Y ahora... tú - Ignacio Ramón Martín Vega - E-Book

Y ahora... tú E-Book

Ignacio Ramón Martín Vega

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Beschreibung

¿Se puede ser adolescente a los ochenta y cinco años sin haber perdido la cabeza? Esa es la pregunta que tendrá que contestar Alejandro. El día que ingresa en la residencia de ancianos lo hace con el convencimiento de que su vida está llegando a su fin. Sorpresivamente se cruza con ella: Lucía, aquella mujer con la que vivió un intenso y apasionado romance cuarenta años antes. Entonces, su mundo se remueve. Solo Alejandro conoce la razón por la que no pudo asistir aquel día a la cita donde iban a emprender una vida juntos y, ahora, tendrá que responder por ello. La vida resurge de nuevo; la muerte puede esperar.

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Seitenzahl: 240

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Y ahora... Tú

Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Y ahora… Tú

© Ignacio R. Martín Vega

© Éride ediciones, 2022

Espronceda, 5

28003 Madrid

Éride ediciones

ISBN: 978-84-18848-71-1

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Desde su primera novela su máxima pretensión ha sido la reflexión sobre la vida a través de sus personajes. Da lo mismo cuál sea la temática. El análisis de la sociedad y sus componentes es primordial para Ignacio Ramón Martín Vega. En esta novela se esfuerza en querer mostrar que la edad solo es un impedimento a la hora de perseguir sueños si no se está convencido de querer vivir con la debida premura. Hasta que no se produce el final de la existencia, siempre hay objetivos, metas y sueños a los que acudir.

A mamá y papá.

No me acostumbro al dolor que me produce vuestra pérdida. Con ocho meses de diferencia decidisteis iros al cielo.

Este mundo ya no es igual sin vuestra presencia.

Os quiero.

Prólogo

Dijo Séneca que «nacemos para empezar a morir».

Se han vertido ríos de tinta sobre amores adolescentes y amores maduros, pero muy poco se ha escrito sobre amor en la ancianidad. Como dice Zenaida Bacardí de Argamasilla, «el envejecimiento no es un momento del tiempo, sino el instante preciso en que renunciamos a vivir». Así nos encontramos con viejos de cuarenta y jóvenes de ochenta.

Lucía y Alejandro, protagonistas de esta historia, lo saben bien. Sin querer hacer un spoiler, solo diré que Ignacio Ramón Martín Vega es un escritor que tiene la habilidad de ponerse bajo la piel de una mujer de cuarenta y cinco o de ochenta, con la misma facilidad con la que se pone debajo de la de un hombre de esas mismas edades. Saber qué siente un hombre maduro lo tiene fácil, porque él lo es, pero sentir como lo haría uno de ochenta ya no es lo mismo.

Ignacio es un escritor fácil sin que ello le reste importancia; todo lo contrario. Navegamos en el eterno debate de si siempre tenemos que leer a los mismos. En mi opinión, como docente, un buen escritor es aquel que consigue sintonizar con el lector, que hace a sus personajes creíbles y consigue arrancar sonrisas y lágrimas a través de sus palabras. Ignacio lo logra con soltura. He terminado la lectura llorando y me he ido a la cama con la tranquilidad de saber que el amor puede con los años.

Siguiendo con mi criterio, y esta vez como escritora, un buen libro no es siempre el que gana premios o el que viene respaldado por un gran marketing, desgraciadamente esto último tiene que ver con la especulación y con, permítanme que lo diga, el asqueroso dinero.

Y ahora… tú es un canto a la esperanza, un libro que emociona desde las primeras líneas, que señala situaciones y personas que nos van a resultar curiosamente conocidas. Si tengo la suerte de llegar a la vejez quiero ser como Lucía y tener un Alejandro en mi vida. No tengo ninguna duda respecto a que esta novela será un éxito; tal vez no gane premios, ni sea un best seller, pero todas aquellas personas que la lean tendrán otra visión de esa etapa de la vida que solo los más afortunados llegan a experimentar.

Y ahora… tú es una demostración de que el corazón no envejece con los años y puede ser un magnífico aliado de aquellas personas que se encuentran deprimidas en geriátricos, hospitales, domicilios familiares…

Es verdad que no todas las mujeres serán «Lucias» y no tendrán sus «Alejandros», pero las palabras de Ignacio tienen efectos mágicos. Mientras dure la lectura, si eres mujer, sentirás como Lucía, y si eres hombre, soñarás como Alejandro.

Para terminar, déjenme que me presente y me despida; yo también soy producto de Ignacio.

Me conoció en la red, creyó en mí y escribimos una novela a medias Comenzó en Badajoz, un alto en elcamino. Gran parte de lo que soy se lo debo a él.

Gracias, maestro. Suerte con esta magnífica novela, aunque sé que no la vas a necesitar.

JULIA CORTÉS PALMA

23/ 01/ 1961

Diplomada en matemáticas y ciencias naturales.

Especialista universitaria en educación infantil

y pedagogía terapéutica.

Escritora, madre y abuela.

Y ahora… Tú

La lluvia regaba con cierta parsimonia los campos mientras Alejandro notaba con evidente inquietud cómo la nostalgia inundaba todo su ser. Era el innegable presagio de una etapa incierta, la del final de sus días, encerrado, tirado en ese sitio oscuro, aislado en una habitación y rodeado de personas con las que no llegaría a confraternizar jamás. Siempre se dijo que no le importaría finalizar su apocada vida en una residencia para ancianos. En años anteriores llegó a jactarse de que sus hijos no le limpiarían el culo, prefiriendo que fuera un profesional quien llegara a hacerlo cuando llegase el caso. El momento se había presentado sin avisar y tendría que asumir que el gélido invierno de su vida se escribiría con impasibles renglones en aquella sombría estancia. No se dejaría abatir tan fácilmente. Tendría que buscar urgentemente ese «no hay mal que por bien no venga» que siempre fue una constante y una máxima en su vida. Las navidades estaban cercanas y sus hijos le habían prometido sacarlo de aquel opaco lugar para llevarle con ellos en aquellas entrañables fechas.

Las instalaciones no le resultaban del todo extrañas. La semana anterior, uno de los responsables del lugar, muy amablemente, le mostró las bondades de aquel centro. Otro que se cruzó en su vida intentando venderle una moto adornándola de tecnología y prestaciones. Lo trataban como si fuera un discapacitado mental; ya tenía suficientes motos aparcadas en su garaje. Le prometieron un conjunto de actividades para mantenerse vivo el mayor tiempo posible. Se preguntaba cómo en un espacio totalmente desconocido para él, donde pasaría los últimos días de su vida, —considerando que era equivalente a esos cementerios de elefantes a donde van solo cuando saben que su vida se apaga— pudiera de algún modo estar ocupado o feliz.

Sus envejecidas pertenencias se las habían llevado la tarde anterior mientras uno de sus nietos le hizo compañía. Sus dos hijos y las nueras le decoraron la habitación con muy buen gusto. Así que se acomodó en su habitáculo, tomando posesión de lo que iban a ser sus nuevos dominios. Le habían explicado cuáles eran los horarios de las fastidiosas actividades, también de la comida y horario de esparcimiento o descanso. Lo que menos le disgustaba era aquel enorme jardín que se vislumbraba desde la parte posterior del edificio y que parecía estar magníficamente bien cuidado por un diestro floricultor. Desde que su nuera le regaló el libro electrónico para su cumpleaños lo llevaba consigo a todas partes. Le gustaba tener íntimos momentos de soledad y recogimiento dedicados a la lectura.

Su estado general era óptimo a pesar de sus ochenta y cinco años. Se conservaba en plena forma, y si no surgía ningún contratiempo viviría unos cuantos años más. Su familia siempre fue longeva, su genética era dura y resistente.

Decidió, después de haberse instalado en aquella fría habitación y haber pasado los primeros momentos compadeciéndose de sí mismo, salir de ahí perentoriamente y buscar algún rincón de esparcimiento. Como cuando era niño, intentaría encontrar aquel lugar para poder soñar, donde ser dueño de sí mismo y de sus circunstancias fuera su prioridad.

Octubre se estaba caracterizando por su inestabilidad y por la oscuridad de sus agresivas nubes descargando intensos aguaceros que inquietaban su alma. Los días acortaban su luz sin remedio, como símbolo de su existencia, y en ese instante, aunque era medio día, parecía que anochecía lo que provocaba en él cierto desmadejamiento. No sabía bien por qué, pero en ese instante notó que le podía la melancolía.

Notaba cómo estaba sumido en un estado de tristeza permanente, y eso que se había preparado minuciosamente para aquel áspero y confuso momento. Obligándose a salir de aquel desapacible estado anímico, abrió presto la puerta que daba acceso al jardín y recibió con cierto júbilo un golpe de viento cálido, que provocó espontáneamente que encogiera sus hombros y escondiese la cabeza dentro del cuello de su americana. Sabía que tendría que adaptarse y que al final aquella amarga eventualidad solo sería cuestión de tiempo.

La pérdida de su segunda esposa le cogió casi por sorpresa, a pesar de saber que había sufrido una penosa, angustiosa y larga enfermedad. Habían formado un buen tándem, y aunque no había sido aquella mujer con la que, a priori, había elegido compartir sus días —caprichos de la vida—, hizo que fuera su compañera de viaje desde los últimos años de vida. Se conocieron en la madurez después de haber cumplido los 50 y decidieron unir sus rumbos y sus almas, que parecían vagabundas, necesitadas de colaborar y combatir la soledad. Su matrimonio, cómo no, no había sido como aquellos tan maravillosos que salen en las películas. Tuvo sus luces y sus perturbadoras sombras, e incluso momentos en los que se pusieron sobre el tapete muchas desavenencias. Como toda convivencia, sobre todo al no ser el amor de su vida, tuvo sus momentos buenos y malos. Hubiese preferido a Lucía y la vida le jugó una mala pasada; a ella no la volvió a ver nunca jamás. Ahora la soledad le confirmaba que echaría de menos a esa mujer con la que apenas hablaba, la que no fue su gran amor y que le hizo tanta compañía en la última etapa de la vida. Hubo un tiempo en el que el afecto no se medía con hechos o palabras, con un solo gesto o mirada fue suficiente. Habían sido compañeros del último tercio del trayecto de vida.

Aunque el tiempo era desapacible, la temperatura era cálida. Un suave viento del sur acompañaba a aquellas nubes que habían parado de descargar agua. Un hombrecillo se empeñaba en dar de comer unas migajas que le habían sobrado del desayuno a los gorriones que, congregados a su alrededor, recibían con entusiasmo el codiciado alimento. Pudo observar con cierto regocijo cómo un rayo solar asomaba tímidamente entre el lateral de una nube. En ese instante se arrepintió de no haber cogido su libro electrónico. Hacía buena temperatura y no era mala idea dedicar el tiempo a la lectura.

Alguien a su espalda abrió la puerta de acceso al jardín. Él había dejado el hueco suficiente para que pasase cualquier persona. Antes de cerrarse de nuevo la puerta, pudo percibir el olor característico proveniente de la cocina del centro, y aunque no olía mal, sabía que echaría de menos la comida casera.

La figura de una mujer se acercaba irremisiblemente a él, enigmática, apoyada en un bastón, muy erguida y con porte regio. Se quedó mirando con verdadera fijeza la silueta de aquella mujer que se aproximaba lentamente con la cabeza alzada. Al principio, y como ella aún estaba lo suficientemente lejos como para poder apreciar con detenimiento sus facciones, decidió bajar la mirada al suelo. Pudo contemplar un rosal aún refulgente que tenía frente a él. Posteriormente incorporó de nuevo la mirada, era como si hubiera sentido necesidad o una sensación intrínseca; y, cuando aquella mujer pasó por su lado, sintió un perturbador escalofrío que logró recorrer todo su cuerpo. Alcanzó a ver la intensidad de su mirada y consiguió en una milésima de segundo reconocerla. Aquellos ojos negros eran únicos y genuinos. Aquella mirada jamás podría pasarle desapercibida. Pasó por su lado con la cabeza erguida, la mirada firme, al mismo tiempo que perdía de su área de visión a Alejandro. No quiso hacer ningún ruido ni correr ningún riesgo de que se diera por aludida al sentirse observada y se pusiera a la defensiva. No se giró para comprobar si ella salía del jardín: el chirrido de la puerta y el posterior portazo, provocado por un golpe de aire, confirmó que había desaparecido de su lado. Estaba plenamente convencido de que era ella, aunque hiciera casi cuarenta años que no la veía. La distinguió sin apenas margen de error: era Lucía.

Lucía

Cada mañana se convertía en un suplicio, cada día era un nuevo tormento. Llegar a estas edades, sola, en un geriátrico, después de una anodina vida, parecía ser el final perfecto para una perdedora. Así se sentía desde siempre. Era como si a las mujeres de su generación siempre les tocara perder en la vida. Era cierto que, desde que enviudó, hacía ya más de cinco años, y sentía una rara sensación de libertad y manumisión que no pudo disfrutar por completo por haber llegado a la ancianidad.

Su padre decía que las mujeres eran pecadoras y las responsables de los males de la humanidad; que tan solo valían para llevar las tareas domésticas con eficacia. Su madre, quien siempre estuvo sometida a la fuerte personalidad de su progenitor, creyó siempre a pies juntillas lo que la sociedad impuesta por un régimen nacional católico había introducido en el genoma humano a sangre y fuego. Así que no le quedó más remedio que ser una buena ama de casa y una buena esposa y complaciente con su primer marido, quien se encargó de hacerle entender, desde la misma noche de bodas, que iba a ser un mero accesorio para su vida. Una criada eficaz y un depósito para engendrar a su vástago, a su sucesor y heredero. En la segunda etapa de su vida, después del nacimiento de su hija, Luz María, encontró quien cuidase de ella con verdadera devoción y respeto. Ella no pudo nunca devolver aquel amor, tampoco se lo mostró de forma cruel y además supo ser agradecida con quien salió en su auxilio cuando más lo necesitaba.

Su vida se sucedía en la más exasperante rutina. No sabía qué estaba sucediendo últimamente, visitaba con más frecuencia la consulta de un atento neurólogo. Estaba confusa, aunque desde que le cambió la medicación podría decir que su mente estaba más clara, un poco más nítida y podía razonar mejor.

Las actividades que tenía dentro de aquel geriátrico eran de lo más alentadoras. Manualidades, peluquería, misas y rezos, y un grupo católico dedicado a la tercera edad, denominado Vida Ascendente.

Era como si los preparasen a bien morir. La verdad era que había perdido el miedo a la muerte. Hacía años que se había convencido de que era un ser mortal y que tenía fijada una fecha para el final de su existencia.

Su hijo, Paco, acudía muy poco a visitarla, cosa que agradecía enormemente, ya que era un clon de su padre. Su primogénito era en esencia una mala persona, engreído, jactancioso, egocéntrico, egoísta, ególatra… Sentía verdadera lástima por haber parido con dolores a ese espécimen que siempre se había creído el eje principal del universo y que tanto se había esmerado en amargarle la vida.

Llevaba media vida trabajando en aquella multinacional americana donde trabajó su padre. Lucía tenía la impresión de que no le iba nada bien y prefería no saberlo. Menos mal que equilibraba la balanza su hija, la cual iba a visitarla a menudo y era fruto del amor que sintió en su día por Alejandro.

Tenía el convencimiento de que la vida era un valle de lágrimas. Todo fue sufrimiento y observó que en esa etapa de su vida las cosa no iban a mejorar ostensiblemente. Solo la presencia de su hija mitigaba su penar.

Hubo un instante en el que las nubes ensombrecieron la residencia, exactamente al igual que su alma.

Se dirigió al primer turno de comida, ya que las personas que aún se valían por sí mismas comían un poco antes. Cuando llegó a su mesa, contempló con cierta incertidumbre que su querida Ana María aún no estaba sentada esperándola para contarle con urgencia sus chismes. Ahora que no estaba se preocupaba por lo que le hubiera sucedido. Se percató de que echaría de menos sus comentarios y los enfados que sentía cuando ella no paraba de criticar a los demás.

Pensaba que en aquel lugar se comía decentemente; no sabía por qué había personas que no hacían más que quejarse tanto de la comida. Mientras saboreaba la sopa de cocido que les habían puesto como primer plato, distinguió a lo lejos la presencia de un nuevo inquilino de la residencia. Se puso en guardia, pues creyó reconocer a aquel hombre; no sabía de qué, aunque lo conocía. Antiguas reminiscencias se agolpaban en su mente originando una preocupación latente en ella.

Juraría que era él…

Suponía que eran las ganas de darle cierto sentido a su vida. No podía ser él, ya que no había vuelto a saber nunca más de Alejandro; de hecho, ya lo daba por muerto. A veces tenía la percepción de que todo fue un extraño y asombroso sueño. Ya no conservaba una visión nítida ni distorsionada de él en su mente.

Tenía que reconocer que fue lo mejor que le sucedió en la vida.

Bajó la mirada hacia el plato porque se percató de que aquel extraño se acercaba lentamente hacia su mesa. No había mucha seguridad en su mirada y la verdad no quiso comprobarlo.

—Hola, Lucía —saludó con tal dosis de confianza que no podría ser otra persona.

—¿Quiere quitarse de en medio? —Su querida Ana María llegó a tiempo para rescatar a su amiga de aquel extraño y se dirigió a él de esa manera tan grotesca y desagradable.

Aquel hombre se echó a un lado, dejó pasar a Ana María y se dio media vuelta posicionándose frente a ella desde otro ángulo.

—Me alegra mucho verte de nuevo, han pasado muchísimos años. —Su voz era la suya, sí. Algo más temblorosa; la supo distinguir.

—Oiga, ¿quiere dejar a mi amiga? No haga que me enfade, ¿eh? —Ana María salió de nuevo en su defensa, golpeando verbalmente a ese hombre.

—No te voy a molestar —inició Alejandro—. Si lo deseas esta tarde nos vemos en el jardín. —Fue pronunciar esas palabras y alejarse posteriormente sin dar oportunidad de cualquier respuesta, con la palabra en la boca.

—No puede ser —alcanzó a decir con voz trémula.

—¿Me puedes decir qué está pasando, Lucía? ¿Quién es ese hombre? —Ana María inició un incómodo interrogatorio que parecía más un tercer grado.

—Lo conozco desde hace muchos años, no sabía nada de él. —No se dio cuenta de que se había quedado totalmente abstraída.

Intentó esquivar a su amiga y compañera de batallas en aquel frío lugar. Comieron y como cada día le dieron un repasito al gobierno arreglando España. Ese miedo a perder las pensiones y todas esas cosas recurrentes que les proporcionaba habitualmente cierta «vidilla» y también les hacía ejercitar el cerebro.

No logró sacarle una sola palabra sobre Alejandro. Lucía se fue a su habitación después de comer.

Diariamente solía echarse un ratito la siesta. Tenía que reconocer que Alejandro había logrado sacarla de su rutina y le había hecho sentir algo que no experimentaba desde hacía muchos años. Eso le acobardó un poco y provocó que no fuera capaz de pegar ojo en la siesta. Estuvo pensando, sin llegar a ninguna conclusión, si aparecer o no por el jardín. Precisamente era aquel lugar su sitio favorito desde hacía más de dos largos e interminables años. Ahora tendría que decidir si modificar o no sus costumbres.

Cuando quiso darse cuenta, estaba frente al espejo arreglando su ajado rostro y peinando lentamente su cabello. Se asomó a la ventana y pudo observar que los árboles permanecían en calma. Parecía un buen presagio para su alma. No hacía viento e intuía que la temperatura era la correcta; aun así, cuando decidió acudir a la cita con Alejandro, optó por poner sobre sus hombros su viejo mantón.

Reminiscencias del pasado

Los largos pasillos de aquel lugar oscurecieron coincidiendo con un nubarrón que se coló tapando el sol, ensombreciendo no solo las instalaciones sino también a Lucía. Sintió una especie de temor incoherente que inundó por completo todo su ser. De repente fue consciente de que al retornar su pasado, lo más bonito que le había sucedido en la vida y que conservaba enmarcado en su mente como algo extraordinario, corría el riesgo de volver a ilusionarse o al menos de idealizar aquel acontecimiento.

Con paso lento, decidido, como siempre con la cabeza erguida, caminaba aparentemente con la debida seguridad.

Aquellos recuerdos retornaron a su mente con tanta intensidad que podía sentir aún el renacer de su alma, el olor de su piel, escuchar aquellos maravillosos te quiero, el sabor de los besos en sus labios…

Todos aquellos sentimientos se volcaron en su mente como savia nueva para su vida, se agolparon sin orden ni concierto siendo todo intensidad y ardor. Una nueva juventud aparecía en su alma, habiéndose colado en su interior como caballo de Troya y sorprendiendo cada milímetro de su ser.

Alejandro se había llevado consigo al jardín su libro electrónico porque si ella no aparecía no se quedaría en la umbría pasmado, compuesto y sin su compañía. Tenía que protegerse, ya que el panorama que se le presentaba en aquel frío lugar había cambiado para él ostensiblemente. Era cierto que había venido bien mentalizado a la residencia. Encontrarse consigo mismo, con la premura de la adaptación para él, era fundamental. Reencontrarse con lo más bello de su pasado no había sido ni por asomo un elemento a tener en cuenta. La sorpresa por la presencia de Lucía había removido todo su interior. Ella aún conservaba aquella pose digna que le había impresionado dese el inicio de aquel romance acaecido cuarenta años atrás.

El silencio sobrecogedor del lugar se rompió con la aparición de un hombrecillo que caminaba torpemente con su andador. Sacó del bolsillo de la americana migas de pan y las esparció torpemente. Se sentó en uno de los bancos esperando que los gorriones acudieran al festín que les había proporcionado.

Aquel anciano perdió la expresividad de su rostro y permaneció sentado con la mirada perdida. Alejandro se preguntaba qué le estaría pasando por la mente. Lo primero que pasó por su cabeza al ver al hombrecillo fuera del mundo fue la palabra demencia.

—Andrés, venga, tiene que entrar en el edificio e ir al salón —sonó la conocida voz de Lucía hablando con aquel hombre.

—Estoy muy bien aquí —salió de su ensimismamiento denotando cierto enfado.

Una enfermera que pasaba por el lugar se paró junto a Andrés, con trato cordial y rayando la amabilidad absoluta, pudo hacerse con el anciano, levantarle del banco y llevarlo al interior.

—Pensé que no vendrías —comentó Alejandro visiblemente sonriente.

—Te voy a ser muy sincera: después de esperar aquella tarde tantas horas tu presencia pensé que estarías muerto.

—¿Muerto…? ¿Sabes por qué no aparecí aquella tarde?

—Te veo muy bien —afirmó Lucía, cambiando de tercio.

—Tú sigues siendo tan guapa como te recordaba.

—Zalamero.

—¿Recuerdas el día en que nos conocimos?

—Cómo no lo voy a recordar, eso sí, lo que no recuerdo exactamente son los años que han pasado. Ha pasado toda una vida desde entonces. —Lucía se quedó pensativa, con la mirada perdida, intentando evocar.

—El 31 de julio hicieron cuarenta años que nos conocimos.

—Yo lo llevé en cuenta los primeros años. —La octogenaria derramó una lágrima que perló su rostro—. Luego decidí que no merecía la pena recordar algo que no volvería a mi vida. Mi existencia se volvió todo un lance, y pensar en ti me hacía daño.

—No te he dicho aún por qué no acudí aquella tarde a la cita…

—No quiero saberlo, ya no importa. —Cuando Lucía pronunció esas palabras, Alejandro posó un dedo en sus labios y le impidió hablar.

—Cuando te cuente lo que me sucedió no te lo vas a creer.

31 de julio de 1977. Lucía

Estar en aquel hospital madrileño al cuidado de su padre se estaba convirtiendo en una carga muy pesada.

No tener una mano que la ayudase y, sin embargo, tener a su alrededor a los que se supone que eran los suyos todo el día tocándole las narices no hacía más que complicar aún más las cosas. Su marido fue esa persona que se encargó, desde la mismísima noche de bodas, de dejarle muy claro que la iba a atar en corto, que lo que necesitaba en casa no era una esposa sino una mujer multitareas: eficaz, sumisa y abatida; sobre todo eso, desalentada y abatida. No entendía en absoluto cómo era posible que su madre hubiera pasado por una situación muy similar y que a la altura que estaban del siglo XX todavía hubiese hombres así. En España se vivían tiempos de renovación política y de cambio y a su hogar no llegó siquiera un exiguo aroma de mutabilidad.

Ahora que se encontraba sola en la fría habitación del hospital —ya que a su padre se lo habían llevado para hacerle, según le dijo el médico, una placa— disponía del tiempo suficiente para pensar. Sabía que a su progenitor le quedaba poco de vida.

Su madre falleció en casa, se le paró el corazón. Lucía pensaba que de tanto usarlo. Se la encontraron sentada en un sillón sucumbida. Se ve que no tuvo más ganas de vivir y los dejó solos a su padre y a ella siendo relativamente joven. Su padre tardó poco en hacerle entender que ahora tendría que ocupar el vacío que había dejado su madre y que asumiría las responsabilidades del hogar. No tardó en comunicárselo; lo hizo desde el mismo instante en que la dejaron bajo tierra. Por aquel entonces ella andaba tonteando con Paco, quien poco después se convertiría en su marido.

Cuando eran novios le hacía la vida fácil y al principio la colmaba de atenciones. Tenía claro que tendría que salir de su casa cuanto antes y, mientras se ocupaba de su padre y de las tareas domésticas, fue efectuando planes de boda y emancipación con su novio. Paco trabajaba en una multinacional americana y, aunque nunca le hablaba de su cometido, su sueldo era superior al de las personas de su alrededor.

Al año de fallecer su madre se produjo un hecho liberador para ella. Su padre conoció a una mujer viuda, diez años más joven que él, y se prometieron, casándose enseguida. Ella tuvo vía libre para hacer lo propio con Paco. Lo perverso fue que Paco dejó el listón que tenía su padre a la altura del betún cuando se casaron.

En 1955 salió de casa para unirse en santo matrimonio con él. Para ella fue el día más bonito de su vida. Él estaba guapísimo y ella se casó de blanco, con un precioso vestido de novia. Se fueron de viaje de novios a Mallorca y pasaron la noche de bodas en un hotel de la capital de España. Nada más quedarse a solas, Paco se transformó: dejó de ser ese hombre que hubiera puesto su gabardina en el suelo para que no se mojase los pies pisando un charco, y pasó a ser artífice de la cruda y triste realidad del matrimonio que acababa de inaugurarse.

Perdió la virginidad, humillada, le hizo muchísimo daño. El sufrimiento físico fue tremendo. Lo más desconcertante fue aquel daño emocional. Se sintió como un inodoro humano, como un receptáculo de carne sin derecho a nada.

Pasaron los años y, aunque no se acostumbró del todo, supo adaptarse camaleónicamente a las circunstancias. Lucía continuaba sin sentirse realizada y suponía que nunca lo estaría. Necesitaba más que nunca a su edad poder sentirse viva. Veía a otras mujeres que contaban con orgullo cómo las cuidaban y mimaban sus maridos.

Lucía oyó cómo abrían la puerta de la habitación. Se había quedado en un estado de semi-somnolencia. Tardó algo en reaccionar, no era su padre a quien traían en esa cama, sino a otro paciente.

Era obvio que compartiría habitación con otra persona. Los auxiliares no tardaron mucho en realizar el proceso.

31 de julio de 1977. Alejandro

Estaba muy agobiado. Su padre se encontraba realmente mal y en estos casos hubiera venido bien una hermana, una tía o alguien que le echara una mano. Menos mal que había pedido el mes de vacaciones.

La salud de su padre se deterioraba a una velocidad alarmante. Alejandro tenía esa fantasía de pensar que les iba a enterrar a todos, ya que a sus noventa y cinco años se había valido casi por sí mismo. Tenía contratada a Margarita, mujer que le hacía las tareas del hogar y la comida. Había mantenido un nivel de autonomía muy grande. La realidad estaba golpeándole con desagradable crudeza. Le dijeron que la neumonía que padecía podría acabar con su vida. Él no estaba preparado para perder a su padre, y menos cuando hacía menos de un año que había muerto su madre. Qué pareja tan estupenda habían formado. Sentía verdadera envidia, y de la sana. No había visto jamás una pareja como ellos. Había que haberles visto pasear de la mano pocos días antes de la muerte de su madre. Se tenían muchísimo cariño: se profesaron tanto amor en sus casi setenta años de matrimonio que para él fueron un verdadero ejemplo.

—Ahora vendrás a decirme que has despedido a la mujer que lo cuida solo para que nos quedemos sin las vacaciones, ¿verdad? Tus hijos no se merecen lo que les estás haciendo. —Como siempre entró Faustina, su esposa, como un vendaval sin siquiera dar opción a contestar.

—Cariño, es mi padre; si lo deseas, y te lo recomiendo, os marcháis los tres a Salou. Estás perdiendo el tiempo. Yo que tú iría a sacar los billetes de tren. Además, cielo, tienes razón, nuestros hijos no merecen quedarse en casa después de un duro año de estudios.

—Muy bien, ¡veo que estás ironizando y parece que me va a tocar tomar como siempre a mí la decisión! —Era muy persistente y la única persona capaz de sacarla quicio. Salió de la habitación como alma llevada por el diablo. Dejó una estela de rencor, histerismo y no saber comportarse que hasta se podía percibir en aquel lugar un olor amargo de incomprensión.

En todos sitios cuecen habas