Seducida por ti - Tracie Delaney - E-Book

Seducida por ti E-Book

Tracie Delaney

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Beschreibung

Las relaciones falsas no deberían ser tan excitantes. Cuando mi exprometido tuvo las narices de invitarme a su boda, mi primera reacción fue contestarle: «Va a ser que no». Pero entonces mi mejor amigo, Kadon Kingcaid, me propuso una idea mejor: que él me acompañara como mi nuevo novio, más rico y más guapo. De locos, ¿verdad? He sido modelo de pasarela, nunca actriz. Aun así, solo eran tres días. Podía fingir estar enamorada durante un fin de semana si con ello podía cobrarme mi ansiada venganza. Todo iba muy bien. Hasta que Kadon me besó justo delante de mi ex. De pronto, ya no me parecía todo tan falso. Sin embargo, lo que fuera que prendió entre nosotros no era real. Solo nos estábamos metiendo a fondo en nuestro papel… ¿O no?

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Seitenzahl: 442

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Seduced by You

Primera edición: agosto de 2025

Copyright © 2023 by Tracie Delaney

© de la traducción: Lorena Escudero Ruiz, 2025

© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 979-13-87787-04-2

BIC: FRD

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: Freepik

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Nota de la autora

Querido lector:

Escribí esta novela en una época muy difícil de mi vida, y hubo momentos en los que pensé que nunca podría acabarla. Cuando escribo, me sumerjo en ese mundo, pero cuando mi vida personal es un caos, esas voces dejan de hablarme y soy incapaz de producir ni una sola palabra. Eso es lo que ocurrió con Seducida por ti.

Pero Kadon y Leesa se abrieron paso entre la niebla y no me dejaron en paz hasta que acabé su historia. ¿Y sabes qué? Es el libro más largo que he escrito hasta la fecha. Y gracias a él, cuando mire atrás, pensaré: «¿Ves? Eres fuerte. Puedes superar los momentos difíciles y crear algo bueno de la leche».

Espero de veras que estés de acuerdo conmigo.

A lo largo del camino, también recibí ayuda de mi increíble compañera escritora, Lasairiona McMaster, que me escuchó, me engatusó, me convenció y, a veces, incluso me dio una gran dosis de mano dura, bien merecida. De verdad, no sé qué habría hecho sin su profunda amistad. Sé que si no hubiera leído el primer borrador de Seducida y no se hubiera explayado sobre mi multimillonario surfista torturado, esta novela seguramente no habría visto la luz del día. Así que, si te gusta Kadon y Leesa tanto como a ella, ¡ya sabes a quién darle las gracias!

Espero que disfrutes leyendo Seducida por ti. Me encantaría escuchar tu opinión cuando acabes la lectura. Puedes unirte a mi grupo de Facebook, Tracie’s Racy Aces, y participar en los debates que se abren.

Entre tanto, pasa la página y sumérgete en la quinta entrega de los Kingcaid Billionaires. Disfruta de cada segundo de ella.

Feliz lectura.

Con amor

Tracie

Índice de contenido

Nota de la autora

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Epílogo

Agradecimientos

Hitos

Página de título

Página de copyright

Epígrafe

Índice de contenido

Capítulo

Epílogo

1

Leesa

Cuando llegue el apocalipsis, los gatos dominarán el mundo

Habían pasado quince minutos desde que tiré la estúpida invitación de boda rosa, con sus bordes festoneados y su caligrafía a mano, sobre la mesita de centro. Perpleja y enfadada —como un toro resoplante a punto de cargar—, caminé de aquí para allá hasta casi dejar un surco en la alfombra de mi salón.

¿Cómo se atrevía? ¡Cómo se atrevía! Menudo insolente estaba hecho. ¿Qué demonios se le había pasado por la cabeza a mi antiguo prometido para enviarme a mí, de entre todas las personas, una invitación a su boda? ¿Acaso Benedict era tan narcisista que se atrevía a pensar, siquiera por un segundo, que yo querría asistir? ¿O solo le estaba echando sal a la herida para humillarme todavía más? Conociéndolo, seguro que las dos opciones eran correctas.

Sin embargo, me parecía un misterio que hubiera tardado tanto en invitarme. Seguro que alguien había cancelado su asistencia y los padres apestosamente ricos de la novia no querían que hubiera asientos libres que deslucieran la foto de la revista Hola. Y como habían invitado a media Inglaterra, debían de andar escasos de sustitutos adecuados a la espera. Aunque tildarme de «sustituta adecuada» era demasiado exagerar. Nadie invitaba a su antigua prometida a su boda. Nadie, salvo mi exprometido, al parecer.

Qué iluso si creía que iba a darle la satisfacción de asistir a su boda de mierda con su prometida de mierda, a quien una vez consideré una amiga, aunque no muy cercana. Se podían meter la invitación a la pomposa Grange Manor, propiedad del futuro suegro de Benedict, por el culo. Cretinos.

A pesar de que la rabia me corría por las venas como un río embravecido, me eché a reír. Mi madre inglesa le había enseñado a mi padre francés esa palabra cuando se conocieron, y a él le encantaba.

Se me desvaneció la sonrisa. No había hablado con mis padres desde hacía nueve meses. Todavía me dolía la reacción furiosa de mi madre al contarle que iba a dejar de trabajar como modelo para siempre, a los veintiséis años. La vida de una modelo de pasarela ya era bastante corta de por sí como para echar a perder tu carrera por ti misma, me había dicho mi madre. En ese momento discutimos, y desde entonces no había sabido nada de ellos. Me negaba a dar el primer paso. Eran ellos quienes me debían una disculpa, y no al revés.

A la mierda con Benedict. A la mierda con mis padres. A la mierda con el mundo superficial de la moda, donde la mayor preocupación de las chicas era haberse comido dos hojas de lechuga a mediodía, y no una. Ahora tenía una vida nueva, gracias a Kadon Kingcaid. Lo había conocido poco después de que Benedict rompiera nuestro compromiso. Me había dado trabajo y la oportunidad de demostrarle al mundo que no era la cabeza hueca que los medios me tildaban de ser ni la exprometida de Benedict a quien él había dejado en público. Yo era yo: Annaleesa Sabine Alarie, mitad francesa, mitad inglesa, y una mujer en toda regla.

Volví a leer la tarjeta, pero en vez de tirarla a la basura, me la metí en el bolso. Debí haberla quemado, pero, con mi suerte, seguro que acababa prendiendo fuego a la casa. A lo mejor, lo que quería era aferrarme a mi ira un poco más. Era mucho mejor que sentir dolor. Esa maldita emoción me debilitaba, mientras que la rabia y la indignación me alimentaban.

Dejé a Dash, un gato callejero al que había adoptado seis meses antes y que ahora gobernaba mi vida, tomando el sol. Abrí la gatera, llené su cuenco de agua y le rasqué las orejas por última vez.

—Pórtate bien, gamberro. Nada de traer a tus amiguitos cuando yo no esté en casa.

Me respondió lamiéndose las patas y entrecerrando los ojos, como diciendo «Haré lo que me dé la gana, y tú no podrás impedírmelo». Lo peor es que era incapaz de refutar su lógica.

El club Kingcaid Beach Club Saint Tropez, en el que trabajaba de directora de Operaciones Vip, estaba justo frente al mar. Ocupaba un terreno considerable. Si me atreviera a calcular el precio solo de la parcela, diría que ascendía al menos a decenas de millones. Probablemente, incluso cientos. Todo el que se preciaba de ser alguien acudía allí desde que abría sus puertas en marzo y hasta que cerraba para el invierno, el treinta y uno de octubre.

Y de ahí que necesitaran a alguien que se encargara de los invitados más importantes. Mi papel residía en garantizar que se cumplieran todos sus deseos. A veces era una pesadilla, pero la mayor parte del tiempo disfrutaba de mi trabajo. No era fácil. Como la temporada era corta en el sur de Francia, trabajábamos todos los días de la semana, y solo teníamos algún que otro día libre. Como aquella era mi primera temporada, estaba agotada. Me dolían hasta los huesos. Estaba deseando que pasaran las cuatro semanas siguientes. Tenía pensado irme a algún lugar cálido, trazar un plan de objetivos a largo plazo y relajarme.

No tenía intención de ir a la estúpida boda en noviembre de Don Memo, en la fría y húmeda campiña inglesa. Ni de coña.

El guarda de seguridad me detuvo, comprobó mis credenciales y luego levantó la barrera para dejarme pasar. La mala reputación de algunos de los asistentes exigía que la seguridad fuera muy estricta. No podíamos permitir que entrara ni una sola persona sin invitación en el club. Nuestros clientes pagaban cantidades enormes de dinero cada año por ser miembros de los clubs de playa Kingcaid en el mundo. Solo bastaría que un fan autoproclamado se acercara a una estrella en su bungaló ejecutivo para que la reputación de la empresa de Kadon, que tanto le había costado labrar, desapareciera en menos de lo que canta un gallo.

Kadon se enorgullecía de garantizar privacidad y ofrecer un servicio excelente, y, como miembro de su equipo directivo superior, pensaba encargarme de que se cumplieran los valores de su organización.

Aparqué en mi plaza reservada y salí del coche. Una brisa fresca me lanzó mechones de pelo contra la cara. Me los metí detrás de las orejas y me ajusté la chaqueta. La temperatura alcanzaría los veinte grados ese día, pero dudaba de que la mayoría de invitados llegara mucho antes del mediodía. En verano solían aparecer a las nueve de la mañana y marcharse mucho después de que se pusiera el sol, pero como estábamos cerca del fin de la temporada, había menos afluencia. O, al menos, eso era lo que me había dicho Kadon.

El Aston Martin color gris plomo de Kadon estaba ya en su plaza. No me sorprendía. Estaría de aquí para allá, revisando las cifras de los últimos días y asegurándose de que todo estaba en orden. Por algo Kadon era descendiente de la familia Kingcaid, que estaba forradísima. Pocas cosas se le escapaban. Sin embargo, fuera del trabajo, Kadon era lo menos parecido a un millonario que te pudieras imaginar. Tenía el pelo largo hasta los hombros, alborotado y con mechones rubios, solía ir vestido con ropa informal y era divertido y considerado con los demás. Le quedaba mejor salir con los surfistas de la playa de La Galiote que llevar camisa y corbata y sentarse en la mesa de la sala de juntas. No era de extrañar que su padre lo hubiera puesto a cargo de esa rama del negocio.

Fui directa al despacho de Kadon. Llamé a la puerta con suavidad y la abrí. Lo encontré sentado tras su escritorio, pero no era el hombre que se había marchado unos días antes.

Se me desencajó la mandíbula y prorrumpí en carcajadas.

—¿Qué demonios te ha pasado?

2

Kadon

¿Una peluca? ¿Cómo es que no se me había ocurrido antes?

—No digas ni una maldita palabra más. —Levanté la mano y le lancé una mirada fulminante. Ese no era el día de meterse conmigo. Sin embargo, la reacción de Lee no cambió. Era la última persona que podría tener miedo de mí, como demostraban esas carcajadas que resonaban por toda la habitación.

—Joder. Mi pobre Sansón. —Se dejó caer en la silla que había frente a mi mesa, se apartó el pelo color lavanda del hombro, apoyó los codos sobre la superficie pulida de roble y batió las pestañas—. ¿Has perdido toda la fuerza junto con tus voluptuosos rizos?

Me empujé la cara interna de la mejilla con la lengua y solté el aire con lentitud.

—No estoy de broma, Lee. No me hace maldita gracia.

Adoraba mi pelo largo. Era parte de mi identidad. Lo había llevado así durante años, y nunca había imaginado que me lo cortaría.

Hasta que mi madre, la feroz Sandrine Kingcaid, intervino y entonces, adiós a mi precioso pelo y hola, estúpidos laterales y nuca cortos. Y todo por la boda de mi hermano. A Nolen no le habría importado una mierda lo largo que llevara el pelo en su boda, ni en ningún otro lugar, ya puestos, pero mamá… siguió insistiendo, y aparecieron las tijeras. Mis hermanos y yo habíamos aprendido hacía mucho que no se discutía con nuestra madre. Solo habría un ganador.

Alerta de spoiler: nunca era ninguno de nosotros.

Al menos, me había dejado llevarlo largo por arriba. Además, volvería a crecer. Algún día.

Pero eso no significaba que no estuviera enfadado. Si a eso le añadíamos una escala no programada en Nueva York y una diferencia horaria de nueve horas, el adjetivo «gruñón» no se acercaba ni de lejos a describir la manera en la que me encontraba esa mañana.

—¿Qué ha pasado? —Lee no pudo evitar torcer los labios, ni siquiera cuando fruncí más el ceño.

—Mi madre. Eso es lo que ha pasado. No quería que estropeara las fotos de la boda —refunfuñé.

—Creo que me gusta. —Entrecerró sus ojos color gris platino y me estudió como si fuera un objeto en una subasta—. Te queda bien.

Su comentario me sacó una sonrisa. Si a Lee le gustaba corto, quizá lo conservara así durante más tiempo. Quizá para siempre. Me pasaba la mayor parte de las horas en que estaba despierto tratando de averiguar cómo conseguir que me considerara algo más que un amigo. Y seguía esperando. Todo por culpa de ese imbécil inglés. El cabrón infiel la había hecho huir de los hombres de manera indefinida. No sería así para siempre —o eso esperaba yo—, y cuando decidiera que ya había llegado el momento de salir con alguien, mi menda se aseguraría de estar justo ahí, el primero de la fila.

Tampoco es que la mereciera. No estaba seguro de merecer a nadie después de lo que había hecho, pero sobre todo a Lee. Ella era buena. Por dentro y por fuera. Había sido una de las mejores modelos durante años, siempre rodeada de aduladores que le decían lo perfecta y maravillosa que era, y, a pesar de eso, tenía una perspectiva humilde de la vida que yo admiraba de cojones.

¿No merecía a alguien mejor que yo? ¿Alguien que no cargara con un contenedor del tamaño de un buque, cargado de remordimientos, culpa y horror por lo que era capaz de hacer? Solo sabíamos dónde estaban nuestros límites cuando los sobrepasábamos. Si no fuera por mi padre y su poder…

Sentí que los dedos de la depresión trepaban por mi cuerpo, ahogándome, pero antes de dejar que me atraparan con fuerza, mi terapeuta me había sugerido que pensara en algo agradable. Elegí la boda de mi hermano, el recuerdo de lo feliz que estaba mientras pronunciaba sus votos, y tras unos segundos, aquellos pensamientos oscuros quedaron relegados a una esquina de mi mente. No desaparecerían del todo. Y nunca lo harían. Habían pasado nueve malditos años, y todavía me despertaba en mitad de la noche bañado en sudor y sin poder respirar.

—¿De verdad? —pregunté—. ¿Te gusta?

—No. —Volvió a reírse—. Creo que deberías ponerte una peluca hasta que te crezca el tuyo.

Una peluca. ¿Por qué no se me había ocurrido antes? Debería haberle dicho a mi madre que me pondría una maldita peluca.

—Genial. Casi me has engañado.

—Oh… pobrecito. —Se levantó de la silla, se colocó a mi espalda y me abrazó por los hombros. Yo contuve un gemido y cerré los ojos, fingiendo durante un breve instante que todo aquello era real. Solía fantasear demasiado con tener los brazos de Lee abrazándome, además de muchas otras cosas bastante más obscenas que un simple abrazo.

Y seguirían quedándose allí, en mis fantasías. Lee me había relegado a la zona de amigos, y por lo visto, debía ir haciéndome a la idea.

Incluso el mes anterior, cuando le mencioné que tenía una cita con una actriz que llevaba semanas queriendo ligar conmigo, me había dado unas palmaditas en la espalda y me había dicho que lo pasara bien.

Lo pasé fatal, aunque debí de ser mejor actor que mi cita, porque esta perdió los estribos cuando rechacé sus nada sutiles insinuaciones de irnos a la cama.

Nueve meses antes tenía más citas haciendo cola que días de la semana había, y mi libreta negra echaba chispas de tantos números de mujeres guapas que pasaban por Saint Tropez. Pero entonces conocí a Lee, y todo aquello se acabó.

El corazón sabía muy bien lo que quería, y el mío la había elegido a ella.

El suyo… había elegido a un imbécil llamado Benedict que le había retorcido el corazón hasta hacerlo desaparecer.

Odiaba a ese cabrón. Ojalá su nueva mujer le pusiera los cuernos y le pegara ladillas. O la sífilis. O ladillas y la sífilis juntos. Ojalá las pelotas se le pusieran negras y se le cayera la polla al suelo.

¿Vengativo? ¿Yo? Para nada.

Lee me soltó y volvió a su silla. Se sentó de nuevo y estiró la mano por encima de mi escritorio para robarme mi taza de café francés de nuestra cafetería favorita.

—¿Qué tal la boda? Aparte de los rizos esquilados, claro.

Sus labios se curvaron hacia arriba. Yo me rasqué la sien con el dedo corazón. Se echó a reír y levantó las manos a modo de rendición.

—Vale. Esa era mi última broma, lo prometo.

—Más te vale —me quejé—. La boda fue genial. Nunca había visto a dos personas más felices. Una lástima que les haya costado diez malditos años entrar en razón.

Ella se encogió de hombros.

—A veces la gente tarda un poco en darse cuenta de lo que tiene justo delante de sus narices.

Madre mía. A mí me lo vas a contar.

—También ha sido estupendo volver a ver a la familia. Hacía la tira.

Lee arrugó la nariz.

—Esa expresión tan poco británica me confunde. A ver, ¿la tira de qué? ¿La tira de mucho? ¿De poco? ¿De meses? «Ha pasado un tiempo» tiene mucho más sentido. ¿Por qué «la tira»?

—No tengo ni puñetera idea. Siempre lo he dicho. Tú también dices cosas raras a veces.

—Ah, ¿sí? ¿Como qué?

Me froté la barbilla, sopesando su pregunta. Mierda…

—Bueno… Ahora mismo no se me ocurre nada, pero…

—¡Aja! Te he pillado.

—No. Ya se me ocurrirá algo.

Fingió limarse las uñas.

—Estaré aquí, esperando ansiosa en el borde de la silla.

El sarcasmo de Lee era una de las primeras cosas de las que me había enamorado. Estaba claro que tenía mucha más sangre inglesa corriendo por las venas que francesa. Seguramente ayudó que fuera a un colegio inglés. Su acento francés era tan leve que tenía que esforzarme para captarlo.

Me eché a reír.

—¿Qué tal las cosas por aquí?

—Ah, el viejo truco para cambiar de tema. Todo ha ido bien. Sin dramas. Casi como si no hubieras hecho falta.

—Tú sí que me echas de menos si no estoy.

—Sí, claro, como un grano en el culo.

—Todo mentira.

Se acabó el resto de mi café y lanzó el vaso a la papelera. Por supuesto, acertó.

—¡Canasta! Sí que te he echado de menos. —Sonrió, y los ojos le brillaron. Señales de que no había acabado todavía. Esperé, arqueando una ceja—. He tenido que comprarme yo misma mi café.

—Ahí lo tienes. —Levanté las manos al aire—. Eres muy predecible.

—Que sigas creyendo que soy predecible terminará por llevarte a la ruina. Aunque tengo una historia divertida que contarte sobre la recepcionista temporal, si te interesa.

—¿Todavía no ha vuelto Brigitte?

Brigitte era mi recepcionista a tiempo completo. Se había dado de baja por enfermedad antes de que me fuera a la boda de Nolen a Las Vegas. Todavía no había conocido a su sustituta. Lee se había encargado de contratarla, aunque en realidad no era su trabajo. Podía ser que tuviera el puesto de directora de Operaciones Vip, pero se encargaba de muchas cosas más que de nuestros vip.

Ojalá se «encargara» también de mí.

—No. Hablé con ella el jueves. Su voz sonaba horrible.

—Le enviaré unas flores y una tarjeta de regalo para un spa o algo parecido.

—Ya lo he hecho yo.

—Eres un as. —Le hice un gesto con la mano—. Ahora háblame de la sustituta.

—Se llama Claudine, y es superdulce, pero está un poco… verde. En fin, ayer estaba revisando las reservas del próximo fin de semana y vi una que me hizo soltar una carcajada: había escrito «uve y pe» en vez de «vip» para una reserva de Sebastian Devereaux de viernes a lunes.

Sebastian era miembro de la junta directiva de Rogues, una empresa con la que trabajábamos mucho, y un tipo genial además. Si se iba a pasar por allí, igual le enviaba un mensaje para ir a jugar al golf.

—¿En serio? Madre mía.

Lee se trazó una cruz sobre el pecho.

—Juro que es cierto. Aunque es magnífica con los invitados. La adoran. Es encantadora y atenta, y tiene cierta aura que te cautiva.

—Eso es lo principal. Y además, ¿quién soy yo para juzgarla? Es un error que yo también podría cometer. —Era disléxico, una condición que me esforzaba mucho por superar. Últimamente me iba muy bien, pero comprender a la primera las palabras escritas no estaba en mi naturaleza.

—Merece la pena tenerla en cuenta para la próxima temporada.

—La tendré en cuenta. Quedan cuatro semanas. ¿Qué tal lo llevas? —Les pagaba a mis empleados los doce meses, incluso aunque el club solo abriera durante ocho, debido a las inclemencias del tiempo en el sur de Francia durante los meses de invierno. A esas alturas de la temporada, todo el mundo funcionaba al ralentí. Como era el primer año de Lee, calculaba que estaría más cansada que el resto de los empleados que llevaban más tiempo conmigo.

—No te voy a mentir, estoy agotada. Ha sido un año largo. Pero estoy acostumbrada al cansancio. Trabajar como modelo puede parecer glamuroso desde fuera, pero desde dentro es duro de la leche.

—¿Lo echas de menos? ¿Trabajar de modelo? —Era la primera vez que mencionaba su antiguo trabajo desde que había empezado a trabajar conmigo, como si se hubiera olvidado por completo de él.

Ojalá yo pudiera dejar mi pasado atrás con tanta facilidad.

—No. Pensaba que sí lo haría. Es lo único que sabía hacer desde que tenía seis años, pero en estos nueve meses, desde que Benedict me dejó, he visto un lado distinto de la vida, y me gusta. Supongo que he comprobado que puedo hacer otras cosas, que no soy solo… —Dibujó un círculo alrededor de su cara—. Esto.

—Sabes que eres mucho más que tu aspecto, Lee. —A la prensa le gustaba menospreciar a las mujeres guapas, convertirlas en unas cabezas huecas. Lo irónico era que no trataban a los modelos masculinos igual, solo a las mujeres. Gilipollas misóginos…

Ella soltó un suspiro.

—A veces cuesta recordarlo.

—¿Quieres que le diga a mi tatuador que te lo escriba en el brazo? —bromeé a medias.

Fingió un escalofrío.

—¿Agujas? No, gracias.

—Tomo nota. Bueno, ¿y qué piensas hacer en tu tiempo libre? —Traté de no sonar demasiado ansioso, aunque no supe ni cómo. No podía soportar pensar en los cuatro meses que se avecinaban sin verla todos los días. Cuando ella tenía tiempo libre, yo no. Aunque residía en Saint Tropez, tenía otros quince clubs de playa en todo el mundo a mi cargo, y abríamos al menos uno nuevo cada año, lo que exigía siempre más atención. Algunos, como el de Dubái, eran cuatro veces más grandes que el de Saint Tropez, y, por tanto, los problemas también venían por cuatriplicado. Mientras cerrábamos en Francia, me pasaba gran parte del invierno visitando el resto de lugares. Había contratado gerentes muy capacitados en cada uno de ellos, pero eso no significaba que pudiera abandonar mis obligaciones. Yo era el último responsable.

Bien sabe Dios cuántas veces me lo ha repetido mi padre.

—Te diré lo que no voy a hacer. —Metió la mano en su bolso y colocó una tarjeta sobre mi mesa. Yo la cogí.

«Sir Darren Grange y Lady Rosalind Grange tienen el honor de solicitar la grata compañía de doña Annaleesa Alarie y acompañante a la boda de nuestra querida hija, Fenella, con Benedict Oberon.

Tendrá lugar en Grange Manor, Berkshire, del jueves 5 al sábado 7 de noviembre.

Se proporcionará alojamiento.

R. S. V. P.».

La leí dos veces, sobre todo porque no podía creer lo que estaban viendo mis malditos ojos. Benedict Oberon era un gilipollas de primera, pero esa vez se había superado a sí mismo.

—¿Está loco? ¿Y qué es todo este disparate de tres días?

Lee se repiqueteó el muslo con las uñas rosadas.

—Son pijos. Quieren cobertura máxima de la prensa. Y, respondiendo a tu pregunta sobre si está loco, sí, me gusta pensar que lo está. En mis momentos más oscuros, me lo imagino encerrado en una celda acolchada, con su ego como única compañía, rodeado de una galería llena de mujeres agraviadas que le lanzan fruta podrida. O desfilando desnudo por las calles, mientras que la multitud lanza gritos ensordecedores de «¡Vergüenza! ¡Vergüenza!», algo así como Cersei en Juego de tronos.

Me eché a reír.

—Es bueno tener objetivos.

—Lo único que tengo que hacer es adivinar cuáles son los míos. —Soltó un suspiro—. Estoy trabajando en ello.

Sentí un escalofrío. Lee había dejado claro, al aceptar el trabajo en mi club costero, que solo era temporal, pero cuanto más tiempo se quedaba, más esperanzas tenía yo de que decidiera que esta era su vocación y se quedara para siempre.

—Ya lo averiguarás. Y hasta entonces, este trabajo es tuyo.

—Eres el mejor amigo que cualquier chica podría desear, Kadon.

Uf. Justo lo que siempre había querido.

—Para. Vas a hacer que me sonroje. —Tamborileé con los dedos sobre la tarjeta mientras una idea empezaba a rondarme por la mente, una todavía más loca que la de que Benedict invitara a su ex a su boda después de la forma en que la había dejado, pero que me proporcionaría la oportunidad de acercarme más a Lee. Tanto como deseaba.

¿Que si eso me convertía en un cabrón? Podía ser. Pero ya había tocado fondo antes. ¿Qué más podía perder?

—¿Quieres saber lo que creo que deberías hacer con esto?

—¿Quemarlo?

—Creo que deberías ir.

Arqueó las cejas todo cuanto pudo.

—Entonces tú eres el que está loco. ¿Por qué demonios iba a hacer algo así? ¿Para que Benedict pueda humillarme todavía más?

—Escúchame: ¿cuál es la mejor manera de vengarse de un ex que ha admitido haberte dejado por su nueva novia porque el papaíto de ella podía hacer más por su carrera que tú?

Joder, decirlo en voz alta me hacía comprender todavía más lo capullo que era Benedict Oberon.

Ella hizo un gesto de desdén con la mano.

—Ilumíname, por favor.

—Pues aparecer en su boda con un tipo nuevo. Uno más rico, con más éxito y más guapo que él. Uno que te trate como una reina y que le demuestre a qué renunció por culpa de su ambición.

Se frotó la frente, que había arrugado.

—Y, dime, ¿dónde encuentro yo a esa extraña criatura?

Voy a ir al infierno.

Me señalé a mí mismo.

Lee se echó a reír.

—No irás en serio.

Traté de que su reacción no me rompiera mi corazón, ya de por sí magullado, en mil añicos.

—Totalmente. Nos conocemos lo suficientemente bien como para conseguir hacerlo, e imagina cuánto nos íbamos a divertir.

—Estás chalado.

—Piensa en ello.

Se puso de pie y negó con la cabeza.

—Americano loco…

—Prométeme que pensarás en ello.

De repente, convencer a Lee de que fingiera ser mi novia se apropió de cualquier otro pensamiento racional que pudiera cruzar por mi cerebro. Era una idea estúpida y ridícula, pero eso no me detendría. Fingir que Lee era mía, aunque fuera durante un breve instante, podría ser lo más cerca que fuera a estar nunca de hacer realidad mis fantasías. Y, ¿quién sabía?, a lo mejor, de tanto fingir, igual se lo creía.

No la merecía, pero eso no me impediría darlo todo para conquistar su corazón.

Me lanzó una mirada perpleja, seguida de un meneo de cabeza.

—No hay nada que pensar. No pienso ir. Punto y final.

Se dio la vuelta y salió de mi oficina despidiéndose con la mano por encima del hombro y dejando todas mis esperanzas esparcidas por el suelo a su paso, como si fueran confeti.

3

Leesa

Ay, colega… Te has metido con la chica equivocada

—Señores Devereaux, bienvenidos a Kingcaid Saint Tropez. —Entregué a nuestros invitados vip (o «uve y pe», como había anotado Claudine, algo que me hacía echarme a reír siempre que lo recordaba) una copa de champán—. Soy Leesa Alarie, la directora de operaciones. Estamos encantados de tenerlos con nosotros. —Llamé a nuestro botones, que se apresuró a coger sus maletas—. Por favor, síganme. Su bungaló está listo.

El club de playa de Kadon ofrecía varios niveles de socios: los más bajos daban derecho a los invitados a usar la piscina principal, las hamacas, dos de los restaurantes y acceso directo a la playa. Si pagaban seiscientos euros más, podían acceder a una cabaña, que tenía un ventilador de techo, un frigorífico lleno de refrescos, teléfono y televisión de cincuenta pulgadas. A partir de ahí, aumentaban los niveles de servicio y comodidad. Quienes pagaban una cantidad desorbitada tenían acceso a un bungaló privado que contaba con terraza, dormitorio y baño completo, a tratamientos de spa y a un mayordomo que atendiera todas y cada una de sus necesidades.

—Es fantástico estar de vuelta. Y somos Sebastian y Trinity. No nos gustan las ceremonias. —Miró a su alrededor—. ¿Está Kadon por aquí?

Era la primera vez que veía a Sebastian Devereaux. Según Kadon, solía pasar entre dos y tres semanas de la temporada en el club, pero aquella era su primera visita desde que yo trabajaba allí. Kadon había dicho que era un tipo muy llano. Al parecer, tenía razón.

—Está de camino. Os advierto que ha mencionado el golf un par de veces ya.

Sebastian se echó a reír.

—Sí, ya he recibido un par de mensajes al respecto.

Rodeó a su mujer con un brazo y la miró con adoración. A menudo, deseaba que Benedict me mirara a mí así. Nunca lo hizo. Lo achacaba a su educación formal inglesa; decía que le costaba mostrar emociones, pero que aquello no significaba que no las sintiera. Por aquel entonces lo creí. Qué idiota fui.

—Es una pena para Kadon que mi mujer le gane todas las veces.

—Puedes jugar si quieres —dijo Trinity—. Estoy segura de que podré entretenerme.

—De eso nada. Casi no he tenido tiempo ni de respirar estos últimos meses. Tú eres mi prioridad.

Casi me desmayé.

¿Dónde puedo encontrar yo uno de estos hombres?

—Seb. —Kadon se acercó con la mano extendida—. Me alegro muchísimo de verte. Ha pasado la tira.

Ahogué una carcajada. Kadon captó mi mirada y entrecerró los ojos. Yo le sonreí de oreja a oreja.

—Siento no haberte visto en la boda de Nolen el fin de semana pasado —le dijo a Sebastian.

—Sí, intenté cambiar algunas cosas, pero fue imposible. Ryker dijo que fue un día genial.

—Sí. Espero que Leesa os haya atendido bien.

Me resultaba gracioso que me llamara Lee cuando estábamos a solas pero Leesa cuando estaba en plan profesional, aunque tampoco me importaban los motivos. Me encantaba el hecho de que Kadon fuera la única persona que me llamara Lee. Reafirmaba lo especial de nuestra relación. Nunca había tenido amigas, en realidad. El mundo del modelaje era muy competitivo, y siempre que alguien intentaba congraciarse contigo, era sospechoso. Por lo general, solía haber motivos ocultos. Yo había empezado a modelar tan joven que ni siquiera pude hacer amigos en el colegio. La profesora particular que viajaba conmigo se había encargado de gran parte de mi educación.

—Claro que sí. —Sebastian me guiñó un ojo—. Incluso me ha avisado de que aún sigues dando la lata con el golf.

Kadon fingió sorpresa y se llevó la mano al pecho como si estuviera a punto de darle un ataque.

—Traidora. Y yo que pensaba que me cubrías las espaldas…

Me di unos golpecitos con el índice en el labio inferior.

—Mmm… ¿No eres tú quien nos ha estado machacando con que los clientes son nuestra principal prioridad? —Por lo general, no solía hacer bromas delante de nuestros invitados vip, pero Kadon había dejado claro que Sebastian era amigo suyo y un tipo genial, así que aquello me proporcionaba confianza para ser yo misma—. Solo estoy cumpliendo tus órdenes, mi estimado jefe, y además asegurándome de que Sebastian pueda darte una excusa. Ha venido a pasar tiempo con su encantadora esposa, no a jugar a ese estúpido juego sin sentido contigo.

Tanto Sebastian como Kadon jadearon con fuerza. Trinity sonrió de oreja a oreja.

—¡Al fin! —chilló—. Por fin hay alguien que piensa igual que yo. Es un juego sin sentido. Un agradable paseo echado a perder, eso es lo que dicen del golf. Y es cierto.

—Tienes suerte de que te quiera a pesar de que odies mi amado hobby. —Sebastian le dio un beso en la sien a su mujer.

—Tú eres quien tiene suerte de que yo te quiera a ti, a pesar de tu amor por tu hobby sin sentido.

Oooh… Me caía bien Trinity. Mucho.

—Bueno, ¿entonces es un no a la partida de golf? —preguntó Kadon.

—En otro momento, tío. Si encuentro un hueco en mi agenda, iré a Dubái este invierno. Avísame cuando tengas pensado ir para allá.

—Me parece un buen plan.

—¿Os acompaño al bungaló antes de que Kadon pruebe con otra táctica para salirse con la suya?

Sebastian se rio con disimulo. Trinity lo hizo más abiertamente.

—Yo nunca haría eso.

—Ambos sabemos que eso es mentira.

Aquella vez, Sebastian no contuvo la risa.

—Eres genial, Leesa. Eres justo lo que Kadon necesita para mantenerlo firme. Cuidado con que nadie te la robe, tío.

—Tienes razón. Es genial, y odiaría perderla. Pero nunca la retendría si decidiera marcharse.

—Ah, dejaos ya de halagos. Casi me estoy sonrojando.

Dejé a Sebastian y Trinity acomodados en su bungaló, me aseguré de que su mayordomo hubiera tomado nota de sus preferencias en cuanto a comida y bebida y organicé una visita de la masajista después de comer. Les dejé mi número de teléfono por si necesitaban cualquier cosa y me prometí pasarme por allí a lo largo del día antes de volver a recepción a recibir a los próximos invitados. El club disponía de siete bungalós que albergaban a los vip más importantes, y yo me encargaba de todos ellos. Aunque la temporada estuviera muy avanzada, ese fin de semana estábamos llenos, con lo que no pararía hasta el domingo por la noche.

Cuando dieron las doce, todos los invitados estaban en sus alojamientos, y, hasta ese momento, no había surgido ningún problema. Ojalá continuase así, pero dudaba que pasara demasiado tiempo hasta que me sonara el móvil. Cogí un café, e iba de camino a la sala de descanso del personal cuando me llamó la atención la noticia que estaba anunciando la televisión que había tras la barra. Me quedé de piedra.

—Dom, ¿puedes subir el volumen? —Señalé al camarero con la barbilla.

—Claro. —Cogió el mando y apuntó a la televisión.

Me senté en un taburete, acuné la taza de café entre mis manos y me quedé observando la pantalla cada vez más espantada. Benedict y su futura esposa, Fenella, estaban de pie en el exterior de nuestro restaurante japonés favorito en Kensington, hablando con un periodista sobre su futura boda. No podía apartar la mirada, estaba totalmente embelesada con la pantalla.

Y entonces escuché mi nombre.

¿Pero qué coño?

Se me desencajó la mandíbula hasta el punto de que pensé que nunca más podría volverla a cerrar. No podía creer lo que estaba escuchando. El periodista estaba preguntado algo sobre remordimientos. ¿Se arrepintió Benedict alguna vez de nuestra ruptura, y cómo la llevó?

—Pues claro. —Su sonrisa aduladora se amplió todavía más—. No estoy orgulloso de haber roto con Annaleesa tan poco tiempo antes de nuestra boda. Y además, ella estaba destrozada, como podrás imaginar. Lloró sin parar y me rogó que no la dejara. —Puso cara de que todo le importaba una mierda—. En realidad, fue bastante patético.

¿Patético? Agarré la taza con tanta fuerza que casi la partí. Cómo me hubiera gustado matarlo. Si alguna vez lograba ponerle las manos encima a ese cabrón, yo…

—La hemos invitado a nuestra boda. —Se le hinchó el pecho como si hubiera ganado el maldito premio a la paz—. Ya sabes, porque no guardo rencor. Dudo que venga, pero somos personas generosas, y Annaleesa fue muy importante para mí una vez. —Miró a Fenella—. Pero cuando encuentras a la adecuada, lo sabes. —Sus labios formaron aquella perfecta sonrisa dentuda suya.

Me tambaleé por el repentino acceso de rabia y me aferré al borde de la barra. Respiré hondo varias veces.

Ya le enseñaré yo lo que es estar destrozado. Su nariz es la que va a estar destrozada.

—¿Y no será raro —continuó el reportero, esta vez a Fenella— que la ex de tu prometido acuda a la boda?

—En absoluto. Leesa y yo éramos muy amigas antes.

Solté un resoplido. Muy amigas, y una mierda.

—Pero, como ha dicho mi amor —prosiguió, batiéndole las pestañas a Benedict, como embelesada—, no creemos que vaya a aceptar la invitación. Quiero decir, sería un poco triste, ¿no crees? Una mujer sola en la boda de su ex.

Casi vomité el desayuno.

El periodista hizo otra pregunta, pero la sangre que me bullía por los oídos ahogó su respuesta.

Eché humo. ¿Cómo se atrevía? Maldito imbécil. Si existía la justicia en este mundo, ojalá le grabaran un vídeo en directo con ratas mordiéndole las pelotas. Dios, hasta yo pagaría por producirlo. Aunque, claro, a los delincuentes pocas veces les llegaba su hora.

Que estaba destrozada. Que le rogué. Que era patética. Una mujer sola.

Cretino.

Los dos eran unos cretinos.

Aunque… Tamborileé los dedos sobre la barra. Esa vez, se habían metido con la chica equivocada. Quizá Benedict hubiera acabado con nuestra relación, pero yo me reiría la última.

Cogí mi café y fui al despacho de Kadon. No estaba allí. Me saqué el móvil del bolsillo y le envié un mensaje para que viniera a verme a su oficina. Llegó poco después.

—Lo haré —barboté.

Me lanzó una mirada inquisitiva, arqueando una ceja que me recordó a los malos de las películas cutres de los años 80.

—¿Que harás el qué?

—Iré a la boda. Seré tu novia falsa. A ver… —le señalé la cabeza—, ya tienes el corte de pelo adecuado, ¿por qué desperdiciarlo?

Arqueó las dos cejas.

—¿Qué es lo que ha cambiado? La semana pasada estabas decidida a no ir.

—El maldito Benedict Oberon es el que ha cambiado.

Kadon se rascó la mejilla.

—¿Qué te ha entrado de repente? ¿Raritis?

Le puse mala cara.

—Qué gracioso. No, es que acabo de verlo dando una entrevista en la televisión. —Le conté todo lo que había escuchado—. Que le jodan. Me ha invitado porque cree que no iré, así que lo haré. Y además, con compañía.

A Kadon le brillaron los ojos.

—No solo compañía. Con tu novio de hace tiempo. Llevamos saliendo como… ¿Cuánto? ¿Unos seis meses? Creo que seis meses suena bien. No estaría bien que fuese justo después de romper con él, pero sí lo suficientemente cerca como para que se sienta indignado. Es decir, ahí estaba él, rompiéndote el corazón y todo eso, y tres meses después, vas tú y le dices «Adiós, gilipollas, he encontrado a alguien mejor». Es perfecto.

Sentí un remolino de emoción en el estómago.

—Sí que es mejor. Y se lo merece. Siempre he odiado el hecho de que me derrumbara delante de él cuando rompió conmigo. Desde la distancia, ahora me doy cuenta de que mi reacción le proporcionó el control. Sabe que me rompió el corazón. Pero con esto se lo cuestionará. Las exprometidas destrozadas no se enrollan con nadie tan solo unos meses después de haber roto.

—Exacto. —Kadon cambió su gesto diabólico con la ceja por una sonrisa igual de diabólica—. Va a ser épico.

Me entusiasmé todavía más.

—Dios, ¿de verdad lo será? ¿Y si se da cuenta de nuestra farsa y eso le da más poder, más satisfacción? «Pobre Annaleesa» —imité—, «ha tenido que contratar a un novio falso para salvar su orgullo».

Sería genial de la leche aparecer en la boda de Benedict con alguien mucho más listo, más rico y, sí, también mucho más guapo que él, pero si adivinaba que nuestra relación no era real, sacaría el máximo partido de mi vergüenza.

—Relájate. No se enterará de que es falso.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Kadon se acercó y me rodeó con los brazos. Me estrechó contra su musculoso pecho y me acarició el pelo.

—Porque lo haremos convincente de la hostia. Por eso.

—Pero él me conoce muy bien.

—Error. —Se apartó para mirarme a los ojos—. Te conocía. Conocía a la persona que eras hace nueve meses, para ya no eres ella. Eres una chica segura de sí misma y atrevida, y lo estás haciendo de maravilla en un nuevo trabajo muy exigente, en el que te has metido en el bolsillo a todos los invitados vip que nos han visitado. Eres mucho más de lo que eras cuando estabas con él, y créeme, él lo entenderá y se cuestionará sus decisiones.

Me mordí el labio.

—¿Tú crees?

Kadon me dio un beso en la frente.

—Te lo garantizo. Vamos a restregar la nariz de ese cabrón por un montón de mierda tan grande que lo olerá durante el resto de su miserable vida.

—Me gusta cómo suena eso.

—A mí también. —Sonrió con alegría—. Va a ser divertido.

—Tenemos que asegurarnos de que no nos pillen. Deberíamos hacer un par de sesiones de preguntas y respuestas. Ya sabes, sobre cosas como nuestra película favorita, o el nombre de nuestra antigua mascota, o los colegios a los que asistimos.

Kadon se frotó la barbilla.

—Buena idea. ¿Qué tal si voy a tu casa mañana por la mañana? Llevaré pasteles de la confitería que tanto te gusta.

Le di un golpecito con el pie.

—¿Ves? Tú ya sabes cómo ganarte mi corazón.

4

Kadon

Soy un idiota. O puede que un genio. Todavía no está clara la cosa

Llegué a la puerta de Lee haciendo malabares con dos bolsas de pasteles sobre dos caramel lattes. Debía de estar pegada a la mirilla, porque la puerta se abrió en cuanto me acerqué. Me robó la bolsa de los pasteles, la olfateó con fuerza y luego se la abrazó contra el pecho como si fuera el tesoro de Gollum.

—Tú sí que sabes ganarte el corazón de una chica. —Se dio la vuelta y desapareció en la cocina, que daba a un patio pequeño pero bien equipado. Cuando llegué hasta ella, ya había colocado los platos sobre la encimera y distribuido los pasteles.

—Cualquiera pensaría que no has comido en una semana.

—Escuche, caballero: me he pasado años intentando controlar cada bocado que me metía en la boca. Estoy recuperando el tiempo perdido. —Le dio un mordisco enorme al cruasán de almendras. Un tercio desapareció dentro de su boca. Masticó, y los ojos se le pusieron en blanco—. Dios, es como un orgasmo.

Si alguien me preguntara cómo lo logré, ni yo mismo lo sé, pero de alguna manera me las arreglé para no soltar un gemido.

—Eres muy fácil de complacer.

—Ni te lo imaginas. —Otro tercio desapareció. Después, me cogió el café y le quitó la tapa de plástico. Sopló y luego le dio un sorbo—. Ay, cómo quema.

—¿De verdad? Menuda sorpresa, teniendo en cuenta que está hecho con leche hirviendo.

Sonrió, y las migajas que tenía en la mejilla me tentaron todavía más.

—Estás aprendiendo, Kingcaid. Esa casi ha sido buena.

Dash asomó la cabeza en la cocina, comprobó quién era el infiltrado que había interrumpido su mañana y se acercó tan tranquilo, con la cabeza alta y bien orgulloso. Ronroneó al restregarse contra mis piernas.

Menudo honor.

Dash me toleraba, hasta que dejaba de hacerlo. Me incliné y, con cautela, le rasqué detrás de la oreja. No le gustaba que lo tocara nadie más que Lee. No tenía ni idea de psicología gatuna, pero seguro que tenía algo que ver con ser callejero. Ella era su salvadora, era suya. Todos los demás recibían un trato de sospecha absoluta.

—Es raro que seas el único al que se acerca. Si viene otra persona, sale corriendo y se esconde.

Yo le sonreí.

—Eso es que tiene muy buen ojo para la gente. Por eso.

—Ay, Dios. Esa te la he servido en bandeja, ¿eh? —Se frotó la cara con la mano—. Despierta, Leesa.

Sin parar de reír, saqué un taburete de la barra del desayuno y me senté a su lado. Yo también le quité la tapa a mi café y me acerqué mis pasteles. Corté un trozo del bollo con chocolate y me lo metí en la boca. Delicioso.

—Tienes razón. Estoy aprendiendo.

Dash saltó sobre la encimera y casi me metió la cola en el café. Lo cogí y lo dejé en el suelo. Me lanzó una de esas miradas como diciendo «Si me tocas otra vez, te mato», con la cola tiesa, y se fue dando brincos a la otra habitación.

Vuelve su conducta de siempre.

—Ese gato es todo un espíritu libre. Me tolera, pero bajo sus propias condiciones.

—Cierto. —Asintió ella con énfasis—. Somos todos unos títeres en su plan para dominar el mundo. —Ocupó el taburete que había a mi lado y suspiró—. Bueno, he estado pensando.

—Oh, oh. No es buena idea a estas horas de la mañana.

Recibí un codazo en las costillas como respuesta.

—¡Kadon! Estoy hablando en serio.

—Vale, vale. —Levanté las manos en señal de rendición—. ¿En qué has estado pensando?

—En todo esto del noviazgo falso.

Ah…, el noviazgo falso.

Falso para ella. Para mí era todo lo contrario a falso.

Pasar tres días siendo el novio de Lee era lo más real que me podía pasar. Aunque no tenía intención de contárselo a ella, claro. Había pensado en ello, demasiadas ocasiones a decir verdad, pero ¿de qué serviría? ¿Acaso había algo más doloroso en el mundo que decirle a una persona que la querías, y que ella no te contestara lo mismo? ¿O peor aún, que te dijera algo en la línea de «Lo siento»?

Dios. Solo de pensarlo, me daban escalofríos. Ya puestos, lo mismo podía decirle: «Toma, aquí tienes mis pelotas. Puedes apretarlas hasta que exploten».

—¿Qué pasa con él? —Me sacudí las migajas de las manos y cogí una servilleta para limpiarme la grasa de los dedos.

—Anoche no pude dormir. Yo… Creo que no funcionará, Kadon.

El corazón se me detuvo al menos durante tres segundos. Vale, nunca saldría con Lee en serio, no merecía tenerla de verdad. Pero, joder, ¿por qué no me permitía el universo tener solo aquello? ¿Esa pequeña milésima de tiempo en la que podía fingir que llevaba a la mujer más divertida, adorable y guapa del mundo del brazo y que todos los hombres de la sala me miraban y ardían de celos? Hasta Benedict.

Sobre todo Benedict.

Ese hombre se despertaría un día y se daría cuenta de que el precio que había pagado por el éxito no valía la pena.

Me aclaré la garganta.

—¿Por qué no?

—No sé. Es que… No soy actriz, y tú tampoco. Si solo se tratara de la boda, entonces quizá pudiera hacerlo. Pero es que son tres días. ¿Cómo vamos a ser capaces de fingir durante tres días enteros?

Pues fácil de cojones.

—Mira. Somos muy amigos, ¿verdad? Así que ya tenemos confianza. Nos reímos juntos, nos tomamos el pelo, nuestras interacciones son naturales. Todo eso no hace falta que cambie. Lo único que tenemos que hacer son cosas como cogernos de la mano en público y bailar en la boda.

Si no tenía cuidado, acabaría pareciendo desesperado, pero no pensaba dejar que mi sueño, que había tenido delante de las narices, acabara esfumándose.

Eso no iba a pasar.

La piel de la nuca se me puso de gallina mientras esperaba a que considerara mi sugerencia. El silencio me provocaba un dolor físico, pero la jugada adecuada en ese momento era seguir callado, dejar que pensara bien en ello.

Y si seguía sin estar satisfecha con ello, entonces… entonces…

Ay, joder. No se me ocurre nada.

Se mordisqueó la esquina del labio y me dirigió su seductora mirada gris. Se retorció un mechón de pelo color lavanda con un dedo y asintió.

—Sí, supongo que tienes razón.

El alivio me relajó los músculos tensos de la espalda, y dejé caer los hombros.

—Sí que la tengo. —Dejé mi bollo a medio comer en el plato y tomé sus manos entre las mías—. Mira, Lee, te mereces tu venganza. Te la has ganado. Deja que te ayude.

Una vocecita interna me dijo: «Querrás decir ayudarte a ti mismo».

No se equivocaba. Pero para Lee, corazón que no ve, corazón que no siente. La única persona que podía salir herida era yo. Y como yo era el catalizador de toda aquella situación, entonces sería yo quien decidiera si podría soportar o no pasar unos días en Inglaterra, crear unos cuantos recuerdos, divertirme restregándoselo a su ex por las narices y luego regresar a nuestras vidas normales.

¿Qué podía ir mal?

Lee se frotó los labios.

—¿Estás seguro?

—Al cien por cien. No lo habría sugerido la semana pasada si no lo estuviera. Vamos. Será divertido. —Aparté lo que quedaba de mi plato. Lee me miró horrorizada, luego miró las sobras y después me miró a mí otra vez.

—¿No te vas a acabar eso? —Señaló con la barbilla lo que quedaba del bollo del chocolate y el kouign-amann que aún seguía sin tocar y que, en mi opinión, era muy superior al humilde croissant. Sin embargo, aquella mañana no tenía hambre y, después de que Lee casi se echara atrás incluso antes de empezar, lo poco que tenía casi había desaparecido.

Me di unas palmaditas en el estómago.

—Tengo que cuidar de mi tableta.

—Bueno, pues yo no. —Cogió el bollo de chocolate y se lo zampó de un bocado.

Eso es lo más cerca que van a estar tus labios de los suyos, idiota.

—Entonces, ¿te animas? —insistí.

Ella tragó.

—Supongo.

—Genial.

Metí la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta y saqué una hoja de papel. La coloqué sobre la encimera de la cocina y la alisé.

—He anotado unas cuantas preguntas antes de salir de casa esta mañana.

—Ay, por favor, mírate, menudo organizador estás hecho. Yo tenía pensado improvisar.

—Eso también podría valer. Podemos usar esto como temas que sacar cuando nos quedemos sin ellos.

Me quitó el papel de la mano y lo examinó.

—Guau. ¿Se te ha ocurrido todo esto?

—A mí no. A Google.

—Ah. Tres puntos por ingenuidad. Cero por esfuerzo.

—Eso no es cierto. Mi esfuerzo fue pensar en preguntarle a Google, para empezar. Y además, es eficiente. ¿Para qué trabajar doble, si la tarea ya está hecha?

—Mmm —murmuró—. Veamos. —Revisó la lista con el dedo—. Ah, aquí hay uno bastante cutre con el que empezar. «Famoso del que estás colgado».

Tú.

A veces era fácil olvidar que Lee se había pasado la mayor parte de la vida en el ojo de la prensa. Tenía una cuenta de Instagram con más de diez millones de seguidores, y aunque había dejado de ser modelo hacía más de nueve meses y no había subido contenido desde entonces, seguía creciendo. Los periódicos y las revistas todavía publicaban fotos suyas, y a veces la gente la paraba por la calle cuando salía. Al menos, en mi club disfrutaba de algo de privacidad. Muchos de mis clientes eran tan famosos, si no más, como ella, por no mencionar que su propio ego no les dejaba ver más allá de sí mismos, mucho menos a ella.

—Es muy fácil: Margot Robbie.

—Buena elección. Es guapísima.

No tanto como tú. Ni de lejos.

—¿Y qué hay de ti?

Lo pensó un poco.

—No lo sé. Conocí a muchos mientras trabajaba como modelo, y para ser sincera, aquello de que «se me ha caído un ídolo» es bastante cierto. Pero si tuviera que elegir a uno, sería… Elvis.

—¿Elvis? Está muerto.

—¿Y? —Dio un golpecito en el papel con una uña redonda y perfecta—. Dime en qué parte de las normas pone que deba tener pulso.

Se me escapó una carcajada.

—Sabía que darías problemas.

—Bueno, tenemos que darnos prisa, si no, nos vamos a pasar aquí todo el día. ¿Dónde nos acostamos por primera vez?

Casi me atraganté con mi propia saliva.

—Joder, Lee, menudo cambio con el tema de los famosos. Nadie va a preguntar eso.