Diagnóstico: amor - Rebecca Lang - E-Book

Diagnóstico: amor E-Book

Rebecca Lang

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Beschreibung

A la doctora Laetitia Lane estaba muy orgullosa de su trabajo como médico, sobre todo teniendo en cuenta su problemático pasado. Se sentía feliz de sus logros y de su trayectoria, hasta que de pronto reapareció el hombre que tanto la había ayudado años atrás. El doctor Grant Saxby todavía estudiaba medicina cuando conoció a Titia, y en un primer momento no la reconoció. Pero cuando lo hizo quiso llegar a conocerla mejor... ¡mucho mejor!

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Seitenzahl: 169

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Rebecca Lang

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Diagnostico: amor, n.º 1178 - noviembre 2019

Título original: Diagnosis Deferred

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1328-665-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Hey, señorita… ¿no la conozco yo a usted? Su cara me resulta familiar…

La profunda voz masculina resonó a su lado mientras la doctora Laetitia Lane mantenía abierta la pesada puerta de roble de la clínica Open Door, franqueando la entrada a los primeros clientes, todos ellos personas sin hogar, que llevaban esperando desde el amanecer.

Laetitia se tensó, abriendo mucho sus ojos verdes. Por un segundo o dos el corazón dejó de latirle, para emprender luego un ritmo acelerado. Con toda deliberación no miró en dirección a la voz, para concentrarse en el flujo de gente que estaba entrando. No era que pretendiera ignorar a aquel hombre… simplemente necesitaba tiempo para serenarse.

Era una voz atractiva, con un leve matiz de diversión y cierto tono de burla. Ocho años habían pasado desde que la escuchó por última vez. Su reconocimiento se presentó acompañado de un sentimiento de alegría y a la vez de fatalismo, como si evocara un fantasma del pasado. Un pasado que había creído dejar atrás, un episodio que a esas alturas habría debido olvidar.

Eran las ocho de la mañana de un día que se prometía ajetreado, largo y de un calor sofocante. El trabajo en la clínica Open Door resultaba gratificante, pero nada fácil; era como un escenario de los acontecimientos más inesperados. Y era precisamente por eso por lo que Titia no estaba preparada para soportar ningún tipo de enfrentamiento emocional, y aquel menos que ninguno.

–Buenos días, Tishy –la saludó uno de los hombres que entraron, un paciente habitual. Tenía el rostro curtido por la vida a la intemperie, y generalmente dormía en un parque cercano durante los meses de verano. Sus únicos bienes, aparte de las ropas que llevaba, se reducían a la mochila que llevaba a la espalda. Junto con las otras personas sin hogar que frecuentaban la clínica y el centro de acogida, solía acudir al comedor social, donde servían un desayuno caliente. Más tarde tomaría una ducha, se cortaría el pelo, utilizaría el servicio de lavandería para lavar la ropa y acudiría a un médico o a un odontólogo voluntario.

–Buenos días, Dodge –Laetitia le sonrió, todavía con un nudo en la garganta a la espera de que la otra voz volviera a interpelarla–. Me alegro de volver a verlo.

–Yo también –repuso el hombre. Su voz especialmente grave denotaba un abuso del tabaco, algo que también era culpable de las numerosas afecciones pulmonares que solían padecer las personas sin hogar.

Durante aquellos escasos segundos en los que estuvo hablando con Dodge, la mente de Laetitia retornó al pasado, un pasado que había creído expiado. Después de todo lo que él había hecho por su bienestar, ella solo le había enviado una única y lacónica carta, expresándole su agradecimiento. Extrañamente aún seguía experimentando aquel sentimiento de íntima vergüenza. Y eso era algo que Laetitia tenía en común con la gente que frecuentaba la clínica y el centro de ayuda, ya que la mayoría de aquellas personas tenía algo que esconder de los demás o incluso de ellas mismas.

A menudo, durante aquellos ocho últimos años, se había preguntado si él intentaría localizarla. Desde luego ella no se lo había puesto nada fácil, ya que no sabía su nombre verdadero, ni el lugar donde vivía. Le había dejado una pista falsa, por si acaso se había propuesto seguir alguna.

–Buenos días, Rita, buenos días, Mac –saludó a otros dos, obligándose a regresar a la realidad.

–Buenos días, doctora –todos pasaron ordenadamente a su lado, guiados por el aroma de café recién hecho y tostadas procedente de una de las amplias antesalas de la iglesia de San Barnabas.

Laetitia cuadró los hombros. Ya había dejado atrás muchas cosas del pasado: su vida había cambiado, y mucho. Apartándose la melena rojiza de la frente, volvió lentamente la cabeza y miró al hombre que durante los últimos segundos había permanecido a su lado, expectante. Era alto y esbelto, moreno, con el pelo más corto de lo que solía llevarlo antes, e iba vestido con unos pantalones de lino y una camisa de cuello abierto. Parecía mayor. O, mejor dicho, era mayor, según se recordó Laetitia. Estaba ante un hombre maduro y atractivo, con una expresión que denotaba una vida experimentada: la de alguien que había visto mucho mundo, quizá demasiado.

Cuando sus ojos se encontraron, Laetitia procuró adoptar la expresión más anodina posible, mostrando únicamente una leve y amable curiosidad. Pero incluso así, se ruborizó a su pesar al sentir una nueva punzada de reconocimiento. «Oh, Dios mío… ¡es él!», pronunció para sus adentros. El hombre del que se había enamorado perdidamente a la edad de dieiciséis años…

–Hola… –se acercó a ella sin dejar de mirarla a los ojos, tendiéndole la mano–. Me llamo Grant Saxby… doctor Saxby, esto es. Se parece usted muchísimo a alguien a quien conocí en mi juventud, y que desde entonces no he vuelto a ver –pronunció con naturalidad.

–¿Oh? –Laetitia forzó una sonrisa mientras le estrechaba la mano.

No pudo menos que preguntarse por qué simulaba no conocerlo. Mientras le estrechaba la mano, no se le ocurrió ninguna explicación. La visión de aquel hombre le provocaba una confusa mezcla de emociones, unas agradables y otras terriblemente penosas. Maldijo en silencio.

Su mirada tranquila escrutó su rostro rasgo por rasgo, deteniéndose en su cabello rojo brillante que tan deliciosamente contrastaba con su tez blanca y sus ojos verdes. Por un momento sus labios esbozaron una leve mueca de ironía: quizá se estuviera preguntando si no sería aquel su verdadero color, que había cambiado junto con tantos otros detalles de su apariencia. Ocho años atrás también había llevado una ortodoncia dental, y ahora presentaba una dentadura blanca y perfecta. Su voz también era distinta. Había recibido clases de modulación, y con el tiempo había aprendido a expresar u ocultar convenientemente sus emociones. Durante una época, su amor por el teatro había competido con su voluntad de convertirse en médica.

–¿Cómo se llamaba esa persona que conocía usted? –le preguntó Laetitia, sin dejar de sonreír.

–Patricia Ranley… si acaso era ese su nombre verdadero –respondió con tono suave, frunciendo el ceño–. Aunque lo dudo. La conocí aquí mismo, en esta clínica. Nosotros, la gente de la plantilla, la llamábamos Tricia, para abreviar.

–¿Cómo es que aún recuerda su nombre?

–De alguna manera, aquella chica se me quedó grabada.

–¿La conoció en su juventud? Debe usted rondar los treinta años, ¿verdad? –pronunció Laetitia, obligándose a reír despreocupadamente mientras miraba aquellos ojos de color gris azul y mirada inteligente.

–Tengo treinta y tres.

–¿Y qué es lo que hizo ella para que se le quedara grabada de esa forma, si es que puede saberse?

–Me la llevé a mi casa –contestó él–. No hacía eso muy a menudo. Bueno, en realidad la llevé a casa de mi hermana.

–¡Como si fuera un gatito abandonado!

–Pues sí –repuso, encogiéndose de hombros y esbozando una sonrisa irónica.

–Yo me llamo Laetitia Lane. Titia, para abreviar.

–Entonces está casada –murmuró con expresión casi ausente mientras la miraba con fijeza, frunciendo levemente el ceño.

–No… ese es mi verdadero nombre. Yo no soy Patricia… lo que sea. Soy Laetitia Lane. Esto es, doctora Lane –añadió, remedando la expresión que él mismo había utilizado al presentarse poco antes–. Lo cual me recuerda que estoy aquí para trabajar, al igual que usted. ¿Ya ha desayunado?

–No.

Todavía estaba frunciendo el ceño, y resultaba evidente que el intento de Laetitia por distraer su atención no había funcionado. El último grupo de clientes de la mañana acababa de entrar.

–¿Y ha recibido algún tipo de orientación sobre la clínica? Si no es así, supongo que no le importará dedicarme unos minutos –pronunció ella con tono ligero–. Sé que ha estado antes aquí y que…

–Esos ojos… –murmuró–. Habría jurado que… –vio que arqueaba las cejas, y de repente añadió–: No, supongo que debo de estar equivocado.

–Eso parece.

–Me encantaría charlar con usted. Gracias –dijo, ya con mayor formalidad.

–¿Usted… va a trabajar regularmente aquí? Nadie me dijo que iba a venir un médico nuevo –lo informó Laetitia, procurando conservar la compostura.

–He venido para trabajar de momento un solo día a la semana, aunque puede que trabaje más, dependiendo del tiempo libre que me deje el hospital. Estoy en el hospital universitario, en el departamento de medicina interna. Hace poco que he empezado allí. Antes solía trabajar en esta clínica, cuando no estaba tan organizada: de esto hará unos ocho años, poco después de su creación –explicó–. He pedido tiempo libre para encargarme de esto.

–¿De verdad? Aquellos tiempos debieron de ser muy interesantes –comentó Laetitia, simulando conocer las circunstancias previas de su trabajo en la clínica–. Tiene usted que hablarme de ellos en alguna ocasión–se volvió para cerrar la gran puerta de roble–. Yo también estoy en el hospital universitario, en urgencias. Trabajo a media jornada en esta clínica como parte de mis prácticas.

–¿Es usted médica interna en prácticas?

–Sí. Paso tres días por semana aquí, y dos en el hospital. Empecé a mediados de julio –habían pasado tres semanas desde entonces, aunque en muchos sentidos tenía la sensación de llevar allí toda la vida. Los recuerdos de su propio pasado en la iglesia de San Barnabas se mezclaban con su reciente experiencia. Unos recuerdos que habían vuelto a asaltarla, después de tantos años, encarnados en el doctor Grant Saxby.

–No está mal –comentó él, mientras seguía mirándola con la misma intensidad. Su voz era profunda, atractiva, tal y como ella la recordaba–. Y usted parece bastante satisfecha, ¿no?

–¡Oh, sí! Me encanta mi trabajo. Mucha gente de la que viene aquí detesta los hospitales, y no irán jamás a ninguno mientras puedan evitarlo. En parte, eso se debe a que a veces los han tratado mal porque son personas carentes de hogar. Supongo que usted lo sabrá perfectamente, ya que también trabaja en el hospital –Laetitia se sorprendió a sí misma parloteando sin cesar, de lo muy nerviosa que estaba.

–Lo sé –repuso él con tono suave–. Este lugar cubre un gran vacío en los servicios médicos.

–¿Ha venido voluntariamente a trabajar aquí?

–Sí.

–Yo cobro un sueldo, naturalmente… –Laetitia se sintió obligada a explicar–… pero solo porque se considera parte de las prácticas –era consciente de lo mucho que personalmente les debía a los médicos y enfermeras voluntarias que habían fundado la clínica ocho años atrás–. También tenemos cuatro dentistas que aportan gratuitamente su tiempo y su experiencia, aunque no están destacados de manera permanente aquí.

–Es una suerte.

–Vamos a tomar café –lo invitó Titia, volviéndose hacia el pasillo que conducía al comedor–. Me muero de ganas de tomar uno. Habrá notado la diferencia, espero… ¡este café es realmente estupendo!

–Mmm. Creo que podemos tutearnos, ¿no? Llámame Grant, por favor.

–Tú puedes llamarme Titia, si quieres –repuso, advirtiendo que mantenía una expresión pensativa. Era muy consciente de su presencia a su lado mientras se reunían con el grupo de gente que se dirigía al comedor.

–Desde luego. ¿No eres muy joven para ser médica?

–Tal vez, pero lo soy –aseveró, conservando un tono ligero–. Estudié aquí, en la universidad de Gresham y en el hospital universitario, sin salir jamás de Ontario. Quiero especializarme en traumatología. Por el momento, ese es mi objetivo. Sé que se puede una quemar en el camino, si no se lleva suficiente cuidado…

–¡Vaya, todo esto es fantástico! –exclamó él, mirando a su alrededor–. Debe de resultarte muy enriquecedor trabajar en una clínica como esta, ¿no?

–Sí. Es una experiencia maravillosa. Aquí puedo ver un poquito de todo –hablaba apresuradamente para disimular los sentimientos que le suscitaba, esperando que ninguno de ellos se reflejara en su rostro. Sospechaba que no estaba enteramente convencido de que ella no fuera la Patricia Ranley que había conocido…

–Entonces, ¿no estás casada? –le preguntó, insistente, y añadió, todavía incrédulo–: ¿De verdad que no eres Patricia Ranley? Titia y Tricia se parecen mucho.

–No puedo evitarlo –replicó con un falso tono alegre–, y tus dos preguntas se responden de manera negativa. Tampoco estoy divorciada. Soy una mujer dedicada por entero a mi trabajo. ¿Satisfecho, doctor Sa… digo, Grant?

–No tengo más remedio, ¿verdad? –inquirió a su vez con un matiz de sarcasmo que de inmediato la inquietó.

Su intuición le decía que aquel hombre atractivo tenía una actitud algo extraña con las mujeres. ¿Habría sido quizá víctima de algún desengaño amoroso?, se preguntó, cediendo cada vez más a la atracción que sentía por él. A esas alturas de su vida ya tenía suficiente con su trabajo, y no le quedaba ninguna gana de comprometerse emocionalmente con nadie. Nuevamente su instinto la advertía de que aquel hombre podría acarrearle problemas.

–¿Y qué hay de tu estado civil, ya que hemos abordado el tema? –le preguntó ella a su vez–. Puedes también ilustrarme sobre cualquier asunto de naturaleza íntima que desees, dado que tan curioso te has mostrado acerca de mí. Después de todo, tendremos que trabajar juntos durante algún tiempo, así que es mejor que empecemos cuanto antes a llevarnos bien, ¿no?

En aquella ocasión Grant se relajó visiblemente, esbozando una sonrisa que la afectó sobremanera: tal y como había hecho ocho años atrás, cuando ella solo era una adolescente de unos dieciséis años, confusa y desorientada.

–No, no estoy casado –respondió después de una ligera vacilación, y añadió con cierta amargura–: Y tampoco divorciado. Sí hubo alguien que… pero eso terminó, en todos los sentidos de la palabra.

–Yo… no quería pecar de indiscreta… –quiso disculparse.

–¿No? Ahora mismo tengo tres o cuatro amigas, con las que mantengo relaciones poco profundas.

–¡Oh! –exclamó Titia, más afectada por su respuesta de lo que le habría gustado. Grant Saxby era un hombre maduro cuyo atractivo se había multiplicado desde los tiempos en que solo era un estudiante de medicina un tanto idealista–. ¡Tres o cuatro! ¡Guau! ¿Y a ti eso te parece normal?

Por fin Grant se echó a reír, y Titia dejó escapar un suspiro de alivio.

–Si te digo la verdad, ya no sé lo que es normal y lo que no lo es.

«Yo sí lo sé», pronunció ella en silencio. «Cuando te conocí siendo una adolescente, tú parecías ser el único ser normal y cuerdo en aquel mar de locura». ¿Por qué no le revelaba de una vez su verdadera identidad? Se contuvo; necesitaba tiempo para pensar. El rechazo era algo que no quería de él. Sobre todo de él. Al fin y al cabo, tenían que trabajar juntos.

Cuando lo conoció Titia solía teñirse el pelo de negro azulado, a la moda de la época. Cambiarse el color del cabello había sido como un símbolo de afirmación de su personalidad, de emergencia de la propia individualidad. En aquellos días se maquillaba mucho. Solo sus ojos, de un precioso verde pálido, no habían cambiado: eran los mismos que el doctor Saxby no dejaba de contemplar en aquel instante, y que tan maravillosamente contrastaban con su melena rojiza, también teñida. Nunca se había sentido contenta con su color natural de pelo, de un castaño levemente claro.

–¿Cómo es que no te he visto antes en el hospital? –le preguntó él–. Yo soy relativamente nuevo allí, pero deberíamos haber coincidido al menos en algún momento.

–Es un lugar muy grande, y el departamento de emergencias es una casa de locos. Habrás estado allí alguna vez.

–Varias.

–Generalmente me tienen escondida en alguna de las salas de operación, poniéndole los puntos a algún paciente, entubándolo, haciendo lavados de estómago, curando heridas de bala o cortes de navaja… ese tipo de cosas. No suelo quedarme todo el día sentada detrás de un escritorio, derrochando amabilidad, ya sabes.

–Parece como si te encantara tu trabajo –sonrió Grant.

–Y me encanta –aseveró cuando entraban en el comedor.

–Hey, venga a tomar con nosotros el café, doctora –la llamó Dodge desde el otro extremo de la gran sala. Estaba al lado de uno de las cuatro grandes cafeteras que se mantenían en funcionamiento durante todo el día.

Satisfecha de aquella interrupción, Titia se dirigió hacia allí abriéndose camino entre la multitud de clientes.

–Me encanta venir aquí –le comentó a Grant–, y ver cómo toda esta gente con tanto sufrimiento a sus espaldas puede disfrutar al fin de una buena comida.

–¿No va a presentarme al nuevo doctor? –le preguntó Dodge cuando se acercaron, sosteniendo las dos tazas de café que pensaba ofrecerles.

–Dodge –pronunció ella–, este es el doctor Grant Saxby. Grant, te presento a Dodge.

–Encantado –repuso sonriente Dodge, con su característica voz áspera .

–¿Sabe? Yo solía trabajar antes aquí, cuando estudiaba medicina –lo informó Grant–. Trabajaba mucho como voluntario. La verdad es que no sé de dónde sacaba la energía suficiente, cuando pienso en los otros trabajos que hacía en el hospital, el Gresham, donde estaba interno.

Mientras Titia añadía leche y azúcar a su café,y se servía un pastel de arándanos, los dos hombres continuaron charlando.

–Eso debió de ser antes de que viniera yo. Soy de Nueva Escocia, y ya llevo algunos años en Ontario –lo informó Dodge.

Titia se sorprendió a sí misma evocando sucesos del pasado, recuerdos que había creído para siempre enterrados. Y tuvo la molesta sensación de que esa era precisamente una de las razones por las que se había concentrado tanto en su trabajo y en su carrera: para no recordar todo aquello. Apenas unos minutos antes le había mentido a Grant Saxby sobre su nombre por pura vergüenza, ya que cuando lo conoció ella misma era una joven escapada de su casa, que se veía obligada a dormir en parques o en albergues para indigentes. En aquella época lo había pasado muy mal, porque procedía de un hogar feliz donde siempre se había sentido querida… hasta entonces. Durante los dos meses que pasó vagando por las calles, y que para ella habían sido toda una eternidad, había podido comprobar en carne propia lo que significaba sentirse no querida, despreciada, abandonada…

Cuando conoció a Grant Saxby corría el mes de octubre, y la temperatura bajaba mucho durante las noches. Aterida de frío, hambrienta y asustada, pero pese a todo decidida a no ceder y regresar a la casa de su madre, una noche había entrado en la iglesia de San Barnabas. Alguien le había hablado de la recién estrenada clínica Open Door, y de su centro de acogida, donde se podía pernoctar y comer algo caliente.

–Hey, hey, pequeña –le había dicho Grant Saxby nada más verla sentada en un banco de la iglesia, sollozando–. ¿Qué te ocurre?

Se había sentado a su lado, dispuesto a consolarla. En aquel entonces a Titia no le había parecido mucho mayor que ella, con su rostro juvenil y el pelo despeinado, vestido con sudadera y vaqueros debajo de su bata blanca. Lo había mirado con expresión recelosa aunque no exenta de cierto alivio, deseosa de que dijera algo más.

–Soy uno de los médicos de aquí, un voluntario. Me llamo Grant. Te he oído llorar.

Su voz tenía un maravilloso timbre de ternura. Lo que más le gustó de él fue que no se comportó como lo habría hecho cualquier profesional de la medicina ante una chica como ella. En ningún momento la había tratado como si fuera un «caso clínico», ni había mostrado el menor tono paternalista. Sacando de un bolsillo un paquete de pañuelos de papel, le ofreció uno.

–Anda, suénate la nariz. Si quieres, puedes contarme lo que te pasa. Estoy aquí para ayudarte.