Espejito, espejito - Amanda Mcintyre - E-Book

Espejito, espejito E-Book

Amanda Mcintyre

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Beschreibung

Noveno relato de 10 Secretos de Seducción. Al contrario que los anteriores, el amante número diecisiete dejó a Charlie deseando volver a verlo, y por primera vez, se arrepintió del acuerdo que tenía con Paul, su esposo. El suyo era un matrimonio muy poco convencional. El poderoso marido de Charlie no podía experimentar las relaciones sexuales en persona, y le proporcionaba a su esposa una serie de amantes anónimos, jóvenes y guapos, para disfrutar de las relaciones de su mujer mediante unas cámaras que había colocado tras los espejos. Era un acuerdo que había sostenido su matrimonio, pero Charlie estaba empezando a sentir que su vida amorosa era como una jaula de oro. Un día tuvo un encuentro casual con aquel amante número diecisiete, y se produjo algo prohibido: una sesión de sexo ardiente en el probador de una tienda de ropa para hombres, sin cámaras ocultas que pudieran entrometerse en su placer. O eso pensaba ella. Entonces, las cosas comenzaron a volverse verdaderamente surrealistas, y Charlie descubrió que nada era lo que parecía.

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Seitenzahl: 49

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2008 Pamela Johnson. Todos los derechos reservados.

ESPEJITO, ESPEJITO, Nº 24 - noviembre 2012

Título original: Mirror, Mirror

Publicado originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Traducido por María Perea Peña

Editor responsable: Luis Pugni

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

™TOP NOVEL es marca registrada por Harlequin Enterprises Ltd.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-2256-6

Imagen de cubierta: FERNANDO GREGORY/DREAMSTIME.COM

ePub: Publidisa

ESPEJITO, ESPEJITO

AMANDA MCINTYRE

CAPÍTULO 1

–¿Cuánto te pagó?

Disfrutaba viéndolo vestirse. Tenía un estilo lento y metódico y sus ojos oscuros brillaban a la puesta de sol, mientras se abotonaba el puño de la camisa. A mí me dolía el corazón, pero más me dolía el cuerpo por el deseo de tenerlo una vez más.

–¿Importa eso? ¿A ti te ha gustado? –preguntó. Al sonreír, se le formó un hoyuelo muy sexy en la barbilla.

Yo me estiré entre las sábanas blancas del hotel y le devolví la sonrisa.

–Ha sido perfecto, querido. Espero que haya merecido la pena cada uno de los billetes que te ha dado.

Me senté y me apoyé contra el cabecero de la cama, sin preocuparme de cubrir mi desnudez.

Él se echó a reír, y yo me reí también. No me malinterpretéis, no estoy paranoica. Pese a mi edad, estoy en forma. Mi cuerpo siempre ha sido un orgullo para mí. Así es mucho más fácil encontrar buena ropa. He tenido la fortuna de casarme tarde en la vida, con un hombre que ya ha estado casado dos veces y que, como yo, no tiene interés en formar una familia. Eso me permite disfrutar de un cuerpo firme y tonificado, además de disfrutar de la fortuna de mi querido marido.

Mi amante vespertino se acercó al borde de la cama con la camisa desabotonada, mostrando su pecho bronceado y suave. Aquel hombre podría haber sido un SEAL, con su físico. No quería decirme su nombre, y yo sabía que era mejor así, como con los demás.

–Has estado fantástica –susurró, inclinándose hacia mí y dándome un beso de aprobación.

–Lo sé –susurré yo, y le posé la mano en la nuca, acariciándole el pelo con los dedos. Me encantaba cómo se le rizaba al borde del cuello de la camisa. Su beso fue dulce y minucioso, y me produjo un latido entre las piernas. Quería sentir de nuevo la calidez de su cuerpo joven llenándome, y su respiración caliente contra el hombro.

Él se apartó y me metió un mechón de pelo detrás de la oreja. Me miró con sus ojos castaños.

–Eres una de las mejores, querida.

–Cierto, pero seguro que les dices eso a todas tus clientas.

Le sostuve la mirada, tal vez para desafiarlo, o tal vez porque quería mantener a salvo mi orgullo. Para ninguno de los dos era un secreto el hecho de que mi marido le había pagado para que me satisficiera, ya que él no podía hacerlo.

Los pocos meses que había durado nuestra felicidad conyugal habían sido como un sueño hecho realidad. Habíamos viajado a lugares exóticos, habíamos cenado a la luz de la luna en playas de arena blanca, y él me había cubierto de regalos. Y sí, el sexo era excitante. Un poco forzado, pero satisfactorio. Su edad, y las medicinas que tomaba para la presión sanguínea, afectaban a su actuación, pero él era, y sigue siendo, un hombre innovador. Los regalos de diamantes y flores pronto pasaron a ser juguetes sexuales para que yo pudiera obtener satisfacción cuando él no podía proporcionármela.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, yo empecé a notar que tenía una mirada vacía y distante cuando hacíamos el amor.

Yo me aferré a mi vida de cuento.

No pensé mucho en ello hasta después de su accidente de barco, que ocurrió un año después de que nos casáramos. Fue durante una carrera de lanchas fueraborda mientras estábamos de vacaciones en el Mediterráneo. Él se quedó tetrapléjico, pero siguió siendo un hombre muy rico.

Miré de nuevo a mi amante número diecisiete mientras él se ponía el reloj en la muñeca. Era uno de aquellos hombres a los que una miraría dos veces por la calle, o en un restaurante. Irradiaba seguridad y juventud, daba la sensación de que se sentía bien en su piel. Por un momento, yo fingí que nos conocíamos bien el uno al otro, pero la verdad era que ni siquiera sabía su nombre. Era parte del trato.

–No es cierto. No les digo eso a todas mis clientas – respondió él con una sonrisa. Se levantó de la cama y siguió vistiéndose.

Me levanté de la cama y pensé en ducharme, preguntándome si él tendría la tentación de quedarse si yo se lo pidiera. Sin embargo, decidí esperar, porque no quería lavarme de la piel su olor masculino y celestial. Me giré para verlo mientras se metía la camisa gris oscuro por la cintura del pantalón. Era un profesional, y cumplía muy bien su papel. Llevaba un anillo de plata, que seguramente era un recuerdo de la fraternidad de su facultad. Aquel hombre tenía unas manos magníficas. Sentí un cosquilleo en el cuerpo al recordar aquellas manos acariciándome el cuerpo con exquisita precisión.

–Estás tan delicioso vestido como desnudo, querido – dije yo. Sonreí, y me crucé de brazos sobre el pecho. No me daba vergüenza estar frente a él totalmente desnuda. Si él hubiera hecho el más mínimo gesto de que podía estar interesado, yo me habría ofrecido a él nuevamente.

–¿Te ha puesto en el horario de la semana que viene?

Él carraspeó, y no me miró a los ojos. Yo supe que ocurría algo, y que seguramente no era lo que quería.

–Lo siento, pero esta es la última vez.