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En este diario, Esmeralda nos hace viajar con ella a través de sus recuerdos, de su experiencia como autora reconocida y del proceso íntimo de la escritura. Dentro reflexiona sobre temas tan personales e inherentes a la narración como la familia, las emociones y las relaciones que mantiene consigo misma y con las personas que la rodean.
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Seitenzahl: 250
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Esmeralda Berbel (Badalona, 1961). Su debut literario se inicia con el libro de relatos El hombre que pagaba noches enteras, seguido de Alismas, Así es el juego, además de entrevistas, diarios y correspondencias como A veces la vida. También ha publicado los poemarios Fumar en la bañera junto con la poeta Rut Muñoz y Habitarlo todo; el diario personal Irse y las novelas Detrás y delante de los puentes y Lo prohibido. Ha recibido diversos premios, entre ellos el Femenino Lumen, Montserrat Roig, Ana María Matute y Cuentos del sur en Buenos Aires. En la actualidad, es profesora de Creación Literaria en la Escuela de Escritura del Ateneu Barcelonès, en la Barcelona School of Creativity, en la Barcelona FX Film School y en la librería La Buena Vida de Madrid.
«Siempre esa línea tan frágil entre la escritura y la vida. ¿Soy yo la mujer del libro? ¿Puedo realmente construirme solo con palabras?».
En este diario, Esmeralda nos hace viajar con ella a través de sus recuerdos, de su experiencia como autora reconocida y del proceso íntimo de la escritura. Dentro reflexiona sobre temas tan personales e inherentes a la narración como la familia, las emociones y las relaciones que mantiene consigo misma y con las personas que la rodean.
«Para una escritora no hay otra forma que la escritura. No basta con sentir, pensar, sufrir, recordar, observar: Esmeralda Berbel necesita escribirlo».
DENTRO
ESMERALDA BERBEL
PRÓLOGO DE ANNA CABALLÉ
Dentro
© Esmeralda Berbel, 2024
© Malpaso Holdings S. L., 2024
Diputació, 327, principal 1.ª
08009 Barcelona
www.malpasoycia.com
ISBN: 978-84-18546-98-3
Primera edición: 2024
Producción del ePub: booqlab
Imagen de cubierta: Ezequiel Cafaro
Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro (incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet), y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo, salvo en las excepciones que determine la ley.
A mi madre,que me ha mantenido dentrodurante toda nuestra vida
En 1900, justo en el quicio del cambio de siglo, Miguel de Unamuno publicó un artículo en forma de carta abierta titulado «¡Adentro!». El artículo causó un impacto considerable, y en él su autor defendía lo que sería una de las constantes temáticas de su obra: la importancia que hay que concederle al existir concreto, frente a cualquier universal. Porque el ser humano se caracteriza, frente a otras realidades, por su necesidad de hacerse a sí mismo, de forjarse una personalidad, y esta, dirá Unamuno, solo puede construirse desde el interior, atendiendo al ser de uno mismo y dándole a ese ser todo el espacio posible. Han pasado casi 125 años, y Esmeralda Berbel, consumada diarista, recoge el espíritu unamuniano con un libro que sin duda hubiera interesado al escritor vasco. Lo recoge, es de suponer, sin ser consciente de ello, simplemente porque este libro está en perfecta sintonía con el autor de Del sentimiento trágico de la vida, pero también en sintonía con una corriente literaria sutil e intimista que en las últimas décadas ha experimentado una eclosión en España, debido a las anteriores carencias sufridas por nuestra cultura en relación a la vivencia de la subjetividad. Esmeralda Berbel no ha dejado de explorar en esta dirección desde sus comienzos como escritora (pienso en un maravilloso libro, Interiores; en su segunda edición se tituló A veces la vida, que pasó injustamente desapercibido). Ahora publica Dentro, es decir, ni fuera, ni adelante, ni atrás, ni arriba, ni abajo. Dentro. Para Unamuno, el concepto, el hecho de prestar atención a lo que se lleva en el interior de uno mismo tenía una trascendencia religiosa, porque era dentro también donde se podía mantener la comunicación con Dios. Ha llovido mucho desde entonces, la idea de Dios se ha ido retirando de nuestras vidas y ha habido que invertir una cantidad ingente de energía para llenar el vacío de Dios buscando nuevos sentidos a la existencia humana. En eso estamos.
Con Dentro, Esmeralda Berbel publica la tercera entrega diarística de una búsqueda muy personal que se inició con Irse, publicado en 2016, y continuó con Lo prohibido, publicado en 2022.
Aquí la autora no se va porque tenga que irse, ni explora los atractivos y las dificultades de una sexualidad a la que cualquiera debe enfrentarse tras una separación conyugal. Es decir, no hay imperativos que condicionen de algún modo el inmediato futuro de la existencia, sino un profundo deseo de replegarse para saber quién se es y prestar atención a la verticalidad interna, por decirlo con una expresión de Sloterdijk, y dónde pueden hallarse las fuentes de energía que se necesitan para vivir, para seguir en la corriente fluida de la vida.
Para una escritora no hay otra forma que la escritura. No basta con sentir, pensar, sufrir, recordar, observar: Esmeralda Berbel necesita escribirlo. Y sus lectores tenemos la oportunidad de asomarnos a las irisaciones que la vida de la autora va adquiriendo con el paso del tiempo, modulando un ser dúctil, abierto y cerrado, solitario y solidario, un ser que vive hacia delante, hacia su hija, pero que se entiende mirando hacia atrás, hacia su madre. Y, con todo ello, Esmeralda Berbel ha escrito un libro precioso. No te líes, mamá, que has llegado hasta aquí sin perder un solo pétalo, le dice su hija Greta en cierta ocasión. Pues eso, no te líes, Esmeralda, y sigue floreciendo.
ANNA CABALLÉ
Escritora y crítica literaria
Dentro. adv. Parte interior de un espacioreal o imaginario.
Dentro algo muy pequeño, un sonido cerca del ojo, la mano atrás donde las líneas, la espera del animal oculto, dentro, con el aro cercado, más herido el lóbulo, un brillo pequeño y constante, crecer en un esternón más alto, la célula y lo globular ocre. Las dos sílabas un mapa. La voz, el nuevo idioma. Después, salir. La asfixia del filván del margen de la orilla, no entres ahí donde mueren los peces. La boca naranja tan breve, las canicas y la ilusión de la imagen, dentro algo tan pequeño, una canica, un pez, un relieve. La revuelta del ojo, la mano que escribe, el animal y su creencia, el oro y el vaivén del agua. Ven, escribe acerca de esto, de la célula que me has otorgado y el nuevo idioma. Dentro.
Frente a mí un cielo azul, un verano. Me llama Ana, dice: qué éxito, todo el mundo leyendo Irse, ¿cómo estás?
El mundo está afuera, Ana. Yo estoy aquí sola terminando de pasar a limpio, a mano, unas notas, rompiendo viejas libretas, colocando lo nuevo en otra estantería. Mientras escribo a mano recuerdo cuánta vida llevo tomando notas, aprendiendo oficios.
Me ordeno el día: recoge lo que ya no sirve de la mesa, despeja todo para empezar, continúa con el cuento que has dejado a medias, lava los jerséis, escribe, escribe y te vas a dar clases.
Me ordeno sin utilizar el opuesto. Escribo para no olvidarme de que escribir me convoca, me reta. Me gustan los retos.
Este es el mundo del que me ocupo, dentro.
¿Es irrelevante escribir? No lo sé, pero deseo con todas mis fuerzas que no lo sea, que ningún arte lo sea.
Ayer vi el conmovedor documental El centro cede sobre la gran escritora californiana Joan Didion, escrito y dirigido por su sobrino Griffin Dune. Me impresionó su delgadez extrema, el brutal giro que da su vida, su encorvamiento en la mesa. Durante un tiempo, dice, dejé de escribir porque me parecía irrelevante. Luego vuelve, retoma con fuerza la escritura, analiza la vida y la escribe para que así la vida le dé menos miedo. Cuando se enfrenta a la muerte de su marido y de su hija, Didion escribe como única forma de seguir. Veo a Obama otorgándole la medalla nacional de las artes, en 2013, veo la mirada de Obama en ella, en sus manos, en sus ojos. Ella yéndose y la mirada en ella hasta el último instante. No es irrelevante, ningún arte de verdad lo es.
Cuando hacía pocas semanas que me había separado, mi amigo Ulises me dejó el libro El año del pensamiento mágico, de Didion, léelo. No pude. Ayer, después del documental, se lo volví a pedir.
Gracias, Uli.
Leo con la catedral al fondo. Las campanas. Leo: la vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba.
Leo durante todo el día. Por la noche acabo el libro. Un dolor antiguo. Las manos de Didion buscando dentro de sí, todo dentro de sí hasta encontrar un lugar que ocupe la pérdida. No lo hay. En el vacío, hay otro centro, y en ese centro, dice el poeta Juarroz, hay otra fiesta. Dónde entrar las manos, los pies, la mujer que escribe. Dónde augurar esa otra fiesta. Tal vez haya una forma que yo aún no conozco, pero me entrego a ella como una de las formas de entrar en este otro centro: escribir.
Dejo el libro que más tarde recogerá Ulises y sigo pensando en esa apuesta de ser otra aun siendo la misma.
Queda el rastro de lo escrito, el atrás de todos los días. Es lejos el tacto. Puedes escribirlo, pintarlo, filmarlo, volverlo a mirar y perderlo al mismo tiempo que lo creas.
Esparzo mis libretas por el suelo, abro, leo: la espera ha sido una de las grandes actividades de mi vida.
Penélope, dice Itziar.
Tantos caminos en el cuerpo.
Me escribe un bello y extenso correo uno de mis mejores profesores de universidad, Jordi Gracia. Ha leído Irse, dice: no nos han pasado las mismas cosas, pero el sentimiento es el mismo.
Me llaman para que asista a un club de lectura. Voy, me impresiona ver a tanta gente con mi libro en la mano.
Antes de ir, hago una lectura rápida para recordar qué he dicho, qué he escrito. Y es la primera vez que tengo un efecto extraño. El efecto de algo que he creado y que ahora no me importa si me ha sucedido o no. Pero sé que, si no me hubiera sucedido, no lo hubiera escrito nunca, y no hablo de la historia, sino de las palabras. Si las palabras no me hubieran sucedido. Me recuerdo porque me leo, solo por eso. Hubiera olvidado muchas cosas si no las hubiera escrito, es cierto, de la misma forma que olvido los relatos de ficción. Leo y descubro otra vez la historia.
Siempre esa línea tan frágil entre la escritura y la vida. ¿Soy yo la mujer del libro? ¿Puedo realmente construirme solo con palabras?
Me presentan la actriz Marta Belaustegui y la escritora Ara de Haro. Dos mujeres a las que admiro. Sale el tema del voyeur. Alguien del público dice que mirar mi intimidad le incomoda. ¿En qué novela, relato o poema el lector no es un voyeur? Preguntan hasta dónde el diario es real, cuánto he ocultado, podado, si hago terapia escribiendo algo así. Marta responde que lo que no digo está entre líneas. Se expone, lo defiende. Yo estoy en silencio. Ara se exalta, responde que la terapia corresponde a la vida, no a la literatura. El chico del público contesta que el libro es mi vida. Yo sigo en silencio mientras Ara vuelve a responder: ella es una escritora y lo que hace es escribir, no hace terapia.
A la pregunta típica y continua de si hago terapia al escribir respondo cada vez una cosa distinta. A la ocultación respondo siempre lo mismo: lo que no quiero escribir no lo escribo porque lo que no quiero escribir no lo puedo escribir. Es así. Es corporal.
Entre el público hay un hombre que me hace un par de preguntas distintas, me sorprende. Al acabar voy hacia él, le pregunto si es periodista. No, se ríe, se presenta: Pepe Verdes. Es el director de Librotea. Quedamos en vernos en Barcelona.
Salgo a tomar algo con las presentadoras y un chico del público que se ha unido. Ara y Marta se apasionan hablando de arte, de Isabel Santos, pintora recluida, surrealista, maravillosa, denostada. Yo hablo con el chico, ha comprado cinco libros, para regalar, dice. Se disculpa por la pregunta de si hago terapia, dice: parece que he metido la pata. Es una pregunta natural, no te preocupes.
Me despido de Madrid. De este aire que lleva en sí todos los recuerdos de un amor, y el aire corre como los visillos y la niebla.
Llueve.
Una lluvia muy fina, y recuerdo otra, con Greta muy pequeña. Las puertas de madera de nuestra casa no cerraban bien y llovía mucho y yo iba rápida y soplando, por toda la casa, esta casa tan grande, poniendo toallas en el suelo, y ella con sus pequeñas y ágiles manos me ayudaba. Cuando acabamos dijo: qué día, eh, mamá. La llamo con este recuerdo. No está. Luego está muy ocupada.
Respiro y nado. Salgo de casa sin hablar con nadie y vuelvo sin haber hablado con nadie. Las ventanas abiertas. Domingo. Los sonidos de las gaviotas. Alguna voz lejana. Entro en casa sin saber si hay alguien. Las habitaciones cerradas. Huelo a café.
Las voces atrás, abajo, afuera.
El día es mío. Como yo ahora.
Voy a dejar que pase lento, sin nadie. Si hoy viniera o llegara alguien me gustaría que fuera mi madre. Esta madre de ahora, que sale, va a otro barrio, me llama, lee mis libros. Mi madre, tan valiente.
Salgo del cine y en la fila de los que van a entrar veo a alguien que me mira insistentemente. Me acerco. Me reconoce. Lo reconozco. Tanto tiempo deseando encontrármelo. Tanto tiempo deseando saber qué le pasó a Ángela, por qué todo. Le saludo, le pido el teléfono. Antes de despedirme, me dice: me gustaría que tuvieras sus últimos diarios.
Yo no sé si quiero. Los diarios de mi prima Ángela. No lo sé.
Nos encontramos en un bar. Pide un cóctel. Es muy pronto para beber. Se ríe. Me enseña fotos de mi prima. Fotos de cuando tenía veinticinco años. Me enseña las fotos de la boda, miro los guantes blancos de rejilla, su vestido, preciosa, toda de blanco, feliz.
No fui invitada a la boda. No me perdonó nunca lo que dije: ¡que no se case con ese! Yo era muy joven, podía decir cualquier cosa. Me entrega un diario pequeño. Dice que los otros puede traérmelos otro día. Le pregunto si alguna vez ella habló de mí. Sí, dice, un día dijo: mi prima Esmeralda escribe muy bien.
Ya nos habíamos perdido la pista.
Me dice que lo que ella hizo es genético, de nuestra familia. No lo creo, le digo. Dice: créelo, yo hice todo lo que pude, pero su soledad no había forma de cubrirla. Es genético, repite. Y me mira. Y está a punto de soltarme un discurso. Le paro. ¡Qué lúcido! Vale, vale, dice, yo sí creo en la genética. Ella, continúa, tenía siempre miedo de volverse loca como su madre. Todos tenemos miedo alguna vez de volvernos locos o locas, le digo, y el instinto de muerte está en todo ser humano, es el fracaso y el reto de la razón. Me mira. Pide otro cóctel. Dice: no he tirado nada suyo. ¿Lo quieres? ¿Quieres los otros diarios? No lo sé.
Al despedirnos, me aconseja que tenga cuidado, porque lo que ella hizo viene de nuestra familia.
Por la noche abro el diario que me ha traído, una libreta azul, pequeña. Su letra, sus zapatos de novia. Descubro que había estudiado filología, que quería tener un hijo, que entraba y salía de la cueva, de las cuevas. Me reconozco en ella, en su escritura diarística.
¿Por qué, Ángela?
Qué azar hace que encuentre a este hombre en este cine, a una hora que no suelo ir, que yo mire hacia esa fila, hacia ese rostro, que él me mire con insistencia y que yo le reconozca después de treinta años.
Leo por la noche. La libreta azul con el borde dorado, una letra clara en la que escribió todo lo que le pasaba antes de casarse. Recuerdo nuestras conversaciones a los catorce, hablando de Nietzsche, de Sartre, de Hesse, de tumbarnos en la cama a escuchar música clásica, de escribir diarios, poesía, cuentos. Me acuerdo de vender nuestros primeros cuentos escritos en una Olivetti verde, fotocopiados y grapados, en las Ramblas. Me acuerdo de las dos escribiendo esos cuentos. Me vienen las palabras de ese hombre. Es un instinto, me digo, unos ceden y otros no.
Le pregunto a mi madre si ha habido más suicidios en mi familia. No. ¿Y…? No, nadie. No sabes qué iba a decir, mamá. Es igual, dice.
A veces las formas de hablar son tangenciales.
No pregunto nada más. Miro el silencio y lo que él hace en mí y en nosotras. No solo aquí a su lado, sino en tantos sitios. La miro, su cuerpo cerca del ganchillo o de la ropa que he traído medio rota o con unas manchas imposibles, la ropa que vuelve a mí con un zurcido perfecto, destituida de las manchas, doblada. Ten. Ya la tienes. Si algo está demasiado roto, sin preguntarme lo tira a la basura. No tienes por qué ir así, dice. Cuando acaba de tejer a ganchillo sus bolsas de pan de color azul, o de poner los nombres a punto de cruz en las sábanas o en las toallas, lo envuelve todo y lo regala.
Miro las fotos que hay en casa de mis padres. Mi padre en bicicleta, jugando al ajedrez, recogiendo premios, sus casitas de piedras de playa hechas con sus manos. Las fotos de mis hermanos juntos, de los hijos, de mi hija, yo de joven, yo embarazada, yo casándome.
A veces entro en el cuarto de mi padre y lo veo ahí, en esa última imagen: sentado en su escritorio estudiando historia. Recorro su habitación como recorrí con él hace años las carreteras de Barcelona, hasta Sitges pedaleando con nuestras bicicletas. Entonces él tenía la edad que yo tengo ahora. La pierna débil no le impidió nunca avanzar conmigo.
Tengo que tener cuidado con evocar tanto el atrás. Con quedarme con esta forma de olvido. Las cosas de atrás, me dice dejando su labor en la mesa, déjalas en su sitio. ¿Cuál es su sitio? Su sitio es el tiempo, déjalas ahí, en el tiempo. También me acuerdo del silencio de mi padre, y después o durante tanto tiempo del silencio de mi hermano.
Me acuerdo de mi hija preguntando: ¿por qué no hablan? No sé, ellos son así. ¿Por qué? No lo sé, Greta. Y me recuerdo a su edad sin poder soportar ese silencio. Las palabras breves, cortantes, sin posibilidad de entrar en ningún lugar. Mi discusión en la mesa, la inutilidad de la discusión. Ahora que mi madre y yo estamos solas, sin nadie en la mesa, miro su silencio, su forma parca de decirme: hasta aquí, de pedir que me calle, y siento un profundo respeto hacia ella. Hacia ella como mujer, con esa dificultad o, quién sabe, con ese don.
Ra, el arquitecto de los horizontes, olvidó crear la única cosa que le era indispensable: alguien que escuchara su confidencia sin destruirle.
He escrito un libro, Irse, en el que he narrado una confidencia, he extendido esa responsabilidad al cuerpo de los otros.
A veces tomo un café con Edu. Me cuenta cómo está y yo le digo hasta donde puedo. Hay una luz y una niebla que no podemos traspasar. Hablamos de otra cosa. De cine, de trabajo, de libros. Recomiéndame uno, dice. Le recomiendo la última novela que he leído, Berta Isla. ¿De qué va? Le cuento dos líneas de la trama. A los dos siempre nos ha fascinado Javier Marías. Vamos juntos a comprarla. Después lo acompaño hasta la Gran Vía, en la que una fila interminable de taxis hace huelga. Una huelga comprensible e inútil. Me despido viendo cómo desaparece su camisa blanca entre las ruedas, su andar entre los coches quietos.
Bajo por Pau Claris, son las ocho de la tarde y hay una luz preciosa.
Me pregunto qué haría si tuviera menos miedo de la luz y de la niebla. Menos miedo de hablar, menos miedo de escribir.
Durante todo este tiempo, he tenido un amante y un amor.
He sabido, incluso sin querer saberlo, que este amante no iba nunca a traspasar el lugar que él mismo y él solo se había otorgado. Esa es su fidelidad. Y he sabido, con una voz doble y de batalla, que para estar en ese «otro» amor yo tenía que esquivarme. Y confundirme.
Durante todo este tiempo en este final de mar, dejo al amante.
Y el otro amor llega como llegan las gaviotas, aparentemente libres, y aparentemente bellas, llenas de gritos y de hambre.
Todos los días juntos en mi memoria. Y uno de ellos abierto. Sagaz. Un instinto conmovedor.
Busco el error. Dónde y por qué este azar, esta nueva venganza. Entre todos los días de este mes de agosto, un día cualquiera, un día de mucho calor, me voy, huyo de ese otro amor. El instinto en la fuerza de las piernas. Vete. En la fuerza del cuerpo. Vete. Me voy. No es solo por el desespero de las aves, ni siquiera por la forma de sus patas y de sus garras, ni de su pico. Es por los gritos, por el hambre.
Ya no me venzo más. No me esquivo. Aparto de un manotazo la niebla.
Me he ido de un lugar muy íntimo, he sacado a mi cuerpo de ahí. Y sé que cuando me voy de un lugar en el que he vertido en él tanto, el quiebre está por todo el cuerpo.
¿Quién soy? ¿Por qué me ocurre?
Empieza el otoño, el deseo del ocre y de lo más amable conmigo.
Me pregunto cómo es la repetición en las otras vidas, cómo es la repetición del día, de la noche, del silencio. Cómo es en las otras vidas aplacar la batalla, la que sea.
Cómo viven los otros los días, el mal, la nostalgia, el arrebato, la confusión, y la alegría.
Empiezo a escribir un nuevo libro. Me sumerjo en Lo prohibido. Me entrego a la manivela que mejor manejo en la distancia. Escribo. Y escribir también es arrastrar el cuerpo a otro sitio. ¿Cómo llevar el peso a la palabra escrita? ¿Cómo cauterizar la escritura en la escritura?
No sé si la escritura cura la rojez, el nervio y lo más intrépido. Lo que sí sé es que cuando algo empuja desde tan dentro no admite ninguna tregua. Y, aunque escribir no cure la rojez, narrar lo que punza como una lengua de serpiente es algo que no puedo evitar. Me he ido de un lugar muy íntimo. Le he dejado ahí, con lo que vierte.
Acepto el reto personal de escribir este nuevo libro. De buscar los diferentes puntos de vista.
¿Estoy necesitada de certezas yo? Sí.
¿Para escribir? Sí.
¿Las tengo? No.
¿Por qué? Porque ahora no tengo interlocutor.
La única forma de resolver la escritura es escribiendo, eso es lo que siempre digo a mis alumnos.
Acepto el reto. Inicio el nuevo libro y me asusto. No sé qué hago.
Mi amiga Laura me dice: necesitas a una profesora que conozco. Dice mi nombre y se ríe.
Llamo a la escritora Montse Barderi, dice: vete unos días a escribir fuera, dan unas becas en la fundación Faberllull, te irá bien estar ahí concentrada, si quieres te paso la información.
Me llaman de Ediciones Godall. La editora está dispuesta a reeditar Alismas. Le pido unas semanas para revisarlo. Hace tanto que escribí ese libro de cuentos. Recuerdo mi cabeza dentro del Dioscórides, el delirio de las plantas, su mutación, sus virtudes, su leyenda y sus peligros. Recuerdo a Greta muy pequeña correteando por la casa y yo tecleando en cuanto podía. Recuerdo el fascinante lenguaje del Dioscórides, mi primera separación justo cuando estaba por acabar el libro, los dos premios y luego la dificultad de publicar el libro. Y cuando la editorial Ellago al fin me dijo que sí, pero con un relato más, escribí «Heliconius». Una mariposa que abandona a sus hijos en las hojas de la pasiflora al mismo tiempo que una mujer es abandonada en plena noche, al mismo tiempo que la toxicidad de la flor y la mutación de la planta impide que la Heliconius deje sus huevos en las hojas que han mutado simulando que ya están llenas. Fue uno de los relatos que más me costó acabar. Y sorprendentemente es un relato basado en las dos realidades del insecto y de la flor.
La ficción dentro de la otra ficción. Y las dos cerca de mí.
Montse Barderi me pasa todos los datos de la fundación Faberllull. Dice: si te aceptan tienes todo pagado por unos días, hotel, desayuno y cena, tienes que presentar una sinopsis de lo que vas a escribir y tu currículo, pero ponte ya, antes de que se pase la fecha de presentación.
Nunca he escrito una sinopsis de un libro antes de escribir el libro. Me paso toda la tarde para escribir diez líneas, parece que no sepa escribir.
La envío.
Lo confieso, no sé si voy a saber escribir este libro, no sé si es la realidad lo que me cuesta escribir o es la propia ficción que se resiste al doble juego. Y, sin embargo, sé que toda historia necesita de los mismos cauces. ¿Cuáles? Una escritura libre, singular, propia.
Vuelvo a casa y respondo al correo de la residencia Faberllull. ¡Voy! Todo pagado. Les ha parecido muy interesante el proyecto. ¡Oh! Gracias.
Me invitan a dar un seminario de mujeres creadoras en la Universidad de Valencia. Me escribe Gloria Fortún, si quiero ir a Madrid a hablar de Irse.
A todo digo que sí. Lo agradezco todo. En voz alta y en voz baja. Todo.
Es la primera vez en toda mi vida que estoy así, libre, propia. Aunque dude y no sepa cómo hacer algunas cosas.
Miro hacia atrás y lo veo todo como una sucesión de imágenes inasibles.
Leo: el objetivo de la literatura no es la belleza, sino la verdad. Es la palabra objetivo la que me sacude, imagino unos prismáticos, alguien mirando para que no te despistes, para que digas la verdad, que tú seas la verdad, que escribas diciendo la verdad. También la palabra verdad me sacude. Puedes anteponer la belleza como una verdad. Creer en la cualidad noble de la belleza. No me gusta la palabra objetivo. Y he conocido a alguien, a ese «otro» amor que no paraba de hablar de la verdad. De la suya, dice mi madre.
Ceno con un escritor y director de cine en un restaurante de la Barceloneta. Hablamos hasta muy tarde. Paseamos cerca del mar. Le pregunto si aún le duele su separación. Me mira tras sus gafas de pasta, dice: yo ya soy otro.
Otro que lee otro que escribe otro que camina. ¿Y tú?
Pienso en el cuento de «La isla a mediodía», ese deseo de alcanzar otra vida, ese inevitable desdoblamiento del personaje, ese estar atado por el tiempo, por el deseo de ser un hombre nuevo y, sin embargo, el otro, el hombre viejo, no se lo permite.
¿Y tú?
Ahí estamos, a un lado el mar y al otro lado la tierra. Damos un largo paseo por este mar y me despido. Me gusta, me gustan sus libros y sus películas. Pero estoy libre de no sé qué y lejos del milagro.
Que el milagro sea la posibilidad del reencuentro con «La isla a mediodía», con lo que el sueño concibe, con lo que me es dado vivir ahora y hacerlo plenamente al término de esta noche y de la nueva mañana.
Yo, no lo sé.
¿De qué va tu nuevo libro? Se lo explico como puedo. Ah, dice, va de un ser autodestructivo. No sé cómo hacerlo. Lo harás bien, Irse me gustó mucho. Gracias.
Damos un largo paseo y nos despedimos ahí mismo, quizá nos volvamos a encontrar, quizá no.
Voy con mis amigas del gimnasio Blume a Pals.
Leo junto al fuego, de vez en cuando levanto la vista y veo a Laura apoyada en la cama elástica esperando su turno. Yo saltando todo lo alto que el deseo y mi cuerpo me permiten, veo a Armando vigilando que ninguna de sus chicas caiga fuera. Las zapatillas blancas, las puntas del pie de Ana, de las dos Anas, el impulso de Gloria en los flic flacs.
Lo que ya no existe lo veo frente al fuego de Pals en el que duermo y me despierto en silencio.
No sé si soy otra.
Aunque no haga las mismas cosas, aunque ya no sea gimnasta ni masajista ni profesora de cocina ni esté casada, yo no sé si soy otra.
Esta casa de Ana, en Pals, me recuerda las otras casas, las casas en las afueras, con mecedoras, fuego, jardín, flores. Leo hasta muy tarde y me despierto junto a las brasas del fuego. Voy a buscar a mis amigas que están en la terraza haciendo el saludo al sol.
Desayunamos y nos bañamos en el mar de Palafrugell. Sol. Verticales. Ruedas. Fotos. Mis amigas me hacen sentir tan de antes. Tan joven. Las miro y pienso en la amistad. En el arte de la amistad.
También en las que han quedado en el camino. Está bien que se pierda lo que no resiste. ¿No te diste cuenta de su rostro mañana? No, dice un personaje de Javier Marías. Ese rostro que va a aparecer mañana. ¿No te diste cuenta de la delación? No.
Yo no sé qué pensar acerca de las amistades que de pronto –o no tan pronto– ya no lo son. Quizá no lo eran entonces, o no lo eran de verdad, o no había asomado el rostro confuso, reprochador. Pero no sé qué pensar. Lo único que no entiendo del todo y que lo he vivido es que alguien te deje, te atraviese de forma radical, inflexible, sin posibilidad de reparación. No lo entiendo, lo he vivido en mi familia, con mi prima, y con quienes no voy a nombrar. Lo radical. Como una radiografía. Un diagnóstico. Definitivo. Tremendo.
Es también algo que forma parte de la vida.
