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Especial. Es cierto que sólo soy una sirvienta en una mansión de ricos, y que antes de eso vivía en la indigencia y la miseria en las calles de Londres. Pero el verdadero placer no entiende de clases sociales, y mi insaciable apetito sexual me ha permitido vivir las aventuras más excitantes con nobles y distinguidos caballeros de la aristocracia británica. A mis veinte años, no estoy comprometida con ningún hombre, lo que me convierte en una solterona a ojos de la mayoría. Pero si estoy sola es porque quiero, pues gracias a mi sensualidad innata y a todo lo que he aprendido sobre el sexo masculino nunca me faltan pretendientes ni proposiciones al calor de la pasión. No, si permanezco soltera, es porque aún no he encontrado al hombre que desafíe mi corazón además de mi libido y que pueda satisfacerme tanto dentro como fuera de la cama.En este diario narro el apasionante viaje que me convirtió en la mujer que soy, desde mis humildes orígenes hasta la culminación de mis fantasías más eróticas.
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Seitenzahl: 472
Veröffentlichungsjahr: 2010
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A. Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid
© 2008 Pamela Johnson. Todos los derechos reservados. DIARIO DE UNA DONCELLA, Nº 17 - octubre 2010 Título original: The Diary of Cozette Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción,total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso deHarlequin Enterprises II BV. Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecidocon alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia. ® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas porHarlequin Books S.A. ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited ysus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® estánregistradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otrospaíses.
I.S.B.N.: 978-84-671-9198-1 Editor responsable: Luis Pugni E-pub x Publidisa
Soy mujer y mis orígenes son humildes. Pero si me comparo con muchas otras mujeres que sufren la penuria de un matrimonio estéril, entonces puedo considerarme extremadamente rica. El camino hacia la libertad no fue fácil y estuvo plagado de baches y repechos que escapaban a mi control, pero hasta el peligro avivaba el fuego de mis venas. Siempre he sospechado que soy una mujer poco corriente en esta época engañosa que me ha tocado vivir, donde el refinamiento y el decoro ocultan las más brutales atrocidades del ser humano. Al mirar atrás me sorprende haber sobrevivido, aunque es verdad que mi carácter indómito y resuelto ha sido mi más fiel aliado.
Empecé a trabajar para Robert y Virginia Archibald a una edad muy temprana según los criterios actuales. Durante los años que estuve a su servicio recibí mucho más que un plato de comida y un lecho. Recibí lo que cuento en estas páginas, el diario del viaje que me convirtió en mujer.
No todo son bonitos recuerdos, evidentemente, pero algunos siguen calentándome la sangre como una copa de buen brandy.
Tampoco quiero decir que todo fueran experiencias deshonestas, según los parámetros que establecen los hombres de mi tiempo, para los que una mujer no puede participar en los placeres sexuales ni una criada pueda hablar de tales hazañas. Puede que en la intimidad del matrimonio sí se nos permita disfrutar de esos breves momentos de pasión conyugal, pero ¿y antes? ¿Por qué los hombres son los exclusivos beneficiarios de ese derecho natural, como si fueran las únicas criaturas sexuales sobre la faz de la Tierra? ¿O era simplemente lo que la sociedad de la época quería hacernos creer?
Muchas personas me veían como a una solterona mientras escribía este diario.A mis diecisiete años no estaba casada ni comprometida con ningún hombre, y no por falta de pretendientes que muy cortésmente me ofrecían hacer de mí una esposa respetable. Supongo que mi decisión de permanecer soltera dice mucho de mi carácter testarudo e independiente.
Mi rechazo al compromiso no me impedía morder el fruto pecaminoso de la lujuria, pero el sabor de los hombres que conocía no podía saciar mi apetito. En muchos de ellos creí atisbar a mi amante imaginario, pero tendría que pasar mucho tiempo hasta encontrar a un hombre que me excitara realmente y me aceptara como la mujer voluptuosamente fogosa que soy.
Reconozco que soy esclava de mis pasiones, un poco rebelde, como me recordaban mi desgraciada tía y la horrible vigilante del orfanato donde estuve una breve temporada. Soy enteramente consciente de mi sensualidad y no me avergüenza admitir que prefiero las manos de un hombre a las mías para darme placer. Las dos sirven para lo mismo, pero no puedo resistirme al olor de un hombre.
En mis tiempos, la pasión estaba reservada para el placer de un hombre, estuviera casado o no. Se acepta como parte inherente de la virilidad masculina, y en algunos casos como beneficioso para su salud. Por el contrario, las pasiones femeninas se consideran como algo extraño, o sencillamente inexistentes fuera del matrimonio. Las mujeres decentes e instruidas para ser la esposa perfecta no suelen ver con buenos ojos a aquéllas de nosotras que nos rebelamos contra las ataduras sociales. La flor y nata de la sociedad es una mujer versada en la lectura, el piano, la costura, el canto y el arte, aunque sólo puede demostrar su cultura e inteligencia hasta cierto punto y siempre en compañía de otras mujeres.Y naturalmente no puede demostrar, bajo ninguna circunstancia, que sabe más que un hombre. La perfección se alcanza participando en obras benéficas y asistiendo a los eventos sociales de especial relevancia.
La mujer perfecta… Sentada con las manos cruzadas mientras su marido se ausenta tres o cuatro días de casa, supuestamente en viaje de negocios.Y digo «supuestamente» porque conozco personalmente a muchas de las mujeres a las que han visitado en secreto.
Me temo que hubo un tiempo en el que yo no poseía ninguno de esos atributos, y por tanto se me valoraba menos que al estiércol de las vacas. Mi supervivencia se la debo a mi señora y su infinita bondad. Independientemente de los planes que tuviera para mí, me transformó en una mujer inmensamente rica.Y como resultado de mi lealtad, mi discreción y mi entera dedicación a sus necesidades, llegué a estar más unida a ella de lo que podrían estar la mayoría de criadas con sus amas.
Cada experiencia, cada encuentro, cada aventura ha sido un paso en mi evolución sexual y mi madurez femenina.Todos los hombres que he tenido la suerte de conocer me han hecho más sabia y perspicaz, y me han ayudado a conocer a las personas tanto como a mí misma. No está mal para una chica que tuvo que valerse sola para sobrevivir.
Permíteme que empiece presentándome. Me llamo Anne Cozette Bennet y fui la menor de siete hijos en una humilde familia de Manchester. Mi padre murió trabajando en las minas y mis hermanos y mi madre lo hicieron de cólera, poco después.A menudo me sigo preguntando por qué a mí y sólo a mí se me permitió vivir.
Éstas son mis confesiones, llenas de pasión y erotismo desenfrenado. Hay una flagrante contradicción entre la elegancia y la circunspección que muestro al mundo y el fuego que arde en mi interior, pero entre esos dos polos crecí y maduré, puliendo el exterior y deleitándome con los frutos prohibidos que hicieron de mi vida una experiencia tan… interesante, como tú misma podrás ver.
He pensado durante mucho tiempo que cuando llegue mi hora (y a todos nos llega, hagamos lo que hagamos), si a alguien le interesaran las historias de una joven doncella llamada Cozette, debería leerlas de mi propia mano. Creo que es eso lo que mi madre habría querido, y daría lo que fuera si ella pudiera leerme ahora.
En casi todo momento hice lo que tenía que hacer. Negar o alterar mis experiencias para hacerlas más agradables a una mente sensible sería traicionar lo que soy.
Mi mejor amante me dijo una vez mientras yacíamos en su cama, hablando del pasado: «No puedes caminar hacia el futuro sin aceptar tu pasado, amor mío, porque fue ese pasado lo que te convirtió en la extraordinaria mujer que eres hoy».Y tenía razón, naturalmente, además de ser un hombre especialmente dotado de grandes talentos.
Espero que tu libido aún no se haya secado del todo por la hipocresía de este mundo y te permita saciar tu paladar con el fuego de mi juventud.
Lady C.
Dentro de unos meses cumpliré catorce años. Hoy mi madre me ha comunicado que me mandará a vivir con unos tíos porque ya no le quedan fuerzas para cuidar de mí. Le he suplicado que me permita quedarme con ella. La he ayudado a enterrar a mi padre y a todos mis hermanos salvo a Everett. Pero incluso Everett está al borde de la muerte.
—Puedo ayudarte con Everett, mamá. ¿Y qué pasará si caes enferma?
—No hay nada que hablar,Anne Cozette. Les he escrito a tus tíos para arreglarlo todo y les he mandado el poco dinero que podía para tus gastos.Te esperan este fin de semana. El viernes por la mañana estarás a bordo de la diligencia.
Examinó mi ropa en busca de alguna mancha o roto. Casi toda mi ropa había sido de mi hermana mayor, antes de morir.
Seguí suplicándole hasta que finalmente cayó de rodillas y se apretó el puño contra el pecho, sollozando.Yo me arrodillé a su lado y la abracé para intentar consolarla. Mi madre me miró con los ojos enrojecidos por las lágrimas.
—No hay más remedio, Anne. He visto cómo la muerte me arrebataba a mis hijos uno a uno.Tú eres todo lo que me queda y, gracias a Dios, aún estás bien.Tengo que saber que vivirás, pero si te quedas aquí no habrá ninguna esperanza. Este lugar está azotado por la enfermedad.
Mi infancia había acabado, y por primera vez pude comprender a mi madre. Algo en mi interior estaba liberándose, como un barco alejándose lentamente del puerto. Mi madre me estaba dando la libertad. Me estaba dando la vida. Mi vida.
Antes de irme, me entregó un librito con las páginas en blanco.
—Fue un regalo de nuestra boda, pero nunca he tenido tiempo para escribirlo. Quédatelo.Tu tía es una mujer decente e insistirá en que recibas una educación apropiada. Ella te proporcionará lo necesario para que puedas llenar estas páginas con tus aventuras.Y tal vez cuando aprendas a escribir podrías mandarme cartas de vez en cuando. Me encantaría leerlas.Y, por favor, no olvides nunca una cosa, mi querida Anne: lo que ahora hago, lo hago porque te quiero.
Me aferré a esas palabras mientras la diligencia me alejaba de todo cuanto había conocido hasta entonces.
Mis estudios me han mantenido muy ocupada las últimas semanas. Mi tía Eleanor es, en efecto, una mujer muy severa, y cuando no estoy estudiando mis lecciones me obliga a ayudar a la criada con las tareas de la casa. No me importa trabajar, pues me da tiempo para pensar, pero no me deja mucho tiempo para escribir.
Mi primo Edward, tres años mayor que yo, no hace otra cosa que atormentar a los pajarillos indefensos. Una vez lo sorprendí a punto de ahogar una camada de gatitos. Una expresión de maldad ardía en sus ojos cuando me dijo que no dijera una sola palabra a nadie y que me mantuviera lo más alejada posible de él.
A.C.B.
Estoy desesperada. Quizá podría aguantarlo si mi tía no estuviera tan ciega. Sólo llevo aquí unas semanas y ya tengo claro que las reglas no son las mismas para mí que para mi primo Edward.Y sin embargo, mi tía insiste en que soy una mala influencia en su casa.
Admito que estoy muy lejos de ser una chica modelo y que, en ocasiones, puedo ser bastante rebelde. Pero no me considero por ello una mala persona. Nunca querría hacerle daño a nadie, a menos que tuviera que protegerme. Mi naturaleza desafiante e inconformista es el resultado de ser la hija menor y tener que hacer cualquier cosa para recibir atención. Sin embargo, en esta ocasión la culpa no es mía, aunque los demás quieran verlo así. Te lo contaré todo en una carta, madre, confiando en que mi tía me permita hacértela llegar.
Hasta entonces, lo relataré todo en estas páginas, por si acaso.
Hace unos días Edward me sorprendió en la casa del árbol junto al jardín de flores. Supongo que la casa debía de ser suya, pero nunca lo vi subir a ella y no creí que le hiciera daño a nadie si me sentaba a leer tranquilamente.
Edward es un chico atractivo, pero su belleza sólo es una fachada que oculta su crueldad interior. Tal vez esté tan mimado que se le haya atrofiado el cerebro, porque su comportamiento no fue precisamente el de un caballero.Yo estaba leyendo, como mi tía me obliga a hacer al menos cuatro horas al día después de haber acabado mis tareas. Decía que la lectura me serviría para alejarme de mi pobre condición social y ayudarme a ver que soy una joven damita de buena educación. No sé qué querría decir con eso, pues su hijo no parece estar mucho mejor educado que yo.
Edward entró en la casa del árbol de improviso, con una engañosa sonrisa que no conseguía ocultar la maldad de sus ojos.
—¿Qué estás leyendo? —me preguntó mientras se sentaba a mi lado y sacaba del bolsillo una baraja de cartas muy desgastadas. Sus ojos me miraban de una manera que me daba escalofríos—. Mira lo que tengo —sonrió diabólicamente y me arrojó las cartas a mi regazo.
Yo mantuve la vista en el libro, esperando que se cansara de molestarme y se marchara. Pero él me puso las cartas delante de los ojos, ocultándome las páginas del libro, y un gemido ahogado escapó de mi garganta al mirar las imágenes.
Eran fotografías en blanco y negro de mujeres semidesnudas, recostadas entre almohadones y sentadas a horcajadas en sillas. Sus escasas prendas apenas cubrían sus partes más íntimas. Deduje que mi tía no debía de saber nada de aquello, porque su ira habría sido terrible.
Mi primo fue pasando las cartas ante mis ojos, como si estuviera orgulloso de su colección.Yo permanecí muy rígida, a medias entre el desprecio y la curiosidad, preguntándome por qué quería enseñarme unas fotos tan indecentes.
—Un amigo mío de la escuela se las robó a su padre. ¿No te parecen curiosas, prima?
Yo no quise decirle en voz alta lo que me parecían él y sus cartas.
—Me gustaría seguir leyendo, si no te importa — esperaba que mi declaración fuera suficiente, pero Edward tenía otras ideas.
—¿Sabes, prima? Creo que algún día serás como estas apetitosas señoritas… —se guardó las cartas en el bolsillo y me recorrió ávidamente con la mirada—. No eres tan sosa como se podría esperar de tu edad y educación. Un poco delicada, quizá, pero está claro que tienes todo lo que hay que tener. Mi amigo dice que un hombre no necesita mucho para que una mujer le satisfaga…
Me aparté de él, incómoda por el matiz que estaba tomando la conversación. No sabía muy bien a lo que se refería al hablar de satisfacción.
—Tranquila, prima, sabes que no te haría daño. Pero soy curioso por naturaleza y, como seguro habrás notado, mis necesidades como hombre son muy respetables y… acuciantes.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré hacia los árboles que se agitaban en el prado, pensando cómo podría poner fin a aquella situación. Estábamos muy lejos de la casa, y Edward se interponía entre la escalera de mano y yo.
Se acercó más a mí, hasta arrinconarme contra la pared.Yo intenté escapar, pero él me presionó con su cuerpo.
—¿Has tocado alguna vez a un hombre de verdad? —me susurró junto a la mejilla.
La pregunta era tan ridícula que aparté la cara y sofoqué una risita para que Edward no pensara que estaba cuestionando su virilidad. Su silencio me hizo mirarlo de nuevo, y el corazón se me encogió de temor al ver la sombra que oscurecía su expresión.
Antes de que pudiera moverme, me agarró la mano y se la llevó a la entrepierna para obligarme a tocar su miembro. Viéndolo en perspectiva no estaba muy bien dotado, pero su agarre era muy fuerte y usó mi mano para frotarse a sí mismo. Su rostro se puso pálido y luego empezó a tornarse colorado a medida que ejercía más presión en mi mano. Podía sentir la dureza bajo sus pantalones.
—¿Ves lo que has hecho, niña mala? —me preguntó en tono desafiante—. No puedes gritar, prima. Si lo haces, les diré a todos que fuiste tú quien me tocó e intentó seducirme. Mi madre no te quiere en nuestra casa y no dudaría en echarte a la calle si le das motivo…
Volví a intentar zafarme, pero él me agarró por el cuello y pegó su boca a la mía mientras seguía agitando mi mano bajo la suya.Yo me debatía entre gritar o no. ¿Y si Edward tenía razón y mi tía me echaba a patadas como a un perro?
Introdujo su lengua en mi boca y yo sentí el sabor a moras y calor. Su piel olía a tierra y sudor adolescente. Desvié bruscamente la cabeza, me impulsé hacia delante e intenté escapar arrastrándome por el suelo, pero él me agarró por detrás y me dio la vuelta. Me tumbó de espaldas y me cubrió con su cuerpo. Mi lucha le impedía usar sus manos para levantarme la falda, pero su miembro, aún enfundado en sus pantalones, se aplastaba contra la parte inferior de mi vientre.
—Ábrete para mí, perra.
Abrí la boca para chillar, pero él me la tapó con su mugrienta mano y apretó sus caderas contra mis faldas. Su mirada lasciva me paralizó de espanto. No podía hacer nada contra su furia animal, y nadie creería mi versión. Lo que Edward decía era cierto. A ojos de sus padres, era un chico excelente.
Desde la casa llegó la voz aguda de mi tía, llamando a su hijo.
—No ha habido tiempo… —murmuró él—. Pero me las pagarás por haberte resistido, prima.Te lo juro.
Cerré los ojos y recé para que se detuviera.Temía que me hiciera mucho más daño si me atrevía a hacer el menor movimiento, de modo que permanecí completamente inmóvil, llorando en silencio mientras su bulto se movía torpemente contra mi cuerpo agarrotado. Entonces ahogó un gemido y un gruñido escapó de su garganta al tiempo que caía desplomado sobre mí.Todo mi cuerpo estaba frío y rígido, empapado de sudor. Edward se restregó una vez más contra mi vientre y me susurró una amenaza al oído.
—Con el tiempo aprenderás a complacer a un hombre, prima.
Conseguí empujarlo con las pocas fuerzas que me quedaban y escapé rápidamente por la escalera de mano. Su risa me acompañaba durante el descenso.Tan desesperada estaba por huir que no me paré a pensar que podía caer y romperme el cuello.
Mi primo se asomó por la ventana de la casa con una cruel sonrisa de satisfacción. —Nadie creerá nada de lo que digas, Cozette.Vienes de la escoria, y escoria siempre serás.
Corrí lo más rápidamente que me permitían las piernas hacia la oscuridad del bosque.Allí me refugié en un tronco hueco después de haber vomitado el desayuno y sopesé mis opciones.Tenía que contárselo a alguien. Edward no podía salirse con la suya.Tomé entonces la decisión de que nunca más volvería a encontrarme tan indefensa.
Por desgracia, Edward les contó a sus padres cómo yo me había desnudado impúdicamente para intentar seducirlo.
—Fue una situación muy embarazosa, madre.Yo no quería insultarla, pero no sabía cómo responder a su atrevimiento. Nunca había visto a una chica sin…
—Ya basta —atajó su madre, levantando la mano.
—Tienes que creerme, madre. La he tratado con el mismo respeto que a ti. No puedo olvidar las desgracias por las que ha pasado.
Miré boquiabierta a aquel bellaco embustero, sin poder creer que su misma sangre corriera por mis venas.
—Anne Cozette, ¿qué tienes que decir? —me preguntó mi tía, de pie entre Edward y yo, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirándome con dureza.
—Con el debido respeto, tía Eleanor, todo lo que Edward ha contado es mentira.
La expresión de mi tía cambió de la severidad al espanto.
—Yo estaba leyendo en la casa del árbol cuando él me atacó y abusó cruelmente de mí, como si fuera un animal salvaje —me planté firmemente en mi defensa, con la cabeza muy alta y la mirada fija en mi repugnante primo.Tal vez ahora recibiera el merecido castigo por su ofensa.
—Eso es absurdo, niña. Edward no sería capaz de cometer un acto tan despreciable.Te recomiendo que digas la verdad o me veré obligada a replantear tu futuro en esta casa. Frederick, ¿has oído lo que ha dicho de nuestro hijo?
Mi tío permaneció en silencio, absorto en su té y su periódico. No pronunció una sola palabra en mi defensa, dejándome sola frente a las injustas acusaciones.
—No voy a fabricar una historia para complacerte, tía Eleanor.Te he contado la verdad y eso es todo lo que puedo decirte.
Edward frunció los labios en una mueca de desprecio y batió las palmas, interpretando magistralmente el papel de chico inocente.
—Eres una pequeña bruja con una lengua viperina, y lo he sabido desde que pusiste un pie en mi casa. Muy bien,Anne… Por respeto a la memoria de tu padre he intentado hacer de ti una persona decente. Pero no puedo tolerar bajo ningún concepto que tu permanencia en esta casa ponga en peligro la educación de mi hijo. No me dejas otra opción que echarte de aquí, y confiar en que algún día aprendas a convertirte en un miembro respetable de la sociedad.
Creí que se me detenía el corazón. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Me mandaría a un internado?
—No puede echarme, tía…. No he hecho nada para merecer esto.Tiene que creerme.
—¿Frederick?
Mi tío se dignó finalmente a mirarme, pero al ver su expresión abatida supe que no tenía elección.
A mi tía no le hizo falta mucho tiempo para preparar mi marcha, alegando que mi carácter rebelde y pernicioso podía corromper a su precioso hijo. Sería internada en un lugar llamado Foxhead Asylum, una especie de orfanato con un severo código de conducta.
—Tal vez ellos puedan enseñarte lo que yo no he podido —dijo mientras me entregaba mi bolsa.
Por encima de su hombro vi la sonrisa burlona de Edward mientras el coche se alejaba. Su expresión sólo sirvió para ayudarme a contener las lágrimas.
A.C.B.
Hasta ahora no he tenido razones ni deseos de seguir escribiendo. El rechazo de mi familia y el abuso de Edward me pasaron factura, y estaba convencida de que moriría sola y abandonada en el orfanato.
Pero la llegada de Elizabeth a Foxhead se encargaría de cambiar mi funesta visión del futuro.A diferencia de los chicos que llegaban vestidos con harapos, Elizabeth lucía una bonita falda a cuadros y una blusa blanca. Su piel era clara y cremosa, y sus ojos tan azules como un día de invierno soleado.
—Me llamo Elizabeth.
Levanté la mirada del suelo del vestíbulo, que estaba fregando en esos momentos. Mi primera impresión fue que los Abbot habían contratado a una nueva institutriz para adoctrinarnos.
—Anne Cozette, señora —me levanté e hice una torpe reverencia.
Ella se echó a reír.
—Soy una nueva residente en Foxhead, igual que tú. La señora Abbot me dijo que te buscara para que me enseñaras a fregar correctamente el suelo.
Miré su elegante ropa y me fijé en sus manos, tan suaves e impolutas como el resto de su persona.
—¿Nunca has fregado el suelo? —bajé la mirada a mi falda andrajosa, empapada con agua sucia.
Su sonrisa atravesó la oscuridad que rodeaba mi corazón, y desde ese momento fuimos inseparables.
Después del almuerzo, salimos al porche trasero y nos envolvimos en mantas para protegernos del frío.
—¿Sabes cómo se llama? —me preguntó Elizabeth, dándome un codazo a través de la manta de lana.
Seguí la dirección de su mirada hacia un joven al que había visto de vez en cuando. Estaba cortando leña y no llevaba abrigo. El sudor pegaba su camisa blanca de muselina a los recios músculos de su torso.
—Creo que se llama Ernest —dije. Le di un mordisco a una galleta y saboreé hasta la última miga—. Trabaja para el señor Abbot.
—Es muy guapo —comentó Elizabeth con una sonrisa.Yo fruncí el ceño al ver la intensidad con la que miraba al muchacho—. ¿Lo conoces?
—¿Estás loca? —la miré con horror, pero enseguida recordé que Elizabeth acababa de llegar a Foxhead—. Es un desconocido, y parece bastante fuerte, como seguro has notado…
—Y tanto que lo he notado... —corroboró ella, riendo.
—Aquí estamos indefensas. Nos podría pasar cualquier cosa y nadie se enteraría. No, gracias. Prefiero seguir como estoy.
Elizabeth me miró y esbozó una pícara sonrisa. —¿Se puede saber en qué estás pensando, Elizabeth? —le pregunté con recelo.
—Nosotras dos también éramos conocidas hasta hoy, y míranos ahora.Ya no lo somos.Vamos…
Se arrebujó en su manta y bajó alegremente los escalones de madera.Yo me quedé sentada y boquiabierta, completamente aturdida por la imprudencia de mi amiga, pero no sabía qué más decir.Al parecer, tendría que ir tras ella para evitar que se metiera en problemas. Suspiré profundamente y confié en que advirtiera mi reproche mientras me mantenía alerta por si aparecían el señor y la señora Abbot, quienes no dudarían en usar la fusta si sorprendían la menor interacción entre chicos y chicas.
Agarré a Elizabeth del brazo.
—¿Y si nos ven los Abbot? No puedes presentarte así por las buenas a un desconocido. Vamos, Elizabeth.Te suplico que entres en razón. Esto es una locura.
Su mirada se desvió hacia la casa.
—Fingiremos que estamos paseando y que nos lo encontramos junto a la puerta del sótano, donde está apilada la leña. Nadie puede vernos allí, ya que no hay ventanas en ese lado de la casa.
No me gustaba la idea, pero tenía que admitir que la aventura era muy emocionante. Lo último realmente excitante que presencié fue cuando uno de los chicos pequeños metió un ratón en la cocina de la señora Abbot.
Pasamos junto al joven, quien apenas nos dedicó una mirada fugaz antes de levantar el hacha por encima del hombro y descargarla contra el trozo de madera, partiéndolo en dos con un fuerte crujido.
Elizabeth se agarró a mi brazo y me sonrió mientras se apresuraba a llevarme al lateral de la casa. Allí esperamos hasta que los dedos de los pies se me empezaron a entumecer por el frío. Volví a pensar que todo aquello era una locura, pero la sonrisa de Elizabeth no perdió ni un ápice de su calor. Era como volver a tener una hermana mayor.
Tal y como estaba previsto, Ernest rodeó la esquina de la casa con los brazos cargados de leña.Al vernos se detuvo en seco.
—Yo soy Elizabeth, y ésta… —tiró de mí hacia ella— es Anne Cozette.
—Cozette a secas, si es posible —corregí, mirando a mi hermosa amiga. Estaba claramente fascinada con el mozo de los Abbot, aunque no parecía que el sentimiento fuese mutuo.
—El señor Abbot no quiere que los residentes hablen entre ellos —respondió él—.Y menos los chicos con las chicas.
—Haces que un simple saludo parezca algo obsceno. Lo siento. ¿Cómo has dicho que te llamabas?
—Se llama… —empecé yo, pero recibí un discreto codazo en las costillas.
—No lo he dicho, pero sería muy descortés no presentarme. Me llamo Ernest, señorita —intentó hacer una reverencia y la leña se le cayó de los brazos. Masculló una palabrota y se agachó para recogerla—. Oh, disculpen mi lenguaje —murmuró, mirándonos brevemente.
Elizabeth se apresuró a ayudarlo, pero yo me quedé donde estaba, temerosa de… no sabía de qué.
Cuando volvió a tener el montón de leña en sus brazos, Ernest le dio las gracias a Elizabeth y siguió caminando hacia la pila de troncos que había en el cobertizo.
—¿Elizabeth? —se oyó la aguda voz de la señora Abbot desde la parte trasera de la casa. Sin perder un segundo, Elizabeth se escabulló hacia la parte delantera, aparentando que volvía de un paseo.
Me fijé en un trozo de leña que había quedado olvidado en el suelo y me agaché para recogerlo. Di un traspié con mi manta y sin querer golpeé a Ernest en el trasero con el extremo del tronco.
—Perdón.Te dejaste éste.
Su sonrisa fue tensa y breve, pero sus ojos brillaban de calor.
—Cozette, ¿no?
—Sí —susurré, rezando porque la señora Abbot no nos sorprendiera.
—Es un placer haberte conocido por fin —dijo él.Volvió a sonreír y me ofreció la mano.
Con precaución, saqué mi mano de la manta y acepté la suya. Estaba llena de callos por el trabajo, pero su agarre era firme y sólido. Sentí una inmediata camaradería entre nosotros. Una extraña conexión que no sabría cómo explicar.
—Encantada —respondí con una ligera reverencia, antes de soltar su mano y volver a la casa. No me atrevía a demorarme, aunque todo mi cuerpo me pedía precisamente eso.
De camino al porche mantuve la cabeza gacha y no miré hacia atrás. Las imágenes de mi primo Edward me asaltaban implacablemente y un sentimiento de culpa me carcomía por dentro. En aquel momento odiaba a mi primo más que a nada en el mundo.
No sé lo que me depara el futuro en Foxhead, pero Elizabeth me ha dado nuevas esperanzas y ha avivado mi deseo por volver a escribir. Su sonrisa y su encanto son como un soplo de primavera en los momentos más tristes.Y ahora, además, está Ernest. Puede que entre los tres consigamos sobrevivir a estos años hasta que seamos lo bastante mayores para valernos por nosotros mismos.
A.C.B.
Al ser una de las chicas mayores del orfanato, la señora Abbot me encarga a menudo que supervise las tareas de las chicas más jóvenes, desde los trabajos en el jardín hasta la colada y las labores en la cocina. Apenas tengo tiempo para dormir, y mucho menos para escribir, salvo estos preciados momentos tras el corral mientras mis pupilas recogen los huevos por la mañana. Hay veces en las que me pregunto por qué estoy escribiendo un diario. Si los Abbot lo descubrieran no sé qué sería de mí. He visto la cruel disciplina que les infligen a los chicos por no realizar una tarea a gusto del señor Abbot.Y además he oído que la señora Abbot guarda una correa negra en uno de los armarios de la cocina. Quizá sean rumores falsos, pero no quiero descubrirlo en mis propias carnes.
Sin embargo, hoy me siento especialmente abatida. Me había percatado, aunque quizá había preferido ignorarlo, del número de chicas que desaparecen en mitad de la noche. Por alguna razón había dado por supuesto que sus nuevas familias habían venido a por ellas. Pero hoy he encontrado una nota de Ernest en el jarrón que tenemos en el techo del sótano. Dice que tiene que hablar conmigo, y que tiene noticias sobre la reciente marcha de Elizabeth.
—No tengo pruebas, pero creo que los Abbot están ganando una fortuna con las adopciones.Al menos, el señor Abbot —la expresión de Ernest revelaba su preocupación—. No sé si la señora Abbot conoce los acuerdos de su marido con algunos de los lores más ricos de la región.
Me puse a andar de un lado a otro del sótano. No quería pensar en que alguien pudiera hacerle daño a Elizabeth.
—¿Qué podemos hacer, Ernest? ¿Hay alguna manera de saber qué le ha pasado? Quizá deberíamos avisar a las autoridades —me senté en el suelo y me abracé las rodillas. Ernest se sentó a mi lado.
—Me temo que no, Cozette. Si nos descubren, acabaríamos mucho peor —hablaba en voz baja, con ira contenida.
—Pobre Elizabeth… Tan buena y gentil. Espero que esté con alguien que cuide de ella.
Ernest me dejó claro con su silencio que no compartía mi esperanza.Y yo había visto la suficiente crueldad en aquel sitio para saber que su incredulidad estaba más que fundamentada.
—Oh, Ernest, me pongo enferma de pensar en ello —me mecí contra mis brazos y e intenté recordar cómo mi madre me mecía en su regazo y me acariciaba el pelo para aliviar mis temores.
Nos quedamos sentados a oscuras.Yo lloraba por mi amiga y rezaba porque no se encontrara con alguien tan brutal como mi horrible primo.
Ernest me agarró la mano y me acarició los dedos con el pulgar mientras yo sollozaba amargamente. No se burló de mi pena ni se aprovechó de mi estado. Permaneció a mi lado como un amigo fiel, murmurándome susurros de consuelo.
No tenía miedo de estar a solas con él. Ernest no era como Edward, aunque debía de tener una edad parecida. Su pelo negro le rozaba los hombros y sus verdes ojos brillaban en la oscuridad. Su cuerpo era esbelto y fuerte por el duro trabajo al que lo sometía el señor Abbot. Parecía haber vivido mucho a pesar de su juventud, pero no mostraba ningún resentimiento hacia la vida a pesar de tener motivos para ello.Yo estaba completamente segura de que jamás me haría daño.
—¿Te importaría abrazarme un rato, Ernest? Lo necesito…
Sin decir palabra, Ernest me envolvió en un abrazo protector mientras seguíamos sentados en el frío y polvoriento suelo. Mi mejilla descansaba sobre la camisa raída que cubría su pecho. Olía a tierra y hacía días que no se lavaba, pero en sus brazos me sentí segura y tranquila. Me sorbí las últimas lágrimas y de repente sentí la necesidad de saber más acerca de él.
—¿Por qué estás aquí, Ernest? ¿Dónde está tu familia?
—Mi madre está enferma —respondió mientras seguía acariciándome el pelo—.Vine aquí en busca de trabajo cuando me enteré de que los Abbot iban a abrir un orfanato. La paga es muy escasa, pero al menos puedo enviar algo de dinero a casa.
—¿Tienes hermanos? —No. Sólo somos mi madre y yo, aunque hace muchos meses que no la veo. —¿Y tu padre? —levanté la mirada para observar su atractivo perfil.
—Nunca lo conocí.
El tono de su voz no invitaba a profundizar en el tema, y yo respeté su silencio.
—¿Crees que nuestras vidas cambiarán algún día, Ernest? —le pregunté, acurrucándome más contra él—. ¿Seremos siempre tan pobres como ahora?
Él me apretó el hombro y una deliciosa sensación de compañerismo me colmó el corazón. Nunca me había relacionado con otros chicos, a excepción de Edward, por lo que no sabía que pudiera existir aquel tipo de complicidad entre un hombre y una mujer.
—El destino está en nuestras manos, mi dulce pajarillo. Con esfuerzo y voluntad podemos conseguir todo lo que queramos.Al fin y al cabo, somos jóvenes y podemos trabajar para cuidar de nosotros mismos.
Apoyó la barbilla en mi cabeza y yo dejé escapar un suspiro de satisfacción.Todas mis preocupaciones parecían estar muy lejanas.
—¿Qué quieres hacer con tu vida, Ernest?
En ese momento oí un ratón correteando entre la paja. El roedor pasó rozándome los dedos del pie. Chillé de pánico y salté al regazo de Ernest en busca de protección. Más tarde tendría que darle las gracias a la repugnante criatura, porque de no ser por ella yo habría tardado semanas, o meses, en hacer lo que hice.
Al momento fui enteramente consciente de nuestro contacto físico y emocional, pero aquella certeza también era… visceral. Me pregunté si Ernest sentiría lo mismo. La posibilidad de que pudiera albergar un sentimiento parecido al mío bastó para que se me desbocara el corazón. Ernest me movió en su regazo y carraspeó incómodamente, como si no supiera qué hacer.Yo no deseaba volver al suelo y enfrentarme al ratón.
—Es… escribo poemas —balbuceó él—. Me gustaría ver publicada mi obra algún día.
El corazón se me hinchó de gozo al imaginarme a Ernest recitándome versos de amor junto a un lago en un radiante día de verano.
—Oh, por favor, recítame alguno de tus poemas —le supliqué, retorciéndome de excitación.
—No están terminados, Cozette.Tengo que repasarlos y pulirlos —hablaba como si se estuviera conteniendo.
—Por favor, Ernest, por favor… —deslizó mi mano alrededor de su cintura en un gesto amistoso, como el que él había tenido conmigo.
—Bueno, es… Muy bien, como quieras. Pero luego nos iremos a… dormir. Si la señora Abbot nos encuentra, lo pagaremos muy caro.
—Un solo poema, y luego te obedeceré en lo que quieras.
—Lo dudo —murmuró él.
Me incorporé para mirarlo a la cara, pues no estaba segura de haberlo oído correctamente.
—Perdóname, Ernest, pero no he oído bien lo que has dicho. ¿Te importaría repetirlo?
Su aliento me acariciaba el rostro mientras esperaba su respuesta.Aquellas emociones recién descubiertas me hacían pensar en cosas que una joven decente no debería pensar. Pero no podía ni quería evitarlo.
—No tiene importancia, y no debemos perder tiempo. ¿Quieres escuchar mi poema o no?
La súbita dureza de su tono me sobresaltó, pero me ayudó a imaginármelo como un futuro escritor, sentado en una biblioteca, rodeado de montañas de libros, con la cabeza inclinada sobre el papel, completamente concentrado en su obra.
—Sí, Ernest. Deseo escucharlo con toda mi alma.
Me apreté contra él, como una niña esperando a que le contasen un cuento para dormir.
—Hay un poema que he estado componiendo… Pero aún no lo he acabado.Tengo que añadirle un poco de jugo.
—¿De... jugo? —la palabra me evocaba un torrente de sensaciones desconocidas que me puso la carne de gallina.
—Significa que aún no estoy satisfecho con el resultado, mi pequeño pajarillo.
—Ernest, ¿por qué me llamas «pajarillo»? —el olor almizclado de su piel tentaba mi olfato. Me apretó más contra su pecho, deleitándome con los latidos de su corazón.
—Eres como un pajarillo que sale del huevo, Cozette. Impaciente por emprender el vuelo, pero totalmente inconsciente de los peligros que acechan en el mundo.
—Pero todos los pájaros acaban abandonando el nido, Ernest... —pasé mi dedo sobre el borde de su camisa, tentada de acariciarle la piel desnuda.
—Cierto, y algún día renunciarás a la protección que ahora conoces.Y entonces sabrás a lo que me refiero.
Sonreí.
—Nunca querría marcharme mientras tú estés aquí, Ernest —eché la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos, y sentí que se afianzaba aún más nuestro vínculo. Pero ninguno de los dos hizo nada al respecto.
—«Jamás vi algo tan hermoso… —empezó a recitar— en una tierra tan cruel. La luna me trae su imagen envuelta en secretos, y su dulce misterio por siempre ocultará nuestro...».
Se interrumpió allí, con el eco de su voz resonando en lo más profundo de mi corazón.
—¿Nuestro…? ¿Nuestro qué, Ernest? —apoyé la cabeza en su hombro y contemplé la faz cremosa de la luna por la mugrienta ventana del sótano.
—No lo sé.Tengo que acabarlo.
—El misterio oculta el final del poema, ¿verdad?
—susurré, girando la cara hacia el calor de su cuello—. Seguro que si lo deseas con fuerza te llegará la inspiración. Estoy segura de que algún día serán muchos los que lean tu obra.
—Me halagas, mi dulce pajarillo.
Me levantó la barbilla con los dedos a la pálida luz de la luna. Sus ojos relucían como dos piedras preciosas que me cautivaban con su mágico resplandor, y mi cuerpo reaccionaba de una manera que no podía entender. Lo que sí sabía era que no tenía el menor temor por estar a solas con él.
—Estoy siendo sincera, Ernest. No son falsos halagos.
Sentí una extraña pesadez en mis pechos y unas palpitaciones aún más extrañas entre las piernas. El recuerdo de las cartas de Edward me asaltó de repente. ¿Sería Ernest capaz de cometer una agresión semejante? Me resistía a creerlo.
Ernest me mantuvo la mirada, dudando, mientras bajaba lentamente la cabeza, muy despacio, invitándome en silencio a cubrir la distancia que aún nos separaba.
No pude resistir más.Agarré su rostro entre mis manos y fui al encuentro de sus labios con un deseo frenético.
Un calor salvaje me abrasaba por dentro. Cambié de postura para levantarme las faldas y le rodeé las caderas con mis rodillas, acercándome todo lo posible a él. Las palpitaciones de mi entrepierna eran cada vez más fuertes, pero no sentía la menor vergüenza.
Le sujeté el rostro con mis manos temblorosas mientras su boca me devoraba con avidez y yo saboreaba sus labios divinos. No podía sofocar la pasión que ardía en mi interior. Introdujo la lengua entre mis labios y yo gemí contra su boca cuando sus manos se deslizaron bajo mi falda y se movieron sobre mis muslos desnudos. Él respondió con un jadeo de placer cuando apreté mi sexo contra el prominente bulto de su entrepierna. Sentí cómo se avivaba su ardor al recibir mi tacto. Cada beso aumentaba mi desesperación por liberar el fuego que me consumía por dentro. No podía razonar ni pensar con claridad, y me habría entregado gustosa si Ernest me hubiera tumbado de espaldas y me hubiera arrebatado la virginidad, como si ya me hubiera robado el corazón...
Pero lo que él hizo fue apartarme con delicadeza y ponerse en pie.
—No puedo… así no —murmuró con voz ahogada, y desapareció en la oscuridad sin decir una palabra más, dejándome aturdida y sin aliento.
Al cabo de unos minutos, recogí los restos de mi orgullo y corrí a mi habitación, recordando las palabras de Edward. Fui incapaz de conciliar el sueño, y estuve reproduciendo la escena en mi cabeza hasta que amaneció. ¿Qué había hecho mal? ¿Cómo había podido ofenderlo? ¿Me había comportado como una vulgar ramera? Tendría que buscar a Ernest y obligarlo a que me dijera la verdad a la cara. Ernest no se imaginaba lo que había provocado. El deseo por volver a sentir la pasión me dominaba sin remedio.
¿Sería el mismo deseo que volvió loco a Edward cuando intentó abusar de mí? Si así fuera, entonces era posible sentir deseo carnal sin estar enamorado. Aunque, naturalmente, sería mucho mejor si el sexo estuviera acompañado de sentimientos sinceros.
Tengo la cabeza llena de dudas para las que no tengo respuesta, pero sí sé una cosa. Con su actitud galante, delicada y compasiva, Ernest ha restaurado, y quizá liberado, lo que Edward había destruido. Él es la prueba de que aún quedan caballeros de verdad en este mundo que se ha vuelto del revés.
A.C.B.
Ernest dice que no podemos vernos y que no sabe cuándo podrá ser.Tiene miedo de que el señor Abbot nos esté vigilando de cerca.Yo me he mantenido ocupada con mis tareas y he enseñado a leer y escribir a algunas de las chicas. Espero que Ernest me avise pronto.Tengo muchas preguntas sobre los extraños sentimientos que bullen en mi interior.
No sé si Ernest sentirá lo mismo, pero cuando vuelva a verlo voy a arrancarle todas las respuestas.
He sorprendido a la señora Abbot observándome desde la ventana mientras tendía la ropa.Tal vez Ernest tenga razón y debamos ser prudentes. No me gustaría que perdiera su empleo.Ahora que Elizabeth se ha marchado, es el único que impide que me vuelva loca.
A.C.B.
Hoy el señor Abbot ha mandado a Ernest y a otros a una granja vecina para que ayuden con la cosecha. —Somos mano de obra barata, Cozette. El señor Abbot dice que la paga es buena y nos ha prometido que compartirá el dinero con nosotros cuando acabe la cosecha. No confío en él, pero no puedo rechazar la oferta. Mi madre está cada vez más grave y no tengo elección.Volveré después de la cosecha, a finales de septiembre o principios de octubre.
¿Más de dos meses sin Ernest? Tendría que ser más fuerte que en toda mi vida, sobre todo si quería que Ernest me viera como una mujer.
—Pensaré en ti todos los días.
Sus ojos me acariciaron como sus manos no podían hacer.
—¿De verdad lo harás? Si me llevo ese pensamiento conmigo, el tiempo pasará volando.Te avisaré con la fecha de mi regreso. Hasta entonces… ten mucho cuidado, mi pequeño pajarillo.
Lo miré por encima del tendedero.Agarraba la cuerda con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos, reprimiendo el deseo de arrojarme a sus brazos.
—El señor Abbot está esperando —dijo él. Me miró una última vez por encima del hombro y desapareció tras la esquina de la casa.
—Yo también te estaré esperando —susurré.
No sé cómo voy a resistir las próximas semanas. Pero encontraré la manera, por el bien de Ernest.
A.C.B.
He aprendido yo sola a tallar en madera. Es una forma un poco primitiva de pasar el tiempo, pero me ayuda a distraerme. Uno de los niños pequeños que me ayuda en el jardín me enseñó la pequeña navaja que siempre lleva escondida. Dice que perteneció a su padre. Debo decir que se me da mucho mejor inventar historias… Por la noche les cuento cuentos a las niñas en la cama, ofreciéndoles un poco de consuelo para ayudarlas a dormir. Detesto las noches, cuando el recuerdo de Ernest se hace más fuerte y se apodera de mi corazón. No dejo de preguntarme si estará pensando en mí.Tal vez talle una lanza y le saque los ojos al señor Abbot por habérselo llevado de mi lado.
A.C.B.
Hoy el niño de la navaja ha deslizado una nota en mi bolsillo mientras estaba limpiando las judías. La nota decía simplemente: «Vuelvo hoy». Cuando me giré para preguntarle al chico cómo la había recibido, éste ya había desaparecido. A lo lejos retumban los truenos, vaticinando una tormenta inminente. Espero que el mal tiempo no detenga a Ernest. Esta noche me escabulliré de mi camastro y lo esperaré en el sótano.
A.C.B.
Si no hubiera caído una lluvia torrencial, es muy probable que el señor Abbot le hubiera encargado otras tareas a Ernest y habría sido imposible que nos encontrásemos. Pero el destino nos fue propicio y yo no perdí la oportunidad de confesarle mis sentimientos. Ernest no se imagina la luz que ha traído a mi triste existencia. ¿Será amor? ¿Sentirá él lo mismo? No lo sé, pero sí sé que siempre albergaré en mi corazón el afecto y la atención que me profesa.
Mis sueños están llenos de fantasías nupciales que Ernest y yo compartimos como marido y mujer. Es un chico muy maduro y sensato para su edad, como ha demostrado al asegurar mi inminente viaje para ponerme a salvo.Tengo que escribir cada palabra de nuestro encuentro, y así podré mantener vivo el recuerdo.Y cuando cierre los ojos pensaré en...
Nuestras ropas empapadas por la lluvia, Ernest sujetándome por los hombros mientras me habla en tono apremiante.
—Esta mañana oí una conversación entre el señor Abbot y un desconocido mientras encendía el fuego. Fingí que no prestaba atención, pero el señor Abbot le aseguró al hombre que mi lealtad estaba fuera de toda duda, bajo amenaza de fuerte castigo, y le permitió hablar libremente.
—Oh, Ernest —lo toqué en el hombro, horrorizada al pensar en lo que podría hacer el señor Abbot. Estaba mucho más preocupada por la seguridad de Ernest que por las noticias que portaba.
—No me inquietan las amenazas del señor Abbot, sino la conversación que mantuvieron y que ha precipitado este encuentro —me aferró las manos entre las suyas y mantuvo un tono de voz muy bajo—. Oí cómo negociaban la adquisición de una joven virgen a cambio de cincuenta libras. Una chica simpática y preferentemente temperamental.
Yo me eché hacia atrás. No quería oír lo que estaba diciendo.
—Eres la única chica en este lugar que posee esas cualidades, Cozette. Por eso debes marcharte cuanto antes, mi dulce pajarillo. Desde la desaparición de Elizabeth he oído historias espeluznantes de lo que les espera a las jóvenes en manos de esos hombres. Su fortuna los convierte en seres muy poderosos que se valen de hombres como el señor Abbot para conseguir a sus presas. Su noble apariencia esconde una lujuria y una crueldad sin límites.
Era cierto.Yo también había oído esas historias, pero creía que no eran más que rumores que circulaban entre las pobres chicas del orfanato. Sin embargo, podía estar segura de que Ernest me estaba diciendo la verdad.
Llevé nuestras manos entrelazadas a mi pecho empapado. La blusa se me transparentaba y se me ceñía al cuerpo como una segunda piel.
—Entonces nos marcharemos… Los dos juntos. Esta misma noche.
Me di la vuelta sin soltar su mano, decidida a cumplir mi palabra, pero él volvió a tirar de mí y se llevó nuestras manos a sus labios para besar la mía.
—Ya tengo bastante con conseguirte un billete para Londres.Tendré que quedarme aquí unos meses más y ganar el dinero suficiente antes de reunirme contigo. Pero te juro que te encontraré tan pronto como pueda.
—Es demasiado peligroso. No, no puedo irme sin ti, Ernest —declaré, plantándome en mi determinación juvenil—. Ni siquiera puedo plantearme esa posibilidad.
—Y yo no quiero ni pensar en lo que te puede suceder si no te marchas esta misma noche. Me envolvió con su abrazo, cálido y protector,
pero en el fondo yo sabía que decía la verdad. ¿Cómo podría sobrevivir sin él?
—Por favor, prométeme que tendrás mucho cuidado y que harás lo posible por reunirte conmigo. Buscaré un empleo y alojamiento para nosotros, y cuando vengas, nos iremos a Escocia para casarnos —no me paré a pensar que Ernest aún no me había pedido el matrimonio. No había tiempo para seguir el protocolo.
Él me abrazó con fuerza y yo deseé que aquel momento se prolongara para siempre.
—Seremos muy felices —dije—.Tú te dedicarás a escribir poesía y yo cuidaré nuestro jardín.Y en invierno podrás leerme tus poemas. No me hace falta mucho, Ernest. Me basta con estar entre tus brazos.
Apoyé la mejilla donde tenía la camisa abierta, sobre su pecho desnudo, y lo abracé fuertemente por la cintura. Aquél era mi refugio, mi Ernest, cuya esencia me embriagaba como la fragancia de la lluvia. Él apoyó la barbilla sobre mi cabeza y yo me apreté aún más. Me sentía profundamente agradecida por su compañía en medio de tanta mentira, y quería encontrar la manera de sellar nuestra promesa para siempre.
Deslicé cautelosamente la mano entre nuestros cuerpos y acaricié su miembro como Edward me había obligado a hacer una vez. Por lo poco que sabía, aquello les gustaba a los hombres. Pero aún tenía que descubrir hasta qué punto los complacía.
Ernest ahogó un jadeo y dio un respingo contra la palma de mi mano.
—Quiero darte placer, Ernest. ¿Te gusta? Me aterra pensar que quizá no te vuelva a ver —me aferré a él como si algún espectro maligno se dispusiera a arrebatármelo. El olor a leña que desprendía su piel me acariciaba el olfato.
—Cozette… —murmuró entre dientes—, ¿no sabes lo peligroso que es provocar a un hombre de esta manera?
—¿Cómo voy a saberlo, mi querido amigo? No voy por ahí tocando a los hombres —solté una risita por su absurdo comentario—.Además, ¿qué tengo que temer de ti? Eres mi más íntimo confidente y mi compañía más preciada —el deseo me aceleraba la respiración y se arremolinaba en mi estómago. Un torrente de humedad me chorreaba por la entrepierna. Sabía muy bien cómo venían los bebés al mundo. Sólo hay que observar la naturaleza para entenderlo. Sin embargo, la unión de un hombre y una mujer seguía intrigándome sobremanera, y la intensidad de mis sensaciones me provocaba una ansiedad incontenible.
—No me arriesgaré a dejarte embarazada, Cozette.Ya tendrás bastante con salir adelante tú sola.
Me cubrió la mano con la suya y detuvo mis movimientos. En aquel momento, yo sólo quería entregarme a él sin reservas. No había pensado en quedarme embarazada, aunque si eso ocurriera no podría imaginarme una felicidad mayor.
—No sabemos si volveremos a vernos, Ernest, y tengo miedo de no poder expresarte nunca lo que siento por ti —levanté la mirada hacia sus ojos. Desde mi llegada había crecido tanto que me bastaba con ponerme de puntillas para quedar a la altura de sus labios.
La oscuridad me impedía ver su expresión, pero mi cuerpo podía sentir la tensión que ardía entre nosotros y que crujía en el aire como una tormenta de primavera. Él permaneció inmóvil.
—Sé que no eres insensible a mi tacto… Te has puesto muy duro.
Oí cómo tragaba saliva y dejaba escapar un sonido gutural.
—No puedo luchar contra el placer, Cozette. Es natural que un hombre experimente cambios como éste en la secuencia de acontecimientos que llevan a…
Esperé a que acabara. Quería oír las palabras de su propia boca. El corazón me latía frenéticamente en el pecho. Levanté su mano y me la puse sobre un seno.
—¿Y es natural que yo también sienta un deseo similar? Mira lo que me haces, Ernest. Siente cómo me late el corazón —susurré. Le desabroché rápidamente el resto de botones de su camisa y le rodeé la cintura con mi mano. Su piel seguía mojada por la lluvia, y el tacto frío de su carne contrastaba con el calor de mi mano mientras le recorría los músculos de la espalda y bajaba hacia la curva de su trasero. Con un descaro que me sorprendió hasta a mí, me incliné y le di un beso en la sólida pared de su torso. Su cuerpo reaccionó favorablemente, lo que me produjo una gran satisfacción.
Impulsada por un ferviente deseo, y con sus manos acariciándome los hombros, seguí avanzando en mi exploración virginal. Incluso me atreví a lamerle un pezón y atraparlo entre los dientes. Él no dijo nada, pero sus discretos suspiros me incitaron a bajar con las manos más allá de la cintura.Y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que no llevaba ropa interior.
Apreté mis jóvenes pechos contra su torso y me aproveché de su tácito consentimiento para seguir explorando. Sus nalgas eran firmes y fibrosas y se contraían bajo mi mano inexperta. Me acarició el pecho, imitando la suavidad de mi roce sobre sus glúteos, y yo cerré los ojos y me abandoné al deleite del momento sin sentir el menor pudor. Éramos dos amantes a punto de separarnos y aquélla era nuestra última oportunidad para explorar nuestras emo
ciones más profundas.
Me presioné contra su mano y suspiré de placer.
—Necesito que estemos piel contra piel, Ernest. Me da igual si está bien o no —por lo que había visto en mi vida, el decoro estaba reservado para otra clase de personas.
La mano de Ernest pasó sobre mi hombro, liberando las cintas que sujetaban mi blusa empapada. La prenda cayó alrededor de mi cintura y se quedó colgando de mi falda. Permanecí ante él, sin temor alguno, orgullosa de mis jóvenes pechos, rollizos e intactos. Ernest los tomó en sus manos y frotó suavemente los pezones con sus pulgares hasta que estuvieron duros como piedras. Entonces agachó la cabeza y pasó la punta de la lengua sobre una de las puntas. Ahogué un gemido de placer. La sensación era tan intensa que mis rodillas amenazaban con ceder. Me agarré a su cabeza para mantenerme de pie mientras él seguía lamiéndole los pechos. Entrelacé los dedos en sus oscuros rizos y me dejé llevar por los exquisitos cambios que estaba experimentando mi cuerpo.
Un calor líquido emanaba de mi entrepierna y resbalaba por la cara interna del muslo. Ernest me agarró el trasero a través de la falda y me sujetó con firmeza para seguir saboreando mis pechos. La necesidad que hervía en mi interior era tan fuerte que me hacía sudar y sentir escalofríos al mismo tiempo.
—Mi pequeño pajarillo —susurró él entre mis pechos.
—Tengo que sentirte dentro de mí, Ernest.Tienes que sofocar este deseo con tu miembro, te lo suplico —no sabía si me acabaría desmayando o enfermando, pero sí sabía que mi cuerpo estaba desesperado por unirse al suyo.
Él me besó ardientemente en los labios y me su
