Des-aprendiendo - Luis Mezquita - E-Book

Des-aprendiendo E-Book

Luis Mezquita

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Beschreibung

Des-aprendiendo no es más que eso, un doble recapacitar y observar, repensando mientras se cambia. Hace falta esfuerzo para aprender, pero el mérito es doble para desechar y comenzar de nuevo. En ambos casos, la dirección es adelante

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Seitenzahl: 65

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Luis Mezquita

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-207-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Prólogo

El conjunto de historias y pensamientos a continuación expuestos lleva el título Des-Aprendiendo: ¿en qué consiste? Este trabajo ha sido escrito en un 2022 que trajo conflictos, pruebas, complicaciones, pero también desafíos, lecciones y reflexiones generales sobre uno mismo y sobre un todo.

La pregunta principal sobre el libro es un gran reclamo en toda su extensión, un grito de reconocimiento intelectual, literario, filosófico, así como una exposición de saberes.

Afortunadamente, un sinfín de miradas lectoras han estado disponibles y dispuestas a ayudar con todas estas cuestiones.

Me gustaría, por tanto, dar gracias a mi sobrina Mónica, que, como musa, me dio la inspiración inicial para alentar la creación de este des-aprender. También me gustaría dar las gracias a cada lector que se acercó a mi obra dando opinión, crítica, elogio, pero por sobre todo, ánimo.

Si alguna vez perdí el interés, vosotros me mantuvisteis motivado.

Mi madre se merece un especial agradecimiento: tus sabios consejos y apoyo me han sido, como siempre, de gran ayuda.

Luis Mezquita

Barcelona, marzo de 2023

.

22

«Sos mi tormenta que limpia todo,

que azota con fuerza,

pero que limpia».

Dilación

Víspera perpetua

de acontecimientos

que no son más

que nuevas vísperas.

La vida resulta

una gran espera.

Tal vez pudiera alguno

arrancar de manos de

las moiras algún ovillo

del tejido del destino

y poder enrollarlo y

envolverlo a placer.

Tal es la persecución de algo

que se convierte en ello.

La espera de algún suceso

es parte intrínseca del mismo,

pero, para gozarlo,

este debe suceder.

La cita en la cual nadie

aparece es a media la cita

y a medias el tormento.

Es un creciente deseo

que solo desaparece

repentinamente

al llegar la persona amada,

o atormenta ante la llegada

de la ausencia.

La espera es nada más

que una retorcida

teoría de la desilusión.

La experiencia nos ha enseñado

que a menudo tiende a pasar todo

del modo más retorcido,

más desagradable,

más injusto.

Y ante tal comprobación,

un espíritu débil, burgués,

tiende a abandonar

la espera o convertirse

él mismo en agente

del rechazo y la traición.

Afrodita

Esos labios que me incitan.

Por favor, bésame.

Esos ojos que,

sin saber cómo,

pronuncian mi nombre.

Esa piel suave, cálida,

que son las vías

del tren de mis manos

que recorre tus montañas

y se esconden en tus túneles.

Esa mirada llena de deseo,

ardiente elixir

para mi dolencia

llamada pasión.

Tu placer.

Tu calma.

Las locuras

que como jóvenes

hacemos casi sin pensar

buscando latir

al unísono.

Tus besos,

las puertas de un cielo

que entreabre,

que cierra

al tocar nuestros labios

con tal frenesí.

Tu deseo colocado

en el punto exacto

entre lo divino y lo terrenal,

entre cielo e infierno.

El más mínimo error basta

para la salvación eterna

o para condenarse.

Para enamorarse ciegamente

o para ser destruido.

Red

Tan expuestos

que ya no notamos

en qué lado de su adictiva magia

nos encontramos.

Nos posee,

nos atrapa.

Dejamos ya de hablar.

Una carita con gesto

carente de emoción

transmite mejor

nuestras ideas.

¿Será que a esto nos dirigimos?

Un futuro lleno de opciones,

de comunicación directa

acercando las distancias;

de letras vacías

y risas sin sonrisa.

Un abrazo virtual.

Un beso con corazón.

Una imagen armada

para la ocasión,

sin naturalidad.

sin imperfección.

Extrañaremos entonces

el latir del otro, el ser atrapados

en la mirada penetrante

de unos ojos negros,

del perfume dulce,

romántico aroma

que transmite otra piel.

De ver el cielo y sus destellos,

admirar el árbol y sus capas.

De la sabiduría de quien la posee.

De un verso simple

que la voz de aquel podía

resonar en nuestro ser.

Deberíamos dejarlo,

limitarlo a lo útil.

Desechar su astuto encanto,

sus espejos de colores.

Levantar la vista y no solo mirar:

ver.

La armonía en la que se mueve

lo no artificial, lo complejo.

Lo bello que puede ser

un simple atardecer en el sitio

adecuado.

Fábula de los tres

Ella, un delfín solitario

con un océano de opciones.

Con todo lo que le hace falta para ser feliz,

viajando un mundo que puede ser inhóspito para otros,

pero bello y hermoso para quien puede disfrutarlo.

Desde pequeña siempre gustaba saltar, salir por un instante

para luego regresar.

El paso de los años hizo que pudiera saltar más lejos.

Esas fracciones de segundo que fue ganando con los saltos

cada vez le gustaban más.

Solía acercarse a las orillas, sacar la cabeza y soñar con pies,

con poder andar la tierra, descansar bajo un árbol, dejar huellas,

subir a lo alto y ver el horizonte

desde este lado.

Su horizonte era muy cercano.

La espesura del agua lo limitaba,

lo hacía sentir como paredes que

se desplazaban

a conveniencia.

Se extendía a medida que uno

avanzaba en ella.

Solía pensar que estaba en una pequeña celda

que cambiaba entorno, colores,

en la cual entraban nuevos personajes

y otros se iban.

Cuanto más profundo quería ir en dicha cárcel,

más oscuro se hacía,

menos se divisaba un final,

hasta que era agotador intentarlo.

Cierto día, reposando su cabeza

en la orilla de un río,

lo vio a él, majestuoso.

Quedó ciertamente encantada

con su porte, sus pelos libres,

con su mirada.

Él era un lobo y andaba solo;

vio reducida su manada.

Enfrentando la dura caminata

de un duro suelo,

alimentándose de aquello que sus pies y afilados colmillos podrían alcanzar,

preparado para defenderse nació.

Garras, dientes afilados

como un guerrero con sus armas

ya desde la cuna.

Miraba el cielo y soñaba con ir más alto.

Soñaba poder planear los cielos,

lejos de los peligros,

lejos del hombre que se adentraba

en su territorio con su tecnología y sus ideas,

devorando, a su paso, su hogar, su refugio.

Un sueño de vuelos altos y

libertad le embargaban.

Tener alas y poder ir más allá y ver el horizonte.

Que desde su posición

se veía como una lejana línea

imposible de alcanzar.

Cuanto más intentaba acercarse,

más lo perdía en la lejanía,

hasta que la noche le ocultaba la visión.

Ya no podía ir más lejos.

Algunas noches se lamentaba y con un aullido le reclamaba a la luna por su presencia.

Le pedía que iluminase más, que lo dejara llegar a ese horizonte inalcanzable.

Entonces, la vio a ella,

pequeña y delicada, plumaje suave,

como si el aire la acariciara.

Ella era una gaviota, estaba sola.

Perdió a su parvada en un cielo difícil de

transitar por ser denso y confuso.

Su habitual soporte era invisible.

Solo hacía falta mover sus alas.

Qué daría por poder verlo.

Pese a saber que allí estaba,

podía volar por encima de mar o tierra,

era indiferente,

pues todo desde arriba se veía pequeño,

lejano y distante,

extraño y apático.

A veces, subía muy alto.

Jamás había límite, no había un final,

y desde ahí podía ver un horizonte

circular y muy distante

y, al bajar, parecía más lejano aún.

Pasando por grandes ciudades

donde se yerguen unas grandes

columnas de humo tan tóxico

que había visto caer a otros

al atravesarlo.

Ya cada vez quedan menos sitios

en donde sentirse segura y reposar.

Viviendo siempre en pequeñas casas construidas en los árboles,

recorrer kilómetros miles,

miles de kilómetros de tierra o mar,

pero nunca encontrar el horizonte.

Otras como ellas

no tenían tal suerte:

fueron capturadas y encerradas

entre barrotes de metal

para transformarse en bufones

de otros bufones.

En un instante se encontraban las tres

a escasos metros mirándose