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Los apostólicos sitúa su acción en la década ominosa del reinado de Fernando VII, cuando el ultrarrealismo impone su programa de delación y castigo a los liberales. Galdós dibuja, con ironía templada y riguroso sentido documental, la constelación de clérigos, cortesanos y devotos que se autodenominan "apostólicos", y muestra sus redes de poder en Madrid y provincias. La narración, coral y episódica, alterna estampas costumbristas con debates ideológicos; el diálogo ágil y el estilo indirecto libre revelan contradicciones íntimas, mientras la sátira no sacrifica la verosimilitud histórica. Benito Pérez Galdós, canario afincado en Madrid, periodista, diputado y novelista capital del realismo español, convierte aquí su vocación de cronista en crítica moral. Su liberalismo pragmático, su atención a la sociología del clero y su experiencia parlamentaria alimentan la fábula. Al reconstituir el absolutismo fernandino, el autor proyecta, con intención pedagógica, tensiones de la Restauración: clericalismo, modernización frustrada y memoria de guerras civiles. Recomiendo este libro a quienes buscan entender la anatomía del fanatismo político-religioso y sus efectos sobre la vida cotidiana. Como puente entre la historia y la novela, dialoga con Doña Perfecta y con los Episodios Nacionales. Una edición anotada realza alusiones; su vigencia lo hace lectura imprescindible. Quickie Classics resume obras atemporales con precisión, preserva la voz del autor y mantiene la prosa clara, ágil y legible: destilada, nunca diluida. Extras de la Edición enriquecida: Introducción · Sinopsis · Contexto histórico · Biografía del autor · Análisis breve · 4 preguntas de reflexión · Notas editoriales.
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Veröffentlichungsjahr: 2026
En Los apostólicos, la fe convertida en bandera política choca con la supervivencia cotidiana de una sociedad exhausta, y ese choque, hecho de fervores, miedos y conveniencias, abre un corredor donde la lealtad se mide en susurros, las convicciones se negocian a la sombra de los templos y despachos, y la historia, más que desfile de héroes, aparece como una red de decisiones pequeñas que, arrastradas por la marea de los acontecimientos, revelan cómo el absolutismo necesita devociones, cómo las devociones piden enemigos, y cómo la intransigencia acaba por torcer incluso aquello que pretende defender.
Obra del novelista español Benito Pérez Galdós, Los apostólicos pertenece a la segunda serie de los Episodios nacionales y se inscribe en el ámbito de la novela histórica, con una ambientación que recorre la España restaurada tras 1823, cuando el absolutismo vuelve a imponerse y prosperan las camarillas ultrarrealistas llamadas precisamente apostólicas. Publicada en las décadas finales del siglo XIX, la novela combina reconstrucción de época y mirada crítica, y sitúa su foco en ciudades, cortes y caminos donde se tejen intrigas políticas, devociones militantes y controles policiales, componiendo un escenario tenso en el que la religiosidad se confunde con programa de Estado y disciplina social.
Sin revelar giros, puede decirse que la premisa sigue el despliegue de las lealtades y sospechas en un país vigilado, donde la adhesión al trono y al altar abre puertas pero también trampas, y donde los disidentes aprenden a hablar en clave o callar. El lector encuentra una voz narrativa irónica y analítica, que alterna escenas de costumbre, conversaciones tensas y estampas de calle con digresiones explicativas de gran claridad. El estilo es sobrio y preciso, atento a la psicología y al detalle material, y el tono oscila entre la sátira medida y una compasión lúcida por los seres atrapados en la rueda de la historia.
En el centro temático se cruzan el fanatismo y el cálculo, la fe íntima y su explotación pública, la obediencia y el escrúpulo moral, de modo que la etiqueta apostólica funciona como espejo de una intransigencia que reclama pureza y produce exclusiones. Galdós examina la delación como práctica social, la vigilancia como atmósfera, y la retórica sacra como herramienta de poder, sin reducir a caricatura a los individuos que la encarnan. Aparecen asimismo el miedo, la pobreza y el deseo de ascenso, motores que alimentan las alianzas más improbables. La novela sugiere que, en contextos cerrados, toda virtud corre el riesgo de volverse coartada.
Una de las fortalezas de la obra es su artesanía narrativa: Galdós integra documentos, ecos de prensa y hablas populares en un tejido que suena verosímil sin dejar de ser literario. La estructura episódica permite alternar lo íntimo y lo público, y cada escena ilumina la anterior con un contraste irónico o afectivo. Espacios como cafés, sacristías, plazas y despachos actúan como cámaras de resonancia de los discursos del momento. La prosa, transparente y flexible, cede protagonismo a los gestos y a los silencios, y el humor, nunca cruel, abre grietas por donde asoma la duda en sistemas que presumen de certeza absoluta.
Leída hoy, la novela interpela debates contemporáneos sobre polarización, identitarismo y captura institucional, mostrando cómo los absolutos morales se convierten en instrumentos eficaces para legitimar abusos y cómo el lenguaje sagrado puede oficiar de blindaje. También dialoga con la experiencia de vivir bajo la sospecha, de cotejar rumores y noticias, y de construir comunidad en medio de la vigilancia. Aporta, además, una pedagogía de la complejidad: invita a desconfiar de los relatos que dividen el mundo en bandos impecables y propone la paciencia de mirar procesos, matices y consecuencias, recordando que las transformaciones históricas rara vez se resuelven por un gesto único.
Para quien se acerque por primera vez, Los apostólicos ofrece una puerta sólida al universo de los Episodios nacionales: puede leerse con pleno sentido de forma independiente y, a la vez, enriquece al conectar con la serie. Su combinación de pulso narrativo, observación social y reflexión política entrega una experiencia intensa y clara, sin concesiones al melodrama ni a la simplificación. Al rescatar las texturas de una coyuntura decisiva, la obra confirma a Galdós como cronista crítico de la modernidad española y recuerda que la defensa de principios sólo es fértil cuando admite dudas, límites y responsabilidad cívica.
Los apostólicos, de Benito Pérez Galdós, se inserta en la Segunda Serie de los Episodios Nacionales y se sitúa tras el derrumbe del Trienio Liberal. Con la intervención francesa y el retorno pleno del absolutismo de Fernando VII, España entra en la llamada Década Ominosa. En ese clima irrumpen los «apostólicos», sector ultrarrealista decidido a depurar la vida política y social. La novela abre el foco sobre la recomposición del poder, el temor cotidiano y las fidelidades exigidas, y acompasa su relato a los ritmos de la restauración: destituciones, ajustes de cuentas, sermones encendidos y un país que oscila entre la obediencia y la memoria reciente de la libertad.
Desde los primeros capítulos, Galdós sitúa al lector en círculos oficiales y en espacios de sociabilidad donde se cruzan funcionarios, clérigos, militares y confidentes. Se perfila el alcance de los Voluntarios Realistas, milicia ciudadana erigida en brazo vigilante del trono, y la tupida red de delaciones, registros y censura que marca el pulso urbano. A la par, laten discretas simpatías liberales, replegadas en la prudencia tras la derrota. El relato avanza con escenas de calle, despachos y sacristías, y revela cómo la retórica de la fe y la lealtad sirve de contraseña y cobertura para ambiciones menudas, temores íntimos y rivalidades arrastradas desde años convulsos.
Los «apostólicos» aparecen como un mundo heterogéneo unido por el celo religioso y político: hermandades, círculos devotos, predicadores influyentes y notables que se aferran a una ortodoxia sin fisuras. Galdós retrata tipos y tonos, del fanático inflamado al burócrata que se protege tras el catecismo, y hace visible la economía moral del miedo: vivir correcto, hablar poco, obedecer siempre. Al mismo tiempo, dibuja un país devoto pero cansado, en el que la etiqueta del ultrarrealismo abre puertas o cierra bocas. En ese terreno ambiguo, la convicción sincera se mezcla con el oportunismo, y la autoridad comparte mesa con la intriga parroquial.
En contraste, el campo liberal ha quedado disperso entre cárceles, exilios y silencios. La novela recoge sus restos como un rumor persistente: amistades que sobreviven a media voz, papeles que pasan de mano en mano, esperanzas que se disfrazan de resignación. Más que la epopeya de una conspiración, Galdós ofrece la respiración tenue de una causa vencida que busca no apagarse. Aparecen tensiones íntimas —familias partidas por la política, lealtades cruzadas entre sangre y principios— y la intuición de que la clandestinidad exige astucia y paciencia. Esa latencia sostiene una expectativa difusa que condiciona decisiones domésticas y alianzas precarias.
El tablero cortesano ocupa un lugar decisivo. Galdós describe, con su ironía sobria, la danza de ministros, la indecisión calculada del poder y los forcejeos entre moderados y «apostólicos». El rey, más figura de equilibrio que de doctrina explícita, permite que la presión ultras marque la temperatura del régimen, mientras los despachos se pueblan de expedientes, consultas y oportunas caídas en desgracia. La ortodoxia invocada en público convive con hábitos privados menos edificantes, y así el relato muestra el coste de una política hecha de susurros, celos y memorias selectivas. Cada movimiento en palacio repercute en la calle y en las conciencias.
En ese marco, la historia personal que vertebra el episodio se alimenta de encuentros y desencuentros que cruzan la línea partidista. Un afecto que nace en tiempos adversos, amistades que se tensan ante juramentos exigidos y la necesidad de escoger palabras y silencios componen un itinerario moral. Galdós no convierte a sus criaturas en alegatos: las deja dudar, rectificar, equivocarse. La exigencia de pureza que proclaman los «apostólicos» se vuelve una prueba íntima para quien aspira a conservar un resto de dignidad. La intriga sentimental, discreta pero constante, ilumina las fisuras por donde se filtran el perdón, la compasión y el miedo.
Un punto de inflexión llega con una oleada de pesquisas más rigurosas y la impresión de que se estrecha el cerco. La maquinaria administrativa se acelera, los rumores ganan cuerpo y el ruido de la delación impone su propio calendario. Las calles ofrecen espectáculos ejemplares —procesiones, juramentos, proclamas— que buscan fijar una unanimidad visible, mientras en los interiores se negocia la supervivencia. Algunos personajes ven abrirse oportunidades; otros, puertas que se cierran sin aviso. El episodio subraya la fragilidad de las protecciones y la velocidad con que cambian las jerarquías cuando el fervor doctrinal legitima la sospecha como método de gobierno.
La trama conduce a consecuencias que no se exponen como desenlace fulminante, sino como sedimentación de decisiones y azares. Quedan lecciones ásperas sobre quién protege a quién, sobre el precio de firmar o negar, y sobre la soledad que acompaña a los vencidos y a los vencedores. Galdós deja abiertas zonas de ambigüedad que preservan la tensión histórica: la victoria del celo no clausura los conflictos, y la derrota no extingue del todo la memoria liberal. En esa penumbra, algunos ajustan sus convicciones al clima; otros se guardan una reserva íntima que puede ser miedo, prudencia o esperanza aplazada.
Sin resolver grandes arcos, Los apostólicos entrega una pieza que explica un tiempo y sus hábitos mentales. La novela interroga el fanatismo que confunde fe con poder, denuncia la comodidad del sectarismo y sugiere el valor civil de la mesura en contextos crispados. Como en el conjunto de los Episodios Nacionales, Galdós funde crónica y ficción para pensar la formación —accidentada— de una ciudadanía moderna. Su vigencia reside en mostrar cómo las identidades políticas, cuando se absolutizan, colonizan afectos y biografías, y cómo el Estado, si se repliega en la ortodoxia, empobrece la vida pública. Queda, discreta, una invitación a la memoria crítica.
Ambientada en la llamada Década Ominosa (1823–1833), la novela se sitúa en una España gobernada por Fernando VII, tras el fin del Trienio Liberal. El restablecimiento del absolutismo marca la vida política y social, con la corte de Madrid como centro de decisiones y la Iglesia católica recuperando gran influencia. La administración regresa a esquemas del Antiguo Régimen: rígida jerarquía, privilegios estamentales y control de la vida pública. En este marco se marginan las instituciones constitucionales de 1812, se restablece la censura previa y se persigue a los liberales, generando un clima de vigilancia, delación y represión.
El giro de 1823 llega con la intervención francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis, acordada en el Congreso de Verona (1822) por las potencias europeas, que repone a Fernando VII en plenos poderes absolutos. La Constitución de Cádiz queda sin efecto y se disuelve la Milicia Nacional. En su lugar, el Estado impulsa cuerpos como los Voluntarios Realistas y refuerza la policía política. Se multiplican procesos, destierros y confiscaciones contra constitucionalistas, y muchos opositores parten al exilio. Esta restauración consolida redes cortesanas y eclesiásticas, cuyo poder territorial y parroquial facilita el control social, imponiendo un orden que pretende borrar las reformas del periodo anterior.
En ese contexto surgen con fuerza los llamados apostólicos: realistas ultracatólicos que defienden la monarquía absoluta sin concesiones y la primacía de la ortodoxia religiosa en la vida pública. Sus bases se extienden por órdenes y clero parroquial, oficiales del ejército, magistraturas y elites locales. Desconfían incluso de los absolutistas moderados y promueven conspiraciones para endurecer la restauración. El episodio más visible es la sublevación de los Agraviados (1827) en Cataluña, una revuelta realista contra el propio gobierno, reprimida con energía. El término “apostólico” señala esa mezcla de fervor confesional y programa político intransigente que marca la década.
Los años posteriores a la guerra napoleónica arrastran penurias fiscales, deuda y un aparato productivo frágil, con amplias áreas rurales dominadas por latifundios y jurisdicciones señoriales. El comercio está condicionado por trabas internas y por la pérdida del imperio americano, que reduce ingresos estatales. En este marco, persistieron el bandolerismo y las partidas armadas, a veces vinculadas a clientelas políticas locales. La censura limita la prensa y la circulación de ideas, mientras la educación y las universidades sufren vaivenes normativos. La tensión entre ciudades con núcleos ilustrados y un campo más tradicional acentúa la brecha que explotan realistas y liberales.
