Decisiones - Juan Alapont Ramón - E-Book

Decisiones E-Book

Juan Alapont Ramón

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Beschreibung

Este libro es un relato novelesco, tratado lo más benevolente posible, sobre varios temas actuales, que no por ello son fuertes para la vida común de los ciudadanos. Trata sobre la vida de un empleado de alta escala de la conserjería de Valencia que, en su recorrido laboral, escabroso y podrido, pasa por diferentes administraciones, dando lugar a situaciones muy fuertes, en ocasiones obscenas. Trata de sus vivencias con la Iglesia, con su familia y distintos avatares que le traen una vida muy poco convencional, a pesar de parecer muy real, es divertido, te hace pensar, incluso cavilar sobre el sentido real de la vida, lo bueno y lo malo, ahí radica el alma de este libro. Os deseo que lo pasen bien con este entramado, es el objetivo de esta publicación.

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Seitenzahl: 350

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Juan Alapont Ramón

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-206-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Agosto del 2022

Esta novela está escrita totalmente al azar: cualquier situación es ficticia y los personajes que se describen son por completo inventados, cuyo único fin es distraer al lector a pesar de que, al tocar un poco todos los temas políticos, se asemejen a la verdad de España. Sin ningún mal ánimo por mi parte, tiene escenas fuertes, sexuales, por lo que lo considero no apto para menores. También los tiene de creencias religiosas: lo he tratado con mi mayor respeto, ya que mis creencias lo son, y espero que lo puedan leer y les sea ameno. Gracias por aguantar este tostón.

Preludio

Concentración de camisas azules, boinas rojas y, lo más triste para estos tiempos, inadaptados al régimen actual. Corría el 2010: había una concentración de falangistas franquistas con una mezcla de colectivos de corte nazi, moteros mayores, a los que suelen llamar Ángeles del infierno: una mezcla variopinta de gente de mal aspecto por sus barbas largas, algunos con la cruz esvástica en la espalda; un grupo de los llamados cabezas rapadas, o como les quieras llamar; en definitiva, había de todo… También una manada de motoristas de cuero que incluso llevaban una calavera pintada en la espalda; todos con su Harley, motos caras, con gente mayor, tribu urbana. Estos estuvieron controlando el sistema en España y en estos momentos no son nada: les queda el resquemor de lo que fueron.

Uno de ellos, de aspecto mayor ―de unos cincuenta años, calculo―, estaba en la plaza de su ciudad fumándose un cigarro con el casco en la mano. Vestía un traje de cuero con camisa blanca y se apoyaba en su Harley nueva, modelo Chopper, de las más modernas y de gran cilindrada, o sea, cara. De repente, y sin previa provocación, le atizaron un porrazo por detrás, con la porra de goma de la policía. Vio las estrellas y creyó estar ante el mismo Dios. Cayó al suelo como si se tratara de un trapo usado; la policía los disolvió oyendo los gritos de «traidores rojos de mierda»; toda una serie de insultos, lo malo es que algunos eran ciertos. Casi todos eran mayores, vamos, jubilados de los que en la sociedad actual ya no cuentan para nada. Habían ganado una guerra, tenían muertos en sus familias por tener unas ideas políticas y ahora les atizaban impunemente: esas eran las gracias por lo que la mayoría de sus padres había hecho. Lo cierto es que Pepe se quedó en el suelo mientras lo veía todo, lo sentía; pero no podía moverse, ni tan siquiera hablar: se había quedado como una maceta. Al final, un policía le pegó una patada y, al ver que no se movía, se agachó por si estaba muerto, pero aún tenía pulso.

Capítulo I

Yo sangraba y tenía los ojos abiertos; el policía vio que estaba vivo, pero que no respondía ni me movía; así que llamó a unos sanitarios. Estos comprobaron las constantes vitales, que estaban aparentemente bien, me cargaron en una camilla y a reglón seguido me trasladaron al hospital. Creí que estaba vivo por suerte; sin embargo, veía y sentía todo, pero era como una película: no podía intervenir. Pensé: «He estado en el diseño y la construcción del nuevo hospital y ahora me traen aquí. Es una maravilla técnica y muy adelantada. Me alegraría que alguien me reconociera y me ayudara. Tranquilo». Me sentí bien tratado, pero pronto me di cuenta de que esta gente me trataba como un muñeco; vamos, daba la impresión de que creían que no estaba con vida, pero yo lo sentía todo perfectamente. Me observaban los médicos; me quitaron toda la ropa, me colocaron ventosas para controlar el corazón y, como respiraba bien, no me colocaron oxígeno ni nada por la boca, sino un gotero; mi ropa, enseres, botas, en una bolsa debajo de la camilla. Debieron de darme algo, pues estaba más tranquilo y mi cabeza empezó si cabe a funcionar y recordar. Sabía, más bien imaginaba, que tendría familia, pero por allí nadie aparecía, semejante a un ninot, a algo que nadie quiere; incluso algunos, al ver el equipaje que traía, me miraban con desprecio. Pero lo más grave era la imposibilidad: yo, que jamás me había callado una, por más que intentaba hablar no podía expresar ni una palabra. De haber podido, ¡en un segundo me hubiera cagado en su puta madre! Ninguna persona debe de ser tratada tan mal y a propósito.

Pasó un tiempo: esperaba ver a alguien de mi familia, pero no apareció nadie y lo inexplicable era que en mi ropa estaba mi documentación; así que no era tan difícil indagar. Aun así, nadie lo hacía o no tenía familia, la verdad, no lo sabía: mi cabeza solo me dolía cuando intentaba pensar. Me subieron a sala, a una habitación que me dio la impresión de que las personas que allí estaban habían tenido un ictus, derrame cerebral; no sé, no soy médico y eso sí lo tenía claro. Seguía sin poder mover un párpado y, sin embargo, me enteraba de todo, aunque sin poder decir nada. Por lo visto, en mi interior estaba acostumbrado a mandar y mi subconsciente tenía muy mala leche.

Empecé a recordar mi juventud, a mis padres. Éramos una gran familia. Vivíamos en la huerta, en un pueblo cercano a la capital. Mi padre era muy de misa; vamos, toda la familia, por eso éramos tantos, otra explicación no hay. Empujado por él, empecé desde chiquillo a ir en verano a los campamentos de la Organización Juvenil o la Falange: allí nos lo pasábamos muy bien a base de deporte y clases de Política; al empezar el día con misa, todo ello nos lo comíamos gracias a lo bien que nos lo pasábamos. No recuerdo dónde estaba el campamento, pero sí me acuerdo que cada año íbamos a uno diferente; eso sí, siempre por las montañas. Eso era lo más bonito: todos nosotros éramos jóvenes criados en la capital o pueblos cercanos. La alta montaña en verano estaba verde, con muchas fuentes, senderos, animales salvajes, ríos con muy poco caudal de agua; no me acordaba de casi nada, pero de los campamentos sí, seguro que por la lejanía o por lo bien que allí nos lo pasábamos. Cada uno tenía su grupo y nacía una amistad fuerte que duraba más de lo que nosotros podríamos imaginar.

En mi pueblo, la gente de mi edad me huía, incluso mis amigos de escuela. Me había vuelto ―ahora desde la lejanía lo admito― en un paliza o estaba dando la vara en la iglesia o en la falange. Intentaba que mis amigos fueran al local porque allí había futbolines, pimpón, y nos daban la vara en política; a mí me habían dado mando y sobre ser chavales ya teníamos galones, como si estuviéramos en la mili. Los cuatro amigos aún íbamos juntos, pero no a todas partes, ya que poco a poco nos hacíamos mayores. A dos les pegó por ir de discoteca, hacerse algún cubata e ir detrás de las chicas, como en aquellos tiempos no se dejaban ni poner la mano encima… Nos juntábamos en un bar los sábados a cenar; yo pensaba mucho en todos los temas de la iglesia al igual que en la falange, pero luego de cenar nos pica la entrepierna lo mismo. Un viejo trasto de coche de un amigo, con más años que la tos nos llevaba a la capital; así que el sábado los cuatro jinetes íbamos a montar: juntábamos el dinero, uno montaba y los demás esperábamos a ver cómo quedaba el asunto; incluso recuerdo en una ocasión que se vino un chaval que nunca había estado con ninguna chica: estaba literalmente cagado. Nos vamos luego de cenar, al mal llamado barrio chino, porque entonces allí no había ni uno; en fin, como siempre, cortábamos palillos y el que al cogerlos le tocaba el más corto era el que tenía el sumo placer de tirarse a una vieja. Ese día, al pobre chaval, como estaba previsto, le tocó. Todos pusimos dinero y acordamos con una mujer durita subir al chaval para que tuviera su primer polvo con la condición de que subíamos también los tres a verlo. A ella cobrando se lo traía igual, así que le pagamos lo acordado y para arriba. La tía se puso en un segundo en pelotas; nosotros cooperamos: ayudamos al chaval y en un santiamén estaba igual, aunque ni se le veía el pito, eso sí. Se subió encima de la mujer, pero nuestro plan nos salió mal, muy mal: teníamos programado mientras él se estrenaba, nosotros nos masturbaríamos y he ahí el fallo. Este tío, sin llegar a ponérsele dura, nada más notar el calentor, se le va todo, y la tía, que no le había dado tiempo ni a ponerle el preservativo, de una patada lo tiro de la cama. Nos tocó salir a todos corriendo, sin un duro y cargados; ¡cogimos un dolor en las pelotas…! Un fracaso total.

Esta era la marcha habitual de los sábados; los domingos, en cambio, nos recorríamos las discotecas. Yo intentaba ligarme a alguna chica, mas no había manera: a las chavalas que conocía les ocurría lo mismo que a mis amigos, que no les interesaban para nada mis planes ni eclesiásticos ni mucho menos políticos, por lo que fracasaba con todas, ya que a ninguna les iban mis conversaciones. Sin embargo, mis amigos se lo montaban bien; ellos los domingos iban en busca de las chavalas a las discotecas mientras yo acabé por no unirme: prefería ir al local de la Organización Juvenil con chiquillos y algún cura que lo frecuentaba, más que nada para convencernos de algo, que personalmente yo ya lo tenía dentro del cuerpo, pero de todas formas a estas edades no tenemos las ideas ni el carácter bien formado. Hasta para eso era en exceso serio y está claro que la vida, si la tomas en serio, me da el olor que no vale la pena vivirla; así que estuve, mientras terminaba el bachiller, tocando todos los palos de la juventud, lo que nos caracteriza por estar poco formados, que creemos saber todo y no sabemos nada. Los cubatas se tocaban, algún porrito al lado de otro y, aunque las putillas eran muy caras para mi economía, me atraían más que todo lo otro junto. De todas maneras, al ser de una familia humilde, como todos mis amigos, no pasábamos de la discoteca y lo que ello llevaba: el porrete y cubata, como lo manda la ley.

Al no tener nada o poco criterio humano y menos, experiencia, y si le sumas a ello que mis amigos me daban de canto por lo paliza que toda la vida he sido, me propuse estudiar una carrera. Los estudios los sacaba muy bien y me quise aprovechar de ello: pensé que el Estado sacaba becas y los curas también, y me era igual algo de esto porque me valía para sacarme un buen porvenir Lo que recuerdo mejor es lo responsable que era yo: todos trabajaban en sitios y empresas muy vulgares, pero para mí ninguno tenía aspiraciones y con poco, tenían suficiente. Yo no era de esa clase: trabajar, lo que se llama trabajar, ya lo había hecho cuando mi madre me trajo al mundo. Mira si tenía las cosas claras que estuve tres meses mirando, pensando, deliberando lo que mejor me iría para ganar más dinero sin, por supuesto, nada de esfuerzo físico. Solo me interesaba algo para ganar pasta sin más, lo de sudar nunca lo he visto para mí, no había nacido para eso. Se había convertido en el primer mandamiento: ¡no sudar!

Capítulo II

Sin darme cuenta, estaba mi subconsciente adivinando mi pasado. No me veía trabajando ni por asomo: no tenía nada que hacer, tenía todo el tiempo del mundo. A través de una sonda en el cuello, me alimentaban, llevaba un paquete al igual que los bebés y los ancianos, y chavalas me lavaban el culo y encima, con agua calentita, los cataplines; la verdad, me daba gustete, pero el pequeño andrajo no resurgía, no reaccionaba, y en verdad que me preocupaba y mucho. Ya me veía el resto de mis días en estado vegetal y no me hacía para nada feliz. Anteriormente, con una lavadita con agua tibia de una señorita tan guapa, esto habría dado muestra de vida y no lo hacía; mal muy mal asunto. Mi moral se iba minando deprisa y no es lo que más necesitaba porque tenía que estar al contrario, animado, o por lo menos evitar caer en depresión, cosa que se coge y no se suelta. A pesar de ser optimista por naturaleza, la gracia que me había propinado este hijo de puta con el porrazo dejaba muy claro que en casa no tenía ni derecho a abrir la boca y luego lo pagábamos los demás. Realmente, nosotros defendíamos las fuerzas del orden de nuestra nación. Pedíamos su fuerza porque éramos los únicos que los defendíamos a cal y canto y nunca jamás habíamos dudado en lo más mínimo del honor y profesionalidad de estos cuerpos. Nosotros defendíamos el honor de la Policía y la Guardia Civil para que, en vez de defendernos, nos atizaran sin ningún miramiento. Eso no tenía razón de ser: las cosas habían cambiado, pero no tanto; les hacía falta un culpable y nos habían cargado el muerto. Puesto que nuestras organizaciones caducas y ancladas en el pasado no eran ya nada, un muerto o casi, me quise dedicar a ver si podía recomponer el pasado. De esta manera, esperaba sin prisas llegar a organizar mi vida o de lo contrario estaba acabado.

Ahora ya no estaba en el hospital, sino que me habían trasladado a alguna residencia de tipo residual en la que sencillamente nos movían un poco, una lavadita y mañana más. También es cierto que alguna persona poco a poco se la veía recuperarse y eso me hacía albergar esperanzas de algo de vida en mi interior. De hecho, sobre los resultados de tac, resonancias y demás que me hicieron nadie tenía ni puta idea; nadie sabía lo que me pasaba a mí, pero como nadie de mi familia se había personado para interesarse, yo estaba a merced de los médicos. Ninguno de ellos, tenía que dar ninguna explicación o informe y no sabían que yo sí me interesaba por todo: no hablaba ni gestionaba, pero lo entendía absolutamente todo. Tenía la esperanza de salir de este tortuoso estado.

Las habitaciones eran dobles. Entró un hombre joven que debía de estar en coma y a los dos días se lo llevaron corriendo porque el pecho se le hinchaba y se retorcía. Creo que la palmó, qué triste. Su familia estaba junto a él: yo la oía llorar y luego chillar. Para mi desgracia, me enteré de todo, aunque para ellos no era nadie, un trozo de carne. No quería ser yo el siguiente, así que me concentré en recordar mi vida ante la disyuntiva negativa. Me esforcé en recordar para trabajar el cerebro, era mi única oportunidad de salir de esa situación, esa era mi idea. Tenía pánico a relajarme y que mi cerebro se secara, ya que era el preludio de la muerte. Eso me llevó a no parar de recordar de día y de noche; aun así, lo malo es ordenar los recuerdos: todo se cruzaba, se amontonaba dentro de mi cabeza, por lo que intentaba aclarar mis recuerdos forzando mi mente a tope.

Traté de empezar por el principio: en mi juventud, quería sacarme una carrera importante porque sabía que era listo y no me gustaba renunciar a nada. Las becas eran casi imposibles, así que mi única salida era seguir con mis contactos. La religión estuvo muy presente desde mi niñez, por lo que entré en un seminario. Allí sí estaba en mi salsa: la mayoría era gente lista que, al no poder darles estudios sus padres, entraban de clérigos y poco a poco y sin enterarse les llenaban la cabeza de humo. Allí hice mucha amistad con un chaval, Pedro. Este sí que me daba el olor de que no saldría: tenía madera de cura. Estudió Abogacía del Estado y Sociología; una verdadera máquina. Muy pronto se fijaron en él y, a pesar de que yo me empeñaba en enseñarle que hay una vida fuera de esto de los curas, fracasaba porque tenía clavado dentro de la cabeza a fuego el tema religioso. Lo malo es que tenía un don especial: era un líder, algo difícil de pillar en cualquier momento. Se sacó en tres años las dos carreras y se lo llevaron a Roma para darle Teología: nunca he sabido de qué se trata, pero que solo muy pocos eran los que se iban a estudiar allí. Se marchaban y venían canónigos; por lo visto, dentro de la Iglesia hacían carrera, escalafones al igual que en el ejército, aunque una escalera de cargos que era muy difícil de saltar. Desde luego, a mí no me atañía. En las largas charlas que teníamos en el monasterio, tratábamos de esclarecer este tipo de circunstancias y el porqué no se dedicaban más a buscar la manera de subir el escalafón en lugar de hacer algo por el bien de las personas al margen de la religión que fuera. Quizás serían mucho más eficaces, ya que esto es lo que nos enseñó Cristo; sin embargo, el clero se acercaba más a mi versión mucho más mundana. Menos mal que mi cerebro, espíritu, alma o lo que me hace pensar o definir como somos lo tenía muy bien, y me venía bien. Este chico me hizo reflexionar sobre estos asuntos para los que nunca tenemos tiempo por lo duro que resultan: por ejemplo, donde acaba el final de nuestra trayectoria, algo que la humanidad lleva siglos queriendo descifrar, pero a la cual cada religión le da su versión. Si llegas al final, descubres que son todo ramas del mismo árbol, exactamente lo mismo, pero transformadas por el hombre según su manera de vivir o sus deseos. Se puede sobre este tema escribir tomos enteros, darle las vueltas que quieras; pero de momento estamos aquí y ahora esa es mi conclusión.

Como yo estaba ya dando Teología Oratoria y demás artes de engañar, tenía muy claro que si aguantaba un poco más, me convertiría en otro más con sotana. No me veía el resto de mi vida de cura: sería malgastar mi existencia. Que nadie me malinterprete: tuve claro que, en cuanto llegara finales de curso, estaría muy preparado para arrimarme a donde corren los chorros de dinero, que es la política. Los más preparados para vender la burra son los curas y casi lo era; así que ¿para qué conformarme con migajas si me podía comer todo el pastel? Me había preparado, cinco años largos para formarme, y sin gastarme un duro. Una jugada perfecta.

Capítulo III

Todas estas largas meditaciones y discursos que me soltaba Pedro me activaron el cerebro, que no deja de ser el ordenador central, de manera que me presenté a las oposiciones para la Generalidad. Tenía un buen currículum y conseguí entrar en una consejería de funcionario en infraestructuras, un puesto ideal para mis propósitos. Recuerdo que rápidamente indagué y comprobé que, efectivamente, de allí salían adjudicaciones, corrían las comisiones, los maletines; era cuestión de no tener prisa y controlar el recorrido de estos maletines. Me hice un esquema para ver cómo podía ponerle la zarpa. Por mi despacho pasaban todos los alcaldes y secretarios de los ayuntamientos para pedir pasta, ¡de la que se apega en las manos para carreteras!, para infraestructuras y toda clase de obras de la Generalidad. Para colmo, yo no era ni miembro de ningún partido y medio cura: todo de cara para prepararme un buen tinglado. Lo primero que hice fue llamar al informático para pedir que se cambiara todo el sistema operativo: cualquiera accedía, muy sencillo, rápido, transparente, lo que a mí no me interesaba. Me instaló un sistema muy complejo y difícil de descifrar que, al distribuir las adjudicaciones, repartía un quince por ciento a tres cuentas distintas, de tal manera que el secretario del gobierno central se embolsaba un cinco, el de la concejalía, otro cinco; y para el nene, que era el repartidor, un cinco más, pero haciendo los cálculos al revés, de esa forma, yo cobraba un cinco más de las mordidas de los otros secretarios. Para algo era yo el que repartía.

Al principio, me dediqué a invitarlos a cenas, después de golfería, en la ciudad había un buen surtido, las noches se juntaban con el día. Como trabajar ninguno de nosotros lo hacíamos, no teníamos ninguna prisa y, poco a poco, conseguí la confianza de todos los de mi rango. Personalmente, me interesaba meter la cabeza: relacionarme con consellers, no era tan fácil para aplicar mi plan redistributivo de la riqueza. Aquí entraba tela, ¿qué menos que repartirlo con mis colegas llevándome la mayor parte? Todo iba de cine.

Como era lógico por mi trayectoria, me casé con una beata con mucho patrimonio del Opus, cosa que aproveche para meter la cabeza en el colectivo, a costa de ir a misa aprovechando mi paso por el seminario, a base de frecuentar estos ambientes, ellos mismos te introducen en la Obra y te buscan una novia para repoblar España de críos, cosa que a mí me era igual. Lo bien cierto es que me entraba pasta por un tubo y ninguno de los funcionarios puso pegas cuando vieron los ingresos en sus cuentas. Me llamaban haciéndose los desentendidos, sin ánimo de aclarar de dónde venía la pasta, ni les interesaba. Todo el mundo cobraba comisiones: normalmente, si haces un trabajo lo cobras y yo era un eslabón más de la cadena lucrativa, ¡qué más daba! Estos políticos son subnormales: siempre que el dinero esté en España y se mueva aquí el color no tiene ninguna importancia.

Todas las noches nos juntábamos gente; digo gente porque yo amigos nunca he tenido: siempre he utilizado a todo conocido o compañero de trabajo de las consejerías. Cada juerga era lo más fuerte que te puedas imaginar: coca, habanos, el mejor marisco y, eso sí, los polvos cada uno se los paga, había quien se llevaba a la cama dos brasileñas y, por supuesto también lo pagaba. Por mi parte, cogí la marcha de pagar con la tarjeta del Consejería cobrar los gastos a cada uno, eso es lo que toca, no hay que ser chorizo tonto; a mí nunca me controlaban, sino que yo era el controlador. Una temporada bastante fructífera, y encima mi mujer siempre preñada, con lo cual me tocaba ir solo a todas partes; me salía todo bordado. Viajé fuera del país buscando proveedores, ya que cualquier chorrada era buena excusa para viajar: ver cómo se distribuye el agua o cómo cultivan en el desierto los judíos sin ella…; todo es bueno para gastar, a mí me lo autorizaban, ¿qué iba a hacer? No soy tonto: a gastar, y todo de primera, que paga la Consejería, trabajé para ellos en representación de todos los ciudadanos de mi comunidad, así que me llevaba acompañante para dejar en buen lugar a la administración, porque no se puede dejar en mal lugar al Estado español. Me sentí muy importante: a donde iba me ponían un coche oficial, un traductor…, todo el protocolo. Todo el mundo lo que pretende es vender y realmente yo soy un vendedor de humo: nunca compré nada, pero, eso sí, daba el pego.

Un día me llevé un buen susto me llama a su despacho del consejero y me dice que quería que le reservara un buen sitio para cenar; discreto, por supuesto, pensé que con la marcha que yo hacía y lo que gastaba, pronto me subirían de categoría, porque muy pocos gastaban tanto y tan aprisa: eso no todos lo saben hacer. También pensé que sería lo contrario y me despedirían: me temblaron las piernas, si me había descubierto, no hubiera sabido cómo salirme del lío; había comido de la misma tarta, así que veríamos por dónde salía. Fuimos esa misma noche a cenar: no quise destaparme, por lo que fuimos a un bar pequeño que lo hacía muy bien, todo a base de marisco gallego. Para no hacer el ridículo, esa vez pagué yo con dinero ―hasta a mí me extrañaba eso de pagar y con dinero propio; ¡no es correcto! ―. Luego de cenar, me dice que vayamos a caminar un poco, serían más de las doce; las calles vacías y me suelta:

―Mira, Pepe, ¿tú te has creído que soy imbécil? ¡Pues no lo soy! Te has montado un sistema informático perfecto que guinda un cuarenta y cinco por ciento de las contratas y que os repartís los tres secretarios tranquilamente. ¿No se te ha pasado por la cabeza que todo esto, con menos sofisticación y sin tanto rollo, más sencillo, sin dejar huellas, ya estaba inventado? En definitiva, has jodido a tus superiores, que somos los que mandamos desde hace tiempo en varias administraciones. Por cierto, muy bien hecho: si lo ve alguien, cree que puede ser un error; lo variamos como nos sale de las pelotas. Tú has descubierto América, pero vas muy atrasado, ya que, al reclamar nuestra parte, los proveedores nos han confirmado que ellos nunca habían dejado de pagar. De hecho, no voy a cambiar el sistema, es perfecto, sino que solo están equivocados los destinatarios, se te ha acabado el rollo. Hay que joderse con el cura: vas a tener que pelártela a mano.

» De momento, te voy a destinar a otra autonomía y no te quejes que has tenido mucha suerte. Los otros dos, al no tener las plazas de funcionariado, ¿sabes dónde han ido? Hoy mismo a las colas del INEM; allí es donde mejor están, son unos chorizos, al igual que tú: la diferencia es que tú eres funcionario y ellos, interinos.

Capítulo IV

―Esa suerte, y no otra, te ha salvado. Encima, imagínate donde vas: el jamón de Jabugo y el señorío que hay. Estarás como pez en el agua, así que este mes desapareces y el día uno del mes que viene entras a trabajar en la nueva Concejeria que, por cierto, rumores de mi partido me dicen que allí es donde mejor se guinda de España. Les gusta el señorío, las puntillas, las ortiguillas, el mejor pescado… Ya verás lo bien que vas a estar, dio media vuelta y se terminó.

Más que una conversación, fue una real bronca. La suerte, sencillamente, es que aún estaba dentro del sistema nacional de mangantes y malhechores: era mi profesión, donde se creaban espacios camuflados para que sus señorías se montaran buenas juergas, algo normal en todo el país. Qué bien montado está todo para que los políticos corruptos y funcionarios veletas desarrollen sus actividades del mangueo. ¿Para qué ir con finezas si es lo que hay? Han montado tal cantidad de oficinas que las maletas van de mano en mano como si se tratara de una encomienda o alguna compraventa de algo totalmente legal.

Donde fui estaban mandando los mismos, por lo que se construía en aquella época mucho menos que por aquí, me daba un tufillo raro, pero desde luego difícil de descubrir. De donde yo venía se trataba de comisiones de algo sólido que se hacía: obras, construcción…; si no te dan a ti, se lo darán a otro partido con largas zarpas. Lo cierto es que, en mi tierra, igual que en todo el país en esa época, ningún movimiento exagerado de obras; sin embargo, aquí se estaban construyendo autovías con apenas cemento y capas finas de alquitrán, por lo que al poco tiempo se quedarían sin autovías. Cualquier persona con un poco de cerebro lo ve a una hora de camino, se veía a la perfección: estaban metiendo la uña. Aun así, yo no tenía acceso a nada, de modo que eran suposiciones mías y nada más, estaba trabajando en otro sitio donde nadie nos controlaba: podías salir o entrar sin ningún control, ya que estaba en una posición libre por ser alto funcionario para que me callara de lo de donde venia, me habían mandado allí, que, según estos, es lo más sano, dijo en su última conversación, llevamos toda una vida y nadie, has oído bien, nadie podrá meter las narices donde no le llaman; nadie podrá sacar nada, ya que no había nada feo y prueba de ello era que todos trabajaban, la región funcionaba y, de hecho, siempre gana el mismo partido las elecciones ―se da por hecho―. En España hay democracia y hay provincias muy atadas por los partidos, es como antiguamente, que se votaba al señorito: tenías que ir con el voto en la boca, es algo normal, esto es de caciques, no es democracia. Yo aún lo veía de lejos, ya que no había entrado a chupar de la ubre ya veremos, porque me da el tufo de que no se fían al ser yo valenciano, pero mi cabeza no paraba.

En el centro de donde fui, se vive muy bien: lujo total, cuanto poderío, en esta época aún hay caseríos, por no decir palacios con coches de caballos y mozos de cuadra con sus equipajes y sombreros negros de estilo, algo que hay que verlo para creerlo, fui preguntando y en eso no hay trampa, sino que simplemente es gente que tiene fincas grandísimas con plantaciones de esparto, maíz, avena o ganadería en toda España; algunos las trabajan, otros simplemente las siembran, recolectan las subvenciones de Europa y, al tener tanta tierra, reciben muchísimos euros sin disparar una escopeta. Eso sí, tienen títulos nobiliarios: marquesados, fincas de duques, presumen de muy socialistas, pero no sé cómo toleran la existencia de esta clase superior a todos nosotros; no sé estos de la sangre azul como a estas alturas de la vida existen. Creí que se habían extinguido, pero no, y encima también se han apuntado a la moda de hacerse con las subvenciones. En cambio en las obras públicas, hay que diferenciar que si tú haces algo como una carretera, un pantano o cualquier obra; aunque no esté bien hecho, siempre hay algo, no dejas de ser un comisionista, pero repito hay algo y esto en el mundo siempre ha existido.

Como se va notando, ya empezaba a hablar y pensar como ellos: hay que joderse, lo que cuesta entender esto… Lo bien cierto es que ya estaba dos años y sí sabía, o creía saber, por dónde iba el agua. Mi familia se quedó en casa y a mí me costaba mucho penetrar en las consejerías, ya que pesaba mucho no ser de allí, me condicionaba. Hasta dos días a la semana salían a cenar y lo que se terciara: de putitas y rayas. Le comenté, haciéndome el tonto, que de dónde salía tanta pasta, ya que el poderío de esta zona es caro y difícil de mantener, y me respondió:

―Te diré algo…: de momento, apúntate a un sindicato y poco a poco, que aquí va todo muy despacio y por eso no fallamos en nada.

Le hice caso y al mes ya estaba en un sindicato; así que las cenas eran más fuertes y copiosas; encima, no pagaba nadie. Hice muchas nuevas amistades y buena gente de veras, todos liberados sindicales; de hecho, no trabajaba nadie, sino que se preocupaban de vivir bien, lo que es muy importante. Eso sí, organizaban cursos de formación, ficticia donde se repartían todas las subvenciones que venían de Europa, un sorbito para cada trabajador y uno grande para los organizadores. Se creó una empresa ecológica que no quemaba oxígeno, ya que las mejores son las que no existen, y automáticamente los trabajadores cobraban de FOGASA y todos contentos, sumado al chollo de las autovías que no valían para nada, ya que se habían hecho con grava y sin la cantidad oportuna de cemento, ¡alucino!, tarde o temprano este sistema no es posible que funcione, solo lo es para los jefes de la manada que, pensándolo bien, facilitan los sobres mensuales pequeñitos a los trabajos agrícolas furtivos que cada persona tiene para la ayuda familiar. Viene muy bien al chupar todos; aunque sea poco, viene bien.

Mi problema era como echar mano a la cúspide: si había que hacerse del partido lo haría, ya que mi religión cambió años atrás, pasando de la católica a la de los billetes, pero ¡grandes! No era yo esa persona, que había pasado diez años estudiando para no vivir bien, sin fino y jabugo; a mí me gusta el jamón entero. A través de los sindicalistas, me hice amigo de Toni, un jefe de UGT, que, todos sabemos, que su partido mandaron en el sur cuarenta años. A través de ella, mandaron en España, que no es poco, y amasaron en esta zona el grueso de toda la pasta europea. Esto, sumado a que yo ya trabajaba para la Junta de aquí, ya tenía los pies donde debía. Con la ayuda de mi amigo Toni, que me echó una mano, empecé a codearme con los que cargan en serio la pasta, que es lo que iba buscando, efectivamente, me enchufé de asesor. Realmente, soy el mejor: abogado y cura, no se puede pedir más para asesorar a esta buena gente, lo malo de veras es que yo no lo soy: mi propósito desde muy joven era hacer pasta gansa y rápidamente.

En esas había pasado tiempo y vinieron elecciones: aquí se quedaron los mismos y en mi tierra entró el centro derecha, allí no podía meterle mano a los grandes proyectos, donde me gusta estar, ya que aquí solo accedía a los pequeños sobres y allí tenía posibilidades: no había manera, aunque lo intenté por todas partes; ozú, cómo está aquí de controlado. Sin embargo, siempre me he movido mejor, en realidad en lo mío que es la comisión, esperaba que los nuevos fuesen igual que los otros; por lo que solicité mi traslado de vuelta. Teniendo la carrera de abogado, con familia numerosa y mi mujer siendo del Opus, tenía todas las cartas en el bolsillo para que los nuevos teóricamente católicos de derechas me recibieran bien. A más, los anteriores me desterraron, hecho que aproveché para alegar que fue por ser católico practicante, nada más lejano de la realidad. ¡Mi hoja de aptitudes era muy fuerte para entrar por la puerta grande!, cosa que ocurrió, y encima me pusieron en asesoría de infraestructuras, todo un triunfo. Luego, me enteré de que un peso pesado, o sea, el que verdaderamente llevaba las riendas estaba muy puesto en el Opus.

Al salirme del seminario ya no me miraban muy bien, pero con mi mujer la cosa estaba tibia, había estado más de dos años mandando alguna vez dinero, pero poco. Para mis gastos necesitaba mucho, porque mi nivel de vida lo requería: rayitas, mujeres de buena vida, más las juergas con mucho fino y jabugo; era caro, pero bueno, fueron cuatro años muy, muy buenos. No sé si fue acertado marcharme, pero allí no tenía un verdadero porvenir. Había pasado tiempo sin llegar a entrar en capas auténticas de poder económico, pero esta gente sabe vivir muy bien sin un duro, mucho mejor que mis paisanos.

Capítulo V

Me fui todo tranquilo a ver a mi mujer a nuestra casa y me encontré que no podía ni entrar: mi mujer, desde dentro, me tiró a la cara los papeles del divorcio y me pidió mi nuevo domicilio, que, por cierto, no tenía porque me había quedado en la calle… y a cuadros. ¡Caray con la beata…! Por una temporada que sin querer me había olvidado de la familia, ala, a la calle, y sin poder ver ni a mis hijos. Teléfono en mano, hablé con un antiguo amigo que sí se había hecho cura y me dio cobijo y sitio para poder estar una temporada, le había tocado una parroquia cerca de la capital. Esta región iba como un cohete con obras fuertes por todas partes: estaban dándole vida a mi ciudad, a mi región, ¡qué cambio más fructífero para mí! Una inmensa tarta, pensé, y, para empezar, los dirigentes tenían muchas ganas; pero aún estaban muy verdes en hacer que aquello diera dinero del fuerte, para mí, claro.

Fui indagando: la beata de mi mujer se había liado con otro, un conocido suyo de la obra al que no le dio asco hacerse padre de mis hijos, así, me había apartado de mi familia. La pura verdad: me duele y mucho, sé que soy algo golfo, pero, como buen cristiano, un buen arrepentimiento y listo. Mi amigo el cura quien me hospedó, me dio la absolución al confesar, pero a mi mujer no la convencí; para mis propósitos me hubiera venido muy bien. Desde luego, eso estaba terminado y más valdría que lo asimilara más pronto que tarde, cosa que no tuve más remedio que hacer. Firmé el divorcio y ella solicitaría la nulidad del matrimonio; me lo facilitó todo, de una. Para ser una creyente, no hizo ascos a nada y, con el matrimonio anulado, ¿que más quería? Además, con un marido que era más cura que los que lo eran de veras: estaba trabajando en la Universidad Católica, la parte contraria a mí. Por lo menos, tenían más estabilidad y eso me tranquilizó. Con la familia acomodada, me quedé liberado de obligaciones.

Al pasar un tiempo, alquilé un piso de soltero en la playa, una zona libre de gente, mirona, cotilla. Por no haber en este tiempo ni turismo, se construyeron viviendas para especular que no se vendieron; de hecho, a los meses de vivir allí, me di cuenta del potencial e invertí con una nomina, y la mía era de oro, te daban lo que querías; así que compré tres apartamentos, por supuesto, sin llegar a escriturar, con los que pasé ganando un dinero fresco sin impuestos. Esto sí que era mi salsa.

Mi ciudad se salía. En la Consejería en la que me colocaron estaban todos los grandes proyectos que los nuevos políticos, tenían planificados para la provincia. Allí tenía un porvenir insuperable: por donde miraba, había planes en marcha; no futuros, sino que se estaban desarrollando. Los que gobernaban eran todos con carrera, pero inexpertos en mi especialidad, que no es otra que distraer dinero fresquito. Nunca me he considerado un chorizo sino que he leído: la cultura trae eso, que te informa de que, desde que se fundó el mundo, todos ponen la mano. Ya los romanos tenían cargos que ya se llamaban corruptos y de eso han pasado más de dos mil años, por lo que yo no he hecho nada más que emular la historia de la propia humanidad. A mí me importa un pimiento quién o por qué gobiernan unos u otros, ya que todos van a la suya. La única diferencia es que hay quien se conforma con migajas por ser unos pobres de espíritu y otros no, como mi caso. Cuando entré en el seminario nunca pretendí ser un simple cura, sino de obispo para arriba. No me van las cosas poco hechas, defecto de forma, ser o no ser, y, si puedes elegir, ¿a quién le amarga un dulce?

Sería yo en mi tierra uno más, trabajando para mí, claro. No quería tener fallos como anteriormente, así que, cuando a base de hacer descaradamente la pelota, conseguí que me hicieran gerente de una empresa para la construcción de capital mixto de pisos para la gente obrera. Me vino como anillo al dedo. Me tuve que hacer del PP, por supuesto, al igual que en el otro cargo me hice de UGT; pero para mí esos detalles son superfluos. La cuestión es que por mi despacho pasaban todos los alcaldes con proyectos para viviendas sociales que pretendían que se construyeran en su municipio; a mí, imaginaos: a todos atendía y les daba todo mi apoyo moral a cambio de su apoyo económico, pero con dinero fresquito y limpio de toda sospecha. Luego, no te digo nada: conseguí que se incrementaran los servicios de todos los prostíbulos; lo veamos mal o no, es una obra social, ya que son chavalas que vienen desamparadas y sin un duro; así que ¡qué mejor ayuda que proporcionarles trabajo para que puedan vivir dignamente!, claro está. Como yo les arreglaba los papeles, me salía muy bien de esta forma: siempre tenía media docena muy bien dispuestas a lo que se terciara, ya que era un favor mutuo en el que yo las ayudaba y ellas a mí. Me permití el lujo de, a estos alcalditos, facilitarles alguna ayuda para contrarrestar el estrés del trabajo.

Esta vez solo trabajaba para mí y se debía que notar. Los tenía a todos muy bien cogidos, comían en mi mano, y lo más bueno: con buen dinero, fresco y sin rastro. Me hice con buenos coches, una embarcación a motor, todo lo que me venía en gana. A mis hijos ya los veía, ya que la beata, como le pasaba alguna vez algún fardito, me miraba bien ¡Lo que hace la pasta!: de no querer ni olerme…, ahora ya no era tan malo. De todo este tiempo tan bueno para mí, fui observando por pura prudencia y todo el mundo no bailaba igual. Aquí teníamos una alcaldesa: la mujer se veía que trabajaba para mejorar la ciudad y la quería, luchaba por ella; sin duda, la mejor alcaldesa que jamás ha pasado. He llegado a la conclusión de que estas personas tienen otras tendencias o miras: desde luego, ya sabes que tienes que hilar fino con ellas, porque no se dejan maniobrar.

Como aquí en la capital lo tenía ya todo muy visto, me fijé y en otra ciudad de la comunidad se estaban haciendo inversiones muy grandes. El nuevo presidente venía de esa zona y quería destacar en gastarse allí pasta: se construía un parque temático y grandes estudios cinematográficos; auténticas gilipolladas, pero ni hechas para mí, porque enseguida vi un filón de comisiones. Conseguí que me trasladaran una temporadita para organizar toda la zona bien. Al principio, iba con los pies de plomo: no sabía dónde me ponía y el actual Presidente era de allí, así que con mucho cuidado. Poco a poco, iba colocando mis manos y al pagar las facturas, controlaba y aquello era un asalto a mano armada. No he llegado a saber si era por dejadez o por avaricia, pero lo cierto es que se doblaban las facturas impunemente y nadie veía ni oía nada, para mí, que era un profesional pienso que ol