Dime cómo oras y te diré cómo predicas - Alex Chiang - E-Book

Dime cómo oras y te diré cómo predicas E-Book

Alex Chiang

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En esta obra, Alex Chiang nos ofrece consejos muy prácticos en torno a la tarea que tienen por delante los predicadores del evangelio. La premisa básica detrás de estos consejos es que la crisis de la predicación es fundamentalmente una crisis de la espiritualidad. La obra se divide en dos grandes secciones en torno a la vida de oración que el predicador debe tener y el acto de predicar en sí: Dime cómo oras… y te diré cómo predicas. Usa como ejemplo la vida de oración de Jesús y su ministerio de predicación. Para ello, recurre a los evangelios de Lucas y Mateo con el fin de demostrar características importantes y vitales en la vida de todo predicador. Culmina sus consejos con un estudio de la vocación y la vida de Jeremías y su proclamación profética. Este libro será útil no solo para su uso en los talleres de Langham Predicación, sino también en otros contextos donde se desea formar a predicadores con los fundamentos básicos de una vida espiritual que se vea reflejada en la predicación.

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Seitenzahl: 184

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Sinopsis

En esta obra, Alex Chiang nos ofrece consejos muy prácticos en torno a la tarea que tienen por delante los predicadores del evangelio. La premisa básica detrás de estos consejos es que la crisis de la predicación es fundamentalmente una crisis de la espritualidad. La obra se divide en dos grandes secciones en torno a la vida de oración que el predicador debe tener y el acto de predicar en sí: Dime cómo oras... y te diré cómo predicas.

Usa como ejemplo la vida de oración de Jesús y su ministerio de predicación. Para ello, recurre a los evangelios de Lucas y Mateo con el fin de demostrar características importantes y vitales en la vida de todo predicador. Culmina sus consejos con un estudio de la vocación y la vida de Jeremías y su proclamación profética.

Este libro será útil no solo para su uso en los talleres de Langham Predicación, sino también en otros contextos donde se desea formar a predicadores con los fundamentos básicos de una vida espiritual que se vea reflejada en la predicación.

Dime cómo oras y te diré cómo predicas

Reflexiones en torno a la predicación y la espiritualidad

© 2025 Alex Chiang Nicolini

© 2025 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip)

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2025-08748

Primera edición digital, agosto de 2025

Categoría: Religión - Ministerio cristiano - Predicación

ISBN N° 978-612-5026-54-5 | Edición digital

ISBN N° 978-612-5026-52-1 | Edición impresa

Editado por:

© 2025 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip)

Para su sello editorial: Ediciones Puma

Av. 28 de Julio 314, Int. G, Jesús María, Lima

Apartado postal: 11-168, Lima - Perú

Telf.: (51) 993246266

E-mail: [email protected] | [email protected]

Web: www.edicionespuma.org

Ediciones Puma es un programa del Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip)

Edición: Alejandro Pimentel

Diagramación y ePub: Hansel J. Huaynate Ventocilla

Reservados todos los derechos

All rights reserved

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o introducida en un sistema de recuperación, o transmitida de ninguna forma, ni por ningún medio sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro, sin previa autorización de los editores.

Salvo indicación especial, las citas bíblicas se han tomado de la Reina-Valera 1960.

ISBN N° 978-612-5026-54-5

Disponible en: www.edicionespuma.org

A Jorge, Igor, Dionisio y Wilfredo, mis compañeros de risas, sueños y lágrimas. Juntos sembramos con Jesús las semillas de una nueva humanidad.

Prólogo

Recuerdo muy bien aquel día. Mientras diez facilitadores nos reuníamos en la India para una semana de capacitación, el virus de covid-19 ya empezaba a diseminarse por China. Los talleres de la semana concordaban con los temas de entrenamiento básico, en los que se le pedía a cada participante que enseñara una sesión y que luego se tendría un debate donde cada participante contribuiría con algo positivo a la enseñanza.

En la mañana del último día de la capacitación, el pastor Sukhwant del Estado de Odisha, lugar sin igual en la India en lo que se refiere al nivel de persecución que han sufrido los cristianos desde la anterior generación, nos dirigió la palabra con el fin de enseñarnos acerca de la integridad del predicador. Empezó afirmando algo que jamás se me olvidará: «si obtenemos la máxima calificación en predicación pero una nota mediocre en nuestra reputación, habremos fracasado como predicadores». Fue tan sencillo lo que dijo y a la vez tan profundo.

Plasma aquella preocupación que intentamos resolver en el ministerio de Langham Predicación. Cuando se hace la pregunta acerca del propósito de los entrenamientos que ofrecemos, todos y en todo lugar responden: «ser fiel al texto bíblico, tener claridad en la presentación y ser pertinentes a nuestros oyentes». Si logramos ver estas cualidades en los sermones, habremos entonces logrado tener éxito.

No, no es cierto —nos recordó Sukhwant.

Nuestro propósito no es tan solo saber preparar buenos sermones, sino lograr preparar a buenos predicadores. El entrenamiento que ofrecemos debe girar en torno a la predicación y los predicadores. Estos deben poseer «firmeza en sus convicciones», que se sostiene a lo largo de sus vidas por una teología de predicación y un carácter como el de Cristo, el cual produce fruto en sus vidas por la vía de la espiritualidad.

Y es por ello que me siento tan agradecido por este libro de Álex Chiang. Tal como lo ha expresado en el inicio del capítulo 7: «A lo largo de este libro hemos explorado las implicaciones de cultivar una espiritualidad desde abajo, para la vida de oración y la predicación». Esto es lo que necesitamos escuchar y, por la gracia de Dios, aplicarlo a nuestras vidas.

En los primeros capítulos, Álex dedica tiempo al Evangelio de Lucas analizando los distintos momentos de la vida de oración de Jesús, antes de concentrarse en la parábola del fariseo y el publicano con el fin de mostrar la diferencia entre una oración y predicación «desde arriba» y «desde abajo». Estas páginas cautivaron mi atención. No quería que su contenido llegara a su final. Combina las enseñanzas del texto bíblico con anécdotas de su propia vida, de tal manera que manifiestan certidumbre y sensibilidad. Nos abre su propia vida con franqueza. Todo ello me fuerza a recordar que la vida en comunidad se fortalece no tanto cuando damos a conocer nuestras virtudes y fortalezas sino cuando manifestamos nuestras debilidades. La manera en que Álex comparte esto suscita mi interés en su vida y, más importante aún, me empodera de una forma extraña a unirme a su peregrinaje.

Luego de un capítulo donde ofrece ejemplos de su propias «oraciones desde abajo» en respuesta a las verdades de las Escrituras y en donde nos anima indirectamente a «hacer lo mismo», Álex nos muestra algunas de las conclusiones producto de los sabios consejos que nos ha compartido. Nos ofrece un capítulo sobre las tentaciones que experimenta el predicador, cuando analiza aquellas tentaciones que Jesús sufrió en Mateo 4; luego otro capítulo sobre los enemigos de la predicación, cuando analiza la enseñanza de Jesús en Mateo 6 respecto a la hipocresía y las palabras vanas; y continua con la importancia de predicar con humildad, cuando aborda el ejemplo de Jesús en Mateo 11.

A pesar de estar en continentes distantes, Sukhwant y Álex están de acuerdo: «La crisis de la predicación es en el fondo una crisis de la espiritualidad» (capítulo 2). Ya sea que necesites convencerte de que esto es verdad o quieras responder a ella, acepta la oferta de leer este libro.

Paul Windsor

Director del Programa, Langham Predicación

Introducción

El libro Una espiritualidad desde abajo de Anselm Grün y Meinrad Dufner ha dejado una profunda huella en mí. Cuando intentaba describir la propuesta que desarrolla en sus páginas, me encontré con esta desafiante definición:

«Una forma de vivir la fe que parte de la realidad concreta de la vida humana, especialmente de las experiencias de vulnerabilidad, sufrimiento y lucha cotidiana. Es un enfoque que rechaza los triunfalismos espirituales para abrazar una relación con Dios marcada por la humildad, la solidaridad con los más pequeños, y la transformación desde los fundamentos de la existencia humana. Esta espiritualidad no busca evadir el mundo, sino encarnarse en él, reconociendo que es allí, en lo sencillo y lo frágil, donde Dios se revela de manera más profunda y cercana».1

Si bien su planteamiento es amplio y abarca todos los aspectos de la vida cristiana, me concentré especialmente en sus implicaciones para enriquecer y hacer más fructífera la práctica de la oración en quienes tenemos la responsabilidad de predicar. De este enfoque surgieron dos conceptos clave: «orar desde abajo» y «predicar desde abajo», los cuales describen la manera de orar y predicar que no busca a Dios en alturas inalcanzables sino en lo cotidiano, en medio de nuestras fragilidades e imperfecciones.

La influencia de Jorge Atiencia, a quien considero el mejor predicador que haya surgido en nuestro continente y con quien he caminado la mayor parte de mi vida cristiana, es claramente visible en muchos de los conceptos plasmados en este libro, los cuáles aprendí directamente de él. No los destaco en forma específica, porque su nombre estaría presente en numerosas páginas. Mi eterna gratitud hacia mi amigo, compañero, mentor y padre espiritual es incalculable.

También he incluido algunas reflexiones bíblicas que han inspirado, guiado y moldeado mi vida de oración, siempre en estrecha conexión con su inseparable compañera: la predicación bíblica.

El libro está dividido en dos secciones. La primera se titula: Dime como oras, y la segunda: te diré como predicas. Si unes estas dos frases encontrarás el encabezado de esta obra: Dime como oras y te diré como predicas. En la primera sección del capítulo 1 resalto la vida y predicación de Jesús como una extensión de la profundidad de su vida de oración. En el capítulo 2, a través de una lectura creativa de la parábola del fariseo y el publicano, voy introduciéndome a dos conceptos claves en este libro: orar y predicar desde abajo. Termino este bloque ilustrando testimonialmente mi peregrinaje en el desafío de aprender a orar desde abajo. En la segunda sección, en el capítulo 4, describo los amargos frutos de orar y predicar desde arriba: la hipocresía y la palabrería en el púlpito. En el capítulo 5, las tentaciones del predicador, veremos al diablo encarnando, en su máxima expresión, la predicación desde arriba. En contraste, veremos a Jesús que lucha heroicamente por mantenerse como un predicador desde abajo. El siguiente capítulo, el 6, reflexiono sobre los fundamentos y desafíos de predicar con humildad, el cual es el mejor sinónimo de proclamar la Palabra de Dios desde abajo. Finalmente, cierro este libro mostrando la vida de uno de los siervos de Dios del Antiguo Testamento, cuya vida y mensaje ha inspirado a un sinnúmero de predicadores hasta la actualidad: el profeta Jeremías, un hombre que vivió y anunció el mensaje de Dios desde lo más hondo de su ser. Y como un regalito extra, incluyo un anexo de un taller sobre el cultivo de la espiritualidad desde abajo como el mejor camino para vivir y predicar la Palabra de Dios.

Es mi anhelo que puedas encontrar en este libro una perspectiva fresca de la oración y la predicación, y una invitación para caminar con Dios manteniendo los pies en la tierra y el corazón en la eternidad.

1 Ver Anselm Grün y Meinrad Dufner, Una espiritualidad desde abajo (Buenos Aires: Ágape Libros, 2014).

Dime cómo oras…

Capítulo 1

Para predicar como Jesús hay que orar como Jesús

Introducción

El evangelio escrito por Lucas se conoce como el «Evangelio de la oración», porque ningún otro registra tantos momentos de oración en la vida de Jesús como lo hace Lucas. A la vez, es quien mejor destaca la humanidad de Cristo, al referirse a él constantemente como «el Hijo del Hombre». Cuando uno se pregunta ¿por qué este doble énfasis, tanto en su ministerio de oración como en el misterio de su humanidad? Para procurar encontrar una respuesta, imaginemos que un amigo me pregunte: ¿cuál es el mayor anhelo de tu vida? Sin dudarlo respondería: mi mayor anhelo es llegar a ser como Jesús. En otras palabras, quisiera amar, obedecer y servir a Dios con todo el corazón, como lo hizo Jesús. Al escuchar esto, seguro que mi interlocutor me diría: estás loco, eso es imposible, nadie puede ni debe tener esa clase de aspiración, porque Jesús es Dios y tú eres un simple ser humano. Lucas quiere rebatir este argumento. Y la manera de hacerlo es conectando la espiritualidad de Jesús (que se manifiesta en su práctica de oración) con su profunda humanidad. En otras palabras, Lucas nos quiere mostrar que Jesús llegó a ser la clase de persona que fue, sin tomar ventaja de su condición divina, recurriendo únicamente a aquellos recursos espirituales disponibles para todos sus seguidores. Y uno de esos recursos fue su constante y profunda vida de oración.

Por el contrario, me atrevería a escribir que la gran tentación a la cual Jesús fue expuesto durante su vida terrenal, fue más bien utilizar su poder divino para cumplir la misión que su Padre le encargó. Presta atención, como al inicio de su ministerio, en el desierto de Judea, la voz de Satanás le susurró en dos oportunidades «Si eres Hijo de Dios di a estas piedras que se conviertan en pan» (Lc 4.3) y «Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo» (Lc 4.9). En otras palabras, si eres Dios usa tu poder para calmar tu hambre y el de las multitudes que te siguen. Si eres Dios usa tu poder y ordena a los ángeles que te salven cuando te arrojes de la parte más alta del templo ante los ojos del pueblo. Y esa tentación lo acompañó hasta el final. Mientras agonizaba clavado en una cruz la gente le gritaba: «Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz» (Mt 27.40). Dicho de otro modo, si eres Dios, usa tu poder para librarte del sufrimiento y la muerte. Pero, una y otra vez rehusó hacerlo, a pesar de que Jesús, como Hijo de Dios, siempre mantuvo todos sus atributos divinos, incluido su poder. La razón para negarse a emplear su poder como Dios Hijo radicaba en la manera en que Dios Padre determinó redimir a su creación. Un ser humano fue el que pecó, un ser humano tenía que morir en su lugar. Si Jesús usaba su poder divino quedaba descalificado para ser nuestro fiel sustituto en la cruz.

Pero de otro lado, Jesús no solo anhelaba ser nuestro salvador, ocupando nuestro lugar en la cruz, y recibiendo el castigo que merecíamos por nuestras transgresiones, él también quería ser el paradigma de una nueva humanidad. Pero, si cedía a la tentación de recurrir a alguna clase de recurso inaccesible para los seres humanos comunes y corrientes como nosotros, quedaría automáticamente desechado para ser modelo de hombre y mujer nueva.

Después de situar la espiritualidad de Jesús en el marco de su plena humanidad, como una exigencia ineludible para nuestra salvación y transformación, contemplaremos a Jesús cultivando una vida de intimidad con Dios por medio de la oración. Al hacerlo, recordemos que Jesús anhela que nosotros tengamos la misma clase de comunión con Dios que él tuvo y sigue teniendo con su Padre.

Primer momento en la vida de oración de Jesús (Lc 3.21-22)

Si estuvieras a la orilla del río Jordán y preguntaras a una de las muchas personas que esperan para ser bautizados por Juan, si conoce a un tal Jesús de Nazaret, seguro que te respondería que jamás ha escuchado tal nombre. La razón de ello es que Jesús está en la etapa inicial de su ministerio y nadie ha oído alguna de sus sabias enseñanzas ni ha sido testigo de sus señales milagrosas. Jesús inicia su servicio a Dios siendo un total desconocido.

Aquí vemos a Jesús que desciende a las aguas de este río contaminado por la multitud de pecados e inmoralidades de quienes simbólicamente venían a purificarse en respuesta al llamado al arrepentimiento que predicaba Juan el Bautista. De esta manera, Jesús comienza a identificarse con nuestra condición humana caída. Jesús emerge del Jordán empapado de la suciedad del alma del pueblo, y por eso llegó a ser un predicador que conocía las necesidades y miserias de las multitudes que lo oían, frente a las cuáles solo sentía compasión. Cuánto anhelo ser esa clase de predicador.

Hay frases en Lucas que uno quisiera extraerlas del libro y colgarlas en una pared por lo hermosas y profundas que son. Una de ellas es:

«Y orando, el cielo se abrió».2

Aquí encontramos una de las definiciones más breves del propósito de la oración. La oración se presenta sutilmente como una llave, pero una llave muy especial, porque tiene la capacidad de abrir las puertas del cielo. Pero ¿qué es el cielo? El cielo es mucho pero mucho más que el lugar donde van los cristianos cuando mueren. El cielo es el espacio donde se experimenta la presencia de Dios.

Qué desafío para todo predicador, no solo debemos ser predicadores con olor a pueblo, sino también predicadores que anhelamos servir a Dios con el cielo abierto. Y nada abre mejor el cielo que la oración.

Ahora bien, cuando el cielo se abre gracias a la llave de la oración, acorde a la vivencia de Jesús, normalmente ocurren dos cosas: primero, «desciende el Espíritu» y segundo, «viene una voz del cielo». En términos más simples, cuando entramos en la presencia de Dios, gracias a la oración, experimentaremos la presencia renovadora del Espíritu y escucharemos la voz de Dios.

El mundo pentecostal usa la frase «predicación ungida» para dar testimonio de un predicador lleno del Espíritu Santo. Aunque no es fácil definirla es fácil reconocerla.

Muchos predicadores hemos vivido la experiencia de predicar y sentir alguito de esa unción indefinible pero identificable. Y es cuando uno tiene la oportunidad de escuchar el sermón que ha predicado y percibe claramente que los contenidos expuestos y la forma de comunicarlos escapa a su capacidad natural, a tal punto que si alguien le pidiera repetir el sermón, siente que no podría hacerlo, porque fue más allá de lo que era humanamente capaz de hacer. Mientras se ve y oye predicar, no deja de repetirse: «ese no soy yo».

La otra manifestación cuando «el cielo se abre» es escuchar a Dios hablar. Qué importante es entender esto para todos los cristianos pero en especial para los predicadores. Predicar no es el arte de hablar, predicar es el arte de oír. Y lo primero que un predicador debe oír es a Dios. Predicar es mucho más que elaborar un discurso, porque si fuera así la Inteligencia Artificial podría preparar mejores sermones.

Y ¿cuáles son las palabras más hermosas que podemos escuchar de Dios? Sin lugar a duda las que escuchó Jesús a orilla del río Jordán: «tú eres mi hijo amado». Poder escuchar a Dios decirnos no sólo que somos sus hijos, sino también que nos ama profundamente, es una de las experiencias más impactantes y transformadoras de la vida cristiana. Así que estas palabras nos ubican en el centro de la oración: «cultivar una relación íntima y tierna con Dios nuestro Padre». En resumidas cuentas, el propósito final de la oración es disfrutar de una vida de comunión con Dios. Y esa es la tarea central de todo predicador: mostrar cómo cada texto de la Biblia es una declaración del amor de Dios, aunque a veces se comunique con frases de juicio y castigo.

La voz que viene del cielo añade algo más a las palabras de un Padre enamorado de su Hijo:

«en ti tengo complacencia».

De esta manera le comunica cuan complacido y satisfecho se siente como Padre. No sólo ama a su Hijo sino está rebosantemente orgulloso de él.

Recuerdo la relación con mi propio hijo. Cuando estaba en el colegio algunas veces me llamaban de la dirección para comunicarme de algún comportamiento inadecuado de él. Mientras describían la mala conducta de mi hijo, pensaba dentro mío: «qué voy a hacer, es mi hijo». Pero hubo otros momentos en que él recibía reconocimientos por sus logros académicos o deportivos, y en ese momento, aunque trataba de disimularlo, con mi pecho lleno de orgullo, me decía a mí mismo: «él es mi hijo». Esto me hace reflexionar en las dos maneras en que Dios declara que somos sus hijos. Cuando no vivimos a la altura de nuestra condición como hijos de Dios me imagino a nuestro Padre celestial diciendo mientras nos mira con tristeza: «qué voy a hacer, él… él, es mi hijo». Pero cuando le honramos, pensando, sintiendo y actuando como lo haría un hijo de Dios, seguro que Dios nos ve del cielo y grita de alegría a toda su creación: «mírenlo, él… él es mi hijo». Pero, más allá que nuestras vidas traigan tristeza o alegría al corazón de nuestro Padre, Dios jamás va a negar, en las buenas y en las malas, que somos sus hijos y que nos ama profundamente.

Cuán importante es recordar esto cuando predicamos. No cansarnos de repetir la incondicionalidad del amor de Dios. Como lo escuché alguna vez y lo repito constantemente a mis hijos: «no hay nada que puedan hacer para que yo los ame más y no hay nada que puedan hacer para que yo los ame menos». Y los amo así, porque así también nos ama Dios nuestro Padre. Cuando predicamos a personas que sienten haber defraudado a Dios, que el mensaje de su amor incondicional y no el temor al castigo sea quien los traiga de vuelta a los brazos de nuestro Creador.

Segundo momento en la vida de oración de Jesús (Lc 5.15-16)

Ha pasado un tiempo desde que un desconocido Jesús oró mientras era bautizado. Ahora se ha convertido en el hombre del momento. Todos alrededor de Galilea han oído de este maestro en quien la voz de Dios vuelve a resonar en la tierra y poderosos milagros de sanidad son hechos por su mano. Lucas lo expresa así:

«Pero su fama se extendía más y más, y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades».

Cuántos líderes y predicadores, sin importar los años de experiencia, tenemos que aprender de Jesús. Cuando inicia su ministerio lo hace orando. Y cuando logra alcanzar fama y reconocimiento, persiste en continuar orando. Mientras escribo estas líneas, recuerdo mis primeras invitaciones para predicar. Tenía muy clara la convicción de que era una tarea espiritual y demandaba una preparación que sobrepasaba lo académico; esto produjo que la oración permeara significativamente el proceso de elaboración y entrega del sermón. Cómo le suplicaba a Dios aplicar primero a mi vida cada verdad que iba a anunciar desde el púlpito. Esperar que Dios hablara a través mío, y quienes me escuchen reciban mis palabras como provenientes de Dios, hacía de mis oraciones no un deber sino una profunda necesidad. Cuánto clamaba a Dios por la dirección de su Espíritu, suplicándole tener la sabiduría, sensibilidad y el poder necesario para representar a Dios dignamente al abrir las Escrituras. Y finalmente, oraba para que Cristo sea glorificado y el propósito de su muerte y resurrección se cumpla por medio de la predicación de la Palabra de Dios. Pero con dolor reconozco que, con el paso de los años, comienzo a depender más de mi experiencia, erudición y elocuencia; y cada vez menos de Dios y de su Espíritu. Con tristeza percibo cómo poco a poco predico más, pero oro menos.

Como vimos anteriormente, Jesús ahora es un predicador con la agenda llena. Dice Lucas:

«se reunía mucha gente para oírle y para que les sanase de sus enfermedades»

En esta etapa de la vida y el ministerio, mantener una vida de oración nos va a costar mucho más. El relato continúa diciendo: