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Cuidar el planeta puede sanar dolencias como el individualismo y el consumismo, y ayudar a descubrir el valor de cada criatura más allá de su utilidad. Tras subrayar la delicada armonía natural que contiene la naturaleza, este libro invita a promover una cultura del cuidado y de la solidaridad que escuche el "clamor de la Tierra y de los pobres" y supere la "globalización de la indiferencia". Sus autores defienden que el amor es el motor de esta transformación, y conduce a una vida más plena, sencilla y feliz. Cuidar la Tierra herida es, en definitiva, una invitación a la reflexión y a la acción para asegurar un futuro sostenible.
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Seitenzahl: 136
Veröffentlichungsjahr: 2025
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JORDI PUIG BAGUER Y MIGUEL PÉREZ DE LABORDA
CUIDAR LA TIERRA HERIDA
El valor y la fragilidad de la naturaleza
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2025 byJordi Puig Baguer y Miguel Pérez de Laborda
© 2025 by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
(www.rialp.com)
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-7205-2
ISBN (edición digital): 978-84-321-7206-9
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7207-6
ISNI: 0000 0001 0725 313X
Invitación a la lectura
I. La bondad de las criaturas
II. Aprender a mirar
III. Una armonía delicada
IV. Una cultura del cuidado
V. Solidaridad
VI. Estilos de vida
VII. El amor que todo lo mueve
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
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Notas
En las últimas décadas, ha crecido constantemente la preocupación por el entorno, un espacio compartido en el que la naturaleza y lo humano se entrelazan profundamente, constituyendo lo que ahora llamamos medioambiente. En 1987, las Naciones Unidas publicaron el informe Nuestro futuro común (o Informe Brundtland) preparado por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. En él, se define el desarrollo sostenible como el que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades; y se plantea como objetivo un desarrollo sostenible económica, social y ambientalmente. En este libro, vamos a considerar el entrecruzamiento de estas tres dimensiones a la luz de una cuarta: la personal. Pensamos que desde esta perspectiva se explica mejor la relación que hay entre las otras dimensiones y se ve bajo una nueva luz el valor propio de las cosas y los seres vivos, que va más allá de lo meramente provechoso y tangible. La dimensión personal es además inseparable de las otras tres, pues en nuestra forma económica, social y ambiental de relacionarnos con la tierra y con las demás personas se decide también lo que sucede en lo más íntimo de nuestra propia vida.
Individualismo. Vacío existencial. Desilusión. Engaño. Desatención. Superficialidad. Insensibilidad. Indiferencia. Deshonestidad. Vulgaridad. Presunción. Maltrato. Manipulación. Desigualdad. Consumismo. Derroche. Dominio. Explotación. Destrucción. Desarraigo. Marginación. Soledad. Ansiedad. Adicciones. Insatisfacción. Son experiencias insanas demasiado extendidas en nuestro tiempo, que destruyen la sociedad y el ambiente, pero antes y primariamente dañan a las personas. Los propios autores de este libro percibimos en nosotros y a nuestro alrededor su amenaza, su mordedura, sus efectos y buscamos cómo ir evitándolos. Quizás por esta razón nuestro primer propósito en este libro es mostrar que cuidar nuestro planeta, escuchando el clamor de la tierra herida y la voz suplicante de los que en ella sufren, puede ayudar a sanar —o al menos aliviar— algunas de esas dolencias. Curarse cuidando. Tal vez convenga decirlo también negativamente: si no cuidamos, nos dañamos y causamos daño. Pero conviene todavía más insistir positivamente en ello: al buscar remedios para el mundo herido, recibimos “algo” que nos va curando. Enriquecerse enriqueciendo.
El segundo propósito es reflexionar —desde una postura católica— en torno a la relación entre el cristianismo y el ambientalismo, entendido como el cuidado del medioambiente. En nuestros días, no son pocos los que —desde cualquiera de las dos perspectivas— ven una cierta tensión entre ambas, o incluso una contraposición. A los autores de este libro, esto nos parece algo digno de atención pues, siendo cristianos, no nos sentimos ni a favor ni en contra del ambientalismo, sino simplemente dentro de él, conscientes de que navegamos por el mundo en el mismo barco en el que conviven todas las criaturas.
Podría ser verdad que haya cristianos despreocupados por las cuestiones medioambientales, y podría ser también verdad que entre quienes cultivan la sensibilidad ambiental haya algunos que se oponen explícitamente a las religiones, incluso acusándolas de ser las causantes de todos los males. De todo habrá, también creyentes ambientalistas y no creyentes sin sensibilidad ambiental, con todos los matices intermedios. Pero la cuestión de fondo que examinamos es más bien otra, pues apuntamos a un encuentro posible. Estamos convencidos de que el ambientalismo defiende muchos valores que el cristiano está también llamado a reconocer como suyos, por ser inseparables de la caridad enseñada por Jesús. No abrazarlos sería tan poco razonable como si la Iglesia, en el siglo xix, hubiera abandonado la defensa de los trabajadores para no confluir, en ese empeño, con los nacientes partidos comunistas, y no hubiera comenzado a desarrollar su Doctrina social y a comprometerse con ella, compartiendo esfuerzos con todos aquellos que navegaban en la misma dirección.
Reconocemos, de todos modos, que en la cultura actual hay muchos “aparentes” buenos motivos para no dejarse involucrar personalmente por las exigencias del problema socioambiental, a la hora de tomar decisiones sobre cómo vivir y consumir, sea uno creyente o no. A veces, lo que incita a no escuchar las llamadas ambientales y solidarias es el rechazo que provoca el llamado green washing o ecopostureo (el que la aparente preocupación ambiental de algunas instituciones, empresas o personas sea solo una cuestión de imagen); o la perplejidad ante la oposición de asociaciones ecologistas a nuevas infraestructuras (pantanos, autopistas, vías de tren…); o la agresividad o incluso violencia usada en ocasiones para defender valores ambientales; o la desconfianza que suscitan algunas ONG u otros organismos de cooperación con objetivos ambientales, incluso internacionalmente reconocidos; o considerar que tras las nuevas tecnologías o proyectos que apoyan las energías renovables hay, principalmente, negocios de muchos miles de millones; o constatar lagunas e incoherencias en algunas personas reconocidas por su supuesto compromiso ambiental; o depositar una confianza ciega en el progreso o en las leyes del mercado, pensando que una especie de mano invisible impedirá siempre que la humanidad destruya su propia casa o que nuevas tecnologías solucionarán los problemas ambientales, sin que tengamos por tanto que cambiar nuestros hábitos; o la experiencia de que, en el pasado, algunos mensajes catastrofistas sobre el medioambiente se han demostrado después injustificados; o la sospecha de que detrás de algunas organizaciones ambientales haya ideologías políticas, religiosas o antirreligiosas que no se comparten; o el pensar que toda espiritualidad cercana a los movimientos ecologistas está ligada a una religiosidad tipo New Age, acaso muy distinta de la propia mentalidad. La lista puede ser interminable.
No es nuestra intención resolver ahora estas perplejidades, que alimentan una mirada escéptica y una conducta descomprometida hacia lo ambiental, sino solo reflexionar sobre si, en la solidaridad con la tierra y con los más necesitados, hay valores que todos —también los cristianos— deberíamos hacer nuestros, pues defenderlos nos hace mejores personas.
Los creyentes y los que no lo son saldrán todos ganando si promueven nuevas alianzas culturales para afrontar juntos los retos sociales y ambientales que ahora nos desafían.
En nuestros constantes cafés, viajes, diálogos, encuentros y colaboraciones con colegas, amigos y estudiantes ambientalistas, hemos aprendido mucho de todos ellos, también de quienes no comparten nuestras creencias religiosas. Al observar su amor apasionado a la naturaleza y su preocupación solidaria por los más vulnerables, afinamos nuestro modo de mirar y tratar con respeto a las criaturas, comprendiendo cada vez mejor el valor que en todas ellas anima. Creyentes y no creyentes nos ayudan a ver en el mundo un rastro de la presencia de Aquel que dijo de sí mismo: «Yo soy la Vida» (Jn 14, 6) y a abrir cada vez más los ojos al Dios oculto que buscamos en todo lo natural y humano.
Agradeciendo a todos ellos lo que nos han enseñado, queremos con esta obra explicar cuál es nuestra visión. Pensamos que quienes no comparten una concepción religiosa de la vida pueden enriquecerse al conocer las propuestas de muchos cristianos, desde el nacimiento de la cuestión ambiental, por justificar de un modo riguroso el deber de custodiar el medioambiente. Para mostrar que la Iglesia Católica no ha sido ajena a estos problemas —ya mucho antes de que la encíclica Laudato si’ de Francisco elevara esa atención— citaremos con frecuencia también a los papas anteriores que hablaron con fuerza y profundidad sobre estos temas (Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI), recogiendo el sentir de científicos, filósofos y teólogos. Pensamos que sus ideas pueden ayudar a todos a reflexionar más en profundidad sobre la justificación, religiosa o no, de una ética ambiental solidaria.
El tercer y último propósito del libro, de carácter más práctico o aplicado, es presentar algunas actitudes y modos de comportarse que están al alcance de todos, y que pueden ayudarnos a descubrir los valores ambientales y a vivir en coherencia con ellos. Se hace así más ligero el camino que lleva a vivir con un estilo de vida que evita en la medida de lo posible causar daños ambientales (y sociales) innecesarios. Esto exige siempre alguna renuncia, pero lo que perdemos es mucho menos de lo que ganamos: anhelos artificiales —que dañan y nos dañan— a cambio de verdaderas riquezas.
Representación antigua de los restos del Discovery Tree (o Mammoth Tree), una secuoya gigante de más de 90 metros de altura y 7,5 m de anchura en la base, que se encontraba en un bosque de Sierra Nevada (California). Esta maravilla natural fue derribada en 1852. «Los vándalos bailaron después sobre el tocón», escribió John Muir sobre el suceso. Foto: Wikimedia.
En la primavera de 1852, mientras seguía el rastro de un oso herido por Sierra Nevada (California), Augustus T. Dowd se encontró en medio de un bosque de secuoyas gigantes, en lo que ahora es el parque natural Calaveras Big Trees. Allí se conserva todavía el inmenso tocón del llamado Discovery Tree, una maravilla natural de más de 1200 años, que medía en su base siete metros y medio de diámetro.
Lo que hoy día queda de él sirve como recuerdo de la historia que acabó con su vida. Cinco colonos forcejearon a lo largo de 22 días, aplicando contra el tronco barrenas de minería, para perforarlo desde toda su circunferencia hacia el interior. Aunque el árbol siguió en pie al acabar esos esfuerzos, el viento lo acabó de derribar, tal vez cuando los implicados ya se habían dado por vencidos. Al conocer lo acaecido, el famoso naturalista John Muir exclamó: «Los vándalos bailaron después sobre el tocón», pues, antes de que en 1931 ese bosque fuera comprado por el Estado de California, el tocón había sido usado para eventos lúdicos.
Lo más sorprendente del suceso, visto desde la actualidad, es que los que lo abatieron no querían usar esa madera para construir sus casas o calentarse en las jornadas de invierno. De hecho, carecían de sierras adecuadas para poder cortar un tronco tan grande. Tal vez lo que pretendían era simplemente mostrar que podían derribarlo.
Más tarde se llegó a exhibir su corteza, recomponiéndola como si siguiera alrededor del árbol. Con ella así dispuesta, se conformaba un espacio amplio, como una habitación espaciosa, en la que podían congregarse hasta 40 personas. Se exhibió primero en San Francisco y después en Nueva York. Podemos estar seguros de que los visitantes de esas exposiciones se llevaron una fuerte impresión, si bien comparable quizá a la de quienes contemplan un águila disecada expuesta al público. Así como poco queda de esa rapaz que surcaba los cielos y cazaba, el derribo de la secuoya impidió a las generaciones sucesivas disfrutar de su presencia en medio del bosque, el único lugar en el que era posible apreciarla en toda su majestuosidad. Lo natural resplandece de verdad solo en el lugar que le corresponde y al que de algún modo pertenece.
Esta historia sirve como un símbolo de la capacidad destructiva de quien ve la realidad solamente como algo “disponible”, sometida al propio plan o capricho, y como un ejemplo de lo que sucede al emplear mal las herramientas del progreso tecnológico, sin sensibilidad ante el valor de la naturaleza. El derribo muestra también que la percepción del valor que está «ante mí, aquí y ahora», no es siempre un paso hacia el cuidado de la tierra y su gente, pues se puede poner al servicio de intereses egoístas. Las consecuencias de buscar solo un beneficio propio e inmediato son inevitablemente el sometimiento, el dominio y la explotación, reduciendo todo —incluso las personas o su trabajo— a un mero recurso. La exaltación del “para mí” impide percibir el valor “en sí”. Lo que nuestra ceguera vuelve invisible no logra despertar en nosotros ningún respeto1.
Cuando se difunde esta actitud, que da prioridad al propio interés e instrumentaliza lo natural y a los demás seres humanos, se extiende por todo el mundo, como en la peor de las pandemias, la crisis de sostenibilidad2.
Para poder cambiar esta mentalidad y promover mejor el cuidado de la casa común, conviene preguntarse en primer lugar qué hay detrás de la explotación caprichosa de lo natural. Desde que L. White publicó en 1967 Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica, es frecuente oír que en el origen de la crisis ambiental está la lectura judeocristiana del Génesis, según la cual es «la voluntad de Dios que el hombre explote la naturaleza para su propio beneficio». Ahí tendría su origen la desacralización de la naturaleza y la idea de que uno puede someter incondicionalmente la realidad a sus propias necesidades o planes. En palabras de White, «la tecnología moderna se explica, al menos parcialmente, como una cristalización occidental, voluntarista, del dogma cristiano de la trascendencia del hombre sobre la naturaleza y de su dominio de pleno derecho sobre ella»3.
No cabe duda de que algunos cristianos han caído en esta tentación, pero no es razonable sostener que es la propia Biblia la que les anima a hacerlo. Pensemos por ejemplo en el pasaje del Sermón de la Montaña, en el que Jesús dice: «Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas?» (Mt 6, 26-30). Una lectura antropocéntrica subrayaría de tal modo el valor del ser humano frente al resto de las realidades naturales, que justificaría someterlo todo al propio interés4. Pero no es esta la lectura que ha hecho el Magisterio de la Iglesia, pues cada pasaje de la Escritura lo comprende teniendo en cuenta la totalidad de la Biblia, y en otros pasajes de ella encontramos expresiones de este tenor: «Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella, el orbe y los que lo habitan» (Sal 24, 1). Así expresó Juan Pablo II las consecuencias que se pueden sacar de estos pasajes:
El dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de «usar y abusar», o de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de «comer del fruto del árbol» (cf. Gn 2, 16 s.), muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a leyes no sólo biológicas sino también morales, cuya transgresión no queda impune5.
Así leído, el texto del evangelista Mateo subraya que el poder del Creador se manifiesta, precisamente, manteniendo en la existencia a “la naturaleza visible” tal y como es, de modo que «las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios»6. Conectando con muchas sabidurías ancestrales —presentes todavía en algunos pueblos indígenas—, este sería un primer y fundamental motivo que tienen los cristianos para respetar la bondad propia de cada criatura e incluso para “amar apasionadamente el mundo”: «El mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yahvé lo miró y vio que era bueno. Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades»7.
