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«Han pasado días y todavía no sé nada de Finn. Supongo que una parte de mí pensaba que lo de la otra noche significó algo para él…» Josslyn Santos aprendió hace años que algunas verdades pueden cambiarlo todo. Desde entonces, vive con las consecuencias de aquella noche que puso su mundo patas arriba. Pero el pasado nunca desaparece…, y las sombras de lo que ocurrió vuelven a cercarla cuando menos se lo espera. Finneas Alexander Barlow regresa a la ciudad convertido en la nueva estrella del equipo profesional de hockey. A ojos de todos, es el deportista perfecto: brillante, reservado y muy atractivo. Pero él ha vuelto con un objetivo que nadie conoce: descubrir qué ocurrió la noche en que perdió a su hermana. Y la única persona que puede ayudarlo es, precisamente, la mujer a la que prometió no volver a tocar. Lo de Finn y Josslyn nunca fue sencillo: un deseo sin límites y una chispa imposible de apagar. Ahora, el reencuentro los obliga a caminar sobre una línea tan fina como peligrosa: él quiere respuestas y ella teme las consecuencias de dárselas. ¿Finn será capaz de soportar lo que descubra sobre aquella noche? ¿Logrará Josslyn ocultarlo, o ya es demasiado tarde? Cada paso que dan juntos los acerca a una verdad que podría romperlos para siempre.
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Seitenzahl: 655
Veröffentlichungsjahr: 2026
Estimado lector:
Detrás de cada mentira no es un dark romance, pero en la página siguiente encontrarás las advertencias de contenido. Espero que te guste leerlo tanto como a mí me ha gustado escribirlo. Si puedes, deja una reseña cuando termines.
Besos, Claire
Para todo aquel al que le guste un héroe posesivo, malhumorado, que dice guarradas y que solo tiene ojos para la heroína
No agaches la cabeza, cielo. Les encantaría verte caer.
ADVERTENCIAS DE CONTENIDO
Suicidio (no explícito) Pérdida de un progenitor (no explícita) Muerte de un hermano Toma de rehenes
Finn
Tres años antes
No sé quién es la mujer del vestido rosa chillón, pero quiero que grite mi nombre al acabar la noche. Esa mera idea me da que pensar, porque no es nada propio de mí que me fije, y mucho menos que piense, en nadie de Fairview. Gracias a mi padre y a sus amigos, he adoptado la mentalidad de «donde se come, no se caga» cuando se trata del sexo. A mí no debería importarme, dado que, al contrario que ellos, no estoy casado ni tengo pareja, pero han pasado años desde la última vez que me enrollé con alguien de Fairview y, hasta ahora, planeaba que siguiera siendo así.
Fairview ha ido creciendo cada vez más, pero nuestro círculo social es pequeño e incestuoso. Sería difícil encontrar a alguien a quien no se haya follado o intentado follar un amigo tuyo. Esta mujer no es una de ellas. Está hablando con mi hermana, así que deduzco que deben tener más o menos la misma edad. Si es así, fue a mi instituto y debía estar en el primer año cuando yo estaba en el último. Sería difícil no habérmela cruzado entonces.
Si lo hubiera hecho, no la habría olvidado. No con un cuerpo así. Y esa cara. Joder. Quiero verla de cerca. Preferiblemente, quiero que me mire de rodillas. Es preciosa, pero muchas mujeres lo son. Aun así, hay algo en ella que me llama la atención. A lo mejor es la forma en que sonríe de verdad, o la forma en que echa la cabeza hacia atrás, desatada, cuando ríe a carcajadas.
No recuerdo la última vez que vi a alguien tan temerario con sus sentimientos, tan libre. Así son las emociones en nuestro mundo. Temerarias. Otra lección que aprendí de pequeño y que tardaré en olvidar. Un movimiento me llama la atención y desvío la mirada justo a tiempo de ver que GracieDavis se me acerca con una expresión resuelta en el rostro. Joder.
—Ey —me saluda cuando me alcanza.
No respondo y recorro la sala con la mirada en busca de los cabrones de mis amigos, que estaban aquí hace un momento. No debería costarme encontrarlos, dado que, al contrario que la mayoría de noches, las luces no están apagadas y el local no está a reventar. Pure es una discoteca, pero, como es el fin de semana del cumpleaños de mi hermana, hemos dejado que use la primera planta del club.
La primera planta es la discoteca normal, la segunda la zona VIP y la inferior es la que mi primo ha convertido en un club sexual clandestino, al cual Mallory tiene prohibida la entrada. Antes de firmar mi primer contrato profesional, mi primo me convenció para que invirtiera en este sitio y, a pesar de la desaprobación de mi asesor financiero, accedí. En teoría soy copropietario, pero solo lo he pisado unas tres veces, si eso. El local es el bebé de Lucas, y así lo trata. Yo soy más bien el padre ausente que solo viene de visita cuando tiene tiempo, lo cual, en mi caso, es nunca.
Mi hermana cree que he venido por su cumpleaños y, sin lugar a dudas, esta vez se ha esforzado al máximo por hacerme sentir culpable. Lo que ella no sabe es que solo he venido porque algunos amigos han venido de visita y quería hablarles de una oportunidad de negocios muy lucrativa. De no ser así, me habría mantenido alejado de Fairview igual que en los últimos dos años. Durante el primer año de liga, vine a casa durante el verano. El segundo, me cogí todo el verano de vacaciones y viajé a Europa. Y este año estoy en mi propio club e intento evitar conversar con lapas profesionales como Gracie. Por fin localizo a Ella al otro lado de la sala y tiene el descaro de sonreír con suficiencia.
—¿Te lo estás pasando bien? —pregunta Gracie.
—La verdad es que no.
Se echa a reír.
—¿Te diviertes alguna vez?
—La verdad es que no.
—Podríamos divertirnos abajo. —Me apoya una mano en el bíceps y le lanzo una mirada asesina que hace que la baje al instante—. Es que… Hacía mucho que no te veía y sé que nos lo pasaríamos muy bien juntos.
—Me parece que no.
—Creo que puedo hacerte cambiar de opinión. —Arquea la espalda ligeramente y me aprieta las tetas, que casi se le salen de la camiseta, contra el brazo.
Bajo la mirada hacia ellas un instante antes de apartarla. Podría alejarme de ella, o subir al piso de arriba y observar la fiesta desde la comodidad del despacho privado con vistas a la discoteca, pero no lo haré. Le prometí a mi hermana que me quedaría y lo haré hasta que me vibre el móvil en el bolsillo para indicarme que he estado aquí una hora.
Vuelvo a recorrer el espacio con la mirada en busca de Hammie. Es con él con quien debería hablar. Ya han follado una vez, pero no tengo dudas de que lo haría de nuevo. Mientras repaso la sala, oigo una risa que me llama la atención. Es la mujer misteriosa. Mi hermana sonríe con lo que le dice y no sé qué me sorprende más, que me atraiga la desconocida o que la sonrisa de mi hermana sea sincera.
Como si notara que he centrado la atención en ella, Mallory desvía la mirada, ve a Gracie a mi lado y hace una mueca de asco antes de apartar la mirada. La mujer misteriosa se vuelve ligeramente y vuelvo a clavarle la mirada en el culo. Como ya no vivo aquí, follármela no iría contra las reglas. No la había visto antes, así que lo más probable es que no volviera a verla de nuevo. Mi línea de pensamiento queda interrumpida cuando veo que un tío se le acerca y le susurra algo al oído que la hace fruncir el ceño. Ni siquiera me había planteado que pudiera tener novio.
—La odio —comenta Gracie de repente. Le lanzo una mirada inexpresiva—. A la morena del vestido rosa ajustado. No me creo que a tu hermana le caiga bien.
—¿Quién es?
—Josslyn Santos. —Ignoro la aversión con la que habla de ella.
Josslyn. El nombre le pega. No puedo evitar preguntarle:
—¿Por qué la odias?
—Es una zorra. —Gracie frunce los labios como si hubiera probado algo agrio. Probablemente sea su propia amargura—. Jugaba al baloncesto para Olympia, así que la veía cuando íbamos a animar a los chicos.
—¿Baloncesto? —Frunzo el ceño y examino a Josslyn. Lleva tacones y aun así no la consideraría alta—. ¿En serio?
—Se cree que es la mejor.
—¿Y lo es?
—No.
—¿La has visto jugar?
Resopla.
—Es mediocre.
—Pues a mí me suena a que estás celosa.
—No. —Mira a Josslyn con los ojos entrecerrados.
El tipo, que me suena bastante aunque no consigo ubicarlo, se detiene a mitad de frase cuando unas cuantas chicas se acercan a Josslyn. Sea lo que sea lo que le digan, la hacen sonreír todavía más. Una le entrega el móvil al hombre para que les haga una foto y las demás siguen su ejemplo.
—Pues para ser mediocre, tiene un montón de fans.
—Pues no sé por qué, porque solo tiene cuatrocientos mil seguidores en redes sociales. —Gracie se muerde el labio—. No sabía que Mallory era una de sus groupies.
Le lanzo una mirada que la hace erguirse. Saco el móvil, veo que me quedan veinte minutos y decido que mataré el tiempo averiguando con quién pasa el rato mi hermana. Sin decirle nada más a Gracie, me acerco a ellas.
Josslyn
FinneasAlexanderBarlow es la tentación andante. Alto, sexy y taciturno. De pelo castaño alborotado, mandíbula cincelada, ojos color avellana seductores, dientes perfectos, barba bien recortada, hombros anchos y unos labios tan atractivos que te apetece morderlos. Parece un príncipe Disney, si el príncipe fuera un capullo malhumorado. O por lo menos eso es lo que he deducido de las entrevistas que he visto y de las personas que lo conocen o han oído hablar de él. En Fairview, eso es todo el mundo.
Juega al hockey profesional, ganó el trofeo Calder Memorial en su primer año y el ConnSmythe dos años seguidos. Una hazaña que, según Damian, es impresionante. Aunque todo lo que haga Finn impresiona a mi hermanastro. Y a todo el mundo, en realidad.
En teoría, Finn es perfecto, por lo que no entiendo por qué ha estado observándome toda la noche. En cuanto Damian se aleja, se me eriza el vello de la nuca. Se lo atribuyo al aire frío que sale de los conductos de ventilación que tenemos justo encima, pero cuando Mallory deja de hablar y mira a la persona que se nos acaba de unir, sé al momento que es el motivo por el que me siento así.
Mallory frunce el ceño.
—¿Ya te vas?
—Todavía no.
Su timbre grave de voz hace que me dé un vuelco el estómago. Vuelve a ocurrir cuando mi mirada se cruza con la suya. Ni las fotos ni las entrevistas le hacen justicia. La tormenta que se está gestando tras esos ojos de color verde oscuro debería ser un claro indicio de la destrucción que deja a su paso. Aparto la mirada para evitar que me arrastre.
—Me alegra mucho que estés aquí. —Mallory sonríe, y después desvía la mirada hacia mí—. ¡Madre mía! No os conocéis. ¡Es la chica de la que te hablé! La que batió el récord de los triple-dobles.
Que le cuente mis logros a alguien que podría llenar toda la discoteca de trofeos y medallas hace que me muerda el interior de la mejilla para no parecer ruborizada, pero me las arreglo para volver a mirarlo.
—No me digas —responde—. Seguro que echarás de menos jugar.
—Todavía juega —responde Mal riéndose—. ¿Es que no me prestas atención cuando te hablo?
—La verdad es que no.
Aprieto los labios y miro a Mal, que pone los ojos en blanco y un segundo después protesta cuando alguien la llama.
—No te olvides de lo de mañana por la noche —añade, y me lanza una mirada severa antes de alejarse.
—Allí estaré. —Le sonrío.
—¿Qué pasa mañana por la noche? —pregunta Finn.
—Nada —respondo demasiado rápido, pero luego, para que no sospeche nada, añado—: Noche de chicas.
Bajo la mirada al suelo y espero que, cuando vuelva a mirarlo, no me pregunte nada. Se me da fatal mentir. Además, no quiero tener que decirle al hermano de Mal que nos va a llevar a un club sexual clandestino. No suelo ir a discotecas, pero Mallory ha estado presumiendo de que puede colarnos aunque todavía no tengamos veintiún años. Insiste en que debemos verlo por nosotras mismas.
—Así que ¿sigues jugando?
—Sí. Me dieron una beca para Fairview.
—Tienen un buen programa. —Me mira como me miran los amigos de mis padres cuando están a punto de preguntarme si se me da bien o no.
Lo entiendo. Por mi estatura, es obvio que no puedo hacer mates… pero es algo que muchas personas, incluidas las de metro ochenta, no saben hacer. Tampoco ayuda que sea una chica muy femenina y me guste mostrarle al mundo mi amor por el maquillaje. La mayoría de veces me gusta que me subestimen, algo que a GracieDavis se le da muy bien.
—Déjame adivinar, tu novia Gracie te ha dicho que soy malísima.
—No es mi novia. No es nada mío —responde—. Solo he supuesto que por tu estatura…
—Lo sé. Me alegra que decidieran ignorar mi estatura y se fijaran en mis habilidades.
Se le escapa una carcajada que parece sorprenderlo y me mira con el ceño fruncido, como si hubiera hecho algo mal. Sigue analizándome, como si tratara de comprenderme, lo cual me hace gracia porque la mayoría cree que soy un libro abierto. A ver, documento gran parte de mi vida en el blog, y en TikTok, Instagram y Snapchat. Miles de personas han formado relaciones parasociales conmigo, lo cual está bien, pero puede ser raro a veces. Baja la vista de mis ojos a mi boca y me recorre todo el cuerpo con la mirada tan lentamente que me siento desnuda.
—¿Qué pasa? ¿Que no has tenido bastante cuando me mirabas desde el rincón como un acosador?
—¿Te has dado cuenta? —Vuelve a mirarme a los ojos—. Seguro que te ha gustado saber que no he apartado los ojos de ti en toda la noche.
A pesar de lo arrogante que ha sonado, me da un vuelco el estómago. Me las arreglo para arquear una ceja y responderle:
—Ya te gustaría.
Ladea la cabeza.
—¿O sea que no te morías de ganas de que me acercara a presentarme?
Se me escapa una risa que es entre una carcajada y un resoplido. Menudo caradura.
—Si hubiera querido que nos presentáramos, me habría acercado a ti. Y a lo mejor lo habría hecho, pero parecías un poco ocupado.
—Solo esperaba la oportunidad idónea e intentaba averiguar si debía sacarme una foto contigo, ya que pareces ser la persona más popular de la sala.
Me echo a reír.
—Déjame adivinar, estás acostumbrado a ser tú el centro de atención.
—Puede ser. —Me mira a los ojos—. Así que sabes quién soy.
—Pues claro. —Le señalo hacia donde se ha ido Mallory.
—Además del hermano de Mal.
Dudo. No necesito alimentarle todavía más el ego, pero decirle que no sé quién es sería una mentira enorme, así que decido optar por lo que le he oído decir a todo el mundo.
—FinnBarlow. El número uno del draft de la liga nacional de hockey, centro de Las Vegas e infame mujeriego.
Arquea una ceja y se mete las manos en los bolsillos.
—Así que me has estado investigando.
—Venga ya —resoplo—. Tendrías que vivir en las nubes para pasearte por Fairview y no saber todo eso.
—¿Cómo es que nunca nos hemos conocido?
—¿A qué te refieres?
—¿Cómo es que no te había visto nunca?
—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Intervención divina, supongo.
—Intervención divina —repite, todavía estudiándome con la mirada—. ¿Dónde estudiaste?
—En Olympia.
—¿Los cuatro años? —pregunta, y cuando asiento, añade—: ¿Conociste a Mal en Fairview?
Estamos en círculos sociales distintos, así que entiendo que le cueste creer que no conociera a su hermana en una fiesta del instituto o algo así. Aunque la mayoría de críos de Olympia son de familias de clase media y alta y se lo conoce como el «colegio de los ricos», es público. Y no imagino que los Barlow llegaran a plantearse siquiera enviar a su hija a una escuela pública. Ni siquiera fueron a un colegio privado normal, fueron a uno de esos internacionales que cuestan lo mismo que un Ferrari.
—Mi mejor amiga es OliviaNassir. Nos presentó ella —le explico. Livie fue a Olympia y su familia no es tan rica como los Barlow, pero sus familias hacen negocios juntos.
—Mi hermana no es muy agradable con los que no forman parte de nuestro círculo —comenta.
—Lo sé, créeme. —Sonrío al pensar en la forma en que Mal trata a la mayoría de los amigos que le he presentado.
No me gusta decir que es una maleducada, pero se muestra muy incómoda con gente que no conoce. Por lo que sé de su educación, y por cuántos de sus amigos, incluida Gracie, la han traicionado, no la culpo.
—Deberíamos recuperar el tiempo perdido —dice Finn.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que nos vayamos de aquí juntos —explica con ojos encendidos.
El aire parece escapárseme de los pulmones. Empiezo a entender por qué todo el mundo está loco por él. No me ha quitado los ojos de encima en toda la noche y la forma en que me habla… Ser el centro de atención de Finn es como una especie de droga. Una en la que no puedo permitirme caer ahora, ni nunca. Sin embargo, permanezco indiferente.
—Ni siquiera sabes cómo me llamo.
—Josslyn Santos.
Me da un vuelco el corazón.
—Así que eres tú el que me has estado investigando a mí.
—¿Eso es un sí?
—¿Irme a casa contigo? —Doy un paso corto hacia atrás, el corazón me late en los oídos—. No.
—Me gustaría aclarar que no tendríamos ni que salir del edificio.
—¿En serio? —Se me escapa una risa entrecortada—. ¿Tienes una habitación privada para ti?
—Pues en realidad sí. —Me observa un instante, y luego añade—: Una muy privada en el piso de abajo.
—Qué pragmático por tu parte. —Me muerdo el labio y aparto la mirada de él con la esperanza de calmarme de una vez—. La respuesta sigue siendo no.
—¿Es porque no follas con desconocidos? —Entrecierra los ojos ligeramente—. Podemos conocernos bien si quieres.
—¿Ah, sí? —le pregunto, a pesar de que debería dar la conversación por finalizada—. ¿Y cuándo exactamente?
—Preferiblemente cuando te tenga los dedos metidos en el coño.
Madre… Se me estremece el cuerpo como no me había ocurrido nunca. ¿Quién dice cosas así? ¿Y por qué es sexy? Seguramente porque está buenísimo. Si lo hubiera dicho cualquier otro hombre, me habría parecido repugnante. Dios, ¿por qué me he quedado callada y actúo como si me lo planteara? Tengo que terminar con la conversación. Lárgate, Josslyn. Lárgate de una puñetera vez.
—No me creo que acabes de decir eso. —Me lamo los labios y trago saliva—. Salgo con alguien, más o menos.
—¿Más o menos?
—Acaba de empezar a ponerse serio.
Más concretamente ayer, pero no lo digo en voz alta porque suena ridículo. Dado que es un cambio reciente y Tate nunca pareció celoso mientras lo nuestro era casual, seguro que perdonaría mi indiscreción, pero no me parece bien. Por la forma en que me mira Finn, sé que no le importa que tenga novio, y no puedo evitar compararlo con Tate, lo cual es absurdo porque son muy distintos. Tate es la clase de chico que llevas a casa para presentárselo a tu madre, encantador, educado, rubio de ojos azules. Finn es todo lo contrario: malhumorado, de pelo castaño y con esa actitud de «me follaré a la madre de mi vecino si me apetece».
—¿Cuánto hace que empezó a ponerse serio? —me pregunta al final.
Vacilo y aparto la mirada.
—Ayer.
—Estás de broma.
—No. —Vuelvo a mirarlo a los ojos.
—¿Solo dos días? Técnicamente ni siquiera lo estarías engañando.
Sacudo la cabeza y me río en voz baja.
—No soportaría ser tu novia.
—No te pido que seas mi novia, es un polvo de una noche. No hago más que eso, algo que seguro que has oído si me has estado prestando atención.
Entrecierro los ojos.
—Eres un maldito arrogante.
—Yo no lo diría así.
—Yo sí. —Me cruzo de brazos—. ¿Por qué yo? ¿Por qué no Gracie? Parecía que tenía muchas ganas de llamar tu atención.
—Y como has visto cuando fingías que no me veías, no lo ha conseguido.
—Sigo sin entender por qué pierdes el tiempo conmigo. —Levanto una mano para añadir—: Y no busco cumplidos, es que no lo entiendo de verdad.
—¿Por qué tú? —reflexiona mientras me mira. Contengo la respiración. Al final, se encoge de hombros—. No tengo ni puta idea.
El comentario me hace reír. Sé que he dicho que no buscaba cumplidos, pero ¿qué narices…? Abro la boca para preguntarle justamente eso cuando alguien choca conmigo por detrás y hace que me caiga sobre Finn. Los dos inhalamos con fuerza cuando le apoyo las manos en el pecho y él me sujeta los codos para ayudarme a recuperar el equilibrio.
Me aparto de un empujón, pero huelo el aroma riquísimo de su colonia al erguirme y le miro los ojos intensos para memorizar el breve encuentro. Un día, pensaré en este momento como «aquella vez en la que FinnBarlow me hizo propuestas indecentes y después me atrapó cuando me caí». Por muy estremecedora y memorable que pudiera ser la experiencia, solidifica una cosa…
—No puedo acostarme contigo —le digo con voz temblorosa tras haber dado un paso atrás y recuperado la voz.
—Y yo no debería querer acostarme contigo.
—Joss, tenemos que irnos. —La voz proviene de mi hermanastro, que rompe el trance extraño en el que parece que me encuentro.
Vuelvo el rostro y veo que mira con sorpresa al ver a Finn a mi lado. Cuando nos alcanza, se limpia la mano izquierda en los pantalones de vestir negros delante de Finn.
—Perdón por la interrupción. DamianFletcher.
Finn le mira la mano un momento antes de estrechársela.
—FinnBarlow.
A Damian se le escapa una carcajada.
—Sí, lo sé. Nos conocimos en TheStable. Bueno, más bien tú arrasaste con el equipo al que yo apoyaba.
—Fletcher —repite Finn casi para sí mismo mientras vuelve a mirarlo—. Eres al que inscribieron en fútbol y hockey. Eras el más joven del equipo, ¿verdad?
—De todos los equipos —responde Dame, y me contengo para no poner los ojos en blanco cuando veo que no hace mucho por ocultar la expresión engreída de su rostro.
Finn es un jugador de hockey mucho más hábil, pero mi hermanastro tiene motivos para mostrarse arrogante con sus proezas atléticas. A Finn no parece impresionarle mucho y solo asiente antes de volver a fijarse en mí. Con el peso de toda su atención el corazón no deja de darme brincos, por lo que me cuesta respirar. Me escudriña la cara como si buscara algo que decir, pero me adelanto.
—Ha sido un placer conocerte por fin, Finn. —Sonrío de oreja a oreja, porque lo digo de corazón. Ha sido intenso y extraño y maravilloso—. Te felicito por tu éxito.
—Ya. —Baja la mirada a mis labios un instante—. Yo también me alegro de haberte conocido.
Me vuelvo hacia Damian y lo sujeto por el recodo del brazo para mantener el equilibrio mientras nos alejamos. Solo hemos avanzado unos pasos cuando Finn me llama. Dejo de caminar, por lo que obligo a Dame a detenerse también, y miro por encima del hombro. La expresión de Finn es indescifrable, pero el modo en que me recorre el cuerpo con la mirada hace que un estremecimiento me recorra la columna vertebral.
—Que le den a la intervención divina.
Nos miramos fijamente un segundo, hasta que soy incapaz de soportar el fuego de su mirada un momento más y me obligo a alejarme de él.
—¿Qué coño ha sido eso? —pregunta Dame.
—No tengo ni idea.
—¿Qué te ha parecido?
Levanto la mirada hacia Dame. Sé que lo pregunta porque ha admirado a Finn durante años.
—Intenso.
—Sí, WillHamilton nos presentó una vez, así que sé que me conoce —comenta Dame.
—¿Y por qué no se lo has dicho, bicho raro? —Le lanzo una mirada significativa.
—No quería ser el pringado que lo recuerda todo sobre nuestra última interacción.
—¿Y qué más da?
—Da igual —replica—. Intentaba lanzar un mensaje al presentarse y fingir que no sabía quién soy.
—¿Qué mensaje?
—Que le importa una mierda quién seas, porque te va a conseguir igualmente. —Me suelta el brazo para sacarse el móvil del bolsillo mientras camina hacia el aparcacoches.
Mientras lo espero, siento palpitaciones por todo el cuerpo. Caigo en la cuenta de que no he dicho que Dame es mi hermanastro y, por la forma en que nos hemos alejado del brazo, ha debido asumir que estamos juntos… ¿No? Me deshago de la idea. Mallory ha mencionado que Finn se va mañana por la mañana, así que es evidente que lo que sugiere Dame no es posible. El aparcacoches va en busca del coche y Dame vuelve a acercarse a mí.
—¿A qué narices te refieres con eso, Damian? No puedes soltarme algo así y luego largarte.
—Me refiero a eso precisamente. Está acostumbrado a salirse con la suya.
—Acabo de rechazarlo y se va mañana, así que seguramente no lo veré hasta… Vete a saber cuándo. Si es que vuelvo a verlo.
Se pone serio mientras vemos acercarse su coche.
—Yo solo te digo lo que he oído. Solo le van los rollos de una noche, consigue lo que quiere y deja un rastro de corazones rotos a su paso.
—Así que, entonces, como tú. —Trago saliva con fuerza. Desearía que el corazón dejara de latirme tan erráticamente.
Se encoge de hombros.
—No es que mi opinión vaya a suponer la diferencia, pero creo que deberías alejarte de él.
—Ahora tengo novio, ¿recuerdas?
—No me lo recuerdes. —Dame resopla y da un paso al frente cuando el coche nos alcanza. Me abre la puerta y lo rodea mientras continúa—: No me creo que salgas con ese pringado de verdad. Sabes que solo está contigo porque papá…
Apoyo la mano en la puerta al subirme al coche y sus palabras quedan amortiguadas por el pulso de mis oídos cuando veo a Finn en el exterior. Está mirando el móvil y tiene a una mujer al lado haciéndose un selfi y sonriendo como si acabara de ganar un premio. No entiendo el vacío repentino que siento en el estómago, pero lo siento al entrar en el coche y ponerme el cinturón. No tiene sentido. Ni siquiera lo conozco. Solo hemos hablado una vez. No obstante, cuando me tumbo en la cama más tarde, la imagen de aquella mujer a su lado me viene a la mente sin previo aviso, acompañada de la misma sensación de vacío.
Josslyn
Todavía no hemos terminado de entrar en el Onyx y ya me siento como un pez fuera del agua. Eso ya es una hazaña, teniendo en cuenta que no suelo sentirme incómoda en ninguna parte. Aparto la mirada de la imagen de un hombre arrodillado delante de otro vestido solo con unas chaparreras de cuero y me reviso el corte pequeño del dorso de la mano. Verlo hace que me invada una oleada de ira, pero la hago a un lado.
El corte no me molesta tanto como el recuerdo de la pelea que he tenido con Tate mientras reparábamos la vieja camioneta roja que ha decidido comprar y restaurar. Hemos estado juntos de forma no oficial durante casi un año y nunca discutimos, pero, esta mañana, nuestra primera mañana como pareja, ha empezado a comportarse como un capullo.
—No me creo que por fin haya conseguido que vengas —comenta Mallory, que me saca de mis pensamientos.
—Bueno, es tu cumpleaños —le respondo con una sonrisa—. ¿Y quién soy yo para decirle que no a la cumpleañera?
—Ya, pero aun así… —Mira a Tate y veo que intenta sonreírle, pero no puede por lealtad a su familia—. Gracias por venir, sé que no habría venido si no fuera por ti.
—No hay problema. Tenía curiosidad por venir a este sitio. —Le echa un vistazo a los cuadros de dominatrices que decoran las paredes de color borgoña oscuro de la entrada.
Mal se disculpa y nos dice que va a registrarnos y asegurarse de que estemos en la lista. Lleva hablando de este sitio meses y, aunque he sentido curiosidad, es la primera vez que vengo. No pensaba que fuera a ser el primer sitio al que Tate y yo iríamos como pareja oficial, pero ya me ha dicho que podemos irnos si me siento incómoda.
Tate se inclina hacia mí.
—Si quieres jugar con otras personas solo tienes que decírmelo, ¿sabes?
Me aparto de él con un nudo en el estómago.
—No quiero montarme un trío.
—No tiene que ser un trío, solo quiero que sepas que tienes la opción si sientes curiosidad ahí dentro.
Quería echarle un vistazo al sitio, pero no tengo tanta curiosidad. Y él lo sabe, lo cual me deja solo otra opción.
—¿Quieres probar otras cosas? ¿Por eso lo sugieres?
—¡No! Pero he pensado que podía darte carta blanca —responde—. Bueno, hasta cierto punto.
—Hasta cierto punto —repito, perpleja—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Que no te folles a otras personas.
—¿Y ya está? ¿Nada de penetración? —Arqueo las cejas cuando asiente—. Así que si alguien me toca, o me hace sexo oral o viceversa, ¿te parecería bien?
—Sí, ¿por qué no? —Se encoge de hombros.
—¿Es que te pone mirar? ¿Es eso?
—No me opongo. —Me voltea hacia él y me besa—. Eres cuatro años más pequeña que yo, nena. Sé que no parece mucho, pero no quiero que inicies la relación y desees haber hecho más cosas.
—¿Iniciar la relación? Pensaba que ya había iniciado. —Me aparto de él para poner distancia entre nosotros—. Dijiste, y cito textualmente, «quiero que dejemos de tontear y seamos exclusivos» y estuve de acuerdo, pero si has cambiado de opinión o no te referías a una relación monógama…
—Sí que me refería a una relación monógama. —Me coge de la mano y se la lleva a los labios—. Esto es para siempre, Joss, así que sí, si quieres hacer lo que sea con alguien, solo aquí y esta noche, me parece bien. ¿Quieres? ¿Es que no te parece bien que yo haga algo con otra persona? ¿Es lo que te preocupa?
—Bueno, antes no. —Vuelvo a soltarle la mano—. Pero ahora que dices todo eso…
—¿Te pondrías celosa? —Sonríe—. ¿Si me vieras con otra mujer?
Lo considero. Nunca he sido una persona celosa y creo que no hemos estado juntos el tiempo suficiente para que me importe, pero nunca me han puesto en esa situación, así que le respondo con sinceridad:
—No estoy segura.
Lo he visto flirtear con las mujeres que trabajan en el bufete de mi padrastro y nunca me ha importado. Pero por aquel entonces no habíamos decidido «hacerlo oficial» y, aunque hubiéramos sido pareja, no creo que hubiera sido lo bastante estúpido para follarse a alguien allí. Pienso en el vacío que sentí anoche en el estómago y me confunde todavía más.
—¡Ya estamos aquí! —exclama Olivia en voz alta. Me separo de Tate y le rodeo el cuello a mi mejor amiga con los brazos.
—Me alegro muchísimo de verte.
Me da un beso en la mejilla y se ríe al separarse de mí. Mientras saluda a Tate, yo me vuelvo hacia Devon, el chico con el que está saliendo, más o menos. Juega en el equipo de baloncesto de Fairview, pero no sé en qué punto está su relación con Livie. Ella es una romántica empedernida y parece que la mayoría de los tíos a los que conocemos solo quieren un polvo fácil.
—Me sorprende que estéis aquí —le comenta Livie a Tate—. Ahora que por fin habéis decidido hacerlo oficial.
—Hemos llegado a un acuerdo —le responde Tate mirándome—. Aunque solo esta noche y mientras estemos aquí. Donde fueres haz lo que vieres y esas cosas.
—¿En serio? —Livie frunce el ceño. Desvía la mirada hacia mí, pero no tengo nada que añadir. Aunque debe verme algo en la expresión, porque frunce el ceño todavía más.
—Creo que necesita sacarse las espinitas que pueda tener antes de que le pida matrimonio —añade Tate sonriendo.
—Matrimonio… —balbucea Livie, que me mira con los ojos muy abiertos y vuelve a desviar la mirada hacia Tate—. ¿Le has preguntado a ella qué quiere?
—¡Vamos! —exclama Mallory, e interrumpe la conversación.
Se acerca y nos da un sobre pequeño de papel manila a cada uno con nuestros nombres. Dentro hay dos pulseras de colores.
—¿Qué? ¿No habrá máscaras? —pregunta Livie.
—¿Quieres una? Son opcionales —responde Mal, antes de volverse hacia la recepcionista, que saca una caja plateada y la deja encima del mostrador—. Las máscaras no significan nada, así que puedes escogerla del color que quieras.
Devon sonríe a Livie al estirar el brazo hacia dos máscaras de color lila oscuro.
—Vamos a hacerlo de verdad.
—Podemos quedarnos todos juntos, o podéis ir a vuestro aire —explica Mallory—. He oído que es un sitio genial para las parejas.
No me encanta cómo suena, pero cojo una máscara. Tate y Mallory hacen lo mismo. Seguimos a Mallory por el pasillo hasta las enormes puertas plateadas ornamentadas que parecen más propias de un castillo. Aunque es un club exclusivo y ya nos han revisado los antecedentes, nos hacen pasar por un detector de metales y guardar los bolsos en taquillas. Cuando terminamos, dos personas disfrazadas de gatos abren las puertas y nos guían al recinto.
Josslyn
Es un espacio poco iluminado, pero, al contrario que en las discotecas normales, no hay luces estroboscópicas ni un DJ, aunque sí que hay música. El centro es un cuadrado abierto con telas aéreas y bailarines colgados de ellas. Bailarines desnudos. Bueno, al menos eso parece, y de algún modo coordinan los movimientos seductores al son de la música.
—Se parece mucho al que tiene mi primo en el centro —comenta Mallory mientras avanzamos—. Pero el suyo es poca cosa en comparación. Si buscáis un fetiche específico, estáis en el lugar indicado. Algunos pueden ser intensos, por eso habéis tenido que firmar todos esos formularios.
Me invade la expectativa mientras recorremos el pasillo, así que vuelvo a darle la mano a Tate. No le gusta mucho ir de la mano, pero deja que se la sostenga mientras Mallory abre otra puerta preciosa. Se la aprieto con más fuerza cuando entramos y hay una orgía de como mínimo quince personas a la vista. En esta sala han puesto música electrónica, pero no sirve para amortiguar los gemidos, azotes y gritos. Se me ruboriza todo el cuerpo solo de oírlo.
Levanto la mirada hacia Tate, que los mira con ojos vidriosos. Se lame los labios y me suelta la mano. No aparta la mirada de ellos cuando me pregunta:
—Voy a la barra, ¿quieres que te traiga algo?
Sacudo la cabeza y sigo mirando fijamente la escena que tenemos delante mientras él se aleja. Doy un paso al frente sin darme cuenta, fascinada por todo lo que hacen. Debo admitir que mi experiencia sexual está bastante limitada, pero, aunque fuera muy experimentada, no creo que estuviera preparada para algo así. Observo a los tres que tengo más cerca. Un hombre con un pene digno de una peli porno le chupa los pezones a una mujer mientras otro hombre que tiene detrás le besa el cuello. Ambos se retuercen y suplican más. Es intenso.
—Puedes unirte a ellos —me comenta Mallory al oído, y hace que me sobresalte. Se echa a reír y me pone una mano en la cintura para atraerme hacia ella—. No hay muchas reglas, que es lo que me gusta, y es bastante sencillo con las pulseras de varios colores.
Miro las pulseras que llevo puestas: una blanca y una roja. No me había dado cuenta de que no llevábamos todos las mismas.
—¿Qué significan?
—La blanca significa que tienen que preguntarte por tu situación sentimental, así que será la primera pregunta que te hagan. —Le brillan los ojos cuando acerca el rostro al mío—. La roja significa palabra de seguridad, así que, bueno, interprétalo como quieras. Utilizan las preguntas que has respondido para escoger los colores de cada uno.
—Ah.
Miro las suyas. Lleva una roja y la otra blanca con rayas negras. Después a Livie, que solo lleva una roja. Devon igual. Miro a mi alrededor hasta que localizo a Tate en la barra. Sonríe al oír algo que le ha dicho la mujer que le está sirviendo las bebidas. No veo las suyas desde aquí, pero creo que recuerdo las que llevaba. Vuelvo a mirarle el brazo a Mal.
—¿Qué significa la blanca con rayas negras?
—Trío, o más bien, múltiples, pero la mayoría se decanta por los tríos. —Aparta la mirada de la mía y se centra en la escena que tenemos delante—. O en esto.
—Ah. —Me vuelvo hacia la orgía que tenemos delante.
Hace poco me dijo que le gustaba experimentar, pero no pensé que se refiriera a esto. Es MalloryBarlow, y aunque no naciera en la familia, no quiere decir que no sea uno de ellos. Siempre son tan… correctos. Es evidente que Mal es la oveja negra, pero, aun así, no hace nada públicamente que vaya a mancillar su apellido.
Me recorre una ola de ira cuando vuelvo a mirar a Tate y consigo ver la pulsera blanca y negra que lleva en el brazo durante un instante. Me muerdo la lengua un segundo. No entiendo cómo alguien puede pasar de suplicarme que le dé la oportunidad de tener una relación seria con él y hablar del matrimonio en el puñetero vestíbulo a querer un trío y decirme que «me divierta».
—¿Qué te pasa? —me pregunta Mal, que me aprieta la cintura.
Me muerdo el labio para que no se me escape una carcajada y echo un vistazo rápido a mi alrededor para ver si localizo a Olivia. No la veo, pero sé que se estaría partiendo de risa si me viera. Jura que a Mallory le gusto, lo cual es ridículo, y me dijo que no le mostrara demasiado afecto, lo cual también es ridículo y nada fácil para mí. Provengo de un largo linaje de personas cuyo lenguaje del amor se basa en el contacto físico. Para nosotros los abrazos, los besos en la mejilla y darnos la mano es algo natural. Con los amigos, con nuestras parejas, con los padres. Es como somos. Y Mallory, bueno, se muere porque le presten atención.
—¿Joss?
Pestañeo.
—Tate se ha puesto la pulsera de los tríos.
Deja caer la mano de mi cintura, se aparta de mí y vuelve a fruncir el ceño al volver a mirar mis pulseras.
—Pensaba que habíais hablado de lo de esta noche.
—Sí, y en el vestíbulo ha decidido de repente que quiere que me lo pase bien.
—Pues a lo mejor deberías.
Me muerdo la lengua para no decir nada que pueda ofenderla. Aunque este no sea mi ambiente, es el de Mallory, y tardó un tiempo en admitírselo a sí misma y a nosotros. Lo último que quiero es avergonzarla. Respiro hondo y la miro.
—Respeto que te guste esto y creo que es muy guay que seas capaz de dejarte llevar y disfrutarlo de verdad —le comento—. Pero ya sabes que no es lo mío.
—Pues no entiendo por qué. Si yo tuviera un cuerpo como el tuyo… —Sacude la cabeza—. Lo aprovecharía al máximo.
—¿De qué estás hablando? Eres perfecta.
Sonríe con tristeza.
—Fui a terapia durante años y me lo repitieron una y otra vez, pero eres la única persona que ha hecho que me lo crea de verdad.
Le cojo la mano y se la estrecho. Suspira profundamente.
—Hay un bar al final del pasillo. Es muy bonito y divertido. Allí no habrá nadie desnudo ni haciendo nada que pueda hacerte sentir incómoda. Ve a tomar un cóctel, o agua, o lo que quieras. —Me estrecha con fuerza y me asfixia con la colonia Chanel Nº 5 que lleva puesta—. Si quieres irte, lo entiendo perfectamente.
—No me voy a ir. Dijimos que iríamos a cenar pizza después, ¿recuerdas? Además, quiero estar aquí —le digo, que no es mentira del todo—. Ve a divertirte. Yo voy a la barra.
Me mira fijamente una última vez antes de marcharse. Vuelvo a bajar la mirada a las pulseras y pienso en la conversación que tuve con Tate anoche. Parecía sentir curiosidad, pero no demasiado entusiasmo por venir, así que deduje que sería ideal para nosotros ver cómo es el sitio y observar sin participar.
Y ahora que sé que él solo lleva una pulsera blanca y negra, respiro hondo y me separo del muro divisorio, dispuesta a contarle a Livie lo que ha pasado, pero ha desaparecido. Igual que Devon y Tate. Miro a mi alrededor y me dirijo a la barra en la que estaba Tate hace un minuto. La mujer que había hace unos minutos ha desaparecido y la ha reemplazado un hombre con pajarita y los calzoncillos negros más cortos y ajustados que he visto en mi vida. Sonríe de oreja a oreja cuando me ve.
—¿Te sirvo el cóctel de la noche? —Me señala una pequeña pantalla que muestra una imagen de la bebida y sus contenidos—. Se incluye con la entrada.
—Si es así, sí. Creo que voy a necesitar un poco de coraje líquido.
Me sonríe.
—¿Es tu primera vez?
—Sí. —Vuelvo a echar un vistazo a mi alrededor—. Ya he perdido a mis acompañantes.
—Suele pasar aquí. —Empieza a añadir ingredientes a una coctelera—. Es un poco como ir a una galería de arte. Todo el mundo tiene sus preferencias, así que los grupos no suelen permanecer juntos.
—¿Cuántas salas hay?
—Diez, si cuentas las piscinas.
Abro mucho los ojos.
—¿Hay piscinas?
—Son interiores, pero no son para nadar. —Me guiña el ojo—. Hasta hay un bosque en el exterior. No hay animales, por supuesto, pero si te va esa idea troglodita de «atrápame si quieres follarme», está disponible.
—¿Qué…? ¿Cómo de grande es este sitio?
—Lo bastante grande para que quepan aproximadamente ciento cincuenta invitados sin que se choquen unos con otros. Aunque solemos limitarlo a ochenta, por eso se recomienda reservar. —Agita la bebida y la sirve en un vaso pequeño con hielo—. No pierdas el tiempo en buscar a tus amigos, ¡ve a divertirte!
—Lo haré. —Le doy las gracias al aceptar la bebida y me alejo.
No pueden haberse ido muy lejos. Si soy sincera, estoy más enfadada con Livie que con Tate. Tenemos un trato y se supone que no debemos dejar a nadie atrás. Me dirijo a la sala contigua, después a la siguiente, y a otras que están cerradas con llave. Me doy la vuelta y se me escapa un grito ahogado porque casi me choco con una rubia vestida de conejita. Es preciosa, lleva una chapa identificatoria con el nombre de Scarlet y esboza una sonrisa que me tranquiliza al momento.
—¿Te ayudo a buscar algo?
—He perdido a mis amigos, así que he ido a buscarlos, pero no hago más que cruzarme con puertas cerradas.
—Son salas privadas. —Me señala una luz roja que hay sobre la puerta—. Si está roja, significa que es completamente privada. Si está verde, se te permite mirar o unirte si te dan permiso. La mayoría de veces están en rojo.
—Ah. —Recorro el pasillo con la mirada y veo una serie de luces rojas y un par de verdes—. Ahora lo entiendo.
—Las puertas tienen ventanas pequeñas, como las de las clases. —Se acerca a la puerta que tengo detrás y pulsa la pantalla que hay junto a la puerta, que se ilumina con la palabra «privado»—. Esta está cerrada porque es privada. Las de luz verde estarán abiertas, por lo que puedes echar un vistazo sin tener que entrar.
—Has sido de mucha ayuda. —Le sonrío ampliamente—. Muchísimas gracias. Deberían explicarlo todo en la puerta.
—Suponen que eres miembro o que vienes con uno —me explica—. Si necesitas algo, pregunta por mí.
Vuelvo a darle las gracias y caminamos en direcciones opuestas. Me dirijo a la primera puerta que tiene una luz verde encima y, en efecto, tiene ventana. Echo un vistazo y veo a un hombre con una máscara negra. Hay una mujer arrodillada entre sus piernas bajándole los pantalones y otra desabrochándole la camisa blanca de vestir.
El corazón me late con fuerza cuando veo el tatuaje de Carpe Diem en cursiva que tiene en el pectoral izquierdo y que me confirma que es Tate. No sé si estoy celosa o cabreada porque no me lo haya contado, pero se me cae el alma a los pies igualmente. Ya me ha dicho que estaba interesado en jugar, ¿no? Doy un paso atrás y me choco con alguien. Empiezo a disculparme automáticamente mientras me doy la vuelta, pero la otra persona se aprieta contra mí e impide que me mueva.
Josslyn
—Tengo una sala privada si solo quieres mirar, Josslyn.
Sus palabras, pronunciadas casi en un susurro, me atraviesan todo el cuerpo y hacen que un escalofrío me recorra la espalda. Me vuelvo de golpe y se me entrecorta la respiración cuando nuestras miradas se encuentran. No lleva máscara y no me sorprende. Finn no parece de los que les importe que los demás descubran sus fetiches ocultos.
—Eh… —Me llevo una mano al corazón, como si le suplicara que se relajara antes de hacerme un agujero en el pecho—. ¿Cómo sabes que soy yo? Llevo máscara.
—Tengo mis métodos.
Abro la boca, la cierro y la vuelvo a abrir.
—Creía que te ibas.
—Sí. —Desvía la mirada hacia el pasillo, vuelve a mirarme y baja la mirada a mis pulseras un segundo antes de devolverla a mis ojos—. ¿Qué haces aquí? ¿No tienes «novio»?
—Eh… Sí. Es complicado.
—¿Una relación de dos días es complicada? —Arquea las cejas—. Suena prometedor.
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste una relación seria? —Lo miro con los ojos entrecerrados y dejo el vaso vacío en la mesa que tengo al lado.
—Ha pasado bastante tiempo. —Me recorre los ojos con la mirada y, aunque desaparece muy rápido, creo que veo un destello de diversión en los suyos—. Pareces sorprendida.
—Lo estoy.
—Porque has oído que soy un mujeriego.
Mi reacción instintiva es mirar por encima del hombro otra vez, veo que Tate está casi desnudo, aunque sigue llevando puesta la máscara. Todo lo que ha pasado esta noche hace que me cuestione mi disposición a tener una relación. Debería haber hecho caso a mis instintos cuando lo conocí. Era demasiado correcto, demasiado perfecto y sonreía demasiado. Nadie sonríe tanto a menos que tenga algo que ocultar. Mi madre insistió en que Tate sería bueno para mí y la soledad venció a las dudas. Y ahora aquí estoy, sintiéndome como una idiota. Aprieto la mandíbula y me cruzo de brazos al apartar la mirada.
—La cosa se complica —comenta Finn, y hace que vuelva a mirarlo a los ojos. Echa un vistazo rápido a la ventana antes de mirarme—. ¿Es Dos Días?
Dos Días. Río por la nariz.
—Puede ser.
—¿No te ha pedido que te unas? —Mi respuesta consiste en fruncir los labios y apartar la mirada de la suya. Me fijo en los acróbatas que trepan por las telas—. Vaya. Eso es que no —añade Finn, que vuelve a requerir mi atención.
—Por si no te has dado cuenta. —Levanto la mano para enseñarle las pulseras—. No me interesan los tríos.
—Y aun así, esa es la única que lleva él.
—No es asunto tuyo.
—Ni me importa, si te soy completamente sincero.
—Entonces, ¿por qué…?
—Porque sigo aquí, y me aburro, y la oferta sigue en pie —responde, y se guarda las manos en los bolsillos de los pantalones.
Me da un vuelco el corazón, pero lo ignoro.
—¿La oferta sigue en pie porque te aburres?
—Estoy aquí porque me aburro. —Me recorre el rostro con la mirada—. La oferta sigue en pie porque todavía quiero follarte.
Trago saliva y aparto la mirada de la suya para mirarlo de arriba abajo. Lleva una camisa de botones azul celeste, pantalones de vestir marrones y zapatos de vestir pero informales a juego. Todo le sienta como si se lo hubieran hecho a medida para resaltarle el físico impresionante. Y funciona, sin duda. Pestañeo y vuelvo a centrarme en las telas aéreas para intentar calmar los nervios.
—Pues siento informarte de que hay normas —le replico sin apartar la mirada de las telas—. Nada de follar.
—¿Quieres decir que nada de penetración?
Se me vuelve a entrecortar la respiración, pero me obligo a mirarlo.
—Básicamente.
Le brillan los ojos, pero no dice nada. Se saca las manos de los bolsillos, saca una tarjeta y se da la vuelta.
—Sígueme.
No espera a que le responda. Lo miro mientras pasa la tarjeta, abre la puerta de un empujón y espera que lo siga. Lo hago, a pesar de que las voces de mi mente me piden que no lo haga. La habitación está completamente a oscuras hasta que pulsa un interruptor y se encienden unas luces tenues sobre nuestras cabezas. Aunque no iluminan mucho, nos bastan para subir los cuatro escalones hasta donde nos espera otra puerta. Vuelve a deslizar la tarjeta, entra y sujeta la puerta para que pase.
Hay cuatro butacas de cine frente a unos ventanales oscuros que ocupan la pared del techo al suelo. Finn se para frente a ellos y se cruza de brazos y observa como si la escena que se desarrollara al otro lado fuera solo para él. Por fin suelto la puerta y, cuando se cierra con un chasquido detrás de mí, Finn descruza los brazos y se vuelve a mirarme.
—¿Eres el dueño de este sitio? —le pregunto. De repente estoy diez veces más nerviosa que fuera.
—Es de un amigo.
—¿Y te dejan la tarjeta como si nada?
—Sí. —Me mira de arriba abajo despacio, igual que anoche, pero aunque ayer estaba a la defensiva, el deseo que veo en su mirada hoy me hace sentir deseada. Especial. Espera a mirarme a los ojos antes de hablar otra vez—. Si vienes aquí, me das tu consentimiento para cualquier cosa.
Se me para el corazón. No sé a qué se refiere, pero lo quiero. He conocido a muchos hombres, pero nunca había conocido a nadie tan intenso como Finn. Hay algo en él, en la forma en que me mira, que es embriagador. Anoche le dije que no por Tate, que ahora mismo está haciendo vete a saber qué con varias personas en la habitación de al lado.
—Ya he firmado los papeles. —Doy un paso hacia él.
—Sé lo que has firmado, y sé lo que crees que quieres. —Baja la mirada un instante a la pulsera—. Te pido consentimiento porque, una vez me lo des, serás mía toda la noche para hacer contigo lo que me plazca.
Exhalo temblorosamente.
—Vale.
—¿Y ya está? —Arquea una ceja—. Ni siquiera sabes lo que quiero hacerte.
—Me da igual. —Exhalo—. Solo quiero que hagas algo.
Un destello le cruza los ojos y, por un momento, creo que va a pedirme que vigile el tonito o algo por el estilo. Lo que me dice en su lugar es mucho más impactante.
Josslyn
—Ponte de rodillas.
—¿Qué…? —Abro mucho los ojos. Me parece que lo he oído decir…
—Quiero que te pongas de rodillas.
Lo miro con el ceño fruncido, pero hay algo en el fuego de su mirada que hace que me deje caer de rodillas despacio. El suelo de madera está frío, pero me quedo quieta, esperando. ¿Qué cojones me pasa, por qué me pongo de rodillas por un hombre? Ni lo sé ni me importa. Si Tate me lo hubiera pedido, estoy segura de que me habría reído en su cara, pero Finn…
Gira el asiento que tengo más cerca y no me aparta la mirada en todo momento mientras se sienta y se reclina sobre el respaldo. Separa las piernas largas. La iluminación del techo le da un aspecto casi siniestro.
—Gatea hacia mí —me ordena en un gruñido grave.
No lo dudo, gateo hasta él. Paro cuando los ojos me quedan a la altura de su abultada entrepierna. Se me vuelve a entrecortar la respiración, porque sé que es por mí. Me siento sobre los talones y levanto la mirada hacia él. Se inclina un poco hacia adelante y me apoya una mano en la cara. Mientras me pasa las yemas de los dedos desde el nacimiento del pelo a la barbilla, cierro los ojos. Sentir las callosidades de sus dedos hace que me muerda el labio para no moverme. Me sujeta la cara y me pasa el pulgar por el labio para que deje de mordérmelo. Abro los ojos de golpe y casi me desmayo al ver cómo me mira cuando vuelve a pasarme la yema del pulgar con suavidad por los labios.
—Solo será una noche.
—Lo sé.
—Lo digo en serio. —Me levanta la barbilla con suavidad—. No le preguntes a mi hermana sobre mí, no me llames, no me envíes mensajes. Nada. Solo será esta noche y ya.
—Lo sé. Lo entiendo. —Le sostengo la mirada mientras saco la lengua de la boca y le rodeo el pulgar con ella, lo cual lo hace sisear.
Me introduce el pulgar en la boca y se le oscurece la mirada con cada lametón y mordisco que le doy. Demasiado pronto para mi gusto, lo saca y separa todavía más las piernas.
—Ponte de pie.
Hago lo que me pide.
Me agarra por la parte posterior de los muslos e inclina la cabeza ligeramente y me acerca a su cara hasta que me chocan las rodillas con el asiento de la butaca en la que está sentado. Me sube las manos ásperas por las piernas despacio y me arremanga el vestido hasta la cintura y deja al descubierto el tanga de encaje que llevo. Desliza la mano izquierda hasta la parte delantera de mi muslo y me pasa el mismo pulgar que acaba de sacarme de la boca por el monte de Venus. Le apoyo las manos en los hombros para no caerme.
—Eso me gusta. —Lanzo un suspiro entrecortado.
Deja de mover la mano, pero no la aparta cuando levanta la mirada hacia mí. No sé qué ve o qué piensa, pero parece decidir algo y me ayuda a quitarme la ropa interior. Deja que me quite los tacones y me vuelve a colocar donde estaba, me sube el vestido despacio mientras me planta besos en los muslos, las caderas y la cintura, hasta que el vestido me alcanza la cabeza. Se separa de mí para subírmelo por los brazos y la cabeza hasta dejarme expuesto el pecho desnudo.
—Joder. —Me aprieta uno de los pechos y me pasa el mismo dedo por el pezón sensible.
Me estremezco con el movimiento y grito cuando me pellizca. No me deja decirle nada, porque vuelve a posarme la boca encima para lamerme el abdomen y morderme justo debajo de los pechos. Desvío la mirada hacia el ventanal, hacia las personas que hay debajo de nosotros, por todos los sillones, sillas, el suelo y los sofás follando y haciendo otras cosas. Aparto la mirada rápidamente antes de ver a Tate. Finn se separa de mí, mira la ventana y vuelve a mirarme.
Empieza a darle la vuelta a la butaca para quedar frente a la ventana y yo me muevo con él, todavía entre sus piernas.
—Date la vuelta.
Flaqueo.
—No.
Arquea una ceja.
—Has dicho que cualquier cosa —me recuerda.
—Pero no… No quiero ver…
—Date la vuelta, Josslyn. —Me da un azote en la nalga izquierda y hace que me sobresalte—. Ahora.
Oh, joder. Me doy la vuelta despacio. Podría cerrar los ojos y no mirar a los demás. Podría fingir que allí abajo no hay nadie que conozca.
—Pon las manos en el cristal. —Hago lo que me dice—. Separa las piernas.
Obedezco y contengo la respiración cuando noto el roce de sus labios en la nalga derecha, y después en la izquierda. Las separa y me estremezco cuando noto el calor de su aliento entre las piernas.
—Joder —susurra—. Quiero destrozarte.
Me tiemblan un poco las manos cuando me desliza los dedos de arriba abajo por la hendidura. Me muerdo el labio, cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás mientras continúa con su lenta tortura. La mano desaparece y me recoge el pelo, se lo enreda entre los dedos y tira con suavidad. Vuelven a temblarme los brazos.
—¿Necesito una palabra segura?
Me suelta el pelo.
—¿La quieres?
—No lo sé. —Lo miro por encima del hombro—. No sé qué vas a hacerme.
—¿Alguna vez has usado una «palabra segura»? —me pregunta, y no se molesta en disimular el tono de burla.
—No. —Trago saliva—. Pero no sé qué vas a hacer.
—¿Ahora quieres saber lo que voy a hacer contigo? ¿Después de gatear hasta mí? ¿Después de haberme enseñado este coño tan mojado? —me pregunta. Se me entrecorta la respiración con lo que dice, con la forma en que me mira. Se le curva la boca en una sonrisa lenta. No es amable. Es engreída y va cargada de promesas sucias. Se me escapa un grito ahogado cuando me acaricia el interior del muslo de arriba abajo con el dedo—. ¿Se te ha olvidado que me has dado permiso para hacer contigo lo que me dé la gana?
—Excepto…
—Excepto follar. —Me aprieta los cachetes del culo con ambas manos—. Créeme, soy muy consciente de esa regla tan estúpida. Si no te gusta algo, dime que pare y lo haré. —Me sostiene la mirada un momento para asegurarse de que confío en su palabra y, no sé por qué, pero lo hago. Asiento y me azota el trasero con fuerza—. Quiero que mires ahí fuera y busques a tu noviete para que recuerdes lo que se siente cuando un hombre de verdad te come el coño.
Al sentir cómo me pasa la lengua del clítoris al ano, ya sé que va a cumplir su promesa a la perfección.
Finn
Un año antes
—¿Puede alguien explicarme qué es esto? —pregunta mi madre con voz chillona mientras sigue lanzándonos papeles como quien lanza billetes a una stripper.
—No lo sabemos, Eliza. —Mi padre suspira con fuerza y se restriega los ojos antes de ponerse las gafas de lectura y recoger una de las páginas.
Su abogado acaba de irse a casa.
De pequeño nunca me planteé si eran buenos padres o no. A lo mejor me lo habría planteado si hubiera podido compararlos con los padres de otros críos, pero no fue el caso. Hasta que no dejé Fairview para siempre y conocí a otras personas a regañadientes no me di cuenta de que, hostia puta, mis padres dan asco. O a lo mejor los que dan asco son los padres que están demasiado involucrados en la vida de sus hijos. No lo sé. Sea como sea, a los dieciocho me di cuenta de que mis padres y todos los miembros de su círculo social tenían hijos no porque los quisieran, sino para que continuaran su legado.
—Tú. —Mamá me señala y su expresión, normalmente tan serena, está cargada de ira y dolor—. Tú sabías que este sitio existía.
Cierro los ojos y me centro en respirar. He tenido una losa en el pecho durante la última semana que no parece que vaya a desaparecer. Cuando vuelvo a abrirlos, hago lo que ha hecho mi padre y recojo una de las páginas que nos ha lanzado. Son fotocopias de las pruebas que se llevó la policía. Lo llaman una tragedia, pero lo único que veo yo es un delito. Rechino las muelas mientras reviso el listado de veces que estuvo allí.
