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Todo comienza en la fiesta de aniversario de bodas de ambos matrimonios. Se habían casado hacía 25 años y no pudieron invitarse a su boda por estar casándose el mismo día y en distintos lugares. Paloma y Carlos son el fruto de ambas parejas. Descubren una incipiente atracción mutua en aquella fiesta. El joven observa con asombro cómo «el patito feo» se había convertido en una atractiva mujer. La posición elevada que poseen los personajes, confronta de lleno con la aparición de «Celeste», una drogadicta marginal que vive en la Isla de Palma. La narración nos cuenta la historia de cinco mujeres y dos hombres, aspirando hacerse un hueco dentro de la sociedad moderna que les ha tocado vivir. Los personajes nos irán mostrando sus pensamientos, afanes, ilusiones y objetivos… El autor también quiere advertir del peligro que corren los adolescentes cuando se inician en el ritual del policonsumo.
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Seitenzahl: 386
Veröffentlichungsjahr: 2022
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El sol entre las nubes
Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
El sol entre las nubes
© Ignacio R. Martín Vega
© Éride ediciones, 2013
Espronceda, 5
28003 Madrid
Éride ediciones
ISBN: 978-84-18848-59-9
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Quiero agradecer de corazón a Mari Mar Ramos, a Amelia Mompean y aMaite Blanco, por haber leído con total cariño todos los capítulos, según ibaescribiéndolos. Recuerdo con cariño las tardes, en las que, a la hora de lamerienda, planificábamos el devenir de los protagonistas de la novela.
Como de bien nacido es, ser agradecido: quiero agradecer a GRUTEAR,(Grupo de terapia Anti adicciones Rehabilitadora), por todo lo que hizo pormí, cuando estaba totalmente perdido y enganchado al alcohol y otrassustancias. Hace ya un lustro de ello, y que si no hubiera sido por esafantástica asociación no hubiera podido estar como estoy en estosmomentos.
Por último, quiero dar gracias a Dios, porque estoy viviendo una delas etapas de mi vida más bonitas e intensas. Quisiera que siguierailuminando mis pasos como hasta ahora.
Sé que cualquier tiempo vivido, no fue mejor y que a mis 51 años, mequeda aún, lo más interesante por vivir.
Eduard Punset, dijo: «Hay vida antes de la muerte».
Y esto es justo lo que podemos vislumbrar en esta novela, los personajes tienen un alto nivel de involucración, con lo que les pasa; convirtiendo su vida en un cúmulo de experiencias de alto voltaje, en determinados pasajes. Éstos nos llevan de la tensión a la preocupación, de los remordimientos a la acción, de las confidencias a la intimidad, de la desesperación a ver la luz. Los negocios, las traiciones, la fidelidad, el amor, las drogas, los devaneos, la juventud, la madurez, se dan cita y en no pocas dosis.
La vida de dos familias, se entrecruza en un laberinto de situaciones, que a pesar de desencadenar circunstancias, que por otra parte, sabemos a ciencia cierta son verdad, en cualquier entorno al que nos acerquemos. Lo importante no es lo qué ocurre sino cómo lo viven los personajes y son descritas por el autor; con una fuerza, y viveza no siempre fácil de plasmar, negro sobre blanco.
Con ello consigue embelesar al lector y atraparlo en una espiral llena de sensaciones, sentimientos y emociones que los personajes transmiten continuamente y que hacen que sea muy fácil retomar su lectura y casi imposible dejarla hasta finalizar, no un capítulo sino la totalidad del libro.
Todos y cada uno de los personajes protagonistas, y que todos ellos lo son, forman parte indispensable en la trama. Estos provocan acontecimientos con efectos cruciales en el devenir de la historia.
Aquí nos vamos a encontrar de frente con la motivación que se crea en ellos, cuando tienen los motivos para actuar como lo hacen y no de otra manera. Vemos con asombro como esos motivos les empujan a levantarse cuando se caen en unos casos, o por el contrario, no son suficientemente potentes para levantarse y conseguir aquello que quieren.
Es de justicia mencionar a «Celeste» alguien que aparece y desaparece, pero que tiene una personalidad propia y que si bien su papel no es protagonista, lo parece cuando estamos con ella, por su sensibilidad mezclada con la rudeza que la vida en la calle te da; y la recompensa que obtiene cuando esta la premia con algo que a ella la satisface.
A veces la vida nos sorprende con lo que nos ocurre, en realidad aquí podemos constatar que la vida es una aventura de incalculable valor e insospechados caminos, por eso, sí, es cierto que hay: «vida antes de la muerte» y es la misión de nuestros protagonistas demostrarlo, viviendo y asumiendo las consecuencias de sus actos; unos para bien y otros para…
En definitiva de eso se trata de vivirla, de ver siempre « el solentre las nubes», aunque nos cueste un triunfo o tengamos que esperar a que escampe, y cuando así es, el sol suele brillar mucho más pletórico. Disfruten de esta apasionante lectura.
JAVIER CLAVERO
Escritor y conferenciante
El calor llegó de repente, cayendo a plomo, como preámbulo de un tiempo incierto que aún tardaría en llegar. Abril sorprendió por sus altas temperaturas y por el verde de las hojas de los árboles. Por sus jardines atestados de personas paseando que olían a merienda de los niños recién salidos del colegio. Por un sinfín de bicicletas abarrotando los carriles destinados a ellas. Por las nubes de tormenta, que de vez en cuando descargaban con fiereza dando paso posteriormente de nuevo al tempranero sofoco. Paloma estaba enfadada con su madre Verónica; le había «obligado» a asistir a la cena de aniversario de boda, que ritualmente celebraban sus padres y unos íntimos amigos. Ambas parejas se casaron el mismo día de, hacía ya 25 años y no pudieron asistir los unos a la boda de los otros. Así que decidieron perdurar a través de los años la celebración de tan magno evento. Habitualmente salían a cenar y luego aprovechaban para ir al teatro o al cine. Después acababan casi todos los años bailando en alguna sala de fiestas o cantando en algún karaoke hasta altas horas de la madrugada.
Paloma no «aguantaba» a Carlos, hijo de Sofía y de Víctor, los amigos de sus padres. Siempre le había parecido un arrogante y un presumido. Tenía que reconocer que el chico era guapo hasta reventar y que si no fuera por lo creído que se lo tenía, hubiera intentado intimar con él. De todas formas ella siempre guardaba en su mente a Carlos jugando con ella desde muy niña. Tenía un par de años más que Paloma y su trato era habitualmente dominante y arrogante. Perecía ser que Carlos estaba «sancionado» sin poder salir de casa. Según llegó a sus oídos, el muchacho había sido cogido infraganti, con algunas dosis de «Cristal» en una discoteca y fue puesto a disposición judicial y estaba bajo arresto domiciliario mientras cumplía horas en una asociación benéfica, concienciándose de los daños que las drogas suscitan en personas que ya no se valen por sí mismas y necesitan de una ayuda personalizada. Se había librado por los pelos. Cuando fue detenido aún era menor de edad y eso fue lo que atenuó las consecuencias de sus actos. Era la primera vez que cometía tan soberbia falta y no menos soberbio era el abogado que su padre contrató para atenuar el castigo.
Verónica era una mujer moderna. Nadie podría pensar, ni por asomo que ese mismo mes, apenas en diez días, cumpliría 45 años.
Todavía dejaba entrever aquella lozanía que siempre le caracterizó y si acaso, se podía afirmar con rotundidad que su belleza, no solo perduraba, sino que como el buen vino había mejorado con los años.
Desde niña el espejo y ella hicieron buenas migas. Siempre encontraba la manera de asombrar a todo el mundo. Su atractivo era natural, se maquillaba discretamente. Su preciosa sonrisa fue y es, motivo de comentario en fiestas y reuniones. Evidentemente era una mujer muy atractiva y no tenía que hacer esfuerzo alguno para que, todo el vestuario que se pusiera, encajase a la perfección. Poseía una melena natural de color castaño claro, que dejaba caer por sus hombros y unos ojos rasgados color miel, acentuaban su belleza y era causa de deseo por algunos hombres que la pretendían. A ella no le disgustaba que un hombre le mirase con deseo, más bien todo lo contrario, podía sentir el agrado de estar viva y sentirse deseada.
Tenía muy claro que pertenecía a un solo hombre. Desde que se casaron, dejó su cómoda vida laboral. Su nivel adquisitivo era óptimo y en realidad a Verónica no le hacía falta trabajar y así podía disfrutar de largas tardes con sus amigas mientras Roberto se dedicaba de lleno a sus quehaceres. Ir de tiendas, al cine, al Casino, al teatro o a cualquier otra actividad vespertina, llenaba su vida proporcionándole esa sensación de poder y libertad, que le hacía sentir un agradable efecto de autorrealización.
Roberto era un hombre trabajador y hogareño. Una de sus muchas cualidades era su bondad. No era posesivo. Si acaso por lo que se caracterizaba era por todo lo contario. Su respeto hacia la otra persona era algo innato en él y llevaba hasta las últimas consecuencias. Nunca le había gustado agraviar o acosar. A Verónica le consentía todo, aun llevando veinticinco años casados, incluso se podría decir de que estaba perdidamente enamorado de ella. Las incursiones que con asiduidad realizaba a las tiendas y que hacían echar chispas a la tarjeta de crédito, las llevaba con verdadero estoicismo; eran parte del carácter de su esposa y sabía que Verónica Jamás cambiaría. Le gustaba verla disfrutar con aquellas actividades que al fin y al cabo eran, según su criterio, una máxima entre las mujeres.
Su puesto de ejecutivo en RHB Logística, una empresa plenamente consolidada, había sido decisiva para la dinamización del sector. La labor de Roberto era crucial, proporcionando unos ingresos astronómicos a la compañía. Esa situación, junto a su eficacia profesional, era suficiente tarjeta de presentación para mantener el estatus y su actual ritmo de vida.
Roberto tenía que estar a punto de llegar, o eso deseaba Verónica, mientras se maquillaba frente al espejo de su habitación.
Una de las virtudes que veía ella en su marido, era que ejercía la puntualidad al estilo británico.
Tenía problemas para abrocharse la pulsera que hacía juego con su colgante y pendientes. Su hija estaba en la ducha y comenzaba a ponerse nerviosa.
Cuando por fin percibió una vibración característica en el suelo, y que era la señal inequívoca de la entrada del coche de su esposo en el garaje de su chalé, ubicado en una conocida zona residencial en la zona norte de Madrid, Verónica se tranquilizó y aprovechó para rellenar su copa de vermut blanco y se encendió un cigarrillo, al que le dio una honda calada, mientras cerraba los ojos para disfrutar de aquel instante. Solía pensar que la vida era bella y que había tenido mucha suerte en ella y que encajaba a la perfección en ese universo. Tenía el convencimiento de haber nacido para gastar el dinero de Roberto y que su esposo lo ganaba para su capricho. Entendía que no era demasiado buen ejemplo para su hija, puesto que Paloma comenzaba a sablear a su padre y sobre todo, se hizo más ambiciosa al cumplir los 16 años.
—Cariño, qué tarde llegas. Sabes que Sofía lo está pasando muy mal con Carlitos. Deseo verla cuanto antes y darle un achuchón —indicó de manera convincente, con el cigarrillo en los labios a punto de caérsele la ceniza.
—He tenido un día de perros, esta crisis nos está haciendo agudizar la imaginación más de la cuenta —contestó a modo de disculpa y arrimando un cenicero a la altura de los labios de su mujer, antes de que se le cayera la ceniza.
Acto seguido, Roberto, por detrás, puso sus labios en el cuello de Verónica, a modo de bálsamo. Ella le dejó hacer unos segundos encogiéndose de hombros y rápidamente le pidió que le ayudara a abrochar la pulsera.
—Podías haberle pedido a Encarna que te ayudara a ponerte la pulsera —regañó a su esposa.
—Cielo, sabes que no me gusta que ella entre a nuestra habitación una vez que ha terminado las tareas. Perturba mi intimidad. Sabes que es muy fea…
—No seas dura con ella, es un cielo de mujer…
—Pues cásate con ella —respondió a modo de broma.
—Hace mucho calor, voy a darme una ducha —informó mientras colgaba pulcramente su americana.
El sol lograba esconderse detrás del monte que se divisaba desde la habitación del matrimonio.
La temperatura continuaba siendo elevada. Roberto, Verónica y Paloma se dirigían a casa de sus amigos para poder disfrutar de la cena. Ese día no habría invitados, solo ellos cuatro y sus hijos.
Cuando llegaron al destino, observaron que en el interior de la vivienda estaban discutiendo airadamente, y eso que aún les separaban unas decenas de metros. La voz grave, inconfundible de Víctor, hizo presagiar que no estaba el horno para bollos. Tanto Verónica como Roberto se miraron, y después de unos segundos de confusión, optaron por llamar al interfono desde el interior de su turismo. La vieja Juanita les abrió la verja al cerciorarse que eran ellos.
No disimularon, tanto Sofía como Víctor andaban a la greña enzarzados en una dura polémica y por lo que se deducía, todo giraba en torno a su hijo Carlos.
Paloma fue quien quiso pasar de malos rollos y polémicas, así que fue directamente a buscar a Carlos, quien suponía, estaría en el garaje.
Cuando la pareja se percató de la presencia de sus amigos, pararon en seco las hostilidades. Sofía se acercó despacio a Verónica, colocándose precipitadamente su melena. Se advertía a simple vista que estaba contrariada.
—Disculpa, cariño —Sofía logró inventar una sonrisa—. Es que este berzotas no quiere que cene junto a nosotros Carlitos. Y a eso me niego rotundamente.
—¿Tan grave ha sido? —preguntó Verónica, acercándose a su amiga, introduciendo con un dedo un mechón del cabello detrás de la oreja de su amiga.
—Me quiero morir, Verónica —rompió a llorar desconsoladamente—. Yo no sabía que Víctor era tan… ¡Sí, el niño ha cometido un grave error, y espero que haya aprendido de él!
Nosotros somos sus padres y debemos apoyarle. Claro que hay que llevarle por el buen camino, aconsejarle y hacerle ver que se ha equivocado. Lo que más rabia me da de todo… es que Víctor hace esto solo cara a la galería. Estoy convencida de que está tan orgulloso de tener un hijo que se mete en líos —nada más concluir, se abrazó a Verónica, llorando con aflicción.
Por otro lado, Roberto y Víctor también hablaron. A lo lejos, ellas pudieron advertir un lenguaje gestual enfático. Se podía deducir que la noche, no estaba para muchas celebraciones.
Los cuatro pasaron al interior. Víctor sirvió una copa de vino e intentó que aquel caldo sirviera como elemento pacificador. Hasta llegó a dulcificar la mirada. Sofía se dio cuenta de ello y lo agradeció. Poco a poco se fue capturando un ambiente menos tenso y con más cordialidad. Mientras picoteaban unos entrantes ibéricos, se pudieron percibir las primeras sonrisas, esos indicios de cordialidad. La situación lentamente se estaba reconduciendo.
Paloma había encontrado a Carlos sentado en el sofá del garaje, con la videoconsola y la televisión puestas, pero el joystick lo tenía en una mesita y no le hacía el menor caso. Le notaba ensimismado, como enfadado. Tenía la mirada perdida y a primera vista, Paloma, percibió que él no había advertido su presencia. Tenía puestos los pies encima de la mesita que tenía enfrente de él.
—¿Carlos? —pronunció suavemente la adolescente encogiendo los hombros y sonriendo tímidamente.
—Hola, canija, ¿ya habéis llegado? —preguntó aparentando normalidad.
—¿Cómo estás? Me he enterado de lo tuyo por Virginia, la de la clase de…
—Sí, pues qué te voy a decir que no te puedas imaginar. Que ha sido un marronazo que no esperaba que me pasara y que voy a tener que extremar las precauciones si quiero que no me vuelvan a pillar —expresó rotundo.
—Pero, vas a matar a tus padres —aseguró Paloma con preocupación.
—¿Mis padres? ¿Qué se preocuparán mis padres por mí? No tienen ni puta idea de quién es su hijo, nunca me han hecho ni puto caso. Que se pudran los viejos. Veo que estás creciendo, Palomita, te estás poniendo hasta… buenorra —espetó socarronamente.
—Idiota…
—Pero si ya tienes castañitas…
—¡No sabía que eras tan gilipollas! —increpó ofendida.
—Normalmente se suele tardar unos diez minutos más en percibir que soy un gilipollas de tomo y lomo. Vas mejorando —dijo irónico.
—Venga, a cenar —dijo Sofía interrumpiendo, pero sin llegar a entrar del todo en el garaje.
Sofía de siempre respetaba la intimidad, invariablemente daba espacio para no agobiar, igualmente a su hijo. Para ella era una máxima que había aprendido desde niña. En casa de sus padres ya se respetaba esa norma como se respetaba a la Biblia o al mismísimo Jesucristo. Tenía esa cruz que llevaba a cuestas. Ella pensó que, con los años, su marido cambiaría y abrazaría con la misma intensidad la fe. No pudo cumplir ese deseo.
Para él, el cristianismo era cosa de débiles y que, pensadores como Cristo, había a patadas. La Humanidad había sacado filósofos tan o más elocuentes y talentosos que ese tal Jesús. Tiraba si acaso por el lado exótico del Tíbet y de su forma de vivir y de plantear el interiorismo humano. Pero solo como ejemplo de autocontrol y en absoluto como religión. Pasaba olímpicamente del Dalái-Lama como del resto de líderes espirituales. Su religión era el trabajo y el pisar con fuerza a los demás. Se acostumbró a poner zancadillas para llegar lo más arriba posible. Un trabajo arduo que le permitía estar a bien consigo mismo y a la vez le aportaba unos ingresos sustanciales. El mundo era un sitio competitivo y la jungla de cristal, un lugar que «le ponía». Era una sensación fálica, sugerente, indescriptible… la erótica del poder era algo que le fascinaba y motivaba. Le encantaba ver como de vez en cuando algún rival próximo a su área de influencia quebraba por su intervención. «Un enemigo menos», se decía cuando esto sucedía. Él estaba con Sofía porque realmente ella era el accesorio perfecto para mostrar en la calle, o en las recepciones de trabajo, como un elemento meramente decorativo. La percibía como un ser frágil. Le gustaba ir acompañado de su esposa al teatro o a un buen restaurante. Eso de abandonar la competitividad por unos instantes era como un bálsamo.
Carlos y Paloma se levantaron de mala gana. El horno no estaba para bollos. El tema no iba con ella y después del inicio que habían tenido aquella tarde noche, no le importaba que se llevara ese descarado, un buen rapapolvo.
La mesa estaba puesta y los comensales sentados alrededor de ella. No pudieron disimular la tensión, aunque ya había mitigado algo la intensidad. Juanita servía la mesa y contagiada del ambiente, se limitó a pasar de manera delicada y en silencio al lado de los integrantes de la mesa. Cuando pasó al lado de Víctor, se notó tensión, una rigidez que cortaba. Se podía masticar el enfado de Juanita. Víctor la respetaba sobremanera y paradójicamente Juanita era el barómetro que influía en las decisiones hogareñas.
Juanita servía a la familia desde que Víctor era un mocoso, en casa de sus padres. Había «criado» a Víctor y posteriormente también a Carlos. Ella conocía a la perfección, tanto al padre como al hijo y sabía que eran tal para cual.
—Ahí tiene el señor, échese lo que le apetezca —dijo la criada malhumorada, con descaro y dolorida.
—A mí no me hablas así, ¿has entendido? Pronto te pongo de patitas en la calle.
—Lo que el señor ordene, no se preocupe, lo que tarde en recoger mis cosas y me voy —amenazó en tono solemne, estirando el cuello, pero con sosiego.
Juanita salió del salón dejando a los comensales sin saber que decir. Transcurrieron unos segundos que parecieron horas. Se produjo una tensión que parecía ir en aumento. El único en reaccionar fue Víctor. Dejó el cubierto encima de la mesa y se levantó pausadamente. Sofía sabía que cuando su marido reaccionaba así, era porque quería abordar y arreglar el problema.
La distancia que separaba el salón de la habitación de Juanita fue suficiente para que a Víctor se le disparara el corazón. Era una persona muy querida para él, con la que llegó a intimar, más que con sus padres. Esa mujer era la voz de su conciencia. Algo limpio en su vida y deseaba que perdurara. Lo que más temía en este mundo era defraudarla. No quería que se marchara y deseaba arreglarlo todo cuanto antes. Llegó a la altura de su habitación. La puerta estaba entreabierta. Pudo observar como lloraba mientras sacaba prendas de su armario.
—Perdona —dijo Víctor escueto, mientras entraba a la habitación.
—¿Te ha dado alguien permiso para que entres? Mientras que esté aquí, ésta es mi habitación y lo respetas. Haz el favor de salir.
—Sabes que lo siento, y sabes que te respeto…
—He soportado todas tus extravagancias porque no soy tu madre. Si hubiera sido por mí, te hubiera pateado el trasero en más de una ocasión; eres un niño mal criado, como tu hijo Carlos. ¿Acaso te has ocupado de él en algún momento?
—Juanita…
—¡Ni Juanita ni leches! Has malcriado a tu hijo sin importarte las consecuencias y ahora está el pobre envuelto en ese rollo de las drogas por tu culpa. Ahora, si no te importa, recojo mis cosas y me voy, que ya estoy muy mayor para ver cómo se estropea otro miembro de esta familia.
—¿Otro miembro? —preguntó Víctor confundido.
—Claro, tú eres el primero que se estropeó hace muchos años.
Tu mujer no se da cuenta de la misa a la mitad, pero ¿crees que soy tonta?
Juanita rompió a llorar, dejándose caer en la cama. No era la primera discusión que mantenían, pero era obvio que aquella, había marcado un momento de inflexión. Por fin había sido valiente. Le había dicho a ese hombre todo lo que sentía. Lo tenía que haber hecho mucho antes. Siempre hubo algo que le impidió tomar esa decisión. En cierta manera ella sabía que no se iría de ahí. ¿Qué iba a ser de Carlitos sin ella? Solo con pensarlo se angustiaba. Poco a poco fue componiéndose. Víctor aún estaba presente en la habitación y habían pasado más de veinte minutos. Él se había quedado ahí, impertérrito, esperando a que su Juanita se calmara.
Mientras tanto, en el salón comedor las cosas tampoco estaban mucho mejor. Se notaba que el aire estaba denso; costaba respirar y Carlos dejó su forma sarcástica de tratar las cosas que, a su madre le sacaban de quicio para unirse a la tensa espera. Todos deseaban que Juanita regresara. Sofía no quiso levantarse de su silla, se resignó a que su marido, como siempre, «solucionara los problemas».
Verónica mientras esperaba, optó por beber un par de vasos de una botella reserva de Rioja. Roberto no se percató, tenía la mente en otro sitio. Realmente, la situación en su empresa era crítica y temía lo peor. El consejo de administración estaba estudiando una OPA que habían lanzado a su empresa por la mañana. Los ejecutivos como él estaban blindados y se llevaría un pellizquito nada desdeñable por su despido. Lo malo era que Verónica tendría que ralentizar su ritmo de vida. A él no le preocupaba su futuro.
Víctor entró por la puerta y definitivamente su semblante había cambiado. Estaba más sonriente y pidió disculpas. Dijo que había dado la noche libre a Juanita y que él mismo serviría la mesa.
Esa noticia hizo reaccionar a Sofía, no permitiendo que su esposo sirviera la mesa.
Sofía y Verónica se levantaron y fueron a la cocina. Se encontraron para ser servido un menú ligero y variopinto. Había langostinos con fideos de arroz, cabracho con frutos secos, milhojas de anguila, fue de pato y manzana. Jarrete de ternera con ciruela y sopa fría de naranja.
Poco a poco el ambiente fue relajándose, empezaron a proyectarse sonrisas en los rostros de los comensales.
Degustaron un par botellas de vino y Verónica participó de manera activa. Se le ponía una sonrisilla característica cuando el alcohol le hacía efecto y se le subía a la cabeza. Era más chistosa y tendente a decir bobadas. A su marido no le disgustaba en exceso, ya que no solía meter la pata. En ocasiones había hablado con Verónica, él estimaba que bebía demasiado para ser mujer.
El ambiente había dado un giro de ciento ochenta grados y las sonrisas aparecieron de manera más espontáneas. Víctor enterró el hacha de guerra, al menos momentáneamente. Permitió que Paloma y Carlos fueran al garaje a jugar a la videoconsola.
Paloma se quedó mirando unos posters que tenía Carlos en la pared, al lado de la videoconsola. Eran conocidas chicas, ligeras de ropa, insinuantes, provocativas y sensuales. Él observó en silencio como Paloma las miraba con cierta admiración. No parecía que fuera a decir nada malo al respecto.
Mientras se cargaba el juego en la videoconsola, Carlos aprovechó para sacar un cigarrillo y encendérselo al más puro estilo Bogart, propinando una calada profunda. En aquel momento creía ser un icono delante de Paloma. Ella le miró con cierta dosis de asombro.
—¿Quieres un cigarrillo? —preguntó seguro de sí.
—No, no fumo —contestó ella, sin ser demasiado convincente.
—No me lo creo, las mocosas de vuestra edad fumáis casi todas —afirmó Carlos, dejándose caer a plomo en el sofá.
—Pues créetelo…
—La futura madre de mis hijos, al menos en su etapa adolescente, tiene que saber qué se siente al fumar un cigarro, un porro… y haberse metido un poco de todo. Si no, ¿qué consejo de mierda les dará a sus hijos cuando quieran hacerles ver lo malo que es drogarse?
—¿Ya has decidido quién va a ser la madre de tus hijos? —curioseó con ingenuidad.
—Sí, claro —aseveró convencido.
—¿Es guapa?
—Mucho. Mira, ven —se incorporó ágilmente, situándose delante de un espejo que había al lado del equipo de música—. ¿Has visto lo guapa que es?
—Bobo. Te lo decía en serio.
—Te lo he dicho totalmente en serio —afirmó, atrayéndola hacía sí, sin encontrar apenas resistencia.
—Suelta —dijo en un susurro.
—Te has convertido en una mujer preciosa, eres como el patito feo —afirmó susurrando, acercándose quietamente a sus labios.
Carlos la besó y ella se dejó hacer. Paloma había besado a un par de chicos con anterioridad, pero nunca de esa manera. Sus lenguas se entremezclaban. Emitió un jadeo, delatando que aquella experiencia le estaba complaciendo. Carlos observó con detenimiento el rostro de Paloma, mientras ella le correspondía con los ojos cerrados, entregada.
—Me alegro mucho que hayas venido esta noche —declaró, cuando se despegaron para tomar aliento.
—¿Sí? —preguntó cándida.
—Claro. Además, he notado algo… algo que te dije antes y veo que estaba totalmente equivocado.
—¿Qué cosa?
—Son unos pechos preciosos —aseguró mientras rozaban sus cuerpos.
—Nos van a pillar —dijo incómoda, separándose rápidamente, totalmente ruborizada.
—Tengo liados un par de porros —anunció sorpresivamente, mientras se dirigía a uno de los cajones que había cerca de la videoconsola.
—¿Vas a fumar un porro aquí? —preguntó con sorpresa.
—Claro, por aquí no va a venir nadie —afirmó categórico.
—Yo solo bebo whisky con cola, los findes —expresó brabucona.
—Ven —pidió Carlos despacio, cogiéndola de la mano.
—¿Dónde?
—A ver las estrellas, hoy brillan mucho más…
—¿Por qué? —preguntó, dando cierto toque ingenuo a la pregunta.
—Porque has venido tú —confirmó mientras se encendía un porro de cannabis.
Paloma observó cómo Carlos daba profundas caladas y no soltaba el aire, reteniendo el humo en los pulmones de manera consciente…
Había refrescado, aun así, salieron al jardín para charlar. En un ambiente aún un tanto enrarecido, los dos matrimonios intentaron olvidar malos momentos.
Víctor sacó unas botellas de licor al jardín. No quiso pedir a Juanita que les sirviera. Con haber logrado contener su ira e impedir su marcha, le era más que suficiente. Si se hubiera ido Juanita, se habría perdido un estandarte vivo de aquella familia.
Víctor solo concebía de una sola manera la marcha de aquella mujer: el día de su fallecimiento. Únicamente podía ser de esa forma. Precisamente su muleta, todo su apoyo lo tenía en su vieja sirvienta. Había regañado a dos generaciones de esa familia, tenía potestad para hacerlo. Cada vez que necesitaba paz interior, recurría a ella. No podía consentirse que por una salida de tono, perdiera a su fiel Juanita. Víctor estaba acostumbrado a luchar en la jungla. En esa jungla estaban todos sus competidores, rivales de otras empresas, sedientos, ávidos de machacar y arruinar todo lo que se les pusiera por medio. Se había merendado varios adversarios y su conciencia estaba imperturbable. El mundo era así de cruel y competitivo, pero perder a su fiel sirvienta, hubiera sido un error estratégico tremendo de inciertas consecuencias. Sabía que las aguas no volverían a remansarse hasta pasados quince o veinte días.
Víctor ejerció de anfitrión y sirvió una copa de Cava bien frío para poder brindar por sus respectivos matrimonios.
—Quiero no perder el tiempo y brindar por mi preciosa Sofía —comenzó hablando, dirigiéndose a su esposa, mirándola fijamente a los ojos—. Hoy puedo decir y anunciar con orgullo, que llevo junto a ti veinticinco años. Por cierto, los más felices de mi vida.
Eres la mejor mujer del mundo, una esposa maravillosa, y una gran madre. Tú no tienes ninguna culpa de que nuestro hijo Carlos se haya despistado algo y te prometo que hablaré con él para enmendar el problema —concluyó, acercándose a ella haciéndole entrega de una pequeña cajita, envuelta en papel de regalo.
Era un coqueto, pero discreto collar de brillantes que Víctor ayudó a poner a su esposa en el cuello. Fue un regalo que dejó a Sofía sin palabras. Más que el collar en sí, y eso que era una preciosidad, fueron las palabras que comentó con respecto a su hijo Carlos, las que llegaron a su corazón.
—No sé qué decir, bueno, sí —comenzó. Una lágrima le recorría lentamente una mejilla—. Tengo también algo para ti —extendió otra cajita que estaba envuelta en papel de regalo y que abultaba muy poco. Todos se quedaron expectantes.
Víctor sorpresivamente dio claras muestras de nerviosismo. Esperaba algo grande en el interior de aquella diminuta caja.
Después de unos instantes de incertidumbre, pudo abrir la cajita, donde había un pequeño accesorio electrónico, de esos que tanto utilizaba su esposo. Concretamente, era una agenda electrónica.
Víctor se quedó algo confundido, no se esperaba algo tan insustancial. Después de digerir el regalo y fingir satisfacción, sonrió forzadamente y jugueteó con la agenda sin saber qué decir.
Se podía intuir cierto desencanto. Él sabía que todo lo que había dicho delante de sus amigos a su esposa, no era más que palabrería y demagogia barata. Su relación estaba quebrándose y ella continuaba con él, porque su confesor así se lo recomendaba y porque el dinero de la familia era de Víctor y aunque interpusiera una demanda de divorcio, no habría un reparto de las posesiones, puesto que la madre de Víctor la obligó a firmar una estricta separación de bienes. Al principio eso a ella no le impidió amar a su marido y no le importó lo más mínimo. El problema fue cuando comenzó a ser consciente de los devaneos que mantenía con otras mujeres. Supo resignarse, pedirle a Dios y ser una buena esposa, fiel y obediente. Su confesor y guía espiritual, aconsejaba a Sofía a la vieja usanza. Don Eugenio, sacerdote y amigo de la familia, le animaba a permanecer en las virtudes maritales. El matrimonio era un Sacramento indisoluble y ella tenía la obligación Sacrosanta de aportar la fortaleza, el sentido común y la santidad que merecía.
Era la única forma de que su esposo retornara al redil. Don Eugenio siempre decía a Sofía que los hombres eran tendentes a echarse una canita al aire. Le exhortaba a que no le diera importancia, que con su ejemplo vivo podría conseguir que Víctor llegara a ser el marido que toda mujer desea.
—Estás tan despistado que no has mirado dentro de la agenda. Pone algo el día dos de mayo —informó sonriente a su marido.
—¿El dos de mayo, dices?
—Sí, cariño —concluyó sosegadamente.
—Dos de mayo, dos de mayo, a ver…
Víctor cliqueó en su nueva agenda y encontró un mensaje:
«Viaje a Roma, retorno a la Fontana de Trevi». Carraspeó antes de hablar.
—Perdona, cariño, estaba en otro sitio, sabes que tengo muchas ganas de volver a Roma. Tú y yo tenemos pendiente besarnos en aquella preciosa fontana de nuevo. Gracias —concluyó «emocionado».
Dejaron que la sensación de frescor les envolviera. Se produjo un incómodo silencio, provocado por la pasividad de Roberto. Se suponía que era su turno. Sofía hizo un pequeño movimiento de cabeza, casi imperceptible, para animar a Verónica y que saliera del aturdimiento. Roberto fue quien reaccionó, carraspeó y tomó su copa de Cava, que aún estaba llena, la alzó y se dispuso a hablar con su esposa Verónica.
—En realidad no sabía qué comprarte, así que me fui a pasear y no se me ocurría nada. Me pregunté qué te apetecería. Cada vez estaba más confundido. Así que vi… —se produjo un prolongado silencio. Roberto abandonó gesticulando el lugar donde se encontraban y se dirigió a un pequeño sauce que había unos metros más allá, donde anteriormente había escondió un paquetito—. No quise dar muchas más vueltas, además, tienes el ticket para devolverlo si no es de tu agrado.
Verónica arrancó de las manos el paquete que Roberto con esmero había asido de manera casi inexpugnable. Lo abrió ávidamente. Dejó al descubierto en décimas de segundo un bolso de marca y ella quedó visiblemente desilusionada.
—¡Otra como Víctor! —avisó entre carcajadas.
—¿Quieres decir que hay algo dentro del bolso? —inquirió nerviosa.
—Afirmativo —dijo guasón, mientras dejaba su copa de cava encima de la mesa.
Estaba ansiosa y emocionada. Había bebido suficientes copas como para tumbar a un elefante. Verónica abrió el bolso e introdujo la mano. Su rostro pasó de ser un enorme interrogante, a poner un gesto de asombro. El ¡¡oohhh!! de admiración que exteriorizó, fue lo suficientemente expresivo, para que los ahí presentes advirtieran que se trataba de un regalo de peso. Sacó una única llave de coche, de la marca BMW. En un microsegundo fue consciente de que se le trababa la lengua. Se le encendieron todas las alarmas. Había bebido lo suficiente para no poder articular palabra. Hizo un enorme esfuerzo para intentar sin éxito, expresar su alegría. No se le ocurrió nada para salir del atolladero. Estaba convencida de que no había bebido tanto.
Al carecer de recursos para salir airosa del trance, Verónica vio el cielo abierto cuando observó que por la angustia que estaba empezando a sentir, se le saltó una lágrima. Dejó que recorriera su mejilla hasta que llegó a la comisura de los labios. Comenzó a llorar simulando una emoción por aquel regalo que realmente no sentía.
Cogió expresivamente la llave con la mano mostrándola con turbación. Dio a entender que era la sorpresa la que originó que se quedara muda e impertérrita. Sofía se acercó a Verónica emitiendo un enorme «¡¡¡oh!!!» echándola un capotazo. Ella sí se había percatado de que su amiga, y como en otras tantas ocasiones, estaba embriagada.
—¿No vas a hacer a tu marido entrega de su regalo? —preguntó astuta.
—Claro —comenzó, luchando por mantener la verticalidad, exhibiendo más sombras que luz—, espera, que lo tengo por aquí —continuó gesticulando, mientras buscaba torpemente en el bolso que había llevado—. Aquí tienes, cariño —dijo entregándole unos billetes de avión.
—Parece que nos vamos juntos a Roma —dijo a Víctor, con total asombro.
La noticia no hizo vibrar a nadie. Víctor pidió a Roberto que le acompañase a por hielo; quería servir unos whiskys.
Ambos se dirigieron al interior de la vivienda. Roberto estaba visiblemente callado, parecía molesto. Su amigo no sabía si era a propósito de la notoria borrachera que exhibía Verónica. Si la preocupación no fuera por Verónica, sabía a la perfección cuál era el origen de su seriedad.
Víctor era su amigo, pero eran enemigos en la maratón empresarial. PLATESCOM-CORPORATION —empresa de Víctor y a través de una desconocida filial MASHA-ENTERPRISE, quería hacerse con el control de la empresa, donde trabajaba Roberto.
—¿Qué pasa, tío? Te veo muy callado —sondeó Víctor.
—No sé, pero parece que esta crisis nos está afectando más de lo que pudiera haber previsto —afirmó cariacontecido Roberto.
—Ya será para menos…
—Nos ha llegado una oferta de absorción esta mañana, hemos estado como locos todo el santo día, intentando contrarrestar el ataque de una tal MASHA-ENTERPRISE. Por cierto, ¿sabes algo de ellos?
—No, no me suena de nada —fingió esquivo Víctor, mientras sacaba hielo del congelador.
—No sé, estoy acojonado. Por favor, no se lo digas a Verónica, puede llevarse un disgusto.
—Pero, ¿no podrás viajar?
—No es eso, no me preocupo a corto plazo, pero no quiero incomodar a Verónica. Por favor, no le digas nada. Ni siquiera a Sofía.
—Descuida, amigo. Si me entero de quiénes son esos, te lo hago saber. Venga, ahora nos vamos a tomar unos whiskys y no te preocupes, sabes que puedes contar conmigo para lo que te haga falta. Somos amigos —tranquilizó a Roberto y ambos salieron al encuentro de sus esposas, quienes ya estaban charlando animadamente.
Sonó el despertador y la percepción de aquel estridente sonido, era para Verónica, como si estuviese sonando una alarma antiaérea en un conflicto bélico en alguna ciudad de Oriente Medio. Un agudo dolor de cabeza envolvía todo su entorno, convirtiéndose así, irremediablemente en zona hostil. En ese momento, ella deseaba no estar viva. No era la primera vez que se enfrentaba a una situación similar. Lamentaba haberse bebido todos y cada uno de los vermuts, vinos, cava y whiskys la noche anterior. Un sabor ácido le subía por la garganta hasta su maltrecho paladar, provocando en ella una sensación de ahogo y malestar extremo y nauseabundo. No sabía el por qué había sonado el despertador aquella mañana. Era sábado y Roberto no iba a trabajar. Se dio media vuelta en la cama, sin poder abrir los ojos y estiró el brazo izquierdo, percatándose de que no estaba su marido acostado. Cuando fue capaz de abrir un ojo, pudo apreciar que el techo seguía invariable, como la noche anterior, dando vueltas incesantemente. Optó por cerrarlo y tomó la decisión de no abrirlo en todo el día.
Los fines de semana, Verónica y Roberto los utilizaban para estar juntos. Realizaban viajes cortos a ciudades españolas, utilizando la red de paradores nacionales. Se incorporó y se quedó sentada en la cama, sintiendo de nuevo un pinchazo en la sien que le atenazaba.
Vio cómo Roberto entraba en la habitación, desnudo y secándose el pelo de la cabeza frotándose con una toalla después de ducharse.
—Estás hecha polvo, no te mires al espejo, saldrías corriendo —afirmó Roberto acercándose a ella dándola un beso en su melena enmarañada.
—Me quiero morir, no volveré a beber más en mi vida —aseguró convencida y maltrecha, intentando hablar bajito para que no le molestara su propio tono de voz.
—Haz lo que desees, pero, ¡tienes que tener un cuerpo jota…!
—No levantes la voz, cariño —suplicó, subiendo los hombros y dejándose caer de nuevo en la cama.
—Voy a pasar por la oficina, tú duerme, vengo a la hora de comer —informó.
Verónica se quedó tumbada sin poder pegar ojo. Su dolor de cabeza era tan acuciante, que decidió tomar un Alka-Seltzer.
Tendría que vencer aquella vicisitud. Cuando tomó el analgésico y un par de vasos de agua, fue en busca de su cajetilla de cigarrillos.
Aún sintiendo un enorme ardor en su maltrecho estómago, se encendió un cigarrillo. Al propinarle la primera calada, le sobrevino un acceso de tos seca que le hizo desestabilizarse, teniendo que sujetarse, apoyándose con su mano libre en la pared.
Posteriormente sufrió una arcada ácida. Se mantuvo agachada, y solo sintió cierto alivio cuando decidió incorporarse. Buscó el bote de bicarbonato; era el remedio más eficaz para luchar contra los feroces ardores provocados por los ácidos.
Sofía participaba pasivamente de los actos de su esposo y sabía que eran éticamente reprobables. Había aprendido a digerirlo. Lo malo fue cuando escuchó por casualidad una conversación telefónica que mantuvo su marido con uno de sus socios. Pudo oír cómo hablaban de la empresa de Roberto y lo feliz que se sentía por poder hundirle en la miseria. Aquella conversación la mantuvo con aquel italiano.
Mario De Luca, era un carroñero sin escrúpulos. Le hacía todo el trabajo sucio. Ese hecho la enervó considerablemente. Hablar de aquel tema estando lo suficientemente cerca para oír lo que tramaba su esposo fue un trágico error. Consideró una cobardía, no haber tenido el coraje suficiente para haber prevenido a Roberto la noche anterior. Su conciencia le dictaba que debía actuar. Todo en su vida giraba en torno a su inseguridad y a su cristianismo conservador.
Ella hablaba con Dios y le pedía constantemente consejo. Había perdido en parte, su personalidad por pedirle a un Dios con el que no lograba comunicarse, pero por fe sabía que estaba ahí para ayudarla.
Sofía pensaba que Roberto era esa persona que entraba en todos los perfiles modélicos. Era muy buena persona, aparentemente un marido ejemplar, un gran padre. Su hija Paloma le adoraba. Verónica estaba encantada con él. Lógicamente y conociendo a su amiga, sabía que ella le utilizaba, y Roberto se dejaba utilizar con sumo agrado. No le importaba que ella perdiera cantidades escandalosas en el bingo.
Sofía en ese instante era un mar de contradicciones.
Jugueteaba con su teléfono móvil y su agenda estaba preparada para llamar a Roberto. Cabía la posibilidad de que todo lo que habían logrado hasta ese día, toda su amistad, se pudiera volatilizar si realizaba aquella llamada. Influenciada por el runrún de aquellos acontecimientos, tenía que encontrar una solución intermedia y lo único que se le ocurría, era una salida parcial, donde ella actuase sin ser descubierta. Entonces sonrió feliz, tuvo una idea. Víctor no estaba en casa, los fines de semana apenas se veían y como otros tantos sábados estaba sola. Se introdujo en el despacho de su marido. No quería pensar en las consecuencias de sus actos o de cómo reaccionaría Víctor si se enteraba. Si encontraba lo que buscaba, se lo haría llegar a Roberto de manera anónima. Sería como purgar su conciencia.
El despacho estaba pulcramente ordenado, no había cabida a la improvisación. Se evidenciaba un orden tal, que para ella era poco más que un reducto inexpugnable. Era casi imposible fisgar sin ser descubierta. En ese momento fue consciente de que su marido no se fiaba de nadie, ni siquiera de ella. Todos los cajones estaban meticulosamente cerrados con llave. Su sorpresa fue mayúscula cuando observó al retirar el falso cuadro de Picasso, que la caja fuerte estaba mal cerrada. Víctor cometió un craso error, y ella intentaría aprovecharlo. Parecía que el destino quiso aliarse con ella, al menos por esa vez. Respiró hondo y contó hasta diez. La frecuencia cardiaca iba in-crescendo. La posibilidad de encontrar algo sustancioso le excitó sobremanera. Se preguntaba si en el interior de esa caja guardaría muchos secretos su marido. La decisión estaba tomada. Al abrir la puertezuela de la caja, tuvo que fijarse cómo estaban todos sus papeles colocados para no cometer el más mínimo error. Fue mirando por todas las carpetas y documentos, hasta que dio con un documento de la empresa MASHA-ENTERPRISE. «Bingo», se dijo excitada, al observar con verdadera exaltación que aparecía el nombre de su marido como presidente en la cadena jerárquica de la empresa. No lo dudó ni un solo instante, posó el documento en la mesa del despacho y le hizo una fotografía digital con su teléfono móvil. Sintió algo nuevo y excitante que hasta entonces nunca había percibido. Era ella quien en ese momento gobernaba el rumbo de su vida y le pareció una experiencia sumamente agradable. Velozmente colocó de nuevo la documentación en su sitio y dejó todo pulcra y exactamente como lo había encontrado. Tenía la prueba, ahora solo quedaba ejecutar la acción. Introdujo mediante el cable USB de su ordenador la fotografía que había realizado. Claramente se podía leer el nombre de su esposo como presidente de la compañía. El documento estaba firmado ante notario, registrado y compulsado debidamente. Sacó una copia impresa de aquel archivo, lo dobló y lo introdujo en un sobre. Tenía un escondite entre sábanas en su habitación, ahí solía ocultar de vez en cuando cosas de poca importancia. Depositó el sobre en blanco, sin escribir dirección ni remitente. Poco después se sentó en la butaca de su habitación. Se dio cuenta de que sudaba y temblaba ligeramente. Tenía la certeza de estar haciendo lo correcto.
Se sentía justificada. No podía evitar los nervios. Jamás había actuado de esa manera. Ella suponía que su marido estaría acostumbradísimo a utilizar esos subterfugios. Lo que su esposo estaba haciendo con Roberto no tenía nombre. Jamás hubo fricción entre ellos.
Fue una noche fuera de lo común, encontré a un tío en el DoubleDuce al que no conocía de nada y me invitó, primero a unos cubatas y después, una vez intimamos lo suficiente, a una papelina de Heroína. Primero nos quedamos en un rincón de aquella perdida cala de la Isla de Palma, y cuando nos fumamos el chino, cada uno se quedó por ahí, volando en aquel magnífico globo. Hacía tiempo que no me metía algo tan bueno y podría asegurar sin riesgo a equivocarme que sería casi imposible repetir. Me dijo que tenía más y que le gustaría verme de nuevo por la tarde. De hecho, quería que no nos hubiéramos separado por la mañana. Pero yo por las mañanas tengo cosas muy íntimas que hacer, y eso, no lo comparto con nadie.
Primero a las once, a la hora del recreo, me planto detrás del enorme árbol que hay enfrente de su cole, para que mi Belén no me vea. Observo cómo crece día a día y sé que la decisión de entregarla en adopción fue lo mejor para ella. Yo me digo muchas veces que es mi hija, y que sería yo quien la tendría que cuidar.
Pero después de un buen «viaje» entiendo que sería ella quien cuidaría de mí y que eso, no sería vida para una niña de tan solo ocho años. ¿Qué clase de madre sería si la tuviera conmigo? Sería «una madre de mierda». Por mi experiencia, todo lo que hago se convierte en polvo y ceniza. A las dos y con sumo cuidado, presto la debida atención para ver salir a mi niña del colegio, en la intimidad y puedo constatar que se está criando sana y feliz.
Eso para mí ya es suficiente. Luego suelo ir a cualquiera de los comedores sociales que hay en la isla y posteriormente me busco la vida en algún acceso de polígonos industriales. Cada vez menos, pero siempre hay algún camionero que quiere que se la chupe y claro, hay que aprovechar, que la vida está muy mal.
Por la tarde y después de comer, me acerqué por el DoubleDuce con el extraño presentimiento de que no volvería a ver más a ese enigmático desconocido. Con las prisas y el pedo, se me olvidó preguntar su nombre. Pero ahí estaba, con esa ruda mirada y aquel gesto que he visto en multitud de ocasiones en otras personas. Se podía percibir fácilmente el del dolor y la angustia en aquel ajado rostro. Era ese tipo de gesto característico de querer desaparecer del mapa cuanto antes. En mi entorno es habitual ver esa seña e intuir que la persona que la posee, tiene todas las papeletas para abandonar este mundo cruel.
Ahí estaba, en el Double Duce. Era un garito que olía a whisky de garrafón, a vómitos de madrugada y donde aquel pianista borracho, nos deleitaba a la selecta clientela con sus tristes baladas.
Si por alguna fatalidad, no aparecía el intérprete, la cosa cambiaba.
Johan, que así se llamaba el holandés, dueño de aquella leonera, nos iluminaba con la vieja música de los Deep purple, Jimi hendrix, Janis Joplin, Joe Cocker, Pink Floyd o Lou Reed. Nos iluminaba como un místico mesías del rock and roll y nos animaba a las típicas peleas de bar, donde las botellas y los vasos solían estamparse las noches de los viernes o sábados, contra algún cráneo o alguna maltrecha pared del local.
Sonaba melancólica la canción Hotel California, de Eagles.
Johan frotaba con parsimonia un vaso de tubo. El propietario intentaba otorgar al garito una entidad que no poseía. Yo observé fijamente, durante unos instantes al hombre con el que pasé la noche anterior. Las mujeres que estamos tanto tiempo en la calle sabemos distinguir si un tío es buena gente o no. Mi desconocido, no tenía pinta de ser mala gente. Se podía percibir con nitidez que hubo en su pasado algo que le rompió el corazón. Su gesto de dolor era más agudo por la tarde y eso que en el Double Duce siempre era de noche y siempre olía a vómitos rancios.
—Yo… soy… Celeste, pero todo el mundo me llama «Celes» —confesé, sentándome a su lado.
