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Un día de 1996, inspirado por "El nadador" de John Cheever, Roger Deakin emprendió el sueño de su vida: recorrer las islas británicas a nado. El libro que escribió se convertiría en un clásico de culto. Como buen inglés, Roger Deakin adoraba el agua. Así que un día de 1996 se lanzó al foso de su casa en Suffolk y se propuso recorrer las islas británicas a nado. Playas, pozas, ríos, estanques y lidos. Acueductos, canales, cascadas y canteras inundadas. Deakin recorrió su país contemplando la vida desde la perspectiva de las ranas, y fue interceptado por guardacostas, confundido con un suicida e incluso estuvo a punto de ser engullido por un remolino en las Hébridas. Una vibrante oda al inconformismo, a la imaginación y a la voluntad de actuar con libertad plena. Un viaje inolvidable y una audaz celebración de la atracción que el agua sigue ejerciendo en todos los seres vivos.
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Seitenzahl: 686
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Diarios del agua
Roger Deakin
Traducción del inglés a cargo de
En 1996, tras leer «El nadador» de Cheever, Roger Deakin decidió lanzarse a recorrer las islas británicas a nado. El diario de sus aventuras se convertiría en un clásico.
«Un libro delicioso, divertido, sabio y portentoso, lleno de energía y de vida. Me ha encantado.»
Jane Gardam
«Una historia maravillosa y romántica narrada por un auténtico excéntrico inglés. Me hace pensar en “El viento en los sauces”, en Adrian Mole, en “Tres hombres en una barca”… Un libro encantador.»
Financial Times
This summer I went swimming
this summer I might have drowned,
but I held my breath
and I kicked my feet
and I moved my arms around
moved my arms around.
Loudon Wainwright III, The Swimming Song
¿A quién no le afectaría ver un río, cristalino y dulce por la mañana, convertido en un canal de agua turbia y fangosa al mediodía, y condenado a la salobridad marina al anochecer?
John Donne, Devociones XVIII
El foso
La lluvia tibia caía por el canalón en uno de esos típicos chaparrones de mediados de verano mientras cruzaba a toda prisa el jardín trasero de mi casa de Suffolk para cobijarme en el foso. Empecé a nadar lentamente, recorriendo a braza los casi treinta metros de agua verde y clara, con los ojos al nivel de la superficie. Era magnífico ver la lluvia cayendo sobre el foso desde el punto de vista de una rana. La lluvia calma el agua, la refresca, hundiendo el polen, los abejorros muertos y demás partículas flotantes. Cada gota creaba una fuente efímera al caer, una fuente que se convertía en una burbuja y estallaba. Pero lo mejor era cuando la lluvia arreciaba, ahogando el canto de los pájaros, y se levantaba una especie de neblina desde el agua, como si el propio foso se elevara para unirse al cielo encapotado. Luego amainaba, y el reflejo del cielo quedaba repleto de bailarines minúsculos: espíritus del agua, como alfileres brillantes, de puntillas sobre la superficie. Llovían espíritus del agua.
Fue en el punto álgido de aquel aguacero de verano de 1996 cuando empezó a tomar forma la idea de recorrer Gran Bretaña en un largo viaje a nado. Quería seguir el sinuoso itinerario que realizaba la lluvia por nuestra tierra hasta reunirse con el mar, para evadirme de la frustración de haber pasado toda mi vida haciendo largos, volviendo infinitamente sobre mis brazadas como un tigre en su jaula. Empecé a soñar con pozas secretas, con hacer un viaje de descubrimiento por lo que William Morris, en el título de una de sus novelas, llamaba «las aguas de las islas encantadas». Me había inspirado en El nadador, el clásico relato de John Cheever, donde el protagonista, Ned Merrill, decide recorrer los trece kilómetros que separan una fiesta en Long Island de su casa nadando por las piscinas de sus vecinos. Se me había quedado grabada una frase del relato que estimulaba mi imaginación: «Parecía ver, con ojos de cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que atravesaba el condado».
Yo vivía solo, y triste, pues acababa de salir de una larga relación, y, como era escritor y director autónomo, tenía cierta libertad para emprender un viaje si me apetecía. Mi hijo, Rufus, también estaba de aventura por Australia, trabajando de camarero y surfeando en Byron Bay, y lo añoraba. Al menos, en el agua podría unirme espiritualmente a él. Al igual que el ciclo infinito de la lluvia, empezaría y acabaría el viaje en mi foso, partiendo en primavera y nadando durante todas las estaciones del año, y escribiría un diario con mis impresiones y peripecias.
Mi primer recuerdo de natación seria es de cuando me despertaba a primerísima hora de la mañana en vacaciones, en casa de mis abuelos en Kenilworth, con una lluvia repentina de piedrecitas que lanzaba contra la ventana de mi habitación el tío Laddie; era una estrella de natación de la zona y tenía la llave de la piscina descubierta municipal. A mis primos y a mí nos habían contado desde pequeños relatos míticos de sus hazañas —en carreras, trampolines o travesías en mar abierto—, por lo que era un honor nadar con él. Mucho antes de que llegaran los socorristas, abríamos el candado de la puerta de madera y, al zambullirnos, hacíamos vibrar las líneas rectas y negras refractadas en el fondo de la piscina verde. Casi siempre estaba helada, pero lo que mejor recuerdo es la magia de estar allí los primeros. «La teníamos toda para nosotros», decíamos luego, satisfechos, mientras desayunábamos. Nuestra comunión con el agua, por ser gratis, resultaba aún más deliciosa si cabe. Fue mi primera experiencia de natación extraoficial.
Varios años después, desesperado por el calor de una sofocante noche de verano, salté con un grupo de amigos la valla baja de la vieja piscina descubierta de Diss, en Norfolk. Otros bañistas sigilosos, que también se habían colado, saltando los torniquetes dormidos, pasaron nadando a nuestro lado y desaparecieron en la oscuridad como los personajes de Bajo el bosque lácteo. Esos baños indelebles son como sueños, y tienen ese mismo y profundo efecto en la mente y el alma. En el mar nocturno de Walberswick he visto cuerpos en llamas de plancton fosforescente, atravesando como dragones las olas de neón.
Cuanto más lo pensaba, más me obsesionaba la idea del viaje acuático. El agua empezó a acaparar, de manera aún más exclusiva, mis sueños. Nadar y soñar se estaban convirtiendo en algo indistinguible. Me fui convenciendo de que seguir el agua, fluir con ella, sería una buena forma de trascender la superficie y comprender mejor las cosas, de aprender algo nuevo. Puede que hasta aprendiese algo sobre mí. En el agua, todas las posibilidades parecían extenderse infinitamente. Liberado de la tiranía de la gravedad y del peso de la atmósfera, me encontraba en ese estado de atención máxima que describió el poeta australiano Les Murray cuando dijo: «Solo me interesa todo». La empresa empezó a parecerme una suerte de cruzada medieval. Cuando Merlín convierte al futuro rey Arturo en un pez como parte de su formación en La espada en la piedra, T. H. White escribe: «Podía hacer lo que los hombres siempre habían anhelado: volar. Apenas hay diferencia entre volar en el agua y volar en el aire […]. Era como lo soñaba la gente».
Cuando nadas, sientes tu cuerpo como lo que principalmente es, agua, y esta se empieza a mover con el agua que te rodea. No es de extrañar que las ballenas varadas nos den tanta lástima: también nosotros quedamos varados al nacer. Nadar equivale a experimentar lo que sentíamos antes de nuestro nacimiento. Al entrar en el agua, nos sumergimos en un mundo profundamente privado, como si estuviésemos en el útero. Esas aguas amnióticas son seguras y a la vez aterradoras, porque todo puede torcerse en el parto, y te encuentras a merced de fuerzas ignotas sobre las que no ejerces ningún control. Esto podría explicar la ansiedad que cualquier nadador ha sentido alguna vez en alta mar. Lanzarse de cabeza al vacío desde un trampolín es una imagen que aúna todas las contradicciones del nacimiento. El nadador experimenta el terror y la felicidad de nacer.
Así pues, nadar es un rito de iniciación, el cruce de una frontera: la orilla del mar, el margen del río, el borde de la piscina, la propia superficie del agua. Cuando te zambulles se produce una especie de metamorfosis. Al atravesar el espejo acuático, dejas atrás la tierra y entras en un mundo nuevo, donde la supervivencia, y no la ambición o el deseo, es el objetivo principal. Los socorristas de la piscina o de la playa nos recuerdan la fina línea que existe entre chapotear alegremente y ahogarse. Al nadar, lo vemos y lo percibimos todo de un modo que no se parece en nada a ningún otro. Estás en la naturaleza, formas parte integral de ella, de una forma mucho más plena e intensa que en tierra firme, y la percepción del presente resulta abrumadora. En las aguas salvajes te encuentras en igualdad de condiciones respecto al mundo animal que te rodea: al mismo nivel, en todos los sentidos. Mientras nado, puedo toparme con una rana en el agua, y mostrará más curiosidad que miedo. Los caballitos del diablo y las libélulas que pululan por la superficie de mi foso pasan olímpicamente de mí: se limitan a elevarse un momento para no estorbar y vuelven a posarse en mi estela.
El agua natural siempre ha tenido un poder sanador mágico; y, quién sabe cómo, transmite su capacidad autorregeneradora al nadador. Puedo zambullirme con la cara larga y un aparente cuadro de depresión terminal y salir silbando como un idiota. La liberación pura de la desnudez y la ingravidez en el agua nos hace sentir una libertad absoluta, y nos lleva a establecer un profundo vínculo con el sitio en el que nos estamos bañando.
Casi todos vivimos en un mundo donde hay cada vez más cosas y lugares señalados, etiquetados e «interpretados» oficialmente. Eso convierte la realidad de las cosas en una realidad virtual, como quien dice; y por eso caminar, montar en bici y nadar siempre serán actividades subversivas: nos permiten volver a sentir la esencia antigua y salvaje de estas islas, porque nos sacan de las rutas establecidas y nos liberan de la versión oficial de las cosas. Un viaje a nado me daría acceso a esa parte de nuestro mundo que, como la oscuridad, la neblina, los bosques o las montañas más altas, aún conserva casi todo su misterio. Me daría un punto de vista diferente desde el que observar al resto de la humanidad, encerrada en la tierra.
Mi foso, el sitio donde el viaje se me insinuó por primera vez, y donde luego empezó, está alimentado por un potente manantial, a casi tres metros y medio de profundidad, y purificado por un sistema de filtración completamente natural, muchísimo mejor que la tecnología más avanzada de las piscinas. Conserva la vida animal y vegetal que encontraríamos en cualquier estanque de agua dulce no contaminada, sin intervención humana y con muchas horas de sol. Al parecer, hubo una época, de finales de la Edad Media al siglo XVII, en que los fosos estaban tan de moda en Suffolk como las piscinas particulares lo están hoy. Hay más de treinta en un radio de seis kilómetros y medio desde la iglesia del cercano pueblo de Cotton. Muchos historiadores actuales, como Oliver Rackham, sostienen que los fosos constituían, entre otras cosas, un símbolo de estatus para los propietarios rurales que los creaban. El mío probablemente se excavara cuando se construyó la casa, en el siglo XVI, y se extiende por la parte delantera y trasera, pero no por los lados: no tenía más función defensiva que la de ser una barrera para el ganado. Constituiría una útil fuente de barro para las construcciones y una reserva de agua considerable, pero sin duda no se concibió para nadar. Las orillas se hunden de golpe y no hay ninguna zona que cubra poco. Un extremo, por donde se entra y se sale gracias a una escalerilla de madera sumergida que fijé a la tierra, está presidido por un enorme sauce, cuyas raíces pálidas y fibrosas ondean en el agua como anémonas.
Llevo años nadando en el foso, casi siempre a braza, mi estilo preferido. No soy un as, solo un nadador competente con bastante resistencia. Una de mis intenciones al emprender el viaje no era realizar hazañas espectaculares, sino intentar aprender algo del misterio al que se refiere D. H. Lawrence en su poema El tercer elemento:
El agua es H2O, dos partes de hidrógeno, una de oxígeno, pero también hay un tercer elemento, que la convierte en agua, y nadie sabe cuál es.
Cheever escribe que, a Ned Merrill, estar en el agua «no le parecía tanto un placer cuanto un regreso a un estado natural». Mi intención era volver a un estado salvaje similar. Durante buena parte de un año, el agua sería mi hábitat natural. A veces las nutrias atraviesan el campo en busca de nuevos territorios de agua dulce, y llegan a desplazarse hasta veinte kilómetros en una noche. Me imagino que, quien más, quien menos, todos envidiamos a la nutria, al delfín y a la ballena, nuestros parientes mamíferos que están mucho más adaptados al agua, y que también parecen disfrutar de la vida mucho más que nosotros. Si lograba aprender la mitad de la mitad de lo que ellos sabían, el viaje me habría compensado con creces.
Mientras preparaba la maleta, la noche antes de emprender el viaje, creí sentir el mismo temor y la misma euforia que imagino sentirá la nutria cuando se lanza a lo desconocido. Pero, como le ocurre a Ned Merrill en El nadador, el impulso de ponerme en marcha estaba demasiado arraigado: «Hacía un día precioso y le pareció que un buen baño podría aumentar y celebrar su belleza».
Busca y encuentra en la playa
Islas Sorlingas, 23 de abril
Saint Mary’s Road y Tresco Flats podrían estar perfectamente en el East End de Londres, pero son los nombres de algunas de las aguas traidoras que tantos barcos han hundido en las islas y rocas de las Sorlingas. Había llegado al puerto de Saint Mary’s desde Penzance a bordo del Scillonian, y ahora iba rumbo a la plácida isla de Bryher en una barca cuyo motor recordaba a un timbal giratorio. Cruzamos jadeando las tranquilas aguas de Appletree Bay bajo el sol de primavera, dejamos atrás las islas de Samson y Tresco y atracamos en un muelle de tablones improvisado, bautizado como el «embarcadero de Anneka» en honor de Anneka Rice, quien lo construyó (con alguna ayuda del Regimiento de Paracaidistas) en uno de esos programas de televisión en los que llevaba a cabo una gesta imposible antes de desayunar. Media docena de personas desembarcamos en la pasarela arenosa que llegaba al paseo marítimo, donde vi a la cartera con su bicicleta roja, esperando para repartir el correo. Me indicó el camino a un bed and breakfast y, en menos de veinte minutos, tenía una habitación con vistas a la bahía y ya iba de camino a la playa.
Después de cruzar la isla dando un paseo de un cuarto de hora, bajé por un tramo de piedras redondeadas hasta llegar a la arena blanca de Great Popplestones Bay. A excepción de un solitario amante del sol tumbado en la otra punta de la playa, que ahora quedaba fuera de mi vista, estaba solo. Aún era abril, y no podía decirse que la temporada de baño hubiese empezado; de ahí mi migración a esas islas, famosas por su presunto clima templado, «bañadas por la cálida corriente del golfo», como decía el folleto. Hasta ahí, todo bien. Era mi primer baño en el mar, y decidí que lo mejor sería armarme de valor y empezar con un bautizo desnudo. Me quité la ropa y entré corriendo al agua, gritando para mis adentros al sentir su punzada intensa. Estaba helada, tan fría que quemaba, y siguió infligiéndome dolor hasta que empecé a moverme y di unas cuantas brazadas frenéticas, como los niños la primera vez que no hacen pie. Luego salí atropelladamente, incapaz de respirar por el frío; había sido un delirante momento de masoquismo. Ya había conocido la mítica caricia de la agradable corriente del golfo, pero tampoco quería abusar, así que me puse el traje de neopreno ipso facto y volví a meterme, ya cómodo, en el agua cristalina y tranquila como una balsa de aceite: crucé la pequeña bahía, maravillado por lo brillante que era todo, y volví sobre mis brazadas. La arena, blanca y fina, resplandecía a través del agua. Había cangrejitos muertos flotando en la delgada capa de sargazo vejigoso y conchas diminutas que se mecían con la marea. Solo rompían el silencio las gaitas de la naturaleza, las implacables gaviotas. Salí del agua encaramándome a unas rocas con destellos dorados, de cuarzo y mica, me quité el traje de neopreno y me tumbé para secarme. Al verlo ahí, extendido a mi lado, parecía otra persona tomando el sol.
Ese traje de caucho negro, que recordaba al hombre de Michelin, me acompañaba como si fuera mi sombra. Supe desde el principio que tendría que afrontar «la cuestión del traje» y admitir que, si quería nadar en todas las estaciones y en todo tipo de aguas abiertas, necesitaría ponérmelo alguna que otra vez. Así pues, una noche pedí a dos amigos de Suffolk que me midiesen en su cocina para encargar un traje. Después de cenar, me quedé en bañador al lado de la chimenea mientras me tomaban las medidas con una cinta de tela que habían sacado del cajón de costura. El sastre del traje de neopreno me había enviado una lista con las mediciones necesarias, y dudo que hubiera podido ser más exhaustiva si hubiese tenido que viajar al espacio: «de la base del cuello al principio de la pierna», «del cuello al final del hombro», «del centro de la espalda a la nunca», y así sucesivamente, hasta llegar a la circunferencia del tobillo. Cuando acabamos, alguien reparó en que la cinta había encogido tres centímetros, y tuvimos que volver a tomar todas las medidas. Pero, cuando llegó, el traje me quedaba como un guante.
El problema de ponerse un traje de neopreno radica en la privación sensorial; es como una especie de condón para todo el cuerpo. Hay gente, huelga decirlo, a la que le gusta el caucho. El tacto les resulta agradable; hasta les parece bonito desde un punto de vista estético, pero nadie puede negar que el traje de neopreno es un anestésico que evita que sientas plenamente la intensidad de tu encuentro físico con el agua fría: en ese sentido, es antinatural y un poco aguafiestas. Por otra parte, siempre que me enfundo el traje me gusta recordarme que ni una sola gota de agua toca jamás la piel de la nutria. La capa exterior de su pelaje atrapa el aire y crea una especie de aislante, como un traje de neopreno, y la capa interior es tan densa que el agua no la atraviesa nunca. Así pues, decidí que, si las nutrias tenían derecho a llevar el equivalente de un traje seco, yo podía permitirme hacer un uso ocasional y sensato del traje de neopreno, y así aumentar mis posibilidades de supervivencia. Gracias al traje, se puede nadar un buen rato en agua fría y la experiencia es soportable, e incluso agradable; pero no se acerca, ni de lejos, a la sensualidad de nadar con tu propia piel.
En los triatlones casi todo el mundo lleva neopreno, y siempre me ha parecido que el mejor sitio para ver esas carreras es el punto en que los participantes salen del agua y corren cómicamente hacia sus bicicletas, quitándose el traje por el camino. Es muy fácil que te dé un tirón muscular mientras haces las contorsiones houdinianas que a veces se necesitan para escapar del traje. En cambio, dos de los artículos más útiles para el nadador salvaje son los escarpines y los guantes de neopreno: las manos y los pies serán lo primero que nos saque del agua.
Al hallarme prácticamente solo en el lado salvaje de aquella isla inocente, pronto noté que entraba en un estado mental parecido al de La isla de coral: había mucho que explorar. Pasé por la Great Pool, «la Gran Piscina», una laguna de agua dulce y somera junto al modesto hotel Hell Bay, único alojamiento de la isla, y subí a la colina de Gweal Hill, donde encontré una tumba de cámara de la Edad de Bronce en ruinas. De ahí bajé hacia la playa de Stinking Porth. Una isleña con coleta estaba haciendo algún arreglo en una casita baja, cerca de la bahía, y en el último tendedero de Inglaterra ondeaba con la brisa, orgullosa, la ropa interior de la familia. Bordeé la playa, sin bajar a la arena, pasando entre las altas clavelinas de mar. Había bancos de rocas y tierra que protegían la costa atlántica de la isla, donde los lugareños habían plantado agapantos: sus raíces resistentes y aventureras unen la tierra y las rocas; y, cuando florecen en verano, deben de crear un majestuoso seto azul pálido que bordea el mar. Fueron las primeras de las muchas flores silvestres que encontré en Bryher y que hasta entonces solo había visto en terrazas interiores. El sargazo vejigoso seco, que probablemente bautizaba la «hedionda» playa de Stinking Porth, se rompía y crujía a mi paso mientras tarareaba, sumido en un agradable aturdimiento, al ritmo de un walking blues. Me detuve al ver a mis pies el cadáver de una marsopa, envuelta en algas y cubierta de aceite, cuyos cientos de diminutos dientes como sierras empezaban a quedar al descubierto debido a la descomposición. La cola pequeña y elegante, rizada por el sol, parecía querer quitarse el traje de algas pardas. La mayor emoción de vivir en esas islas ha de ser la increíble variedad de todo aquello que el mar saca a sus playas y rocas y la sorpresa constante que esto implica. Para una mujer que paseaba por la playa de Porth Hellick, en Saint Mary’s, el 22 de octubre de 1707, la sorpresa fue sir Cloudesley Shovell, almirante de la Flota, cuyo buque insignia, el Association de Su Majestad, había naufragado en el islote de Gilstone Rock con otros tres barcos: murieron dos mil hombres. Sir Cloudesley había sobrevivido de milagro, así que la mujer lo mató de inmediato para quitarle los anillos de esmeraldas.
El encuentro con la marsopa me transportó al mundo de los libros de «busca y encuentra» I-Spypublicados por News Chronicle, en particular al primero de la serie: En la playa. Aún conservo mi colección original, escondida en una caja de puros reconvertida en archivo secreto, con la etiqueta: «Privado y confidencial: tribu I-Spy». Me convertí en un auténtico buscador piel roja cuando tenía unos siete años, y plasmaba meticulosamente los detalles de mis avistamientos con un lápiz. «Ir al mar —dice la introducción— siempre es emocionante. Pero, cuando eres un I-Spy, es alucinante. Hay un sinfín de cosas que avistar, ¡y te lo pasarás bomba anotándolas en tu registro! Siente el gusanillo de ver cómo aumenta tu puntuación.»
Desde su tienda india de News Chronicle, en el centro de Londres, el Gran Jefe I-Spy te daba puntos por cada entrada de tu registro. Los avistamientos menos frecuentes puntuaban más que las cosas fáciles de encontrar. Resulta muy interesante ver qué se consideraba insólito o habitual en los años cincuenta y compararlo con la actualidad. En mi ejemplar de Aves, veo que el pardillo y el zorzal común daban tan solo veinte puntos, los mismos que el estornino o el gorrión. Sin embargo, la población de ambas especies ha sufrido un enorme declive en los últimos veinticinco años, y es probable que hoy puntuaran mucho más. En otro I-Spy de la serie, En el campo, una culebra de collar tan solo daba unos míseros doce puntos, poco más que una rana, un sapo o un espantapájaros, que valían diez, y menos que un guardaganado, que puntuaba quince. Una nutria solo te daba veinte puntos, los mismos que una señal de tráfico que dijese «Peligro, esta carretera puede inundarse», y cinco tristes puntos más que una pocilga con techo de paja. (He buscado por todas partes una pocilga con techo de paja y aún no he visto ninguna.) Entre los avistamientos que más puntuaban en el tomo En la playa se contaban, curiosamente, la marsopa y el delfín: ambos daban unos magníficos cuarenta puntos y, si veías uno, ya podías descorchar tu refresco Tizer. El delfín, según I-Spy, es «un nadador velocísimo, y puede desplazarse por el agua a una velocidad mayor de la que tú alcanzas con tu bici cuando vas a toda pastilla». Según el libro, vi mi primer banco de marsopas nadando frente a la costa de Portrush el 20/4/54. Y mi primera lombriz de tierra el 17/9/53, en Eastbourne.
El Gran Jefe I-Spy siempre acababa sus mensajes a los pieles rojas con una frase en clave: «Enaca/zabu». Si eres un rostro pálido, me temo que tendrás que descifrarlo por tu cuenta. Ojalá pudiera ayudarte con mi ejemplar de Claves secretas de I-Spy, pero es privado y confidencial, y «los pieles rojas tienen el deber de guardar este libro en un lugar seguro y secreto».
Las flores silvestres crecían por doquier en aquel paisaje de la Edad de Bronce con senderos antiguos, setos, muros de piedra y pequeños campos de tulipanes, casi todos ya abandonados, convertidos en pastos o cortados para hacer heno. Ninguno tenía más de quinientos metros cuadrados, y estaban repletos de celidonias, jacintos, ajo de oso, violetas y margaritas, así como restos de narcisos. La economía tradicional de la isla, basada en el cultivo de flores, murió por culpa de los holandeses, que hoy día cultivan de todo en sus invernaderos en las cuatro estaciones del año. En cambio, hay turismo, y las flores silvestres abundan. La col marina y la silene rupestre adornan la costa, y el ombligo de Venus crece en los muros de piedra. En un prado, un par de vacas ruidosas comían de su cubo de plástico, al lado de quinientas trampas para langostas y una vieja cocina Rayburn. Los mirlos parecían confiados, sin miedo.
En el extremo sur de la isla, nadé en Rushy Bay, una preciosa y resguardada cala de arena frente a la isla de Samson. Estaba completamente desierta, y crucé la bahía de punta a punta. La intensidad del cielo, la arena blanca y las numerosas rocas que despuntaban del mar aquí y allá le conferían un aire onírico propio de Salvador Dalí. Más adentro, el soplo de la brisa alborotaba el mar con pequeñas olas de cresta rizada que recordaban al flequillo de Tintín. Alguien había estado allí antes que yo: encontré una serie de intricados laberintos de arena y piedras —en uno habían escrito una leyenda con un palito: «El laberinto sorlingo»— que también evocaban claramente la Edad de Bronce. Mientras me alejaba de la orilla a nado, reflexioné sobre los laberintos y sobre una teoría que John Fowles propone en el libro Islas: que un laberinto de piedras situado en la cercana isla de Saint Agnes fue construido por visitantes vikingos, o incluso por un marino fenicio hacía dos mil quinientos años. Esos antiguos laberintos son bastante habituales en Escandinavia, pero su significado ritual es un misterio. Fowles cree que podrían estar vinculados con las tumbas, como una vía de escape hacia la reencarnación. También cree que Shakespeare concibió la laberíntica Tempestad en las Sorlingas. Cuando la corriente me devolvió a la orilla, entre las algas y la arena, me pregunté cuántos náufragos habrían llegado hasta allí, vivos o ahogados. Si había sirenas en algún lugar del mundo, debía de ser allí.
Pasé por otro laberinto formado por altos setos de escalonia, cineraria y pitósporo, una planta llegada de Nueva Zelanda que prospera en este clima sin heladas y protege de las tormentas atlánticas los cultivos de flores. Mientras cenaba en el Fraggle Rock Café, la dueña, Les, me contó que ella y un grupo de amigos hippies se habían mudado a Bryher hacía veinte años. No eran los primeros. En el año 387, un par de obispos paleocristianos, Instantius y Tibericus, llegaron a las Sorlingas y fundaron un culto basado en el amor libre, muy alejado de los tumultos de la Alta Edad Media.
En Bryher se vive el turismo con un espíritu extraordinariamente relajado. Los chiquillos montan sus puestos al lado de las tapias de los jardines y venden piedras pintadas o grandes esqueletos de erizo de mar rosas y violetas por unos peniques que se depositan en un tupperware. Todo está impregnado por una omnipresente cultura de la improvisación y de la economía mixta que parece sacada de Whole Earth Catalog.[1] Lo reconocí de inmediato y me entusiasmó: me recordaba a una época, no muy lejana, en que el dinero no era el tema de conversación principal. Reparé en que las trampas para langostas de Bryher estaban hechas con una rejilla limpiabarros de acero como base, un armazón azul de tubos de polietileno, de centímetro y medio de diámetro, cubierto por una malla y una entrada improvisada con una maceta de plástico.
El saqueo de los barcos naufragados sigue siendo una parte importante de la economía de la isla. Hay gente que puede conseguir casi cualquier cosa, según la naturaleza del último cargamento arrastrado hasta la orilla o encastrado entre las rocas. El tesoro del momento era el carguero Cita, que había encallado frente a la costa de Saint Mary’s; se trataba de una especie de centro comercial flotante para los alborozados isleños. De repente, en todas las casas había una flamante batería de coche, un recipiente de plástico para los cepillos de dientes (a elegir entre amarillo, rosa o azul), un fregadero de acero inoxidable nuevo, varias botellas de Jack Daniel’s y una puerta de caoba. En cuanto me enteré, cobró sentido la abundancia de puertas de caoba que había visto desperdigadas por los jardines, un poco desportilladas en las esquinas por sus aventuras en el mar, o ya colocadas, incongruentes como ellas solas, en cabañas, cobertizos y terrazas interiores. Aquello, huelga decirlo, contravenía radicalmente la Ley de la Marina Mercante de 1995, Parte IX, Sección 236, que estipula nuestro deber de dar parte al administrador de naufragios, el funcionario designado al efecto, de cualquier mercancía que encontremos y provenga de un buque naufragado. Los formularios correspondientes podían conseguirse en Falmouth, a solo dos días en ferri.
Una de las delicias de Bryher es que, en una isla de dos kilómetros y medio de largo, ningún sitio está a más de media hora andando. Me dirigí a la zona de Shipman Head Down para ver la puesta de sol atlántica desde los acantilados de Hell Bay. En todas las cornisas había mullidos cojines de clavelinas de mar, muy prácticos, y vi las rocas sobresalir poco a poco, como dientes afilados, a medida que bajaba la marea. La puesta de sol me parece más espectacular que el amanecer, porque sabes que el espectáculo mejora cuando llega a su clímax. El sol, en todo su esplendor, cayó como una bola de billar por el borde del mundo conocido, y yo lo vi en primera fila.
A primera hora de la mañana siguiente me despertó el canto agudo de los ostreros y enfilé uno de los senderos arenosos de la isla, rumbo a Green Bay, una bahía que mira al este, a la isla de Tresco. Se trataba de una zona más resguardada, y vi varios botes sobre basadas, listos para ser reparados, y la caseta de un constructor de barcas. A su alrededor, cerca de la costa, había una asombrosa colonia seminatural de plantas que debían de haber crecido en el jardín botánico de Tresco: viboreras azul oscuro (que pueden desarrollarse hasta treinta centímetros por semana), orquídeas amarillo intenso, grupos de agapantos azules y multitudes rastreras de coloridas y suculentas margaritas africanas.
Bajé a la playa para darme un baño en aquellos campos de la Edad de Bronce. Las islas Sorlingas son el último afloramiento de un batolito granítico que constituye la columna vertebral de Cornualles y, hasta hace unos cuatro mil años, eran los puntos más altos de una gran isla llamada Ennor. Sin embargo, el derretimiento de los casquetes polares que comenzó después de la última glaciación supuso que los valles y los campos de Ennor quedaran paulatinamente sumergidos con la subida del nivel del mar.
Me puse el traje de neopreno, las gafas y el tubo de respirar, y me adentré en la bahía arenosa y somera. Había marea alta y, a unos treinta metros de la orilla, vi en el fondo un par de muros de piedra en ángulo recto, y un círculo de piedras que en su momento sería un redil de ovejas. Las algas crecían sobre las piedras como setos, y caí en la cuenta de que aquellos eran los restos de las lindes de los antiguos campos, que se extendían por todo el valle hasta Tresco. En realidad, no son más que una continuación de las lindes de los campos que quedan en la costa. Quizá por eso algunas aguas que rodean las Sorlingas conserven nombres harto estrafalarios, de «antes de la Inundación», como Garden of the Maiden Bower («Jardín de la Alcoba de la Doncella») o Appletree Bay («Bahía del Manzano»).
Mientras hacía largos en la bahía, escudriñando el fondo a través del agua salada y cristalina en busca de las líneas diagonales de otros muros de piedra, arrullado por el ritmo de mi respiración, amplificado por el tubo, sentí que me iba hundiendo en el mundo inconsciente del mar, adentrándome en la historia. Me había remontado cuatro mil años, y sobrevolaba el antiguo paisaje como un pájaro lento, recordando lo mucho que se parece un campo al mar: en los días de viento, las olas plateadas peinan el maíz joven, y la cosechadora atraviesa la cebada como un velero desgarbado. Me imaginé a los labradores arando esos campos con gaviotas en su estela, y pensé en la primera inundación, tras una tormenta durante una marea de sizigia; en las cosechas echadas a perder, en la tierra envenenada por la sal. Existe una relación íntima entre los campos que quedan y los que acabaron sumergidos. Buena parte del mantillo de la isla está formado por siglos de algas, cargadas en carretas con la marea baja y esparcidas a modo de abono. Los moluscos, por supuesto, estaban como en su casa en las piedras de los muros hundidos, y todos aquellos bígaros podrían haber sido perfectamente caracoles.
Estaba contorsionándome en la playa para quitarme el neopreno cuando me fijé en un abejorro que se disponía a atravesar el mar, directo a Tresco. Otros tres tomaron su rumbo, y los seguí con la mirada hasta bien avanzado el viaje de kilómetro y pico a la isla de enfrente. Tresco tiene un famoso jardín botánico que haría las delicias de las abejas, pero Bryher tampoco se queda corta en lo que a flores se refiere. ¿Sería ese un antiguo itinerario de vuelo que seguían las abejas de hacía cuatro mil años y que, de algún modo, había quedado grabado en su memoria colectiva? ¿O es que alguna ambiciosa abeja recolectora habría olido las flores de Tresco y había descubierto una nueva ruta? Caminando por la línea de la marea alta vi miles de conchas preciosas y diminutas, muy parecidas a los caracoles, pero de colores variados: bermejas, naranjas, melocotón, blancas, moteadas, grises, plateadas. Cada una podría representar a uno de los marineros ahogados, cuyos espíritus pululan por el fondo marino de las Sorlingas.
Al día siguiente, por la tarde, me embarqué en el Scillonian y volvimos a Penzance cabalgando las olas del Atlántico. Unos cuantos hombres muy bronceados, con coleta y botas caras de cordoneras kilométricas, estaban desperdigados por la cubierta, acaparando todos los sitios en los que daba el sol, con la espalda apoyada en la base de la chimenea o en algún bote salvavidas, los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y un semblante beatífico. (En Penzance los recibirían mujeres que agitaban los brazos, con pantalones de montar y Range Rovers.) Me senté apoyado en mi mochila, contemplando la estela nevada, y me sumí en mis ensoñaciones.
Uno de los recuerdos más intensos de mi niñez son los seis vagones reconvertidos en alojamientos que vi, recortándose contra el mar al amanecer, por la ventana del tren nocturno que nos llevaba de Paddington a Penzance. Alojarme en uno de ellos, con la playa a la puerta de casa, era lo que de niño concebía como unas vacaciones perfectas. Nunca lo hicimos, y siempre había querido echar un vistazo de cerca a aquellos objetos de mi deseo, con los colores desteñidos de la empresa Pullman, marrón, crema y dorado, como un budín de chocolate. A la mañana siguiente de pisar tierra firme me encaminé hacia allí, con mi termo y un bollo de grosellas para desayunar, el periódico y mi equipo de natación. Los vagones seguían en su sitio, aunque resultó impactante verlos tan destartalados, en mitad de la larga playa de Penzance, al lado de la antigua estación de Marazion, ya en desuso, y mirando a la isla de St. Michael’s Mount. En los años treinta, las empresas ferroviarias tuvieron la excelente idea de dar un nuevo uso a sus viejos vagones, reconvirtiéndolos en alojamientos situados en apartaderos, en medio del campo o en la playa, por todo el Reino Unido.
La pintura marrón y crema estaba desconchada, y las letras ornamentales de los nombres que Pullman había dado a cada vagón, escritos con pan de oro, apenas se distinguían: Mimosa, Alicante, Flora, Calais, Juno y Aurora. La amplia gama de referencias te daba una idea de lo viajados que estaban aquellos señores jubilados. Pertenecían a una época en que las vacaciones en Francia o el Mediterráneo estaban restringidas a las familias pudientes, cuando viajar era un asunto muy solemne que incluía porteadores, arcones y jefes de estación con reloj de bolsillo. La gente corriente ni siquiera soñaba con ir a esos sitios de vacaciones. La Riviera de Cornualles ya era lo bastante paradisíaca para ellos, y los vagones de Pullman debían de parecerles puro lujo, aunque la realidad fuera más austera. Tenían agua corriente y electricidad, y se entraba al vagón por un balcón techado de uno de los extremos, con una barandilla donde se colgaban las toallas después del primer chapuzón de la mañana. Ironías de la vida, fueron los ferrocarriles, y esos vagones de Pullman, los que permitieron los primeros viajes a los destinos turísticos del Mediterráneo, que acabarían seduciendo a los británicos para que dejasen sus pozas nativas y abrazaran los placeres y lujos de las aguas tibias. Los cubos y las palas pasaron de moda, sustituidos por los esquís acuáticos, los windsurfistas y los trajes de neopreno.
Me apoyé en una rueda y trepé por el chasis de hierro oxidado de Alicante. Hacía ya mucho tiempo que los vándalos habían pasado por allí: resultaba desgarrador ver toda aquella belleza artesanal destrozada por el abandono y el rencor gratuito. Los espejos ovalados y biselados de la sala estaban rotos, las lámparas y el revestimiento de la pared, arrancados, y las ventanas del vagón, de bordes redondeados, tapiadas con horrendos tableros de aglomerado. Atravesé la cocina diminuta, la sala alargada y un pasillo con dos pequeñas habitaciones, el baño y el retrete. La planta baja estaba a casi metro y medio del suelo. El trabajo y los materiales de las fábricas de vagones de Derbi y Hexham eran de una calidad inusitada. Por algunos huecos del falso techo, que había sido arrancado, se veían los tablones del techo de los vagones, apoyados en bóvedas curvas de puro roble.
Caminé por la orilla de la playa, enfundado en mi neopreno, hasta la localidad costera de Marazion, y crucé a nado los ochocientos metros de bahía arenosa y somera que me separaban de St. Michael’s Mount. Nadé por el lado oeste del camino de acceso, sumergido por la marea, y entré por la boca del pequeño puerto, donde me detuve a descansar al sol, al lado de una hilera de casitas. Aquello estaba casi desierto, pero no tenía ningún interés en explorarlo, habida cuenta de que cada palmo de terreno ya había sido evidente y excesivamente explorado. No faltaban los sellos distintivos de la industria turística: señales con indicaciones para todo y carteles en la puerta del pub que te dicen qué tipos de café sirven. El encanto de esa isla con castillo de aspecto mítico se había evaporado casi por completo, con la ironía habitual: resulta atractiva por su espectacular aislamiento, pero, en vez de ahuyentar a los visitantes, los seduce como una sirena. Antaño era el puerto principal de la bahía de Mount’s Bay, antes del desarrollo de Penzance y Newlyn, y ahora su antiguo monasterio benedictino atraía a otra clase de peregrinos. Si viviera en una isla, me gustaría que lo fuese a tiempo completo, sin camino de entrada y con todo el encanto de la inaccesibilidad. Recomiendo que, para conferir cierta sensación de aventura a la visita, el trayecto de ida y vuelta se haga nadando.
Cuando volví al apartadero desierto, me senté en el balcón de uno de los extremos de Alicante y me serví un té. Quizá toda aquella destrucción solo fuera lo que Robert Frost definía como «una tosca muestra de respeto por la belleza». Esos seis vagones frente al mar resplandeciente siempre habían representado una especie de Xanadú para mí; siempre habían estimulado mi imaginación. Ahora me sentía como si me hubiesen robado, por así decirlo; como si el propio misterio hubiera acabado. Ceder aquellos símbolos de la vida del Orient Express o del Golden Arrow para que la gente de clase trabajadora pasara sus vacaciones en la humilde Riviera de Cornualles fue en su día un gesto práctico e igualitario; era como alquilar los castillos de Chatsworth o Cliveden por habitaciones. Esos vagones habían viajado por toda Europa, ida y vuelta, hasta Estambul. Eran fascinantes y glamurosos, además de preciosos, y durante tus dos semanas de vacaciones podías considerarlos tu casa. Sin embargo, ya solo representaban la extraordinaria pobreza de la imaginación, capaz de dejar que se deteriorasen y se oxidaran hasta extinguirse.
[1]. Revista contracultural estadounidense publicada con regularidad entre 1968 y 1972, y de forma ocasional hasta 1998, cuyo objetivo era facilitar la vida cotidiana, con artículos sobre autosuficiencia, ecología, educación alternativa o bricolaje, además de ofrecer reseñas de productos variados, como ropa, libros, herramientas, máquinas o semillas. (Todas las notas son del traductor.)
Los señores de la mosca
Hampshire, 6 de mayo
En cuanto llegué a Stockbridge olí el agua. Y, cuando apagué el motor, la oí. Llegar en coche parecía improcedente: debería estar atando un caballo, o entregándoselo a un mozo de cuadra. La localidad tenía un aire de elegancia desteñida y estaba dominada por el imponente hotel Grosvenor, a mitad de la calle mayor, que tendría algo menos de treinta metros de ancho, como en una escena del Salvaje Oeste. Antes de la Ley de la Reforma Electoral de 1832, este humilde pueblo aportaba al Parlamento dos diputados, que sin duda habían pagado para obtener ese privilegio: era el típico «burgo podrido». Hay una antigua casa parroquial georgiana, con dos enormes magnolias a cada lado de la puerta principal, y tienen la estación de servicio rural más bonita de toda Inglaterra, donde siguen usando los surtidores de gasolina originales. Casualidades de la vida, un clásico Morris Minor aparcó a mi lado justo mientras contemplaba las alegres puertas pintadas de rojo, blanco y azul, y el balcón adornado con geranios a juego, que crecían en neumáticos suspendidos en el aire.
La localidad es un tumulto de afluentes, una Venecia rural. Media docena de riachuelos —todos reivindican ser el auténtico río Test— fluyen por debajo de la ancha calle mayor y emergen, susurrando, entre los jardines, pastos, parcelas, cobertizos, viejos establos y edificios anexos que se esconden detrás de las fachadas de las tiendas y las casitas. El murmullo de la corriente se oye en todas partes, y las ánades reales deambulan por las calles a su antojo, como las vacas sagradas en la India. Los patitos se ven arrastrados con asiduidad por los rápidos del río, y de fondo se oye el continuo y conmovedor lamento de los huérfanos y las madres afligidas, que parte el corazón de los viajeros que pasan por aquí.
Qué maravilloso es encontrar un sitio que valora, usa y disfruta tanto su río, en vez de ocultarlo a la vista, encorsetándolo en un canal de cemento: Stockbridge ha sacado el máximo partido al Test, aprovechándolo de cientos de formas. Y hay truchas por doquier, como gatos en las calles nocturnas de Estambul. El Test, el mejor río calizo del mundo, es una Meca para la pesca con mosca, sede del prestigioso Houghton Fishing Club. El derecho de pesca en estas orillas sagradas cambia discretamente de manos, a más de un millón y medio de libras por kilómetro, y un día pescando en el Test puede llegar a costar ochocientas libras. Si me pillaban nadando en su río, esa gente me comería con patatas, cocido y con un poquito de salsa tártara. Pero no hay mayor experta en agua dulce que nuestra trucha común, y estaba resuelto a compartir con ellas los placeres de las aguas del Houghton Club.
Me alejé del pueblo por un sendero paralelo al río, y a los cinco minutos me encontraba solo, en medio del campo, a orillas de una poza ancha y fría, fragorosa confluencia de los retoños dispersos de la Madre Test. Para mi sorpresa, no vi a ningún pescador, así que me zambullí a toda prisa. El agua me cortó la respiración. Para las truchas, cuanto más fría, mejor, pues la cantidad de oxígeno en el agua aumenta a medida que baja la temperatura. (Por eso hay tal abundancia de vida marina cerca de los polos.) Crucé una curva pedregosa del río, nadando en diagonal a la corriente, hasta llegar a la confluencia, una poza protegida por una barrera de juncos en la otra orilla. Las golondrinas madrugadoras descendían en picado y volaban a ras del agua. Los escuadrones de truchas oscuras, que pasaban como flechas, se recortaban contra el lecho pálido y rocoso, creando olas de proa al acelerar. Me giré y me dejé llevar por la corriente, acariciado por las frondas de ranúnculo acuático que ofrecían cobijo a las truchas, así como a las ninfas de las efímeras que pronto nacerían para seducirlas. No es de extrañar que a las truchas les encante el Test. Es un río rápido, asombrosamente cristalino, y va alternando las aguas someras y agitadas y las pozas profundas. El lecho es de grava caliza, con algún que otro ladrillo desgastado aquí y allá, y ofrece multitud de escondites.
Los largos tirabuzones prerrafaelitas de ranúnculo acuático bailaban la danza del vientre en el río. Me agarré a las plantas, que flotaban con la velocidad de la corriente, y luego nadé unos doscientos metros río abajo, hasta una bahía turbosa donde suele abrevar el ganado. Un lateral estaba despejado de árboles y vegetación para que las cañas no se enredasen al tirarlas, y todas las plantas crecían en la orilla opuesta. Una pareja de sesentones enamorados pasó por el prado e intercambiamos un educado: «Buenas tardes». Hicieron lo posible por no parecer sorprendidos. Seguí nadando, cada vez más acostumbrado a la temperatura, o entumecido, esperando toparme en cualquier momento con un pescador con mosca, enfundado en su vadeador, con el agua por las rodillas, y preguntándome qué diablos iba a decirle.
La sede del Houghton Fishing Club está en el hotel Grosvenor de Stockbridge y no, como cabría imaginar, en el pueblo de Houghton, unos kilómetros río abajo: los caminos de la exclusividad británica son inescrutables. Al Houghton Club, que suele contar con entre doce y dieciséis miembros, solo se accede por invitación, tal y como se me informó en una concisa respuesta de una línea cuando escribí para preguntar si podía inscribirme. En su origen el club tenía un espíritu arcadio, con su carpa para eventos instalada en la pradera de Tent Meadow, al lado del río, y sus banquetes anuales con ocasión de la marea de sizigia para celebrar el primer vuelo de las efímeras, o moscas de mayo, y las Brachycentrus subnubilus (otra especie de mosca para trucha que eclosiona en abril). Fue fundado por el reverendo Canon F. Beadon en junio de 1822 como una filial del Longstock Fishing Club original, unos kilómetros río arriba, por lo que puede reivindicarse como el segundo club de pesca más antiguo del país. A la sazón, la cuota anual para los miembros era de diez libras. Desde el principio, los doce miembros, todos discípulos de Izaak Walton, tomaron por costumbre registrar sus actividades, observaciones e ideas en el diario del club, las Crónicas, que se guardaba en el hotel Grosvenor, donde se hospedaban al llegar a la localidad en diligencia y, más tarde, en tren. Cuando Walton publicó El perfecto pescador de caña, casi doscientos años antes, en 1653, lo subtituló: «La recreación del hombre contemplativo». Las Crónicas del Houghton Fishing Club plasman esa misma atmósfera reflexiva, juguetona y festiva, de sociabilidad generosa, plena de canciones y versos, engendrada por el río.
El Grosvenor ha sido la sede del club desde su origen. Los pescadores acabaron comprando todo el hotel en 1918, que hoy día sigue estando lleno de peces disecados en urnas de cristal, grabados de caza con todo tipo de imágenes y moscas de pesca enmarcadas: la Detached Badger, la Red Quill, la Gilbey’s Extractor, la Blue Winged Olive y la Houghton Ruby. El ambiente jovial y pickwickiano de esta «hermandad de pescadores» exclusivamente masculina fue descrito a la perfección por uno de sus miembros fundadores, Edward Barnard, en una de las primeras entradas de las Crónicas:
Que quede aquí constancia de que, en este club, el buen ejemplo de Izaak Walton, nuestro santo patrón, se ha seguido con tanta firmeza que jamás ha habido celos, envidias, conflictos ni riñas de ningún tipo. El deseo de cada individuo, ya fuera expreso o implícito, ha sido ley para todos; la felicidad del prójimo ha sido la brújula que ha guiado nuestros pasos; ni una mala palabra, ni un sentimiento egoísta ha anidado jamás en nuestro envidiable círculo. Cada reunión ha servido para unir con aún mayor solidez, si acaso es posible, esa amistad y compañerismo que se manifestaron desde el principio; que todos hemos contribuido a fomentar; que todos hemos sentido con auténtica y genuina satisfacción, y que, merced a nuestro corazón resuelto, habrán de seguir intactos. Nuestra sociedad podría disolverse por circunstancias que escapen a nuestro control, pero la amistad que estas reuniones han cimentado y el recuerdo de las muchas horas felices que hemos pasado en compañía solo se extinguirán con nuestra vida.
El club no tenía reglas, pero sí dos costumbres: una, que no se mataría ningún pez de menos de medio kilo; la otra, que «ningún miembro podía pescar antes del 1 de enero o después del 31 de diciembre de cualquier año, bisiestos incluidos». Los miembros del Houghton Club eran excéntricos como ellos solos, y afrontaban la desolación de las temporadas infructuosas, en las que apenas pescaban truchas, con ecuanimidad y buen humor. El diario recoge con gran lujo de detalles un ambiente literario donde predominaban el ingenio y el pitorreo, combinados con cierta obsesión por todas las nimiedades del arte de la pesca con mosca y una auténtica pasión por la historia natural. El 2 de junio de 1860, un huracán arrasa la carpa donde comen los miembros del club, pero ese mismo día alguien registra «seis nenúfares blancos en flor, en una acequia al fondo del pantano», y los miembros siguen con el interminable debate sobre si permitir o no que el hermoso tímalo se mezcle con la trucha en las aguas del club y pueda pescarse. (Había dos escuelas de pensamiento: la primera sostenía que el tímalo era una excelente pieza para pescar y comer; la segunda afirmaba que el tímalo reduciría el número de truchas, al alimentarse de su hueva y competir vorazmente por la comida.)
Estos señores de la mosca registraban sus pescas con la misma diligencia con que los aficionados a los trenes apuntan sus avistamientos, de modo que, cuando llegó el momento de celebrar su centenario con una cena en el Claridge’s, el 7 de junio de 1922, lord Buxton pudo dar cuenta del número y del peso exacto de los peces pescados en los cien años de vida del club: 37 045 peces que pesaban algo más de 31,5 toneladas, de los que 30 483 eran truchas y 6562, tímalos. El peso medio de la trucha era de 879 gramos; el del tímalo, de 794 gramos.
Todos los miembros tenían un interés singular y personal por «la historia natural de los peces y de los insectos de los que se alimentan», y pasaron más de un siglo registrando en el diario las fechas de la llegada al Test en primavera de determinadas aves e insectos: la golondrina, el avión zapador, el avión común, el vencejo, el cuco, el grillo topo, la luciérnaga y tres de las moscas para trucha más importantes de la zona: la Brachycentrus subnubilis, la efímera y la Halesus digitatus. Los pescadores tiraban sus cañas hasta bien entrada la tarde e incluso llegaban a quedarse en vela toda la noche, dando cabezadas frente a las brasas de la chimenea del salón del Boot Inn de Houghton, para intentar pescar en la concurrida hora que precede al amanecer. Cuando las condiciones eran menos propicias, pasaban los días y las noches escribiendo poemas, dibujando o pintando, haciendo trucos de magia o pensando en nuevas formas de disfrutar de su pesca: «Un lucio pequeño envuelto en papel húmedo y cocinado doce minutos bajo la ceniza caliente de la chimenea del Boot resultó ser un auténtico manjar cuando lo llevamos a la mesa».
Sin embargo, dedicaban la mayor parte de su tiempo a debatir sobre la eclosión de las moscas, la metamorfosis de las larvas acuáticas en insectos capaces de conseguir que la precavida trucha cometa un desliz y acabe en el anzuelo de un pescador. Las dos reuniones principales del club, con banquetes en la carpa, se celebraban con motivo de la eclosión de la Brachycentrus subnubilis en abril y de la efímera a finales de mayo. En la época de las diligencias resultaba fundamental que los pescadores, hombres importantes cuyo tiempo era muy valioso, pronosticasen cada eclosión con exactitud y planearan muy bien su salida de Londres, para evitar perder dinero y pasarse los días en el hotel Grosvenor, impacientes, tamborileando con los dedos en la tapa de Tácticas menores en los ríos calizos, de Skues, u hojeando El pescador con mosca y el punto de vista de la trucha, del coronel E. W. Harding, mientras aguardaban el feliz advenimiento de la Ephemera danica.
En una entrada del diario del 17 de abril de 1830, presa de «un estado de pura incertidumbre» sobre la eclosión de la mosca por culpa del tiempo ventoso y encapotado, Edward Barnard anotaba «las observaciones que podrían permitirme, estando lejos de los ríos Itchen y Test, pronosticar el período exacto de la eclosión de la efímera en sus aguas». A Barnard, nieto y tocayo de un famoso rector de Eton, lo apodaban «Piscator» cuando estudiaba allí, pues era un discípulo obsesionado por el arte de Izaak Walton. Para Barnard, la floración del tulipán en los jardines de Londres era el primer indicio, al que se sumaban la florescencia del espino blanco, del saúco y del mundillo, y la presencia de semillas llenas en la aliaria. La confirmación definitiva de la eclosión inminente de la mosca de mayo en Hampshire era la floración completa de la peonía roja doble en Islington o Chelsea. El nacimiento del impredecible insecto podía adelantarse, como ocurrió el 18 de mayo de 1848, o retrasarse hasta el 11 de junio, como en 1855.
La obsesión del club por la metamorfosis de la Ephemera danica no solo era motivo de la comilona celebrada en su carpa, llamada sencillamente «la Efímera», sino también de una intricada prosa en el diario del club: «Una notable característica de determinadas criaturas (tanto vertebradas como invertebradas) consiste en su hábito de pulular, en cantidades anormales y a intervalos irregulares, estimuladas por la concatenación favorable de unas condiciones físicas cuya naturaleza no hemos podido reconocer hasta la fecha». Mientras los miembros del Houghton Club, en el banquete de la mosca de mayo, brindaban por «la generación eclosionante», se contaban batallitas de pesca y anécdotas de historia natural, que Barnard animaba con su «profunda querencia por el absurdo». Como cuando el coronel Wigram, al ver una rata en el río, tiró la caña, la enganchó de la pata delantera derecha y la sacó a la orilla. O cuando James Faithful, uno de los guardas del club, pescó una inmensa y escurridiza trucha, el 29 de julio de 1859, usando de cebo los intestinos de una gallineta. Ese mismo mes, la orquídea de los pantanos floreció en la pradera de Machine Meadow. En una ocasión, atraparon una anguila, toda cubierta de manchas amarillas, y el Museo Británico declaró que se trataba de un ejemplar semialbino; y, el 14 de julio de 1886, el deshollinador del pueblo cazó otra, de color rosa crema, con la aleta dorsal de un amarillo intenso. Cuando asfaltaron por primera vez y llovió, la efímera confundió la calle con el río y puso sus huevos en el asfalto reluciente. Y, el 17 de julio de 1853, el señor Warburton pescó un lucio de casi tres kilos y descubrió en su estómago otro lucio de medio kilo, una rata topera y un cangrejo de río vivo, «que se fue nadando alegremente cuando lo devolvió al agua».
En 1854 mataron nueve nutrias en aguas del club; el diario refleja con frialdad, año tras año, la continua guerra entre los guardas y ellas. Quién sabe por qué, quizá por costumbre, siempre se llevó un registro meticuloso de su peso: «Una buena nutria macho, 9,52 kg. Una hembra, 7,26 kg. Otro macho, 10,23 kg.». A veces las atrapaban, pero no las mataban; puede que las dejasen sueltas en otro sitio, para regocijo de los sabuesos. Ahora ya no quedan nutrias en el Test.
Cuando soplaba el viento del norte y los miembros se quedaban encerrados, el club se convertía en un salón literario. Escribían canciones, componían pareados épicos en el porche y apuntaban versos latinos en el diario. Se mofaban los unos de los otros y trataban con cariño y condescendencia a los guardas del río, Faithful y Harris, por sus coloridas expresiones: «7 de mayo de 1862, Faithful loquitur: “Sí, ¡los leuciscos son unos fulleros escuchimizados! Se cuelan por las redes de cinco centímetros sin inmutarse. Pero los rutilos, con el gorgoteo ese que hacen, son los peores; canallas como ellos solos”». En otra entrada se recogen las observaciones de otro hombre de Stockbridge: «Ha sido una noche movidita y los remolinos de esta mañana no me gustan un pelo, vienen fatal para la pesca. Además, anoche oí a las anguilas dando coletazos: sabe Dios que eso nunca ha sido buena señal». De cuando en cuando, se cuela en el diario la carta de algún guarda, expresiones rocambolescas incluidas, ulterior motivo de hilaridad entre los bien nacidos: «Junio de 1830. Señor, tengo bien a escribirle a usted para ponerle a la corriente que la semana pasada los pescadores furtivos nos hicieron padecer lo que no está escrito, y el domingo en la mañana, que no serían ni las siete, habíamos unos cuantos vigilando y los vimos al lado nuestro».
La acogedora sensación que transmiten las Crónicas del Houghton, digna de El viento en los sauces, se intensifica merced al estrecho vínculo que existe entre los miembros del club y su tramo de río: absolutamente todos los lugares de este paisaje tienen nombre. Seguí avanzando río abajo, nadando si era lo bastante profundo, vadeando o chapoteando por las frecuentes zonas someras, asombrado por la abundancia de truchas. Los nombres locales que había leído en las Crónicas eran tan íntimos y evocaban tal familiaridad que tuve una sensación nitidísima de que ese no era mi sitio, de que era un intruso. Sin embargo, también me cautivaba el mundo descrito en el diario: la Isla de la Bota, el Tronco Quebrado, el Prado del Tonelero, el Puente del Borrego, el Tronco del Curtidor, la Charca de Goff o el Molino de Bossington me parecían tan desconcertantes como los apodos de la gente y los sitios cuando eres el nuevo del colegio. Sin embargo, y a pesar de su gran atractivo natural, me resultaba imposible obviar que ese río era un club muy selecto, gestionado artificialmente para beneficio de unos pocos afortunados.
