Cuentos febriles - Carlos Maximiliano Giménez - E-Book

Cuentos febriles E-Book

Carlos Maximiliano Giménez

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Beschreibung

De la vida a la muerte y de lo físico a lo onírico. Santos, Antonio, Lázaro y otros protagonistas participan de la expresión más sincera y cruda de la realidad. Es decir de una paradoja de la que somos conscientes pero tratamos de evitar: los hechos y las circunstancias que nos rodean son verdades que se difuminan en la niebla. Esta antología de cuentos invita a que el lector ponga en duda lo que había sido certero hasta ahora: el tiempo y todo lo comprobable por medio de sus sentidos. Este libro debe ser leído sin la esperanza de explicar su mundo y es, por lo tanto, fidedigna expresión y espejo de nuestra propia existencia.

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Seitenzahl: 138

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Matías Tártara

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Giménez, Carlos Maximiliano

Cuentos febriles : síntomas de una realidad inexorable / Carlos Maximiliano Giménez. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

168 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-654-6

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos de Terror. 3. Cuentos de Ciencia Ficción. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Giménez, Carlos Maximiliano

© 2020. Tinta Libre Ediciones

A Rumalda y Alfredo, mis padres.

A Pablo, Álvaro y Gastón, mis hermanos.

A mis amores perdidos y a los hallados.

CUENTOS FEBRILES

MAXIMILIANO GIMÉNEZ

PRÓLOGO

Siempre tuve la certeza de que alguna vez podría prologar un libro de mi autoría. Tal vez muy en mi interior sabía que, de alguna manera, iba a dejarle algo al mundo, para bien o para mal. Y una obra propia es un buen comienzo para este propósito.

Pienso, con firmeza, que aquel que escribe literatura es un vencedor; un benefactor de almas. Porque la literatura es vida, y la vida misma es ficción. De manera que es bueno escribir; ¡y cuánto más, escribir ficciones! Ya que el escritor es creador de nuevos mundos posibles, que se amalgaman y se bifurcan en su realidad toda. Tal es así que, a veces, ponen en duda nuestra propia percepción de las cosas y nos sacan del ostracismo, del abandono, de la desidia, del mundo al que ingratamente llamamos “real”.

Por eso acá van estas letras, trazadas en momentos diversos, con distintos sentimientos que sufren el cambio de los tiempos: las enfermedades del alma y sus antídotos. No puedo decir que Cuentos febriles nació del amor, ni tampoco que deviene del odio. No. Ellos son el producto de un deseo incontrolable por escribir, una especie de manía que de vez en cuando invade la mente y es imparable.

A quienes escriben, les digo: nunca detengan esa tempestad porque es el fundamento del arte; la esencia misma de un tiempo único.

Por otro lado, a los queridos lectores les aconsejo: mientras escudriñen todo lo que sigue a continuación, es probable que deseen indagar un poco más la realidad que les circunda. Deben dar rienda suelta a la curiosidad, que se va a convertir en duda con el paso de cada palabra escrita en este libro. Tal vez logren entender que aquello que ahora ven, sienten, huelen, saborean o escuchan no les proporciona certeza. Los sentidos son máscaras que ocultan algo imposible de descubrir en el mundo cotidiano.

Al leer este libro deben remover esas máscaras, engañar a los sentidos y adentrarse en lo profundo de su universo; ahí donde cada certeza es vana, donde cada uno crea su propia realidad.

Sugiero que lean un solo cuento por día, que dejen aflorar las dudas que empiecen a surgir y que relacionen esos hechos con sus propias experiencias o sueños. Esto es fundamental para que puedan disfrutar aún más esta literatura.

Finalmente, hagan que este libro circule. ¿Quién sabe? Quizás la mayoría de las personas está buscando respuestas en el mundo de los sentidos, cuando en realidad pueden revelarse mediante un proceso de duda e introspección.

ENTRE MUNDOS

Siempre me levantaba muy temprano y lo veía por la ventana. Parecía que el vecino nunca dejaba de escribir, iluminado solamente por una vela. Solía levantarse a intervalos y volver a la silla para seguir redactando maquinalmente mientras fumaba sin parar.

Durante los primeros días me pareció un poco extraño, aunque le resté importancia. Pero, conforme avanzó el tiempo, me empezó a invadir una curiosidad que crecía cada vez más y remordía los minutos que pasaban. No lograba ver su rostro; una cortina se anteponía entre nosotros y me permitía únicamente notar su sombra.

Por su parte, la figura misteriosa, que escribía hasta el anochecer, apagaba la vela con los dedos índice y pulgar. Luego desaparecía en la oscuridad y repetía la rutina al día siguiente.

Por aquel entonces yo dormía muy mal. El insomnio era cada vez más intenso y no lograba conciliar el sueño con facilidad. Una fiebre abrumadora me atormentaba momentos previos al umbral de Orfeo y me mantenía en una vigilia desesperante que parecía durar meses; eran minutos interminables de demencia y pensamientos encontrados. Finalmente lograba dormirme, pero aun así, mi tormento no cesaba. Todas las noches soñaba conmigo mismo. Todavía recuerdo la primera vez que vi a mi “yo soñado” en ese mundo onírico.

Me vi en esta misma ciudad pero despoblada, sin rastro de animales ni gente alrededor. Caminaba entre las calles sin saber a dónde ir, porque cada calle que tomaba, cada dirección y cada avenida me llevaban al mismo lugar: un café famoso llamado Ana. Después de andar por horas, de correr desesperado tratando de escapar del círculo vicioso que se había vuelto mi propia pesadilla, me vi a mí mismo sentado en una mesa en el café. Ese “otro yo” me miraba sonriente, con una mirada fría y vacía.

—¡¿Qué quieres de mí?! —le grité, y el grito trajo consigo innumerables ecos provenientes de todas direcciones.

Él empezó a reírse a carcajadas de una forma endemoniada. Sí, era como si el mismo diablo se hubiera apoderado de su garganta: emitía una risa parecida a continuos alaridos que resonaban en cada rincón de la ciudad vacía. El sonido entraba poco a poco en mi mente, no podía detenerlo. Finalmente, él habló:

—Quiero tu alma.

En ese mismo momento me desperté, aterrado y completamente transpirado. Eran las tres de la mañana. No pude dormir más.

Ese fue nuestro primer encuentro y, desde entonces, cada noche tuve el mismo sueño. Durante el día me atormentaba la risa que resonaba en mi mente; la carcajada de mi “yo soñado”, que avanzaba sobre cada espacio de cordura de mi vida. No podía seguir así. Entonces decidí matarlo.

Al cabo de unas cuantas noches y luego de mis tormentos previos al sueño, en mi locura febril, tomé un cuchillo y lo apreté con fuerza. Pensé que quizás, al dormirme, aparecería con él en el mundo onírico y podría utilizarlo para asesinar a “mi yo soñado”. Ese acto improvisado fue correcto.

Nuevamente me encontré en la ciudad despoblada, y esta vez tenía en mi mano el arma blanca. Me escondí detrás del Ana y me arrastré lentamente hasta la vereda donde siempre lo encontraba, donde siempre se reía de mis tormentos y me torturaba con su maldita voz.

Me acerqué poco a poco y sentí cómo mi corazón se aceleraba. Sin embargo, al divisar la mesa donde habitualmente me esperaba, él no se encontraba allí. Entonces me paré y empecé a mirar en todas direcciones.

—¡¿Dónde estás?! —grité con tanta fuerza que mi voz se agotó en el último aliento. Y de nuevo el eco de su absurda risa demoníaca (quién sabe de dónde provenía) me atacó el alma.

Después de atormentarme por un instante, lo vi asomarse a una ventana del edificio frente al Ana, en el primer piso. Estaba apoyado sobre los codos con la cabeza afuera y me miraba con aire burlón.

Me desperté afiebrado, casi sin energía, desconcertado. Miré por la ventana y el vecino ya había empezado su labor de escribir. No sé qué hora de la madrugada era, pero no pude conciliar el sueño nuevamente.

La siguiente noche me fui a acostar decidido a matarlo. Tomé el cuchillo y lo apreté fuerte entre ambas manos. Estaba convencido de que, en ese mundo paralelo, la historia estaba condenada a repetirse una y otra vez. Pensaba que, si me arrastraba de nuevo hasta el Ana, sucedería lo mismo: mi “yo soñado” no se encontraría en la mesa fuera del café, sino en la ventana del edificio abandonado de enfrente, esperando ver el fracaso de mi esfuerzo.

Esto me provocaba terror, no sabía cómo él pensaba quitarme lo único que me quedaba sano. Debía matarlo. Me dormí en medio de la locura fantaseando con hundirle el cuchillo en medio del pecho, para luego arrojarlo del primer piso y rogar que toda la pesadilla (onírica y real) finalizara.

Estaba nuevamente allí, arrastrándome hacia la mesa fuera del Ana para comprobar mi hipótesis de que la historia se repetiría, y de hecho sucedió así: mi “yo soñado” no estaba sentado donde siempre. Sin embargo, esta vez me escondí dentro del café. Es preciso recordar que, allí dentro me invadió una inmensa angustia: el café Ana tenía un aire a soledad insondable. Cada rincón reflejaba ausencia.

Aunque el lugar estaba limpio, ordenado e impregnado por la luz solar que inundaba desde afuera y daba brillo a sus prístinos muebles, aunque el olor a café llenaba hasta el más mínimo detalle de sus rincones… nunca me había sentido tan solo. Y entonces algo más aterrador ocurrió: el silencio fue interrumpido por una música que atravesaba mis oídos con su dulzura de muerte; mi corazón se aceleró y palpitó con pavor al son de Nocturne Eb major Opus 9, n.° 2.

La fiebre del mundo terrenal me invadía ahora en el sueño y sentí cómo temblaba mi alma. No pude soportar más tiempo dentro del Ana y salí lo más sigiloso que pude por la puerta de emergencia. La música cesó cuando abandoné el lugar. El silencio nuevamente reinaba junto al eco de cada movimiento que realizaba.

Fue entonces cuando vi a “mi yo soñado” en la misma ventana de la noche anterior, mirando extrañamente, como tratando de buscarme entre las mesas. Sentí el triunfo entre mis manos. Me acerqué sin dificultad al edificio y entré por la puerta trasera. Avanzaba lento, paso a paso me convencía de que todo iba a terminar; mi corazón retumbaba en la caja del tórax. Subí las escaleras hacia el primer piso y, en ese momento, la noche tomó por sorpresa al mundo de los sueños.

Me detuve en la puerta de ingreso al cuarto donde estaba “mi yo soñado”. Reuní todo mi valor y entré a la habitación corriendo hacia la ventana, empuñando el cuchillo decididamente. Todo el movimiento fue en cámara lenta, sentí como si volara en el aire al avanzar. Pero, al llegar a la ventana, él ya no estaba.

Miré hacia el Ana y lo vi en la mesa de siempre, mirándome, esbozando una mueca burlona. Empezó a reírse endemoniadamente mientras mis gritos se perdían en la oscuridad, y la luz de la luna iluminaba mi rostro perlado de transpiración. Entonces desperté más desesperado que nunca, justo cuando el vecino apagaba la vela con sus dedos índice y pulgar, para desaparecer tras la cortina.

El día siguiente fue mucho más abrumador. La fiebre no cesó en ningún momento, la risa de mi “yo soñado”, y ahora la música del Ana, me atormentaron sin tregua.

Había perdido la noción del día y de la noche. No tuve hambre pero sí una excesiva sed. Cansado del agua, recurrí al vino y, con cada copa, me convencía de que mi alma estaba perdida. Pensaba que, por alguna razón, Dios me había soltado la mano y que mi destino era morir mientras dormía, que mi “yo soñado” cumpliría su objetivo de arrebatarme la vida, y que esa misma noche estaría dando cuentas ante el Creador.

¿Por qué me sucedía esto a mí? Rememoré cada acción de mi existencia, cada falta de mi vida, cada pecado. Nunca fui un hombre realmente religioso, pero aquel día recé por primera vez. Pensé cuál sería mi siguiente jugada, y llegué a la conclusión de que lo buscaría para matarlo en el edificio. Las opciones se me terminaban.

Fueron noches de locura, pero el delirio ahora invadía con más fuerza mi vida terrenal. En medio de mi demencia, vi al vecino apagar nuevamente la vela con sus dedos y desaparecer de la ventana. Algo me decía que esa extraña figura podría estar vinculada a lo que se perfilaba como el fin de mi alma.

Me levanté de la cama, completamente ebrio y afiebrado. Tomé el cuchillo y me dispuse a visitarlo. Llegué a la puerta de su casa, pero no la toqué, sino que preferí ingresar con sigilo. No había una explicación lógica para lo que estaba haciendo, simplemente no tenía nada que perder.

Fui a la habitación donde él siempre escribía, y vi el escritorio atiborrado de hojas y borradores. Había una carta recientemente escrita, lista para ser metida en el sobre que estaba a su lado. El papel decía:

Puedo asegurarte que él estará mejor. Confío en que, con el correr de las noches, todo esto va a cambiar y los tres comprenderemos que la vida es un equilibrio. Te pido que tengas paciencia, sé que todo saldrá bien. Debes entender que él está aterrado, no sabe cómo proceder y suele hacer locuras. Hoy volverá a intentarlo, te buscará en el edificio.

Quedé enajenado. El terror se apoderó de mí y me invadió un sentimiento demencial, una locura imparable atravesada por un miedo que caló cada hueso y cada músculo de mi ser. Fui a la habitación y ahí estaba, acostado, durmiendo plácidamente.

Me acerqué y vi, con profundo asombro, que era yo mismo… como si el tiempo se hubiera detenido. Ya no pensé ni dudé: hundí el cuchillo en su garganta. Y, entre sus ahogados gritos, lo incrusté repetidas veces en su pecho: cincuenta y seis veces para ser exacto. Me quedé arrodillado al lado de la cama por un momento; ese otro yo me miró fijamente a los ojos hasta que expiró.

Me dirigí al escritorio, encendí la vela y quemé la carta. Luego volví a mi casa, entré tambaleándome por los pasillos y busqué mi cama. Me acosté y me dormí casi al instante.

Como era de esperarse, aparecí en el mundo onírico, todavía atrofiado por el alcohol, con el cuchillo bañado en sangre. Me arrastré hacia el edificio frente al Ana y entré por esos pasillos que ya conocía. Al subir las escaleras, la noche irrumpió con una luna llena brillante que iluminó la habitación, allí donde mi intento había fracasado anteriormente.

Ahí estaba mi “yo soñado”, mirando por la ventana, apoyando sus codos, expectante, como esperando verme fallar en su búsqueda en el café. Entré caminando, casi agazapado, y en mi mente empezó a resonar Devil’s trill sonata; su estridente violín invadía mis sentidos. Mi corazón se aceleró y cada latido se perdía en un rincón insondable de mi alma, a la que creía estar salvando.

Con una satisfacción enorme, degollé a “mi yo soñado” por sorpresa y luego lo apuñalé más de setenta veces en el suelo, gritando con locura. Él, mientras hundía mi cuchillo en su cuerpo, despedía la misma risa diabólica, con un aliento putrefacto que no tardó en grabarse en mi mente. La música y esa carcajada hibridaron en un sentimiento de absoluta soledad y culpa.

Completamente embarrado de sangre, me dirigí al Ana y me senté afuera, donde lo había visto por primera vez. Nunca más volví a despertar.

Desde aquella vez, cada noche, un “yo terrenal” aparece en este mundo e intenta asesinarme. Pienso que su existencia en la realidad debe ser muy miserable. Afortunadamente, todos los días recibo una carta que me advierte dónde me va a buscar para matarme y librarse (o no) de su tormento.

Escribe tu interpretación del cuento o dibuja una escena que te haya llamado la atención.

OLVIDOS Y RECUERDOS

Santos se encontraba absorto en sus pensamientos mientras esperaba que el sueño lo invadiera. Había terminado de leer una novela policial. Era su costumbre filosofar o pensar durante un largo rato al finalizar un libro, tratando de encontrar los nuevos sentidos que este le proporcionaba a su vida.

En medio de estas cavilaciones, sintió el avance de una inmensa soledad que pronto se tradujo en sed, de ron. Algo psicológicamente lógico, porque recordó las mejores noches de su vida: en La Habana, rodeado de jineteras que cambiaban sus cariños por escasos cucs. Aquellas noches ahogadas de Cuba Libre, con la garganta amarga de tantos habanos.

Mientras evocaba aquellos tiempos, encendió un Romeo y Julieta, para que el sentido del olfato también lo ayudara a viajar sensorialmente al pasado. Luego de varios tragos, salió a caminar.

Pero Santos ya no transitaba por el malecón cubano; andaba por las adoquinadas calles de Buenos Aires, añorando el pasado, deambulando, con la vista nublada por momentos. Florida le parecía una calle sumamente triste —o tal vez un lugar donde un hombre sufriente refleja sus demonios en la realidad— y ni siquiera el olor del habano que impregnaba su ropa y su garganta, ni el sabor del buen ron lo transportaban a aquella lejana Cuba. Entonces pensó mil formas de viajar al pasado, pero las ideas iban y venían por su mente y se degradaban en sentimientos de añoranza, soledad y ansiedad, sin darle una solución.