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Reunión de más de veinte historias que propician el encuentro de una gran diversidad de culturas, épocas y modos de percibir y narrar el mundo: parábolas, fábulas, leyendas, mitos y cuentos en un recorrido geográfico que descubre un viaje de búsqueda a través de relatos poco conocidos, pero también de historias clásicas.
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Seitenzahl: 117
Veröffentlichungsjahr: 2018
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EMMA GODOY nació en Guanajuato en 1918. Se tituló como maestra en lengua y literatura españolas en la Escuela Normal Superior y como doctora en filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Dentro de la misma institución realizó estudios de psicología y pedagogía. Durante su estancia en París cursó filosofía en la Sorbona e historia del arte en L’Ecole de Louvre.
Impartió diversas asignaturas en la Escuela Normal Superior, en el Claustro de Sor Juana y en otras instituciones educativas.
Algunos de sus ensayos son Las doctrinas hindúes y el pensamiento occidental; Sombras de magia. Poesía y plástica; Mahatma Gandhi. La victoria de la no-violencia; Que mis palabras te acompañen, y La mujer en su año y en sus siglos. Su obra poética se encuentra en Pausas y arena, y en Del torrente. Escribió las obras de teatro Caín, el hombre; El escudo de Atenea, y Quetzalcóatl.
Colaboró en diversas publicaciones culturales como Ábside, El Libro y el Pueblo, y Cuadernos de Bellas Artes.
Fue asesora de la Sociedad Mexicana de Filosofía y de la Facultad de Filosofía de la UAG; presidenta honoraria del Ateneo Filosófico, fundado por la Universidad Panamericana, y miembro de la Academia Internacional de Filosofía y Arte, con sede en Suiza.
Obtuvo varios premios, entre ellos el Ibero-American Novel Award (1962), otorgado por la William Faulkner Foundation, de la Universidad de Virginia, por su novela Érase un hombre pentafácico; el Premio Internacional Sophia (1979), concedido por el Ateneo Mexicano en Filosofía y el premio Ocho Columnas de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG). Murió en la Ciudad de México en 1989.
COMPILADORA
Ilustraciones deFabricio Vanden Broeck
Primera edición en español, 2005 Segunda reimpresión, 2013 Primera edición electrónica, 2018
D. R. © 2005, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel.: (55)5449-1871
Coordinación: Miriam Martínez y Marisol Ruiz Monter Dirección artística: Mauricio Gómez Morin Diseño: J. Francisco Ibarra Meza Cuidado de la edición: Obsidiana Granados Herrera
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-5846-3 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
La vieja leyenda. Emma Godoy. MÉXICO
Y después… Emma Godoy. MÉXICO
Citlali (la estrella). Emma Godoy. MÉXICO
El Príncipe Feliz. Oscar Wilde. IRLANDA
Los tres deseos. Fernán Caballero. ESPAÑA
Cruce de caminos. Miguel de Unamuno. ESPAÑA
Parábola de los siete mimbres. José Francisco Trindade Coelho. PORTUGAL
Mi última cacería. Pierre Loti. FRANCIA
El molinero, su hijo y el asno. Jean de la Fontaine. FRANCIA
El tesoro de los nibelungos. Leyenda. ALEMANIA
Los siete cuervos. Grimm. ALEMANIA
Teseo y el Minotauro. Mito. GRECIA
La muerte de Brisius. Jonas Biliūnas. LITUANIA
El traje nuevo del emperador. Hans Christian Andersen. DINAMARCA
Mito de Etana. Leyenda. MESOPOTAMIA
Los perros negros. Cuento. ORIENTE MEDIO
Romance de la niña negra. Luis Cané. ARGENTINA
El alfarero y el lavandero. Cuento. INDIA
La flor de la champaca. Rabindranath Tagore. INDIA
La liebre en la Luna. Fábula budista. INDIA
La hormiga, el gusano y la flor. Cuento. CHINA
El Caballero de la Miseria. Cuento. JAPÓN
Los primeros esquís. Einar Maasik. ESTONIA
La última hoja. O’Henry. ESTADOS UNIDOS
El virrey y el indio. Marquesa Calderón de la Barca. Crónica. MÉXICO
Quetzalcóatl divinizado. Ermilo Abreu Gómez. MÉXICO
EMMA GODOY (1918-1989)
Escritora mexicana
Hace muchos, muchos años, un hombre misterioso, joven, alto y fornido, remontó el río Pánuco en una canoa. Tenía espíritu aventurero, y por ello se atrevía a cruzar selvas desconocidas llenas de peligros. Usaba un extraño traje que le llegaba a los talones, bastante incómodo para esas andanzas. Al igual que algunos toltecas, era blanco, con barba negra y poblada; pero lo más notable en él eran sus ojos excepcionalmente grandes en los que resplandecía la inteligencia.
Este hombre –tanto por su afabilidad, como porque los indígenas eran muy hospitalarios–, al internarse en esa tierra fue bien acogido en todos los poblados. Finalmente, se estableció en Tollan o Tula, la suntuosa capital de los toltecas, donde se enriqueció ejerciendo el comercio y luego llegó a ser rey y sumo sacerdote. Seguramente maravilló a los toltecas con su sabiduría y rectitud, porque lo encumbraron a estos cargos supremos.
Nunca se supo de dónde venía, ni siquiera su nombre, por ello le dieron el nombre de una fecha: Ce Ácatl, y el del dios de la ciudad, uno muy antiguo, adorado en toda América: Quetzalcóatl, que significa “serpiente de plumas preciosas”.
Así se convirtió, entonces, en el gran sacerdote de esta divinidad, pero le desagradaba serlo, porque sentía gran indignación y sufrimiento cuando se ofrecían sacrificios humanos al ídolo. Los lamentos de la víctima le partían el alma y verla expirar lo hacía sentir que algo en él moría también. Lleno de piedad, pensaba en la familia que dejaba el sacrificado: la madre y el padre ancianos, la esposa, los hijos pequeños que lloraban desamparados. ¡Eso no podía continuar! Y un día, desde su palacio de columnas labradas, sentado en su trono, rodeado de cortesanos, lleno de majestad se dirigió a sus súbditos:
—Pueblo mío, ¿hasta cuándo seguirás odiando? Ama a tus semejantes. Así sentirás la dulzura del corazón del otro en el tuyo.
Quetzalcóatl se enfrentó valientemente a una tradición muy arraigada y prohibió el holocausto humano que se creía alimentaba a los dioses. ¡Imaginen el regocijo que esa noticia llevó a miles de hogares! ¡Cómo se abrazaban unos con otros! ¡Cómo lloraron de felicidad! ¡Cuánto habrán bendecido los viejos, los jóvenes y los niños a los toltecas! Ni siquiera la abolición de la esclavitud, siglos más tarde, causó tanta dicha.
Este rey tan venerado se acercaba a sus súbditos y, como un padre que enseña a sus hijos, les mostró cómo cultivar la tierra, pues ellos sólo se alimentaban de cereales, frutos y hierbas que crecían espontáneamente en los campos. Se cuenta que un día el monarca se disfrazó de hormiga y se mezcló con las demás para tomar del hormiguero un granito de maíz, que luego escondió celosamente bajo la tierra. Después entregó este grano a los hombres. ¡Qué gran suceso! Pocos momentos habrá tan luminosos en la historia de América como éste en que el rey puso, en la mano morena de un indio, la vida. ¡Sí, la vida! Porque toda esta tierra ha vivido del maíz durante siglos, y sin la dulce mazorca, la desnutrición y el hambre habrían extinguido a todas las tribus.
Además de labrar la tierra y cosechar el maíz, Quetzalcóatl enseñó muchos otros oficios, entre los cuales destacan la fundición y forja de metales, así como el tallado de piedras preciosas. Pero, ¡qué alumnos geniales encontró! Los indios resultaron orfebres tan hábiles que sus joyas causaron admiración sin igual cuando los conquistadores las mostraron en Europa.
El monarca enseñaba las artes que florecen en la paz. Además, quería que el cultivo de la tierra se complementara con el del alma y que, antes de forjar los metales, cada hombre hiciera una joya de su corazón.
Sacerdote, rey, maestro y amigo: todo eso fue Quetzalcóatl. Sin embargo, muchos hombres se alzaron en su contra y se vio rodeado de enemigos: eran los sanguinarios sacerdotes de una divinidad llamada Tezcatlipoca. Ellos no estaban de acuerdo con la supresión de los sacrificios humanos. Pero como el amor es la mayor audacia que se comete en este mundo, los envidiosos no le perdonaron tal grandeza, la cual superaba su título de rey. Lo acosaron e infamaron hasta lograr que, mediante un engaño, un día se embriagara con pulque. Después, avergonzado, Quetzalcóatl tuvo que irse de Tollan. Se refugió en Cholula, no sin antes liberar a los pájaros enjaulados en los cúes.
En Cholula permaneció unos veinte años derramando beneficios hasta que, un día, los rencorosos servidores de Tezcatlipoca fueron a hostilizarlo. Nuevamente huyó Quetzalcóatl para no provocar una guerra entre sus dos pueblos queridos. Entonces, junto con sus partidarios, se dirigió hacia el golfo de México, y luego, quizá por mar, hacia el sur, a Yucatán, la tierra de los mayas, quienes también lo veneraron bajo los nombres de Kukulkán o Gucumatz. En esta tierra se le atribuye la fundación de Mayapán, que hizo una alianza con otras dos ciudades y por largo tiempo “vivieron una paz idílica” gracias al espíritu de mansedumbre que este pacificador imprimía en todas sus obras.
Mas Quetzalcóatl tuvo que partir. Ese día lloraron hasta las piedras. En la costa oriental se congregaron para despedirlo quienes habían heredado de él un ánimo afectuoso por todas las criaturas; abundaban los pobres, pero también había nobles de Cholula y prósperos comerciantes de Tollan; ricos y esclavos se mantenían fieles a quien fue amigo de todos. Era de madrugada, las estrellas aún brillaban, suave era el oleaje y las palmeras se mantenían quietas. Quetzalcóatl se dirigió a todos por última vez: profetizó que hombres de espesa barba y cutis blanco, semejantes a él, llegarían a esas tierras por mar; derribarían a los dioses, traerían una nueva religión e impondrían su gobierno.
Además de pesarosos, todos se sintieron alarmados, pues sin Quetzalcóatl seguramente quedarían huérfanos y desvalidos ante la llegada de esos extranjeros anunciados. Entonces le suplicaron que no se marchara, que no los dejara solos. Ante este ruego, el príncipe acarició la cabeza de los niños y, sólo por ellos, prometió volver. Luego extendió su capa sobre el mar, la usó como si fuera una balsa y comenzó a alejarse. Las mujeres se arrodillaron atribuladas y cubrieron su rostro con las manos, los jóvenes lloraban y los hombres buscaron llenar sus ojos con aquella última imagen. También las aves del cielo fueron a despedir al rey; se posaron en las palmeras y hasta en la arena de la playa, donde mueren las olas, para cantar sin cesar con innumerables voces, mientras una bandada de golondrinas volaba mar adentro para escoltarlo, posarse en sus hombros y desaparecer con él.
Como una vela solitaria, la blanca figura del varón misterioso se fue disipando en el horizonte. Se quemó en la hoguera del sol, levantando una llama que ardió hasta consumirse. De las cenizas emergió su corazón que se elevó al firmamento para convertirse en el lucero de la mañana, que brilla sobre un cielo de paz.
Y ¿qué ocurrió después de que partió Quetzalcóatl?, quizá te preguntes.
¡Tantas cosas...! Pero lo importante para nuestro relato es que sucedió algo descorazonador. Las nuevas generaciones de esos mismos pueblos, que al parecer habían comprendido las enseñanzas del rey maestro, conforme fueron muriendo sus viejos y fieles seguidores, olvidaron que había sido humano, un gran hombre, cierto, pero de carne y hueso. Dieron por convertirlo en un dios y lo identificaron con la divinidad del mismo nombre. Él jamás hubiera permitido esto y menos aún que le ofrecieran sacrificios humanos; precisamente a él, que tanto luchó por abolir tan cruel ceremonia. ¡Qué decepción si lo hubiera sabido! (quizá esa fue la razón por la que el muralista José Clemente Orozco, al plasmar a Quetzalcóatl, lo imaginó indignado e iracundo, como si con su partida expresara su protesta).
El culto al héroe humano, ya confundido con el antiguo dios Quetzalcóatl y con otros dioses, se extendió por todo el territorio que hoy abarca la República Mexicana, Centroamérica Sudamérica. Lo puedes hallar representado de muy diversas maneras en jeroglíficos, murales y esculturas indígenas: algunas veces como una serpiente emplumada, otras, con forma humana aunque con pico de ave. En ocasiones, aparece como un sacerdote indio cuya capa está adornada con cruces; o bien, con una corona y un gorro puntiagudo. En fin, ni el mismo se reconocería.
Para las mitologías indígenas, Quetzalcóatl es el dios de la vida, el señor del viento, el héroe del maíz, la estrella del alba, la deidad de la Luna que abraza el cielo de Oriente. Sus numerosos atributos son la indiscutible muestra de la extraordinaria admiración que por él sintieron nuestros antepasados. Sin embargo, Quetzalcóatl habría rechazado terminantemente esos honores divinos. Hubiera preferido que lo olvidaran, pero no así aquella palabra preciosa, más preciosa que el maíz de la vida: amor.
Quetzalcóatl no era un dios, fue solamente un hombre... ¡aunque nada menos que un hombre bueno!
Cuando, más tarde, se cumplió la profecía de Quetzalcóatl y llegaron los españoles a nuestras tierras, el emperador azteca Moctezuma les envió regalos creyendo que, por ser blancos y barbados, eran el soberano de Tula que había vuelto con su corte. Moctezuma pudo confundirse, pero no así la gente del pueblo que, más sabia, no se fió del color del rostro, sino que buscó el alma de su Quetzalcóatl. Y sólo la halló en los humildes misioneros que desembarcaron en las playas orientales, provenientes de Europa, por amor a unos indios que ni siquiera conocían. Por ellos habían dejado atrás su patria, su familia y su tranquilidad, incluyendo honores y riquezas: ¡todo!
Estos frailes descalzos y sencillamente vestidos que adornaban sus templos con el vuelo libre de las palomas, tenían que ser, sin duda, hermanos del amigo ausente, puesto que hacían resonar de nuevo en estas tierras, semejante a un coro de diversas aves, la esperanza de justicia, paz y amor. ¿Recuerdas a Motolinía, Gante, Margil y a tantos otros? Quetzalcóatl sólo había sido el predecesor y heraldo de estos heroicos civilizadores. Con ellos se realizó, al fin, el propósito de ese monarca: el pueblo los amó tanto que se acabaron definitivamente los sacrificios sangrientos.
