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Esmeralda Berbel

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Beschreibung

Hecho de sentimientos, Irse es el diario personal de Esmeralda Berbel a lo largo de tres años clave en su vida: los de su divorcio. "Me abandonas dos veces, entre una vez y otra pierdo un puente; me duelen las rodillas y los nudillos de la mano derecha; entre una vez y otra, escribo, lloro y te dejo. Me hago daño. Me enamoro. Vuelves. Te vas. Y veo en la palabra abandonar la palabra dar y la palabra mujer." El movimiento es una constante, así como las voces de sus allegados, diálogos que se transforman en paisajes y que tan pronto traen una descripción de la Barceloneta como de Portland o de la selva amazónica. Berbel hace de la escritura un boquete por el que mirar, una forma de asomarse a la vida que fue y ya no es. "Me gustaría ver, en la palabra, cuándo cambia el lenguaje, cuándo cambia el dolor, cuál de los dos se anticipa." Su lectura fluye como una novela gracias a su prosa y a la prudente distancia literaria en la que está escrito. "Hermosísimo libro en el que trasciende la propia historia real para convertirse en una conmovedora metáfora de cualquier ruptura amorosa. Literatura de la buena" Jacinto Antón, El País

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Irse

Esmeralda Berbel

 

Imagen de la portada:

Retrato de María, 1918, de Amedeo Modigliani

 

 

 

 

 

 

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

 

Diagramación: Roger Castillejo Olán

 

© Esmeralda Berbel

© Editorial Comba, 2017

c/ Muntaner, 178, 5º 2ª bis

08036 Barcelona

 

 

ISBN: 978-84-947203-7-6

Depósito Legal: B-1.677-2018

Escribir lo vuelve todo más real.También más ficticio.

2012

11 de julio

Vuelo hacia Lisboa, después a Brasilia y de ahí en una pequeña avioneta a Sao Félix do Araguaia. Llevo dos libros en la maleta de mano y un e-book que me han dejado para no ir con tanto peso; pero tengo que reconocer que no me concentro, me produce ansiedad y acabo haciendo zapping.

Anoche, en Barcelona, me fui despidiendo de las cosas. Mirar algo por última vez es lo más parecido a verlo por primera vez. Me despido por un tiempo largo. Vuelo para estar con mi amor y mi hija. Espero poder escribir.

 

9.00, Lisboa

Cuando cumplí veinticinco años viajé contigo por primera vez a Lisboa. Fue nuestro primer viaje. Éramos dos jóvenes flacos, bellos y desvergonzadamente críticos. Nos empezamos a conocer en ese primer viaje.

Escribo este diario entre vuelo y vuelo. Retraso de dos horas.

 

Brasilia, Hotel Bonaparte

Hago noche aquí. Tengo un poco de fiebre. Entre el cambio de horas, la paliza del avión y el sueño, estoy ya cayendo. Es temprano pero aquí ya es de noche. He cenado un tazón de sopa. Voy a tomarme las únicas medicinas que he cogido para el viaje: el frasco de Equinácea y el de Vitamina C.

Se me ha roto el e-book.

 

8.30, aeropuerto

Me perdonan el exceso de equipaje. La avioneta es ¡tan pequeña! Les digo que puedo dejar algo, el paquete de mijo que me has pedido, unos libros de regalo. Uno es para el obispo Pere Casaldàliga. ¡Oh!, mueven la cabeza. Pase. Son extremadamente amables. Tienen el color tostado de la gente del sur, podrían ser cubanos, su idioma es dulce. Brasilia huele a Sudamérica y a las carreteras de Marruecos, tan distinto al olor de Europa.

Antes de subir a la avioneta, un hombre con un traje azul, impecable, se santigua. También yo me santiguo. Sólo somos ocho pasajeros.

En dos horas estoy ahí, en ese lugar desconocido. Me has dicho que es muy bello, que eres feliz ahí. ¡Feliz! Atravesamos una nube. Todo blanco. Llegamos a Gurupi. Una escala. La mujer de atrás me dice que ya falta poco, que de dónde vengo, que ya veré qué bonito es el lugar. Me cuida durante el viaje. Me cuida como extranjera. Me ofrece agua.

Despegamos de Gurupi. Vamos más lejos. Qué lejos de mi casa. Sólo cuatro pasajeros. No me concentro en la lectura, aun así me he acabado un libro. No me ha gustado. Me queda sólo uno para leer. Es como si me quedara un solo cigarrillo.

Tengo muchas ganas de llegar. Tengo muchas ganas de verte. De ver a mi hija.

 

Sao Félix

Estás ahí, esperándome. Me encuentro con el chico que conocí hace veinticinco años, flaco, bello. Lisboa y Brasil. Y todavía esa forma desvergonzada de ser críticos.

Ten, dices al llegar a la casa, ésta es tu bicicleta; no tiene frenos, las cosas aquí son así. Entro. Has comprado una colcha de colores. Para nosotros, dices. Para que estés bien. ¿Te gusta? Me gusta todo. Estabas preocupado por si no me gustaba esta casa, por si no iba a estar cómoda. Hace un mes que no te veía. Un mes que no veía a nuestra hija. Está cambiada. Más mayor, más ella. Te vas a trabajar. Ven luego, dices, comemos todos juntos, tenemos catering. Me explicas bien cómo ir. Me besas. Aquí, dices, anochece muy pronto y yo me levanto apenas amanece. Si quieres puedes venir conmigo a casa del Pere. Rezo con él. ¿Quieres?

Sí, claro.

Te veo irte; y aunque me he encontrado con el hombre que amé hace veinticinco años, hay algo que me inquieta, no sé qué es y no puedo entenderlo.

 

13 de julio

Es aún de noche y muy temprano. Vamos a mirar el río Araguaia. Vamos a mirar su luz. Meditas mirando al río. Estás cambiado. Me gusta. Ese deseo pertinaz de que el otro cambie. Miramos el río y vamos a casa del Pere. Rezamos. Dios es nuestra fortaleza, dice. Nuestra hija, que también se levanta muy temprano, va a hacerle de secretaria. Pere tiene párkinson y ya no puede responder a los correos. Ayer me equivoqué, mamá, en vez de «prelatura» puse «prematura». Cuando se dio cuenta me dijo riendo: Hay que corregirlo todo, debes fijarte más.

 

No tenir res

No portar res

No poder res

No demanar res

I, de pasada,

No matar res

No callar res

Pere Casaldàliga

 

16 de julio

Te acompaño al rodaje. Me emociono. También tú.

Paso toda la mañana viendo una misma escena. Cuando llega el padre Luis, me dice: Casaldàliga ha rezado hoy por vosotros. En cuanto tienes un momento de descanso, te lo digo.

También yo desearía tener fe. Rezar por nosotros. También por esta película. Me aparto un momento del rodaje, me retiro de aquí. Rezo.

 

17 de julio

Hemos ido a ver a los indígenas, la tribu Karajá. Han perdido sus tradiciones, su identidad, el poblado todo lleno de bolsas plástico, sucio. La mayoría de los indios alcoholizados. Mientras paseábamos, unos hombres, en parapente, tiraban caramelos a los niños. Qué imagen tan fea, tan soberbia, dice una de las actrices.

Nosotros hacemos lo mismo en Reyes, dices.

Me han dejado un libro de Stefan Zweig, que murió en Brasil. Dice: «A más crecimiento económico más destrucción del Amazonas. Desarrollan menos ímpetu, menos vehemencia, menos dinámica, es decir, lo contrario a lo que nosotros sobrevaloramos y consideramos los valores de un pueblo; pero nosotros que estamos viviendo la agitación psíquica, la avidez y la ambición, sabemos disfrutar de esta forma de vida más suave y relajante.»

 

18 de julio, 7.30

Rezamos al aire libre en un patio sencillo, en portugués. ¿A qué señor alabamos? Tener fe. Tener fe en la fe. Pienso en la India, en África, en las tribus de Brasil. En esa congregación de gente pobre creyendo. Me concentro en este canto. No tenir por de la por. Y cierra el libro que es la Biblia y nos invita a tomar un café. Te rodea el hombro y te dice: M’han dit que t’assembles a mi. Estás orgulloso. Quizá tú has empezado a tener fe. No te lo pregunto, lo veo.

Por las tardes, cuando no ruedas, tallas una cruz de madera que llevas en tu pantalón tejano, la haces cada vez más precisa, más cruz. También llevas un anillo de aquí, también nuestra hija, también yo. Los tres llevamos el mismo anillo. Otra alianza al lado de mi anillo de oro. Mientras estudias tu guión, yo leo, y nuestra hija prepara el documental para su escuela, lo que ocurre fuera de la ficción. La otra ficción. Le gusta el oficio. Lo hará bien. Ha heredado esta pasión, escribe bien, mira bien. Tan bellos los dos juntos. Ha cambiado, ha crecido, has cambiado y hay algo, quisiera decírtelo, que me inquieta, pero estás trabajando y no puedo, no quiero poner aquí mis cosas, mis problemas. Leo. Zweig contrasta el predominio de Alemania por la raza pura con los aborígenes indios, los esclavos que trajeron de África, los colonos japoneses e italianos que llegaban al país y se mezclaban sin ningún enfrentamiento.

Mezcla libre. Blancos, negros, morenos, amarillos.

 

20 de julio

La gente aquí pone la música muy fuerte. Es fiesta en Araguaia, todas las casas abiertas. No consigo concentrarme en escribir, ni en leer. Te pregunto si puedo ir a decir que bajen un poco el volumen. Dices: Ni se te ocurra. Me voy a caminar, doy un largo paseo por estas calles. Cuando vuelvo estáis los dos juntos. Habláis de lo mismo: el cine, la fotografía, la historia, el personaje. Os veo mejorar el uno en el otro.

Estamos juntos, ¿verdad, mamá?, me preguntaste hace algunos meses. Sí, respondí, juntos para ayudarnos.

A veces dices: Mi madre es escritora.

Dices eso que yo no nombro.

 

21 de julio

Este calor me vuelve lenta. Casi no tengo ganas de hablar. Tampoco de discutir las cosas que me suceden, que me inquietan. Aquí hay un licor muy fuerte, cachaza. ¡Vaya, te digo, sí que es fuerte! Son las seis de la tarde, muy pronto para beber. Te pregunto si los demás también beben. Sí, dices.

Que este tiempo calmo me sirva.

Y este río. Y este sol.

 

25 de julio, Kuryale

Me vienes a buscar. Quiero llevarte a un sitio precioso, dices; hemos pasado en pleno rodaje y he dicho «quiero traer aquí a mi chica».

Vamos en taxi, está a veinte minutos del pueblo. La dueña, que parece una madame o lo es, nos recibe con un loro en el hombro. Un loro azul y rojo. Es alta, gorda, en su escote un collar de grandes piedras verdes. Se ríe. Hace un comentario ambiguo acerca del Pere. Ya te lo habían dicho. El lugar es muy bello, es cierto, es paradisíaco, el río, las hamacas, las habitaciones de madera. La mujer besa al loro y pregunta si queremos tomar algo. Pides un whisky. Te digo que son sólo las seis de la tarde. Ah, como anochece tan pronto. Me coges de la mano y vamos a pasear. Hay chicas muy jóvenes, muy guapas. ¿Qué es este lugar? No lo podemos saber. Seguimos paseando y te inclinas en la baranda de madera. Se te caen las gafas, bajas a recogerlas. Alguien te advierte: ¡Cuidado con los bichos! Antes hemos visto a un animal que no sabíamos lo que era. Tú decías que era un cocodrilo. Tan lejos del río, te digo, no es posible; quizá es un galápago o una especie de lagarto. Recuperas las gafas, acabamos el paseo cerca de las hamacas. Voy a ver si puedo mejorar una escena, dices. Yo abro otro libro que me han dejado.

Te miro en la otra hamaca. Hablas en voz alta. Recitas. Con el lápiz, con las gafas. Por la noche vamos a nuestra casita de madera y hacemos el amor. Desearía no irme de aquí. Alargar mi regreso. No tengo nada que hacer en Barcelona en agosto. Te lo digo. Dices que es mejor que me vaya para que puedas concentrarte más en el trabajo. No insisto.

Miro la luz, la tierra roja, las estrellas de verdad (como dice Pere), el río y este lugar al que me permites acceder. Miro el rodaje. El proceso.

 

27 de julio

Quédate una semana más, dices.

No, está bien así.

¿No quieres quedarte?

No es eso, pero no sé cómo decírtelo. Ya me has dicho que quieres concentrarte más y en algún momento has dudado de que te haga bien que yo esté aquí. No tengo nada que hacer en Barcelona, pero hace tanto que no estoy sola; tengo ganas de saber qué me ocurre durante un mes sin vosotros y sin nada que hacer. Está bien así.

Vale, dices.

Mirarse desde lejos, pienso, y después con esta calma poder entrar. Volver a conocernos.

Hace muchos años, en un bar donde sonaba Edith Piaf, me preguntaste qué iba a hacer ese verano. Te dije que me iba a Brasil con una amiga, preguntaste si podías venir. Me reí y quedamos para otro día. Al final yo no me fui a Brasil y tú me propusiste aquel viaje a Lisboa.

 

31 de julio, Luciara

Nos hemos ido de Sao Félix a un pueblo más pequeño todavía, a una casa más destartalada que la otra. El jardín, decadente, abandonado, una bicicleta rota al fondo y una caseta con dos perros encerrados. Yacarés en la orilla. En el jardín, una mesa redonda y cuatro sillas hechas con neumáticos. Arañas, cucarachas, hormigas. Polvo y viento por todas partes. En la habitación de nuestra hija hay dos arañas grandes. Dormimos todos juntos.

Siempre hay una rana en la ducha.

Al despertar tomamos un café afuera, hay catering todo el tiempo. Yo vuelvo a la casa a escribir. Miro tus gafas encima del guión, al lado de mi ordenador están las mías. Las gafas que antes no existían, el tiempo en nuestros ojos. Abro el ordenador y empiezo a escribir, pero el polvo y el viento es tan excesivo y además se acaba de caer la verja del jardín. Cualquiera puede entrar en nuestra casa.

 

1 de agosto

Al fondo, un río al que no iré. No es mío este paisaje aunque lo habite. Añoro una ducha limpia, sin el temor de que aparezca un bicho. Luciera es el pueblo que encontró Pere Casaldàliga hace cuarenta años o más. Aquí vino a predicar a los más pobres. A esta iglesia que habéis reconstruido, en la que tú reclamas la paz y la justicia y el pueblo que hace de pueblo llora de verdad. También tú, también yo que desde la esquina de esta iglesia de cartón veo la escena una y otra vez, y me fijo bien porque sé que después vas a preguntarme qué escena y tendré que saber con precisión qué escena, qué gesto, qué he visto.

Desde que he vuelto a Luciera sólo escribo en este diario, he perdido el ritmo con la ficción. No encuentro un lugar cómodo, con luz. Dentro hace mucho calor, fuera hay tanto viento y tanto polvo que el ordenador se me llena de tierra.

Me cuentan que hay una señora muy mayor que cuenta historias. Voy a verla. No entiendo la mitad de lo que dice pero la escucho atentamente. Dice: Gosto de morar aquí porque e todo muito sosegado e as pessoas sao muito humilde. Me cuenta una historia tras otra. Su nieta de quince años, embarazada de nueve meses, me mira y dice: Acontece.

Veo pasar hombres a caballo cerca del río.

Veo salir el cocodrilo del río.

Veo los árboles grandes y verdes que contrastan con la sequedad del jardín.

Veo caer la tarde. La mejor hora de la luz, esta luz que dura tan poco.

Veo la línea azul del río, la quietud de afuera, no saber qué hora es, estar tan lejos de mi casa, acostumbrarme a esta otra casa que no es mía e ir sintiendo la cercanía de mi otro viaje.

El progreso es mentira y el orden es el caos, dice Pere.

No me reconozco en este gusto por lo humilde, ni en ver a niñas de quince años dando el pecho.

No hay libros en las casas.

Ya es de noche y empiezan a aparecer los gatos.

 

6 de agosto

Me quedan veinte minutos para dejar este pueblo. Este horizonte. Abrazo a cada uno de los hombres y mujeres que he conocido. Me despido de los técnicos, de los actores. Vámonos ya, te digo. Entiendo ahora lo que siempre me contabas: acabar un rodaje. Me has explicado muchas veces los finales. Me queda despedirme de Pere, de su humilde casa, de ese rincón de rezos. Me’n vaig, Pere. Me coge las manos. Estem units, dice. Se queda ahí este hombre delgado que aún ayuna una vez por semana. Con su voz temblorosa pero firme atiende a una mujer que acaba de llegar, una mujer que lucha por los indígenas. A su lado esta Paulinho, el nuevo obispo.

Lo miro, lo fotografío todo. La sonrisa de Pere, su valentía. Los árboles, las calles, el polvo y el privilegio de haber estado aquí. Camino por la calle roja con el calor y la emoción de las últimas cosas. También son las primeras. He venido con lo mío de allí y vuelvo con lo de aquí. Me despido de mi hija, que sigue haciendo su documental y mezclándose con las gentes de este pueblo. Se queda un mes más contigo.

Ha sido bonito este viaje, te digo. Gracias. Nos abrazamos. Te quedas hasta que despega la avioneta.

Miro la tierra, las casas de la tierra. Todo me parece tan de paso, tan de nadie. Los karajás cuando no hay comida ni más agua se van a otro lugar, emigran, son nómadas. Ahora que los han dejado fijos en un poblado, los que saben hablar portugués dicen: Estamos muito tristes.

Escucho tus últimas palabras. Brasil. Nosotros. Mi inquietud.

 

 

…aeropuerto

Desde que empecé a despedirme del río y su luz y su polvo rojo han pasado una infinidad de horas. ¡Qué viaje tan largo!

Recibo un correo de mi hija. Ya te añoro.

 

«Contigo se va el color de las frambuesas

la suavidad del trigo.»

 

8 de agosto, 7.00

¡Qué viaje tan largo! Qué ganas de llegar a casa. Mi cuerpo lo recuerda todo: tú, las bicicletas rotas, el polvo; la música fuerte, María Bethania, Caetano Veloso; nosotros.

He hecho todo lo posible en este viaje para no molestarte, para estar a tu lado, para cubrirlo todo. Alguna noche extraña. Te pregunto entonces qué te pasa, dices: La entrevista, otro día. Por la mañana dices que no recuerdas. Aligerar las cosas. Perder algún tipo de memoria.

Estoy ausente, me he quedado también allí. Me ducho, descanso un rato y espero a que Rut me venga a buscar. Me lleva a comer a un restaurante al que íbamos tú y yo cuando nos conocimos. Me pregunta si todo bien —Sí, todo bien—, si estoy preocupada por algo.

Sí, lo estoy. Pero cuando le explico por qué todo se desvanece, no es importante, no consigo dar con ningún tipo de clave. Yo no sé qué más hacer, le digo. Todo, dice. Todo lo que te dicte el corazón.

 

10 de agosto

¿De qué parte de mí no me ocupo cuando me ocupo tanto del otro? ¿De qué parte de mí prescindo cuando controlo al otro?

 

11 de agosto, San Adrián

Por la tarde voy a otro río. Al mío. Doy un paseo largo con mi padre. Él en su silla de ruedas, yo a su lado. Le cuento cosas de mi hija, del amor y el desamor de mi hija. Son cosas de la vida, me dice, ellos lo tienen que pasar, que vivir. ¿Te crees que a mí me gustaba cuando te fuiste de casa y te fuiste a vivir con aquél y luego con aquel otro? No, no me gustaba, pero ¿qué podía hacer yo? Yo me decía, lo que mi hija necesita es cariño y parece que yo no puedo dárselo. Le hablo de cosas que nunca le he contado, de aquel vecino que me buscaba cuando tenía dieciséis años, ese cerdo, le digo. No hace ningún gesto, no dice nada pero sé que me acoge. Es mi padre, tiene ochenta años y aún le necesito. Le hablo de mi hermano, que no responde a mi carta de perdón. Está atascado, dice. Y seguimos nuestro paseo. Va, que te invito a algo. Me lleva al peor bar de San Adrián y me presenta como su mujer. Es mi mujer, va diciendo. El camarero se echa a reír. Nos da el refresco. Miro a este camarero que no conozco. Le miro a los ojos y me encuentro con los suyos clavados en mí, negros como un infierno. Los dos retiramos la mirada.

Otro infierno, pienso.

La policía entra y detiene a un cliente: Has dado un buen susto a una mujer con el coche, ¿no? El hombre no responde. Venga, dicen. El camarero sube los hombros. Así es, dice, ha entrado diciendo que hoy se iba a emborrachar aquí y lo ha hecho.

Seguimos paseando por el río hasta que se hace de noche. Mi padre me propone que me quede a dormir. La última vez que me quedé a dormir me sentí más sola que nunca. Tiene las dos partes, mi padre. Como todos. De camino a casa me dice: Tu otro hermano es el más inteligente de los tres. ¡Vaya!, le digo. Y callo. Tiene ochenta años mi padre, es un hombre que viene de la guerra, de la más absoluta miseria, y consiguió una casa propia, un bar y que nosotros tres estudiáramos. Y tantas cosas.

Ha estado bien este paseo, dice.

Sí, le digo.

Cuando quieras repetimos.

 

14 de agosto

Estoy sola en nuestra casa.

Esto es lo que hago: escribo, voy a nadar, escribo, paseo, leo, estoy con mis amigos.

Es agosto, tengo por primera vez en muchos años todo el tiempo para mí.

 

15 de agosto

Soy feliz aquí sola. Pienso en ese lugar tan apartado del mundo en el que estás ahora. Y también en ese lugar de nosotros escindido. ¿Por qué? No lo sé.

 

 

20 de agosto, Montseny

Leo. Me baño. Miro las montañas. Me río con Lydia. Hago yoga. Leo a Orwell. Leo a Umbral. Sus paraísos artificiales.

¿Qué es un mundo mejor? ¿Seríamos más felices tú y yo en un mundo mejor? Lydia dice que sí pero luego las dos nos quedamos muy quietas mirando las montañas. Lo repetido, le digo, y nos quedamos muy quietas. ¿Ha estado bien el viaje? Sí. Pero hay otro viaje que desconozco.

¿Cuál?

Cuando empieza a caer la noche mi amiga saca unos calcetines negros. Mira ahí, dice, donde están los hilos. Le acerco el hilo, la aguja. Yo también tengo un agujero en el mío. Dame. ¿Pero cómo te has hecho este agujero? Y otra vez pareces mi madre, Lydia. O una madre, da igual. El pelo rubio te cae por la cara mientras zurces y no te veo. Tengo un flashback de hace muchos años, tú en Riereta cosiéndote una falda. Y ya está, ten.

Antes de cenar, las dos empezamos a escribir en el diario.

A ratos lloro un poco. Luego se me pasa. ¿Quién soy yo sola, sin ti? ¿Y qué me está pasando? ¿Por qué no estoy en Brasil junto a ti y mi hija? ¿Qué nos ha pasado todo este invierno?

Leo Diario de invierno, de Paul Auster. Habla de sus excesos, de su imposibilidad de cambiar, de su falta de deseo para realizar cualquier cambio.

 

29 de agosto

Llega mi hija de Brasil. Llama a sus amigas para que vengan a cenar. Yo llamo a las mías. Hablan entre ellas de irse de casa, un estudio en Barcelona, un viaje de siete meses por ahí. Yo, dice, si no estoy bien en casa cuando cumpla dieciocho años me iré. ¿Por qué no ibas a estar bien? Depende de las normas, mamá. La convivencia siempre tiene normas, mi amor. Me escucha. Después hablamos nosotras. Han crecido. Sí, ha pasado el tiempo. Ha pasado para todas.

Pienso en nosotros. En nuestro tiempo. Te recuerdo muy atrás. Los tres.

Tengo miedo.

 

2 de septiembre

Leo Maternidad y Creación, de Moyra Davey. Leo por primera vez, y por fin, a Doris Lessing. Hay algo petulante y descarnado en su texto. A mi pesar, sé de qué habla.

Leo una novela curiosa que he encontrado entre los libros de mi hija, En Grand Central Stationme senté y lloré, de Elizabeth Smart. Es extraña, me gusta, me desconcierta la belleza de esta prosa dolorosa y lírica, de esta autora que vivió un tumultuoso romance con George Baker, con el que tuvo cuatro hijos y nunca se casaron ni vivieron juntos. Voy de un libro a otro como cuando era adolescente.

¿Dónde escriben las mujeres?

En la cama, en los bares, en la cocina.

Sigo leyendo este ensayo sobre las mujeres y su imposibilidad de escribir y cuidar a los hijos, de ser artistas y cuidar a los hijos. La comparación de cómo ellos escriben en su despacho y en una habitación propia mientras nosotras lo hacemos en la cocina. ¿Por qué iba a ser peor escribir en la cocina?

A mí me gusta escribir en la cocina, en el fondo de mi casa, en el bar. Nunca he tenido una habitación propia. Por suerte.

Dar vida es nuestra ventaja.

 

13 de septiembre