El tiempo pasará - Rebecca Lang - E-Book

El tiempo pasará E-Book

Rebecca Lang

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Beschreibung

La doctora Jan Newsome necesitaba ayuda con urgencia, así que cuando Gerard se ofreció para rescatarla no lo dudó. Sin embargo, ella se mostró suspicaz… Hacía poco tiempo que había sufrido una traición amorosa, y le costaba confiar en la gente, sobre todo en atractivos desconocidos. Convencer a Jan de que era realmente un buen hombre iba a costarle un enorme esfuerzo de persuasión.

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Seitenzahl: 218

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Rebecca Lang

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El tiempo pasará, n.º 1071 - junio 2020

Título original: Let Tomorrow Come

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-675-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

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Capítulo 1

 

 

 

 

 

PARE!

Jan Newsome apenas oyó el grito. Conducía una pequeña furgoneta por una carretera llena de baches, estaba a punto de entrar en la plantación de plátanos, e iba demasiado deprisa. Le dolían los músculos de los brazos de tanto sujetar el volante de un vehículo para ella desconocido. Llevaba varios kilómetros subiendo una cuesta, y sólo en ese momento la carretera comenzaba a nivelarse.

El bosque, con su espeso y verde follaje, iba dando paso gradualmente a pequeños pedazos de tierra cultivada hasta llegar a la arboleda de plátanos tan familiar, en lo alto del camino. A lo largo de la carretera, desde la cuidad, había visto a hombres aquí y allá despejando el paso. Nadie le había prestado atención, sólo levantaban la cabeza al verla pasar en el único vehículo que había podido alquilar. Acababa de aterrizar en la isla, y tenía prisa por llegar a Manara.

Tuvo que prestar toda su atención para evitar caer en las zanjas que se abrían a lo largo de la estrecha carretera. Le costaba acostumbrarse de nuevo a conducir por la izquierda. Por décima vez desde su llegada Jan volvió a recapacitar en lo deteriorada que estaba la isla desde su última visita, dos años atrás. Sobre todo aquella carretera, la más importante de todas, que conducía desde el aeropuerto, al sur, hacia el norte.

Quizá, se dijo, lo hubiera visto todo de color de rosa cuando era joven.. Pero en aquella ocasión sería diferente. En primer lugar era un persona madura, pensó. Y además, en aquel entonces, estaba enamorada… de John, recordó. Eso era importante. Ya no susurraba su nombre en sueños, apenas lo añoraba.

Jan sonrió rememorando. El paisaje que la rodeaba nublaba los recuerdos, que de pronto parecían un simple sueño. Había habido otros hombres después de John, pero no se había enamorado de ninguno de ellos. En aquellos días casi siempre lograba borrarlo de su mente cuando se lo proponía. Era una barrera emocional que había logrado superar.

No tenía ni idea de quién le había gritado que se detuviera, ni se atrevía a levantar la vista de la carretera. Tampoco estaba muy segura de que hubiera sido a ella a quien le hubieran gritado, ni veía ninguna razón para parar. Su mente estaba absorta pensando en su padre que, en ese mismo instante, yacía enfermo en Manara. Tras la tempestad que había cortado las comunicaciones con la isla, días atrás, podía haber ocurrido cualquier cosa, reflexionó.

Al recibir la llamada telefónica de su padre pidiéndole ayuda su vida había cambiado drásticamente. En cuestión de horas había abandonado el empleo de Boston, aunque con cierta inquietud. Al fin y al cabo llevaba poco tiempo, y le había costado conseguirlo. Sin embargo había reservado un billete de avión en el vuelo a St Bonar.

También había tratado de buscar un nuevo empleo en la isla llamando a las pocas personas que conocía que se dedicaban a la medicina. No había tenido tiempo de confirmar nada, no obstante, ya que la tempestad se lo había impedido. El doctor Don McLean, a pesar de ser el médico de su padre, no sabía nada sobre su salud.

Aquello era típico de su padre, pensó Jan. Le costaba pedir ayuda a los demás. A ella se la había pedido porque era médico y estaba más cerca, pero le había hecho prometer que no avisaría a su madre, que estaba en Inglaterra cuidando a su abuela.

–Siempre igual –musitó Jan resignada mientras se retiraba el pelo de la boca y disfrutaba del aire en la cara.

Jack Newsome a duras penas admitía que no se encontraba bien, de modo que cuando por fin lo hizo Jan supo que la cosa era seria. Al menos le había dado tiempo a terminar las prácticas, pensó. Si perdía el empleo de Boston podría encontrar otro.

Desde la llamada de su padre sentía un nudo en el estómago. Quizá, se dijo, había llegado el momento de vender la casa y la plantación. Aquella idea, no obstante, le producía pavor. Su abuelo lo había dispuesto todo para que aquella propiedad fuera siempre de la familia, recapacitó. Era su esperanza y su ambición, y vender no parecía sino una traición. Sin embargo, después de todo, el pasado pasado estaba, reflexionó.

Un reflejo en el espejo retrovisor le hizo reducir la velocidad. Miró por él y observó una figura agrandándose. Tras ella, a lo largo de la estrecha y verde cuneta, cabalgaba un jinete a caballo. Iba deprisa y le hacía señas para que parara. Jan detuvo la furgoneta y se echó a un lado, se quitó las gafas de sol y se dio la vuelta. El hombre desmontó a poca distancia. La yegua era grande, de color castaño, y estaba cubierta de sudor. El silencio repentino le permitió escuchar a los pájaros.

El hombre dejó que la yegua comiera hierba y se dirigió hacia ella. Se movía con seguridad, con aire de autoridad, y eso la ponía nerviosa. Tenía el mismo modo de andar de los policías de la ciudad, reflexionó, cuando se acercaban a un vehículo a ponerle una multa. Era alto y atlético. Años atrás hubiera conocido a cualquier persona de origen europeo de la isla, se dijo. A aquel hombre, sin embargo, nunca lo había visto.

Jan observó sus largas piernas moviéndose rítmicamente. Meneaba el cuerpo con gracia, con masculinidad, pensó. Le sorprendía poder fijarse con tanta imparcialidad en aquel hombre, como si fuera parte de una escena en la que ella no tomara parte. Quizá fuera a causa de la fatiga, se dijo.

El hombre se acercó despacio a la ventana abierta del vehículo y apoyó los brazos en la puerta. Jan sintió que los segundos pasaban antes de que él pronunciara palabra.

–¿A dónde diablos va usted? ¿Es que no me oyó gritar que se parara?

Tenía un acento curioso, pensó Jan. Norteamericano, pero con cierta entonación británica y un timbre profunda y decididamente típico de las Indias Occidentales: aquel lento y cuidado compás de la isla siempre le había resultado muy atractivo, recordó.

Jan se echó inconscientemente hacia atrás, apartándose de la puerta. Después no comprendió muy bien por qué lo había hecho, pero a él ese gesto no le pasó desapercibido. Hizo una mueca irónica y se quedó mirándola detenidamente. El hombre era más joven de lo que al principio le había parecido, pensó. Su piel estaba morena y curtida, y sus rasgos eran duros y fuertes. Tenía la nariz recta, clásica, y una boca muy masculina poco dispuesta a sonreír.

Debía de estar exhausto, pensó. Tenía los ojos enrojecidos y un aire de cansancio como si llevara tiempo sin pegar ojo. Ésa era una sensación que ella conocía bien, recapacitó mientras se escrutaban el uno al otro.

Hacía mucho tiempo que no era tan consciente de la presencia de ningún hombre, se dijo Jan sorprendida. En su trato profesional con el sexo contrario nunca era demasiado consciente de sí misma ni se mostraba coqueta. Era un modo de relacionarse con los hombres que había aprendido a practicar en la Universidad. Sin embargo, en ese instante, no podía evitar sentir cierta inquietud, cierto calor que invadía su cuerpo y que no tenía nada que ver con la tórrida temperatura de la furgoneta. Jan pensó entonces en su aspecto, en su rostro pálido y sin maquillar tras el largo invierno de Boston sin ver el sol. Antes del empleo nuevo había terminado allí un curso de postgraduado en cirugía que, en realidad, sólo podía describirse como un castigo, reflexionó.

El cabello, que le llegaba casi hasta los hombros, se había enredado con el viento. Algunos mechones flotaban sobre su rostro y mejillas. La fina blusa sin mangas se le había pegado a la espalda debido al calor. Su aspecto debía de contrastar terriblemente con el coloreado y exótico mundo de la isla, pensó Jan. Incluido aquel hombre. No era de extrañar que se quedara mirándola, recapacitó.

–Oí a alguien gritar –admitió Jan–, pero pensé que no era a mí.

–Pues podría habérselo imaginado porque el suyo era el único vehículo que circulaba por la carretera. Me habría ahorrado mucho tiempo, no habría tenido que perseguirla.

Aquellas palabras sonaron ligeramente sarcásticas. El hombre no dejaba de mirarla, y el cansancio añadía cierta tensión a su rostro, supuso Jan. Al mirar a su alrededor y ver los destrozos que había causado el vendaval Jan no pudo sino sentir lástima por la isla y por él.

El hombre se acercó y metió la cabeza y los brazos por la ventana de la furgoneta. Jan vio gotas de sudor en su rostro.

–Estaba absorta conduciendo –replicó–. Lo siento, no estoy acostumbrada a conducir furgonetas. ¿Por qué quería usted que parara? No vi ninguna señal de tráfico indicándolo.

–La carretera está bloqueada, ha habido un desprendimiento de tierras un poco más allá. Los técnicos no han tenido tiempo aún de arreglarla, y además ha habido un accidente en el lugar en el que estaba yo cuando usted pasó. Hay heridos. Las carreteras no son seguras, no se puede circular con plena libertad. Están muy deterioradas por la lluvia.

–Comprendo. Sí, supongo que debería de haberlo pensado –contestó Jan nerviosa, apartando la mirada–. ¡Vaya!, lo siento, me debería de haber detenido, pero es que tengo mucha prisa.

–Pero sabe que ha habido un huracán en la isla, ¿no? No ha sido sólo lluvia –añadió el hombre decididamente sarcástico.

Jan estaba acostumbrada a aquella ironía, era corriente entre los hombres en el ámbito del trabajo. Y aquel hombre en particular no parecía muy bien dispuesto hacia las mujeres, pensó. Aunque su forma de mirarla ciertamente parecía contradecir tal impresión, se dijo asustada por la noticia.

Su mente se apresuró entonces a buscar alternativas a aquella carretera, pero no se le ocurrió ninguna. Estaba profundamente cansada. Se pasó una mano por la frente apartándose el pelo y se lamió los labios sedienta.

–Sí, sé que ha habido una fuerte tormenta.

–Entonces sabrá usted la cantidad de agua que puede caer aquí en cuestión de minutos… y los daños que puede causar.

–Sí, he estado retenida en Barbados dos días porque no había aviones a la isla. La verdad es que no me lo esperaba, no estamos en la estación de las lluvias –respondió Jan con calma, tratando de demostrarle que no era nueva en la isla–. ¿Sabe usted cuánto tiempo tardarán en despejar la carretera?

Jan lo miró inquisitiva. Por un momento creyó que era un ingeniero de visita temporal en St Bonar, encargado de algún proyecto lucrativo y, a la larga, poco beneficioso para la isla. O quizá fuera miembro de algún equipo de emergencia trasladado allí tras la tormenta, se dijo. El hombre pareció leer sus pensamientos, porque sonrió ligeramente. Sin embargo no dijo nada al respecto.

–Quizá comiencen a reparar los daños mañana, quizá pasado mañana. Hoy desde luego no. Es un trabajo de envergadura… hacen falta semanas para construir una carretera nueva.

–«Pronto», como dicen los jamaicanos –comentó ella con una leve sonrisa.

–Bueno, al menos tratamos de que las cosas no empeoren –respondió él elocuente, encogiéndose de hombros.

–¿Y qué voy a hacer yo? Vengo de Fort Roche, y llevo dos maletas muy pesadas. No tengo intención de dar marcha atrás –añadió.

Aquella pregunta, por supuesto, sólo era retórica. Jan no tenía intención de que aquel hombre resolviera sus problemas. Sin embargo no había ninguna otra carretera que condujera a Manara, sólo un atajo por el bosque un poco más adelante. Estaba cerca, pero demasiado lejos dadas las circunstancias, pensó. Y aunque volviera sobre sus pasos y tomara otra ruta no podría llegar a la hacienda sin atravesar una parte del terreno a pie. Hubiera podido intentarlo si no llevara maletas, recapacitó, pero igualmente podía intentarlo desde allí.

–¿A dónde se dirige? –preguntó él.

–A un lugar llamado Manara, una plantación –contestó Jan haciendo un gesto con la cabeza señalando la dirección–. Está a kilómetro y medio por esta carretera, y luego a otros tres kilómetros más por un sendero que…

–Lo sé –la interrumpió el hombre retirando los brazos del coche y apartándose ligeramente–. Le sugiero que vuelva a la ciudad y que lo intente dentro de unos días. Para entonces puede que haya algún camino transitable. Tal y como están las cosas ahora ese sendero puede estar bloqueado, y aunque la carretera parezca despejada eso no significa que puedan pasar vehículos.

–No puedo volver, mi padre está enfermo, necesito llegar a Manara –contestó Jan decidida y desesperada, molesta por el tono de voz autoritario de aquel hombre. Sin embargo sabía que tenía razón–. Comprendo perfectamente el peligro, pero no puedo esperar. Además tengo calor, estoy cansada y hambrienta. No estoy segura de sobrevivir su doy la vuelta.

Jan miró al hombre con una ligera sonrisa, observando su rostro implacable de ceño fruncido.

–Salga –ordenó él con decisión, como si no quisiera perder ni un minuto más–. Veré si puedo conseguir que un trabajador se lleve la furgoneta de vuelta a la ciudad. Encontraremos el modo de llevarla a casa. ¿Es usted la hija de Jack Newsome?

–Sí –contestó Jan sorprendida y aliviada–, gracias a Dios que lo conoce. ¿Sabe usted si está bien?

–Estaba bien hace cuatro días, cuando lo vi por última vez –contestó el hombre sin explicar los motivos de su visita.

Jan salió de la furgoneta. Tenía las piernas entumecidas. El aire era cálido y agradable, y había una ligera brisa. Llevaba en el bolsillo un sombrero para el sol que no dudó en sacar para ponérselo sobre la cabeza. Entre eso y las gafas de sol se protegería del excesivo calor de las primeras horas de la tarde, pensó.

–Hemos salido relativamente ilesos de la tormenta, comparado con las dos o tres islas de alrededor –comentó el hombre con voz profunda sin dejar de observarla–. El mar ha rugido embravecido, y las lluvias han sido torrenciales, pero el viento no ha soplado tan fuerte como en otras partes.

Ambos miraron al cielo al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo. Éste, azul e inocente, sólo lucía unas cuantas nubes vaporosas en la distancia.

–¿Ha visto usted a mi padre? –inquirió Jan de nuevo mientras se despegaba la falda de las piernas–. Estoy muy preocupada…

–Sí, conozco muy bien a Jack –contestó el hombre–. No para de trabajar, ya sabe. Cuando lo vi estaba trabajando, como siempre.

–Me alegro de escuchar eso –dijo Jan más tranquila–. Ahora puedo decir que estoy contenta de haber vuelto a St Bonar, a pesar de las circunstancias. Puedo llegar a Manara andando. Conozco el camino desde aquí –añadió volviéndose para mirar el espeso follaje.

Sería agradable caminar por la arboleda de plátanos y palmeras, a pesar de la larga distancia, y encontrar por toda compañía alguna cabra y unos cuantos pájaros, pensó. Deseaba ardientemente volver a ver las flores de Manara.

–Olvídelo –dijo el hombre tajante, como si no pudiera creer que ella estuviera dispuesta a hacer el camino a pie.

–Conozco el terreno muy bien, se puede decir que crecí aquí. Hay muchos atajos.

–Seguro, los conoce como la palma de su mano –contestó sonriendo–. Yo también, pero no se lo recomendaría después de la tormenta. A menos que esté desesperada y que no le importe morir.

Aquel hombre estaba erguido, de pie frente a ella, fuerte y poderoso. Para Jan, cuya imaginación se veía estimulada por la colorida vida a su alrededor, parecía el héroe de una película dispuesto a salir en busca del Grial.

Llevaba la camisa desabrochada hasta la cintura y unos viejos pantalones de algodón cubiertos de barro que en su día debieron de ser blancos, pensó mientras lo observaba. Si su rostro no hubiera estado marcado por aquellas duras líneas se hubiera podido decir que era guapo. Su boca, sensual, pero seria, y sus rasgos, rotundos, parecían indicar que había visto todo tipo de miserias sobre la tierra.

–Me gustaría vivir un poco más.

–Claro. Éste no ha sido el único lugar en el que ha habido un corrimiento de tierras –añadió el hombre–. Hemos explorado varias zonas, y son poco seguras. Si se ve en algún apuro no habrá quien la ayude.

«Espadachín», ésa fue la palabra que acudió a la mente de Jan. Era una tierna y maravillosa palabra de su infancia, de cuando pasaba los veranos en St Bonar, cargada de reminiscencias románticas y de historias de piratas y tesoros escondidos en cuevas en playas perdidas. Todo aquello parecía pertenecer a otra vida, reflexionó.

–Mmm –asintió Jan.

–No puede dejar aquí la furgoneta –añadió él resuelto cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra–. En primer lugar porque no es un sitio seguro, y en segundo porque molestará a los hombres que vengan mañana a arreglar la carretera.

–Necesito llegar a Manara como sea –insistió Jan.

–En ese caso tendré que ir con usted. Creo que ya es hora de que me presente. Me llamo Gerard de Prescy. Soy miembro del comité de emergencia que se encarga de los desastres de la tormenta… entre otras cosas.

–Janine Newsome –contestó Jan con formalidad, estrechando su mano. Necesitaba mantener a aquel hombre a distancia, se dijo. Tanto psicológica como físicamente. No debía relacionarse con él, le susurraba una voz en su interior. Sólo su familia y amigos la llamaban Jan–. ¿Estabas aquí hace un par de años? Creo que he oído hablar de ti.

–Sí –contestó Gerard sin dar más explicaciones.

Durante unos instantes sus manos permanecieron enlazadas. Era como si Jan no tuviera fuerzas para retirarla. Su apretón era firme, cálido y áspero. Aquél era un hombre de acción, poco acostumbrado a dirigir nada desde detrás de una mesa, pensó Jan sorprendida por lo inesperado de la sensación. Retiró la mano lentamente y añadió:

–¿Tienes tiempo para venir conmigo? No quisiera resultar una molestia, debes de tener mucho que hacer.

–Me las apañaré. No me habría ofrecido para ayudarte si no –contestó él escueto.

–Bueno… te lo agradezco… mucho. Supongo que… que eres ingeniero o algo así.

–No.

–¡Hola! –saludó un hombre con aspecto de aborigen acercándose por detrás y tomando las riendas de la yegua, que se había alejado–. ¿Algún problema, señor de Prescy?

–Sí, tenemos un buen problema, Joseph. Esta señorita necesita llegar a Manara, y necesitamos que alguien lleve la furgoneta de vuelta a la ciudad. ¿Crees que alguno de vosotros podría hacerlo? Yo tengo que acompañarla, me llevaré el caballo.

–Bueno, muchas gracias, no esperaba que… –comenzó a decir Jan.

–Yo llevaré la furgoneta, señor de Prescy –se ofreció Joseph aprisa.

Jan reprimió una sonrisa. A los hombres de St Bonar, por lo general excelentes conductores, les encantaba correr por los tortuosos caminos sin asfaltar de la isla. Y pocos de ellos podían permitirse el lujo de tener un vehículo, así que nunca dejaban escapar una oportunidad.

–Me siento inmensamente agradecida –contestó Jan sonriendo al recién llegado–. Alquilé la furgoneta en un garaje de Bridge Street, Tip Top, en Fort Roche. Los papeles están en la guantera. Seguro que les sorprenderá verla de vuelta tan pronto. ¿Y qué hay de mi equipaje?

Gerard de Prescy conocía a su padre, de modo que Jan pensó que podía confiar en él. Sin embargo no era una ingenua: ella no lo conocía de nada, recapacitó.

–Lo pondremos a lomos del caballo –contestó de Prescy volviéndose bruscamente a otro lado.

Jan abrió la furgoneta y ambos hombres sacaron las maletas para atarlas a lomos de la yegua. Ella se colgó una pequeña bolsa de los hombros. El sol ardía sobre sus brazos desnudos. Observó a los hombres asegurar los bultos y pensó que era el momento para ponerse loción solar y de dar un trago de agua. Cruzó al otro lado de la carretera para ver el mar y, confusa ante la mirada de aquellos extraños, comenzó a extenderse la loción. Los oía hablar, pero no entendía lo que decían. No es que no apreciara su ayuda, se dijo en silencio. Simplemente estaba acostumbrada a arreglárselas sola. Se volvió al otro lado y contempló el mar Caribe, en el que las olas brillaban reflejando el sol.

–Espectacular, ¿verdad? –sonó una voz tras ella.

–Pues… sí –contestó Jan sobresaltada.

Gerard de Prescy se había acercado en silencio a ella. A su lado, su presencia resultaba poderosa y masculina, produciéndole una extraña sensación de vulnerabilidad, de pequeñez. Apartó los ojos y observó la maravillosa vista sobre el océano. El azul del mar reflejaba un cielo brillante.

Cerca, a su izquierda, se extendía un valle en el que las olas iban a morir a una playa de arena blanca. Sobre él una colina, en cuya ladera se situaba Eden Bay, un pueblo de blancas casitas con tejados de cinc pintados de rojo. Desde aquella elevación parecían casitas de muñecas, pensó.

–Me encanta esta vista –comentó Jan entusiasmada, ignorando la tensión surgida entre ella y aquel extraño, quizá producto sólo de su imaginación.

Aquel lugar parecía conservarse idéntico a lo largo del tiempo, sólo las olas del mar se movían invadiendo la costa. Era un lugar de ensueño.

–Es precioso –contestó él.

–Si no fuera por las palmeras y por la iglesia católica parecería Devon o Cornwall, en Inglaterra, con esas rocas frente al mar. Lo pensé hace mucho tiempo, cuando lo vi por primera vez a los cuatro años. He pasado muchos veranos aquí, y algunos inviernos también, en mi juventud.

–¿Dónde vives?

–He vivido casi siempre en Inglaterra –contestó Jan–, pero ahora estoy en los Estados Unidos. Acabo de terminar mis prácticas de postgraduado. Tengo familia allí.

Aquel hombre parecía interesado en ella, pensó Jan, aunque no quisiera mostrarlo abiertamente. El motor de la furgoneta rugió. Jan se volvió y caminó unos pasos sintiendo miedo de pronto ante la idea de verse a solas con un extraño. La furgoneta se alejó dejando un halo de humo tras ella.

–No te preocupes, es un buen conductor. Las apariencias engañan –bromeó Gerard de Prescy.

–Sí, claro.

Gerard de Prescy sacó unas gafas de sol del bolsillo de la camisa y se las puso.

–Yo realizo parte de mi trabajo en Eden Bay. Soy médico.

–¡Ah!… ¿En serio?

Aquello cambiaba por completo la idea que Jan se había hecho de él. Gerard de Prescy no tenía la apariencia de un médico, o al menos su aspecto no se correspondía con el estereotipo de un doctor. Era demasiado grande, demasiado musculoso e imponente… y estaba demasiado sucio en ese preciso momento, pensó.

–Podías habérmelo dicho antes.

–Creo que me habías tomado por otra cosa –comentó él sagaz–. ¿Quizá por uno de esos ingenieros que vienen a ganar dinero a montones?

–Algo así –contestó Jan sonrojándose y riendo.

–Pues tranquila, porque somos de la misma profesión. Tu padre me ha contado que eres médico. ¿Terminaste los estudios?

–Sí, acabo de terminar un curso de postgraduado en cirugía, y también hice prácticas en pediatría y obstetricia.

–Me dejas impresionado, debes de ser mayor de lo que aparentas. Me habías parecido una cría.

–Pues no lo soy –afirmó Jan mientras notaba que la tensión entre ambos crecía y se decía a sí misma que estaba exagerando.

Siempre había tratado al sexo opuesto en el ámbito del trabajo, y sólo en contadas ocasiones mantenía otro tipo de relaciones. Aquel encuentro, no obstante, se le escapaba de las manos. Ninguno de los dos tenía que representar el papel de doctor, y fuera de esos límites se sentía perdida.

–¿Vamos? El caballo no es mío, por cierto, así que tendremos que cuidarlo bien.

–Me sorprende que no se haya desmayado después de perseguirme con este calor –comentó Jan.

–Pues conmigo no te andas con tantos miramientos, señorita Newsome –bromeó él sonriendo y dulcificando los rasgos, de pronto sorprendentemente atractivos–. Tendrás que guiarme, yo llevaré el caballo.

–¿De verdad tienes tiempo? Me siento culpable obligándote a acompañarme.

–Digamos que es un caso de prevención, ¿te parece? En nuestra profesión prevenir es importante. Además quiero ver cómo está Jack. ¿Para cuándo te esperaba tu padre, Janine? –preguntó Gerard de Prescy, en cuyos labios su nombre sonó a poesía.

–No le dije exactamente cuándo llegaba –explicó Jan.

Era mejor que su padre no conociera la fecha exacta. De ese modo no se preocuparía tanto a causa del vendaval, pensó. De pronto la invadió de nuevo la ansiedad sobre su estado de salud, unida en esa ocasión a la preocupación por los efectos de la tormenta sobre Manara. La inquietaban los problemas financieros de la hacienda, sobre los que su padre le había escrito muy vagamente en sus cartas. Según él quizá tuviera que vender la plantación que había pertenecido a la familia desde 1875. También habían hablado de ello por teléfono, pero no habían decidido nada.

Pronto se alejaron de la carretera y se guarecieron del sol bajo los árboles, buscando un sendero que Jan conocía bien.

–Dame esa bolsa, la pondremos con las otras –dijo Gerard alcanzándola, rozando su brazo desnudo por un instante–. Necesitarás de toda tu energía para atravesar el bosque, y tendremos que hacer unas cuantas paradas y beber mucha agua.

–Gracias –contestó Jan tensa.

–Llámame Gerard, aquí en la isla todos me llaman doctor Gerard.

–¿Y qué pasaría si no quisiera ir contigo? –preguntó Jan volviéndose para mirarlo por encima del hombro mientras continuaban andando–. Después de todo no te conozco.

–Conmigo estarás a salvo. A estas horas Joseph ya le habrá contado a todo el mundo quién eres y a dónde vas. Y con quién. Lo sabrá la isla entera. Yo llevo aquí casi tres años, y todos me conocen.

Jan se vio obligada a aceptar aquella explicación. Era demasiado tarde para echarse atrás, recapacitó. Gerard acompasó sus pasos a los de ella y el caballo los siguió resignado.