Diario de una Bici Chic - Lorena JC - E-Book

Diario de una Bici Chic E-Book

Lorena JC

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Beschreibung

Caterina tiene 25 años, su vida es aburrida y superficial. Pero un buen día decide aprender a ir en bicicleta, en un curso llamado aula de la bici, hecho para adultos que no han aprendido aun a ir en bici. Ahí conoce a los monitores y a su nueva mejor amiga, Ana. Caterina y Ana, se apuntan a un colectivo ecologista en defensa de la movilidad sostenible. Ahí ambas se enamoran y viven aventuras, y protestan contra la indiferencia que hay dentro de una crisis climática. También podemos conocer la historia de Antonio, un miembro del colectivo ecologista vivir con bici que se enamora de su vecina y tiene un gran proyecto: ser escritor.

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Seitenzahl: 144

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Diario de una Bici Chic

Lorena JC

isbn: 978-84-19445-67-4

1ª edición, julio de 2022.

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro

con fines comerciales sin el permiso de los autores

y de la Editorial Autografía.

Índice
Portada
Página del título
Créditos
1. Iniciación
2. Massa crítica
3. Lo que pasa en Requena, se queda en Requena
4. Los problemas de los hippies de la actualidad
5. Los luchadores pacifistas nunca se rinden
6. El fotógrafo
7. Placeres perroflautas
8. Ciclopaseo de domingo
9. Perú
10. Valencia nos necesita
11. Una manifestación de amor
12. Víctor, hombre de campo
13. Familia
14. Proyectos
15. Es nuestro aniversario
16. Número desconocido
17. La vida es una y es un carnaval
18. Reflexiones de ir al trabajo en bici
19. La Bici-Boda, un sueño hecho realidad
20. Valencia en bici

1. Iniciación

Más vale tarde que nunca, a veces un cambio da color a nuestras vidas, y quiero relatar lo que escribí en mi diario, cuando aprendí a ir en bici en un curso de aprender a ir en bicicleta desde adulta. Cuando me apunté ya tenía mis 25 años.

Esto fue lo primero que escribí:

“Me llamo Caterina, vivo en Valencia desde hace poco porque encontré trabajo aquí como conserje en unas oficinas; un trabajo que la gente envidia mucho, la verdad es que está bien, es sencillo, pero también muy aburrido, quizá por eso he decidido darle un poco de sabor a mi vida y he decidido aprender a ir en bici. Lo cierto es que en Valencia se ve a la gente feliz con la bicicleta, más que q la gente que va en coche, a los que se les ve demasiado nerviosos. Aparte, siempre he creído que tanto coche agobia tanto como para que el conduce como para los peatones, que debemos tragarnos la gran cantidad de coches que hay por todos los sitios. Sobre el eterno debate de si son buenos para el planeta los coches… No soy experta en ecologismo, pero te puedo decir que, en mi opinión, tiran mucho humo que huele mal, así que no creo que sean buenos para el Planeta, aunque muchas veces puedan hacer falta; pero, bueno, al grano: he decidido aprender a ir en bici.”

Suspiro con alegría al leer mis declaraciones en el diario, todo tiene un comienzo. Muchas veces lo bueno empieza con un poco de miedo, pero luego te sueltas. Esta es mi historia.

No sabía si la bicicleta es para una persona “pija” como yo, la verdad es que era una muchacha que se maquillaba prácticamente todos los días, aun sabiendo que no es una necesidad y tampoco soy mucho de hacer deporte, por eso de sudar y tal.

Pero bueno, iba con mallas deportivas; eso sí, de la marca Adidas, para poder presumir de algo, ya no pude ponerme una falda, pues enviaron un email del curso para aprender en bicicleta avisándonos de que teníamos que ir con ropa cómoda…

Cogí la bici y la metí en el metro, porque obviamente no sabía usarla (aún) y esperé con ansia que se anunciase la parada de la Alameda, ahí está el jardín del río Turia y los muchachos que se dedican a hacer cursos para aprender a ir en bici, estos se hacen llamar “Aula de la Bici”, es curioso, la verdad, Valencia is diferent.

Aula de la bici pertenece a un colectivo que revindica la movilidad sostenible llamado “Vivir con Bici”. Este novedoso grupo sirve para fomentar el uso de la bicicleta incluso en las personas más inseguras. Hasta para quienes creen que no sirven para ir en bicicleta y tienen miedo de usarla.

Llegué a la Alameda en 5 minutos y, con mucha alegría, ahí empecé a ojear el ambiente del curso: hay una chica que tendrá mi edad más o menos, luego un señor y una señora, ya más mayores, y dos niños.

Nos recibieron los monitores del Aula de la bici, hablando de que teníamos que dejar el miedo en casa y confiar en nosotros mismos, algo muy fácil de decir y difícil de poner en práctica pues me visualizaba cayendo de la bicicleta una y otra vez.

Yo llevaba una bici pequeñita y plegable, pero me daba la impresión de que cuando subiera a la bici me iba a caer y romperme una pierna o la entrepierna; aunque, bueno, no pasaría nada si me rompiera la entrepierna. “Total, aún no he pensado en tener hijos y no tengo pareja desde hace dos años tampoco soy muy echada para adelante para tener un follamigo, así que si me rompo la entrepierna seguiré haciendo lo de siempre: leer libros de novela romántica y erótica”—pensé—.

Así que, cuando nos dijeron de subir a la bicicleta, subí más convencida, aunque eso de que los profesores del aula de la bici nos quitasen los pedales para aprender a pedalear me pareció extraño, por lo que hablé con Javier, uno de los profesores.

—Mira, yo no sé de bicicletas, pero de normal funcionan mejor con pedales, ¿sabes?

—No seas ansiosa, primero debes ir sin pedales, para aprender a usarla sin miedo y coger equilibrio e impulso, luego te pondré un pedal, y cuando venga el momento te pondré dos.

Pasaba el rato, Ana, la compañera del aula de la bici que tenía más o menos mi edad, ya tenía los dos pedales, estaba pedaleando, y yo cada vez me sentía más frustrada, la bici no era para mí —pensé— y me desilusioné. Para una vez que le ponía interés a algo y me salía mal…

Miré a todos los lados buscando una voz que me dijera que podía hacerlo, Javier no sabía dónde estaba y Manuel, el otro monitor, estaba con los niños, esas criaturas inocentes que también aprenderían antes que yo, y seguro que los señores mayores también, mientras yo terminaría el curso sin aprender.

La verdad es que nunca antes lo había pensado, pero pensé que debía ser divertido ir en bicicleta a trabajar, a hacer excursiones, ir a lugares diferentes, hacer la compra en bicicleta… Y me visualicé yendo en bicicleta a todos los sitios…

De repente apareció Javier y descubrí que me había hecho un escáner, sabía mis secretos.

—Me caes bien, pareces buena persona, pero…

—Pero, ¿qué?

—Eres una impaciente y tienes falta de autoestima.

—¡Y eres fea! –me dijo Ana, la experta en bici, de repente.

—¿Creéis que soy fea? — les dije a los dos.

—¡Sí! –respondieron al unísono.

—Con esas cosas que me estáis diciendo es normal que tenga una baja autoestima.

—Y te importa lo que te dicen los demás —añadió Ana.

—Pero, quitando ese problema de fealdad que tienes, eres capaz de lograr lo que quieras; ahora quieres ir en bici, quieres ver mundo con ella, yo te digo que vas a poder, pero confía en ti, en nosotros y el tiempo y vas a poder, la bici y tú os vais a sentir unidas –me dijo Javier, animándome.

De repente ya no sentía esa inseguridad e iba a por mi objetivo, aunque había descubierto no ser una persona físicamente agraciada, al menos era capaz de ir en bici, y además iba a conseguir lograr todo lo que me propusiera.

Al momento apareció Javier de nuevo, junto a Manuel, y visiblemente contentos me pusieron el primer pedal y Ana se alegró por mí y me dijo que lo estaba haciendo muy bien. No me di ni cuenta y la clase de bici terminó, pero hubo tres más.

2. Massa crítica

Al final aprendí a ir en bicicleta, y en dos meses mi vida estaba cambiando a pasos agigantados. Al segundo día de prácticas de ir en bicicleta pedaleé y hasta me hice amiga de Ana, la que me llamó fea.

Ella me explicó que lo de fea era para que desconectara mi mente y dejara de pensar en que no tenía habilidad para la bici, por lo cual ella solo intentaba ayudarme. Aun así, me pidió disculpas y sí, sigo creyendo que Ana es muy peculiar; pero ¿quién no lo es en este mundo?

Un día quedamos con Javier y Manuel para inscribirnos en una asociación de movilidad sostenible, a favor de las bicicletas y del transporte público. Ambas nos habíamos hecho fanáticas de aquel movimiento. Lo hicimos porque los coches, aparte de ser un agobio y un peligro constante porque nos pueden atropellar, sí que son malos para el Planeta por gran contribución y labora contaminante. Y, aunque a veces viene bien tener coche, tampoco es necesario usarlo tanto; además, también se podrían usar para compartir y casi nadie lo hace.

Los municipios están hechos para el coche, los supermercados y los centros comerciales suelen estar cada vez más lejos del núcleo urbano, obligándonos a ir en coche a todas partes, además hay muchos parkings para coches, pero ¿y si queremos ir en bici? No hay apenas parkings o lugares donde dejar la bici.

Y el tema del transporte público también es algo a debatir, pues los trenes y metros nocturnos brillan por su ausencia, por no hablar de los retrasos, cancelaciones y el abandono del mantenimiento de las vías de cercanías o media distancia.

Todo esto lo aprendimos Ana y yo leyendo los medios, leyendo diversas cuentas de Twitter que estaban a favor de la movilidad sostenible, también por experiencia propia, cuando quisimos hacer nuestra primera ruta: la vía verde de Ojos Negros y no la pudimos hacer porque habían quitado los trenes a Caudiel “temporalmente” y solo había autobuses en los que no nos dejaban subir las bicis…

Luego leímos una página web de la Asociación llamada “Vivir con bici” donde salían artículos muy interesantes y vimos que eran una asociación que había hecho mucho por la movilidad en Valencia y gracias a ellos había más carriles bici en la ciudad, para poder circular tranquilamente.

Volvimos a contactar con Manuel y Javier porque ellos formaban parte de la asociación y ambas queríamos inscribirnos en Vivir con bici. Así que, un día, llegamos al barrio del Carmen, a una casa llamada Casa de la Bici, donde nos reunimos con la asociación y entramos a una reunión. La verdad es que evito a toda costa juzgar las pintas de la gente, ya no soy la misma pija de antes, tengo más costumbre de llevar ropa cómoda y comprar menos productos de belleza, pero en dos meses era complicado perder mis prejuicios.

Había un hombre con una melenita con canas que llevaba una camiseta con un pájaro, unos pantalones de color caqui y una riñonera vieja, este nos miró seriamente a mí y a Ana… ¿Qué, no éramos bienvenidas? —pensé—.

El hombre empezó a ojear nuestras bicis, y mirándome fijamente me dijo:

—El sillín de tu bicicleta te va a dejar el chochito hecho polvo.

Ana se rio y comprobé su sillín antes de que ese hombre extraño le dijera también algo raro. Manuel y Javier se miraron como cortados, no sabía qué decir ni cómo actuar ante aquellas palabras. Manuel me intentó tranquilizar, sabía que no me gustaba que los desconocidos me hablaran así, y Javier intentó hablar con él.

—Mira Antonio, son chicas nuevas en la asociación, deja esos comentarios. Sé que eres muy sincero, pero no queremos que se asusten y dejen la asociación antes de empezar.

Tras oír las palabras de Javier, Antonio me miró otra vez; no me pidió disculpas, pero parecía más apaciguado conmigo.

—Solo es un consejo para ir cómoda con la bicicleta, si te gusta y sientes curiosidad por ella, es importante no tener dolencias.

De repente alguien nos saludó, el chico no era el típico guaperas de las novelas, pero había algo en él que me gustaba. Vale, reconocí desde el primer momento que no se peinaba y no porque fuese calvo, pues tenía bastante volumen. Reconozco que, aunque llevaba la mascarilla puesta todavía, tenía la barba por afeitar. No era mi tipo para nada, no era delgado, ni tampoco tenía tableta, aunque tenía los brazos fuertes; pensé que quizá trabajaba en el campo y recogía fruta con gracia, creí que levantaba bastantes cajas de fruta… Y supuse que cogía en brazos también a muchas mujeres y las ponía en cualquier sitio de la casa para fornicar duramente, pero eso creo que eran especulaciones. Creí que estaba loca por haber sentido algo por este chico, que acababa de presentarse, se llamaba Víctor. Estaba segura de que si hubiese sabido su apellido lo habría buscado en Facebook, confesé para mí misma que me gustaría cotillear su vida, ver qué le gustaba hacer y saber si estaba soltero.

—Calma, Caterina, solo tienes mucha necesidad, llevas sin un kiki desde antes del confinamiento por el Covid-19 —dijo mi mente, intentando reprimirme.

Ana ya estaba firmando los papeles para inscribirse en Vivir con Bici y yo estaba hablando con Víctor, que además de tener su punto de hombre cañón me pareció muy simpático. Me contó que él lleva las redes de Vivir con Bici porque tenía muchos conocimientos informáticos, también sabía de idiomas, me contó. Y me dio la impresión de que todo lo que no sabía de peluquería (recordemos que no se peinaba) lo sabía en todo lo demás. Así que pensé: bien, chico inteligente, me gusta. Como tenía bastante curiosidad, fui al grano y le pregunté:

—¿Eres un hombre de campo?

Sorprendido y con media sonrisa, lo supe porque ya se había quitado la mascarilla, me respondió que, aunque trabajaba de informático tenía un campo con naranjos y otro de algarrobos. No sabía qué eran los algarrobos, pero decidí no preguntar. Ya sabía que es era hombre de campo y le conté mi experiencia: le dije que sabía ir en bicicleta y que aprendía mucho de ella. Le conté mi teoría de que la bici es salud para el ser humano y para el planeta.

Sonrió de nuevo y me dio la bienvenida al mundo, me explicó las reivindicaciones de la asociación Vivir con Bici, Antonio se unió y me contaron entre muchas otras cosas que lucharon para que el casco de ciclista no fuera obligatorio. Me sorprendió y Ana, que ya había firmado los papeles, se unió a la conversación.

—A mí no me parece mal que nos digan que tenemos que llevar casco, es por nuestra seguridad —replicó Ana.

—Tú no llevas casco… —respondí.

—Sí, pero… Eso es por nuestra seguridad, yo fui en moto con el que era mi novio a los 16 años y sufrí un trauma. Ernesto, mi novio, murió por no llevar el casco.

Nos quedamos todos callados, yo sí sabía que su novio de la juventud murió en moto, ella solo se hizo unos rasguños; pero no fue solo por no llevar casco, sino porque habían bebido y estaban jugando a “verdad, beso o atrevimiento” con los amigos y se atrevieron a coger la moto, él levantó los brazos y perdió el control. Desde entonces ella decidió dejar el pueblo y empezar una nueva vida en Valencia.

Conocía a Ana, a veces era un poco peliculera y creía en los amuletos; de hecho, llevaba un llamador de ángeles cuando quedé con ella por primera vez para llamar a su novio muerto, pero él nunca apareció. Así que sacó la conclusión de que su novio no era ángel si no demonio y ya no sabía qué hacer para contactar con él, así que le compré un succionador de clítoris el mes pasado en su cumpleaños, al principio no le terminaba de convencer porque ella quería una peluca. Le da vergüenza ir sola por la calle y cree que con peluca va más segura… Como dije, Ana es peculiar.

Antonio le explicó a Ana que la obligatoriedad del casco es un impedimento para que la gente coja la bici y, por el contrario, un casco para ir en bici no protege tanto. Las estadísticas demuestran que la inmensa mayoría de muertes entre los ciclistas son por atropellos y no por caídas, donde sí es útil el casco; y si un coche te atropella, el casco no te sirve para nada, probablemente mueras por fracturas múltiples. El casco puede salvar algunas vidas, pero ir en bici es en sí mismo salud y salva muchas más: las muertes por no llevar casco son porcentajes por debajo del 1% mientras que el número de usuarios de la bici en los países donde se hizo obligatorio descendió entorno al 40%.

Mientras hablaban Antonio y Ana, fui con Manuel a que me acompañara a firmar los papeles de miembro de la asociación Vivir con la bici, ahí me esperaba Javier, estaba muy serio y de brazos cruzados. Me hizo la pregunta del millón:

—¿Te gusta Víctor?

—No –contesté, aún no estaba lista para confesar.

Firmé el formulario de miembro de Vivir con la Bici y me sentí contenta por vivir una nueva aventura con la bici y luchar por los derechos de movilidad. Ahora soy un poco más ecologista que ayer y voy a ser más consciente y sabré cómo puedo frenar un poco el cambio climático.