Desde la piel - Ignacio Ramón Martín Vega - E-Book

Desde la piel E-Book

Ignacio Ramón Martín Vega

0,0

Beschreibung

¿Puede surgir la pasión entre una mujer madura y un hombre más joven que ella? ¿El sexo es la antesala del amor? Gema, una mujer libre, personal y sexualmente, conoce a Jaime, un hombre por el que se siente inmediatamente atraída. Ambos entran en una rueda de pasión, que llega a cuestionar su concepto de la vida.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 293

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Modelo imagen de cubierta: Rosa Jodar Pérez

Desde la piel

Edición eBook, febrero 2023

© Cristina Buhigas

© Ignacio R. Martín Vega

© Éride ediciones, 2023

Éride ediciones Espronceda, 5 28003 Madrid

ISBN: 978-84-19485-37-3

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

eBook producido por Vintalis

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmen-to de esta obra.

Cristina Buhigas, periodista de amplia trayectoria (Pueblo, La Economía 16, Cambio 16, La Gaceta de los Negocios, agencia Europa Press, La Clave y Público), apasionada lectora, como atestiguan sus estudios de Literatura Hispánica, ha escrito Desde la piel a cuatro manos con Ignacio Ramón Martín Vega. Para él es su séptima novela, para ella, la primera publicada. Ambos se sienten cómodos en el género romántico-erótico y logran un relato que encandila al lector hasta la última página.

«…Esta corporeidad mortal y rosadonde el amor inventa su infinito».

Pedro Salinas

Encuentro

Tedio, esa era la palabra que llevaba toda la mañana buscando para describir mi estado de ánimo. El sol entraba por la ventana del despacho; veía las hojas de los árboles, estábamos empezando a sentir la primavera. Acababa de poner el punto final al informe económico que consumía mi horario hacía quince días, era viernes y no sentía el más mínimo sentimiento, ni positivo ni negativo.

El caso es que el tedio se había adueñado de mí hacía tiempo, ¿más de un año? quizá. Por eso hacía dos meses que había roto con José Luis. Estuvimos juntos casi tres años. Habíamos diseñado nuestra relación con sumo cuidado para no caer en la rutina que ambos temíamos tanto. Por eso no vivíamos juntos, por eso entre semana quedábamos sin día fijo, por eso cada fin de semana hacíamos planes diferentes, por eso conservamos a nuestras amistades de forma independiente… Pero la rutina estaba ahí, agazapada tras todas las barreras que habíamos construido, y un día las derribó.

Cuando ya llevaba unos cuantos meses más aburrida que con mi antiguo marido, el padre de mi hijo, decidí hablar con José Luis. «¿No crees que esto se ha acabado?». Estuvo de acuerdo y en tres días arreglamos todo porque eran muy pocas mis cosas en su casa y las suyas en la mía.

Yo esperaba que, a los pocos días de iniciar mi nueva etapa de completamente soltera, la luz verde que, como a los taxis, parecía encenderse en mi cabeza cada vez que terminaba una relación, comenzara a atraer nuevas aventuras. No sucedió así, el tedio que había atribuido al pobre de José Luis permanecía en mí. ¿Sería ese desinterés femenino hacia el sexo que casi todas mis amigas decían notar tras la menopausia? «Ya sería hora», me dije, porque acababa de cumplir los 62. Me analicé y concluí que no era eso. Mi cuerpo pedía caricias, intimidad, sexo… Lo que pasaba es que no encontraba a nadie que me gustara, los hombres de mi alrededor eran tan anodinos…

Revisé: 34 páginas, los gráficos en su sitio… Imprimir.

«Podría volver a apuntarme a una página de contactos», pensé. Ese método no me había ido mal antes de conocer a José Luis, pero me resistía a meterme en el duro trabajo de seleccionar perfiles y chatear con seres insustanciales y mentirosos. También podría ampliar la temporada de descanso de mi vida afectiva y montarme un viajecito a Londres, para ver a mi hijo, en el puente de mayo.

Alberto, al que siempre he llamado Albert, es mi mejor proyecto vital, más que mi carrera y más que mi ajetreada vida sentimental. Es un soltero de oro que disfruta con su ingente trabajo de ingeniero en una empresa de biotecnología. No lo veía desde Navidades, y podía estar bien ir a darle la lata y, de paso, hacer unas compras preveraniegas.

Recogí las hojas de la impresora, comprobé que estaban todas, les puse un clip y las metí en una carpeta.

Mi hijo, por suerte, no se parece a su padre más que en lo positivo de su físico. Alto, delgado y ágil, con su nariz y su pelo negro. Sus ojos son los míos, y gran parte de su carácter también. Tiene mis ganas de vivir, mi interés por todo lo nuevo, mi capacidad de trabajar con facilidad y se siente, como yo, ciudadano del mundo. Es cariñoso y simpático, insisto, nada que ver con su padre, un tipo que siempre se tomó la vida demasiado en serio.

Alberto padre, mi ex, era un hombre responsable, muy estudioso, tenaz. Nos conocimos en la Facultad de Económicas y acabamos la carrera juntos. Él, tremendamente ambicioso y con un expediente académico espectacular, se lanzó hacia la empresa privada y, desde muy pronto, ganó mucho dinero, a costa de no estar casi presente en la vida de su hijo y de alejarse de mí. Yo desde el principio tuve claro que el trabajo era sólo un medio para poder pagar lo que a uno le gusta hacer en la vida. Por eso me preparé las oposiciones de TAC nada más acabar la carrera y las saqué al año siguiente. Un buen sueldo para siempre, para no preocuparme por las necesidades, permitirme bastantes caprichos, y, sobre todo, para poder viajar.

Me divorcié de Alberto cuando él ya llevaba más de dos años en Fráncfort y sólo hablábamos para decidir sobre la educación de nuestro hijo, cuando yo ya había tenido un par de relaciones más o menos sentimentales, y él supongo que otras tantas. Estuvimos casados casi diez años, pero el amor, si es que lo hubo, no duró más de cuatro. El divorcio no fue un trauma para ninguno de los dos; tampoco para Albert, que estaba acostumbrado a la ausencia de su padre y a pasar él mismo temporadas fuera de España para mejorar el inglés.

Y aquí estaba yo, tremendamente aburrida, con dos meses a la espalda sin novio, amante o sucedáneo.

Yo, que desde el divorcio había estado siempre «en el mercado», como decía una amiga, no tenía planes para el fin de semana más allá de un café o un cine con las amigas. ¡Qué horror!

Las dos de la tarde. Cogí la americana roja del perchero y me la ajusté sobre el vestido negro sin mangas y con bastante escote, en mi despacho hacía calor por el sol que entraba hasta la pared, porque no me parecía adecuado para ir al despacho del jefe. Carpeta en mano, entré en Secretaría.

—¡Hola, chicas! —saludé a las tres secretarias, que me contestaron con la mezcla exacta entre la afabilidad que se tiene con una amiga y el respeto a alguien de categoría superior, y entré en el despacho independiente, pero siempre abierto, de la jefa de Secretaría.

—¿Está visible el jefe? Le traigo el informe.

—No. Está reunido… con la Banda de los Cuatro .

Lola era una chica de algo más de treinta años, simpática e inteligente, que había estudiado Derecho, pero que, como sólo se había presentado a las oposiciones de administrativo, había situado su personal techo de cristal en secretaria particular de alto cargo. Desde que, tres años atrás, había llegado al ministerio con el nuevo secretario de Estado, nos caímos bien y bromeábamos juntas. Lo de la Banda de los Cuatro era el mote que habíamos inventado para los cuatro asesores que se pasaban el día en el despacho del secretario y que le decían a todo que sí entre halagos.

—Mejor, te dejo aquí el informe y así conseguiré marcharme antes de las tres por un día.

—Quédate un ratín, anda, y charlamos.

Me senté y, antes de que empezáramos a hablar, se abrió la puerta del despacho del secretario de Estado.

El hombre que entró en el de Lola era alto, recio, ¿unos 50 años?, tenía el pelo canoso y llevaba un traje oscuro tan planchado, una camisa tan impoluta y unos zapatos tan lustrosos que parecían recién sacados de un maniquí de El Corte Inglés, demasiado perfectos. Menos mal que la corbata no conjuntaba bien con el resto.

—Por favor, Lola, dame el listado que te di hace un rato, que lo quiere ver el jefe.

Mientras Lola buscaba en un archivador, él se volvió hacia mí. Tenía los rasgos muy dibujados, la barbilla firme, los labios carnosos y, tras unas gafitas, unos ojos preciosos de color verde oceánico. Me estiré en la silla y crucé las piernas.

—Perdón, no me he presentado. Jaime Montero.

Me tendió la mano y se la estreché.

—Gema Aranda. Encantada.

Lo miré a los ojos y su boca se frunció en una sonrisa pícara. En un segundo, su mirada me recorrió de rodillas a escote, y casi pude sentir el tacto de sus ojos en el cuello. Lola ya le había dado los papeles, y él se giró para marcharse. Volvió a mirarme desde la puerta y dijo, paladeando las sílabas:

—Encantado…

Cuando desapareció, me volví a Lola con la boca y los ojos abiertos, y con todo el cuerpo en actitud de pregunta. Respondió entre risas:

—Es un inspector jefe. Sustituye a González. ¿A que está bien?

—¿Bien? ¿Sólo bien? ¡Uf!

Salí deseando buen fin de semana a todas y avancé por el pasillo sin dejar de sonreír. Mi cuerpo se había despertado, y todas mis neuronas se centraban en reproducir sin detenerse, como en un bucle, la imagen de aquellos ojos y aquellos labios prometedores. ¿Y el tedio? Había desaparecido.

Sorpresas

Mi vida, a los 52 años, iba a dar un giro de ciento ochenta grados. Después de mi nombramiento como inspector jefe por los servicios prestados en las embajadas más conflictivas de nuestra querida España por todo lo largo y ancho de este mundo, fui llamado a consultas por el Ministerio del Interior, cual embajador o cónsul de uno de estos países donde presté mis servicios. Me tenía que dirigir a la calle Amador de los Ríos, a las oficinas centrales. La verdad es que me lo comunicaron con una escueta y fría nota, y no sabía si eso iba a significar el comienzo de una ilusionante etapa profesional dentro del Cuerpo Nacional de Policía, o, por el contrario, iba como oveja al matadero. Lo más importante de la cuestión es que siempre he mantenido mi conciencia sin mácula; cada noche me permito dormir a pierna suelta por no tener gravámenes de moralidad o remordimiento alguno. Para mantener mi mente centrada, no me permito jamás darles demasiadas vueltas a las cosas. Lo que fuera a venir, llegaría y me enteraría en unas horas. Me enfundé mi ropa deportiva y salí a correr un rato. Siempre me gustó mantener cuerpo y mente perfectamente conectadas y en sintonía con mi realidad. Nunca me permito contradicciones, eso me ha originado ciertos problemas por mi falta de diplomacia a la hora de expresar lo que siento.

Salí a correr. Siempre lo hago en el parque del Retiro, me gusta entrar por Menéndez Pelayo y dejarme llevar por el ritmo de la música para poder correr, en menos de 45 minutos, diez kilómetros. En esta ocasión elegí ciertas canciones de Fito y Fitipaldis y, para bajar el ritmo después de la carrera, opté por algo de Pink Floyd.

Llegué empapado en sudor a mi casa. La reunión sería a mediodía, y no sabía en concreto con quién.

Entré en la ducha. No me gusta recordar lo bien que me lo he pasado en diversas duchas por el globo terráqueo, pero qué le voy a hacer si a las mujeres de mi vida siempre les ha gustado el último empellón en una ducha. Podría recordar a Sandra, o Rosa María, tal vez Pilar haya sido la más apasionada debajo de un chorro de agua. No deseaba pensar demasiado en ello, siempre acababa con una enorme erección.

Obviamente tenía que ir bien vestido, eso significaba traje y corbata. En mis ratos libres intentaba ir vestido informalmente, pero, si había que asistir a una reunión oficial en el ministerio, tendría que desplegar toda mi artillería al vestir. Además, en esos lugares donde hay que ir con el meñique estirado, suelen tener las mejores secretarias, las más sensuales y mejor vestidas. El Pisa Huevos y yo solíamos jugar a ver quién ligaba antes en lugares de este tipo, lástima que una granada de mano le volara el pescuezo en un atentado a la embajada de España en un país africano de segundo orden. Alguna vez nos habíamos llevado a las mejores chicas, haciendo alarde de nuestra magia para seducirlas. Nunca tuvimos problemas, ya que a él le gustaban muy jóvenes, mientras que a mí siempre me gustó acostarme con mujeres maduras, ellas eran mucho más apasionadas y no había que estar enseñándolas a practicar sexo.

Las canas en mi pelo me hacían, según ellas, ser un tipo muy interesante y sensual, supongo que se lo debo al capullo ese de Richard Gere. Yo, como el afamado actor, tengo un pelo prematuramente blanco, y eso a unas mujeres las echa para atrás, y a otras las vuelve locas.

Me pondría un traje oscuro y camisa blanca. No me gustaba improvisar, y a la mujer que venía un par de veces por semana a darle un repaso a mi casa le tenía explicadas mis prioridades. Me gustaba llevar las camisas pulcramente limpias y planchadas; los trajes iban al tinte cada dos puestas, así que siempre estaban limpios y planchados. Soy un hombre resolutivo y coqueto; me gusta llamar la atención, la humildad está diseñada para otros menesteres.

Llegué al ministerio a la hora prevista. Me hicieron esperar en una sala fríamente decorada durante al menos treinta minutos. Cuando mi mente se desplazaba a aquella última embajada donde presté mis servicios, oí una voz que intentaba, al principio sin conseguirlo, captar mi atención. Tuve que hacer el esfuerzo de componerme en décimas de segundo, al ser consciente de que no había estado todo lo raudo que se le puede exigir a un servidor de la ley, pero es que estaba añorando y pensando en aquellos enormes pechos de Begoña, la fiel secretaria del cónsul en Caracas, promiscua y desvergonzada después de su jornada de trabajo. Con ella había disfrutado todo tipo de experiencias sexuales.

—¿Montero? ¿Jaime Montero? —preguntó una mujer con cara de bulldog, vestida de forma muy conservadora y con pinta de ser del Opus.

—El mismo. —Con la mejor de mis sonrisas intenté volver a la realidad.

—Por favor, acompáñeme. —Su sequedad iba in crescendo.

Me guió por un largo y oscuro pasillo hasta llegar a una puerta donde se paró secamente, me espetó un «espere aquí», tocó con los nudillos la puerta dos veces y, sin esperar una orden concreta, pasó al interior dejando la puerta entreabierta.

—Hágale pasar —se escuchó de fondo.

—Pase. —Escueta, seca y desagradable, aquella bruja me hizo entrar en el despacho mientras desaparecía de mi línea de visión, haciendo añicos mis fantasías anteriores.

—¿Me da su permiso?

—Pase… Montero, ¿no?

—Así es, señor. —No me lo podía creer, pero, en aquel oscuro y destartalado despacho, quien me recibió fue el mismísimo ministro del Interior.

—Siéntese y, por favor, no me llame señor, que he estado a punto de darme la vuelta por si tenía a mi espalda a Felipe VI.

—Estoy bien así. —No sé por qué leches tuve que decirle eso, me dio la sensación de estar actuando con exceso de celo y, si el ministro me había llamado para darme un rapapolvo, estaba creando el clima oportuno.

—¡Siéntese, Montero, coño! —Extendió su brazo mostrándome la cómoda silla, y noté cierta sonrisa en su gesto, eso me tranquilizó algo.

—Como usted ordene.

—Me han hablado de usted… —Era un momento crucial, podía suceder cualquier cosa, puse cara de póker—. De hecho, me han dicho que tiene una mente privilegiada y que no se anda por las ramas a la hora de hacer sus acertadas exposiciones.

Me quedé knockout, no entendí lo que me quiso decir el ministro, yo no hablaba de política con nadie, salvo, claro está, con mis compañeros y alguna que otra amante.

—Belén, por favor, ya puedes pasar —dio aquella orden por el interfono, y se abrió una puerta lateral.

¡Bendito sean Dios y todos los santos del cielo! Pero si era Belén, aquella extraordinaria mujer que conocí en la embajada de España en Beirut; con ella mantuve una larga e interesante conversación, pero luego echamos el más largo, concupiscente y regocijante polvo que he echado en mi vida. De hecho, creo que sólo me faltó practicar el salto del tigre con ella, pero en la habitación de aquel hotel de Beirut el armario era empotrado. Era toda fuego, como un volcán. No podía creerme que estuviese ahí con el ministro, y ella entrando con aquella fantástica sonrisa y con esas maravillosas piernas.

—Ministro… Jaime… —Extendió su brazo para estrechar mi mano y mostró un decoroso escote que me hizo recordar, en una milésima de segundo, aquellos duros pezones, los que me pedía que apretase y pellizcase sin pudor.

—Belén…

—Bien, ya hemos hecho los saludos, así que vamos al grano. Tengo un secretario de Estado que es un tocapelotas, me ha dicho que necesita rodearse de asesores que «joder, que me asesoren», dice. Pero ¿desde cuándo los asesores cumplen con tan innoble misión? Bien, el caso es que en una reunión al más alto nivel, salió su nombre y el de otros buenos funcionarios. Belén, aquí presente, me dijo que tiene una mente clara y muy resolutiva, así que le quiero en la Secretaría de Estado como asesor, en comisión de servicios. Nuestro país corre el riesgo de desmoronarse; necesitamos gente como usted, con la cabeza bien amueblada, que pueda participar en tormentas de ideas cada vez que haya conflictos: la crisis catalana, el terrorismo yihadista… todos estos nuevos retos a los que nos enfrentamos, y nos hemos percatado de que utilizamos viejos métodos para intentar solventar retos nuevos.

—Ministro, entiendo que los protocolos que se estén empleando para tal misión estarán acordes con los procedimientos dentro de la Unión Europea.

—Bien, creo que hemos terminado… Montero, persónese en la Secretaría de Estado, le están esperando. Belén, por favor, acompáñame. —El ministro se levantó de la silla y acompañó a Belén. Los vi perderse en el despacho contiguo.

Sobre las dos de la tarde, salí del despacho donde mantuve una muy interesante reunión con el secretario de Estado y tres colegas más. Entendí a la perfección lo que se nos estaba pidiendo: deseaba savia nueva a la hora de resolver problemas contemporáneos. Por supuesto que estaban establecidos los protocolos, pero no se cerraba a escuchar, según nos comentó, a mentes abiertas e inteligentes, así que estaba a punto de comenzar una nueva e interesante etapa en mi vida.

En ese preciso instante me crucé con ella, la mujer más atractiva que un hombre podía encontrar en un sitio como ese. Me preparé para iniciar el cortejo; no iba a desaprovechar la ocasión, otra hembra de su especie no iba a encontrar por ahí.

—Encantado —dije escueto, dejando la semilla de mi sonrisa y mi mirada, algo que siempre me funcionó, y dando un repaso visual a aquella mujer. Podría convertirse en un verdadero aliciente para trabajar en esas dependencias, tenía unas piernas largas de escándalo.

Era una mujer de aspecto sofisticado; mediría sin tacones unos 170 centímetros, una belleza mora con ojos oscuros y pelo negro, que le caía con indudable gracia por la espalda. Sus labios eran carnosos y sensuales; sus manos finas y largas; su escote mostraba unos generosos y sublimes pechos, de esos que hacen perder la cordura. De edad incierta, podría tener 45 años o 60, la verdad es que eso era lo que menos me preocupaba; era una mujer de bandera y, no sé por qué, intuí que, como persona, y sólo tenía la experiencia de su saludo inicial, era cercana. No rehuyó mi chequeo visual, que, dicho sea de paso, no fue de mal gusto porque no me gusta desnudar a las mujeres con una mirada, es mucho más grato hacerlo en la intimidad.

Provocación

A media mañana del lunes le vi avanzar hacia mí por el pasillo. Llevaba otro traje oscuro, este tiraba más a azul que el del viernes, otra camisa blanca y otra corbata imposible. Al verme, empezó a sonreír; yo hice lo mismo. Cuando nos cruzamos, los dos frenamos el ritmo de nuestros pasos, pero no llegamos a detenernos. Nos miramos fijamente; volví a sentir aquellos ojos verdes en mi escote.

—Buenos días. —Dejó caer sus palabras sobre mi canalillo.

—¿Qué tal? —dije yo en una especie de invitación a seguir hablando, pero él no la recogió, y cada uno siguió su camino.

Tuve que hacer un esfuerzo para no volver la cabeza a ver si me miraba. Estaba segura de que mi aspecto le había impactado, me había vestido pensando en un posible encuentro como el que acababa de producirse. Falda tubo negra hasta la rodilla, una blusa blanca de seda deliberadamente grande que se ondulaba sobre mis caderas —y que llevaba los suficientes botones desabrochados como para que asomara el encaje de un top lencero, que dejaba al descubierto lo imprescindible para inquietar—, pendientes de aro y unos botines negros, con el tacón justo para aguantar un día de trabajo y favorecer mi forma de andar, completaban el casual look, que diría una comentarista de moda.

Aquel hombre —«se llama Jaime», recordé— era decididamente interesante. Le di vueltas en la cabeza a las posibles estratagemas para relacionarme con él a mayor velocidad de la que el encuentro en el pasillo podía augurar. Las cosas, afortunadamente, casi nunca suceden como uno cree, y esa tarde, por sorpresa, llegó la oportunidad.

Salí a la puerta a buscar un taxi. Eran más de las siete; la jornada se había extendido revisando unos papeles densos y aburridos, y no me apetecía volver a casa dando el largo paseo que había programado por la mañana. No me había traído el coche porque había tenido que pasar a firmar unos documentos en el banco y allí era muy difícil aparcar. Comprendí que tendría que ir hacia la esquina para poder encontrar un taxi, cuando un coche que salía del parking del ministerio se detuvo a mi lado.

—Buenas tardes, ¿necesita transporte la señora?

Era él. Me había hablado con decisión, mientras asomaba la cabeza por la ventanilla.

Tardé unos segundos en reaccionar:

—Bueno, no… esperaba un taxi.

—¿Hacia dónde vas?

—A mi casa, al Retiro, al Niño Jesús.

Su cara se iluminó.

—Estupendo; yo voy a la calle Ibiza, somos vecinos.

En cuestión de segundos estaba sentada junto a él y volvía a ser dueña de la situación. Me desabroché el trench, puse el bolso en el suelo, me ajusté el cinturón y dejé las rodillas en evidencia. Llevaba unas medias tan finas que parecía que mis piernas estaban desnudas. Las miró de soslayo mientras arrancaba el coche.

La conversación transcurrió por lugares comunes. Le expliqué por qué no había llevado el coche ese día, me preguntó por mi trabajo, yo por el suyo y los dos dimos datos sin importancia sobre nuestras respectivas carreras y destinos anteriores. Me contó lo que ya sabía, que era inspector jefe, asesor del secretario de Estado y que sustituía al comisario González, que se había ido de director de seguridad a una empresa importante.

En medio del atasco de la Castellana, aprovechó para girar la cabeza hacia mí y decir, con lo que me pareció absoluta franqueza:

—No sabes cuánto me alegro de haber coincidido contigo esta tarde. Me estaba preguntando qué podía hacer para descubrir lo que hay detrás de… —me miró una vez más las piernas y el escote— una mujer tan… elegante.

Me reí. Estaba claro que la última palabra la había pronunciado en lugar de alguna otra que, sobre la marcha, fue consciente de que era arriesgado decir.

—Yo también me alegro de la coincidencia —decidí ir, como él, por la vía de la franqueza—, es muy difícil encontrar gente interesante en el ministerio.

Desde ese momento la conversación fluyó con naturalidad; ambos dejamos claro que éramos libres, que en ese momento no teníamos pareja y que vivíamos el día a día sin preocupaciones y sin tener que dar cuentas a nadie. A pesar de eso, como hasta los hombres más integrados en las fórmulas actuales para relacionarse con las mujeres suelen querer tomar la iniciativa, decidí no dar un solo paso para prolongar el encuentro. «Si él quiere seguir hablando en algún sitio, que lo diga».

Bajábamos Menéndez Pelayo, ya casi estábamos en la plaza del Niño Jesús, y yo iba a indicarle que diera la vuelta a la rotonda para dejarme enfrente y continuar hacia Ibiza, cuando él paró en doble fila y señaló hacia un pub en los bajos de la Torre del Retiro.

—¿Te apetece un café o algo?

Me apresuré a decir que sí con el mismo gesto que habría adoptado si fuéramos amigos de años y siempre tomáramos café en aquel sitio cuando me traía a casa.

Había sillones corridos, y Jaime, con la falsa naturalidad que parecía caracterizarlo, se sentó junto a mí, desechando el silloncito que había al otro lado de la mesa. Para mirarnos, tuvimos que sentarnos de lado, y nuestras rodillas casi se tocaban.

Tónica para mí, coca-cola zero para él, patatas fritas, almendras… Inclinarme hacia la mesa para coger el vaso o picar algo era una excusa perfecta para que mi blusa se ahuecara y para que, al cruzar y descruzar las piernas, la falda fuera trepando por mis muslos. Seguíamos hablando de nuestros respectivos trabajos. Él me contó, un tanto orgulloso, que había estado destinado en muchas embajadas, algo que le había facilitado el saber inglés, una circunstancia no demasiado frecuente entre sus compañeros. Yo le expliqué que mis viajes por el mundo habían sido de placer, no como funcionaria.

—¿Sabes, Gema? —Parecía que había llegado el momento de las confidencias, y Jaime se lanzó a ellas taladrando mis ojos con los suyos—. Creo que a nuestra edad ya hay que tomarse la vida con más tranquilidad, disfrutando de las oportunidades y olvidando los malos momentos. Yo me lo he propuesto en este trabajo: dedicarme más a disfrutar de la vida y empezar a dejar de lado las ambiciones profesionales.

Creo que ya he llegado a todo lo que puedo llegar en mi profesión.

Su mirada denotaba que a donde quería llegar era a mi escote. Aproveché sus palabras para preguntar con coquetería algo que quizá era importante:

—¿A nuestra edad? ¿Qué edad?, ¿cuántos años te crees que tengo?

—No sé —respondió cortés—. Yo tengo 52, supongo que tú serás algo más joven.

Reí con ganas y apoyé mi dedo índice en su pechera, entre la corbata y la solapa, sintiendo el calor de su piel bajo la camisa.

—Tengo diez años más que tú —declaré, y esperé sonriente su reacción.

Abrió los ojos realmente sorprendido. Me miró de arriba abajo, ya sin disimulo, y atrapó la mano con la que le había tocado la camisa, la cogió entre las suyas y me dijo la mejor frase que nunca había escuchado tras revelar mi edad:

—Es un gran privilegio disfrutar de su presencia, señora.

Estaba claro que era un adulador, pero me conquistó, al menos durante esos momentos.

Le conté que, salvo mi ex, que era de mi edad, todos los hombres de mi vida habían sido más jóvenes que yo, algunos escandalosamente más jóvenes, y él me confesó, sin dejar de acariciarme las manos —yo incorporé también mi mano izquierda a las caricias—, que siempre había tenido tendencia hacia las mujeres maduras.

—¿Por qué?

—Siempre he pensado que porque no me gusta dar lecciones de sexo.

—No creo que sea por eso. Al menos yo nunca he tenido que enseñar nada a ningún hombre por ser más joven, quizá por otras cosas… falta de experiencia, timidez.

Estábamos muy cerca; nos tocábamos las manos despacio, sus dedos se introducían entre los míos, yo le acariciaba los pulgares, hacia arriba, hacia abajo… De pronto, le solté las manos y bebí lo que quedaba de la tónica. Se quedó un poco desorientado, pero recuperó la compostura y la sonrisa, esa personalísima sonrisa, muy pronto.

Dejé el vaso en la mesa, me volví hacia él y me apoyé en su rodilla; sentí que volvía a relajarse y me observaba con interés.

—Voy a explicarte cómo lo veo yo —dije—: lo más importante es el asunto de la extensión de la vida sexual. Los hombres, perdona que te lo diga, suelen tener la fecha de caducidad más cerca; hay honrosas excepciones, pero es así. Las mujeres podemos seguir practicando el sexo indefinidamente; las que no lo hacen creo que es por una mezcla de educación represiva y vergüenza a mostrar sus cuerpos más o menos deteriorados, sin fijarse en que los de sus posibles parejas tampoco tienen nada que envidiar.

Evidentemente, yo esto lo he analizado a posteriori, nunca me lo planteé al principio, sino que mi vida ha transcurrido así, siempre he sido yo la mayor.

Me escuchó sin dejar de mirarme; al principio, serio; luego, con el gesto pícaro del día que lo conocí.

Había sido el viernes. ¡Tremendo!, parecía que llevábamos semanas hablando.

—Espero que diez años de distancia sean suficientes para que se me dé el beneficio de la duda sobre mi competencia en esos territorios —dijo socarrón.

Sus labios me invitaban; sus manos se extendían sobre mi falda, pero decidí que no iba a besarlo, no todavía. Los cielos sabían que me apetecía, pero quería que el deseo se recociera en su interior, que tuviera que planear el día, la hora y el lugar de la conquista. Aquel hombre merecía la pena y no se le podía desperdiciar con un polvo improvisado el primer día que habíamos pasado algún tiempo juntos.

Adopté mi mejor sonrisa, casi neutral, y le cogí las manos afectuosamente, sin la pasión con la que las había acariciado momentos antes. Intencionadamente me mojé los labios con la lengua.

—Nunca dudaría de su competencia, caballero, pero creo que debería usted velar las armas… —Me levanté y sentencié que había llegado la hora de irse—. Mañana madrugamos —afirmé casual.

Él recogió el guante, debió de comprender que se le exigía pasar por algunos trámites antes de llegar a donde quería. Me pareció que entendía que mi postura no era la convencional de «nunca te acuestes en la primera cita», sino la voluntad de que entre nosotros se desarrollara algo más elaborado que lo que podría haber pasado esa noche. Me acompañó hasta el portal con esa actitud solícita y vigilante de los policías.

Caminamos en silencio. Ante el portal me cogió por la cintura y se acercó tanto que sentía su aliento en mi boca.

—Hablamos mañana y… vamos viendo —dijo contenido. La noche había convertido en dos pozos negros sus ojos verdes.

—Sí…, vamos viendo… —respondí, fruncí los labios como lanzando un beso al aire y me separé de él.

Solitario

Llegué a casa después de tomar un café con Gilberto, un buen compañero, con el que coincidí, hace ya demasiados años, en la academia de Policía. Me llamó para pedirme consejo cuando estaba a punto de ponerme cómodo en casa y prepararme algo para cenar. Después de ponernos al día, charlamos como dos viejos colegas y nos contamos cómo iban nuestras vidas en general. Fue entonces cuando le conté que había conocido a alguien. Si un hombre dice que ha conocido a alguien, malo. Si comenta que ha conocido a una tía, se espera que describa cómo tiene las tetas o si ha despertado su parte más primitiva, pero ¿conocer a alguien? Cuando me escuché, me dije que me estaba precipitando, sólo habíamos tonteado un poco, pero supongo que nuestro subconsciente viaja tres pueblos por delante de nuestro consciente. Como pude, me zafé de Gilberto deseándole mucha felicidad; necesitaba ir a casa y aclarar mis ideas.

Gema Aranda, ese era mi próximo proyecto y, la verdad, me gustaba que lo fuera, y no representaba ningún tipo de problema que tuviera diez años más que yo. Era una mujer preciosa, sensual como ella sola, que despertó en mí dos sensaciones diferentes: por un lado, podría llegar a enamorarme de ella, sonaba muy anticipado, pero para estas cosas, al menos yo, solía funcionar así; por otro lado, estaba el poder de la carne. Sin lugar a dudas, si tuviéramos treinta años menos, la hubiera elegido para que fuera la madre de mis hijos, y eso significaba que continuaba en plena forma para elegir con quién podría perpetuar la especie.

Después de una ligera cena, me fui a dormir; al día siguiente salíamos de viaje con el secretario de Estado a Bruselas.

Me tumbé en la cama y cerré los ojos; rememoré el generoso escote que Gema se había encargado sutilmente de mostrarme. Las mujeres para eso son únicas, saben perfectamente medir las distancias y los tiempos. Sí, si se me hubiera insinuado un poco más por la tarde, creo que hubiéramos echado un buen polvo, pero le hubiera quitado emoción al asunto, y tal vez ahí se hubiera acabado todo. Tumbado en mi cama comencé a pensar en cómo sería ese cuerpo al desnudo; me di cuenta de que estaba tocándome mientras, con la imaginación, comencé a vislumbrar cómo podría ser la sexualidad con ella. Gema había sacado mi lado más salvaje; cuando una mujer lograba hacerlo, hacía crecer en mí la necesidad de sexo feroz y apasionado. Mi erección iba aumentando, podía visualizar al detalle a esa hembra que me volvía loco, arriba, debajo, a cuatro patas… Estaba convencido de que el tacto de su piel sería extraordinario, y el mero hecho de que pudiera penetrar ese culo tan bien hecho me excitaba sobremanera.

Había practicado sexo anal con varias mujeres; por cierto, casi siempre salió de ellas la petición de realizarlo. Era muy morboso saber que los orgasmos más intensos que había percibido en una mujer habían sido cuando tenían mi mástil dentro de su recto. Imaginar tener a Gema a cuatro patas, jadeando e introduciendo mi verga en su culo, me aceleraba. Poder frotar su clítoris mientras empotraba a aquel pedazo de mujer; imaginarla gimiendo, mezcla de dolor y placer por tener mi polla dentro, llegó a ponerme a mil y, mientras aumentaba la velocidad en mi masturbación, tomé la decisión de intentar hacer el amor con ella lo antes posible. Dejé las sábanas empapadas con parte de mí y, poco a poco, me relajé y me quedé dormido.

Asaltacunas

Pasaron varios días desde que Jaime me acompañó a casa, en los que no tuve noticias suyas ni me lo encontré por los pasillos del ministerio. Aunque las secretarias me comentaron que el secretario de Estado y los cuatro asesores de la Banda estaban de viaje, me comenzó a invadir esa inquietud que nos acosa a las mujeres cuando un hombre que nos gusta no da señales de vida en el espacio de tiempo apetecido. Yo siempre había luchado contra esta sensación por considerarla fruto de la educación represiva y no igualitaria de mujeres y hombres. Nosotras siempre esperando, temerosas de no gustar; de no habernos portado correctamente en la cita; de no lograr el objetivo de que el hombre, ese macho alfa al que habíamos intentado rendir, acabara a nuestros pies.

Desde mis años de la universidad hasta poco antes de divorciarme de Alberto, viví con él en una relación monógama, pero igualitaria. Ya en la adolescencia había comprendido que lo del príncipe azul era una treta para que las mujeres nos sometiéramos a nuestras parejas, unas tempranas lecturas feministas me ayudaron a ello. Lo que pasaba entonces, y un montón de años después, era que la sociedad luchaba —y lucha— por imprimir en las mujeres el sentimiento de que el objetivo vital son la pareja y la maternidad, y que lo demás es accesorio, con lo que hasta las más evolucionadas hemos caído muchas veces en esos sentimientos de inquietud y hasta de culpa: si él me rechaza es porque he hecho algo mal.

Cuando encontré a Jaime, con una larga experiencia de soltería y de muchas relaciones más o menos fugaces, o más o menos comprometidas —según se quieran definir—, había conseguido liberarme casi por completo de esas inquietudes; por eso, volver a sentirlas con aquel policía tan educado, pero en el que se percibía la testosterona a flor de piel, me preocupó. Mi planteamiento era el de tener con él una relación amistoso-sexual gratificante, abierta a toda clase de experiencias placenteras, pero sin compromisos ni convencionalismos.