuntó, por ejemplo:
Si yo no hubiese retirado mi firma de la Comisión española Pro-Paz vería puestas por las nubes algunas de las cosas mías que van a salir. Ahora soy un intelectual pequeño burgués, del que no vale la pena ocuparse. [...] De un escritor os interesan los antecedentes —la ficha—, y según eso juzgáis. Ante esa falta de probidad, ¿cómo vamos a discutir? De la noche a la mañana una obra que reputáis espléndida puede pasar al completo olvido (Aub, 1998, 167-168).
La primera obra de Sala de Espera que provoca reacciones negativas entre los conocidos comunistas de Aub es, según parece, Manuscrito cuervo, donde en efecto Aub no ahorró pullas a la disciplina autoritaria, al sectarismo y a la pompa de los camaradas en la fichas Del fascismo, De los comunistas y Algunos hombres, aunque en esta última se perciba también su admiración por el indiscutible compromiso de los ex brigadistas internacionales (págs. 257-259). A pesar de este gesto de reconocimiento, el humor corrosivo del Manuscrito no pasó desapercibido:
12 de diciembre [de 1950]
Discusión con los A. acerca del Manuscrito cuervo. ¡Adónde puede llevar la pasión! Me reprochan no hacer literatura «constructiva», heridos por las chanzas que les dedico —más las verdades. Sus reacciones sectarias. G.: —Si sigues, se acabó nuestra amistad. P. —¡No es cierto que la URSS sea lo primero para nosotros! Lástima que no les saqué la proclama de Rossikowski para celebrar la primera fiesta «nacional» del ejército polaco: todo él dedicado a la URSS y a Stalin, y a Polonia que la parta un rayo.
—¡Hay que escribir por algo! Yo no escribo por escribir, como haces tú.
Según ellos el hombre no canta por cantar. Para ellos todo es trabajo y todo se tiene que justificar. La justificación por los hechos: ¡católicos hasta en eso! (Aub, 1998, 174).
Es una entrada donde, además de rechazar una vez más la concepción zhdanoviana de ‘cultura socialista’, Aub manifiesta su pena por la precariedad de las amistades ante las (supuestas) exigencias de la política, un sentimiento, ya experimentado a menudo durante el conflicto civil, que las divisiones generadas por la Guerra Fría exacerbarán ulteriormente.
Nada de lo que pasó a raíz de Manuscrito cuervo, sin embargo, puede compararse con las polémicas que siguieron a la publicación, en el número treinta y último de Sala de Espera (marzo de 1951), de Librada, una de las piezas maestras de la narrativa breve de Aub y muestra incomparable de su valentía intelectual25. Para entender el alcance de la operación metarretórica que implica este cuento, es necesario partir de los dos documentos históricos que el autor parafraseó para construir la historia, ficcional pero harto realista, de Ernesto Rodríguez Monleón, activista del Partido Comunista Español fusilado por los franquistas en 1948 y luego vilipendiado por su propio partido —una infamia que también provoca el suicidio, dos años después, de su viuda Librada.
Para la carta de despedida que, la víspera de su fusilamiento, Ernesto le dirige a su mujer (págs. 338-343), Aub se inspiró claramente en el mensaje que el comunista gallego José Gómez Gayoso pudo hacerle llegar por vías clandestinas a su esposa Concha, exiliada en Cuba, antes de ser agarrotado en La Coruña, el 6 de noviembre de 1948. El texto de Gómez Gayoso lo había publicado en primera plana Mundo Obrero, semanario del PCE, el 7 de octubre de 1948, y a Aub se lo leyó pocos días después un emocionado Wenceslao Roces, secretario general de la Unión de Intelectuales Españoles (Aub, 1998, 151). A Aub lo impresionó el contenido más íntimo de la carta, que luego volcó en Librada,
