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Éste es la autobiografía del jalisciense Guillermo Fernández, quien —por medio de una prosa franca e impecable— revive los momentos cruciales y más pintorescos de su infancia y juventud que lo llevaron a formarse como uno de los grandes escritores de la segunda mitad del xx. En esta gran travesía narrativa a través de la memoria y los recuerdos se encuentran diversas anécdotas acerca de la orfandad, la familia, la educación y la sociedad mexicana de los años 30, sus viajes por el mundo, el encuentro con el otro, con la escritura, la poesía y la traducción.
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Seitenzahl: 481
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Guillermo Fernández
(Guadalajara, 1932 - Toluca, 2012) fue escritor y poeta que se distinguió, sobre todo, por su trabajo como traductor de literatura italiana al español. Fue colaborador de Diálogos, El Día, El Heraldo de México, El Nacional, Excélsior, La Palabra y el Hombre, Novedades, Plural, Siempre!, Unomásuno, Semana de Bellas Artes, Casa del Tiempo y Revista de la Universidad de México, por mencionar algunas publicaciones. En 1997 recibió la Orden al Mérito de la República Italiana en grado de Caballero, así como el Premio Jalisco de Literatura en el mismo año, y en 2011, el Premio Juan de Mairena. Entre sus obras destacan Visitaciones (1964), La palabra a solas (1965), La hora y el sitio (1973), Bajo llave (1983), El asidero en la zozobra (1983), El reino de los ojos (1983), Antología poética (1981), Imágenes para una piedad (1991), Exutorio. Poesía reunida, 1964-2003 (FCE, 2006), Arca (2010) y El vecino sin nombre del mundo (2014).
VIDA Y PENSAMIENTO DE MÉXICO
ÉSTE
Prólogo JORGE ESQUINCA
Primera edición, 2017 Primera edición electrónica, 2017
Diseño de portada: Paola Álvarez Baldit
D. R. © 2017, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-5089-4 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Prólogo. Un camino de piedras blancas, Jorge Esquinca
Nota
Desde los años de mis primeras lecturasAntes de cumplir los primeros ocho añosRegresé a mi cuidad nativaHasta los veintisiete años de edadAntes de llegar a ItaliaRegresé a México en los últimos díasJORGE ESQUINCA
Tiene en sus manos el lector las memorias de un poeta mexicano, contemporáneo nuestro, natural de Guadalajara y, para ser más precisos, del barrio de Santa Teresita, en el noroeste de la ciudad. Quienes tuvimos la fortuna de tratar a Guillermo Fernández (1932-2012) en la intimidad sabíamos que, a pesar de su reticencia a ser considerado poeta (“eso lo serás tú”, le objetaba de inmediato a su interlocutor) o maestro (“maestrito”, era el vocablo que solía aplicar a sus amigos o al mismo Francisco de Asís, a quien tanto admiraba), el autor de estas memorias fue siempre un poeta y un maestro. Para constatar lo primero, basta con abrir en cualquiera de sus trescientas treinta y seis páginas el volumen titulado Arca, que recoge su poesía escrita hasta el año 2010. Para dar fe de lo segundo, el lector habrá de rastrear primero y sumergirse luego en los millares de páginas que Guillermo Fernández vertió desde la lengua italiana al español. Traductor impecable, siempre fiel, nunca servil; apasionado y lúcido hasta el extremo de consagrarse en cuerpo y alma —a expensas de su propia poesía— para llevar a cabo una labor formidable que le valió el reconocimiento y la admiración de propios y extraños. En 1997 Guillermo Fernández fue condecorado con la Orden al Mérito de la República Italiana en grado de Commendatore. La recibió con gusto, pues tal vez sintió que se cumplía aquella sentencia que, a pregunta expresa, nos lanzó alguna vez: “de mis versitos habrán de olvidarse, de mis traducciones no”. Al respecto, basta añadir que ningún otro traductor hispanohablante, en cualquier época, tradujo tanta y tan diversa literatura italiana. Y siempre con absoluta felicidad. Pero, ¿y su poesía? Puedo, sin temor a equivocarme, asegurarle al lector que, una vez encontrado ese manantial a la vez generoso y cautivo, le será imprescindible, como a muchos de nosotros, volver siempre.
“Hija de Memoria, la poesía”, reflexiona Mallarmé. Y Guillermo Fernández, que no desconocía los poderes de Mnemósine, nos entrega un párrafo que se inserta, todavía en las primeras páginas del libro, justo después de contarnos su muy temprano descubrimiento de la música: una pasión que “ha sido desde entonces la más vehemente, crecedera y pura, que he tenido a lo largo de la vida”. Dice Guillermo: “La memoria es madre y madrastra del recuerdo. A menudo nos engaña con su cambio de atuendos y de máscaras, nos desorienta cada vez que creemos acercarnos a ella. Deja, aquí y allá, algunas piedras blancas en el camino, claves ciertas o falsas, recados que no vemos ni escuchamos en todo cuanto escribimos o decimos. La memoria y su esperanto, certidumbre de que la palabra nunca tocará sus objetos invocados.” Una advertencia que parece haber pronunciado sotto voce, como hablando consigo mismo, donde la memoria se impone como una lengua ignota a la que es necesario descifrar. El lector de Éste, habrá de acompañarlo a lo largo de ese trazo ambiguo, entrevisto como un sendero de guijarros en que asoma, mediante una prosa entrañable, entre luces y sombras, el mapa de su itinerario vital.
“Quien viaja con la cara expuesta al viento entrecierra los ojos, como quien no quiere despertar de un sueño”, afirma Guillermo Fernández. ¿Se escriben así unas memorias, con un pie en la vigilia y el otro ya abordo, partiendo en ese tren de rumbo incierto que llamamos recuerdo? Y habrá de comenzar por una inmersión en las aguas profundas de la infancia. Arroja una sonda y trae a la superficie imágenes que se agitan con asombrosa nitidez y proyectan ante nuestros ojos su realidad de presencias vivas e imborrables. Niño absorto en un mundo donde prevalecen los sentidos y, mejor aún, la sensualidad vivida como un esplendor de olores, sabores, colores, sonidos. Y el tacto que aflora en su piel como si el alma misma, despertando de su letargo, le impulsara a percibirlo todo desde un orden nuevo. La memoria como un viaje, la vida misma un viaje y, entre una y otro, el azar ineludible.
“Y mi verdad se mueve a ciegas… / Perro sin dueño, / anda y desanda la llanura/ en busca de otro cielo claro y justo.” Cuatro versos escritos muchos años después del momento en que inician estas memorias. Como si el movimiento mismo —una suerte de nomadía espiritual— fuese, desde la infancia misma, el santo y seña de su aventura. Una interminable travesía que tiene su origen en el precoz desarraigo que experimenta desde sus primeros años. Irse fue, desde entonces, una suerte de consigna, de imperativo vital. “Perro sin dueño”, ¿se sintió siempre así? Niño solo entre mujeres solas. La madre severa y las hermanas melifluas. El padre casi siempre ausente, “poeta modernista, borracho y enamorado perenne”. Niño que se niega a obedecer órdenes sin que medie una razón que él considere justa. “Extraño, apartado” —como él mismo se describe—, sus amigos son los árboles a los que da nombres humanos, los pájaros, las plantas, los insectos que habitan los muros de adobe y “un cielo deslumbrante”.
Al adentrarse en la trama de estas memorias el lector podrá tener la impresión de hallarse frente a una novela que, aun sin seguir un orden estricto, da cuenta de los sucesivos desplazamientos, vitales y geográficos, de su protagonista, quien, a los ocho años —“edad en la que decidí nacer de nuevo”— se va de casa para no regresar. Una decisión que sostiene cabalmente y que tal vez sólo resulte comprensible al darle seguimiento al relato y adentrarnos también en el carácter a todas luces tenaz e insumiso del narrador. México era otro país en los años cuarenta del siglo pasado y tal vez entonces un niño solo podía deambular por los pequeños pueblos de la provincia sin despertar demasiadas sospechas y sin que se le hiciera un sin fin de preguntas. (Ya antes, en su penúltima escapada, Guillermo cuenta, con lujo de detalles —y el detalle será siempre uno de los lujos de su prosa— la buena acogida que le da su tía Teresa al presentarse, obviamente sin el consentimiento de su progenitora, a las puertas del circo donde aquella hacía las veces de “mariposa humana”). Pocas imágenes tan elocuentes como la del circo ambulante de la provincia mexicana para encarnar el espíritu marginal y prófugo que, a lo largo de sus memorias, es el acicate que impulsa la vida errante de Guillermo —“como una sombra en busca de su cuerpo”—, su imposibilidad para echar raíces y quedarse de manera definitiva en sitio alguno. No en balde, muchos años después, se alistará en la Armada de México con el propósito de llevar una vida que, provista de una estructura y un orden elementales, le permitiera soñar con nuevos y cada vez más lejanos horizontes.
“Vivimos en el sueño nuestra fábula más cierta”. Es la frase con la que concluye “Hacia la noche”, el único de sus poemas que Guillermo cita completo dentro del cuerpo de estas memorias. Es algo que resulta particularmente significativo pues buena parte de los muy diversos oficios y ocupaciones que, para ganarse el sustento, desempeñó durante su vida fueron de un orden más bien apartado del sueño y de la fábula. La poesía se le impuso paulatinamente, nos lo dice él mismo, por su incapacidad para realizarse como músico. Sin embargo, su vida toda estuvo siempre pautada por la Música que amó y a la que se refería dotándola de esa “M” mayúscula. Bien podría añadir, sin temor a equivocarme, que a través del lenguaje —o, de manera más precisa, de las palabras que lo constituyen, de las palabras que dan cuerpo y sustancia a los poemas y a la humana conversación— Guillermo pudo trasplantar su pasión por la música. Y son las palabras los hilos con los que teje el tapiz de sus memorias. Una riqueza verbal que se anuncia desde las primeras páginas y que le asistirá a lo largo del libro dotando a su prosa de una fuerza expresiva y de una muy peculiar elegancia. Amén de las múltiples anécdotas que con tanta elocuencia y gusto por el detalle se narran en este libro —descritas “en el mismo tono que empleo cuando hablo con los amigos”—, Guillermo emprende el rescate de vocablos, giros verbales y expresiones idiomáticas de rara belleza. Imágenes cargadas de energía: un capitán de barco será un “solitario monarca en un pequeño reino flotante”; el uniforme de los estudiantes en un internado le parecerá “rumoroso y tirante”; descubrirá, en ciertos lugares, un olor a “sobaco meditabundo”; las ceibas, en uno de los paisajes que describe entusiasta, estarán “pensativas, como estatuas de silencio labrado”, las montañas se le mostrarán semejantes a “deidades reunidas en un cónclave secreto” y las nubes, al aproximarse una tormenta, tendrán la apariencia de “negruzcos peñones levitantes”.
Conversar con Guillermo Fernández en cualquiera de los distintos escenarios a donde lo fuimos siguiendo sus amigos a través de los años —desde la “Casa de las brujas” en la Ciudad de México hasta la minúscula sala de su última morada en Toluca—, era siempre un acto que requería de una indispensable apertura aunada a una gran resistencia etílica. Una suerte de ritual, a la vez sacro y profano, que solía prolongarse invariablemente durante toda la noche y proseguir al día siguiente cuando, al notar los desfallecientes ánimos de sus contertulios, Guillermo, con el enésimo caballito de tequila en la mano, se dirigía a la cocina para preparar el café turco que, junto con la pasta cocinada “al pesto”, era su especialidad. Noches en las que podía discutir in extenso y con igual convicción sobre música clásica, literatura italiana o futbol, decir de memoria poemas de Pellicer, Cernuda o San Juan de la Cruz, mofarse del nuevo libro de algún presumido poetastro, lanzar dardos cargados de veneno contra la iglesia católica y la clase política, afirmar sin ambages su preferencia sexual, reír a carcajadas, fumar un Malboro tras otro, entonar con gesto nostálgico alguna canción de Leo Dan o bailotear alegremente al ritmo del Roadhouse Blues de los Doors. Enemigo de las solemnidades, de la mamonería, de la impostación, podía ser en extremo severo al juzgar el comportamiento —incluso el de un amigo querido— cuando consideraba que éste había cometido algún despropósito, y a la vez mostrarse atento y comprensivo con los jóvenes que se aproximaban a su taller literario. “Vamos a casa”, era la frase con la que, generoso, invitaba siempre. Y lo decía así, restándole el pronombre posesivo, como si esa casa no fuese sólo suya, sino la de todos.
Las memorias nos permiten entrever a este Guillermo Fernández y a los muchos otros que fue a lo largo de los casi ochenta años de su vida. A saber: vendedor de cosméticos caseros en compañía de su madre, mozo en el Hotel Nido de Chapala, alumno y aprendiz de tornero en un internado de Michoacán, fabricante y vendedor de brillantinas, repartidor de farmacia, agente de ventas a lo largo del territorio nacional, aspirante a seminarista y monje franciscano, marinero en la Armada de México, locutor y programador radiofónico, flamante copy y pronto socio de una agencia de publicidad en Guadalajara, vagabundo mendicante, actor de teatro universitario, entrenador de futbol y bibliotecario en Campeche, guerrillero frustrado, empleado en una tintorería, poeta en ciernes al lado de José Carlos Becerra y Raúl Garduño, director de la Biblioteca de Mascarones, profesor de ética y lógica en el H. Colegio Militar, nuevamente bibliotecario en el CIDOC de Cuernavaca bajo las órdenes de Iván Illich, director creativo en Foote, Cone & Belding en la Ciudad de México, gestor cultural en Zamora, “extra” en los estudios de Cinecittà en Roma, estudiante de italiano en la Universidad de Perusa, secretario particular de Agostino Lundin en el Centro Ecuménico Nórdico en Asís, camarero en Forte dei Marmi a orillas del Mar de Liguria y, finalmente, traductor “contento de haber hallado al fin un oficio que me apasionaba y abstraía casi por entero del mundanal ruido”. Por estas páginas transitan todos ellos, como en un demorado sueño, y se nos muestran con esa franqueza que lo caracterizaba. Asistimos a su historia con la seguridad de entrar al relato de alguien que ha vivido más que nosotros, alcanzando, en diversas ocasiones y por insospechadas vías, las orillas del ser, con sus cimas radiantes y sus golfos cenagosos. Estupendo narrador oral, escuchar a Guillermo contar de viva voz cualquiera de las graciosas, inverosímiles, desoladas, enternecedoras, irreverentes, apolíneas o dionisiacas anécdotas que pueblan este libro, era sumergirse en la corriente magnética de un discurso que nadie se atrevía a interrumpir.
Vino entonces la muerte. La Gran Interruptora. Difícilmente sabremos lo que en realidad pasó en su casa de Toluca la noche del 30 al 31 de marzo de 2012. Los amigos que descubrieron su cuerpo apenas podían creer lo que veían. Atado de pies y manos, amordazado, fuertemente golpeado en la cabeza, yacía Guillermo Fernández. Cerca, en la pequeña mesa, algunos vasos, un cenicero repleto. En la calle, a unos metros de la entrada principal, la policía encontró su coche con el motor encendido. La autopsia reveló que la causa de la muerte fue la asfixia provocada por la cinta canela con la que manos asesinas cubrieron su cabeza. ¿Quién o quiénes? Las averiguaciones, hasta el momento en que escribo estas líneas, no arrojan ningún dato concluyente y sus amigos tememos que este crimen quede impune y pase a formar parte de una dolorosísima lista interminable. Luego de cumplir con una serie de penosos trámites, sepultamos a Guillermo en el Panteón Municipal y encargamos una sencilla lápida donde puede leerse uno de sus versos: “Que nada cante ni más allá ni más acá de la vida”. El 2 de octubre de ese año, Guillermo hubiera cumplido ochenta y nos preparábamos para celebrarlo. En distintas ocasiones, sin que hubiera motivo —su salud era punto menos que perfecta—, expresó su deseo de ser cremado y de que sus cenizas se esparcieran en el Xinantécatl, al que amaba, y al que subió tantas veces, solo o acompañado, fumando y charlando. Un buen día, lo sabemos, habremos de cumplirle ese último deseo.
San Antonio Tlayacapan, invierno de 2017
Guillermo Fernández publicó en Nostromo, suplemento cultural del periódico Siglo 21 de Guadalajara, nueve entregas de su columna titulada “Nomadías”. Éstas fueron apareciendo quincenalmente —desde el 20 de marzo de 1994 hasta el 10 de julio de ese mismo año— y le sirvieron como punto de partida para la redacción de sus memorias. Debemos su conservación a la labor filial de Luis Flores —depositario de éstas—, amigo y colaborador de Guillermo, para quien diseñó algunos de los libros que componen la espléndida colección titulada La canción de la tierra. Una idea del propio Guillermo —para la que escogió cada uno de los dieciséis volúmenes publicados hasta ahora— y que desde su comienzo en el año 2000 encontró la mejor recepción en el poeta Félix Suárez, auspiciada por el Instituto Mexiquense de Cultura. Éste se publica gracias a la generosa mediación de Héctor Ceballos Fernández, sobrino del poeta.
Si no puedo ser lo que soy prefiero ser nada.
CESARE PAVESE
Desde los años de mis primeras lecturas literarias, el género de la biografía, sobre todo el de la autobiografía, no ha dejado de atraerme con una fuerza que, en vez de menguar, ha ido aumentando con el pasar del tiempo. He releído una y otra vez varias de las célebres biografías escritas por Stefan Zweig y Emil Ludwig. ¿Cómo olvidar Jeremías, Goethe, Rembrandt, Kleist, Miguel Ángel, Leonardo y otras, que nos mostraron —sin la acartonada frialdad de la mayor parte de los historiadores académicos— la grandeza del genio humano, sin soslayar las así llamadas “debilidades” o bajezas propias de la condición humana? ¿Cómo no volver a De mi vida de Goethe?, auténtica obra maestra en su género por el asombroso cúmulo de conocimientos en tantas ramas del saber, que hallamos a cada paso, siempre mezclado en esa prosa tan tersa y elegante, tan lírica y directa, en la que, sin embargo, ese último renacentista nos deja oír el rumor de las aguas profundas. Mi preferencia indeclinable por tal obra en tantos años transcurridos, me permiten decir que allí encontré por vez primera los valores y la guía para recorrer el pedregoso camino de la adolescencia.
Hace algunos años, Jorge Esquinca, que a la sazón dirigía Nostromo, un espléndido suplemento literario de un diario tapatío, me pidió que escribiera mi autobiografía, la cual podía aparecer por entregas semanarias en dicho suplemento. Después del ataque de risa que tal consejo me provocó, y de ver que su propuesta iba en serio, le respondí que eso había que dejárselo a las personas en verdad importantes, con un lugar indiscutible en la cartelera. En esa ocasión, hablaba yo de lo que había sido la ciudad de Guadalajara en mi niñez; de sus calles todavía empedradas con “piedra de Castilla”, las cuales, tras las lluvias torrenciales, se convertían en verdaderos arroyos que iban a desembocar en la Calzada Independencia, arrastrando consigo miles de barquitos de papel que los niños arrojábamos en las aguas de la corriente; de los vendedores de leche de burra, quienes, desde las seis de la mañana, recorrían las calles con su manada de seis o siete burras, que ordeñaban a la puerta de las casas, y de tantas otras costumbres ahora impensables y desaparecidas; de los tendajones arrabaleros, en los que era posible comprar pan, cafiaspirinas, brillantina líquida y sólida, caramelos, maíz y otros granos, bolas de naftalina, carbón, telas de varias clases, clavos y cal viva, aguarrás, jabón y lejía, creolina, petróleo y otras cosas tan fragantes como éstas últimas, de modo que todos los productos comestibles tenían un sabor misceláneo y saturnino.
La gentil insistencia de Esquinca y el gusanillo de mi ego, alegre también él a causa de unos cuantos tequilas, medio me convencieron de entregarle no una autobiografía, sino páginas con recuerdos de viajes, encuentros con personas o libros que me han ayudado a vivir, a ver el mundo humano con ojos menos empañados, a aceptarlo y aceptarme, como dijera Montale, “con el mínimo posible de cobardía”.
Desde las primeras páginas escritas para Nostromo me topé de inmediato con algunos obstáculos que, vistos en conjunto, me parecieron insuperables. El primero de ellos consistía en el hecho de tener que hablar en primera persona, faltando a los más elementales imperativos del pudor (el uso de la segunda y la tercera quedaban descartados, por artificiales y mañosos); el segundo obstáculo era el de la elección del género dominante, y al dudar entre inclinarme hacia el narrativo o el meramente cronístico —géneros que nunca he abordado, por añadidura— me resigné a escribir dichas páginas en el mismo tono que empleo cuando hablo con los amigos. El tercero es y seguirá siendo el más arduo: la memoria, que unas veces, cuando así lo desea, nos regala postalitas del paraíso o puñaladas del averno, pero nunca nos consiente recorrerla desde o hasta sus momentos primordiales. Desde un principio sé que me es imposible recordarlos o identificarlos con la sola intervención de la voluntad, de que no puedo prescindir de otros, ajenos en apariencia, pero de alguna manera consciente de que éstos son resonancias débiles o desleídas imágenes de los primeros. Doy por hecho que aquéllos existen, que me determinan inexorablemente, como amigos o enemigos sin rostro, ante los cuales nada puedo hacer.
Recordar es viajar por la memoria, y la palabra viaje una especie de cuerda cuyas dos notas son suficientes para componer una melodía que resuena en lo más hondo de uno mismo, con su estribillo de esperanza que, aun sin realizarse, origina de antemano una nostalgia de tantas cosas que, aun sin conocerlas, nos dejaron triste la mirada. No conozco Katmandú, ni Petra ni Estambul, ciudades que aparecen de continuo en la vigilia y en mis sueños; sin embargo, amo y recuerdo mucho más esos lugares que tantos otros, “donde el corazón ha amado”.
El viaje puede comenzar con sólo dirigir nuestra mirada hacia otra parte, con acudir al silencioso llamamiento de alguien o algo. El simple hecho de musitar un nombre, con los ojos entrecerrados, nos puede llevar a otras horas y a otros sitios que nos parecían olvidados o perdidos para siempre. Ciertas texturas, ciertos olores o matices de algún color poseen idéntico poder evocativo y son capaces de llevarnos otra vez a los infiernos y a los paraísos de nuestras mitologías personales. Hay aromas, lozanos o marchitos, que nos hacen llorar; hay fragancias llenas de sol y de dicha, que nos devuelven, aunque sea por un momento, la alegría de vivir, como la albahaca, que huele a mañanita de abril; hay olores sombríos como joyas de la carne.
Viajamos en las vías del tacto; el oído nos embarca en la música y nos lleva a parajes de los cuales no querríamos regresar nunca; los túneles del olfato nos conducen por laberintos profundos; la alfombra volante de la mirada nos permite tocar el horizonte, y en la bóveda del paladar resucitan viejos resplandores.
Dormidos o despiertos, nunca dejamos de viajar.
En el viaje emprendido a mi pasado no cuento con ningún itinerario confiable, y soy incapaz de proporcionar fechas precisas, de ver un paisaje familiar bien delineado, en el cual verme incluido de manera continua y armónica. Cada vez que recuerdo o quiero recordar lo que fue mi infancia, me miro recorriendo un túnel tan oscuro y escabroso, que, a menudo, tras considerar la débil claridad de su salida, prefiero volver sobre mis pasos, en vista de que las pocas veces que me he empeñado en recorrerlo hasta el final, sólo he podido ver allí borrosas figuras humanas, escombros de caras y bultos semovientes que no puedo identificar. Algunas veces puedo ver, fugazmente, con los ojos de la memoria, el rostro de mi abuela materna o el de ciertos parientes cercanos. De entre todas esas imágenes de mis primeros cinco años de vida, son pocas las que han sobrevivido imborrables, lozanas, y pertenecen —hasta ahora me doy cuenta— más al reino de la sensualidad que al de la afectividad.
Una de ellas, la más importante en la historia de mi conciencia, representa una casa más bien chica pero construida en un enorme terreno rectangular —en esos años apenas empezaba la gran especulación inmobiliaria en Guadalajara, y aún era posible que las familias pobres alquilaran caserones—. Dicha casa tenía fachada de adobe desnudo, cerca de una encrucijada del barrio de Santa Teresita, que llamaban La Curva, donde daban vuelta los tranvías para proseguir su circuito. En ese barrio terminaba la parte noroeste de Guadalajara. Dicha casa sólo contaba con dos grandes cuartos, de abobe sin enjabelgar, siempre oscuros, con techos de teja, de los que caían, a menudo, ciempiés y alacranes. Las puertas de aquellos dos cuartos daban a lo que llamábamos “el comedor”, que no era sino un espacio protegido por un tejabán, con piso de tierra, como los cuartos. En seguida estaba un enorme corral formado por tres paredes muy altas, también de adobe desnudo, y fue precisamente allí que tuve por vez primera la noción de lo que fue mi paraíso terrenal. Entre el “comedor” y el corral no había pared alguna, y se accedía a éste con sólo trasponer el espacio protegido por el tejabán, sobre el cual caían las ramas de un fresno. Más adelante estaban los guayabos, los guayacanes, los naranjos agrios y los dulces, los mezquites, los mangos, los arrayanes —por éstos últimos parecía no pasar el tiempo, debido a sus troncos elegantes y cimbreños—. Adosados a las paredes abundaban las aceitillas, con sus enormes hojas dentadas, brillantes y oleosas que, sólo con olerlas, llevaban al paladar un dejo a bragadura; los jazmines y las plantas trepadoras del verano, de entre las cuales destacaban los colomos, de hojas tan grandes, que una sola de ellas bastaba para protegerme del sol y de la lluvia; y, desde luego, no podían faltar las chayoteras y las hiedras que llamábamos maravillas.
Dado que mi madre y mis hermanas mayores estaban ausentes la mayor parte del día —mi hermana menor se la pasaba casi siempre en la cuna—, era yo el único y verdadero habitante de aquel edén, sin más ocupación que la de recorrerlo a solas y conversar con todo aquello que encontraba a mi paso. A todos aquellos árboles les había dado un nombre de pila, y en cuanto salían de casa mis familiares, me dirigía de inmediato al corral y los saludaba: “Buenos días, Juan”, o “Ya volví, Pedro”. A partir de esos momentos, el enorme corral empezaba a poblarse de seres cercanos, familiares en verdad, con los cuales podía mantener largas conversaciones amistosas, recorrer aquel universo propio, tocar todo lo que había en él, paladearlo, sí, paladearlo de verdad, puesto que no me bastaba con mirar las raíces, las hojas, las flores y los frutos de las plantas, sino que debía conocer también su sabor particular, y todo ello sin darle importancia alguna a las prohibiciones y castigos de mis mayores.
Mi madre solía decirme: “Dios castiga sin palo ni cuarta”. Y el mayor castigo que sufrí entonces, por la “inveterada” costumbre de andar probando el sabor de las plantas, me lo provocó una hoja de colomo. La primera vez que la probé, me produjo un leve hormigueo en la lengua, extraño pero agradable. En las ocasiones sucesivas fui aumentando tanto la dosis, que aquel hormigueo se difundía por todo mi cuerpo, hundiéndome en un estado de beatitud efervescente, mezclada con el temor. La última vez que comí hoja de colomo, perdí el conocimiento, y me hallaron tendido en la tierra, inmóvil, con el color quebrado y babeando. Mi madre me contó, años después, que tuvo que ir por mí una ambulancia de la Cruz Roja, donde los médicos no quisieron responsabilizarse de mi curación y le recomendaron llevarme a otro hospital, para que me atendieran médicos especializados. Después de una semana de lavados intestinales y varios litros de suero, regresé a casa, otra vez sano y con el propósito de no comer nunca más ni una pizca de colomo.
En aquel huerto, agreste por la incuria prolongada, descubrí que la mayor parte de los seres vivientes medraban en lugares insospechados, casi invisibles, en minúsculos orificios a ras de tierra, debajo de cualquier guijarro o en las grietas de los adobes. Me pasaba horas y más horas viendo el interminable desfile de asquiles, de las temibles cháncharras, que marchaban con armas de caballeros medievales, llevando a cuestas “prodigiosos miligramos”. Cerca de mí, al alcance de la mano, los colibríes libaban en esas campánulas de un azul glorioso, primo del plúmbago, que en mi tierra llamamos maravillas. Me parecía inconcebible —aún me lo parece— que esos pajaritos pudieran mantenerse suspendidos e inmóviles durante la libación, mientras sus alas se agitaban con tanta rapidez. Toda vez que quiero convencerme de la eternidad del instante, pienso en el colibrí. Otro de mis animales favoritos, antípoda del colibrí, era el caracol de tierra, al que veía avanzar, milímetro a milímetro, sin abandonar su casa, con la paciencia de quien se piensa eterno. Fascinado por la belleza de sus caparazones, con mucho cuidado palpaba las líneas de sus espirales, mientras ellos retraían, cautos, sus antenas. También había allí otros pájaros, que se movían de continuo, nerviosos y asustadizos, llamados calandrias. La particularidad más notoria de dichos pájaros era poder caminar sobre las paredes, en todas las direcciones, incluso reculando. Luego me di cuenta de que picoteaban aquí y allá, para alimentarse de pequeños insectos que hallaban en las rugosidades de los adobes.
Todo ello sucedía bajo un cielo deslumbrante, de un azul que mis paisanos consideraban entonces como “el más intenso y puro de todo el país”, y lo decían una y otra vez a propios y extraños, en un tono presuntuoso, como si fuera obra de ellos. Y la luz del sol, al caer cenitalmente sobre las bardas de adobe, dibujaba en los repliegues de éstas incontables figuras que se movían y transformaban de continuo: un rostro humano podía convertirse en el de una culebra; el cuerpo de un tigre se convertía en el de un pájaro, y éste mismo, poco después, podía alzar el vuelo o esfumarse en el ocre de la barda. Yo sentía que la desaparición de aquellas figuras dejaba, en el espacio mismo que ocuparan, una vibración casi visible, único testimonio del instante de vida que les había tocado. De seguro, algunas de tales figuras, hijas de la imaginación, sobrevivieron entonces en mi memoria, con una fuerza mayor que la de las reales. Aquellas tres bardas fueron el escenario de todos los prodigios, sobre todo cuando empezaba a llover y los goterones trazaban, poco a poco, los personajes de un drama o de una comedia que se transformaba sin cesar, en vista de que éstos no sólo cambiaban de cara y de traje una y otra vez, sino que poco después resultaban irreconocibles. La lluvia montaba aquellas obras en un acto, y en un solo minuto de duración, aparecían, se transformaban y desaparecían en escena una inmensa multitud de personajes —ángeles, demonios, animales, paisajes, cosas, seres humanos o quimeras—, todos ellos proteicos, sin más cometido que el de actuar un gesto fugaz, condenado a consumirse casi en el mismo instante de su nacimiento. Aún antes de terminar la lluvia, caía el telón casi negro, y en los adobes mojados de aquellas tres bardas sólo persistían, aquí y allá, pocos destellos indolentes, telarañas rotas, caracoles en busca de lugares secos; y yo, aún fascinado con aquel intenso y fugaz espectáculo, me quedaba con la sensación de cansancio que nos deja todo acto realizado con la intervención de todos los sentidos y de la conciencia vigilante.
Ése fue el escenario donde transcurrió mi primera infancia. Los espíritus de la tierra me fueron enseñando allí, con sencillez franciscana, que yo también era una “dócil fibra del universo”, y, al mismo tiempo, fue acendrando en mí el amor a la soledad y a la insustituible sensación de sentirme libre. Mi constante apego a la soledad y a la libertad me infundió, en consecuencia, la insubordinación ante todas las formas que asumía el despótico mundo familiar. Treinta, treinta y cinco años después, mi madre me contó que, aun antes de que yo pudiera hablar, me negaba a obedecer cualquier orden que me desagradara, y que, en cuanto pude hablar, me negaba a obedecer si antes no me daban una razón suficiente para hacerlo.
Mientras más tiempo pasaba, más extraño y apartado resultaba para mi familia, de la cual me alejaba con cualquier pretexto. Condenado a vivir en una familia formada por la madre y cuatro hermanas. Mi madre era voluntariosa y ordenancista en todo momento, tal vez por haberse visto constreñida a sostener por sí misma a toda la familia mediante la hechura y la venta de modestos productos caseros, en la cual participaban ellas, incluso yo, en lo que podía a esa edad; además de ser poco dada a los mimos y arrumacos, disponía de poco tiempo y humor para brindar su cariño de loba. Mis tres hermanas mayores, en cambio, me sobreprotegían y manipulaban de manera obscena: eran empalagosas hasta la náusea, virtudes que no perdieron durante toda su vida.
Mi primer “viaje” que recuerdo lo hice a noche avanzada, de un cuarto a otro, en una casa de techos muy altos y escaso mobiliario. Tengo tres o cuatro años de edad; me despierta el apresurado ir y venir de mi madre y de mis hermanas mayores y un cuchicheo mezclado con el tufo de no sé qué medicinas; dejo la cama y, descalzo, recorro un pasillo iluminado apenas por un quinqué con la bombilla muy ahumada. Están entreabiertas las hojas de la puerta del cuarto del fondo; me dirijo hacia allá, intrigado y soñoliento; traspongo ese umbral y me cierra el paso un biombo que jamás había visto; intento rodearlo y, de pronto, veo delante de mí la figura de mi madre, que de inmediato me prohíbe pasar, me toma en brazos y me devuelve a la cama. Desde mi cuarto a oscuras sigo escuchando pasos que vienen y van por el pasillo y, poco después, los quejidos de una de mis hermanas mayores. También se despierta Alicia, mi hermana menor, la más pequeña y dulce de toda la familia, y se pone a llorar. Sé que debo tranquilizarla y, como Dios me da a entender, le digo quién sabe qué cosas. Se calma poco después y me quedo sentado sobre la cama, a oscuras, sin decir palabra, escuchando lamentos, frases perentorias, entrecortadas carreras a lo largo del pasillo. Algo terrible está ocurriendo en esa recámara y me está vedado saberlo. La poca luz que se cuela por debajo de la puerta me permite ver el bulto del viejo armario y la cuna de Alicia, que se ha vuelto a dormir. Tengo frente a mí la luna del armario; abro desesperadamente los ojos, pero no consigo verme reflejado en ella. Los quejidos de mi hermana se convierten ahora en gritos de dolor, y, luego de un breve silencio, escucho el llanto de un bebé. Ahora puedo distinguir con claridad la voz de mi madre y las de mis hermanas mayores, y me doy cuenta de que en el tono de esas voces no sólo no hay nada de preocupante, sino que, además, me parece plenamente festivo. Me pregunto entonces de quién puede ser ese llanto de bebé, dado que mi hermanita sigue dormida en mis brazos y es la única que podría llorar de ese modo; tampoco puedo explicarme cómo es que ellas hablan ahora con tanta alegría, mientras ese bebé llora con un llanto inconsolable. Poco después termina ese llanto y la serie de preguntas que me hago. Entrecierro los ojos y me veo a campo abierto, bañado por esa luz que sólo podemos ver en nuestros sueños.
A la mañana siguiente me condujeron de la mano a ese mismo cuarto, animándome a caminar de prisa, como si me llevaran a una fiesta infantil o a una feria, y diciéndome cosas que tenían que ver con París y con cigüeñas. Mi hermana mayor estaba acostada en su cama, y a su lado estaba un bebé dormido, envuelto tan apretadamente en unos lienzos blancos, que parecía un tamal. Bajo los ridículos olanes de un gorrito azul celeste, vi la cara de un anciano, reducida, arrugada, abotagada, rojiza, con una especie de escamas sobre las sienes. “Es tu primer sobrino. Ya eres tío, Guillermo”, dijo mi hermana mayor, madre de aquel bebé, mientras yo prefería ver un extraño utensilio de peltre blanco con cenefa azul marino, que asomaba por debajo de la cama, parecido a una bacinilla, pero con un tubo largo y extraño. “¡Es un cómodo!”, dijo una de mis hermanas, echándose a reír.
Pese a todo, ni el niño recién nacido ni la fascinante presencia del cómodo pudieron devolverle a ese cuarto el prestigioso misterio de la noche anterior.
La segunda casa que puedo recordar de ese periodo de mi vida estaba en el barrio de San Francisco, a unas cuantas cuadras de una encrucijada que aún lleva el nombre de Las Nueve Esquinas. Dicha casa —que demolieron junto con tantas otras para abrir una avenida muy ancha y moderna— estaba en la calle de Montenegro, la cual terminaba abruptamente en un muro de tabiques rojos, carcomidos por el amoniaco de las micciones. Detrás de éste se hallaba el patio y la Casa Redonda de la estación ferroviaria de San Francisco, la que algunos años después trasladaron más allá del parque llamado Agua Azul.
Dicho muro era una especie de providencial excusado público, alivio de tantos transeúntes de uno y otro sexo, que entraban al corto callejón con ganas de “liberar cuerpo y alma” y utilizaban como biombos algunos montones de escombros, en donde medraban, aquí y allá, chicalotes y matojos casi siempre amarillentos.
La casa en cuestión tenía dos balcones, que daban hacia el bendito excusado público, y, desde el balcón más cercano al muro, me ponía a espiar, tras los visillos, todo movimiento de quienes iban a hacer allí sus “necesidades”. Los movimientos de los hombres que sólo entraban a orinar eran apresurados y mecánicos; los de las mujeres —que también orinaban de pie, abriendo sólo las piernas—, eran más mesurados, y todo aquel que las mirara allí podía pensar que las abstraía un asunto de mucha gravedad. Los movimientos y gestos más espectaculares eran los de las personas que defecaban “de aguilita”, porque sus expresiones faciales a menudo pasaban de la más negra angustia existencial a los resplandores de la bienaventuranza. Casi todos lo hacían con la mayor prontitud posible, viendo hacia todas partes, cautelosos; otros se desfajaban despaciosos, sin ninguna traza de pudor, y hacían del vientre mientras leían el periódico. Y era justamente en esos casos que corría el riesgo de que me sorprendieran in fraganti mi madre o mis hermanas, arrobado como estaba con aquella beatitud.
La casa de Montenegro contaba con dos anchos corredores de ladrillos rojos, “de teja”, muchos de ellos estrellados pero brillantes como espejos. Uno de ellos tenía un barandal de hierro forjado, y daba al patio de una gran bodega de cereales que ocupaba la planta baja, donde los cargadores, con la cabeza cubierta con costales de yute, iban y venían como hormigas a ciertas horas del día o de la noche, llevando y trayendo sobre sus espaldas costales llenos de maíz, frijol, trigo y otros muchos granos.
No pasó mucho tiempo sin que descubriera que podría entrar a la bodega si me colaba por alguno de ciertos tragaluces distribuidos en la azotea, donde las mujeres de la casa ponían a secar la ropa en los tendederos. Tras considerar una y otra vez cuál era el busilis, me deslicé por uno de ellos y fui a parar sobre los costales más cercanos al techo. Acto seguido, mientras sentía cómo mi corazón quería salírseme del pecho, me quedé un buen rato inmóvil, aguzando el oído, para cerciorarme de que no había nadie en la bodega. El calor era tremendo, sudaba a más no poder, pero por dentro parecía estar lleno de temor y de hielo. Cuando hube recobrado la calma, quise saber qué contenían aquellos costales. Intenté abrir uno de ellos, pero el nudo terminal estaba muy apretado. Y dado que la curiosidad era cada vez mayor, trepé por el tragaluz y me dirigí a la casa, para coger un cuchillo de cocina. De regreso ya con éste, corté la costura y, al punto, aparecieron los granos de trigo.
Nunca olvidaré el pasmo que me produjo la visión de ese grano venturoso, que me incitaba a hundir las manos en él, y lo hice, pero no sin antes vencer cierto escrúpulo —escrúpulo que pude entender sólo después de transcurridos muchos años—. Hundí las manos en aquella materia semejante a un agua dorada, que se deslizaba por entre los dedos con morosa y tersa frescura. El calor allí era intenso, por la proximidad al techo de la bodega, expuesto a los rayos del sol. Me desvestí por completo para cubrir mi desnudez con aquel trigo, como si fuese arena, y por primera vez tuve la sensación de sentirme acariciado por una piel morena, lene y lampiña, que suscitaba en la mía estremecimientos de oscuras delicias.
No podría decir cuánto duró aquella bienaventuranza... lo cierto es que, en el momento menos esperado, vi aparecer, al fondo de los últimos costales estibados, a uno de los bodegueros que, avanzando a gatas, se me acercaba profiriendo terribles maldiciones. De un solo salto alcancé el borde del tragaluz y, con la velocidad de un gamo, puse pies en polvorosa, en cueros, pues no tuve tiempo de recoger la ropa. De inmediato bajé de la azotea y corrí hacia mi recámara.
Mientras me ponía otro pantalón, oí voces procedentes de la escalera de la casa, voces que pronto se convirtieron en insultos. Mi madre entró en la recámara y, tomándome con violencia de la mano, me llevó casi a rastras delante del bodeguero, el cual, en el cancel, no sólo me acusaba de ratero, sino que dábale a entender a mi madre que, en vista de mi corta edad, de seguro alguien de la casa me había hecho pasar por el tragaluz para robar trigo. Para fortuna de mi madre, la cosa no pasó a mayores, pero yo no pude librarme de recibir una buena tanda de varazos inconmutables, los cuales mi madre acostumbraba darme con una vara de membrillo. Nunca más volví a poner un pie en dicha azotea.
El otro pasillo, mucho más largo y ancho, tenía tres o cuatro arcos muy grandes y un barandal, también de hierro forjado. Era una especie de veranda que miraba hacia uno de los lugares más seductores que podía haber para un niño de aquellos tiempos: el patio de máquinas de una estación ferroviaria. Aferrado a los barrotes de hierro y apoyando mi cara entre ellos, me pasaba horas y horas viendo cómo las locomotoras “de patio” iban y venían, como potrancas briosas y piafantes, para formar los convoyes. Mediante la observación de aquellas operaciones me di cuenta de cuáles eran los trenes de carga, los mixtos y los de pasajeros, éstos últimos formados por dos o tres carrozas más bonitas, las de primera clase. Al final de los convoyes iba siempre un vagón más chico, de madera, anaranjado, con una torreta parecida a las de las cabañas que había visto en las revistas ilustradas: el cabús, del cual pensé que era la casa de los maquinistas y los garroteros.
Los únicos trenes que no llevaban al final esa “casita” estaban formados por vagones metálicos, de un oscuro verde olivo, en aquel entonces muy limpios y resplandecientes, parecidos a los ataúdes expuestos en las casas funerarias. Eran los Pullman. “En ellos sólo viajan los ricos”, me dijeron. Y lo creí, porque pocos eran los pasajeros de esos trenes que respondían a los vehementes saludos que les hacía con un pañuelo en la mano, tanto a los que partían como a los que llegaban. Quienes sí respondían eran los maquinistas, y algunos de ellos hasta me sonreían. En esas ocasiones, con mi pecho a punto de reventar de gozo, iba en busca de mi madre o de mis hermanas, gritando: “¡Me saludó el maquinista, me saludó el maquinista!” Desde aquel pasillo le di la bienvenida y despedía miles de personas, a quienes consideraba dichosas por el simple hecho de viajar.
Con el correr de los meses, mi obsesiva observación de locomotoras y convoyes se debilitó en la misma medida que aumentaba el interés de viajar en tren, y se lo pedí a mi madre. Al ver que el tiempo transcurría y se agotaba la esperanza de hacer tal viaje, concebí un plan para viajar “de mosca” en alguno de los trenes de carga, que, hasta la fecha, me parecen los más incitantes. Tanto creció tal interés, que no había tren carguero que partiera sin verme a mí mismo viajando en él “de mosca”.
Un buen día, de repente, sin preparar nada para el viaje, salí a hurtadillas de casa y me encaminé a la entrada de la estación de ferrocarriles, que ya conocía. Atravesé el vestíbulo, donde los viajeros, en filas, compraban los boletos en las ventanillas. También vi que, cuando ya los tenían, los entregaban a un empleado uniformado, que les permitía pasar a las salas de espera o directamente a los andenes. Poco después los altoparlantes anunciaron la salida de un tren, y, al ver a un matrimonio con varios niños que se dirigían a los andenes, me sumé al grupo y pasé como Juan por su casa.
Empecé a caminar por aquellos lugares que había visto tantas veces desde el gran balcón con arcos de mi casa, el cual, visto desde abajo, me pareció pequeño y distante. Al aproximarme a la Casa Redonda, el inmenso taller donde reparaban las locomotoras, una máquina de vapor se detuvo a “beber” junto a un tanque de agua, hecho de mampostería. El tanque de agua, las máquinas, los vagones, los rieles y todas las cosas que veía en el patio de máquinas me parecían gigantescos, y todas las maniobras, vistas de cerca, me asustaban y confundían. Cuando la máquina terminó de “beber”, me dirigí hacia una de las plataformas de carga y descarga. Algunos vagones tenían abiertas las puertas corredizas; entré en el primero que me salió al paso y, trepando por costales de manta y cajas estibadas, me oculté en un lugar cerca del techo del vagón. Poco después, vi cómo se cerraba la puerta corrediza, y, tras un fuerte sacudimiento y rechinidos que me espantaron, el tren se puso en marcha. Al punto bajé de donde estaba y, mirando a través de las rendijas del vagón, vi que la plataforma había quedado atrás. El tren carguero se alejaba de la estación, casi a vuelta de rueda, pitando cada vez que se acercaba a los cruceros de la periferia urbana.
Todavía con el corazón retumbante y un nudo en la garganta, el primer paisaje que vi era urbano: vagones de desecho, convertidos en casas habitadas por modestos empleados ferrocarrileros, con latas de aceite colgadas aquí y allá, a guisa de macetas con albahaca, geranios y otras flores; barracas y más barracas, como rebaños de ovejas de pelambre mugrienta y enlodada, frente a las cuales jugaban tropas de niños andrajosos, lombricientos y panzones, con caras llenas de jiotes. Algunas mujeres atizaban el carbón de los braseros utilizando pedazos de lámina, otras ponían a secar la ropa en los tendederos. Pese a que yo había sido siempre un niño de “succión humilde”, esa vez vi lo que era la miseria, representada por toda aquella gente menesterosa y anónima, que, a pesar de todo, le sonreía a la vida adornando sus miserables viviendas con abundancia de flores.
El tren corría ya a campo abierto, alejándose cada vez más de El Cerro del Cuatro, que aparecía a mano izquierda. Este vago recuerdo, junto con otros que luego mencionaré, me indican que el tren carguero había tomado el rumbo del occidente, hacia Tequila, Colima, Nayarit... El llano se extendía cubierto de un pasto seco y dorado, del que sobresalían los mezquites y unas matas conocidas como colas de zorro. El tren pitaba ahora con menos frecuencia al ralear los cruceros y las estaciones, y noté que ese sonido, tan querido y familiar para mí, el mismo que oía a cualquier hora del día o de la noche, ahora parecía un llanto de bestia inconsolable.
Y lloré.
El tren seguía avanzando. De vez en cuando, apoyaba la cara en la puerta del vagón, para sentir, con los ojos entrecerrados, la violencia del viento que se colaba por entre las rendijas. Desde entonces, el viaje ha sido para mí algo asociado naturalmente con el viento. Quien viaja con la cara expuesta al viento entrecierra los ojos, como quien no quiere despertar de un sueño. Cualquier medio de transporte que encapsule al viajero no tiene para mí ningún atractivo. Años después, en la adolescencia, fueron muchas las veces que convencí a los choferes de camiones pueblerinos de que me permitieran viajar en las canastillas dedicadas a la carga, junto con “manojos” de pollos y guajolotes.
El sol empezaba a ocultarse detrás de un cerro muy alto (tal vez el de Tequila), en cuyo espinazo se perfilaban algunos escasos árboles dispersos. Era tanta la transparencia del aire, que las negras siluetas de éstos se recortaban netamente contra el cielo teñido de color naranja. El sol, ya traspuesto, lanzaba tras de sí sus reflectores; la luz disminuyó poco a poco, dejando a oscuras la inmensidad del llano. El ruido de las ruedas, al pasar sobre las uniones disparejas de los rieles, era más intenso y monótono. El tren pita de nuevo, aminora su marcha y se detiene a beber en una pequeña estación.
Doy un salto, me acerco a la puerta del vagón, dispuesto a escapar de allí a como dé lugar. La puerta se abre de improviso; unos hombres entran con unos costales a cuestas, y uno de ellos me encandila con su lámpara de baterías. Todo esto sucede en un abrir y cerrar de ojos; oigo varias voces interpelantes: “¿Qué carajos haces aquí?”, “¡Conque viajando de mosca!”, “¡Muchachito cabrón!” y otras lindezas de semejante laya. Aterrado, no chisto. Con tanta oscuridad, no sé cuántos son ellos; tampoco puedo ver sus caras. Tras un breve silencio, luego de considerar ellos mi escasa edad y de que estoy a punto de “hacerme” en los calzones, preguntan cómo me llamo, de dónde soy. Y a uno de ellos, cuya voz me parece no sólo menos severa sino también con un dejo zumbón, le respondo. Mientras los otros colocan la carga dentro del vagón, dicho señor me conduce de la mano a la estación, le dice no sé qué al telegrafista, mientras éste me mira entre maligno y burlón. El señor se marcha. El telegrafista me ordena que me siente, indicándome una banca muy larga, hecha de tiras de madera, iguales a las de las salas de espera de la estación de San Francisco. El frío arrecia y comienzo temblar, pero más de miedo que de frío.
Sobre pared muy alta, amarillenta, mal pintada, llena de polvo acedo, hay un relojote a péndulo. Oigo con claridad sus saltos a cada segundo, en medio de un silencio polvoriento, mugroso. La luz del único foco es miserable, lleno como está de cagarrutas de mosca; el cable que lo sostiene se ve demasiado grueso, debido a los racimos de moscas vivas o muertas. El telegrafista me observa de vez en cuando, con un semblante en el que me gustaría sorprender aunque fuera un centavo de simpatía. Pero no, es impasible, amo y señor de este lugar, ufano de esos tubos de tela negra que cubren las mangas, de la visera de celuloide verde calada hasta las cejas, que proyecta sobre su rostro, ancho y grasiento, una luz saturnina.
Pita un tren que se acerca. El telegrafista me mira entornando los ojos. Mi corazón late con fuerza, amenaza con salirse de la camisa. El telegrafista me toma de la mano y me lleva al andén; habla con un inspector, que me mira, con incredulidad y enojo; me ayuda a subir al tren de pasajeros y me instala en una carroza de segunda clase, casi desierta; me deja en un asiento tan frío y tan duro como el de la banca, también de tiras de madera. El tren empieza a moverse, y después de unas tres horas de camino, entramos al patio de máquinas de la estación de San Francisco. Abro la ventanilla para mirar mejor los arcos del balcón de mi casa, débilmente iluminado pero no desierto. Yo estoy allí, con la cara entre los barrotes del barandal, agitando la mano en señal de saludo, dándome la bienvenida.
Mi madre, una vez que fue a visitarme a la Ciudad de México, me contó ciertas anécdotas relacionadas con mis primeros años de vida, las cuales me ayudaron a conocer o a confirmar ciertas peculiaridades de mi carácter.
Entre otras cosas, me dijo que fui un bebé extraordinariamente tranquilo y risueño, capaz de estar mucho tiempo solo en la cuna o en la andadera, y que sólo me enfadaba cuando me tenían en brazos más de dos o tres minutos, hostigado por los mimos y arrumacos de mis tres hermanas mayores o de cualquier otro pariente, y que, hallándome a solas, sólo lloraba para pedir alimento o que me cambiaran de pañal. Dichoso en mi propio limbo, parecía no sentir la necesidad de ver a nadie. Con el paso del tiempo, este aspecto de mi carácter tuvo que suavizarse, desde luego, y ceder ante la necesidad de relacionarse con los demás, sobre todo con el siempre reducido círculo de los amigos; sin embargo, aún no puedo someterme pacíficamente a la tortura de tener que tratar con el círculo cada vez mayor de los solamente conocidos, que siempre nos roban la soledad sin darnos la compañía. El simple hecho de pensar que debo ver o visitar a ciertas personas que se hallan fuera del círculo del cariño, la admiración o el respeto, con un propósito meramente práctico, de negocios, me saca de quicio, me humilla y enfurece. Hasta la fecha, después de disfrutar los buenos momentos en compañía de los primogénitos del corazón, tengo que alejarme de ellos varios días, a fin de recuperar el tiempo que debí estar a solas conmigo.
De los viajes que hice, —¡siempre en medio de aquel fatal gineceo!, antes de mis ocho años de edad en la que decidí nacer de nuevo y de la que hablaré más adelante—, recuerdo los emprendidos al lago de Chapala, al cual mis paisanos, famosos por su modestia, llamaban “mar Chapálico”, debido a que casi todas las tardes las aguas del lago se “picaban”, levantando oleajes tan violentos que, en tal circunstancia, era preciso prohibir la navegación. En otra ocasión fuimos a Cuyutlán, para conocer la Ola Verde, que comenzaba a aumentar de tamaño después de las cuatro o cinco de la tarde. Nunca he vuelto a ver, en ningún otro sitio, olas más altas que las vistas en Cuyutlán, y aún puedo “ver” cómo iban creciendo aquellas murallas de agua verde, tan transparente, que podíamos ver algunos peces que arrastraba consigo. Y, sin respirar, con el alma en vilo, aguardaba el momento en que aquella gigantesca masa de agua alcanzaba su mayor altura para caer luego en medio de un ciclópeo estruendo, que hacía temblar la arena de la orilla. Después de tal estruendo, el flujo y reflujo de la turbulencia de las aguas parecía ocurrir en silencio. Asustado, aturdido, esperaba entonces la formación de la nueva ola que, poco después, empezaba a borrar la línea del horizonte.
La palabra Juanacatlán también resuena en mis oídos con sus sílabas de agua correntía y desbocada. Allí existía a la sazón el famoso Salto, una enorme catarata del río Lerma, que en Jalisco se llama río Grande. La catarata desapareció hace ya mucho tiempo, desde que canalizaron las aguas para crear una planta hidroeléctrica, y de la corriente del famoso río Lerma ahora sólo llega a Jalisco, en tiempos de lluvia, un magro riachuelo de aguas contaminadas; el resto del año, es sólo un pedregoso y seco cauce de río que, cuando no lleva aguas negras, es un muladar que se prolonga por cientos de kilómetros. El río Lerma estuvo muy vinculado sentimentalmente a mis continuas andanzas durante mi adolescencia y juventud, a todo lo largo de su cuenca —desde Almoloya del Río hasta su desembocadura en el océano Pacífico— y ahora que vivo a poca distancia de su fuente original, invisible ya gracias al sistema hidrológico Cutzamala, evito mirarlo en lo posible, convertido en canal de aguas negras y desechos químicos que, sobre todo al atardecer, envenena el aire con sus miasmas pestilentes. Los lagos alimentados por las aguas de la cuenca del Lerma —el Cuitzeo, el Yuriria, el de Chapala, por citar sólo los principales— siguen agonizando. En Michoacán, uno de los más hermosos lagos del país, el de Pátzcuaro, también se halla moribundo, y pronto tendrá que cambiar su nombre por el de valle de Pátzcuaro. Recuerdo que, muy cerca de Toluca, al pie de los montes que nos separan de la Ciudad de México, había unos muy amenos manantiales rodeados de sauces llorones, que eran la delicia de las familias toluqueñas. Pocos días después de haberme avecindado en esta ciudad, quise visitarlos de nuevo. Tras unas dos horas en automóvil, preguntando aquí y allá por los manantiales, nadie supo decirme a ciencia cierta dónde estaban. Unos decían que nada sabían de ellos, otros aseguraban que no existían, otros más suponían que tal vez se hallaban en el campo de golf. Podría decirse que la idiotez, la ignorancia y la codicia insaciable de la mayor parte de nuestros gobernantes, en casi toda nuestra historia, se han ensañado particularmente con el agua.
Tras esta larga pero indispensable digresión, volvamos a Juanacatlán. Mi madre y yo salíamos por la mañana, muy temprano, a vender jabones de hiel de toro, contra la caspa; además, cremas para la cara, hechas en base a sebo de riñonada, petrolato sólido, colorante artificial y esencia de bergamota. En contra de lo que ahora pudiera suponerse, dichos productos, elaborados por mi madre, competían casi a la par con similares productos de patente, por ser naturales.
En ese pueblo no tuve ninguna libertad. El mundo natural estaba siempre a un paso, las aguas de la catarata no dejaban de llamarme, pero me habían prohibido una y otra vez salir solo. Allí conocí a otros niños de una edad semejante a la mía —¿cinco años y medio, seis?— con quienes jugaba en una banqueta al atardecer, cuando amainaba “la calor” de Juanacatlán. Una de las impresiones más intensas y duraderas que me dejó ese pueblo, fue el de las cucarachas más robustas, brillantes y voladoras que he visto nunca. Los cabellos se me ponían de punta y la piel de gallina cada vez que iba al excusado, que era una fosa séptica con su caja de madera, muy sucia, y el horrible agujero en la tabla horizontal, del que en cualquier momento podían salir volando las horrendas cucarachas, rozándome mis partes más nobles y sentimentales. Lo más asombroso no era tanto que pudieran volar como pájaros, sino que lo hicieran a toda hora y con tanta desfachatez, como si fueran moscas. ¿Cuántas veces las vi aterrizar en mi plato, nadar en él y salir por el borde, empapadas de sopa y agitando las antenas? También nos asombraba mucho, a mi madre y a mí, que los comensales lugareños, casi sin inmutarse, arrojaran al suelo, con el dorso de la mano, las cucarachas cubiertas de fideos, diciéndoles: “A comer con su dinero”. Yo conocía, desde luego, a mis cucarachas tapatías: más chicas, tímidas, devotas, discretas, modositas, que desaparecían de la vista cuando alguien encendía la luz o entraba de pronto en la cocina. Las de Juanacatlán, en cambio, iban y venían por todas partes con desparpajo norteño, o, con vuelo descontrolado, se estrellaban con frecuencia en nuestra cara.
