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A través de sus voces recompuestas por Marie, nacida en Francia en la década de 1960, los miembros de una familia judía polaca relatan su asentamiento en Israel después de la Segunda Guerra Mundial. Entrelazadas a lo largo de las décadas, las sucesivas generaciones que llegan al nuevo Estado judío y los que nacen allí expresan sus expectativas y desilusiones en el transcurso de unas vidas cotidianas acechadas por el recuerdo del Holocausto. Desde la posguerra hasta la actualidad, el exilio de algunos y la familia que permaneció en Francia se interpelan entre sí, tejiendo vínculos inquebrantables. Sus voces se mezclan para expresar poderosamente un destino familiar complejo y vital que es también una inmersión magnífica en las paradojas del estado de Israel, en torno a la cuestión de los pioneros, sus sueños y sus desilusiones. Donde vivir es una emotiva novela coral sobre los inicios del joven estado judío y sobre una familia dividida entre dos mundos, sus sueños, sus miedos y sus desilusiones.
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Seitenzahl: 122
Veröffentlichungsjahr: 2021
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CAROLE ZALBERG
Dónde vivir
Traducción de Antonio Roales
www.armaeniaeditorial.com
Título original: Où vivre (Editións Grasset, Paris, 2018)
Primera edición: Marzo 2019
Primera edición ebook: agosto 2021
Esta obra se benefició del apoyo de los Programas de Ayuda a la Publicación García Lorca del Institut français de España
Copyright © Carole Zalberg, 2018 © Editions Grasset et Fasquelle, 2018
Copyright de la ilustración de cubierta © Carole Zalberg (D.R.)
Copyright de la traducción © Antonio Roales, 2019
Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2019, 2021
Armaenia Editorial, S.L.
www.armaeniaeditorial.com
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes,la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
ISBN: 978-84-18994-16-6
A mi familia de allí, con amor y gratitud
Contar tus huesos en silencio, con el cuerpo crucificado en una cama dura. Desgranar el rosario de lo que duele, de lo que está inmovilizado. ¡¿Todo?! ¿Cuántos dientes faltan en la mandíbula llena de clavos? La lengua, no, ahí está, el metal me la está desollando. ¿Tengo en la cara a punto de estallar —que tira y palpita— alguna herida? ¿Me falta algo? ¿Me han arrancado los dedos de los pies o de las manos? Nada obedece, ¿cómo voy a saberlo?
Al despertar, un poco antes, esa atroz impresión de estar emparedado, apenas vivo en la carne herida, sepultado profundamente y sin embargo justo detrás de los párpados abultados por la sangre o el pus, no sabes nada. Y a tu cerebro aún lento (que se arrastra, por así decir, como si se hubiera quedado en el asfalto, y que no logra reunirse contigo salvo a costa de un inmenso esfuerzo), sube un agua sucia, que se infiltra por todos sitios: insensato, frenético, ruidoso recuerdo del accidente, caos de imágenes y de movimientos que de pronto enloquecen tu corazón y los aparatos a los que te han conectado para tratar de mantenerte con vida. Al menos no te has quedado sordo, oyes los bip bip irregulares. Más adelante me lo contarás, durante tu primera estancia en nuestra casa, en París. Nos comunicamos en una lengua intermedia, el inglés, que nos priva a ambos de matices, pero a través de tu mirada, algunas crispaciones de tu cuerpo y tus expresiones, me llega todo tu calvario. Hasta tal punto, que tengo la impresión, tantos años después, de haber estado en esa habitación de hospital contigo. Porque no eres tú, Noam, mi primo de Israel, sino yo, Marie, la francesa tan alejada de todos vosotros en aquel entonces, quien percibe los pasos vivos y los comentarios. Se despierta. Id a avisar a su familia, están tomando un café, todos, los jóvenes y los viejos, en la sala de espera. Ahí están desde hace horas, los pobres. Pero eres tú quien los oye, entre los ¿Noam? ¿Noam? aterrados y ahogados de tu madre, aún no puede abrir los ojos por las contusiones, pero pueden hablarle, está consciente y sin duda muy, muy inquieto. ¿Verdad que sí, jovencito? ¿Verdad que está con nosotros? Venga, venga, tranquilo, no tire de las correas. Está usted en mil pedazos, ya lo sabe. Pero vamos a repararlo, aquí sabemos cómo, estamos acostumbrados, ¿eh?, con las bombas y todo eso. Me dirás que adivinas el guiño un tanto pesado para apoyar sus palabras, pero es por una buena causa, piensas entonces. Tratas de ser comprensivo. Por disparatado que parezca, te pones en el lugar del fanfarrón, tú que yaces en el intrincado laberinto de tus heridas.
Los reconoces, esa brutalidad jovial, ese pragmatismo asumido que dejaste al abandonar/huir de ese país, tu país, hace diez años. Bien sabe Dios lo que eso te irritaba, a ti, al cariñoso, a ti, a quien le chocaban las malas maneras, por insignificantes que fueran. No obstante, percibes en el humor torpe del médico tal voluntad de apaciguar el ambiente, de deshacer todos los nudos de angustia a la vez, el tuyo, los de tu madre y hermanos, y los de todos los presentes en esa habitación de hospital, que lo recibes con gratitud y con el sentimiento —valiosísimo en ese momento de absoluto desconcierto y oscuridad— de encontrar una vestimenta fea, pero familiar y cómoda. No estás aliviado, no sonríes interiormente, pero algo en ti, muy brevemente, se relaja.
Por supuesto, no dura. Tu madre sigue repitiendo ¿Noam? ¿Noam? y ya no es una llamada, sino una imprecación a las divinidades, a las que sin embargo abandonó en las ruinas de su infancia oculta. Qué más da, pronuncia tu nombre una y otra vez con la fuerza de una fe animal.
Otro nombre estalla de pronto en ti y descompone de nuevo los aparatos: el de tu reciente esposa, porque de golpe recuerdas su presencia a tu lado en el momento del accidente; pero en ninguna parte de esa película infernal que tu cerebro proyecta sin cesar, en la violencia del impacto, en el paisaje patas arriba, en aquel desorden de chatarra, hay rastro de tu princesa Lara.
¿Lara? ¿Lara? Quieres llamarla. La jaula de hierro que ahora es tu boca no deja pasar, claro está, nada más que un estertor ronco y desgarrador. En la habitación, en todo caso, están contentos de esa señal y todos se inclinan hacia tu cama, te tocan, te cogen de las manos, te hablan riendo y llorando. ¿Lara?, insistes, ¿qué le ha pasado a Lara? El caparazón que forma tu familia, loca de alegría, no basta para protegerte de ese trozo de metal hundido en tus entrañas. ¿Será posible que Lara, esa bella Lara tuya, a la que ves reír, luminosa y sutil con su vestido de novia, esté muerta? Y si está viva, ¿en qué estado se hallará? También querrías contar sus huesos, palpar sus miembros uno a uno, acariciar su piel de seda tibia. Pero ¿cómo saber si no está tumbada en un sótano con el lote diario de cadáveres que esos lugares producen o reciben?
Lara está en la habitación de al lado, está bien, no te preocupes, tiene el bazo aplastado, pero mira, la han operado y parece que no hay problema, los médicos dicen que tu amada es dura de pelar, que pronto se recuperará. La idea genial de tranquilizarte se le acaba de ocurrir a Dov. Lo disimula con cuidado bajo esos aires de fortachón un tanto rudo, muy al estilo local, pero siempre ha compartido contigo esa extrema sensibilidad. No te resulta extraño que el bálsamo de esas palabras venga de él antes que de vuestro hermano mayor o incluso de tu madre, demasiado atenazada por la inquietud que siente por ti como para construir el menor pensamiento. Sientes sus lágrimas recorrer tu mano, que besa y aprieta y vuelve a besar, repitiendo una sucesión incoherente de palabras de amor y desolación, una queja, un cántico agradecido para saludar el regreso al mundo de su hijo.
Te apostarías tu ropa de hospital y hasta la de tu boda a que se siente culpable. Porque ella siempre encuentra el modo de sentirse culpable y también porque la catástrofe ocurrió cuando os marchabais del kibutz. La habíais dejado un poco triste por la idea de que no iba a verte durante mucho tiempo. Mientras os hacía un último gesto con la mano —un gesto impregnado de melancolía y tal vez de reproches, habías pensado—, la habías observado de verdad por primera vez desde tu regreso y te había parecido cansada. Estaba más frágil de lo que la recordabas, más encorvada. Pero ¿no sería simplemente el contraste entre su silueta y la majestuosidad del Golán a sus espaldas lo que daba esa impresión de fragilidad? Te acuerdas de que estábais hablando precisamente de ella y de la alegría que le supondría vuestro establecimiento definitivo —porque sí, esa estancia os había despertado las ganas—, estabais barajando todos los escenarios posibles en el coche, dónde y de qué vivir, cerca de tu madre o de tu hermano, a buena distancia de ambos, en el momento en que aquel cretino había adelantado al camión que venía de frente.
Tu madre os había dado los consejos habituales. La gente conduce como loca en este país, sed muy prudentes, hijos míos. Como si a fuerza de inquietud, hubiera acabado por traeros el gafe o, al menos, por colocar al universo en sintonía con su pesimismo ancestral. Y llamadme cuando lleguéis a Tel Aviv. No os olvidéis. Aunque sea tarde. De todos modos, hasta que no sepa de vosotros no voy a dormir. Habías pensado que sin duda respirabas mejor lejos de su inquietud.
Seguro que había estado preocupadísima mientras esperaba esa llamada que no llegaba. Te la imaginas telefoneando diez veces a Dov —Elie volvió de Estados Unidos nada más que para el tiempo que duraba tu visita y a él ya no tiene el reflejo de llamarlo a todas horas como sí hace con tu hermano que se quedó aquí— y comprobando mil veces más si el teléfono está bien colgado. Entre dos ataques de un dolor tan agudo como difuso, durante la calma casi eufórica que regala la morfina, logras poner algo de orden en el torbellino de tus pensamientos y fragmentos de recuerdos. Te preguntas a quién avisaron en primer lugar y desde cuándo estás aquí. La angustia, una vez más, te embarga con la idea de que hayan transcurrido meses, años, siglos, y que tu vida reinventada en otro lugar con tanto ardor se haya convertido en un montoncito fosilizado que tus parientes han terminado por evocar sin rebeldía, con más nostalgia que pena.
Te han mantenido en coma durante veinticuatro horas después de la operación. Dov, de nuevo, que, piensas, parece leerte el pensamiento. Para que tuvieses tiempo de recuperarte y evitar que sufrieras demasiado. Emites un sonido que, esperas, entienda como que lo has oído y comprendido, que le agradeces esas aclaraciones. En el barullo de voces, aún no has distinguido la de Elie. Y sin embargo, ahí está. Lo sabes. Cuando están juntos tus hermanos y tu madre, sobre todo desde que murió tu padre, el aire se carga de electricidad. Jamás has visto a nadie que se quiera y se pelee tanto. Sientes esa electricidad en la habitación, pero vuestro hermano mayor debe de haber enmudecido o temer no estar a la altura de las circunstancias, porque no ha abierto la boca desde que entraron. Está conmocionado, piensas. Eres el pequeño, a fin de cuentas. Y aunque hayas llevado tu nombre a otro lugar, como ordenaba el poeta1, desde hace mucho tiempo, aunque hayas aprendido el oficio que en parte ya te había enseñado vuestro padre, y cómo vivir lejos de aquí, es decir, teniendo en cuenta códigos, formas de ser que a ti, pequeño kibutznik, te resultaban completamente ajenos, aunque tengas unos suegros amables y adinerados que probablemente tengan ganas de matarte ahora mismo —le has hecho daño a quien era su princesa antes de ser la tuya, su pequeño tesoro—, sigues siendo a ojos de tu gente ese chiquillo soñador y vulnerable por el que todo el mundo aquí siempre se ha preocupado. Elie, el primero, porque en cierto modo sustituyó a vuestro padre, poco presente para verte crecer, y al que después se llevó la enfermedad en un abrir y cerrar de ojos, a él, que parecía invencible. ¿Cómo se reacciona cuando a un casi hijo lo sacan hecho jirones de un amasijo de chatarra arrugada? Con los pies en la tierra. Con estupefacción. Callado. Y si ese casi hijo regresa al mundo de los vivos, se da gracias a no se sabe quién y uno vuelve a callarse un poco.
Sin embargo, necesitarías oír la voz cálida de Elie. Es la trama de tu infancia y volver a escucharla sería tan suave como acurrucarse bajo una manta aromática y mullida. Para que se manifieste por fin, piensas en hacer una broma, como es habitual entre vosotros, incluso, y sobre todo, cuando la situación es grave. Quizá sea así, en esencia, como se manifiesta vuestra herencia judía, bajo esa forma de pudor y de resiliencia que los perseguidos, los amenazados, los supervivientes tienen de reírse de uno mismo. Vuestro padre os lo inoculó con obstinación y una buena dosis de locura. Buscas algo que decir a modo de ofrenda, una fórmula contundente sobre tu talento como piloto de carreras, o sobre tu fabulosa capacidad para encontrar la forma de holgazanear en una cómoda cama alrededor de la cual se afana tanta gente. Piensas frases, pero tu boca seca, magullada y aprisionada por un yugo metálico se niega a obedecer, no pronuncia ni una palabra, ni siquiera un balbuceo, con el que sabrías conformarte. En vez de eso, permaneces en una impotencia pastosa, envuelta en las palabras y en los sonidos que llenan la habitación, y aprovechas los ratos de embriaguez indolora para descansar. En esa oscilación el tiempo se nota más.
Luego, logras, a costa de un inmenso esfuerzo, entreabrir los ojos.
Me has descrito la escena con precisión. La veo como tú la ves, por una tronera horizontal: tu madre, mi tía, con pinta de aturdida, sentada, o más bien derrumbada, junto a tu cama, con un clínex húmedo en una mano y con la otra apretando la tuya. Detrás de ella, al fondo de la habitación, Elie, mudo, inmóvil y concentrado como un monje. Es el primero en darse cuenta de que estás mirándolos a través de los párpados hinchados. Al otro lado de la cama, Dov, de pie pero lo más cerca posible de ti, un tanto inclinado, como si estuviera a punto de verter de nuevo en tu oído la información que estás esperando. Y a su lado, Adriel, su bella sonrisa y sus ojos burlones.
Sin personal médico a la vista. Tu hazaña no tardará en traerlos a la habitación no bañada, como tú te esperabas, con una luz cruda de hospital, sino con un sol poniente, rosado y suave. Contemplas el cuadro de un maestro en vez de una escena agresiva. Se te hincha el corazón de tanta belleza. Te viene a la memoria entonces otra composición sublime cuya armonía recrearás sin descanso en el diseño de los jardines nacidos de tu imaginación, que más tarde tratarás de pintar con formas geométricas y coloreadas: tendrías cuatro o cinco años. Vuestro padre os ha llevado al pueblo árabe de al lado. No es la primera vez. Allí pasa mucho tiempo. Te has dado cuenta de que está más sonriente, más tranquilo, cuando comparte un té con el viejo Yusef, en el frescor de su minúscula casa. Ese día, los rojos y los ocres del ocaso bañan a los dos hombres apacibles, que se callan juntos con evidente complicidad, bañan a tus hermanos, ocupados en jugar a la pelota con algunos niños del pueblo, bañan a los burros, que aguardan, tranquilos, entre dos faenas. Por primera vez en tu jovencísima vida, la belleza del mundo te emociona.
