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¿Me destrozará mi insufrible jefe multimillonario… o me salvará? Hace seis meses escapé de un monstruo en plena noche con mi hija de cinco años dormida entre mis brazos. Desesperada y casi sin dinero, mi suerte cambió al fin cuando conseguí un trabajo de camarera en una discoteca de moda de Los Ángeles. El propietario es difícil, tiene mal carácter y está obsesionado con que todo sea perfecto, pero el trabajo duro no es lo que me asusta, sino el deseo arrollador que me consume cada vez que nuestras miradas se cruzan a través de la abarrotada pista de baile. Sin embargo, si yo estoy rota, él está destrozado. Lo cierto es que no podemos huir de nuestros pasados. Los demonios que nos acechan a lo largo del camino siempre terminan por alcanzarnos. Cuando mi pasado llame a la puerta y la verdad salga a la luz, ¿acudirá él a rescatarme? ¿O sus demonios no le dejarán ayudarme?
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Seitenzahl: 406
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Título original: Wrecked by You
Primera edición: febrero de 2025
Copyright © 2022 by Tracie Delaney
© de la traducción: Lorena Escudero Ruiz, 2024
© de esta edición: 2025, ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-10070-76-9
BIC: FRD
Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: ndesoart/f11photo/Freepik
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
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Contenido especial
Johannes
La confianza es un lujo que ya no puedo permitirme
Mi exquisita mujer, a quien no le importaba ir sin sujetador, dada la forma en que rebotaban sus pechos, dio vueltas en la calle, con la falda separándosele de los muslos mientras la lluvia azotaba el asfalto y la empapaba de los pies a la cabeza. A ella no le importaba.
A mí tampoco.
Hechizado, me cobijé bajo el toldo de una pastelería que había cerrado mucho antes esa noche y observé cómo los pezones se le transparentaban a través de la fina tela de seda.
—¡Ven conmigo! —gritó, con una sonrisa de alegría que le levantó las mejillas y que hizo que sus ojos verdes brillaran.
Yo negué con la cabeza.
—Venga, Jo-Jo. —Me hizo una señal, y los tentáculos de mi alma se envolvieron en su dedo—. No seas aguafiestas.
Sonreí al escuchar mi apodo, a pesar de que no me gustaba. Solo Sadie podía llamarme así sin que pasara nada. Sin embargo, a pesar de su ruego, me negué por segunda vez.
—Tengo que irme.
Dejó de dar vueltas, con la boca curvada hacia abajo y una expresión de decepción evidente en la cara y en la curvatura de sus hombros.
—Todavía no. —Corrió hacia donde yo estaba para resguardarse de la lluvia y se retorció el pelo para escurrirse el agua—. Es temprano.
Me miré el reloj, un regalo excesivo de mi padre que yo atesoraba. Me lo había entregado un año antes, cuando me gradué en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, con evidente orgullo por mis logros. Siempre había querido estudiar en el extranjero, y aunque acceder a una universidad tan prestigiosa no había sido fácil, mis excelentes notas en el instituto me habían asegurado plaza en una de las mejores instituciones educativas del mundo.
Supongo que tener un padre multimillonario tampoco había hecho daño a la hora de seleccionarme.
Ser tan rico tenía sus desventajas, pero yo prefería centrarme en los aspectos positivos. Sí, el dinero traía problemas, pero también muchas oportunidades, y a mí me encantaba exprimirlas al máximo. La riqueza de mi familia me permitió pasarme más de un año después de mi graduación viajando por Europa y Extremo Oriente, para acabar justo donde empecé, en Inglaterra.
Meneé la cabeza otra vez.
—Mi vuelo sale a las nueve de la mañana, y no puedo perderlo.
Al día siguiente volvería a Estados Unidos y me uniría a la empresa familiar. No tenía ni idea de qué área de la empresa quería mi padre que me encargara, pero formar parte de la organización Kingcaid estaba escrito en mi futuro desde que nací. Igual que lo había estado para mi hermano mayor, Asher, a quien mi padre ya había preparado para asumir las riendas de la rama hotelera, y mi hermano pequeño, Penn, que cursaba su segundo año en Harvard.
Los labios llenos de Sadie formaron un puchero perfecto, y me dio un empujoncito con la punta del zapato.
—Solo trabajo y nada de diversión… Jo-Jo es muy aburrido.
Se desató los tres primeros botones de la blusa y enseñó unas tetas firmes y unos pezones erectos que rogaban por mi boca.
Solté un gemido.
—Sadie, no lo hagas más duro de lo que ya es.
Me acarició la erección a través de los vaqueros.
—A mí me parece que ya está muy dura.
Volví a soltar otro gemido, estampé mis labios contra los de ella y le acaricié la lengua con la mía. Mis manos descendieron hasta su culo. Tenía la falda empapada por la lluvia torrencial. Mecí las caderas para unir mi entrepierna a la suya.
—Ven conmigo —murmuré—. Quédate a pasar la noche.
—Johannes. —Suspiró y se apartó para abotonarse la blusa—. Me vas a dejar, y estoy al límite. Me destroza tener que despedirme. Quedarme contigo a pasar la noche para tener que separarme por la mañana no hará más que complicar las cosas. Y además, me dijiste que aún no habías hecho las maletas.
—No es un adiós, Sadie. Para nosotros no. Cuando me acomode en Seattle pensaremos en algo. Te lo prometo. —Incliné la cabeza para robarle otro beso—. Vamos. Echemos una carrera.
Le cogí la mano y, empapados hasta los huesos, corrimos hasta los escalones que descendían hacia la parada del metro. En Inglaterra no llovía, diluviaba. Al final de los escalones estreché a Sadie contra mi cuerpo. Su línea iba en sentido contrario a la mía.
—No es un adiós —repetí.
—Eso es lo que dices ahora, pero luego pueden pasar mil cosas.
Algo en su mirada me hizo sospechar. La observé con atención. Parecía… ¿asustada? No, asustada no. Inquieta. Nerviosa y distinta a la mujer segura de sí misma de la que me había enamorado.
—Confía en mí. —La besé de nuevo, y al fin me separé—. Te quiero, Sadie.
La lluvia había parado cuando salí del metro. Caminé junto al río en dirección a mi hotel, con la mente y el corazón repletos de Sadie. Ya la echaba de menos, pero cuando volviera a Estados Unidos y pudiera hablar de mi futuro con mi padre, regresaría a por ella. Ella era mi destino. Daba igual que acabara de cumplir solo veintitrés años: el corazón sabía lo que quería, y el mío había elegido a esa chica divertida, amable e increíble que me quería por quien era yo, y no por mi dinero.
Mi habitación estaba bañada de una luz suave y dorada. El servicio de habitaciones me había quitado la colcha y colocado bombones en la almohada. Sonreí al cogerlos y dejarlos en la mesita.
El golpe en la nuca me pilló desprevenido. Las piernas me fallaron, mis rodillas chocaron contra la gruesa moqueta. Me dieron una patada en los riñones, y solté un gemido. Traté de protegerme del ataque con los brazos, pero siguieron golpeándome sin cesar. Puñetazos, patadas. Varios atacantes. Noté que la boca se me llenaba de sangre espesa. Intenté gritar, pero no pude emitir sonido alguno. Me sentí cada vez más débil bajo aquel asalto.
—Coge el reloj. Deprisa.
—Por favor —logré decir. Me dolía el pecho y resollé, tratando de que el aire me llegara a los pulmones. Me dolía respirar. Tosí. Un chorro de gotas rojas saltó de mi boca. Sangre.
—Calla la puta boca.
Me dieron un puñetazo en la cara, y otra patada en las costillas. Me hice un ovillo mientras uno de los asaltantes me arrancaba el regalo de graduación de la muñeca.
—Coge la cartera también. Y el móvil.
Empecé a verlo todo rojo. Entreabrí los ojos hinchados. Había formas flotando delante de mí. Hombres sin cara con sudaderas negras y vaqueros.
—Rápido.
Era una voz de mujer. Me esforcé por mirar mejor. Había una silueta en la puerta. Una silueta familiar.
—Sadie. —Estiré la mano—. Ayúdame.
Ella se acercó a mí y se puso en cuclillas. Sus dedos me apartaron el pelo húmedo de la frente.
—Tenía que venir —murmuró—. Tenía que llegar hasta el final. He invertido demasiado tiempo como para perderme la diversión.
—Sadie, vámonos.
Ella inclinó la cabeza y me dio un beso ligero en la frente.
—Adiós, Johannes.
—No, Sadie.
Intenté levantarme. Otra patada fuerte en la espalda me lanzó de bruces. Me golpeé la cabeza con la esquina de la mesita de noche. Vi manchitas blancas brillantes bailoteando delante de mí.
—Vámonos. Ya tengo lo que he venido a buscar. —Se puso de pie y se marchó.
—Sadie —grazné, con el corazón destrozado en mil añicos. Su traición me dolía como un cuchillo clavado en el corazón—. ¿Por qué?
Ella miró por encima del hombro y una sonrisa fría asomó a sus labios.
—Tenías algo que yo quería. —Agitó mi reloj de un millón de dólares de valor—. Deberías haber tenido más cuidado en quién confiabas.
Alguien me agarró del pelo con el puño y me echó la cabeza hacia atrás. Un dolor lacerante me atravesó el cuello. Me caí al suelo, tratando de aferrarme a la herida que tenía en torno a la garganta.
Mientras la vida se me escapaba, Sadie se giró y me lanzó un beso, y su risa tintineante fue el último sonido que volví a escuchar.
El motor del coche lanzó un rugido atronador, y luego se detuvo cuando quité la llave del contacto. Había aparcado en el lugar reservado para el propietario de Level Nine, la joya de la corona de mi imperio de discotecas en auge, y entré en el edificio por la puerta de empleados. Atravesé la zona principal, encendí las luces, cogí una botella de agua de detrás de la barra y le quité el tapón para beberme la mitad mientras observaba la habitación. Normalmente solía gustarme esa parte del día, antes de que llegara el personal. Las discotecas vacías tenían una atmósfera extraña, como un eco de la noche anterior, cuando había agente abarrotada en la pista y la música estallaba desde la cabina del dj. La soledad solía relajarme.
Pero ese día no.
El sueño que había tenido me perseguía y me ponía de mal humor. No es que fuera muy alegre el resto de los días, pero cuando soñaba con ella ardía en llamas de furia por dentro. Las ganas de atacar, de hacer el mismo daño a los demás que sentía yo, me atosigaban, arrasando con todo lo bueno y sustituyéndolo por algo despreciable.
Durante años, después de lo sucedido, solía escuchar susurros a mis espaldas, los murmullos angustiados de mi familia por la persona resentida en que me había convertido, por lo enfadado y amargado que estaba. Como si me importara una mierda. Debían tratar de ponerse en mi lugar antes de atreverse a juzgarme. Al final habían dejado de hacerlo y me habían aceptado por el hombre que era ahora. Más o menos.
Rodeé el perímetro de la zona principal de la discoteca y divisé un vaso de cristal entre el ramaje de la pantalla que camuflaba las escaleras que daban al nivel superior. La irritación hizo que se me erizara el vello de la piel. Tenía unas normas estrictas por un motivo, y cuando no se cumplían lo odiaba por completo. Cogí el vaso y lo estampé contra la barra. Así, los cristales sucios serían lo primero que el jefe de barra, Stan, vería al llegar al trabajo. Se me pasó por la cabeza dejarle una nota para preguntarle qué coño era aquello, pero a veces la agresividad pasiva, acompañada de una mirada fulminante, enviaba un mensaje más claro.
Entré en mi despacho y encendí el ordenador, apartando un montón de papeles a un lado. Podía ser que pareciera desorganizado, pero a mí me funcionaba. Mi despacho era mi lugar personal, el sitio donde permitía que reinara un poco el caos, e incluso donde disfrutaba de él. Comprobé la agenda del día. Estaba vacía, a excepción de una entrega de alcohol de la que se ocuparía Stan… y de una reunión de la junta directiva de las cinco a las seis.
Me cago en la puta.
¿Cuándo coño se había colado aquello?
¿Y cuántas veces le había dicho a mi padre que no celebrara las juntas a esa hora del día? Era justo cuando empezábamos a prepararnos, y a mi lado obsesivo le encantaba revisar cada mínimo detalle para asegurarme de que estuviéramos listos para a abrir a las diez.
Suspiré profundamente y di golpecitos en el suelo de roble con el zapato mientras revisaba mis correos. Mi mirada se posó en uno en concreto, cuyo asunto rezaba «Dimisión». Me fijé en la vista previa.
La hostia.
Mi mejor barman me había entregado su renuncia con efecto inmediato. Decía algo sobre una emergencia familiar que lo obligaba a volver a Colorado.
Tamborileé con los dedos sobre el escritorio. Aquella noche no, por Dios. No podía haber ocurrido en peor momento. La discoteca cerraba al público para celebrar un evento vip para una estrella de Hollywood, y necesitaba a la plantilla completa detrás de la barra.
Cogí el móvil y llamé a Margie, la propietaria de la agencia de trabajo que usaba para puestos no directivos. Más le valía enviarme a alguien bueno. No estaba de humor para la mediocridad.
Sin embargo, mi humor empeoró todavía más cuando Margie me dijo que les estaba costando encontrar personal capacitado y con la experiencia adecuada. Podía traer a alguien como solución temporal de alguna de las otras discotecas, pero entonces también les estaría dejando cortos de personal. Aunque quizá no tuviera otra elección.
—Parece que sí tengo a alguien que podría valer —anunció Margie, interrumpiendo el plan de contingencia que estaba calculando.
—¿Tiene experiencia?
Dudó. Genial. Eso significaba que no.
—Tiene un aura agradable. Es simpática, amable. Creo que a la clientela exigente que frecuenta Level Nine le gustará.
¿Un aura? ¿Pero qué coño?
—No dirijo un maldito retiro de yoga, Margie. Necesito a alguien que sepa atender la barra a la perfección, que trabaje al ritmo que yo exijo y que sepa cómo tratar con clientes difíciles sin hacerlos enfadar.
Soltó un suspiro.
—Johannes, son tiempos difíciles. Hay demasiados puestos disponibles y muy poca gente para llenarlos.
Era consciente de las graves carencias del mercado laboral. A la mayoría de las discotecas les faltaba un par de empleados, pero Level Nine era el enclave que yo había seleccionado para participar en una prestigiosa competición, y no podía permitirme ofrecer un servicio que no fuera, como mínimo, excelente. Tenía que ganar esa competición. Mierda, la iba a ganar. La idea de quedar segundo no entraba en mis planes. Nadie recordaba nunca quién coño había quedado segundo.
—Creo que te gustará —continuó.
—Y yo creo que a ti te gustará el buen pellizco que te llevarás si me quedo con ella —repliqué.
—No voy a negarlo, pero respóndeme a una cosa: ¿cuándo te he enviado yo a un candidato incompetente?
Intenté recordar. Ah.
—Vale, nunca.
—Nunca, ¿y sabes por qué?
—Porque te daría una patada en el culo.
—Exacto. —Se echó a reír—. Mira, puede que Ella no tenga mucha experiencia, pero es aplicada y amable, y creo que encajará con el resto del equipo muy bien. Tú inténtalo.
Respiré hondo, con exasperación. Tenía dos opciones: o bien entrevistaba a la chica y, si no estaba la altura, la mandaba a hacer gárgaras —junto a Margie—, o bien le decía a Stan que íbamos a estar escasos de personal durante un tiempo indefinido y me enfrentaba a los efectos colaterales que provocaría la reducción de plantilla teniendo una clientela tan exclusiva como la que frecuentaba mi club.
Dos opciones, y una mierda.
La segunda ni merecía la pena contemplarla. Sobre todo aquella noche.
—Más te vale avisarla de que mis expectativas son muy altas.
—Anotado.
Comprobé el reloj.
—Dile que venga a mediodía para hacer una entrevista.
—No te arrepentirás.
Colgué sin contestar. Ya me estaba arrepintiendo y ni siquiera había visto a la maldita mujer todavía.
Ella
Ojalá hoy tenga suerte. Ojalá
El tubo de escape soltó un chasquido al entrar en el aparcamiento de la discoteca Level Nine, y el sonido me recordó al de un disparo. Aun a sabiendas de cuál era el ruido en realidad, me hundí en mi asiento y sentí que el corazón se me aceleraba.
—Cálmate. Solo es tu maldito coche.
Respiré hondo y contuve el aliento, para soltarlo después despacio. Si conseguía aquel trabajo, quizá pudiera ahorrar el dinero suficiente para arreglar el coche. Solo llevaba unos cuantos meses en Los Ángeles, y una de las primeras cosas que había aprendido era que el transporte público era escaso y poco fiable. Toda la ciudad sentía adicción por los coches. Y si yo quería demostrarle a un posible jefe que podía ser una empleada de confianza, entonces necesitaba el mío.
Y también lo necesitaba por si teníamos que huir de nuevo.
Sentí que un escalofrío me recorría la columna y noté el sabor ácido del miedo en la boca. Me sequé las manos sudadas en mis vaqueros, los más elegantes que tenía, y fui incapaz de contener la necesidad de mirar hacia atrás.
Respira. Ahí no hay nadie. Él no sabe dónde estás.
Por el momento.
Ya nos había encontrado una vez, no mucho después de que consiguiera escapar de casa en mitad de la noche, con mi hija dormida en brazos y una pequeña maleta a cuestas que contenía toda la ropa y juguetes de ella que pude meter dentro. En mi inocencia, o más bien ignorancia, decidí quedarme con mi móvil original, y usó a sus contactos para localizarme. Conseguí escapar por los pelos, más por pura suerte que por otra cosa.
Después de recorrer medio país en coche en vez de quedarme tan solo en el estado contiguo al de mi hogar, en Oklahoma, decidí establecerme en California, entre la extensa población de Los Ángeles. ¿Cuántas personas vivían allí? ¿Cuatro millones? ¿Cinco? Era el lugar ideal para esconderse entre la multitud.
Y además, esa vez fui más lista.
Saqué el móvil de prepago del bolso que había comprado en una tienda de artículos de ocasión en Nuevo México por veinte dólares. Se me encogió el corazón al ver la fotografía del salvapantallas. Acaricié con un dedo los mofletes sonrosados de Chloe y observé la sonrisa radiante de mi hija, con sus rizos oscuros enmarcándole la cara.
—Te quiero, bichito. Todo por ti.
A los dieciocho años me casé con un hombre bastante mayor que yo, de quien creía estar enamorada. Disfruté de una vida repleta de todas las comodidades que puede dar el dinero, pero era inocente y crédula, y fue mi hija quien casi acabó por pagar el precio.
Prefería ser pobre si así podía escapar de sus garras. El miedo, el sufrimiento, las miradas constantes por encima del hombro, los esfuerzos por llegar a fin de mes… Todo ello merecía la pena si podía mantenerla a salvo.
El calor del sol de mediodía me golpeó conforme cruzaba el aparcamiento. Como me habían indicado, me dirigí hacia la parte trasera del edificio en vez de entrar por la puerta principal de la discoteca. Me enjugué el sudor que me bajaba por la nuca y noté la boca seca como un trapo. Odiaba las entrevistas, incluso las destinadas a un puesto de camarera, que eran solo un formalismo. A la mayoría de los sitios solo le interesaba una cara bonita y que supiera diferenciar entre un mojito y un Cosmopolitan.
Aunque, al parecer, eso no le pasaba a este lugar. La señora de la agencia de trabajo en la que me había apuntado hacía poco, al terminar mi último empleo temporal, me había dicho que este sitio era distinto, y que el propietario era muy exigente.
De ahí que tuviera los nervios a flor de piel y el estómago hecho un nudo.
Sin embargo, también había aspectos positivos. Un año antes no tenía ni idea de cómo atender la barra. Por aquel entonces solo sabía beber cócteles, no prepararlos.
Y entonces me enteré, de la peor manera, cómo pagaba mi marido nuestro estilo de vida: con las drogas.
Llamé a la puerta y me balanceé sobre los tacones mientras esperaba. Al ver que no contestaba nadie, llamé un poco más fuerte. Un hombre con el ceño fruncido apareció al otro lado de una pequeña ventanilla de cristal, y esas dos profundas arrugas me pusieron la piel de gallina. Abrió la puerta de golpe.
—¿Sí?
Saqué la lengua para humedecerme los labios.
—Hola. S-soy Ella Reyes. Me envía la agencia. Me dijeron que preguntara por el señor Kingcaid.
Me sacaba una cabeza de altura, y su atuendo, compuesto por un jersey negro de cuello vuelto y unos pantalones del mismo color, sumado a su pelo castaño oscuro y su piel pálida, le daba un aire intimidante. Sus ojos azul cielo me recorrieron con aburrimiento y desinterés.
—Sígueme. —Se dio la vuelta y miró por encima del hombro—. Cierra la puerta.
—No estaría de más pedirlo por favor —murmuré por lo bajo, para que no pudiera escucharme. La insolencia no me ayudaría a conseguir el trabajo que tanto necesitaba. Había ido dando tumbos de un trabajo informal a otro para poder subsistir, y pensaba que lo mismo ocurriría con este hasta que la agencia me aseguró que era una de las mejores discotecas de Los Ángeles, a la que acudía gente rica que dejaba buenas propinas, y que si causaba buena impresión, podría tratarse de la oportunidad a largo plazo que había estado esperando, la oportunidad de poder ahorrar algo para tiempos peores, que ojalá nunca llegaran.
Lo seguí hasta un despacho desordenado, con papeles esparcidos por todas las superficies y un vaso de café de una cadena de cafeterías vacío. Me invitó a sentarme señalando con el dedo una silla que había frente al escritorio. Yo me senté en el borde y me esforcé por mantener las piernas quietas, porque siempre les daba por balancearse cuando los nervios se apoderaban de mí.
Él miró el portátil y luego levantó la barbilla y sus ojos glaciales me perforaron la cara. Me removí al sentir que la intensidad de su mirada casi me quemaba varias capas de piel.
—Tu currículum es bastante escueto. ¿Cuántos años tienes?
Se me pusieron los ojos como platos. ¿Acaso podía hacer siquiera ese tipo de preguntas? Sí, suponía que sí, teniendo en cuenta que en su negocio se servía alcohol.
—V-veinticuatro —conseguí responder, tartamudeando.
Él extendió la mano.
—¿Carné de identidad?
La mano me temblaba al sacarlo del bolso. Diego, un falsificador que había trabajado para mi marido, nos había conseguido certificados de nacimiento y tarjetas de la Seguridad Social falsas tanto para mí como para Chloe. Y con eso había podido solicitar un carné de conducir, también falso. Diego sentía debilidad por Chloe, y después de lo que ocurrió había accedido a ayudarme, aunque fuera a cambio de un elevado coste personal para él.
Yo le prometí no contar nunca su participación en mi fuga. Y nunca lo haría.
El señor Kingcaid estudió mi carné y luego me lo devolvió.
—¿Estudios universitarios?
—No. ¿Se necesitan para atender la barra?
Arqueó una ceja perfectamente definida, supuse que como respuesta a mi tono irónico. Maldije para mis adentros, me planté una sonrisa en la cara y mentí a regañadientes.
—Trabajé para la empresa de mi padre durante bastante tiempo después de terminar el instituto. Solo lo ayudé en la oficina, pero no lo he incluido en el currículum, porque, bueno… —solté una risita forzada—, me parece un poco hipócrita. No es que hiciera ninguna entrevista para el puesto.
Soltó un gruñido. Yo esperé alguna respuesta, pero nada. Entrelacé los dedos y me los coloqué sobre el regazo para evitar la tentación de juguetear con el dobladillo de mi camisa.
—Soy una buena camarera, señor Kingcaid.
Si es que acaso era el dueño en realidad. Por lo que a mí respectaba, bien podía ser el conserje, y yo, su entretenimiento del día. Aunque lo dudaba. Tenía cierto aire de autoridad, y no me había corregido cuando lo llamé por su nombre.
—Soy trabajadora y eficiente, y los clientes del último lugar donde trabajé me adoraban. Eso es muy importante para el negocio.
Otro gruñido.
—No eres de por aquí. ¿Por qué has elegido Los Ángeles?
Tragué saliva. Se había dado cuenta de mi acento sureño.
—¿Y por qué no?
Volvió a arquear una ceja. Yo me apresuré a contestar.
—Es la tierra de las oportunidades. —Sonreí. Él no. Me restregué las manos y le di vueltas a la cabeza en busca de una respuesta que pudiera resultarle creíble. Entonces habló, y me ahorró tener que dar más explicaciones.
—Veo que trabajaste en un sitio de Nuevo México, pero solo durante un mes. ¿Por qué dejaste ese trabajo?
Porque el loco de mi marido, del que me he separado, nos encontró a mi hija y a mí, y no tuve más remedio que huir.
—Se suponía que sería temporal, desde un principio.
Se frotó la mandíbula con la mano.
—Temporal. Mmm… Aquí hay muchas cosas… —tamborileó con los dedos sobre la mesa— que parecen ser temporales. Estoy buscando personal de confianza, señorita… —miró la pantalla— Reyes. No a alguien que me deje en la estacada solo porque le interese un empleo temporal.
Traté de calmar mi corazón enloquecido.
Relájate.
—En absoluto, señor. Desde que llegué a Los Ángeles solo he podido encontrar trabajos temporales, pero estoy buscando uno fijo, puede que incluso para forjarme una carrera. —Había llegado el momento de hacerle la pelota—. Sería un honor para mí trabajar en Level Nine. No tengo pensado marcharme de Los Ángeles. Ahora, este es mi hogar.
No lo tenía pensado, no. Pero eso no significaba que no tuviera que salir corriendo sin avisar, a pesar de las mentiras que dijera para conseguir el trabajo. Chloe era lo único que importaba. No podía permitirme ser leal a nadie más que a mi hija.
—¿Le contaste lo mismo a la persona que te contrató en Nuevo México?
Sentí que la cara se me ponía colorada. Le había dicho exactamente lo mismo. Dios, ¿por qué había incluido ese trabajo en mi currículum? Estúpida. Qué estúpida. ¿Y por qué estaba tan obsesionado con Nuevo México, en vez de en otros puestos más recientes que sí podía confirmar con referencias? Era casi como si estuviera oliendo al gato encerrado y estuviera decidido a sacarlo de su escondite.
—No, él sabía que era temporal. Lo dejé cuando encontró a un empleado fijo.
—¿De verdad? —Cogió el móvil y se lo acercó—. Entonces, si lo llamo ahora mismo y le pido tus referencias, ¿confirmaría tu historia?
Me retorcí las manos. Se había acabado el juego. Había llegado la hora de rogar.
—Por favor, de verdad que necesito este trabajo. —La voz me temblaba, y la emoción y la desesperación me ahogaban—. Solo pido una oportunidad. Soy buena trabajadora. En eso no miento.
—Pero con todo lo demás, sí, ¿verdad?
Cerró la tapa del portátil de golpe, y el corazón se me cayó al suelo.
—¿Tienes problemas con la policía?
Negué con la cabeza.
—No, señor.
Volvió a lanzarme aquella mirada: intensa, contundente, voraz. Me removí ante su escrutinio. Los segundos pasaron muy lentamente, y parecían más bien minutos. Continué callada, por miedo a que si decía algo más, quizá empeorara las cosas. Todavía no me había echado. Eso tenía que contar para algo.
—Si traes mierda a mi puerta, desearás no haber nacido nunca.
Sentí un hilo de esperanza, y cuadré los hombros.
—No lo haré. Yo…
—Empiezas esta noche. No se cobra mucho, pero las propinas lo compensan. Tenemos una clientela muy generosa. Supongo que querrás cobrar en efectivo. —Volvió a arquear la misma ceja.
—Sí, por favor.
Lo sabía. Sabía que estaba metida en algún problema, y aun así estaba dispuesto a ofrecerme empleo. No tenía ni idea de por qué, pero no pensaba cuestionar sus motivos. No me importaban; lo único que quería era ganar dinero y cuidar de Chloe. Los ojos se me llenaron de lágrimas y parpadeé con ganas para evitar derramarlas. La intuición me decía que ese hombre no tenía tiempo para lloreras.
—Tienes que estar aquí a las ocho. Abrimos a las diez. Si llegas tarde, estás despedida.
Se levantó de la silla con la misma gracia de un bailarín, y tan peligroso como un depredador. Abrió la puerta y ladeó la cabeza.
—Fuera.
Me puse de pie con torpeza.
—Gracias, señor Kingcaid. No se arrepentirá. Lo prometo.
Gruñó por tercera vez en nuestro breve encuentro. Mientras me dirigía hacia la salida, habría jurado que le escuché decir: «Ya lo estoy haciendo».
La puerta casi me golpeó en el culo al salir y toparme de bruces con el sol abrasador. Por lo visto, el tipo que me había ofrecido trabajo no quería esperar a que hubiera salido del todo para dar un portazo.
Gilipollas.
Un gilipollas que me acababa de dar un respiro por motivos que solo él conocía. Porque él ya sabía que yo no era legal, sabía que estaba ocultando algo y aun así, me había ofrecido el trabajo.
A lo mejor, mi suerte al fin estaba cambiando.
Johannes
¿Dónde está la lejía?
Me asomé por la pequeña mirilla de cristal y observé alejarse a mi nueva barista en su tartana en dirección a la autopista. Circulando como por un milagro de la ingeniería, soltó un pistoletazo al salir del aparcamiento que tiró un chorro de humo negro al aire.
Madre mía.
No solo había contratado a una mujer que, evidentemente, estaba ocultando algo, sino que además tenía un coche que ni de lejos podía asegurar que llegara puntual al trabajo. Mejor sería concertar unas cuantas entrevistas más con la agencia, por si acaso, y empezar a pensar en un plan alternativo de contratación.
Volví a mi despacho, abrí el portátil y revisé de nuevo su currículum. «Escueto» no lo describía ni de lejos. Teniendo en cuenta que había admitido que no había ido a la universidad, entonces contaba con seis años entre el fin del instituto y la actualidad para haberse forjado una carrera. Pero, aparte del período que había pasado en la empresa de su padre —cosa que no me tragaba en absoluto, por la forma en que se removía mientras se inventaba chorradas sobre la marcha— y unos pocos trabajos de camarera por aquí y por allá, casi no había trabajado en absoluto.
Entonces, ¿qué había estado haciendo durante todo ese tiempo?
No podía distinguir si ella era el problema o si es que estaba metida en algún problema. Fuera como fuera, no necesitaba dilemas ni quebraderos de cabeza.
Eso me llevaba a preguntarme en qué demonios había estado pensando yo para darle un empleo en mi prestigiosa discoteca. La discoteca que había incluido en el concurso al Mejor Local Nocturno de Los Ángeles, que se celebraba una vez al año. Conseguir el ansiado primer puesto no solo haría despegar a Level Nine, sino también al resto de mis discotecas, lo cual me permitiría expandirme.
Algunos dirían que hice una buena obra por una mujer desesperada. Pero esas personas no me conocían. Había renunciado a ser buena persona hacía mucho tiempo. Convertirse en una cifra más en las estadísticas podía acabar con todo lo bueno que había en las personas. O, al menos, eso me había pasado a mí.
El verdadero motivo era mucho más sencillo: necesitaba una camarera. La agencia me había enviado a una chica guapa y, según había afirmado Margie, a mis clientes les gustaría —por mucho que me fastidiara reconocerlo—, así que no tenía demasiada elección.
Además, según mi experiencia, la gente desesperada solía trabajar mejor. Y yo no tenía ni tiempo ni lugar para vagos.
Mientras llegara con puntualidad, no me tocara las narices e hiciera su maldito trabajo sin crearme ningún puñetero problema, entonces podía quedarse. Pero si llegaba siquiera a tener la más mínima sospecha de que hubiera algún problema, estaría en la calle. Ya me encargaría yo mismo de la maldita barra, si se diera el caso.
Tenía mi propia empresa que expandir, y aunque la parte de las discotecas había empezado lentamente dentro del imperio Kingcaid, ahora había despegado. Tan solo el año anterior había abierto seis nuevos locales, y en los doce meses siguientes tenía pensado duplicar esa cifra, como mínimo.
Podía ser que yo fuera mercancía dañada y que sospechara de todo el mundo, pero era capaz de dirigir una puñetera empresa. Era algo que se me había inculcado desde que nací. Sadie me había dejado fuera de juego durante un tiempo, pero eso era ya cosa del pasado —hasta cierto punto—, y ahora quería compensar a mi padre por la fe que había depositado en mí y trabajar junto a mi familia como un igual.
Era a mi padre a quien se le había ocurrido la idea de que montara una empresa para darme algo en lo que concentrarme, para que tuviera un objetivo que perseguir y un lugar en el que sentar cabeza, pero, al final, su juguete caro para mantenerme entretenido había resultado ser exactamente el estímulo que necesitaba. Quería demostrarle que estaba equivocado, que, aunque quizá fuera la oveja negra cuyo único logro había sido confiar en la mujer equivocada y casi morir, tenía tanto que ofrecer a la marca Kingcaid como mis hermanos y mis primos.
Yo no era un fracasado. Era un hombre destrozado que había perdido el rumbo durante unos cuantos años. Pero eso había sido antes, y esto era ahora, y nadie se interpondría en mi camino a la hora de poner a las discotecas Kingcaid en el mapa.
Al escuchar un repiqueteo de botellas desde la barra, me puse de pie y cerré el portátil. Cuando entré en el área principal de la discoteca, la raja del culo de Stan me saludó al inclinarse para coger una caja de cervezas.
—Joder, Stan, súbete los pantalones antes de que tenga que lavarme los ojos con lejía.
Stan dejó la caja encima de la barra, se remangó los vaqueros y me lanzó una sonrisa alegre.
—Buenas tardes, jefe. ¿Te apetece echarme una mano?
—¿Es así como presentas tu dimisión, si tenemos en cuenta que para eso es para lo que te pago?
Su sonrisa se amplió todavía más. Era una de las pocas personas que no pertenecía a mi familia que combatía mi mal humor con su buen talante, al que se sumaba una ausencia del gen del cabreo. Por muy desagradable que yo fuera con él, siempre me contestaba con una broma o un guiño simpático, y de alguna manera conseguía sacarme el asomo de una sonrisa.
Pero ese día no.
—Supongo que has visto los cristales.
Las mejillas se le colorearon, y asintió.
—Hablaré con el equipo.
Asentí con gravedad.
—Asegúrate de que no se vuelva a repetir.
—Entendido, jefe.
Tamborileé con los dedos sobre la barra.
—Andy lo ha dejado.
Stan dejó caer de nuevo la caja que había agarrado sobre la pila y se irguió.
—Estás de puta coña.
—Yo nunca bromeo con los negocios. Parece ser que son cuestiones familiares.
—No podía haber pasado en peor momento, ahora que vamos a celebrar esta noche la fiesta vip.
Sí. Nate Brook, el chico predilecto de Hollywood, había decidido celebrar la fiesta de su trigésimo cumpleaños en Level Nine. Solo él y seiscientos de sus mejores amigos. La discoteca tenía capacidad para mil doscientas personas, pero como los vip solían ser gilipollas la mayor parte del tiempo, contaba que cada uno de ellos hacía como tres personas «normales», lo que significaba que mis empleados tendrían que trabajar mucho más que si estuviéramos a tope.
Iba a ser una noche larga, sobre todo con la nueva chica.
—¿Quieres que tantee el terreno y pida unos cuantos favores? Podría conseguir a alguien temporalmente.
Meneé la cabeza.
—Ya lo he hecho. Una mujer que se llama Ella… no sé qué. No me acuerdo de su apellido. Llegará a las ocho.
Stan arqueó sus cejas rubias hasta casi el nacimiento del pelo.
—Qué rápido.
—No me ando con tonterías.
—Cierto. ¿Tiene experiencia?
Torcí los labios y me encogí de hombros.
—Ha servido en la barra y ha trabajado de camarera.
Me miró con los ojos entrecerrados, como buscando… vete tú a saber qué.
—¿Pero no ha trabajado en ningún sitio parecido a Level Nine?
—No.
Stan soltó un gemido.
—Y encima en una noche vip…
—Considéralo un reto, Stan. Estoy seguro de que la podrás formar bien.
—¿Y si la caga?
—Entonces la despediré.
—¿Y en qué nos va a ayudar eso esta noche?
Solté un rugido. Stan y yo siempre estábamos así, pero, por algún motivo, sus preguntas constantes me estaban sacando de quicio esa noche, como si tuviera hormigas rojas carcomiéndome la piel.
—Entonces yo serviré en la barra. Por Dios Santo, para ya, o vas a terminar de patitas en la calle.
Stan levantó las manos en señal de rendición, para tranquilizarme.
—Vale, vale. Le enseñaré el oficio y la observaré de cerca. Seguro que todo irá bien.
Stan no era el único que iba a observar de cerca a la misteriosa Ella… Me mordí el labio. ¿Cuál era su maldito apellido?
¡Reyes! Eso es. Ella Reyes.
—Lo irá. Yo no contrato a inútiles. —Me detuve un momento—. Salvo por ti.
El gesto de exasperación de Stan me hizo sonreír un poco.
—Ve a hacer lo que tengas que hacer. Yo tengo que reponer un bar.
Lo dejé con ello y volví a mi despacho. Aparté los montones de papeles en mi escritorio para que no estuvieran a la vista cuando participara en la conferencia de la junta directiva de ese mismo día. Tenía que encontrar el momento de archivar toda esa mierda.
Mi teléfono me vibró en el culo. Me eché hacia delante, lo saqué y fruncí el ceño al mirar la pantalla. Ash. ¿Qué quería? Mi hermano se había casado el año anterior, pero eso no lo había calmado en lo más mínimo. Si acaso, tener una mujer lo había incitado a trabajar con más ahínco, aunque últimamente se tomara ciertos fines de semana libres, que ya era una gran mejora. Ash era adicto al trabajo. Lo era desde que yo tenía uso de razón. Incluso en el colegio, mi hermano mayor era el chico estudioso, el hijo que siempre conseguía las mejores notas, mientras que mi hermano pequeño, Penn, y yo, íbamos por ahí haciendo de las nuestras y, en fin, siendo críos.
Deslicé la pantalla y me acerqué el móvil a la oreja.
—¿Es que papá está sufriendo de oído selectivo otra vez?
La risita familiar de Ash me retumbó en el oído.
—Hola a ti también.
—Ya me conoces. No tengo tiempo para cortesías.
Se calló un momento. Me lo imaginé meneando la cabeza.
—¿Qué ha hecho papá ahora?
—Ha metido una maldita reunión de la junta de cinco a seis. Ya he perdido la cuenta de las veces que le he dicho que a esa hora estoy muy ocupado. Es como si tuviera cera en los oídos o algo así. —O que no se tomaba mi negocio tan en serio como los demás. Pero eso me motivaba todavía más a poner las discotecas Kingcaid en el mapa y demostrar que mi empresa era mucho más que un hobby caro.
—En realidad es culpa mía.
—¿Tuya? —Di unos golpecitos con el boli en el escritorio—. Pensaba que querías volver a casa con tu mujercita. ¿No tendrá la cena preparada a las seis?
Él resopló.
—Por favor, cuando veas a Kiana díselo delante de mí. Me llevaré palomitas y todo.
Sonreí, aunque sentí que una buena dosis de irritación me trepaba por la nuca. La mujer de Ash y yo teníamos una relación tumultuosa, en parte —vale, en su mayor parte— por mi culpa. Le había gastado una broma antes de que Ash y ella se liaran, y a partir de entonces todas nuestras interacciones habían ido cuesta abajo. Aunque hubo una vez en que necesitaba ayuda y acudió a mí. Sin embargo, tuve la sensación de que me toleraba a causa de Ash, y no porque quisiera tener una amistad.
Me venía muy bien.
Y, luego, la prometida de Penn… era una historia totalmente distinta. Gia me tenía encandilado. Ella me entendía a un nivel que ni siquiera mi propia familia conseguía alcanzar. No tenía ni idea de por qué, pero desde que nos conocimos encajamos. Eso no quería decir que no pasara de ella la mayor parte del tiempo, pero Gia sabía cómo manejarme, y me las devolvía multiplicadas por diez.
Yo nunca, jamás, lo admitiría ni delante de ella ni de nadie más, pero quería a Gia como si fuera la hermana que nunca tuve. Que Kiana y Gia fueran mejores amigas era un misterio que no me interesaba lo suficiente como para molestarme en desentrañarlo.
—Bueno, ¿vas a soltar ya por qué me estás jodiendo el día?
—Qué encantador —dijo Ash, arrastrando las palabras—. Y, para que conste, no me siento en mi despacho maquinando maneras de hacerte la vida imposible, Johannes. He invitado a Garen Gauthier a la reunión para hablar sobre la expansión de nuestra relación comercial, y era la única hora que él tenía libre.
Gauthier era uno de los ceo de una empresa rival, Rogues. Se habían diversificado de una manera similar a la de Kingcaid, y hacía un tiempo Ash había firmado un trato con ellos que beneficiaba a las dos empresas. Gauthier se encargaba de la rama hotelera perteneciente a Rogues, igual que sucedía con Ash en Kingcaid. Aun así, yo no tenía ni idea de qué tenía que ver todo aquello conmigo.
—Y yo tengo que estar presente porque… —Dejé colgando la pregunta indirecta.
—Porque formas parte de la puñetera familia, tanto si te gusta como si no.
Di un respingo y me alegré de que fuera una llamada de voz y no de vídeo, porque así Ash no pudo ver mi reacción a aquel comentario directo. Yo sabía muy bien que había mantenido a mi familia a distancia desde el ataque que casi me había costado la vida, pero me había pasado tanto tiempo encerrado en mí mismo intentando asimilar lo que me había ocurrido que cuando conseguí salir a la superficie, dañado, sufriendo, distinto, no sabía cómo encontrar el camino de vuelta.
Y seguía sin saberlo. El hombre que una vez fui había muerto en el suelo de aquel hotel, sobre un charco de sangre. Esta nueva versión de mí era dura y abrasiva, y aunque sabía que mi familia luchaba contra el gran cambio que yo había sufrido, su esfuerzo no era nada en comparación con el mío.
Meneé la cabeza para espantar aquellos pensamientos, que siempre me provocaban un ataque de depresión, y suspiré.
—Vale, allí estaré. Pero en adelante quizá puedas tenerme en cuenta a mí y a las necesidades de mi empresa en vez de a las de un maldito extraño.
Colgué.
No hacía falta acabar así, pero a veces, por más que me pesara, era incapaz de evitarlo.
Y siempre me sentía como una mierda después.
Ella
Las galletas de chocolate y frambuesa resuelven todos los problemas
El dulce olor a galletas recién horneadas me saludó al cruzar la puerta principal, y noté una sensación de ligereza en el pecho que no había experimentado en mucho tiempo. Podía ser que se tratara de esperanza, o de alivio. Daba igual, aceptaba lo que fuera. El peso de tener que hacer malabarismos con tan poco dinero y de mirar sin cesar por encima del hombro había empezado a pasarme factura, y me parecía tener mucho más que solo veinticuatro años.
Eso es lo que ocurre cuando te casas con un capo de la droga.
Al crecer, fui una de esas rarezas de la vida: una chica ingenua de verdad, aunque en esos momentos, pasados unos cuantos años, me describiría más bien como crédula.
Creía que la gente era buena y sincera por naturaleza. Creí a mi marido cuando me contó que era un empresario de éxito. Disfruté de la tentación de la riqueza y de la envidia de mis antiguas amigas del colegio mientras me paseaba por ahí enseñando mi último bolso de diseño y llevando pendientes de diamantes de cinco quilates.
Dicen por ahí que la arrogancia anticipa la caída. Pues bueno, yo me di un buen batacazo. Y en el fondo sabía que tendría que continuar huyendo durante el resto de mi vida. Pero lo que era todavía peor era que mi adorada hija, Chloe, tendría que huir también. Y a diferencia de mí, ella sí que era inocente de verdad.
Ah, mi marido nunca me maltrató físicamente. Todo lo contrario. Me trataba como una joya preciada, una especie en peligro de extinción, un ansiado premio que debía proteger y mimar. Al menos, así era como yo lo consideraba desde mi inocente punto de vista. Ahora sabía muy bien lo que era en realidad: control.
A Mateo le gustaba poseer cosas, y yo era otra más de sus posesiones. Y, por extensión, también lo era Chloe. Él nunca nos dejaría marchar, nunca dejaría de buscarnos ni a mí ni a su hija. A su manera, creía que nos amaba, pero era un amor corrompido. Había perdido algo que era de su posesión, y removería cielo y tierra hasta encontrarlo.
Yo ya había visto de lo que era capaz, cómo reaccionaba ante cualquiera que intentara quitarle algo suyo. Aquella aciaga noche todavía me perseguía en mis sueños… Una banda rival había irrumpido en nuestra casa para intentar secuestrarnos a Chloe y a mí y así obligar a mi marido a ceder parte del territorio que les había robado. La inocencia era algo maravilloso, hasta que un ejército de hombres te la arrebataba a la fuerza.
Y una vez abrí los ojos, no pude volver a cerrarlos, no pude fingir que no sabía cómo nos había proporcionado Mateo la vida que habíamos disfrutado durante cinco años, desde el momento en que había atravesado las puertas de hierro forjado de su mansión en Oklahoma y vendido mi alma al diablo personificado.
Tardé seis meses en reunir el dinero suficiente para poder escapar con Chloe. No fue fácil, sobre todo porque Mateo había multiplicado la seguridad por diez después del incidente, pero con una exhaustiva planificación, un poco de suerte y una niña que durmió durante toda nuestra fuga en busca de la libertad, lo conseguí. Escapé.
Aunque, en realidad, no era libre. Nunca lo sería. Lo máximo a lo que podía aspirar era a llevarle un poco de delantera y mantener a mi hija a salvo.
—Ya estoy en casa —anuncié, colgando el bolso en el perchero que había junto a la puerta de entrada.
Ginny, mi salvadora, se asomó por la cocina con un delantal atado a la cintura y el pelo canoso manchado de harina. La había conocido por casualidad, el día después de llegar a Los Ángeles. Me había llevado a Chloe a cenar fuera para escapar además de una habitación de motel infestada de pulgas. A Chloe se le cayó el batido encima de la mesa, y cuando le dije que no me podía permitir pedir otro, rompió a llorar. Ginny había acudido al rescate, y sin darme cuenta nos encontramos charlando como antiguas amigas. Después, nos ofreció un lugar para vivir.
Yo me negué, claro. No conocía a aquella mujer y ella no me conocía a mí, y después de lo de Mateo, sospechaba de todo el mundo, sobre todo de quienes hacían buenas obras sin motivo alguno. Pero ella terminó por ganarme y accedí a quedarme unos días hasta poder valerme por mí misma.
Aquello había sucedido cinco meses atrás, y cada vez que yo mencionaba el tema de marcharme, Ginny me decía, de aquella manera tan propia con la que siempre conseguía salirse con la suya, que, claro, si quería abandonar a una mujer vieja y solitaria deambulando en una casa tan grande, por supuesto, estaba en todo mi derecho. Y luego los ojos le brillaban y se echaba a reír, y el tema quedaba aparcado durante unas cuantas semanas más.
La verdad era que no podía permitirme mudarme ni aunque hubiera querido, que no era el caso. Ginny era como la abuela que nunca tuve —tanto mis abuelos maternos como los paternos habían muerto cuando yo era pequeña—, y Chloe la adoraba. Solo sacaba el tema de irme de vez en cuando para asegurarme de que Ginny tuviera la opción de volver a estar sola. Pero ella nunca la aceptaba, y yo no insistía.
No me había preguntado por mi pasado, y yo tampoco había entrado en detalles. No tenía intención de hacerlo. La única manera de mantenernos Chloe y yo a salvo era preservar el secreto de mi procedencia. No podía permitirme confiar en nadie, ni siquiera en alguien tan generoso y amable como Ginny. Además, era mejor para ella seguir ignorándolo todo. Así, si Mateo me encontraba y tenía que salir huyendo otra vez, Ginny podría decir con total sinceridad que no sabía nada.
