Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En un pueblo de la provincia de Buenos Aires en donde no caben los secretos y la verdad está siempre sujeta a manipulaciones peligrosas los protagonistas de esta novela combaten desesperadamente contra la difamación y la mentira a la que están sometidos por el simple hecho de vivir allí. El morbo mediático, que rige en nuestra sociedad, acelera este descenso cívico hacia el infierno. El crimen sin resolver de una madre soltera, hija de un maestro de escuela que por su manera de enseñar es considerado una amenaza para la comunidad, desata una serie episodios que conducen a la ruina moral de todo el pueblo y desenmascaran, en el filo de una ideología nefasta, una trama de violencia física y mental capaz de destruir las bases de cualquier posible entendimiento y reavivar el fuego de la irracionalidad y la ignorancia propagado durante años de pobreza entre los "demonios" de Jeppener.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 305
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Fernández, Guillermo
Demonios en Jeppener / Guillermo Fernández ;
ilustrado por Theo Contestin. - 1a ed.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Editores Argentinos hnos., 2018.
ISBN 978-987-3876-17-2
1. Novela. I. Contestin, Theo, ilus. II. Título.
CDD A863
De esta edición:
© 2018, Guillermo Fernández
© 2018, Editores Argentinos
Dirección de arte, diseño de tapa e interiores: Theo Contestin
Editores Argentinos
www.eeaa.com.ar
Hecho el depósito que indica la ley 11.723.
A Pablo que me ayudó
a descubrir Jeppener.
Salió de un aula ya vestido con el tapado de Carmen. Había dejado de ser Ángel Castro, el maestro de sexto grado, para convertirse en Galilei. Así apareció en el escenario de la escuela, con diez alumnos que mostraban carteles. En el patio, sentados en sillas de plástico blancas, miraban los padres y Mazzini, el Supervisor escolar. Griselda Bechara, directora desde hacía mucho tiempo, hubiera deseado no estar. Se preguntaba a cada rato qué se representaba. El maestro le había hablado de cosas que ella ahora hacía esfuerzos por recordar: Brecht y el acto por el 1° de Mayo. Ella veía desfilar los carteles escritos con marcador negro grueso. No leía. No podía leer. Todo debía cambiar. Sus alumnos entraban y salían del escenario, desplegaban carteles contra la Iglesia. ¿Ella había permitido eso? Un maestro disfrazado, que hablaba de la tierra, del sol, del poder, de la razón y de otras cosas que ella ignoraba porque la ponía nerviosa la mirada atónita de Mazzini, una autoridad que había venido de Brandsen nada más que para comprobar que a Bechara la escuela se le iba de las manos. Mazzini tampoco sabía nada de ese Brecht con apellido difícil que aparecía en el programa que tenía en la mano y que él releía cada tanto para retener el nombre del autor que había atraído a Castro y que lo había llevado a semejante desquicio en el patio de la EGB Nro. 3 Juan Bautista Alberdi. Como si importara su nombre, pensó, después de un rato, después de escuchar las voces de algunos padres a sus espaldas. Le molestaban los carteles con esas frases que provocaban a la gente grande de Jeppener, todo un pueblo, que ya había asimilado el movimiento de los astros sin preocuparse demasiado por la ciencia, la verdad y los credos de los sacerdotes. Los alumnos provocaban. Ángel Castro, convertido en un agitador de conciencias, había destruido ese acto del 1° de Mayo en una parodia absurda. Ya habíamos vivido la época del terror. Ángel había huido de Buenos Aires, con la sombra de su esposa muerta por haber desobedecido, junto a una hija adolescente, Carmen, que con el tiempo le trajo un nieto que de tanta aventura de la madre no tenía padre. El maestro y su hija se bajaron de un micro que venía de Retiro dos veces al día, en 1981. Hacía nueve años que vivían en Jeppener y tres que él incomodaba como maestro. Carmen, con dieciocho años, se encargó de buscar una habitación primero y, después, de elegir una casita para alquilar. Pero de la llegada de padre e hija hacía tiempo y de las escapadas de Carmen, también.
Mazzini, tenía los expedientes de la historia del maestro. Juró que los releería junto con Bechara, para hacerla entrar en razones. Hubiese querido mirar a los alumnos, los papeles escritos con marcador oscuro que convulsionaban al hablar de libertad, de la verdad, de los hombres sometidos que aceptaban callados porque no manejaban otra posibilidad, pero no pudo. Se levantó con enojo. Giró sobre la silla y, con el paso firme de autoridad, cruzó todas las filas de padres y salió a la calle. Solo un alumno dejó de agitar el cartel. Miró fijo cómo se iba Mazzini, la cara desesperada de Bechara y el abucheo de algunos padres. Era Ernesto Álvarez, un cómplice de Castro, como lo iba a describir con el tiempo, el Inspector en el expediente. Ernesto completaba el odio del maestro, el Inspector repetiría a Bechara, después, cuando pudieron estar a solas, en el despacho de la Directora.
Castro llegó al mediodía a su casa, comió sin hablar con su nieto Denis, quien sospechó que la expectativa de su abuelo ahora golpeaba en las baldosas de la escuela. Le acercó el plato de sopa para no dejarlo tan solo. Le dio un pedazo de pan, que había traído de la panadería con autorización. El silencio entre los dos se quebraba con el ruido de la cuchara en el plato, los sorbos dados al caldo, el paso de algún auto por la calle y la tos de Castro. El nieto pensó que, tal vez, si su madre Carmen volviera de Brandsen, traería algo de calma. Hacía mucho que no tenían noticias de ella. Nunca se acostumbraría a que desapareciera por días y después volviera con hambre y poca ropa, tarde, por la noche. Denis nunca se preguntó si había otra vida posible para él. Tenía miedo a la respuesta. Había dejado la escuela para no preguntarse tanto por lo que le había tocado en suerte. Es cierto, la escuela siempre interroga. No debía dar explicaciones. Su madre se iba siempre con la promesa de la vuelta. Con eso le alcanzaba para soñar que ella lo besaba a la madrugada y le decía, en voz baja, que esta vez sería la última. Le prometía que nunca más lo iba a hacer. Todo era por él. A ella no le agradaba su trabajo en la panadería. En el sueño le hablaba de que vendrían otros tiempos, siempre mejores. Denis se despertaba a cada rato, para esperar el beso. Se volvía dormir. Nada cambiaba.
Ernesto se quedó acomodando todo. Enrolló los carteles, todavía con tinta húmeda. Se habían ido todos. Mazzini se había encerrado con Bechara en el despacho. Suponía la conversación, espiando desde el aula. No iba a escribir en el pizarrón Tristes los pueblos que necesitan héroes. Tenía ganas, pero no quería perjudicar más a Castro. Nadie sabía que estaba solo en el aula. Se quedaría hasta que Bechara y Mazzini no lo vieran salir de la escuela. Iría a la tarde a la casa del maestro.
Convinieron en que el maestro requería control. El Inspector, una vez más, la responsabilizaba por el escándalo. Ella juró que la preparación del acto le había parecido ingenua. Nunca había querido entrometerse en el aula y verificar qué hacían los alumnos de sexto. Había sido la primera vez que los veía entusiasmados en una tarea que muchos de ellos resolvían sin quejas. Obedecían, sí, eso era cierto. Mazzini trató de no mirarla. No asustarla con un sumario por incompetente. El desorden en la EGB 3 también lo involucraba como inhábil. Una cadena de ineptos, llevados de la mano de un maestro viejo, que manejaba la escuela como se le antojaba. Porque esto no es nuevo, Bechara, le repetía a cada rato, hay muchos expedientes contra Castro. El acto no fue nada más que para coronar su delirio, continuó. Una madre escribió una carta contando cómo abría la ventana del aula, miraba el cielo de las doce del mediodía y les hablaba a los alumnos sobre el movimiento de la Tierra, entiende, Bechara. Admita que usted no actuó como debería y ahora pone en peligro al colegio, dijo, increpándola. También escribía fórmulas en el pizarrón; confundía a los alumnos con obispos, los dividía en bandos para discutir sobre el Sol y la Tierra. No. No. Bechara. Hasta lo han visto dar clase con ese tapado de la hija. Por favor, seguro que mañana tengo en Brandsen a una fila de padres pidiendo la suspensión de Ángel Castro. Bechara bajó la cabeza y asintió. Guardó silencio, porque no había nada para aclarar. Se vio en la calle, despedida por un montón de padres que exigían otra dirección, más fuerte, con mano dura. Se sentó en una silla y dejó que Mazzini revisara su escritorio.
Ese fue el momento en que Ernesto escapó de la escuela cargado de rollos de papel. Hubiera querido, seguro, meter su cabeza en el despacho, para averiguar de qué hablaban. Iba a defender a Ángel Castro. No era locura. Le atraía su forma de explicar, se le iban las horas viendo cómo el maestro se apasionaba dibujando en la pizarra las fórmulas posibles para distinguir el desplazamiento de la Tierra. Nunca imaginó que hubiera docentes con tanto ímpetu. Estaba seguro de que la hija de Ángel molestaba. La historia de su mujer también los perturbaba. ¿Cómo podía pararse frente a un curso un desconocido que venía escapando de Buenos Aires y ahora se le iba una hija a buscar hombres en Brandsen?, así murmuraban en la calle, en la puerta del colegio mientras esperaban que los más chicos entraran de una buena vez. Con todo eso en la cabeza, golpeó la puerta de la casa de Castro para poder esconder dentro los rollos de papel. El maestro había terminado de almorzar con su nieto. Ernesto vio su cara aún iluminada por el acto. Aquello que traía eran pruebas. Lo más importante estaba escrito en un libro, le dijo al hacerlo pasar al comedor con la mesa todavía sin ordenar. Ernesto conocía a Denis. Muchas veces habían hablado de la panadería, de las ausencias de Carmen y de la alegría de su abuelo cuando desenvolvía los mapas sobre la mesa para explicarle miles de veces lo que había descubierto. Denis conocía esos momentos. Los prefería a verlo protestar por su madre, a que renegara porque no había ninguna mujer en la casa y eran, al fin, dos hombres para llevar adelante la vida. El nieto se había acostumbrado a ese personaje que aparecía por sorpresa, que lo tomaba por la espalda y que no sabía bien por qué lo llenaba de esperanza por la vuelta de su madre. Su abuelo lo empujaba al sueño. Denis no se cuestionaba cómo se movía la Tierra. Quería estar con él, porque, sencillamente, necesitaba de él, para que lo convenciera de continuar con la vida.
Ernesto se había inmiscuido en la vida de ellos, sin mucha autorización, incursionando, de a poco, en la casa de su maestro. La primera vez aprovechó que estaba cargado con los rollos de papel para el acto del 1° de Mayo y se ofreció ayudarlo. Recordó que caminaron en silencio porque ese permiso valía por sí mismo y no se podía quebrar con nada. Cuando entraron, Ángel lo hizo pasar. Vio la misma casa de todos, un par de sillas desacomodadas, un aparador para los platos, una cocina, ollas y un sartén con algo de comida. En Jeppener las familias no contaban con grandes muebles. Apenas se abría la puerta de calle de cualquier casa, todo se parecía, hasta la disposición de la cama y del baño. Ese día Ernesto quiso retenerlo para siempre. Pero, en unas semanas, volvió a acompañarlo. Se le había ocurrido un personaje para la obra. Caminaron hablando sobre esta ocurrencia, hasta llegar a la puerta. El mismo Ernesto actuaría como el Cardenal Belarmino. Con solo una sábana, se cubriría para representar al prelado. Ángel lo hizo entrar como la primera vez. Denis estaba calentando la comida. Lo invitó a que se quedara a almorzar. Cuando terminaron, el maestro y su nieto llevaron los platos a la cocina. Tuvieron la mesa libre para desenrollar los papeles y ajustar el personaje. Denis y Ernesto estaban ahora frente a Galileo. Nadie se preocupó por Castro. Había desaparecido con el último plato con comida en la mesada. Nunca supo Ernesto si había sido Ángel o Galilei el que le había sugerido que escribiera su cartel. Nadie le había señalado la escritura. Hijo de un peón de una fábrica de ladrillos, la posibilidad de armar frases para un acto destacaba a Ernesto y, además, le daba autorización para construir una relación distinta. Se diferenciaba así de sus compañeros. Ángel le había permitido escribir y ese ejercicio no iba a ser nunca una obligación, sino un compromiso con la posibilidad de registrar lo que veía. Sí. El maestro lo había sacudido, lo había impulsado a llevar esos cuadernos anotados, esos cuadernos de tapa azul con papel araña en los que reescribiría a partir de ese momento la vida de Ángel Castro. Lo merecían los tres.
Perdés, el tiempo, le dijo Severino Álvarez, cuando se enteró de que su hijo quería ser escritor. Aprovechó la confesión para arremeter contra Castro. Vos sos chico todavía para entender la vida. Su hija es una puta cualquiera, dijo en voz alta. Ceres, mujer y madre, hizo la señal de la cruz. Su marido había pronunciado la palabra del demonio. No quiero que pises esa casa, sabés. Ángel Castro va a tener que escapar de Jeppener. No puede ser maestro el padre de una mina de la calle. Ernesto pensó en Denis. Le costaba entender que su padre acusara a su madre. Tiene un hijo, dijo mucho después. Cualquiera tiene un hijo y después lo abandona, le retrucó Severino. Fue a los gritos, con la cara descompuesta por el odio y el vino en la cena. Ceres se levantó y retiró la botella. Ella conocía cómo seguía todo. Ernesto se levantó y no escuchó que su padre maldecía la hora en que Ángel Castro había llegado a Jeppener. Nada bueno había venido con él. El maestro había abierto la puerta de la intranquilidad, del miedo. La escritura iba a traer problemas. Los necios escriben historias que nadie lee.
Después del acto, Severino no hizo más que echarle en cara a su hijo que su maestro era un loco de mierda. ¿Ves que se viste como un payaso?, le dijo cuando volvió el corralón. Se lo habían contado. En Jeppener no había rincón para el secreto. Ceres tuvo que detener a su marido para que no se metiera en la habitación de Ernesto y encontrara los cuadernos. En esta casa no va a ver locura, gritó Severino. Se fue calmando. Ella lo llevó a la cama y le sacó la ropa. Después, hizo lo mismo. Verse desnudo encima de su mujer lo aplacaba. Él tenía una mujer, no una puta. Cuando terminó, se puso los calzoncillos, se acomodó el sexo y se acostó a dormir. Tocó el brazo de su mujer. Quería comprobar que aún estaba a su lado.
Después de la reunión con Mazzini, la Directora se dirigió a su casa. Pensó en cómo iba a detener la oleada de quejas y los pedidos de renuncia del maestro de sexto. Ella hubiera querido detenerse en el Correo. Sabía que Ángel Castro cubría horas a la tarde, entre carta y carta, con el fin de ayudar a su nieto y para que cuando aparecía Carmen no tuviera que escuchar que le pidiera dinero porque las cosas no iban bien. Bechara siguió de largo, pasó por la vereda de enfrente. Una suspensión para el maestro no significaba nada. Ya había sembrado incomodidad y, sobre todo, adhesión. La mirada de Ernesto Álvarez la ponía demasiado nerviosa. De muy pocas cosas estaba convencida. No ignoraba que si Ángel Castro dejaba la escuela, nadie iba a poder tomar su lugar en el curso. Se había enterado que Ernesto escribía en hojas de cuaderno. Había venido su madre con la idea de que eso era peligroso. No señora, le había dicho, escribir no daña, pero se calló cuando ella la increpó que el maestro lo había llevado a llenar hojas con todo lo que pasaba en la EGB. No le contestó porque no se podía defender. Los trastornos del maestro se convertirían en una historia para ridiculizar a la escuela y a su gestión. Hablaría con Ernesto, soportaría su mirada de frente y le exigiría leer lo que había escrito. Ella estaba en todo su derecho. Su figura no podía ser humillada por un alumno. El chico intentaba hacer tambalear su capacidad al frente del colegio, describiendo la historia de un docente que no podía contenerse en el aula. Una obrita de teatro daba lugar al más cruel de los argumentos para convertirla en una incapaz. Llegó por fin a su casa.
Había demasiadas razones para que ella deseara huir de su hogar y no abrir jamás la puerta de entrada. Su padre Roque, siempre en silla de ruedas, salvo cuando dormía, iba a estar sentado en ese aparato metálico, que se deslizaba por el comedor, gracias a Clara que lo transportaba cada vez con menos paciencia. Clara estaba todos los días con Roque. Discutía, peleaba con él, como si el viejo pudiera contestarle. Era bronca nomás. Un odio a tener que lavarlo, cambiarle las sábanas, limpiarle los restos de comida que se le caían de la cuchara. Había que cuidarlo y estar al tanto de cualquier locura que se le ocurriera. La mente no le respondía y, en cualquier lugar de la casa, lo perseguían sombras con forma humana. Daba vueltas en la cama antes de dormir. Ningún remedio podía doblegarlo. Había que dejarlo cerca de la ventana del comedor los días con sol, para que mirara sin ver un movimiento de gente, intuitivo, que respondía más al pasado que al presente, un recuerdo de mucho antes, cuando podía caminar y saludar. Roque bajaba la cabeza, porque no quería ver a nadie; además tanta medicación lo sacudía con movimientos violentos en lugar de disciplinarlo. Bechara comió lo que pudo en medio de los gritos de Clara para sacar a Roque del baño. Pensó en Mazzini con ese portafolio lleno de papeles y en la mirada de Ernesto Álvarez, cuando ordenaba las sillas en silencio. Iba a esperar con prudencia que se acercaran los padres a la escuela. Hubiera querido hojear la obra de teatro. Se la hubiera pedido a Castro. Ya era tarde para todo. La sacudió la voz de Clara, que pedía una toalla nueva, la otra se había manchado. Corrió como pudo para alcanzársela. Nada hubiera podido hacer de su vida sin ella. Una vida que no le había proporcionado grandes cambios. En algún punto, Ángel Castro la molestaba. Ponía en evidencia que no podía ayudarlo. Ella se movía como siempre, miraba con lentes el sol y nunca, nunca se había inquietado por averiguar cuánto había costado sostener qué giraba y alrededor de qué. A quien había visto deslizarse, de la habitación al comedor, había sido a su padre. Pero ahora, de grande, comprendía que el infinito requería de más argumento que el aprendido en un magisterio de pueblo. Tenía poco tiempo para lavar los platos. Hundió las copas en el agua con detergente. Todo tenía un porqué. Las preguntas a menudo dan vuelta lo que creemos. Secó los cubiertos con el repasador mojado. Nadie se sorprende con lo cotidiano.
Le dolía la cabeza. En Jeppener no se hablaba nada más que de su EGB 3. Mazzini la había amenazado, los padres la acorralaban por unos carteles y un maestro. Salió a la calle para completar el segundo turno. Miró de frente a un grupo de padres que hablaban en la puerta de la escuela. Se callaron. Todavía conservaba algo de presencia. Los alumnos la esperaban en el patio. Acomodó su cartera en el despacho. Tuvo una impresión desagradable. El sexto grado de la tarde desenrollaba los carteles del día anterior. Volvían al 1° de Mayo y a recitar las palabras de ese autor a quien nunca iba a leer. Las sillas estaban colocadas en el patio. Los padres iban entrando de a grupos. Reconocía a los que estaban hablando en la calle. El Supervisor volvía sonriente, había preparado un acto de desagravio a la comunidad escolar. Ella debía protestar. ¿Qué era entonces la escuela? ¿Una tierra de nadie? La ridiculizaban y ella continuaba ignorando qué sucedía a sus espaldas.
Escuchó una tos conocida. Élida Suárez tosió para que ella diera las buenas tardes a los alumnos. No había un nuevo acto. Por un tiempo la perseguiría esta imagen. Era cuestión de respirar hondo y luego exhalar el aire, despacio para que nadie notara la conmoción. Todo volvía a su lugar. Cada fila de alumnos se encaminaba a su aula. Suárez no intuyó el percance. Solo la ocupaba cómo apurar la tarde. Estaba convencida de que su situación no era fácil. A Ángel Castro por la edad resultaría más fácil perdonarlo. Se lo esperaría hasta el momento de la jubilación, pero a ella le faltaba tiempo y su cargo la ponía muy en evidencia.
Los primeros comentarios que le hicieron llegar de Brandsen giraban en torno a la intervención de la EGB. La acusaban de autorizar un acto clandestino, encubierto, que, bajo la participación ingenua de los alumnos de sexto, propiciaba volver a la época del terrorismo, de las bombas en la calle. Todos veían en los carteles la amenaza guerrillera. ¿Acaso no había chicos a los que preparaban para combatir en los países comunistas? Nada mejor que Jeppener, una localidad alejada de todo lo que había pasado. Armar un nuevo ejército en la EGB. Siempre la revuelta comenzaba en los lugares con apariencia inofensiva. Ángel Castro había venido a intentar una revuelta. No hay mejor indicio que su pasado. A Bechara le pesaba la cabeza. Renunciar hubiera sido servirles todo en bandeja. Debía luchar con argumentos. Decidió buscar la obra de teatro del alemán. Imposible retener el nombre. A la mañana siguiente, le pediría a Ángel Castro la obra. Releería cada renglón para defenderse. Eso lo tendría que haber hecho antes. Pero no importaba ahora. Seguro que era volver para atrás. Se inclinó sobre la silla y se levantó con rapidez. No. Nunca iba a pedirle a Castro el libro, equivaldría a confesar su ignorancia. Leer le exigía tiempo, interés, una dedicación, un tiempo repartido entre su padre y los documentos que le pedían de Brandsen para dirigir una escuela que se le daba vuelta. Iría a buscar a Ernesto en el recreo, debía tener borradores, alguna anotación que a ella le fuera útil para discutir frente a Mazzini en Brandsen. No iría a esperar que el Inspector volviera. Ella misma, con su propio cuerpo, lo encararía y no le permitiría un nuevo ataque. Repasaría, sí, qué pasaba con los astros y la Tierra. Un manual de geografía la pondría al tanto de toda esta cuestión absurda con que la Supervisión de Brandsen pretendía convertirla en una inútil. Lo complicado se solapaba en lo que había escrito el alemán y en la locura de Ángel Castro. A Bechara le costaba pensar que el desplazamiento de la Tierra pudiese en esta época ocasionar tanta discusión. Ella no ignoraba que había habido muertes de hombres de ciencia, pero esa época ya había pasado. Otros tiempos, Griselda, se repetía, los científicos discuten otras cosas. Hoy en día las fórmulas se respetan y nadie retruca principios que se repiten en laboratorios. ¿Por qué, justo en este pueblo, en esta escuela, vuelve a ponerse a prueba el movimiento de los astros? Quizá tenía razón su madre cuando le decía: no dejés nunca de ser maestra de grado, nada más que eso. Los cargos los dirigen los imbéciles y avivan problemas. Debía de haberla escuchado. Había salido el concurso para la EGB 3 de Jeppener y ella se presentó. No tenía demasiadas lecturas, pero sí paciencia con los alumnos. Su tolerancia estaba archivada en expedientes a lo largo de muchos años. Ahora se había convertido en una directora infeliz que debía pedirle a un alumno pruebas para argumentar su inocencia.
Ernesto la miró sorprendido por el pedido. Le preguntó si la situación era grave. No lo dijo, pero no estaba pensando en ella. No deseaba que Ángel Castro fuera suspendido. Bechara intuyó que Ernesto Álvarez podía prescindir de una Directora a la que veía de tanto en tanto en el recreo o cuando pasaba por el frente del aula de sexto y miraba que nada llamara la atención. La sanción a Ángel Castro, impulsada por los padres, por la Inspección escolar, lo molestaba, lo irritaba que el manotazo de Mazzini borrara de un golpe la manera en que el maestro empujaba la puerta, siempre trabada, para entrar al curso. Castro siempre aparecía con algo para decir. Nunca a Ernesto le había pasado con otros docentes, cansados de llenar el pizarrón de letras y números que nunca se modificaban y que él calcaba en su carpeta no muy convencido de que estudiaba. El pedido de Bechara fue rápido, para que se sorprendiera y considerara que no le quedaba otro camino que obedecerla. Había tomado apuntes. Se los iba a dar. El libro lo tenía el maestro en su casa. Solo una vez lo había traído para revisar un diálogo. Se lo podía pedir, le dijo. Bechara le contestó que no hacía falta. Fue en ese momento en que la Directora le preguntó a Ernesto si el acto no se le había ido de las manos a su maestro. Ella siguió, aclarando que quizás todo se hubiera calmado si Castro hubiera hablado, explicado el porqué de la obra de “Tech”, dijo. Ernesto, la corrigió. Se llama Brecht, Bertolt Brecht, directora. La aclaración sirvió para que ella, continuara con su defensa, como si estuviera en Brandsen frente a la Supervisión. Con más razón, Ernesto, un autor muerto, que muy poca gente conoce. ¿Había necesidad, Ernesto, de traerlo a Jeppener? ¿Qué urgencia tenía hablar del universo, con todo lo que le falta a la ciencia por descubrir?, no encuentro más razones que las de traerme problemas. Ernesto Álvarez recordó al maestro, el pizarrón escrito con las constelaciones, la frase: hoy miramos seguros al cielo, pero aprender cómo nos movemos en el espacio terrestre fue una lucha. Bechara sintió su inutilidad. Ernesto tomaba la voz de Castro y a ella le costaba distinguir en qué cuerpo estaba el maestro, Galilei y “Tech” o como se llamara al fin. No podía detener aquello que había empezado en Jeppener, por más que leyera el libro, los apuntes del alumno y se acercara con discreción a Castro para que retomara las clases como todos sus maestros, que se olvidara del acto escolar y que ella misma, por las dudas, iba a conservar los rollos en el despacho. Ernesto la miró, había sido entrenado en la sospecha. Se asustó de no estar segura de quién tenía enfrente. Ernesto le dijo que, si se trataba de defender a Castro, algunos estaban dispuestos a organizar un grupo y solicitar una entrevista con el Inspector. Ni pensarlo, gritó. En ese sonido fuerte no había palabra, sino auxilio. Si los alumnos lograban la entrevista en Brandsen, la Supervisión se iría a regodear confirmando su inutilidad. Bechara recapacitó. Que Ernesto la viera descolocada entorpecía su trabajo. Se sonrió y con una falsa modestia le aclaró que ella no necesitaba ayuda. No voy a perjudicar a Castro, murmuró, quedate tranquilo. Necesito que las cosas se aclaren. Conozco desde hace muchos años a Mazzini, le explicó, es duro, su gestión lo exige, pero va a entender las causas. No dejó que Ernesto le hiciera recordar la manera en que el Inspector abandonó el acto. Bechara trataba de olvidarse de cómo se levantó de su silla y se encaminó a la dirección para encararla. Ernesto le pidió permiso para irse. Argumentó que se hacía tarde y que en su casa se irían a preocupar. Ella conocía a su padre, un hombre que no iba con medias tintas, que podría estar dispuesto a venir a la escuela y armar un escándalo para averiguar la causa de por qué retenía a su hijo. En la EGB 3 un nuevo episodio no convenía a nadie.
Ernesto salió del colegio y una vez en su casa se encerró en su habitación. La reunión con Bechara no iba tener desperdicio en su cuaderno. Había notado que escribir lo acercaba a Ángel Castro. Volcaba palabras con su letra de alumno, haciendo esfuerzo para que cada línea no se corriera del renglón, aquello que nunca hubiera podido transmitir a la Directora. Lo primero que quiso escribir es el miedo de ella. Pudo hablar de cómo se inclinaba y se volvía a reincorporar en la silla del despacho. Hubo un momento, así lo puso, en que por nervios, ella estuvo a punto de resbalarse. Usó oraciones cortas como le había enseñado Ángel Castro. La brevedad, había hablado una vez el maestro, estaba muy relacionada con la contundencia. Se acordó de la palabra. No estaba seguro de su significado pero no se iba a olvidar de cómo la había empleado Castro. Había sido a propósito de Galilei. El científico sostenía con contundencia, así había dicho en clase, ante los Médicis que ellos debían ver sus apuntes, esos rollos con dibujos de planos a escala, para después comprobar. A Ernesto lo entusiasmaba escribir. Se parecía a Galileo, cuando había sido encerrado por no creer en lo que ya estaba dispuesto por la Iglesia, y alumbrado por una vela, sostenía con palabras dibujadas en papel lo que nunca iba a dejar de pensar. Qué lejos estaba Bechara de esto, puso. Además anotó que Mazzini podría llegar a ser el Cardenal Belarmino. Ernesto no podía asegurarse de los nombres. Los había escuchado. No tenía certeza de retenerlos sin errores. Anotó el miedo en la cara de Bechara. El pánico, estaba seguro, ayudaría a Ángel Castro. Lo escribió y además puso que en algún momento ella iría a estar del lado de ellos. Terminó esa oración y pensó que Bechara debía leer la obra. Ernesto se imaginó a esa mujer que estaba todos los días en el patio y después lo cruzaba mirando las aulas, leyendo de noche los mismos párrafos que Castro les contaba a ellos. Tomó la lapicera para continuar. Ceres lo llamó para almorzar. Guardó el cuaderno entre los pulóveres. Le faltaban pocas hojas para terminarlo. Le gustaba palpar con sus manos el papel araña azul del forro.
Después de almorzar fue al Correo a hablar con el maestro. Estaba en un rincón entre sobres y estampillas. Ernesto lo llamó desde un mostrador. A esa hora no había mucha gente. Se habían hecho las cuatro de la tarde. El día de la semana poco importaba. Había pasado tiempo desde el acto y horas del encuentro con Bechara. Le contó la conversación. Ángel Castro escuchó con poca atención. Tenía un listado con domicilios que debía controlar. Jeppener contaba con pocas cuadras pero había cartas. Las apilaba según las manzanas. A Castro le gustaban los cálculos en la superficie. Parecía que las calles trazaban ángulos y delimitar distancias servía para acelerar el servicio. Ver a Castro tan concentrado lo hizo asemejar a Galileo. Lo iba a anotar. También había aprendido a tomar apuntes para después trasladarlos al cuaderno. Ernestó lo llamó para sacarlo del trabajo. En realidad, no le gustaba que hiciera eso. Quería verlo siempre en el aula. La cara del maestro apenas lo vio fue de preocupación. Con una hija afuera, temía siempre lo peor. Escuchó con calma el pedido. Le dijo que se lo entregaría él mismo. No quería que el alumno estuviera más involucrado. Castro no preguntó para qué Bechara iba a leer el libro. Ya había pasado todo. Ahora era inútil que se pusiera a entender qué había quedado del acto. Seguro que en el libro no estaba. Pero Ángel Castro prometió que se lo daría a primera hora. Hablaría con ella, por supuesto, para que el libro de Brecht quedara en su despacho, no le gustaba que estuviera circulando en manos del Supervisor.
Denis, siempre que Sánchez, el dueño de la panadería, lo dejaba, se iba temprano. La escuela había sido un tema concluido para él. Había llegado a terminar la primaria con algo de esfuerzo. Ángel Castro había decidido que los estudios de Carmen, su hija, y del nieto habían tenido un límite. Ella solo había podido hacer primer año en la secundaria de Jeppener, pero los pueblos chicos queman oportunidades, le había dicho. Por eso había decidido otro destino que la escuela. No avalaba la decisión de ambos: Carmen ya era grande, pero a Denis no lo iba a dejar irse con la madre. Prefería el trabajo con Sánchez, quien no lo trataba mal. La falta de madre lo había a convertido en un hombre de escasos quince años. Lo veía entusiasmado contar su oficio. Sánchez no le negaba oportunidad en el local. De barrer la vereda, en los primeros tiempos, ahora metía con la pala los bollos con crema en el horno y había aprendido el punto exacto de cocción. Salían dorados y a la gente le gustaban. Los clientes le comentaban a Sánchez por el aprendiz y eso lo alegraba. Cada avance con las facturas y el pan era noticia en la cena. De tanto en tanto, Castro lo veía manotear un libro y ponerse a leer. Eso era importante para él. Más que la escuela.
En el momento en que Ernesto trataba de comprender las razones de Denis para dejar para siempre de ser alumno, lo vio ingresar por la puerta de la oficina del Correo. Se saludaron. Habían trabajado con el acto en la casa de Ángel, buscando oraciones del libro. Denis había dejado que escribiera en los rollos de papel. La falta de escuela lo había hecho perder el espesor de la letra para los carteles. Ernesto no había abandonado esa habilidad. Extendían los papeles sobre la mesa del comedor y Denis le comentaba las frases que podían ir. Comenzaban un vínculo, nada más que un deseo de ocupar el lugar del otro: el de Ernesto, ocupar el lugar en esa familia y dejar la suya que le pesaba; el de Denis, sospecharse alumno de su abuelo, sentarse en un pupitre y escucharlo sin tener que pensar que los unía la ausencia de su madre. En esos momentos ninguno de los dos imaginaba qué podía pasar con la obra. Había sido un desafío. Gran parte de una división en un acto, sucediese lo que sucediese, ya era acontecimiento en la EGB 3 de Jeppener. Denis preguntó si tenía novedades de la escuela. Ángel Castro no escuchó la pregunta, buscaba una carta de Carmen que le contara algo de su vida en Brandsen, no le importaba que cada paso de su hija fuera previsible. Suponía que a ella no le iba a ser fácil sostenerse en un pueblo grande. Ni su madre ni ella soportaron nunca a los hombres que bajaban la vista. Carmen era débil al dinero. Ángel sabía que su hija se tentaba fácil con cualquier promesa y el futuro nunca iba a estar en Jeppener. En uno de sus viajes sacó de una valija chica un vestido azul de fiesta con muchas flores blancas. Castro guardó silencio mientras ella desenvolvía el paquete. Le dijo que había sido un regalo y que estaba de novia. Él la había traído en auto a Jeppener, pero se había tenido que ir porque estaba ocupado en negocios, dijo al pasar, tan bajo como para que no se escuchara. Ángel Castro hizo un esfuerzo para ver el vestido. En realidad, le costó ver a su hija con esa ropa puesta. Ella, contenta, intentó ir a cambiarse, para aparecer vestida. Él le pidió que no lo hiciera. No hacía falta. A un hombre grande le sobra la imaginación. Denis quiso tocar la tela, pero Castro le pidió que no lo hiciera. No sabemos quién se lo regaló, le dijo. Vos pensás que soy una cualquiera, le gritó ella. Es un regalo caro, ropa de fiesta. No me gusta que te anden mostrando como una modelo, le contestó. Lo hubiera guardado en el bolso, quise que lo vieras, que estuvieras contento con que podía hacer algo distinto que vivir en Jeppener. Me tratás de puta, le gritó. Denis se fue a su habitación. Presentía cómo concluiría toda la escena. Escuchó desde su habitación las voces de reproche, lo que nunca padre e hija pudieron hacer con sus vidas. Era tarde. Carmen no se iba a ir esa noche. Ya no había colectivo. Pero hizo algo terrible. Quizás tanta ausencia la había adiestrado en tratar de perjudicar al padre. Fue a la habitación de Denis. Lo llevó al comedor y ella volvió a aparecer vestida de fiesta. Lloró pero se paseó por el comedor. Soy una puta, sabés. Cuando Denis intentó volver a su cuarto, lo retuvo. Como soy mala madre, voy a volver a buscarte, para sacarte de acá, de esa panadería que te quita futuro. Carmen lloraba. Ángel se fue al dormitorio. Denis lo siguió. Ella se tiró en el sofá del comedor para esperar el primer colectivo a Brandsen. Eso sí. Se cambió. Este pueblo de mierda no merecía una mujer de lujo, dijo. A la mañana siguiente ya no estaba. Hacía tiempo que Ángel y su nieto guardaban silencio sobre esa noche y el paradero de Carmen. La espera del regreso, después, se tornaría una obsesión. Ella había dejado sobre el piso el comedor la bolsa con el vestido. Estaba vacía como el silencio que manoteaba la vida del abuelo y del nieto.
¿Qué lo había llevado a soportar que su hija se le escapara?, pensó, mientras calentaba las tostadas para el café con leche para Denis. Ya no podía prohibir. Parecía absurdo que pudiera retener un gigante como Galilei y que su propia hija se le escapara al vacío. Nunca le había pedido una dirección. Ella le había contado lo de la peluquería pero con detalles vagos. Carmen no quería sorpresas en el local. Su novio, menos.
