Des-conociendo - Luis Mezquita - E-Book

Des-conociendo E-Book

Luis Mezquita

0,0

Beschreibung

Des-conociendo no es más que eso, un reconocer y descubrir repensando mientras se observa. Hace falta esfuerzo para aprender y descubrir, pero el mérito es doble para desechar y comenzar de nuevo, para detenerse a observar e intentar interpretar un mundo diferente y lleno de posibilidades. Esta misma descripción pudiera acaso parecerse a alguna otra ya escrita y a pesar de la validez con la cual ambas describen lo expresado, el dejo familiar no puede evitarse. ¿Será esto parte de la idea o es simplemente pereza del autor? En ambos casos, la dirección es nuevamente adelante.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 124

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Luis Mezquita

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-208-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Prólogo

Des-conociendo es simplemente una nueva perspectiva, perder la idea de algo que creemos conocer para dar sitio a un nuevo dibujo, a una nueva imagen, construida desde la fantasía, desde lo utópico. Es una nueva y bonita escena onírica que este narrador prefiere muchas veces a la rígida noción de una realidad ya exenta de chispa.

Hay en todos nosotros un sentimiento oculto, una búsqueda incesante e imparable, un deseo irrefrenable por algo. Libertad, conocimiento, paz, tiene muchos nombres el característico sentir motivador que a menudo nos guía, nos incentiva a actuar más como niños, intuitivamente, dejando un poco abandonado por el camino todo un complejo conjunto de ideas y prejuicios limitantes, tanto como absurdos.

En este texto descubriremos las travesías del pensador Louis Datrebil que, harto hasta la médula de poseer una máscara impuesta, un día decidió quitársela y ver qué había realmente.

Lo que descubrió lo llevó por caminos tan sinuosos como sorprendentes, las verdades que descubrió en los diferentes lugares que recorrió no son más que el reflejo de una mirada más cercana y realista sobre asuntos y lugares de los cuales parecía ya no poderse aprender nada en absoluto.

Luis Mezquita

Barcelona, julio de 2023

.

Los agradecimientos crean un espectro tan variado y múltiple que, inevitablemente, es mejor darlos en persona.

Inicio

Cierta tarde otoñal y ventosa en Montevideo se encontraba nuestro protagonista, como siempre, en apuros.

Huía esta vez, creo recordar, de algún recaudador de impuestos insistente en que la deuda sea saldada por el método que fuese.

Las calles del centro con una alfombra tímida de colores amarillos y marrones. El sol que ya emprendía su retirada poco ayudó a Louis Datrebil a escabullirse de saldar correctamente lo acordado.

Quien sí lo hizo, inesperadamente, debo acotar, fue la biblioteca, un lugar prácticamente vacío y frío, donde solo se almacenaban tomos para que estudiantes e incautos los revisaran de vez en cuando.

Poco le importaba el sitio que fuera su cobijo en tal retirada sigilosa, Louis solo buscaba evadir la casi segura paliza.

Este tipo de sitios era desconocido prácticamente para él, así que buscó el rincón más escondido y obscuro con el fin de no ser visto, entre grandes columnas llenas de libros, repleto de viejos lomos abandonados que daban idea del contenido de algunos muy anchos conjuntos de conocimientos en texto.

Sabía que debía esperar, esta gente no se cansa jamás. Como en la anterior ocasión, en la cual el refugio fue un convento.

La gente santa era amable, o lo parecía…, pero él era un maestro del disfraz, así que fue mezclándose entre clérigos algo sospechosos y siervos algo ingenuos. No fue tan mal, salvo que tuvo que permanecer allí durante meses, pero así despistó a los amantes del orden, estos seres de los cuales ya contaré más adelante que son realmente incasables en su afán por que todos y cada uno cumplan sus reglas.

Llegó a acomodarse tanto y hacer tan bien su papel que lo llamaban padrecito, señor padre; otras, papi, como fuera.

Su último día fue tras una misa que él mismo dirigió dando consejos y lecciones prácticas para todos los fieles.

No fue tanto que debía partir ya de allí, sino que muchos de sus consejos digamos que no se adaptaban muy bien a la idea que se quería transmitir por el cardenal superior.

Nadie le había comunicado que ciertas prácticas amorosas había que tratarlas con todo el absoluto secretismo y no contar nada a la congregación.

Frente a las caras sorprendidas de los señores y las miradas acusadoras de las señoras, e intentando evitar encontrarse con cualquiera de sus compañeros, que ahora poseían objetos cortantes, se metió detrás de unas cortinas y ya no se dejó ver más.

Así que en esa ocasión y a hurtadillas tomó algunas botellas del sagrado líquido que ahí se reservaban para algunas reuniones nocturnas de las que se comentaba en silencio por los pasillos. Con dicho elixir y también evitando toda persona con sotana, volvió a escapar.

Pero en esta ocasión en una biblioteca no había mucha gente y debía pasar algún tiempo prudente para volver a salir, así que se acomodó en una pila de libros, por allá en la parte más obscura y observó.

De pronto, un título le atrajo su atención, se trataba de un ya muy viejo libro, notábase este poco elegido por la gente, polvo y telarañas eran la prueba de aquello.

Pese a que la literatura en general no era de su interés, se levantó y lo tomó.

Des-conociendo era el título de aquel pesado libro. «¿Qué clase de título es ese?», se preguntó.

Se presentaba como una guía para conocer lugares, realmente conocerlos, proclamaba. Había dibujos, mapas hechos a mano, páginas sueltas, anotaciones en las esquinas de las hojas, escritura encima de otra, algún poema, varias fotos sueltas y un trébol de 3 hojas.

Si bien es cierto que no leía mucho, rápidamente descubrió que este misterioso libro tenía algo especial, así que tomó asiento y se dispuso a descubrir qué había en él.

Tenía todo el tiempo del mundo, allí fuera siempre hay recaudadores y oficiales del orden, cleros y científicos que, por un motivo u otro, le estaban siguiendo el rastro.

Las piscinas mágicas de Empoli o Gianlucca el panadero

Ya había transcurrido algún tiempo desde que Louis Datrebil había encontrado tan fascinante libro anónimo en su improvisado escondite en la biblioteca.

Ciertamente, no recuerda ni cuándo salió de ahí, desde que tomó el libro ha estado inmerso en las fascinantes historias y curiosos datos que descubre en él.

Tan atrapado se sintió por tal descubrimiento que decidió escribir él mismo en una libreta pasajes, anotaciones, descripciones, todo esto que más tarde se trasformaría en su propio libro analizando, descubriendo y comprobando tan inverosímil información que leía en el texto.

Quien escribe y por métodos que no vale la pena contar se ha apoderado de dicha libreta e intentaré transcribir lo más fiel posible lo expuesto por Louis.

Le gustó tanto el libro que decidió destacar lo que más llamaba su atención y contárselo a la gente (ya que el libro parecía abandonado y olvidado) y un servidor escribirá sobre Louis y lo que este transcribió, así que apenas el lector se podrá deleitar con una verdad muy manipulada y transcrita, como si en el juego del teléfono descompuesto se tratara. Quizás en algún punto lo escrito se trasforma un poco o quizás el lector lo está leyendo como fue creado. Eso no lo sabremos jamás.

La primera historia que Louis transcribió fue una relacionada con piscinas e incredulidad, la cual a continuación podremos leer.

Se comenta que en una pequeña ciudad llamada Empoli, cercana a Florencia, en Italia, hay unas piscinas que albergan un secreto interesante.

Hace ya algunos años en dichas piscinas públicas aconteció lo inexplicable.

Patitos de goma, ropas ajustadas, panchos de hule para flotar, todo era normal en este sitio donde había tres enormes piscinas dispuestas para todo quien quisiese echarse un chapuzón oportuno. También aquí se dictaban voluntarias algunas clases de natación para quienes recién comenzaban a patalear la vida, y también para profesionales que pretendían ser delfines, al menos, por una hora y media antes de seguir en sus tareas cotidianas.

Había en estas tranquilas piscinas cada fin de semana un hombre que, desafiando la leyes de la física, caminaba sobre el agua, atravesaba las piscinas ante la mirada absorta de los hombres pez con gorrito ajustado, llamando la atención de niños, grandes y abuelos.

Al principio, todos creían que era algún truco, algún tipo de entretenimiento dispuesto por los regentes de las piscinas para alegrar los fines de semana. Cuestión esta que se disipó ante las declaraciones del mismísimo Luigi Schaffino, gerente del lugar, quien decía que no tenía idea del asunto y que todo esto le parecía una broma.

Solo aparecía en las piscinas los fines de semana, al parecer, llevaba a su pequeña hija a aprender a nadar, dados los efectos positivos de tal capacitación.

Su aspecto no tenía mucho de especial, algo regordete, de barba descuidada y ropaje sumamente normal, el semblante de un mecánico de barrio, él era una persona común, igual al resto. Más tarde se descubrió que trabajaba de panadero entre semana y que no vivía muy lejos de allí.

A este parecía incluso no agradarle el tener que concurrir temprano cada fin de semana a llevar a su pequeña a practicar habilidades acuáticas.

Yo creo que lo hacía por obligación, que estaba cansado y le hubiera gustado descansar algo más este sábado, dormir algunas horitas extra.

Me lo imaginé como el simpático del grupo de trabajo, el que lleva la cerveza un domingo por la tarde a la cena con amigos después de intentar jugar un rato a la pelota y demostrar las habilidades ya perdidas entre los años y los kilos.

Lo cierto es que la gente hablaba, sería quizás la calidad del agua, el cloro de las piscinas, su forma, algún artilugio que este usaba para desplazarse libremente como si del mismísimo suelo se tratara, pero no era así, creo que jamás nadie supo por qué Gianlucca podía atravesar tranquilamente la piscina para ir directo a la cafetería a desayunar algo, cuando salía fuera a fumarse un cigarrillo, cuando se olvidaba algo y volvía para recogerlo.

Para él esto era normal, pero para los demás no lo era. No se jactaba de aquello ni tenía nada que demostrar, en varias ocasiones quizás para evitar las miradas que ya esperaban el acontecimiento, simplemente tomaba el camino largo y rodeaba toda la piscina.

Todo este asunto tomó relevancia, se corrió la voz y empezaron a llegar curiosos cada sábado para ver a tan especial panadero. Cuando esta noticia llegó a oídos de cierto grupo en el Vaticano, enviaron emisarios, refutadores de milagros, también llegaron los científicos con sus instrumentos de medición y sus batas, al igual que llegó la prensa con sus cámaras, sus libretas y su pase exclusivo.

Cada vez más las tranquilas piscinas de Empoli se trasformaban en un circo lleno de personas dispuestas a explicar un porqué. Ya no había tantos niños, solo el grupo de su pequeña se conservaba intacto, quizás por el miedo de que, al quitarlo, él ya no vendría a hacer sus paseos acuáticos.

Intentaron acercarse, hacer preguntas, medirlo, pesarlo, aprender sobre su dieta, sus hábitos, sobre su piel. Realmente él no estaba abierto a tanto agobio, no respondía, no aclaraba, no declaraba ante nadie, esto para él era un asunto natural, quienes querían explicarlo eran ellos.

Las fotos, grabaciones, el catalogarlo de mesías, de tramposo, de singular… El hombre ya estaba cansado, no entendía tanta concurrencia de personas que ni tocaban el agua, solo estaban allí para explicar algo que no entendían.

Tras algún tiempo así, se lo veía agotado, creo que solo quería descansar después de una semana fabricando pan.

Lo cierto es que hipótesis y fe habían perturbado ya la presencia de aquel tranquilo tipo, ya ni se acercaba a las piscinas con la esperanza de algún olvido y el regreso de la paz.

Así que un día, como de costumbre, cruzando la gran piscina y aprovechando un momento de distracción, había surgido una acalorada discusión entre las sotanas y las batas: unos querían investigarle; otros, santificarle. O quizás ambos querían usarlo.

En esta ventana de oportunidad, simplemente se lo vio hundirse en la mitad de la piscina y a hurtadillas subir los peldaños de la piscina para salir un poco como huyendo. Ya no se lo volvió a ver en aquellas tranquilas piscinas, a las cuales la concurrencia de curiosos jamás paró, altares y tubos de ensayo siguieron ahí durante mucho tiempo.

Comenta la gente que se le acabó la magia, que se cansó del acoso, otros opinan que, así como se fue, volverá, y esperan su llegada con fe. Una gran parte pretende que todo era un timo, un truco muy elaborado y complejo que, expuesto, podría ser explicado fácilmente.

Jamás se volvió a saber de Gianlucca, el sencillo panadero que caminaba sobre las aguas de las piscinas públicas de Empoli.

Al final de este relato se halla una pequeña reflexión, quizás hecha por el autor, por Louis, o quizás por mí mismo:

«Ante una singularidad, ante un milagro, una magia inexplicable, sería recomendable simplemente disfrutarla, observar, maravillarse, dejarse las explicaciones para luego o quizás para nunca jamás, el intento de encasillar un milagro, poseer la mirada correcta para poder observarlo y no solo verlo.

Se suele oír que no existe nada mágico ni milagroso, pero quizás es simplemente que estos menesteres hay que saber apreciarlos o, si no, se desplazan irremediablemente a donde sí pueden ser observados sin ser perturbados».

El hombre que no podía escribir

Nuestro apasionado ahora escritor Louis Datrebil también realizó algunos viajes para comprobar anécdotas y datos que hallaba en el libro hurtado.

Siempre costeados con dinero de dudosa procedencia y en el más absoluto secretismo.

Así fue como en una ocasión, intentando atravesar el desierto del Sahara para comprobar la historia de un pequeño niño de la nobleza que, según decía el texto, vive en las estrellas y al cual se puede oír sonreír en algunas de las irónicamente frías noches del lugar.

Ya perdido, acalorado y sediento, le pareció ver una figura cerca, en un médano enorme.

Más bien eran dos figuras, pudo comprobar después al acercarse. Este misterioso personaje iba acompañado de un camello, tenía unos ropajes oscuros que cubrían casi todo su cuerpo, del cual solo podían apreciarse unos viejos y cansados ojos color negro.

Se acercó y le pidió indicaciones para salir del uniforme paisaje arenoso, hacia alguna cuidad o asentamiento.

Este, amablemente, le contestó

—Si sigues esta dirección unos kilómetros, luego del espejismo, ve hacia la derecha, algunos kilómetros más, no hay como perderse.

Pero al verlo tan cansado le ofreció agua, le advirtió que ya caería la noche y le invitó a quedarse allí con él.

—Todos vamos en la misma dirección —le dijo, y podrían acompañarse por la mañana.

Así que improvisó una fogata, le compartió un trozo de alimento y le regaló una pequeña historia, la cual más tarde Datrebil anexaría a sus escritos.

Se cuenta que en la región de Abha, en Arabia, había un hombre con un don especial, pero también con una maldición terrible.

Farid Khalil era el más sabio de los hombres, entre los suyos era un referente y una guía.

Sus ideas y consejos ayudaban a todos, solucionaba cualquier conflicto.

Una especie de oráculo moderno.

Era un hombre solitario y algo excéntrico, de aspecto delgado, alto y con una curiosa y cuidada barba que le cubría el mentón.

El hombre regalaba sabiduría, un ser pacífico y con carácter dócil, de voz calma y dulce.

Pero poseía este una maldición, o eso creía él.