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Doña Perfecta (1876) sitúa en Orbajosa el choque entre el ingeniero liberal Pepe Rey y su tía, la devota y férrea Doña Perfecta, instigado por el canónigo Don Inocencio. Con una narración omnisciente que incorpora pasajes epistolares, Galdós radiografía caciquismo, clericalismo y retórica del honor. El paisaje áspero y las ruinas funcionan como correlato moral, mientras el diálogo ágil y la ironía costumbrista se subordinan a una tesis clara: la España tradicional frena el progreso. El desenlace, trágico y sin maniqueísmos, muestra el precio social de la intransigencia en los albores de la Restauración. Benito Pérez Galdós, canario afincado en Madrid, fue cronista de la vida española y diputado liberal; su formación periodística y el trato con círculos krausistas, así como la lectura de Balzac y Dickens, afinaron su mirada analítica. En sus "novelas de tesis" —Gloria, La familia de León Roch, Doña Perfecta— combina examen psicológico y crítica institucional. La obra nace de su experiencia de la Revolución del 68 y la Restauración, y de su interés por ciencia e ingeniería como emblemas de modernidad. Recomiendo Doña Perfecta por su lucidez y vigencia: se lee con fluidez y obliga a pensar la convivencia entre tradición y progreso. Quickie Classics resume obras atemporales con precisión, preserva la voz del autor y mantiene la prosa clara, ágil y legible: destilada, nunca diluida. Extras de la Edición enriquecida: Introducción · Sinopsis · Contexto histórico · Biografía del autor · Análisis breve · 4 preguntas de reflexión · Notas editoriales.
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Veröffentlichungsjahr: 2026
En Doña Perfecta late, con pertinacia casi implacable, la colisión entre una idea de progreso fundada en la razón y la educación y un orden tradicional aferrado a la autoridad moral y al peso del rito, una lucha que se libra no en grandes plazas públicas, sino en la intimidad de la familia, en los corredores de una ciudad de provincias y en los silencios cargados de sospecha, donde cada gesto cotidiano puede convertirse en frontera ideológica y cada palabra, en señal de pertenencia o de destierro dentro de una comunidad que teme lo que no reconoce.
Publicada en 1876, Doña Perfecta pertenece a la etapa realista de Benito Pérez Galdós y se inserta en sus llamadas novelas de tesis, concebidas para examinar con pulso narrativo y rigor crítico algunos dilemas centrales de la España decimonónica. La acción se sitúa en Orbajosa, ciudad ficticia del interior peninsular, cuyo aislamiento y vida cotidiana permiten a Galdós desplegar un laboratorio social donde observar tensiones de la época. Escrita en los inicios de la Restauración, la obra dialoga con el clima de recomposición política y con el debate, entonces candente, sobre el alcance de la ciencia, la educación y la tradición religiosa.
El punto de partida es claro y engañosamente apacible: un joven ingeniero, formado en ambientes urbanos y liberales, viaja a Orbajosa para visitar a su tía, la respetada Doña Perfecta, y considerar un enlace con su prima. A partir de ese arranque, la novela construye un cerco de miradas, favores, recelos y expectativas, donde la cortesía inicial va dejando paso a un clima de vigilancia moral. El narrador, omnisciente y sutilmente irónico, alterna descripciones precisas con diálogos de tensión contenida, de modo que el lector percibe cómo el paisaje y las conversaciones más triviales preparan un conflicto latente sin anunciar su desenlace.
Galdós afina aquí un realismo de observación minuciosa que se nutre del costumbrismo sin perder densidad psicológica ni filo satírico. La prosa, clara y elástica, incorpora giros de la oralidad y un sentido del ritmo que hace avanzar la trama con pausas y aceleraciones calculadas. La arquitectura de escenas —salas, calles, atrios, huertas— funciona como caja de resonancia de prejuicios y lealtades, mientras que el uso de la focalización permite entrar y salir de conciencias opuestas sin desdibujar la distancia crítica. El resultado es una lectura inmersiva donde la tensión moral se siente primero como rumor y luego como presión asfixiante.
Entre sus temas cardinales destacan el choque entre tradición y progreso, la confusión entre moral religiosa y poder social, la resistencia al conocimiento técnico y a la educación laica, y el peso de los vínculos familiares como instrumento de control. La obra explora cómo la apariencia de virtud puede encubrir intereses, miedos y jerarquías, y cómo el rumor colectivo funciona como tribunal sin garantías. También interroga la noción de patriotismo local frente a la nación moderna, la obediencia frente a la conciencia individual y el papel, nada menor, de las mujeres como administradoras del prestigio doméstico y guardesas de una ortodoxia que estructura la comunidad.
Que un texto del siglo XIX conserve vigencia no obedece al color de época, sino a la lucidez con que reconoce patrones perdurables: la polarización que simplifica y divide, la instrumentalización de la fe y del honor para fines de dominio, el miedo a la diferencia traducido en exclusión. Doña Perfecta dialoga con debates actuales sobre educación, ciencia, libertades civiles y convivencia plural, y muestra cómo el lenguaje —sea sermón, consigna o chisme— fabrica realidades. Leída hoy, invita a desconfiar de los absolutos morales, a observar los mecanismos de presión comunitaria y a reclamar espacios donde el disenso no equivalga a traición.
Esta novela no ofrece estridencias, sino una precisión de relojería con la que cada escena añade un diente más a la rueda del conflicto, hasta que el lector siente que no hay gesto inocente ni refugio seguro. Sin anticipar su desarrollo, baste señalar que la experiencia de lectura combina goce estético y examen ético: se disfruta la pericia del narrador y se mide, a la vez, el alcance de nuestras propias convicciones frente a la alteridad. En esa doble exigencia, Doña Perfecta se sostiene como pieza mayor del realismo español y como espejo incómodo de cualquier comunidad que se crea dueña de la verdad.
Publicada en 1876, Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós, es una novela realista que sitúa su trama en Orbajosa, ciudad de provincias donde conviven orgullos antiguos y ansiedades por el cambio. El eje argumental enfrenta el impulso liberal y científico con la moral tradicional y el poder eclesiástico. La historia se activa cuando Pepe Rey, joven ingeniero educado en ambientes urbanos, viaja desde Madrid para conocer a su tía, doña Perfecta, y evaluar un matrimonio con su prima Rosario, proyectado como alianza familiar. Desde ese arranque, el relato observa con minucia costumbres, jerarquías y tensiones larvadas que pronto condicionarán los deseos privados.
A su llegada, Pepe Rey descubre una localidad devota, celosa de sus privilegios y desconfiada de lo que huela a modernidad. Doña Perfecta lo recibe con cortesía ejemplar y le abre la casa, donde Rosario aparece como figura dulce y obediente, educada en la piedad y el recato. Entre las primeras visitas está don Inocencio, canónigo influyente, árbitro moral de Orbajosa y consejero cercano de la anfitriona. El ambiente festivo y protocolario no oculta ciertas reservas ante el forastero ilustrado. La narración va registrando miradas, silencios y chismes que, sin agresión abierta, anticipan fricciones entre el pensamiento técnico de Pepe y el orden local.
Las conversaciones iniciales bordean temas sensibles: fe, política y las conveniencias del progreso. Pepe, confiado en la razón y en su franqueza, defiende con mesura ideas reformistas; doña Perfecta escucha, sonríe y toma nota. Don Inocencio sopesa cada palabra, mide aliados y posibles escándalos. En la plaza y en los corrillos, el nombre del ingeniero circula acompañado de adjetivos que oscilan entre la admiración y el recelo. Figuras como Caballuco, adalid de un localismo aguerrido, son presentadas como garantes del orden tradicional. Bajo la cordialidad, se instala una expectativa: comprobar si el visitante se someterá a los códigos de Orbajosa.
El vínculo entre Pepe y Rosario se estrecha con naturalidad, alentado por la idea inicial del enlace. Sin embargo, conforme crece el afecto, también se agudiza un examen doctrinal. Doña Perfecta, protectora del honor familiar, empieza a calibrar la conveniencia del matrimonio con criterios religiosos y sociales. Don Inocencio introduce reservas, recuerda precedentes, pondera riesgos para la reputación. Se sugiere a Pepe que module sus opiniones para evitar choques; él intenta ser prudente sin traicionar su identidad. En ese delicado equilibrio, la cortesía se vuelve protocolo y el protocolo, mecanismo de control. La casa hospeda sonrisas medidas y advertencias implícitas.
El conflicto se amplía desde lo doméstico a lo público. Sermones y conversaciones insisten en que ciertas novedades amenazan costumbres y jerarquías. Se comentan proyectos de modernización y se asocian, no sin exageración, con pérdidas materiales y simbólicas para la comunidad. Orbajosa, cuya economía y prestigio descansan en equilibrios frágiles, percibe en Pepe un emblema de injerencias externas. Se tejen alianzas discretas entre clérigos, notables y hombres de acción como Caballuco, dispuestos a frenar lo que consideran desorden. La opinión colectiva, moldeada por voces con autoridad, endurece su juicio, y el visitante empieza a ser visto menos como pariente que como problema.
La relación amorosa queda sometida a una vigilancia creciente. Rosario, criada en la obediencia, busca conciliar afecto y deber, pero encuentra a su alrededor un cerco de consejos y cuidados que le señalan un único camino aceptable. Las visitas se regulan, las conversaciones se interrumpen, las cartas encuentran filtros bienintencionados. Pepe procura sostener el noviazgo con respeto a las formas y apelaciones a la familia, aunque cada intento de diálogo tropieza con nuevas condiciones. La intimidad se reduce a instantes furtivos y promesas inciertas, mientras la conciencia religiosa de Rosario es interpelada de continuo. El idilio deriva en prueba moral y psicológica.
A partir de ahí, la hostilidad se hace palpable. Circulan acusaciones de impiedad y de arrogancia foránea; pequeños incidentes se interpretan como desafíos. Trámites legales y gestiones administrativas se vuelven obstáculos, alimentados por informes tendenciosos. Doña Perfecta asume un papel de garante del orden y de la pureza familiar, convencida de que defiende una causa justa. Caballuco y sus partidarios exhiben fuerza, y su presencia disuade a quienes podrían mediar. Pepe intenta abrir vías racionales y busca apoyo en autoridades superiores, pero el diálogo se quiebra: desconfianzas, malentendidos y orgullos encontrados impiden cualquier transacción que salve el vínculo y la convivencia.
El relato avanza hacia un punto de no retorno en el que casa y ciudad se confunden como escenario del conflicto. Encuentros tensos, comunicaciones interceptadas e intervenciones de funcionarios o fuerzas del orden, lejos de apaciguar, exacerban la inestabilidad. En un momento crítico convergen miedo, bravatas y armas, y un error o un arrebato precipita la tragedia. Las consecuencias alteran la vida de los protagonistas y dejan a la comunidad enfrentada a su propio reflejo. Galdós narra esa deriva sin estridencias, subrayando el encadenamiento de decisiones y prejuicios que, sumados, vuelven improbable la reconciliación entre principios opuestos.
Más que una diatriba, la novela ofrece una indagación sobre el fanatismo, el uso estratégico de la religiosidad y los límites del progreso cuando no dialoga con la tradición. Propone personajes complejos, capaces de virtud y de dureza, que encarnan la tensión entre conciencia individual y disciplina social. Su vigencia reside en cómo ilumina la polarización, la manipulación del rumor y la facilidad con que lo político captura lo íntimo. Al cerrar el libro, persiste la pregunta por una convivencia posible entre convicciones diversas sin recurrir a la violencia ni a la imposición, advertencia que trasciende el tiempo y el lugar de Orbajosa.
Doña Perfecta apareció en 1876, en los inicios de la Restauración borbónica en España. El periodo venía precedido por décadas de inestabilidad bajo Isabel II, culminadas en la Revolución de 1868, el breve reinado de Amadeo I y la Primera República (1873–1874). El pronunciamiento de Martínez Campos restauró la monarquía en 1874 con Alfonso XII. En 1876 se promulgó una nueva Constitución, que buscó reconciliar moderación política y orden social. En ese marco, la novela mira hacia la España interior, donde persistían tensiones entre proyectos modernizadores y lealtades tradicionales, y examina cómo las fracturas del siglo XIX condicionaban la vida cotidiana y la convivencia.
La Restauración, diseñada por Antonio Cánovas del Castillo, consolidó un sistema parlamentario basado en la alternancia pactada de partidos y en una administración central fuerte. La Constitución de 1876 reconocía la soberanía compartida del rey y las Cortes, y garantizaba libertades con amplias posibilidades de restricción. Aunque el modelo aspiraba a estabilidad, su eficacia dependía de redes locales de poder, conocidas como caciquismo, que mediaban elecciones y favores. En muchas localidades del interior, el peso de notables, autoridades municipales y clero marcaba la vida pública. El relato sitúa su conflicto en ese terreno institucional ambiguo, donde ley y costumbre compiten por autoridad.
Las relaciones Iglesia‑Estado en el siglo XIX español estuvieron marcadas por el Concordato de 1851, que declaró al catolicismo religión del Estado, restableció privilegios e influyó en educación y matrimonio. En 1864, el Syllabus de Pío IX condenó el liberalismo, reforzando posiciones ultramontanas. El Concilio Vaticano I (1869–1870) definió la infalibilidad pontificia y consolidó la autoridad eclesial. Aunque la Ley Moyano de 1857 ordenó el sistema educativo bajo control estatal, mantuvo una orientación confesional y amplio espacio para la enseñanza religiosa. En las ciudades provincianas, párrocos y órdenes ejercían notable ascendiente social. La obra examina críticamente ese poder moral cuando frena cambios percibidos como modernos.
El interior peninsular conservaba estructuras sociales agrarias tras las desamortizaciones de Mendizábal (1836–1837) y Madoz (1855), que alteraron la propiedad eclesiástica y comunal pero consolidaron nuevos propietarios y viejas dependencias. La vida municipal se articulaba en ayuntamientos y diputaciones, con recursos limitados y fuerte personalismo. La Guardia Civil, creada en 1844, reforzaba el orden en áreas rurales y caminos. En ese entorno, una ciudad imaginaria de provincias sirve a Galdós para mostrar el peso de clientelas, honor local y prejuicio frente a lo foráneo. La novela subraya cómo la economía agraria y la sociabilidad cerrada condicionan decisiones públicas y privadas.
