Hechizada por ti - Tracie Delaney - E-Book

Hechizada por ti E-Book

Tracie Delaney

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Beschreibung

Él me prometió amarme siempre. Me mintió. Conocí a mi alma gemela cuando yo tenía ocho años y él, seis. Cuando cumplí doce me pidió que me casara con él. Cuando celebré mi decimosexto cumpleaños me regaló un anillo hecho con margaritas. Al marcharme a la universidad, a los dieciocho, lloró. Y a los veinticuatro me rompió el corazón. Lo destrozó en mil pedazos. Sin embargo, este no es el final de la historia. Una década después nos hemos visto obligados a reencontrarnos, y mi futuro vuelve a estar en sus manos. Solo que esta vez tengo más años y más experiencia. Finge ser inocente, pero yo sé la verdad. Esta vez tengo el control. Ya no puede hechizarme. Además, el Señor Supermillonario está a punto de aprender que nunca podrá conseguir lo que quiere. A mí.

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Seitenzahl: 406

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Mesmerized by You

Primera edición: abril de 2025

Copyright © 2023 by Tracie Delaney

© de la traducción: Lorena Escudero Ruiz, 2025

© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-10070-85-1

BIC: FRD

Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: Freepik

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Nota de la autora

1

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Epílogo

Nota de Nolen

agradecimientos

Contenido especial

Nota de la autora

Querido lector:

Es curioso cómo pasa el tiempo. Parece que fue ayer cuando estaba creando la trama de los nueve libros de la serie Kingcaid Billionaires y ya vamos por la cuarta entrega.

Me encantan las historias con una relación larga detrás. Nolen y Marlowe tienen una de esas. Se conocieron cuando él solo tenía seis años y ella, ocho. Al hermano de ella, que también tenía seis, lo estaba acosando un niño mayor y Marlowe, que siempre ha sido un poco guerrera, intervino y lo defendió. A partir de ese momento Nolen se enamoró, y nunca dejó de querer a la mujer a la que reconocía como suya.

Por desgracia, la vida no es un camino de rosas, y eso les pasó a los dos. Ambos cometieron errores, lo que produjo diez años de separación. Sin embargo, el destino tenía otros planes, y el universo se empeñó en unir a estos dos de nuevo.

Y entonces empiezan a saltar las chispas. Nolen no oculta su amor por Marlowe, y ella tampoco su odio hacia él. A mí, como escritora, esa situación me proporciona mucha materia para crear una trama. Me divertí muchísimo pasando el rato con esos dos.

Espero que disfrutes leyendo Hechizada por ti. Me encantaría escuchar tu opinión cuando acabes la lectura. Puedes unirte a mi grupo de Facebook, Tracie’s Racy Aces, y participar en los debates que se abren.

Entre tanto, pasa la página y sumérgete en la cuarta entrega de los Kingcaid Billionaires. Disfruta de cada segundo de ella.

Feliz lectura.

Con amor.

Tracie

1

Marlowe

¿Cuánto dura una condena por asesinato?

La furia me reventaba el pecho. Las manos, que había cerrado con fuerza, me temblaban a pesar de tenerlas tan apretadas que me estaba clavando las uñas en las palmas. Recorrí el salón una y otra vez hasta contar la vigésima vuelta al llegar al ventanal que daba a la piscina de la casa que compartía con mi hermano, Jason.

Dios, lo odiaba. Lo odiaba. A mi hermano no. No, a él lo quería. Pero a su mejor amigo, Nolen Kingcaid, en cambio…

Puf, mejor ni empezar.

Ese hombre se había empeñado en hacerme la vida imposible, y como me conocía prácticamente de toda la vida, sabía muy bien cuáles eran mis puntos débiles. Pero con esa última estratagema… había ido demasiado lejos.

El sonido de una puerta al cerrarse hizo que me acercara a mirar por la ventana. Me asomé por la persiana justo cuando mi hermano salía de la parte trasera de un coche de lujo. El chófer sacó su equipaje del maletero y lo dejó en el suelo. Intercambiaron unas palabras. Jason se rio por algo que había dicho el chófer, y luego me vio tras la ventana. Le flaqueó la sonrisa.

Ah, así que había ido a ver a Nolen antes de venir a casa… Me quedé de piedra.

Seguramente, Nolen lo había confesado todo para advertir a Jason de mi inevitable arranque de furia.

Era capaz de escribir el guion exacto de lo que estaba a punto de suceder. Yo echaría pestes por la boca sobre su querido mejor amigo, y Jason lo justificaría restándole importancia a lo que Nolen había hecho. Cuando me hubiera quitado toda la rabia de encima, ambos admitiríamos que estábamos en desacuerdo hasta el momento en que Nolen volviera a cabrearme, y todo volvería a empezar de nuevo.

Jason y yo éramos unos hermanos de lo más unidos, pero también éramos personas muy distintas. Yo tenía un temperamento más explosivo que las llamaradas del sol, mientras que Jason era tranquilo y siempre tenía una sonrisa en la cara. No recordaba la última vez en que se hubiera enfadado por nada.

Yo ya perdía los nervios lo suficiente por los dos, y el noventa y cinco por ciento de las veces la causa o el objetivo era un solo hombre.

—No dispares. —Jason dejó su maleta en el vestíbulo y entró en el salón con las manos alzadas en señal de rendición—. Ya he hablado con Nolen. Sé que estás enfadada.

—¿Enfadada? ¡Enfadada! Uf, estoy mucho más que enfadada. —Puse los brazos en jarras y volví a caminar de un lado a otro sin parar—. ¿Te lo ha contado? ¿Lo de Charlotte?

Charlotte era mi magnífica asistente. Y había dicho «era», en concreto, porque Nolen me la acababa de arrebatar delante de mis propias narices.

—Sí. —Se quitó la corbata de un tirón y la arrojó sobre el respaldo de la silla más cercana. La siguió la chaqueta de su traje—. No es lo que parece.

Solté un resoplido. Qué típico. Estaría bien equivocarme de vez en cuando. Al menos, sobre aquello.

—Es exactamente lo que parece. Nolen, de nuevo, se frota las manos ante otra nueva oportunidad de sumar puntos y salirse con la suya, según él cree y por motivos que solo él conoce.

Volví a arrepentirme de haber decidido ir a Las Vegas. Volver a aparecer en el radar de Nolen tras una década separados había desenterrado recuerdos amargos que me había esforzado mucho por suprimir. Sin embargo, tras mi fracaso matrimonial —un matrimonio del que culpaba, en parte, a Nolen—, Jason me había pedido que viniera para ayudar a expandir la empresa inmobiliaria que había fundado junto con él. Dejar Nueva York atrás en busca de un nuevo comienzo en la otra punta del país me había parecido una buena idea en ese momento.

Ojalá lo hubiera pensado mejor. Desde que me había ido a vivir allí doce meses antes, mi resentimiento hacia el hombre con quien pensé que me casaría durante toda mi juventud se había recrudecido. Era como un tumor que se había expandido hasta arrasar con todos los recuerdos felices y llenar mi mente de imágenes nítidas de aquella otra noche, diez años atrás, durante la fiesta de graduación de la universidad de Nolen.

Imágenes de él en la cama con otra mujer la noche en que se suponía que seríamos nosotros quienes consumaríamos nuestra relación. Imágenes de él penetrándola una y otra vez, con el olor a sexo y sudor impregnando el aire. Nunca podría olvidarlo. Nunca podría borrar aquellas imágenes de mi mente ni los olores de mi nariz.

Al principio pensé que me había equivocado de habitación, pero entonces escuché que ella pronunciaba su nombre mientras gemía sin parar…

El suspiro profundo de Jason me hizo regresar del pasado. Se quitó los gemelos y se dobló las mangas de la camisa hasta la mitad del brazo.

—Eso no es lo que ha pasado. Es un malentendido.

¿Un malentendido? Menuda estupidez.

—Ah. —Me di un golpe en el muslo con gesto dramático—. Así que ha sido eso, ¿eh? ¿Entonces no pretendía ofrecerle trabajo a mi asistente? ¿Es eso lo que quieres decir?

—No, no es eso. —Se dejó caer sobre la silla y apoyó la cabeza en su chaqueta—. Él quiso contártelo antes de emitir el contrato, pero su director de Recursos Humanos se adelantó a los acontecimientos y, bueno, supongo que Charlotte contactó contigo antes.

Fruncí los labios, reacia a ceder ni un ápice en la batalla de voluntades entre Nolen y yo. Aunque lo que Jason decía fuera verdad, Nolen no tenía por qué robarme a mi asistente. Había docenas de personas cualificadas que se matarían por trabajar con Nolen Kingcaid.

Me daban lástima, pero, claro, ellos no lo conocían como yo.

Lo que me resultaba imposible de adivinar era el motivo por el que Nolen quería hacerme tanto daño. Sin embargo, nunca me había enfrentado a él para averiguarlo. Me preocupaba tanto mantener mi dignidad intacta que cuando tuvo el morro de venir a buscarme la noche de su fiesta de graduación de la universidad para saber por qué no había ido a verlo como habíamos quedado, me reí en su cara y le dije que solo era un crío y que yo necesitaba a un hombre. O algo por el estilo. No recordaba las palabras exactas: estaba demasiado ocupada tratando de no venirme abajo.

Lo había dejado allí plantado, con los ojos como platos y expresión confusa, y me había largado al bar más cercano. Me bebí todo mi peso en tequila y, a la mañana siguiente, me desperté en la cama con Alexander, el hombre con quien acabé casándome unas pocas semanas después.

Me pasé los diez años siguientes arrepintiéndome de aquella decisión. Intenté que funcionara. Mis padres me habían inculcado que el matrimonio requería esfuerzo, pero a lo largo de los años, en vez de enamorarme más de Alexander, acabé dándome cuenta de que nunca lo había querido, para empezar.

Ni de lejos.

Y ahora, por culpa de mi trabajo en la empresa de Jason, por no mencionar que además vivía en su casa, me encontraba más con Nolen de lo que había calculado.

El único consuelo era que el papel de Nolen en la empresa era el de inversor y socio pasivo. Si tenía que trabajar a su lado todos los días, sería capaz de… de… de matarlo con mis propias manos.

O de volver a caer bajo su hechizo y arriesgarme a que me hiciera daño de nuevo.

No sabía qué era peor, si una condena perpetua en la cárcel para mujeres Florence McClure en Las Vegas o tener que vivir el resto de mi vida con el peso sobre mi conciencia de haber cometido el mismo error dos veces.

—Vale, puede que sea verdad, pero ¿por qué Charlotte? —No esperé a que Jason me respondiera para seguir presionándole—. Te diré por qué: porque trabajaba para mí. Por ningún otro motivo.

—Me ha contado que publicó una oferta de trabajo y que ella se presentó. Le hizo una entrevista y decidió que era la mejor de entre todos los candidatos. Eso es todo.

—¿Esto es todo? Madre mía, Jason, ¿puedes lamerle un poco más el culo a ese tío? Si no te conociera tan bien, diría que estás enamorado de él.

Mi apacible hermano soltó una carcajada.

—Dios, cómo te quiero, hermana. No hay nadie como tú ni de lejos.

Las llamaradas de furia menguaron al ver la reacción afable de Jason a mi rabia. Mi hermano siempre había tenido la capacidad de extinguirlas. Las esquinas de mis labios se alzaron y meneé la cabeza.

—Eres un cabrón insufrible.

Se levantó y me dio un abrazo.

—Yo también te he echado de menos. —Me dio un beso en la coronilla—. ¿Sabes qué pondría fin a lo que hay entre los dos de una vez por todas?

Entrecerré los ojos al sospechar por dónde quería ir, pero, aun así, caí en su trampa.

—Ilumíname, queridito hermano.

—Que los dos aceptarais lo inevitable y os enrollarais.

Solté un suspiro que me salió desde lo más profundo del alma. Jason no ocultaba que quería que Nolen y yo estuviéramos juntos. Siempre lo había deseado, desde que éramos niños. Pensaba que éramos perfectos el uno para el otro.

Yo siempre afirmaba que era ridículo.

Aunque no siempre había sido así. Conocí a Nolen cuando yo tenía ocho años. Acudí a ayudar a mi hermano, de seis años, cuando lo estaban acosando, y ahí estaba él, un renacuajo de la misma edad que Jason que se quedó a un lado, viendo cómo me encargaba de la situación con los ojos como platos y expresión fascinada. A partir de ese día, los tres nos hicimos inseparables.

Crecí pensando que había encontrado a la persona con quien estaba destinada a casarme, y creía que Nolen sentía lo mismo.

¡Ja! Me arrancó aquella idea de la cabeza de la peor manera posible.

—¿Con él? Prefiero apuñalarme el corazón. Además, no eres muy buen hermano pequeño. ¿No se supone que los hermanos están en contra de que sus hermanas se líen con su mejor amigo? Es lo que cuentan las novelas románticas.

Se echó a reír.

—Sí, bueno, pero la vida no es una novela romántica.

—Pues peor para mí —repliqué—. A Nolen Kingcaid le vendría muy bien una remodelación de la mano de un buen escritor.

Su sonrisa se amplió.

—Estás exagerando demasiado este problema. Charlotte tiene derecho a trabajar donde y para quien quiera. Y ha decidido trabajar para Nolen.

—Sabía que su personalidad tenía algún defecto.

Jason puso los ojos en blanco, desesperado por mi actitud.

Yo solté un suspiro.

—Vale. Bajo una coacción extrema, admito que quizá tengas razón, pero es que ese hombre parece querer buscarme las cosquillas todo el rato y divertirse en el proceso.

—Eso es porque quiere llamar tu atención. Si estuvierais en la guardería, en vez de eso te tiraría de las trenzas.

Lo miré con los ojos entrecerrados, preguntándome si es que había perdido la cabeza.

—Sí, claro. —Mi tono de voz estaba cargado de sarcasmo—. Y además, nunca he llevado trenzas.

Jason meneó la cabeza.

—Los dos sois igual de malos.

—Sí, claro, lo que tú digas —murmuré, lo que, a mis treinta y cuatro años, me hacía al menos quince años demasiado mayor como para dar una contestación tan infantil. El maldito Nolen Kingcaid sacaba lo peor de mí.

—El terreno es perfecto, por si acaso te interesa —añadió Jason.

El motivo de aquel viaje de trabajo. Claro. Me había dejado llevar tanto por mi rabia contra Nolen que no le había preguntado a Jason qué tal había ido. Era una hermana terrible y una socia mucho peor. Me incliné y le di un abrazo.

—Sabía que lo conseguirías.

—Bueno, todavía no estamos seguros al cien por cien, pero calculo que el contrato entrará en mi correo antes de que acabe el día.

—Estoy orgullosa de ti.

Se le hinchó el pecho. Podía ser que tuviera treinta y dos años, pero todavía no era tarde para recibir los halagos de su hermana mayor.

—Gracias, hermana. Viniendo de ti, es un gran elogio.

—¿Porque me cuesta darlos?

—No diría que te cuesta exactamente, sino que solo los das cuando se merecen.

—Deja de intentar ganarme con cumplidos. Sigo enfadada con Nolen, pero admito que quizá haya exagerado un pelín.

Jason arqueó una ceja.

—¿Tú crees?

Le di un golpe con la punta del pie.

—Gilipollas.

—Le debes una disculpa, sobre todo después de haberlo insultado delante de su familia.

Ah, así que Nolen le había contado toda la historia… Judas.

—A Johannes no le importó en lo más mínimo. —Johannes era el primo de Nolen. Estaba al lado de Lucifer cuando me enfrenté a él por haberme robado a Charlotte.

—Puede ser, pero, aun así, le debes una disculpa.

Mi cara debió de decirlo todo. Se rio, me dio otro beso en la coronilla y luego se llevó la maleta al piso de arriba.

Odiaba cuando mi hermano tenía razón.

Y ahora tenía que ir a hacerme la simpática con el diablo.

2

Nolen

Lucifer y yo tenemos mucho en común. O eso parece…

Bajé en el ascensor hasta mi despacho, en la planta baja, con el corazón latiéndome como loco por la adrenalina que me recorría las venas. No me lo podía creer. Unos matones habían atacado a mi primo. En mi hotel. En mi puñetero hotel. Me pasé la mano por el pelo. Como si Johannes no hubiera tenido suficiente ya… Ese hombre se estaba empezando a recuperar y ahora le pasaba aquello.

Bajo mis malditas narices. Debería haber estado a salvo aquí. Todos mis malditos clientes deberían estar a salvo aquí.

Tenía el estómago retorcido en nudos cuando entré en el vestíbulo para ver a la policía. Divisé a una mujer que venía directa hacia mí y solté un gemido. Marlowe, en trayectoria de colisión, con la mandíbula encajada por la determinación. Por lo general, ansiaba nuestros encuentros. Pero ese día no. Tenía que solucionar una catástrofe.

Levanté la mano.

—Sea lo que sea, ahórratelo.

Ella frunció el ceño.

—Ni siquiera he abierto la boca.

—Sí, bueno, sea lo que sea lo que tengas que echarme en cara, tendrá que esperar. —Me pellizqué el puente de la nariz—. No tengo ni el tiempo ni la energía para discutir contigo.

Apretó los labios y se colocó las manos en las caderas.

—Para que lo sepas, he venido a disculparme por lo que te dije ayer, pero sabía que no tenía que molestarme siquiera. —Se dio la vuelta, se detuvo y luego volvió a girarse para mirarme. Me observó más de cerca, escudriñándome como si fuera un virus bajo el microscopio—. ¿Qué pasa?

Cerré los ojos durante un instante.

—¿Por qué te preocupa, Marlowe?

—Porque siempre tienes energía para discutir conmigo. Es lo que hacemos los dos.

—Bueno, pues a lo mejor estoy harto —repliqué.

Se le pusieron como platos sus ojos color ámbar.

—Vale, ahora sí que estoy segura de que pasa algo. Deja de portarte como un gilipollas y cuéntamelo.

—Vale. La policía me está esperando en mi despacho. Alguien ha atacado a Johannes en su suite.

Soltó un jadeo y se tapó la boca con la mano.

—Ay, Dios. ¿Está bien? ¿Qué ha pasado?

—No sé qué ha pasado. Le he enviado a mi médico. Tiene una contusión, está un poco maltrecho y herido, pero se pondrá bien tras unos días de descanso.

Su expresión se suavizó, y, por primera vez desde que volviera a irrumpir en mi vida doce meses antes, vi un asomo de la Marlowe con la que había crecido. De la que me había enamorado. La defensora feroz, cálida y alegre que me había hechizado desde el momento en que la conocí. La chica con la que compartí todas mis esperanzas y mis sueños. Sentí que se me encogía el corazón. Añoraba a esa Marlowe todos los días, pero mostrarme un atisbo de la mujer que pensé que había desaparecido para siempre justo cuando estaba en mitad de una catástrofe era la peor de las crueldades.

—¿Qué puedo hacer?

—Nada. Lo tengo todo controlado.

—Pero…

—Por Dios Santo, Marlowe, he dicho que nada. No necesito tu ayuda. Lo que necesito es ocuparme de la policía y volver con mi primo, ¿vale?

Sin esperar una respuesta, la dejé atrás y entré en mi despacho. Me costó Dios y ayuda no mirar por encima del hombro, no volver corriendo hacia ella para decirle que claro que la necesitaba. La necesitaba más de lo que necesitaba el oxígeno para respirar.

La reunión no duró mucho tiempo. No pude contarles demasiado. El agente encargado del caso me entregó su tarjeta. Yo prometí llamarlo en cuanto Johannes se despertara y el médico diera el visto bueno para que hablara con las autoridades. Zandra los acompañó a la salida. La puerta se cerró a sus espaldas. Apoyé la cabeza entre mis manos y me tomé un momento.

Debía llamar a la tía Marie y al tío Joshua, los padres de Johannes, pero, conociendo al quisquilloso de mi primo, me daría un puñetazo en toda la cara si lo hiciera. Le disgustaría todo ese jaleo, y tampoco era que estuviera entre la vida y la muerte. De haber sido así, la situación habría cambiado por completo.

Una vez superado el pánico inicial, la adrenalina que se había disparado una hora antes empezó a desvanecerse, y me quedé agotado. Solté un suspiro. No debí haberle hablado a Marlowe tal y como lo había hecho. Por mucho que me gustara aguijonearla, siempre lo hacía en plan de broma. Ella era como una bomba, con un carácter tan explosivo como un volcán. Yo era el desenfadado, el que le permitía desahogar toda su ira en mí mientras disfrutaba de cada segundo de su atención. Como rezaba el antiguo refrán, «del amor al odio hay solo un paso».

¿Podríamos dar algún día ese paso atrás y volver al amor? Nunca se debía perder la esperanza.

No había visto a Marlowe desde el día en que atacaron a Johannes. Tampoco era de sorprender, tras haberla rechazado con tanta brusquedad, pero ella había repartido broncas mucho peores. Así éramos los dos. Ella tenía garras y la lengua afilada. Yo era jovial y despreocupado. Y sí, admitía que me gustaba hacer ese papel por muchas razones, sobre todo por cómo la sacaba de quicio.

Me subí a mi coche a toda prisa y conduje hasta la casa de Jason y Marlowe. Si no la encontraba allí, entonces iría a su oficina. No me sentía bien al haberlo tratado así antes. Que ella lo hiciera conmigo todo el rato era irrelevante. Así funcionaba nuestra relación. En ese mismo momento debía de estar muy confundida. Si no hubiera estado tan agotado después de lidiar con los efectos colaterales del ataque de Johannes, me habría reído.

Su coche estaba aparcado en el camino de acceso, pero eso no quería decir que estuviera en casa. A veces se iba al trabajo con Jason. Pero al salir del asiento del conductor, la vi aparecer en la puerta.

No está de brazos cruzados. Buena señal.

Sonreí.

—Hola.

Ella no me devolvió la sonrisa, pero tampoco me dijo que me largara de su casa.

—¿Tienes un segundo?

Se frotó los labios, y mi mirada se desvió hacia su boca. Habían pasado más de diez años desde la última vez que los probé, y el recuerdo era tan vívido como si hubiera sucedido solo unos segundos antes. Siempre que recordaba aquella noche, me entraban ganas de preguntarle —de nuevo— por qué no solo había cambiado de opinión sobre nosotros, sino que además había disfrutado humillándome y menospreciando lo que hubo entre los dos en el proceso. Sin embargo, cada vez que sentía aquella necesidad, la descartaba. Me negaba a romperme la cabeza con los motivos, porque seguía sin comprender nada. Nunca me dio una respuesta satisfactoria, así que ¿para qué seguir intentándolo?

Se dio la vuelta y desapareció en el interior de la casa, dejando la puerta abierta. Yo la seguí y ahogué el ruido de una moto que pasaba al cerrar. La encontré con la espalda contra la ventana y con la luz del sol creando un halo dorado a su alrededor y entremezclando su tono con los espesos mechones de color caramelo. El estómago se me llenó de mariposas, y me hormiguearon los pies de ganas de acortar la distancia entre los dos, tanto física como metafóricamente.

Pero me quedé donde estaba.

—¿Cómo está Johannes?

—De camino a Oklahoma.

Los ojos le brillaron, y ladeó la cabeza.

—¿Qué hay en Oklahoma?

—La mujer a la que quiere. —Le resumí con rapidez los acontecimientos de los últimos tres días: que descubrimos que la novia de Johannes, Ella, había estado huyendo de su marido narcotraficante, que este la encontró y que se la llevó a su mansión de Oklahoma en contra de la voluntad de Ella, y que luego yo había pedido un favor a un amigo mío de la dea para que nos ayudaran a rescatarla.

Marlowe me escuchó en silencio, y su expresión pasó del asombro a la preocupación. Cuando acabé, negó con la cabeza.

—Madre mía.

—¿A que sí? —Me senté sin que me lo hubiera ofrecido. Me habrían salido canas si hubiera tenido que esperar a que lo hiciera Marlowe. Se quedó quieta un instante y luego se sentó en el sillón contiguo. Se colocó las manos en el regazo y continuó callada.

Bueno, pues vale.

—Mira, siento haberte hablado mal el otro día. Me pillaste en un momento muy estresante.

Hizo un ademán con la mano, un gesto lleno de desdén. Justo como la actitud de Marlowe, sobre todo cuando estaba conmigo.

O, bueno, mejor dicho, solo cuando estaba conmigo.

Qué no habría dado por colocármela sobre las rodillas y arrancarle aquella actitud a azotes. Seguido de un sexo apasionado, sudoroso y furioso.

La paciencia era la clave del éxito. Por suerte para mí —y por desgracia para ella—, cuando repartieron ese atributo en concreto, yo estaba el primero de la cola.

—Tenías cosas más importantes en la cabeza —dijo.

—No, no más importantes, pero sí más urgentes en ese momento. Para mí no hay nadie más importante que tú.

Soltó ese resoplido adorable suyo. Era evidente que quería que fuera despectivo, pero a mí me resultaba adorable. Todo lo que ella hacía me encantaba, tanto si me gritaba como si me ignoraba.

—Cualquiera diría que, a tu edad, dejarías de decir tantas estupideces, pero no puedes evitar hacerlo, ¿verdad, Nolen?

Sonreí.

—Yo también te quiero.

Puso los ojos en blanco y gimoteó.

—Bueno, si vamos a andar con disculpas a regañadientes, yo también siento haber perdido los estribos por lo de Charlotte. Como Jason me señaló con mucha precisión, la gente es libre de elegir su propia carrera.

—¿Pero tú crees que se ha equivocado?

Encogió un hombro.

—Es su funeral. Si yo estuviera en su lugar, preferiría trabajar para el diablo que para ti.

—Y yo que pensaba que el diablo era yo…

Tamborileó con los dedos contra el muslo.

—No me sorprende que lo creas. Hay muchas similitudes.

Me reí por lo bajo y me puse de pie.

—Bueno, ya nos veremos, Marlowe.

Cuando salí al vestíbulo, su voz me llegó alta y clara.

—No si en mis manos está decidirlo.

Me falló el paso. Aquel repentino golpe en el estómago fue un giro inesperado y desagradable.

No debía dejar que me afectara. Debía estar ya acostumbrado a los rechazos directos de Marlowe.

Sin embargo, joder, cómo me dolieron sus palabras.

3

Marlowe

Incluso antes de empezar ya había perdido

Nunca leía el periódico ni veía las noticias. Solo parecían contar las cosas malas, ¿y quién necesitaba que lo atacaran constantemente con aquel bombardeo de sucesos depresivos?

Yo no.

Así que ver aquel artículo fue un golpe de suerte. Quizá fuera el aburrimiento, o podía ser un designio divino, pero algo me hizo abrir el periódico ese día y hojear aquellas páginas entintadas.

El artículo que me llamó la atención estaba de los últimos. Al principio lo pasé de largo, pero luego volví a la página anterior.

Justo ahí, en el medio, había un anuncio de un terreno que se presentaba a subasta. No se acercaba ni de lejos al tamaño que pudiera interesar a la empresa de Jason…, pero sí muchísimo a la idea que yo había ido madurando durante los últimos meses, una que se había apoderado de mí y se negaba a abandonarme.

Una chispa de emoción prendió vida en mi estómago y creció al ritmo de un alga gigante. Volví a leer la información. La subasta se iba a celebrar el jueves siguiente, dos días después. Sería caro, y aunque tenía algo de dinero propio después del acuerdo de divorcio, no bastaría para comprar el terreno por sí solo.

Podía solicitar una hipoteca, aunque ¿qué garantía iba a presentar? Jason era el dueño de la casa, y del negocio, pese a que me había regalado algunas acciones cuando llegué de Nueva York.

¿Serían suficientes?, me pregunté. ¿Y a quién se las podía vender?

De todas formas, tenía que intentarlo.

Si conseguía aquello, no solo tendría algo propio en lo que trabajar, sino que además podría cumplir la promesa que me había hecho a mí misma antes de marcharme de Nueva York.

Una mujer a la que conocí unos años antes a través del trabajo de mi exmarido —y con quien había entablado amistad— había sido asesinada por su marido, un hombre al que Alexander defendió en los tribunales por un cargo previo de agresión. Su fallecimiento fue el catalizador que terminó por derrumbar mi maltrecho matrimonio, y me juré que su muerte no sería en vano.

Arranqué la página y tiré el resto del periódico a un lado. Tras leer el anuncio detenidamente, lo doblé por la mitad, y estaba a punto de guardármelo en el bolso cuando la puerta de entrada se cerró de golpe y Jason apareció en el umbral del salón.

—Pareces muy satisfecha contigo misma. —Dejó su maletín junto al sofá—. ¿Qué le has hecho a Nolen ahora?

Negué con la cabeza.

—Nada. Hemos solucionado las cosas. O algo así. —Meneé el trozo de papel en el aire—. Bueno, olvídate de él. No es importante. Esto sí que lo es. —Se lo coloqué delante. Frunciendo el ceño, me lo quitó de los dedos y lo leyó.

—¿Por qué me enseñas esto? No le sirve de nada a la empresa.

—A la tuya no, pero a la mía sí.

Su atractiva cara se llenó de confusión.

—Pero si tú no tienes empresa…

—Todavía no. Y, bueno, no será una empresa en el sentido estricto de la palabra, sino más bien una organización altruista, una que significa mucho para mí.

Jason se aflojó la corbata, pero no se la quitó, y tampoco la chaqueta. Seguramente solo había venido de visita relámpago a casa. Se le habría olvidado algo cuando se marchó a la oficina aquella mañana. Se dejó caer sobre el sofá y dio unas palmaditas al hueco que tenía al lado.

—Deja de dar brincos, siéntate y cuéntamelo todo.

Me coloqué a su lado, pero las piernas no paraban de temblarme. El subidón de adrenalina que me corría por las venas era lo que controlaba mis movimientos físicos. Al final, Jason me agarró la rodilla con fuerza.

—Para ya. Me estás mareando.

—Lo siento. —Apreté las plantas de los pies contra la alfombra y tensé los muslos—. ¿Recuerdas a Gloria, mi amiga de Nueva York? ¿A la que asesinó su marido? —Hice una mueca de dolor, a pesar de que había sucedido más de doce meses antes.

La expresión de Jason se enterneció.

—Sí.

—Bueno, cuando saltó la noticia, me prometí encontrar la manera de honrar su memoria. No pude salvarla a ella, pero sí podía salvar a otras. Solo que no estaba segura de cómo hacerlo. —Me aferré al brazo de Jason—. Pero ahora ya lo sé. Quiero comprar ese terreno y construir un centro para supervivientes de violencia de género, algún lugar donde puedan conseguir ayuda profesional y práctica, para que puedan reconstruir sus vidas.

Jason tardó un momento en responder, y me miró pestañeando varias veces como si hubiera perdido la cabeza cuando, en realidad, nunca había estado más segura de nada que de aquello.

—Pero eso es difícil de la hostia, Marlowe. Y no me refiero solo al dinero. Me refiero al riesgo de implicarte en las vidas de esas mujeres, de los problemas que podría conllevar.

—No estoy asustada, Jason. Estoy emocionada. —Le meneé el brazo—. Es justo lo que necesito. Lo que quiero. Algo propio de lo que sentirme orgullosa.

—Puedes montar la empresa que quieras. Una pastelería, o una tienda de ropa de diseño, o una agencia de contratación de ejecutivos, o…

—¿Una pastelería? Recuerda el lote de galletas que intenté hacer.

Se puso un poco verde y se tapó la boca.

—Ay, madre. Vaya que sí lo recuerdo.

Solté una carcajada.

—Escucha, sé que, en el fondo, puede que pienses que no es un negocio ideal. Para empezar, no viene con un balance general sano. Se trata más bien de soltar dinero y conseguir solo un beneficio emocional. Pero, Jason, es que necesito esas emociones. Me encanta trabajar contigo en la agencia inmobiliaria. De verdad. Pero no es mi pasión. No es mi alegría. Solo es un trabajo, y necesito una vocación. —Me mordí el interior de la mejilla—. También necesito un inversor, y ahí es donde apareces tú. Puedo financiar una parte con el dinero de mi acuerdo de divorcio, pero es imposible reunir todo el dinero que vale el terreno, y más aún sufragar los gastos de construcción del edificio.

Jason se dio unos golpecitos con el índice en el labio inferior, con suerte, sopesando mi propuesta. Por mucho que me quisiera mi hermano, era, ante todo, un empresario. Y aunque hacía generosas aportaciones a obras benéficas, el dinero de esas donaciones provenía de los enormes beneficios que producía su compañía. Montar algo a sabiendas de que nunca generaría dinero y de que siempre sería una carga financiera, incluso después de recibir donativos y recaudar fondos, conllevaba un cambio gigantesco de mentalidad para él.

Permanecí callada y le dejé tiempo para pensar. Si decía que no, no estaba segura de qué hacer a continuación. ¿Rogarle? ¿Amenazarlo? ¿Llorar? Poco probable. Yo no encajaba con ninguna de esas opciones.

Me di cuenta del momento en que tomó la decisión de prestarme el dinero incluso antes de que abriera la boca. Los ojos le brillaron, y sus labios formaron una leve sonrisa. La emoción que había intentado contener durante todo el tiempo explotó. Solté un chillido y lo rodeé con mis brazos.

—¡Eres el mejor!

—No he dicho nada.

—No hace falta. Te conozco, y te quiero.

Me agarró de los antebrazos y me lanzó una de sus miradas más serias.

—No te voy a extender un cheque en blanco, Marlowe. Te daré un presupuesto al que tendrás que limitarte, y si el valor del terreno lo supera, entonces tendrás que aceptar que no estaba predestinado.

Asentí.

—Sí que lo está. En serio.

Jason me sonrió igual que cuando era niño y no estaba tramando nada bueno, pero yo estaba demasiado contenta de que hubiera accedido a mi plan como para preguntarle al respecto.

Debería haber prestado más atención.

Las rodillas me temblaban, y los nervios de participar en la subasta del terreno que casi consideraba mío me hacían levitar de la dura silla de madera que ocupaba a cuatro filas de distancia del atril del subastador. Me golpeé el muslo sin cesar con la paleta, y sentí que todo mi interior vibraba conforme se acercaba el terreno número quince.

Allá vamos.

La mujer que había sentada a mi lado se levantó y pasó por delante de la fila de personas, que echaron las rodillas a un lado para dejarla pasar. Cuando llegó al pasillo, divisé a un hombre alto y vestido con elegancia que esperaba para ocupar su lugar. Se trataba de un hombre demasiado guapo para su propio bien, cuyos ojos verdes perversos estaban fijos en mí. Se pasó una mano por el pelo castaño ondulado, saludó a la mujer con la cabeza y luego entró a ocupar el único asiento libre de la sala: el que había a mi lado.

Será una broma.

Se sentó y se giró hacia mí con una sonrisa enorme.

—¿Qué hace una chica guapa como tú en un sitio como este?

Resoplé por la nariz, lo ignoré y mantuve la mirada en el subastador.

La risita de Nolen me puso los nervios, ya de por sí revueltos, de punta. Es que ese hombre no fallaba ni una sola vez a la hora de irritarme, y lo peor de todo era que ni siquiera parecía esforzarse demasiado. Lo único que tenía que hacer era respirar cerca de mi órbita para que yo apretara con fuerza la mandíbula hasta casi desencajármela.

—Por si te interesa, he venido por el terreno número dieciséis.

Giré la cabeza tan rápido que a mis ojos les costó un segundo seguir el hilo.

—Tú… Imposible.

Nolen frunció el ceño.

—¿Por qué no?

—Porque es el terreno para el que he venido yo.

—¿De verdad? —Se alisó la corbata—. Bueno, pues entonces va a ser muy divertido.

Casi solté un gruñido, pero me contuve en el último momento. Sentí un cosquilleo en la nuca y un peso enorme en los hombros por la decepción. ¿Por qué no podía irse de una vez a la mierda y destrozar los sueños de otra persona? ¿Es que pisotearme el corazón no le resultó suficiente? ¿También quería destruir mi futuro?

Mi furia se desinfló como si hubieran pinchado un globo. Luchar con el diablo y esperar ganar era una misión de estúpidos. Los bolsillos de Nolen Kingcaid no tenían fondo, mientras que yo tenía un presupuesto al que atenerme.

Había perdido incluso antes de que empezara la subasta.

4

Nolen

Hasta los multimillonarios pierden a veces

Reprimí mi sorpresa cuando Marlowe admitió que iba a pujar por el mismo terreno que yo. ¿Qué quería hacer ella con un pedazo de tierra justo en esa ubicación? Era demasiado pequeño como para suscitar el interés de Jason, y además, si él tuviera interés en participar en la subasta, me lo habría dicho.

Me había propuesto comprar ese terreno cuando me enteré de que el dueño actual había decidido venderlo tras un fracaso matrimonial, así que sus planes de construir un hogar para él y su mujer se fueron a pique. Me había puesto en contacto con él directamente para ofrecerle una cantidad exorbitante, sin embargo, insistió en que lo justo era que saliera a subasta.

Lo justo, y una mierda. El único motivo por el que quería subastarlo era porque pensaba que podía conseguir más dinero. Y por mucho que yo lo quisiera, no pensaba pagar mucho más que el precio del mercado. Los Kingcaid, en el fondo, éramos todos unos empresarios duros. No solíamos dejar que el corazón rigiera sobre el cerebro. Me había fijado una cifra en la mente, y si la puja la superaba, me retiraría.

Al menos, ese había sido mi plan hasta que se ladeó mi antena, como siempre solía suceder cuando Marlowe estaba cerca. Y sí, ahí estaba ella, sentada toda remilgada en la cuarta fila. Los dioses debieron de apiadarse de mí y dejaron libre el asiento que había junto a ella justo en el momento adecuado. Podría peguntarle qué planes tenía para el terreno, pero no me los contaría, así que ¿para qué molestarme en hacerlo? Y si acaso preguntaba y ella me lo contaba, entonces le estaría dando a pie a que ella hiciera lo mismo conmigo.

Y eso no se lo podía contar.

El subastador empezó, y yo dejé que ascendiera un poco. No tenía sentido comenzar a pujar tan pronto. Debía de ser la primera vez que Marlowe acudía a una de aquellas cosas, porque allí estaba ella, desde el principio levantando su paleta al aire cada pocos segundos. Su entusiasmo era un error propio de la falta de experiencia. Nunca debías mostrar tus cartas al inicio de ninguna negociación, así como tampoco desvelar cuánto te importaba ganar. Lo único que se conseguía con eso era darle más munición a tu enemigo.

Conforme se fue incrementando el precio, la cantidad de pujantes disminuyó. Pronto solo quedaron dos: Marlowe y otra mujer a la que no había visto antes. Quizá alguien de fuera de la ciudad. Yo todavía no había levantado la mano, pero lo haría pronto.

Marlowe se removió a mi lado. Si me hubiera gustado apostar —podía ser el ceo de una cadena de casinos, pero nunca jugaba en las mesas ni en las tragaperras—, habría dicho que el precio del terreno se estaba acercando al límite de su presupuesto.

Si el objetivo para el que yo lo quería no me hubiera importado tanto, me habría retirado y habría dejado ganar a Marlowe. Pero sí que me importaba, y además odiaba perder.

El segundo comprador se rindió. La tensión de los hombros de Marlowe, que le había hecho levantarlos hasta las orejas, disminuyó, y soltó un pequeño pero revelador suspiro. Había estado esperando que me preguntara cuándo pensaba pujar yo, pero no lo había hecho, seguramente porque estaba demasiado inmersa en el proceso como para prestarme atención.

El subastador señaló a Marlowe.

—La puja está en la señora de la cuarta fila. ¿Alguna oferta más?

Ella contuvo el aliento, yo sonreí, y entonces levanté mi pala para ofrecer diez mil más que en la última puja. La mirada que me lanzó podría haberle cercenado las pelotas a cualquier tío, pero yo mantuve en mente el motivo por el que quería aquel terreno y me limité a sonreír.

Ella volvió a pujar, y yo también. Estuvimos yendo y viniendo, hasta que Marlowe bajó la paleta y negó con la cabeza. Se le transformó el gesto, y parecía… destrozada.

No dejes que su decepción te afecte. Recuerda: lo estás haciendo por ella, por los dos.

—Ha pujado el señor de la cuarta fila. ¿Alguna oferta más? —El subastador recorrió la habitación con la mirada. Nadie levantó su pala.

—Enhorabuena, Nolen —murmuró ella, levantándose—. Has ganado. Como siempre.

—A la de una…. A la de dos…

Marlowe se abrió paso entre las rodillas dobladas de los asistentes. Estaba a medio camino de la salida cuando el subastador habló de nuevo. Sin embargo, no dijo «vendido», como yo esperaba.

—Lo siento, señor. —Se tocó el auricular—. Acaban de informarme de que el vendedor ha retirado el terreno de la subasta.

—¿Qué? —Me levanté de golpe.

El subastador se sonrojó.

—Es bastante insólito, pero el vendedor tiene derecho a retractarse hasta el último momento de la venta.

Crucé la mirada con Marlowe. «Triunfante» es el adjetivo que mejor describiría su expresión. No había conseguido el terreno, pero yo tampoco, y ahora mismo eso le gustaba mucho más que el hecho de que la subasta hubiera superado su presupuesto.

¿A qué coño estaba jugando Johnson, el dueño actual? Y encima en el último momento. Fueran cuales fueran sus motivos, pretendía averiguarlo sin falta. Sorteé al resto de los asistentes y seguí a Marlowe afuera. Se giró hacia mí en cuanto salimos al ardiente calor del sol de Las Vegas en junio, con expresión pletórica y los ojos brillantes de alegría.

—Te lo mereces. Siento no haber conseguido la parcela, pero como tú tampoco lo has hecho, podré vivir con mi decepción.

—Hay muchos más peces en el mar —respondí con despreocupación. La ubicación de ese terreno en particular era perfecta para mi objetivo, pero a Marlowe no le hacía falta saberlo. De hecho, mi nueva meta era que ella nunca descubriera el gran chasco que me acababa de llevar.

—Desde mi punto de vista, yo diría «tiburones», más que peces.

—Todo vale en el amor y la guerra, Marlowe. Y aceptémoslo, a veces, los negocios son también la guerra.

—Eres un gilipollas.

—Soy tu gilipollas, solo que todavía no estás lista para aceptarlo. —La taladré con la mirada—. Si me arrodillara en una alfombra cubierta de trozos de cristal y te pidiera que te casaras conmigo, ¿accederías?

Abrió los ojos de par en par de la incredulidad.

—¿Estás loco? No, imbécil, claro que no. Para mí no eres más que un dolor de muelas.

—Tu dolor. Tu destino.

Soltó un gruñido. Mi pene lo consideró una llamada de apareamiento y saltó a la vida.

—Vuelve a repetir ese sonido, Marlowe. —Me acerqué más a ella—. Me pone cachondo.

—Eres asqueroso. —Dio un paso atrás.

—Asqueroso no, gatita. Cachondo. Son cosas distintas. Puedo mostrarte la diferencia, si quieres.

—No me acostaría contigo ni aunque fueras el último hombre en la Tierra. Y ya que estamos, si me vuelves a llamar «gatita» otra vez, te sacaré los ojos.

Sonreí con suficiencia.

—Me gusta sentir un poco de dolor con los orgasmos. Aráñame. —Sonreí más—. Gatita.

Me lanzó una mirada fulminante, y las fosas nasales se le dilataron.

—No te mereces que me rompa una uña.

—Ah, no sé. Pongamos a prueba esa teoría, ¿vale?

Estaba jugando con fuego. La reacción de Marlowe podría variar entre marcharse, darme un puñetazo en la cara o levantar la rodilla y asegurarse de que me pasara la tarde con una bolsa de hielo entre las piernas. Pero es que no podía evitarlo. Me encantaba sacar de quicio a Marlowe. La alternativa era que dejara de pensar en mí, y eso era algo que nunca iba a permitir. Creía firmemente que, un día, el odio daría paso al amor, y cuando sucediera, estaría justo ahí para reclamar a mi mujer.

Di otro paso hacia ella. Se echó atrás tan rápido que me sorprendió que no se tropezara. Mmm… Interesante reacción. Gracias a ella deduje que no se resistía tanto a mí como fingía hacerlo.

—¿Y qué pasa si a mí me gusta demasiado ver sangre?

—Entonces estaré encantado de sangrar para ti.

Otro gruñido retumbó en su garganta. Se me puso dura hasta el punto de sentirme incómodo. Esa mujer… Estaba jodidamente enamorado de ella, incluso aunque no me mostrara más que desdén. A lo mejor ese era mi vicio. Me gustaba tener que luchar por su afecto.

—Ay, vete ya. —Meneó la mano como si estuviera espantando una mosca—. No mereces que malgaste un segundo más de mi vida.

Ahora me tocó a mí sonreír triunfante.

—¿Es así como tiras la toalla?

Apretó los labios con fuerza.

—¿Te extraña que no me intereses con ese comportamiento tan infantil que tienes?

Aquel comentario desdeñoso me sentó como una patada en el culo. Su respuesta se parecía demasiado a las palabras con las que me atacó el día de mi fiesta de graduación. Sin embargo, prefería morirme antes que dejar que viera cuánto había dado en el clavo.

—Sigue mintiéndote a ti misma. Pronto, un día te despertarás y estaré…

—¡Marlowe!

Ambos nos giramos al escuchar esa voz. Una mujer de pelo rubio corto, con un montón de maquillaje y unos tacones tan altos que parecía que se iba a partir el tobillo si corría con ellos, trotó hacia nosotros. Había algo vagamente familiar en ella, pero solía pasarme a menudo cuando me tropezaba con extraños. Pasaban muchas personas por mi casino.

—¡Eh! —Marlowe extendió los brazos y se encontró con la mujer a mitad de camino. Se abrazaron, intercambiaron besos en el aire (algo a lo que yo nunca le había visto sentido) y luego volvieron a abrazarse otra vez.

—Vamos —dijo Marlowe, agarrando del codo a la mujer—. Estoy muerta de hambre.

—Espera. —Me miró con los ojos azules abiertos como platos—. ¿Nolen?

Ahora que la miraba bien, recordaba su nombre. Era Abi, la mejor amiga de Marlowe desde la secundaria. No tuve mucho contacto con ella en nuestra juventud, pero si me la ganaba, seguramente conseguiría algunos puntos. Ofrecí mi sonrisa más encantadora y caminé con soltura hacia ella.

—Abi, estás fantástica. Cuánto tiempo sin verte.

—Sí, es verdad.

Había algo en su mirada que no supe descifrar… Incomodidad, quizá desconfianza. Aunque, claro, como amiga de Marlowe, era evidente que iba a ponerse de su lado en nuestra batalla.

—No sabía que vivías en Las Vegas.

—Me acabo de mudar. Mi empresa abrió una sucursal aquí hace unos meses, y solicité que me trasladaran. —Le lanzó una mirada de soslayo a Marlowe—. Tenía que venir para acompañar a mi amiga.

—Abi, vamos, vamos a perder la reserva para la comida.

—Espera —dijo, levantando la mano—. Tienes buen aspecto, Nolen. ¿Estás casado? ¿Tienes hijos?

Negué con la cabeza y mi mirada se desvió hacia Marlowe.

—Todavía no. Espero que pronto.

Marlowe resopló y murmuró algo entre dientes. Yo le lancé una sonrisa a Abi, y el escozor de las anteriores palabras de Marlowe empezó a desaparecer.

—En realidad me quiere.

Abi se rio por lo bajo.

—Si tú lo dices…

Marlowe se interpuso entre los dos, agarró a su amiga del brazo y tiró de ella.

—Vámonos.

—Vale, ya voy.

Se giró hacia mí y sonrió.

—Me alegro de verte de nuevo, Nolen —añadió, y luego dejó que Marlowe se la llevara. Esta última se fue a su coche, y Abi ocupó el asiento del conductor de un deportivo rojo aparcado a unos huecos de distancia del de Marlowe. Las dos salieron del aparcamiento. Marlowe no volvió a mirarme, pero Abi se despidió con la mano.

Mmm… A lo mejor, si jugaba bien mis cartas, Abi podía convertirse en el amuleto de la suerte que necesitaba para convencer a Marlowe de que me diera una oportunidad.

Teniendo en cuenta que me estaba quedando sin opciones, no perdía nada por intentarlo.

5

Marlowe

El tiempo no lo cura todo. Es un amante cruel con un hacha en la mano